Ginoza
El sonido rítmico de las pelotas rebotando contra el suelo y el choque de las raquetas llenaban el ambiente de la zona de canchas de tenis. Me apoyé en la cerca, recorriendo con la mirada los partidos en curso, buscando algún oponente decente. No era fácil. La mayoría jugaba por diversión o para cumplir con la exigencia del programa deportivo de la academia. No había nadie que pudiera llamarse un rival real.

Chasqueé la lengua con fastidio.

Había venido preparado para jugar, con mi raqueta bien encordada y mi concentración intacta. Pero sin nadie a la altura, todo era una pérdida de tiempo.

Estaba a punto de darme la vuelta y largarme cuando escuché una voz detrás de mí.

—¿Esperando a alguien, Ginoza?

Giré la cabeza y, para mi desgracia, ahí estaba él.

Kougami Shinya.

De pie, con esa postura relajada suya, con la raqueta colgando despreocupadamente de una mano, como si esto fuera un simple pasatiempo y no una competencia real.

—Estoy esperando un partido decente —respondí, cruzándome de brazos—. Lo que no es fácil de encontrar.

Kougami arqueó una ceja, su sonrisa casi burlona.

—¿Eso significa que yo no soy un partido decente?

Rodé los ojos.

—Significa que no sé si valdría la pena jugar contra ti.

—Suena a que no tienes otra opción —replicó, con la confianza irritante de siempre.

Tampoco es que estuviera equivocado. Suspiré y me dirigí a la cancha vacía más cercana.

—Bien, si vas a hablar tanto, ven y demuestra que sabes sostener una raqueta.

Kougami me siguió sin discutir, lo cual fue un alivio. No estaba de humor para perder tiempo en tonterías. Nos colocamos en lados opuestos de la red, listos para empezar.

—¿Un set? —preguntó Kougami, girando la raqueta en su mano con la misma despreocupación de siempre.

—Hasta que uno de los dos gane —respondí con frialdad.

No iba a perder.

Saqué primero, asegurándome de que el golpe fuera limpio, rápido y certero. La pelota cruzó la cancha con precisión, rozando apenas la línea de fondo. Pero para mi sorpresa, Kougami la devolvió sin problemas, como si no hubiera tenido que esforzarse en absoluto.

Fruncí el ceño.

Bien. Esto sería interesante.

Los primeros intercambios fueron intensos, con cada uno midiendo las habilidades del otro. Me di cuenta rápidamente de que Kougami no era un jugador improvisado. No tenía mi técnica refinada, pero compensaba con una agilidad impresionante. Se movía rápido, con reflejos que lo hacían difícil de superar en los puntos largos.

Pero yo tenía control. Precisión. No iba a dejar que su resistencia me desgastara.

Aproveché cada oportunidad para colocarlo en una posición incómoda, forzándolo a correr de un lado a otro. Funcionó durante un tiempo. Empecé a tomar la delantera en el marcador, acumulando puntos con golpes que lo obligaban a responder con esfuerzo.

Pero entonces, Kougami empezó a cambiar el ritmo.

Dejó de jugar defensivamente y comenzó a atacarme con golpes más agresivos, buscando ángulos inesperados, empujándome a reaccionar más rápido de lo que quería.

Mi mandíbula se apretó cuando un golpe suyo pasó a centímetros de la línea, justo fuera de mi alcance.

—Juego, Kougami —dijo, sonriendo ligeramente mientras giraba la raqueta entre los dedos.

—No cantes victoria tan rápido —le advertí, caminando hacia mi posición para el siguiente saque.

El partido continuó, cada punto convirtiéndose en una pelea cerrada. No éramos amigos, no del todo. Pero en ese momento, en la cancha, éramos algo más parecido a rivales. Y aunque odiaba admitirlo, estaba disfrutándolo.

Pero no pensaba perder.

No contra él.

La pelota rebotó con fuerza contra la línea de fondo y, esta vez, Kougami no llegó a tiempo. Se lanzó por ella, estirándose con todo su alcance, pero su raqueta apenas la rozó antes de que la bola saliera disparada fuera de la cancha.

—Juego, set y partido —declaré, sin poder evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro.

Había ganado.

Me enderecé, exhalando lentamente, permitiéndome sentir la satisfacción del momento. Fue un partido más difícil de lo que esperaba. Kougami era un oponente fuerte, más de lo que me había dado cuenta al principio. Su estilo no era técnico, pero compensaba con velocidad, reflejos y una resistencia absurda. Había hecho que cada punto se sintiera como una batalla, pero al final, mi control y precisión prevalecieron.

Lo miré, esperando algún tipo de reacción. Tal vez frustración. Tal vez irritación. Tal vez la competencia en sus ojos, esa misma que yo sentía cada vez que lo veía. Pero en lugar de eso…

Se rió.

No una risa burlona, ni una de resignación. Fue una risa ligera, genuina, casi entretenida. Como si en lugar de molestarse por perder, realmente hubiera disfrutado el partido.

—Bueno, eso fue más divertido de lo que pensé —dijo, girando la raqueta en su mano antes de apoyarla en su hombro.

Lo miré con incredulidad.

—¿No te molesta haber perdido?

Kougami me lanzó una mirada de reojo, como si la pregunta fuera innecesaria.

—¿Por qué debería molestarme? Jugaste mejor. Eso es todo.

Fruncí el ceño. No era la respuesta que esperaba.

Si hubiera sido al revés, si yo hubiera perdido contra él, me estaría carcomiendo por dentro, repasando cada punto, cada error, buscando dónde me equivoqué y cómo evitarlo en el futuro. No me lo habría tomado tan… tranquilo.

—¿Siempre eres así de relajado con la derrota? —pregunté, cruzando los brazos.

—No siempre pierdo —respondió con una sonrisa, pero no parecía afectado en lo más mínimo—. Pero cuando lo hago, aprendo. La próxima vez lo haré mejor.

La próxima vez.

Así que ya estaba pensando en la revancha.

Antes de que pudiera responder, un murmullo a nuestro alrededor me hizo notar algo que no había percibido antes: teníamos público.

Un grupo de estudiantes se había reunido alrededor de la cancha durante el partido. No me había dado cuenta en el calor del juego, pero ahora, las voces y los comentarios eran imposibles de ignorar.

—¡No puedo creerlo! Ginoza le ganó a Kougami.

—Bueno, se suponía que eran los mejores del primer año, ¿no? Era obvio que esto iba a ser un buen partido.

—Sí, pero pensé que Kougami tenía más resistencia. ¿Viste cómo Ginoza lo llevó al límite con esos golpes de precisión?

—Aun así, Kougami no parece molesto… Es raro, ¿no?

Murmullos. Opiniones. Miradas.

No me importaban. Estaba acostumbrado a que la gente hablara de mí, ya fuera por mi apellido, por mi puesto en la academia o por cualquier otra cosa. Pero lo que sí me sorprendía era cómo Kougami parecía absolutamente indiferente a todo eso.

Él, que normalmente tenía a medio mundo prestándole atención, parecía no darle importancia en lo más mínimo a la audiencia.

—¿Vamos? —preguntó de repente, estirando los brazos y recogiendo su mochila de la banca.

Lo miré, aún desconcertado.

—¿Eso es todo?

Él arqueó una ceja.

—¿Querías que hiciera un berrinche o algo así?

—No —resoplé—. Solo… pensé que te tomarías esto más en serio.

Kougami se detuvo un segundo, como si estuviera considerando mi comentario. Luego, su expresión se suavizó con algo que parecía… respeto.

—Lo hice en serio —dijo—. Fue un buen partido. Lo disfruté. Tú no, ¿o qué?

Abrí la boca para responder, pero las palabras no salieron de inmediato.

Porque la verdad era que sí, lo había disfrutado.

Mucho más de lo que quería admitir.

—Hmph. —Me crucé de brazos, fingiendo indiferencia—. La próxima vez, no seré tan indulgente.

Él sonrió.

—Tampoco yo.

Nos quedamos en silencio por un momento antes de salir de la cancha.

El público empezó a dispersarse, perdiendo interés ahora que el partido había terminado. Algunos aún murmuraban, otros nos miraban con curiosidad. No me importaba.

Pero mientras caminábamos hacia los vestidores, no pude evitar pensar en algo.

Tal vez, solo tal vez, Kougami no era el tipo de rival que esperaba.

Y eso lo hacía aún más interesante.

El tercer receso consecutivo sin rastro de Alice.

No es que la estuviera esperando. No exactamente.

Pero su ausencia era... notoria.

Al principio, los dos primeros días, Kougami y yo almorzamos juntos porque, bueno, él simplemente se unió a mí. No es que le haya dado una invitación formal ni nada parecido. Tampoco es como si él la necesitara. Se sentaba frente a mí con su bandeja, como si fuera lo más natural del mundo, y hablábamos de cualquier cosa mientras esperábamos a que Alice apareciera en cualquier momento.

Excepto que no lo hizo.

El primer día, asumimos que tal vez estaba ocupada con alguna clase extra o que simplemente se le había ocurrido desaparecer porque así funcionaba su cerebro caótico. El segundo día ya se sintió extraño. El tercero, preocupante.

Alice no tenía amigos en la academia. Ni siquiera parecía tener interés en hacerlos. La única interacción constante que tenía era con nosotros. Sus compañeros de la rama de artes, hasta donde sabía, no la soportaban. Y ella no parecía esforzarse en hacer algo al respecto.

Así que, ¿a dónde demonios estaba yendo?

—Tienes el ceño más fruncido de lo habitual —comentó Kougami, masticando su almuerzo con la misma calma de siempre.

—No lo frunzo —resoplé, pero relajé la expresión de inmediato, dándome cuenta de que probablemente sí lo estaba haciendo.

—Claro que sí. —Kougami sonrió apenas y apoyó el codo sobre la mesa—. Pensando en Carter, ¿no?

—Estoy pensando que es raro que no aparezca —admití, sin necesidad de rodeos—. Es decir, es Carter. Es irritante, impredecible, imposible de ignorar. Y, sin embargo, lleva tres días sin mostrarse en el almuerzo.

Kougami asintió, como si compartiera la misma preocupación, pero no estuviera dispuesto a decirlo en voz alta.

—Tal vez está demasiado ocupada.

—Eso no explica nada —repliqué—. Podría estar ocupada, pero igual encontraría la manera de molestarnos. Es prácticamente su pasatiempo.

Kougami rió suavemente, pero no dijo nada más sobre el tema.

En cambio, la conversación cambió a algo más práctico: nuestros proyectos del siguiente semestre.

Yo tenía que armar un caso legal ficticio, pero no podía ser algo simple o que tuviera una respuesta obvia. La idea era desarrollar un argumento sólido, que realmente obligara a los demás a pensar en la complejidad de la justicia.

Kougami, por su parte, tenía que liderar un debate en su clase de filosofía.

—¿Tienes un tema en mente? —le pregunté, más por llenar el espacio que por verdadero interés.

—Algunas ideas. Algo sobre la moralidad dentro del sistema, sobre cómo definimos lo correcto y lo incorrecto.

—Hm. —Mastiqué mi comida, considerando sus palabras—. ¿La justicia en el sistema Sibyl?

—Algo así. Aunque no quiero que sea solo sobre eso. Quiero que se enfoque en cómo cada persona entiende la justicia de manera diferente.

Curioso. Para alguien que parece tan relajado todo el tiempo, Kougami realmente piensa demasiado en estas cosas.

—Si quieres un debate interesante, plantea un caso extremo —sugerí—. Algo donde lo "correcto" y lo "moralmente aceptable" sean dos cosas completamente distintas.

Kougami pareció considerar mi idea.

—¿Como qué?

—Como un crimen que el sistema justifica pero que, éticamente, no se siente correcto. Algo que haga que la gente se cuestione las decisiones de Sibyl.

Él sonrió, con esa mirada que siempre tiene cuando encuentra algo que realmente le interesa.

—Me gusta cómo piensas, Ginoza.

—No lo digas como si fuera un halago.

La conversación continuó, pasando de temas académicos a cosas más triviales. Para cuando terminamos de almorzar, me di cuenta de que, sin planearlo, habíamos pasado tres recesos seguidos almorzando juntos.

Lo más extraño de todo no era eso.

Era el hecho de que, en algún punto, dejó de sentirse extraño.

Pronto llego el cuarto receso.

Ya no tenía sentido fingir que no estaba esperando a Alice.

Me senté en la mesa de siempre, y como había ocurrido en los últimos días, Kougami llegó con su bandeja y se sentó frente a mí sin preguntar. A estas alturas, tampoco es que lo esperara. Simplemente ocurría.

Pero esta vez, él tampoco fingió.

—Ya es demasiado tiempo —dijo antes de dar un bocado a su almuerzo.

Le dirigí una mirada de reojo.

—¿De qué hablas?

Kougami me miró como si yo fuera idiota.

—Vamos, Ginoza. Tú también lo has estado pensando. Carter lleva cuatro recesos sin aparecer. No es normal.

Solté un suspiro y dejé los palillos sobre la bandeja.

—No, no lo es.

Por mucho que intentara racionalizarlo, la verdad era que Alice no era del tipo de persona que simplemente desaparece. Se escabulle cuando quiere, sí. Se mete en su propio mundo y olvida que el resto de la academia existe. Pero cuatro días seguidos sin siquiera un indicio de su presencia...

Era inquietante.

—¿Tienes alguna idea de dónde está? —pregunté.

Kougami negó con la cabeza.

—No ha faltado a clases. Eso lo sé. Pero fuera de eso… Nada.

Un silencio se instaló entre nosotros mientras el murmullo del comedor seguía su curso natural. Como si el resto del mundo no tuviera idea de que algo faltaba en nuestra ecuación.

O más bien, alguien.

—¿Hablaste con ella? —pregunté finalmente.

—Intenté. —Kougami apartó su bandeja y apoyó los codos sobre la mesa—. No responde mensajes. Pero vi su nombre en el registro de acceso a las salas de ensayo.

Fruncí el ceño.

—¿Música?

—Sí. Y danza también. —Se pasó una mano por el cabello, pensativo—. Supongo que está metida en eso.

Música. Danza.

Alice Carter era la mejor en ambas cosas, sin duda. Pero no tenía amigos en su departamento. No se llevaba con sus compañeros. No hacía trabajos en grupo. Para ella, la academia era Nitto, pero su círculo social éramos nosotros.

Excepto que ahora, por alguna razón, nosotros no estábamos incluidos.

No lo iba a admitir en voz alta, pero la idea no me gustaba.

La dinámica entre los tres, por mucho que a veces me desesperara, se había vuelto... parte de mi rutina. Parte de mi vida en la academia. Kougami podía sentarse conmigo en cada receso y hablar de cualquier cosa, pero la ausencia de Alice era un hueco imposible de ignorar.

Y lo peor de todo era que Kougami parecía sentir lo mismo.

—Deberíamos encontrarla —dije, más para mí que para él.

Kougami sonrió levemente.

—Ya estás hablando como si la extrañaras.

Le lancé una mirada filosa.

—No digas estupideces.

Pero no lo negó.

Y yo tampoco.

Kougami

—Busquémosla.

Las palabras de Ginoza sonaron como una decisión firme, pero no nos movimos de inmediato. Solo nos miramos por un segundo, antes de levantarnos de la mesa, como si hubiéramos llegado a la misma conclusión sin necesidad de decir más.

Si Alice no venía a nosotros, la encontraríamos.

Sabía dónde buscar. El registro de acceso a las salas de ensayo me lo había dejado claro: danza y música. Alice no se relacionaba con nadie en su departamento, así que, si estaba en algún lado, estaría sola.

Cuando llegamos al edificio de artes, la acústica del lugar nos envolvió al instante. El sonido amortiguado de la música filtrándose a través de las puertas, pasos sobre la madera del suelo, el murmullo de otros estudiantes que practicaban. Pero en el estudio más alejado del pasillo…

Silencio.

Empujé la puerta con cuidado, sin hacer ruido. Y ahí estaba.

Alice.

Vestía un leotardo negro de ballet, con su cabello recogido en un moño desordenado, sin preocuparse por lo impecable. Estaba descalza, moviéndose sobre la madera con una intensidad que no había visto en ella antes.

El reproductor en la esquina de la sala sonaba con una melodía clásica, pero Alice no estaba siguiendo una coreografía estructurada. No. Esto era algo más.

Saltaba, giraba, se detenía de golpe, fruncía el ceño. Movía los brazos como si estuviera buscando algo en el aire. Se quejaba en voz baja, sin importarle que nadie la escuchara.

—No, no, no… —susurró, presionando el control remoto del equipo para cambiar de canción.

Una melodía completamente distinta inundó la sala. Algo más moderno, con un ritmo más libre.

Probó de nuevo.

Un giro. Un paso adelante. Una pausa.

Volvió a fruncir el ceño, esta vez más frustrada, y se dejó caer sobre el suelo con las piernas extendidas, respirando con fuerza.

Era como si estuviera en una pelea consigo misma. Como si intentara arrancar algo de su interior y convertirlo en movimiento, pero no pudiera encontrar la forma.

Ginoza y yo la observamos en silencio.

Nunca la habíamos visto así.

Alice siempre irradiaba control. Incluso cuando parecía despreocupada, incluso cuando jugaba con el sarcasmo y las provocaciones, siempre daba la impresión de estar en dominio de la situación. Pero ahora…

Ahora estaba completamente expuesta.

Era tan fascinante como inquietante.

Entonces, de repente, se giró hacia nosotros.

El sonrojo en su rostro fue inmediato.

—¿Q-qué…? —balbuceó, su respiración todavía agitada.

No hubo sonrisa burlona. No hubo comentario sarcástico. Solo una Alice atrapada en la sorpresa, sin una respuesta preparada.

—Carter —dijo Ginoza, cruzando los brazos.

Alice apretó los labios.

—No me llames así.

Ginoza no respondió, pero su expresión decía que no le importaba.

Yo di un paso adelante, inclinando ligeramente la cabeza.

—Alice.

Su mirada se dirigió a mí, y por un momento pareció aún más perdida.

—Solo estaba… trabajando en el proyecto.

Era una excusa torpe.

Por primera vez desde que la conocí, Alice no sabía qué decir.

Nos había dejado verla en su estado más vulnerable.

Y por alguna razón, me pareció que ese momento significaba más que cualquier conversación que habíamos tenido antes.

Alice se sento en el suelo, con las piernas extendidas y la respiración desordenada. No hizo ningún intento por levantarse de inmediato, como si la sorpresa de nuestra presencia la hubiera dejado paralizada. Sus manos apretaban con fuerza el control remoto del reproductor, como si ese pequeño objeto pudiera darle algo de estabilidad en este momento.

—Solo estaba… trabajando en el proyecto —repitió, sin mucha convicción.

Ninguno de los dos dijo nada. Ginoza seguía con los brazos cruzados, su expresión inmutable, y yo simplemente la observaba. La incomodidad en su rostro era evidente.

—No parecías trabajando —solté, alzando una ceja.

Alice frunció los labios, su cara todavía enrojecida, pero no tuvo una respuesta rápida. Eso era raro. Normalmente, ya habría encontrado la manera de darle la vuelta a la conversación, de desviar la atención o de hacer que la situación girara a su favor.

Pero ahora mismo, era como si no supiera qué hacer con nuestra presencia.

—Carter —dijo Ginoza, su tono seco—, ¿vas a explicarte o seguimos esperando?

—No me llames así —murmuró Alice, desviando la mirada.

Era automático. Ginoza la llamaba Carter, ella se quejaba. Como un reflejo. Pero esta vez, la réplica no tenía su usual tono de fastidio. Parecía más… distraída.

Yo di un paso adelante y me acuclillé frente a ella.

—Alice.

Sus ojos se encontraron con los míos, y por un momento pareció aún más desorientada.

—¿Qué estabas buscando? —pregunté.

Ella tragó saliva.

—Una melodía.

Mi ceja se arqueó.

—¿Una melodía?

—Sí. —Respiró hondo y bajó la mirada a sus propias manos—. Algo que encaje con lo que quiero hacer. Pero nada… nada suena bien.

La franqueza en su voz me tomó por sorpresa. No la franqueza de las palabras en sí, sino el hecho de que las dijera sin adornos, sin capas de ironía o burla.

—Es solo un proyecto —continuó, tratando de recuperar la compostura—. No es la gran cosa.

Pero sí lo era.

Para Alice, sí lo era.

Podía verlo en la frustración con la que se movía antes, en la manera en que improvisaba los pasos, en cómo buscaba sin encontrar.

Ginoza dejó escapar un suspiro.

—¿Por eso desapareciste del almuerzo?

Alice hizo un ligero puchero.

—No desaparecí. Solo estuve ocupada.

—Cuatro días seguidos —acoté, sin dejar de mirarla.

Ella volvió a enrojecer.

—…Perdí la noción del tiempo.

Por el rabillo del ojo, vi a Ginoza rodar los ojos con evidente exasperación.

—Eres un desastre.

Alice infló las mejillas y se cruzó de brazos.

—Lo resolveré. No necesitaban venir a buscarme.

—No vinimos a buscarte —respondí con tranquilidad—. Solo decidimos no ignorar que te esfumaste.

—Es lo mismo.

—No, no lo es —Ginoza la miró con seriedad—. Y lo sabes.

Alice apretó los labios y desvió la mirada, claramente incómoda con el peso de nuestra atención.

Hubo un largo silencio, en el que el único sonido era la música pausada del reproductor.

Finalmente, Alice suspiró y se cubrió la cara con ambas manos.

—…No sé qué hacer con esto.

Mi pecho se apretó levemente ante esas palabras.

—¿Con qué?

—Con este proyecto. Con todo.

Esa vulnerabilidad suya, la que rara vez dejaba ver, estaba aquí, tangible en el aire.

No supe si Ginoza lo entendió como yo lo estaba entendiendo. Pero él también la miró con más atención de la habitual.

—¿Por qué no nos cuentas? —pregunté, manteniendo mi voz baja.

Alice retiró las manos de su rostro y nos miró, primero a mí, luego a Ginoza, con algo que parecía una mezcla de gratitud y molestia.

—Si lo hago, ¿van a dejar de mirarme como si estuviera a punto de romperme?

—Depende de lo que digas —respondí con una leve sonrisa.

Ella bufó y se puso de pie de un salto, como si de repente necesitara moverse para recuperar el control.

—Bien. Entonces escuchen con atención, porque solo lo diré una vez.

Cruzó los brazos y respiró hondo.

—Quiero hacer algo que importe. No solo bailar por bailar. No quiero hacer lo que todos esperan de mí.

Nos miró de nuevo, con algo intenso en su expresión.

—Y no sé cómo hacerlo.

Esa era la lucha interna que habíamos presenciado.

Alice se giró, con los brazos aún cruzados, y nos miró con una mezcla de incomodidad y determinación.

—No me gusta que me miren cuando estoy creando algo nuevo.

Su voz no tenía el tono cortante de siempre. No sonaba desafiante ni molesta, pero había algo en su postura, en la forma en que evitaba hacer contacto visual, que la hacía ver más vulnerable de lo que estaba dispuesta a admitir.

—De hecho, no me gusta que me miren en general —añadió, bajando la vista.

La confesión colgó en el aire entre nosotros.

No supe qué decir de inmediato. Por supuesto, Alice siempre evitaba llamar la atención de maneras convencionales. Fingía errores en clases donde podía destacar demasiado, mantenía una actitud despreocupada en casi todo. Pero escucharla admitirlo así, con esa franqueza, era diferente.

—¿Entonces cómo piensas pararte en un escenario? —pregunté finalmente.

Alice soltó una risa sin humor y giró sobre sus talones, alejándose unos pasos.

—No lo sé.

Lo dijo tan bajo que casi no la escuché.

—No lo sé —repitió, más firme esta vez—. Pero tengo que hacerlo.

Ginoza suspiró con una clara exasperación y se cruzó de brazos.

—Deberías ir a cuidado mental.

Alice se detuvo y lentamente se giró para mirarlo, como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—¿Para qué?

La pregunta sonó genuina, como si realmente no entendiera.

—Para estabilizarte. Para regular lo que sea que esté pasando contigo —respondió Ginoza con la naturalidad de quien está diciendo lo obvio.

Alice lo miró, entrecerrando los ojos.

—Déjame adivinar. Hablo con el terapeuta, le digo lo que me pasa y al final me dan una pastilla. ¿Eso es lo que crees que necesito?

—Es lo que cualquiera haría —respondió sin dudar.

Lo dijo con tanta certeza que, por un momento, no pude evitar pensar en lo profundamente arraigado que estaba esto en su mente. Para Ginoza, sugerir cuidado mental era como decirle a alguien que se tome una medicina si tiene fiebre. Un procedimiento estándar. Algo lógico, automático.

Pero Alice lo veía diferente.

—¿Y qué se supone que va a arreglar una pastilla? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza.

No sonó desafiante. Sonó realmente curiosa.

Ginoza frunció el ceño, como si la pregunta le pareciera ridícula.

—Te ayudaría a regular tus pensamientos, tu estado emocional.

—O sea, me haría dejar de sentir esto.

—Te haría poder manejarlo mejor.

Alice lo miró en silencio por un momento, como si estuviera evaluando sus palabras. Luego dejó escapar un suspiro y se sentó de nuevo en el suelo, apoyando la espalda contra el espejo del estudio.

—No quiero eso.

Ginoza chasqueó la lengua con frustración.

—¿Prefieres quedarte atrapada en esto?

—Prefiero encontrar mi propia manera de manejarlo.

El silencio que siguió fue pesado.

Yo entendía lo que Ginoza intentaba decir. Entendía su lógica. Pero también entendía lo que Alice quería decir con "mi propia manera".

No se trataba solo de un proyecto.

Era ella, enfrentándose a algo que ni siquiera había aprendido a nombrar todavía.

Y, por alguna razón, nosotros dos estábamos aquí, en medio de todo eso.

Ginoza

No sé qué demonios estoy haciendo preocupándome por una muchacha tan tonta.

"No quiero eso." Así lo dijo. Como si el cuidado mental fuera una opción absurda, como si estabilizarse no fuera la decisión más lógica. Como si fuera normal estar tan alterada solo porque no puede encontrar una melodía.

Pero Alice Carter nunca es normal.

Me cruzo de brazos, observándola con el ceño fruncido. No debería molestarme, pero hay algo en todo esto que no encaja. La manera en que su frustración la consume, la forma en que estaba prácticamente peleando con su propia sombra antes de que la encontráramos. Todo eso debería haber hecho que su tono se enturbiara al menos un poco. Cualquiera en su situación habría subido sus niveles de estrés, su Psycho-Pass estaría oscilando en colores oscuros.

Pero no.

Alice está allí, sentada contra el espejo, sin rastro de turbidez en su expresión, sin señales de que el sistema la marcaría como alguien en peligro de perder el control. ¿Cómo puede ser eso posible? Y lo peor de todo… ¿por qué demonios esto me afecta a mí?

Me llevo una mano a la sien. Siento el peso de mi propia confusión hundiéndose en mi pecho. No debería importarme. Y sin embargo, la idea de que Carter pueda dejarse consumir por algo que ni siquiera puede explicar me hace sentir un tipo de incomodidad que no quiero analizar demasiado.

—¿Cómo no tienes el tono turbio? —pregunto finalmente, dejando que mi propia incredulidad se filtre en mi voz.

Alice levanta la vista y parpadea, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa. Luego, en lugar de responder de inmediato, ladea la cabeza con un aire pensativo.

—¿Por qué lo tendría?

Frunzo el ceño aún más.

—Porque estabas peleando contigo misma ahí adentro. Porque estabas completamente consumida por la frustración. Porque si esto te afecta tanto, deberías estar reflejándolo en el Psycho-Pass.

Ella sonríe. Es una sonrisa pequeña, casi resignada.

—El proceso creativo es caótico, Gino.

La forma en que lo dice, con esa tranquilidad inquebrantable, me irrita más de lo que debería.

—Caótico —repito con escepticismo.

—Sí. Pero también es placentero. —Alice deja caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el espejo, con los ojos fijos en el techo—. Es como… estar completamente dentro de algo. Como si el mundo desapareciera y solo quedara lo que quiero crear.

Me quedo en silencio, tratando de entenderla.

—Entonces, ¿te gusta sentirte así de… alterada?

Ella suelta una risa suave.

—Alterada no es la palabra. Expresada, tal vez.

Aprieto la mandíbula. No tiene sentido. Algo tan desordenado, tan emocional, no debería ser algo positivo. La intensidad con la que la encontramos hace apenas unos minutos no parecía algo placentero.

—Pero es personal —agrega, girando el rostro hacia nosotros, sus ojos brillando con algo que no sé identificar—. Y tristemente, ustedes dos acaban de verme desnuda.

Kougami suelta una ligera risa, pero yo no reacciono.

Alice suspira, dándose cuenta de que tiene que explicarse mejor.

—Como artista, claro.

Ah.

Cruzo los brazos y dejo escapar un suspiro pesado.

—Podrías haber elegido otra forma de decirlo.

Ella sonríe, pero es una sonrisa pequeña, diferente a las que nos tiene acostumbrados.

Tal vez, por primera vez, Alice se siente tan expuesta como debería.

Alice me mira con absoluta certeza. No hay burla en su expresión, ni un tono desafiante. Solo convicción.

—No hay otra forma de decirlo, Gino. Es literalmente eso.

Me tensa que me llame así, pero lo que más me molesta es la seguridad con la que lo dice, como si mi incomodidad fuera irrelevante.

—Tal vez sea más íntimo que la desnudez —añade con una ligereza que me exaspera.

Eso lo creo. Alice no tiene ningún problema con el concepto de desnudez. Lo ha dejado claro más de una vez con su actitud despreocupada respecto a los límites físicos y a la forma en que se mueve por el mundo sin un atisbo de vergüenza. Pero esto… esto sí la dejó vulnerable.

Suspira, como si finalmente aceptara que su batalla creativa de hoy no va a llegar a ningún lado.

—Ya está, no voy a encontrar la melodía hoy.

Se levanta con la misma energía despreocupada de siempre, como si la conversación de hace un momento no hubiera existido. Toma sus cosas del suelo sin apuro, como si la frustración de hace unos minutos ya no tuviera importancia. Como si se permitiera soltarla con una facilidad que me irrita.

Se amarra una falda traslúcida sobre el leotardo, una prenda ligera que no cubre nada, pero que, en su mente, cumple con la función de vestirse un poco más. Luego, sin ningún apuro, se pone en marcha, como si todo esto fuera completamente normal.

—¿Cuál es el plato del día? —pregunta, como si no hubiéramos pasado los últimos minutos viendo su colapso creativo.

Kougami le sigue el paso sin dudar, como si todo esto fuera parte del caos natural que Alice genera. Yo, en cambio, tardo un segundo en reaccionar antes de seguirlos, aún incrédulo por la rapidez con la que cambió el tema.

—¿En serio piensas ir a almorzar así? —pregunto, mirándola con una mezcla de incredulidad y fastidio.

Alice se gira apenas para mirarme de reojo, con una pequeña sonrisa que no llega a ser burlesca, pero que claramente dice que mi comentario no le importa en lo más mínimo.

—Después del almuerzo tengo danza. No tiene sentido que me cambie.

Su tono es práctico, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

Me llevo una mano a la sien, reprimiendo un suspiro.

—Podrías al menos ponerte algo más decente.

Alice se encoge de hombros.

—¿Para qué? Ustedes ya me vieron "desnuda", ¿no?

La forma en que lo dice, tan casual, me hace querer darme la vuelta y marcharme en la dirección opuesta.

Pero no lo hago.

Porque por alguna razón, aquí estoy. Caminando con ella y con Kougami como si nada. Como si esto fuera normal. Como si ser arrastrado por la marea que es Alice Carter fuera parte de mi rutina.

Y lo peor de todo… es que ya no me sorprende.

Kougami
—Sopa de miso con arroz y pescado frito —digo, sin perder el ritmo mientras caminamos hacia el comedor.

Alice asiente como si la información fuera de gran importancia, pero yo sigo mirándola de reojo. Su falda traslúcida no hace absolutamente nada por cubrir el leotardo ajustado que lleva debajo, y aunque para ella parezca completamente irrelevante, el resto de Nitto no la ha visto así.

—Alice, nosotros ya te vimos "desnuda", como dijiste, pero el resto de la academia no.

Ella me mira con esa expresión suya entre indiferente y entretenida, como si el comentario le pareciera una observación tonta.

—Aunque me cambie, siempre van a tener algo que decir —responde con total naturalidad.

No puedo decir que está equivocada. Alice no pasa desapercibida, y nunca lo hará, no importa lo que haga. Si se pusiera el uniforme más recatado de Nitto, seguirían susurrando sobre ella por ser la hija de Adam Carter, por su posición en la academia, por cualquier excusa que encuentren. Supongo que la diferencia es que a ella realmente no le importa.

Y cuando llegamos al comedor, su predicción se cumple exactamente como lo esperaba.

El murmullo empieza apenas cruzamos las puertas. Miradas de reojo, susurros, comentarios apenas disimulados que viajan de mesa en mesa mientras nos acercamos a la fila para tomar nuestra comida. Algunas chicas del departamento de arte la observan con evidente desaprobación, mientras que varios de los demás estudiantes simplemente parecen confundidos, como si no supieran si se supone que deberían estar escandalizados o impresionados.

—¿Es en serio? —alcanzo a escuchar a alguien detrás de nosotros.

—¿Ni siquiera intenta vestirse como una persona normal?

—Bueno, es Alice Carter, ¿qué esperaban?

No miro a Ginoza, pero sé que debe estar frunciendo el ceño, sintiendo el peso de la incomodidad por todos lados. Yo, en cambio, me concentro en Alice, esperando ver si esto le afecta en lo más mínimo.

Pero no.

Alice camina con la misma tranquilidad de siempre, como si las miradas fueran tan irrelevantes como el color de las paredes del comedor. Toma su bandeja, se sirve la comida con absoluta calma y se sienta con nosotros en una mesa libre, completamente ajena a todo el revuelo que ha causado su mera presencia.

—El pescado se ve decente —comenta antes de dar el primer bocado, sin levantar la vista.

Yo solo suelto una risa baja y niego con la cabeza.

No sé si es admirable o completamente insensata.

Tal vez ambas cosas.

Ginoza

Cada vez que creo haber entendido el nivel de desfachatez de Alice Carter, ella se encarga de demostrarme que siempre puede ir más lejos.

El comedor entero murmura a su paso, y con razón. Camina con total tranquilidad, ignorando por completo las miradas, los susurros, los comentarios apenas disimulados sobre su atuendo. O la falta de él. Esa ridícula falda traslúcida que se puso no hace absolutamente nada por cambiar el hecho de que está prácticamente en ropa interior en medio de la academia.

La gente la mira como si estuviera desafiándolos a decir algo en voz alta. Y quizás lo está haciendo. No tiene ni una pizca de vergüenza ni sentido de la decencia. Y, sin embargo, lo peor de todo no es lo que está haciendo. Es lo que no está haciendo.

No se inquieta. No reacciona. No le importa.

Nos sentamos a la mesa y ella empieza a comer con la tranquilidad de alguien que está completamente desconectado del entorno. Como si no acabara de provocar un escándalo sin abrir la boca.

—¿Es en serio, Carter? —digo, apenas conteniendo mi irritación.

Alice ni siquiera levanta la vista de su comida.

—No me llames así.

Aprieto la mandíbula. De todas las cosas que podría molestarle, que la llame por su apellido es la única que le importa.

—Podrías haber evitado esto.

Finalmente, levanta la mirada y me observa con esa expresión de tedio que me saca de quicio.

—¿Evitar qué? ¿Que hablen de mí?

—Que te miren como si fueras un fenómeno.

Alice sonríe apenas, como si acabara de descubrir algo entretenido.

—¿Te molesta más a ti que a mí?

Por supuesto que sí. Porque Alice Carter es un desastre. Una anomalía que camina entre nosotros sin el más mínimo interés por ajustarse a nada. No sigue las reglas, pero no de la manera en que un rebelde lo haría. No. Es peor. Actúa como si las reglas ni siquiera existieran en primer lugar.

Y lo que más odio es que, por alguna razón, no puedo simplemente ignorarla.

Alice apenas ha dado el primer bocado cuando ya no puedo contenerme más.

—Si, al parecer, me molesta más a mí que a ti.

Lo digo sin pensarlo demasiado, sin medir el impacto, sin suavizarlo. Y Alice, con la boca aún ocupada con un trozo de pescado, me mira con genuina sorpresa. Tal vez porque esperaba que me tragara mi fastidio como suelo hacerlo, o tal vez porque, para ella, esta conversación no tiene ningún sentido.

Traga su comida con calma antes de responder.

—¿Por qué?

Su tono es casi de curiosidad honesta, como si realmente no entendiera qué tiene de problemático lo que está haciendo.

Aprieto los dientes.

—Porque eres un desastre. Porque caminas por aquí como si nada importara. Porque todos te están mirando y ni siquiera parpadeas. Porque actúas como si todo este escándalo no existiera, cuando está justo frente a ti.

Alice pestañea, como si estuviera considerando mis palabras. Luego, sin apartar la mirada de mí, da otro bocado de su comida.

—Ah.

Eso es todo lo que dice.

Como si fuera una observación trivial. Como si no le importara en lo más mínimo que la gente la mire como un fenómeno.

Y eso es lo que más odio de ella.

No es el escándalo. No es la falta de vergüenza.

Es la indiferencia.

Porque para Alice Carter, las reglas, la imagen, el decoro, todo lo que para la mayoría de nosotros significa algo, para ella no es más que ruido de fondo. Y lo peor de todo es que sabe exactamente cómo desarmarme sin siquiera intentarlo.

Porque por más que la odie, sé que no puedo hacer nada para cambiarla.

Alice me mira con absoluta calma, como si acabara de decirle que el clima está templado en vez de que es un maldito desastre sin sentido de la vergüenza.

—Relájate, Gino —dice, como si fuera lo más simple del mundo.

Relájate.

Mis manos se tensan sobre la mesa, y antes de que pueda responderle, escucho un sonido bajo, contenido.

Kougami.

Levanto la vista y lo veo con la cabeza apenas inclinada hacia un lado, una mano cubriéndose la boca, pero es demasiado tarde. Ahogó una risa. No lo suficientemente bien.

—¿Algo gracioso? —espetó, sintiendo cómo la frustración en mi interior subía como un incendio incontrolable.

Kougami levanta la vista con la expresión más inocente que ha tenido en su vida.

—Nada.

Alice sonríe apenas y sigue comiendo, completamente indiferente al peso de mi irritación.

Los odio a ambos.

Me echo hacia atrás en la silla, cruzando los brazos, sintiendo cómo mi propio tono de Psycho-Pass debe estar oscureciéndose mientras ellos dos disfrutan de su almuerzo como si nada estuviera pasando.

Porque, para ellos, no lo está.

Para ellos, yo soy el único que parece ver lo absurdo de la situación. El único que cree que esto no es normal, que Alice Carter no es normal, que nada en todo esto debería ser tomado a la ligera.

Pero Alice no cambiará.

Y Kougami tampoco la va a detener.

Y yo… yo me estoy desgastando tratando de entender por qué diablos sigo aquí.

Kougami

Ginoza se va antes de que termine la hora del almuerzo.

No es la primera vez.

De hecho, ya casi es costumbre. Se frustra, gruñe alguna frase cortante y se levanta con el ceño fruncido, sin molestarse en despedirse. Hoy no fue la excepción. Alice ni siquiera lo mira irse. Simplemente sigue comiendo con la misma tranquilidad de siempre, como si nada estuviera fuera de lo común.

—Creo que lo hiciste enojar —comento, aunque la observación es innecesaria.

Alice alza la vista y mastica lentamente antes de responder.

—Gino siempre está enojado.

No puedo discutir eso.

El comedor ya está empezando a vaciarse cuando Alice deja los palillos sobre su bandeja, estira los brazos por encima de la cabeza y suelta un suspiro satisfecho.

—Bien, supongo que es hora de moverme.

—¿A dónde?

—Danza.

Asiento sin mucho pensamiento. Me levanto al mismo tiempo que ella y, sin planearlo demasiado, empiezo a caminar a su lado.

No por Alice.

Sino porque sé que para llegar a la zona de danza tiene que pasar por el área de deportes.

Alice no tiene la más mínima noción de decoro, y yo no puedo dejar que pase por ahí vestida así sin que se den vuelta a mirarla como si fuera un espectáculo. Ya vi lo que pasó en el comedor, y si bien a ella no le importó, no significa que yo quiera ver cómo se repite la escena.

—Me sigues, Kou. ¿Es por mi magnetismo natural?

Su tono es burlón, pero su sonrisa tiene un toque de diversión genuina.

—Voy en la misma dirección —respondo, sin darle el gusto.

Alice me mira de reojo, como si evaluara la verdad en mis palabras, pero no insiste.

El trayecto hasta el edificio de artes pasa más rápido de lo que esperaba. No hablamos mucho, pero tampoco hace falta. El bullicio de los estudiantes en la zona de deportes es inevitable, pero la presencia de alguien más a su lado parece evitar que la curiosidad se convierta en algo peor. O tal vez solo estoy buscando una excusa para justificar por qué la acompañé.

Cuando llegamos a la entrada del estudio de danza, Alice se gira con esa sonrisa traviesa que nunca anuncia nada bueno.

—Kou, no tienes que escoltarme cada vez que decida no vestirme "apropiadamente" según los estándares de la sociedad.

Cruzo los brazos y la miro con neutralidad.

—Si fueras un poco más consciente de lo que provocas, no tendría que hacerlo.

Ella se ríe, y aunque parece querer decir algo más, al final solo sacude la cabeza.

—Nos vemos después, entonces.

Me doy la vuelta sin decir nada más y empiezo a caminar en la dirección contraria, sintiendo todavía su presencia detrás de mí.

No sé por qué lo hice.

Tal vez porque, por mucho que Alice insista en que no le importa lo que digan de ella, yo no puedo simplemente ignorarlo.

Tal vez no debería haberle insinuado a Alice que provocaba algo.

En el momento, sonó como lo lógico, como una forma de señalar lo evidente: que no tiene ningún sentido de la discreción, que no le importa en lo más mínimo cómo la perciben los demás, que camina por la academia como si estuviera en su propio mundo sin importarle las reglas implícitas que todos seguimos sin cuestionar. Pero ahora que lo pienso, ahora que la imagen de su sonrisa traviesa se quedó grabada en mi cabeza, me doy cuenta de que lo que le dije también implicaba otra cosa.

Le insinué que me estaba provocando a mí.

Y lo peor es que no estoy seguro de que no lo esté haciendo.

Me encuentro caminando de vuelta hacia la zona de deportes, pero mi mente sigue atrapada en la última conversación. Alice no reaccionó como si le molestara mi comentario, ni siquiera como si lo tomara en serio. Simplemente se rió, sacudió la cabeza y entró a su clase de danza con esa despreocupación suya que hace que todo parezca un juego. Pero lo que más me molesta es que, de alguna manera, siento que ella entendió algo antes que yo.

Porque, aunque intenté decirlo de forma casual, aunque quise dejar claro que solo hablaba de cómo la percibían los demás, la verdad es que mi elección de palabras la involucraba a ella y a mí.

Y eso es un problema.

No me gusta sentir que estoy perdiendo el control de mis propios pensamientos. No me gusta la forma en que mi mente sigue volviendo a ella cuando debería estar pensando en cualquier otra cosa. Pero Alice tiene esa maldita manera de entrar en tu cabeza sin que te des cuenta, de ocupar un espacio que no le diste, de hacer que cuestiones cosas que antes dabas por sentado.

Aprieto los dientes y trato de enfocarme en otra cosa. No es nada. No significa nada.

Pero en el fondo, hay una parte de mí que no está tan segura.