Ginoza
El sol estaba alto cuando hice una pausa para estirarme. La cantidad de notas y documentos que había acumulado ya cubría la mayor parte de mi escritorio, organizados en pilas meticulosamente alineadas. Mi enfoque en el proyecto era absoluto; cada argumento debía estar estructurado con precisión, cada referencia legal respaldada con solidez. No se trataba de desafiar el sistema ni de abrir un debate sobre justicia. Se trataba de demostrar que podía dominarlo.

El caso que elegí no era una cuestión de moralidad, ni un dilema ético profundo. No tenía que serlo. En la actualidad, no existen juicios penales ni civiles en Japón. El sistema Sibyl ya no necesita procesos judiciales. Determina, sentencia y ejecuta con una precisión que la ley antigua nunca pudo alcanzar. Y, sin embargo, nos hacen estudiar derecho penal, nos obligan a construir estos casos simulados, como un ejercicio de lógica, como una prueba de razonamiento crítico. No para cuestionar nada, sino para asegurarnos de que entendemos las reglas del juego.

Encendí la terminal y revisé mi esquema de argumentación. La fiscalía no solo tiene que demostrar la culpabilidad de un acusado, sino que debe hacerlo sin fisuras, sin margen para interpretaciones ambiguas. La ley no existe para comprender, sino para regular. Sibyl lo ha convertido en un principio absoluto, y mi trabajo es seguir esa lógica.

Tomo un sorbo de té frío mientras repaso un precedente legal de hace más de un siglo, cuando todavía se requería un juicio para determinar la culpabilidad. Los antiguos sistemas de justicia parecían caóticos en comparación. Errores, apelaciones, juicios prolongados que podían tomar años. Ahora todo es eficiente. Limpio. Definitivo.

Ajusto mi postura y comienzo a escribir una nueva sección de mi informe. Defenderé la posición de la fiscalía con una estructura impecable. No necesito creer en la justicia del caso, solo demostrar que puedo aplicarla mejor que nadie.

El reloj marca la una de la tarde cuando escucho un leve golpe en la puerta. Mi abuela entra con una bandeja de comida, como si supiera que llevo horas sin apartarme del escritorio.

—¿Sigues trabajando, Nobu? —pregunta con una sonrisa, dejando la bandeja cuidadosamente junto a mis notas.

—El proyecto del próximo semestre —respondo sin levantar demasiado la vista—. Nos asignaron un caso ficticio, tengo que representar a la fiscalía.

Mi abuela observa los documentos por un momento, con la misma expresión paciente de siempre.

—Pensé que ya no existían los juicios —dice, con un tono más curioso que crítico.

—No existen —confirmo, apilando algunas hojas—. Pero todavía los estudiamos. Es parte del programa.

Asiente lentamente. No pregunta más, pero sé que está pensando en lo absurdo que debe parecerle simular algo que nunca ocurrirá en la realidad. Para mí, en cambio, no es absurdo en absoluto. Es un ejercicio necesario.

—No todo en la vida se trata de ser perfecto, Nobu —dice de pronto, con ese tono suyo que mezcla cariño y advertencia—. A veces, lo que importa es entender lo que realmente sientes.

Me detengo un instante antes de responder. Sonrío apenas, sabiendo que lo dice con buena intención, pero también sabiendo que en este caso está equivocada.

—Lo sé, abuela. Pero esto es importante.

Ella suspira, pero no insiste. Me da unas palmaditas en el hombro antes de salir de la habitación.

Cuando me quedo solo, vuelvo la vista a mis notas. Su comentario me ronda la cabeza por un instante, pero lo descarto rápidamente. No se trata de lo que siento. Se trata de lo que puedo hacer.

Mi objetivo no es cuestionar nada, no es debatir si el sistema es justo o no. Es demostrar que puedo ser el mejor.

Tomo mi bolígrafo, ajusto mi postura y sigo escribiendo. No hay margen para distracciones.

La semana pasó en un borrón de páginas llenas de notas, documentos apilados en mi escritorio y la pantalla de mi terminal siempre encendida. Había algo reconfortante en esa rutina, en saber que cada minuto invertido me acercaba más a la perfección, a la certeza de que mi caso sería intachable. Mis días comenzaban temprano, a las seis ya estaba despierto, revisando las ideas que había desarrollado la noche anterior, afinando cada argumento y anticipando cada posible contraargumento. No bastaba con que mi caso fuera sólido, tenía que ser inquebrantable, tenía que demostrar mi dominio de la ley, no porque cuestionara el sistema, sino porque quería ser el mejor en aplicarlo.

A medida que avanzaba en la construcción del caso, me di cuenta de que este proyecto no solo era un ejercicio académico, sino algo profundamente personal. La estructura de la justicia en sí misma, su rigidez, su capacidad de regular sin emociones, resonaba en mí de una forma que no estaba dispuesto a analizar demasiado. No permití que la distracción de la introspección me desviara del objetivo, canalicé cada pensamiento en mis notas, transformando cualquier incertidumbre en precisión, en claridad, en lógica inapelable. Por las noches, mi abuela solía asomarse a mi puerta para asegurarse de que comiera algo o recordarme que descansara, pero incluso cuando lo hacía, mi ritmo no disminuía. No podía darme ese lujo, no cuando estaba tan cerca de terminar algo que consideraba crucial.

El jueves, al revisar la conclusión de mi caso, sentí una oleada de satisfacción. Mi argumento principal estaba claro y sostenido en fundamentos legales sólidos: la ley debe prevalecer por encima de las emociones humanas, porque es el único mecanismo que garantiza equidad en una sociedad regida por Sibyl. No hay excepciones, no hay espacio para ambigüedades. El sistema ya no necesita juicios reales, pero el ejercicio de construirlos sigue siendo esencial para que entendamos el papel de la ley en su forma más pura. Mi caso no solo defendía esa postura, sino que también demostraba mi capacidad para comprender y aplicar la normativa con precisión absoluta.

El viernes dediqué el día a pulir los detalles, revisé cada cita legal, cada precedente histórico, asegurándome de que mi estructura argumentativa no dejara margen para interpretaciones débiles. Ajusté mi discurso de apertura hasta que cada palabra resonara con la autoridad de alguien que no solo entiende la ley, sino que la respeta y la usa como debe ser usada. Cuando finalmente terminé la última sección el domingo por la tarde, dejé el bolígrafo sobre la mesa y me recosté en la silla, exhalando lentamente. No había margen para errores, había construido algo que no solo cumplía con las expectativas del profesor, sino que las superaba con creces.

La casa estaba tranquila, la luz del sol entraba suavemente por la ventana, iluminando mi escritorio cubierto de documentos y cuadernos abiertos. Cerré los ojos por un momento, dejando que la satisfacción se asentara en mí. No sentía orgullo, no sentía alivio, solo la certeza de que había hecho lo que debía hacer, que había tomado cada paso necesario para asegurarme de que, cuando el semestre comenzara, mi presentación no solo sería buena, sería la mejor.

Mi abuela apareció en la puerta con una taza de té caliente, como si sintiera que había terminado.

—¿Todo listo? —preguntó con su sonrisa cálida de siempre.

Asentí, tomando la taza que me ofrecía y sosteniéndola entre mis manos mientras el vapor subía en espirales.

—Sí. Creo que lo he terminado.

Ella se sentó en una silla cercana, observándome con esa mirada paciente que siempre tiene cuando quiere decir algo importante.

—Estoy orgullosa de ti, Nobu. Siempre has trabajado duro, pero recuerda… ser el mejor no siempre significa no cometer errores. A veces, significa saber cómo aprender de ellos.

No respondí de inmediato, porque no sabía qué decir. Para mí, este proyecto no era una cuestión de errores o aprendizajes, era una cuestión de dominio, de perfección. No había margen para equivocaciones porque no iba a cometer ninguna.

Asentí, más por educación que por estar de acuerdo, y bebí un sorbo de té mientras sentía el peso del trabajo bien hecho asentarse en mi cuerpo. Con el proyecto terminado, estaba listo para el próximo semestre. Ahora solo quedaba esperar.

Y para mí, la espera siempre era la parte más difícil.

El lunes por la mañana, me encontré sentado frente a mi escritorio, sin nada que hacer. El proyecto estaba terminado, mis notas organizadas al detalle, y hasta mi habitación parecía más impecable de lo usual. No había nada fuera de lugar. Y, sin embargo, me sentía inquieto. La estructura, la rutina que normalmente me mantenía enfocado, no existía esta semana. No había plazos inmediatos, ni tareas urgentes, ni debates pendientes. Por primera vez en mucho tiempo, tenía tiempo libre.

Intenté ignorarlo. Me forcé a leer artículos sobre jurisprudencia moderna, revisé mis notas una vez más, incluso organicé los documentos en mi terminal por categorías, aunque ya lo había hecho la semana pasada. Todo era una excusa. Todo era un intento de distraerme de algo que no quería admitir.

Sin pensarlo demasiado, tomé mi terminal y abrí la lista de contactos. No era particularmente extensa, pero mi atención se detuvo en un nombre en particular: Alice.

O más bien, Ari.

Exhalé lentamente, mi pulgar flotando sobre su número por un momento antes de marcar. No era como si tuviera otra mejor opción.

—¿Gino? —su voz sonó clara en la línea, con ese tono que siempre lleva una pizca de ironía, pero que ahora tenía algo más. Algo que no sé si quiero analizar.

—¿Esperabas a alguien más? —pregunté, repitiendo su propia broma de una conversación anterior, con un tono deliberadamente neutral.

—Oh, no, no. Qué sorpresa inesperada —respondió con dramatismo fingido—. ¿El gran Ginoza llamándome? Seguro que el mundo se está acabando.

Rodé los ojos, aunque en el fondo, una parte de mí se sentía absurdamente más tranquila al escucharla.

—No tengo nada que hacer esta semana —admití, dejando caer cualquier intento de disimularlo—. Y, sinceramente, no sé cómo manejar eso.

Alice dejó escapar una risa suave, ligera, pero con la suficiente malicia como para que supiera que estaba disfrutando esto.

—Es decir… ¿estás aburrido?

—No lo diría así.

—¿Cómo lo dirías, entonces?

—Estoy en una circunstancia momentánea de insuficiente estímulo significativo.

Alice soltó una carcajada. Dios, cómo me irrita y me gusta al mismo tiempo.

—Gino, eso es la definición más académica y pretenciosa de 'aburrido' que he escuchado en mi vida.

No respondí de inmediato, pero supe que estaba sonriendo. Pude escuchar la sonrisa en su voz.

—¿Y qué se supone que haga con tu crisis existencial?

—Pensé que podrías tener alguna idea —dije, frotándome el puente de la nariz. Yo no debería estar llamándola para esto. Pero aquí estoy.

—Uf, qué presión —murmuró con falsa seriedad—. A ver… Déjame pensar. Algo que no implique que te tires por la ventana por falta de propósito en la vida…

—Alice.

—Relájate, Gino. —Su voz seguía sonando entretenida, pero esta vez, con una ligera pausa antes de continuar—. ¿Por qué no vienes a mi casa?

Fruncí el ceño, dudando un instante.

—¿Y qué se supone que hagamos?

—No tengo idea. Tú no tienes idea. Podemos no tener idea juntos.

Suspiré, pero la verdad era que la idea no me molestaba.

—Está bien, Ari. Estaré ahí en una hora.

Silencio. Breve, casi imperceptible.

—Ari, ¿eh?

Mierda.

—Si vas a hacer un comentario al respecto…

—No, no. Solo lo estoy procesando. —Se escuchó el sonido de algo moviéndose en su lado de la llamada, como si se estuviera acomodando—. Me gusta.

No supe qué responder, así que simplemente asentí, aunque ella no podía verlo.

—Nos vemos en una hora.

Colgué antes de que pudiera decir algo más.

Me quedé sentado en el borde de mi cama por un momento, sosteniendo la terminal en la mano, observando la pantalla apagada como si pudiera encontrar alguna justificación lógica para lo que acababa de hacer. ¿Por qué la llamé? Podría haber hecho cualquier otra cosa. Podría haber leído más. Podría haber salido a caminar sin rumbo. Podría haber salido a pasear a Dime. O incluso, llamar a Kougami.

Pero no.

La llamé a ella.

Alice tiene esta forma irritante de desordenar mi estructura. De entrar en mi vida sin permiso, de ocupar un espacio que no le di conscientemente, pero que de alguna manera siempre ha sido suyo. Y lo peor de todo es que quiero más de eso.

Las veces que la besé siguen grabadas en mi mente con una claridad absurda. Cada una diferente. Cada una con su propio significado. Y la última…

La última vez fue distinta.

Porque en medio de todo, entre el roce de nuestras respiraciones, entre la desesperación contenida de algo que ninguno de los dos quiere admitir en voz alta, ella me llamó Nobuchika.

Y eso es lo que no puedo sacarme de la cabeza.

Porque Alice nunca usa mi nombre. Porque "Gino" es su zona de confort, su distancia segura, su forma de mantener el equilibrio entre nosotros sin cruzar del todo la línea. Pero esa vez, no hubo barrera. No hubo Alice jugando. Solo estuvo ella, llamándome por mi nombre de pila con una intensidad que no sé si quiero volver a experimentar.

Me paso una mano por el rostro y me pongo de pie. Necesito moverme. Si sigo sentado aquí, mi mente va a continuar deslizándose por el mismo camino del que intento alejarme.

Busco mi chaqueta y me preparo para salir.

Voy a verla.

Y lo peor es que no tengo idea de qué va a significar eso.

Alice

Ahora soy el entretenimiento de Nobuchika.

Me dejo caer sobre el sofá con el terminal todavía en la mano, sonriendo para mí misma mientras repaso mentalmente la conversación. Ginoza llamándome porque no tiene idea de qué hacer con su semana libre es, objetivamente, una de las cosas más graciosas que han pasado en los últimos días. El hombre más estructurado del universo, completamente desorientado porque no tiene tareas que completar.

Me estiro perezosamente, dejando que mi cabeza caiga contra el respaldo del sofá. Bueno, si va a usarme como escape a su crisis existencial, lo mínimo que podría hacer es traer a Dime.

Porque, si voy a tener que lidiar con él durante el resto del día, prefiero hacerlo mientras acaricio al husky más lindo de Japón.

Abro la aplicación de mensajería y tecleo rápido.

"Si no traes a Dime, no te dejo entrar."

Espero unos segundos, pero no recibo respuesta inmediata. Me río suavemente, imaginando su expresión mientras lee el mensaje. Probablemente frunce el ceño, empuja sus lentes con un dedo y resopla, murmurando para sí mismo sobre lo ridícula que soy.

Ojalá lo haga.

Ojalá lo haga y, de todas formas, traiga al perro.

Me levanto con energía renovada y camino por la mansión, tratando de decidir qué hacer con la repentina visita de Ginoza. Sé que él no tiene ningún plan, y la idea de verlo incómodo e intentando llenar el vacío de su existencia con conversación forzada ya es suficiente entretenimiento por sí misma.

Aunque, claro…

Tal vez podríamos besarnos.

El pensamiento cruza mi mente con la misma naturalidad con la que atravieso los pasillos de la casa. No es una idea nueva. No es como si no lo hubiera considerado antes. Nos hemos besado varias veces ya. Y si no hemos cruzado más líneas, no es porque yo no estuviera dispuesta. Es porque él nunca se atrevería.

Y no es que no quiera. Es que se trata de Nobuchika.

Demasiado racional, demasiado autocontrolado, demasiado consciente de cada maldita implicación.

Así que sí, tal vez nos besemos. Tal vez se quede más tiempo del que planeaba y termine contra alguna pared con mis manos enredadas en su cabello, con mi boca explorándolo de nuevo, con su respiración entrecortada mientras intenta convencerse de que no debería estar haciendo esto.

Pero eso es todo. Porque no va a permitirse más.

No importa cuánto me desee, no importa cuánto se deje llevar en el momento, jamás cruzará la línea. Y lo sé.

Porque Nobuchika no es Shinya.

Me detengo en la puerta del salón y dejo escapar un suspiro, debería encontrar algo para hacer hasta que llegue.

O, mejor dicho, hasta que llegue Dime.

Porque si no lo trae, Nobuchika no va a entrar a esta casa.
Ginoza

Dime. Por supuesto.

Ruedo los ojos al ver el mensaje de Alice en la pantalla de mi terminal.

"Si no traes a Dime, no te dejo entrar."

No hay introducción, no hay contexto, solo la certeza absoluta de que ella espera que haga exactamente lo que quiere. Me paso una mano por la cara con exasperación. Qué sorpresa.

Dime, que estaba descansando a mi lado, levanta la cabeza en cuanto escucha su nombre en mi tono habitual de fastidio. Me mira con sus ojos desiguales, el izquierdo grisáceo y el derecho marrón, con esa expresión de paciencia infinita que solo él puede tener conmigo. Su cola se mueve ligeramente, pero no demasiado rápido. No entiende completamente la situación todavía, pero sabe que algo pasa.

—Hoy te toca ver a Alice —digo, y Dime inclina la cabeza con interés, sus orejas moviéndose con atención.

No sé si entiende exactamente lo que significa, pero sí entiende que es importante. Y cuando entiende que algo es importante, lo toma en serio.

Me levanto del sofá y busco la correa por inercia, pero la dejo sobre la mesa sin pensarlo demasiado. Nunca la uso con Dime a menos que haya gente alrededor. No la necesita. No se aleja demasiado. Nunca lo hace.

Dime es un perro educado, obediente, con un temperamento medido que responde solo cuando es necesario. No se deja tocar por cualquiera, no se entusiasma con extraños, no permite que lo mimen sin evaluarlos primero. Excepto, al parecer, con Alice.

Y sé lo que va a pasar en cuanto la vea. Primero la va a estudiar. No va a ser efusivo de inmediato, porque solo la vio una vez. Pero no va a tardar en ceder. Porque es Alice. Y Alice consigue lo que quiere.

—Vamos —digo finalmente, y Dime se pone de pie con una facilidad natural, como si hubiera estado esperando la orden desde que escuchó su nombre.

Camina a mi lado con paso firme mientras salimos de casa. No necesita la correa. Pero sé que en cuanto lleguemos a la mansión Carter, la historia será diferente.

Dime es inteligente. Más de lo que la mayoría de la gente cree. Y Alice lo va a malcriar.

Me lo imagino con claridad. Alice inclinándose, Alice sonriendo con esa expresión suya de absoluta satisfacción cuando lo haga ceder, Alice hablando con él con una dulzura exagerada que Dime, el perro más bien entrenado que he visto en mi vida, va a aceptar sin resistencia.

Me molesta.

Pero igual lo estoy llevando.

Porque no importa cuánta exasperación me cause Alice, no importa cuánto me moleste la idea de verla con Dime y saber que en cuestión de minutos mi perro va a pertenecerle más a ella que a mí.

Cuando llegamos a la Mansión Carter, detuve el paso sin poder evitarlo.

La palabra mansión no le hacía justicia. Era demasiado. Como si alguien hubiera decidido construir un palacio en medio de la ciudad, como si esta propiedad existiera en un plano completamente distinto al resto del mundo. Columnas enormes, un portón de hierro forjado que parecía sacado de una pintura renacentista, un jardín tan meticulosamente cuidado que casi me molestaba lo perfecto que era. No había ni una hoja fuera de lugar, ni una imperfección en el césped.

Esto no encajaba con Alice.

Sabía que venía de una familia poderosa, pero esto era algo más. Esto era irreal.

Dime, a diferencia de mí, no parecía impresionado en lo más mínimo. Movía la cola con calma, pero con esa anticipación contenida de un perro que sabe que está a punto de recibir algo bueno. Su hocico se alzó ligeramente, olfateando el aire, sus orejas atentas. Sabía que Alice estaba cerca.

Antes de que pudiera procesar por completo lo que estaba viendo, la puerta principal se abrió.

Alice apareció en la entrada, con un vestido de tirantes ligero que le caía con naturalidad sobre el cuerpo, el cabello recogido en una coleta alta y unas sandalias simples que contrastaban con el lujo exagerado de la mansión detrás de ella. Ella no encajaba aquí. Pero tampoco parecía importarle.

—¡Gino! —exclamó, su voz vibrante, con esa facilidad suya para hacer que todo pareciera más simple de lo que era en realidad.

Apreté los labios y parpadeé antes de responder.

—Ari.

Alice sonrió con una suavidad inusual y bajó los escalones con pasos ligeros. Pero no se acercó a mí de inmediato. Dime captó toda su atención.

El perro se quedó quieto, observándola con curiosidad, sin lanzarse a ella de inmediato. Solo la había visto una vez, y aunque había mostrado un afecto inmediato, Dime no era un animal que se descontrolara fácilmente.

Alice, en cambio, no tenía esas restricciones.

—Dime —susurró su nombre como si fuera lo más hermoso que había pronunciado en su vida, con una reverencia casi absurda, con una ternura tan pura que me tomó desprevenido. Se agachó lentamente, estirando la mano hacia él, sin forzarlo, dejando que fuera él quien decidiera acercarse.

Dime la miró durante un segundo más y luego, como si algo en ella lo convenciera, avanzó despacio, oliendo su mano antes de apoyar su hocico en su palma. Alice rió suavemente y deslizó los dedos por su pelaje con una devoción que nunca había visto en ella antes.

—Te amo —dijo sin dudarlo, como si fuera lo más natural del mundo.

Dime ladeó la cabeza y luego le lamió la mano.

—Dios mío, Gino, dime que no es el ser más perfecto que ha pisado la tierra.

Solté un suspiro, pero mi expresión se relajó sin que pudiera evitarlo.

—Lo es —admití, resignado.

Alice apoyó su frente contra la de Dime, cerrando los ojos con una expresión de satisfacción absoluta.

—Lo sabía. Somos almas gemelas.

Dime dejó escapar un leve sonido, algo entre un resoplido y un suspiro, y se quedó completamente quieto bajo sus manos. Eso no era normal en él. No solía rendirse tan rápido con la gente nueva, no solía aceptar este tipo de contacto tan fácilmente.

Pero con Alice, sí.

La observé sin decir nada, sin saber exactamente por qué me afectaba tanto ver esto. Quizás porque Alice nunca dice cosas como te amo con facilidad. No cuando se trata de personas. Pero aquí estaba, diciéndoselo a Dime sin dudar, como si ya lo sintiera en cada célula de su cuerpo.

Y lo peor era que lo decía en serio.

Alice se separó de Dime solo lo suficiente para mirarme con una sonrisa traviesa.

—Voy a secuestrarlo.

—No.

—No puedes detenerme.

—Sí puedo.

Dime se acomodó a su lado, sentándose junto a ella con la calma de quien sabe que ha sido conquistado sin remedio.

—Bueno, por ahora no, porque ya está de mi lado.

Rodé los ojos y sacudí la cabeza, pero no hice nada por separarlos. No tenía sentido intentarlo.

Alice se puso de pie y me hizo un gesto para que la siguiera.

—Vamos. Te mostraré la casa.

Sus palabras me hicieron recordar dónde estábamos. La observé un segundo más, luego desvié la vista hacia la mansión, sintiendo de golpe la abrumadora diferencia entre esto y mi mundo. No pertenecía aquí. Nunca pertenecí a algo así.

Alice parecía notar lo que pensaba, porque su tono cambió.

—No tienes que quedarte impresionado. Es solo una casa, Gino.

No respondí de inmediato, pero la seguí, con Dime trotando a su lado.

—Una casa que parece sacada de un maldito catálogo de arquitectura.

Alice rió suavemente, pero su expresión tenía algo más, algo más genuino, algo que no veía en ella con frecuencia.

—No significa nada para mí.

Me quedé en silencio. No porque no creyera en sus palabras, sino porque eran demasiado honestas. Alice Carter, que siempre lo dice todo en forma de broma o provocación, ahora lo decía en serio.

Alice me llevó a través de la mansión con la naturalidad de quien ha caminado esos pasillos miles de veces, pero sin la familiaridad de alguien que realmente los sienta como suyos. Era como si estuviera recorriendo un lugar prestado. Como si esta casa no le perteneciera realmente, a pesar de haber vivido aquí toda su vida.

Los techos eran altos, los candelabros de cristal colgaban con una elegancia que parecía demasiado perfecta, las alfombras eran gruesas y suaves bajo mis zapatos, y cada detalle, desde los frescos en los techos hasta los marcos dorados de las puertas, gritaban opulencia. Demasiado grande. Demasiado vacío.

A diferencia de Alice.

Ella caminaba delante de mí con las manos en los bolsillos de su vestido ligero, descalza, como si intentara rebelarse contra la solemnidad del lugar con el más mínimo gesto. Podía ver la contradicción en cada paso que daba.

—Esperaba que te burlaras de todo esto —dijo de repente, sin girarse a verme.

—¿Por qué?

—Porque lo haría en tu lugar.

Su tono era ligero, pero algo en sus palabras me hizo fruncir el ceño.

—No es mi estilo burlarme de lo que no entiendo —respondí.

Alice se detuvo frente a una gran puerta de vidrio que daba al patio trasero. Se giró hacia mí con una sonrisa pequeña, pero honesta.

—Lo sé.

Empujó la puerta sin prisa y una ráfaga de aire fresco nos envolvió. Salimos al patio, y como todo en esta mansión, era más impresionante de lo que debería ser.

El césped era un océano verde perfectamente recortado, con caminos de piedra blanca que conducían a distintos puntos del jardín. Un estanque brillante se extendía en una esquina, reflejando la luz del sol con un destello dorado, y a su lado, un pequeño puente de madera lo atravesaba con una elegancia minimalista. Los árboles estaban dispersos con un orden casi artístico, como si hubieran sido colocados allí no solo para dar sombra, sino para crear una imagen perfecta.

Y las esculturas. Mármol blanco, esculpido con una precisión absurda. Formas humanas congeladas en movimientos gráciles, demasiado valiosas para estar al aire libre, demasiado frágiles para un mundo real.

—Aquí estamos —dijo Alice, extendiendo los brazos como si presentara un espectáculo.

No pude evitar soltar un leve suspiro. Demasiado grande. Demasiado vacío.

Dime, en cambio, tenía una reacción completamente diferente. Su cuerpo se tensó ligeramente, su cola se alzó y sus orejas se movieron con atención.

—Creo que alguien está impaciente —murmuré, con una pequeña sonrisa.

Dime no dudó ni un segundo. Salió disparado hacia el césped con una explosión de energía que no le veía desde hace tiempo. Sus patas apenas tocaban el suelo mientras corría en zigzag, explorando cada rincón, parando solo para olfatear algo antes de seguir corriendo.

Alice rió, observándolo con una expresión de absoluta felicidad.

—Sabía que le gustaría. Es libre, como debería ser.

Dime frenó en seco, giró sobre sí mismo y luego corrió directamente hacia Alice, deteniéndose justo frente a ella con la lengua afuera y la respiración agitada. Le estaba evaluando.

Alice no se movió de inmediato. Se acuclilló con calma, extendiendo la mano sin invadir su espacio, dejándolo decidir.

—Hola, amor mío —susurró, con un tono tan lleno de cariño que me congeló en el lugar.

Dime la olió con cautela, luego inclinó levemente la cabeza. Alice sonrió y se acercó un poco más.

—¿Sabías que somos almas gemelas?

Dime la observó por un segundo más antes de lamer su mano con un movimiento lento y calculado.

Alice rió suavemente y deslizó sus dedos entre su pelaje con una delicadeza casi reverencial.

—Lo sabía. Lo supe desde el primer momento en que te vi.

Dime, como si entendiera cada palabra, se dejó hacer. Este no era mi perro. No más.

Yo nunca había escuchado a Alice hablar así. Tan suave. Tan sincera.

Se acercó más y apoyó su frente contra la de Dime, cerrando los ojos un momento.

—Te amo.

Tuve que apartar la mirada.

Dime se quedó completamente inmóvil. No era común en él, siempre estaba alerta, siempre atento a cualquier señal de su entorno. Pero con Alice, simplemente se entregó.

No sé cuánto tiempo se quedaron así, pero cuando Alice finalmente abrió los ojos y se giró hacia mí, ya no sonreía con su burla habitual. Solo sonreía.

—¿Qué? —preguntó con naturalidad.

Me crucé de brazos, fingiendo indiferencia.

—Nunca te había escuchado decir eso antes.

Alice ladeó la cabeza, como si no entendiera.

—¿Qué cosa?

—Te amo.

Sus labios se curvaron en una media sonrisa.

—Ah. Supongo que tú no me provocas lo mismo que Dime.

Solté un resoplido y sacudí la cabeza.

—No esperaba que lo hiciera.

Alice se incorporó, todavía rascando detrás de la oreja de Dime con una ternura que no había visto en ella antes.

—Ven. Te mostraré algo más.

Me guio a través del césped hasta una zona más apartada del jardín. Más lejos de la mansión, más lejos del lujo desbordante. Un lugar más real.

Nos detuvimos junto a un pequeño mirador cubierto de glicinas, con bancos de madera oscura y una vista panorámica del paisaje que se extendía más allá de la propiedad. No estaba decorado como el resto del jardín. Aquí, la naturaleza había tomado un poco más de control. La hierba crecía sin una simetría perfecta, las flores trepaban por las vigas sin una poda estricta. Este lugar no estaba diseñado para impresionar.

—Aquí vengo cuando necesito escapar un poco —admitió Alice, apoyándose contra una de las columnas.

Me quedé en silencio por un momento, observando el lugar.

—No parece encajar con el resto de la mansión.

—Porque no encaja —respondió Alice—. Como yo.

La miré y ella sostuvo mi mirada con tranquilidad.

No había tristeza en su voz, ni resentimiento. Solo una aceptación absoluta. Ella sabía que no pertenecía aquí.

Dime trotó hasta nosotros, se dejó caer junto a Alice y apoyó la cabeza en su pierna con un suspiro satisfecho. Ella deslizó la mano por su lomo con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo, como si esto fuera exactamente lo que debía estar haciendo.

—Tú tampoco encajas aquí, Gino.

Me tensé ligeramente, pero Alice sonrió, sin malicia.

—Pero me gusta que estés aquí de todas formas.

No supe qué responder de inmediato.

Me quedé de sentado en el banco, con los brazos cruzados, observando cómo Alice se dejaba caer en el césped con esa despreocupación suya que hacía que todo lo que tocaba pareciera menos solemne, menos cargado de peso. Nada en ella coincidía con la mansión que la rodeaba. El contraste entre su vestido ligero, su risa fácil y la opulencia del jardín era casi absurdo.

Dime, mi siempre disciplinado, controlado y perfectamente educado husky, se quedó observándola por un instante. No corrió hacia ella de inmediato, no se lanzó como un perro cualquiera lo haría. Él no es así. Siempre mide sus reacciones, siempre espera, siempre analiza antes de actuar.

Pero Alice se quedó allí, tendida sobre la hierba, con los brazos abiertos, con la cabeza ladeada en su dirección, sonriéndole con una ternura que nunca había visto en ella.

—Vamos, Dime —susurró, con una dulzura absoluta—. Te estoy esperando.

Y entonces, sin dudarlo más, Dime trotó hacia ella.

No con la contención que siempre lo caracterizaba, no con la paciencia que tenía incluso conmigo. No.

Con una felicidad pura y descarada, como si acabara de encontrar lo que siempre había estado buscando.

Alice rió suavemente cuando él llegó a su lado y, en el momento en que lo tocó, el perro simplemente se rindió.

Dime se dejó caer de lado con un suspiro de satisfacción, su cola moviéndose con un ritmo pausado pero constante, permitiéndole hacer lo que quisiera. Alice se giró de inmediato, abrazándolo como si fuera un enorme peluche, su mano deslizándose con devoción por su lomo, por su cuello, por cada rincón de su cuerpo que pudiera alcanzar.

—Eres el ser más perfecto del universo —susurró contra su pelaje—. Te amo.

Las palabras salieron de nuevo, de su boca con tanta facilidad, con tanta sinceridad, que sentí algo en mi pecho apretarse sin razón aparente.

—Dime —murmuré, sin poder evitarlo—. ¿Qué estás haciendo?

Él ni siquiera me miró.

Alice levantó la cabeza con una sonrisa radiante.

—Lo que cualquier alma gemela haría —respondió, con la absoluta certeza de quien no tiene ninguna duda de que esto es exactamente lo que debe estar pasando.

Me acerqué lentamente, todavía incrédulo ante lo que veía.

—No puedo creerlo. Ese perro ha ignorado a personas durante años. Y ahora míralo.

Alice se giró hacia mí sin soltar a Dime, como si él y ella fueran parte de la misma cosa.

—Tal vez solo necesitaba encontrarse con alguien que lo entendiera.

—¿Y tú lo entiendes?

Ella asintió con convicción.

—Por supuesto. Somos iguales. Somos almas libres atrapadas en un mundo que nos quiere encerrar en jaulas.

No respondí de inmediato.

Porque, aunque quería burlarme de la idea, algo en cómo lo dijo me hizo quedarme callado.

Dime, traidor absoluto, apoyó su hocico contra su cuello y suspiró profundamente.

Alice cerró los ojos y sonrió, como si este fuera el mejor momento de su vida.

—Te amo tanto —murmuró contra su pelaje—. Si Gino me deja, voy a robarte.

—No —respondí de inmediato, sin siquiera pensarlo.

Alice se rió, pero su risa no tenía burla. Era algo más genuino, algo más real.

—Entonces tendrás que traerlo siempre. Porque lo necesito.

Me dejé caer sobre el césped, sentado junto a ellos, todavía sin poder creer que estaba presenciando esto.

—Nunca lo había visto tan feliz —admití, en voz baja.

Alice levantó la mirada, con ese brillo en sus ojos que siempre parecía esconder algo más.

—¿Lo ves? Te lo dije. Somos almas gemelas.

Alice seguía recostada en el césped, con Dime completamente entregado a ella, su hocico apoyado en su regazo mientras ella seguía acariciándolo con una devoción que nunca la había visto tener con otra persona. Su risa suave todavía flotaba en el aire, ligera, satisfecha, como si este momento fuera exactamente lo que había estado esperando desde siempre.

Yo, en cambio, seguía intentando procesar lo que acababa de presenciar. Mi perro, mi perfectamente disciplinado Dime, rendido en cuestión de minutos ante Alice Carter.

—Dime, ¿te das cuenta de lo especial que eres? —susurró Alice, su mano rascándole detrás de las orejas con movimientos suaves—. No hay nadie como tú, ¿lo sabías?

Dime exhaló un suspiro profundo y movió la cola con un ritmo pausado.

Y yo, que había estado observando en silencio todo este tiempo, no pude evitar soltar un leve resoplido.

Alice alzó la mirada hacia mí con una sonrisa traviesa al instante.

—Oh, ¿qué pasa, Gino? ¿Te molesta que le diga "te amo" a Dime y no a ti?

Me crucé de brazos, sosteniéndole la mirada sin ceder terreno.

—No.

—¿Seguro? Porque podrías habérmelo dicho antes. Tal vez podría haber hecho algo al respecto.

—Alice…

—Ari —corrigió de inmediato, sin dejarme terminar.

Cerré los ojos un instante, tomando aire. Esto no tenía sentido. No era un juego, no era una provocación sin significado. Era ella, diciendo algo que sabía que me haría reaccionar. Y yo no podía simplemente ignorarlo.

Me levanté del banco y me arrodillé cerca de Alice y Dime, apoyando las manos sobre el césped mientras la observaba con detenimiento.

—¿Qué se supone que debería hacer al respecto?

Alice ladeó la cabeza con diversión, todavía rascándole la cabeza a Dime, pero sin apartar sus ojos de los míos.

—No lo sé, Gino. ¿Qué quieres hacer?

Era una trampa. Lo sabía.

Alice nunca pregunta algo sin una intención detrás.

Dime se movió apenas, como si sintiera la tensión en el aire, pero Alice lo calmó con un simple roce de su mano sobre su pelaje.

Me acerqué un poco más. Porque para eso vine. Para acercarme. Para no dejar que Alice se alejara más de lo que ya lo había hecho.

Me apoyé en un codo, acercándome lo suficiente como para que no hubiera más que un par de centímetros entre nosotros.

—Tal vez quiero probar qué se siente si lo dices.

Por un instante, Alice pareció sorprendida. Solo un instante. Luego, sonrió con calma.

—¿Qué te hace pensar que lo diría?

Dime se movió ligeramente, sintiendo la cercanía, pero Alice lo mantuvo tranquilo con su tacto.

—Porque sé que no te cuesta decirlo cuando realmente lo sientes.

Alice dejó escapar una leve risa y, en lugar de responder de inmediato, llevó la mano a mi rostro con naturalidad, deslizando su pulgar sobre mi mejilla como si estuviera midiendo la distancia entre nosotros.

—Sabes muchas cosas, Gino. Pero no sabes si lo diré o no.

El roce de su piel contra la mía hizo que mi respiración se ralentizara por un segundo.

Alice nunca hace algo sin intención. Y yo tampoco.

Dime observó la interacción en silencio, su hocico aún apoyado en su regazo, pero su mirada curiosa. Él también estaba esperando a ver qué pasaba.

Me acerqué un poco más, apenas inclinándome, reduciendo aún más la distancia.

—Dímelo.

Alice entrecerró los ojos, su sonrisa aún presente, pero más suave. Más peligrosa.

—¿Para qué, Gino?

Deslicé mi mano sobre la suya, deteniéndola en mi rostro, atrapándola ahí. No iba a dejar que jugara con esto si no estaba dispuesta a asumirlo.

—Para ver si te atreves.

Alice sostuvo mi mirada, y su sonrisa se ensanchó.

—Entonces ven y averígualo.

Y, sin esperar más, la besé.

Su boca sabía a algo dulce, pero no de la forma obvia en que podría esperarlo. No era el sabor de algún postre o de su mocaccino habitual. Era algo más sutil, algo que no podía identificar del todo pero que ya me estaba volviendo adicto.

Sus labios se movieron contra los míos con una facilidad aterradora, como si este momento hubiera sido inevitable desde el principio. Como si todo lo que habíamos hecho hasta ahora, cada provocación, cada roce, cada mirada retenida más tiempo del necesario, nos hubiera llevado exactamente a este punto.

Mi mano se deslizó instintivamente hasta su cintura, sintiendo la calidez de su piel a través de la tela fina de su vestido. Alice suspiró contra mi boca, y el sonido me hizo apretar mi agarre, acercándola más a mí, asegurándome de que no había espacio entre nosotros.

Dime se movió a un lado, soltando un leve sonido de protesta como si estuviera recordándonos su existencia. Pero ni Alice ni yo reaccionamos de inmediato. No podíamos.

Porque ahora que la tenía así, no quería soltarla.

Porque Alice nunca se queda quieta, nunca permite que alguien la retenga sin poner resistencia. Pero ahora se estaba entregando.

Alice enredó sus dedos en mi cabello y tiró suavemente, lo suficiente como para enviarme una descarga eléctrica por la espalda. Maldita sea.

—Mira que atrevido, Gino —susurró contra mis labios, sin alejarse demasiado—. Pensé que ibas a hacerme rogarte un poco más.

No respondí de inmediato. No porque no tuviera algo que decir, sino porque no quería romper esto todavía. No quería darle espacio para que se alejara.

Así que, en lugar de responder, la besé otra vez.

Esta vez más profundo, más lento, más calculado. Si esto era un juego, entonces iba a jugarlo bien.

Alice se aferró más fuerte a mí, su cuerpo presionándose contra el mío con una necesidad que no esperaba de ella. Me volví adicto a esa sensación en cuestión de segundos. A la forma en que su respiración se entrecortaba, a la forma en que sus dedos se deslizaban por mi nuca, a la forma en que su cuerpo parecía encajar con el mío sin esfuerzo.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que finalmente nos separáramos. Un segundo. Un minuto. Toda la maldita eternidad.

Alice se quedó con los ojos entrecerrados, su boca todavía entreabierta, su respiración desordenada. Y luego, sonrió.

—Bueno, Ginoza, si querías que te dijera algo, esto definitivamente fue una mejor estrategia.

Me apoyé en mi codo, mirándola desde arriba, sin soltarla todavía. No quería soltarla.

—No voy a rogarte que me digas nada.

—¿No? —preguntó, ladeando la cabeza con diversión—. ¿Entonces qué?

—Entonces seguiré besándote hasta que te salga solo.

Alice rió, esa risa baja, suave, la misma que usa cuando realmente está disfrutando algo.

—Eso suena peligroso.

Me acerqué de nuevo, mis labios rozando los suyos en un gesto lento, tentador.

—Entonces supongo que estamos en peligro.

Alice suspiró y cerró los ojos, dejándome tomarla otra vez, como si realmente no tuviera otra opción.

Alice me miraba con la misma intensidad con la que miraba a Dime, pero esta vez era diferente. No era ternura desbordada, ni la dulzura pura que le reservaba al perro que ya había decidido que era su alma gemela. Esto era otra cosa.

Estábamos en el césped, con Dime a un lado, observándonos con su calma paciente, como si ya hubiera asumido que Alice le pertenecía a él y no a mí. No supe cuánto tiempo llevábamos así, con su cuerpo tan cerca del mío, con la calidez de su piel aún en mis labios. No quería moverme.

Alice llevó una mano a mi rostro, sus dedos deslizándose con un toque ligero sobre mi mejilla, y entonces, antes de que pudiera detenerla, se quitó las gafas.

—Quiero verte bien.

Mi cuerpo se tensó. Era demasiado rápido.

Traté de alcanzarlas para recuperarlas, pero Alice las alejó con un movimiento ágil y juguetón, mirándome con una media sonrisa que no tenía burla, solo curiosidad.

—No las necesitas, ¿verdad?

No respondí. Porque responder significaba admitir algo que nunca le había dicho a nadie. Que no las uso porque las necesite, sino porque no quiero ver mis propios ojos en cada reflejo.

Porque mis ojos son iguales a los ojos de mi padre.

Alice me observó con una suavidad que no esperaba. Su mirada recorrió mi rostro con una lentitud que me hizo contener la respiración por un momento.

—Me gustas, Gino.

La forma en que lo dijo, sin rodeos, sin filtros, sin esperar nada a cambio, hizo que todo dentro de mí se detuviera por un instante.

—¿Desde cuándo? —pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.

Alice se inclinó un poco más, sus labios apenas rozando mi mandíbula cuando respondió.

—Desde que te vi jugar ajedrez con tanto esfuerzo para ganarme.

No pude evitar soltar un leve resoplido.

—Eso es ridículo.

—No lo es. Me gustaste más cuando descubrí que tenías estos ojos verdes y decidiste esconderlos.

Tragué saliva. Alice se estaba acercando más, su nariz apenas rozando la mía, su aliento tibio sobre mi piel.

—Si sigues mirándome así —susurró—, podría enamorarme de ti.

Mis dedos se cerraron sobre su cintura, sintiendo la tela suave de su vestido entre mis manos. Era demasiado.

Alice Carter no dice esas cosas sin intención.

Y yo, que había pasado tanto tiempo huyendo de lo que ella podía hacerme sentir, de repente, ya no quería escapar.

No le respondí con palabras.

Solo la besé otra vez. No era un beso arrebatado, no era la desesperación del momento, sino algo más profundo, más intencional. No necesitaba ser frenético para consumirnos.

Alice suspiró contra mis labios, su cuerpo encajando contra el mío con una facilidad que no debería existir. Su mano aún sostenía mis gafas, como si se negara a devolvérmelas, como si hubiera decidido que quería verme sin filtros, sin la barrera que había impuesto entre el mundo y yo.

—Dime que no las necesitas —murmuró, con su nariz rozando la mía.

No respondí. No podía.

No porque no supiera la respuesta, sino porque Alice sabía demasiado. Porque ella podía mirarme a los ojos y ver algo que nadie más veía, algo que yo mismo evitaba mirar.

Mi silencio pareció bastarle. Alice siempre entiende lo que no digo.

Acarició mi mejilla con la yema de los dedos, recorriendo la línea de mi mandíbula con un toque ligero, pero no dejó espacio para la burla, no dejó lugar para la provocación. Esta vez, solo quería estar cerca.

—Me gustas mucho, Gino —repitió contra mis labios.

Mi mandíbula se tensó por inercia. No por lo que dijo, sino por la forma en que lo hizo. No había vacilación en su voz, ni un atisbo de duda. Alice nunca duda.

Pero yo sí, porque nunca pensé que alguien pudiera decirme eso con tanta naturalidad, con tanta certeza.

—Llámame bien —dije, con una voz más ronca de lo que pretendía.

Alice levantó la vista, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y la diversión.

—¿Bien?

—No "Gino". Llámame bien.

Alice entrecerró los ojos, como si estuviera procesando la petición, como si estuviera tanteando lo que significaba para mí. Sus labios se curvaron en una sonrisa leve antes de acercarse más, de empujarme apenas hacia atrás hasta que mi espalda tocó el césped.

—Nobuchika —susurró, como si lo estuviera probando, como si saboreara cada sílaba antes de entregármela.

Mi estómago se contrajo.

Hasta ahora, Nobuchika era un nombre que existía solo en documentos y en la boca de mi padre y mi abuela. Pero en su voz, sonaba completamente distinto.

Mis manos se cerraron sobre su cintura, sintiendo la presión de su cuerpo contra el mío, la calidez de su piel a través de la tela ligera de su vestido. No quería soltarla.

—Otra vez —murmuré, antes de poder detenerme.

Alice apoyó la frente contra la mía, su sonrisa más suave, más peligrosa.

—Nobuchika.

Me tembló el aliento.

Era ridículo lo que estaba haciendo conmigo. Era ridículo lo que me hacía sentir.

No tenía control en este momento, no quería tenerlo. Porque Alice estaba aquí, porque me estaba llamando por mi nombre, porque todo en ella me pedía que no me alejara.

Así que no lo hice.

Alice se apoyó contra mi pecho, su peso liviano, su calor mezclándose con el mío, y en ese momento no hubo barreras entre nosotros. Nada de lo que normalmente nos detenía existía aquí. No estaba Nitto, ni el peso de los exámenes, ni la necesidad de mantener las apariencias. No estaban las expectativas que cargábamos, ni los silencios llenos de pensamientos sin decir. Solo ella y yo.

Sus labios volvieron a los míos con más calma esta vez, sin prisa, como si el tiempo no importara. Como si quisiera asegurarse de que yo realmente estuviera aquí con ella. Mis manos se deslizaron por su espalda, mis dedos atrapándola con un poco más de fuerza de la que pretendía, como si tuviera miedo de que desapareciera si la soltaba demasiado rápido.

Alice nunca se detiene, nunca se queda en un solo lugar, nunca permite que algo la ate. Pero en este momento se estaba quedando conmigo.

—Eres hermoso, Nobuchika —murmuró contra mis labios.

Su voz era clara, sin duda, sin juego. Lo dijo como si fuera un hecho innegable.

Mi cuerpo se tensó. Hermoso.

No era algo que alguien me hubiera dicho antes. No era algo que yo mismo pudiera creer.

Alice deslizó los dedos por mi rostro, deteniéndose apenas en la línea de mi mandíbula, acariciando mi piel con una delicadeza que no esperaba de ella. Alice, que es tan caótica, que es tan impaciente, que siempre empuja hasta encontrar un límite… ahora se estaba tomando su tiempo.

—Tus ojos son lo más bonito que vi en mi vida —susurró.

Me removí ligeramente debajo de ella, y Alice lo notó.

—¿No te gusta que lo diga? —preguntó, con una sonrisa apenas perceptible, pero con el tono de alguien que ya sabía la respuesta.

No le respondí. Porque no podía.

Mis ojos no son hermosos. Mis ojos son los de Masaoka.

Alice no sabe eso. No sabe por qué uso las gafas, no sabe por qué prefiero que nadie me vea sin ellas. No sabe que cada vez que me veo en un reflejo, veo algo que no quiero recordar. Pero Alice nunca pregunta lo que no necesita preguntar.

En cambio, se inclinó sobre mí y deslizó sus labios sobre mis párpados, besándolos con una suavidad que me quitó el aliento.

—Me gustan así. Sin nada que los esconda.

Cerré los ojos por un segundo, dejando que su voz quedara grabada en mi cabeza. Alice no se calla lo que siente. Nunca lo hace. Y, en este momento, no podía evitar sentir envidia de eso.

Porque yo no podía hacer lo mismo.

Porque, aunque en este instante mi cuerpo respondía a ella, aunque mis manos la sostenían con la certeza de que no quería dejarla ir, mi mente aún estaba atrapada en otra parte.

Y ella es un problema, uno que no puedo resolver ni controlar, que me arrastra fuera de cada estructura que intento sostener en pie. Y ahora está aquí, sobre mí, con la piel caliente bajo mis manos, con su respiración entrecortada en mis labios, con ese perfume de manzana y frambuesa y algo más que no podía identificar, algo que me hacía hundirme más profundo en ella.

La besé con más fuerza, porque si no lo hacía, iba a volver a pensar en Kougami.

No quería saber qué había pasado entre ellos. No quería imaginarlo. No quería que existiera. Pero no podía sacarme la idea de la cabeza, la posibilidad de que Alice lo hubiera mirado de la misma forma en la que me estaba mirando ahora, con esa suavidad peligrosa, con esa ternura que nunca le había visto usar con nadie más. No quería compartir esto.

Tal vez por eso estaba cediendo tanto.

Tal vez por eso estaba dándole todo lo que quería.

Porque si le daba suficiente, si le daba lo que Kougami no podía darle, si la llenaba de algo distinto, de algo más estable, de algo que no fuera solo esa intensidad descontrolada que siempre los rodeaba cuando estaban juntos, entonces tal vez podría borrar cualquier rastro de él en ella.

Alice deslizó los dedos por mi cuello, su piel fría contra mi calor. No se apuraba. No estaba jugando a provocarme, no estaba apurando el momento. Me estaba dejando hacer lo que quisiera con ella. Como si confiara en mí más de lo que yo confiaba en mí mismo.

—Eres raro, Nobuchika —murmuró, su aliento cálido en mi oído, su boca apenas rozando mi piel.

No supe si me estaba burlando o si realmente lo pensaba.

—¿Por qué?

Alice suspiró y hundió los dedos en mi cabello, lo enredó entre ellos con una paciencia que nunca imaginé que podría tener con alguien.

—Porque no entiendo cómo alguien tan insoportable puede hacerme sentir así.

Su confesión me dejó momentáneamente sin respuesta.

Porque Alice nunca había dicho algo así antes.

Porque si fuera una broma, si fuera solo parte de su juego, no lo habría dicho de esa manera.

Porque Alice no se deja llevar sin razón.

Apreté la mandíbula y bajé la cabeza hasta su cuello, aspirando su perfume sin poder evitarlo. Manzana. Frambuesa. Y algo más. Algo que solo era suyo. Algo que, por alguna razón, me volvía loco.

Me tomé un segundo antes de hablar.

—No sé qué se supone que haga contigo.

Alice rió suavemente, como si mi torpeza no le molestara, como si en realidad le gustara.

—Podrías empezar por no pensar tanto.

—No puedo hacer eso.

—Ya lo sé.

Alice me empujó levemente hacia atrás y me obligó a mirarla, sus ojos miel buscando algo en los míos que no sabía si quería dejarla encontrar.

—Entonces dime qué te pasa conmigo.

No supe responder de inmediato.

No porque no tuviera una respuesta, sino porque no sabía cómo decirlo sin que sonara completamente ridículo.

Pero Alice esperó.

Me pasé la lengua por los labios, todavía sintiendo el sabor de su boca en la mía.

—Me desesperas.

Alice sonrió apenas.

—Eso ya lo sabía.

—No así.

Se quedó en silencio, expectante.

—No sé qué hacer cuando estoy cerca de ti —dije, con la voz más baja de lo que pretendía. Más sincera de lo que pretendía.

Alice inclinó la cabeza, su sonrisa más pequeña, pero más real.

—Puedes hacer lo que quieras.

Mi mano subió hasta su rostro sin que me diera cuenta, mis dedos trazando la línea de su mandíbula con más delicadeza de la que creí posible en mí.

El momento fue destruido de la forma más abrupta y absurda posible.

Uno pensaría que la interrupción vendría de algo externo, tal vez de la consciencia de Alice volviendo a la realidad o de mí decidiendo que esto estaba yendo demasiado rápido. Pero no.

Dime, evidentemente harto de no ser el centro de atención, decidió que era el momento perfecto para intervenir.

Con un movimiento rápido y decidido, empujó su hocico entre nosotros, metiéndose literalmente en el medio de nuestro espacio personal. Un bloque de pelo y determinación canina rompiendo la tensión con la delicadeza de un ladrillo cayendo sobre vidrio.

Alice soltó un pequeño jadeo de sorpresa cuando el peso de Dime la hizo perder el equilibrio y rodar un poco sobre el césped. Yo, por reflejo, la sostuve, pero fue inútil porque Dime estaba decidido a hacerse notar.

Y lo logró.

—Dime, espera, ¡no es lo que parece! —exclamó Alice con dramatismo exagerado, levantando las manos como si estuviera siendo atrapada en el acto.

Dime, en respuesta, simplemente movió la cola con aire de superioridad y metió la cabeza debajo de su brazo, empujándola aún más como si quisiera reclamar su territorio.

—No puedo creerlo —murmuré, pasándome una mano por la cara.

Alice se incorporó ligeramente, todavía atrapada bajo el peso de Dime, pero con una sonrisa radiante en el rostro.

—Gino, ¿me estás diciendo que tu perro está celoso de mí?

—No está celoso —dije automáticamente, aunque viendo su actitud, tampoco estaba seguro de si era cierto.

Dime ignoró completamente mi intento de defender su dignidad y dejó escapar un bufido satisfecho cuando Alice empezó a rascarle detrás de las orejas.

—Sí, claro, Nobuchika. Mira esto.

Alice se acomodó mejor, rodeando a Dime con los brazos en un abrazo exagerado.

—¡Dime, mi amor! Perdóname, fui débil, fui humana.

Dime soltó un leve sonido de aprobación y apoyó su hocico en su hombro, completamente complacido con la súplica.

No sé qué me desconcertaba más, si la facilidad con la que Alice se comunicaba con él o la forma en que Dime la miraba como si fuera la única persona en el mundo.

Alice se giró hacia mí con una expresión de triunfo absoluto.

—Ahora que conozco a Dime y a tu abuela, oficialmente soy parte de la familia Ginoza.

Fruncí el ceño, cruzándome de brazos.

—Eso no es así como funciona.

Alice ignoró por completo mi intento de imponer lógica en la conversación y enredó sus dedos en el pelaje de Dime, sonriendo como si acabara de ganar algo.

—Voy a ser la mejor madre que este perro haya tenido.

La peor parte fue que Dime pareció estar completamente de acuerdo.

Abrí la boca para protestar, pero Alice me miró con una dulzura casi insoportable y suspiró dramáticamente.

—Es un niño muy sensible, Nobuchika. Necesita amor y cariño, y ahora su madre está aquí.

—Alice…

—Ari.

Cerré los ojos un segundo, intentando encontrar la paciencia necesaria para no seguirle el juego.

—No puedes simplemente adoptarlo.

—Oh, pero ya lo hice. Es demasiado tarde.

Dime, en el colmo de la traición, se acomodó sobre Alice con todo su peso, como si estuviera completamente de acuerdo con su nuevo estatus en la familia.

Me pasé una mano por la cara, sintiendo un dolor de cabeza formarse lentamente.

Alice Carter no solo había invadido mi espacio personal, no solo se había metido en mi vida de la manera más impredecible posible, ahora también había decidido que era la madre de mi perro.

Y lo peor de todo era que no podía discutirlo.

Porque Dime ya había tomado su decisión.

Alice levantó la cabeza y me miró con esa expresión suya de absoluta satisfacción.

—Supongo que ahora también soy oficialmente parte de tu familia, Gino.

Me tensé ligeramente. No porque la idea me molestara, sino porque Alice lo dijo en serio.

No estaba bromeando. No era solo un juego.

Porque conoció a mi abuela, y ahora conocía a Dime.

Y en mi mundo, eso significaba más de lo que podía admitir en este momento.