Kougami
Despierto con la sensación de algo tibio y suave contra mi piel, el peso ligero de una respiración ajena mezclándose con la mía. Mi mente tarda un poco en conectar los puntos, en recordar exactamente dónde estoy y por qué mi cuerpo se siente tan diferente. Pero entonces, sin necesidad de girar la cabeza, lo sé.
Es que pase la noche con Alice.
El calor de su cuerpo aún se mantiene en la cama, aunque ella ya no está tan pegada a mí como anoche. Puedo sentir la forma en que su brazo se desliza suavemente sobre la sábana, la manera en que su respiración se vuelve un poco más profunda cuando comienza a despertarse. Pero yo ya estoy despierto. Desde hace rato. Desde el momento en que abrí los ojos y me di cuenta de lo que significa esto.
La noche anterior sigue clara en mi mente, cada instante grabado en mi memoria con una precisión absurda. No puedo evitarlo, es imposible ignorar lo que pasó entre nosotros, la forma en que cruzamos un límite que ni siquiera creí que estaba tan cerca de romperse. Pensé que esto tardaría años en pasar, que habría más tiempo antes de llegar hasta aquí, que Alice seguiría jugando con la idea, pero sin empujarla hasta el final. Me equivoqué.
Ella me vio desnudo. Y yo la vi a ella. Y fue perfecto.
No debería sorprenderme tanto, no después de lo que pasó, pero sigue pareciéndome irreal. Es un nivel de intimidad que nunca imaginé tener tan pronto, una cercanía que no estaba seguro de querer experimentar todavía. Pero lo hice. Y lo disfruté. Lo disfruté más de lo que debería, al punto de que ahora, despierto en su cama, con su perfume todavía impregnado en mi piel, mi cuerpo reacciona sin que pueda evitarlo.
Cierro los ojos y respiro hondo, intentando calmarme, pero mi cuerpo tiene otra idea. La erección es inevitable, un recordatorio físico de todo lo que pasó y de todo lo que aún sigue latiendo dentro de mí. Maldita sea. No es como si Alice fuera a dejarlo pasar si se da cuenta. Ella nunca deja pasar nada.
Pero entonces siento que se mueve. Sus pestañas rozan mi mejilla cuando abre los ojos lentamente, y yo hago lo posible por mantenerme neutral, por no tensarme demasiado, por no delatarme con el más mínimo gesto. No quiero que lo note, no quiero darle otra razón para provocarme. Pero Alice, contra todo pronóstico, no dice nada.
Me mira por un instante, como si estuviera evaluando mi expresión, como si estuviera decidiendo qué hacer con esta situación. Pero en lugar de sonreír con esa burla suya, en lugar de lanzar un comentario que me haga querer enterrar la cabeza en la almohada, solo se mueve con calma, con una suavidad inusual en ella.
Se estira un poco, sus músculos relajándose con el movimiento, y luego, sin siquiera mirarme demasiado, se desliza fuera de la cama. Se inclina ligeramente hacia un perchero donde cuelga una bata de satén y se la pone sin prisa, ajustando la tela contra su cuerpo con un movimiento pausado, casi elegante. Me cuesta apartar la vista. No porque quiera verla, sino porque no entiendo qué está pasando. Esperaba algo más. Esperaba que dijera algo sobre lo que pasó anoche, que intentara ponerle palabras a lo que significa esto para nosotros. Pero Alice solo actúa como si todo estuviera bien. Como si todo fuera normal.
Cuando se gira hacia mí, mi respiración se mantiene en mi pecho por un segundo. Temo que vaya a decir algo que me haga querer matarme de la vergüenza, pero lo que dice es completamente distinto a lo que esperaba.
—Seguramente el desayuno ya está listo —dice, con voz tranquila, sin rastros de burla ni provocación—. Baja cuando te sientas tranquilo.
Tranquilo. Como si eso fuera posible.
Pero Alice no se queda esperando una respuesta. No me mira demasiado, no deja que mis silencios se conviertan en algo incómodo. Solo se acerca con una naturalidad sorprendente y me besa la frente, un gesto tan simple y tan íntimo a la vez que me deja momentáneamente congelado. Y luego, sin más, se gira y sale de la habitación, dándome el espacio que no sabía que necesitaba.
Me quedo ahí, en la cama, con la sábana a medio cubrir mi cuerpo, sintiendo la ausencia de Alice como un peso extraño en el aire. No sé qué hacer con todo esto. No sé cómo manejar la forma en que ella simplemente aceptó lo que pasó sin necesidad de dramatizarlo, sin hacerme sentir que tenía que justificar nada. No sé cómo manejar el hecho de que no hizo una broma, que no intentó jugar conmigo. No sé cómo manejar la sensación de que me entiende, de que supo exactamente qué hacer para que no me sintiera expuesto, para que no me sintiera incómodo con algo que, de por sí, ya es suficiente para descolocarme.
Respiro hondo y me paso una mano por la cara, intentando despejarme. Sé que no puedo quedarme aquí todo el día, sé que en algún momento tendré que levantarme, vestirme y bajar a enfrentar lo que sea que venga después. Pero por ahora, solo me quedo ahí, dejando que la sensación de su beso en mi frente se quede conmigo un poco más.
Bajo las escaleras con pasos medidos, sintiendo todavía el peso de la noche en mi cuerpo. No solo por lo que pasó, sino por lo que significa. Lo que sea que esto sea, lo que sea que estamos haciendo, no se siente como algo que necesita explicaciones, pero tampoco es algo que pueda ignorar. No puedo evitar preguntarme cómo será verla después de esto, si habrá alguna diferencia en la forma en que me mira, en la manera en que hablamos. Pero cuando llego a la cocina y la veo, la respuesta es inmediata.
Alice está ahí, con el cabello todavía un poco desordenado de la noche, su bata de satén cubriéndole los hombros mientras acomoda las tazas en la mesa con una facilidad que parece demasiado natural. No me mira de inmediato, no porque me esté ignorando, sino porque no necesita hacerlo. Como si ya supiera que estoy ahí, como si mi presencia fuera algo que da por hecho, algo que no necesita ser anunciado ni reconocido con palabras innecesarias.
Me quedo en el umbral por un momento, observándola. Hay algo en la manera en que se mueve que me resulta extrañamente familiar, como si lo hubiera visto antes aunque sé que no es así. Alice no es el tipo de persona que se esfuerza por hacer que los demás se sientan cómodos, pero conmigo... conmigo lo hace de una forma que no es evidente, que no es forzada. No es dulzura en exceso, no es un gesto exagerado de afecto. Es algo más sutil, más real.
—El café está listo —dice sin girarse, como si supiera que me tomará un segundo más antes de acercarme.
Camino hacia la mesa y tomo asiento sin decir nada. No porque no tenga nada que decir, sino porque no es necesario. Alice me alcanza una taza sin mirarme demasiado, sin hacer un gesto innecesario. Sus dedos rozan los míos por un instante cuando la tomo, y por alguna razón, ese pequeño contacto se siente más significativo que cualquier otra cosa.
Ella se sienta frente a mí y empieza a servirse su propio desayuno con la misma calma de siempre. No hay tensión, no hay incomodidad. No actúa como si algo hubiera cambiado entre nosotros, pero al mismo tiempo, todo ha cambiado. Lo sé porque no necesito agradecerle por lo de la habitación, por la manera en que simplemente me dejó espacio para manejar la situación a mi ritmo. No necesito decirle que aprecio que no haya hecho ninguna broma, que no haya dicho nada que me pusiera incómodo. Alice entendió sin que yo tuviera que decirle nada. Y yo entiendo que eso, de alguna forma, es su manera de demostrarme que quiere estar conmigo.
No porque lo que pasó anoche sea lo único importante. No porque necesitemos cruzar esa línea para que esto tenga sentido. Sino porque entre nosotros, todo siempre ha sido así. Una mezcla de deseo y entendimiento que no necesita ser verbalizado, que simplemente existe. Y aunque ninguno de los dos va a llamarlo amor, aunque sabemos que no vamos a ponerle un nombre a esto, tampoco hay otra manera de llamarlo.
La miro mientras parte un pedazo de pan y lo unta con mantequilla, su expresión tranquila, sin rastro de la Alice provocadora que suelo ver en otros momentos. Hay una ternura en ella que es sutil, contenida en pequeños gestos que no busca resaltar. No es excesiva, no me abruma con demostraciones innecesarias, pero de alguna manera, todo en ella me hace saber que está aquí. Que está conmigo. Y que lo estaría incluso si anoche no hubiera pasado nada.
Siento algo en mi pecho, algo que no puedo definir, pero que sé que está ahí. Algo que no necesita confirmación en voz alta, que no necesita preguntas ni respuestas. Porque si esto no es compatibilidad, no sé qué más podría serlo.
Me llevo la taza de café a los labios y tomo un sorbo, el calor del líquido recorriéndome la garganta mientras la observo sin decir nada. Porque no hace falta. Porque Alice, con su simple presencia, con la manera en que me permite ser sin pedir explicaciones, ya me lo ha dicho todo.
Alice parece relajada, pero hay algo en la manera en que exhala antes de hablar que me dice que está midiendo sus palabras. No es algo que haga seguido. No suele detenerse antes de decir lo que piensa, pero ahora lo hace. Ahora, se toma un segundo más del necesario, como si quisiera asegurarse de que no va a joder esto.
—No quiero mentirte, Kou —dice finalmente, su voz más baja de lo normal, más… controlada.
Levanto la mirada de mi café y la observo. Su expresión no es de alguien que está a punto de decir algo que va a herirme, pero tampoco es completamente neutral. Hay un peso en sus palabras que ya siento antes de que las termine de decir.
—Pasaron cosas con Ginoza también.
No hago ningún gesto, no cambio de postura, pero Alice me conoce demasiado bien como para no notar la manera en que mis dedos aprietan el asa de la taza con más fuerza de la necesaria.
No digo nada de inmediato. No porque no tenga qué decir, sino porque necesito procesarlo, porque necesito asegurarme de que mi respuesta sea la correcta. Alice espera, pero sigue adelante, como si supiera que no la voy a interrumpir.
—Claramente no del mismo tenor —agrega, y hay algo en su tono que me dice que está intentando aligerarlo, pero sin hacer que parezca menos importante—. Pero eso no significa que quiero que te sientas limitado. No estoy en una relación con Ginoza, no hay ninguna… exclusividad en esto. Y no quiero que pienses que tienes que avanzar conmigo por esto.
Sus palabras son medidas, pensadas. Es raro en ella. Normalmente, Alice deja que todo salga sin filtros, que las cosas caigan donde tengan que caer. Pero esto… esto lo está diciendo con cuidado. Con responsabilidad. Como si entendiera el peso de lo que significa para mí.
No sé si eso me calma o si me jode más.
—No quiero forzarte a hacer nada —continúa, sin apartar la mirada de mí—. Y si anoche sentiste presión de alguna forma… lo lamento.
Frunzo el ceño. No porque me haya molestado lo que pasó anoche, sino porque la idea de que Alice piense que lo hizo sin que yo lo deseara me parece absurda. Pero no la interrumpo. La dejo seguir porque es importante para ella decir esto.
—No soy… —hace una pausa, mordiendo el interior de su mejilla por un instante—. No soy particularmente buena en esto, ya sabes. No sé manejar bien las cosas cuando se trata de otras personas, y mucho menos cuando se trata de ti.
Levanta la vista, y nuestros ojos se encuentran. Hay algo crudo en su expresión, algo que rara vez deja ver. Alice no es alguien que se detenga a pensar demasiado en cómo sus acciones pueden afectar a los demás, pero esto… esto es distinto. Porque se trata de mí. Y Alice no quiere herirme.
—No sé qué esperas de mí en estos tres años —admite, su voz bajando un poco—. Si no podemos explorar lo que hay entre nosotros ahora… ¿qué se supone que debería hacer?
No menciona amor. No necesita hacerlo. Lo siento en cada palabra, en la forma en la que se esfuerza por no decir lo equivocado, por no hacerme sentir atrapado en algo que no pedí. Pero lo que Alice no entiende es que esto, lo que hay entre nosotros, ya es inevitable.
Respiro hondo y dejo la taza en la mesa, enderezando mi postura.
—No necesitas hacer nada —respondo finalmente, con calma— No tienes que esperarme. No tienes que detenerte por mí.
Alice parpadea, como si no esperara esa respuesta. Tal vez pensó que iba a pedirle algo, que iba a exigirle algo. Pero no soy así. No sería justo.
—No voy a pedirte que dejes de hacer algo solo porque quiero esperar —continúo, observándola atentamente— No sería justo para ti.
Ella me mira, y puedo ver el conflicto en sus ojos. Alice no es alguien que se limite, que se contenga por otras personas, pero conmigo… conmigo es diferente. Y aunque no lo diga en voz alta, aunque no lo verbalice, sé que una parte de ella quiere que le pida que lo haga. Que le pida que solo me espere a mí.
Pero no lo haré.
—¿Te molesta? —pregunta, sin rodeos.
Exhalo lentamente.
—Sí.
Alice asiente. No parece sorprendida.
—¿Vas a hacer algo al respecto?
La observo por un momento, entendiendo lo que realmente me está preguntando. Quiere saber si voy a ceder, si voy a cambiar de opinión, si voy a romper mi propia regla por ella.
—No —digo, con la misma firmeza de siempre.
No quiero que Ginoza esté cerca de ella. Me molesta. Me jode. Pero no voy a hacer nada para evitarlo. Porque si Alice realmente siente lo mismo por mí—y sé que lo siente—entonces lo que pase en estos tres años no va a cambiar nada.
Porque el amor que siente por mí no se va a diluir. Nunca.
Alice suspira y apoya la barbilla en su mano, mirándome con algo que parece mezcla de resignación y afecto.
—Sabes que lo nuestro nunca va a ser sencillo, ¿verdad?
Sonrío apenas, con esa certeza que me ha acompañado desde el primer día que la conocí.
—Nunca esperé que lo fuera.
Nos quedamos un rato más en la cocina, sin decir demasiado. No hay necesidad. La conversación de antes nos dejó con suficiente peso en el aire, pero no es un peso incómodo. Es solo la confirmación de algo que ya sabíamos. Algo que estuvo ahí desde hace tiempo y que ninguno de los dos se molestó en nombrar porque simplemente no hacía falta.
Alice se mueve con naturalidad, recogiendo algunas cosas de la mesa, pasando los dedos por el borde de su taza antes de finalmente llevarla al fregadero. Se nota que está relajada, pero al mismo tiempo… atenta. Como si estuviera consciente de cada uno de mis movimientos, de cada cosa que hago incluso cuando no digo nada.
Yo también lo estoy.
Porque la verdad es que no quiero irme todavía.
Pero sé que tengo que hacerlo.
—Debo volver a casa —digo finalmente, mi voz cortando el silencio tranquilo que se había instalado entre nosotros.
Alice asiente, sin mostrar sorpresa. Claro que no. Ella siempre sabe cuándo me voy a ir antes de que lo diga. No porque sea obvia la situación, sino porque me conoce. Porque entiende la forma en la que mis pensamientos empiezan a girar cuando sé que algo está por terminar.
No me detiene. No me pide que me quede un poco más. Pero tampoco hace que irme sea algo simple.
Camino hacia la entrada, y ella me sigue, siempre un paso detrás, siempre con esa despreocupación que parece casi ensayada, pero que en realidad es genuina. Se detiene cuando yo lo hago, justo frente a la puerta. No nos miramos inmediatamente, porque no lo necesitamos.
Solo cuando ya no queda más que decir, cuando ya no hay excusas para quedarme unos minutos más, Alice levanta la vista hacia mí.
—Nos vemos, Kou —dice, con esa voz suya que nunca es completamente ligera, que siempre deja algo más en el aire.
Antes de que pueda responder, se inclina hacia adelante y me besa.
Es suave, lento, sin prisa. No hay urgencia en el gesto, no hay necesidad de hacer que sea algo más de lo que ya es. Su boca se acomoda sobre la mía con una facilidad que me hace preguntarme cómo fue que alguna vez pensamos que esto podía evitarse. Su perfume todavía está impregnado en mi ropa, en mi piel, en mi respiración. Y mientras la beso de vuelta, me doy cuenta de que va a quedarse ahí incluso después de que me vaya.
Alice no me abraza. Sé por qué. La bata de satén apenas cubre su cuerpo, y aunque sé que nunca le ha importado la incomodidad ajena cuando se trata de provocarme, esta vez… esta vez no quiere que me sienta incómodo. Lo hace con cuidado, con respeto. Y eso, de alguna forma, hace que el beso pese más.
Cuando nos separamos, ella me mira con una expresión que no puedo definir del todo. Algo entre resignación y entendimiento. Algo que dice que sabe que voy a irme, pero que no por eso le gusta.
No necesito decir nada más. No necesito pedirle que me espere ni darle ninguna promesa. Alice no necesita eso. Ya lo sabe.
Alice
Kougami se fue hace unos minutos, y yo sigo aquí, en la sala de estar, con las piernas recogidas sobre el sofá, envuelta en la bata de satén que nunca me molesté en atar del todo. Hay algo en el aire, algo que se siente diferente. No es nostalgia, no es vacío, no es incertidumbre. Es… plenitud.
Sonrío para mí misma, porque es absurdo lo bien que me siento. No importa que no hayamos llegado hasta el final, no importa que no hayamos cruzado esa última barrera. Disfruté cada maldito segundo de la noche con Kougami. De sentir su piel contra la mía, de cómo su respiración se mezclaba con la mía, de la manera en que me miraba como si fuera la única persona en el mundo.
Ahora lo entiendo.
Entiendo la fijación de directores de cine, de novelistas, de dramaturgos con el sexo. Es la forma más primitiva del arte. No porque sea un simple acto físico, sino porque, cuando se hace bien, cuando hay deseo, cuando hay intención, es puro lenguaje corporal, es una coreografía instintiva, es un juego de ritmo y tacto que dice más que cualquier diálogo. Y aunque Kougami es tan inexperto como yo, se nota que sabe lo que hace.
Me río sola, sacudiendo la cabeza mientras me levanto del sofá. El suelo frío me hace estremecer, pero no me importa. Necesito algo, una especie de celebración ridícula para este momento, porque nunca me había sentido así.
Me acerco al sistema de sonido y busco la canción perfecta, porque esto no puede quedarse en el silencio. Tiene que haber música.
Y claro, en cuanto la veo en la lista, sé que no hay otra opción.
La voz de Madonna llena la sala con los primeros acordes de Like a Virgin, y yo suelto una carcajada genuina mientras dejo que el sonido inunde el espacio. Es tan ridículo y tan perfecto que no puedo evitar reír.
Cierro los ojos, moviéndome al ritmo de la canción, sintiendo la libertad de simplemente existir en este instante. Estoy feliz. No confundida, no dudosa, no preocupada. Simplemente feliz.
Y no es porque Kougami sea guapísimo, aunque lo es. Ni porque su cuerpo sea musculoso en la medida justa, lo suficiente para que sus movimientos sean fluidos, fuertes, seguros. Eso no es lo que me estimula.
Lo que realmente me hace perder la cabeza es la forma en que me mira.
No hay nada más poderoso que eso.
Cuando Kougami me mira, hay algo en su expresión que me deja sin aire. No es deseo vacío, no es simple atracción. Es necesidad. Es como si estuviera viendo algo que no puede evitar tocar, algo que le pertenece de una manera que ni siquiera él entiende del todo. Y cuando me habla…
Dios.
Esa voz, esa manera de pronunciar mi nombre, ese tono grave y seguro incluso cuando está susurrando. La forma en que deja pausas en sus frases, como si estuviera eligiendo cada palabra con precisión quirúrgica. Me vuelve loca.
Porque no es lo que dice, sino cómo lo dice.
Es como una línea perfectamente escrita en una obra de teatro, una de esas frases que quedan grabadas en la memoria del espectador porque el actor la dice con la intención exacta, con la emoción justa, con la pausa perfecta.
Y no puedo evitar pensar en eso en términos de arte, porque para mí, todo es arte.
Cada momento, cada sensación, cada fragmento de la noche pasada se siente como una escena perfectamente coreografiada. No porque fuera planeado, sino porque fue puro instinto, pura conexión.
La forma en que nuestras manos se encontraron, la manera en que sus labios trazaron caminos sobre mi piel, el ritmo de nuestras respiraciones, todo eso es parte de una composición que no necesita música para ser armoniosa.
Cuando Madonna sigue cantando sobre la sensación de algo nuevo, algo que nunca antes se había sentido así, no puedo evitar sonreír.
Porque sí.
Es exactamente eso.
No porque Kougami haya sido el primero en tocarme. Sino porque nadie nunca me había hecho sentir de esta manera.
Y no sé si alguna vez alguien más podrá hacerlo.
Caminando por la sala, dejo que la música me envuelva mientras me permito recordar cada detalle con claridad casi dolorosa. Me gusta recordar. No soy como Kougami, que prefiere no quedarse demasiado tiempo en lo que siente. A mí me encanta analizarlo, diseccionarlo, guardarlo en mi memoria con cada pequeño matiz.
Porque esto, lo que vivimos anoche, es una historia en sí misma.
Si alguien me pidiera que escribiera un guion sobre la manera en que dos personas se descubren mutuamente, sobre cómo se desarrolla el deseo, sobre lo que significa estar completamente vulnerable frente a alguien y sentir que eso no te hace más débil sino más fuerte, sería esto.
Porque con Kougami no hubo miedo. No hubo nerviosismo incómodo, no hubo esa sensación de incertidumbre de no saber si lo que estábamos haciendo estaba bien.
Fue natural.
Como si siempre hubiera sido cuestión de tiempo.
Y aunque no llegamos hasta el final, aunque dejamos ese último límite intacto, no siento que me falte nada. No hay sensación de incompletitud.
Hay algo mucho más poderoso en el hecho de que no hicimos todo, de que nos quedamos en el borde, de que sabíamos que podíamos cruzarlo en cualquier momento, pero elegimos no hacerlo.
Porque esto no se trataba de llegar a un punto específico.
Se trataba de todo lo que sentimos en el camino.
La música sigue sonando, y yo sigo moviéndome por la sala, disfrutando de esta libertad extraña, de este momento de claridad absoluta donde no hay lugar para la inseguridad.
Kougami volverá. No sé cuándo, no sé cómo, pero lo sé.
Porque esto que tenemos, lo que sea que sea, no es algo que pueda simplemente desaparecer.
No le vamos a decir amor, al menos no en voz alta.
Pero no hay otra palabra para ello.
Y aunque ninguno de los dos lo exprese, aunque no nos permitamos nombrarlo porque eso haría que las cosas se compliquen, lo sabemos.
Y eso es suficiente. Por ahora.
Ginoza
Las vacaciones deberían sentirse como un respiro, como un momento para dejar de lado la presión constante de la academia y simplemente relajarme. Para muchos, lo son. Para mí, no.
Desde el momento en que supe sobre el proyecto de derecho penal, supe que no podía permitirme tomarme este tiempo como un descanso. Ser el mejor no significa hacer solo lo necesario. Significa hacer más, significa adelantarse, significa no darle a nadie la oportunidad de estar un paso delante de ti. Y yo no tengo la opción de ser segundo.
Me encierro en mi habitación, con los libros de derecho penal apilados en la mesa y la terminal encendida con múltiples documentos abiertos. Si quiero que mi caso sea sólido, tengo que investigar cada arista posible. No hay margen para el error.
El caso que quiero construir empieza a tomar forma en mi mente. Un crimen que no es simple, una situación que pueda ser analizada desde múltiples ángulos, donde la culpabilidad y la inocencia no sean fáciles de definir. No porque quiera desafiar al sistema, sino porque quiero demostrar que comprendo la ley en toda su complejidad.
Me inclino sobre mi escritorio, revisando los precedentes legales que puedan ayudarme a fortalecer mis argumentos. El derecho no es solo cuestión de saber qué dice la ley, sino de saber cómo aplicarla. No se trata solo de memorizar normativas, sino de comprender cómo funcionan en la práctica, cómo pueden ser interpretadas y manipuladas.
Tomo notas rápidas en mi cuaderno, delineando posibles estrategias tanto para la fiscalía como para la defensa. Si quiero ganar, necesito anticiparme a cada movimiento posible. La clave no es solo construir mi caso, sino ser capaz de desmontar cualquier argumento en contra.
No me permito distracciones. No me permito pausas innecesarias. Este proyecto es lo más importante ahora mismo. Mientras otros disfrutan de sus vacaciones, mientras Kougami entrena y Alice… hace lo que sea que haga en su mundo caótico, yo estoy aquí, asegurándome de que, cuando el próximo semestre comience, nadie pueda cuestionar que yo soy el mejor.
No puedo darme el lujo de fallar. No puedo ser menos que el primero.
Porque en esta academia, en este mundo, ser el mejor no es solo una cuestión de orgullo. Es la única manera de asegurarme de que nadie me mire como el hijo de un criminal latente. Es la única manera de asegurarme de que mi nombre sea recordado por lo que hago, y no por el pasado de alguien más.
Y si eso significa pasar mis vacaciones encerrado entre libros y documentos en lugar de disfrutarlas, entonces así será. Porque cuando regrese a la academia, mi caso no solo será sólido. Será imbatible.
Kougami
Camino de regreso a casa con las manos en los bolsillos y la cabeza demasiado llena. No debería estar sorprendido por lo que pasó. No debería sentirme así, con cada pensamiento enredado en su olor, en la sensación de su boca sobre la mía, en la manera en que todo esto fue tan natural que apenas parece real.
Pero lo estoy. Porque Alice no es alguien con quien las cosas sean sencillas. Y, sin embargo, con ella todo fluye de una manera que nunca creí posible. No hay esfuerzo. No hay necesidad de medir cada palabra. No hay que mantener una fachada. Simplemente es. Y es precisamente eso lo que me preocupa.
Porque si todo esto sigue así, si seguimos deslizándonos en esto sin pensarlo demasiado, ¿cuánto tiempo podemos mantenerlo?
Alice nunca ha sido alguien que se quede quieta. Siempre busca algo más, siempre necesita sentir que está avanzando hacia alguna parte. Y yo… yo he tomado una decisión sobre lo que quiero para mí, sobre cómo quiero manejar esto, pero la pregunta que me golpea ahora es: ¿puedo hacerlo sin perderla? ¿Puedo sostener esto sin que un día se canse de esperar?
Porque Alice no me ha prometido nada. No ha dicho que me esperará. Y aunque quiero creer que lo hará, que lo nuestro no es algo que pueda simplemente desaparecer con el tiempo, tampoco soy ingenuo. No sé si, en tres años, seguiré siendo lo que ella quiere. No sé si seguiré teniendo un lugar en su vida de la misma manera en la que lo tengo ahora.
Apretó la mandíbula y miro hacia el suelo, mis pasos resonando en la calle vacía. Quiero creer que sí. Que esto no es algo que pueda desvanecerse con la distancia, que lo que hay entre nosotros es lo suficientemente fuerte como para resistir. Pero el problema es que no puedo estar seguro.
Y luego está Ginoza.
Por más que me joda admitirlo, él es mi amigo. Siempre lo ha sido, aunque pretenda negarlo, aunque actúe como si nuestra relación no fuera más que una competencia silenciosa por el primer puesto. Pero lo sé. Lo sé porque me preocupo por él más de lo que debería, porque entiendo sus silencios, porque sé lo difícil que le resulta abrirse a los demás.
Y ahora está acercándose a Alice. No de la misma manera en la que lo hago yo, no con la misma intensidad. Pero está ahí. Y aunque me molesta, aunque hay una parte de mí que odia ver la manera en que él también la está mirando, sé que no puedo hacer nada al respecto. No puedo decirle que se aleje. No sería justo. Porque él se está acercando a Alice exactamente de la misma manera en la que yo lo hice.
Tal vez en otro momento, en otra vida, en una realidad donde las cosas fueran más simples, me hubiera permitido ser egoísta. Me hubiera permitido pedirle a Alice que me esperara sin mirar a nadie más. Pero no soy así. Y Alice tampoco lo aceptaría.
Aprieto los puños dentro de mis bolsillos, sintiendo la brisa fría de la tarde rozarme la piel. Sé que lo que tengo con Alice no se va a disolver fácilmente. Sé que esto es algo que va más allá de lo que podemos nombrar. Pero también sé que, si quiero mantenerlo, tengo que aceptar que no puedo controlarlo.
No puedo exigirle que se quede quieta. No puedo decirle que ignore todo lo que pasa a su alrededor solo porque yo no estoy listo para cruzar esa línea.
Y si Ginoza sigue acercándose… Tendré que soportarlo.
Porque Alice es libre de hacer lo que quiera. Porque Ginoza, aunque le pese admitirlo, es mi amigo.
Y porque, al final del día, lo que hay entre Alice y yo no depende de nada de eso.
No importa cuánto tiempo pase. No importa lo que ocurra en el camino.
Ella sigue siendo la única.
Cuando llego al negocio, el ambiente es el mismo de siempre: cálido, vivo, lleno de clientes que entran y salen con la misma familiaridad de siempre. Tomoyo está en la caja registradora, conversando con una anciana que parece más interesada en compartir su día que en pagar sus compras. No es nada nuevo. Mi madre siempre ha tenido esa habilidad para hacer que la gente se sienta bienvenida.
—¡Shinya! Llegas justo a tiempo —dice en cuanto me ve, con esa energía suya que nunca parece agotarse—. Tenemos un pedido grande que organizar en la parte trasera.
Asiento, colgando mi mochila en un gancho cercano y arremangándome la camisa. El trabajo me ayuda a despejarme. Mover cajas, organizar los productos en los estantes, atender a los clientes cuando Tomoyo está ocupada. Todo es rutinario, mecánico. Pero mi mente sigue en otra parte.
No pasa mucho tiempo antes de que mi madre aparezca en la parte trasera, apoyándose en una de las estanterías con los brazos cruzados y una mirada que ya conozco demasiado bien.
—¿Y bien? —pregunta, con un tono inocente que no engaña a nadie.
—¿Y bien qué? —respondo, aunque sé exactamente a qué se refiere.
—No te hagas el desentendido, Shinya. Llegaste tarde esta mañana.
Me detengo un segundo, pero sigo acomodando los productos en los estantes como si no pasara nada.
—Me quedé en casa de Alice.
Tomoyo levanta una ceja y me observa con una expresión mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Pasó algo?
—No es lo que piensas.
—Ah, ¿no? —dice, claramente disfrutando de mi incomodidad—. Porque yo pienso que mi hijo durmió en la casa de una chica que claramente le importa, y que ahora está aquí actuando como si eso no significara nada.
Suelto un suspiro y me apoyo contra la mesa de trabajo, mirándola con paciencia.
—No necesito que lo hagas sonar como algo más de lo que es.
—Entonces dime cómo es.
Me paso una mano por la nuca y respiro hondo.
—Dormí en su casa, sí. Pero no fue… como crees. No es que haya pasado algo que lo cambie todo.
Tomoyo entrecierra los ojos ligeramente, como si estuviera evaluando cada palabra que digo.
—Shinya… —comienza, con un tono más suave ahora—. ¿Cómo te sientes al respecto?
Desvío la mirada y me quedo en silencio por un momento. Porque la respuesta es más complicada de lo que parece.
—Bien —digo finalmente—. Me gusta estar con ella. Pero eso no cambia nada.
—¿Por qué?
—Porque quiero hacer esto bien.
Tomoyo me observa por un momento más, y luego suspira con una sonrisa que mezcla ternura y resignación.
—Shinya, hacer las cosas bien no siempre significa esperar. A veces significa ser honesto contigo mismo y con lo que sientes.
Aprieto los labios y asiento, pero no digo nada más. No porque no lo sepa, sino porque… porque hay cosas que simplemente tienen que seguir su propio ritmo.
Tomoyo parece entenderlo, porque no insiste más. Solo se acerca y me revuelve el cabello, como cuando era un niño.
—Bueno, al menos dime que fue un buen desayuno.
Eso me saca una sonrisa leve.
—Sí. Lo fue.
Tomoyo asiente, satisfecha, y regresa al frente de la tienda.
Yo me quedo ahí, apoyado contra la mesa de trabajo, dejando que sus palabras se asienten en mi mente.
Porque sé que tiene razón. Pero también sé que, por ahora, estoy haciendo lo correcto.
Adam Carter
El informe de la doctora Tanaka llega a primera hora de la mañana, como siempre. Frío, clínico, carente de emociones innecesarias. Perfecto. Me sirvo una taza de café sin apurarme y despliego el documento en la pantalla de mi terminal con la misma tranquilidad con la que podría leer el estado del mercado de valores. Pero en cuanto veo los valores registrados, la monotonía de la mañana adquiere un nuevo matiz de… entretenimiento.
Cero. Alice llegó al cero.
Y lo mantuvo durante veinte minutos.
Apoyo la taza sobre el escritorio con un golpe suave, sin apartar la vista del informe. Mi mente procesa la información con precisión matemática. El cero no es solo un número. Es la máxima expresión de pureza en este sistema. Un estado inmaculado, libre de impurezas emocionales, un tono que trasciende la simple estabilidad para convertirse en algo absoluto.
Y Alice lo alcanzó.
No por unos segundos. No por un instante fortuito. Durante veinte minutos enteros.
La hazaña es inaudita. Extraordinaria. Un verdadero milagro.
Pero no es la única parte interesante del informe.
La doctora Tanaka ha adjuntado un detalle adicional. El detonante.
No fue una sesión de control mental. No fue la soledad. No fue la represión de emociones disruptivas ni un estado de hiper concentración en su música.
Fue un hombre.
Fue Kougami Shinya.
Un muchacho promedio, talentoso, con buen desempeño académico y físico, pero sin ninguna característica que lo haga especial. Excepto por esto. Excepto por el hecho de que, de alguna manera, él logró que Alice alcanzara el cero a través de algo tan primitivo, tan vulgarmente humano, como la anticipación de un acto sexual.
Me inclino en la silla, cruzando las manos bajo el mentón mientras dejo que la información se asiente.
No soy un hombre que se impresione fácilmente. He visto demasiado, he manipulado demasiado, he controlado más de lo que la mayoría de los hombres podrían imaginar. Pero esto… esto es fascinante.
Abro la interfaz de seguridad de la mansión y navego entre los registros de la noche anterior. Porque, naturalmente, quiero verlo con mis propios ojos.
La imagen aparece en la pantalla con la nitidez de la vigilancia más avanzada. Alice y Kougami.
No hay dudas de lo que está pasando.
Ella está en su punto más vulnerable, pero no de la manera en que otros lo estarían. No está nerviosa. No está insegura. Alice está completamente inmersa.
Y esa inmersión es lo que la llevó al cero.
Observo sin pestañear, estudiando cada detalle. El lenguaje corporal, las expresiones, la respiración de ambos. Alice, atrapada en ese instante en el que todo lo demás deja de importar. Kougami, sin tener la menor idea de la monstruosidad que está ocurriendo frente a él.
Es inaceptable.
No por la cercanía física, no porque Alice esté con un hombre. Sino por cómo lo hizo.
Por qué la llevó al blanco. Alice no debe depender de otro para alcanzar la perfección.
La única razón por la que existe, la única razón por la que ha sido moldeada durante toda su vida, es para ser autónoma. Para ser un ser superior, por encima de todos los demás. Su estabilidad no puede depender de algo tan frágil, tan repugnante como el contacto humano.
Y, sin embargo, aquí está la evidencia. Irrefutable.
Cierro la grabación y vuelvo al informe, analizando cada número, cada fluctuación. No hay margen de error. Lo logró, pero de la manera equivocada.
Exhalo lentamente y tomo un sorbo de café, disfrutando del amargor mientras pienso en los próximos pasos.
Esto tiene que corregirse.
Alice Carter no puede ser una criatura que alcance la perfección por medios externos. Debe ser absoluta por sí misma.
Y si Kougami Shinya ha servido como catalizador esta vez… entonces su existencia ya no es irrelevante.
El informe de la doctora Tanaka es claro. Los datos son precisos.
Tanaka entra sin hacer ruido, pero yo ya sé que está aquí. No levanto la vista de la pantalla de mi terminal, donde Alice sigue apareciendo en la sala de música, completamente absorta en su composición. El tono sigue registrando 0.18 y no ha fluctuado en los últimos minutos. Su estabilidad es absoluta, perfecta. Pero la raíz de esa perfección sigue siendo un problema.
—Dame el informe completo.
Tanaka avanza con la misma precisión de siempre y coloca los documentos en la terminal, desplegándolos con eficiencia medida. No habla sin necesidad, no aporta datos irrelevantes. Por eso, cuando abre la boca, sé que lo que va a decir tiene peso.
—El muchacho que identificamos en la grabación de la sala de estar es Kougami Shinya.
No necesito que me lo repita. Ya he visto suficiente. Sé exactamente cómo Alice llegó a ese estado, sé exactamente qué la llevó al blanco. Y no fue por su propia voluntad.
—Estudiante destacado —continúa Tanaka—. Primer puesto en la academia Nitto. Su perfil ha sido evaluado previamente, pero no presentaba una influencia relevante en Alice hasta ahora.
Asiento con un gesto breve, sin apartar la vista de la pantalla. Eso ya lo sé. Lo que necesito ahora es la parte que no estaba en los informes anteriores.
—Sin embargo, hay otro factor que no habíamos considerado.
No cambio mi postura, pero mi interés se agudiza al instante. Tanaka no introduce información sin un motivo. Si me está diciendo esto, significa que es relevante.
Ella proyecta otra grabación en la pantalla.
Veo la imagen en silencio. La mansión. Alice. Kougami. Y otro chico.
La grabación avanza, las imágenes se despliegan con una claridad impecable. Alice en medio de una pelea. Alice gritándole a ambos. Alice en un estado de alteración emocional que no corresponde con su tono registrado. Me inclino un poco más en la silla, entrelazando los dedos bajo el mentón mientras analizo cada detalle.
Esto no estaba en los informes previos. Esta pelea ocurrió en mi casa y nadie me lo informó.
—Explícate.
Tanaka amplía otro documento en la pantalla.
—El segundo individuo presente en la pelea es Ginoza Nobuchika.
No reacciono de inmediato. El nombre no significa nada para mí en un primer momento. Pero entonces Tanaka amplía el informe y leo lo que debería haber sabido desde el principio.
Mis labios se entreabren por un instante, pero no dejo que la sorpresa se refleje en mi expresión. Me inclino hacia atrás en la silla y exhalo lentamente.
Su padre es un criminal latente. Un hombre condenado por el sistema.
Y su hijo, en mi sala de estar. Peleando con Alice dentro de mi casa.
Alice está rodeada de factores externos. Uno que la empuja a un estado de perfección de la manera más inaceptable posible. Y otro que nunca debería haber estado cerca de ella en primer lugar.
Dejo la terminal sobre el escritorio y me tomo un momento para analizar lo que acabo de ver. No hay nada en la expresión de Tanaka que sugiera incertidumbre. Ella está esperando órdenes.
Mi mirada vuelve a la pantalla. Alice sigue tocando, su expresión completamente entregada a la música, su tono sin la más mínima alteración. Si no supiera lo que pasó la noche anterior, si no tuviera el contexto de cómo llegó hasta aquí, pensaría que esta es la versión definitiva de lo que debe ser.
Pero todavía no es completamente autónoma.
Todavía depende de un estímulo externo. Y eso tiene que cambiar.
—Quiero un monitoreo completo de sus interacciones en Nitto —digo finalmente, mi voz tan medida como siempre—. Desde este punto en adelante, cualquier desviación en su comportamiento debe ser registrada y evaluada.
Tanaka asiente con un gesto breve.
—¿Y sobre Ginoza?
Dejo escapar una leve sonrisa mientras me reclino en la silla.
—Aún no sabemos si es un problema.
Tanaka se va de la oficina luego de darme el informe.
Los hechos no dejan de sorprenderme, y no de la manera en la que debería. Observo los informes desplegados en mi terminal con la calma de quien analiza un experimento que empieza a desviarse de su hipótesis original. Sabía que tarde o temprano habría interferencias externas, que el entorno en Nitto traería estímulos que podrían desviarla, pero esperaba que fueran efímeros, irrelevantes. No creí que Alice fuera capaz de construir conexiones significativas con nadie. Alice no encaja. No está hecha para encajar. Desde el principio, moldeé su existencia para que estuviera por encima de la mediocridad, para que no encontrara compatibilidad con las masas. Para que su tono jamás se viera alterado por la influencia de otros. Pero ahí está. Desafiándome.
Kougami fue el primer problema, pero no el único. Ahora aparece otro nombre en los informes. Ginoza Nobuchika. No solo estuvo involucrado en la pelea en la mansión, sino que parece estar estableciendo un vínculo con ella. Y eso es lo que realmente me sorprende. Alice no creció con la capacidad de establecer lazos profundos con otros. No se le enseñó la calidez de la conexión humana, ni la importancia de la moderación emocional. Su mundo estuvo compuesto de perfección técnica, de objetivos calculados, de aislamiento cuidadosamente diseñado. Pero ahora, de alguna forma, ha encontrado a dos individuos con los que mantiene algo más que una simple interacción casual.
Es casi gracioso. Su madre intentó lo mismo. Naomi Johnson, esa mujer insulsa y contradictoria que nunca supo en qué dirección apuntar su vida. La única razón por la que su existencia tuvo algún valor fue porque dio a luz a Alice. Después de eso, no fue más que una presencia estorbosa en la mansión. Educada en sociedad, pero completamente inútil en la intimidad. Hermosa, pero con costumbres deplorables. Ese maldito tabaco que no soltaba nunca, que apestaba cada rincón en el que se sentaba, que impregnaba las telas y los muebles con un hedor insoportable. Su mal gusto, su insistencia en escuchar esa música primitiva, su colección de películas y animes japoneses que devoraba con una devoción casi ridícula.
Naomi, que nunca fue aceptada en Inglaterra, que fue despreciada por su propia familia, se aferró a este país con un amor casi enfermizo. Japón no la quería, pero ella amaba Japón. Era patético. Y ahora Alice parece seguir su mismo patrón de contradicciones. La diseñé para no encajar, pero ella, en su terquedad innata, está encontrando la forma de hacerlo de todos modos. Su relación con Kougami es un problema, pero al menos tenía sentido. Un vínculo físico, sin una profundidad real. Pero lo que ocurre con Ginoza es diferente.
Abro el informe que Tanaka preparó sobre él. El hijo de un criminal latente. Me reclino en la silla y dejo escapar una leve risa. ¿Es que Alice no pudo encontrar algo más vulgar? La hija del hombre más influyente de Japón, con un linaje impecable, el único caso documentado de una asintomática natural… y elige relacionarse con alguien cuyo ADN está marcado por el fracaso y la condena. Es casi poético.
No sé qué ve en él. No parece alguien que le proporcione placer, ni alguien que la mantenga entretenida. Y, sin embargo, está en su órbita. Es un factor que no anticipé.
Deslizo mi terminal hasta abrir el monitoreo de la mansión. No es difícil encontrar lo que busco. En la biblioteca de la casa, aún están los Blu-ray de Naomi. Las películas que Alice sigue viendo. Los animes sobre samuráis, los dramas históricos, las cintas que Naomi miraba con esa obsesión que nunca entendí. Esas historias que glorifican el honor, el sacrificio, la lealtad. Tonterías románticas que no tienen cabida en la realidad.
Alice las ha estado viendo. Alice las ha estado absorbiendo.
Ahora lo entiendo.
Su vulgaridad no es un accidente. Es heredada.
Alice está reproduciendo los patrones de su madre, buscando un sentido de pertenencia donde no debería existir. Está permitiéndose sentir. Está haciendo exactamente lo que Naomi intentó hacer cuando llegó a esa casa: construir algo real en un lugar que solo permite la funcionalidad. Está traicionando lo que es.
Me inclino hacia adelante y exhalo con calma.
Naomi fue un error que nunca pude borrar por completo. Pero Alice aún es moldeable.
Alice aún puede ser perfecta.
Alice
Me siento frente al piano y dejo que mis dedos se deslicen sobre las teclas, sin presionar, solo sintiendo la textura lisa y fría del marfil bajo mi piel. La última vez que intenté componer, el Opus No. 01 de Carter fue un desastre. Demasiado técnico, demasiado vacío, sin alma. Era una pieza muerta.
Pero ahora… ahora es diferente, porque ahora siento. Sentí demasiado.
Desde que dejé esos malditos estabilizadores, desde que me deshice de ese velo de indiferencia química que me envolvía, todo es más nítido. Las emociones no solo existen, me inundan. Y después de anoche, después de Kougami… todo dentro de mí está vibrando con algo nuevo, algo que no sé si puedo describir en palabras.
Tal vez por eso recurro a la música.
Respiro hondo y comienzo a tocar, primero al azar, dejando que mi instinto guíe mis manos. El piano responde con un sonido cálido, resonante, como si hubiera estado esperando que dejara de luchar contra él.
La melodía nace sola.
Comienza en un tono menor, suave, casi tímido, como una pregunta formulada con cautela. Un preludio. Luego se expande, creciendo en complejidad, los acordes se entrelazan como si estuvieran persiguiéndose, buscando respuestas que aún no encuentran. Como yo.
El arte es la única forma de capturar esto. Esto que siento ahora, esto que no sé cómo expresar en palabras.
Kougami no es alguien particularmente poético, pero hay algo en él que es pura armonía. No en el sentido clásico, sino en la manera en que su presencia llena los silencios sin esfuerzo, en la forma en que su voz es grave pero suave, en cómo su mirada sostiene más significado del que sus palabras jamás admitirían.
Mis manos se mueven con más confianza, los acordes se expanden, se vuelven más intensos, más osados. Un clímax.
La tensión crece en la progresión de la pieza, cada nota luchando por espacio, chocando entre sí y luego encontrando su camino a algo más estable, algo más controlado. Un reflejo de anoche.
No importa que no hayamos cruzado la última frontera. No importa que nos hayamos quedado en el borde, tentándonos con algo que sabíamos que podía esperar.
Fue más que suficiente.
Porque esto—esta anticipación, este juego de implícitos, de silencios, de entenderse sin decir nada—es muchísimo más excitante que si anoche hubiéramos tenido sexo.
Me río sola al pensarlo, sin detenerme de tocar.
Es ridículo.
Todo este tiempo pensé que lo físico sería lo más importante, la experiencia tangible, el acto en sí. Pero esto, este lenguaje sin palabras, esta forma de decirnos lo que sentimos sin pronunciarlo, es infinitamente más poderoso.
Porque sé que Kougami lo entendió.
Él leyó cada gesto, cada mirada, cada pausa, y lo devolvió con la misma exactitud.
Y eso es arte.
La melodía cambia, las notas encuentran una cadencia más estable.
Estoy llegando al final.
Los últimos acordes son limpios, resueltos, pero no del todo concluyentes. Dejo la última nota suspendida en el aire, permitiendo que el sonido se disuelva lentamente, sin apresurarlo.
Cierro los ojos. Lo logré.
Es la primera vez que compongo algo que realmente siento como mío. Algo que es tan sólido técnicamente como emocionalmente auténtico.
Y es gracias a él.
Tomo mi terminal sin dudarlo y le escribo a Kougami.
"Terminé una composición. No es del todo trágica, así que probablemente sea un milagro."
No digo más. No necesito decir más.
Él lo entenderá.
Y la idea de que lo haga, de que descifre lo que hay entre líneas, me hace sonreír de nuevo.
Kougami
El sonido de la notificación interrumpe el ruido de las bolsas de arroz golpeando el mostrador. Estoy ayudando a Tomoyo con el inventario del negocio, revisando el peso de los sacos y organizando los productos en los estantes. Es un trabajo repetitivo, mecánico, fácil de hacer sin pensar demasiado, y eso es exactamente lo que necesito en este momento. Pero el sonido de mi terminal cambia eso en un instante.
Me seco las manos en el delantal antes de sacar el dispositivo del bolsillo. Alice.
"Terminé una composición. No es del todo trágica, así que probablemente sea un milagro."
El mensaje es simple, pero en mi cabeza resuena con un peso completamente distinto. Sé perfectamente lo que significa. Alice ha estado peleando con esa maldita composición durante semanas. Se quejaba de que no tenía alma, de que todo sonaba como un ejercicio técnico sin sustancia, de que su Opus No. 01 era una basura sin dirección. Y ahora, de repente, me dice que la terminó.
Me paso la lengua por el labio inferior, sintiendo el calor subir de golpe a mi rostro antes de poder controlarlo. No necesito que Alice me diga que esto tiene que ver con anoche. Sé que lo tiene. Lo sé porque ella no me enviaría esto si no supiera que lo entendería, porque no hay otra razón para que de repente pueda encontrar lo que le faltaba a su música, porque ella y yo nunca hemos sido de decir las cosas de forma directa cuando podemos entendernos en los silencios.
—Shinya.
La voz de Tomoyo me hace levantar la cabeza de golpe. No la había notado observándome desde el otro lado del mostrador, con una bolsa de udon instantáneo en las manos y una expresión entre curiosidad y diversión.
—¿Qué pasó? —pregunta, con ese tono inocente que sé perfectamente que es todo menos inocente.
Parpadeo, como si eso sirviera para borrar cualquier rastro de lo que sea que haya aparecido en mi cara sin que me diera cuenta.
—Nada.
Tomoyo arquea una ceja y deja la bolsa sobre la balanza con demasiada calma.
—Oh. Entonces, ¿por qué te pusiste rojo de repente?
Tardo un segundo en procesarlo y otro en darme cuenta de que mierda, sí, me sonrojé.
—No estoy rojo.
—Shinya, te crie yo. No me mientas.
Aprieto la mandíbula, sintiendo la incomodidad subir por mi cuello. No voy a decirle que Alice me mandó un mensaje y que me hizo pensar en su música, en su cuerpo y en la forma en que estuvimos anoche.
—Solo es un mensaje —murmuro, demasiado rápido.
Tomoyo entrecierra los ojos y me observa con esa expresión que usa cuando cree que puede sacarme algo.
—¿De Alice?
El silencio que sigue es suficiente respuesta.
Ella sonríe. Maldita sea.
Me giro de vuelta hacia los estantes, fingiendo que sigo con el inventario, pero puedo sentir la mirada de Tomoyo perforándome la nuca.
—Parece que pasaste una buena noche.
Respiro hondo y cierro los ojos por un segundo.
—Mamá.
—¿Qué? No dije nada raro.
—Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando quieres hacerme hablar.
Escucho cómo suelta una risita, claramente disfrutando de mi incomodidad.
—Solo digo que no te había visto así antes.
No respondo. Porque no hay nada que pueda decir sin darle la razón. Porque Alice Carter acaba de terminar su primera composición y me la envió a mí. Y eso significa algo. Significa que, de alguna forma, soy parte de esto. Que, de alguna manera, la inspiré. Y el peso de esa idea es tan grande que necesito concentrarme en otra cosa antes de que mi rostro delate más de lo que debería.
—Voy a seguir organizando los estantes —digo, con más firmeza de la necesaria.
Tomo un paquete de fideos y lo coloco en su lugar sin motivo alguno.
Tomoyo suspira, como si se diera por vencida por hoy.
—Solo no te distraigas demasiado —dice con suavidad—. Sea lo que sea que esté pasando con Alice, no dejes que te haga olvidar lo que quieres para ti.
No necesito preguntarle a qué se refiere. Lo entiendo. Lo sé. Y ella también sabe que lo sé.
El sonido de la caja registradora se apaga tras un chasquido metálico, pero el eco del mensaje sigue vibrando en mi cabeza. Tomoyo continúa con su rutina, moviendo los billetes con la precisión de quien ha hecho esto toda su vida, pero sé que está esperando. No dice nada todavía, pero el silencio entre nosotros es una pausa con significado, una que me empuja a hablar antes de que ella lo haga. No le voy a dar el gusto. No ahora.
Intento seguir con lo mío, pero es imposible. La notificación sigue ardiendo en mi bolsillo, en mi cabeza. "Terminé una composición." Tres palabras. Sin detalles, sin contexto, sin adornos. Y, sin embargo, lo dice todo. Alice no desperdicia palabras cuando no lo considera necesario. No explica, no elabora. Me lo mandó porque sabía que no hacía falta. Y lo entendí de inmediato.
Terminar su primera composición no es solo un logro. No para ella. Alice ha tocado el violín desde siempre, desliza los dedos sobre el piano como si fueran una extensión de sí misma, pero componer era la única batalla que no podía ganar con facilidad. Lo vi desde el principio. La forma en que peleaba con cada nota, cómo garabateaba furiosa en sus pentagramas, cómo pasaba horas en la biblioteca con esa libreta en la que anotaba ideas sueltas sin poder encajarlas entre sí. La vi frustrarse. La vi casi rendirse. Y ahora, de repente, su Opus No. 01 está terminado.
Y si lo terminó ahora, después de anoche, entonces sé exactamente por qué.
No llegamos hasta el final, pero eso no hizo que la noche perdiera peso. Porque Alice no sabe sentir a medias, no sabe entregarse sin que cada parte de su ser esté involucrada. Si no cruzamos esa última línea, no fue porque dudáramos, sino porque ambos supimos que una vez que lo hiciéramos, no habría vuelta atrás. Y eso no significa que no haya cambiado algo. Claro que cambió. Y la prueba está en ese mensaje.
Alice cree en la fatalidad, en los amores que no pueden escapar de su propio destino. Lo dijo con la seguridad de quien no cree en finales felices. "No es que murieran juntos. Es que nunca tuvieron otra opción. Por eso es perfecto." La única forma en la que Alice puede concebir el amor es así, como un destino inevitable que se cierne sobre los amantes hasta consumirlos. Tristán e Isolda. La tragedia hecha música. La condena escrita antes de que la historia siquiera comience.
Ahora esa historia es una sombra sobre nosotros. Porque si Alice ama así, entonces ya está perdida. Y si yo la amo—y Dios, claro que la amo—entonces no sé cuánto tiempo más podré seguir fingiendo que no estoy perdido con ella.
Y la idea me enferma y me fascina al mismo tiempo, porque si Alice ya está perdida en esto, entonces yo también lo estoy. No puedo evitarlo. No puedo evitar quererla. No puedo evitar saber que, si Alice se detiene, si gira la cabeza y extiende la mano, yo voy a tomarla sin dudar. La seguiría a cualquier parte. Al borde del desastre, si hiciera falta.
Muevo una caja de arroz de un estante a otro sin pensar realmente en lo que estoy haciendo. Sigo con la rutina porque si me detengo, si dejo que mis pensamientos se instalen con toda su fuerza, voy a perder el control. Alice terminó su primera composición y sé que no fue solo por ella. Sé que anoche le dio lo que le faltaba. Sé que esa pieza existe porque yo existo en su vida en este momento exacto, de la manera en la que existo. Y si alguna vez Alice Carter es recordada como una de las compositoras más grandes de su generación, si su música llega a convertirse en algo inmortal, yo voy a saber algo que nadie más sabrá: la primera fue por mí.
El reflejo de un frasco en el estante me devuelve a la realidad. Tomoyo me está observando desde el otro lado del negocio con una sonrisa apenas contenida. Me enderezo demasiado brusco. Demasiado obvio.
—Te quedaste en silencio de repente —comenta, cruzando los brazos con ese aire de quien ya sabe la respuesta, pero igual quiere escucharla en voz alta.
—Estaba pensando.
—¿En el mensaje de Alice?
Mi expresión no delata nada, pero el calor en mi cara lo hace por mí. Tomoyo sonríe, triunfante.
—Si sigues así, la próxima vez ni siquiera voy a tener que preguntarte. Lo voy a notar en tu cara.
Resoplo, irritado.
—No es lo que piensas.
—Claro que no —dice con diversión, girándose hacia la caja.
Pero sí es lo que piensa. Y ni siquiera eso. Es más que eso. Alice Carter me ama y yo la amo de vuelta con la certeza de quien ha encontrado algo inquebrantable en un mundo que se dedica a destrozar todo. Pero Alice no lo va a admitir, y yo tampoco. No todavía. Va a seguir mandándome mensajes que dicen cosas que no dicen nada. Va a seguir pretendiendo que no espera nada de mí. Va a seguir escapando en el último segundo, fingiendo que la intensidad con la que me mira no la asusta. Y si yo me mantengo callado, si no hago nada, Alice va a tragarse lo que siente, va a enterrarlo con la misma terquedad con la que lucha por ocultar su vulnerabilidad, va a pretender que la primera composición no fue escrita con mi nombre en cada nota.
Pero yo no soy un cobarde.
Y Alice no es Isolda.
No voy a dejar que convierta lo nuestro en una tragedia antes de que siquiera tenga la oportunidad de existir. No voy a dejar que entierre lo que siente solo porque cree que el amor no puede ser otra cosa que una condena. No voy a dejar que siga esperando.
Quiero estar a su lado. Quiero verla hablar con esa pasión absurda sobre cualquier tema. Quiero que siga mandándome mensajes a deshoras con pensamientos aleatorios que probablemente no debería decirle a nadie más. Quiero que cuando componga su segunda, su tercera, su centésima pieza, todavía sea yo el primero en saberlo.
Pero si quiero eso, entonces, ¿hasta cuándo puedo seguir esperando?
