Ginoza

Desperté antes de que sonara la alarma. No porque quisiera, sino porque mi mente decidió que ya era suficiente descanso. La luz apenas comenzaba a filtrarse por la ventana, proyectando sombras pálidas sobre las paredes de mi habitación. Dime estaba en su lugar de siempre, en su cama junto a la puerta, con la respiración pesada y rítmica de quien aún no ha sido obligado a enfrentar el día. Observé su lomo subir y bajar, la calma de su descanso contrastando con el desorden en mi cabeza.

Me incorporé lentamente, sintiendo el peso del cansancio en mis músculos. No era físico. Era mental. Era la resaca de la noche anterior, de todo lo que había sucedido, de cada maldito instante que seguía repitiéndose en mi cabeza con una precisión insoportable. No era solo lo que había hecho, sino lo que significaba. Lo que Alice significaba.

Me pasé una mano por la cara, exhalando despacio. No podía evitar recordar cómo todo había comenzado. El tacto de sus dedos deslizándose por mi camisa, la forma en que sus labios buscaron los míos sin ninguna duda, como si todo estuviera decidido desde antes de que yo pudiera siquiera pensar en detenerlo. Y no lo detuve. Ni una sola vez. En cambio, la besé como si fuera lo único que tenía sentido en ese momento. Como si fuera lo único que importaba.

Dime se movió en su cama, girando sobre sí mismo antes de quedarse quieto otra vez. No le di importancia. Mi mente estaba en otro lugar. En la casa de Alice. En el sonido de su risa ligera cuando me provocaba, en la sensación de sus manos recorriéndome sin prisa, sin miedo. En la intensidad con la que me miraba cada vez que nos deteníamos solo lo suficiente para respirar. En lo rápido que volví a buscarla cada vez que lo hacía.

Me dejé caer contra el respaldo de la cama y miré el techo. Me estaba permitiendo esto. Me estaba permitiendo pensar en ella de esta forma, en lo que habíamos hecho, en lo que significaba que ella me viera así. Que me aceptara así. Y eso me aterraba. No era la acción en sí lo que me provocaba esta sensación de incertidumbre, sino lo que venía después.

Porque ahora no había vuelta atrás.

Cerré los ojos por un momento, como si con eso pudiera evitar lo inevitable, pero las preguntas seguían ahí. ¿Había hecho esto porque realmente la quería? ¿O porque ella me hacía sentir como si yo valiera algo más de lo que siempre creí? ¿Me estaba dejando llevar porque era Alice, o porque no sabía cómo manejar lo que provocaba en mí? No tenía respuestas. Solo la certeza de que ya no podía alejarme. No otra vez.

Dime gimió suavemente en su cama antes de desperezarse con un bostezo largo y pausado. Abrió los ojos con lentitud, parpadeando un par de veces antes de fijar su mirada en mí. No se movió de inmediato. Sabía que no debía hacerlo sin mi indicación. A pesar de su instinto juguetón, la disciplina era parte de su naturaleza, porque yo se lo había inculcado. Porque tenía que serlo.

Me levanté y caminé hasta su lado, observándolo por un instante antes de hacer un gesto sutil con la mano. Dime reaccionó de inmediato, incorporándose con agilidad y moviendo la cola apenas, sin la euforia de un perro mal entrenado. Aguardó mis siguientes órdenes, con la cabeza alta y las orejas atentas.

—Ven —murmuré, y Dime me siguió en silencio mientras caminaba hacia la cocina.

El sonido de sus patas contra el suelo llenó el espacio de una manera extrañamente reconfortante. Un recordatorio de que había cosas que no cambiaban, que podían mantenerse bajo control. Pero Alice… Alice no era una de esas cosas.

Abrí la despensa y saqué su comida, vertiéndola en su plato con la precisión de una rutina que había repetido mil veces. Dime esperó, inmóvil, hasta que le di permiso con un leve asentimiento. Solo entonces se inclinó y comenzó a comer, tranquilo, sin apresurarse. Me apoyé contra el marco de la puerta y lo observé por un momento.

¿Qué estaba haciendo?

Esta no era la primera vez que besaba a Alice. No era la primera vez que me tocaba, que se metía bajo mi piel como si perteneciera ahí, pero ahora todo era diferente. Porque antes, en algún nivel, yo aún creía que podía controlar esto. Que podía decidir hasta dónde llegar. Pero ya no.

Apreté los labios en una línea delgada. Lo que más me molestaba no era la intensidad de lo que había sucedido entre nosotros, ni siquiera la velocidad con la que todo había escalado. Era el hecho de que, en ningún momento, quise detenerlo. En ningún momento mi cerebro se interpuso entre mi cuerpo y ella.

Lo que Kougami decidiera ya no tenía importancia. No había sido él quien me empujó a hacer esto. No había sido una competencia lo que me hizo perderme en Alice de la manera en que lo hice. Había sido ella. Solo ella.

Y eso lo hacía aún peor.

Porque ahora tenía que aceptarlo.

Dime terminó de comer y levantó la cabeza, mirándome con la expresión neutral de un perro bien entrenado que esperaba su próxima instrucción. Me incliné levemente y pasé una mano por su lomo con calma, sintiendo la calidez de su pelaje bajo mis dedos.

—No tengo idea de qué estoy haciendo —admití en voz baja.

Dime ladeó la cabeza apenas, como si intentara procesar mis palabras, pero no hizo nada más. No esperaba una respuesta, por supuesto. No esperaba que algo tan simple como la presencia de mi perro disipara la maraña de pensamientos en mi cabeza, pero, de alguna manera, su tranquilidad era suficiente para hacerme respirar con más calma.

Ya no podía alejarme. Eso estaba claro. No iba a repetir los mismos errores de antes. No iba a hacer que Alice sintiera que la estaba apartando de nuevo. Pero tampoco podía engañarme y decir que todo estaba resuelto, que lo que pasó anoche significaba que ya no tenía dudas.

Porque aún las tenía.

Porque aún no sabía cómo manejar esto.

Dime bajó la cabeza y apoyó el hocico contra mi muslo, un gesto silencioso que hacía en momentos donde parecía percibir que algo estaba fuera de lugar. Lo miré de reojo y solté un suspiro, llevándome una mano a la nuca.

No tenía respuestas, pero sí sabía algo.

Alice me estaba esperando. Y esta vez, no iba a huir.

Kougami

El sol de la mañana golpeaba con fuerza el pavimento cuando terminé de descargar los paquetes en la tienda. El calor era sofocante, pero no era algo que me molestara realmente. Trabajar con mi madre siempre había sido parte de mi rutina, algo tan natural como respirar. Desde que tengo memoria, la he ayudado con lo que puedo durante las vacaciones, porque eso es lo que hago. Porque eso es lo que debo hacer. No hay nada heroico en ello. Es solo lo que tiene sentido.

—Shinya, ven a tomar algo antes de que sigas con lo tuyo —dijo mi madre, con ese tono que era más una orden disfrazada de sugerencia.

Me quité el delantal y lo colgué en su lugar antes de sentarme a la mesa. Tomoyo puso un vaso de té helado frente a mí y se sentó en la silla de al lado. Por un momento, el sonido de la tienda quedó en segundo plano, solo el murmullo de los clientes y el ocasional ruido de cajas siendo acomodadas.

—¿Qué harás hoy? —preguntó.

—Trabajar en mi proyecto —respondí sin darle demasiadas vueltas.

Ella sonrió, complacida con la respuesta.

—Entonces ve. No quiero que te pases el día aquí cuando tienes cosas más importantes que hacer.

Asentí y bebí lo último del vaso antes de ponerme de pie. Me despedí con una inclinación leve y salí de la tienda, sintiendo el aire caliente pegándose a mi piel en cuanto crucé la puerta.

El camino a casa fue tranquilo, sin interrupciones ni distracciones. Nadie con quien hablar, nada que desviara mis pensamientos. Solo yo, solo mi mente regresando a donde la había dejado la última vez. A la idea de justicia. A la idea de lo correcto. A la idea de cómo todo eso se define.

Cuando llegué a mi habitación, me encontré con el mismo desorden controlado que había dejado antes de salir: libros apilados, notas esparcidas sobre el escritorio, frases tachadas y reescritas en los márgenes de mis apuntes. Me senté y repasé lo último que había escrito, tratando de ordenar mis ideas.

"La justicia no es un concepto absoluto. Lo que hoy es correcto, mañana puede ser condenable. La moralidad es circunstancial. La justicia es funcional. Pero, entonces, ¿cómo evitar que lo funcional se convierta en opresión?"

Mis dedos tamborilearon sobre la mesa mientras releía esas palabras. Esto era más que un simple ensayo para la academia. Esto era una pregunta que me había estado persiguiendo desde hace tiempo. Lo correcto no es siempre lo justo. Lo justo no es siempre lo permitido. Lo permitido no es siempre lo correcto.

Tomé un bolígrafo y empecé a estructurar mejor mis argumentos. Primero, establecería cómo la justicia ha cambiado con el tiempo, utilizando ejemplos históricos de leyes que en su momento parecieron inquebrantables y que ahora se consideran aberraciones. Luego, exploraría cómo la estabilidad de una sociedad depende de la aceptación colectiva de sus reglas, incluso si esas reglas no son inherentemente justas. Y finalmente, llevaría el ensayo a su punto central: ¿cómo se define lo correcto cuando quienes hacen las reglas tienen el poder absoluto de decidirlo?

Escribí durante horas. No miré el reloj, no me distraje con nada más. Había algo reconfortante en perderme en la lógica de esto, en diseccionar el concepto de justicia como si al final pudiera encontrar una respuesta real.

Pero incluso con la claridad de mis pensamientos, había algo que no desaparecía del fondo de mi mente. Una sensación persistente, como si estuviera dejando de lado algo que no podía ignorar del todo.

No era solo un problema filosófico, era un problema personal.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa y me recosté en la silla, pasando una mano por mi nuca. No tenía sentido pretender que no sabía qué era. No tenía sentido fingir que no sabía en quién estaba evitando pensar.

Alice.

Podría justificarlo de muchas maneras. Podría decirme a mí mismo que ya había tomado una decisión, que todo lo que había que decir ya había sido dicho. Pero la verdad es que ella no se desvanecía de mi mente solo porque yo lo quisiera.

La veía en los detalles más pequeños. En la forma en que la luz de la tarde iluminaba mi escritorio, recordándome la manera en que su cabello reflejaba los colores cálidos cuando nos sentábamos juntos. En el sonido de la música filtrándose por las ventanas de alguna casa cercana, recordándome la manera en que tarareaba sin darse cuenta cuando se sentía cómoda. En la presión aún latente en mi piel, en mi boca, en mis manos, recordándome todo lo que habíamos hecho. Todo lo que había sentido.

Todo lo que me obligué a dejar ir.

Exhalé lentamente. No podía permitirme pensar en esto. No podía permitirme distraerme cuando aún tenía tanto por hacer.

Pero sabía que eso no importaba, porque en el fondo, Alice nunca había sido una distracción. Y por más que intentara alejarme de ese pensamiento, de esa realidad innegable, sabía que no iba a desaparecer.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, con la vista fija en los papeles que había escrito durante la última hora. La tinta aún estaba fresca en algunos párrafos, como si el peso de mis pensamientos apenas hubiera tomado forma en palabras. Pero por más que intentara concentrarme en lo que tenía delante, todo se sentía vacío. Como si en el preciso instante en que dejé que Alice volviera a mi mente, todo lo demás se hubiera desdibujado.

Cerré los ojos por un momento, pero eso solo empeoró las cosas. Porque en la oscuridad detrás de mis párpados, lo único que veía era su rostro. Sus labios buscando los míos sin dudas. La manera en que su cuerpo encajaba contra el mío, como si nunca hubiera existido la posibilidad de que fuera de otra manera. Y peor aún, la forma en que su voz sonó cuando me desafió, cuando me preguntó si realmente creía que podía esperar tres años sin que esto nos cambiara.

¿Realmente creo eso?

Abrí los ojos y me enderecé en la silla, tratando de sacudir ese pensamiento antes de que se instalara en mi cabeza como una verdad incómoda. Me forcé a volver al ensayo, a la lógica, a las preguntas que podía diseccionar con frialdad. Justicia. Moralidad. Poder. Pero todo se sentía superficial. Todo era menos real que la sensación de Alice contra mi piel.

Pasé una mano por mi rostro y dejé escapar un suspiro pesado. Esto es exactamente lo que no quería. No quería que ella me afectara de esta manera. No quería sentirme atrapado entre lo que decidí hacer y lo que realmente quiero.

Pero Alice no es algo que pueda compartimentar. No es algo que pueda dejar de lado solo porque tomé una decisión lógica.

Deslicé una hoja a un lado del escritorio y tomé otra limpia, pero en lugar de escribir, giré el bolígrafo entre mis dedos, perdido en mi propio conflicto. Si fuera cualquier otra persona, esto ya habría terminado. Si Alice fuera alguien con quien pudiera mantener una distancia controlada, alguien que entendiera que hay límites y reglas que no pueden romperse, esto no sería un problema.

Pero ella no es cualquier otra persona.

Y yo nunca fui capaz de ponerle límites a Alice.

Le di la oportunidad de alejarse de mí. Le dije que no podíamos estar juntos ahora. Y, sin embargo, ella no se fue. Se quedó. Siguió mirándome con la misma intensidad de siempre, con la misma certeza de que esto no había terminado. Porque Alice nunca acepta un "no" como respuesta si sabe que no es real.

Apreté el bolígrafo con más fuerza de la necesaria y lo dejé caer sobre la mesa.

Todo esto es un desastre.

Y lo peor es que yo lo provoqué.

Dije que la amaba y luego le pedí que esperara.

Dije que esperaría, pero sigo pensando en ella como si esos tres años nunca fueran a existir.

Dije que no podía hacer esto… pero cada vez que estoy cerca de ella, no quiero detenerme.

Apreté la mandíbula y me pasé una mano por la nuca, tratando de calmar la tensión que se acumulaba en mis hombros. No podía permitirme seguir con este maldito ciclo. No cuando Alice ya siguió adelante.

Porque eso es lo que hizo, y yo tengo que aceptarlo.

Apoyé los antebrazos en el escritorio y me incliné hacia adelante, mirando fijamente los papeles como si eso pudiera devolverme la claridad que había tenido antes. Ginoza no hizo nada malo. Alice tampoco.

Soy yo quien decidió que esto sería así. Soy yo quien la alejó. Soy yo quien dejó espacio para que alguien más entrara. Y aunque duele más de lo que estoy dispuesto a admitir, no puedo permitirme reaccionar ahora.

Si de verdad la amo, tengo que respetar lo que ella quiere.

Los días comenzaron a pasar con una rutina constante. Me despertaba temprano, ayudaba a mi madre en la tienda, cargaba cajas, organizaba estantes, atendía clientes. Había algo en el trabajo físico que me ayudaba a mantener la cabeza despejada, una sensación de propósito simple y directo. No tenía que pensar demasiado, solo actuar. Moverme. Mantener las manos ocupadas. No darle espacio a nada más.

Tomoyo decía que no tenía que hacerlo, que podía descansar, pero sabía que le aliviaba tenerme allí, aunque no lo dijera en voz alta. Y yo lo hacía porque quería. Porque después de todo lo que ha hecho por mí, estar a su lado en lo que pudiera era lo mínimo que podía hacer.

—Shinya, ¿cómo va tu proyecto? —preguntó un día mientras acomodaba unas bolsas de arroz en los estantes.

—Casi listo. Tengo la estructura y algunas ideas claras, pero aún hay detalles que quiero pulir —respondí, sin dejar de ordenar los productos en su lugar.

—Bueno, no te olvides de descansar también —dijo con una sonrisa, la misma de siempre. Esa que ocultaba la preocupación tras un gesto amable—. A veces te tomas las cosas demasiado en serio.

No respondí. Porque sabía que tenía razón. Siempre he sido así.

Por las tardes, después de terminar en la tienda, volvía a casa y me sumergía en mis notas. Mi escritorio era un caos de libros abiertos, páginas con ideas tachadas y escritas de nuevo, estructuras de argumento dibujadas una y otra vez hasta encontrar el enfoque correcto.

La justicia. Su naturaleza mutable.

Cómo lo que hoy es correcto, mañana puede ser condenado. Cómo la moralidad no es estática, sino que se adapta a las necesidades de la sociedad que la rige. Era un tema ambicioso, pero no podía conformarme con menos. Quería que mi exposición no fuera solo una serie de ideas bien organizadas, sino algo que realmente hiciera pensar. Que empujara a la gente a cuestionar lo que daban por sentado.

Y si lo justo no es lo correcto… entonces, ¿qué es lo correcto?

El ensayo estaba casi listo. Solo necesitaba enfocarme, solo necesitaba terminarlo. Solo necesitaba seguir adelante.

El bolígrafo giró entre mis dedos en un movimiento automático mientras mi mente se negaba a volver a centrarse. Justicia. Moralidad. Poder. Me forcé a repetir esas palabras en mi cabeza, a arrastrar mis pensamientos de regreso a donde deberían estar.

Tomé una nueva hoja y la alineé con precisión sobre el escritorio. Estructura. Necesitaba estructura.

La justicia cambia con el tiempo. Esa era la idea base. La evolución de la moralidad. Las leyes que antes fueron absolutas y hoy son absurdas. La funcionalidad del sistema frente a la percepción del bien y el mal.

Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos por un momento, organizando mis pensamientos. Nada es estático. El tiempo prueba que las reglas no son permanentes, que lo que hoy mantiene el orden, mañana puede ser considerado injusto. Entonces, ¿qué define lo correcto?

Respiré hondo y volví a la página.

"La justicia, en su forma más pura, debería buscar el equilibrio entre la estabilidad y la ética. Pero la historia ha demostrado que la estabilidad a menudo se prioriza sobre la ética, incluso si eso significa ignorar lo que es verdaderamente justo."

Escribí sin detenerme, sin pensar demasiado en las palabras antes de que quedaran plasmadas en el papel. Era más fácil así. Cuando encontraba el ritmo, cuando la lógica me arrastraba con ella, todo lo demás se volvía ruido de fondo.

"En cada sociedad, la justicia ha sido una herramienta de poder antes que un ideal. Se moldea según las necesidades de quienes tienen el control, justificando decisiones que no siempre benefician a la mayoría, sino a aquellos que la administran. Y, sin embargo, el concepto de justicia sigue siendo uno de los más debatidos en la historia de la humanidad, precisamente porque nunca ha existido una respuesta definitiva."

Las palabras fluían. Mi mente finalmente había encontrado el camino correcto. Me apoyé en la mesa y seguí escribiendo, sin detenerme a releer. No importaba si estaba cansado, si el día había sido largo, si mis pensamientos intentaban desviarse hacia cosas que no tenían nada que ver con esto.

"Si la justicia es relativa, ¿qué nos asegura que lo que consideramos justo hoy no será una aberración mañana? ¿Quién tiene el derecho de definir los límites? Y si la justicia no es absoluta, ¿existe realmente o es solo una ilusión creada para mantener el orden?"

Exhalé y dejé el bolígrafo sobre la mesa. Ahí estaba.

Miré el reloj. No recordaba en qué momento la tarde se había convertido en noche, pero eso no importaba. El trabajo estaba terminado.

Pasé una mano por la nuca y me recosté en la silla, permitiéndome un instante para absorber la sensación de haber llegado al final. Era satisfactorio. No solo porque el proyecto estaba completo, sino porque había logrado concretar algo que había estado rondando mi mente durante días.

Lo repasaría mañana, haría los ajustes necesarios. Pero por ahora, podía darlo por terminado.

Cerré los ojos y respiré hondo. Todo estaba en su lugar.

O al menos, todo lo que podía controlar.

Alice
Después de que Gino se fue con Dime, la mansión se sintió inquietantemente vacía, como si su ausencia hubiera dejado un eco silencioso en cada habitación. Odio admitirlo, pero lo extrañé casi de inmediato. A ambos. Ginoza, con su perpetua tensión contenida y su estúpida tendencia a sobre pensarlo todo. Y Dime, el único ser vivo en esta maldita casa que nunca duda en demostrar lo que siente.

Me duele un poco el pecho pensar en él. Dime, no Gino. Bueno, tal vez un poco Gino también. Pero ahora no es el momento de analizar mis conflictos emocionales. Ya habrá tiempo para eso cuando inevitablemente me enfrente a mi propia psique a las tres de la mañana.

Me dirigí a la sala de música sin apurarme, dejando que mis pasos resonaran en los pasillos. No había prisa, pero tampoco había descanso. El arte no espera a que estés lista, te devora en cuanto bajas la guardia. Y yo no pensaba ser una presa fácil.

Encendí el reproductor y dejé que la música llenara el espacio mientras me dejaba caer al suelo, estirando las piernas frente a mí. El proyecto. La coreografía. No era solo una presentación, era una declaración. Una especie de manifiesto involuntario de todo lo que soy y todo lo que no sé cómo decir en voz alta.

Ya había decidido que usaría música de Studio Ghibli. Porque claro, nada dice "madurez artística" como rendirse ante la superioridad absoluta de Joe Hisaishi. Pero ahora tenía que dar forma a lo que tenía en mi cabeza, convertir la inspiración en movimiento, en algo tangible.

"The Dragon Boy", de El Viaje de Chihiro, sería la apertura. Caótica, inquieta, como una búsqueda desesperada por algo que ni siquiera sé qué es. Porque así es como me siento últimamente. Como si estuviera atrapada en un viaje que no pedí, rodeada de señales que no sé interpretar. Así que la primera parte de la coreografía debía ser así: rápida, exploratoria, llena de transiciones inesperadas.

Para el cierre, "Merry-Go-Round of Life", de El Castillo Ambulante. Diferente. Más pausada, pero no menos intensa. Como si después de todo, después de correr sin rumbo, de saltar al vacío sin saber si habrá algo que me sostenga, hubiera una conclusión. Un momento de claridad, de aceptación.

Me puse de pie y comencé a moverme. Nada ensayado todavía, solo sintiendo la música, dejando que mi cuerpo encontrara el ritmo antes de tratar de domarlo.

Los espejos reflejaban cada movimiento, cada error, cada instante en que mis pies no aterrizaban donde debían. Pero eso no importaba todavía. Primero tenía que entender lo que estaba bailando antes de preocuparme por la técnica.

Después de un par de horas, con la estructura general casi definida, me apoyé contra el piano, observando mi reflejo con el ceño fruncido. Faltaba algo. Algo que no tenía que ver con los pasos, sino con lo que los enmarcaba.

El vestuario.

No podía ser cualquier cosa. Tenía que contar la misma historia que la música, que los movimientos. Para la primera parte, necesitaba algo fluido, que transmitiera ligereza y descubrimiento. Tal vez tonos claros, un blanco roto o un azul que se moviera conmigo. Para la segunda, algo más sólido, más estructurado, pero sin perder la elegancia. Algo que reflejara fortaleza sin rigidez. Dorado, crema, tal vez con detalles sutiles que captaran la luz.

Pensé en diseñarlo yo misma, pero rápidamente descarté la idea. El único resultado probable de eso sería un desastre costoso y una crisis existencial sobre mis limitaciones como ser humano. Mejor encontrar algo ya hecho y modificarlo a mi gusto.

Miré mi reflejo una vez más, esta vez sin tanto juicio. Podía ver la imagen formándose. La música, los movimientos, el vestuario, el escenario. Todo empezaba a encajar.

Por un instante, sentí un nudo en la garganta. No de tristeza, sino de algo más intenso. Algo parecido a vértigo, a anticipación. Como si por primera vez en mucho tiempo, estuviera construyendo algo que realmente significaba algo para mí.

Me enderecé, sacudiéndome la tensión de los hombros. Todavía había mucho por hacer, pero por primera vez en días, sentí que iba en la dirección correcta.

La coreografía estaba tomando forma. Ahora solo tenía que convertirme en ella.

El día amaneció claro y fresco, perfecto para salir, aunque la idea de ir al centro de la ciudad a comprar ropa no me resultaba precisamente emocionante. No porque no me gustara elegir mi propia ropa, sino porque la experiencia de comprar en físico se había convertido en un maldito circo de hologramas y simulaciones.

Nunca había sido de esas personas que dejaban que un algoritmo decidiera qué ponerme. Los estilistas y los drones de servicio en la mansión me enviaban ropa perfectamente empaquetada, sin necesidad de que yo moviera un dedo, pero elegir algo por mi cuenta era otra cosa. Me gustaba sentir la tela, ver los colores reales, imaginar cómo se moverían conmigo. Los hologramas no tenían peso, no tenían textura, no eran reales.

El transporte que me llevaba al distrito comercial se deslizaba entre los edificios de la ciudad, y por un momento, me permití observar las calles desde la ventana. Había algo abrumador en el bullicio de la gente, en la rapidez con la que todos parecían moverse, atrapados en sus propios ritmos. Todo era un flujo constante de luces, anuncios flotantes y pantallas gigantes que intentaban captar la atención de los transeúntes. Me fascinaba y me agotaba al mismo tiempo.

Cuando llegué a la primera tienda, un cartel holográfico dio la bienvenida con una voz automatizada que sonaba demasiado entusiasta para estar dirigiéndose a un ser humano. La tienda era inmensa, con estantes de ropa perfectamente organizados, cada prenda etiquetada con un código que te permitía "probarla" sin necesidad de tocarla. Porque claro, en esta maravillosa era de eficiencia y limpieza, ya nadie se probaba la ropa de verdad.

—Bienvenida. ¿Busca algo en particular? —una vendedora humana se acercó a mí con una sonrisa profesional, claramente entrenada para disimular el hecho de que el sistema ya había escaneado mi perfil en cuanto crucé la puerta.

—Sí. Algo fluido, que se mueva con facilidad, y algo más estructurado, pero elegante —respondí, evitando mirar las pantallas flotantes que recomendaban combinaciones "personalizadas" según mi historial de compras. Si fuera por ellos, terminaría vestida como una muñeca perfectamente diseñada para encajar en el concepto de "belleza estándar".

La vendedora asintió y me guio hacia la sección de telas ligeras. Vestidos de gasa, faldas con capas transparentes, colores etéreos flotando en el aire con la ayuda de proyectores invisibles. Todo parecía hermoso, hasta que recordé que no podía tocar nada de eso.

—Puede probarse las prendas con el Holo traje —dijo la vendedora, señalando un dispositivo en el centro de la sala.

Reprimí un suspiro. No había escapatoria.

Me acerqué al Holo traje y deslicé la tarjeta de la tienda en el lector. La interfaz brilló y, en segundos, una imagen digital de mi cuerpo se superpuso sobre el mío, vistiendo los atuendos seleccionados. No pesaba nada. No tenía textura. Era solo una ilusión flotando sobre mi piel.

Miré el espejo con el ceño fruncido. El vestido azul claro con capas flotantes se veía bien. Fluido, liviano, como lo había imaginado para The Dragon Boy. Pero no podía saber si realmente se movería como quería.

Después de pasar por un sinfín de pruebas holográficas, terminé eligiendo dos conjuntos. Un vestido azul claro que, en mi cabeza, se movería como el agua al bailar, y un conjunto dorado con bordados sutiles, más estructurado, pero con la flexibilidad suficiente para adaptarse a la música de Merry-Go-Round of Life.

Cuando terminé de pagar, las prendas reales fueron enviadas a la mansión. Ni siquiera tenía una bolsa que sostener al salir de la tienda. Solo la confirmación digital de que había gastado una cantidad absurda de dinero en algo que aún no había tocado.

El aire fresco me recibió en la calle y, por un instante, me quedé allí de pie, observando el ir y venir de la gente. Todo era demasiado rápido, demasiado artificial, demasiado perfectamente calculado. Me pregunté si alguien más sentía esta incomodidad, esta necesidad de aferrarse a lo tangible en un mundo donde todo se estaba volviendo cada vez más virtual.

Me ajusté la mochila y comencé a caminar hacia la estación de transporte. El vestuario estaba decidido. La coreografía estaba en proceso.

Ahora solo quedaba hacer que todo esto se sintiera real. Aunque el resto del mundo insista en lo contrario.

Cuando llegué a la mansión, subí las escaleras con las bolsas en la mano como si cargara el maldito Santo Grial. Había pasado horas lidiando con la tecnología infernal de los hologramas solo para poder sostener estas prendas en mis manos, y ahora, finalmente, podía probarme la ropa como un ser humano decente y no como un avatar digital en un videojuego barato.

Tiré las bolsas sobre la cama y respiré hondo. Este era el momento de la verdad. ¿Había elegido bien? ¿Se movería la tela como imaginaba en el escenario? ¿O había cometido un error terrible y ahora tendría que volver a someterme a la humillación de otra prueba holográfica?

No. No iba a pensar en eso. Ya suficiente tengo con evitar pensar en otras cosas.

Me dirigí al vestidor y saqué el vestido azul claro, el que había elegido para The Dragon Boy. Deslicé los tirantes sobre mis hombros y ajusté la tela alrededor de mi cintura. Liviano, etéreo, fluido como el agua. Me giré frente al espejo, observando cómo la tela se deslizaba con cada movimiento. Bien. Muy bien.

Excepto por una pequeña… duda existencial.

Observé mi reflejo y, por alguna razón, me fijé en mi escote. O más bien, en lo que no terminaba de ser un escote impresionante. No es que tenga poco, pero vamos… Podría tener un poco más, ¿no? Solo un poco. Solo lo suficiente como para que el corsé del segundo conjunto resaltara más.

Suspiré y me pasé una mano por la cara. No iba a perder el control por esto. No, lo que definitivamente iba a hacer que perdiera el control era pensar en lo que pasó la última vez que alguien tuvo acceso a esta zona de mi cuerpo.

No, no iba a pensar en eso.

Definitivamente no iba a pensar en cómo Kougami me miró cuando me vio así por primera vez. Ni en la forma en que su respiración se entrecortó. Ni en cómo prácticamente pareció estar luchando contra su propia existencia mientras sus manos recorrían mi piel.

Dios.

Tomé aire y cerré los ojos un momento. Tenía que centrarme. La música. El baile. No en cómo Kougami me tocó como si fuera a morir si no lo hacía.

Encendí el reproductor y ajusté mi teléfono en el trípode para grabarme. Bien. Trabajo. Concéntrate en eso.

Las primeras notas de The Dragon Boy llenaron la sala de música y me permití cerrar los ojos un instante antes de comenzar a moverme. Al principio, los pasos eran suaves, como explorando un mundo nuevo. Exactamente como quería. Como si cada movimiento fuera una pregunta. Como si estuviera buscando algo que todavía no entendía.

Y la tela del vestido respondió de la manera correcta. Se movía con ligereza, con la misma fluidez que había imaginado. Perfecto.

Cuando la música terminó, apagué la grabación y revisé la pantalla. Cada paso encajaba, pero aún había detalles que podía mejorar. Tal vez una inclinación más pronunciada en el tercer compás. Un giro más controlado en la transición. Nada que no pudiera arreglar.

Coloqué el vestido a un lado con cuidado y saqué el conjunto dorado. Me tomó un poco más ajustarlo—malditos corsés y su eterna necesidad de recordarme que tengo costillas—pero cuando terminé, valió la pena.

El espejo no mentía. Esto era exactamente lo que necesitaba para Merry-Go-Round of Life. Estructurado, pero elegante. Un poco más dramático de lo necesario, pero esa es la esencia de todo esto.

Y tal vez, solo tal vez, una parte de mí quería que Ginoza se muriera un poco cuando me viera con esto. No mucho. Solo lo suficiente como para que se le enredaran las palabras y se tocara el puente de la nariz con esa frustración contenida que tanto me divierte.

Respiré hondo y volví a encender la música. Esta vez, los pasos eran más seguros, más firmes. Menos exploración y más certeza. El tipo de baile que sabe lo que quiere decir.

La falda dorada reflejaba la luz de la sala con cada giro, añadiendo un toque casi mágico a la coreografía. Bien. Muy bien.

Cuando la última nota desapareció, me dejé caer sobre el suelo, agotada pero satisfecha.

Esto estaba tomando forma. Realmente tomando forma.

Me apoyé en mis manos y observé la sala vacía, la luz del atardecer filtrándose por los ventanales. La música. Los movimientos. La ropa. Todo estaba encajando.

Las mañanas se habían convertido en un ritual repetitivo, casi religioso. Me despertaba temprano, maldecía la existencia por unos segundos y luego me obligaba a bajar de la cama porque tenía un proyecto que terminar y un pánico escénico que convenientemente había decidido ignorar hasta ahora. Brillante, Alice. Muy bien. No hay nada como dejar tu mayor debilidad para último momento.

Me deslicé en la rutina sin pensar demasiado, como si repitiéndola lo suficiente pudiera engañar a mi cerebro y hacerle creer que estaba bajo control. Desayuno ligero, sala de música, reproductor encendido, trípode ajustado, baile, corrección, más baile. Lo mismo de siempre. Excepto que cada vez que me miraba en el espejo, la maldita voz en mi cabeza gritaba que esto aún no era suficiente.

Cada paso tenía que ser más preciso. Cada giro tenía que ser más limpio. Cada transición más natural. Porque, por supuesto, en mi mente la perfección es alcanzable si me destrozo lo suficiente en el proceso.

Después de la tercera repetición completa de The Dragon Boy, con mi corazón martillando contra mis costillas y mis piernas temblando, me dejé caer en el suelo, sintiendo el sudor pegándose a mi piel. Bien. Otra sesión de autodestrucción completada.

Y entonces llegó el momento en el que mi cerebro decidió que, en lugar de disfrutar este microsegundo de descanso, sería una idea fantástica recordarme que en menos de nada estaría bailando frente a un público real.

Oh. Oh, mierda.

¿Cómo es que no pensé en esto antes? ¿Cómo, en toda mi grandiosa planificación, nunca dediqué ni un segundo a prepararme para el hecho de que estaría en un escenario con decenas de personas viéndome?

Porque claro, arreglé la coreografía. Arreglé el vestuario. Me pasé días eligiendo cada detalle como una psicópata perfeccionista. Pero el pequeño, insignificante, irrelevante detalle de que soy humana y tengo un sistema nervioso que puede colapsar bajo presión, eso lo ignoré completamente.

Voy a hacer el ridículo.

Voy a salir ahí, me voy a congelar, y lo único que la gente verá es a una chica en un vestido caro con una expresión de absoluta desesperación antes de desplomarse en el escenario. Increíble. Sublime. Una obra maestra de la vergüenza.

Me levanté de golpe y empecé a caminar en círculos por la sala de música, tratando de no hiperventilar. Tal vez puedo mentalizarme. Tal vez si repito la coreografía lo suficiente, mi cuerpo entrará en piloto automático y no me importará la gente. O tal vez me desmaye como una damisela del siglo XVIII porque mi propio cerebro es mi peor enemigo.

Respiré hondo y me pasé una mano por el cabello, tratando de calmarme. No. No voy a colapsar. Esto no es la primera vez que hago algo importante. No es la primera vez que me expongo. Pero nunca había bailado en un escenario así. Nunca había sentido esta presión.

Y lo peor es que ahora, cada vez que intento concentrarme en esto, mi mente decide traicionarme y desviarse a otros problemas igual de monumentales.

Como el hecho de que mi vida se ha convertido en una telenovela donde, por alguna razón, el guion decidió que lo ideal sería que yo me besara con dos de los hombres más complicados que existen en este maldito país.

Ginoza. Mi cabeza duele solo de pensar en él. Tan metódico, tan estricto, tan jodidamente atrapado en su propia cabeza. Pero lo beso y, por un instante, toda esa tensión se rompe. Por un instante, él me sigue sin pensar, sin contenerse. Y eso me vuelve loca porque sé que él quiere esto, que me quiere, pero su cerebro se la pasa saboteándolo.

Y luego está Kougami.

Dios. No puedo pensar en él demasiado o perderé el poco autocontrol que me queda. No quiero volver a recordar cómo me miró la última vez que estuvimos juntos. No quiero recordar la forma en que su respiración se volvió errática cuando me tocó. No quiero recordar que, en un momento, cuando pensaba que iba a detenerse, simplemente se hundió más en mí, como si no pudiera hacerlo de otra manera.

Me dejé caer sobre el piano con un golpe seco y me tapé la cara con las manos. ¿Cómo carajos voy a concentrarme en el maldito baile si cada vez que intento enfocarme, mi cerebro decide proyectarme una recopilación HD de todos los momentos en los que Kougami y Ginoza me han hecho perder la cabeza?

Necesito una estrategia.

Para no caer muerta de ansiedad en el escenario.

Respiro hondo y trato de poner orden en mi mente. Ok. No me voy a enfocar en la gente. Voy a bailar como si estuviera sola. Voy a imaginar que no hay público, solo yo, solo la música, solo el movimiento. Tengo que engañar a mi propio cerebro antes de que él me sabotee primero.

Me levanto, camino de un lado a otro, tratando de volver a mi ritmo. Esto tiene que salir bien.

Y va a salir bien.

Había cosas en la vida que me salían de manera natural. La música, el movimiento, el sarcasmo, el caos. Todo eso fluía en mí como si hubiera nacido para ello. Pero la idea de bailar en un escenario, con un público de verdad, con decenas de ojos mirándome, evaluándome, ¿esperando que haga algo impresionante sin caerme de cara contra el piso…?

No.

No. No. No.

La mansión estaba en completo silencio mientras yo me paseaba de un lado a otro en la sala de música, intentando no colapsar mentalmente. Por qué, oh por qué, no pensé en esto antes.

Me senté en el suelo, con las piernas cruzadas, mirando el espejo de cuerpo entero que había usado durante días para pulir cada giro, cada transición, cada pose final. Era tan fácil cuando estaba aquí, sola. No había nadie esperando, no había miradas inquisitivas, no había presión. Solo yo y la música.

Pero allá afuera, el mundo real.

El mundo real no tenía la cortesía de desaparecer cuando no lo miraba.

—Ok. Plan de acción —murmuré, golpeando suavemente el suelo con los dedos. Necesitaba exponerme de a poco, como si fuera un experimento científico.

Podría salir. Buscar un sitio donde pudiera probar mi resistencia frente a desconocidos. Claro. Porque es completamente normal salir a la calle y ponerte a bailar frente a extraños para ver si entras en pánico.

Sí. No. Esa no es una opción.

Podría llamar a Kougami o Ginoza.

…Sí, no. Definitivamente no.

Porque lo último que necesitaba ahora era ponerme un vestido, pararme frente a ellos y, en lugar de bailar, terminar preguntándoles si mi escote estaba en un nivel trágico o tolerable. Porque claro, ellos serían sumamente útiles para muchas cosas… excepto para ayudarme a no sentirme como una vergüenza humana.

Respiré hondo y me puse de pie de nuevo.

Ok. Nuevo plan.

Voy a salir sola.

Voy a encontrar un lugar donde no haya multitudes, pero donde existan otros seres humanos.

Voy a hacer algo pequeño. Tal vez caminar por un parque. Sentarme en un café sin sentir que cada persona a mi alrededor me está analizando como si hubiera cometido un crimen.

Porque si ni siquiera puedo estar tranquila en público, ¿cómo carajos espero subirme a un escenario?

Con la determinación de quien está a punto de hacer algo estúpidamente difícil, me vestí con ropa casual, lo más cómoda posible, sin parecer que estaba escapando de una escena de crimen, y salí.

El aire fresco me golpeó cuando crucé la entrada de la mansión. Bien. Esto no es tan terrible.

Bajé la mirada y me forcé a caminar con calma. Si alguien me miraba, no me importaba. No iba a dejar que me importara.

Un paso. Otro.

No está tan mal. No está tan mal.

Caminé hasta un parque cercano, uno lo suficientemente grande como para que no me sintiera atrapada, pero no tan concurrido como para que quisiera evaporarme de la faz de la Tierra. Me senté en una banca y me forcé a respirar hondo. Solo unos minutos. Voy a quedarme aquí hasta que mi cuerpo deje de estar en estado de alerta.

A mi derecha, una mujer mayor leía un libro sin prestarme atención. A mi izquierda, un niño lanzaba un avión de papel, completamente absorto en su propio mundo. Nadie me estaba mirando.

Y, sin embargo, sentía cada célula de mi cuerpo tensa.

Mis piernas querían moverse. No en un sentido artístico, sino en un sentido de "corre de vuelta a la seguridad de tu burbuja".

No.

No iba a hacer eso.

Respiré hondo y cerré los ojos. Me imaginé en el escenario. Me imaginé la música sonando, el ritmo fluyendo en mis venas, mis pies moviéndose con precisión. Me imaginé la sensación de estar en control.

Cuando abrí los ojos, la ansiedad no había desaparecido del todo, pero no estaba al borde del colapso.

Progreso moderado.

Me quedé en el parque un rato más, permitiéndome existir entre la gente sin querer desaparecer. Esto no solucionaba todo. Todavía no podía bailar frente a un público sin que mi cerebro encendiera todas las alarmas.

Pero era un paso.

Un maldito paso en la dirección correcta.

Kougami

El nuevo semestre comenzó con el sonido del timbre resonando por los pasillos de Nitto, un recordatorio brutal de que las vacaciones habían terminado y que la rutina volvía a imponerse con su precisión implacable. Todo parecía igual. Los mismos corredores, las mismas aulas, las mismas caras. Pero nada se sentía igual.

No sabía si era porque llevaba semanas sin pisar la academia o porque, de alguna manera, todo lo que pasó antes de las vacaciones había alterado la forma en la que veía este lugar. Alice no me llamó. No hubo un mensaje, ni una señal, ni una de sus apariciones inesperadas donde se colaba en mi espacio como si siempre hubiera estado ahí. Y Ginoza… tampoco.

Era absurdo, pero me di cuenta de que no tenía idea de qué había estado haciendo Alice. Ni dónde había pasado su tiempo, ni con quién. Y aunque había tratado de ignorarlo en los días previos al inicio de clases, ahora, al cruzar la entrada de Nitto, el pensamiento se instaló en mi mente como una sombra incómoda.

Pero no tenía tiempo para distracciones.

Las primeras clases fueron como un golpe de realidad, una transición abrupta entre las reflexiones de las vacaciones y la exigencia del nuevo semestre. Filosofía, como siempre, fue la más interesante, pero ahora la prioridad era perfeccionar nuestro proyecto. El profesor dejó en claro que en las próximas semanas nos centraríamos en pulir la estructura del debate, anticipar contraargumentos, reforzar la lógica de cada punto. No bastaba con tener ideas fuertes, había que ejecutarlas con precisión.

Y mi tema no admitía errores.

Había trabajado en esto durante las vacaciones, pero no iba a conformarme con lo que ya tenía. Quería algo más refinado, más afilado. No solo quería exponer mi punto de vista, quería que fuera inquebrantable.

Pero el tiempo para dedicarme exclusivamente a filosofía era más escaso ahora. Epistemología demandaba atención. Era imposible no engancharse con la forma en que cuestionaba el conocimiento mismo, cómo desmontaba la certeza de lo que creemos saber y lo exponía como una construcción frágil, moldeada por la percepción y el contexto.

Saber qué es real. Saber qué es cierto.

Me distraje por un momento, con la pluma girando entre mis dedos, y sin querer, mi mente tomó un desvío que no esperaba.

¿Qué es lo real?

Si el conocimiento depende de la percepción, ¿cuánto de lo que creía cierto antes de las vacaciones seguía siéndolo ahora?

No. No iba a pensar en eso.

Historia y geografía eran más prácticas, pero no tenían la profundidad filosófica que me interesaba. Psicología, en cambio, me tomó por sorpresa. No esperaba que me gustara tanto. No como materia aislada, sino por la forma en que se entrelazaba con todo lo demás. Las teorías del comportamiento, la forma en que la mente reacciona a ciertos estímulos, la manera en que los grupos moldean a las personas…

Todo parecía encajar de una manera inquietante con mis propias reflexiones sobre justicia. Porque la justicia no era solo un sistema, era la reacción de la sociedad ante lo que considera correcto.

Y yo estaba tratando de construir un argumento sobre algo que siempre ha sido moldeado por la percepción colectiva.

El primer día terminó con mi libreta llena de notas y observaciones nuevas, pero cuando finalmente me senté en mi escritorio al final del día, sentí algo parecido a la satisfacción. Cansancio, sí. Pero del tipo que se siente bien.

Este semestre no iba a ser fácil. Pero tampoco lo iba a desperdiciar.

Respiré hondo y pasé una página en mi libreta, listo para afinar cada detalle de mi proyecto. No importaba cuánto tiempo me llevara.

La lógica no podía fallarme.

Y si había algo en lo que podía confiar ahora, era en eso.

Ginoza

El inicio del nuevo semestre llegó como una bofetada. No porque no estuviera preparado, sino porque todo parecía haber avanzado sin mí. Como si el mundo hubiera seguido moviéndose en su ritmo meticuloso mientras yo intentaba procesar la última semana, que se sentía más distante de lo que realmente era.

No recibí ninguna llamada de Alice. Ningún mensaje. Nada.

Sabía que no debía sorprenderme. Sabía que esto era completamente predecible viniendo de ella. Alice no es del tipo que mantiene contacto solo porque sí. Si no tiene algo que decir, simplemente desaparece en su propio mundo. Y lo peor es que puedo imaginar exactamente dónde ha estado todo este tiempo.

Encerrada en la sala de música.

Aislada, sin prestarle atención a nada ni a nadie más que su proyecto.

Me pasé una mano por el rostro y suspiré. No tenía tiempo para distraerme con eso. No ahora. Tenía que enfocarme.

Las primeras horas del primer día fueron una prueba de resistencia. El horario de este semestre era más exigente, más intenso, más brutal en la cantidad de información que tenía que procesar. Teoría del Derecho seguía siendo el núcleo de mis estudios, pero ahora se le sumaban más materias específicas. Cuatro, para ser exactos. Y cada una más demandante que la anterior.

Regulación Jurídica, Control Social, Psicología del Crimen y Métodos de Investigación Jurídica. Eran materias diseñadas para consumir cada gota de energía mental que tuviera.

Regulación Jurídica me atrapó desde el primer momento. Las discusiones sobre la funcionalidad de la ley dentro del sistema, sobre cómo las normas no existían solo para garantizar la estabilidad, sino también para definir la moralidad aceptable dentro de una sociedad, me parecían esenciales para lo que estaba preparando en mi proyecto. Todo esto me servía, todo esto me daba más armas para hacerlo impecable.

Control Social era más pesado, pero igual de relevante. La relación entre la vigilancia y la seguridad, entre la autonomía personal y la obediencia estructurada, era un tema que siempre me había interesado, aunque no de manera personal. Hasta ahora.

Psicología del Crimen fue la que más me sorprendió. Porque en lugar de centrarse en criminales latentes o coeficientes de criminalidad, la primera clase trató sobre cómo la percepción del crimen afecta a quienes lo estudian. Sobre cómo incluso aquellos que se dedican a analizar la justicia terminan moldeados por ella.

Apreté el bolígrafo entre mis dedos cuando el profesor mencionó cómo ciertos individuos pueden obsesionarse con entender la justicia hasta el punto de perder de vista su propia moralidad.

Eso no tiene nada que ver conmigo.

Sacudí la cabeza y me forcé a concentrarme en las notas. Era solo una clase más. Nada de lo que estaba diciendo era nuevo para mí.

Métodos de Investigación Jurídica era la más técnica, la más meticulosa. Aprender a estructurar argumentos, a presentar pruebas sin sesgos, a construir análisis con base en la lógica y no en la emoción. Era exactamente lo que necesitaba para mi proyecto.

Porque al final del día, lo único que importaba era eso. Mi caso.

Había pasado semanas construyéndolo. Anticipando preguntas, asegurándome de que cada palabra estuviera en su lugar. Sabía que no podía permitirme fallar. No podía permitirme ser menos que el mejor.

Cuando finalmente terminé mi última clase, sentí el peso de todo lo que tenía por delante. Un mes y medio para perfeccionar mi presentación. Un mes y medio que, a este ritmo, se sentiría como un parpadeo.

Llegué a casa y solté mi maletín junto a la mesa antes de dejarme caer en el sofá. Dime, que había estado durmiendo en su cama especial, levantó la cabeza y me miró con curiosidad.

—¿Sabes, Dime? —murmuré, pasándome una mano por el cabello—. Esto es solo el principio. Pero estoy listo.

Dime parpadeó lentamente, sin moverse demasiado.

—Bien. Me alegra que confíes en mí.

No esperaba una respuesta, por supuesto. Dime solo dejó escapar un leve resoplido antes de acomodarse de nuevo en su cama.

Suspiré y tomé mi libreta de apuntes. Aún había ajustes que hacer, detalles que pulir. Pero si algo tenía claro, es que cuando llegara el día de mi presentación, no iba a haber dudas sobre quién era el mejor.

Porque no podía ser de otra manera. Nunca lo había sido.

Alice
Cuando anunciaron que la presentación del proyecto sería en el teatro de la escuela, frente a toda la academia, sentí como si mi alma abandonara mi cuerpo y decidiera mudarse a otro plano de existencia donde el pánico escénico no fuera una posibilidad real. No es que no estuviera acostumbrada a la atención; ser una Carter significa que la gente siempre te está mirando, esperando que hagas algo impresionante o que te tropieces y les des algo de qué hablar.

Pero esto era diferente.

Esto era yo, sola en un escenario, con nada más que mi cuerpo, mi música y un océano de ojos juzgándome.

Intenté racionalizarlo. He bailado frente a los profesores en las prácticas, frente a mi grupo de compañeros, pero esto era un maldito teatro lleno. Un auditorio repleto de estudiantes, profesores, evaluadores, y quién sabe qué otra clase de observadores casuales que estarían ahí, listos para ver si me desplomaba como un castillo de naipes.

Y como si eso no fuera suficiente, mi horario decidió que ahora era el momento perfecto para recordarme todas las cosas en las que soy un desastre absoluto.

Danza clásica y música seguían siendo mis zonas de confort. Incluso expresión corporal se sentía natural. Teatro no era mi punto fuerte, pero al menos no sentía la necesidad inmediata de fingir mi muerte cada vez que alguien me miraba.

Pero luego estaba dibujo. Oh, la pesadilla que es dibujo.

Desde el primer día supe que estaba condenada. Mientras mis compañeros trazaban líneas armoniosas que mágicamente se convertían en figuras reconocibles, yo estaba librando una batalla a muerte con mi propio lápiz.

Al final de la primera clase, mi hoja de papel parecía un crimen artístico que debía ser reportado a las autoridades competentes.

—¿Es… una flor? —preguntó un compañero, inclinándose con cautela sobre mi dibujo, como si temiera que cobrara vida y lo atacara.

—Es un desastre —respondí, girando la hoja con la esperanza de que viéndola desde otro ángulo se volviera menos ofensiva a la vista. No lo hizo.

Pero si dibujo era una humillación, literatura fue un ataque personal.

La profesora nos pidió que escribiéramos un poema. Sobre cualquier cosa. Libre, sin restricciones.

Perfecto. Genial.

Excepto por el pequeño detalle de que soy completamente incapaz de escribir algo que no suene como el diario de una adolescente con demasiado tiempo libre.

Miré alrededor y vi a mis compañeros escribiendo con entusiasmo, sus plumas deslizándose sobre las hojas con una facilidad que me pareció una burla a mi existencia. Algunos hasta se tomaban la libertad de borrar y corregir, como si estuvieran editando una futura obra maestra.

Yo tenía tres líneas. Tres.

Y ninguna de ellas rimaba.

—¿Cómo va eso, Alice? —preguntó la profesora con su tono animado y paciente.

—Aun trabajando en ello —respondí, cubriendo la hoja con mi brazo como si fuera información clasificada del gobierno.

Intenté escribir algo. Lo leí. Lo odié. Lo taché. Repetí el proceso varias veces antes de aceptar que jamás iba a ser capaz de traducir lo que sentía en palabras.

Por las noches, mientras repasaba las tareas y trabajaba en mi proyecto, la frustración burbujeaba en mi pecho como un cóctel explosivo. ¿Cómo podía ser tan buena en algunas cosas y tan jodidamente inútil en otras?

El único consuelo era la danza.

Me arrodillé en el suelo de la sala de música y extendí los bocetos de la coreografía, los diseños del vestuario y las notas musicales que había estado recopilando. Todo esto era real. Esto era algo en lo que podía confiar.

Porque, aunque no pudiera escribir un poema que no sonara ridículo, aunque mi talento para el dibujo estuviera en el nivel de un niño con crayones derretidos, en el escenario podía demostrar quién era.

Podía transmitir lo que no sabía decir.

Y si iba a enfrentarme a un teatro lleno de gente esperando que hiciera algo memorable, entonces haría que cada uno de esos idiotas sintiera lo que yo quería que sintieran.

Porque al final del día, las palabras podían fallarme, pero mi cuerpo nunca lo hacía.