Alice
El comedor estaba lleno, con el bullicio habitual de los estudiantes repasando para los exámenes. Pero en nuestra mesa, el ambiente era diferente. Cargado. Intenso.

Kougami y Ginoza estaban sentados frente a mí, cada uno inmerso en su propio mundo de estudio. Dos formas distintas de concentración, dos enfoques completamente opuestos. Ambos tenían libros, notas y cuadernos abiertos, pero la manera en que los usaban era completamente diferente.

Kougami estudiaba con una tranquilidad inquietante. Su forma de aprender no era caótica, pero tampoco parecía forzada. Pasaba las páginas con seguridad, escribía lo necesario y repasaba sus apuntes sin tensarse demasiado. Era eficiente, metódico, pero sin desesperación. Como si supiera que al final del día, iba a lograr lo que quería sin importar qué.

Ginoza, en cambio, tenía la mandíbula apretada, los hombros tensos y una concentración tan rígida que parecía que cada palabra en sus notas era una batalla en sí misma. No solo estudiaba, se obligaba a absorber cada detalle como si su vida dependiera de ello.

Yo jugueteaba con mi comida, mirando alternativamente a uno y al otro. Para mí, todo esto era un repaso aburrido. Lo mismo de siempre, sin nada nuevo que aprender. Había repasado estos temas hace años en casa, con instructores que no aceptaban errores y un nivel de exigencia que haría que estos exámenes parecieran un chiste.

Pero para ellos… esto no era solo un examen.

Kougami tenía todo lo que necesitaba: libros, guías, apuntes bien organizados. Tenía acceso a los materiales adecuados y el conocimiento para usarlos de manera precisa. No parecía sentir la presión de la competencia de la misma manera en que Ginoza la sentía.

Gino, en cambio… estaba en desventaja.

Me incliné un poco hacia su lado de la mesa, observando sus materiales con atención. No fue difícil notar la diferencia. Los libros que tenía eran pocos y, más importante aún, los textos clave para los exámenes no estaban allí.

Por supuesto que sé cuáles son. Los usé durante años.

—¿Todo bien, Gino? —pregunté con una ligereza que no sentía, fingiendo que solo estaba interesada en lo que hacía.

Apenas levantó la vista de sus notas, como si no pudiera permitirse el lujo de perder tiempo en responderme. Murmuró algo ininteligible antes de hablar con más claridad.

—Sí, claro.

No me convenció en lo absoluto.

Kougami levantó la mirada por un momento, observándonos, pero no dijo nada. Volvió rápidamente a sus apuntes, como si cada segundo perdido fuera una ventaja que le daba a su competencia.

Me quedé mirando a Gino un poco más, notando cómo sus ojos se movían rápidamente por sus notas, repasando con una intensidad que dejaba en claro que intentaba compensar lo que le faltaba con lo que había conseguido en clase.

Esto no está bien.

Sabía que Gino era orgulloso, que nunca admitiría que le faltaba algo o que estaba en desventaja. Pero también sabía que no podía dejarlo así. Si no tenía los materiales necesarios, nunca iba a poder competir con Kougami en igualdad de condiciones.

Me apoyé en la mesa y observé el contraste entre ellos. Por un lado, Kougami, con todo bajo control, su método de estudio casi relajado en comparación. Por el otro, Gino, forzándose a llenar los huecos de información con pura disciplina y esfuerzo.

Tan típico de él no decir nada.

—¿Qué miras tanto? —preguntó finalmente, levantando la vista con una expresión levemente molesta.

Le sonreí, apoyando la barbilla en una mano.

—Nada, solo me preguntaba cómo alguien tan organizado como tú no tiene todos los libros.

Su mirada se endureció ligeramente, como si mis palabras le hubieran tocado un punto sensible. Pero no respondió de inmediato.

—Tranquilo, Gino. Solo estoy observando —dije, dándole un pequeño guiño antes de volver a mi comida.

Volvió a concentrarse en sus notas, ignorándome, o al menos intentándolo.

Pero yo ya había decidido lo que haría.

Kougami
Cuando Alice me detuvo a la salida de clases, supe de inmediato que estaba tramando algo.

—Ven conmigo, Kou. Necesito tu ayuda.

No me dio tiempo de preguntar nada antes de literalmente tomarme del brazo y empezar a caminar. Siempre hace esto. Aparece, dice algo con absoluta certeza y, antes de que pueda darme cuenta, ya estoy siguiéndola.

Terminamos en una librería enorme, una de esas que parecen un laberinto de estanterías interminables, con libros apilados desde el suelo hasta el techo. No tenía idea de qué estábamos haciendo aquí, pero Alice sí.

Agarró un canasto de compras y me lo extendió sin dudar.

—Por favor, sostén esto.

Levanté una ceja, pero lo tomé de todas formas. Aprendí hace algún tiempo que es más fácil seguirle el juego que intentar resistirse.

La vi avanzar entre los estantes con una seguridad que no esperaba. Como si supiera exactamente lo que estaba buscando. Y, aparentemente, lo sabía.

En cuestión de minutos, el canasto empezó a llenarse de libros. Libros de teoría básica, guías complementarias, incluso textos avanzados que parecían más propios de un estudiante universitario que de alguien en nuestra academia.

—Alice… —intenté interrumpir, pero me lanzó una mirada rápida que me hizo callar.

—Espera. Todavía no termino.

Suspiré, ajustando el peso del canasto mientras ella seguía tomando cosas de los estantes sin dudar. Cuando finalmente decidió que era suficiente, me arrastró a la sección de material escolar. Agregó libretas, lápices, marcadores y otros útiles que no parecían necesarios para alguien que no tenía problemas académicos.

Para cuando llegamos a la caja, el canasto estaba tan lleno que pensé que iba a romperse. Vi el precio en la pantalla y me quedé helado. Era un dineral.

—¿Estás segura de que necesitas todo esto? —pregunté en un murmullo.

Alice ni siquiera pestañeó. Sacó una tarjeta de crédito de su cartera—una de esas que parece más una llave de acceso a otro mundo que una simple tarjeta—y la deslizó por el lector sin inmutarse.

—Por supuesto.

Salimos de la tienda con bolsas pesadas en las manos, y fue entonces cuando realmente sentí la necesidad de saber qué estaba pasando.

—¿Y ahora qué? —dije, ajustando las bolsas en mis brazos.

Alice se giró para mirarme, con su expresión completamente seria, aunque en sus ojos todavía brillaba ese toque característico suyo.

—Ahora tenemos que pensar cómo le damos esto a Gino sin que nos mate.

Me detuve en seco.

¿Esto era para Ginoza?

De repente, recordé lo que había visto en su escritorio durante el almuerzo. Libros insuficientes, apuntes que intentaban compensar lo que no tenía, su concentración rígida, tensa, como si estuviera sosteniéndose con pura fuerza de voluntad. Recordé también cómo Alice lo había observado con esa mirada evaluadora suya, la que usa cuando está planeando algo.

—¿Esto es por los exámenes?

Alice asintió con una sonrisa ligera.

—Claro. No vamos a dejar que pierda la beca, ¿verdad?

Miré las bolsas en mis manos y luego a Alice, empezando a entender.

—Entonces… ¿vas a contestar mal otra vez? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Alice se encogió de hombros, despreocupada.

—Alguien tiene que mantener las cosas interesantes.

Exhalé lentamente, sintiendo una mezcla de frustración y algo más que no podía nombrar.

Porque, en teoría, Alice piensa que la justicia es solo funcionalidad. Que lo importante es que las leyes sean efectivas, no que sean justas. Que la moralidad es irrelevante.

Pero en la práctica… hace cosas como esta.

Gasta una pequeña fortuna para asegurarse de que Ginoza tenga lo que necesita, aunque él nunca lo pediría. Se niega a sobresalir en los exámenes para no llamar la atención, porque prefiere que el sistema la vea como alguien común y corriente. Dice que no cree en la justicia moral, pero se involucra con una intensidad que no encaja con lo que predica.

Alice es una contradicción constante y lo peor es que no parece darse cuenta.

Ella caminaba a mi lado con esa determinación característica suya, sosteniendo las bolsas más ligeras mientras yo cargaba prácticamente todo lo demás. Esto pesaba como si hubiéramos comprado un maldito piano, no libros.

—Seguramente Gino está en la biblioteca —dijo, con una sonrisa traviesa que me hizo sospechar lo que estaba tramando.

—Lo vi entrar mientras nosotros salíamos —respondí, ajustando el peso de las bolsas en mis brazos.

Alice asintió, como si eso confirmara algo en su mente.

—Perfecto. Vamos a ir a su casa.

Fruncí el ceño, deteniéndome por un momento.

—¿Otra vez?

Alice me miró con esa expresión de "sí, obviamente" que siempre usa cuando cree que está siendo absolutamente razonable.

—Claro. Esto pesa mucho, y no podemos esperar que su abuela venga hasta aquí a recogerlo.

Solté un suspiro. ¿Por qué siempre tengo que seguirle el juego?

—¿Y qué le vamos a decir? —pregunté, sabiendo que Alice ya tenía una respuesta preparada.

—Le diremos que la escuela se lo dio a Gino y que, como es muy pesado, nosotros lo llevamos por él.

—¿Y si Gino se entera?

Alice sonrió, y esa sonrisa me puso un poco nervioso.

—Cuando lo encuentre en su casa, ya no podrá hacer nada al respecto. Tendrá que usarlo.

No pude evitar reír entre dientes. Eso era tan típico de ella.

Seguimos caminando hacia la casa de Gino, y aunque el peso de las bolsas empezaba a hacer que mis brazos protestaran, no dije nada. Porque, en el fondo, sabía que ella tenía razón. Gino no iba a permitir que esto sucediera una segunda vez.

—Lo siento por el peso, Shinya —dijo, mirándome de reojo con una pizca de culpabilidad—. Pero es ahora o nunca.

Solté un suspiro dramático, ajustando las bolsas una vez más.

—Lo sé, lo sé. No quiero ni imaginar cómo reaccionará Gino cuando se entere.

Alice se rió suavemente, como si eso no le importara en absoluto.

—Reaccionará como siempre: con molestia al principio, pero luego lo usará todo. Es demasiado orgulloso para admitirlo, pero lo necesitará.

No podía discutir con eso. Sabía que Gino era del tipo que nunca pediría ayuda, pero también sabía que necesitaba esos libros, incluso si nunca lo admitiría.

A medida que nos acercábamos a la casa de Gino, mi mente seguía girando alrededor de cómo reaccionaría. Probablemente gruñiría y lanzaría algún comentario sarcástico, pero al final, no habría nada que pudiera hacer excepto aceptar nuestra "ayuda".

—Esto va a ser interesante —murmuré, mientras subíamos los últimos escalones hacia la puerta.

Cuando llegamos a la casa de Ginoza y su abuela nos abrió la puerta, noté de inmediato la calidez en su expresión. Había algo en ella que me recordó un poco a mi madre. No solo por la amabilidad con la que nos recibió, sino por el cansancio sutil en sus ojos, el tipo de agotamiento que solo alguien que ha pasado por demasiado puede cargar sin quejarse.

—¡Oh, qué sorpresa! —dijo, abriendo la puerta completamente—. Pasen, pasen.

Alice, con su sonrisa habitual y una facilidad casi insultante para mentir con naturalidad, tomó la iniciativa antes de que yo pudiera decir una palabra.

—Trajimos estos materiales para Gino —explicó con aire despreocupado—. La academia los está distribuyendo como parte de un nuevo programa para ayudar a los estudiantes con los exámenes.

La abuela de Ginoza abrió los ojos con sorpresa y, luego, una sonrisa genuina iluminó su rostro.

—¡Qué maravilloso! No sabía que la academia hacía algo así. ¡Es increíble!

Miré a Alice de reojo. La muy descarada hablaba con tanta convicción que por un momento casi creí que era verdad.

—Sí, bueno… es algo nuevo —añadió Alice, quitándole importancia con un gesto de la mano mientras le pasaba las bolsas.

La abuela nos hizo pasar y, al notar nuestro cansancio, insistió en que nos sentáramos en la pequeña sala de estar. Parecía tan agradecida que por un instante sentí una punzada de culpa por la mentira.

—Esperen aquí. Les traeré algo para que tomen —dijo, desapareciendo hacia la cocina.

Fue entonces cuando lo escuché.

Un movimiento en la esquina de la sala, el sonido leve de uñas contra el suelo de madera.

De entre las sombras apareció un husky marrón, de pelaje espeso y una presencia que no coincidía con el ambiente modesto de la casa. Sus ojos eran distintos, uno azul grisáceo y el otro más amarronado, y en su cuello, colgando de un hilo negro, había una moneda de diez centavos de dólar, algo que no esperaba ver en un perro.

Antes de que pudiera decir nada, Alice prácticamente iluminó la habitación con su emoción.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó, sus ojos brillando con una emoción que nunca había visto en ella—. ¡Es un perro!

La abuela de Ginoza, volviendo con una bandeja de refrescos, rió suavemente al escucharla.

—Ese es Dime, el mejor amigo de Nobu. Ha estado con nosotros desde que él era niño.

Alice ya estaba en el suelo antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando.

—¿Puedo acariciarlo? —preguntó, con una mezcla de entusiasmo y un tipo de suavidad que nunca le había escuchado antes.

—Por supuesto, querida. A Dime le encanta que lo mimen.

Antes de que pudiera parpadear, Alice ya tenía ambas manos en el pelaje del perro, murmurándole cosas en un tono dulce que nunca había usado con ninguno de nosotros.

—¿Quién es el perro más lindo del mundo? ¿Quién? ¡Eres tú!

Dime, encantado con la atención, movía la cola con energía mientras Alice seguía acariciándolo con devoción. Era como si el resto de la sala hubiera desaparecido.

Yo observaba la escena desde el sofá sin saber si reírme o suspirar. Alice Carter, la misma persona que podía hablar de la justicia con una frialdad escalofriante, que discutía sobre la muerte como si fuera parte natural del amor, estaba completamente derretida por un perro.

—Es increíble… —murmuré más para mí que para alguien más.

—¿Qué cosa? —preguntó la abuela de Ginoza, sirviéndome un vaso de jugo.

—Cómo pierde la compostura al ver a un perro —respondí, señalando a Alice, que ahora abrazaba a Dime como si fueran amigos de toda la vida.

La abuela rió, claramente encantada con Alice.

—Es encantadora, ¿verdad? —dijo, sentándose frente a nosotros—. Y estoy tan feliz de saber que Nobuchika tiene amigos como ustedes. Siempre ha sido reservado, siempre ha estado solo, solo tenía a Dime. Pero saber que ahora hay personas que se preocupan por él… eso me deja más tranquila.

Asentí lentamente, sintiendo una punzada de empatía por Ginoza. Su abuela tenía razón. Él era alguien que cargaba más de lo que debería, alguien que nunca pedía ayuda ni mostraba cuándo algo le pesaba. Pero al final, no estaba tan solo como creía.

Alice, después de despedirse de Dime con una última ronda de caricias, se levantó con una sonrisa de satisfacción.

—Bueno, tenemos que irnos. No queremos interrumpir más —dijo con una leve reverencia.

—Gracias por esto, chicos —dijo la abuela, acompañándonos hasta la puerta—. De verdad significa mucho para mí.

Salimos rápidamente, aliviados de no habernos cruzado con Ginoza en el camino.

—¿Y ahora? —pregunté mientras cargaba el peso restante de las bolsas.

—Ahora esperamos a que Gino lo encuentre. No tiene opción más que usarlo —respondió Alice con una sonrisa de suficiencia.

No pude evitar reír suavemente mientras caminábamos de regreso. Era imposible no admirarla, incluso cuando tramaba algo que probablemente enfurecería a Ginoza.

Pero mientras Alice hablaba sobre su plan con la misma naturalidad de siempre, mi mente aún estaba atrapada en algo más.

En la forma en que Alice se iluminó al ver a Dime.

En cómo todo en ella se volvió más suave, más genuino, más humano.

Y en cómo, por alguna razón, no podía sacarme esa imagen de la cabeza.

La noche había caído mientras caminábamos de regreso desde la casa de Ginoza. Las calles estaban vacías, bañadas en la luz amarilla de los faroles. El peso de las bolsas ya no estaba en mis manos, pero había algo más que todavía pesaba en mi pecho.

Alice caminaba a mi lado con una expresión tranquila, casi satisfecha. Sabía exactamente lo que acabábamos de hacer, cómo había planificado todo esto sin esperar agradecimientos, sin querer reconocimiento. Hizo esto porque quería hacerlo. Porque Ginoza necesitaba esos libros, y porque, aunque lo negara, se preocupa por los demás más de lo que jamás admitiría.

Me detuve sin pensarlo demasiado.

Alice dio un par de pasos antes de notar que ya no estaba a su lado. Se giró para mirarme, con esa inclinación de cabeza que usaba cuando algo realmente captaba su interés.

—¿Qué pasa, Kou?

La miré en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué decir.

Alice Carter era contradictoria. Podía hablar sobre cómo la justicia solo era funcionalidad, sobre cómo la moralidad no tenía sentido, pero luego hacía cosas como esta. Algo completamente innecesario, sin una razón más allá de su propio deseo de ayudar. Se supone que ella no cree en la justicia emocional, pero actúa como si sí lo hiciera.

Tal vez fue por eso que acorté la distancia entre nosotros sin pensarlo demasiado.

Alice no se apartó.

Cuando la abracé, su cuerpo se quedó quieto por un instante, como si no estuviera acostumbrada a algo así. Pero después de un segundo, sentí cómo relajaba los hombros y apoyaba la cabeza contra mi pecho.

—¿Qué…? —comenzó a decir, pero su voz se perdió en el aire.

No tenía una razón lógica para hacerlo, pero, aun así, murmuré:

—Eres una contradicción con piernas.

Alice se quedó en silencio un momento antes de responder.

—¿Por qué?

Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos. No había burla en ellos, ni desafío. Solo curiosidad genuina.

—Porque sigues diciendo que la justicia es solo funcionalidad y luego haces cosas como esta.

Ella parpadeó un par de veces y luego una sonrisa suave, casi imperceptible, apareció en su rostro.

—Es lo menos que puedo hacer. Ustedes son importantes para mí.

Su voz era ligera, pero las palabras pesaron más de lo que deberían.

No sé cuánto tiempo la mantuve en mis brazos antes de apartarme. Pero incluso cuando nos separamos, su perfume quedó en el aire, como si su presencia no se disipara del todo.

Alice me observó con una mezcla de curiosidad y diversión, como si intentara analizarme.

—Eso fue inesperado, Kou. ¿Todo bien?

No lo sé.

Pero asentí de todas formas.

—Todo bien.

Alice no insistió. Solo sonrió y siguió caminando, como si nada hubiera pasado.

Pero algo sí había cambiado.

Porque, aunque creía conocerla, aunque pensaba que podía entenderla, Alice Carter seguía siendo un misterio.

Y por alguna razón, eso me inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Ginoza

Entré a mi habitación, agotado después de otro día interminable en la biblioteca. Mi cuerpo estaba tenso, mis pensamientos saturados de información, y, aun así, no sentía que fuera suficiente. El tiempo nunca parecía alcanzarme, y los recursos que tenía seguían siendo limitados.

Me quité la chaqueta con un suspiro y dejé caer mis apuntes sobre el escritorio. Fue entonces cuando lo vi.

Bolsas. Muchas bolsas.

Fruncí el ceño y me acerqué lentamente a la mesa. No estaban ahí cuando me fui esta mañana. Eran bolsas de librería, de tiendas de material escolar. No estaban desordenadas, sino perfectamente organizadas, como si alguien hubiera decidido que mi pequeño caos necesitaba ser corregido.

Mi mente fue directamente a una sola persona.

—Alice… —murmuré, aunque parte de mí no quería creerlo.

Salí de la habitación con el ceño fruncido y el corazón latiendo más rápido de lo que debería. No era enojo. No era exactamente molestia. Era algo más que no podía identificar.

Encontré a mi abuela en la sala, sentada tranquilamente con una taza de té.

—Abuela, ¿qué son esas cosas en mi cuarto? —pregunté, tratando de sonar neutral.

Ella levantó la vista y me sonrió con la misma calidez de siempre.

—Oh, vinieron tus amigos de la academia, la chica y el muchacho de la otra vez. Dijeron que era parte de un programa nuevo de la escuela. Como eran tantas cosas y pesaban mucho, decidieron traértelas ellos mismos.

Por supuesto que Alice diría algo así.

Mantuve mi expresión firme, sin permitir que la frustración se filtrara en mi tono.

—Entiendo… —respondí simplemente.

No le dije la verdad. No le dije que la academia no tiene ningún programa de este tipo, que esto no era más que otro de los planes de Carter, quien claramente había gastado un dineral porque aparentemente no podía soportar la idea de que yo no tuviera lo necesario para estudiar.

Volví a mi habitación, cerré la puerta y me quedé mirando las bolsas por un momento. Finalmente, me acerqué y comencé a abrirlas.

Dentro había libros. No solo los básicos que sabía que me faltaban, sino también guías avanzadas, material complementario y todo tipo de útiles escolares que ni siquiera había considerado necesarios.

Me dejé caer en la silla, pasando una mano por mi cabello mientras procesaba lo que esto significaba. Alice no solo había comprado lo que sabía que me faltaba, había ido más allá.

Y sabía por qué lo había hecho.

Si me hubiera dado un solo libro directamente, no lo habría aceptado. Mi orgullo no me lo habría permitido. Alice lo sabía.

Así que, en lugar de enfrentarme de frente, ideó este plan ridículo.

Suspiré, apoyando los codos en la mesa y mirando todo lo que ahora tenía frente a mí. Una parte de mí estaba molesta. No necesitaba que hiciera algo así por mí. No quería que sintiera que tenía que hacerlo.

Pero otra parte, una parte más profunda, se sentía… apreciada.

Alice no lo había hecho por caridad. Lo había hecho porque se preocupaba. Porque sabía que esto era importante para mí, aunque yo no lo dijera en voz alta.

Dejé escapar un suspiro largo y me incliné hacia atrás, cerrando los ojos por un momento.

Alice Carter… siempre tan intensa, tan imposible de ignorar.

Abrí uno de los libros y comencé a leer. Por muy orgulloso que fuera, no era estúpido y utilizaría todo lo que tengo disponible.

Pasé las páginas de uno de los libros que Alice había dejado en las bolsas, intentando concentrarme, pero mi mente no dejaba de divagar. Había algo que no podía ignorar. No la había visto estudiar. No la había visto agarrar un solo libro en semanas. En cambio, Alice bailaba en el patio como una artista rusa en plena inspiración o tocaba el violín como si estuviera poseída por algún tipo de espíritu musical. Eso era todo lo que hacía.

¿Y qué significaba eso?

La respuesta era evidente, pero me rehusaba a aceptarla. Alice ya sabía todos los temas. No necesitaba estudiar. Ella estaba preparada desde antes de que comenzáramos el semestre.

Solté un suspiro pesado, dejando el libro sobre la mesa mientras me frotaba las sienes. Eso también significaba que iba a seguir respondiendo mal en los exámenes, tal como lo hizo en el de ingreso.

Eso me frustraba.

¿Cómo se supone que alguien como yo, que necesita cada ventaja posible, compite con alguien como ella? Ni siquiera nos está dando la oportunidad de ganarle en buena ley. Era como si el juego ya estuviera arreglado, pero no en su favor, sino en el nuestro.

Me levanté de la silla y comencé a caminar por la habitación, intentando calmar mi mente.

Por otro lado…

Entendía por qué lo hacía.

Si Alice respondiera correctamente en los exámenes, uno de nosotros —Kougami o yo— perdería la beca. Y posiblemente sería yo.

El pensamiento me golpeó con fuerza. Si ella hiciera las cosas en serio, si respondiera cada pregunta correctamente, si mostrara todo lo que realmente sabe… No importaría cuánto estudiara, cuánto me esforzara. Alice ganaría, porque ella está en un nivel completamente diferente.

Tomé una respiración profunda, deteniéndome frente a la ventana mientras observaba la tenue luz de la noche.

Quizás lo que hace es lo mejor.

No quería admitirlo, pero era la realidad. Lo que ella hacía, por más frustrante que me resultara, no era egoísta. Lo hacía por nosotros, para asegurarse de que tanto Kougami como yo tuviéramos una oportunidad justa.

Pero entonces, ¿qué pasa con todo lo que Alice dice sobre la justicia?

Según ella, la justicia no tiene que ser justa, solo funcional. Según su propia lógica, si ella es mejor que nosotros, entonces debería ganar sin importar el costo.

¿Por qué, entonces, se está asegurando de que la competencia sea más equitativa?

Era una contradicción. Su visión de la justicia y lo que realmente hacía estaban en conflicto. Alice podía hablar sobre la funcionalidad de la ley, sobre cómo la moralidad no tenía sentido dentro del sistema, pero en la práctica… hacía lo contrario.

Si Alice realmente creyera en lo que dice, haría esto.

No nos estaría nivelando. No estaría fingiendo que no es la mejor. No gastaría su tiempo ni su dinero en asegurarse de que yo tenga una oportunidad.

¿Acaso se da cuenta de lo contradictoria que es?

Me apoyé contra el marco de la ventana, mirando las luces de la ciudad en la distancia.

Entonces, solo me queda ganarle a Kougami.

Apreté los puños ligeramente, dejando que esa idea se asentara en mi mente. Alice había creado este espacio para nosotros, pero yo no pensaba conformarme con ser el segundo sin luchar. Si Kougami quería mantener su primer lugar, tendría que ganármelo.

—De acuerdo, Carter —murmuré para mí mismo, mirando hacia el cielo oscuro—. Jugaré tu juego. Pero no me quedaré atrás.

Volví a la mesa, abriendo otro libro y sumergiéndome en el estudio. Alice había tomado una decisión por nosotros, y aunque no estaba completamente de acuerdo, entendía que era lo mejor.

Solo tenía que hacer mi parte. Ganarle a Kougami sería suficiente… por ahora.

Alice

Estaba en la galería del patio, mirando el cielo y perdiéndome en mis pensamientos, como tantas veces hacía últimamente. El bullicio a mi alrededor era insoportable. Estudiantes repasando, intercambiando apuntes, murmurando fórmulas como si de eso dependiera su existencia.

¿Es que nadie en esta academia sabe relajarse?

Suspiré, apoyando la cabeza contra una de las columnas. No es que los exámenes no me importaran, pero la obsesión de todos me hacía preguntarme si realmente entendían lo que estaban haciendo o solo estaban atrapados en el miedo de fracasar. Porque si estudias solo para no fallar, ¿realmente estás aprendiendo algo?

Justo cuando estaba por levantarme y buscar un rincón más tranquilo, vi a Ginoza acercándose con el ceño fruncido. Siempre con esa expresión como si algo en el mundo estuviera funcionando mal y él fuera el único que podía arreglarlo.

No me sorprendió cuando se detuvo frente a mí, cruzado de brazos, claramente esperando que yo supiera de qué venía a hablarme.

—¿Te das cuenta de lo que hiciste, Carter? —soltó, sin rodeos.

Le sonreí, inclinando la cabeza con fingida inocencia.

—¿Eso es una pregunta abierta o vienes con un tema en particular? Porque podríamos estar aquí todo el día si te pones a listar mis acciones.

—Sabes perfectamente de qué hablo.

Arqueé una ceja.

—¿Sobre cómo nos aseguramos de que tengas lo que necesitas para los exámenes? Oh, sí. Lo recuerdo bien.

Ginoza exhaló con irritación y empujó sus lentes con un dedo, como si eso pudiera ayudarlo a manejar su fastidio.

—No tenías que hacer eso.

—Claro que sí. Porque si te lo hubiera dado en persona, lo habrías rechazado. Así que te lo dejamos en casa, con una historia perfectamente estructurada para que no puedas devolverlo.

Se quedó en silencio, apretando los labios. Sabía que no podía discutir eso.

—Podrías haberme preguntado.

—¿Y hubieras aceptado?

Ginoza me miró con esa expresión severa suya, la que usaba cuando intentaba convencerse de que tenía razón. Pero no lo dijo. Porque ambos sabíamos que la respuesta era no.

—De todas formas, ya tuve mi recompensa —dije con una sonrisa satisfecha, cambiando de tema.

Él frunció el ceño con desconfianza.

—¿Qué se supone que significa eso?

Me crucé de brazos y solté un suspiro melodramático.

—Gracias a ti, acaricié un perro por primera vez en mi vida.

Ginoza parpadeó, claramente desconcertado.

—¿Qué?

—Dime, claro. Tu abuela me dejó acariciarlo, así que, técnicamente, ambos nos dimos algo.

Su rostro pasó de la confusión a la incredulidad y luego a algo que parecía una mezcla de molestia y resignación.

—¿Tocaste a Dime?

—Sí, lo acaricié, le hice mimos, incluso le hablé un poquito. Es adorable.

—Pasé años entrenando a ese perro…

—Bueno, tu abuela me dio permiso.

Ginoza se llevó una mano a la frente, como si estuviera lidiando con un problema más grande de lo que podía manejar.

—Entrené a Dime para que fuera disciplinado, para que no fuera tan fácil de manipular.

—Oh, pero no solo lo acaricié —dije, disfrutando cada segundo de la conversación—. También lo abracé y… bueno, le di besos.

Ginoza me miró como si acabara de profanar un lugar sagrado.

—¿Qué?

—Fue muy cariñoso conmigo. Nos entendimos perfectamente —dije, encogiéndome de hombros—. Creo que somos almas gemelas.

Su expresión osciló entre la indignación y el agotamiento. Podía ver en su cara que no sabía si seguir molesto o simplemente darse por vencido.

—¿Cómo puedes tomarte todo tan a la ligera, Carter?

Sonreí y me incliné ligeramente hacia él.

—Porque, Gino, la vida ya es lo suficientemente pesada como para no aprovechar un momento para abrazar a un buen perro.

Por un segundo, pensé que iba a responder algo cortante. Pero en lugar de eso, simplemente negó con la cabeza y exhaló con frustración, como si intentara entender cómo alguien como yo había entrado en su vida.

—De verdad que no sé qué hacer contigo —murmuró, pasándose una mano por el cabello.

—Solo déjate llevar, Gino. Es más fácil de lo que crees —respondí con una sonrisa, antes de darle un ligero toque en el hombro y seguir caminando.

Porque, al final del día, Gino siempre encuentra la forma de preocuparse por todo. Y alguien tiene que asegurarse de que también se permita disfrutar de las cosas simples de la vida.

Ginoza

Me quedé mirándola mientras se alejaba con esa sonrisa despreocupada, ligera, tan Alice Carter que era imposible no notarla. Siempre desafiando las reglas del mundo en el que vivimos, sin miedo, sin pensarlo demasiado. Como si todo fuera tan simple.

¿Cómo podía alguien ser así? ¿Cómo podía simplemente meterse en mi vida, malcriar a mi perro, trastornar mi rutina y actuar como si fuera lo más natural del mundo?

Pensar en Dime me frustraba aún más. Pasé años entrenándolo, enseñándole a ser disciplinado, confiable, capaz de adaptarse a cualquier situación. No era solo un perro, era mi compañero desde que era un niño, la única constante en mi vida cuando todo lo demás se derrumbaba.

Y ahora, Alice Carter había llegado a mi casa, lo había abrazado, besado y convertido en un juguete para sus mimos.

Sentí un nudo en el estómago al imaginar a Dime moviendo la cola con entusiasmo mientras Alice le daba toda su atención. Él no se comporta así con nadie más.

Me pasé una mano por el cabello, intentando calmarme, pero no podía evitarlo.

¿Por qué todo lo que hace Alice me afecta tanto?

Tal vez era porque, en el fondo, sabía que ella tenía esa capacidad de atravesar todas las barreras que construyo. Con Dime, con mi abuela, conmigo.

No pedía permiso, simplemente entraba y se hacía un espacio, dejando su marca sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Suspiré y miré hacia el pasillo por donde se había ido, sin darme cuenta de que mis pies me llevaban a la galería del patio. Antes de pensarlo demasiado, me dejé caer en un banco.

¿Y qué se supone que haga ahora?

No podía regañar a Dime, eso estaba claro. Él no tenía la culpa de haberse rendido ante Alice. Tampoco podía decirle nada a mi abuela, porque ella claramente estaba de su lado.

Y, lo más importante, no podía enfrentar a Alice. No realmente.

Porque, aunque me costara admitirlo, no estaba tan molesto como pensaba.

De hecho… una parte de mí se sentía… agradecida.

Alice siempre hace las cosas a su manera, sin seguir ninguna regla, sin preocuparse por las consecuencias. Pero lo hace porque le importa. Porque ve lo que a veces yo no quiero admitir: que no tengo todo bajo control.

Y aunque me moleste que haya malcriado a mi perro, no puedo evitar imaginarla agachada junto a él, con esa sonrisa brillante, hablándole como si fuera lo más importante del mundo.

Dime nunca se comportó como Alice describe.

Me llevé una mano al rostro, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

—Maldita Alice Carter —murmuré, dejando escapar un suspiro largo.

Porque, por mucho que me esfuerce en mantenerla a raya, ella siempre encuentra la forma de cruzar las líneas que dibujo.

El aire fresco de la tarde no hacía nada para calmar la tensión que se acumulaba en mis hombros. Mi cabeza estaba saturada, mi cuerpo rígido por la cantidad de horas que había pasado estudiando, y, aun así, sentía que no era suficiente.

Alice, en cambio, se movía con su ligereza habitual. No parecía preocupada, no parecía sentir el peso de los exámenes de la misma forma en que lo hacía yo. Como si todo esto no la afectara, como si fuera solo otro evento más en su vida.

Entonces, Alice se sentó a mi lado.

No lo hizo con prisa ni con torpeza. Fue un movimiento natural, como si este fuera su lugar desde el principio.

—Relájate un poco, Gino —dijo, con un tono más tranquilo de lo habitual.

No respondí de inmediato. Sabía que me estaba observando. Podía sentir su mirada recorriéndome con esa mezcla de curiosidad y análisis que siempre usaba cuando trataba de entender algo.

—No puedo.

Fue lo único que logré decir.

Alice suspiró y se recostó ligeramente contra el respaldo del banco. No intentó debatirme, no intentó convencerme de que estaba exagerando.

—No te van a servir de nada esos libros si sigues tan tenso.

Quería decirle que no era tan simple, que no podía simplemente "relajarme" cuando había tanto en juego. Pero las palabras no salieron.

Sentí su proximidad antes de darme cuenta de que se había inclinado hacia mí.

El aroma a manzana verde y frambuesa de su perfume se coló en mi espacio, en mi mente. Ella siempre está demasiado cerca. Siempre cruzando límites, siempre tomando decisiones sin pedir permiso. Y, como siempre, no la detuve.

Por primera vez en semanas, dejé que mi cuerpo se relajara solo un poco.

Y entonces, simplemente pasó.

La besé.

No lo pensé. Fue un impulso, una reacción a todo lo que Alice ha sido desde que llegó a mi vida.

Mi mente no tuvo tiempo de cuestionarlo. Solo sentí la calidez de sus labios, la forma en que su respiración se mezcló con la mía por un instante.

Cuando me separé, sentí el aire frío golpearme de nuevo. La miré, esperando una reacción. Esperando que se alejara, que hiciera una broma, que me preguntara qué demonios me pasaba.

Pero no lo hizo.

Alice me besó de vuelta.

Fue suave, sin prisa, pero había algo en su manera de hacerlo que confirmaba algo que ni siquiera sabía que estaba buscando.

Cuando el beso terminó, el silencio entre nosotros se sintió diferente.

No incómodo. No tenso. Solo... nuevo.

—Ari… —dije sin pensar.

Me di cuenta de lo que había dicho en el momento en que la palabra salió de mi boca. No "Carter", no "Alice". Ari. Algo más cercano, más personal.

Alice sonrió, una sonrisa pequeña pero que tenía más significado que cualquiera de sus provocaciones pasadas.

Se apartó apenas unos centímetros, dándome espacio, pero sin romper del todo la cercanía.

¿Por qué lo hice?

No lo sabía. No entendía si había sido por agradecimiento, por frustración, o porque Alice es Alice, y nunca encaja en ninguna categoría de mi vida.

¿Era amor? ¿Era atracción? ¿Era simplemente que ella siempre lograba cruzar todas mis barreras?

Y lo peor de todo… ¿por qué ella me besó de vuelta?

Mi mente seguía intentando darle sentido a lo que acababa de pasar, buscando respuestas, pero el peso de su proximidad, el calor de su presencia, me mantenía anclado al presente.

—No te preocupes tanto, Gino —dijo finalmente, con su tono despreocupado de siempre—. A veces solo hay que dejarse llevar.

La miré, aun sintiendo el calor de sus labios, y supe que nada volvería a ser igual entre nosotros.

Alice no solo había cruzado una barrera.

La había destruido.

Era incapaz de pensar en ella como Carter. Ese nombre se sentía distante, formal, casi ajeno. Pero tampoco podía seguirla llamando Ari. No todavía. Porque hacerlo significaría aceptar que algo cambió, que algo cruzó un límite del que ya no puedo volver.

Alice estaba tan cerca que podía sentir su calor, pero no me moví. No podía.

No entendía por qué la había besado, por qué ella me había besado de vuelta, por qué no me había apartado. Y mucho menos por qué todo esto me hacía sentir algo que no podía describir.

—Bueno… creo que ya debería irme —dijo finalmente, rompiendo el silencio.

Su voz sonó ligera, casi normal. Como si acabáramos de hablar de cualquier otra cosa y no de lo que fuera que acababa de pasar entre nosotros. Pero lo que paso fue mi primer beso.

Se levantó con la misma naturalidad de siempre, como si esto no hubiera significado nada.

Pero entonces, antes de dar un paso hacia la salida, se giró y me miró.

—Una última cosa —dijo.

Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, se inclinó hacia mí otra vez.

Esta vez no fue un impulso inseguro, no hubo dudas.

Su boca se encontró con la mía con más intención, con más peso. No estaba esperando que yo reaccionara, estaba tomando lo que ella quería de mí.

Su mano rozó mi rostro y su aliento se mezcló con el mío. Era demasiado.

Quise apartarme, recuperar el control, pero mi cuerpo no respondió.

Simplemente la correspondí.

No porque lo hubiera decidido. No porque entendiera lo que estaba pasando. Sino porque, en ese momento, no podía hacer otra cosa.

Cuando el beso terminó, se quedó a centímetros de mi rostro, con una pequeña sonrisa que parecía decir: Sabía que esto pasaría.

—Relájate, Gino —dijo suavemente, como si no acabara de sacudir mi mundo entero—. Nos vemos mañana.

Y con eso, se giró y se fue.

Me quedé ahí, sentado en silencio, sintiendo el calor de su proximidad y el eco de sus palabras.

Me llevé una mano a los labios, aun sintiendo los suyos contra los míos.

¿Qué demonios acaba de pasar?

Nada tenía sentido. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué yo lo hice? ¿Qué significaba esto?

Miré hacia la galería vacía, tratando de calmar mi respiración y mi mente. No sabía si esto era amor, atracción, o simplemente el caos que ella trae consigo.

Alice

Me alejé rápidamente, casi trotando por los pasillos vacíos de la academia, buscando algún lugar donde esconderme. Mi corazón latía tan rápido que parecía querer escapar de mi pecho. Apenas podía procesar lo que acababa de suceder. Mi primer beso.

Me detuve detrás de uno de los pilares de una galería menos concurrida y me dejé caer en el banco más cercano. Mi respiración aún estaba agitada, mi piel todavía ardía por el contacto. Llevé una mano a mis labios, sintiendo el rastro fantasma del beso, o, mejor dicho, de los besos.

Lo besé, dos veces.

Bueno, técnicamente, él me besó primero. Pero eso no cambia el hecho de que yo lo besé de vuelta. Y no solo una vez, sino que al final fui yo la que decidió que no era suficiente, que necesitaba más, que quería más. Y no me arrepiento en lo absoluto. Aunque el calor de mi cara dice lo contrario.

Me pasé una mano por el cabello, sintiéndome al borde de la euforia.

¿Eso significa que él es "él"?

El chico que he estado buscando, el que aparece en mis sueños, el que imaginé sosteniéndome la mano en todas esas fantasías. ¿Es Ginoza ese alguien que puede llenar los espacios vacíos que siempre he sentido?

La idea era abrumadora. Hasta ahora, todo había sido una confusión de sentimientos, una mezcla entre Kougami y Ginoza, como si ambos representaran algo diferente pero igualmente importante para mí. Pero ahora… esto.

Apoyé la cabeza contra la pared, cerrando los ojos mientras intentaba ordenar mis pensamientos.

¿Qué significa todo esto?

Con Ginoza, siempre he sentido esa barrera que quería romper, ese desafío constante de acercarme a él y mostrarle que no está tan solo como cree. Y ahora, después de este beso, sentía que una parte de esa barrera finalmente había caído.

Pero… ¿es suficiente?

Apreté los labios, aun sintiendo los suyos contra los míos. Fue tan intenso, tan inesperado, pero también tan real.

¿Y si él es "él"? ¿Y si siempre lo ha sido, pero no podía verlo?

Suspiré, dejando que la calma se apoderara de mí por un momento.

—Esto es un desastre, Carter —murmuré para mí misma, usando mi apellido como si intentara recordarme quién soy, como si intentara mantenerme anclada en la realidad.

Pero la realidad era que no quería estar anclada. Quería seguir explorando esto, seguir descubriendo qué era lo que realmente sentía por Ginoza.

Y por Kougami.

Porque, aunque los besos con Gino habían sido increíbles, no podía ignorar lo que siento por Shinya. Esa conexión tan natural y espontánea que parece fluir entre nosotros, esa manera en que nuestras conversaciones se sienten como algo vivo, sin esfuerzo.

Me abracé las rodillas y cerré los ojos. Ginoza y Kougami.

Tan distintos.

Y, de alguna manera, ambos me hacen sentir… viva.

No quiero arruinar lo que tenemos. Con ninguno de los dos. Quiero que esto fluya, que sea natural, que no sea algo que yo empuje o fuerce. Si Ginoza siente algo por mí, si Kougami siente algo, lo sabré en su momento. Y yo siento algo por ellos, pero si hay que elegir, lo descubriré también, sin tener que apresurarme.

Me puse de pie lentamente, sintiéndome un poco más tranquila.

No hay prisa, Alice. Todo a su tiempo.

Me sacudí la falda del uniforme y miré hacia el pasillo vacío. Ellos están aquí, en mi vida, y eso ya es suficiente por ahora.

—Que las cosas fluyan —murmuré para mí misma con una pequeña sonrisa.

Porque, después de todo, a veces lo mejor que puedes hacer es simplemente dejar que la vida te lleve a donde tiene que llevarte.

Y confiar en que, al final, todo estará bien.

Ginoza

Volví a casa con la cabeza llena de pensamientos que no tenían sentido. Era un caos, un enredo de preguntas sin respuesta que no podía ignorar, pero tampoco ordenar.

Caminé por el pasillo con el ceño fruncido, sin prestar atención a nada a mi alrededor. Mi cuerpo estaba funcionando en automático, pero mi mente seguía atrapada en lo que había pasado.

¿Por qué la besé?

¿Por qué Alice me besó de vuelta?

Y lo peor de todo, ¿por qué sigo pensando en ello?

Cuando abrí la puerta, Dime corrió hacia mí con su energía habitual, moviendo la cola como si nada en el mundo hubiera cambiado. Como si todo siguiera igual.

—Eres un traidor —murmuré, pasando una mano por su pelaje mientras él seguía presionando su hocico contra mi mano.

Dime no tenía idea de lo que estaba diciendo, por supuesto. Para él, Alice era solo otra persona más que le dio mimos y atención. Pero para mí…

Suspiré, pasándome una mano por el cabello antes de dejar mis cosas en la entrada.

¿Cómo demonios una discusión sobre mi perro terminó en mi primer beso?

Era absurdo. Ridículo.

Alice siempre me desafía, siempre empuja los límites de lo que considero normal, siempre encuentra la manera de estar en mi espacio sin pedir permiso. Pero nunca esperé que llegara tan lejos.

Nunca pensé que yo la dejaría llegar tan lejos.

Me dejé caer en el sofá, sintiendo a Dime acomodarse a mis pies. Mi cabeza seguía girando, incapaz de dejar ir esos pensamientos.

Porque el verdadero problema no era el beso en sí.

El verdadero problema era que no sabía si… si no querría volver a besarla.

Apreté la mandíbula y cerré los ojos, intentando ignorar el calor que subió a mi rostro con ese pensamiento. No. No podía estar pensando en esto.

Pero lo estaba.

Y por más que quisiera ignorarlo, sabía que Alice Carter acababa de cruzar una línea dentro de mí.

Y no tenía idea de qué hacer con eso.

Kougami
Los siguientes días noté que algo había cambiado. No era algo obvio, nada que pudiera señalar con certeza, pero la dinámica entre Alice y Ginoza ya no era la misma.

Ginoza, que últimamente parecía tolerar la presencia de Alice, ahora parecía evitarla.

Al principio no le di mucha importancia. Pero después de la tercera o cuarta vez que ocurrió, supe que no era coincidencia.

Cuando estábamos en el comedor o en la biblioteca, charlando de todo y de nada, porque ahora Ginoza y yo hablábamos con más naturalidad, Alice eventualmente aparecía. Como siempre. Pero ahora, en cuanto llegaba, Ginoza encontraba una razón para irse.

Y lo hacía con tanta precisión que casi parecía ensayado.

—Tengo que revisar unas notas en la biblioteca —decía, incluso cuando acabábamos de venir de ahí.

—Tengo que enviar un reporte antes de que se cierre el sistema.

—Voy a buscar un café antes de seguir con esto.

Siempre tenía una excusa lista, una razón lógica, tan lógica que parecía mentira.

Alice no solía decir nada, pero yo lo notaba.

El primer par de veces simplemente lo vio alejarse, sin expresión en su rostro. Pero luego, empezó a parecer ofuscada, solo por un momento. No lo suficiente como para hacer un comentario, pero sí lo suficiente como para que yo lo notara.

Era apenas un segundo, un cambio en la mirada, una ligera rigidez en su postura. Luego, como si hubiera pulsado un interruptor, volvía a ser Alice, como si no le importara en absoluto la actitud de Ginoza.

Pero yo sabía que sí le importaba, lo que no sabía era por qué.

Alice y Ginoza siempre han tenido una dinámica extraña, pero esto era diferente. Algo había pasado, algo que yo no vi. Y ahora Ginoza la evitaba, y Alice lo notaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Pero lo que realmente me molestó fue otra cosa. Ella ya no me prestaba la misma atención.

No era un cambio drástico, pero lo sentí.

Antes, siempre aparecía en mi camino, siempre encontraba la forma de incluirme en sus planes, siempre me hablaba como si supiera exactamente lo que iba a decir antes de que lo dijera.

Ahora, aunque todavía era ella, estaba más dispersa.

A veces, cuando le hablaba, parecía tardar un segundo más en reaccionar, como si su mente estuviera en otro lugar. Como si no me estuviera prestando atención.

Y eso no me gustaba.

Ginoza
La biblioteca estaba vacía esa tarde, lo que significaba que, por primera vez en días, tenía algo de paz para estudiar. Me acomodé en mi asiento, ajusté mis notas y me concentré en los libros frente a mí. Los exámenes estaban demasiado cerca para perder tiempo en distracciones innecesarias.

Y entonces Alice apareció.

No dijo nada al principio. Solo se sentó a mi lado con total naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo, como si este fuera su lugar desde siempre. Abrió un libro, sacó un lápiz y comenzó a estudiar. No preguntó si podía estar allí. No esperó a que le dijera nada. Simplemente se instaló.

Intenté ignorarla. Seguí escribiendo, enfocándome en mis notas. Pero la sensación de su presencia era imposible de ignorar.

La miré de reojo, sin poder evitarlo. Mi cuerpo se tensó antes de que mi mente pudiera procesarlo.

—No me mires como si fuera un alien —dijo Alice, sin levantar la vista de su libro—. Los exámenes son pronto y yo también tengo que repasar.

Fruncí el ceño, volviendo la mirada a mis notas.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

Alice pasó la página de su libro con calma, como si la conversación fuera solo un ruido de fondo para ella.

—Noté que te escapas cada vez que me ves —dijo, con su tono despreocupado de siempre—. Así que no entiendo por qué ahora no te estás yendo a otro sitio.

Me tensé aún más. Lo había notado, por supuesto que lo había notado. Ella le presta mucha atención a los detalles y las sutilezas.

—Llegué primero. Estaba cómodo hasta que tú llegaste.

Alice dejó escapar un leve suspiro y giró ligeramente la cabeza en mi dirección.

—Entonces… ¿te pongo incómodo?

No supe qué responder.

Las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, y el silencio entre nosotros se volvió pesado.

Alice finalmente apartó la mirada de su libro y me observó directamente. Sus ojos eran penetrantes, como si pudiera ver lo que estaba pasando dentro de mi cabeza antes de que yo mismo lo supiera.

—Me encantan tus ojos verdes, Gino.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Alice sonrió apenas, como si acabara de decir algo trivial.

—No entiendo por qué usas lentes si puedes ver perfectamente sin ellos.

Apreté los labios. Nadie había cuestionado eso antes.

—¿Cómo sabes que veo bien sin ellos?

Alice apoyó el codo en la mesa y ladeó la cabeza.

—Te observé cuando jugabas tenis. Te los quitaste para el partido, y sigues siendo excelente en eso. Así que es evidente.

Sentí un ligero escalofrío recorrerme. Me había estado observando. No supe de inmediato si eso me molestaba o si el problema era que una parte de mí no le encontraba nada de malo a que lo hiciera.

Giré la cabeza ligeramente, encontrándome con su mirada. Ojos miel, intensos, observándome con una seguridad absoluta.

No había burla en ellos esta vez, ni la chispa traviesa con la que solía provocar reacciones en mí. Solo esa mirada que parecía verlo todo, entenderlo todo, sin necesidad de preguntar.

No sé cuánto tiempo pasé mirándola, atrapado en un instante que no planeé. Demasiado, seguramente.

Ella me sonrió, como si supiera algo que yo no.

Y, sin decir una palabra, sin la menor duda en su expresión, me besó.

No fue como la última vez. No hubo vacilación, no hubo titubeos. Fue un beso seguro, decidido, más intenso que antes. No estaba esperando a que yo reaccionara, estaba tomando lo que quería.

Por un segundo, mi mente intentó encontrar una lógica en lo que estaba ocurriendo. Pero no la había. Porque las cosas con ella escapan de toda lógica.

Pero no me aparté.

Porque, aunque debería haberlo hecho, aunque cada fibra racional en mi cuerpo decía que este no era el momento, ni el lugar, la única verdad en ese instante era que yo también la estaba besando de vuelta.

Me aparté, sintiendo mi respiración más acelerada de lo normal, y la miré con el ceño fruncido. Alice Carter siempre hace lo que quiere, pero esto… esto ya era demasiado.

—No puedes simplemente hacer eso —solté, con irritación en mi voz, todavía intentando recuperar el control de la situación.

Alice me miró con una expresión entre curiosidad y diversión, como si no entendiera cuál era el problema.

—¿Por qué no?

—Porque no puedes simplemente besarme cuando te dé la gana.

—Tú me besaste primero.

Abrí la boca para responder, pero no encontré las palabras. No porque no tuviera una respuesta, sino porque la forma en que lo dijo, tan simple, tan directa, me dejó sin argumentos.

Me pasé una mano por la cara, sintiendo la frustración crecer en mi pecho.

—No significó nada.

Alice me observó en silencio por un momento, luego inclinó la cabeza con una sonrisa leve, una que no tenía burla esta vez, sino algo más peligroso.

—Si no significó nada, ¿por qué desde ese día nunca más pudiste comportarte como una persona normal cuando estoy cerca?

Sentí cómo se tensaban mis hombros, pero no respondí de inmediato, porque sabía que tenía razón. Desde ese día, algo había cambiado.

Mi cuerpo reaccionaba antes de que mi mente pudiera razonar. Cuando Alice entraba en la habitación, algo en mi postura se volvía más rígido, mi tono más seco, mis movimientos más medidos. Como si estuviera preparándome para algo, como si tuviera que contener algo que no entendía del todo.

Alice suspiró, cruzándose de brazos.

—No tengo ganas de dar vueltas con esto, Gino.

Su tono era ligero, pero había algo definitivo en sus palabras.

—Creo que me gustas.

El aire pareció volverse más pesado en la biblioteca vacía.

Mi garganta se secó por un segundo. Ella no habla de estas cosas con ligereza, pero tampoco lo hace con dramatismo. Lo dijo como quien expone un hecho, sin presionar, sin esperar que yo tuviera una gran reacción.

—Tú decides si quieres hacer algo con eso o no.

Se giró sin más, recogiendo sus cosas y alejándose con la misma facilidad con la que había llegado.

Me quedé allí, sentado, viendo su espalda desaparecer por la puerta. Sin saber qué hacer.

Sin saber si quería hacer algo con esto o no.

Kougami

El comedor estaba casi vacío cuando Alice se sentó frente a mí. No se anunció con un comentario burlón ni con su usual ligereza, solo se dejó caer en el asiento con un suspiro. Era raro verla así, más tranquila de lo normal. No molesta, no preocupada, pero diferente.

Hacía días que lo notaba. Alice no era la misma.

Ya no aparecía en los mismos momentos, ya no llenaba los silencios con bromas y provocaciones. Estaba más dispersa, más ausente.

Y lo que más me llamaba la atención era que su dinámica con Ginoza había cambiado.

—Alice.

Levantó la vista de su comida, arqueando una ceja con curiosidad.

—¿Qué?

—¿Qué pasa con Ginoza?

No fue una pregunta sutil. No me interesaba andar con rodeos.

Ella no parpadeó, pero su postura cambió apenas un poco. Fue sutil, pero lo noté.

—Nada —respondió, antes de llevarse un bocado a la boca.

No me convenció. Alice nunca responde con evasivas.

—No digas "nada". Algo pasó.

Alice bajó los palillos lentamente y me miró con esa expresión suya de ¿realmente quieres meterte en esto? Pero no había rastro de burla en sus ojos.

—Kou, ¿desde cuándo te importa tanto lo que pasa con Gino?

Fruncí el ceño.

—Desde que él te evita y tú actúas como si no te importara.

Su sonrisa fue breve, pero no era una de sus sonrisas habituales.

—Tal vez porque no me importa.

No lo creí.

Alice no se molesta en ocultar cosas. Siempre dice lo que piensa, incluso cuando no debería. Pero ahora, estaba evitando responderme directamente.

Eso no era normal.

—No pareces convencida —dije, observándola con atención.

Alice sostuvo mi mirada por un segundo más y luego sonrió de lado, empujando su bandeja hacia adelante como si la conversación ya no le interesara.

—No siempre hay respuestas para todo, Kou.

Tomó su bebida y bebió un sorbo con calma, pero su manera de moverse se sentía ensayada, demasiado consciente.

Y en ese momento, lo supe. Estaba ocultando algo. Algo que realmente le afectaba.

Y lo que más me molestaba no era que no me lo dijera.

Era que, por primera vez, Alice Carter estaba eligiendo no hablar conmigo.

Alice se fue a los pocos minutos, con su comida a medio comer. Yo la observé irse, y me pregunté que tanto podrían haber cambiado las cosas entre los tres en cuestión de pocos días.

Alice

Las sesiones con el terapeuta de la academia son completamente inútiles.

Cada vez que me siento en ese despacho blanco y frío, con su iluminación perfectamente calculada y su sonrisa profesionalmente ensayada, sé que no voy a sacar nada de ahí. Pero eso no le importa al terapeuta. Él ya decidió qué me pasa. No porque yo se lo haya dicho, sino porque los datos que su tablet le muestra cuando estamos en la sesión le entregan los resultados necesarios.

"Bloqueo creativo."

Eso fue lo que dijo, con total seguridad, como si la razón de mi estado fuera tan simple como una falta de inspiración. Me miró con ese aire de falsa comprensión y me deslizo más blísteres de colores. Más pastillas. Como si la música fuera algo que se pudiera solucionar con química, como si todo lo que necesito fuera tragarme un par de estabilizadores más.

No quiero tomarlas.

No porque me aterren ni porque piense que van a cambiar algo dentro de mí, sino porque me dejan peor. Me marean, me hacen sentir más pesada de lo que ya estoy. No tengo apetito, no tengo energía, pero tampoco puedo descansar.

Así que no como.

No es algo intencional. Simplemente, el hambre dejó de ser una necesidad real. Es fácil ignorar las comidas cuando el cuerpo entero está funcionando en piloto automático.

En lugar de almorzar, me encierro en el estudio de música y masacro el violín. O el piano. O cualquier instrumento que tenga a la mano. Toco hasta que mis dedos duelen, hasta que las notas se vuelven ruidosas, confusas, insoportables.

Y cuando la música deja de ser suficiente, me voy a casa.

Y no duermo.

No es que no lo intente. Pero mi cabeza sigue girando, mis pensamientos siguen encendidos incluso cuando todo mi cuerpo está agotado.

Así que dejo que la noche me arrastre a otra cosa.

Últimamente, los animes de samuráis son lo único que realmente logra capturar mi atención.

El samurái de ojos azules. Ōoku, los aposentos privados.

Historias crudas, violentas, llenas de muerte, honor y tragedia. Obras que el sistema ha prohibido, pero que igual puedo ver, porque en la mansión Carter, la censura no existe.

Los dispositivos comunes detectan contenido prohibido y lo bloquean a los ojos de los espectadores. Los míos no. En mi casa, las únicas restricciones que importan son las que Adam Carter decide imponer. Todo lo demás, simplemente se permite.

Los monitoreos, los sensores, los bloqueos del sistema, todo está modificado dentro de la casa. Aquí puedo ver y hacer lo que quiera.

Así que dejo que las escenas de guerra y muerte me acompañen hasta que el amanecer se filtra por la ventana.

Y luego vuelvo a repetir todo. Me digo que mañana será diferente.

Pero en el fondo, sé que no lo será.