Hola mis amores, ¿Cómo están? Espero que hayan pasado una linda Navidad juntos con sus seres queridos.

Les mando un fuerte abrazo a todas ustedes, mis amores.

Saludos para mis queridas:Cbt1996, Kayla Lynnet, Karri Taisho, Annie Pérez. Muchas gracias por sus reviews, mis bellas. Les debo sus reviews, juro que los iba a hacer hoy, pero mi madre me mandó a hacer algo y por eso no pude escribir los mensajes. Saludos.


Capitulo 34

Navidad

Perspectiva de Kagome

Ya habían pasado dos meses desde que me encontraba viviendo con Inuyasha y era la mujer más feliz del mundo. Sin darnos cuenta, el fin del año se acercaba y hoy era Navidad. La familia Taisho había organizado una fiesta a lo grande para presentarnos como las novias de sus hijos y, por suerte, ya tenía tanto mi vestido como el traje de Inuyasha, listos en el closet. Pero antes de ir a la fiesta, iba a darle un regalo especial. Sonreí de sólo pensarlo, ya que estaba segura de que iba a ser uno de los mejores regalos de su vida.

Caminé hacía el cuarto y me puse mi traje erótico de abogada, el cual consistía en una mini falda que apenas tapaba mi trasero y una mini blusa que, también, a duras penas, tapaba mis pechos. Unos zapatos de tacón alto, color negro y mi cabello suelto. De lencería llevaba un sexy conjunto rojo calado. Me puse mi bata de seda, color rojo y miré el cuarto. Todo estaba en su lugar, sobre todo la cama, porque a pesar de que ya habían pasado varios meses, aún no me olvidaba de cuando Inuyasha me había amarrado a la cama. Sonreí con malicia, porque hoy iba a ser él quién fuese torturado. Caminé a la cocina y me serví una copa de vino mientras lo esperaba.

Perspectiva de Inuyasha

Llegué al departamento y abrí la puerta.

—Amor, ya llegué.— dejé el maletín en el cajón y caminé hacía la sala y la vi. Ella estaba ahí, con una copa de vino.

—Hola Inu, ¿Cómo te fue?

—Bien, pero mejor ahora que estoy aquí contigo. ¿Por qué estas con esa bata, pequeña?— le pregunté mientras la abrazaba y besaba sus labios.

—Es una sorpresa.— me susurró, separándose de mi.

Arqueé una ceja sin dejar de observarla.

—¿Una sorpresa? ¿Y qué es?

—Tu regalo.— y sin darme tiempo a procesar su respuesta, se quitó la bata, dejándome con la boca abierta.

Kagome estaba vestida como abogada. Y qué abogada. Pensé con malicia.

—¿Te gusta lo que ves, Inu?

—Me encanta.— dije, caminando hacia ella, pero me detuvo, poniendo la palma de su mano en mi pecho.

—No tan rápido, señor Taisho. Usted no se comportó muy bien este año y tendré que juzgarlo frente a un juez, joven.

Sonreí, comprendiendo el juego que proponía.

—¿Y que me va a hacer, abogada? Le juro que soy inocente.

—No le creo. Lo acuso de haber amarrado a alguien a una cama, en su propio departamento, y torturarla sin piedad.

—Pues, que yo sepa, a esa persona le encantó lo que le hice, abogada.

—Pues, tendrá que pagar porque la orden ya está firmada.

—Yo no sabía nada de esto, abogada.

—Bueno...— dijo para hacer una pausa y acariciar mi pecho, tomando mi corbata con firmeza y jalarme hacía ella. Nuestros rostros quedaron a centímetros y susurró.—Ahora lo sabe. Tienes una condena por esta noche y yo me encargaré de que se cumpla.

Y sin decirme más, me llevó hacía el cuarto, sujetándome de la corbata. Mi mirada se perdió en su lindo trasero y ni cuenta me di de cuando llegamos a la habitación. Ya adentro, pude ver lo hermoso que ella había decorado, con muchas luces y pétalos de rosas regados por todo el piso.

Mi espalda chocó contra la pared, haciéndome dar cuenta de que me había acorralado y acariciaba mi abdomen por encima de la camisa.

—¿Cuál es mi castigo, señorita abogada?— susurré en su oído.

—Te haré pasar la noche más maravillosa de tu vida.— y me besó con lujuria.

Y yo correspondí de la misma manera. Sentí como ella me desabotonaba la camisa con maestría, quitándomela, al igual que a la corbata. Quise hacer lo mismo con su camisa, pero no me dejó.

—Shhh, tú no tienes derecho Taisho, aquí a las reglas las pongo yo.— sonreí con altanería.

—Y dime, Higurashi, ¿Por cuanto tiempo vas a aguantar sin que te toque como a ti te gusta?— la vi sonreír.

—El que rogará esta noche, serás tú, cachorrito.

Me sujetó del pantalón y me arrastró hacía la cama, lanzándome sobre ella. Me quedé mirándola mientras ella se quitaba lentamente la ropa, algo exquisito y tortuoso a la vez. La vi quitarse la blusa, la falda y los zapatos, dejando sólo su ropa interior. Tragué saliva cuando la vi con ese bello juego de lencería de encaje. Caminó hacía mi y se sentó encima.

—Sube todo tu cuerpo a la cama, Inu.

Y así lo hice. Con ella aún encima, me subí por completo, viéndola sonreír juguetonamente y con una pizca de malicia. Se agachó, dándome besos cortos en mi pecho y comenzar a ascender. Al llegar a mi boca, volvimos a besarnos con hambre, al mismo tiempo, ella comenzó a restregar nuestras intimidades por encima de la ropa. Abracé sus caderas y una vez más, ella me quitó las manos.

—No.

—Pero Kag, deseo tocarte.— exigí en el medio del beso.

—Aún no, Inu.

Tomó mis manos y las pasó por encima de mi cabeza mientras me observaba sin dejar de sonreír. Me perdí en sus senos, los cuales quedaron enfrente de mi. Quise acercarme a lamerlos por encima de la tela, pero en ese instante, sentí aquel frío metal en mi muñeca y aquel sonido, el cual provocó que elevara la mirada.

—¿Esposas?— pregunté con confusión y las vi. Eran dos y estaban acompañadas con unas cadenas. Miré a Kag y ella sólo me sonrió.— Pequeña, ¿Qué es esto?.

—Ya te dije, tu castigo por haberme amarrado en la cama.— sonreí con diversión.

—Pero te encantó, tus gemidos me lo decían.

—Nunca dije que no me gustaran, pero ahora será tu turno de estar amarrado.— y volvió a besarme con mayor intensidad.

Sentí como su lengua se adentraba en mi boca, excitándome más de lo que ya estaba. Moví las esposas, pero me fue imposible quitarlas.

—Kag...

—Aún no llega lo mejor.

Cerré los ojos, tratando de controlar el deseo de tocarla, aunque no podía negar que este juego me estaba encantando. Ella comenzó a succionar la piel de mi cuello con sus besos, haciendo que mordiera mi labio.

—Kag, si sigues así, me dejarás un chupón, cariño.

—Es lo que quiero, Inu.— y siguió con su tarea.

Solté el aire que tenía guardado y la dejé que me torturara a su gusto. Cuando finalmente consiguió lo que quería, comenzó a descender hacía mi pecho. Bajé mi mirada, observando como lamía todo a su paso hasta llegar a mi abdomen. Solté un suspiro por lo rico que se sentía, pero seguía algo frustrado por no poder mover mis manos. Ella desabrochó mi cinturón y pantalón para luego deslizarlo por mi piernas y por supuesto que la ayudé, levantando mis caderas. Me quitó los zapatos, los calcetines y todo el pantalón. Colocó sus palmas sobre mis piernas y comenzó a subir poco a poco, hasta llegar a mi bóxer.

—No te vayas a asombrar con lo que te encuentres debajo, pequeña.— sonreí con orgullo.

Me regresó la sonrisa, quitándome el bóxer y dejándome completamente desnudo mientras se relamía los labios. ¿Acaso ella pretendía...? No, no lo creo. Me quedé mirando como tomaba mi ya duro miembro entre sus manos, acariciándolo y yo cerré mis ojos ante la corriente que sentí. Volví a mirarla y noté como acercaba su rostro a la punta, con toda la intención de lamerlo.

—Kag, no tienes que hacer esto, pequeña.

—¿Por qué? ¿No te gusta?

—No quiero que te rebajes a eso.

—Tú lo haces conmigo.

—Porque me encanta probarte, amor, pero no te sientas obligada a hacerlo.

—¿Y quién dijo que estaba obligada?

—Kag, amor, mmmm...— no pude seguir hablando porque ella dio su primera lamida.

Maldición, eso se sintió exquisitamente bien.

Una nueva lamida, un poco más extensa, me hizo jadear.

—Kag...— susurré, viéndola. Ella me miró con una hermosa sonrisa y se llevó todo mi miembro a su boca, chupando de una manera en la que no pude callar mis rugidos de excitación.— Mmmm, Kag...

—¿Te gusta?

—Por dios, Kag, me encanta.— sentí como su lengua jugaba con la punta para después volver a chupar, haciendo que moviera mis caderas ante ese contacto.— Pequeña diabla, suéltame por favor.

—No.— fue su cruel respuesta mientras me seguía torturando.

Sólo podía verla con mis ojos llenos de lujuria mientras ella devoraba mi miembro.

—Maldición, esto me esta matando por lo bien que se siente.— solté esas palabras mientras dejaba caer mi cabeza hacía el colchón, sin dejar de embestir su boca. De repente, lo tomó, masajeándolo mientras llevaba su boca hacía mi escroto.— Mmm, Kagome... ¿sabes lo que haré cuando me sueltes?

—¿Qué?— respondió en un alegre tono.

—Te haré gritar mi nombre toda la noche.—

—Que rico.— respondió, volviendo a introducir mi miembro en su boca. Sentí como aquellas corrientes me gritaban que estaba a punto de explotar.— Mmmm, Kagome... ya... me...

—Hazlo, quiero probarte.

—Pe... pero, Kag...

—Hazlo.— me ordenó, apretándome un poco más para que cumpliera su orden y así lo hice. Dejé que mi cuerpo se relajara y me corrí dentro de su boca al mismo tiempo en que soltaba un rugido.

Aquella nube de lujuria se disipó y me dejó verla ahí, entre mis piernas, lamiendo cada rastro de mi liberación. Dejó un tierno beso sobre la punta y se subió encima de mi.

—¿Te gustó?

Le sonreí como idiota y le respondí:

—Fue lo mejor que he tenido en mi vida, Kag. Ya suéltame, ¿si?

—Mmm, quiero jugar un poco más.

—Amor, yo también quiero jugar, ¿puedes soltarme?

La vi dudarlo por unos momentos, pero finalmente accedió.

—¿Quieres que me quite mi lencería?

—No, sólo quiero que me desates, yo me encargaré de lo demás.

—Mmm, esta bien.

Cuando me desató, con rapidez la coloqué por debajo de mi y, como un león hambriento, me devoré cada rincón de su cuerpo. No me tomé el tiempo de desabrochar su brasier, ya que se lo arranqué sólo jalándolo y lo tiré en el piso. Hice lo mismo con la parte de abajo y me lancé de lleno a devorar sus senos, haciendo que se arqueara hacía mi y, con mi pierna, abrí las suyas para introducir mi mano y tocar aquella zona.

—Mmm, mientras me lo chupabas te mojaste, ¿verdad, pequeña?

—Mmm, deseaba tenerte dentro de mi, pero también dentro de mi boca, amor.

Sus palabras hicieron que aquella nube de lujuria volviera a cubrir mis ojos y, sin dejar de chupar fuertemente su pezón, comencé a dar leves golpes en su intimidad, haciendo que ella se removiera. Pase mi dedo por toda su zona e introduje dos de ellos, masturbándola lo más rápido que podía. La sujeté con mis piernas para que no se retorciera mientras buscaba que se corriera.

—¡Inuyasha! Más lento o me voy a correr... ¡Inuyasha!

—Eso quiero, que te corras, porque esta noche te voy a hacer correr tantas veces que mañana no podrás caminar, abogada.

—¡Inuyasha!

Sentí como su cuerpo comenzaba a temblar debido a que su liberación se acercaba y aceleré mis movimientos, provocando que llegara al clímax segundos después. Mi mano se mojó completamente y su respiración era agitada, pero aún así, me reclamó:

—Eso fue cruel, fue muy rápido.

—Te dije que te haría gritar mi nombre toda la noche.— me puse frente a ella, abriendo sus piernas.— Ahora prepárate, porque lo que voy a hacerte no lo vas a olvidar nunca en tu vida.— Y hundí mi cara entre sus piernas, devorándola como si no hubiera un mañana, poco me importaron sus gritos, ya que estos eran producto del placer.

—¡Inuyasha! Mmmm, espera... no puedo... ¡Inuyasha!

Sonreí con orgullo y continué con mi tarea. ¿Ella había dejado un chupón en mi cuello? Bien, yo lo dejaría en su centro. Y la presioné con más fuerza.

—¡Inuyasha! ¡Por dios... ya...!

Sentí como todo su cuerpo comenzó a convulsionar debido a aquel segundo orgasmo. Introduje mi lengua lo más profundo posible, hasta que mi boca fue llenada por su liberación mientras ella aún gritaba mi nombre. Lamí lo que quedaba de su orgasmo y me subí sobre ella, quién aún mantenía sus ojos cerrados. Sin esperar más, la penetré de un sólo movimiento.

Perspectiva de Kagome

Mi respiración estaba muy agitada, lo que provocó que los cerrara, sin embargo, los abrí enormemente cuando sentí que el ingresaba en mi de una sola estocada, haciéndome soltar un gemido antes de que pudiese hablar.

—Mmm, Inu...

—Haré que vuelvas a correrte, Kag.

Sus palabras me sorprendieron y me excitaron al mismo tiempo. Sentía como me besaba con ganas para después mover sus caderas, haciéndome gemir y gritar, pero estos gritos fueron callados por sus besos. No supe por cuánto tiempo estuvo envistiéndome, porque de un segundo a otro, estaba dándole la espalda, con mis rodillas sobre la cama y mis manos sobre el respaldar mientras me seguía penetrando salvajemente.

—¿Te gusta, Kagome?

—Mmm, si, Inuyasha...

Me tomó por la cintura con una mano, pegándome a su cuerpo. Mi espalda chocó con su pecho mientras que, con su otra mano, me jaló del cabello para tener más acceso a mi cuello y lamerlo, sin salir de mi interior. Llevó la mano, que tenía en mi cintura, hacía mi intimidad e introdujo dos de sus dedos.

Oh por dios, este hombre me estaba llenando de placer y se sentía tan bien.

—Inu...— gemí su nombre.

—Dime que soy el único en tu vida, Kag.

—Si...

—Dilo.

—Si amor... eres el único.

— Y siempre lo seré. Dilo, amor.

—Siempre... mmm... siempre serás el único en mi vida...

Sentí como salió de mi interior, dándome vuelta y sentarse sobre la cama, con sus pies en el piso y colocándome sobre él, ingresando en mi con un sólo movimiento.

—Vamos, pequeña, brinca sobre mi.

Y así lo hice. Con lo que me quedaba de energía, brinqué lo más fuerte y rápido que pude.

El cuarto se llenó de nuestros gemidos y gritos de placer, nuestros cuerpos estaban sudados, pero aún así no me detuve, continué brincando hasta que él me abrazó y volvió a cambiar de posición. Ahora yo estaba acostada sobre la cama y el sobre mi.

—¿Estas lista, amor?

—¡Si!— grité mientras las corrientes de mi tercer orgasmo comenzaban a envolver mi cuerpo.

—Bien, porque yo también lo estoy, amor.

Enredé mis piernas en su cintura y sus estocadas fueron en aumento. Ambos jadeamos con dificultad, pero en cuestión de segundos, llegamos al clímax al mismo tiempo, gritando nuestros nombres. Dios mío, me había corrido como nunca antes en mi vida lo había hecho. Pensé, aún aturdida por el orgasmo.

Sentí su cuerpo caer sobre el mío sin aplastarme. Nos quedamos en aquella posición por un rato, hasta que nuestros corazones y respiraciones se calmaron un poco.

—Eso fue increíble.— confesé con una gran sonrisa.

—Lo mismo digo, fue simplemente maravilloso.— susurró en mi oído para morderlo después. Levantó su rostro y me sonrió.— Te amo, Kagome. Feliz navidad, pequeña.— nos besamos con ternura.

—Ya se nos va a hacer tarde, tenemos que vestirnos.— pronuncié al separarnos.

—¿Y si no vamos?

—Inuyasha, hay que ir, vamos.

—Pero sólo por un rato y volvemos rápido, ¿si?

—Mmm, esta bien, trato hecho.

Los gemimos cuando él salió de mi para que pudiese levantarme, ponerme la bata y buscar los trajes para la fiesta navideña.

—Pequeña...

—¿Si?— volteé, observando como él sacaba un regalo de la cómoda y caminaba hacía mi, aún desnudo.— Inu, ya tápate.— le reproché con una sonrisa.

—¿Por qué? ¿Te da hambre el verme así?

—Tonto.— dije entre risas mientras me abrazaba.

—Feliz navidad, amor, y que sean todas las que vengan de aquí en adelante.— y me entregó el regalo.

—Gracias, amor.— tomé el obsequio y lo abrí.

—Pero si es...— susurré, sacando la cadenita del estuche para poder verla mejor y noté que había una perla atravesada con una flecha.— La Perla de Shikon.— susurré, mirándolo.— ¿Cómo conseguiste una tan parecida a la real?

—Cuando me hablaste del pozo devorador de demonios, hablé con el abuelo para que me comentara más sobre esa historia y me mostró unos pergaminos en donde estaba dibujada la perla, asique mandé a hacer una idéntica a la original, ¿te gusta?

—Me encanta, Inu, muchas gracias.— lo abrecé y besé con ternura. Al separarnos, fui hasta el closet y saqué mi regalo. De hecho, eran dos, pero sólo saqué uno.— Feliz navidad, amor. Ten.

—Gracias, pequeña.— me dio un beso y abrió su regalo.

Perspectiva de Inuyasha

Tomé mi regalo y lo abrí. Era un hermoso collar que tenía grabada la frase InuKag detrás del sol, el cuál era de oro.

—Está hermoso, Kag, gracias.— la abracé con cariño.— ¿Por qué un sol?— pregunté con curiosidad.

—Porque tú eres mi sol, Inu. En tus ojos veo el sol más hermoso.

La abracé con mayor fuerza, demostrándole lo que aquellas palabras causaron en mi.

—Te amo, Kagome.— susurré en su cuello.

—Y yo a ti, Inuyasha.

Puse mis ojos en el closet y vi otro regalo.

—¿Y esto?.— dije, separándome de ella y tomándolo.

—No, ese no.

Quiso quitármelo, pero no la dejé.

—¿Qué es?

—Amor, ese no.

—¿Por qué?— levanté una ceja sin creerle y lo abrí.

—No lo abras.— pero ya era tarde.

—¿Y esto?— volví a preguntar con confusión.

—Un collar.— susurró, con su rostro completamente rojo.

—Kag, ¿Qué es esto?

—Nada.

—Dime la verdad.

La vi soltar un suspiro y me respondió.

—Cuando estaba buscando tu regalo, lo hice con Kikyo, porque ella buscaba uno para Naraku.

—¿Y?— pronuncié, aún sin comprender.

—Kikyo me dijo: ¿Y por qué no le das un collar dominante?

—¿Domi qué?

—¿Recuerdas que te dije que ella y yo nos apodábamos, hace años, como las mikos sexys?

—Si.

—Bueno, Kikyo compró las cuencas y nos pusimos a jugar con ellas e hizo este collar y me lo dio para que yo te tenga controlado. Es un juego de sacerdotisas, nada más.

Miré el collar y luego a ella.

—Asique es un collar dominante... ¿Quieres controlar a la bestia que hay en mi, Kag?

—¿Por qué no?— se encogió de hombros.

—Bien, me lo quedaré.

—¿De verdad?

—Si, ya se a que podemos jugar con él.

—¿A que juego?

—Es una sorpresa. Y ahora, vistámonos porque se nos hará tarde. Mientras más temprano lleguemos, más rápido podremos volver.

Sonrió y se dirigió al baño mientras yo sacaba mi traje de gala.

Perspectiva de Sango

—Doctor, ¿todo bien?

—Aún no lo sé, señorita, tengo que revisarla más a profundidad. Abra las piernas para verla mejor.

—Esta bien, doctor.

Abrí mis piernas, tal cual como él me lo pidió.

—Mmm, todo bien por el momento, pero tengo un pequeño problema, señorita Taijiya.

—¿Cuál, doctor Mushin?

—No tengo los elementos para hacer una revisión, tendré que usar mis dedos. No le molesta, ¿verdad?

—Oh, claro que no. Usted es el doctor, usted es quien sabe.

—Claro que si, relájese mientras yo hago lo mio, ¿si?

—Si, doctor.

Me recosté en la cama, cerrando mis ojos y solté un jadeo en el instante en el que sentí sus dedos introducirse en mi.

—¿Todo bien, señorita?

—Si... si, usted siga nomás.

Sentí sus dedos moverse lenta pero tan exquisitamente que mis caderas empezaron a removerse solas.

—¿Se siente bien, señorita?

—Si, mmm, si doctor, sólo que... mmm, siga por favor.

—De acuerdo.

Aceleró sus movimientos, profundizándolos y provocando que elevara un poco mi cadera.

—Señorita, ¿me creería si le digo que olvidé el gel? Creo que tendré que usa mi lengua para mojar la zona. No le molesta, ¿verdad?

—No, no... hágalo por favor.— esto se sentía como lo mejor del mundo.

Solté un gemido al sentir su lengua en toda mi zona, desde mi botón de placer, hasta llegar a mi trasero. Mis caderas se movían desesperadamente mientras él continuaba con sus lamidas y moviendo sus dedos.

—Ay, doctor Mushin, usted es un experto con esto...

—Mmm, si, así es, señorita.— elevó la cabeza, mirándome.

Lo miré a los ojos, aún agitada por sus acciones.

—¿Todo bien, doctor?

—Si, pero deberé hacer una revisión más profunda y, como ya le dije, no tengo los elementos, por lo que deberé revisarla con este, ¿no le importa?— preguntó mientras se desabotonaba el pantalón y dejaba a mi vista su ya elevado miembro.

Me mordí el labio, producto de lo excitada que estaba.

—No hay problema, doctor, pero quiero que sea un examen largo y profundo.

—Así será. señorita.

Lo vi subirse a la camilla y colocarse encima de mi, metiéndomelo lenta y exquisitamente. Solté un gemido, enredando mis piernas en su cintura y comenzó con aquel vaivén lento pero profundo.

—Mmm, si... siga así, doctor.

—Oh... ¿puedo besarla, señorita?

—¿También es dentista?— pregunté, haciéndome la inocente.

—Claro que si, señorita.

Y sin decir más, nos besamos furiosamente mientras sus embestidas subían su intensidad. El cuarto se llenó de gemidos y gritos de placer.

—Mmm, doctor, ya viene...

—Yo igual.

En pocos segundos, nos corrimos al mismo tiempo. Esperamos a que aquellas corrientes pasaran para poder movernos. Él se bajó de la camilla primero, abotonándose el pantalón y después me ayudó a bajar. Me arreglé el vestido y me coloqué mis bragas. Se acercó, abrazándome por detrás y colocar su barbilla sobre mi hombro para susurrarme:

—¿Te gustó tu regalo de Navidad, Sanguito?

Sonreí, me giré para abrazarlo por el cuello y respondí:

—¡Me encantó! —le dije, dándole un beso fugaz antes de seguir hablando—.

—Jamás pensé que ibas a comprar un juego de ginecólogo erótico, Miroku. ¡Hasta la camilla trae! Y que, además, la hayas instalado en el cuarto...

—Pues es para que cada vez que necesites ser revisada, aquí tienes a tu doctor personal, Miroku Mushin —respondió con una sonrisa traviesa—. Además, ya no lo podemos hacer en tu consultorio, Sanguito. Alguien nos podría pillar.

—Sí, amor, tienes razón, pero ya tenemos que irnos. Se nos va a hacer tarde. Vamos a vestirnos para que cuando lleguemos podamos seguir jugando con nuestro regalo, ¿sí?

—Ok, pero este no es mi verdadero regalo, amor. Tengo otro.

—¿De verdad?

—Sí, ya vuelvo.

Lo vi salir del cuarto y regresar poco después con una caja y un moño encima.

—¿Y esto, amor?

—Vamos, ábrelo.

Tomé la caja y noté que se movía.

—¡Ahhh! Esto se mueve, Miroku.

—¡Claro! Ya ábrela.

Con toda la curiosidad del mundo, abrí la caja y grité emocionada:

—¡Un gatitoooooo!

—De hecho, es una gatita, amor.

—Es hermosa —le dije mientras la observaba. Era una bella gatita de color amarillo, con la punta de su cola pintada de negro—. Me encanta, amor. ¡Muchas gracias!

—Me alegra que te guste. Kohaku me ayudó a buscarla. Me dijo que amas a los gatos.

—¿Y no te importa que haya un gato en tu departamento, amor?

—Sanguito, este departamento es de los dos, y no me molesta si tú eres feliz.

—Miroku, te amo —lo abracé con todo mi amor, pero recordé que aún no le daba su regalo.

Me separé de él, fui a la cómoda y lo saqué.

—Toma, amor. Feliz Navidad. De nuestra primera Navidad juntos.

—Y las que vendrán, amor. Gracias —dijo emocionado mientras abría el regalo.— ¡Amor, está súper! Me encanta. ¿Cómo supiste que soy fanático de los rosarios?

Sonreí, feliz por haber acertado con el regalo.

—Le pregunté a Inuyasha y me dijo lo fanático que eres de los rosarios. Y ojo, este no es cualquier rosario. Tiene más de 500 años. Me costó mucho conseguir que el abuelo de Kagome me lo diera, ya que este objeto le perteneció a un monje muy poderoso de la era feudal. También viene con un papiro que cuenta toda la historia de ese monje. Lo dejé en el cajón por si quieres leerlo más tarde, amor.

—¿De verdad, Sango? ¡Oh! Muero por leerlo. Muchas gracias por el regalo, cariño. Me encantó.

—Me alegra que te haya gustado, amor —le dije mientras le daba un beso—. Pero ahora vamos a vestirlos o llegaremos tarde, ¿sí?

—Sí, amor. Vamos.

Antes de vestirnos, le di de comer a mi gatita, pensando que tendría que buscarle un nombre pronto.

Perspectiva de Kikyo

—¿Qué haces, amor?

—No sé qué vestido llevar hoy a la fiesta navideña de los Taisho, amor: ¿el negro brillante o el violeta?

—Cualquiera de los dos. Te verás hermosa.

—Mmm, tu comentario no me ayuda mucho, Naraku.

Lo vi reír detrás de mí.

—Oye, no te rías. Soy Kikyo Tama, la ayudante de Midoriko. ¡No puedo ir con cualquier cosa!

—Perdón, amor, pero ya te lo dije: aunque te pongas un saco de papas, te verás hermosa.

Sonreí con ternura para abrazarlo.

—Eres tan lindo que hasta pareces de otro planeta, amor.

Lo vi sonrojarse por mi halago, y eso me encantaba de él. Le di un beso en la mejilla y volví a lo mío.

—Dios, ¿Cuál uso? ¿Y si le llamo a Koshó y Asuka para preguntarles?

—¿Y por qué no llamas a Kag...?

—¿Para qué? ¿Para que me gima en la oreja mientras me responde la llamada? No, gracias. Y Sango debe estar igual.

—¡Ah, qué asco! —dijo Naraku, haciendo una mueca de desagrado, y yo solté una carcajada.

—Amor, no me estás ayudando mucho con tus preguntas. ¡Necesito un vestido para ahora ya!

—Kikyo, usa cualquiera. Se te verá hermoso.

—Está bien... —solté un suspiro de derrota. Pero antes tenía que darle su regalo a Naraku. Caminé hacia mi cajón y saqué un paquete envuelto.

—Ten, amor. Feliz Navidad.

—Oh, gracias, linda.

Me besó en los labios.

—Vamos, ábrelo.

Lo vi abrir el regalo y tomarlo entre sus manos.

—¡Ahhh! Está increíble. Gracias, amor.

—Me alegra que te guste —le respondí con una sonrisa.

Su regalo era un hermoso reloj que llevaba nuestras iniciales grabadas dentro.

—Me encantó, Kikyo. Muchas gracias.

Me dio un beso antes de separarse de mí y caminar hacia el armario, de donde sacó un regalo grande.

—¡Woo! ¿Qué es esto, Naraku? —pregunté con curiosidad.

—Es un regalo especial, amor.

Lo tomé en mis manos y lo abrí con mucha emoción. Cuando lo tuve frente a mí, lo sostuve.

—Es precioso —susurré, y no mentía. Era un arco hermoso con mi nombre tallado a mano.

—Es tu regalo de 15 años —me explicó Naraku.

—¿¡De 15 años!? ¿Pero cómo?

—Verás, hice este arco porque siempre has amado la arquería. Koshó me dijo que aún lo practicas, pero hace algunos meses lo dejaste por... ya sabes, todo lo que pasó.

—Sí, de hecho, en enero pensaba retomarlo.

—Pues por eso pensé en este regalo. Lo tenía guardado desde hace tiempo.

—¿Pero por qué no me lo diste en mis quince años?

—Pues... cuando te lo iba a dar, dijiste que estabas saliendo con ese chico rubio, el más popular de la escuela. Ese que jugaba tenis. Él te regaló una pulsera de oro, y yo no me sentí capaz de entregarte mi regalo, así que lo guardé.

—Naraku... —pronuncié su nombre con culpa.— Fui tan tonta de no ver al hombre que tenía a mi lado. Perdóname, amor —susurré con arrepentimiento.

Él me sonrió para abrazarme.

—No tienes nada de qué disculparte, amor. Ya pasó. Mejor dime, ¿te gustó tu regalo de cumpleaños navideño?

—Sí, mucho. Gracias, amor.

—De nada, bonita.

Nos besamos tiernamente, y luego yo susurre

—El negro.

—¿Qué?

—El negro. Voy a ir con el negro. Sí, ese vestido llevaré.

—Te verás hermosa, Kikyo.

—Gracias.

Caminé hacia la cama, dejé mi arco allí y tomé el vestido negro.

—Bien, ya hay que cambiarnos o se nos hará tarde.

—Sí, linda. Yo me cambio en el otro cuarto para dejarte este libre.

—Gracias, amor.

—De nada.

Lo vi salir, y yo comencé a cambiarme.

Cómo te amo, Naraku. Pensé, feliz de la vida.

Perspectiva de Sesshomaru

—Mira, ¿te gusta este, amor?

—Rin, si te dijera que es el vestido más lindo del mundo, ¿servirá para que ya no te cambies más?

—Mmm... no. Eso quiere decir que se me ve mal. Ya vuelvo, tengo otro mejor.

Y la perdí en el pasillo. Me golpeé la frente para intentar calmarme. La verdad, Rin se veía hermosa con cualquiera de esos vestidos, pero mi opinión parecía valer muy poco. Este ya era el noveno vestido que se probaba, y tampoco le gustaba. Me froté la cara de aburrimiento y pensé: ¿Inuyasha, Miroku y Naraku tendrán el mismo problema que yo?

—¡Listo! Este sí me gustó. ¿Te gusta a ti, Sesshomaru?

Su voz me sacó de mis pensamientos. La miré y quedé hipnotizado por su belleza. Rin llevaba un vestido platinado ajustado a su cuerpo, que le quedaba como un guante, remarcando todas sus hermosas curvas. Por un segundo, pensé en mandar todo al carajo, perderme entre las sábanas con ella y disfrutar de su exquisito cuerpo toda la noche. Pero no podía hacer eso. Hoy presentaba a Rin oficialmente ante la sociedad como mi novia, así que tendría que esperar unas horas más. Caminé hacia ella y la abracé de una forma que la dejaba completamente a mi merced.

—Te ves realmente hermosa con ese vestido, Rin.

—¿De verdad? —me sonrió

Sin aguantarme más, la besé, transmitiendo todo lo que deseaba hacer con ella después de la fiesta.

—Voy a amar quitarte ese vestido lentamente cuando lleguemos a casa esta noche —le susurré en los labios, y ella soltó un suspiro acompañado de una sonrisa.

—Esperaré feliz ese momento, pero antes... toma.

Me extendió una pequeña cajita que tenía escondida en su cartera de mano.

—Feliz Navidad, amor.

—Gracias.

Le di un beso en los labios y abrí el obsequio. Era una pulsera de plata que tenía grabado SesshōRin y la fecha del día en que nos conocimos en la empresa Taisho.

—¿Te gustó?

—Me encantó, Rin.

De mi traje saqué una cajita de terciopelo y se la entregué.

—Feliz Navidad, Rin.

—Gracias, amor.

Me dio un beso que recibí gustoso.

Perspectiva de Rin

Abrí mi regalo. Era un hermoso juego de aretes, cada uno con un diamante.

—Están muy lindos, amor. Gracias.

Me los puse inmediatamente.

—¿Cómo se ven?

—Perfectos.

Sonrió con cariño.

—Tenemos que irnos o llegaremos tarde, Sesshomaru.

—Sí, vamos.

Tomé mi abrigo y nos fuimos a la fiesta navideña.

Perspectiva de Inuyasha

Todo había salido perfecto. Los reporteros se fueron satisfechos con la noticia: hoy, oficialmente, todo Japón sabía de nuestras relaciones, de los hermanos Taisho y del único heredero de la familia Mushin, Miroku Mushin. Sonreí con tanta felicidad porque este año se estaba yendo, pero el próximo sería el mejor año de mi vida, ya que lo iba a empezar con la mujer que amaba.

Miré a mi lado, ella me sonrió, y yo también. Sin embargo, mi sonrisa se achicó cuando vi a cierto maestrito a lo lejos.

—¿Quién lo trajo? —murmuré.

—¿Quién? —Kagome me preguntó, mirando hacia donde yo lo hacía.

—El maestro bobo.

—Es Hōjō —escuché a Koshó detrás de mí, mientras caminaba hacia nosotros junto con Asuka—. Yo lo invité, y el que está a su lado es Akitoki, su primo. Les pedimos que nos acompañaran, y aceptaron. ¿Hicimos mal?

—No, claro que no, chicas. ¿Verdad, Inuyasha? —Kagome me miró con reproche.

—Qué va, por mí me da igual, pero no lo quiero cerca de ti.

—Inuyasha, él es solo un amigo. Ya deja los celos.

—¡Oooh, qué tiernos! ¡Se aman, se quieren, se abrazan, se besan, se pasan el chicle! —empezaron a cantar Koshó y Asuka, mientras yo solo abrazaba a Kagome para caminar hacia los demás.

—Las vemos después, chicas —terminé de decir antes de irme con Kagome.

—Adiós —las escuchamos detrás de nosotros.

—Inu, no vayas a ser grosero con los chicos cuando se acerquen, ¿vale?

—¿Lo dices por los maestros?

—Sí.

—Me da igual. Creo que ya les quedó claro a él y a todo Japón que tú eres mía, y de nadie más. Mía para siempre —le susurré antes de besarla.

—Oigan, están en público. ¡Contrólense!

Terminé de besarla, puse los ojos en blanco y miré a Miroku y a los demás.

—Sí, cómo no. Mira quién habla.

Perspectiva de Miroku

—Sí, pero yo no miro con ojos de asesino a los demás como tú lo haces con ese joven.

Todos se rieron.

—No es el único. Sesshomaru también lo mira feo —dijo Rin riendo. Todos miramos a Sesshomaru, quien solo desvió la mirada hacia otro lado.

—Claro que no, Rin, son ideas tuyas —respondió Sesshomaru, y una vez más todos volvimos a reír.

—¿Por qué no brindamos para que todas las Navidades sean como esta? —ofrecí, mirando a la familia Taisho, a los Higurashi y a la familia de mi novia.

—¡Salud! —exclamaron todos, levantando sus copas.

Sin embargo, los gritos de la gente, acompañados de un disparo, nos hicieron mirar hacia atrás, y mi cuerpo se congeló.

—Suelta a mi hombre, maldita zorra.— gritó la persona frente a mí, apuntándonos con un arma.

—Shima.— susurré, procesando lo que mis ojos estaban viendo. ¿Es Shima de verdad?, pensé, porque la mujer que tenía enfrente era otra. Estaba toda ojerosa, su cabello desordenado y con ropa arrugada, y su rostro lucía desquiciado. ¿Qué te ha pasado, Shima?, me dije a mí mismo.

—¡Aléjate de él! —gritó una vez más, disparando hacia el aire, haciendo que volviera a la realidad. Ella le estaba apuntando a Sango; automáticamente, me puse en frente de mi novia, protegiéndola con mi cuerpo.

—Miroku, aléjate de ella, ¡la voy a matar!

—¡No te tengo miedo, loca de mierda!— Le gritó a Sango, pero no la dejé que la enfrentara.

—¡Sango, por Dios, tiene un arma!.

—¡No le tengo miedo!.

—Pero sí tengo miedo de que te pase algo. Por favor, déjame a mí.

Vi su cara de frustración, pero aceptó mi petición y agradecí con la mirada. Volví mi vista hacia Shima.

—Shima, suelta esa arma y hablemos, ¿sí?

—¡No!— Y un tercer disparo al aire hizo que los invitados huyeran. Vi cómo tanto Inuyasha, Sesshomaru, Naraku, Towa y Kenta se pusieron delante de todas las mujeres para protegerlas, mientras Rin abrazaba a Kohaku, Naomi a Sota e Izayoi a Shippo, todas aterrorizadas por lo que estaban viendo. Mientras, en las miradas de Kagome y Kikyo, Koshó y Asuka, vi odio puro hacia la desquiciada mujer que tenía enfrente mío, queriendo dispararle a su amiga, que era la mujer de mi vida. Regresé la vista hacia ella y di un paso.

—Te lo suplico, dame el arma y hablemos como dos personas adultas.— Vi a Kenta caminar hacia nosotros para salvar a su hija, pero yo lo detuve.

—No, Sango está más segura detrás de mí. Por favor, regresa con los demás. Lo vi asentir, aún con miedo por su hija, y no lo culpo. Yo me estaba muriendo de miedo por Sango.

—Miroku, ven conmigo. Yo soy la mujer que tú amas, no ella. Esa mujer nos separó. Tú y yo íbamos a casarnos, ya teníamos todo listo. Mira, tengo hasta el vestido de novia puesto. ¿Cierto que se me ve hermoso? —me dijo con una sonrisa macabra.

Y mi sangre se estaba congelando. Ya no tenía dudas: Shima estaba completamente loca, al grado de ver un vestido de novia cuando no lo llevaba puesto.

—Tú me amas a mí, Miroku, no a ella. Vamos a casarnos, tú me lo prometiste.

—Si me voy contigo, ¿la dejas en paz?

—¡De ninguna manera! —exclamó Sango detrás de mí, ya con los ojos rojos por querer tirarse sobre Shima.

—No, Sango, tú no harás nada —y por primera vez, miré a Sango con enojo.

Perdóname, Sango, pero prefiero morir antes de verte muerta por esta loca. Pensé con dolor.

Pero una nueva voz me hizo mirar al frente.

—Hija.

—Padre.

—Hija, mi Shima, por favor, dame esa pistola.

—¡No, hasta que Miroku se case conmigo!. Mira, papá, todos los invitados están presentes, solo falta el sacerdote para que los case. ¡¿Dónde está el maldito sacerdote para que nos case?!

—Hija, no va a venir nadie. Tú y el joven Miroku ya no están juntos, tienes que entenderlo.

—¡Noo, no es cierto! —gritó ella, tapándose los oídos.— Ya cállense, eso no es verdad. Miroku me ama y yo a él, y nos vamos a casar y nos vamos a ir muy lejos, donde esa mujer no lo encuentre más, porque él es mío, ¿me oyes? ¡Mío!

—Ven, amor, vámonos lejos, sí.

Miré por encima de mi hombro a Sango y ella me miró.

—¡No vayas con ella, es peligroso! No vayas, si te pasa algo, yo me muero.

Le sonreí con ternura, no sabía si la volvería a ver.

—Te amo, Sango —susurré para caminar hacia Shima.

—¡No, Miroku, no vayas! —pero su padre la sujetó. Le agradecí con la mirada y caminé hacia Shima.

—Ok, tú ganas, vámonos, pero deja en paz a Sango.

Pero ella me miró con una sonrisa que me dio miedo.

—Esa mujer tiene que morir —y levantó el arma hacia Sango para dispararle, pero yo me puse enfrente para sujetar el arma. Forcejeé con ella hasta que le quité el arma y la tiré lejos para sujetar a Shima, pero ella me mordió y corrió hacia la pistola. No alcancé a llegar; ella la tomó primero y apuntó hacia nosotros. Apretó el gatillo, pero no salió ninguna bala. Clara señal de que ya no le quedaban balas.

—¡Te voy a matar, maldita loca! —no vi de dónde salió Sango y se le echó encima, pero no fue la única. Kagome y las demás también se le tiraron encima. Como pudimos, los muchachos las separamos. Y justo llegó la policía y los médicos.

—Sango, por favor, no vale la pena.

—¡¿Qué no vale la pena?! ¡Esta loca los iba a matar!

—Sí, pero todo salió bien, ya, por favor —y la abracé para que se tranquilizara.

—Hija, tienes que volver a la clínica.

—¡No! —gritó ella, y todos la vimos cómo se levantó y corrió hacia un ventanal. Desde allí me miró llorando—. No volveré a ese lugar. —Y después de eso, todo fue en cámara lenta. Solo pude gritar:

—¡Shimaaaaaa! —mientras ella se tiraba del noveno piso del edificio. Dejé a Sango allí con las chicas para que no viera lo que ya me estaba imaginando. Caminé hacia el ventanal y no pude ver más de dos segundos su cuerpo. Cerré los ojos y caminé hacia dentro—. Descansa en paz, Shima —susurré para abrazar a Sango, aún shockeado por la muerte de Shima.

Los minutos se hicieron horas, y ahora estábamos todos en la delegación para contar lo que pasado. Kagome estuvo en cada charla, de cada uno, como nuestra abogada, hasta que el padre de Shima se acercó para contarles qué fue lo que le pasó a Shima todos esos meses.

—Lo escucho —dije.

—Mi hija, hace algunos meses, llegó a casa toda golpeada. Nosotros nos asustamos y le preguntamos qué le pasó, y ella nos dijo que la señorita Sango la había golpeado en un baño público por puro capricho.

—¡Eso es mentira! —gritó Sango, pero yo la abracé para que se controlara. Ella me miró y luego al padre de Shima. —No niego que sí la golpeé en un baño público, pero fue porque su hija mandó a tres matones a hacerme quién sabe qué cosas, pero yo me pude defender y le saqué toda la verdad a esos matones, su hija me quería hacer daño.

—¿Por qué no me lo contaste, Sango? —la miré con reproche.

—Perdón, pero no quería preocuparte. ¡Pero estoy diciendo la verdad!

—Le creo, señorita —y los dos miramos al hombre.

—Mis guardaespaldas me dijeron toda la verdad antes de que mi hija llegara golpeada. En ese momento, ella tomó mi pistola para matar a la señorita Sango, pero ahí fue donde mi esposa y yo caímos en la realidad de que nuestra hija estaba desquiciada. Ese mismo día la internamos, pero una vez más, Shima nos engañó. Nos hizo pensar que se había curado. Nosotros, muy felices, le pedimos a los doctores que la dejen ir a casa. Eso fue anoche, y esta mañana, cuando entré a su cuarto, no la encontré, pero sí hallé fotos tuyas y de la doctora Taijiya con una bala dibujada en la frente. Me aterró y corrí hacia mi despacho, y efectivamente, me faltaba mi revólver. Y ya el resto de la historia la saben. Les pido perdón a los dos por todo el mal que mi hija les causó, y perdón, Miroku, por el mal que te hicimos en el pasado cuando apoyamos los errores de nuestra hija.

—No se preocupe, señor, están perdonados.

—Señorita, por favor, perdónela.

—No se preocupe, no tenemos nada que perdonar. Es mejor que vaya con su esposa, la pobre se ve muy mal.

—Sí, con permiso —y se marchó.

—Sango, ¿por qué no me dijiste nada sobre eso que pasó?

—Ya no importa, Miroku, la pesadilla ya terminó. Sé que va a sonar mal, pero ahora sí podemos ser felices sin sombras y peligros a la vista.

—Sí, Sango, desde hoy sin sombras en nuestras vidas.

—Sin sombras —me respondió ella, y nos abrazamos para salir de la delegación de Policía y llegar donde los demás.

—¿Nos vamos? —preguntó Inuyasha.

Miré a Sango y ella me sonrió.

—Sí, nos vamos.

Subimos a los autos y cada pareja se fue a sus hogares, y obvio, yo con mi novia, mi Sango.

Continuará...


Si llegaron hasta aquí, gracias. Créditos por la ortografía a la bella autora Cbt1996. ¡Muchas gracias, linda!