Ginoza

El pasillo del edificio de estudios avanzados estaba desierto a esta hora.

Había terminado una sesión de investigación en la biblioteca, y cuando salí, me encontré con la lluvia. No era fuerte, pero lo suficiente como para empaparte si te quedabas afuera demasiado tiempo. Suspiré, ajustando el maletín sobre mi hombro, considerando esperar un poco antes de cruzar al otro edificio.

Y entonces, la vi.

Alice estaba sentada en uno de los bancos cerca de la ventana, las piernas cruzadas y los brazos apoyados sobre el respaldo. Parecía estar observando la lluvia caer con la misma concentración con la que a veces toca el violín o se pierde en sus coreografías.

Pensé en ignorarla y seguir mi camino, pero en algún punto, mis pies decidieron lo contrario.

—¿Qué haces aquí sola?

Alice giró la cabeza con una leve sonrisa, sin un atisbo de sorpresa. Como si supiera que eventualmente alguien vendría.

—Esperando.

Fruncí el ceño, acercándome un poco.

—¿Esperando qué?

Se encogió de hombros, moviendo los dedos sobre la madera del banco como si tocara una melodía invisible.

—No lo sé. Solo me gusta ver la lluvia.

Por un instante, no supe qué responder. No porque no entendiera lo que decía, sino porque Alice tenía una manera frustrante de hacer que cualquier respuesta lógica sonara irrelevante.

Miré por la ventana. El cielo gris cubría la academia, y las gotas golpeaban el suelo con un ritmo constante.

—No tiene sentido quedarte aquí sin hacer nada —dije finalmente.

—¿Por qué no?

—Porque podrías estar haciendo algo útil.

Alice se rió suavemente, apoyando el mentón en su mano mientras me miraba.

—Siempre tan práctico, Gino.

—Es lo lógico.

Ella inclinó la cabeza, como si estuviera evaluando mis palabras.

—Tal vez. Pero a veces las cosas no tienen que tener un propósito para ser importantes.

Solté un suspiro, apoyándome en la pared junto al banco.

—¿Siempre hablas así?

—¿Así cómo?

—Como si todo tuviera un trasfondo filosófico.

Alice sonrió, pero esta vez no había burla en su expresión.

—No todo. Pero algunas cosas sí.

No respondí. Solo me quedé ahí, mirando la lluvia con ella, sin saber exactamente por qué no me iba.

El silencio se alargó, pero no era incómodo.

Tal vez, por primera vez desde que la conocí, creo haber entendido un poco lo que un tipo como Kougami ve en ella.

El silencio se instaló entre nosotros, pero no sentí la necesidad de romperlo.

Ella no intentó llenar el vacío con una broma, ni con uno de sus comentarios sarcásticos que solían irritarme más de lo que deberían. No se movió inquieta, ni buscó provocarme de alguna manera solo para ver mi reacción.

Estaba tranquila.

Alice Carter, la misma que parecía no tener pausas en su vida, la misma que siempre irradiaba un tipo de energía caótica que arrastraba a todos a su alrededor, ahora simplemente… estaba allí, viendo la lluvia caer.

Y eso me sorprendió más de lo que debería.

La observé de reojo. Su perfil relajado, su respiración pausada. No había tensión en su postura, ni la inquietud que solía verla cargar en los hombros, esa que a veces disimulaba bien pero que yo había aprendido a notar con el tiempo.

No sabía qué hacer con esto.

No sabía qué hacer con Alice Carter cuando no estaba retándome, desafiando todo lo que digo o molestando a Kougami hasta hacerlo reír. No sabía qué hacer con una Alice tranquila, serena, casi… vulnerable.

—No es común verte así —solté, sin mirarla directamente.

Alice pestañeó lentamente antes de girar la cabeza hacia mí.

—¿Así cómo?

—Callada.

Ella esbozó una sonrisa pequeña, pero no burlona.

—Supongo que a veces también necesito silencio.

No respondí de inmediato. Solo me quedé ahí, sintiendo cómo la lluvia continuaba golpeando los ventanales.

—Parece que eso te sorprende —añadió, observándome con una curiosidad que me incomodó más de lo que debería.

Fruncí el ceño.

—No lo esperaba.

Alice rió, pero fue un sonido suave, casi nostálgico.

—Eso es porque siempre me ves cuando estoy actuando.

No me gustó la forma en que lo dijo. Como si existiera una versión de Alice para los demás, y otra completamente distinta que rara vez dejaba salir.

Quise preguntarle a qué se refería exactamente, pero algo en su expresión me hizo callar.

Desde ese día que encontré a Alice en el pasillo, algo cambió.

No fue algo inmediato ni evidente. No hubo una gran revelación ni un pensamiento claro que lo explicara. Pero lo sentí. Sentí cómo mi percepción de Alice Carter se tambaleaba, como si una pequeña fisura se hubiera abierto en mi mente, obligándome a mirarla de otra manera. No porque quisiera, sino porque ahora era imposible no hacerlo.

La primera vez que nos volvimos a encontrar después de eso, en el receso del día siguiente, ella ya había vuelto a su versión habitual. Sonriente, despreocupada, con ese aire de alguien que se mueve a su propio ritmo sin prestarle demasiada atención a lo que pasa alrededor. Me saludó como si nada hubiera ocurrido, como si el momento en la lluvia nunca hubiera existido, y yo debería haber hecho lo mismo.

Pero no pude.

Durante el almuerzo, mientras Kougami y ella discutían sobre algún tema irrelevante con su habitual facilidad para ignorar el concepto de espacio personal, me encontré observándola más de lo necesario. No la forma en que se expresaba con tanto entusiasmo, ni la manera en que hablaba con gestos grandes y dramáticos. No. La observé en los momentos entre palabra y palabra, en los segundos en que creía que nadie la estaba viendo. La vi cuando sus ojos bajaban ligeramente, cuando su expresión se volvía más neutra antes de que ella misma la reacomodara, antes de que volviera a encajar en la imagen de Alice Carter que todos conocen.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que me diera cuenta de que estaba haciéndolo. Pero sí supe el momento exacto en que Alice lo notó.

Me devolvió la mirada con curiosidad, ladeando ligeramente la cabeza como si estuviera viendo algo extraño en mí. Luego sonrió, porque por supuesto que lo hizo, y me apuntó con los palillos.

—¿Qué pasa, Gino? ¿Tengo algo en la cara?

Esa fue mi oportunidad de cortar con todo. De desviar la conversación, de actuar como si nada. Pero en lugar de eso, me encontré preguntando algo que normalmente nunca habría salido de mi boca.

—¿Cuándo fue la última vez que estuviste tranquila?

Alice parpadeó, sorprendida por la pregunta. Incluso Kougami levantó la vista, como si no esperara que yo dijera algo así.

—¿Tranquila? —repitió Alice, pensándolo un momento.

—Sí. Como el otro día. Cuando estabas viendo la lluvia.

Su expresión cambió por un segundo. Fue apenas perceptible, pero estuvo ahí. Un destello de algo más serio, más real, antes de que su sonrisa volviera, más ligera que antes.

—No lo sé. Supongo que cuando nadie me está mirando.

No me gustó esa respuesta, pero no tuve tiempo de procesarla demasiado, porque Kougami decidió hacer lo que mejor sabe hacer y cambiar el tema como si nada.

Pero después de eso, la pregunta se quedó en mi cabeza más tiempo del que me gustaría admitir.

Los días pasaron, y aunque intenté seguir como siempre, ya no podía interactuar con Alice de la misma manera. No es que lo nuestro hubiera cambiado. Seguía siendo Alice. Seguía molestándome cada vez que podía, desafiándome, llamándome por ese maldito mote que ella me puso solo para verme fruncir el ceño. Seguía haciéndome enojar con la facilidad de alguien que lo disfruta demasiado.

Pero yo, por alguna razón, no podía dejar de buscar en ella ese momento de pausa. No podía dejar de preguntarme cuánto de lo que mostraba era genuino y cuánto era una fachada cuidadosamente construida.

A veces, cuando nos cruzábamos a la salida de la academia, encontraba excusas para quedarme un poco más cerca, para ver si bajaba la guardia. En los recesos, cuando hablaba con Kougami, me encontraba notando cosas pequeñas: cómo jugaba con su comida sin darse cuenta, cómo se mordía el interior de la mejilla cuando estaba pensando en algo demasiado en serio.

Y entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Me di cuenta de que estaba observándola no solo porque me desconcertaba, sino porque quería entenderla. Porque una parte de mí no podía aceptar que Alice Carter fuera solo lo que mostraba.

Y esa misma parte de mí comenzó a preguntarse, con creciente incomodidad, si realmente la odiaba tanto como solía pensar.

Kougami

El día había sido largo.

Las clases parecían alargarse y, por alguna razón, el ruido de la academia me resultaba más molesto que de costumbre. En el receso, Ginoza había desaparecido en dirección a la biblioteca y Alice… bueno, Alice era un misterio. No había almorzado con nosotros otra vez. No estaba en el estudio de danza ni en la sala de música. No había respondido mensajes.

Eso no era raro en ella. Aun así, me encontré buscándola.

Cuando finalmente la encontré, no fue en ninguno de los lugares donde esperaba.

Estaba en la terraza.

Me detuve en la entrada sin hacer ruido, observándola sin que se diera cuenta. Era exactamente como aquella primera vez, cuando terminamos en este mismo lugar después del examen de ingreso.

La diferencia era que ahora no había emoción en su rostro. No había un brillo de nerviosismo o la chispa de alguien que estaba descubriendo algo nuevo.

Alice estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la baranda, mirando hacia el cielo como si intentara encontrar algo en él. No se movía, no tarareaba ninguna melodía en su cabeza, no jugueteaba con su cabello como solía hacer.

No estaba haciendo nada.

Y por alguna razón, esa imagen me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

Alice no suele estar quieta.

Incluso cuando parecía tranquila, siempre había algo en ella que se mantenía en constante movimiento. Sus dedos marcaban ritmos sobre la mesa, sus pensamientos salían de su boca sin filtro, su cuerpo buscaba moverse de alguna forma.

Pero ahora no.

Ahora estaba completamente en pausa.

Y eso me recordó aquella primera vez en esta misma terraza, cuando la vi sonreír con timidez y sugerir que este lugar podía ser nuestro lugar.

Había algo en esa Alice, en esa parte de ella que rara vez dejaba ver, que me había atrapado sin que me diera cuenta.

Y ahora, al verla así, en silencio, sin su usual máscara de despreocupación, sentí algo en mi pecho que no supe nombrar.

—Alice.

Mi voz la sacó de su trance. Parpadeó un par de veces antes de girarse hacia mí, como si no hubiera esperado que alguien la encontrara aquí.

—Kou… —murmuró, y por un segundo, vi en su rostro algo que no había visto antes.

Sorpresa.

No porque la hubiera encontrado, sino porque parecía que no esperaba que alguien la buscara.

Ese pensamiento se asentó en mi cabeza como una verdad incómoda.

Me acerqué y me apoyé en la baranda junto a ella, sin decir nada más.

Porque, por primera vez desde que la conocí, sentí que lo que Alice necesitaba no era que la molestaran, ni que le preguntaran qué estaba haciendo.

Solo necesitaba que alguien estuviera allí.

Alice no dijo nada de inmediato.

Solo me miró, con los labios ligeramente entreabiertos, como si tuviera algo que decir, pero no supiera cómo. Sus ojos se desviaron hacia el cielo por un instante, como si buscara en él la respuesta a algo que ni siquiera yo entendía del todo.

Entonces, sin advertencia, esbozó una sonrisa pequeña, una de esas que no estaban destinadas a molestar a nadie, ni a desafiar, ni a burlarse. Una sonrisa honesta, casi como un reflejo involuntario.

—¿Me encontraste otra vez? —preguntó con voz tranquila, sin la energía de siempre.

—No estabas exactamente escondida —respondí, mirándola de reojo.

Alice suspiró y apoyó la cabeza contra la baranda. Su cuerpo se relajó de una forma que rara vez veía en ella, como si en este lugar pudiera permitirse soltar todo el peso que cargaba en los hombros.

—Supongo que no.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero no era incómodo. De alguna manera, me di cuenta de que Alice estaba dejando que el momento respirara, que el mundo siguiera girando sin tener que llenarlo de palabras innecesarias.

Yo la observé, pero no de la forma en que alguien observa a una persona con la que se acostumbra a compartir tiempo. La observé con la misma sensación extraña de aquel día en que la vi por primera vez en esta terraza, con su camisa rosada y su aire de haber aterrizado en un mundo que no terminaba de encajar con ella.

Solo que esta vez, la sensación era más fuerte.

Porque ahora la conocía.

Conocía la manera en que sus palabras podían ser más afiladas de lo necesario, la forma en que se adueñaba de los espacios sin pedir permiso, la risa despreocupada con la que ignoraba las reglas que el resto de nosotros seguía sin dudar.

Y, sin embargo, también conocía esto.

La Alice que se quedaba en silencio cuando nadie la miraba. La que observa los pequeños detalles con el mismo nivel de concentración con el que otros analizan problemas complejos. La que se dejaba caer en una terraza desierta, sin la energía de siempre, sin la necesidad de demostrar nada.

No sabía cuándo había comenzado a notarlo, pero ahora que lo hacía, no podía dejar de verlo.

—¿Sabes? —murmuró Alice, sin mirarme—. A veces siento que este es el único lugar donde no tengo que hacer nada.

Su voz tenía algo diferente. No era tristeza, pero tampoco la liviandad con la que solía hablar.

—¿Y eso es bueno o malo?

Alice se encogió de hombros.

—Creo que depende del día.

Quise decir algo más, tal vez algo que la hiciera seguir hablando, que me diera una pista de lo que estaba pensando. Pero antes de que pudiera hacerlo, ella giró la cabeza hacia mí y me miró de forma distinta, como si me estuviera analizando, como si estuviera viendo algo en mí que no había visto antes.

Y entonces lo sentí.

Ese mismo vacío en el estómago que ya había estado allí antes, pero que no debería estar allí en lo absoluto.

No era como el impulso protector que había sentido cuando la acompañé a su clase de danza. No era la simple curiosidad que había sentido en los primeros días, cuando intentaba descifrar por qué alguien como ella había decidido entrar a Nitto.

Era algo más profundo. Algo que aún no tenía nombre.

Alice apartó la vista primero, como si la conversación ya no fuera importante.

—Vamos, Kou —dijo, estirándose con pereza antes de ponerse de pie—. Si seguimos aquí, Gino nos va a encontrar y va a darnos una charla sobre la importancia de la responsabilidad académica o algo así.

Solté una risa baja y me levanté también. Tal vez no tenía sentido pensar demasiado en esto.

Pero mientras la seguía fuera de la terraza, supe algo con certeza.

Ya no podía ver a Alice Carter de la misma manera.

El estudio de danza estaba tenuemente iluminado cuando entré.

Alice estaba sentada en el suelo, con la espalda contra el espejo, con un par de auriculares pequeños y la mirada perdida en el reproductor de música que tenía en la mano. No se dio cuenta de mi presencia hasta que estuve lo suficientemente cerca como para que mi reflejo apareciera en el espejo a su lado. Cuando levantó la vista, no pareció sorprendida de verme, pero tampoco hizo su usual esfuerzo por llenar el espacio con una broma o algún comentario despreocupado.

—¿Sigues buscando la melodía? —pregunté, apoyándome contra la pared frente a ella.

Alice suspiró y asintió lentamente, quitándose uno de los auriculares.

—Nada suena bien —dijo con frustración—. Todo es… vacío. No tiene suficiente peso.

Fruncí el ceño. Nunca la había visto tan metida en algo de esta manera, no con tanta intensidad. Alice era alguien que parecía moverse por instinto, que en general improvisaba sin preocuparse demasiado por el resultado. Pero ahora, aquí, en este espacio, estaba obsesionada con encontrar algo que aún no sabía nombrar.

—¿Qué has estado escuchando?

Ella me dio el auricular que se había quitado y presionó el botón de reproducción en su dispositivo. En cuanto la música empezó a sonar en mi oído, me sorprendí.

Ópera.

Las primeras notas llenaron el aire con una solemnidad abrumadora, y aunque no conocía la pieza, sentí su peso de inmediato. Alice cerró los ojos por un momento, dejándose envolver por la melodía, como si el sonido pudiera transportarla a otro lugar.

—Tristán e Isolda —dijo, sin abrir los ojos—. Wagner.

No respondí de inmediato, dejando que la música se desarrollara un poco más antes de hablar. Había escuchado fragmentos de ópera antes, pero nunca me había detenido a entenderlas. La intensidad, la grandeza de la composición, todo parecía diseñado para ser más grande que la vida misma.

—No sabía que te gustaba la ópera.

Alice abrió los ojos y me miró con una sonrisa breve, una que no tenía la burla habitual.

—No todas las óperas me gustan, pero me gusta esta, de hecho, es mi favorita.

Esperé a que continuara, porque sabía que lo haría.

—¿Sabes de qué trata?

Negué con la cabeza.

Ella se acomodó en el piso, con ese aire de alguien que está a punto de explicar algo importante.

—Es la historia de un amor imposible. Tristán es un caballero, Isolda es una princesa prometida a otro hombre. Se odian al principio, pero terminan enamorándose por culpa de un filtro de amor. No pueden estar juntos, pero tampoco pueden separarse. Y al final… —Se detuvo un segundo, como si saboreara la parte más importante de la historia—. Tristán muere. Isolda lo sigue.

Había algo en su tono que me hizo tomarla en serio.

—¿Por qué es tu favorita?

Alice apoyó el codo en su rodilla y me observó con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera evaluando si debía responder o no. Luego, simplemente dijo:

—Porque tiene el único final que tiene sentido.

Fruncí el ceño.

—¿El único final?

Ella asintió.

—Isolda muere por amor, porque no hay otra opción. No hay un futuro después de eso. Tristán muere primero, pero eso no importa. Lo único que importa es que ella elige morir porque es lo único válido.

La forma en que lo dijo, sin dramatismo ni exageración, hizo que se me helara la sangre por un segundo. No porque sonara siniestra, sino porque lo decía con una certeza que no podía ignorar.

—¿Eso te parece lógico? —pregunté, midiendo mis palabras.

Alice me miró como si hubiera dicho la cosa más obvia del mundo.

—Por supuesto. Si amas lo suficiente, morir por amor es la única conclusión real. Todo lo demás es solo… sobrevivir.

Hubo un silencio pesado entre nosotros.

No supe qué responderle de inmediato, porque no era la clase de conversación que había esperado tener al entrar en este estudio. Pero lo que más me inquietó no fue lo que dijo, sino cómo lo dijo. Con una certeza absoluta.

La idea de Alice sobre que morir por amor era "lógico" no me dejaba en paz.

Ella lo había dicho con mucha convicción, como si fuera una ley natural, algo tan inevitable como la gravedad o el paso del tiempo. Como si no fuera siquiera un pensamiento a debatir, sino un hecho inmutable. Y lo peor era que lo había dicho con esa calma suya, como si fuera tan evidente que no hubiera necesidad de explicarlo.

Pero yo no podía aceptarlo tan fácilmente.

—No lo entiendo —dije finalmente, cruzando los brazos mientras la observaba.

Alice apoyó la cabeza en la baranda de la sala de danza y me miró con una leve sonrisa, como si ya esperara mi reacción.

—No es algo que tengas que entender, Kou. Solo es así.

Esa respuesta no me servía.

—No —insistí—. Explícalo. Si dices que es el único final posible, dime por qué.

Alice suspiró, como si esto fuera un esfuerzo innecesario, pero terminó incorporándose y apoyando los codos en las rodillas.

—Es sencillo. El amor es lo único que realmente tiene peso. Todo lo demás, la vida, la rutina, la supervivencia, es un conjunto de cosas que hacemos porque tenemos que hacerlas. Comemos porque si no lo hacemos, morimos. Trabajamos porque sin dinero no podemos mantenernos. Seguimos adelante porque es lo que nos enseñan a hacer. Pero el amor… —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas— el amor no es un instinto de supervivencia. Es lo contrario. Es lo que nos hace olvidarnos de la necesidad de seguir viviendo.

Fruncí el ceño.

—Eso suena más a un delirio que a una filosofía.

Alice se rió.

—Para ti, tal vez.

Negué con la cabeza, aun tratando de procesarlo.

—Si lo que dices fuera cierto, entonces todos los que han amado deberían haber muerto por ello.

Alice sonrió con un aire casi divertido.

—¿Y quién dice que no lo han hecho? No siempre es literal. A veces morir por amor no significa caer muerto físicamente. Significa perderte a ti mismo en algo más grande. Significa aceptar que, en algún punto, no eres solo tú, sino que eres parte de un todo. Tristán e Isolda entendieron eso. Su amor era tan absoluto que no tenía sentido fuera de la muerte.

Había algo inquietante en su manera de explicarlo.

Porque no era solo la ópera. No era solo la historia de dos amantes trágicos. Alice hablaba de esto con la seguridad de alguien que lo creía de verdad, que lo sentía con una intensidad que no debería ser posible en alguien viviendo bajo el sistema Sibyl.

—Si realmente crees eso, ¿cómo sigues aquí?

Alice me miró, parpadeando como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa.

—¿Qué?

—Si el amor es lo único que importa, si es lo único que tiene sentido, y si estás dispuesta a morir por ello… ¿por qué sigues viva?

Hubo un silencio entre nosotros.

Por un momento, Alice pareció realmente considerar mi pregunta. Luego, lentamente, sonrió.

—Porque aún no he encontrado a mi amor.

Me quedé mirándola, sintiendo algo en mi interior tensarse sin razón aparente.

Alice Carter, la hija de uno de los hombres más influyentes en el Japón moderno, creía en algo que el sistema que su padre ayudo a construir jamás aprobaría. Alguien que sentía tan intensamente, que pensaba que su vida solo tenía sentido si podía entregarla completamente a otro, debería haber sido declarada criminal latente hace mucho tiempo.

Pero su Psycho-Pass seguía claro.

Y eso no tenía sentido.

—Tus ideas son peligrosas —dije finalmente.

Alice se encogió de hombros.

—Solo si decides hacer algo con ellas.

No estaba seguro de qué me molestaba más, si su total desapego por la posibilidad de que eso enturbiara su tono, o el hecho de que no estaba equivocada.

Me apoyé en la baranda junto a ella, tratando de estructurar mis pensamientos.

—Sibyl no permite el caos emocional. Se supone que no deberías pensar así.

Alice giró la cabeza hacia mí, con una expresión que casi parecía compasiva.

—Sibyl permite muchas cosas mientras no afecten la estructura general.

La miré de reojo.

—Eso es lo que te mantiene a salvo. Que tu amor por la música y por el arte sigue dentro de los parámetros de lo aceptable.

Alice soltó una risa baja.

—¿Y qué pasaría si un día eso cambiara?

No respondió a su propia pregunta, pero tampoco hizo falta, porque yo ya sabía la respuesta.

Se hizo un silencio entre nosotros, pero no fue incómodo. Fue un silencio denso, de esos que solo ocurren cuando dos personas están pensando demasiado en lo que acaban de decirse.

—No creo que nadie más piense como tú —dije, casi sin pensarlo.

Alice sonrió.

—Eso es lo que crees.

Y por primera vez, me pregunté si tenía razón.

Si, en algún rincón de esta ciudad, había más personas como Alice Carter. Personas que sentían tan intensamente que la vida misma les resultaba insuficiente.

Personas que, de haber nacido en otra época, habrían sido parte de una gran tragedia.

Pero Alice no había nacido en otra época, Alice vive en un mundo donde sentir con esa intensidad es demasiado peligroso.

Y, sin embargo, aquí estaba. Tan brillante, tan fuerte, tan imposible de ignorar.

Y por primera vez, comprendí que Alice Carter no encajaba en este mundo, sino que lo desafiaba.

Cuando nos dimos cuenta, el sol ya se había ocultado.

La charla se había extendido más de lo que esperaba, y aunque en algún punto la conversación dejó de girar en torno a Tristán e Isolda, nunca se sintió como si hubiéramos cambiado de tema. Todo lo que Alice decía, todo lo que creía sobre el amor, la entrega total, la inevitabilidad de la tragedia, seguía impregnando cada palabra que salía de su boca. Yo la escuché, desafié sus ideas, intenté desarmarlas con lógica, pero en el fondo sabía que no iba a conseguirlo.

Alice no tenía teorías que pudieran desmontarse. Tenía creencias inamovibles.

—Es tarde —dije finalmente, mirando el reloj.

Ella pestañeó como si recién ahora tomara consciencia del tiempo.

—Oh. —Su voz sonó más suave, como si la idea de volver a casa la arrancara de un estado de inmersión—. Supongo que sí.

Alice vivía lejos. No tenía sentido que regresara sola a estas horas. Y aunque nunca me lo pediría, aunque probablemente no le importara si alguien la veía caminando por la ciudad de noche sin compañía, yo no podía dejarla ir así.

—Te acompaño.

Alice me miró con una mezcla de curiosidad y burla, como si encontrara divertido que me preocupara por algo que para ella era irrelevante. Pero no discutió.

—Bueno, Kou, si insistes en ser mi caballero protector, no voy a detenerte.

Rodé los ojos y empecé a caminar, asegurándome de que me siguiera el paso.

La academia casi en penumbras cuando salimos. No quedaban estudiantes en los pasillos, y el eco de nuestros pasos resonaba con más fuerza de lo normal. Alice no parecía darse cuenta del vacío que dejábamos atrás, o si lo hacía, no le importaba. Caminaba con las manos en los bolsillos de su falda, con esa postura relajada que nunca parecía afectada por nada. Pero yo no podía sacarme de la cabeza lo que acababa de decir.

Todavía tenía el eco de su voz resonando en mi mente. "Si no es así, entonces no es amor." Sus palabras eran claras, contundentes, como si nunca hubiera considerado otra posibilidad. No era una teoría que estaba explorando, no era un pensamiento pasajero que podría cambiar con el tiempo. Alice Carter hablaba con la seguridad de alguien que ya lo había decidido hace mucho, con la certeza de quien ya ha sellado su propio destino.

No supe por qué, pero me encontré caminando un poco más lento a su lado. Quizás porque, aunque las luces artificiales de la ciudad iluminaban las calles, sentía que la conversación aún no había terminado. O quizás porque la idea de dejarla ir sola después de algo como esto me resultaba incómoda. Alice podía hablar de morir por amor con la misma facilidad con la que hablaba de la comida del día, pero algo en mí se negaba a dejar que esa idea flotara en el aire sin más.

—¿Siempre lo has pensado así? —pregunté, sin mirarla directamente.

Alice ladeó la cabeza, pero no pareció sorprendida por la pregunta.

—¿De qué hablas?

—Lo de Tristán e Isolda. Lo de morir por amor.

Ella sonrió, pero no fue una sonrisa burlona ni juguetona. Fue una sonrisa que no necesitaba permiso, que no buscaba convencer a nadie.

—Desde siempre.

Fruncí el ceño.

—Eso no es normal, Alice.

Ella soltó una risa suave y bajó la mirada a sus pies mientras caminaba.

—¿Y qué es normal, Kou? ¿Lo que dicta Sibyl? ¿Lo que la gente hace porque se supone que es lo correcto?

No respondí de inmediato.

Porque sabía que Alice no estaba equivocada en eso. El sistema dictaba lo que era aceptable, lo que era permitido. Las emociones descontroladas eran un peligro. Un amor tan absoluto como el que Alice describía no solo era inusual en nuestra sociedad. Era una sentencia de muerte.

—Tienes suerte de que tu tono no se enturbie con esto —dije finalmente.

Alice giró la cabeza y me miró de reojo, con una sonrisa más grande esta vez.

—¿Eso te preocupa?

—Me preocupa que hables de esto como si fuera lógico.

Alice se detuvo un segundo, y yo tuve que frenar mi paso para no dejarla atrás.

—Pero lo es —dijo, con la misma certeza de antes—. Si amas a alguien por completo, entonces no puedes imaginar un mundo sin esa persona. La existencia deja de tener sentido. Lo único que queda es la muerte, porque es la única forma en que el amor sigue siendo absoluto.

La forma en que lo decía me heló la sangre.

No porque sonara desesperado, sino porque no lo era en absoluto. Alice no estaba diciendo esto como alguien que buscaba ser salvado. Lo decía como alguien que ya había aceptado que el amor era una condena y que estaba dispuesta a llevarla hasta el final.

No podía dejar esto pasar sin más.

—Si crees eso, ¿qué te detiene?

Sus ojos se encontraron con los míos, y por un segundo, vi una chispa de algo que no había notado antes. No duda, no temor. Sino la certeza de alguien que simplemente aún no ha llegado a su destino.

—Aún no he encontrado a esa persona.

No supe por qué, pero sentí mi garganta cerrarse un poco.

Alice volvió a caminar sin más, como si no acabara de decir algo que podría cambiar la forma en que la veía para siempre. Pero yo me quedé quieto por un segundo más, como si necesitara procesar lo que eso significaba.

Si Alice Carter se enamoraba de alguien, lo haría hasta las últimas consecuencias.

Si encontraba a esa persona, moriría por ella sin dudarlo.

Y el pensamiento más inquietante de todos fue que, sin quererlo, me pregunté quién podría ser esa persona.

Sacudí la cabeza y seguí caminando, sin querer darle más espacio a esa idea.

—Así que en serio me estás acompañando a casa —dijo Alice con diversión en la voz.

—Es tarde —respondí, sin darle más vueltas.

Ella sonrió y giró levemente el rostro hacia mí, como si pudiera ver más allá de la excusa.

—¿Por qué, Kou? No eres de los que hacen esto solo por cortesía.

La miré de reojo, analizando su expresión. Alice siempre jugaba con las palabras, pero esta vez su tono era más serio, más curioso. Como si de verdad quisiera saber.

—No lo sé —admití finalmente.

Alice se quedó en silencio por un momento. Luego, su sonrisa volvió, pero esta vez más ligera.

—Apuesto a que ni siquiera tú entiendes por qué te quedaste.

No respondí.

Porque lo peor era que tenía razón.

Seguimos caminando en silencio el resto del trayecto. No había prisa, no había necesidad de hablar. Alice no actuó diferente, no intentó hacerme sentir incómodo ni llenar el espacio con más declaraciones filosóficas sobre la vida y la muerte. Solo avanzó a mi lado, con el mismo ritmo relajado de siempre.

Pero yo no podía evitar notar que la veía diferente ahora.

No era que Alice hubiera cambiado.

Era que yo lo había hecho.

Algo en mi forma de mirarla ya no era igual. Algo en mi forma de escucharla se había vuelto más aguda, más atenta, más consciente de cada palabra. Y lo peor de todo era que no podía hacer nada para detenerlo.

Cuando llegamos a la mansión Carter, Alice se detuvo en la entrada y se giró hacia mí.

—Gracias por acompañarme.

Asentí.

— Lo hice porque no tenía sentido que caminaras sola tan tarde.

Ella rió.

—Claro, Kou. Lo que digas.

Me giré antes de que pudiera decir algo más. No porque me molestara, sino porque por primera vez no quería que Alice viera mi cara en ese momento.

No quería que viera que, por más que intentara negarlo, la idea de que ella pudiera amar con ese nivel de intensidad me había afectado más de lo que jamás admitiría.

El camino de regreso a casa se sintió más largo de lo normal.

Las calles estaban tranquilas, la gente ya estaba dentro de sus casas, después del trabajo. La ciudad tenía un ritmo constante, indiferente a todo lo que ocurría dentro de la academia, dentro de mi cabeza. Caminaba sin apuro, con las manos en los bolsillos, pero mis pensamientos no me daban descanso.

Alice.

Las palabras que había dicho, la forma en que las dijo, la certeza en su voz… todo seguía resonando en mi mente como una melodía que no podía detener. Había hablado sobre el amor con la misma claridad con la que alguien habla de un hecho probado, como si no hubiera discusión posible, como si no importara lo que yo dijera porque el final ya estaba escrito. Y lo peor de todo es que ella no lo decía como una teoría. Alice creía estar en lo cierto.

"Si no es así, entonces no es amor."

Intenté alejar esas palabras de mi cabeza, pero no pude. Era una frase que se sentía demasiado absoluta, demasiado inamovible. No había duda en ella, ni un espacio para replantearla. Era una sentencia. Una condena.

Respiré hondo, sintiendo el aire frío de la noche contra mi piel. ¿Por qué me molestaba tanto? Habíamos hablado de muchas cosas antes, Alice siempre decía cosas extrañas, cosas que desafiaban lo que cualquier ciudadano de Nitto consideraría normal. Pero esta vez había sido diferente. Esta vez, su voz no había tenido el tono ligero de quien simplemente disfruta provocando una reacción. Esta vez, hablaba en serio.

Caminé por una calle secundaria, evitando el bullicio de la avenida principal. Mis pasos eran firmes, mecánicos, pero mi mente seguía atrapada en lo mismo. Tal vez lo que más me perturbaba era que Alice hablaba de amor con una intensidad que no debería ser posible en nuestra sociedad. El amor no debería ser así. El amor debería ser algo que el sistema aprobara, algo regulado, algo claro. No algo por lo que se esté dispuesto a morir.

Y, sin embargo, Alice lo había dicho con la misma naturalidad con la que hablaba de la comida del día.

"Si amas lo suficiente, morir por amor es la única conclusión real."

Apreté los dientes.

No tenía sentido.

No tenía sentido que alguien pensara así en este mundo. En una sociedad gobernada por Sibyl, donde las emociones debían ser estables, donde las relaciones eran reguladas y aprobadas, ¿cómo podía existir alguien que hablara de amor en términos tan absolutos?

Y aún más importante: ¿cómo podía seguir con un tono claro?

Mi mandíbula se tensó con esa idea.

Alice sentía demasiado, pensaba de manera caótica, su propia filosofía iba en contra de todo lo que el sistema promovía. Cualquier otra persona con esa mentalidad ya habría sido considerada un criminal latente. Y, sin embargo, ella seguía siendo un despliegue de desfachatez constante y pensamientos peligrosos dichos sin ningún tipo de filtro.

¿Cómo era posible?

Me pasé una mano por el cabello, frustrado. No tenía sentido seguir dándole vueltas, pero no podía evitarlo. Desde la primera vez que la vi en aquella terraza, desde el momento en que dijo que ese podía ser "nuestro lugar", ya había algo en ella que me hacía sentir que no encajaba en este mundo.

Y ahora, empezaba a darme cuenta de lo que eso significaba.

Seguí caminando sin apurarme. Mi casa no estaba tan lejos, pero tampoco tenía prisa por llegar. El silencio de la ciudad era diferente al de la academia. Aquí no había voces de estudiantes ni el eco de pasos en los pasillos. Solo el murmullo lejano de la vida nocturna y la luz artificial que cubría todo con una frialdad inquebrantable.

Y en medio de todo eso, el recuerdo de Alice seguía conmigo.

No era la primera vez que pensaba en ella después de una conversación, pero esta vez era distinto. Esta vez no era solo curiosidad o desconcierto. Esta vez, lo que me inquietaba no era lo que Alice había dicho. Era lo que me hacía sentir.

Me detuve en la esquina de una calle desierta, observando el semáforo cambiar de rojo a verde sin cruzar de inmediato.

¿Por qué me afectaba tanto?

¿Por qué no podía simplemente reírme de lo que había dicho y seguir adelante?

¿Por qué, por primera vez, sentía que Alice Carter no era solo alguien caótica e impredecible, sino alguien que podía arrastrarme con ella sin que me diera cuenta?

Sacudí la cabeza y crucé la calle con pasos firmes, como si pudiera dejar todo eso atrás con solo caminar más rápido. Pero la verdad era que la sensación ya se había instalado en mi pecho.

Y lo peor de todo era que no podía nombrarla.

No era amor. No sé qué es.

Pero hay algo en Alice que no puedo seguir ignorando.

Volví a recordar su sonrisa cuando le pregunté si amaría con ese nivel de intensidad. Esa sonrisa que no pedía permiso, que no buscaba ser comprendida. Esa sonrisa de alguien que ya había tomado su decisión mucho antes de que yo siquiera considerara la pregunta.

Si Alice Carter se enamoraba de alguien, no habría escapatoria.

Si encontraba a esa persona, moriría por ella sin dudarlo.

Y sin quererlo, sin planearlo, sin saber siquiera por qué, una idea se plantó en mi mente.

"¿Qué pasaría si algún día esa persona soy yo?"

Me detuve en seco.

Ese pensamiento no debería haber existido. No debería haber aparecido ni por un segundo. No debería haberme afectado de la manera en que lo hizo.

Pero lo hizo.

Y en ese momento, en medio de la calle vacía, supe algo con certeza.

Alice Carter ya había cruzado un límite dentro de mí.

Y ya no había vuelta atrás.

El sonido de los golpes resonaba en la sala de entrenamiento. El impacto de los guantes contra los sacos, el roce de los vendajes ajustándose, la respiración controlada de los que estaban en combate. Todo tenía un ritmo, un orden que me resultaba natural.

Me movía con fluidez, golpeando con precisión, esquivando con instinto. Me gustaba estar aquí. A diferencia de muchos en este grupo, no estaba porque me lo recomendaran en una sesión de cuidado mental ni porque mi aptitud lo indicara. No lo hacía para regular mi tono, ni para aliviar tensiones según lo que Sibyl dictara. Lo hacía porque quería.

Y, sin embargo, hoy estaba distraído.

Mi compañero de combate lanzó un golpe que bloqueé fácilmente, pero mi mente ya no estaba completamente en la pelea.

Alice.

No era la primera vez en los últimos días que su nombre aparecía en mi cabeza sin aviso. Pero ahora, con los vendajes ajustados en mis manos y el sudor corriendo por mi espalda, con la adrenalina buscando enfocarme en el presente, no debería estar pensando en ella. Pero mi mente no cooperaba en lo absoluto.

Mi compañero avanzó de nuevo, pero esta vez me tomó medio segundo más de lo normal reaccionar.

Alice, con esa sonrisa que nunca pedía permiso.

Alice, con la certeza inquebrantable de que el amor y la muerte eran la misma cosa.

Alice, con la forma en que su voz todavía resonaba en mi cabeza cada vez que pensaba en Tristán e Isolda.

Y entonces, el golpe entró.

No lo vi venir, porque no estaba concentrado.

El impacto me sacudió la cabeza, y mi cuerpo se movió hacia atrás antes de que pudiera corregir la postura. No fue un golpe devastador, pero lo suficiente para dejarme con un aturdimiento momentáneo.

Parpadeé, volviendo a la realidad, sintiendo el ardor en mi mejilla mientras mi compañero daba un paso atrás con una sonrisa de satisfacción.

—No pensé que te iba a entrar tan fácil, Kougami —dijo, bajando la guardia momentáneamente.

Apreté la mandíbula y exhalé lentamente. Me llevé la mano al rostro por instinto, sintiendo el calor del golpe latente en la piel.

No debería haber pasado.

Pero pasó.

Porque estaba pensando en ella.

Alice Carter no tenía nada que hacer dentro de mi cabeza en este momento. Pero parecía haber firmado un contrato de alquiler dentro de mi cerebro desde hace un tiempo.

Ajusté los vendajes de mis muñecas, flexionando los dedos, listo para retomar la pelea.

Esta vez, no iba a dejar que me distrajera. O al menos, eso intenté decirme.

Porque el problema no era solo que Alice aparecía en mi cabeza cuando no debía, sino que el problema era que no se iba.

Podía obligarme a concentrarme en cada golpe, en cada movimiento, en la estrategia de cada combate. Podía sentir el impacto de mis nudillos contra el saco, la vibración recorriéndome hasta los huesos, el sonido seco de cada patada bien ejecutada. Pero en cuanto me detenía, en cuanto mi respiración se calmaba y mi cuerpo dejaba de moverse, ella volvía.

Alice Carter, con esa risa que siempre parecía una provocación. Con su forma despreocupada de existir, como si no hubiera barreras que pudieran contenerla. Con su convicción absurda de que el amor debía ser absoluto o no ser nada.

Y lo peor de todo es que no solo ocupaba mis pensamientos cuando estaba despierto.

Porque algunas noches, soñaba con ella.

Al principio, eran sueños sin forma. Fragmentos de recuerdos, pedazos de conversaciones que habíamos tenido, su voz diciéndome cosas que probablemente nunca había dicho en la realidad. Pero luego, los sueños se volvieron más claros. Más vivos.

Soñaba con ella bailando en la sala de ensayo, con su cuerpo moviéndose con una intensidad que no podía ignorar. Soñaba con la manera en que cerraba los ojos cuando tocaba el violín, como si el resto del mundo dejara de existir. Soñaba con su risa, con la forma en que se inclinaba hacia mí cuando hablaba, con la manera en que me miraba cuando pensaba que nadie estaba viendo.

Y cada vez que despertaba, había una fracción de segundo en la que no entendía por qué la sensación no desaparecía con el sueño. ¿Por qué seguía ahí?

Porque Alice Carter no era algo que pudiera sacarme de la cabeza con un simple esfuerzo de voluntad.

Y eso empezaba a preocuparme más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Ginoza
La biblioteca de Nitto era uno de los pocos lugares donde podía encontrar algo de paz.

El murmullo de los demás estudiantes era mínimo, las luces eran tenues, y la estructura misma del edificio parecía diseñada para mantener a raya cualquier distracción innecesaria. Había estado aquí durante horas, repasando casos jurídicos ficticios para mi proyecto del semestre, sumergido en la meticulosa redacción de argumentos y contraargumentos. Todo estaba en orden, estructurado, tal como debía ser.

Hasta que Carter apareció.

No la vi llegar. Simplemente levanté la vista un momento, y ahí estaba, de pie frente a mi mesa, sosteniendo con total naturalidad un tablero de ajedrez bajo el brazo. Me tomó un segundo procesar lo que estaba viendo, y en ese tiempo ella ya había tomado asiento frente a mí sin pedir permiso.

—Gino. —Me saludó con su tono de siempre, ese que nunca indicaba si estaba bromeando o si hablaba en serio.

Fruncí el ceño.

—¿Qué estás haciendo?

—¿No es obvio? —colocó el tablero sobre la mesa con un leve golpe y empezó a sacar las piezas, alineándolas con precisión casi ensayada—. Vine a jugar ajedrez contigo.

Cerré el libro que tenía en las manos, observándola con una mezcla de incredulidad y sospecha.

—No tienes idea de cómo se juega.

Alice sonrió de manera enigmática, apoyando el codo en la mesa y sosteniendo su mentón con una mano.

—Tienes razón. No tengo ni idea. Por eso viniste a mi mente de inmediato.

Rodé los ojos y suspiré, pasándome una mano por la frente. Podría simplemente ignorarla. Podría recoger mis cosas, levantarme y marcharme sin más, dejándola con su ridículo tablero a medio preparar. Pero, por alguna razón que no podía comprender del todo, no lo hice.

Me quedé sentado. Y, peor aún, no sé por qué terminé aceptando.

Tomé el tablero y coloqué las piezas en sus posiciones correctas, ordenándolas con la precisión de alguien que había jugado incontables veces. No era un simple juego para mí. Era estrategia, cálculo, previsión. Era una batalla en la que cada movimiento tenía consecuencias.

Cuando terminé de acomodar todo, levanté la vista y encontré a Alice mirándome con algo que parecía una mezcla de interés y satisfacción.

—Blancas o negras —dije con tono neutral.

—Blancas. Quiero empezar.

Alice movió su primer peón con la confianza de alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Fruncí el ceño, observando el tablero con detenimiento. No era un movimiento al azar, no uno que haría alguien que no tenía idea de lo que hacía. Era una apertura clásica, pero con una ligera variación que indicaba intención. Pensamiento.

Alice Carter sabía jugar.

Levanté la vista lentamente, encontrándome con su expresión satisfecha. No burlona, no provocadora. Solo tranquila, segura. Como si estuviera esperando este momento desde el principio.

—Pensé que no sabías jugar —dije, moviendo mi peón en respuesta, sin apartar la mirada de ella.

Alice sonrió, encogiendo los hombros con naturalidad.

—Nunca dije eso.

—Dijiste que no tenías ni idea.

—Dije que no tenía ni idea de cómo iba a salir esto —aclaró, moviendo otra pieza con la misma calma—. Pero de jugar, sí sé.

La observé con más atención, intentando descifrar si esto era solo otra de sus excentricidades o si realmente estaba planeando algo. Alice nunca hacía nada sin una razón, por más aleatorio que pareciera. Había aprendido eso con el tiempo. Si estaba aquí, jugando ajedrez conmigo, debía haber un propósito detrás.

Moví mi alfil, esperando su reacción. Si era inexperta, dudaría.

No dudó.

Movió su caballo con precisión, bloqueando mi desarrollo antes de que pudiera posicionarme cómodamente en el centro del tablero.

—¿Desde cuándo juegas? —pregunté, observando la nueva disposición de las piezas.

—Desde siempre. Mi madre solía jugar conmigo cuando era niña. —Su tono fue ligero, casual, como si estuviera contando un dato irrelevante.

La información me tomó por sorpresa. Alice casi nunca hablaba de su madre. Era un tema que simplemente no existía en sus conversaciones.

—¿Tu madre?

—Naomi Johnson —respondió, sin levantar la vista—. Antes de que se convirtiera en Naomi Carter.

No supe qué decir.

Era la primera vez que Alice mencionaba su apellido materno, la primera vez que insinuaba algo de su infancia sin su usual tono sarcástico o evasivo. Y lo hacía en medio de un juego de ajedrez.

Mi mano se detuvo sobre la torre por un instante antes de moverla.

Alice miró el tablero con interés antes de hacer su siguiente jugada. Se estaba divirtiendo.

—Creí que este juego te parecería aburrido —comenté.

—Depende con quién juegue.

Apreté la mandíbula.

—¿Y qué tiene de especial jugar conmigo?

Alice sonrió de lado, inclinándose ligeramente sobre la mesa.

—Que te tomas esto demasiado en serio.

No era una burla. No sonaba como si quisiera provocarme. Lo dijo con una simpleza que me desarmo, como si fuera un hecho inmutable.

Me recosté en mi silla, observándola con más detenimiento.

—¿Es por eso que viniste?

Alice giró un peón entre sus dedos antes de soltarlo y asentir.

—Sí. Quería jugar con alguien que se lo tomara en serio.

Me quedé en silencio por un momento, observando el tablero. Mi rey estaba en una posición vulnerable, y ni siquiera me había dado cuenta. Carter estaba ganando, pero yo no tenía idea de cómo había dejado que algo así pasara.

Yo había subestimado lo que estaba ocurriendo aquí.

La miré con detenimiento, buscando en su rostro alguna señal de burla, algún indicio de que estaba jugando conmigo en más de un sentido. Pero no. No había provocación en su expresión. Solo concentración y un leve brillo en sus ojos que dejaba en claro que estaba disfrutando esto.

—Los juegos solo son interesantes cuando el oponente se los toma en serio —dijo con una sonrisa ligera, acomodándose mejor en su asiento.

Cruzó los brazos y apoyó el mentón sobre una mano, observándome como si yo fuera una pieza más en el tablero.

Fruncí el ceño.

—¿Por eso viniste a jugar conmigo?

Alice asintió sin dudarlo.

—Por supuesto. Sé que te lo tomarías en serio. No jugarías solo por jugar.

No respondí de inmediato.

Porque lo que dijo era cierto. Nunca jugaba por jugar. El ajedrez no era solo un entretenimiento para mí. Era estrategia, estructura, un reflejo de cómo se debía abordar cualquier situación en la vida: con cálculo, con paciencia, con lógica.

Pero Alice… Alice lo veía de otra manera.

—¿Y qué obtienes de esto? —pregunté, moviendo mi alfil con precisión.

Alice sonrió.

—Ver qué haces cuando pierdes.

Mi mirada se endureció.

Alice movió su reina con una fluidez casi despreocupada, como si ya hubiera sabido desde hace varias jugadas que el desenlace estaba decidido.

—Jaque mate.

Sentí la frustración subir por mi pecho antes de poder contenerla. Miré el tablero, revisé la posición de las piezas con precisión calculada, buscando algún error, algún margen de maniobra que me permitiera revertir la situación. Pero no lo había.

Había perdido.

Levanté la vista y encontré a Alice sonriéndome, no con burla exactamente, pero con esa chispa de satisfacción que siempre parecía acompañarla cuando lograba hacer algo que desafiaba las expectativas de los demás.

—No pensé que ganarías —dije finalmente, empujando mis lentes con un gesto automático.

Alice apoyó los codos en la mesa y se inclinó levemente hacia adelante, invadiendo mi espacio personal sin el más mínimo reparo.

—¿Eso quiere decir que me subestimaste, Gino?

Fruncí el ceño, pero no me aparté.

—Eso quiere decir que me descuidé.

Alice rió suavemente, como si esa respuesta le resultara entretenida. Su rostro estaba demasiado cerca, su presencia ocupando un espacio que normalmente me aseguraba de mantener intacto. Pero ella no tenía respeto por los límites.

—Bueno, no fue una victoria fácil. Pero me gustó ver cómo te tomaste cada jugada en serio.

Podía sentir su mirada fija en mí, analizando cada una de mis reacciones. No sé qué esperaba encontrar, pero su proximidad me irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¿Siempre haces esto cuando ganas? —pregunté, con el ceño fruncido.

—¿Qué cosa?

—Invadir el espacio personal de la gente.

Alice ladeó la cabeza, pensativa, y luego sonrió con esa despreocupación suya.

—No. Solo cuando el oponente es interesante.

Apreté la mandíbula. No quería caer en su juego. Pero tampoco podía ignorar el hecho de que, aunque me molestara, no aparté la mirada.

Finalmente, fui yo quien se echó ligeramente hacia atrás, rompiendo la tensión del momento.

—Si vuelves a proponerme una partida, no te lo haré tan fácil.

Alice se recostó en su asiento, todavía sonriendo.

—Eso es justo lo que quiero escuchar.

Apreté los labios, observándola con cautela. No sabía qué pretendía con esto. No sabía qué estaba buscando.

Pero sí sabía algo.

Alice Carter era un problema que solo estaba empezando.

Kougami

Alice llegó al almuerzo con el peso del agotamiento colgado de los hombros.

No lo intentó disimular. No había rastros de su energía habitual, ni del brillo desafiante en su mirada, ni de la sonrisa fácil con la que solía moverse entre nosotros. Simplemente dejó caer la bandeja sobre la mesa y se desplomó en el asiento junto a Ginoza, apoyando la cabeza en su brazo con un suspiro largo, como si el simple acto de mantenerse derecha fuera demasiado esfuerzo.

Lo noté al instante.

No solo su agotamiento, sino la naturalidad con la que se acomodó al lado de Ginoza. No hubo ninguna de sus bromas para provocarlo, ningún gesto exagerado para llamar la atención. Fue un movimiento instintivo, como si su lugar estuviera ahí, como si siempre hubiera estado ahí.

Lo más sorprendente no fue eso.

Lo más sorprendente fue que Ginoza no se movió.

No se quejó, no frunció el ceño, no intentó apartarla ni alejarla con algún comentario cortante. Simplemente siguió comiendo, como si Alice recostada contra él no fuera algo que mereciera una reacción.

—Estás destruida —dije finalmente, porque el silencio empezaba a pesar demasiado.

Alice levantó la cabeza lo suficiente como para mirarme de reojo.

—Ensayo —respondió con voz arrastrada—. Estoy intentando que todo encaje, pero aún no lo hace.

Ginoza le dio un vistazo breve antes de tomar un sorbo de su bebida.

—¿No tienes suficiente tiempo para hacerlo en clase?

Alice se estiró, girando el cuello con una expresión de dolor momentáneo antes de responder.

—No cuando soy la única que realmente está trabajando en serio.

No hubo burla en su tono, ni intención de menospreciar a nadie. Era una verdad simple y llana, dicha sin reservas. Sabíamos que Alice tenía problemas con sus compañeros de arte, que no encajaba con ellos tanto como debería. Y ella tampoco hacía nada para cambiarlo.

—A propósito, Gino… —dijo de repente, con una sonrisa cansada—. Deberíamos volver a jugar al ajedrez.

Le sostuvo la mirada con un interés genuino, y Ginoza no la apartó.

Me di cuenta de que estaba observando la escena con más atención de la que debería.

No por el hecho de que Alice quisiera jugar otra vez, sino porque Ginoza no reaccionó como esperaba. No le dijo que no tenía tiempo para perder en cosas sin sentido, no le preguntó qué estaba buscando. No la apartó cuando ella se inclinó un poco más hacia él, como si estuviera demasiado cansada para mantener la distancia.

Me llevé un bocado a la boca sin mucho pensamiento, pero no aparté la vista.

Algo estaba cambiando.

Y lo peor era que no estaba seguro de cómo me hacía sentir.

Ginoza

Alice sonrió con cansancio, pero en sus ojos aún quedaba algo de esa chispa suya.

—A propósito, Gino… Deberíamos volver a jugar al ajedrez.

La manera en que lo dijo era descaradamente casual, pero yo sabía lo que estaba haciendo. Era una provocación, disfrazada de invitación.

No tenía sentido que esto me molestara, pero lo hacía.

Quizás porque todavía recordaba demasiado bien la última partida. La manera en que había controlado el ritmo del juego sin que me diera cuenta. La forma en que había ganado con esa confianza tranquila, como si todo hubiera sido inevitable desde el principio. No me gustaba perder, y mucho menos me gustaba perder con alguien que hacía que pareciera tan fácil.

Así que, en lugar de rechazarla, le devolví la provocación.

—¿Quieres comprobar si tu victoria fue suerte o si realmente puedes ganarme otra vez?

Alice sonrió.

—Si fuera suerte, no estarías pensándolo tanto.

Respiré hondo, tomé mi bebida y la miré con detenimiento.

—Si realmente fueras tan buena, no tendrías que pedirme una revancha. Sabrías que voy a aceptar.

Vi el brillo en sus ojos al instante.

—Oh, Gino… —dijo, recostándose un poco más contra la mesa—. Me encanta que pienses que es una revancha, como si fueras a tener una oportunidad esta vez.

No sé por qué acepté tan rápido.

No sé por qué, después de todo el cansancio que claramente tenía, Alice todavía tenía energía para este juego.

Y lo que realmente no sé es por qué, por alguna razón que me niego a analizar, me gusta jugar con ella.

—¿Otra partida? —murmuré, sin mirarla de inmediato.

Alice aún estaba medio desplomada sobre la mesa, con el agotamiento claramente marcado en su postura, pero sus ojos tenían ese brillo inquietante de alguien que todavía tenía ganas de jugar. No entendía de dónde sacaba energía para esto cuando hace apenas unos minutos parecía que iba a quedarse dormida sobre mi brazo.

Y, sin embargo, allí estaba, mirándome con esa media sonrisa suya, pensando en que responder.

Se tomo un momento antes de contestar, y yo estaba dándole una oportunidad para retractarse. Para admitir que estaba demasiado cansada como para prestarle la atención que el ajedrez merecía. Pero no lo hizo. Seguía mirándome con la misma intensidad, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

—No veo por qué no —dijo, acomodándose en su asiento—, aunque después de lo fácil que fue ganarte la última vez, tal vez no valga la pena.

Alice, que apenas unos segundos antes parecía estar al borde del colapso, levantó la cabeza con una expresión que decía que acababa de retomar la pelea.

—¿Fácil? —repetí, arqueando una ceja.

Se llevó la bebida a la boca con calma, sin apresurarme.

—Fácil. Tan fácil que ni siquiera lo recuerdo con claridad.

Su sonrisa se ensanchó.

Kougami soltó una risa baja y yo fingí ignorarlo. Pero lo cierto es que no entendía por qué me gustaba tanto este intercambio.

¿Por qué me encontraba esperando su respuesta, midiendo cada palabra para que la conversación siguiera su curso natural, asegurándome de que ella no tuviera la última palabra tan fácilmente?

No era solo el ajedrez.

Era Alice.

Alice, que nunca se quedaba atrás. Alice, que no retrocedía ante nada, ni siquiera ante mí. Alice, que estaba agotada, pero aun así encontraba la energía para seguir este juego sin perder el ritmo.

Y lo peor era que yo tampoco quería que se detuviera.

Kougami
Ginoza casi parecía disfrutarlo.

Ese último intercambio con Alice, la manera en que él le respondió sin su típico fastidio, sin la usual exasperación… casi como si lo estuviera esperando.

Me apoyé en la mesa con los brazos cruzados, observándolos sin decir nada. Alice y Ginoza habían compartido algo importante. No sabía exactamente qué, pero lo sentía en la forma en que Alice lo miraba, en la manera en que Ginoza no intentaba deshacerse de ella como lo haría normalmente. Era un juego entre ellos, y yo, por primera vez, no estaba dentro de él.

Alice sonreía con su aire despreocupado, ese que usaba cuando sabía que tenía ventaja.

—Supongo que podemos jugar cuando quieras, Gino. No quiero que pongas la excusa de que te di tiempo para olvidarte de cómo te gané.

Ginoza no perdió el ritmo.

—Lo que va a pasar es que te vas a confiar demasiado y esta vez perderás rápido.

Alice inclinó la cabeza, divertida.

—Siempre subestimas lo que puedo hacer.

Ginoza presionó sus lentes contra el puente de la nariz, y por un momento pensé que dejaría la conversación ahí. Pero entonces, una mueca se formó en su boca, algo tan leve que cualquiera que no lo conociera lo habría pasado por alto.

Casi sonrió.

Juré haberlo visto.

No fue una risa abierta, ni un gesto que Alice pudiera señalar con una broma. Fue apenas un instante, una sombra de algo en su expresión antes de que lo ocultara de nuevo.

Y eso me descolocó más de lo que debería.

Ellos seguían en su juego, Alice contraatacando con otra provocación, Ginoza respondiendo sin ceder terreno. Pero yo ya no los escuchaba con la misma claridad.

Porque me di cuenta de algo que no había notado hasta ahora.

Alice y Ginoza habían encontrado un lenguaje propio, una dinámica que solo existía entre ellos dos.

Y eso… no me gustó.