Ginoza

Volver a la academia después de estar unos días enfermo fue extraño. El mundo seguía adelante, como si nada hubiera pasado, pero para mí, algo se había movido. No sabía exactamente qué, pero estaba ahí, esa sensación persistente, como si algo estuviera cambiando dentro de mí.

Cuando llegué a la entrada, lo primero que vi fue a Alice. Estaba parada allí, su cabello recogido en una media coleta, mirando alrededor como si buscara a alguien o algo. Por un momento pensé en dar la vuelta, evitarla, pero mis pies siguieron avanzando hacia ella, como si no tuvieran otra opción.

Cuando me vio, su rostro se iluminó con una sonrisa tan genuina que me dejó momentáneamente sin palabras.

—¡Gino! —dijo, caminando hacia mí con esa energía que siempre parece llevar a donde va—. ¿Ya estás mejor?

Asentí, intentando no mirarla directamente a los ojos.

—Sí, ya estoy bien. Gracias por… lo que hiciste. Por traer los deberes y todo.

Alice se rió suavemente, como si mi agradecimiento fuera innecesario.

—Gino, somos amigos ahora. Lo menos que podía hacer era preocuparme un poco.

Amigos. Las palabras resonaron en mi cabeza, y no pude evitar fruncir el ceño ligeramente. ¿Qué significa eso exactamente?

—¿Amigos? —pregunté, intentando sonar casual, aunque no lo conseguí del todo.

Alice me miró, ladeando ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando mi reacción.

—Claro. ¿No lo ves? Tú, Kougami, yo… somos un equipo ahora, ¿no?

No supe qué responder a eso. Un equipo. Sonaba simple, pero no lo era. No con Alice. Ella nunca es tan sencilla como parece.

—No sé cómo haces para soportar esa intensidad todo el tiempo —murmuré, más para mí mismo que para ella.

Alice rió de nuevo, pero esta vez su risa fue más suave, más tranquila.

—Es fácil cuando las cosas importan, Gino. Y tú… bueno, tú importas.

Su respuesta me dejó congelado. ¿Qué significaba eso exactamente? ¿Le importo? ¿De qué manera?

Mientras Alice seguía hablándome de algo relacionado con las clases que perdí, mi mente estaba en otra parte. Me encontraba cuestionando todo. ¿Qué soy para ella? ¿Un amigo? ¿Algo más? ¿Quiero ser algo más?

Parte de mí quería alejarme, mantenerme en esa distancia segura que mantengo con los demás. Pero otra parte, una que no quería admitir, quería acercarse más. Quería entender qué significaba realmente ser parte de la vida de Alice Carter.

Cuando la conversación terminó y nos separamos para ir a nuestras respectivas clases, no pude evitar mirar hacia atrás, viéndola alejarse con esa mezcla de confianza y despreocupación que siempre parece llevar consigo.

Kougami

La hora del receso es un caos controlado. El ruido de las conversaciones, los pasos apresurados y las risas se mezclan en un murmullo constante mientras los estudiantes se dispersan por la academia, buscando un lugar donde comer, reunirse o simplemente perder el tiempo antes de la próxima clase. No estoy buscando a nadie en particular, pero si por casualidad me cruzara con Alice, no me molestaría. Desde nuestra charla después de la visita a la mansión Carter, no he dejado de pensar en todo lo que dijo, en todo lo que descubrí. Pero no es Alice a quien encuentro, sino a Ginoza.

Está solo, como siempre. No parece que esté buscando a nadie, y cuando me ve, por un instante creo que va a girar en otra dirección, pero en lugar de eso se detiene a medio paso y me mira con esa expresión impenetrable suya.

—Gracias por llevarme los deberes —dice sin rodeos.

No es una conversación. Es un trámite. Preciso, directo. Ginoza es así. No esperaba algo distinto.

—No fue nada —respondo con naturalidad, aunque en el fondo sé que no fue exactamente mi idea. Alice me arrastró a hacerlo, literalmente. Pero no está mal haberlo hecho. Es lo correcto. Ayudar a alguien sin esperar nada a cambio es algo que simplemente… se hace. Y, de alguna manera, encaja con mi decisión de acercarme a Ginoza.

Él asiente y, sin más, se gira para seguir su camino. Tan breve como siempre. Me quedo viéndolo alejarse, preguntándome si este es realmente el ritmo al que tengo que moverme con él. Me hubiera gustado contarle lo que descubrí sobre Alice, su aislamiento, su vida en esa mansión gigantesca y vacía, pero no tuve oportunidad. Tal vez lo busque más tarde. No quiero que él sienta que está obligado a hablar conmigo, pero tampoco quiero que esto termine en un gesto educado y distante.

Mientras lo veo desaparecer entre la multitud, me pregunto si debería ir a almorzar con Alice y con él. Bueno, en realidad, si Alice y yo deberíamos almorzar con él. Porque Alice, tarde o temprano, se las arreglará para encontrarme y llevarme con ella. Pero Ginoza es distinto. Quizás ahora mismo no está receptivo para soportarnos. Lo más probable es que le moleste que hayamos visto las condiciones en las que vive. Para alguien como él, que ya carga con el estigma de su apellido, saber que otros han sido testigos de su realidad debe sentirse como una herida expuesta. En su mente, eso solo lo hace parecer más un marginado. Pero las cosas no son así.

No pienso en él de esa manera. Y Alice… Alice no piensa en él de ninguna manera que no haya decidido por sí misma. A Alice no le importa absolutamente nada. En algún momento, en su lógica inexplicable, determinó que Ginoza ahora es su amigo, y esa decisión parece ser inapelable.

Antes de que pueda decidir qué hacer, lo siento.

Un par de brazos se aferran a mi brazo derecho con una firmeza que roza la agresión, y casi al mismo tiempo, el impacto de su perfume me golpea con la fuerza de un golpe bien dirigido. Manzana verde, frambuesa y algo más, algo que nunca he podido identificar.

Es Alice.

No necesito mirarla para saber que es ella. Es como si la realidad misma hubiera venido a buscarme para recordarme que el almuerzo ya está decidido.

—¡Kou! —su voz irrumpe con la misma intensidad que su agarre—. ¡Comida!

Sus prioridades son claras. Intento no suspirar.

—Alice… —intento, pero es inútil. Ya tiene su plan y no hay escape.

Sin embargo, recuerdo a Ginoza. Tal vez no quiere vernos ahora mismo. Tal vez es mejor darle espacio. Así que, por esta vez, intento razonar con Alice.

—Vamos por algo rápido de la máquina expendedora —sugiero, sin mencionar que es para respetar el espacio de Ginoza. Si lo digo así, Alice probablemente decidirá lo contrario solo por llevar la contraria.

Ella me observa con desconfianza, entrecerrando los ojos como si tratara de detectar algún truco oculto en mi propuesta.

—¿Máquina expendedora? —repite con desdén.

—Sí. Bajo los cerezos. Tranquilo, sin filas. Rápido.

Por un momento, parece considerar sus opciones. Finalmente, suspira teatralmente y asiente.

—Bien, pero me debes una comida decente después.

—Claro, Alice. Lo que digas.

Nos dirigimos hacia los cerezos, alejándonos un poco del bullicio del comedor. No sé si Ginoza nos habría aceptado en su mesa hoy, pero al menos, por esta vez, le doy el espacio que creo que necesita. Alice no parece preocupada por ello. En su mente, Ginoza ya es su amigo.
Nos acomodamos bajo los cerezos, cada uno con una comida improvisada sacada de la máquina expendedora. Alice tiene en sus manos un pequeño paquete de galletas y una bebida enlatada, mientras que yo opté por un sándwich empaquetado que probablemente lleva días ahí dentro. No es la mejor comida, pero cumple su función.

Para Alice, esto es completamente normal. Ella se sienta con las piernas cruzadas sobre el suelo, abre el paquete de galletas con una facilidad despreocupada y empieza a comer sin darle demasiada importancia al momento. Pero para mí… bueno, empiezo a darme cuenta de algo.

Estamos solos.

No es la primera vez, claro. Pero la última vez que estuvimos así, a solas, fue después de que fui a su casa. Después de que supe la verdad sobre cómo ella vivía. Desde entonces, he estado pensando en eso más de lo que quiero admitir. Y ahora estamos aquí, compartiendo un almuerzo casual como si nada hubiera cambiado.

Pero sí cambió.

Alice no parece notar mi ligera incomodidad. O si lo nota, no le importa. Se estira con pereza y me mira con esos ojos que siempre parecen analizarlo todo y nada al mismo tiempo.

—No puedo creer que me convenciste de esto —dice, sacudiendo una de las galletas en mi dirección—. Me debes un almuerzo decente, Kou.

—No fue difícil —respondo, dándole un mordisco a mi sándwich. No es tan malo como esperaba.

—Es que me tomaste desprevenida. Si lo hubieras intentado en otra ocasión, probablemente te habría arrastrado al comedor sin opción a negociar. —Mastica pensativa, como si estuviera evaluando su estrategia para la próxima vez—. Pero está bien. Bajo los cerezos también es un buen lugar. Me recuerda un poco a la terraza.

La terraza.

Ese rincón escondido que encontramos el día del examen. Es extraño cómo Alice siempre encuentra la manera de hacer que cualquier lugar se sienta… personal. Como si tuviera un talento natural para apropiarse de los espacios, hacerlos suyos sin esfuerzo.

Asiento sin decir nada, y por un momento solo escuchamos el sonido del viento entre las ramas de los cerezos. Los pétalos caen lentamente, flotando en el aire antes de depositarse sobre la hierba. La escena tiene algo de paz, algo casi demasiado tranquilo para lo que suelo asociar con Alice.

Tal vez es precisamente por eso que siento que debería decir algo.

—Sobre lo de la mansión… —empiezo, sin estar seguro de por qué traigo el tema.

Alice ladea la cabeza, curiosa, sin perder su ritmo al comer.

—¿Qué pasa con la mansión?

Su tono es despreocupado, como si estuviéramos hablando del clima. Como si no hubiera nada significativo en la idea de haber pasado prácticamente toda su vida completamente sola en un lugar tan enorme y vacío.

—Nada, solo… —Hago una pausa, eligiendo mis palabras con cuidado—. No parece que te moleste.

—¿El qué?

—Vivir ahí. Sola.

Alice mastica en silencio por un momento, como si estuviera pensando en la mejor manera de responder. Luego se encoge de hombros.

—Me acostumbré. —Es una respuesta sencilla, pero sé que hay más detrás de ella. Siempre hay más con Alice.

Dejo que el silencio se asiente entre nosotros. Si ella quiere hablar más, lo hará. No soy del tipo que presiona.

Y entonces, con una sonrisa repentina y un brillo travieso en los ojos, Alice me lanza una pregunta inesperada:

—¿Y tú, Kou? ¿Vas a contarme algo sobre tu vida o solo vas a seguir haciéndome preguntas profundas mientras comes ese sándwich sospechoso?

Me río, sorprendido por el cambio de tema, y niego con la cabeza.

—No creo que haya nada interesante que contar.

—Mmm… no sé si creerte. —Toma un sorbo de su bebida antes de continuar—. Hay cosas en las que me recuerdas a Gino.

Alzo una ceja.

—¿En qué sentido?

—En que los dos piensan demasiado. Y son un poco orgullosos. —Me señala con una galleta—. Pero a diferencia de Gino, tú no tienes problema en hacerme compañía. Lo cual aprecio, por cierto.

Es un cumplido, supongo. Uno con su propio tipo de lógica caótica, muy al estilo de Alice.

No sé qué responder, así que simplemente me quedo en silencio. Miro el cielo, las ramas de los cerezos, las sombras proyectadas en el suelo. Por alguna razón, no me molesta tanto el hecho de que estamos solos. Tal vez porque, en cierto modo, Alice tiene razón. No tengo problema en hacerle compañía.

Y aunque no lo diré en voz alta, me gusta estar aquí.

Alice sigue comiendo con la misma despreocupación de siempre, como si esto fuera la cosa más natural del mundo. Para ella, probablemente lo es. Pero yo sigo sintiendo la diferencia, el peso de que, después de lo de la mansión, después de lo que descubrí sobre ella, algo cambió. No en ella. En mí.

Y eso me irrita un poco.

No sé qué esperaba, exactamente. Quizás algún indicio de que también lo había pensado. De que, al menos por un segundo, sintió lo mismo que yo cuando me fui de su casa: una extraña mezcla de curiosidad y... algo más. Pero aquí está, comiendo galletas como si no existiera nada fuera de este momento.

La observo de reojo. Su cabello se mueve con el viento, y un pétalo de cerezo cae sobre su rodilla. Ella lo mira, lo recoge con la punta de los dedos y lo deja flotar de nuevo al suelo sin darle demasiada importancia. Todo en Alice Carter parece un acto espontáneo, sin plan, sin estrategia. Es como si simplemente existiera en el momento sin preocuparse demasiado por las implicaciones.

Es lo opuesto a mí.

—No estás comiendo —dice de repente, rompiendo mi ensimismamiento. Me mira con los ojos entrecerrados, como si estuviera evaluándome—. ¿Algo en tu sándwich te da mala espina?

—No, solo estaba pensando.

—Ajá. —Su tono suena escéptico—. Lo sabía. Piensas demasiado.

—Tú no piensas lo suficiente.

—¡Oye! —finge indignación, llevándose una mano al pecho—. Yo pienso mucho. Solo que mis pensamientos son más divertidos que los tuyos.

Eso no lo dudo.

Tomo un bocado del sándwich, más por obligación que por hambre, mientras ella termina su última galleta y se estira como un gato bajo el sol.

—¿Y qué decidiste? —pregunta de repente.

Parpadeo, confundido.

—¿Decidir qué?

—Si vamos a almorzar con Gino o no.

Ah, eso.

Se me había olvidado por un momento, pero ahora que lo menciona, me doy cuenta de que ya no tengo una respuesta clara. Parte de mí cree que lo mejor es dejarlo solo, pero otra parte... otra parte siente que, si lo dejamos solo demasiado tiempo, se hundirá más en su propio mundo.

—Tal vez no hoy —digo finalmente—. Quizás mañana.

Alice asiente, como si mi respuesta fuera completamente razonable.

—Mañana, entonces.

Y con eso, el tema queda cerrado.

Alice se recuesta ligeramente sobre el césped, apoyando su peso en los brazos, con la mirada perdida en las ramas de los cerezos. Yo sigo sentado, con el sándwich a medio terminar en la mano, aun sintiendo el peso de lo que no digo.

Después de un rato, ella habla otra vez, pero su tono es más tranquilo esta vez, casi pensativo.

—Kou, ¿crees que todo el mundo necesita tener a alguien?

La pregunta me toma por sorpresa. La miro, pero ella sigue observando las hojas y el cielo, como si la respuesta estuviera allá arriba.

—Depende —digo, eligiendo mis palabras con cuidado—. No creo que haya una única forma correcta de vivir. Algunos necesitan compañía. Otros están mejor solos.

Ella asiente lentamente.

—Yo no sé qué clase de persona soy.

No lo dice con tristeza. No hay un peso emocional en sus palabras, pero algo en la forma en que lo admite me hace sentir que es la primera vez que lo dice en voz alta.

—Nos tienes a Gino y a mí —le recuerdo.

Ella sonríe, girando la cabeza hacia mí.

—Sí. Y no los pienso dejar escapar.

Es una promesa, o quizás una amenaza.

Pero lo dice con esa sonrisa despreocupada suya, con la confianza de alguien que nunca ha considerado la posibilidad de perder lo que ha decidido que es suyo.

No lo digo en voz alta, pero hay algo reconfortante en eso. En la certeza absoluta de Alice Carter.

Ginoza

Estaba caminando por uno de los pasillos al final del día cuando me crucé con Kougami. Parecía estar esperando algo, o quizás a alguien, pero cuando me vio, hizo un gesto con la cabeza para que me acercara.

—¿Tienes un minuto? —preguntó, con ese tono tranquilo que siempre usa, pero había algo más detrás, como si estuviera pensando demasiado en algo.

Asentí, deteniéndome a su lado.

—¿Qué pasa?

Kougami cruzó los brazos, mirando al suelo por un momento antes de hablar.

—Ayer fui a la casa de Alice.

Esa simple frase me hizo fruncir el ceño.

—¿A la mansión Carter? —pregunté, sorprendido. Sabía que Alice era rica, pero siempre había asumido que su vida en esa mansión era como la de cualquier otra heredera: lujos, familia, servidumbre. Pero algo en la expresión de Kougami me hizo dudar.

—Sí —respondió, con un suspiro—. Pero no es lo que piensas.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, cruzando los brazos, ahora más curioso.

Kougami levantó la vista y me miró directamente.

—Alice vive sola. Hace años.

La sorpresa me golpeó como un puñetazo.

—¿Sola?

—Sí. Su madre falleció hace años, y su padre… bueno, está en Dejima, parece que no ha vuelto desde entonces. Alice mencionó que la academia es la primera vez que pisa una escuela. Ha estado sola, Gino. Completamente aislada, con solo drones para hacerle compañía.

Las palabras de Kougami se asentaron en mi cabeza, y no pude evitar imaginarlo: Alice, en esa enorme mansión, caminando por pasillos vacíos, rodeada de lujos que no pueden llenar el vacío de la soledad.

—¿Años? —murmuré, más para mí mismo que para él—. ¿Años sin contacto real con el mundo?

Kougami asintió lentamente, con una expresión grave.

—¿Cómo alguien puede sobrevivir a eso sin que su tono se oscurezca? —preguntó, verbalizando exactamente lo que yo estaba pensando.

No respondí de inmediato. Porque, honestamente, no tenía una respuesta. La idea de pasar tanto tiempo aislado, sin una familia, sin amigos, sin nadie, era algo que no podía comprender del todo.

—Es un milagro que Alice no sea un desastre completo —dije finalmente, con sinceridad.

Kougami soltó un suspiro, como si estuviera de acuerdo.

—Es fuerte. Más de lo que parece. Pero… no sé. Hay algo en ella. Como si estuviera tratando de compensar algo, como si no quisiera que nadie viera lo que realmente siente.

Asentí, porque yo también había notado eso. Alice siempre estaba sonriendo, siempre decía algo ingenioso o despreocupado, pero debajo de todo eso, había algo más. Algo que solo se vislumbraba en momentos muy breves.

—¿Qué piensas hacer con eso? —le pregunté, mirándolo directamente.

Kougami se encogió de hombros, aunque su expresión mostraba una determinación que no combinaba con el gesto.

—No lo sé. Pero quiero estar ahí para ella. Sea lo que sea que necesite, quiero ser alguien en quien pueda apoyarse.

Sus palabras resonaron en mi cabeza. Porque, aunque no lo diría en voz alta, sabía que sentía lo mismo. Alice ya había encontrado un lugar en nuestras vidas, y aunque no lo entendiera del todo, sabía que quería protegerla de esa soledad.

—Varios años… —repetí en voz baja, mirando hacia el pasillo vacío frente a nosotros—. Nadie debería pasar tanto tiempo solo.

Kougami no dijo nada, pero asintió. Ambos sabíamos que Alice no era alguien común. Y ambos sabíamos que haríamos lo que fuera necesario para asegurarnos de que nunca volviera a sentirse así.

Alice

La profesora estaba frente a nosotros, explicando el proyecto con entusiasmo, mientras yo apenas lograba concentrarme. La sala de danza estaba casi vacía, con mis nueve compañeros, todos escuchando atentos, pero mi mente ya estaba volando hacia lo que significaba este anuncio.

Una presentación. Una producción propia de baile. Algo que mostraremos al resto de la escuela.

Era un proyecto ambicioso, y, según la profesora, sería una parte importante de la nota final. Tenía que ser excelente, no había margen para errores ni para actuaciones mediocres. Pero no era solo eso. Esto no sería como cualquier otra clase o práctica. Esto era público.

Cerré los ojos por un momento, imaginando la escena: el escenario, las luces, los ojos de todos los estudiantes observándonos. Todos los ojos en mí. Y eso me aterra.

—Tienen libertad creativa —continuó la profesora, su voz llena de entusiasmo—. Pueden elegir el estilo, la música, e incluso agregar elementos adicionales si lo desean. Esta será su oportunidad de mostrar quiénes son a través de la danza.

"¿Quién soy a través de la danza?" pensé. Esa pregunta se quedó flotando en mi mente, más pesada de lo que debería.

La danza siempre había sido una forma de expresión para mí, una manera de liberarme cuando las palabras no eran suficientes. Pero esto era diferente. Ahora, tendría que mostrarle a toda la academia algo más que técnica. Tendría que mostrarles… mi esencia, o algo así.

La profesora siguió explicando los detalles del proyecto, hablando sobre los plazos y los requisitos, pero yo estaba perdida en mis pensamientos. Este proyecto era una oportunidad, sí, pero también una presión enorme. No podía permitirme fallar, no después de todo lo que había trabajado para llegar aquí.

Y, si soy honesta, no quería que fuera solo una presentación más. Quería que fuera algo que me hiciera sentir satisfecha. Algo que no solo cumpla con la consigna, sino que me pueda divertir en el proceso.

Cuando la clase terminó, me quedé un poco más en el estudio, mirando mi reflejo en el espejo. Practicando un poco más, por inercia ¿Qué quiero mostrar? Esa pregunta me seguía persiguiendo mientras trataba de imaginar qué podría hacer.

La música es lo que siempre me ha movido, pero esto era más que elegir una canción y moverme al ritmo. Tenía que ser algo que conectara, algo que cuente una historia.

Suspiré, recogiendo mis cosas, porque me di cuenta que me quedé completamente sola en el aula. Esto iba a ser un desafío. Pero, de alguna manera, estaba emocionada por ello.

Porque, al final del día, esta era mi oportunidad de mostrarle al mundo, y a mí misma, de qué estoy hecha. Aunque me aterra.

Kougami

El profesor de filosofía nos miró a todos desde su escritorio, con esa expresión seria que siempre lleva, pero esta vez había algo más. Algo que se parecía un poco a entusiasmo, aunque estaba muy bien disimulado.

—Para el próximo semestre, cada uno de ustedes tendrá la oportunidad de liderar una clase de debate —anunció, su voz resonando en el aula—. Será su proyecto principal, y será evaluado no solo por el contenido, sino también por su capacidad para guiar el debate, argumentar y defender sus ideas.

Sentí cómo la atención de todos en la sala aumentaba. Filosofía siempre había sido una de mis materias favoritas, pero esto… esto era diferente.

El profesor continuó explicando los detalles.

—El tema del debate será su elección, siempre y cuando esté relacionado con los conceptos que hemos trabajado en clase: ética, moralidad, justicia, el significado de la verdad… —hizo una pausa, mirando alrededor—. Quiero que este proyecto sea algo que realmente les interese, algo que los apasione.

"Algo que me apasione." Esa frase resonó en mi mente mientras tomaba notas mecánicamente. Hay muchas cosas que me interesan, claro, pero ¿lo suficiente como para convertirlas en el tema central de un debate?

El profesor siguió hablando, detallando los criterios de evaluación y los plazos, pero mi mente ya estaba trabajando en el proyecto. ¿Qué tema podría elegir? Algo relacionado con justicia, tal vez, o con la idea del bien y el mal. Siempre he estado fascinado por esos conceptos, por lo que significan realmente.

Pensé en la sociedad en la que vivimos, en el sistema Sibyl, en cómo dicta nuestras vidas. Pensé en mi madre, Tomoyo, y en Alice. Pensé en la idea de lo correcto y lo incorrecto, y cómo esas líneas pueden ser borrosas dependiendo de quién las dibuje.

"¿Qué es lo correcto? ¿Quién decide qué es moralmente aceptable y qué no?"

Esas preguntas siempre han estado en el fondo de mi mente, y ahora tenía la oportunidad de explorarlas más a fondo, de analizarlas con mis compañeros y ver cómo responden.

Me imaginé frente a la clase, guiando un debate sobre esos temas. ¿Podría sostener mi punto de vista? ¿Podría escuchar los suyos sin prejuicios? Las materias como filosofía no pretenden sólo enseñar conceptos, es desafiar ideas preconcebidas, cuestionarlas, y esa era una de las cosas que más me gustaban de la materia.

Cuando terminó la clase, salí del aula con una mezcla de emoción y nerviosismo. Este proyecto iba a ser más difícil de lo que pensaba, pero también era una oportunidad. Una oportunidad para mostrar lo que soy capaz de hacer, para demostrar que puedo argumentar, liderar y, sobre todo, pensar.

Ya tenía una idea general de lo que quería hacer, pero sabía que necesitaría tiempo para desarrollarla. Esto no podía ser algo apresurado. Tenía que ser algo que dejara una marca, no solo en mi nota, sino también en mí mismo.

Mientras caminaba por los pasillos, comencé a repasar mentalmente algunos temas, intentando decidir cuál sería el mejor. Porque, al final del día, este no era solo un proyecto más. Era una oportunidad para explorar lo que realmente significa ser humano. Y no iba a desperdiciarla.

Ginoza

La sala de clases estaba más silenciosa de lo habitual. El profesor de derecho penal paseaba por el frente del aula, sosteniendo un montón de papeles mientras nos observaba con esa mirada evaluadora que siempre parece perforar el alma.

—Para el próximo semestre —comenzó, dejando caer los papeles sobre su escritorio con un golpe seco—, tendrán que preparar un caso ficticio basado en los principios legales que hemos estudiado hasta ahora.

Sentí cómo el ambiente en la sala se volvía más tenso. Un caso ficticio. Sabía lo que eso significaba: no sólo investigar, sino construir argumentos sólidos, anticipar los contraargumentos y, finalmente, presentarlos de manera persuasiva.

—El caso debe abordar un tema ético complejo —continuó—. Algo que no tenga una respuesta sencilla, que los obligue a pensar críticamente y a aplicar las leyes de manera creativa. Quiero ver cómo razonan, cómo defienden su posición y cómo manejan la presión de un debate legal.

Sentí un peso en mi pecho mientras tomaba notas. Esto no iba a ser fácil. Pero tampoco era algo que quisiera evitar. Derecho penal siempre había sido mi materia favorita, precisamente porque no todo es blanco y negro.

El profesor continuó explicando los detalles.

—Podrán elegir entre representar a la fiscalía o a la defensa, pero no será una elección ligera. Una vez que elijan, tendrán que apegarse a esa postura hasta el final. Y recuerden, no se trata solo de ganar, sino de demostrar su comprensión de los principios legales y éticos involucrados.

Mientras hablaba, mi mente ya estaba trabajando. ¿Qué caso podría elegir? Tenía que ser algo interesante, algo que realmente me importara.

Pensé en los temas que habíamos discutido en clase: justicia, castigo, responsabilidad. Pensé en el sistema Sibyl y en cómo dictaba nuestras vidas. Y, por supuesto, pensé en mi propio pasado, en mi padre, en lo que significaba ser el hijo de un criminal latente.

Una idea comenzó a formarse en mi mente: ¿Qué pasa cuando la justicia entra en conflicto con la moralidad?

Podría construir un caso sobre un acto criminal que, a pesar de ser legalmente condenable, fuera moralmente justificable. Algo que obligara a mis compañeros, y a mí mismo, a cuestionar qué es realmente lo correcto.

El profesor terminó de hablar, asignándonos los primeros pasos para el proyecto, y salí del aula con una mezcla de emoción y ansiedad. Esto no iba a ser solo un proyecto académico. Esto era personal.

Mientras caminaba por los pasillos, pensé en lo que quería lograr con este proyecto. No se trata solo de sacar una buena nota. Se trata de demostrar que puedo enfrentar los desafíos, que puedo analizar el mundo desde un punto de vista crítico, incluso cuando las cosas se complican.

Y, quizás, se trata de demostrarme a mí mismo que puedo ser más que solo el hijo de un criminal latente. Que puedo ser alguien que entiende la ley, que respeta la justicia, pero que también sabe cuándo desafiarla.

No iba a tomar este proyecto a la ligera. Porque, al final del día, esto no era solo una tarea más. Era una prueba de quién soy y quién quiero ser.