Ginoza
Alice dejó progresivamente de buscarme desde la última vez que hablamos a solas.

Al principio no lo noté de inmediato. Seguía viéndola en los recesos, en los pasillos, en los momentos en los que inevitablemente nos cruzábamos en la academia. No había cambiado su actitud de forma evidente, no me estaba evitando abiertamente. Pero había algo diferente.

Alice ya no buscaba conversaciones.

Antes, siempre encontraba una razón para acercarse, siempre tenía algo que decir, una provocación lista, un comentario que me obligaba a responder. Ahora, simplemente seguía su camino.

Si nos veíamos, sonreía, decía algo corto y ligero, pero no se detenía, y eso era extraño.

Porque si Alice realmente no tenía interés, si lo que dijo aquella vez no significaba nada, entonces ¿por qué lo dijo en primer lugar?

Que una persona te diga que le gustas y luego desaparezca de la nada no debería ser normal.

No sabía qué me molestaba más.

Si el hecho de que se hubiera alejado sin más explicación o el hecho de que, por primera vez, me daba cuenta de cuánto la buscaba.

Antes, cuando entraba en una sala, no tenía que pensar en si Alice estaría allí o no. Ahora, lo hacía sin darme cuenta.

Antes, cuando la veía en el pasillo, no tenía razones para pensar en lo que estaba haciendo. Ahora, me preguntaba en qué estaba pensando.

Me molestaba.

Me molestaba porque Alice Carter no es alguien que se aleja sin una razón.

Y, si lo está haciendo, significa que hay algo que no entiendo.

Kougami

Pasaron varios días sin que supiéramos absolutamente nada de Alice.

Al principio, su ausencia se sintió como un cambio sutil. No apareció en los almuerzos, pero podía ser que estuviera ocupada. No pasó por la biblioteca, pero tal vez solo había decidido estudiar en otro lugar. Sin embargo, conforme los días avanzaron y su presencia se volvió una ausencia constante, la sensación de que algo estaba mal empezó a instalarse en mi pecho.

No estaba en la sala de música. No estaba en el estudio de baile. No estaba en ninguna de las habitaciones donde normalmente la encontraríamos.

Eso no era normal.

Alice no es alguien que pase desapercibida, y, cuando quiere desaparecer, lo hace con ruido, no con silencio. No era su estilo simplemente desvanecerse.

Intenté racionalizarlo. Tal vez estaba demasiado concentrada en su música, demasiado sumergida en su propia cabeza como para preocuparse por el resto. Pero incluso si eso era cierto, ¿por qué evitaría tanto los lugares donde siempre estaba?

Lo peor fue darme cuenta de que no era el único que lo notó.

Ginoza también estaba inquieto.

No dijo nada al respecto, pero lo veía en la forma en que miraba alrededor en los recesos, como si esperara que Alice apareciera de un momento a otro. En cómo sus ojos se desviaban hacia el pasillo cada vez que alguien mencionaba su nombre, como si estuviera anticipando una respuesta que nunca llegaba.

No iba a preguntarle si estaba preocupado, porque no hacía falta.

Porque, por primera vez, los dos estábamos pensando lo mismo.

¿Dónde demonios estaba Alice Carter?

Un día, finalmente hablamos al respecto.

No fue planeado, ni siquiera fue una conversación que buscáramos tener. Simplemente pasó, como si la acumulación de su ausencia ya fuera demasiado para ignorarla. Como si, al final, fuera imposible seguir pretendiendo que Alice no estaba desapareciendo de nuestras vidas.

Estábamos en la biblioteca, sentados en la misma mesa de siempre. Los libros abiertos frente a nosotros eran solo una excusa. Ninguno de los dos estaba realmente concentrado.

Fue Ginoza quien habló primero.

—No has visto a Carter, ¿verdad?

No levanté la vista de mi cuaderno de inmediato, pero sabía que él me estaba observando.

—No.

No hubo más palabras por un momento. Porque los dos sabíamos que esto no era solo una pregunta casual.

Ginoza exhaló con algo que sonó a frustración contenida.

—No está en la sala de música tampoco en el estudio de danza.

—Lo sé.

Cerré el cuaderno con más fuerza de la necesaria. Yo también había estado buscándola, aunque no quisiera admitirlo en voz alta.

Ginoza presionó sus lentes contra el puente de su nariz y se quedó en silencio un momento, como si estuviera midiendo sus palabras antes de seguir.

—Esto no es normal.

No era una queja, ni una observación casual. Era un hecho.

No respondí de inmediato. Porque él tenía razón.

Alice desaparece cuando quiere, pero lo hace de una forma completamente distinta. Normalmente, deja rastros, se burla de su propia ausencia, aparece de la nada solo para quejarse de que la extrañamos. Esto… esto era otra cosa.

—¿Crees que nos está evitando? —pregunté, finalmente.

Ginoza frunció el ceño.

—Si fuera eso, lo haría de otra forma.

Tenía razón. Si Alice nos estuviera evitando a propósito, lo haría de manera obvia, con algún comentario sarcástico y una sonrisa de suficiencia. Pero ahora… ahora simplemente no estaba.

No dije nada por un momento, pero el peso de su ausencia se sintió más fuerte en ese silencio.

Me pasé una mano por la nuca y exhalé.

—Tenemos que encontrarla.

Ginoza no discutió.

Porque los dos sabíamos que esto no era solo una exageración.

Alguien como ella no desaparece sin motivo.

Y lo que más me preocupaba era qué demonios le estaba pasando para que lo hiciera así.

Ginoza

La idea me golpeó de repente, como un pensamiento que se había estado gestando en el fondo de mi mente sin que me diera cuenta.

¿Y si Alice ahora es una criminal latente?

Alice nunca encajó en lo que la sociedad espera. Nunca se contuvo, nunca filtró lo que pensaba, nunca dejó de sentir con toda la intensidad posible. ¿Y si ahora el sistema decidió que eso era peligroso?

Si es así, tendría sentido que haya desaparecido. Si su tono se enturbió, si fue clasificada como un riesgo, la habrían aislado en un centro, como a mi padre.

El pensamiento se me clavó en el estómago con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.

Alice Carter, encerrada en una habitación blanca, en un centro de contención, con un informe clínico que dice que es un problema para la sociedad.

Alice Carter, reducida a un número, a un diagnóstico, a una sentencia.

Me pasé una mano por la cara, intentando sacarme esa imagen de la cabeza. No debería afectarme tanto.

Pero lo hace, porque no querría que Alice fuera una criminal latente, porque ella no es peligrosa. Y porque, aunque no lo quiera admitir, me resulta insoportable la idea de que ella ya no pueda volver a nosotros.

Alice

"Sunshine of your love" suena a todo volumen en la sala de estar, retumbando en las paredes vacías de la mansión. Canto a los gritos, sin importarme si mi voz se rompe, sin preocuparme por mantener el tono. No hay nadie que me escuche, nadie que me pida que baje la voz, nadie que intente corregirme.

No fui a Nitto por una semana y media. No sé si voy a volver, no sé si quiero volver.

No tengo porque volver y nadie -ni siquiera Adam, aunque dudo que quiera hacerlo- puede obligarme.

Cuanto más lo pienso, más claro lo tengo. Nada de lo que encontré en esa academia me sirvió en lo absoluto. Todo está estructurado, clasificado, regulado. Cada conversación tiene un propósito, cada acción es medida, cada emoción es supervisada. Y yo no quiero vivir así.

Después de haberme devorado temporadas y temporadas de animes del período Edo y todas las películas de Ghibli, me di cuenta de lo cómodo que es estar en casa. Aquí no hay normas que cumplir, ni límites que respetar, ni monitoreos que dicten qué contenido puedo consumir. Aquí puedo hacer lo que quiero, cuando quiero, sin que nadie cuestione mis decisiones.

No hay casillas que llenar, ni estándares de conducta que seguir. No tengo que fingir que encajo, no tengo que justificarme, no tengo que demostrar nada a nadie. Solo yo, el rock antiguo, el five o' clock tea y cualquier cosa que me dé la gana hacer.

Ayer tuve otra sesión de cacería de drones.

Lo disfruté.

Lo disfruté demasiado.

También intenté aprender a tocar el clarinete, pero fue un desastre. Aprendí a cambiar las cuerdas del arpa e improvisé un poco, pero tampoco es lo mío. Nada de eso me dio la satisfacción que estaba buscando.

Pero todo eso es solo distracción. Porque lo que realmente me molesta, lo que me carcome por dentro, es que Ginoza me dijo que los besos no significaron nada.

Si no significaron nada, ¿por qué no puede comportarse como una persona normal cuando me ve? ¿Por qué ahora evita mirarme demasiado tiempo? ¿Por qué se tensa cuando me acerco?

Y Kougami… Kougami es tan malditamente tranquilo con todo.

Si a mí me gustan ambos y ni siquiera me molesto en disimularlo, ¿por qué ellos no pueden ser claros conmigo?

Yo sé lo que quiero. Ellos no. O tal vez sí lo saben y eligen ignorarlo.

Tal vez simplemente no les importo.

Fui a Nitto porque quería conocer chicos, porque quería enamorarme, porque quería ver qué se sentía experimentar algo así de verdad. Pero si conocerlos significa quedarme atrapada en esta incertidumbre, en este juego donde soy la única que no tiene miedo de admitir lo que siente, entonces prefiero volver al homeschooling.

Al menos aquí nadie finge que siente nada. Nadie juega a medias. Nadie me deja esperando respuestas que nunca llegan.

Quizás, sencillamente, soy demasiado inglesa para Japón. Y tiene sentido. Quizás soy demasiado cool para ellos. Porque no los entiendo y ellos no me entienden a mí. Y no parece haber una esperanza de que aquello cambie.

Estoy cansada de intentar. Hace cuatro meses que soy el blanco perfecto para cualquier idiota que quiera molestar a la extranjera. Me han hostigado, me han mirado raro, me han susurrado cosas por lo bajo. Y después de todo eso, lo único que obtengo es que Ginoza me diga que mis besos no significaron nada.

Que lo jodan. Que se muera. No quiero rogar ni arrastrarme, pero siento amor. Y ese es el maldito problema.

Lo amo. Los amo. Los amo porque no puedo sentir otra cosa. Porque cuando estoy con ellos, me siento viva. Más viva que nunca en mis dieciséis años de existencia. Y eso me molesta. Porque ellos no entienden. No son capaces de entender lo que yo mierda siento. Porque si lo entendieran, si tuvieran un mínimo de capacidad de ver más allá de sus propios conflictos internos, si fueran capaces de aceptar por un segundo que no todo tiene que ser un dilema racional, estarían aquí. Conmigo. No huyendo. No evitando lo inevitable.

Estoy cansada de la maldita moderación, de esperar, del decoro, de las normas sociales, de los estúpidos silencios donde todo se supone que debe leerse entre líneas. Estoy cansada de fingir que me da igual, de pretender que no estoy esperando algo, de fingir que soy la que simplemente sigue adelante cuando la verdad es que quiero gritarles en la cara y obligarlos a reaccionar. Porque estoy harta de la forma en que Kougami sigue actuando como si nada, como si fuera tan fácil, como si no sintiera lo que yo sé que siente.

Porque estoy harta de que Ginoza se haya atrevido a besarme y después me diga que no significó nada, que no tiene importancia, que simplemente puede seguir con su vida como si eso no hubiera cambiado todo. Quiero arrancarle esa maldita coraza de piedra, quiero obligarlo a mirarme a los ojos y que admita que no es cierto, que no fui solo un error, que no fui un momento insignificante que puede enterrar en el fondo de su mente como hace con todo lo que le incomoda.

Y quiero que Kougami me mire de frente y deje de actuar como si yo no le importara, como si mi ausencia no significara nada, como si no hubiera algo en su interior que lo está carcomiendo porque no quiere enfrentarlo.

Grito. A la nada. Me duele la garganta, pero no me importa. No me importa porque ya estoy cansada de tragarme todo, de sostenerlo dentro de mí mientras ellos se toman todo el tiempo del mundo en decidir qué carajo quieren hacer conmigo. Grito porque si no lo hago voy a explotar.

Y la música cambia a Muse, Hysteria y el bajo retumba en mi pecho como si pudiera reemplazar el latido acelerado de mi propio corazón. En ese momento, me doy cuenta de que deseo una guitarra eléctrica. Mucho. Porque quiero hacer ruido, quiero que mi rabia se escuche, quiero que el sonido llene los espacios que ellos dejaron vacíos, quiero que algo en este mundo sea tan fuerte que no pueda ser ignorado.

Kougami

No había forma de ignorarlo más. Alice llevaba una semana y media sin aparecer por Nitto, sin pisar la biblioteca, sin entrar en la sala de música, sin mostrarse en ningún sitio donde normalmente estaría. Al principio, lo noté solo como un cambio sutil, una ausencia que al principio parecía intencional, como si estuviera jugando a no ser encontrada, pero después de unos días me di cuenta de que no era eso. Alice no desaparecía así. No dejaba espacios vacíos sin llenarlos de su presencia, sin hacer ruido, sin provocar una reacción en los que la rodean. Esto no era un juego.

No fui el único en notarlo.

Ginoza tampoco la había visto. No hablábamos de Alice directamente, pero lo veía en su expresión, en la manera en que desviaba la mirada cada vez que alguien mencionaba su nombre, en el leve fruncimiento de su ceño cuando pasaba por los lugares donde ella solía estar y solo encontraba vacío. Él no lo decía, pero sabía que estaba preocupado. Y aunque nunca fuéramos a admitirlo en voz alta, los dos sabíamos que lo que estaba pasando con Alice no era normal.

Nos cruzamos en la biblioteca, donde el peso de su ausencia era aún más evidente. Ginoza estaba con la mirada clavada en sus apuntes, pero no había pasado ni una página en los últimos cinco minutos. Yo no estaba mejor. Llevaba media hora frente al mismo texto, leyendo las mismas líneas sin retener nada. Lo supe antes de que alguno de los dos dijera algo. Esto no podía seguir así.

—No has visto a Alice, ¿verdad? —preguntó Ginoza, sin apartar la vista de su libro, pero su tono delataba que ya sabía la respuesta.

—No.

Hubo un silencio breve, pero cargado de algo que no queríamos nombrar.

—No está en la sala de música. No está en el estudio de danza —continuó, como si repetirlo en voz alta pudiera hacer que sonara menos absurdo.

—Lo sé.

Cerré el cuaderno con más fuerza de la necesaria. No tenía sentido seguir pretendiendo que esto no nos afectaba.

—Esto no es normal —dijo Ginoza finalmente, con un tono que no buscaba discusión.

No era necesario que lo dijera. Lo sabíamos. Lo habíamos sabido desde hace días, pero admitirlo en voz alta hacía que fuera real.

—¿Crees que nos está evitando?

—Si fuera eso, lo haría de otra forma.

Tenía razón. Si Alice hubiera querido evitarnos, lo habría hecho con ruido. Nos habría desafiado, habría dicho algo ridículo solo para ver cómo reaccionábamos, habría convertido su ausencia en un juego, pero esto no era eso. Esto era algo diferente, algo que no se parecía en nada a lo que habíamos visto de ella antes.

No dije nada por un momento. Algo en mi pecho se sentía más pesado de lo que quería admitir.

—Tenemos que encontrarla.

Ginoza no discutió. No hubo dudas ni resistencia. Nos pusimos de pie y salimos sin decir nada más, porque ambos sabíamos que no era una cuestión de curiosidad. No era una cuestión de orgullo. Era algo más.

Nos dirigimos a la mansión Carter sin hablar demasiado en el camino. Caminamos con paso firme, pero sin prisa, como si ambos estuviéramos tratando de convencernos de que esto no era algo grave, de que llegaríamos y encontraríamos a Alice quejándose de algo sin importancia, burlándose de nosotros por preocuparnos. Pero no lo creíamos del todo. No sabíamos qué esperar.

La mansión Carter se alzaba imponente y silenciosa cuando llegamos. Ningún dron nos detuvo, ninguna barrera se activó, como si Alice hubiera dejado todo abierto. Como si, de alguna manera, hubiera estado esperando que llegáramos. Entramos con la misma facilidad con la que cualquiera entraría a su propia casa, aunque el aire dentro de la mansión era distinto, cargado de una calma inquietante, de una sensación de algo que no encajaba del todo.

La encontramos en la sala de estar, sentada en un sillón con la cabeza apoyada en el respaldo, mirando el techo como si la pintura en la pared fuera lo más fascinante del mundo. La música sonaba a un volumen alto, lo suficientemente fuerte como para hacer temblar los cristales. No era una música tranquila, los bajos eran potentes y la voz del cantante era caótica. Parecía mas un reclamo que una canción

No se sorprendió al vernos.

Giró la cabeza lentamente y nos miró con una expresión que no tenía burla ni provocación, solo un cansancio disfrazado de indiferencia.

—Vaya, miren quiénes vinieron a buscarme.

Su voz no tenía la energía de siempre, no tenía la chispa con la que solía hablar. Parecía desconectada, como si lo que estaba pasando a su alrededor le diera lo mismo.

Ginoza cruzó los brazos y la observó en silencio, como si estuviera tratando de entender qué demonios le pasaba. Yo me acerqué un poco más, observándola con atención.

—¿Por qué no volviste a la academia?

Alice soltó una risa baja, pero no había diversión en ella.

—¿Para qué?

La pregunta quedó flotando en el aire por un momento.

—Para seguir fingiendo que todo está bien, que las cosas no son complicadas, que ustedes no son complicados, que yo no soy complicada.

Nadie dijo nada.

—Estoy cansada de todo —continuó, con el mismo tono ligero pero vacío—. ¿Sabían que he estado viendo animes de samuráis? Me encantan. Son trágicos, intensos, llenos de significado. A diferencia de la mierda que pasa en la vida real.

Miré a Ginoza por un segundo, y su mandíbula estaba tensa.

—Alice…

Ella giró la cabeza hacia él, y por un momento, su mirada se oscureció, pero no de enojo.

—¿Me extrañaste, Gino?

La tensión en la habitación se volvió insoportable.

—Alice…

—Porque si no lo hiciste, de verdad fue una pérdida de tiempo venir hasta aquí.

El silencio se alargó, solo interrumpido por la música de fondo.

Yo sabía que algo en Alice se había roto.

Y lo que más me preocupaba era que no tenía idea de cómo arreglarla.

Ginoza

Estaba siendo regañado por una señorita que se contenta viendo animes de samuráis.

Alice hablaba con una facilidad exasperante, con esa ligereza suya que convertía cada palabra en un arma. Discutía con Kougami como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera desaparecido durante casi dos semanas, como si todo esto fuera completamente normal. Pero no lo era. Al menos no para mí.

Alice se cruzó de brazos, recostándose contra el respaldo del sofá con una expresión que oscilaba entre la burla y el cansancio.

—No entiendo por qué tanta preocupación —dijo, mirando a Kougami como si él fuera el que estaba exagerando—. No fui a Nitto porque no tenía ganas de ir. ¿Acaso es un crimen faltar a la academia?

Kougami entrecerró los ojos, con esa expresión suya de estar analizando cada palabra, cada gesto.

—No es solo eso, Alice. Desapareciste.

Alice suspiró pesadamente, como si esta conversación ya la estuviera aburriendo.

—Oh, por favor. No desaparecí. Estoy aquí, en mi casa, viva y funcional.

La forma en que lo dijo, la facilidad con la que le restó importancia a todo, hizo que mi mandíbula se apretara. Alice no estaba bien. Y lo peor es que sabía que no iba a admitirlo.

Kougami cruzó los brazos y la observó en silencio por un momento.

—Entonces, ¿qué? ¿Solo te hartaste de todo y decidiste quedarte aquí?

—Exactamente —respondió Alice con una sonrisa.

Era una respuesta simple, demasiado simple. Y cuanto más hablaba, más miedo tenía de que, en cualquier momento, dijera algo que delatara lo que pasó entre nosotros.

Alice me estaba ignorando deliberadamente. No me miró en ningún momento desde que empezamos esta conversación. No porque quisiera fingir que no estaba aquí, sino porque sabía que yo estaba incómodo.

Sabía que, si me miraba directamente, algo en mí me delataría.

No dije nada, pero mis manos estaban cerradas en puños.

Alice jugaba con el límite de lo que podía decir sin decirlo del todo. Si Kougami empezaba a notar algo raro, si hacía las preguntas correctas, entonces todo esto iba a salirse de control.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó Kougami, con su tono neutro pero su mirada afilada—. ¿Quedarte aquí para siempre y seguir viendo animes sobre el período Edo?

Alice rió suavemente.

—Es un plan tentador.

Kougami no sonrió.

—No es un plan. Es un escape.

El silencio se volvió denso. Alice dejó de jugar por un momento.

Y por primera vez en toda la conversación, giró la cabeza y me miró.

El peso de su mirada fue inmediato. No sonreía. No me estaba provocando.

Solo me miró, con algo que no supe descifrar.

Mi respiración se hizo más lenta. Sabía que estaba midiendo qué tan lejos podía llegar antes de que todo se rompiera. Alice se pasó una mano por el cabello con exasperación y dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón. No estaba intentando ocultar su irritación, ni suavizarla.

—¿Saben qué? Estoy harta. De la academia, de la terapia, de la maldita obsesión de todos por encajar en algo que no significa nada. De ustedes dos.

El aire en la sala se tensó de inmediato.

Kougami frunció el ceño, pero no dijo nada todavía. Yo, en cambio, sentí una punzada de advertencia en la nuca. Alice estaba molesta, realmente molesta, y eso nunca era algo fácil de manejar.

—¿De nosotros dos? —pregunté, aunque ya tenía una idea de lo que iba a decir.

Alice resopló, cruzándose de brazos.

—Sí, de ustedes dos. De cómo ninguno de los dos puede ser claro con nada. De cómo siempre parecen tener que racionalizar cada maldita cosa antes de hacerla, de cómo nunca pueden simplemente decir lo que piensan o lo que sienten sin darle vueltas.

Kougami soltó una risa seca, sin humor.

—Alice, ¿qué demonios estás diciendo?

— Estoy diciendo que son unos cobardes

Alice se incorporó en el sillón y lo miró directamente. Su furia era un incendio descontrolado, pero había algo más detrás de ella, algo que no era solo enojo.

—¿Por qué mierda no pueden simplemente ser honestos? ¿Por qué tengo que ser yo la que siempre pone las cartas sobre la mesa? ¿Por qué tengo que quedarme esperando a que se decidan, a que resuelvan sus propios conflictos internos, cuando yo ya sé lo que quiero?

Kougami se inclinó hacia adelante, con la mandíbula apretada.

—No es tan simple.

—Para mí sí lo es

Alice se quedó en silencio, como si estuviera tratando de contener su propia rabia.

—No sé cómo viven así. No sé cómo pueden andar por la vida pretendiendo que todo se puede postergar, que todo puede esperar hasta que lo tengan completamente resuelto en sus cabezas. No sé cómo pueden estar en una amistad como esta, en algo como esto, y seguir sin decir nada.

Kougami se quedó en silencio por un segundo, pero su expresión no se suavizó.

—Porque no es solo sobre lo que tú quieres, Alice.

—¿Y sobre qué es, entonces?

Alice se inclinó más hacia él, desafiándolo, exigiendo una respuesta que él no parecía listo para dar.

—¡Dímelo, Kougami! Dime por qué carajos no puedes ser claro conmigo. Dime por qué siempre estás al borde de decir algo y nunca lo dices. Dime qué mierda pasa por tu cabeza.

Kougami se tensó, su mirada volviéndose más dura, más peligrosa.

—No vengas a exigirme que sea claro cuando tú misma no sabes lo que quieres.

Alice se quedó quieta por un momento. Luego, rió. Pero no era una risa divertida.

—¿Eso crees?

Kougami no respondió.

Alice negó con la cabeza, con una sonrisa amarga en los labios.

—Eres increíble.

Se levantó del sillón, con la furia todavía marcada en cada uno de sus movimientos.

—No tengo tiempo para esto.

Me quedé mirando la escena sin moverme. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de lo que realmente estaba pasando.

Alice y Kougami estaban en su propio enfrentamiento, en su propia guerra no declarada, en algo que no tenía espacio para un tercero.

Y yo estaba fuera de la ecuación.

No importaba que últimamente hubiera estado más cerca de Alice, que hubiera sentido que algo entre nosotros estaba cambiando, que hubiera cruzado líneas con ella que nunca imaginé cruzar. En este momento, en esta discusión, era como si no estuviera en la habitación.

Alice me había mirado antes, me había retado antes, me había desafiado a responderle. Pero ahora, su pelea no era conmigo.

Era con él.

Me quedé en silencio, viendo cómo Alice se giraba con la intención de irse. Kougami no la detuvo, pero su mirada la seguía con una tensión contenida, como si todavía no hubiera decidido si responderle o dejar que se largara sin más. Algo dentro de mí se encendió antes de que pudiera detenerlo.

—¿Y yo qué, Alice?

Alice se detuvo en seco.

Se giró lentamente hacia mí, con una ceja arqueada y una expresión entre curiosidad y desafío. Kougami también me miró, pero no dijo nada.

—¿Tú qué, Gino?

Apreté los labios, sintiendo el peso de mi propia pregunta caer sobre mí antes de que pudiera siquiera encontrar una respuesta adecuada.

—Has estado evitándome por días, y ahora te pones a gritarle a Kougami como si él fuera el único que te debe algo.

Alice chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, mirándome con esa intensidad suya que nunca advertía pero que siempre lograba desarmar a los demás.

—¿Y qué quieres que haga, Gino? ¿Qué te grite a ti también?

Me levanté del sillón sin pensarlo, sintiendo la tensión en mi espalda.

—No, quiero que dejes de comportarte como si tú fueras la única que tiene derecho a estar enojada.

Alice rió con incredulidad.

—¿Disculpa?

—Estás actuando como si nosotros tuviéramos que darte todas las respuestas cuando tú tampoco has sido clara en nada.

—¿Yo no he sido clara?

Su tono subió, su postura se endureció, y en ese instante supe que la había provocado lo suficiente como para que no se contuviera.

—¿Acaso no fui yo la que dijo lo que pensaba? ¿Acaso no fui yo la que tomó la iniciativa? ¿Acaso no fui yo la que no huyó después de lo que pasó?

Sentí mi mandíbula apretar con fuerza. Kougami desvió la mirada levemente, su expresión se oscureció un poco, pero siguió observando sin meterse.

Alice sacudió la cabeza, con una risa incrédula.

—Dime algo, Gino. Si tanto te molesta lo que hago, si tanto te molesta lo que soy, ¿por qué fuiste tú el que me besó primero?

La pregunta cayó en la habitación como un golpe seco. Kougami me miró de reojo y sentí la presión de su mirada en mi nuca. Pero Alice no me dio tiempo para responder.

—Y más aún, ¿por qué nunca pudiste comportarte igual conmigo después de eso?

No lo sé. No tengo una maldita respuesta para eso.

Alice suspiró y bajó la mirada por un segundo, pero cuando volvió a alzarla, sus ojos no tenían burla, ni rabia, ni reproche. Solo agotamiento.

—Estoy cansada. De pensar en esto, de esperar, de ser siempre la que se adelanta mientras ustedes se quedan detrás, calculando cada maldito movimiento como si esto fuera un juego de ajedrez.

—No lo es —dije finalmente, con más aspereza de la que pretendía.

Alice me miró fijamente.

—Ah, ¿no? Porque así se siente.

No supe qué responder.

Alice exhaló y se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más de lo que ya estaba.

—No quiero hacer esto ahora.

Se giró de nuevo, y esta vez, ni Kougami ni yo intentamos detenerla.

Porque ambos sabíamos que, en este momento, nada de lo que dijéramos iba a cambiar lo que Alice estaba sintiendo.

Y lo peor es que yo tampoco sabía cómo cambiar lo que estaba sintiendo dentro de mí.

Kougami
El aire afuera se sentía más frío de lo que recordaba al entrar. No había viento, pero la noche pesaba sobre mis hombros con la misma intensidad con la que lo hacía todo lo que acababa de pasar. Caminé junto a Ginoza en silencio, alejándonos de la mansión Carter sin necesidad de decir a dónde íbamos. No había nada que discutir sobre eso. La única dirección posible era lo más lejos posible.

Mis pasos eran firmes, pero mi cabeza estaba en otro lugar. La voz de Alice aún retumbaba en mis oídos, las palabras que lanzó como cuchillas todavía estaban clavadas en mi pecho. No estaba enojada solo porque la habíamos ido a buscar. No se trataba de la academia, ni de que estuviera harta de todo lo que la rodeaba. Alice estaba enojada con nosotros. Conmigo, Con Ginoza. Y no por razones triviales. La forma en la que nos enfrentó, la dureza en su mirada, la manera en que casi nos exigía respuestas… como si estuviera cansada de esperar algo que nunca llega.

—No me esperaba esto —dijo Ginoza de repente, su voz rompiendo la quietud de la calle.

Giré la cabeza apenas, observándolo de reojo. Su expresión era tensa, pero su postura no mostraba nada que pudiera interpretarse como vulnerabilidad. Como siempre, intentaba contenerlo todo. Como si fingir que nada lo afectaba hiciera que fuera cierto.

—¿No esperabas qué? —pregunté, sin molestia, pero sin suavidad.

Ginoza resopló, sin cambiar el ritmo de su caminar.

—Que se pusiera así.

No respondí de inmediato. No porque no tuviera nada que decir, sino porque no estaba seguro de qué respuesta quería dar. No era como si yo hubiera previsto esto. Pero parte de mí lo veía venir. Alice no es alguien que acepte la indecisión. No es alguien que espere en silencio. No es alguien que se conforme con lo que no es claro.

—La hicimos esperar demasiado.

No fue un reproche, solo una observación. Pero Ginoza pareció tensarse.

—¿Esperar qué, exactamente? —su tono fue más cortante de lo que esperaba, más defensivo.

Lo miré por un instante y supe que la pregunta no era tan inocente como intentaba que sonara. La pregunta real estaba oculta bajo esa respuesta automática.

"¿Qué es lo que Alice quiere de nosotros?"

O quizás más bien, "¿Qué se supone que hagamos con lo que ella siente?"

Miré al frente, observando la calle vacía. El camino de regreso a la academia se sentía más largo de lo normal.

—No lo sé —respondí, aunque en el fondo, sabía que eso no era completamente cierto.

Alice no se conforma con menos de lo que quiere. Y lo que quiere es algo que ninguno de los dos ha sabido manejar.

Nos quedamos en silencio otra vez. Un silencio pesado, no incómodo, pero sí cargado de cosas que ninguno de los dos quería decir en voz alta.

—Así que la besaste.

Lo dije sin girarme a verlo, sin intención de que sonara a acusación. Pero igual sentí el impacto inmediato en su silencio.

Tardó un par de segundos en responder, lo suficiente para que supiera que la pregunta lo había golpeado más fuerte de lo que quería admitir.

—Fue… un error.

Mi mandíbula se tensó antes de que pudiera evitarlo. Un error.

La palabra quedó flotando en el aire entre nosotros. Una palabra que Alice nunca usaría.

Pensé en la forma en la que ella nos había enfrentado, en cómo prácticamente nos gritó que ella no era como nosotros, que no se pasaba la vida pensando en qué hacer antes de hacerlo. Pensé en lo que ella dijo sobre que siempre éramos los que nos quedábamos atrás, racionalizando todo en vez de simplemente vivirlo.

Pensé en la posibilidad de que Alice realmente sintiera algo por Ginoza.

Y pensé en que tal vez lo sentía por mí también.

Exhalé lentamente.

—No parece que Alice lo vea como un error.

Ginoza se detuvo, solo por un segundo, pero fue suficiente para que supiera que mi comentario lo había alcanzado.

Cuando seguimos caminando, su voz sonó más baja.

—Alice ve las cosas de una manera que yo no puedo.

Me reí entre dientes, sin alegría.

—Dímelo a mí.

Alice Carter no se parece a nadie más. No piensa como nadie más. No siente como nadie más. Y eso la hace difícil de entender, difícil de manejar, difícil de olvidar.

La imagen de ella, con los brazos cruzados y esa furia acumulada en su pecho, aún ardía en mi mente. La forma en que nos miró, como si esperara más de nosotros. Como si estuviera decepcionada de que no pudiéramos darle lo que pedía.

Mi camino se separó del de Gino unas cuadras atrás, y él se fue por su lado, posiblemente igual de confundido que yo.

No había viento, pero la ciudad parecía inmóvil, contenida en un estado de calma artificial que no coincidía con lo que estaba pasando dentro de mi cabeza. Mi cuerpo seguía avanzando por inercia, mis pasos resonaban sobre el pavimento sin dirección real, pero mi mente estaba atrapada en otro lugar, en otra casa, en otra habitación donde Alice Carter nos había enfrentado como si toda su rabia hubiera estado conteniéndose durante semanas solo para explotar en ese momento.

No era la primera vez que Alice se enojaba, no era la primera vez que nos desafiaba o que hablaba sin filtros, pero esta vez había sido diferente. Esta vez estaba harta. Esta vez su furia no era un juego. Y eso me dejó con algo en el pecho que no sabía cómo clasificar, algo que no podía sacudirme por más que intentara racionalizarlo.

Seguí caminando, con la mandíbula apretada, con el eco de su voz todavía clavado en mi cabeza. Todo lo que había dicho, cada palabra, cada maldito reclamo. Que está cansada de esperar, que está cansada de la indecisión, que nosotros dos no hacemos más que racionalizarlo todo mientras ella sigue adelantándose, mientras ella es la única que no tiene miedo de enfrentar lo que siente.

Y eso es lo que no tiene sentido.

Alice no puede estar hablando en serio. No puede ser que realmente esté tan afectada por esto. No puede ser que nos esté pidiendo algo que ni siquiera sabemos cómo darle.

No es como si yo sintiera algo tan intenso como para que esto tenga sentido.

No es como si la idea de que ella no vuelva a Nitto me afectara más de lo debido.

No es como si la idea de que ella decida alejarse de nosotros de forma definitiva me inquietara lo suficiente como para haber ido hasta su casa sin dudarlo.

No es como si la idea de que elija estar solo con Ginoza me molestara.

No es como si…

Me detuve en seco.

Porque era exactamente eso.

Porque me había estado mintiendo a mí mismo todo este tiempo.

Alice no es solo una amiga, no es solo alguien que me desconcierta, que me irrita, que me saca de mi eje con su manera de existir sin disculpas. Es algo más.

Y perderla no es una opción.

La idea de que nunca vuelva a la academia, la idea de que nunca vuelva a sentarse con nosotros en los almuerzos, la idea de que nos borre de su vida sin mirar atrás, es insoportable.

Alice no es reemplazable. Es única, inimitable, inevitable.

No sé cuándo pasó. No sé en qué momento cruzó la línea entre ser alguien que simplemente estaba en mi vida y convertirse en alguien que necesito en mi vida. No sé si fue la primera vez que la vi en la terraza, o cuando me di cuenta de que su música la consume de la misma forma en que ella consume todo lo que toca. No sé si fue cuando empezó a tocarme sin dudarlo, sin pensar en si debía o no hacerlo, o si fue cuando me di cuenta de que ya no podía ignorarla, aunque quisiera hacerlo.

Pero pasó.

Y ahora no puedo volver atrás.

Exhalé con fuerza y pasé una mano por mi rostro, sintiendo cómo mi cuerpo finalmente reconocía la tensión que había estado acumulando todo este tiempo.

La amo.

No es una palabra que use con facilidad, no es algo que haya pensado antes, no es algo que siquiera haya considerado hasta este momento. Pero ahora que lo sé, no puedo deshacerlo.

Y no puedo hacer nada con ello.

Porque Alice no es alguien a quien pueda simplemente confesarle esto. Alice no es alguien con quien pueda ser impulsivo. No puedo decírselo, no puedo actuar como si esto cambiara algo, no puedo buscar que me elija, porque si realmente la amo, entonces lo correcto es esperar.

Si no es compatible conmigo, entonces no hay nada que pueda hacer. Si lo es, entonces sabré que esperar valió la pena. Eso es lo único que tiene sentido, esperar hasta que se pueda medir la compatibilidad. No apresurar nada. No presionar nada. Solo estar allí, cerca, sin alejarme, pero sin exigirle nada.

Alice no entendería esto. Si le dijera que la amo pero que no haré nada al respecto por ahora, me llamaría un idiota, me preguntaría por qué me contengo si ya lo sé. Pero Alice nunca ha tenido que esperar, nunca ha tenido que contenerse por un futuro que todavía no es seguro. Yo sí.

Seguí caminando, con la cabeza todavía llena de su imagen, de su voz, de su enojo, de la intensidad de todo lo que es. Ya no hay marcha atrás.

Alice no es como nadie más. Nunca lo ha sido. Desde que la conocí, desde la primera vez que a vi hablar como si el mundo entero le perteneciera, supe que Alice Carter no es alguien a quien puedas meter en una categoría predecible. Ella no mide lo que siente, no lo reprime, no lo oculta, no espera el momento adecuado. Alice siente con toda su fuerza o no siente en absoluto.

Y es por eso que esto es un problema, porque sé cómo ama Alice.

No es un amor tibio, no es un amor que pueda coexistir con la prudencia, con la racionalidad, con la moderación. Alice no ama en silencio. No ama con cuidado. Alice ama como si el mundo fuera a terminar mañana. Ama con la certeza de que no hay más opciones que entregarse por completo. Ama sin miedo a destruirse.

Y yo no puedo dejar de amarla a pesar de eso. Tal vez incluso la amo por eso.

Tal vez es esa intensidad la que me arrastra hacia ella sin que pueda evitarlo. Quizás es porque Alice es fuego y caos y vida, porque cuando está cerca, todo se siente más real, más afilado, más tangible. Porque cuando está lejos, el mundo se vuelve más gris.

Pero ella no espera. Alice exige respuestas, empuja hasta que obtiene lo que quiere. No es alguien que se quedará en pausa esperando que yo decida cuándo actuar.

Y, aun así, no puedo hacer nada con lo que siento.

No puedo decírselo. No puedo confesarle que la amo, no cuando sé que eso significaría que Alice lo tomaría como una declaración de guerra, como un permiso para derribar cada barrera, para exigir más de lo que yo podría darle ahora. Porque si Alice supiera que la amo, no aceptaría esperar.

Pero yo tengo que esperar.

Porque ahora mismo, lo único que sé es que la amo y que ella no lo sabe.

Que la amo, y que no puedo hacer nada al respecto.

Que la amo, y que todo lo que puedo hacer es esperar.

Y que esperaría toda la vida si fuera necesario.

Ginoza

El camino de regreso a casa se sintió interminable, pero no porque la distancia fuera mayor de lo normal, sino porque mi cabeza estaba completamente atrapada en la espiral de pensamientos que Alice Carter había dejado tras de sí. La discusión en la mansión Carter todavía resonaba en mi cabeza, cada palabra suya, cada mirada, cada maldita frase dicha con esa facilidad exasperante, como si fuera la única persona en el mundo capaz de ver la realidad con claridad y el resto de nosotros solo estuviéramos fingiendo que no entendemos. No pude soportarlo. No pude soportar verla así, tan harta, tan ajena a todo, como si realmente ya no le importara lo que pasara con nosotros. Conmigo.

Había tratado de ignorarlo cuando nos fuimos de su casa, cuando me separé de Kougami y tomé mi propio camino de vuelta, pero en cuanto estuve solo, el peso de lo que había pasado se hizo imposible de esquivar. Todo el maldito camino hasta mi casa, con cada paso que daba, mi mente regresaba a la misma imagen de Alice con los brazos cruzados, con la mandíbula apretada, con los ojos llenos de algo que no había visto antes en ella. Algo que no era solo enojo, no solo rabia, sino una decepción que no supe cómo manejar. Una decepción dirigida a mí, a Kougami, a todo lo que éramos para ella, o tal vez a lo que nunca habíamos sido.

Abrí la puerta de casa con demasiada fuerza y apenas crucé el umbral, Dime vino corriendo a recibirme, moviendo la cola con esa alegría inquebrantable que siempre tenía cuando llegaba. No le presté atención. Solo pasé junto a él y me dejé caer en el sofá, soltando un suspiro largo mientras me pasaba una mano por la cara. Dime apoyó su hocico en mi rodilla, buscando mi atención, pero ni siquiera podía mirarlo sin pensar en la forma en que Alice le habría hablado aquel día que estuvo en esta sala de estar, cómo lo habría acariciado sin que él pusiera la más mínima resistencia, cómo seguramente rompió mi estricta disciplina de adiestramiento con la facilidad con la que todo en su vida parece ceder ante ella. Me incliné hacia adelante, presionando los codos contra mis rodillas y apreté la mandíbula con fuerza.

Alice me besó. Yo la besé primero. Pero ella me besó de vuelta. Y ahora actúa como si nada hubiera pasado.

Tal vez debería haber sabido que esto pasaría. Tal vez fue mi culpa por siquiera cruzar esa línea con ella, por haber cedido un segundo ante algo que no pensé y que ni siquiera sé cómo explicar. Alice nunca me dio razones para pensar que haría algo distinto a lo que hizo. No es alguien que se arrepienta, que se detenga, que piense demasiado en las cosas antes de hacerlas. Si quiso besarme, lo hizo, y si decidió que después de eso podía seguir adelante sin más, también lo hizo. Y yo, en mi estupidez, pensé que podía hacer lo mismo.

Pero no puedo.

Y lo peor de todo es que ahora me doy cuenta de que Alice tampoco puede.

No está bien. La Alice que vimos hoy, la que nos miró con ese agotamiento en los ojos, no es la misma que me provocaba en la biblioteca, que me desafiaba en cada partida de ajedrez, que me lanzaba comentarios como si fueran balas solo para ver si lograba sacarme de mi eje. No es la misma que me dijo que le gusto como si no fuera algo que cambiara nada. No es la misma, y yo no sé en qué momento dejó de serlo, pero lo hizo.

Me levanté del sofá, caminé hasta la cocina sin saber exactamente qué estaba buscando, abrí la puerta del refrigerador y la cerré sin tomar nada. Mi cabeza seguía llena de ella, de la imagen de su cabello despeinado, de la forma en que se reclinó en el sillón con una falsa indiferencia, de la música a todo volumen que intentaba ahogar lo que realmente sentía.

Creo que la amo.

La idea me golpeó con tal fuerza que me quedé quieto en medio de la cocina, con los dedos apretados contra la mesa como si necesitara algo en qué sostenerme.

No.

No.

Esto no es amor.

No puede ser amor.

No puede ser amor porque Alice Carter no es, ni remotamente, el tipo de persona a la que yo podría amar. Porque ella es caos, porque ella es incontrolable, porque todo lo que hace me saca de mi eje, porque nunca deja que las cosas se mantengan en equilibrio, porque desde el primer momento en que entró a mi vida, no ha hecho más que derribar cada estructura que intento mantener en pie.

No puede ser amor porque si lo es, entonces no tengo idea de qué hacer con eso.

No puede ser amor porque si lo es, entonces tengo que enfrentar el hecho de que la posibilidad de perderla me está comiendo vivo.

No puede ser amor porque si lo es, entonces significa que todas las veces que fingí que Alice no me importaba, que podía alejarme de ella, que podía verla reír con Kougami sin que me afectara, que la bese y me dije a mi mismo que no significaba nada, todas esas veces me estaba mintiendo descaradamente.

Dime gimió a mi lado, como si pudiera sentir mi agitación, pero ni siquiera pude reaccionar. Mi cabeza seguía dando vueltas sobre la misma idea, sobre la misma conclusión que ya no podía rechazar.

La amo.

La amo y no sé qué hacer con eso.

La amo y no sé si ella siente lo mismo.

La amo y me aterra la idea de que sea demasiado tarde, de que ya haya decidido que no vale la pena seguir intentándolo con nosotros.

Me apoyé contra la mesa con ambas manos, sintiendo mi respiración más agitada de lo normal. No podía seguir ignorándolo, no después de todo lo que había pasado, no después de verla así, no después de que todo su enojo se sintiera como una despedida antes de siquiera irse.

Todo, al final, es culpa de Dime, por dejarse acariciar sin permiso.

Por permitir que Alice Carter hiciera con él lo que hace con todo en su vida: entrar sin pedir permiso, sin avisar, sin preguntar si puede. Tomarlo como suyo sin que nadie se lo conceda.

No la vi haciéndolo, pero puedo imaginármelo.

Puedo verla inclinándose, su cabello cayendo en cascada mientras Dime, con su ridícula facilidad para rendirse ante el afecto, movía la cola, entregado a ella como si la conociera de toda la vida. Puedo escuchar su voz, hablando en ese tono dulce y sin esfuerzo que usa cuando algo realmente le gusta, cuando algo la conmueve sin que pueda ocultarlo. Puedo verla apoyando la frente contra la de él, riendo suavemente, sus manos hundiéndose en su pelaje como si fuera la cosa más natural del mundo.

No necesitó conocerlo más de un minuto para que él la aceptara.

Y yo tampoco.

No fue inmediato, pero Alice siempre ha tenido esa forma de moverse, de instalarse en los espacios sin pedir permiso. Se metió en mi rutina sin que lo notara, en mis pensamientos sin que lo permitiera, en mi vida sin que la dejara pasar.

Y ahora no puedo sacarla de ahí.

No puedo dejar de pensar en cómo su ausencia se siente más real que cualquier cosa en Nitto, en cómo su enojo aún resuena en mi cabeza, en cómo su mirada me atravesó antes de marcharse. No puedo dejar de pensar en que si Alice no vuelve, si realmente decide que ya tuvo suficiente de nosotros, entonces no sé qué hacer con todo esto que siento.

Dime se acerca a mí y me mira con sus ojos desiguales, su hocico rozando mi brazo con la misma lealtad de siempre, como si no tuviera idea de que todo esto empezó con él. Como si no entendiera que él es la razón por la que Alice se metió tan adentro de mi vida.

Respiro hondo y me paso una mano por la cara.

Todo, al final, es culpa de Dime.

Por dejarse acariciar sin permiso.

Por dejarme hacer lo mismo.

Alice
Voy a volver a Nitto.

No porque quiera, porque tenga ganas o porque extrañe estar allí.

Voy a volver porque estar en casa se siente insoportablemente monótono.

Al principio, fue cómodo. Me levantaba cuando quería, hacía lo que quería, nadie me preguntaba nada, nadie esperaba nada de mí. No había horarios, no había expectativas, no había nada que cumplir. Solo yo, el rock antiguo, el five o' clock tea y la enorme mansión Carter como mi propio universo privado.

Pero después de un tiempo, todo empezó a sentirse demasiado igual a la vida que llevaba antes de Nitto. Las mismas habitaciones, los mismos pasillos, el mismo sonido de mis propios pasos sobre el suelo de mármol, los mismos animes de samuráis repitiéndose en la pantalla, la misma música una y otra vez, la misma sensación de que algo dentro de mí se está apagando (de nuevo).

La casa es grande, pero se siente pequeña.

La casa es mía, pero también se siente como una jaula.

La casa es cómoda, pero la comodidad me estanca.

Porque esos dos idiotas me deben más que una disculpa, no pienso dejarlos salirse con la suya, no después de cómo me trataron, no después de todo lo que no dijeron, de todo lo que se guardaron, de todo lo que fingieron que no existía. Me deben explicaciones, porque me deben respuestas, porque me deben mucho más de lo que están dispuestos a admitir.

He pasado semanas tragándome esta rabia, soportando su silencio, dándoles tiempo para que lleguen a sus propias conclusiones, para que por una vez en sus malditas vidas se enfrenten a lo que sienten en lugar de esconderse detrás de sus estructuras perfectas y su maldita racionalidad.

Voy a volver porque yo no soy como ellos. No soy alguien que huye, no me quedaré esperando a que los demás se den cuenta de lo obvio. No voy a aceptar quedarme en segundo plano cuando ya puse todo sobre la mesa.

Si me quieren en sus vidas, van a tener que demostrarlo.

Si realmente significo algo para ellos, van a tener que hacer algo al respecto.

Voy a volver a Nitto.

Pero esta vez, ellos son los que van a tener que moverse.

Kougami

Cuando la vi entrar a la academia a la semana siguiente, sentí alivio. No lo esperaba, no lo había planeado, pero ahí estaba, hundiéndome el pecho con más fuerza de la que quería admitir. Alice estaba de vuelta. No se había ido para siempre. No nos había borrado de su vida.

Pero entonces nuestras miradas se cruzaron por un instante y ella simplemente la desvió. No con incomodidad, no con rabia, sino con una elegancia precisa, como si no tuviera necesidad de detenerse en mí, como si yo fuera solo otro estudiante más. Como si nuestra historia no significara nada.

No apareció en ningún sitio donde solía estar. No fue a la biblioteca. No estuvo en la sala de música. No apareció en el estudio de danza. Pero yo la veía en todas partes.

Nos cruzamos en los pasillos, en la entrada, en el comedor, en las escaleras. Alice estaba ahí, presente, pero inaccesible. No evitaba estar en los mismos lugares que yo, pero tampoco hacía nada por reconocer mi existencia. No me miraba. No me buscaba. No dejaba rastros de que alguna vez había estado en mi vida.

Y eso me jodía más de lo que debería.

Porque Alice nunca había sido así. Nunca había sido alguien que se apartara sin decir nada. Si te quería lejos, te lo hacía saber. Si estaba molesta, te lo dejaba claro. Pero esto no era enojo, no era resentimiento, no era venganza. Esto era Alice sacándonos de su mundo de la forma más simple y efectiva posible: decidiendo que ya no importábamos.

Lo peor fue verla interactuar con otras personas. No era como antes, no era la Alice que llegaba sin avisar y hablaba sin filtros, no era la Alice que irrumpía en conversaciones solo para ver cómo reaccionaban los demás. Era cortés, breve, sin comprometerse demasiado. Pero ahí estaba, hablando con gente nueva, con personas que no éramos Ginoza ni yo.

Me quedé observándola más tiempo del que debería.

No porque no entendiera lo que estaba pasando. Sino porque me negaba a aceptarlo.

Ginoza

Alice volvió a la academia como si nada hubiera pasado. Como si la última vez que la vimos no hubiera sido en su casa, con la música a todo volumen, gritándonos que estaba harta de nosotros, de todo. Como si no hubiera pasado semanas enteras desaparecida, sin dejarnos ni una sola pista sobre si pensaba volver o si simplemente nos había descartado por completo. Pero lo peor de todo no fue que volviera.

Lo peor fue que actuó como si no existiéramos.

La vi en los pasillos, en las escaleras, en la entrada de la biblioteca. Siempre en movimiento, siempre rodeada de personas que no éramos nosotros. No nos evitaba de forma obvia, no fingía no vernos, pero cuando nuestras miradas se cruzaban, desviaba la vista con una precisión perfecta. No con incomodidad, no con rabia, sino con esa elegancia suya que hacía que todo pareciera un acto cuidadosamente calculado.

Y lo que más me molestaba era que le funcionaba.

Como si realmente pudiera seguir adelante sin más, como si pudiera arrancarnos de su vida sin que significara absolutamente nada.

Pero lo que me sacaba de quicio más que cualquier otra cosa era el hecho de que estaba haciendo esto dos semanas antes de los exámenes.

Dos semanas.

Después de todo lo que pasamos juntos, después de que ella fue la que se preocupó por asegurarse de que tuviera los materiales, de que no estuviera en desventaja, de que todo estuviera en orden. Y ahora, de repente, simplemente no está.

No es su responsabilidad, lo sé. Nunca lo fue. Nadie le pidió que lo hiciera, nadie le exigió nada. Pero lo hizo. Y ahora, después de todo, decide desaparecer, decide alejarse, decide que ya no importamos.

Alice Carter es una maldita.

No puedo creer que esté haciendo esto.

No puedo creer que me esté haciendo esto.

Porque si todo realmente no significó nada, si realmente puede seguir adelante sin más, si puede ignorarme con tanta facilidad, entonces el problema nunca fue ella.

El problema siempre fui yo.