Ginoza
Alice deslizaba los dedos por el pelaje de Dime con un deleite que parecía tan genuino que casi me hacía olvidar que hace apenas un momento estábamos besándonos. El cambio de foco en su atención era tan brutal que me dejó preguntándome si había imaginado todo lo que había pasado antes.

Dime, por supuesto, estaba disfrutando cada segundo de su adoración, su cola moviéndose lentamente mientras presionaba su hocico contra su pecho con un suspiro satisfecho. El traidor absoluto.

Entonces Alice notó la moneda.

Se inclinó ligeramente y dejó que sus dedos la atraparan con cuidado, haciéndola girar suavemente entre sus manos, como si estuviera evaluando su peso.

—¿Qué es esto?

Dime se quedó quieto, como si también quisiera saber la respuesta.

—Una moneda —respondí de manera obvia, con la esperanza de que se aburriera rápido del tema y volviera a lo que realmente importaba.

—Ya veo eso, Sherlock. —Rodó los ojos y giró la moneda para ver el otro lado—. Es hermosa.

Me removí ligeramente en mi lugar, observándola mientras pasaba su pulgar por la superficie gastada de la moneda con una especie de fascinación infantil.

—Es una moneda de diez centavos de dólar —agregué, sin demasiado entusiasmo.

Alice alzó la vista con interés.

—¿Por qué Dime tiene esto?

Me crucé de brazos.

—Porque se la puse.

Alice entrecerró los ojos.

—No me digas.

No respondí.

No iba a explicarle por qué esa moneda en particular estaba ahí. No iba a decirle que fue la primera moneda que coleccioné cuando era niño, ni que, cuando Dime era un cachorro, la encontré entre mis cosas y decidí atarla a un hilo y ponérsela en el cuello.

Y definitivamente no iba a decirle que me gusta la numismática.

Porque cualquier persona con dos dedos de frente llegaría sola a esa conclusión.

Alice, en cambio, siguió examinando la moneda, deslizándola entre sus dedos con la misma fascinación que le había dedicado a Dime.

—Me encanta.

Eso no debería haber hecho que mi pecho se sintiera raro.

—No es nada especial —dije, esperando que con eso terminara el tema.

—Lo es para Dime. —Levantó la vista con una sonrisa traviesa—. Y si lo es para Dime, es especial para mí también.

Me llevé una mano a la nuca, sin saber exactamente qué responder.

Alice se incorporó lentamente, todavía con las manos sobre Dime, como si quisiera suavizar el momento de despedirse de él. Dime, en respuesta, dejó escapar un leve gruñido de protesta y se acomodó aún más contra su regazo, claramente en desacuerdo con la idea de moverse.

—Lo sé, amor mío, lo sé —murmuró Alice, acariciándole las orejas con una ternura que ya estaba empezando a parecer excesiva.

Dime no se movió. No parecía tener la menor intención de permitir que Alice se alejara.

—Dios, Nobuchika, ¿esto va a ser un problema? —preguntó, girando la cabeza hacia mí con una expresión que oscilaba entre la preocupación y la diversión.

Me crucé de brazos, observando cómo mi perro, el mismo perro que fue entrenado para responder solo a mis órdenes, estaba ahora prácticamente aferrado a ella como un niño que no quería separarse de su madre.

—Lo será si sigues mimándolo de esa manera.

Alice sonrió con suficiencia y bajó la cabeza para susurrarle algo a Dime antes de finalmente incorporarse. Dime protestó inmediatamente, soltando un pequeño gruñido de queja antes de darse por vencido y dejarse caer dramáticamente sobre el césped, como si el abandono de Alice fuera el mayor sufrimiento de su vida.

—¿Será mucho problema dejarlo en el patio un rato? —preguntó Alice, girándose hacia mí.

Negué con la cabeza.

—Es mejor que se quede corriendo aquí a que sigas consintiéndolo como si fuera un niño malcriado.

Alice soltó una risa ligera, palmeándome el pecho con suavidad.

—Nobuchika, cariño, este perro ya está malcriado. Solo que tú te negabas a aceptarlo.

No respondí. Porque, por mucho que quisiera discutirlo, Dime ya había dejado claro de qué lado estaba.

Alice tomó mi mano sin previo aviso y empezó a jalarme suavemente en dirección a la casa.

—Vamos, es la hora del five o'clock tea.

No la detuve. Ni siquiera pensé en hacerlo. Porque en cuanto Alice decide algo, simplemente se hace.

Me dejó apenas un respiro entre beso y beso mientras nos dirigíamos hacia la casa, su boca atrapándome entre pasos, sus dedos enredándose en mi camisa con la misma seguridad con la que me enredaba en ella.

No sabía cómo Alice lograba moverse entre la dulzura y la intensidad con tanta facilidad.

Hace apenas unos minutos estaba acurrucada con Dime en el césped, hablándole como si fuera su hijo. Ahora me estaba arrastrando entre los pasillos de la mansión, besándome con la misma convicción.

Cuando finalmente llegamos a la sala de estar, Alice me soltó solo lo suficiente como para dejarse caer con gracia en un sofá amplio, su vestido acomodándose con naturalidad sobre sus piernas.

La habitación era grande pero acogedora, con ventanales altos que dejaban entrar la luz de la tarde, estanterías llenas de libros perfectamente alineados, y una mesa de centro elegantemente dispuesta con un juego de té de porcelana fina.

Me incliné contra el respaldo del sofá y la observé con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Five o'clock tea?

Alice sonrió y tomó la tetera con delicadeza, sirviendo el líquido en dos tazas con una elegancia ensayada.

—¿Qué pasa? ¿Nunca has oído hablar de la tradición inglesa del té de las cinco?

—Sí, pero no esperaba que tú siguieras algo así.

Alice se acomodó mejor en el sofá y me tendió una taza.

—Mi educación fue completamente británica, Ginoza. Hasta hace unos meses, la etiqueta que conocía era la inglesa, no la japonesa.

Parpadeé, sorprendido. No porque no tuviera sentido, sino porque explicaba demasiado.

Alice se llevó la taza a los labios con un aire casi indiferente.

—Por eso me comporto "raro" a veces. En realidad, estos meses he estado aprendiendo los usos y costumbres de Japón.

Me quedé en silencio, procesándolo.

La manera en que hablaba con demasiada soltura, la forma en que ignoraba los silencios que los demás dejaban en las conversaciones, su inclinación natural a decir exactamente lo que pensaba sin preocuparse por si era apropiado o no… no era que Alice no tuviera etiqueta.

Solo tenía otra etiqueta.

Era inglesa en un país que priorizaba la moderación. Y, en lugar de adaptarse de inmediato, había estado aprendiendo a convivir con un sistema completamente diferente en tiempo real.

Y por alguna razón, eso hizo que todo lo que había pensado sobre ella hasta ahora se reestructurara en mi cabeza.

Alice me miró por encima del borde de su taza, con una sonrisa ladina.

—¿Qué pasa, Gino? ¿Sigo siendo un misterio para ti?

Alice se recostó en el sofá con una comodidad que contrastaba con la elegancia con la que sostenía su taza de té. Era la contradicción perfecta. Refinada y des complicada a la vez. Me costaba imaginarla siguiendo las estrictas reglas de etiqueta de la aristocracia británica, pero cuando servía el té, cuando se movía en este espacio con tanta naturalidad, se notaba en cada gesto que fue educada para ello.

—Tienes muchas costumbres inglesas para haber vivido toda tu vida aquí —comenté finalmente, observando cómo giraba la taza ligeramente antes de darle un sorbo.

Alice sonrió contra el borde de la porcelana.

—Mi familia es la segunda generación en Japón, pero trajeron muchas cosas de Inglaterra cuando se instalaron aquí.

Asentí lentamente. Eso ya lo sabía. La familia Carter no era un apellido cualquiera. No era solo Alice, ni siquiera Adam. Era historia. Parte de la élite de Japón, nombres que aparecían en los libros, en los medios, en cada esfera de poder imaginable. Y lo que no se registraba en documentos oficiales, se veía en la televisión.

Adam Carter aparecía casi semanalmente en algún noticiero. Conferencias, entrevistas, reuniones con figuras políticas. Siempre presente, siempre impecable, siempre controlándolo todo.

Pero lo que Alice decía ahora era nuevo.

—Entonces no toda tu familia está aquí.

Alice negó con la cabeza y dejó su taza sobre la mesa con un gesto medido.

—Solo una parte. Una rama de la familia se quedó en Japón, pero la mayoría sigue en Inglaterra.

Me incliné ligeramente hacia adelante. Eso tenía sentido.

—Y la empresa…

—Japón solo es una porción del conglomerado —confirmó Alice—. Es lo único que la gente aquí conoce porque el aislamiento impide saber qué pasó con todo lo demás.

El aislamiento. El bloqueo que impedía la comunicación real con el resto del mundo.

Japón se había cerrado al exterior, limitando el flujo de información, estableciendo su propia estructura bajo la supervisión de Sibyl. Lo que pasaba fuera de sus fronteras era un misterio. Y, según la lógica del sistema, no era necesario saberlo.

—Entonces no tienes idea de lo que pasó con el resto de tu familia.

Alice giró la cabeza y me miró con una expresión pensativa.

—Nadie lo sabe.

La idea de estar desconectado de una parte de tu propia familia, de no saber qué ocurrió con ellos, me resultaba extraña. Pero Alice no parecía afectada por ello. O quizás simplemente había aprendido a no preocuparse por lo que no podía cambiar.

—Tuviste que aprender toda esa etiqueta británica, entonces.

Alice soltó una risa baja.

—Por supuesto. No podían permitirse criarme de otra manera.

Me la imaginé, más joven, aprendiendo a sentarse correctamente, a caminar con la espalda recta, a hablar con la cadencia exacta para no sonar ni demasiado fría ni demasiado casual. Alice, atrapada en un mundo de normas rígidas que no tenían nada que ver con su esencia real.

—¿Te gustó?

Alice se quedó en silencio un momento, luego apoyó el mentón en su mano con una sonrisa vaga.

—No.

No explicó más. No necesitaba hacerlo.

Alice deslizó los dedos por el borde de su taza con la mirada perdida en el líquido oscuro. No parecía estar buscando las palabras correctas, ni preparándose para decir algo particularmente impactante. Simplemente hablaba.

—Mi madre se llamaba Naomi.

Me tensé levemente. No esperaba eso. No esperaba que me hablara de su madre, porque nunca la había mencionado antes, porque hasta ese momento, ni siquiera sabía su nombre. Alice hablaba de su padre, de su familia, de la empresa, incluso de su educación británica. Pero nunca de su madre.

—Murió hace ocho años —continuó con un tono que no tenía tristeza ni dramatismo. Solo un hecho, una línea en su historia.

Mis dedos se apretaron levemente contra la porcelana de la taza, pero no interrumpí. Sabía que, si lo hacía, ella podía cambiar de tema en cualquier momento.

—No sé mucho sobre ella. Lo poco que sé es lo que Adam me contó, y él no es del tipo que habla demasiado de los muertos. —Soltó una leve risa seca, sin humor—. Pero sí sé que su matrimonio con él fue arreglado.

La idea me cayó con un peso extraño en el pecho. Por supuesto. No era sorprendente. No en familias como la de Alice, donde todo estaba estructurado, donde nada era casualidad, donde hasta la vida personal estaba perfectamente planeada. Pero escucharla decirlo de esa manera…

—Naomi no tenía opción —siguió Alice—. No era japonesa, y no tenía poder en la familia Carter. La casaron con Adam porque era lo conveniente, porque era lo que correspondía. No porque se quisieran.

No dijo que eso la afectara. Pero lo hacía.

Lo hacía porque Alice, a pesar de todo, no era indiferente. No era como Adam.

—¿Te lo dijo él directamente?

—Por supuesto que no. —Rodó los ojos—. Pero Adam nunca se molesta en disfrazar la verdad. No tiene razones para hacerlo. Si le preguntas algo de frente, te lo dirá sin preocuparse por cómo suena. Y un matrimonio conveniente no es algo que él vea como un problema.

Me quedé en silencio, observándola, esperando lo que sabía que venía después.

Alice dejó la taza en la mesa y se apoyó en el respaldo del sofá, mirándome con una expresión que oscilaba entre la resignación y la burla.

—No tengo muchas dudas de que en el futuro me conseguirán un marido a mí también.

Lo dijo con la misma facilidad con la que hablaba de cualquier otra costumbre familiar, como si no tuviera peso, como si no fuera algo que pudiera cambiar su vida por completo.

No supe qué responder de inmediato. No me gustó escucharlo.

No me gustó imaginarlo.

—¿Y vas a aceptarlo?

Alice ladeó la cabeza, como si realmente estuviera considerando la pregunta.

—No lo sé. Quizás sí. Quizás no. Pero es lo que se espera de mí, ¿no?

No me gustó la respuesta. No me gustó la idea de que Alice, que era la persona menos domesticable que había conocido, pudiera simplemente resignarse.

Ella sonrió levemente, pero esta vez no había desafío en su mirada.

—No pongas esa cara, Nobuchika. No es como si me importara demasiado.

Pero me importaba a mí.

Alice se encogió de hombros con la facilidad de quien ya aceptó su destino y no planea pelear demasiado contra él. Eso me molestó. No porque esperara que se revelara contra su familia, no porque creyera que fuera a huir de todo, sino porque lo decía con una certeza demasiado tranquila.

—Igualmente, tienen que conseguirme un prometido que quiera soportar a alguien como yo.

Sus palabras deberían haber sonado con burla, con la exageración dramática que siempre usa cuando se burla de sí misma, pero no lo hicieron. Lo dijo como si realmente creyera que no había nadie que pudiera hacerlo.

—Honestamente —continuó, tomando su taza de nuevo y girándola ligeramente entre sus manos— no creo que haya nadie en la aristocracia japonesa que podría soportar a una extranjera fea que no encaja con lo esperado.

Mi cuerpo se tensó sin que pudiera evitarlo. ¿Cómo demonios llegó a esa conclusión?

—Alice…

—Ari —corrigió, sin mirarme.

Ignoré la corrección.

—¿Fea?

Alice soltó una risa baja, sin burla, sin provocación.

—No pongas esa cara, Nobuchika. Es la verdad.

No respondí de inmediato, porque ¿cómo se responde a eso?

Alice Carter, que exudaba confianza en todo lo que hacía, que se movía como si el mundo le perteneciera, ahora decía algo así como si fuera obvio.

Se llevó la taza a los labios antes de seguir.

—Si mi cara no espanta a mi futuro prometido, mis malos modos lo harán.

No sé qué fue lo que realmente me hizo reaccionar. Si el hecho de que lo dijera con tanta certeza, si el hecho de que realmente lo creyera, o si la forma en que hablaba de sí misma como si no valiera la pena.

Dejé mi taza sobre la mesa y me incliné hacia ella. No lo pensé.

Mi mano se deslizó sobre su mejilla, obligándola a mirarme.

—Eres la persona más hermosa que he visto en mi vida.

Alice parpadeó, completamente sorprendida.

Era la primera vez que la veía sin una respuesta inmediata.

—No me mires así —dije, con la voz más baja de lo que pretendía—. Como si fuera raro que alguien lo diga.

Alice pestañeó de nuevo, y por un segundo, creí que iba a reírse. Creí que iba a decir algo sarcástico, que iba a convertir el momento en algo ligero, en algo que no importara.

Pero no lo hizo.

Sus ojos se fijaron en los míos, y esta vez fue ella quien se inclinó.

Su boca se encontró con la mía sin advertencia, sin espacio para que pensara demasiado en ello. Fue un beso más corto que los anteriores, pero no por falta de intensidad. Fue un beso de agradecimiento.

Y cuando se separó, su mirada seguía sorprendida. Como si no esperara que yo dijera eso. Como si no esperara que alguien la viera de esa forma.

—Idiota —murmuró, pero su voz temblaba apenas.

Sonreí. Porque sabía que le había llegado.

Alice dejó la taza sobre la mesa y se estiró con la despreocupación de alguien que no tenía ninguna prisa por terminar la tarde. Yo, en cambio, sentía que el ambiente estaba cargado de algo más, algo que no había estado antes, algo que no podía ignorar. Todavía tenía el sabor de su boca en la mía, la sensación de su piel bajo mis dedos, el eco de sus palabras rondando en mi cabeza.

Alice dejo entrar a Dime a la casa, quien, alegremente comenzó a seguirla.

Y entonces, como si lo sintiera, Alice se giró hacia mí con una sonrisa ligera, como si estuviera a punto de sugerir algo completamente casual.

—Voy a llevarte a mi habitación favorita de la casa.

Me congelé.

No lo demostré, pero sentí la tensión en mis hombros, la rigidez en mi mandíbula. No podía estar hablando en serio. O tal vez sí. Tal vez Alice decía las cosas sin pensar demasiado, con esa facilidad suya que hacía que todo pareciera simple, pero esta vez… esto no era simple.

Ella ya se estaba poniendo de pie, esperándome con paciencia, con una mano extendida hacia mí como si nada fuera extraño en lo que acababa de decir. Yo la miré fijamente por un segundo demasiado largo antes de respirar hondo y levantarme también. Iba a seguirla. Por supuesto que iba a hacerlo.

El pasillo se extendía ante nosotros, interminable, con alfombras gruesas que absorbían el sonido de nuestros pasos, con paredes cubiertas de retratos antiguos que me miraban como si supieran exactamente lo que estaba pensando. Alice caminaba con naturalidad, sin apuro, sin ninguna señal de que esto significara algo más que lo que era. Pero para mí, significaba algo más.

Me había besado. Se había dejado llevar por mí. Me había dicho cosas que nunca imaginé que alguien como ella pudiera decir con sinceridad. Y ahora me estaba llevando a su habitación.

Mi mente se debatía en una espiral que no podía controlar. ¿En serio estoy dispuesto a esto?

No es que no lo deseara. Dios, lo deseaba. Pero para mí, el sexo es algo que debe hacerse después del matrimonio. Es una creencia que nunca había puesto en duda, algo que siempre tuve claro. Pero con Alice, nada estaba claro.

¿Y si este era el momento en que todo cambiaba?

No podía hacerlo. No ahora. No porque no quisiera, sino porque si alguna vez me acostaba con Alice, no sería algo casual. No sería algo que pudiera dejar atrás. Y no descarto casarme con ella algún día, pero… no puede ser ahora.

No sé si ella lo notó. No sé si sintió mi pulso acelerado, si pudo ver la tensión en mis gestos, si entendió lo que pasaba por mi cabeza. Pero Alice no se detuvo.

Cuando finalmente se detuvo frente a una puerta doble de madera oscura, mi cuerpo estaba tenso, preparado para lo que fuera que viniera después.

Alice empujó las puertas y entró. Y yo, con la respiración contenida, la seguí.

Mi tensión se disipó en un instante.

No era su habitación. Era una sala de música.

El espacio era inmenso, con paredes cubiertas de paneles de madera oscura que le daban una acústica perfecta. Un piano de cola ocupaba el centro de la habitación, con su superficie brillante reflejando la luz que entraba por los ventanales altos. Pero no era solo el piano. A un lado, un violín descansaba en su estuche, un violonchelo apoyado contra un soporte cercano, una guitarra acústica en otra esquina, y más allá, un arpa que parecía sacada de un museo. En un estante al fondo, vi flautas, clarinetes, saxofones. Un arsenal musical.

—¿Qué es esto? ¿Tu propia orquesta privada?

Alice se rió suavemente mientras cruzaba la habitación con pasos ligeros, sus dedos deslizándose por la tapa del piano con la familiaridad de quien había pasado toda su vida aquí.

—Algo así. Mi padre cree que cada instrumento es una inversión, pero yo creo que solo quería llenar espacio.

Se dejó caer en el banco del piano, su vestido acomodándose sobre sus piernas, sus manos encontrando las teclas con un gesto natural, casi automático. Como si estuviera saludando a un viejo amigo.

Me sentí como un idiota.

Había estado caminando todo el trayecto hasta aquí con la cabeza llena de ideas que ni siquiera tenían sentido. Alice no me estaba trayendo a su habitación por lo que yo había pensado. No era eso.

Pero el alivio que sentí fue acompañado por otra cosa. Algo más profundo, algo más peligroso. ¿Por qué fue mi primer pensamiento?

Alice levantó la mirada y me sonrió con una calidez que hizo que mi estómago se contrajera.

—Vamos a empezar con esto —dijo, señalando el piano—. Es lo más sencillo para ti.

Me crucé de brazos, levantando una ceja.

—¿Sencillo?

—No te preocupes, Nobuchika, no espero que seas un prodigio. Solo quiero que toques algo básico.

Me acerqué con algo de reticencia y me senté a su lado. Alice comenzó a mostrarme una progresión sencilla de acordes, repitiéndolos con paciencia mientras mis dedos tanteaban las teclas. No fue difícil seguirla, aunque mis movimientos eran torpes al principio.

Alice sonrió cuando logré mantener el ritmo de la base.

—Eso es. ¿Ves? No eres tan malo como pensabas.

—Es lo básico. No es exactamente impresionante.

Alice rió suavemente, pero no dijo nada. En lugar de eso, sus manos se movieron hacia el otro extremo del piano y, sin previo aviso, comenzó a tocar una melodía compleja que se entrelazaba con la base que yo estaba haciendo. Su parte fluía con una precisión impresionante, cada nota encajando perfectamente, como si el piano hubiera cobrado vida.

Me detuve un instante, pero Alice no dejó de tocar.

—Sigue. No pares.

Volví a concentrarme, continuando con la base mientras ella creaba algo completamente distinto sobre ella. Y, por primera vez en mi vida, entendí por qué la música era tan importante para ella.

La sala entera se llenó con el sonido del piano, y por un instante, todo lo demás desapareció. No importaban mis pensamientos anteriores, no importaban mis dudas, no importaban mis reglas. Solo Alice y yo, tocando juntos.

Cuando terminamos, las últimas notas flotaron en el aire antes de desvanecerse. Alice giró hacia mí con una expresión satisfecha.

—¿Qué te pareció?

—Impresionante. Aunque claramente tú hiciste todo el trabajo.

Alice negó con la cabeza.

—Tu base fue el corazón de todo. Sin ella, mi parte no habría tenido sentido.

No supe qué responder. Porque, de alguna manera, lo que dijo no parecía solo sobre la música.

—Entonces, ¿esto es lo que más te gusta hacer?

Alice asintió, mirando el piano con un brillo en los ojos que rara vez veía en ella.

—Sí. Toco varios instrumentos, pero el piano, el violín y la guitarra son mis favoritos. También el cello, cuando estoy de humor. Pero el piano siempre ha sido especial para mí.

La escuché en silencio, sintiendo que estaba viendo una parte de Alice que nunca había visto antes.

Alice dejó que sus dedos descansaran sobre las teclas del piano por un momento, como si estuviera decidiendo si decirlo o no. Su mirada estaba fija en el instrumento, pero había algo en su postura, en la manera en que se mordió el labio apenas un segundo, que me hizo notar que esto era importante.

—Terminé el Opus No. 01 de Carter. Al fin.

No respondí de inmediato. Sabía lo que significaba.

Desde la primera vez que me habló de su composición, Alice siempre había oscilado entre la frustración y la arrogancia, entre la certeza de que revolucionaría la música y la resignación de que, tal vez, nunca llegaría a terminarlo. Había peleado con esta pieza durante meses. Y ahora me lo decía como si fuera cualquier cosa, pero yo sabía que no lo era.

—¿Puedo escucharlo? —pregunté, aunque sabía que no tenía que hacerlo.

Alice sonrió, deslizando las yemas de los dedos por las teclas como si estuviera despertando al piano de un largo sueño.

—Esa es la idea, Nobuchika.

No había burla en su voz. No había juego.

Se acomodó en el banco y respiró hondo antes de empezar a tocar.

La primera nota flotó en el aire con delicadeza, pero no era frágil. Alice no toca con fragilidad. Alice toca con certeza.

La melodía comenzó con suavidad, casi tímida, como si estuviera tanteando su propio terreno, pero poco a poco se fue construyendo sobre sí misma, creciendo en complejidad sin perder esa calidez extraña que no había tenido cuando la escuché pelear con ella en la academia.

Antes, esta composición estaba muerta.

Antes, Alice se quejaba de que solo era técnica, de que le faltaba algo, de que no podía encontrar el alma que quería darle.

Ahora la tenía.

No era una obra maestra. No era perfecta. No era algo que fuera a revolucionar la música, como ella había declarado con esa confianza suya cuando la empezó. Pero era hermosa.

Y, lo más importante, era suya.

Me quedé en silencio mientras la escuchaba, observando la manera en que cerraba los ojos con cada nota, en cómo sus manos se movían con precisión, pero sin rigidez, en cómo esta vez no estaba peleando con la música.

Cuando la última nota se desvaneció en el aire, Alice dejó caer las manos sobre su regazo y suspiró, como si finalmente se hubiera librado de un peso que había estado cargando todo este tiempo.

No dije nada enseguida. Sabía que Alice no necesitaba cumplidos vacíos. Sabía que lo que ella quería de verdad era una reacción sincera.

Así que le dije la verdad.

—Es hermosa.

Alice giró la cabeza hacia mí, con una sonrisa que parecía esconder algo más.

—¿De verdad lo crees?

—Sí. Y esta vez suena como tú.

Ella no respondió de inmediato. Solo se quedó mirándome por un momento antes de apoyarse contra el piano y reír suavemente.

—Supongo que finalmente lo logré.

—Sí.

Alice se quedó en silencio por un momento, con los dedos aun rozando las teclas, como si todavía no estuviera lista para soltarlas por completo. Me quedé mirándola, notando la forma en que sus hombros parecían más relajados que de costumbre, como si, después de tanto tiempo, finalmente hubiera encontrado lo que estaba buscando.

—No creí que lo terminaría —admitió finalmente, con una sonrisa pequeña, sin la confianza exagerada que solía poner en todo lo que decía—. Durante meses fue solo ruido. Técnica sin sentido.

Me incliné un poco más hacia ella, apoyando un codo en el piano.

—¿Y qué cambió?

Alice giró la cabeza hacia mí y me miró como si la respuesta fuera tan obvia que no entendía cómo no la había dicho ya.

—Yo cambié.

No lo dijo con tristeza. No lo dijo con orgullo. Lo dijo como un hecho, como algo que había aceptado.

Y entonces lo entendí.

El Opus No. 01 de Carter no se había completado porque Alice había encontrado una melodía perfecta o porque había descubierto un truco técnico que antes no conocía. Se había completado porque Alice, por primera vez, dejó de intentar que su música fuera algo que no era.

Antes, Alice intentaba hacer algo impresionante. Algo grandioso. Algo que probara su talento.

Ahora, simplemente hizo algo que sintiera.

—Por eso suena como tú —dije en voz baja.

Alice ladeó la cabeza, su sonrisa volviéndose más traviesa, como si esperara que yo dijera algo más.

—¿Así sueno para ti, Nobuchika?

Rodé los ojos, pero no me alejé.

—No voy a decirlo si lo que quieres es burlarte después.

Alice apoyó un codo en el piano y su mentón en su mano, todavía sonriendo.

—No me burlaría de ti.

—Sí lo harías.

Su risa fue baja, suave. Sabía que tenía razón.

Dime, que hasta ahora había estado tranquilamente dormido en una esquina de la sala, se movió perezosamente y nos miró con la paciencia infinita de quien ya aceptó que Alice iba a reclamar cada parte de su vida sin permiso.

Alice lo miró de reojo y estiró una mano para llamarlo, pero Dime solo parpadeó lentamente y volvió a acomodarse, claramente demasiado cómodo como para moverse.

—Mi hijo está cansado —murmuró Alice con fingida preocupación.

Apreté los labios.

—No es tu hijo.

—Eso es lo que crees.

Alice deslizó la mano sobre el piano, dejando que las teclas emitieran un leve sonido al pasar sobre ellas con descuido.

—Dime, ¿tú crees que papá sabe que mamá acaba de escribir una obra maestra?

Dime no reaccionó.

—Eso pensé.

Solté un suspiro y me pasé una mano por la cara.

—Dime no puede ser tu hijo.

—¿Por qué no?

—Porque es mi perro.

Alice me miró fijamente, con una expresión completamente seria.

—Gino, así funcionan las familias.

Me tensé. No porque la conversación estuviera tomando un rumbo absurdo, sino porque lo dijo con demasiada facilidad.

Y Alice, cuando dice cosas con facilidad, casi siempre las cree.

Ella notó mi reacción y sonrió con satisfacción.

—Oh, Nobuchika… ¿qué pasa? ¿Esa palabra te asusta?

No respondí.

Porque no me asustaba, ya lo había pensado antes.

Y porque Alice Carter tenía esta maldita forma de decir lo que yo mismo todavía no era capaz de aceptar.

Ella deslizó la mano sobre mi mejilla y, antes de que pudiera detenerla, me besó de nuevo.

No era la misma urgencia de antes. No era el fuego del jardín ni la necesidad de la primera vez.

Era más profundo.

Alice me besaba con la misma facilidad con la que hacía todo en su vida, como si no hubiera espacio para la duda, como si ya hubiera decidido que esto era exactamente lo que debía estar pasando. Sus labios eran suaves y cálidos, se movían contra los míos con una seguridad que me hacía sentir como si ya hubiéramos hecho esto cientos de veces antes. Como si todo en ella estuviera diseñado para hacerme perder la cabeza.

Pero en vez de dejarme llevar, en vez de simplemente aceptar que estaba besándome y que yo quería seguir besándola, mi mente hizo lo que mejor sabe hacer.

Pensar. Pensar en absolutamente todo, en lugar de disfrutar el momento.

Pensar en que Alice no es una persona que se deja atar, en que siempre ha sido un caos en mi vida, en que lo más probable es que esto no signifique nada más que un momento para ella. Pensar en que, si me lo tomo demasiado en serio, voy a ser yo el que salga lastimado.

Pero también pensar en lo contrario.

¿Y si no es solo un momento?

Alice nunca se contiene. Si está haciendo esto, si está entregándose de esta manera, si me está besando con esta intensidad, con esta dulzura inesperada, entonces tal vez esto sí es importante para ella.

¿Y si fuera yo?

La imagen se formó en mi mente antes de que pudiera detenerla. Alice en un vestido blanco, caminando hacia mí con esa sonrisa suya, la que siempre ilumina todo a su alrededor, la que hace que el mundo parezca un poco más brillante sin que ella siquiera se dé cuenta. Nosotros dos de pie frente a una multitud—quizás no tan pequeña, considerando su familia y la mía—pero en ese momento, nada de eso importaba. Solo ella.

Pude imaginar su risa resonando en algún lugar más íntimo, no en una mansión fría, no en una casa que nunca sintió como suya, sino en algo más cálido, más nuestro. Un lugar donde Alice pudiera tocar el piano cada mañana, mientras Dime corría libre en el jardín, y yo intentaba—fallidamente—mantener el orden que tanto necesitaba.

Una vida juntos.

No con los parámetros de su familia. No con el peso de la familia Carter sobre nosotros. No con Sibyl decidiendo si somos compatibles o no. Solo Alice y yo.

Y lo peor de todo es que no había ningún impedimento real para que eso pasara.

Nada, excepto la compatibilidad de Sibyl.

Pero en este momento, con Alice tan cerca, con su perfume envolviéndome, con su piel contra la mía, no me importaba.

Contrario a todo lo que mi racionalidad me dictaba, contrario a todo lo que me habían enseñado, contrario a lo que sé que debería estar pensando, no quiero esperar a la compatibilidad.

Porque Alice Carter nunca esperará.

Porque Kougami nunca esperaría.

Y yo no quiero ser el que se quede atrás.

La imagen era tan vívida que tuve que parpadear para volver a la realidad. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Alice se separó apenas, su rostro a centímetros del mío, sus ojos miel escudriñándome con esa intensidad suya que siempre parece saber exactamente lo que estoy pensando antes de que lo diga.

—Nobu —susurró, con una suavidad que me hizo estremecer.

La miré fijamente, sintiendo su respiración contra mi piel, su calor todavía impregnado en mi boca.

Y en vez de alejarme, en vez de volver a la lógica, en vez de recordarme a mí mismo todo lo que podía salir mal, hice lo único que tenía sentido en este momento.

La besé de nuevo.

Con más certeza, con más intención. Porque ya no tenía dudas.

Alice no se movió de donde estaba, todavía sentada en el banco del piano, todavía con los labios ligeramente entreabiertos, todavía observándome con esos ojos miel que siempre parecían escudriñar más de lo que deberían. Su expresión ya no tenía la satisfacción traviesa de antes, ni la arrogancia ligera de quien sabe que ha ganado algo. Ahora era curiosidad pura.

—¿En qué piensas, Nobuchika?

Su voz era suave, casi distraída, pero yo sabía que no lo era. Alice no pregunta sin un motivo.

Desvié la mirada por un instante, lo justo para romper el contacto visual sin parecer que estaba huyendo.

—No pienso en nada.

Alice entrecerró los ojos, analizándome en silencio.

Sabía que no me creía. Y tenía razón.

Porque mi mente seguía atrapada en la imagen que se había formado minutos atrás, en la idea de Alice en un vestido blanco, en la posibilidad absurda de que, si se lo pidiera, en unos años, tal vez aceptaría casarse conmigo.

Era ridículo.

Y, sin embargo, ahí estaba, metido en mi cabeza, sin intención de irse.

Alice no insistió. Tal vez porque entendió que no iba a obtener una respuesta real, o tal vez porque decidió que no era lo suficientemente importante como para presionarme. En su lugar, suspiró con pesadez y se estiró, mirando la hora en un viejo reloj de pared en la sala de música.

—Ya es tarde —murmuró, con un dejo de fastidio.

Asentí. Porque tenía que irme.

Y porque si me quedaba más tiempo, no iba a querer irme.

Dime, que hasta ahora había estado completamente ajeno a la conversación, se incorporó con pereza, sacudiendo su pelaje y estirándose como si él también hubiera sentido el peso del tiempo pasar. Alice bajó la mirada hacia él con una ternura inmediata, deslizando sus dedos detrás de sus orejas con un toque ligero.

—Déjamelo quedarse.

Me tensé por instinto.

—No.

Alice levantó la vista y me miró como si acabara de decir algo ofensivo.

—¿Por qué no?

—Porque no.

Alice chasqueó la lengua, claramente insatisfecha con mi respuesta.

—Eres un egoísta.

—Y tú eres imposible.

—No quiero que se vaya.

—No es tu perro.

Alice hizo un puchero exagerado, abrazando a Dime con dramatismo como si eso pudiera convencerme.

—Entonces quédate tú también.

Me pasé una mano por la cara, exhalando con paciencia medida.

—Alice…

—Ari.

—Dime tiene que irse conmigo.

—¿Por qué?

—Porque come una comida especial.

Alice parpadeó, como si mi excusa fuera demasiado absurda como para ser real.

—No me digas.

—No tienes su comida aquí.

—¿Y si la consigo?

—No tienes su comida aquí ahora.

Alice infló las mejillas, todavía sin soltar a Dime, quien, para mi absoluta desgracia, parecía más que cómodo en su regazo.

—Eres cruel.

—Soy práctico.

—No tienes corazón.

—Tengo uno, pero funciona con lógica.

Alice suspiró, dejando caer la cabeza sobre el lomo de Dime con un dramatismo ridículo.

—Eres un hombre frío, Nobuchika Ginoza.

—Y tú eres una niña malcriada.

Alice levantó la cabeza con una sonrisa astuta.

—Te gusto así.

Apreté los dientes. No iba a darle la razón, pero Alice ya lo sabía.

Se acomodó mejor junto a Dime, me miró con esa calma suya que siempre escondía algo más y deslizó los dedos por su pelaje con un movimiento distraído.

—Entonces, ¿cuándo volverás?

La pregunta me tomó por sorpresa.

No por el hecho de que la hiciera, sino por cómo la hizo. Sin provocación. Sin burla.

Como si realmente quisiera saberlo.

Me quedé en silencio por un momento, observándola.

—¿Quieres que vuelva?

Alice giró la cabeza hacia mí y sonrió, esta vez con suavidad.

—Claro que sí. Te dejé tocar mi piano.

Y, por alguna razón, eso fue suficiente para hacer que lo prometiera.

Alice volvió a sentarse conmigo en el banco del piano, con una sonrisa perezosa en los labios, su cabello ligeramente despeinado por mis manos, y sus ojos brillando con algo peligroso, algo que hacía que mi autocontrol colgara de un hilo. No se movía. No tenía prisa. Como si estuviera disfrutando del hecho de que yo, en cambio, sí estaba en problemas.

Yo tenía que irme. Eso era un hecho. Pero Alice no estaba facilitando las cosas.

—En serio quiero que vuelvas, Nobuchika.

Su tono era ligero, pero había una sinceridad oculta en sus palabras, una que no estaba acostumbrado a escuchar de ella. No era un desafío, no era una provocación. Era una invitación.

Mi respiración todavía estaba irregular, mi cuerpo aún respondía al calor de su piel contra la mía, y Alice, por supuesto, lo sabía.

Me sujetó del cuello de la camisa, con la delicadeza de quien está a punto de hacer algo caótico, y antes de que pudiera decir nada, me besó de nuevo.

No era como los besos de antes. No era juguetón ni calculado. Era hambre.

Alice no se estaba midiendo. Su lengua rozó la mía con la misma seguridad con la que hacía todo, con la misma convicción con la que siempre tomaba lo que quería. Y yo me perdí en ella.

Mi mano se cerró en su cintura sin pensar, sin medir mi fuerza, sin preocuparme por nada que no fuera el hecho de que Alice Carter estaba besándome como si nunca fuera a dejar de hacerlo.

No sabía cuánto tiempo pasó. No me importaba.

Cuando se separó, su boca todavía estaba entreabierta, su respiración cálida contra la mía. Me miró como si supiera exactamente lo que estaba haciendo conmigo.

—Si vuelves a la mansión, voy a esconderte los lentes.

Fruncí el ceño, todavía recuperándome del beso.

—¿Qué?

Alice sonrió, deslizando sus dedos por mi mejilla antes de presionar un beso corto contra mis labios nuevamente. Como si no acabara de destrozarme la cabeza con el anterior.

—No puedo soportar que esos ojos preciosos estén tapados con gafas.

Apreté la mandíbula. No porque estuviera enojado, sino porque Alice Carter me estaba matando lentamente y ella lo sabía.

Antes de que pudiera responder, Dime decidió que había tenido suficiente.

Con un golpe seco de su hocico contra mi pierna, me hizo separarme de ella. No me miró a mí. Estaba mirando a Alice.

Alice, en lugar de ignorarlo, lo miró con el mismo drama con el que trataba cualquier crisis de la humanidad.

—¡Dime, no! ¡No puedes detener lo inevitable!

Dime dejó escapar un resoplido. No parecía convencido.

Alice se separó de mí con una expresión de completa tragedia, como si acabara de ser obligada a decir adiós a su amor más grande.

—Gino, dame un segundo. Esto es importante.

Antes de que pudiera detenerla, se dejó caer de rodillas en el suelo y tomó la cara de Dime entre sus manos.

—Mi amor. Mi niño hermoso. No sé cómo voy a sobrevivir sin ti.

Dime, con la paciencia de un santo, dejó que Alice le llenara la cara de besos, aunque no parecía particularmente emocionado por la despedida.

—Voy a contar los segundos hasta que volvamos a vernos —continuó Alice, apretando su rostro contra el hocico de Dime—. Seré fuerte por ti.

Rodé los ojos y crucé los brazos.

—Alice, no es que no vayas a volver a verlo.

—¡No interrumpas este momento, Nobuchika!

Dime parpadeó lentamente, como si se estuviera preguntando en qué momento de su vida terminó con una 'dueña' como esta.

Finalmente, después de darle al menos diez besos más y de hacerle prometer en un lenguaje canino inexistente que nunca la olvidaría, Alice se puso de pie con una última expresión de dolor contenido.

—Bien. Puedes llevarte a mi hijo.

No dije nada. No tenía sentido discutirlo.

Alice me miró una última vez, con una sonrisa ladeada, todavía con restos de diversión en los ojos.

—Nos vemos pronto, Nobuchika.

Me pasé una mano por la nuca, todavía sintiendo su perfume de manzana y frambuesa en mi ropa, en mi piel.

—Sí. Nos vemos pronto.

Dime se acomodó a mi lado y, por primera vez en mi vida, me sentí como si estuviera sacándolo de su verdadero hogar.

Alice Carter me estaba arrastrando a su mundo sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Y, honestamente, ya no quería evitarlo.

Adam Carter

El informe de la doctora Tanaka llegó con la misma puntualidad de siempre, acompañado de los gráficos de monitoreo de Alice, con los valores de su Psycho-Pass cada vez más bajos, con esa estabilidad absurda que desafiaba toda lógica. Casi ni lo leí al principio, porque ya sabía lo que encontraría: registros de sus interacciones, datos que confirmarían lo que vengo observando desde hace semanas. Pero cuando abrí las grabaciones de la tarde, lo que vi me dejó inmóvil.

Un perro.

Alice Carter, mi creación, heredera de la familia Carter, genéticamente perfecta, única en el mundo, corriendo en el patio con un maldito perro. No un perro de exhibición, no una de esas ridículas mascotas de raza que la gente de nuestra clase tiene solo para decorar la casa. No. Un perro real. Un animal que ahora, según sus propias palabras, llama hijo.

Rebobiné la grabación. Me aseguré de que no había malinterpretado nada. Pero no. Ahí estaba Alice, en el césped de la mansión, abrazando a ese animal, hablando con él como si fuera una criatura consciente, como si fuera algo más que una bestia domesticada. Como si realmente creyera que ahora era parte de su familia.

Apreté la mandíbula.

Después de todos estos años, después de moldearla con precisión quirúrgica, después de eliminar cada posible distracción, cada factor que pudiera desviarla de su camino, Alice encuentra lo que llama familia en un perro y en un hombre cuya sangre está manchada por la criminalidad latente.

Presioné un botón en la terminal y avancé en la grabación. La imagen cambió, y ahí estaba Ginoza Nobuchika.

No me sorprendió encontrarlo en la mansión. No después de haberlo visto en la pelea junto a Kougami. No después de haber descubierto su existencia como un factor inesperado en la vida de Alice. Lo que me sorprendió fue su expresión cuando ella mencionó el matrimonio. No había sorpresa en su rostro. No había curiosidad. Había odio.

Rebobiné el video. Lo vi de nuevo.

Alice le dijo que su familia probablemente la casaría con alguien cuando fuera adulta. Y él lo odió.

Lo odiaba porque, en su cabeza, él mismo se estaba imaginando en ese lugar.

Presioné mi pulgar contra mi sien y dejé escapar una risa breve y seca. Ridículo.

Ginoza Nobuchika, hijo de un criminal latente, alguien que nunca será realmente aceptado por la sociedad, alguien cuya existencia misma es una anomalía, se está permitiendo fantasear con la posibilidad de casarse con Alice Carter.

Mi Alice.

Seguí avanzando en la grabación. No bastaba con que Kougami hubiera contaminado su proceso mental, no bastaba con que ella alcanzara el cero a través de un contacto innecesario con él. Ahora también con Ginoza.

Ahí estaban, besándose en el patio como si la mansión Carter fuera un sitio de encuentros adolescentes, como si todo lo que construí pudiera reducirse a esto. Alice entregándose con la misma facilidad con la que lo hizo con Kougami. Como si no bastara con que un hombre pusiera sus manos sobre ella. También tenía que ser con otro.

Presioné mis dedos contra la mesa, conteniendo la rabia fría que se extendía por mi cuerpo.

Y luego vino el piano.

Reproduje la escena, observando la manera en que Alice lo guio hasta el banco, en cómo lo hizo tocar, en cómo le mostró algo que nadie más había escuchado. El Opus No. 01 de Carter.

La pieza que no pudo terminar hasta que pasó la noche con Kougami.

La composición que nació de la calentura, de la adrenalina de lo que casi ocurrió entre ellos.

Y ahora, la estaba tocando para Ginoza. ¿Qué es esto?

Alice Carter, mi hija, la anomalía perfecta, la única en el mundo con esta estabilidad psicológica, dejándose arrastrar por hombres mediocres, por emociones primitivas, por algo tan básico como la atracción.

Avancé la grabación hasta el final, esperando encontrar algo que justificara todo esto, que me diera una respuesta, que me indicara dónde estaba el error, pero no.

Solo encontré los valores de su Psycho-Pass. Estables. A la baja.

Cada vez más cerca del cero absoluto.

No importa lo que haga. No importa a quién bese. No importa con quién pase sus días.

Alice sigue avanzando hacia la perfección.

Me recosté en la silla, pasando una mano por mi rostro, exhalando lentamente. Esto no tiene sentido. No hay forma de que la estabilidad absoluta provenga de la inestabilidad.

No hay forma de que, con todo este caos, con todas estas influencias externas, Alice siga volviéndose más pura.

Pero ahí están los datos. Y los datos no mienten.

Tal vez, después de todo, su perfección es inevitable.

Tal vez, sin importar cuánto intente desviarse, sin importar cuántos errores cometa, Alice Carter siempre llegará al mismo destino.

El que yo planeé para ella.