Kougami
Alice no apareció en el receso por días. No es que la estuviera buscando—o al menos, eso intenté convencerme. Pero cuando alguien como ella desaparece, se nota. Es difícil ignorar el vacío que deja cuando siempre está ahí, irrumpiendo en espacios donde nadie la invitó, apropiándose de conversaciones, mirándote con esa intensidad que te hace sentir que está a punto de hacer algo impredecible.
Pero sabía que estaba en la academia. La vi de lejos, cruzando los pasillos como una sombra fugaz. No se detenía a hablar con nadie. No buscaba atención. Algo estaba mal.
Al quinto día, finalmente apareció en la mesa del receso. Pero no era la Alice que conocíamos. No era la chica que se burlaba de nuestras reacciones, que probaba límites solo porque podía, que se movía con una seguridad que hacía parecer que el mundo entero le pertenecía. Parecía un fantasma de sí misma. Pálida, con ojeras tan marcadas que ni siquiera intentó cubrirlas. La Alice que estaba sentada frente a nosotros no se parecía en nada a la chica a la que le arranqué el vestido aquella noche.
No supe qué me molestó más. Si el hecho de que se viera así o el hecho de que, cuando la miré, no encontré ni una pizca de su actitud usual.
—¿Alice? —fue Ginoza el que habló primero, con su tono de siempre, ese que usaba cuando intentaba actuar como si nada lo desconcertara.
Ella levantó la vista de su bandeja, pero sus ojos no enfocaban del todo.
—Estoy bien —dijo. Su voz sonó... apagada. Ni siquiera estaba fingiendo.
—No pareces bien —intervine, sin perder el tiempo en rodeos.
Alice hizo un gesto vago con la mano, como si alejara el comentario.
—Es el proyecto —murmuró—. No duermo hace unos días.
Ginoza resopló con irritación.
—No duermes hace días porque eres una irresponsable.
—Soy una artista sin talento, esa es la verdad.
Por un segundo, hubo silencio. Y después, al unísono, Ginoza y yo respondimos:
—No digas estupideces.
Pero Alice ni siquiera se molestó en discutir. En lugar de eso, sacó una hoja y la puso en el medio de la mesa.
Oh, mierda.
Ginoza y yo nos inclinamos al mismo tiempo para verla. Era un dibujo. Y era, sin duda, el peor dibujo que había visto en mi vida, sin exagerar.
Lo que sea que Alice había intentado plasmar ahí desafía toda lógica, perspectiva y entendimiento humano. Era un caos absoluto de líneas torcidas, proporciones erráticas y lo que parecían ser extremidades distribuidas sin un propósito claro. Parecía el boceto de alguien que jamás había tocado un lápiz en su vida, pero que tenía la firme convicción de que podía engañar al mundo haciéndolo pasar por arte.
Alice nos miró con una expresión completamente seria.
—Es una persona.
Ginoza ajustó sus lentes con ese tic nervioso que le salía cuando intentaba procesar algo demasiado estúpido para su cerebro.
—¿Dónde están las piernas?
—Ahí. —Alice señaló una línea temblorosa que parecía más un intento fallido de dibujar un par de zanahorias mutantes.
—¿Y los brazos?
—También ahí.
Hubo un silencio denso.
—Esto es... —Empecé a decir algo, pero simplemente no encontré las palabras.
Alice apoyó el codo en la mesa y se sostuvo la cabeza con una mano, sin dejar de mirar el desastre que había puesto frente a nosotros.
—No tengo talento.
Por primera vez en mi vida, me encontré en la misma página que Ginoza. Ambos estábamos sentados ahí, mirando el dibujo, sin saber exactamente qué hacer con la evidencia tangible de lo que Alice acababa de afirmar. Porque, maldita sea, esto era irrefutable.
Ginoza se aclaró la garganta.
—No... no es tan malo.
Alice giró la cabeza lentamente hacia él.
—Gino, si lo encontraran en una cueva prehistórica, los arqueólogos dirían que lo dibujó un neandertal con problemas cognitivos.
Yo intenté, de verdad, intenté encontrar algo que no fuera una condena absoluta, pero lo único que pude hacer fue pasarme una mano por la cara.
Alice suspiró y volvió a mirar el papel.
—Mi carrera en el arte visual murió antes de nacer.
Nadie la contradijo. Porque ¿cómo carajos íbamos a hacerlo después de ver esto?
Ginoza
El receso terminó sin que llegáramos a una conclusión sobre la abominación artística que Alice había dejado sobre la mesa. No es que hiciera falta. Cualquier intento de consuelo habría sido una mentira descarada y, de todas formas, Alice parecía más resignada que herida.
Kougami se fue poco después, dejándome a solas con ella. No supe qué hacer al respecto.
No es que no quisiera estar con ella. Es que estábamos en la academia. Es que no tenía idea de cómo debía manejar esto aquí.
Hace apenas unos días la tenía entre mis brazos, sus labios contra los míos con una intensidad que me hizo perder el control de una manera en la que jamás me habría permitido hacerlo antes. Y ahora, de vuelta en el entorno rígido de Nitto, con su estructura implacable y sus reglas establecidas, no tenía ninguna referencia sobre cómo debía comportarme.
Así que no hice nada.
Mantuve la distancia justa. Caminamos juntos sin que pareciera intencional, sin que nadie pudiera mirarnos y decir que había algo diferente. Porque no debería haberlo.
Aunque sí lo había.
Y lo supe en cuanto Kougami desapareció por los pasillos y nos quedamos solos.
—Nobuchika.
Lo dijo como si siempre hubiera sido así. Como si nunca me hubiera llamado de otra manera. Como si fuera lo más natural del mundo.
No "Gino". No con la ironía afilada con la que solía decirlo en cada maldito momento, como si disfrutara empujarme al borde de la paciencia. Nobuchika.
Mi nombre, sin barreras, sin la distancia calculada que había mantenido entre nosotros durante tanto tiempo.
No sabía qué responder a eso. No sabía cómo reaccionar a lo que significaba.
Y no tuve tiempo de decidirlo antes de que Alice hiciera lo que mejor sabe hacer: ignorar cualquier protocolo social y hacer exactamente lo que le da la gana.
Se aferró a mí sin previo aviso, su rostro contra mi pecho, sus brazos rodeándome con una desesperación que me dejó congelado por un instante. No había nada de burla en el gesto, nada de provocación. Solo una presión firme, intensa, como si se estuviera sujetando a algo antes de desmoronarse por completo.
Tardé un segundo en reaccionar, pero cuando lo hice, mis manos subieron instintivamente a su espalda, sosteniéndola con menos duda de la que esperaba.
—Alice —murmuré, pero no se movió.
—Estoy aterrada.
Su voz fue apenas un susurro. Casi no la escuché.
Aterrada.
Alice Carter, la chica que nunca parece inmutarse por nada, la que se ríe del caos y desafía todo lo que se le pone enfrente sin pestañear, estaba temblando contra mí.
—¿Qué sucede? — pregunté con cautela, ella parecía dispuesta a hablar de eso en este momento.
Alice me miro y me di cuenta de que el problema no tenia nada que ver con sus aberraciones artísticas.
— Tengo pánico escénico — respondió, y no fue necesario que ella agregue muchos más detalles porque lo entendí.
El escenario. La presentación. Estuvo escondiendo eso detrás de su perfeccionismo.
Alice respiró hondo, pero no se apartó.
—No sé qué hacer —susurró, con una honestidad brutal que me golpeó más fuerte de lo que esperaba—. No trabajé en esto, no lo pensé. Me encerré en la maldita sala de música y me convencí de que, si bailaba lo suficiente, todo iba a salir bien. Pero no sé cómo enfrentar esto. No sé cómo… no congelarme cuando me suba ahí.
Mi mente comenzó a trabajar en soluciones de inmediato, en estrategias para ayudarla a manejar el miedo, en técnicas de respiración, en exposiciones controladas. Pero entonces, una idea cruzó mi mente con una claridad inesperada.
Dime.
Dime, que siempre había sido más que un perro de compañía.
Dime, que había sido entrenado para detectar el estrés, para reconocer cuándo alguien necesitaba un ancla, cuándo debía acercarse para ayudar a calmar una respiración agitada o aplacar la ansiedad que se disparaba sin control.
Dime, que Alice adoraba más que a la mayoría de los humanos.
Tal vez… tal vez él podría ayudarla.
Pasé una mano por su cabello en un gesto automático, sintiendo lo tensa que estaba.
—Alice, intentaremos algo.
Se quedó quieta, esperando.
—Luego de clases, iremos a ver a Dime.
Su cabeza se movió apenas contra mi pecho, suficiente para que pudiera imaginar su ceño fruncido.
—¿Dime?
—Confía en mí. Solo… solo inténtalo.
Finalmente, se apartó lo justo para mirarme. Sus ojos seguían cansados, pero la expresión en su rostro ya no era solo agotamiento. Era vulnerabilidad.
Y ella no intentó esconderla.
El día terminó sin más sobresaltos, pero mi cabeza seguía dándole vueltas a lo que había pasado con Alice. No era la primera vez que la veía colapsar bajo su propia intensidad, pero nunca la había visto admitirlo de esa manera. Y menos conmigo.
Por eso, en lugar de dejar que se fuera sola a encerrarse de nuevo en la sala de música, la llevé conmigo. No lo discutimos demasiado. Solo se quedó en silencio mientras caminábamos, como si no tuviera la energía suficiente para protestar.
El parque cercano a mi casa estaba casi vacío a esta hora. Era un buen lugar. Lo suficientemente abierto como para que Alice no sintiera que la estaba arrastrando a otro encierro, lo suficientemente tranquilo como para que pudiera relajarse sin el peso de tantas miradas.
Se dejó caer en uno de los bancos, con los hombros caídos, con la cabeza levemente inclinada hacia adelante. No dijo nada. Solo cerró los ojos por un instante y dejó escapar un suspiro largo, como si su propio cuerpo estuviera harto de ella.
—Voy a buscar a Dime.
Por un segundo, pareció procesarlo. Luego, sin previo aviso, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas, cubriéndose la cara con las manos mientras murmuraba:
—Dios, estoy tan enamorada de él que me duele.
Me quedé mirándola, sin saber exactamente cómo responder a eso.
Alice dejó caer las manos y me observó con una seriedad absurda.
—Gino, si me trajiste aquí para decirme que Dime es en realidad un enviado celestial que vino a esta tierra con el propósito exclusivo de salvarme, lo acepto sin preguntas.
Rodé los ojos.
—No es un enviado celestial.
—Para ti no, porque tienes el corazón de piedra.
—Voy por él. Espera aquí.
No esperé su respuesta. Sabía que no se movería.
Regresé a casa y, en cuanto abrí la puerta, Dime levantó la cabeza con la calma de siempre. No hizo ningún gesto exagerado, pero su cola se movió apenas, en ese ritmo pausado que usaba cuando sabía que algo iba a pasar.
—Ven —le dije, y él se incorporó sin dudarlo.
Caminó a mi lado con su paso firme y medido, sin prisa, pero sin resistencia. Dime no hace preguntas. Dime entiende cuando alguien lo necesita.
Cuando volvimos al parque, Alice seguía en el mismo lugar. Pero en cuanto vio a Dime, su rostro cambió por completo. Se puso de pie tan rápido que por un instante pensé que iba a correr hacia él. Y lo habría hecho, si Dime no se hubiera adelantado primero.
Se acercó a ella sin la cautela que solía tener con la mayoría de las personas. Como si ya supiera que Alice era suya.
Alice no esperó. Se arrodilló en el suelo, rodeó su cuello con los brazos y hundió el rostro en su pelaje. No fue un gesto superficial. No fue una reacción exagerada. Fue como si se estuviera sosteniendo en él.
Dime no se movió. Solo se quedó ahí, sólido, inmóvil, permitiéndole hacerlo.
Por primera vez en toda la tarde, Alice parecía tranquila.
Me quedé de pie, observándolos en silencio.
Alice
Dime es el amor de mi vida.
No hay duda. No hay discusión. No hay espacio para ningún otro pensamiento en mi mente mientras lo abrazo como si fuera lo único real en el universo. Porque lo es.
Dime es perfección en estado puro. Un ser celestial descendido a la Tierra, un ángel con cuatro patas, un milagro genético destinado a iluminar mi existencia con su presencia. Un peludo mesías que vino a salvarme de mi miseria absoluta.
—Eres lo mejor que me pasó en la vida —susurré contra su cuello, inhalando profundamente su aroma a perro limpio con un leve toque de césped y dignidad.
Dime no protestó. Porque Dime es un caballero. Un noble espíritu que ha aceptado sin dudar que soy su destino.
Ginoza, en cambio, sí protestó.
—Alice…
—Ari —corregí automáticamente sin soltar a Dime.
—No puedes quedarte abrazándolo toda la noche.
—Mírame a los ojos y dime que quieres separarnos.
Silencio. Lo sabía.
Porque Ginoza también sabe que lo que tenemos Dime y yo es más grande que cualquier cosa que él pueda comprender.
Me aparté un poco solo para mirarlo bien, mis manos sosteniendo su cara perfecta, mis pulgares rozando la suave curva de su hocico con la devoción de quien finalmente ha encontrado su propósito en la vida.
—¿Sabías que nacimos el uno para el otro?
Dime pestañeó lentamente. Una confirmación.
—Dios, eres perfecto —exhalé, sintiendo una emoción real atorándose en mi pecho.
Ginoza resopló.
—Alice, no puedes enamorarte de un perro.
—No puedo enamorarme de un humano después de conocer a Dime.
—Eso no tiene sentido.
—¿Acaso el amor tiene sentido, Nobuchika?
Su expresión fue un poema. Un poema hermoso, de tragedia y resignación, probablemente escrito por alguien que ha perdido toda fe en la humanidad.
Pero no me importaba. Solo Dime importaba.
Me acerqué de nuevo, apoyando mi frente contra la suya.
—Gracias por acompañarme, mi amor.
Dime suspiró profundamente, el sonido de un ser superior aceptando su destino como el centro de mi universo.
Y en ese momento, lo supe. No había nada que pudiera romper este vínculo sagrado.
Porque Dime y yo éramos almas gemelas.
Ginoza
Alice estaba completamente perdida en Dime. No era una exageración, ni una broma, ni siquiera un gesto momentáneo de ternura. Era devoción absoluta.
Observé en silencio mientras se aferraba a él como si fuera su única ancla en el mundo, murmurando palabras de amor con una sinceridad que nunca le había escuchado usar para otra persona. Ni para mí.
Dime la aceptó sin resistencia. No solo eso, parecía disfrutarlo. Cualquier otro perro habría intentado liberarse después de tanto tiempo siendo estrujado, pero Dime se acomodó contra ella, soltando un suspiro profundo de satisfacción mientras Alice le acariciaba el lomo con una ternura abrumadora. Ese maldito perro estaba disfrutando cada segundo.
Y yo estaba de pie, como un espectador relegado a un papel secundario en esta escena absurda.
La chica que amo estaba enamorada de mi perro.
Respiré hondo y crucé los brazos, observando el espectáculo sin intervenir. Porque Alice estaba sonriendo de nuevo. Porque ya no tenía esa tensión en los hombros, ni esa sombra de agotamiento en su expresión. Porque, después de lo que deben haber sido días de completo estrés, aquí estaba, sosteniendo a Dime como si él fuera la solución a todos sus problemas.
Y quizás, en este momento, lo era.
La dejé hacer. Dejé que lo abrazara, que le susurrara promesas ridículas sobre estar siempre juntos, que lo llamara el amor de su vida mientras Dime la miraba con la absoluta tranquilidad de quien sabe que ha ganado algo importante sin siquiera intentarlo.
No lo interrumpí. No podía.
Porque la verdad era que me gustaba verla así. Me gustaba que Alice, con todo su caos, con toda su intensidad, encontrara calma en algo. Que, por una vez, no estuviera peleando contra algo, no estuviera luchando por probarse a sí misma.
Pero la quería para mí.
No podía decirlo en voz alta, no podía admitirlo, ni siquiera en mi propia cabeza sin que mi orgullo se revolviera, pero lo sabía. Quería ser quien la hiciera sonreír así.
Exhalé lentamente, reuniendo la paciencia que me quedaba, y finalmente me moví.
—Alice.
Ella no reaccionó de inmediato. Estaba demasiado ocupada murmurándole a Dime algo sobre cómo iban a escaparse juntos y vivir en un mundo donde nadie los separaría.
Pero no iba a dejarla seguir con esto.
Me incliné y, con más cuidado del que debería tener, pasé un brazo por su espalda y la jalé suavemente hacia mí. No con brusquedad, pero sí con firmeza. La suficiente para recordarle que todavía estaba aquí. Que Dime no iba a llevársela completamente.
Alice se removió apenas, como si estuviera considerando resistirse, pero no lo hizo.
Se separó lo justo para mirarme y, por un instante, la vi titubear. Como si se diera cuenta de que yo la había apartado de él, como si estuviera midiendo lo que eso significaba.
—¿Celoso, Nobuchika? —preguntó con esa sonrisa suya, con esa facilidad con la que siempre intenta empujarme a reaccionar.
—No.
No le di tiempo a seguir provocándome.
La acerqué más, sosteniéndola con la misma firmeza con la que lo hacía cuando ella lo permitía, cuando no intentaba escaparse. Su cuerpo aún estaba caliente por haber estado abrazada a Dime, y su perfume todavía tenía rastros de su pelaje, mezclado con el aroma dulce de su piel.
Alice no se apartó. Tampoco hizo el amago de volver a Dime, lo que para mí ya era una victoria silenciosa. Pero su mirada me decía que no había pasado por alto lo que acababa de hacer.
La forma en la que me sostenía la mirada, con la cabeza apenas inclinada y esa sonrisa ladeada que oscilaba entre la diversión y el desafío, me decía que estaba esperando algo.
No sé qué. No sé si esperaba que me disculpara por separarla de su "alma gemela", si esperaba que la soltara para que volviera a sumergirse en su devoción por mi perro, o si simplemente estaba probándome otra vez, viendo hasta dónde podía empujarme.
Pero no iba a soltarla.
—¿Qué pasa, Nobuchika? —preguntó con voz baja, como si estuviera observando algo fascinante.
—Nada —respondí con calma, sin soltarla.
Alice entornó los ojos, como si intentara decidir si creerme o no. Como si pudiera verme por dentro y estuviera diseccionando cada reacción.
Dime, en el suelo a nuestro lado, observaba la escena con la paciencia de un rey esperando que los plebeyos terminen sus asuntos. Su cola se movía apenas, pero sus ojos estaban fijos en nosotros, como si supiera exactamente qué estaba pasando.
Alice bajó la vista por un segundo y dejó escapar un suspiro leve.
—Me siento mejor.
Fue un comentario casual, dicho sin peso, como si no significara mucho. Pero lo hacía.
Porque Alice no dice cosas así sin motivo, no admite fácilmente que algo la ha sacado de su propio desastre mental.
Dime se movió levemente, se sacudió y luego, con la misma indiferencia elegante con la que había decidido aceptarla, simplemente se giró y trotó con tranquilidad hacia un rincón del parque, dejándonos solos, como si él ya hubiera hecho su parte.
Alice lo observó con una sonrisa y luego volvió la vista hacia mí, todavía en la misma proximidad, todavía sin apartarse.
—¿Ahora qué, Gino?
No tenía una respuesta inmediata. Lo único que sabía era que la tenía en mis brazos y no quería que se fuera todavía.
—Nada —murmuré.
Alice arqueó una ceja, esperando algo más. No se lo di.
En su lugar, simplemente acerqué mi mano a su rostro y dejé que mis dedos rozaran su mejilla, apenas una caricia, apenas un toque. Suficiente para que supiera que no era un error. Que esto era intencional.
Alice no suele quedarse quieta. Nunca lo hace. Y, sin embargo, seguía ahí, mirándome con esa intensidad suya, con la misma expresión de quien está a punto de hacer algo que ni siquiera ha terminado de procesar. No se estaba alejando. Y eso lo cambiaba todo.
No tenía idea de qué estaba pasando por su cabeza. Por una vez, no podía anticiparla.
Y entonces, sin advertencia, sin provocación previa, se inclinó y me besó.
No fue como los otros besos. No fue como en la mansión, ni como en el jardín, ni como los que nos dimos entre palabras mordidas y respiraciones entrecortadas.
Fue solo un beso. Uno.
Corto, contenido, pero no frío. No fue un beso que buscara más, pero tampoco fue uno que pudiera ignorar. Sus labios presionaron los míos con una suavidad que me desarmó por completo, sin urgencia, sin la prisa con la que normalmente se mueve.
Y cuando se separó, no lo hizo con una sonrisa traviesa ni con la satisfacción de quien acaba de ganar algo. Su expresión era completamente diferente.
Seria. Peligrosamente honesta.
Sus ojos recorrieron mi rostro, como si buscara asegurarse de que yo había entendido lo que acababa de hacer, lo que acababa de significar.
—Si sigues haciendo estas cosas, Nobuchika… —su voz era baja, sin rastro de burla, sin la facilidad con la que solía decir cualquier otra cosa—. Definitivamente me voy a enamorar.
Me congelé, no porque me sorprendiera, sino porque lo dijo en serio.
Me quedé en silencio, sin moverme, sin apartar la mirada de la suya. No había forma de responder a eso. Porque todo lo que quería decir era algo que todavía no podía permitirme decir.
Pero Alice no esperó una respuesta.
Simplemente se giró y caminó hacia Dime, dejando atrás la carga de sus palabras con una facilidad absurda. Como si acabara de soltar una advertencia y luego decidiera que no valía la pena insistir en ello.
—¡Mi amor! —exclamó con una efusividad desgarradora, lanzándose sobre Dime como si hubiera pasado años sin verlo en lugar de unos minutos.
Dime, como el traidor absoluto que era, la recibió con la misma devoción de siempre. Su cola se movió en un ritmo pausado pero constante mientras Alice enterraba los dedos en su pelaje y murmuraba cosas demasiado dulces para que yo tuviera la paciencia de escucharlas.
—Voy a extrañarte cada segundo de mi vida —dijo, abrazándolo como si fuera el final de una tragedia shakesperiana.
Dime solo soltó un leve resoplido y apoyó su hocico en su brazo.
Alice suspiró dramáticamente y luego, con una última caricia sobre su cabeza, se puso de pie.
Me miró una última vez antes de girarse por completo.
—Gracias por esto, Nobuchika. Nos vemos.
No respondí. No podía.
Solo me quedé ahí, viéndola alejarse, sintiendo todavía el fantasma de su beso en mis labios.
"Definitivamente me voy a enamorar".
Como si no fuera demasiado tarde para eso.
Alice
Las semanas siguientes se convirtieron en un desfile de intentos fallidos, frustración acumulada y una ansiedad latente que se alimentaba de cada segundo que pasaba. Mi pánico escénico seguía ahí, creciendo como una sombra, cada día más grande, más real. Trataba de ignorarlo, de ahogarlo con más ensayos, con más repeticiones, con más esfuerzo. Si bailaba lo suficiente, si ensayaba hasta la extenuación, tal vez mi cuerpo reaccionaría por sí solo cuando llegara el momento. Tal vez el miedo desaparecería en el instante en que la música comenzara.
Pero no era suficiente. Porque cuando cerraba los ojos y me imaginaba en el escenario, lo único que sentía era pánico.
Así que, en un intento desesperado por distraerme, me enfoqué en otra batalla completamente diferente: mis materias nuevas, en las que me estaba hundiendo estrepitosamente.
Si algo no me salía bien, lo intentaba hasta hacerlo mío. Así que decidí enfrentar mis debilidades con valentía. O con la obstinación irracional de quien se niega a admitir la derrota.
La primera víctima fue Nobuchika.
Lo intercepté después de clase con una hoja en la mano, mi último intento de escribir algo que se pareciera remotamente a un poema decente. No es que me gustara la poesía, pero si me obligaban a hacerlo, por lo menos quería que no fuera un desastre absoluto.
—Nobuchika, necesito tu opinión sobre esto —le dije, extendiéndole el papel con toda la confianza de quien sabe que está a punto de ser destruida—. Sé brutalmente honesto.
Nobuchika me miró con desconfianza, tomó la hoja y leyó en silencio. Cada segundo de su análisis fue una tortura. No porque esperara una ovación, sino porque el silencio absoluto era peor que cualquier crítica.
Cuando finalmente levantó la vista, su expresión era… considerada. Como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras para no herirme demasiado.
—Es… directo, supongo.
Fruncí el ceño.
—¿Eso es todo?
—Bueno —se rascó la barbilla—. ¿Era tu intención que sonara como un manual de instrucciones?
Lo miré con absoluto desprecio.
—¡No suena como un manual de instrucciones!
—Ari… dice literalmente: "El corazón late rápido. Expresión de angustia. Sensación de vacío."
—Es conciso.
—Es deprimente. Y parece una lista de síntomas médicos.
Le arranqué la hoja de las manos, murmurando improperios y prometiéndome que jamás le volvería a pedir opinión sobre nada. Pero no podía negar que tenía razón.
La segunda víctima fue Shinya.
Decidí cambiar de estrategia. Tal vez la poesía no era lo mío, pero el dibujo… el dibujo podría serlo. Pasé toda la noche tratando de replicar algo sencillo: un campo con un árbol bajo un cielo soleado. Tenía forma. Se entendía. Era decente.
Así que con la seguridad de quien ha creado una obra digna de ser expuesta en un refrigerador con un imán, se lo mostré a Shinya durante el almuerzo.
—Shinya, dime qué piensas de esto.
Desplegué la hoja frente a él y esperé.
Él la observó en silencio. Luego me miró a mí. Luego volvió a mirar el dibujo. Tardó demasiado en decir algo.
—¿Es un árbol? —preguntó finalmente, con una cautela irritante.
Mi paciencia se evaporó.
—¡Claro que es un árbol! ¿Qué más sería?
Kougami inclinó la cabeza.
—No sé… parece una escoba atrapada en cemento.
Me quedé boquiabierta.
—¡¿Una escoba atrapada en cemento?!
—Sí, mira. —Señaló la parte inferior—. Esto parece un cubo de cemento y estas líneas de arriba…
—¡Son ramas, Shinya!
Él sonrió con esa calma exasperante suya y me devolvió el dibujo.
—Solo digo que, si lo viera sin contexto, pensaría que es una escoba.
Le arranqué la hoja de las manos, murmurando amenazas de muerte mientras él se reía bajo. Cómo alguien tan analítico podía ser tan absolutamente inútil en estos momentos estaba más allá de mi comprensión.
Pero el peor momento fue cuando decidí enfrentarlos a ambos al mismo tiempo.
Después de clases, los atrapé antes de que pudieran escapar y los obligué a escucharme leer en voz alta un relato corto que había escrito para literatura. Algo simple, algo dramático, pero con mi estilo.
Terminé y levanté la vista, esperando sus reacciones.
El silencio fue… sepulcral.
Nobuchika se cruzó de brazos, analizando cada palabra como si fuera un contrato legal. Shinya parecía estar decidiendo si debía ser brutalmente honesto o suavizar el golpe.
Finalmente, Ginoza habló primero.
—Bueno… es… único.
Fruncí el ceño.
—¿Único?
—Sí, en el sentido de que nunca había leído algo donde los personajes hablaran como robots programados para explicar la trama.
Abrí la boca para defenderme, pero antes de que pudiera decir algo, Kougami se rió.
—Alice, creo que al fin encontramos algo en lo que no para nada buena.
Si la mirada pudiera matar, habría reducido a Kougami a cenizas en ese instante.
—No se puede ser bueno en todo —agregó, sonriendo con una satisfacción evidente.
Ginoza asintió.
—Concuerdo.
—¡¿Qué es esto, una conspiración?!
Pero ya era demasiado tarde. Ambos se estaban riendo mientras yo intentaba recuperar mi dignidad.
Y lo peor era que tenían razón.
Literatura y dibujo no eran para mí.
Esa noche, mientras repasaba mis fracasos artísticos y la inminente crisis nerviosa que era mi pánico escénico, no pude evitar sonreír. Me estaban volviendo loca, pero… me hacían reír.
Tal vez no tenía que ser buena en todo.
Tal vez estaba bien que hubiera cosas en las que simplemente era un desastre.
Después de todo, si algo era seguro en esta vida, era que Ginoza y Kougami me apoyan y se burlaban de mi con igual intensidad.
Y si mis fracasos podían hacerlos reír, quizás no eran un completo fracaso.
Kougami
El aula estaba más silenciosa de lo habitual, con esa tensión latente que se acumulaba cuando alguien estaba a punto de exponer. Hoy era mi turno. Había preparado este proyecto durante semanas, puliendo cada palabra, cada argumento, pero eso no significaba que no sintiera la presión de hacerlo bien. No solo porque era una presentación, sino porque este era el tipo de preguntas que nunca habían dejado de dar vueltas en mi cabeza.
El profesor me miró desde su escritorio, con esa expresión que combinaba expectativa y calma.
—Kougami, puedes empezar cuando estés listo.
Asentí, recogí mis notas y caminé hacia el frente del aula. Miré a mis compañeros, midiendo sus expresiones. Algunos ya estaban interesados, otros estaban más preocupados por su propia vida. No me importaba. Sabía que en algún punto los iba a atrapar.
—Hoy quiero hablarles sobre algo que creemos entender, pero que es más complejo de lo que parece: la justicia.
Dejé que la palabra flotara en el aire por un momento antes de continuar.
—La usamos como referencia, como un código que nos dice qué está bien y qué está mal. Pero, ¿alguna vez se han detenido a preguntarse en qué se basa realmente?
Me moví un poco más al centro del aula, dejando mis notas a un lado. No las necesitaba.
—Para empezar, quiero que piensen en esto: ¿es la justicia un concepto absoluto o está condicionado por las circunstancias?
En la pantalla detrás de mí apareció una cita de Aristóteles: "La justicia es la bondad social, porque preserva las relaciones entre los hombres."
—Para Aristóteles, la justicia era parte del orden natural, algo que debía perseguirse por el bien de la comunidad. Pero luego tenemos a Nietzsche, que la veía como un instrumento de control, una construcción creada por quienes tienen el poder para mantener a los demás en su lugar.
Me giré hacia la pantalla y proyecté la primera situación: Un hombre roba comida para alimentar a su familia hambrienta.
—La ley dice que robar está mal. Pero, ¿es injusto castigar a alguien por intentar sobrevivir?
Silencio. Bien.
—Si seguimos la justicia como un sistema de reglas inmutables, entonces el castigo es inevitable. Pero si tomamos en cuenta el contexto, quizás diríamos que su acción es justificable. Entonces, ¿qué tiene más peso? ¿La ley o las circunstancias?
Algunos murmuraron entre ellos. Otros ya parecían estar pensando en sus respuestas.
En la pantalla apareció la segunda situación: Una comunidad prohíbe que las mujeres estudien porque lo consideran una amenaza para sus tradiciones.
—Para ellos, esto es justo. Para nosotros, es una violación de los derechos fundamentales. Entonces, ¿quién tiene razón? ¿La comunidad que protege su identidad o el mundo exterior que condena su práctica?
Dejé que la pregunta se asentara antes de hacer la última.
—Mi punto es este: ¿puede una sociedad definir lo que es correcto sin caer en la arbitrariedad?
El profesor asintió levemente y, con eso, la discusión comenzó.
Algunos defendieron que las reglas debían ser universales para evitar el caos, que la justicia no podía adaptarse a cada situación sin volverse ineficaz. Otros insistieron en que la flexibilidad era esencial, porque sin contexto, las leyes podían volverse opresivas. Era justo lo que esperaba.
Me quedé de pie, escuchando cada argumento, cada contraargumento, observando cómo algunos intentaban racionalizarlo y otros, inevitablemente, lo llevaban al terreno de la emoción.
Cuando la discusión llegó a su punto máximo, el profesor se levantó y dio su veredicto.
—Un excelente trabajo, Kougami. No solo estructuraste bien el debate, sino que expusiste la naturaleza ambigua de la justicia con claridad.
Asentí y volví a mi asiento, sintiendo la tensión en mis hombros finalmente disiparse.
Había cumplido con mi objetivo. No buscaba dar respuestas, sino hacer que todos cuestionaran las suyas.
Y mientras el debate continuaba en murmullos entre los alumnos, supe que esto era solo el comienzo.
La justicia nunca tendría una respuesta definitiva.
Pero quizás, el verdadero valor estaba en la búsqueda, no en la respuesta.
Ginoza
El día finalmente llegó. Mi turno de presentar el proyecto había estado pesando sobre mí durante semanas, y aunque sabía que estaba preparado, no podía evitar sentir la tensión acumulándose en mis hombros. No era nerviosismo. No era miedo. Era la certeza de que todo debía ser impecable.
Cada argumento, cada planteo, cada contraataque. No podía haber margen de error.
Cuando el profesor me dio la señal, me levanté con mi cuaderno en mano y caminé hacia el frente del aula con pasos firmes y medidos. No me apresuré. No había necesidad. El control era mío desde el momento en que me puse de pie.
La sala estaba en silencio, expectante. Sabía que algunos estaban atentos por verdadero interés, otros esperando cualquier falla para desmontar mis argumentos. No les daría esa oportunidad.
Me situé frente a la pizarra, inhalé lentamente y hablé con claridad.
—Hoy quiero hablarles sobre un dilema legal y moral que, aunque ficticio, refleja problemas reales en nuestra sociedad: la colisión entre la ley y la moralidad.
Hice una pausa. Era importante marcar el peso de esas palabras antes de seguir.
Encendí la pantalla detrás de mí y proyecté el título de mi caso: "El dilema del ladrón de medicamentos."
—Imaginemos esta situación.
Mi voz se mantuvo firme mientras recorría la mirada por mis compañeros, asegurándome de que estuvieran siguiéndome.
—Una madre soltera, con un hijo gravemente enfermo, se enfrenta a una decisión imposible. El único medicamento que puede salvar la vida de su hijo está fuera de su alcance económico. Sin alternativas, entra en una farmacia y lo roba.
Escuché el murmullo bajo de algunos compañeros mientras procesaban el caso. Levanté una mano, pidiendo silencio sin necesidad de elevar la voz.
—La ley es clara. Robar está prohibido. Pero, en este caso, ¿es justo condenarla?
En la pantalla, aparecieron dos perspectivas:
Fiscalía: La madre es culpable de robo y debe ser castigada según la ley. Permitir excepciones basadas en circunstancias individuales socava el sistema legal.
Defensa: La madre actuó por necesidad. Su intención no fue dañar a nadie, sino salvar una vida.
Caminé un poco por el frente del aula antes de detenerme y cruzar los brazos.
—Aquí surge la pregunta central: ¿deberíamos aplicar la ley de forma estricta, sin importar las circunstancias, o deberíamos considerar factores morales y humanos en nuestra evaluación?
Esperé un segundo para ver cómo reaccionaban. Algunos asentían levemente, otros seguían en silencio, analizando la situación.
En la pantalla apareció el primer punto clave: El propósito de la ley.
—La ley existe para mantener el orden, para garantizar equidad y justicia. Pero, ¿puede cumplir ese propósito si ignora las circunstancias individuales?
El segundo punto apareció en la pantalla: La moralidad en conflicto con la legalidad.
—Moralmente, salvar la vida de un niño debería ser una prioridad. Sin embargo, si permitimos que cada individuo actúe según su propia moral, ¿qué sucede con el sistema que protege a la sociedad en su conjunto?
Finalmente, el tercer punto: El equilibrio entre ley y compasión.
—¿Es posible encontrar un punto medio? ¿Una forma de aplicar la ley sin perder de vista la humanidad detrás de cada caso?
Dejé la pregunta abierta, con intención. Sabía que lo que vendría ahora era crucial.
Me giré hacia el profesor, quien asintió ligeramente, dándome la señal para abrir el debate.
—Ahora quiero escuchar sus opiniones. ¿Aplicarían la ley estrictamente o considerarían las circunstancias?
La sala explotó en discusiones. Algunos defendieron la postura de la fiscalía, argumentando que la ley debía ser universal para evitar el caos. Otros insistieron en que la flexibilidad era esencial, porque sin contexto, las leyes podían volverse herramientas opresivas en lugar de protectoras.
Mientras los argumentos se cruzaban en el aula, me mantuve observando, interviniendo cuando era necesario, desmontando contraargumentos con precisión quirúrgica.
Esto no era solo una presentación. Era una demostración de dominio.
Cuando el tiempo llegó a su fin, el profesor se levantó y miró a la clase antes de dirigirse a mí.
—Ginoza, has presentado un caso complejo con claridad y precisión. Has manejado el debate de manera estructurada y tu capacidad para anticipar y responder argumentos es notable. Un excelente trabajo.
Asentí, sin dejar que la satisfacción se reflejara demasiado en mi rostro, y regresé a mi asiento con la misma calma con la que había comenzado.
El aula seguía en murmullos, algunos aun discutiendo, otros comentando sobre la presentación. Pero yo ya había terminado. Sabía que había dado lo mejor de mí.
Mi caso había planteado preguntas sin respuestas absolutas. Porque la justicia no es un concepto inmutable.
Y porque, aunque mi exposición había terminado, el debate nunca lo haría.
La casa estaba tranquila, con el único sonido del lápiz raspando contra el papel mientras revisaba mis notas de la presentación. Todo había salido impecable. No porque creyera en la suerte o en algún tipo de destino favorable, sino porque me había preparado para ello. Cada argumento había sido sólido, cada respuesta anticipada, cada posible crítica desarmada antes de que pudiera siquiera ser planteada.
No había espacio para errores. No podía permitirme menos que la perfección.
Me recosté en la silla y exhalé lentamente, sintiendo por primera vez en semanas que el peso del proyecto había desaparecido de mis hombros. Lo hice. Y lo hice bien. Era suficiente.
Dime, que estaba echado en su cama especial junto a la puerta, levantó la cabeza cuando escuchó el sonido de mi terminal vibrando sobre la mesa.
Alice.
Fruncí el ceño y tomé el dispositivo, viendo su nombre iluminado en la pantalla. No me había llamado desde aquella tarde en el parque.
—¿Ari? —respondí de inmediato.
Del otro lado de la línea no hubo respuesta inmediata. Solo una respiración entrecortada. Demasiado rápida. Demasiado irregular.
Mi postura se tensó al instante.
—Dime qué pasa.
—No sé a quién llamar.
Su voz. Dios. Nunca la había escuchado así.
No fue la respuesta en sí lo que me preocupó. Fue la forma en que lo dijo. Porque Alice no habla así. Alice no suena pequeña. Alice no suena perdida.
Me puse de pie antes de siquiera procesarlo.
—¿Dónde estás?
—En casa.
Su respuesta llegó en un susurro.
—Voy para allá.
No pregunté si quería que fuera. No le di la oportunidad de decir que no. No lo necesitaba.
Caminé hacia mi habitación y tomé lo esencial sin detenerme a pensarlo demasiado. Uniforme, mudas de ropa, lo suficiente para pasar la noche. Porque esas son las cosas que se hacen cuando tu novia te necesita, ¿no?
La palabra se instaló en mi cabeza sin permiso. No la detuve.
Dime me observó con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera esperando la orden que ya sabía que vendría.
—Vamos.
No hizo falta nada más.
El camino a la mansión Carter pasó en un borrón de luces y calles vacías. No pensé en nada más que en llegar. No intenté racionalizarlo, no intenté analizar si esto era apropiado o no. Porque Alice me había llamado, estaba sola y me necesitaba.
Y yo quería ser la persona a la que llamara en momentos como este.
Cuando llegamos, no esperé a que Alice la puerta. No había tiempo para protocolos. Entré con Dime pisándome los talones, y en cuanto subí las escaleras, la vi.
Alice estaba sentada en el suelo de la sala de música, abrazándose las piernas, su respiración aún descontrolada, el pánico todavía anclado en su cuerpo.
Pero en cuanto vio a Dime, su expresión cambió.
No desapareció el miedo. No desapareció la ansiedad. Pero se aferró a él como a un salvavidas en medio de una tormenta.
Me quedé en la puerta, observándola mientras enterraba la cara en su pelaje, mientras Dime se quedaba completamente quieto, su sola presencia lo suficientemente fuerte como para estabilizarla.
Me apoyé en el marco de la puerta y crucé los brazos, esperando.
Cuando Alice levantó la vista hacia mí, sus ojos estaban rojos, su expresión todavía marcada por el pánico.
—¿Te quedas? —preguntó, su voz más frágil de lo que nunca la había escuchado.
Asentí con la misma certeza con la que había venido.
—Sí.
Alice tragó saliva y desvió la mirada, como si no quisiera que viera cuánto significaba para ella que dijera eso, pero lo vi.
Y en ese momento, supe que no había otra respuesta posible.
Porque esas son las cosas que se hacen cuando es la persona que amas.
Alice no dijo nada más después de eso. No intentó bromear, no buscó aligerar el momento con algún comentario mordaz. Solo se quedó allí, aferrada a Dime como si él fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad.
Me quedé observándola por unos segundos más antes de finalmente moverme. Cerré la puerta detrás de mí, como si con eso pudiera bloquear el resto del mundo por un momento, y me acerqué a donde estaba sentada en el suelo. Dime levantó la cabeza cuando me vio acercarme, pero no se movió de su posición, como si entendiera que Alice todavía lo necesitaba.
Me agaché junto a ellos, sin tocarla todavía.
—¿Cuánto tiempo llevas así?
Alice no respondió de inmediato. Su mano seguía enredada en el pelaje de Dime, sus dedos apretando ligeramente cada tanto, como si eso la ayudara a recordar que seguía aquí.
—No lo sé —susurró finalmente—. Desde que intenté ensayar y… no pude.
Mi mandíbula se tensó. Sabía lo importante que era esto para ella. La había visto desgastarse en la academia, encerrarse en la sala de música hasta quedar exhausta, convencida de que, si practicaba lo suficiente, todo saldría bien.
Pero ahora estaba al límite.
—Alice…
—No quiero que me digas que todo va a estar bien —interrumpió antes de que pudiera seguir—. Porque no va a estarlo. No sé qué hacer. No sé cómo no congelarme mañana.
El pánico estaba ahí de nuevo, trepando en su voz, en su respiración.
No pensé demasiado en lo que hice después. Solo me acerqué más y la rodeé con un brazo, atrayéndola contra mí.
Alice se quedó inmóvil por un segundo, pero luego se dejó caer contra mi pecho con un peso que no esperaba.
—No tienes que hacer esto sola —murmuré, sintiendo su respiración entrecortada contra mi camisa.
Ella rió suavemente, pero no había humor en el sonido.
—Sí, bueno. Eso me habría gustado recordarlo antes de intentar superar esto con fuerza bruta.
No discutí con ella. Sabía que no necesitaba eso ahora.
Me quedé en silencio, sosteniéndola mientras Dime se acomodaba más cerca de su lado, con su hocico presionando su brazo en un gesto silencioso de apoyo.
Alice no se movió de donde estaba. Por primera vez en mucho tiempo, simplemente se quedó quieta.
Y yo no la solté.
Pasaron minutos en los que no dijimos nada, en los que simplemente estuvimos ahí, en los que Alice recuperó su aliento poco a poco.
Hasta que finalmente, con voz más estable, murmuró contra mi pecho:
—Gracias por quedarte.
Mis dedos se cerraron un poco más sobre su espalda.
—No iba a irme.
Alice suspiró y se alejó lo suficiente para mirarme. Seguía exhausta, pero había algo más en sus ojos ahora. Algo más claro.
—¿Qué se supone que hagamos ahora?
Sabía que no estaba hablando solo de esta noche. Sabía que estaba preguntando cómo demonios iba a subirse a ese escenario mañana sin desmoronarse.
Así que tomé aire y respondí con la única certeza que tenía.
—Vamos a enfrentarlo juntos.
Alice me observó en silencio antes de asentir lentamente. No estaba convencida. No todavía.
El silencio de la mansión Carter era distinto al de cualquier otro lugar en el que había estado. No era la calma reconfortante de mi casa ni la quietud disciplinada de la academia. Era una ausencia de ruido que se sentía calculada, como si todo en este espacio estuviera diseñado para mantenerse contenido, para nunca perturbar la imagen perfecta de la familia que lo habitaba.
Pero dentro de esta burbuja de opulencia silenciosa, Alice se sentía increíblemente humana.
Después de que se calmó, después de que Dime terminó de reclamar su espacio entre nosotros, después de que la respiración de Alice dejó de ser errática y se volvió más estable, terminamos en la cocina.
El robot de servicio nos sirvió algo sencillo, una sopa caliente con arroz y una guarnición de pescado que probablemente habría sido escandalosamente caro si alguien realmente se molestara en revisar los costos de la despensa de esta casa. Alice lo miró con el ceño fruncido, como si estuviera esperando algo más elaborado, pero no se quejó.
Cenamos en la mesa de la cocina en lugar de en el comedor. Alice dijo que no quería sentirse como si estuviera en un funeral. No discutí.
La vi comer con menos energía de la habitual, su postura menos teatral, su expresión más serena. Era extrañamente íntimo, estar con ella así, sin provocaciones, sin juegos.
Cuando terminó, dejó los palillos a un lado y suspiró, apoyando la mejilla contra su mano mientras me miraba.
—Gracias por quedarte.
Su voz no tenía el dramatismo con el que solía decir las cosas. Era un agradecimiento real.
Asentí, sin responder de inmediato. Porque no tenía que hacerlo.
Alice se quedó mirándome por un momento más, como si estuviera pensando en algo, y luego, con esa facilidad suya para decir exactamente lo que se le pasaba por la cabeza, preguntó:
—¿Te molestaría mucho dormir conmigo?
Me congelé. No porque la pregunta me sorprendiera—Alice nunca ha tenido reparos en pedir lo que quiere—sino porque mi primer instinto fue decir que no.
No porque no quisiera. Porque no éramos pareja.
Pero cuando la miré—realmente la miré—supe que no podía decir que no. No esta noche.
Alice no me estaba pidiendo nada más que eso. No estaba coqueteando, no estaba intentando provocarme. Solo quería que me quedara.
Y no había ninguna razón real para negárselo.
—Está bien —dije finalmente, con voz baja.
Alice no sonrió de inmediato. Solo asintió, como si de verdad necesitara escuchar la confirmación.
Nos movimos por la mansión en silencio, Dime siguiéndonos con su paso relajado. La habitación de Alice era grande—demasiado grande—pero no tenía el mismo aire frío y decorativo que el resto de la casa. Había libros desordenados en una esquina, un atril con partituras abiertas, ropa sobre una silla como si hubiera pasado la última semana demasiado ocupada para ordenar.
Alice se sentó en la cama y se quitó las sandalias, dejándolas caer al suelo con movimientos lentos. Me miró con algo que no supe identificar, algo que no era ni vergüenza ni provocación.
—Ven.
No me moví enseguida. No porque dudara, sino porque estaba procesando lo que significaba.
Siempre dormí solo, y mi primera vez seria con Alice.
Cuando finalmente me recosté a su lado, Alice se giró sobre su costado, mirándome. Había algo íntimo en la forma en que lo hacía, en cómo me observaba sin barreras, sin la necesidad de llenarlo todo con palabras.
Y entonces, sin pensar demasiado en ello, deslizó una mano por mi rostro, su pulgar trazando un camino lento sobre mi mejilla, apenas rozando mi piel.
No dije nada. Porque no había nada que decir.
Nos acercamos de manera natural, sin apuros, sin la urgencia de otras veces. Fue Alice quien me besó primero, pero no con la impaciencia con la que solía hacerlo.
No fue un beso desesperado. Fue lento, fue profundo. Fue como si quisiera saborearlo.
Mis manos se deslizaron hasta su cintura sin que lo pensara demasiado, sintiendo la calidez de su piel a través de la tela fina de su ropa. No era solo deseo. No era solo necesidad.
Era Alice. Y yo no quería detenerme.
Nos movimos juntos con una sincronía extraña, como si esto hubiera sido inevitable desde el principio. Como si hubiéramos estado acercándonos todo este tiempo sin darnos cuenta.
No nos salimos de control. Pero tampoco nos quedamos quietos.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que finalmente nos acomodáramos de nuevo, con Alice apoyada contra mi pecho, su respiración pausada, su cuerpo relajado. Y con ella en mis brazos, me dormí.
La ausencia fue lo primero que sentí.
Desperté con la vaga sensación de que algo estaba fuera de lugar, mi cuerpo aún pesado por el sueño, pero mi mente ya en alerta. Alice no estaba.
Abrí los ojos y escaneé la habitación en la penumbra. Dime dormía a los pies de la cama, inmóvil, su respiración profunda y tranquila. No había rastros de Alice en la cama, ni en la silla donde había dejado su ropa antes de dormir, ni en ningún rincón del cuarto.
No me tomó mucho tiempo deducir dónde estaba.
Me levanté sin hacer ruido, ignorando el frío de la noche, y salí de la habitación. La mansión Carter era un laberinto en la oscuridad, demasiado grande, demasiado silenciosa, como si no fuera un hogar sino un museo cuidadosamente mantenido. Pero había algo en el ambiente, algo en la forma en que la casa respiraba con la brisa nocturna, que me llevó directamente a ella.
El sonido llegó antes de que pudiera verla. No música, sino el eco leve de pasos en la madera, el roce de tela contra el aire.
La sala de música estaba abierta, y Alice estaba en el centro, bailando.
Me detuve en el umbral, sin hacer ruido, observándola. Era hermosa.
Pero no de la forma obvia, no de la forma en la que cualquiera podría decir que Alice Carter era hermosa. Era hermosa porque en ese momento, se veía libre.
No había rigidez en sus movimientos, no había rastros del pánico que la había consumido horas antes. Solo ella, sola en el espacio, flotando con la ligereza de alguien que se ha olvidado del mundo.
No estaba bailando con la precisión calculada de los ensayos. Se estaba moviendo con emoción pura, con la certeza de que cada paso significaba algo.
No sé cuánto tiempo la observé sin interrumpirla. No me atreví a hacerlo. No quería romper el hechizo.
Pero Alice me vio.
Se giró en medio de un giro, su cabello deslizándose por el aire, y en cuanto sus ojos encontraron los míos, no se detuvo. Sonrió.
Una sonrisa real. No una sonrisa burlona, no una sonrisa desafiante. Una sonrisa que decía "estás aquí" y que eso estaba bien.
Siguió bailando un poco más, como si quisiera que la viera, como si supiera que yo entendería algo de lo que estaba haciendo sin que tuviera que decirlo en voz alta.
Finalmente, cuando el último movimiento se desvaneció en la quietud de la sala, Alice se acercó a mí, todavía con la respiración agitada, con las mejillas ligeramente sonrojadas por el esfuerzo.
—Tú me ayudaste a sentirme mejor —murmuró, como si fuera obvio, como si eso explicara todo—. Por eso estoy aquí.
No supe qué responder al principio.
Porque no me lo esperaba. Porque no pensé que tuviera ese efecto en ella.
Alice se quedó de pie frente a mí, con su respiración aún entrecortada, con la luz tenue de la sala reflejándose en su piel cubierta de un leve sudor. Su cabello caía suelto sobre sus hombros, algunos mechones enredados por la intensidad de su baile, su pecho subía y bajaba con el esfuerzo. Se veía viva. Como si, por primera vez en mucho tiempo, realmente estuviera respirando.
Yo no dije nada. No porque no tuviera algo que decir, sino porque no quería romper esto. No quería interrumpir la manera en que sus ojos brillaban en la penumbra, la forma en que su sonrisa aún no se había desvanecido del todo. Alice Carter, después de días de ansiedad, de pánico, de agotamiento absoluto, estaba sonriendo de verdad.
Di un paso hacia ella, y Alice no se movió. Di otro, y ella tampoco se apartó.
Y cuando finalmente acorté la distancia entre nosotros, Alice no esperó. Se aferró a mí.
Sus brazos se deslizaron alrededor de mi cuello con la misma facilidad con la que se mueve cuando baila, su cuerpo presionándose contra el mío sin vacilación, sin la más mínima duda. No estaba pidiéndome nada. Solo estaba ahí, sosteniéndose en mí como si fuera lo más natural del mundo.
Mis manos encontraron su cintura antes de que pudiera detenerlas, antes de que pudiera recordar que esto no debería ser así de fácil. Pero lo fue. Porque con Alice, siempre lo era.
Se quedó quieta solo por un momento, su respiración aún irregular contra mi cuello. Pero entonces, se inclinó levemente hacia atrás y me miró.
Dios.
Me miró de una manera que hizo que el aire en mis pulmones se sintiera demasiado denso, que hizo que mi estómago se contrajera, que hizo que olvidara dónde estábamos, qué hora era, qué significaba esto. me estaba mirando como si yo fuera lo único en esta habitación que importaba.
Se mordió el labio, su expresión oscilando entre la indecisión y la determinación. Y entonces, con la misma naturalidad con la que respira, se puso en puntas de pie.
Fue un movimiento fluido, preciso, de bailarina entrenada, de alguien que lleva el control absoluto de su cuerpo. Sus punteras de ballet la elevaron hasta alcanzarme. Y me besó.
No hubo desesperación. No hubo juego, no hubo provocación, no hubo competencia.
Fue solo un beso. Pero fue todo.
Sus labios se movieron contra los míos con una delicadeza que no esperaba de ella. Alice, que siempre es impulsiva, que siempre se lanza sin pensar, esta vez se estaba tomando su tiempo.
Y yo no podía hacer nada más que responder.
Mis dedos se aferraron a su cintura, atrayéndola un poco más, sintiendo la calidez de su piel, la curva de su espalda, la manera en que encajaba perfectamente contra mí. No había prisa en la forma en que nos besábamos. No había urgencia.
Era lento. Era terriblemente, condenadamente romántico.
Y lo peor de todo es que ninguno de los dos hizo nada para que lo fuera.
Solo… sucedió.
Cuando Alice se separó, lo hizo apenas, con los labios aun rozando los míos, con su aliento cálido mezclándose con el mío. Y luego, sin previo aviso, sus ojos recorrieron mi rostro y frunció el ceño como si hubiera descubierto un problema grave.
—Me estás matando.
Tardé un segundo en procesarlo.
—¿Qué?
—Con la mirada, Nobuchika. —Su voz era un susurro contra mis labios—. No es justo que tengas esos ojos.
Sentí que mi pecho se comprimía.
Alice me miraba directamente a los ojos, sin las gafas de por medio, sin ningún filtro entre nosotros. Lo decía en serio. Y, por primera vez en mi vida, quise decirlo. Quise decírselo de verdad.
Te amo.
Las palabras se formaron en mi cabeza con una claridad aterradora, con una certeza que me golpeó con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir. Quería decirlo. Dios, quería decirlo.
Pero no lo hice. Porque si lo hacía, si lo dejaba salir, no habría vuelta atrás.
Y aún no sabía si Alice estaba lista para eso. Aún no sabía si yo estaba listo para eso.
Así que busqué algo más. Algo que pudiera decir sin que me expusiera por completo, sin que cambiara todo de forma irreversible. Algo que pudiera ser suficiente, por ahora.
Le sostuve la mirada, sintiendo su respiración cálida contra mi piel, su cuerpo todavía elevado sobre las punteras de ballet, sujeta a mí como si fuera lo único que la mantenía en pie.
—No quiero que me mires como si fuera algo imposible.
Alice parpadeó, como si mis palabras la hubieran tomado por sorpresa. Como si no esperara que le respondiera.
—¿Qué?
—No quiero que me mires como si no pudieras tenerme. —Mi voz fue más baja de lo que pretendía, pero no importaba. Lo dije con la certeza de que era verdad.
Porque Alice siempre está en movimiento, siempre escapando, siempre mirando las cosas como si fueran un susurro en su vida, algo que puede tocar, pero no sostener. Y yo no quiero ser eso para ella.
Alice entreabrió los labios, pero no habló. Porque lo entendió. Porque, aunque no lo dije, ella sintió todo lo que estaba oculto en mis palabras.
Y entonces, como si esa fuera la única respuesta posible, me besó otra vez. Con la misma lentitud, con la misma intensidad.
Porque, aunque no podía decirlo todavía, quería que lo sintiera.
Y, por cómo se aferró más fuerte a mí, supe que lo hizo.
Alice
El teatro estaba lleno. No había un solo asiento vacío, ni un solo rincón donde pudiera esconderme, ni una sola escapatoria en la que pudiera fingir que nada de esto estaba sucediendo. Era el día. Era mi turno.
O, mejor dicho, era el turno de todos los demás antes que yo.
Porque, por supuesto, tenía que ser la última. Porque el universo, con su humor cruel e irónico, decidió que lo mejor para mi ansiedad era darme el tiempo suficiente para cocinarme en mi propio miedo.
Cada estudiante subía al escenario con su respectiva obra. Bailes, interpretaciones, exhibiciones de arte. Cada uno con su momento bajo la luz, con su turno para brillar o fracasar. Y mientras tanto, yo esperaba.
El teatro me parecía más grande con cada minuto que pasaba. Las luces me parecían más brillantes. El escenario más alto.
Apreté los dedos contra mi falda, sintiendo la tensión en mis manos, en mis piernas, en mi pecho. Podía hacer esto. Había ensayado hasta el cansancio. Sabía cada movimiento. Sabía cada pausa. Pero eso no significaba que no sintiera que iba a desmoronarme en cuanto pusiera un pie en ese maldito escenario.
Intenté concentrarme en la música de los otros números, en los rostros de los demás estudiantes, en cualquier cosa que me distrajera del vacío opresivo que sentía en mi estómago. Pero la ansiedad no es lógica. No se puede razonar con algo que no tiene forma. Solo se siente.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en mis rodillas mientras trataba de no hiperventilar. Respira. Solo respira. Dios, ¿por qué esto se siente tan mal?
El último estudiante antes de mí terminó su presentación y el aplauso resonó en el teatro, vibrando en las paredes, haciendo que mi piel se erizara. En unos minutos, iba a ser mi turno.
Me llevé una mano al bolsillo y saqué mi terminal. Necesitaba un respiro. Un segundo. Algo.
Y ahí estaba. Una foto de Dime en la pantalla, que Nobuchika me había enviado hace unos días.
Dios. Dime.
Su expresión serena, su mirada tranquila, su absoluta indiferencia ante la existencia de cualquier problema. Dime, que no se preocupa por estupideces como esta.
Dime, que estaría mirándome ahora mismo con su paciencia infinita, esperando que me calmara. Respiré hondo. Solo baila. Solo sigue la música. Solo hazlo por ti.
Me puse de pie y me apoye en la pared, esperando lo inevitable.
Ginoza
El teatro estaba lleno, pero el ambiente tenía una extraña tensión contenida. El murmullo de los estudiantes y el crujir ocasional de los asientos eran los únicos sonidos que rompían el silencio mientras todos esperaban las siguientes presentaciones. Yo estaba sentado entre mis compañeros, pero mi mente no estaba realmente allí.
Alice era la última en presentarse. Y aunque intentaba mantenerme neutral, no podía evitar la sensación de que esto era importante.
La conocía. Sabía cuánto había trabajado en esto. Sabía que no era solo una presentación para ella, sino algo más grande, algo que tenía que demostrar. No a los demás. A sí misma.
Las presentaciones pasaban una tras otra. No eran malas, algunas incluso eran técnicamente impresionantes, pero nada de lo que estaba viendo lograba atraparme por completo. Mi atención siempre terminaba desviándose hacia Alice.
Porque Alice estaba al borde del pánico.
Aún no lo había dicho en voz alta, pero no tenía que hacerlo, porque desde esta mañana, cuando desayunábamos juntos, lo note.
Cuando el penúltimo acto terminó, lo supe.
Me levanté de mi asiento sin dudarlo y salí del auditorio. No me importó si alguien lo notaba. No me importó si se veía extraño.
Solo necesitaba un minuto con ella.
La encontré en el pasillo lateral, apoyada contra la pared, con la terminal en las manos. Su mirada estaba clavada en la pantalla.
No tenía que acercarme para saber qué estaba viendo. La foto de Dime que le envié hace unos días justamente para que haga lo que está haciendo.
Alice siempre encuentra en Dime la calma que a veces ni ella misma sabe buscar. Y verla así, completamente absorta en esa imagen, me hizo sentir algo extraño en el pecho.
Me acerqué sin decir nada al principio. Alice me sintió antes de verme.
—Nobuchika —susurró, sin apartar la vista de la pantalla.
No sé qué significaba exactamente que me llamara así ahora. Pero lo sentí.
No hablé enseguida. Solo me quedé de pie frente a ella, observándola.
—Ari.
Ella bajó lentamente la terminal y levantó la mirada. Sus ojos eran una mezcla extraña de emoción contenida y miedo absoluto. No el tipo de miedo que se siente en peligro, sino el tipo que se siente cuando sabes que todo lo que has hecho te ha llevado a este momento y que no puedes retroceder.
Dios, no quería verla así.
No quería ver a Alice temblando por algo que, si fuera por mí, le habría quitado de los hombros sin dudar, pero ella no dejaría que nadie lo hiciera por ella. Nunca lo ha hecho.
Así que hice lo único que podía hacer, tomé su mano.
Alice parpadeó, sorprendida, pero no se apartó.
—Estás lista —dije con calma.
Ella soltó una risa suave, temblorosa.
—No me siento lista.
—Lo estás.
Su respiración aún era inestable. Apreté su mano un poco más.
—Alice.
Su mirada se fijó en la mía con una intensidad que hizo que el mundo a nuestro alrededor se difuminara.
—Te veré desde mi asiento. No te preocupes por nadie más. Solo mírame a mí.
Alice tragó saliva. Por un segundo, pensé que iba a llorar, pero Alice Carter no llora.
Se inclinó apenas hacia adelante, como si dudara. Como si estuviera probando algo sin estar segura de si debía hacerlo.
Y luego, sin previo aviso, presionó su frente contra mi pecho y suspiró.
Me quedé inmóvil. No porque no lo quisiera, sino porque no lo esperaba.
Alice, siempre tan explosiva, tan impaciente, tan lista para el siguiente movimiento, se estaba tomando un momento para quedarse quieta.
Deslicé una mano hasta su espalda y la sostuve allí, con la misma firmeza con la que lo hice anoche en la sala de música, cuando no podía respirar y necesitaba algo a lo que aferrarse.
Después de un rato, Alice se apartó.
Me miró de nuevo, y aunque su expresión seguía cargada de ansiedad, algo en ella era diferente. Algo en ella se había asentado.
—Gracias, Nobuchika.
No respondí. Solo la miré.
Porque sabía que lo que fuera que dijera ahora no iba a cambiar nada.
Cuando el presentador anunció su nombre en el teatro, Alice respiró hondo una última vez.
Y sin mirar atrás, se giró y caminó hacia el escenario. Yo volví a mi asiento. Y esperé.
Kougami
El teatro estaba lleno, pero el ambiente tenía una tensión sutil, como si todos estuvieran conteniendo la respiración antes del acto final. Alice Carter iba a presentarse, y aunque nadie lo decía en voz alta, todos estaban esperando algo diferente.
No era cualquier estudiante. Alice siempre llamaba la atención, incluso cuando no hacía nada. No importaba si alguien la odiaba, la admiraba o simplemente no sabía qué hacer con ella, pero nadie podía ignorarla.
Mi mirada se desvió casi sin querer hacia Ginoza. No estaba en su asiento.
Fruncí el ceño. Hasta ese momento, él había estado sentado en completo silencio, con los brazos cruzados y la expresión más severa de la sala, pero en algún punto, se había levantado y había salido por la parte trasera del teatro.
Eso no era normal.
No me gustaba admitirlo, pero algo cambió entre Alice y Ginoza en las últimas semanas. No era solo que ahora se miraban diferente, Ginoza ya no la veía con el mismo desprecio contenido con el que solía mirarla cuando la consideraba una molestia. Ahora era algo más profundo, algo que ninguno de los dos se preocupaba por explicar. Algo que me molestaba más de lo que debería.
Pero no tuve mucho tiempo para pensarlo, porque un minuto después, lo vi volver.
No se veía diferente. Su expresión seguía siendo la misma, controlada y seria, como si nada hubiera pasado. Pero su postura decía otra cosa. Se veía más rígido. Más tenso.
Mi mandíbula se apretó levemente.
¿Dónde había ido? ¿Qué había pasado en esos minutos que se había ausentado?
Las luces del teatro bajaron de intensidad, y los murmullos se desvanecieron poco a poco. Era el momento de Alice.
Ginoza se sentó en silencio, sin mirarme, sin dar ninguna señal de que algo fuera diferente. Pero yo lo sabía. Lo sentía.
No tenía idea de qué estaba pasando realmente entre ellos. Pero sabía que fuera lo que fuera, no iba a gustarme.
La voz del presentador resonó en la sala, y con su anuncio, el teatro se sumió en un silencio absoluto.
—A continuación, nuestra última presentación: Alice Carter, con una interpretación de danza contemporánea.
La luz en el escenario descendió por completo.
Y luego, cuando volvió a iluminarse, Alice estaba allí, de pie, Sola.
Con un vestido azul claro que se movía con cada respiración, con la mirada fija en algún punto en la distancia.
Y de repente, todo lo demás dejó de importar, porque Alice estaba a punto de bailar.
Y yo no iba a apartar la mirada.
