Kougami
La biblioteca estaba en mi camino, así que no tenía intención de detenerme. Solo necesitaba cruzar el patio, entrar al edificio y concentrarme en mis estudios. Pero antes de llegar, algo llamó mi atención lo suficiente como para hacerme reducir el paso. No había planeado detenerme, pero lo hice de todas formas, observando desde la distancia.

Alice y Ginoza estaban sentados en una de las mesas del patio. Un tablero de ajedrez estaba entre ellos, y por la expresión de Alice, el partido llevaba suficiente tiempo como para que ella estuviera disfrutándolo demasiado. Apoyaba un codo en la mesa, la barbilla descansando sobre su mano, sonriendo con esa confianza descarada que siempre tenía cuando creía que estaba a punto de ganar.

Ginoza, en cambio, estaba con los brazos cruzados, con el ceño fruncido y la vista clavada en las piezas, como si estuviera enfrentando una decisión trascendental. Pero no se veía molesto. Su postura era tensa, sí, pero no de la forma en que solía estar cuando alguien lo sacaba de su rutina. Se veía cómodo.

Me quedé allí, observándolos sin acercarme, sin tener una razón para hacerlo más allá del hecho de que no esperaba verlos así. Alice dijo algo y, para mi sorpresa, Ginoza respondió sin su usual fastidio. No la ignoró, no la cortó con una respuesta seca, simplemente contestó.

Alice rió suavemente antes de mover otra pieza en el tablero, mientras Ginoza resoplaba, pero sin la tensión habitual en su tono. Algo en mi mandíbula se tensó. No entendía por qué, pero verlos tan cómodos me molestó.

Alice siempre ha sido Alice. Siempre ha hablado con una confianza que no debería tener, siempre ha desafiado a Ginoza con sus comentarios. Pero él nunca lo había tomado de esta manera. No con esta tranquilidad, no con esta normalidad.

Alice apoyó la barbilla en su mano, observando a Ginoza mientras esperaba su movimiento. Lo miraba con expectación, con ese brillo en los ojos que tenía cuando realmente estaba disfrutando un juego. Y lo peor de todo fue que Ginoza no se inmutó. No apartó la mirada. No la ignoró. Solo siguió el juego.

Y yo, desde la distancia, sin entender por qué, odié ver eso. No tenía sentido. No tenía razón para sentir esto. Pero la verdad era que no me gustaba ver a Alice tan cómoda con él.

No me gustaba que Alice le sonriera así a Ginoza. No me gustaba que Ginoza le respondiera sin molestarse. No me gustaba que parecieran haber encontrado algo entre ellos que no necesitaba de nadie más. Exhalé con fuerza y aparté la vista.

Tenía que ir a la biblioteca. Tenía cosas más importantes en qué pensar. Pero incluso cuando caminé en dirección al edificio, seguí escuchando la risa de Alice en mi cabeza, y la imagen de Ginoza respondiéndole sin fastidio se quedó grabada más de lo que debería.

Ginoza

Alice volvió con el ajedrez esa tarde, sin aviso, sin anunciarse, simplemente llegó con el tablero en la mano y lo dejó caer sobre la mesa con esa familiaridad suya que hacía parecer que esto era un hábito establecido entre nosotros.

—Revancha —dijo, con una media sonrisa, acomodándose en su asiento.

No tenía razones para rechazarla. O quizás sí las tenía, pero ninguna lo suficientemente convincente como para apartar la mirada del tablero y seguir con mi día. En lugar de eso, dejé mi terminal a un lado y empecé a ordenar las piezas. No le daría el placer de pensar que podía ganarme dos veces.

El juego comenzó con la misma intensidad de siempre. Alice no jugaba por jugar. No movía las piezas sin pensarlo, no hacía movimientos sin propósito. Jugaba para ganar, aunque pareciera despreocupada. Pero a diferencia de la vez anterior, esta partida tenía algo distinto.

Entre jugadas, el ambiente se fue relajando. No era común que me permitiera bromear en medio de una competencia, pero de alguna manera Alice lograba hacer que lo hiciera sin darme cuenta. Comentarios sueltos, réplicas rápidas. Ella provocaba, yo respondía.

—Estás tomándote esto demasiado en serio, Gino —dijo después de un intercambio particularmente largo de movimientos calculados.

—Solo porque quiero ganar limpiamente.

—Oh, entonces si pierdo, ¿significa que esta vez sí contaría?

Rodé los ojos, empujando mis lentes con un dedo antes de hacer mi siguiente jugada.

—No te preocupes, Carter. Esta vez no voy a dejar que me distraigas.

—¿Qué? ¿Te distraje la última vez?

—Claramente.

Alice se rió, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—¿Y cómo sé que no estás distrayéndote otra vez?

La miré de reojo. Su sonrisa seguía ahí, ligera, fácil, pero en sus ojos había algo más.

Moví una pieza y la miré directamente.

—¿Te gusta Kougami?

El comentario salió más directo de lo que pretendía, sin la barrera de precaución que normalmente ponía en mis palabras. Fue un error.

Alice no reaccionó de inmediato. Me observó por un instante, luego desvió la mirada al tablero y jugó sin apurarse. Un movimiento sin prisa, pero tampoco al azar.

—Mmm…

Era un sonido vago, más una distracción que una respuesta.

—¿Es una pregunta o una observación?

Apreté la mandíbula. Evasiva.

—Una pregunta.

Alice apoyó el mentón en su mano, mirando el tablero con una sonrisa breve.

—¿Por qué? ¿Te preocupa?

Me tensé sin quererlo.

—Eso no responde nada.

—Tal vez.

—¿Tal vez qué?

Alice levantó la vista y sostuvo mi mirada, y de pronto tuve la incómoda sensación de que era yo quien había caído en una trampa.

—Tal vez me gusta alguien más.

Mi siguiente jugada se detuvo por un instante antes de que la hiciera. Lo suficientemente breve como para que ella lo notara.

Alice sonrió más ampliamente.

Era una sonrisa de alguien que acababa de descubrir algo que le divertía demasiado.

Terminé mi movimiento, sin decir nada.

Alice bajó la mirada al tablero y movió su última pieza.

—Jaque mate.

Observé las piezas, revisé la jugada, calculé el error. Pero no estaba seguro de si había sido una victoria limpia o si todo esto fue una treta para distraerme.

Lo que sí sabía era que su respuesta me había descolocado más de lo que debería.

Alice se levantó con la misma naturalidad con la que había llegado, sin parecer particularmente afectada por la partida ni por la conversación. Cerró el estuche del ajedrez con un movimiento ágil y lo levantó con una mano, como si no hubiera hecho nada fuera de lo común.

—Tengo que ir a componer —dijo, con su tono despreocupado, como si eso fuera lo más normal del mundo después de una victoria en ajedrez.

Yo asentí, más por inercia que por otra cosa. Todavía tenía la vista en el tablero, repasando mentalmente la partida, preguntándome en qué momento exacto había cometido un error o si, en realidad, Alice había jugado su última movida con otra intención.

Entonces, sin previo aviso, Alice se inclinó hacia mí y dejó un beso en mi mejilla.

Me quedé inmóvil.

El gesto fue rápido, fugaz, pero suficiente para que el perfume de Alice me envolviera al instante. La mezcla de manzana verde y frambuesa se aferró al aire entre nosotros, como si se negara a disiparse demasiado rápido.

—Me gusta jugar contigo —dijo con una sonrisa ligera—. Deberíamos hacerlo más seguido.

Y antes de que pudiera decir algo, antes de que mi cerebro siquiera procesara completamente lo que acababa de pasar, Alice ya estaba alejándose, como si nada hubiera sucedido.

No la detuve. No reaccioné. No hice absolutamente nada, porque mi cuerpo todavía estaba atrapado en el instante en que sus labios tocaron mi piel.

El resto de la tarde, el fantasma de ese momento no me dejó en paz.

No pude concentrarme en mis apuntes, no pude retomar mi ritmo habitual de estudio, no pude hacer nada sin que mi mente volviera a la imagen de Alice inclinándose, a su sonrisa, a la idea de que lo había hecho como si fuera lo más natural del mundo.

No tenía sentido. No tenía razón para seguir pensando en ello.

Pero, sin importar cuánto lo intentara, no podía sacármelo de la cabeza.

Kougami
Cuando recibí la citación del terapeuta de cuidado mental de la academia, no supe qué pensar. No era algo que pasara con frecuencia, y la nota era demasiado breve como para anticipar de qué se trataba. No decía si era un asunto académico, una evaluación rutinaria o algo más específico. Lo único claro era que tenía que presentarme en la oficina del edificio administrativo.

No me preocupaba en el sentido tradicional. Mi tono estaba bien, mis notas eran excelentes, y nunca había tenido incidentes disciplinarios (o al menos no había tenido incidentes que llegaran a oídos de las autoridades). Pero algo en la formalidad de la notificación me hizo sentir que no era una simple charla de rutina. Que había algo detrás.

Cuando entré a la oficina, el terapeuta—un hombre de mediana edad con una sonrisa profesionalmente calculada—me indicó que tomara asiento. La habitación tenía esa atmósfera fría y eficiente que siempre tenían estos lugares.

—Kougami Shinya, ¿cómo estás? —preguntó con una voz suave y ensayada.

—Bien —respondí con neutralidad.

El hombre asintió levemente, observándome con una expresión que no decía nada, pero que al mismo tiempo parecía estar sacando conclusiones con cada segundo de silencio.

—Hemos estado revisando tu desempeño en la academia —comenzó—. Todo parece estar en orden. Tus calificaciones son sobresalientes, tu historial de conducta es impecable, y tu rendimiento en el equipo de kickboxing es admirable.

Esperé. Si todo estaba en orden, entonces ¿por qué estaba aquí?

El terapeuta mantuvo el mismo tono profesional cuando continuó:

—Pero queremos hablar sobre algo en particular.

No respondí, pero noté cómo mi cuerpo se tensó levemente.

—Tu relación con la señorita Carter.

El nombre quedó flotando en el aire, pesado, como si llevara una carga que no terminaba de comprender.

No dije nada, solo lo miré, esperando que siguiera.

—Hemos notado que han desarrollado una cercanía bastante intensa —continuó, con la misma calma medida—. Y queremos asegurarnos de que mantengas un equilibrio saludable.

No reaccioné de inmediato, aunque por dentro, algo en mí se encendió.

—No entiendo a qué se refiere.

—A lo que queremos decir es que es natural formar vínculos en esta etapa de la vida. Sin embargo, hay que ser cuidadosos con la intensidad emocional de estas relaciones.

Ah. Ahí estaba.

El lenguaje cuidadosamente construido, la advertencia disfrazada de preocupación. No era una sugerencia, era una observación sobre lo que se consideraba "seguro".

—No es nada serio —dije finalmente, midiendo mis palabras.

El terapeuta me observó con una leve sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.

—Shinya, no estamos diciendo que cortes la relación. Solo queremos que seas consciente. A tu edad, las emociones pueden influir en tu estabilidad, y en última instancia, en tu tono.

Apreté la mandíbula. Mi tono estaba bien.

Mi tono siempre estaba bien.

—Queremos que te enfoques en tu futuro, en tus metas —continuó—. Sabemos que tienes un gran potencial.

Me quedé en silencio un momento, asintiendo lentamente, como si procesara la información con calma. Pero por dentro, la conversación me molestaba más de lo que quería admitir.

No dijeron que hiciera nada. No dieron ninguna orden directa. Pero el mensaje era claro.

Cuando salí de la oficina, el aire se sintió más pesado.

¿Habrían llamado también a Alice?

No podía evitar preguntármelo. ¿Estarían diciéndole lo mismo? ¿Le estarían advirtiendo que no se acercara demasiado a mí, que nuestras emociones debían ser medidas y controladas?

Exhalé lentamente, sintiendo la irritación asentarse en mi pecho. No importaba lo que dijeran.

Yo sabía lo que sentía, masomenos.

Y no iba a dejar que nadie dictara cómo debía manejarlo.

Ginoza

Cuando recibí la notificación del terapeuta de la academia, sentí un peso en el pecho que no fui capaz de ignorar. No era la primera vez que asistía a sesiones de cuidado mental. Desde que ingresé a Nitto, he ido regularmente al centro médico para evaluar mi estado emocional y asegurarme de que mi tono se mantenga estable. Pero que me llamaran desde la academia, en lugar de mi centro habitual, era diferente.

No sabía qué esperar. Mi tono siempre ha sido impecable. Nunca he dado motivos para que alguien cuestione mi estabilidad. Así que, mientras caminaba hacia la oficina del terapeuta, sentí una inquietud que no quería reconocer.

Cuando entré en la sala, el terapeuta me indicó que tomara asiento. Su oficina tenía ese aire estéril que siempre acompaña a los espacios de cuidado mental. No había nada personal en el ambiente, solo eficiencia.

—Ginoza Nobuchika —dijo con su tono neutral, ofreciendo una sonrisa que no me molesté en devolver—. Gracias por venir.

—No tenía opción —respondí con la misma frialdad con la que afrontaba estas situaciones.

El terapeuta ignoró mi comentario y simplemente asintió. Se tomó un momento antes de hablar, lo que solo hizo que mi incomodidad aumentara.

—Has mantenido un historial impecable desde tu ingreso a Nitto —comenzó—. Tus calificaciones son sobresalientes, tu rendimiento es admirable y, hasta ahora, no ha habido preocupaciones con respecto a tu tono.

Esperé. Todo eso lo sabía.

—Pero hay algo que queremos discutir.

No me moví. Esperé lo peor.

—Tu relación con Alice Carter.

Sentí una punzada de incomodidad en la nuca, pero no dejé que mi expresión cambiara.

—¿Qué pasa con ella?

El terapeuta entrelazó los dedos sobre el escritorio y me observó con la misma calma medida de siempre.

—Hemos notado que últimamente pasan mucho tiempo juntos.

Mantuve mi postura firme, sin dejar que nada en mi rostro revelara lo que sentía.

—No veo por qué eso es relevante.

—Las conexiones personales son importantes, pero es esencial que no interfieran con tu rendimiento.

—Mi rendimiento es impecable.

—Lo es —admitió, sin vacilar—. Pero queremos asegurarnos de que sigas por ese camino.

No mencionó emociones intensas. No dijo la palabra "romántico". Pero el mensaje estaba ahí.

No respondí de inmediato. Sentí la presión en mi pecho aumentar.

—Mi relación con Carter no interfiere con nada —dije con firmeza.

El terapeuta inclinó ligeramente la cabeza, con esa expresión de quien ya había escuchado esa respuesta antes.

—No estamos diciendo que debas alejarte de ella, solo que mantengas en mente la importancia de la estabilidad.

La estabilidad.

Claro. Porque no hay nada más peligroso en este sistema que algo que no puede ser medido ni predicho. Y tienen razón.

Asentí lentamente, con la expresión cuidadosamente neutral que había perfeccionado con los años.

—Lo tendré en cuenta.

El terapeuta pareció satisfecho con mi respuesta, aunque su mirada decía que no estaba completamente convencido.

Cuando salí de la oficina, el aire se sintió más pesado. No era la primera vez que alguien me advertía sobre la importancia de mantener el control. Pero nunca antes había sido sobre alguien más. Sobre ella.

No tenía sentido que esto me afectara, pero lo hizo. Me molestaba la insinuación de que Alice era un problema.

Pero lo que realmente me inquietaba era el pensamiento que vino después.

¿Y si tienen razón?

¿Y si estoy dejando que Carter me afecte más de lo que debería?

Sacudí la cabeza y exhalé lentamente. Las advertencias son importantes, pero no quiero distanciarme de lo que sea que este sucediendo con Carter y con Kougami.

Son parte de mi vida ahora. Y no quiero que eso cambie.

Alice

Cuando recibí la nota del terapeuta de Nitto, apenas pude evitar rodar los ojos. ¿Ahora qué? Hasta donde sabía, no había hecho nada fuera de lo común. Mi tono siempre había sido bueno; eso era lo único que realmente importaba, ¿no?

Entré en la oficina y me encontré con un hombre de expresión calmada y profesional, con esa sonrisa falsa que parece ser un requisito para cualquier terapeuta. Me indicó que me sentara, y lo hice sin apuro, aunque ya estaba sintiéndome impaciente. No tenía idea de qué querían conmigo, pero dudaba que fuera algo que realmente necesitara escuchar.

—Alice Carter, gracias por venir —comenzó, con un tono que intentaba sonar cálido, pero que solo lograba ser condescendiente—. ¿Cómo estás hoy?

—Bien —respondí rápidamente, cruzándome de brazos.

Él asintió y deslizó su tableta sobre el escritorio, con el Psycho-Pass visible en la pantalla. Era un color normal, claro, sin variaciones preocupantes. Lo miré de reojo, esperando que fuera al grano, pero él tardó un poco más en hablar.

—Quería hablar contigo sobre algo inusual en tus registros.

Eso sí me hizo fruncir el ceño.

—¿Inusual cómo?

—Según nuestra base de datos, nunca has asistido a una sesión de cuidado mental ni has recibido ningún tipo de suplemento para estabilizar tu tono.

Lo miré en silencio por unos segundos, esperando que continuara. Nada de eso era una novedad para mí, así que no entendía por qué sonaba como si acabara de descubrir algo grave.

—¿Y qué tiene eso de raro? —pregunté finalmente.

El terapeuta entrelazó las manos sobre el escritorio y me observó con atención, como si estuviera tratando de medir mi reacción.

—Alice, es muy poco común que alguien de tu edad no haya recibido alguna forma de tratamiento para el tono. La mayoría de los estudiantes han asistido a sesiones regulares desde la infancia. Incluso aquellos que tienen un tono estable como el tuyo suelen tomar suplementos para mantenerlo en niveles óptimos.

—Bueno, yo no —dije, encogiéndome de hombros—. Y nunca los necesité.

—Eso es lo que me preocupa —dijo con un tono más grave, como si estuviera explicando algo evidente—. Es un patrón atípico.

Rodé los ojos.

—¿Es un problema tener un tono normal?

El terapeuta exhaló con calma, como si estuviera lidiando con alguien que no entendía lo básico.

—No, Alice. Pero nunca haberte sometido a sesiones de regulación es inusual, porque significa que nunca hemos visto cómo reaccionas ante una evaluación más profunda. El sistema puede medir tu estabilidad en términos generales, pero sin un historial de control, es difícil predecir cómo responderás a situaciones de estrés prolongado.

Me incliné en la silla, observándolo con una mezcla de curiosidad y fastidio.

—Eso suena más como un problema de ustedes que mío.

Su expresión se endureció por un segundo, antes de volver a su falsa serenidad.

—Por eso quiero asegurarme de que estés en las mejores condiciones posibles. A partir de ahora, vas a asistir a sesiones regulares conmigo dentro del horario de la academia.

Sentí una ligera punzada de molestia en la espalda.

—No necesito sesiones.

—Eso no es algo opcional —aclaró, sin perder la calma—. No estamos diciendo que haya un problema ahora, pero queremos evitar que lo haya en el futuro.

Apreté los labios. Me estaban obligando.

No porque mi tono estuviera mal, no porque me viera afectada por nada. Solo porque no podían entender por qué nunca antes había necesitado lo que todos los demás necesitaban.

—Bien —dije finalmente, sin darle el gusto de ver si me molestaba o no—. ¿Algo más?

El terapeuta asintió, deslizando un blíster de pastillas colorido por el escritorio.

—También quiero que empieces a tomar estos suplementos. Son de regulación estándar, ayudarán a mantener tu estabilidad a largo plazo.

Mi ceño se frunció más.

—Pero mi tono está normal, ¿no?

—Sí, pero la suplementación es parte del proceso preventivo. No queremos esperar a que haya un problema cuando podemos evitarlo desde el principio.

Ridículo.

—Gracias por su preocupación —dije con una sonrisa vacía—. Nos vemos en la próxima sesión, supongo.

El terapeuta sonrió con falsa comprensión.

—Estoy aquí para ayudarte, Alice.

Salí de la oficina antes de que pudiera seguir hablando.

Mientras caminaba por los pasillos, no podía evitar sentirme molesta. No porque me obligaran a asistir a sesiones, no porque ahora tendría que tomar suplementos que no necesitaba.

Lo que realmente me molestaba era lo que esto significaba.

No era normal.

Algo en mí no era normal, pero no sé qué es.

Kougami
Cuando llegué al comedor y me acerqué a la mesa donde Alice y Ginoza estaban sentados, lo primero que noté fue el blíster de pastillas de colores junto a la bandeja de Alice.

No las estaba tomando. Solo las miraba con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera decidiendo si las iba a considerar una amenaza o simplemente una molestia más en su día. Algo en su expresión me hizo detenerme.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome frente a ellos.

Ginoza, sin apartar la vista de su comida, respondió con su usual tono de fastidio controlado.

—El consejero le dio a Alice un suplemento estándar de control del tono porque, al parecer, nunca ha asistido a cuidado mental.

Fruncí el ceño y miré a Alice. Ella nunca mencionó algo así.

—Ya te lo dije tres veces, Gino —dijo Alice, soltando un suspiro mientras giraba el blíster entre los dedos—. Una cuadrilla de médicos me revisa cada tres meses. Estoy bien. No necesito tomar este arcoíris farmacológico.

—Todo el mundo tiene que hacerlo —insistió Ginoza, con la voz tensa, como si estuviera explicando algo obvio.

Alice apoyó el codo en la mesa y dejó caer la cabeza en su mano con resignación.

—Pero yo no quiero hacerlo.

Sentí un ligero peso en el pecho al escucharla. No era normal. Todos en Nitto, incluso los estudiantes con el tono más estable, asistían a cuidado mental, aunque fuera de forma preventiva. Yo mismo había recibido sesiones cuando ingresé, aunque nunca fueron constantes. Pero Alice, al parecer, nunca había tenido ni siquiera una sesión en toda su vida.

¿Cómo era posible?

Mi vista volvió a las pastillas. El consejero de Nitto también la había llamado para hablar. Eso significaba que no solo se estaban preocupando por mí, sino por Alice también.

Tomé el blíster de la mesa y revisé las etiquetas. No eran nada fuera de lo común. Dosis bajas, un fármaco no invasivo.

—No deberías preocuparte —le dije—. Los efectos son leves.

Alice me miró, como si intentara decidir si eso era un argumento válido o si solo estaba diciendo algo para que dejara de quejarse. Finalmente, dejó escapar otro suspiro, tomó una de las píldoras y la tragó con un sorbo de su bebida.

El tiempo pasó y Alice siguió comiendo como si nada hubiera ocurrido. Finalmente, levantó la vista y nos miró con una expresión completamente neutral.

—No siento absolutamente nada.

Ginoza resopló, sin molestarse en mirarla.

—No funciona así.

Alice apoyó la cabeza en la mesa con dramatismo.

—¿No me debería sentir más brillante? ¿Más estable? ¿Más socialmente aceptable?

Rodé los ojos, pero no pude evitar que una leve sonrisa cruzara mi rostro. Al menos seguía de buen humor.

Pero en el fondo, seguía sintiéndome extrañamente preocupado. Porque, aunque ella lo tomara como una molestia más, yo no podía dejar de pensar en que ella nunca tuvo ningún tipo de cuidado.

Ginoza

Cuando creía que Alice Carter no podía ser más extraña, resulta que nunca ha ido a cuidado mental.

Nunca, ni una sola vez. Ni siquiera una consulta preventiva, ni una sesión programada como todo el mundo. Es casi absurdo. Todos en Nitto, incluso los estudiantes más estables, han pasado por algún tipo de control, ya sea en su infancia o en la academia. Es un requisito, una parte fundamental de la vida bajo Sibyl.

Pero Alice no.

Y, sin embargo, ¿quién podría decirle que debería hacerlo?

Según Kougami, Alice ha vivido sola en la mansión Carter desde hace años. Su madre murió cuando era una niña y su padre, Adam Carter, prácticamente la abandonó allí con un ejército de drones en lugar de una familia.

Alice Carter no creció como el resto de nosotros. Literalmente parece haber salido recién al mundo real.

¿Eso explica por qué nunca ha necesitado un estabilizador de tono? ¿Por qué nunca ha estado en una sesión de cuidado mental? ¿Porque nunca fue lo suficientemente expuesta al mundo como para que su tono se alterara en primer lugar?

Apreté la mandíbula y bajé la vista a mi bandeja, sin tocar la comida.

¿Qué tan mal padre debe ser Adam Carter para criar a su hija de esa forma?

Todos los padres de nuestra generación crían a sus hijos con la prioridad de mantener su estabilidad emocional dentro de lo aceptable. No porque lo quieran, sino porque es necesario. Porque un niño inestable se convierte en un adulto inservible.

Pero Adam Carter no crio a su hija dentro del sistema. Él la apartó del mundo.

Sobreproteger a un niño hasta ese punto es otra forma de hacerle daño. No es protección, es aislamiento.

Y por culpa de eso, Alice es una muchacha emocionalmente débil que ahora se está conflictuando ante algo tan simple como unos estabilizadores de tono.

La vi jugar con el blíster de pastillas después de haber tomado la primera, con la expresión de alguien que no está seguro de si acaba de cometer un error o si está esperando sentir un efecto inmediato.

La realidad es que Alice no sabe qué hacer con esto. No porque se niegue a tomar los estabilizadores, sino porque nunca ha tenido que lidiar con lo que el resto de nosotros considera normal.

Me pasé una mano por la cara con exasperación y solté un suspiro.

Alice dejó caer el blíster de pastillas sobre la mesa y cruzó los brazos, con una expresión que no era solo fastidio, sino algo más profundo, algo que probablemente no quería poner en palabras.

—Lo que más me frustra no es que me hayan dado esto —dijo, señalando las pastillas con desdén—. Es que el terapeuta ni siquiera me preguntó cómo me sentía. No me preguntó cómo estaba transitando la academia, ni cómo me estaba adaptando. Nada. Solo me dio esto y dijo que era "lo mejor para mí".

Fruncí el ceño, pero no porque me sorprendiera lo que decía.

—Todas las sesiones de cuidado mental son así.

Alice me miró como si acabara de decir algo completamente absurdo.

—¿Todas?

—Sí.

—¿Entonces cómo hace la gente normal para hablar de sus sentimientos?

La pregunta me hizo soltar una risa seca. Como si hablar de los sentimientos fuera algo que tuviera una función real.

—No lo hacen.

Alice arqueó una ceja, esperando que dijera algo más.

Suspiré y me encogí de hombros.

—Algunos escriben un diario. Otros hablan con un mayor de confianza. Y la mayoría simplemente no habla de aquello.

—¿Por qué?

—Porque, ¿qué sentido tiene?

Alice se quedó en silencio un momento, observándome con una expresión que no supe interpretar de inmediato. No era burla, ni irritación, pero tampoco parecía satisfecha con mi respuesta.

Finalmente, soltó un suspiro y apartó la mirada.

—Eso es ridículo.

—Es la realidad.

Ella giró el blíster entre los dedos, sin mirar ninguna de las pastillas en particular. Algo en su postura me hizo pensar que esta era la primera vez que se encontraba con la verdadera normalidad del mundo en el que vivíamos.

Y, por alguna razón, eso me hizo sentir incómodo.

Kougami

Alice dejó caer los palillos sobre la bandeja y apoyó los codos en la mesa, observándonos con una mezcla de incredulidad y diversión. Ya habíamos terminado de comer, pero ella no parecía lista para dejar la conversación morir.

—No entiendo —dijo, cruzando los brazos—. ¿Cuál es el sentido de estar vivo si no se puede sentir con intensidad? Si no se puede gritar al mundo lo que se siente cuando es necesario.

Solté un suspiro y la miré de reojo. No era la primera vez que Alice decía algo así, pero esta vez sonaba más seria.

—No funciona así —dije con calma.

Alice ladeó la cabeza y me miró con atención, como si estuviera evaluando mis palabras, buscando algo en mi tono o en mi expresión. Siempre hacía eso, como si intentara ver más allá de lo que decíamos.

—¿Por qué no?

Ginoza dejó su vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria, como si el simple hecho de estar escuchando esto ya lo estuviera irritando.

—Porque el equilibrio es importante —intervino, con su tono práctico de siempre—. Si las emociones no se regulan, se vuelven un problema.

Alice lo ignoró por completo y siguió mirándome a mí.

—Yo no puedo concebir una vida donde el miedo, la alegría, el amor, el dolor y la tristeza no se puedan sentir en todo su esplendor —dijo, con una seriedad que me tomó por sorpresa—. Después de todo, no solo los sentimientos positivos son necesarios en la vida. Si solo pudiéramos sentir lo que es cómodo o seguro, entonces la vida sería aburrida.

No respondí de inmediato. Porque, en el fondo, sabía que Alice tenía razón. Pero también sabía que el mundo en el que vivimos no está hecho para gente que siente demasiado.

—Es peligroso pensar así —dije finalmente.

—¿Por qué? —preguntó Alice, sin perder el ritmo.

—Porque ese tipo de pensamiento es lo que hace que el tono se enturbie.

Alice sonrió levemente.

—Entonces el sistema es estúpido.

Ginoza se enderezó en su asiento, claramente molesto.

—Esa es precisamente la razón por la que te dieron estabilizadores —espetó—. Si piensas así, entonces necesitan darte un suplemento más fuerte.

Alice giró la cabeza lentamente hacia él, y en ese momento, algo cambió en su expresión.

Se inclinó sobre la mesa, acercándose demasiado a Ginoza. Lo suficiente como para que su rostro quedara a pocos centímetros del suyo.

—Dime, Gino —susurró, con una sonrisa traviesa—. ¿Acaso tienes miedo de que escucharme enturbie tu tono?

Vi cómo la espalda de Ginoza se tensó de inmediato. No le dijo que se alejara. No retrocedió ni intentó apartarla. Pero su mandíbula se apretó y, lo más revelador de todo, se ruborizó levemente.

Alice no se perdió el detalle.

Y entonces, se echó a reír.

No una risa burlona. Una risa genuina, ruidosa, despreocupada. Como si acabara de ver la cosa más divertida del mundo. Como si fuera la primera vez que veía a Ginoza perder el control, aunque fuera por un segundo.

—Eres adorable, Gino —dijo, dándole una ligera palmada en el hombro antes de levantarse de la mesa.

Ginoza apretó los labios y desvió la mirada hacia su bandeja, claramente tratando de recuperar la compostura.

Alice se estiró y tomó su bandeja con un gesto despreocupado.

—Nos vemos, chicos.

Se giró y salió del comedor con la misma facilidad con la que había aparecido, dejando su risa flotando en el aire.

Me quedé en mi asiento por un momento, observando a Ginoza, que aún parecía recuperar el aliento.

No dije nada.

Ginoza
"Adorable."

¿Qué carajos significa eso?

Alice Carter nunca dice cosas sin razón. Todo lo que sale de su boca tiene una intención, sea provocar, divertirla a ella misma o simplemente desarmar a la persona con la que está hablando. Pero esta vez, había algo más.

Me llevé la mano a la cara, cerrando los ojos un segundo, intentando ignorar la sensación de su risa todavía vibrando en mi oído. No lo había hecho en voz baja, ni con burla. Había sido genuina, despreocupada, ligera. Como si verme reaccionar de esa manera hubiera sido lo mejor que le había pasado en todo el día.

Pero lo peor de todo no era que Alice lo hubiera dicho.

Era que Kougami me estaba mirando raro.

Levanté la vista y lo encontré con los codos apoyados en la mesa, la mirada fija en mí, con una expresión difícil de leer. No era burla, pero tampoco era completamente neutral.

—¿Qué? —pregunté, con más irritación de la que quería demostrar.

Kougami inclinó la cabeza apenas, como si no estuviera seguro de si debía decir lo que estaba pensando o no.

—Nada. Solo noté que Alice está más cerca de ti últimamente. Eso es todo.

Apreté los dientes, reprimiendo la necesidad inmediata de desviar la conversación. No porque me sintiera incómodo, sino porque sabía que Kougami estaba esperando una reacción.

—No es como si yo hiciera algo para que pase —respondí con sequedad—. Alice simplemente decidió que las cosas eran así.

Era la verdad. Alice nunca pidió permiso para nada. Un día, sin previo aviso, dejó de verme como un obstáculo y empezó a verme como… ¿qué exactamente?

Kougami no contestó de inmediato. Solo me observó por un segundo más, como si estuviera tratando de leer algo en mi expresión. Me molestó.

—¿Por qué dices eso? —pregunté, más brusco de lo que pretendía.

Kougami no se inmutó.

—Solo era un comentario.

Lo miré con los ojos entrecerrados. Algo en su tono no me convenció.

—¿Lo dices porque Carter te gusta o algo así?

No supe por qué lo dije. Solo salió.

Hubo un pequeño silencio entre nosotros. Pequeño, pero pesado.

Kougami mantuvo la mirada en mí, su expresión sin cambios.

—No.

Dijo la palabra con tanta facilidad que casi sonó creíble.

Pero yo no sabía si creerle.

Kougami
Terminé mi botella de agua y me levanté del asiento con calma, pero mi mente estaba lejos de estar en paz.

La pregunta de Ginoza me removió más de lo que esperaba, y lo peor de todo es que ni siquiera sé por qué.

¿Por qué le respondí tan rápido?

Ni siquiera lo pensé. Simplemente salió, como si mi cerebro supiera que esa era la única respuesta aceptable.

Pero si realmente era la única respuesta, entonces ¿por qué me molestó que lo preguntara?

Mi vista se desvió por instinto hacia la salida del comedor, por donde Alice se había ido hace unos minutos. Ella estaba cómoda con Ginoza. No como lo está conmigo, no de la manera en que bromea o se apoya en mi brazo sin pensarlo. Con Ginoza, hay algo más calculado, algo más sutil. Como si ella estuviera midiendo hasta dónde puede llegar con él. Y Ginoza, que normalmente no deja que nadie lo saque de su estructura, no la detiene.

Exhalé lentamente y salí del comedor.

¿Acaso me gusta Alice?

La pregunta se quedó flotando en mi cabeza mientras caminaba por los pasillos. Si tuviera una respuesta clara, la hubiera dicho sin problemas. No soy alguien que se queda atrapado en pensamientos innecesarios. Pero esto… esto no era algo que pudiera responder tan fácilmente.

Alice me irrita, me saca de mi eje, aparece en mi mente en los momentos más inoportunos. Me tiene prestándole atención a cosas que antes no me importaban. Y si alguien más se acerca demasiado a ella, lo noto.

Pero ¿eso significa que me gusta?

Me pasé una mano por la nuca, sintiendo una incomodidad que no era física. Era algo más profundo, algo que no me gustaba sentir porque significaba que Alice estaba afectándome de una manera que no puedo ignorar.

Quizás Ginoza preguntó solo por curiosidad. O quizás lo hizo porque él también se está dando cuenta de algo que yo no quiero ver.

No tenía una respuesta todavía. Pero el hecho de que ahora la pregunta estuviera ahí, dentro de mi cabeza, esperando ser respondida, me molestaba más de lo que quería admitir.

Alice
Caminaba sola por una de las galerías de la academia, sintiendo el eco de mis pasos resonar en el silencio. Llevaba semanas dándole vueltas a la melodía, probando diferentes combinaciones, explorando cada posibilidad, y todavía no encontraba lo que quería. Ya no podía seguir posponiéndolo. Necesitaba definir las cosas.

Mi composición no estaba funcionando. Lo sabía, desde el principio fue una idea descabellada, pero no quería admitirlo. Era técnicamente compleja, estaba llena de variaciones, de transiciones bien construidas, pero no decía nada. No tenía un significado real. Y si no significaba nada para mí, tampoco lo significaría para nadie más.

Miré al cielo a través de los ventanales, donde las nubes se movían lentamente, arrastradas por el viento. Necesitaba algo con peso. Algo con emoción real. Algo que pudiera sostenerse por sí mismo sin sentir que estaba vacío.

Y entonces me golpeó.

Ghibli.

Me detuve en seco, sorprendida por la claridad del pensamiento. La música de las películas de Ghibli es preciosa, pero no solo por su composición. Es porque cada pieza tiene un alma, porque cada nota lleva consigo una historia. Las melodías de El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke, El castillo ambulante… todas son diferentes, pero cada una está cargada de emociones profundas y de una belleza indescriptible.

¿Cómo se les encuentra un significado más intenso cuando ya son perfectas?

Ese era mi problema.

Quería usarlas, quería que formaran la base de mi presentación. Pero no podía simplemente bailar sobre ellas sin aportar algo más. Necesitaba que significaran algo para mí, que no fueran solo un acompañamiento hermoso, sino el pilar de lo que quería contar.

Pero, ¿qué quería contar?

Seguí caminando, dándole vueltas. Si elegía algo de El viaje de Chihiro, podría representar el crecimiento, el cambio, la valentía de enfrentarse a lo desconocido. Si elegía La princesa Mononoke, la lucha, la resistencia contra lo que el mundo quiere imponerte. Pero no era suficiente solo elegir una canción.

Tenía que construir algo a partir de eso.

Me imaginé bailando al ritmo de una de esas piezas, dejando que mi cuerpo contara lo que mis palabras nunca terminaban de expresar. Podía ver los movimientos en mi cabeza, podía sentirlos, pero no los escuchaba con claridad.

Tal vez esa era la clave.

Tal vez la historia que tenía que contar no era sobre las películas.

Tal vez era sobre mí.

Me detuve y exhalé con fuerza. No podía seguir aplazándolo. Esta vez, tenía que decidir. Tenía que encontrar el significado que había estado evitando. Y cuando lo hiciera, iba a poner todo en ello.

Kougami
Las semanas previas al fin de semestre siempre tienen un aire diferente, como si el ambiente estuviera cargado de una tensión contenida. Los exámenes ya tienen fecha, cada clase es una nueva presión sobre nosotros, y aunque para algunos era solo una molestia más antes de las vacaciones, para mí significaba algo más trascendental.

No podía darme el lujo de perder el primer puesto. No solo por orgullo, sino porque estar aquí depende de ello. La beca no es un simple reconocimiento, es lo que me mantiene en Nitto sin convertirme en una carga para Tomoyo. Cada vez que pienso en eso, la presión se intensifica, pero al mismo tiempo es el combustible que me impulsa a no cometer errores.

Me encerré en mi habitación con los libros abiertos, los apuntes esparcidos sobre el escritorio, repasando cada concepto una y otra vez. Matemáticas, ciencias, filosofía, derecho… ninguna de ellas me preocupaba realmente, pero tampoco podía permitirme distracciones. Mi cabeza estaba llena de ecuaciones, fechas y teorías que necesitaba memorizar a la perfección.

Y, aun así, mi mente terminó desviándose.

Alice.

Me pregunté cómo estaría enfrentando los exámenes. ¿Respondería bien esta vez o seguiría fallando algunas preguntas a propósito? La idea me molestó más de lo que debería. Sabía que ella podía estar entre los primeros lugares sin esfuerzo, si quisiera. Su educación previa la preparó para esto mejor que a cualquiera de nosotros. Pero Alice nunca hace lo que se espera de ella.

No es que no entienda sus razones. Alice nunca ha querido destacar. No quiere que la miren como la heredera de su familia, no quiere que nadie diga que está aquí por su apellido. Pero me molesta que se minimice de esa forma.

Apoyé la cabeza en el respaldo de la silla y exhalé. ¿Por qué me molesta?

Tal vez porque Alice tiene una mente increíblemente brillante, y verla contenerse es frustrante. Porque, aunque ella finja que no le importa, sé que en el fondo sí lo hace.

¿Qué hará esta vez? pensé. ¿Responderá bien en todos los exámenes o seguirá con su juego de nunca ser la mejor?

Quería preguntárselo, pero sabía que no era mi lugar. Alice hace lo que quiere, cuando quiere, sin explicarle nada a nadie. Y aunque eso a veces me desconcierta, también es algo que admiro en ella.

Cerré los ojos por un momento y volví a abrir el libro frente a mí, obligándome a concentrarme. No podía permitirme distracciones. Mantener el primer puesto no es una opción, es una obligación.

Pero mientras repasaba una ecuación por enésima vez, una leve sonrisa se formó en mi rostro sin darme cuenta.

Porque, en el fondo, sabía que Alice siempre encuentra una forma de destacar, incluso cuando intenta no hacerlo. Y eso es lo que la hace diferente a cualquiera.

Ginoza
El sonido del lápiz raspando contra el papel era lo único que rompía el silencio de mi habitación. La luz de la lámpara proyectaba sombras largas sobre la mesa, donde los libros prestados de la biblioteca se apilaban junto a hojas llenas de anotaciones. El cuaderno frente a mí estaba casi sin espacio, cada página cubierta de esquemas y resúmenes.

No era suficiente, pero tenía que bastar.

El fin de semestre estaba cada vez más cerca, y con él, los exámenes. Para la mayoría, era solo una formalidad, una prueba más antes de las vacaciones. Para mí, era una cuestión de supervivencia. No importa cuántas veces vea mi nombre en la lista de los mejores puntajes, mi apellido sigue pesando más que cualquier logro académico. Ser el hijo de un criminal latente significa que cada error cuenta el doble, cada equivocación es una confirmación de lo que otros ya creen de mí.

Pero había un problema evidente: los recursos.

Algunos libros de referencia que los profesores recomendaron eran imposibles de conseguir para mí. Las becas cubren lo básico, pero no lo suficiente. No hay dinero para materiales extras, para tutorías privadas, para asegurarme de que no haya una sola laguna en mis estudios. Podría pedirle algo a mi abuela, pero la idea me da náuseas. Ella ya hace suficiente, cuidando de mí y visitando a mi madre en el hospital.

Así que hago lo que puedo con lo que tengo. Memorizo cada detalle de mis notas, repito información en mi cabeza hasta que se graba en mi memoria, copio a mano fragmentos de libros que no puedo llevarme. Si no puedo acceder a todo el conocimiento, lo extraeré de donde sea necesario.

Intenté conseguir más textos en la biblioteca, pero ya estaban reservados por otros estudiantes. Así que improviso. Copio diagramas enteros a mano, repaso cálculos sin apoyo de ningún libro, dependo exclusivamente de mi memoria.

Es frustrante. A veces siento que el sistema está diseñado para que personas como yo nunca puedan salir adelante.

Los que tienen familias influyentes, conexiones, recursos ilimitados, pueden permitirse fallar. Pueden cometer errores, pueden repetir exámenes, pueden recibir tutorías personalizadas para corregir sus debilidades. Yo no.

Si fallo, no hay segunda oportunidad.

Pero no puedo darme el lujo de pensar en eso ahora. No puedo quejarme. No puedo detenerme.

Mis ojos se sienten pesados, mi muñeca empieza a doler, pero sigo adelante. Porque esto no es solo un examen. Esto es mi vida. Esto es lo único que puedo hacer para asegurarme de que no me hundan junto con el pasado de mi familia.

Miro el reloj en la pared. Es tarde, pero aún queda mucho por hacer. Me levanto, camino hasta el pequeño estante donde guardo mis cosas y busco entre papeles arrugados algo que pueda servirme. Encuentro un par de notas viejas y vuelvo a mi mesa, decidido a aprovechar cada minuto.

Mientras repaso los mismos temas una y otra vez, pienso en cómo los demás probablemente tienen todo lo que necesitan: libros, guías, acceso ilimitado a información. Pero yo tengo algo que ellos no tienen.

Tengo determinación.

Y aunque no puedo comprar los materiales que necesito, sé que no me falta la voluntad para seguir adelante, y triunfar.

La presión sobre mis hombros era casi insoportable, pero no podía detenerme. No esta vez. Esta vez tenía que ser el primero.

Kougami Shinya. Su nombre me venía a la mente como un recordatorio constante de a quién tenía que superar. Él era el obstáculo entre el primer puesto y yo, y no podía permitirme quedar detrás otra vez. No podía.

La beca depende de esto, me repetía una y otra vez. Si no estoy entre los dos primeros, la pierdo. Y si pierdo la beca… bueno, simplemente no hay un "si". Esa posibilidad no existe para mí.

Ser el segundo no es suficiente esta vez.

Kougami es bueno. Lo he visto. Es dedicado, inteligente, y, lo más molesto, parece hacerlo todo con naturalidad. Mientras que yo… yo tengo que luchar por cada pequeño logro, por cada fragmento de reconocimiento.

—Esta vez, no te dejaré ganar tan fácil —murmuré en voz baja, como si hablar conmigo mismo pudiera reforzar mi determinación.

Pero sabía que no era tan sencillo. No tenía los materiales suficientes para prepararme como debería. Algunos libros eran esenciales para entender los temas más complejos, y no los tenía. No podía comprarlos.

Aun así, no iba a dejar que eso me detuviera. Si no podía igualarlo en recursos, lo superaría en esfuerzo. Si tenía que pasar más horas en la biblioteca, lo haría. Si tenía que memorizar cada palabra de los resúmenes, lo haría.

Había algo más que me empujaba, algo más que la beca o el primer puesto: la necesidad de probar que soy más que el hijo de un criminal latente. La sombra de mi padre siempre está ahí, recordándome que cualquier fallo será visto como un reflejo de mi sangre.

Pero no soy él.

Tomé una pausa para respirar profundamente, cerrando los ojos por un momento. Me imaginé sentado en la ceremonia de fin de semestre, escuchando al profesor anunciar los resultados. "En primer lugar, Ginoza Nobuchika."

El pensamiento me dio una oleada de energía renovada. Ser el primero no era solo un logro académico, era una declaración. Un recordatorio para todos, incluido yo mismo, de que puedo salir adelante, de que soy digno de estar aquí.

Abrí los ojos y volví al cuaderno, escribiendo con más determinación que antes.

Esta vez no perdería contra Kougami. Esta vez demostraría que no importa cuántas desventajas tenga, puedo ganar.

Mi mano se movió con más rapidez, llenando los espacios vacíos con ecuaciones, citas legales y notas de análisis. Cada palabra escrita era una afirmación, cada fórmula memorizada, un escudo.

Pero mientras escribía, un pensamiento se filtró en mi cabeza sin aviso.

Alice.

Me detuve por un instante, el lápiz suspendido en el aire.

No debería estar pensando en ella ahora. No tenía sentido. Esto era mi momento de concentración, mi tiempo para asegurarme de que todo estuviera en orden. Pero aun así, su imagen apareció en mi mente sin que pudiera evitarlo.

Tal vez porque últimamente ha estado demasiado presente.

La manera en que aparece en la biblioteca sin anunciarse, dejando caer su tablero de ajedrez sobre la mesa como si ya fuera su lugar. La forma en que se acerca demasiado cuando quiere desafiarme, la ligereza con la que se ríe cuando me nota tenso.

Incluso cuando no está, su voz sigue ahí.

Alice no tiene que estudiar como yo, y lo sabe. No tiene que preocuparse por el primer lugar, y aun así juega con la idea de cómo quedar en la tabla de puntajes.

¿Responderá correctamente en los exámenes esta vez? ¿O seguirá su juego de contestar algunas preguntas mal a propósito?

Apreté los labios y dejé el lápiz sobre la mesa.

Alice no debería ser una distracción.

Pero lo estaba siendo.

Y si ni siquiera podía controlar eso, entonces tenía un problema más grande del que estaba dispuesto a admitir.