Kougami

Las tardes en la biblioteca de Nitto siempre tenían la misma atmósfera pesada, el aire denso de concentración, las páginas pasando suavemente, el tecleo de terminales y el susurro ocasional de los que se atrevían a romper la tranquilidad con una pregunta. Era el lugar ideal para estudiar para los exámenes, no porque me gustara particularmente estar aquí, sino porque cualquier otro lugar estaba lleno de distracciones.

Como Alice.

Había pasado junto a las salas de ensayo antes de venir y, en lugar de encontrarla peleándose con alguna partitura o repitiendo pasos de danza hasta la extenuación, la vi sentada con una libreta en la mano, escribiendo con la misma intensidad con la que hacía todo en la vida. Cuando le pregunté qué estaba haciendo, me miró como si fuera obvio.

—Estoy componiendo.

Parpadeé. No era lo que esperaba.

—¿Desde cuándo compones?

Alice sonrió con esa arrogancia suya que nunca pedía permiso.

—Desde hoy.

La seguridad con la que lo dijo fue tan absoluta que por un momento pensé que tal vez lo había hecho antes. Tal vez había pasado por alto ese detalle, tal vez Alice Carter realmente era capaz de escribir algo que valiera la pena escuchar.

Pero luego, sin inmutarse, me miró y dijo:

—Voy a revolucionar la música contemporánea. Esta va a ser la Opera Prima de Carter.

Fue entonces cuando supe que estaba delirando.

—No te creo.

Ella se encogió de hombros.

—Ya verás.

No quise seguir escuchando fantasías de artistas, así que me despedí con un gesto y continué mi camino a la biblioteca. Tengo exámenes que aprobar. Alice podía seguir soñando con cambiar la historia de la música si quería, pero yo tenía cosas más importantes en qué pensar.

Cuando llegué a la biblioteca, vi a Ginoza en su lugar habitual, su terminal abierta, rodeado de documentos de leyes y teoría jurídica. No pareció notar mi presencia de inmediato, pero cuando me senté cerca, movió apenas los ojos en mi dirección antes de volver a la pantalla.

—No sé cómo te las arreglas para ser el número uno cuando prefieres golpear cosas en lugar de estudiar —comentó sin levantar la vista.

Sonreí levemente, apoyando los codos sobre la mesa mientras encendía mi terminal.

—No sé cómo tú te las arreglas para no volverte loco leyendo leyes todo el día.

Ginoza bufó con su típica expresión de fastidio, pero no discutió. Algo me decía que, en el fondo, tampoco lo sabía.

Pasé los primeros minutos en la biblioteca tratando de concentrarme en mis notas, pero mi mente seguía volviendo a la imagen de Alice con su libreta, escribiendo como si estuviera componiendo la sinfonía que cambiaría la historia de la música. ¿Cómo podía estar tan segura de algo que nunca había hecho antes?

Me forcé a sacarla de mi cabeza y volví a leer los textos de filosofía para mi proyecto de debate. El tema que elegí giraba en torno a la moralidad y la justicia. Quería analizar cómo lo que consideramos "correcto" cambia dependiendo del contexto, del poder y de quién decide qué es aceptable o no. Cuanto más leía, más me daba cuenta de que estaba entrando en un terreno incómodamente familiar.

No me di cuenta de que Ginoza también estaba metido en sus documentos legales hasta que, sin pensarlo mucho, hice un comentario en voz baja.

—Las leyes y la moral no siempre van de la mano.

Ginoza levantó la vista de su terminal y me miró con una ceja arqueada.

—Depende de cómo definas la moralidad.

Me apoyé en la silla y solté una leve risa.

—Exactamente. No es algo absoluto. Lo que es moral para una sociedad puede ser completamente inaceptable en otra. Y lo mismo pasa con la justicia.

Ginoza dejó su terminal a un lado y cruzó los brazos. Por primera vez en la conversación, me miró con genuino interés, no solo con su típica expresión de fastidio.

—La justicia, en teoría, debería ser objetiva. Pero en la práctica, siempre está condicionada por el sistema que la ejecuta.

—Es decir, por quién tiene el poder de decidir qué es justo y qué no.

—Exacto. —Asintió con un gesto breve—. Y el sistema Sibyl, para bien o para mal, ha resuelto esa ecuación eliminando la subjetividad de la justicia.

No pude evitar sonreír con ironía.

—¿Lo ha hecho? ¿O solo ha cambiado quién tiene la última palabra?

Por un momento, Ginoza no respondió. Pude ver en su expresión que había tocado un punto que no quería admitir en voz alta.

—Sibyl es el único ente capaz de administrar la justicia sin el sesgo humano —dijo finalmente.

—Pero sigue siendo un ente creado por humanos —repliqué sin soltar la sonrisa—. Y, en ese caso, la moralidad que lo define no es objetiva, sino producto de decisiones que alguien tomó en algún momento.

Ginoza resopló con irritación, pero no me cortó. Seguimos discutiendo, argumentando de un lado al otro, cuestionando dónde terminaba la ley y dónde empezaba la ética.

Y entonces me di cuenta.

Estábamos llegando a enfoques parecidos sin darnos cuenta. Mi debate giraba en torno a la moralidad y la justicia, y el caso ficticio que Ginoza estaba preparando para su asignatura de derecho penal también tenía que ver con la interpretación de lo justo dentro de un sistema que no es infalible.

—Básicamente estamos haciendo el mismo proyecto, pero desde ángulos diferentes —comenté con una media sonrisa.

Ginoza apretó los labios y empujó sus lentes con un gesto automático.

—No digas estupideces.

Me reí bajo. Pero él tampoco lo negó.

Seguimos discutiendo por casi una hora más. No llegamos a una conclusión clara, pero tampoco lo necesitábamos. El solo hecho de debatir con alguien que realmente podía argumentar su punto sin caer en lo obvio era suficiente.

Cuando finalmente decidimos retomar el estudio en serio, me di cuenta de algo curioso.

Esta había sido la conversación más larga que había tenido con Ginoza sin que termináramos molestándonos mutuamente.

Y aunque nunca lo admitiría en voz alta, había disfrutado la discusión.

Ginoza
El cansancio se había asentado en mis hombros hace rato.

Llevaba horas revisando leyes, casos ficticios y argumentaciones para el proyecto de mitad de año. No importaba cuántas veces repasara la misma sección, mi visión ya empezaba a volverse borrosa, las palabras mezclándose en un borrón de conceptos legales que normalmente procesaría con facilidad. Mi mano descansaba sobre la mesa, los dedos sosteniendo el lápiz sin fuerza, y por un momento, cerré los ojos sin darme cuenta.

No sé cuánto tiempo pasó, tal vez segundos, tal vez minutos, pero lo siguiente que noté fue el sonido de algo siendo dejado sobre la mesa frente a mí.

Abrí los ojos lentamente, parpadeando para despejar la neblina del agotamiento, y vi una lata de café colocada justo al lado de mis documentos.

No la había comprado yo.

Levanté la mirada, aún medio aturdido, y me encontré con Kougami de pie junto a la mesa, las manos en los bolsillos y una expresión de ligera diversión en el rostro.

—Si quieres ganar el primer lugar en los exámenes de mitad de año, necesitas estar despierto para vencerme.

Su tono era despreocupado, pero había algo en su actitud que lo hacía sentir más una advertencia que una broma.

Miré la lata de café por un segundo, antes de soltar un resoplido bajo. No necesitaba que me dijera lo obvio.

—No necesito tu ayuda —murmuré, pero aun así, tomé la lata y la abrí con un movimiento automático.

Kougami sonrió apenas, como si hubiera esperado exactamente esa reacción.

—Claro. Lo que digas.

Se giró para marcharse sin agregar nada más, como si el hecho de haberme traído el café no necesitara explicación. Lo observé salir de la biblioteca, sintiendo aún el peso del cansancio en mi cuerpo, pero ahora, con algo más acompañándolo.

No sabía qué me molestaba más.

El hecho de que Kougami pensara que necesitaba su ayuda, o el hecho de que tal vez tenía razón.

Alice

El Opus No. 01 de Carter estaba resultando un desastre.

Era una melodía sin forma, sin sentido, que parecía flotar en el aire sin llegar a ningún lado. Demasiado técnica, demasiado rígida, demasiado muerta. Las notas estaban ahí, los acordes encajaban, y, sin embargo, no había nada. No lograba encontrar el peso, la emoción, la fuerza. No lograba convertirlo en música.

Y eso me fastidiaba.

Había pasado las últimas horas encerrada en la sala de ensayo, tocando, escribiendo, tachando y volviendo a escribir, esperando que en algún punto algo hiciera clic. Pero no lo hacía. Todo sonaba como un rompecabezas sin resolver, como si la pieza final estuviera en otro maldito tablero y yo estuviera buscando en el lugar equivocado.

Para cuando llegué al comedor, aún sentía esa frustración en la piel, y estaba lista para quejarme con Kougami y Ginoza sobre mi gran fracaso musical. Pero, para mi sorpresa, los encontré... discutiendo.

¿De nuevo?

—No puedes separar la moralidad de la ley, aunque quieras —decía Ginoza, con su tono de siempre, firme y analítico.

—Eso es exactamente lo que hace Sibyl —replicó Kougami, apoyando los codos en la mesa—. No mide moralidad, mide funcionalidad.

—Sigues viendo a Sibyl como si fuera una entidad separada de la estructura social cuando es precisamente esa estructura la que permite su existencia.

—No puedes negar que muchas decisiones legales no tienen nada que ver con lo correcto, sino con lo útil.

Ah. Filosofía. O leyes. O algo.

Suspiré y dejé mi bandeja en la mesa antes de dejarme caer en mi asiento.

—Es bueno ver que ya son amigos —dije con una sonrisa, observándolos con atención.

Ginoza levantó la vista y me miró fijamente. Kougami no dijo nada, solo me lanzó una mirada de reojo antes de seguir con su comida.

Lo interesante fue que ninguno de los dos lo negó.

Sonreí aún más.

Tal vez mi música estaba saliendo horrible, pero al menos estos dos estaban evolucionando en algo que hace unas semanas parecía imposible.

—Entonces, ¿qué están debatiendo hoy? ¿El sentido de la vida? ¿Si la justicia existe? ¿O simplemente se están midiendo a ver quién tiene la cabeza más dura?

Kougami sonrió levemente.

—Siéntate y descúbrelo.

Ginoza bufó con exasperación, pero no discutió.

Y yo, por un momento, olvidé que estaba fastidiada.

Ginoza

No entendía por qué Kougami había invitado a Alice a la conversación.

Era un debate serio, un cruce de ideas sobre justicia, moralidad y el sistema en el que vivíamos, algo que requería estructura y lógica. Pero de alguna manera, ahora Carter estaba sentada frente a nosotros, con su sopa de miso perfectamente servida, comiendo con una tranquilidad exasperante mientras destruía cada uno de nuestros argumentos sin esfuerzo.

Al principio, pensé que se aburriría rápido. Alice no tenía la paciencia para estas discusiones. La mayoría de las veces, cuando Kougami y yo terminábamos debatiendo sobre algo, ella simplemente observaba con una sonrisa burlona o lanzaba un comentario sarcástico antes de cambiar de tema. Pero esta vez no se fue.

Esta vez, decidió hablar.

Y resultó ser un error subestimarla.

—La justicia y la moralidad no siempre coinciden porque la justicia es un concepto estructurado —dijo Alice con su tono ligero, sin levantar la vista de su sopa—. Es una construcción social que sirve para mantener el orden. La moralidad, en cambio, es arbitraria. Varía de persona en persona, de cultura en cultura. Depender de la moral para hacer leyes sería un desastre.

Fruncí el ceño.

—Eso es una visión reduccionista. Si eliminamos la moralidad del derecho, ¿en qué fundamentamos la justicia?

Alice bebió un sorbo de su sopa como si la pregunta no mereciera ser tomada en serio.

—En lo que funcione.

Hubo un breve silencio.

—¿Lo que funcione? —repetí con incredulidad.

Ella asintió, dejando la cuchara en el plato con delicadeza. Era irritante lo tranquila que estaba.

—Si una ley sirve para mantener el orden y prevenir el caos, es funcional. Lo demás no importa.

Kougami, que hasta ese momento solo la observaba con curiosidad, sonrió ligeramente.

—Eso suena más como pragmatismo que como justicia.

Alice se encogió de hombros.

—Llámalo como quieras. La justicia existe para garantizar que las personas cumplan con su rol en la sociedad sin colapsar el sistema. No importa si las leyes son justas en términos morales. Importa que sean efectivas.

Me crucé de brazos, intentando no perder la paciencia.

—Esa mentalidad es peligrosa. Si la justicia es solo lo que funciona en un momento determinado, entonces cualquier cosa podría ser permitida si el sistema lo considera necesario.

—Exactamente.

Esa palabra, esa simple confirmación, hizo que se me revolviera el estómago.

Alice no estaba ni siquiera dudando. No lo decía con cinismo, ni con resignación. Simplemente lo aceptaba.

Kougami apoyó los codos en la mesa, mirándola con una mezcla de interés y sospecha.

—¿Entonces crees que cualquier ley que el sistema imponga es válida solo porque funciona?

Alice tomó otra cucharada de sopa antes de responder.

—Sí.

La palabra cayó como un golpe seco.

Kougami rió entre dientes, pero no con burla. Era el tipo de risa que tenía cuando algo realmente lo sorprendía.

—No esperaba eso de ti.

—¿Por qué no? —preguntó Alice con genuina curiosidad.

—No sé. Pensé que, considerando cómo eres, te inclinarías más hacia la idea de que la justicia debería ser algo más humano.

Alice ladeó la cabeza y sostuvo la mirada de Kougami con calma.

—No veo por qué.

Y de repente, me di cuenta de algo inquietante.

Alice hablaba de todo esto sin la más mínima carga emocional. No había indignación en su tono, ni resignación, ni cinismo. No estaba molesta con el sistema, no estaba tratando de justificarlo ni condenarlo. Simplemente lo veía como un hecho inmutable, como una ley de la naturaleza.

—¿Realmente crees en eso, o solo dices lo que suena lógico? —pregunté, observándola con más atención.

Alice me miró, pestañeando lentamente, y luego sonrió con suavidad.

—Si la justicia no es objetiva, no sirve. Si depende de lo que cada persona considere "bueno" o "malo", no es justicia, es capricho.

Me llevé una mano a la sien.

—¿Y si una ley es injusta?

—¿Para quién?

Esa pregunta me hizo tensarme.

Kougami apoyó la barbilla en su mano, observándola con la misma intensidad con la que analizaba un oponente en combate.

—¿Y qué pasa si el sistema comete un error?

—El sistema no comete errores. Comete ajustes.

—Eso es una forma elegante de decir que comete errores.

Alice se encogió de hombros.

—Depende de cómo lo veas.

Por primera vez en toda la conversación, no supe qué responder de inmediato.

Alice Carter no estaba simplemente argumentando por el placer de hacerlo. Lo que estaba diciendo no era una provocación, no era un intento de llevarnos la contra. Ella realmente creía en lo que estaba diciendo.

Y eso me inquietaba más de lo que quería admitir.

La discusión continuó, moviéndose entre filosofía, derecho y pragmatismo. No era la primera vez que debatía con alguien sobre estos temas, pero sí era la primera vez que lo hacía con alguien como Alice.

Porque Alice no estaba emocionalmente involucrada en nada de esto.

No tenía indignación hacia el sistema, pero tampoco una fe ciega en él. No lo defendía ni lo atacaba. Simplemente lo aceptaba como lo que era.

Y de alguna manera, seguía siendo imposible ganarle en la discusión.

Después de casi una hora de debate, me encontré en una situación que no esperaba.

Estaba disfrutándolo.

Alice Carter, la misma persona a la que había catalogado de idiota tantas veces en mi cabeza, me estaba dando una conversación realmente interesante.

No solo porque tenía argumentos sólidos, sino porque su perspectiva era completamente diferente a la mía y la de Kougami. No se basaba en emociones ni en principios idealistas. No era el escepticismo de Kougami, ni mi racionalidad académica.

Era otra cosa.

Era la mirada de alguien que veía el mundo sin filtros.

Alice bebió el último sorbo de su sopa y dejó la cuchara en la bandeja con delicadeza.

—Ha sido entretenido, pero me tengo que ir.

Me recargué en la silla, aun procesando lo que había pasado.

—No sé si ha sido entretenido o frustrante.

Ella rió suavemente.

—Ambas cosas pueden ser verdad.

Kougami sonrió levemente y estiró los brazos.

—No creí que ibas a durar tanto en una discusión sin perder el interés.

Alice se levantó de la mesa y me miró con una expresión que no supe leer del todo.

—No subestimes lo que me divierte verlos intentar ganarme.

Y con eso, se fue.

Me quedé en silencio unos segundos después de que desapareciera de mi vista.

Respiré hondo y presioné mis lentes contra el puente de mi nariz.

No entendía por qué, pero casi me sentía mal por haber pensado tantas veces que Alice Carter era una idiota, porque, claramente, no lo era.

Alice se fue, pero la conversación quedó suspendida entre nosotros.

Kougami y yo seguimos en la mesa, con nuestra comida a medio terminar, procesando lo que acabábamos de escuchar. La forma en que Alice había hablado sobre la justicia y la moralidad me seguía molestando, pero no por su argumento en sí, sino por la facilidad con la que lo decía.

Era demasiado lógica, demasiado funcional. No había indignación en su voz, no había pasión en su postura. No hablaba como alguien que intentaba defender el sistema ni como alguien que intentaba destruirlo. Hablaba como alguien que simplemente lo aceptaba.

Después de un largo silencio, Kougami se recargó en su silla y dejó escapar un leve resoplido.

—No esperaba eso de ella.

—Yo tampoco —admití, entrecerrando los ojos—. Pero algo no encaja.

Kougami alzó una ceja y tomó un sorbo de su bebida.

—¿Qué cosa?

Me froté la sien, aun dándole vueltas.

—En teoría, todo lo que dijo tiene sentido. Es lógico, estructurado, incluso efectivo si lo ves desde una perspectiva pragmática. Pero esa no es Alice.

Kougami giró el rostro hacia mí, interesado.

—¿A qué te refieres?

—Dijo que la justicia es solo funcionalidad, que la moralidad no tiene peso real. Pero conociéndola, no creo que en la práctica ella actuaría de acuerdo con esa visión.

—¿Crees que está mintiendo?

Negué con la cabeza.

—No. Creo que realmente lo cree en el nivel teórico. Pero también creo que si la pusieras en una situación real donde tuviera que decidir entre "lo correcto" y "lo funcional", se guiaría más por su instinto que por su lógica.

Kougami se quedó en silencio por un momento, procesando la idea.

—Tienes razón —dijo finalmente—. Alice actúa por impulso todo el tiempo. No la imagino simplemente obedeciendo algo porque "funciona".

Eso era lo que me molestaba. Alice Carter era una contradicción viviente.

Por un lado, su forma de pensar era fría y calculadora, casi como la de alguien que ha aceptado el mundo tal y como es sin cuestionarlo demasiado. Pero por otro, sus acciones no reflejaban a alguien indiferente.

Si realmente creyera que la moralidad no tiene valor, entonces ¿por qué se involucra en tantas cosas? ¿Por qué defiende a la gente cuando podría simplemente ignorarlo?

Kougami pareció llegar a la misma conclusión que yo, porque sonrió levemente.

—¿Y si Alice ni siquiera se da cuenta de que es contradictoria?

Fruncí el ceño.

—Explícate.

Kougami se cruzó de brazos y apoyó una pierna sobre la otra.

—Tal vez ella cree que piensa así porque es lo más lógico. Pero cuando realmente se enfrenta a una decisión, actúa de otra manera sin darse cuenta.

No quería admitirlo, pero Kougami tenía razón.

Alice hablaba de la justicia y la moral como si fueran conceptos abstractos, como si no estuvieran atados a su vida de ninguna forma. Pero en el tiempo que la conocíamos, ¿cuántas veces la habíamos visto hacer algo que no tenía ningún sentido bajo su propia lógica?

Era la misma persona que se preocupaba por traerme los deberes cuando estuve enfermo, aunque no tenía ninguna obligación de hacerlo. La misma que defendía a quien fuera solo por impulso, sin considerar si era funcional o no.

Y, sin embargo, ella no lo veía así.

La conversación se quedó flotando en el aire, porque cuanto más hablábamos de Alice, más complicado se volvía entenderla.

Me apoyé en el respaldo de la silla y miré a Kougami con una expresión de resignación.

—Estamos intentando racionalizar a alguien que no tiene sentido.

Él soltó una risa baja.

—Bienvenido a mi mundo.

Respiré hondo, empujando mis lentes contra el puente de mi nariz.

—Si Alice alguna vez tiene que elegir entre lo que cree y lo que siente…

No terminé la frase.

No hacía falta.

Porque ambos sabíamos la respuesta.

Alice Carter nunca elegiría la lógica, elegiría lo que estuviera en su corazón.

Kougami

No tiene sentido.

Alice Carter, la misma que dijo con absoluta certeza que morir por amor era la única conclusión lógica, ahora hablaba de la justicia y la moralidad como si fueran simplemente engranajes de un sistema mayor, sin peso real fuera de su función. ¿Cómo alguien que cree que el amor lo es todo puede ser, al mismo tiempo, tan desapegada de todo lo demás?

Me recargué en la silla, observando la mesa con el ceño fruncido mientras Ginoza seguía argumentando su punto. No le dije lo de Tristán e Isolda. No tenía sentido hacerlo. No en este contexto. Ginoza ya tenía suficiente tratando de descifrarla sin saber que Alice también cree que su destino en la vida es entregarse por completo a alguien hasta el punto de la muerte.

—Sigo diciendo que la moralidad y la justicia no pueden estar completamente separadas —insistió Ginoza, revisando su terminal como si pudiera encontrar un argumento irrefutable en sus notas.

Me pasé una mano por el cabello, exhalando lentamente.

—Alice parece opinar lo contrario.

—Alice opina muchas cosas.

Eso me hizo sonreír apenas.

—Sí, pero esta vez lo dijo con demasiada seguridad. No creo que fuera solo una provocación.

Ginoza entrecerró los ojos, pensativo.

—Esa es la parte que me molesta. En teoría, lo que dice tiene sentido. En la práctica, no la imagino tomando decisiones de forma tan desapegada.

—Porque no lo haría —dije sin dudar—. Alice no es alguien que simplemente acepte lo que está frente a ella. Actúa por instinto.

Ginoza se quedó en silencio por un momento, su ceño fruncido en señal de concentración.

—Entonces, ¿crees que su manera de pensar es una contradicción?

No respondí de inmediato. Porque, en el fondo, sabía que no era tan simple.

Alice no era contradictoria, pero sí compleja. No era una persona que dijera cosas solo para provocar, aunque a veces lo pareciera. Lo que decía tenía sentido en su cabeza, pero su forma de actuar no siempre correspondía a sus propias creencias.

—Creo que cree en lo que dice —respondí finalmente—, pero que cuando llegue el momento de tomar una decisión real, no lo va a pensar tanto.

Ginoza asintió lentamente, pero no parecía satisfecho con la respuesta.

—Eso significa que, en el fondo, la moralidad sí le importa.

—Sí, pero no de la manera en que la discutimos aquí —dije, apoyándome en la mesa—. No es un principio filosófico para ella. Es algo que solo va a entender cuando tenga que actuar.

La conversación continuó, y aunque seguimos debatiendo sobre la justicia y el sistema, mi mente seguía atrapada en la imagen de Alice diciendo que morir por amor era lógico.

Porque ahora esa idea pesaba más que antes.

Ginoza
El sonido de la biblioteca era siempre el mismo, monótono y predecible. Las páginas pasaban con un susurro suave, los teclados repiqueteaban con un ritmo constante, y la iluminación artificial se mantenía fría y uniforme, sin importar la hora del día. Yo estaba sumergido en mis notas, en una sesión de estudio intensa, cuando una sombra se deslizó sobre mi mesa. No levanté la vista de inmediato. Sabía quién era. Nadie más en toda la academia invadía mi espacio con tanta naturalidad.

—Gino.

Suspiré, sosteniendo el puente de mi nariz antes de siquiera mirarla. Alice estaba de pie junto a la mesa, con su violín en la otra mano y una expresión demasiado confiada para el favor que seguramente estaba a punto de pedirme.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—No hace falta.

Alice hizo una mueca, fingiendo estar dolida por mi respuesta, pero no se movió. Simplemente inclinó la cabeza y deslizó el estuche del violín sobre la mesa, interponiéndolo entre mis documentos. Lo miré con el ceño fruncido antes de volver a verla a ella.

—¿Qué?

—Quiero que escuches algo.

Solté una risa seca y negué con la cabeza.

—No tengo tiempo para tus distracciones.

—No es una distracción. Es una prueba.

No me moví. Alice cruzó los brazos y me sostuvo la mirada como si estuviera esperando que yo cediera primero. No lo haría. No tenía intención de hacerlo. Pero entonces, con un suspiro exagerado, se inclinó sobre la mesa y recogió mis apuntes como si fueran papeles descartables.

—Alice.

—Solo por unos minutos, Gino. No te vas a morir si dejas de estudiar un rato.

Me debatí entre discutir con ella y simplemente ignorarla hasta que se aburriera, pero Alice nunca se aburría lo suficientemente rápido cuando quería algo. Y ahora me estaba mirando con la misma intensidad que usa cuando planea ganar en ajedrez, como si esto fuera algún tipo de desafío. Lo que me molestaba era que, por algún motivo, yo siempre terminaba aceptando esos desafíos.

Exhalé con resignación y me puse de pie.

—Cinco minutos.

Alice sonrió con satisfacción y recogió el estuche del violín, girando sobre sus talones para guiarme fuera de la biblioteca. No tenía idea de por qué la estaba siguiendo, ni por qué estaba permitiendo que mis estudios quedaran en pausa por una tontería como esta, pero para cuando me di cuenta de que había caído en su juego, ya estábamos en la sala de música.

El ambiente aquí era completamente distinto. No había teclados ni susurros. Solo el aire denso con el leve eco de algún otro estudiante practicando en las habitaciones contiguas. Alice cerró la puerta tras de sí, abrió el estuche y sacó el violín con la familiaridad de alguien que ha hecho esto toda su vida.

—No sé nada de música, Carter. No esperes que te dé una crítica técnica.

—No necesito que sepas nada de música. Solo quiero ver qué piensas.

Me crucé de brazos y me apoyé contra la pared, observando cómo colocaba el violín sobre su hombro con un movimiento automático. Durante unos segundos, simplemente se quedó quieta, con los ojos cerrados, como si estuviera organizando las notas en su cabeza antes de empezar. Y entonces, el arco tocó las cuerdas y la música llenó la habitación.

Al principio, no supe cómo reaccionar. No entendía lo que estaba escuchando. La melodía tenía un orden evidente, una progresión lógica, pero al mismo tiempo, algo en ella se sentía inconexo, como si cada parte estuviera bien ejecutada pero no formara un todo. Era técnicamente impecable. Pero no tenía alma.

Alice tampoco se veía satisfecha. Frunció ligeramente el ceño mientras tocaba, moviendo el arco con precisión, pero sin la energía que usualmente tenía cuando se sumergía en algo que realmente le importaba. Cuando la última nota se disipó en el aire, bajó el violín con un suspiro.

—Es una mierda.

—Suena bien.

Alice me miró con exasperación.

—No suena bien. Suena vacío. Como un ensayo sin sentido.

—¿Y qué se supone que le falta?

Se encogió de hombros, recargando el violín contra su hombro mientras giraba la vista hacia la ventana.

—No lo sé. Es como si estuviera intentando armar un rompecabezas, pero todas las piezas son del mismo color. Técnicamente encajan, pero cuando las juntas, no dicen nada.

Su respuesta me hizo pensar en algo que habíamos discutido en la mesa del comedor, sobre cómo ella veía la justicia y la moralidad. Si Alice era capaz de analizar la música de la misma forma en que analiza el mundo, sin la carga emocional que otros le pondrían, entonces tal vez esa era la razón por la que su composición fallaba.

—Tal vez estás enfocándolo como un problema de estructura cuando en realidad lo que falta no es técnica.

Alice giró la cabeza lentamente hacia mí, con una expresión de leve interés.

—¿Y qué se supone que falta, Gino?

—Significado.

No supe por qué dije eso exactamente, pero en cuanto lo hice, vi cómo sus ojos se estrechaban con una mezcla de sospecha y curiosidad. Como si lo que había dicho tuviera sentido, pero no quisiera admitirlo todavía.

—¿Y cómo se supone que encuentro significado?

—No tengo idea. Yo no compongo música.

Alice soltó una risa baja y apoyó la frente en el violín por un momento antes de enderezarse de nuevo.

—Vaya consejo.

—No deberías esperar más de alguien que no sabe nada de música.

—Es cierto.

Se hizo un breve silencio entre nosotros, en el que ella parecía considerar algo y yo intentaba encontrar la razón por la que había accedido a esto en primer lugar. Finalmente, Alice tomó aire y volvió a colocar el violín sobre su hombro.

—Voy a intentarlo otra vez.

Esta vez, la melodía cambió. No mucho, pero lo suficiente para que notara que algo en la forma en que tocaba era diferente. Alice no estaba intentando seguir una estructura. Simplemente estaba probando. Explorando.

Cuando la última nota flotó en el aire, Alice bajó lentamente el violín y me miró con una media sonrisa, esa que solía usar cuando encontraba algo curioso más que interesante.

—Fue un buen consejo —dijo con naturalidad, como si no le costara reconocerlo—. No lo esperaba de ti, Gino.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué no?

Alice inclinó la cabeza levemente, apoyando el violín contra su hombro mientras me miraba con ese brillo de análisis en los ojos, el mismo que tenía cuando jugaba ajedrez o cuando nos miraba discutir sobre justicia y moralidad solo para desmontar nuestros argumentos con un movimiento despreocupado.

—No lo sé. —Sonrió con ligereza—. Supongo que tiendes a sobre analizar todo, y no pensé que serías capaz de decirme algo tan simple como "busca significado".

Respiré hondo, llevándome una mano a la sien en un gesto automático.

—Eso no es simple. Es la parte más difícil.

Ella dejó escapar una risa baja y se encogió de hombros.

—Sí, lo es.

Por un momento, se hizo un silencio que no fue incómodo, pero tampoco del todo cómodo. Alice parecía estar considerando algo, como si la conversación la hubiera llevado a un lugar que no esperaba. Como si la idea de buscar significado la incomodara más de lo que quería admitir.

—Entonces, ¿vas a seguir intentándolo? —pregunté finalmente, sin moverme de donde estaba.

Alice giró el violín entre sus manos antes de responder.

—Sí. —Hizo una pausa y sonrió—. Pero ahora tengo que averiguar qué significa mi propia música.

Volví a la biblioteca con la intención de retomar mis apuntes, de sumergirme de nuevo en el lenguaje de las leyes, en la estructura de los casos, en la lógica inquebrantable de lo que podía ser argumentado con precisión. Me senté en la misma mesa donde había estado antes de que Alice apareciera, coloqué mis documentos en orden y abrí mi terminal. Pero cuando intenté concentrarme, la frase que le dije a Alice seguía resonando en mi cabeza.

"Busca significado."

Me pasé una mano por la cara, cerrando los ojos un momento. No había pensado demasiado en lo que dije cuando lo dije. En el contexto de Alice y su música, tenía sentido. Su composición estaba técnicamente bien construida, pero le faltaba algo, un propósito, un peso emocional. Pero si ella tenía que encontrarle significado a su música, ¿qué pasaba con todo lo demás?

Abrí mi archivo de estudio y revisé mis notas. Mi caso jurídico estaba estructurado a la perfección, con argumentos bien fundamentados, referencias claras, un desarrollo impecable. Pero por primera vez desde que empecé a prepararlo, sentí que era completamente vacío.

No porque estuviera mal hecho, sino porque no significaba nada.

Apoyé los codos sobre la mesa y me froté los ojos con ambas manos, sintiendo el peso de la realización asentarse lentamente en mi pecho. Todo en mi vida había sido estructura, orden, lógica. Siempre supe lo que tenía que hacer, siempre supe cuál era el siguiente paso. No había espacio para el caos, para lo incierto, para cosas como "buscar significado".

Alice estaba buscando significado en su música. Pero, sin darme cuenta, yo también tenía que encontrar significado en lo que estaba haciendo.

No podía aceptar que la única razón por la que seguía este camino era porque era lo que debía hacer, porque era lo correcto, porque era lo que me aseguraba estabilidad. Si todo lo que hacía era seguir un esquema sin cuestionarlo, entonces no era diferente a lo que Alice había estado haciendo con su composición.

Abrí mi terminal de nuevo, miré la pantalla y traté de concentrarme. Pero no podía. Alice seguía ahí.

No físicamente, claro. Se había ido hace rato, dejándome con mis apuntes y mi intento fallido de volver a la normalidad. Pero su presencia seguía instalada en mi cabeza, como un eco persistente que no podía ignorar.

¿Desde cuándo pasa esto? ¿Desde cuándo ella esta tan presente en mis pensamientos?

El problema es que esto está pasando más seguido de lo que quiero admitir.

Respiré hondo, tratando de ordenar mis ideas. Esto no tenía sentido. No era como Kougami, que se dejaba llevar por la intuición o los impulsos. Yo no funcionaba de esa manera. Yo categorizaba, analizaba, clasificaba las cosas en espacios concretos. Pero ella se deslizaba fuera de cualquier lógica estructurada.

Tal vez era porque siempre rompía el orden que yo intentaba mantener. Aparecía sin aviso, irrumpía en mis rutinas como si fueran una invitación abierta, me obligaba a seguirle el ritmo incluso cuando no quería. Me desafiaba. No solo en ajedrez, no solo en discusiones absurdas sobre justicia o moralidad. Me desafiaba en algo más profundo, algo que aún no sabía nombrar.

Fruncí el ceño y me pasé una mano por la cara, cansado. No tenía tiempo para esto.

Pero incluso cuando intenté volver a mi trabajo, pensé en ella su violín, tocando su composición inconexa, volvió a mi mente. La frustración en su rostro, la determinación en su voz cuando dijo que seguiría intentándolo.

Y sin darme cuenta, me encontré preguntándome algo que nunca antes me habría permitido considerar.

"¿Por qué me importa?"

Ese pensamiento me hizo tensar los hombros.

La respuesta debería haber sido simple. Porque Alice era molesta, porque se metía en mi espacio sin permiso, porque no entendía cómo alguien podía funcionar como ella y, de alguna manera, seguía queriendo resolverla.

Pero la verdad era que no había respuesta clara.

Porque si realmente no me importara, no estaría aquí, sentado en la biblioteca, pensando en ella en lugar de en mi trabajo.

Kougami
El sol estaba empezando a ocultarse detrás de los edificios de la academia cuando me acomodé en la terraza secreta que había encontrado con Alice el día del examen.

No había venido con un propósito específico. Simplemente estaba allí. Tal vez porque el resto de la academia me parecía demasiado ruidoso, demasiado lleno de cosas que requerían atención. Aquí arriba, el aire era más fresco, el mundo parecía ralentizarse un poco. No era un lugar al que viniera con frecuencia, pero en ese momento, no se me ocurrió ningún otro sitio mejor para estar.

El sonido de la puerta deslizándose me sacó de mis pensamientos.

—Oh, justo donde te quería encontrar.

Me giré y vi a Alice con el violín en la mano.

No parecía sorprendida de verme, ni tampoco como si hubiera estado buscándome durante horas. Más bien, como si hubiera sabido exactamente dónde estaría.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunté con una ceja arqueada.

Alice sonrió con ligereza mientras cerraba la puerta tras de sí y se acercaba sin apuro.

—No lo sabía. Solo me pregunté dónde sería más probable que estuvieras y se me vino a la mente este lugar.

Exhalé un leve resoplido.

—No suelo venir aquí.

Alice inclinó la cabeza, observándome con una expresión que indicaba que ya tenía la respuesta antes de que yo siquiera hiciera la pregunta.

—Entonces eso solo significa que el destino nos está juntando en esta terraza.

Fruncí el ceño.

—¿Para qué?

Alice dejó escapar una pequeña risa mientras se apoyaba contra la baranda.

—Para esto.

Levantó su violín con un movimiento ligero, como si fuera obvio.

—Quiero mostrarte lo que llevo de mi obra.

Su Opus No. 01.

Me quedé en silencio por un momento, observándola con atención. Alice nunca había sido alguien que pidiera permiso para hacer lo que quería. Pero que viniera hasta aquí, con el violín en la mano, con la determinación de mostrarme su progreso, me hizo pensar que tal vez esta vez sí estaba buscando algo.

Alice se movió con la misma naturalidad de siempre, como si estuviera en su propio espacio y yo solo fuera un espectador en su mundo.

Se acercó a la baranda de la terraza y apoyó el estuche del violín sobre la superficie de piedra con la facilidad de quien lo ha hecho cientos de veces. Abrió la tapa, sacó el instrumento con un movimiento preciso y empezó a afinarlo con el arco. Todo en ella parecía ligero, casi despreocupado, pero sabía que no lo era.

Me crucé de brazos, apoyándome contra la pared mientras la observaba.

—¿Qué tan segura estas de que lo que compusiste es bueno?

Alice levantó la mirada con una sonrisa que no llegaba a ser burlona, pero que definitivamente tenía un toque de autosuficiencia.

—Diría que un sesenta por ciento de probabilidad de que aún sea una mierda —dijo, girando las clavijas del violín con precisión—. Pero un cuarenta por ciento de que empiece a sonar como algo real.

—No suena muy prometedor.

—El arte no es una ciencia exacta, Kou.

No respondí de inmediato, pero mi ceja se arqueó levemente al escucharla. Era la primera vez que Alice hablaba de su música con ese tono. No con la arrogancia de quien quiere revolucionar la historia, ni con la frustración de quien no encuentra lo que busca. Ahora había algo más en su voz. Algo más parecido a una búsqueda genuina.

Ajustó el arco contra las cuerdas y tomó aire antes de empezar a tocar.

La primera nota flotó en el aire y me hizo enderezarme sin darme cuenta.

No sonaba perfecto. No era una melodía del todo cohesiva. Aún había partes en las que la progresión parecía incierta, en las que las notas no fluían de manera natural.

Pero si había sentimiento.

No era simplemente una ejecución técnica impecable. Alice estaba intentando decir algo con su música.

La dejé tocar sin interrumpirla, sin hacer ningún comentario. Era la primera vez que realmente la escuchaba.

El viento movía su cabello mientras se sumergía en la melodía, su expresión totalmente enfocada en el sonido, en la vibración del instrumento, en cada nota que salía del violín como si estuviera tratando de armar un rompecabezas invisible.

Y entonces, sin aviso, se detuvo.

Soltó un bufido y bajó el violín con exasperación.

—Maldita sea.

—No estuvo mal.

Alice giró la cabeza hacia mí con una ceja levantada.

—Eso no es exactamente lo que quiero escuchar.

Me encogí de hombros.

—Es la verdad. Sonó bastante bien.

Ella suspiró, pasando el arco entre sus dedos.

—Pero sigue sin ser lo que quiero.

Me quedé mirándola por un momento. Era raro ver a Alice así. Normalmente, cuando algo no le salía, lo descartaba con una broma o lo dejaba de lado como si no le importara. Pero esta vez no estaba lista para soltarlo.

—¿Qué es lo que quieres?

Alice se quedó en silencio por un momento.

Luego, con una expresión más seria de lo habitual, murmuró:

—Quiero que cuando lo toque, la gente sienta lo que yo siento.

No supe qué decir de inmediato. Porque por primera vez, Alice estaba hablando de su música como si fuera algo más que una idea abstracta.

—¿Y qué es lo que sientes?

Alice levantó la vista, y por un instante, su expresión fue completamente sincera.

—Que estoy perdiendo algo que no sé cómo recuperar.

No esperaba esa respuesta.

Alice suspiró y apoyó el violín contra su hombro, girando la cabeza hacia mí con una expresión que no era exactamente frustración, pero tampoco satisfacción.

—Descubrí que me gusta mucho componer.

Arqueé una ceja. Por la forma en que lo dijo, eso debería ser algo positivo.

—Pero… —continuó, arrastrando la palabra con un tono resignado—. Soy muy mala haciéndolo.

No me sorprendió que lo dijera.

—Tal vez porque no tienes conocimientos sobre técnica de composición —dije, sin adornarlo demasiado.

Alice me miró con una sonrisa ligera.

—Vaya observación brillante, Kou.

Me encogí de hombros.

—¿Entonces crees que tendrás lista la obra y la coreografía para la presentación del proyecto?

Ella se rió. No una risa burlona, sino una de genuina diversión.

—Evidentemente no es para el proyecto.

Parpadeé, mirándola con un poco de confusión.

—¿Entonces por qué sigues con esto?

Alice se acomodó el violín en la mano, como si la respuesta fuera obvia.

—Porque tengo ganas.

Era una respuesta tan propia de ella que no supe por qué siquiera había preguntado.

—Para el proyecto sigo buscando una melodía —continuó—. Pero la música actual me parece una basura, así que estoy explorando soundtracks de películas y canciones viejas.

Eso sí me llamó la atención.

—¿Encontraste algo que te guste?

Alice sonrió de una forma diferente esta vez, casi infantilmente entusiasmada.

—Flyday Chinatown.

Fruncí el ceño.

—Nunca la escuché.

—Claramente no puedo usarla, pero me gusta mucho.

Entonces, sin más preámbulo, Alice empezó a cantar.

No estaba bromeando. No lo hacía en tono irónico, ni con exageración teatral. Cantaba como si simplemente le naciera hacerlo.

Y su voz era buena.

No, no solo buena. Era increíblemente buena.

El tono era limpio, el control perfecto. No forzaba nada, no intentaba impresionar. Era natural.

No dije nada de inmediato. La dejé terminar, sintiendo la vibración de su voz en el aire de la terraza, sintiendo que esta era otra faceta de Alice Carter que no había visto antes.

Cuando terminó, sonrió como si nada hubiera pasado.

—Tienes una muy buena voz —dije finalmente, sin pensar demasiado en ello.

Alice ladeó la cabeza, observándome con curiosidad.

—¿Eso es todo lo que tienes que decirme después de mi gran interpretación?

—¿Querías aplausos?

—No me vendrían mal.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír apenas.

—Si no vas a usar la composición, ¿para qué sigues intentando con tanto ahínco?

Alice seguía con el violín en la mano, pero su postura era relajada, como si la pregunta no la sorprendiera en lo absoluto. Me miró por un segundo, como si estuviera ordenando sus pensamientos, y luego sonrió levemente.

—Porque lo placentero es la búsqueda.

Esperé a que continuara, sin interrumpirla. Alice tenía una forma de explicar las cosas que nunca iba directo al punto, pero siempre llegaba allí eventualmente.

—Intentar llegar a un punto, repetir, refinar, mejorar, mostrarlo y darte cuenta de que aún falta. Y seguir haciéndolo. —Giró el arco entre los dedos, mirando su violín con una expresión casi melancólica—. Como en la vida, básicamente.

Cruzarme de brazos fue un acto reflejo. Alice hablaba con la misma seguridad con la que decía todo, pero esta vez, no había exageración en su tono. No estaba siendo teatral ni irónica. Realmente creía lo que estaba diciendo.

—Eres una artista demasiado obsesiva —comenté, sin molestia en la voz, pero con la clara intención de señalar el nivel de intensidad con el que se estaba tomando algo que técnicamente no necesitaba hacer.

Alice rió suavemente, dejando el violín en su estuche con cuidado antes de responder.

—No, soy una perfeccionista.

—No veo la diferencia.

Cerró el estuche con un clic y me miró con esa expresión que siempre usaba cuando creía que tenía razón sobre algo.

—La diferencia es que lo hago porque me importa. —Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, sin apartar la mirada de mí—. Me importa hacer las cosas con alma.

No tuve una respuesta inmediata para eso. Porque Alice no era alguien de medias tintas, claramente.

Ella no componía a medias. No amaba a medias.

Todo en Alice Carter era absoluto. O lo hacía con todo lo que tenía o no lo hacía en absoluto.

Alice me sostuvo la mirada por un momento más y, como si hubiera leído lo que estaba pensando, su sonrisa se ensanchó con una ligereza peligrosa.

—No soy alguien que no se comprometa de lleno. Ni con mi arte, ni con el amor.

No esperó a ver mi reacción.

Se giró con la misma naturalidad con la que había llegado y se fue, dejándome en la terraza, solo con mis pensamientos.

Pensamientos que, para mi desgracia, estaban llenos de ella.

El viento en la terraza había cambiado. No era más frío ni más cálido que antes, pero algo en el aire se sentía distinto desde que Alice se fue. Me quedé ahí, apoyado contra la baranda, observando la puerta por la que había desaparecido, con el eco de sus palabras todavía en mi cabeza.

"No soy alguien que no se comprometa de lleno. Ni con mi arte, ni con el amor."

Esa última frase no tenía sentido.

¿Por qué había mencionado el amor?

Toda la conversación había girado en torno a su composición, a su búsqueda obsesiva por algo que aún no sabía definir. ¿Por qué de repente llevó la conversación en esa dirección?

Fruncí el ceño, cruzándome de brazos. No era una coincidencia. Alice no decía cosas al azar, incluso cuando parecía que sí. Siempre había un propósito detrás de sus palabras, incluso si solo era el placer de sembrar preguntas en la cabeza de alguien.

¿Quiso decirme algo?

Exhalé con fuerza y me pasé una mano por el cabello. Tal vez solo estaba proyectando.

Alice hablaba del amor con la misma intensidad con la que hablaba de la música, de la justicia, de cualquier idea que la obsesionara. Para ella, todo era absoluto. Pero hasta ahora, nunca me había incluido en esa conversación.

Eso era lo que me molestaba.

Alice siempre hablaba de su visión del amor de forma filosófica, como si estuviera describiendo algo que aún no había experimentado, pero que entendía mejor que nadie. Pero esta vez… esta vez lo dijo como si fuera algo más.

¿Se refería a mí?

La idea me tensó los músculos antes de que pudiera detener la reacción. No. No podía ser eso. Alice no lo había dicho de una manera directa, no había ninguna insinuación clara. Pero entonces, ¿por qué me lo dijo a mí?

No lo había mencionado en otra conversación, no había traído el tema antes. Fue algo que decidió agregar justo antes de irse. Como si quisiera dejarme con esa idea flotando en mi cabeza.

Y lo había logrado.

Apreté la mandíbula y miré la ciudad desde la terraza, intentando distraerme. No funcionó.

Alice Carter había dejado algo en mi mente, algo que no podía ignorar.

Me aparté de la baranda y bajé las escaleras de la terraza con pasos firmes. Necesitaba hacer algo que no fuera pensar en ella.

La academia ya estaba más vacía a esta hora, con la mayoría de los estudiantes de camino a sus casas. Mi plan era volver a casa, tomar una ducha, descansar y olvidar todo esto. Pero en cuanto entré al pasillo principal, vi a Ginoza en la biblioteca a través de la puerta de vidrio.

No sé por qué entré.

Tal vez porque, aunque no quisiera admitirlo, quería hablar con alguien que no fuera Alice.

—No tienes nada mejor que hacer que quedarte aquí después de clases —dije, sentándome frente a él sin preguntar.

Ginoza levantó la vista de su terminal, empujó sus lentes con un dedo y me miró con su típica expresión de fastidio moderado.

—Tú tampoco, aparentemente.

—Tienes razón.

Crucé los brazos y me acomodé en la silla, pero no abrí mi terminal. No vine aquí a estudiar, aunque supongo que eso era lo que debería estar haciendo.

Ginoza siguió con su trabajo durante unos minutos sin prestarme atención. Normalmente, yo tampoco diría nada. Pero mi cabeza todavía estaba atrapada en la terraza, todavía estaba atrapada en Alice.

—Alice dijo algo extraño antes de irse.

No sé por qué lo dije, pero cuando Ginoza levantó la vista de inmediato, supe que había captado su atención.

—¿Qué cosa?

Podría haber mentido. Podría haber dicho que era sobre su música, sobre su frustración con la composición. Pero no lo hice.

—Dijo que no es alguien que no se comprometa de lleno. Ni con su arte… ni con el amor.

Ginoza frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene de extraño?

Lo miré sin responder de inmediato. No entendía por qué, pero su indiferencia me molestó.

—No venía al caso —dije finalmente—. Estábamos hablando de su música, de lo que le cuesta encontrarle significado a lo que está componiendo. Pero antes de irse, dejó caer esa frase y simplemente se fue.

Ginoza se apoyó en el respaldo de la silla, cruzando los brazos.

—Es Alice. Siempre dice cosas que parecen fuera de lugar.

—Sí, pero esto fue diferente.

Hubo un silencio entre nosotros.

—¿Tú crees que hablaba de ti? —preguntó Ginoza con su tono analítico.

La pregunta me hizo apretar los dientes.

—No lo sé.

No fue un no.

Ginoza me miró un segundo más antes de volver a su terminal, como si ya no valiera la pena seguir con la conversación. Pero yo todavía no había salido de esa idea.

Si Alice realmente hablaba de mí, ¿qué significaba eso?

Y si no hablaba de mí, ¿por qué me importaba?

Exhalé lentamente y me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Tal vez estaba viendo demasiado en algo que no significaba nada.

Pero Alice nunca decía nada sin razón.

Y por primera vez, empecé a preguntarme si la forma en que la veía estaba cambiando más de lo que estaba dispuesto a aceptar.

Ginoza
No debería molestarme.

No hay ninguna razón lógica para que me afecte lo que Kougami acaba de decir, pero, aun así, me molesta.

No es lo que dijo exactamente, sino cómo lo dijo. Alice le habló de amor. ¿Por qué? ¿Por qué justo a él?

Tal vez ni siquiera era algo importante. Tal vez Alice simplemente estaba divagando, como hace siempre, dejando caer frases que parecen significativas pero que en el fondo solo existen para confundir.

Pero si no era importante, ¿por qué Kougami lo mencionó?

Exhalé con frustración y volví a mirar mi terminal. Traté de concentrarme en mis apuntes, en el caso que estaba preparando, en cualquier cosa que no tuviera que ver con Alice Carter mencionándole a Kougami que ella se compromete de lleno con el amor.

Ridículo.

Pero no podía evitar recordar lo que había notado hace unos días. Alice lo mira con simpatía. No sé si es la palabra correcta, pero hay algo en la manera en que se inclina cuando habla con él, en cómo parece relajarse un poco más, en la forma en que su atención no es tan afilada como lo es conmigo.

Tal vez es simplemente lo que pasa con la mitad del alumnado de primer año.

Kougami tiene esa facilidad para atraer a la gente sin intentarlo. Es el número uno, es fuerte, es naturalmente carismático. No se esfuerza por encajar porque ya pertenece.

Tal vez Alice simplemente está embelesada como muchas otras chicas de la escuela.

Y quizás eso es lo que realmente me molesta.

Porque Kougami tiene todo lo que podría querer. Y no le da importancia.

Él no se preocupa por lo que los demás piensen de él. No necesita hacerlo. No tiene que probar nada a nadie. No tiene que luchar contra los rumores de su apellido ni demostrar constantemente que su valor no está condicionado por las decisiones de otra persona.

Y Alice, que no parece encajar en ninguna parte, parece encontrarlo interesante.

Apreté la mandíbula y forcé mi atención de nuevo en mis apuntes.

No importa. No me importa.

No, lo que me molesta no es que Kougami lo tenga todo. Es que pensé que Alice no caería en eso también.

De todas las personas, Alice Carter no debería ser como el resto.

He visto cómo las chicas de primer año lo miran, cómo algunas intentan hablar con él, cómo otras se quedan en los pasillos solo para verlo pasar. He visto cómo, en lo que llevamos de semestre, rechazó sin siquiera inmutarse al menos cuatro o cinco confesiones.

Y por eso, lo respeto.

Kougami es centrado. Tiene un objetivo y no se distrae con cosas tontas como el amor. No es que no pueda estar con quien quiera, es que simplemente no le interesa. Mientras otros pierden tiempo en cosas superficiales, él sigue adelante. No se deja desviar por emociones inútiles.

Y Alice… Alice debería ser igual.

Ella está obsesionada con su arte, con su música, con su búsqueda constante de algo más grande que ella misma. Se supone que es distinta a la gente que pierde la cabeza por alguien solo porque es el número uno, porque es atractivo, porque es fuerte.

Y, además, es una Carter.

Gente como ella no tiene la opción de elegir con quién estar.

Desde que nació, seguramente su padre ya había decidido a quién prometerla, cuál sería la mejor conexión política o empresarial para su apellido. Es ridículo pensar que puede enamorarse de alguien como Kougami.

Pero entonces, ¿por qué le dijo eso?

¿Por qué mencionó el amor en esa conversación?

Apreté los dientes y traté de concentrarme en mis apuntes, pero la verdad ya estaba ahí, latiendo en mi cabeza con una insistencia que no podía ignorar.

Tal vez Alice Carter no es tan distinta a los demás como pensé.

Y por alguna razón, eso me molesta más de lo que debería.