Kougami
La música comenzó. Una melodía suave, casi etérea, flotó en el aire y Alice se movió con ella. No de inmediato, no con la impaciencia que la caracterizaba en cualquier otro momento de su vida, sino con una precisión calculada. Era lenta al principio, como si estuviera explorando cada paso, cada extensión de sus brazos, cada giro. Pero no era indecisión. Era deliberado.
Sus pies rozaban el escenario con una ligereza que no parecía real. Cada movimiento tenía un propósito, cada gesto transmitía algo más allá de la técnica, más allá de lo ensayado. Alice no estaba simplemente ejecutando una coreografía; estaba contando una historia sin palabras.
La tela de su vestido flotaba alrededor de ella, amplificando la sensación de que no estaba completamente atada al suelo, como si estuviera deslizándose entre la realidad y algo más. Y lo peor de todo era que no podía dejar de mirarla.
Alice siempre ha sido difícil de ignorar, pero esto era diferente. No era porque se estuviera esforzando en llamar la atención, sino porque todo en ella exigía ser visto. Porque cada paso, cada inclinación, cada vez que sus brazos se abrían o se cerraban sobre sí misma, parecía una confesión que solo ella entendía.
No sabía qué historia estaba contando. No sabía si hablaba de su propio miedo, de su ansiedad, de algo más profundo que ninguno de nosotros podía tocar. Pero sentía que era algo importante. Algo que solo ella podría decir de esta manera.
El ritmo de la música cambió y, con él, Alice también. Ahora tenía un conjunto distinto, con un corset dorado. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más definidos. Ya no estaba explorando; estaba segura. El cambio fue sutil, pero estaba ahí. En la manera en la que sus piernas se flexionaban con más confianza, en la forma en que su torso se inclinaba con una precisión imposible, en la forma en que el espacio ya no parecía ser un obstáculo sino parte de ella.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que la música comenzara a desvanecerse. Lo único que supe fue que, cuando Alice hizo la última pose, cuando su cuerpo quedó suspendido en un último movimiento antes de detenerse por completo, el silencio en el teatro fue absoluto.
Y luego, sin previo aviso, los aplausos estallaron como una explosión.
Me tomó un segundo darme cuenta de que yo también estaba aplaudiendo. No porque fuera Alice. No porque la conociera. No porque sentía algo que no quería poner en palabras.
Sino porque, por primera vez en mi vida, había visto algo verdaderamente hermoso.
Y lo había hecho ella.
Alice Carter, la chica que nunca se detiene, la que siempre busca lo que sigue, la que vive entre la arrogancia y la incertidumbre, acababa de hacer que todo este teatro se olvidara de respirar.
Y no creo que nadie aquí pudiera volver a verla de la misma manera.
Yo, al menos, sabía que no podría.
Ginoza
Alice no parecía la misma persona que, apenas anoche, se aferraba a mí con la respiración entrecortada, diciendo que no sabía cómo subir al escenario sin congelarse. Porque ahí estaba, en el centro del teatro, completamente dueña de cada movimiento. No había duda en su expresión, ni en la forma en que su cuerpo se deslizaba con una precisión que no parecía de alguien que había estado al borde del pánico hacía unas horas. Lo estaba haciendo. Lo estaba dominando.
Por un momento, casi creí que su miedo se había esfumado, que Alice Carter había logrado lo imposible y había convertido su ansiedad en algo inexistente. Por supuesto que lo hizo. Porque Alice nunca deja que nadie vea lo que realmente siente. Porque si hay algo en lo que es excepcional, es en engañar al mundo entero para que crea que no hay nada dentro de ella que pueda romperse.
El teatro estalló en aplausos cuando la última nota de su música desapareció en el aire. El tipo de ovación que solo se le da a alguien que acaba de dejar una impresión imborrable.
Y entonces, en el instante en que la luz la enfocó para el saludo final, vi la grieta en la fachada.
Alice apenas inclinó la cabeza en un gesto breve, demasiado corto, demasiado precipitado, y luego se dio la vuelta y huyó.
Fue un movimiento rápido, elegante incluso en su prisa, pero yo lo vi por lo que era.
No estaba saboreando su victoria. Estaba escapando.
Me levanté antes de que mi cerebro pudiera procesarlo del todo, dejando a mis compañeros atrás, ignorando cualquier otra reacción de la audiencia. Solo una persona en ese teatro importaba en este momento, y se estaba alejando de la única manera que sabía hacerlo.
No sabía exactamente hacia dónde iba, pero no me sorprendió cuando mis pasos me guiaron automáticamente hacia los pasillos tras bambalinas. La encontré en un pasillo poco iluminado, apoyada contra la pared, con una mano cubriéndose la cara.
No lloraba. Alice no llora.
Pero su respiración estaba acelerada. Y, por la tensión en sus hombros, por la forma en que su pecho subía y bajaba demasiado rápido, supe que estaba en medio de otra batalla que nadie en ese teatro podría ver.
No dije su nombre. No hice ruido cuando me acerqué. Solo la toqué.
Alice levantó la cabeza al instante y, en cuanto me vio, algo en su expresión se rompió.
Se lanzó hacia mí sin advertencia, sin palabras, sin la menor intención de pretender que estaba bien. Y yo la sostuve, no porque quisiera ser el caballero salvador.
Sino porque Alice Carter solo huye cuando no tiene otra opción, y yo quería ser la persona que fuera tras ella.
Kougami
El teatro estaba lleno, y aunque mi atención estaba en el escenario, mis ojos se desviaron inevitablemente hacia un punto en la periferia. Ginoza ya no estaba en su asiento. No lo había notado al principio, demasiado centrado en la presentación anterior, demasiado ocupado pensando en lo asombrosa que fue la presentación de Alice. Pero ahora, cuando su ausencia se hizo evidente, cuando su silla vacía me pareció imposible de ignorar, sentí que algo dentro de mí se tensaba.
No tenía motivos para seguirlo. No tenía razones para moverme, para salir de mi lugar en medio del auditorio. Pero lo hice de todas formas. Porque él estaba con Alice. Porque, aunque no supiera exactamente qué pasaba entre ellos, aunque no tuviera detalles concretos, sabía que ella ya no era solo mía. No era una sospecha, no era una paranoia absurda, era algo que había estado ahí, flotando entre los tres, cada vez más real, cada vez más inevitable.
Me levanté con la excusa de buscar aire, con la certeza de que nadie notaría mi ausencia en medio de la multitud. Me moví por los pasillos laterales del teatro con pasos medidos, sin apurarme demasiado, sin parecer que tenía un propósito claro. Pero lo tenía. Sabía exactamente a dónde iba, aunque no quisiera admitirlo. No quería ver, no quería confirmar lo que ya había entendido desde hace tiempo, pero algo en mí necesitaba hacerlo de todas formas.
No estaba en la salida ni en los pasillos principales. Lo encontré donde esperaba encontrarlo. Detrás del escenario, en un corredor poco iluminado, con Alice en sus brazos. Ella se aferraba a él, su cuerpo encajando en el suyo con la misma facilidad con la que lo hacía conmigo. No era un abrazo casual, no era un gesto vacío de agradecimiento. Era una necesidad palpable, un reflejo de alguien que no puede sostenerse sola. Y Ginoza… Ginoza la sostenía con la misma certeza con la que yo lo haría.
Me quedé en la sombra de la escena, observándolos. No hice nada, no avancé, no llamé su nombre. No porque no quisiera, sino porque no tenía derecho a hacerlo. Alice no estaba traicionándome. Estaba haciendo exactamente lo que dijo que haría. No se trataba de que no me amara, se trataba de que Alice nunca se detendría por nadie, mucho menos por mí. Yo fui quien tomó la decisión de esperar, yo fui quien puso un freno a lo que podíamos ser. Y ella lo respetó. Lo respeta tanto que no me permite acercarme de la misma manera en que lo hace con él.
Alice no se detiene. Nunca lo ha hecho, nunca lo hará. No importa cuánto la ame, no importa cuánto la desee, ella nunca será de nadie en el sentido en que el mundo espera que lo sea. Alice se entrega en fragmentos, en momentos, en segundos intensos que parecen eternos, pero nunca de manera completa. Ni para mí, ni para Ginoza.
La verdad es que lo supe desde hace tiempo. Desde que la vi mirarlo diferente, desde que noté cómo su relación cambió sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta. Tal vez, si hubiera sido otra persona, si Alice no fuera Alice, habría hecho algo al respecto. Habría exigido, habría reclamado, habría intentado imponer lo que siento sobre lo que ella quiere. Pero eso no es lo que somos.
No intervine. Porque ya entendí todo. Porque Ginoza la sostiene cuando ella lo necesita, porque Alice se deja sostener, porque, aunque no lo diga en voz alta, sé que no importa cuánto pase, cuánto cambie, cuánto intente convencerse de que puede amar de más de una manera… Alice sigue siendo mía. Y yo sigo siendo suyo.
Ginoza
Alice seguía aferrada a mí, y yo no hice nada por soltarla. No quería soltarla. Era ridículo cuánto la necesitaba en este momento, cuánto la deseaba. No solo por lo hermosa que se veía bajo la tenue luz del pasillo tras bambalinas, ni por la forma en que su cuerpo encajaba contra el mío con una facilidad que me hacía olvidar todo lo demás. Era la manera en que me buscaba. La manera en que sus dedos se enredaban en mi camisa como si yo fuera lo único estable en su mundo.
En algún punto, Alice levantó la cabeza, y nuestros ojos se encontraron en la penumbra. No hubo palabras. Solo su respiración entrecortada contra mis labios, solo su mirada atrapándome en ese instante, solo la certeza de que ninguno de los dos iba a detener esto. Y entonces me besó.
El beso fue lento, profundo, completamente opuesto a la manera en la que normalmente me besaba. No había urgencia, no había juego. Solo Alice presionando sus labios contra los míos con esa dulzura inesperada, con esa ternura que me estaba volviendo loco, con esa facilidad con la que siempre consigue desarmarme sin esfuerzo.
Mi mano subió instintivamente hasta su rostro, sosteniéndola con una suavidad que nunca creí posible en mí. No porque quisiera controlarla, sino porque necesitaba sentirla. Necesitaba que entendiera que esto no era pasajero, que ella no era pasajera.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que finalmente se apartara, con una sonrisa breve pero genuina en los labios, sus ojos miel brillando de una manera que solo podía describir como peligrosa. Porque Alice Carter sabe perfectamente el efecto que tiene en mí.
No protesté cuando entrelazó su mano con la mía y me arrastró fuera del pasillo, de vuelta a la realidad. Aún estaba en un estado de absoluta intoxicación por ella, pero lo disimulé bien.
Sin embargo, lo primero que vi cuando salimos al área común fue a Kougami, de pie no muy lejos de la puerta, con una expresión que no supe leer del todo.
Me tomó un segundo darme cuenta de que nos estaba observando.
No lo suficiente como para que Alice lo notara de inmediato, pero sí lo suficiente como para que yo lo viera. No dijo nada. Ni una palabra. Se limitó a mirarnos durante un instante antes de girar la cabeza, con la mandíbula apretada, con un gesto que no era exactamente enojo, pero tampoco indiferencia.
Alice, por supuesto, ni siquiera se detuvo. No le dio importancia. Siguió caminando con la misma seguridad con la que hace todo, arrastrándome con ella, como si lo único que importara fuera el hecho de que la estaba sosteniendo.
No supe qué hacer con la expresión de Kougami, pero tampoco me preocupé demasiado. Si tenía algo que decir, lo diría.
Y en este momento, lo que realmente captó mi atención fue otra cosa.
Apenas cruzamos al área de los estudiantes, nos encontramos con un mar de alumnos, y lo que vi no era lo que esperaba.
Alice, que había pasado meses siendo criticada por ser extranjera, por ser la hija de Adam Carter, por no encajar en el molde de lo que un estudiante ejemplar de Nitto debía ser, ahora estaba siendo mirada de una forma completamente distinta.
La rodearon casi de inmediato. No con hostilidad, sino con algo que me costó procesar al principio: admiración.
Alice Carter había dejado a todos en el teatro en estado de veneración.
Las mismas personas que antes murmuraban a sus espaldas, que la veían como un error dentro de la academia, ahora la observaban con fascinación, como si fuera algo inalcanzable.
Y lo peor de todo es que Alice ni siquiera parecía sorprendida.
No porque lo esperara, sino porque no le importaba.
Mientras todos se agolpaban a su alrededor, lanzando halagos, comentando lo increíble que había sido su presentación, ella sonreía con esa ligereza suya, como si toda esta atención fuera irrelevante.
Uno de los chicos de tercer año, alguien que recordaba haber visto antes pero cuyo nombre no me molesté en aprender, se acercó demasiado.
—Carter —dijo, con la confianza de alguien que claramente no había hablado con ella antes—. Eso fue increíble. Nunca había visto a alguien moverse así.
Alice giró la cabeza y le dedicó una sonrisa cortés. Demasiado cortés.
—Gracias.
El tipo sonrió y, sin el más mínimo rastro de vergüenza, continuó:
—Me gustaría hablar contigo después. Tal vez podríamos salir algún día.
Se hizo un silencio.
Ah.
No es que me sorprendiera. Alice es hermosa, magnética. Pero saberlo y ver que algo así sucede frente a mí eran cosas completamente distintas.
Alice no pareció afectada en lo más mínimo. Solo inclinó la cabeza, con esa expresión de quien está midiendo cuánto esfuerzo vale la pena poner en una situación.
Yo, en cambio, sentí algo frío treparme por la espalda.
Tal vez fue la forma en que ese idiota pensó que podía acercarse a ella con tanta facilidad. Tal vez fue la ligereza con la que Alice respondió, como si no valiera la pena molestarse en rechazarlo de inmediato. O tal vez fue el simple hecho de que, en cuestión de horas, había pasado de ser la extranjera con un apellido incómodo a la persona que todos querían cerca.
No sabía qué me molestaba más. Solo supe que no me gustaba.
Y que, si ese imbécil no se apartaba de ella en los próximos diez segundos, iba a tener un problema.
El imbécil no se apartó. Alice no lo rechazo de inmediato.
No porque estuviera interesada—lo sabía, podía verlo en la manera en que su sonrisa no llegaba a sus ojos, en cómo su postura se mantenía relajada pero no abierta—pero tampoco tenía prisa en rechazarlo. Porque Alice disfruta estos momentos. Porque le gusta ver hasta dónde alguien está dispuesto a llegar antes de cortarlo de raíz, porque juega con la incomodidad ajena como si fuera un deporte.
Pero yo no iba a jugar.
Lo vi pararse un poco más cerca de lo necesario, vi la confianza en su expresión cuando inclinó la cabeza con un aire de quien ya tenía una respuesta asegurada.
—¿Entonces qué dices, Carter?
Su tono era casual, como si ya estuviera asumiendo que la conversación tenía un solo desenlace posible. Como si ella fuera una posibilidad que simplemente se le había presentado y ahora tenía derecho a explorar.
Alice no respondió enseguida. Ladeó la cabeza con curiosidad, con esa mirada suya que podía ser tanto divertida como cruel. Le estaba dando espacio para hundirse solo.
Yo, en cambio, ya había decidido que no iba a esperar.
Antes de que Alice pudiera decir algo, antes de que el idiota se sintiera lo suficientemente cómodo como para seguir con su patética demostración de valentía, di un paso adelante.
No me apresuré. No lo empujé. Solo avancé lo suficiente para que la distancia entre Alice y yo fuera menor que la que había entre ella y él.
Solo lo suficiente para que supiera que no tenía ninguna posibilidad.
Alice giró levemente el rostro hacia mí, y por primera vez en toda esta interacción, su expresión cambió. No con sorpresa, con reconocimiento.
Con esa maldita chispa en los ojos que decía ah, esto va a ser interesante.
No le dirigí la palabra a él. No lo miré, porque no merecía mi atención. En su lugar, miré a Alice.
—Vamos.
Mi voz fue baja, firme. No una orden, pero tampoco una sugerencia.
Alice me sostuvo la mirada un segundo más, lo justo para dejar que la tensión flotara en el aire, lo justo para ver qué haría el imbécil al darse cuenta de que yo ya había ganado.
Y luego, con una sonrisa perezosa, se giró completamente hacia mí.
—Nobuchika—murmuró con esa dulzura venenosa suya, mientras enredaba un brazo en el mío como si siempre hubiera estado ahí—. No sabía que eras celoso.
No respondí. Porque no era celoso. Era peor.
Porque no tenía que estar celoso cuando Alice ya era mía.
El idiota se quedó en su lugar por un momento, todavía con esa expresión a medias entre la incredulidad y la confusión. Ella ni siquiera lo miró.
Y cuando empezamos a caminar, cuando la multitud comenzó a murmurar a nuestro alrededor con una emoción casi tangible, supe que todo el maldito teatro había visto lo que acababa de pasar.
Alice Carter no solo había cautivado a la academia con su baile. Había dejado en claro que ya tenía dueño.
Y por primera vez, no me importó en lo más mínimo que todo el mundo lo supiera.
Kougami
Lo vi todo. Desde el momento en que salieron juntos del pasillo hasta el instante en que Alice, con esa maldita sonrisa suya, se aferró al brazo de Ginoza como si siempre hubiera estado ahí. Escuché cada palabra.
"Nobuchika"
Alice nunca usa los nombres de pila sin un propósito. Cada palabra que elige tiene peso, tiene intención. Y si lo llamó así, de esa manera, en público, con esa ligereza que nunca tiene cuando algo realmente le importa, entonces significa algo, algo grande. Algo que me atraviesa como un puñal caliente directo en el pecho.
Mi mandíbula se tensó sin que pudiera evitarlo. No porque no supiera que esto iba a pasar, lo sabía. Lo había visto formarse en el horizonte mucho antes de que se volviera realidad. Pero una cosa era saberlo y otra muy distinta era verlo desarrollarse frente a mis ojos con una claridad devastadora.
Alice no se alejó de Ginoza cuando ese imbécil intentó acercarse a ella, no lo necesitó. No lo rechazó de inmediato, no cortó la conversación como lo habría hecho en cualquier otro momento. Esperó. Lo dejó creerse algo por un segundo demasiado largo, y luego, cuando fue el momento exacto, cuando su espectáculo estuvo listo para el golpe final, se giró hacia Ginoza.
Y él estaba ahí.
Listo para ser la respuesta a todas las preguntas que Alice nunca hace en voz alta.
No sé qué fue peor. Si la forma en que Alice lo miró cuando se tomó su tiempo en responderle. Si la forma en la que Ginoza ni siquiera se molestó en mirar al idiota, porque él ya sabía que no era competencia. O si fue la certeza absoluta con la que Alice le dio la victoria.
Lo había decidido desde el momento en que lo vio moverse.
No dudó, no buscó mi reacción, no midió si esto me afectaría o no. No había espacio para mí en esta ecuación.
Por primera vez, tuve evidencia concreta de que Alice no estaba esperando.
No porque no me amara. Lo sé. Sé lo que siente por mí, lo he visto en cada vez que me ha tocado, en cada vez que me ha besado, en cada vez que ha querido más y ha frenado en el último segundo porque respeta mi decisión. Pero Alice no se va a detener por mí, porque no se detiene por nadie.
Y lo que realmente me está destrozando por dentro, lo que hace que mi respiración se sienta demasiado pesada y que mis manos se cierren en puños dentro de mis bolsillos, es que yo tampoco esperaba que lo hiciera.
Nunca le pedí que esperara. Porque sé que no puedo pedirle eso. Sé que, si lo hiciera, Alice se quedaría. Pero no sería la misma. Y yo quiero a Alice tal como es.
Así que me quedé ahí, observando, con cada fibra de mi cuerpo en tensión mientras ella, sin dudarlo, dejaba que Ginoza la guiara entre la multitud.
Y por primera vez, entendí completamente lo que significa esperar.
Alice
Los pasillos de la academia se habían convertido en una escena constante de saludos forzados, miradas expectantes y, para mi absoluta desgracia, propuestas ridículas. Mi "popularidad" después de la presentación no solo se había extendido más allá de lo que esperaba, sino que había creado una narrativa completamente nueva: ahora, muchos parecían estar convencidos de que Nobuchika y yo éramos pareja.
No era difícil ver de dónde venía el rumor. Después de lo que pasó a la salida del teatro, después de la forma en que me alejé con Nobuchika frente a toda la academia, después de cómo él no dejó espacio para dudas en su postura, la historia se escribió sola. Y lo más irritante era que nadie parecía tenerme en cuenta en esa ecuación.
El problema no era solo la atención repentina, sino el cambio en el trato. Los mismos que el semestre pasado me despreciaban por ser extranjera, por ser la hija de Adam Carter, ahora me miraban como si fuera un maldito trofeo. Y eso me ponía de muy mal humor.
Estaba caminando con Nobuchika y Shinya después de clases, disfrutando de un momento de relativa normalidad, cuando, por supuesto, la paz me fue arrebatada de inmediato.
—Carter.
La voz me llegó desde atrás, y cuando me giré, ya supe lo que venía.
Era un chico de tercer año de artes, uno de esos con el porte impecable y la confianza de quien nunca ha sido rechazado en su vida. Sonreía con una seguridad que me irritó de inmediato, y detrás de él, otros dos idiotas se acercaban con la misma energía.
—Vi tu presentación y fue increíble. —Su tono era tan suave como calculado—. ¿Te gustaría ir al teatro este fin de semana?
Antes de que pudiera responder, el segundo imbécil entró en escena.
—No la presiones. Carter merece algo mejor que una simple salida casual. Podríamos cenar en el nuevo restaurante del centro. Algo más acorde a su nivel.
Por supuesto, el tercero tenía que superarlos a ambos.
—¿Cena? Eso es demasiado aburrido. La playa sería mejor. Imagina el atardecer, el sonido de las olas…
Oh, por el amor de Dios.
—Chicos… —Intenté intervenir, pero los tres estaban demasiado ocupados compitiendo entre ellos como para darse cuenta de que estaba al borde de mi paciencia.
—El teatro es culturalmente enriquecedor. —El primero levantó las manos, como si hubiera que justificar su opción.
—Pero nada memorable. Una cena de lujo es mucho más especial. —El segundo cruzó los brazos, claramente disfrutando de su propio argumento.
—Claro, si tu definición de especial es sentarte a hablar sobre caviar. La playa es una experiencia. —El tercero sonrió como si ya hubiera ganado.
Mi ojo empezó a temblar. Esto no podía estar pasándome.
Miré de reojo a Ginoza y Kougami.
Nobuchika tenía los brazos cruzados, la mandíbula tensa, el ceño fruncido en una expresión que claramente indicaba que estaba calculando si valía la pena intervenir o si era más eficiente dejarme resolverlo y luego destruir a los tres verbalmente.
Shinya, en cambio, parecía entretenido. Claro que lo estaba, porque este tipo de caos le divierte de una manera que nunca admitiría en voz alta.
Inspiré hondo, soltando el aire en un suspiro largo antes de hablar.
—¿Terminaron ya?
Los tres se callaron de inmediato y me miraron con expectativa. Dios, realmente creían que podían conseguir una respuesta favorable.
—Voy a ahorrarnos tiempo a todos —dije, con una sonrisa que no contenía absolutamente nada de calidez—. No estoy interesada. En ninguno de ustedes.
El impacto fue casi audible. Casi me reí. Pero antes de que alguno pudiera reaccionar, Nobuchika habló por mí.
—¿Quedó claro?
Su tono era cortante, y su postura, absolutamente cerrada. Ya había perdido la paciencia.
Los tres idiotas intercambiaron miradas incómodas antes de murmurar excusas y alejarse, la dignidad hecha pedazos.
Yo finalmente respiré aliviada.
—Gracias, Nobuchika.
No lo pensé antes de decirlo, porque me acostumbré demasiado a llamar a Nobuchika por su nombre de pila.
Pero en cuanto las palabras salieron de mi boca, sentí a Shinya tensarse junto a mí.
Cuando giré la cabeza para mirarlo, su expresión no había cambiado demasiado. Aún tenía la misma tranquilidad aparente de siempre. Pero yo lo conocía. Y algo estaba fuera de lugar.
Su sonrisa era un poco más tensa. Su mirada, un poco más calculada.
—¿Qué? —pregunté, sin darle espacio para que fingiera que todo estaba normal.
Shinya me sostuvo la mirada por un segundo más antes de negar con la cabeza, con una expresión imposible de descifrar.
—Nada —respondió finalmente, con una ligera curvatura en los labios—. Solo me preguntaba cuántos más intentarán.
No supe si lo decía con humor o con algo más escondido detrás de sus palabras. Y odié no poder saberlo. Shinya puso una excusa y se fue a otro sitio. No lo detuve.
Suspiré y pasé una mano por mi cabello. Todo esto era demasiado.
Ginoza
La situación con Alice y los chicos que parecen no tener nada mejor que hacer que invitarla a salir… es irritante. No hay otra forma de describirlo.
Desde su presentación, todo cambió. Alice Carter dejó de ser solo "la extranjera, la hija de Adam Carter" y ahora es "Alice, la intocable, la brillante, la que todos quieren conocer". En cuestión de días, pasó de ser un tema de murmullos y desprecio velado a convertirse en alguien que la academia entera parece venerar. Y aunque debería estar feliz por ella, no puedo evitar sentirme... molesto.
No me irrita que la reconozcan, ni siquiera que la admiren. Alice siempre ha tenido esa capacidad de atraer la atención sin intentarlo, de llenar un espacio con su sola presencia. Lo que me molesta es la forma en que la ven ahora. Como si fuera algo que pueden obtener. Como si tuvieran el derecho de intentarlo.
No la conocen, no como yo. No saben lo insoportablemente terca que es, lo impulsiva, lo brillante, lo caótica. No han visto la forma en la que se sumerge en su mundo hasta olvidarse de sí misma, hasta olvidarse de comer, de dormir. No saben lo que significa verla vulnerable, verla acorralada por su propia ansiedad. No la han visto como yo la vi, temblando en mis brazos, pidiéndome que me quedara con ella en un momento oscuro.
Pero eso no les importa. Solo ven lo que quieren ver: la chica que brilló en el escenario, la que ahora creen que pueden tener con las palabras correctas, con la invitación adecuada.
Y luego están los comentarios. Las suposiciones. Las felicitaciones… porque ahora, para la mayoría, Alice y yo somos pareja.
No porque lo hayamos dicho, sino porque Alice me eligió frente a todo el teatro.
—Buen trabajo, Ginoza.
—Supongo que todos lo veíamos venir.
—Nunca lo hubiera imaginado, pero hacen buena pareja.
Son comentarios que escucho con demasiada frecuencia ahora. Desde profesores hasta compañeros, como si la historia ya estuviera escrita y yo solo tuviera que seguirla.
No los corrijo. Porque no es una mentira. No oficialmente, no en un sentido tradicional. Pero tampoco es completamente falso.
Y lo que me jode más que cualquier otra cosa es que ni siquiera sé cómo responder a ello.
Alice no ha hecho nada para detenerlo. No lo ha negado. No lo ha desmentido con la facilidad con la que lo haría si no quisiera que se pensara eso.
Tal vez porque le divierte, tal vez porque simplemente no le importa. O tal vez porque, en el fondo, sabe que no está tan lejos de la verdad.
Los intentos de los demás son constantes. Uno tras otro, con diferentes enfoques, con diferentes niveles de confianza. Algunos más patéticos que otros. Pero ninguno de ellos tiene oportunidad.
El colmo fue cuando tres idiotas discutieron frente a ella, como si ella fuera un premio y no una persona. Alice, por supuesto, los manejó con su indiferencia característica, despachándolos con una facilidad casi humillante. Pero eso no cambia el hecho de que tuvo que hacerlo. Que sigue teniendo que hacerlo.
Y yo estoy ahí. De pie a su lado, viendo cómo esto se repite una y otra vez, sintiendo que cada vez tengo menos paciencia.
—¿Te divierte todo esto, Nobuchika? —pregunta un día después de rechazar a otro, en un momento en el que estábamos a solas.
Su tono es ligero, casi burlón, pero hay algo más en su expresión. Algo cansado.
La miro, cruzando los brazos con calma medida.
—No. Me parece ridículo.
Alice sonríe, pero la veo por lo que es. No está disfrutando de esto tanto como pretende.
—Bueno, al menos tú no intentas invitarme a cenar o al teatro.
Mi mandíbula se tensa por un instante, pero mi respuesta es inmediata.
—No lo necesito. Estoy aquí cuando importa, no tengo que impresionarte.
Alice parpadea. No dice nada de inmediato. Y por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta de que la he tomado por sorpresa.
—De todas formas, podrías llevarme a una cita, Nobuchika.
Las palabras salieron de su boca con una facilidad exasperante, como si no estuviera diciendo algo que pudiera cambiar todo. Como si no estuviera lanzando una granada en mi ya frágil capacidad de mantener el control.
Me detuve en seco, procesando lo que acababa de decir. Porque lo dijo, expresamente. Sin ambigüedades, sin dejarme espacio para ignorarlo.
Alice me miraba con una expresión tranquila, pero sus ojos tenían ese brillo peligroso, esa chispa de desafío mezclado con algo más. Algo más que no me atrevía a nombrar.
—¿Qué? —Mi voz salió más firme de lo que esperaba, pero no lo suficiente como para disimular mi desconcierto.
Alice se encogió de hombros con aparente indiferencia, aunque la forma en que ladeó la cabeza, analizándome, decía otra cosa.
—Nobuchika, nos besamos y hace unas noches dormiste conmigo, y eso no fue un problema—Su tono era ligero, pero la carga en sus palabras no lo era— entonces, si eso ya está sobre la mesa, ¿qué te impide llevarme a cenar o al teatro, o a algún sitio?
Había algo en su voz que me atravesó de una forma absurda. Alice nunca insinúa cosas, siempre las dice. Pero esta vez, aunque su tono era casual, lo que realmente estaba preguntando iba mucho más allá.
No supe qué responder al principio. Porque sabía que tenía razón. Porque cada vez que la besaba, lo hacía con la certeza de que no podía evitarlo, con la convicción de que lo quería más de lo que estaba dispuesto a admitir. Pero nunca lo había llevado más allá.
Alice siguió hablando antes de que pudiera encontrar una respuesta.
—Mira a esos chicos. Todos me invitan a salir sin esperar nada a cambio, sin preocuparse por si esto significa algo o no. Solo quieren pasar tiempo conmigo, por alguna razón. Así que dime, ¿por qué tú no puedes hacer lo mismo?
Su pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Porque yo no era como ellos, no la veía como ellos y, definitivamente, no la quería como ellos.
Apreté la mandíbula, sin apartar la mirada de la suya.
—No es tan simple, Ari.
Ella arqueó una ceja, claramente insatisfecha con mi respuesta. Como si estuviera esperando algo mejor.
—¿Por qué no?
No podía responder de inmediato. Porque la respuesta era demasiado evidente, demasiado cruda.
"Porque te quiero más de lo que quiero admitir, no quiero que esto sea algo vacío y tengo miedo de arruinarlo"
Pasé una mano por mi cabello, intentando encontrar una forma de explicarlo sin exponer demasiado.
—Porque… no quiero que sea algo superficial.
Alice se quedó en silencio por un momento, y eso fue peor que cualquier comentario sarcástico que podría haber hecho. Porque estaba analizando mis palabras, porque estaba decidiendo cómo responder a algo que nunca antes le había dicho.
Y entonces, sonrió.
No fue su sonrisa burlona, ni la sonrisa perezosa de quien se divierte con la incomodidad ajena. Fue algo más suave, más peligroso.
—¿Y quién dice que tiene que ser superficial, Nobuchika?
Mi garganta se cerró.
Alice nunca había dicho algo así. Nunca había insinuado que lo que pasaba entre nosotros era algo más que un juego de atracción, de provocaciones, de deseos contenidos. Pero ahí estaba, diciéndolo con todas sus letras.
No respondí. No porque no quisiera, sino porque si abría la boca, no sabía qué iba a salir.
Alice dio un paso más hacia mí, rompiendo la distancia que siempre intentaba mantener. No me tocó, pero su presencia era suficiente para hacerme sentir que el suelo bajo mis pies ya no era tan estable.
—Solo piénsalo, Nobuchika. Si puedes besarme, también puedes llevarme a una cita.
No fue una sugerencia. Fue una declaración.
Y luego, como siempre, Alice decidió que ya había dicho suficiente. Se giró con la misma facilidad con la que soltó la bomba y comenzó a alejarse, sin apurarse, sin esperar mi respuesta.
Me quedé quieto en el pasillo, viendo cómo Alice se alejaba con esa mezcla de gracia y determinación que siempre lograba sacarme de quicio. Sus palabras seguían resonando en mi cabeza como una condena de la que no podía escapar.
"Si puedes besarme, también puedes llevarme a cenar."
Maldita sea. ¿Por qué tenía que decirlo así? Con esa facilidad suya, como si no acabara de decir algo que me iba a joder por días, como si no supiera perfectamente lo que estaba haciendo. Ella nunca deja que las cosas sean simples. Y lo peor de todo es que sabía que tenía razón.
Intenté concentrarme en mis clases, en mis notas, en cualquier cosa que no fuera ella. No funcionó. Alice estaba en mi cabeza como una idea fija, como una melodía repetitiva de la que no podía deshacerme sin importar cuánto intentara apartarla. Y cuanto más intentaba ignorarlo, más claro se hacía que no podía.
Por la tarde, cuando finalmente terminó la última clase, me di por vencido. Salí de la academia y fui directo a buscarla. No tenía que pensarlo demasiado. Sabía que Alice estaba en la sala de música, ensayando, perdiéndose en su propio mundo, completamente ajena al caos que dejaba atrás.
Y, como era de esperarse, ahí estaba.
—Nobuchika —dijo en cuanto abrí la puerta, levantando la vista desde el piano con una ligera sorpresa.
Me quedé en el umbral por un momento, observándola. Alice, que nunca espera nada de nadie, que nunca se detiene lo suficiente como para darme tiempo de alcanzarla, estaba ahí, mirándome.
No pensé demasiado en lo que iba a decir. Porque si lo hacía, probablemente me retractaría.
—Vamos a cenar.
Su expresión pasó de la sorpresa al entretenimiento en menos de un segundo.
—¿Perdón?
—Dijiste que podía llevarte a una cita —respondí, cruzándome de brazos—. Así que lo haré.
Alice parpadeó, y por un instante, pude ver cómo lo procesaba. Luego, lentamente, una sonrisa peligrosa se dibujó en sus labios.
—¿Estás admitiendo que tenía razón?
Resoplé, apartando la mirada como si eso pudiera disimular la irritación que me provocaba su satisfacción.
—No. Solo quiero que dejes de fastidiar con eso.
—Ah, claro. Lo haces para callarme —dijo, inclinando la cabeza con fingida inocencia—. No porque quieras hacerlo.
—Ari… —murmuré, con la mandíbula tensa.
No podía decirle que no lo quería. Porque sería una mentira absoluta.
No después de todo lo que habíamos hecho juntos. No después de cada beso, de cada vez que me rendí a ella sin pensarlo, de cada vez que se aferró a mí como si yo fuera lo único que la mantenía en pie.
Alice me miró con esos ojos suyos que siempre parecían saber demasiado. Me estaba esperando.
Esperando que lo admitiera, no lo hice.
Suspiré y pasé una mano por mi cabello, exhalando con resignación.
—Solo ven.
Alice sonrió con demasiada satisfacción mientras me seguía fuera de la sala de música. Y aunque quería hacer como si esto no significara nada, sabía perfectamente que sí.
Mientras caminábamos por la ciudad, Alice se aferraba a mi brazo con una comodidad que ya no tenía sentido discutir. Desde que aceptó mi invitación a cenar, no había soltado mi brazo ni un solo segundo, como si fuera lo más normal del mundo, como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Y yo la dejaba. No porque no supiera lo que significaba, sino porque… porque no quería soltarla tampoco.
No lo habíamos dicho en voz alta, no le habíamos puesto un nombre a lo que pasaba. Pero Alice y yo ya éramos algo. Y, aunque se divirtiera jugando con la incertidumbre, aunque esperara que yo fuera el que lo dijera primero, ella también lo sabía.
El restaurante de hot pot al que la llevaba no estaba lejos, era un lugar con luces cálidas y un ambiente tranquilo, sin la pretensión de los lugares que normalmente se asociarían conmigo. No era un restaurante de alta cocina ni un sitio elegante. Pero era el mejor lugar donde podía traerla.
Alice miró a su alrededor en cuanto entramos, sus ojos miel recorriendo el espacio con curiosidad. Ella nunca había estado en un lugar como este.
—Es acogedor —comentó, y aunque su tono era ligero, lo decía en serio.
Nos guiaron a nuestra mesa, una de las que tenía una olla incrustada en el centro, el vapor subiendo con lentitud mientras el caldo burbujeaba suavemente. Me acomodé en mi asiento mientras Alice hacía lo mismo frente a mí, con la facilidad de alguien que no estaba esperando a que yo tomara la iniciativa.
—Hot pot, entonces —murmuró, apoyando los codos en la mesa y mirándome con una expresión de dulce expectación— Ilústrame, Nobuchika.
—No es complicado, pero tiene reglas —dije, mientras tomaba los palillos y señalaba la carta.
Alice sonrió con suavidad, sin la burla que normalmente acompañaba sus provocaciones.
—Nunca he comido esto, así que sé paciente conmigo.
Su tono era diferente esta vez. No me estaba desafiando. Estaba pidiéndome que la guiara.
No supe por qué eso me golpeó tan fuerte, pero la sensación se quedó en mi pecho mientras le explicaba.
—Primero, elegimos el caldo. No puedes simplemente tomar cualquiera al azar.
—Nada picante —dijo de inmediato, examinando la carta.
—Lo sé.
Alice sonrió y deslizó la yema de su dedo sobre la mesa, pensativa.
—Es lindo que recuerdes esas cosas.
No respondí de inmediato. Porque no era un esfuerzo recordarlo. Era simplemente natural.
Cuando llegó la olla, Alice se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos iluminándose con un interés genuino. No estaba jugando esta vez. Estaba realmente curiosa.
—Entonces, ¿qué hacemos primero?
—Hay un orden —dije, colocando con precisión los ingredientes en la mesa—. No puedes solo arrojar todo al agua.
Alice mordió su labio inferior, divertida.
—Voy a hacer algo mal, ¿verdad?
—Seguramente.
Ella se rió suavemente y observó cómo agregaba las verduras primero.
—Las verduras van primero porque tardan más en cocinarse —expliqué, mientras las dejaba en el caldo con precisión medida—. Luego el tofu y los ingredientes más duros. La carne va al final.
Alice asintió con atención, pero luego me miró con una sonrisa traviesa.
—¿Y si pongo la carne primero?
—Alice.
—¿Y si la dejo cocinar demasiado?
—No hagas eso.
Alice rió suavemente y apoyó la barbilla en su mano.
—Me gusta verte explicar las cosas así.
—Porque quieres ver cuánto puedo soportar antes de frustrarme.
—No —dijo con firmeza, sorprendiéndome—. Me gusta verte así porque te apasiona. Es… sexy.
La miré con una ceja levantada, intentando no mostrar que eso me había afectado más de lo que debería.
—¿Sexy?
Alice sonrió, sus ojos miel brillando con suavidad.
—Sí. Cuando hablas de algo con tanta seguridad. Cuando estás en tu elemento. Me gusta verte así.
No supe qué decir a eso. Porque Alice nunca dice cosas como esa sin razón.
Cuando la carne estuvo lista, Alice probó un trozo y su expresión cambió de inmediato.
—Dios, Nobuchika. Esto es increíble.
—Te dije.
—Está tan bueno que casi quiero perdonarte por ser tan exigente.
Rodé los ojos y seguí comiendo, pero no pude evitar notar cómo Alice seguía intentando hacerlo bien.
—¿Y ahora?
—Ahora comes un poco de fideos del udon. No solo carne.
Alice tomó los fideos con torpeza, pero lo intentó. No pude evitar una sonrisa al verla luchar con los palillos, frunciendo el ceño con determinación.
—Esto es más difícil de lo que parece.
—Solo tienes que encontrar el punto de equilibrio.
Alice suspiró y tomó un bocado, su rostro relajándose al instante.
—Dios. Esto es aún mejor que la carne.
—Por eso prefiero los fideos al arroz.
Alice me miró con interés.
—¿Eso es raro para ti?
Me encogí de hombros.
—No es lo más común, pero siempre he preferido la textura del udon.
Alice inclinó la cabeza, observándome con una expresión suave.
—¿Siempre has sido así, tan meticuloso con lo que te gusta?
—Sí.
Ella sonrió.
—Me gusta eso.
Seguimos comiendo en un silencio cómodo, alternando entre bocados y pequeñas conversaciones. En algún momento, Alice movió una pierna debajo de la mesa y rozó la mía sin querer. No se apartó. Yo tampoco.
Cuando la olla estuvo casi vacía, Alice se recostó ligeramente en su silla y me miró con una expresión satisfecha.
—Deberíamos hacer esto más seguido.
Levanté la vista y me encontré con sus ojos fijos en los míos.
—¿El hot pot o la cita?
Alice sonrió con esa mirada suya que sabía exactamente lo que estaba haciendo conmigo.
—Tú dime, Nobuchika.
No respondí de inmediato, pero no aparté la mirada.
No tenía sentido seguir pretendiendo que esto era solo una cena. Porque no lo era.
Cuando Alice extendió la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los míos sin dudarlo, yo tampoco la solté.
Y, mientras el vapor de la olla se disipaba entre nosotros, supe que esto iba mucho más allá de lo que había estado dispuesto a admitir.
La noche estaba fresca cuando salimos del restaurante, el aire del otoño golpeando suavemente mi piel mientras Alice caminaba a mi lado, todavía aferrada a mi brazo como si fuera lo más natural del mundo. No tenía ninguna intención de soltarse. Su agarre era firme, pero no pesado, su cuerpo pegado al mío con una facilidad que ya ni siquiera intentaba cuestionar.
Habíamos terminado la cena sin prisas, disfrutando la comida más de lo que había esperado. Alice no había roto ninguna regla del hot pot, lo que en sí mismo era un milagro, pero sí había encontrado la manera de hacerme sufrir un poco con sus comentarios. Sabía exactamente qué decir para hacerme dudar, para descolocarme, pero esta vez no lo había hecho con la intención de molestarme, sino porque le gustaba verme reaccionar.
—Bueno, Nobuchika, lo lograste —dijo, inclinando la cabeza hacia mí mientras caminábamos por la acera—. Comprobaste que puedes llevarme a cenar.
Rodé los ojos, aunque no pude evitar que una pequeña sonrisa se filtrara en mis labios.
—Nunca fue cuestión de si podía o no.
Alice rió suavemente y se apretó más contra mi brazo, como si quisiera asegurarse de que no pudiera apartarme.
—Oh, claro que lo era. No querías admitir que esto era una cita, pero ahora que terminó, no puedes negar que lo fue.
—No voy a discutir contigo.
—Porque sabes que tengo razón.
No respondí de inmediato. Porque tenía razón.
Alice ladeó la cabeza con esa expresión que siempre usaba cuando estaba analizando algo en silencio, cuando su mente estaba procesando mucho más de lo que decía. Sabía que me estaba estudiando. Sabía que estaba esperando ver si yo mismo me daba cuenta de lo que acababa de hacer.
Después de un momento de silencio, suspiró con dramatismo exagerado.
—Debo decir que esta cita superó por mucho todas las opciones que me ofrecieron los idiotas de la academia.
Arqueé una ceja, mirándola de reojo.
—Ah, ¿sí? ¿Qué tiene el hot pot que supera una cena de lujo, una visita al teatro o un paseo a la playa?
Alice soltó una risita y se inclinó un poco más contra mi brazo.
—Bueno, para empezar, nadie intentó impresionarme con tonterías.
—¿Quieres decir que explicarte las reglas del hot pot no fue impresionarte con tonterías?
Alice me miró con una seriedad fingida.
—Oh, no. Eso fue educación. Y fue muy sexy.
Sentí el calor subiendo por mi cuello antes de poder evitarlo.
—Deja de decir esas cosas.
—¿Por qué? —preguntó con genuina curiosidad—. Es la verdad. Me gusta verte concentrado en algo que te importa. Es… sexy.
No respondí. Porque Alice nunca dice cosas así sin intención.
La brisa se intensificó mientras avanzábamos por las calles tranquilas, y aunque Alice no se quejaba, noté cómo su piel se erizaba levemente bajo la luz de los faroles.
Sin pensarlo demasiado, me quité la chaqueta y la coloqué sobre sus hombros.
Alice parpadeó y luego bajó la vista, observando la prenda sobre ella con un brillo divertido en los ojos.
—Caballeroso, ¿eh?
—Es otoño. No quiero que mañana estés enferma.
Alice sonrió y deslizó los brazos en la chaqueta, ajustándola alrededor de su cuerpo. Era demasiado grande para ella, pero no se quejó.
—No sé si te molesta más la idea de que me enferme o la idea de que no puedas ocultar que estamos teniendo un momento.
—Deja de hablar.
Alice rió, pero no discutió.
Seguimos caminando en silencio por un rato, con Alice aún aferrada a mi brazo, como si se le fuera la vida en aquello. Su agarre era firme pero no sofocante, más una confirmación de que yo estaba aquí, de que esto era real, de que no tenía intención de soltarme.
Llegamos a la mansión Carter sin prisa, el sonido de nuestros pasos resonando contra el empedrado de la entrada. Alice seguía aferrada a mi brazo, como si el frío del otoño fuera solo una excusa para mantenerse cerca. No la solté. No porque necesitara hacerlo, sino porque no quería.
Cuando nos detuvimos frente a la puerta principal, Alice suspiró suavemente y, con una lentitud casi teatral, se quitó la chaqueta que había llevado puesta desde que se la puse debido al frio. No dijo nada mientras la doblaba con cuidado y la extendía hacia mí, como si devolvérmela marcara el final de algo.
—Gracias, Nobuchika —dijo finalmente, su voz más baja de lo usual.
Tomé la chaqueta de sus manos sin apartar la mirada de la suya. Alice rara vez se detenía tanto en un gesto, rara vez hacía algo sin una intención clara detrás.
Y entonces, sin previo aviso, se inclinó y me besó.
No fue apresurado ni juguetón, pero tampoco fue casto o casual. Fue un beso lento, cargado de una certeza que ninguno de los dos estaba dispuesto a poner en palabras todavía.
Mis manos se cerraron alrededor de su cintura por puro instinto, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela del uniforme de la academia. No era suficiente. No cuando ella se acomodaba tan perfectamente contra mí, no cuando sus labios se movían con esa suavidad peligrosa que me hacía olvidar que estábamos parados frente a su casa.
Cuando se separó, lo hizo apenas, sus labios aun rozando los míos, su respiración cálida contra mi piel.
—Me gustó nuestra cita —murmuró, con una sonrisa ligera.
No respondí de inmediato. Porque si abría la boca en ese momento, no sabía qué iba a decir.
Alice me miró un segundo más y luego se apartó con su usual gracia despreocupada, como si no acabara de hacer que mi cabeza diera vueltas.
—Buenas noches, Nobuchika.
No la detuve cuando se giró y abrió la puerta. Solo la observé.
Porque, aunque no lo habíamos dicho en voz alta, sabíamos lo que esto significaba.
Alice Carter ya era mía.
Y esta vez, ella quería que yo lo supiera.
Kougami
Los últimos días habían sido extraños. No incómodos, no insoportables. Solo… diferentes.
Desde aquella noche en el teatro, desde que vi a Alice desaparecer con Ginoza y entendí todo sin necesidad de que nadie lo explicara, decidí darles espacio. No porque me sintiera culpable, porque no lo hacía, ni porque creyera que lo que tenía con Alice significara menos que lo que estaba pasando con él. Lo hice porque lo que siento por Alice es importante. Y, si hay algo que ella dejó en claro desde el principio, es que no iba a detenerse por nadie.
No se trataba de una estrategia, ni de un intento de castigarla con distancia. Se trataba de tomar una decisión consciente.
Alice y Ginoza estaban explorando lo que fuera que tenían entre ellos, y si Alice estaba decidiendo acercarse más a él, lo menos que podía hacer era no interponerme. No iba a competir, no iba a empujarme en su camino para recordarle lo que había entre nosotros. Porque Alice ya lo sabe.
Lo sabe cada vez que me mira, lo sabe cada vez que hablamos, lo sabe en la forma en que todavía no ha intentado apartarme de su vida por completo. Porque Alice nunca se aparta de mí.
Y yo sé que esto tiene fecha de caducidad. No puedo alejarme para siempre.
En algún momento, Alice volverá. En algún momento, nos encontraremos de nuevo en el mismo punto donde siempre terminamos, como si ninguno de los dos pudiera evitarlo.
Pero mientras tanto, mi nueva soledad ha tenido consecuencias que no vi venir.
Porque al parecer, cuando Alice Carter no está constantemente a mi alrededor, otras personas creen que eso significa que hay un espacio vacante que pueden ocupar.
Y eso me molesta más de lo que debería.
La primera vez que lo noté fue en la cafetería. Estaba sentado solo, revisando algunas notas, cuando una de las chicas de segundo año—Suzuki, creo que se llama—se sentó frente a mí con una sonrisa demasiado ensayada.
—Kougami, últimamente no te he visto con Carter.
No levanté la vista enseguida. Porque ya sabía a dónde iba esto.
—Hemos estado ocupados.
Suzuki inclinó la cabeza, mirándome con curiosidad.
—Debe ser raro, ¿no? Estabas siempre con ella.
Finalmente, la miré y levanté una ceja.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
Suzuki soltó una risita nerviosa y se encogió de hombros.
—Nada, solo que… bueno, ahora que no está pegada a ti, ¿tal vez podríamos almorzar juntos?
No respondí enseguida, porque me tomó un segundo procesar lo que acababa de decir. Como si Alice hubiera sido algún tipo de barrera que necesitaba desaparecer para que otras personas se acercaran.
—No, gracias —dije finalmente, volviendo a mi comida.
Suzuki no insistió, pero se quedó sentada unos minutos más, como si esperara que cambiara de opinión. No lo hice.
El segundo intento fue en la biblioteca. Estaba revisando un libro de estrategia militar cuando otra chica, Aoyama, apareció de la nada y se sentó a mi lado.
—¿Te gusta la historia de la guerra?
—Sí.
—Interesante. No pareces el tipo que disfruta leer sobre estrategia.
—Ah, ¿no?
—No, creí que te gustaban más las novelas o algo más… relajado.
Fruncí el ceño, cerrando el libro con calma antes de mirarla.
—¿Por qué crees eso?
Aoyama sonrió con una confianza irritante.
—Bueno, porque siempre estabas con Carter. No pareces tan serio cuando estás con ella.
Otra vez Alice. Otra vez actuando como si su presencia hubiera sido algún tipo de escudo que ahora ya no estaba.
—Alice y yo hablamos de muchas cosas —dije, sin cambiar mi expresión.
Aoyama se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Entonces, ahora que Carter está… distraída, ¿te gustaría salir alguna vez?
Me tensé, no porque me sorprendiera, sino porque me molestaba la forma en que lo decía. Como si Alice simplemente hubiera dejado un puesto libre y ahora alguien más pudiera tomarlo.
Me levanté, tomando mi libro.
—No.
Aoyama me miró, sorprendida.
—¿No?
—No.
Y me fui antes de que pudiera decir algo más.
No se trataba de Alice. Se trataba de la forma en que la gente la veía. Como si fuera reemplazable. Como si su presencia a mi lado no hubiera significado nada. Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que me molestaba.
El colmo fue en el gimnasio. Estaba entrenando solo, golpeando el saco de boxeo con la mente puesta en todo lo que quería ignorar, cuando una estudiante de primer año, Takeda, se acercó con una botella de agua y una sonrisa que no intentó disimular.
—Trabajas muy duro, Kougami.
No respondí de inmediato. Tomé un respiro, soltando el aire con control antes de mirarla.
—Gracias.
Takeda se inclinó levemente hacia adelante, ofreciéndome la botella.
—¿Quieres un poco?
Negué con la cabeza.
—Estoy bien.
—Sabes… estaba pensando que, si alguna vez quieres relajarte un poco, podríamos ir al cine o algo así.
La miré sin expresión.
—No estoy interesado.
Takeda parpadeó, claramente sorprendida por lo directo que fui.
—Vaya, pensé que estarías más abierto a conocer gente nueva ahora que Carter está ocupada.
Y ahí estaba de nuevo.
No me molestaba que intentaran acercarse. Me molestaba la forma en que hablaban de Alice. Como si simplemente hubiera desaparecido, como si no importara, como si no fuera parte de mi vida de una forma que nadie más podría reemplazar.
Porque Alice Carter no es un puesto vacío que alguien más puede llenar.
Alice Carter es Alice Carter.
Y aunque haya decidido darle espacio para explorar lo que sea que tenga con Ginoza, aunque yo mismo haya tomado la decisión de no interferir, eso no significa que haya desaparecido de mi vida.
Alice volverá. Siempre vuelve.
Porque lo que hay entre nosotros no es algo que pueda desvanecerse solo porque ahora está con Ginoza.
Porque, aunque me obligue a quedarme en este margen, aunque intente no mirarla demasiado cuando la veo con él, sé que, en algún momento, ella va a girarse y va a buscarme.
Y cuando eso pase, yo seguiré aquí.
La biblioteca estaba silenciosa, con el sonido de las páginas pasando y el tecleo ocasional de los estudiantes como el único ruido de fondo. Era un buen lugar para despejar la mente, para concentrarse en algo que no fuera Alice o Ginoza. Aunque últimamente, mantenerlos fuera de mis pensamientos había sido un esfuerzo inútil.
No sabía exactamente qué tenían Alice y Ginoza. No había querido preguntar. No era de mi incumbencia. Alice nunca ha sido alguien fácil de definir, mucho menos en algo tan concreto como una relación. Ginoza tampoco es el tipo de persona que compartiría algo así conmigo. Pero eso no cambiaba el hecho de que, aunque tratara de mantener la distancia, seguía sintiéndome parte de lo que fuera que estaba pasando entre ellos.
Y, tal vez por eso, cuando lo vi sentado solo en una de las mesas al fondo de la biblioteca, con su expresión de siempre—concentrado, perfectamente en control—sentí el impulso de acercarme.
No lo pensé demasiado. Solo lo hice.
Me acerqué con paso firme, sin intención de parecer que estaba dudando. Ginoza levantó la vista cuando me notó acercarme, y durante un momento, su rostro no mostró nada. No había sorpresa, ni molestia, ni esa mirada calculadora que solía dedicarme cuando intentaba analizar mis intenciones.
Pero la situación era tensa. No porque estuviéramos en malos términos, sino porque había cosas que ninguno de los dos decía en voz alta.
—Gino —saludé con una inclinación leve de cabeza, sin sentarme aún.
—Kougami —respondió con la misma formalidad, bajando la mirada nuevamente a sus notas.
Me quedé de pie por un momento, evaluando si era una mala idea quedarme allí. Pero si Ginoza realmente quisiera que me fuera, lo habría dicho de inmediato. Así que tiré de la silla frente a él y me senté, dejando caer un libro sobre la mesa sin abrirlo aún.
El silencio entre nosotros se extendió, pero no de una forma incómoda. Era simplemente un espacio que ninguno de los dos estaba apresurado por llenar.
Y entonces, Ginoza habló.
—Alice está en el aula de música.
No levanté la vista enseguida. No porque no me sorprendiera que lo mencionara sin contexto, sino porque me pregunté qué lo había llevado a decirlo.
Como si pensara que yo había venido por ella.
Giré levemente la cabeza hacia él y lo observé por un segundo. No había burla en su tono, ni un intento de marcar territorio. Solo lo dijo como si fuera un hecho.
—No estoy aquí por ella —dije finalmente, sin alterarme.
Ginoza levantó la mirada por completo y me estudió, su expresión impasible, pero con ese leve fruncimiento de ceño que solo aparece cuando algo lo descoloca.
—¿No?
—No. Vine porque eres mi amigo.
Vi la forma en que su mandíbula se tensó apenas, cómo su boca se torció en una mueca contenida ante la última palabra. Han pasado meses y el terco sigue sin aceptarlo.
—No seas ridículo —dijo, volviendo la vista a sus notas.
Me reí bajo y tomé el libro que había traído, hojeándolo sin interés real.
—Lo digo en serio.
—No necesito tu amistad, Kougami.
—Pero la tienes igual.
Ginoza suspiró, pasándose una mano por la nuca. Era impresionante lo mucho que le costaba aceptar algo tan simple.
A pesar de la tensión inicial, la conversación fluyó con una facilidad inesperada. No hablamos de Alice. No hablamos de lo que estaba pasando entre ellos. Solo hablamos. Sobre los proyectos de la academia, sobre los casos de estudio, sobre los profesores que nos daban más trabajo del necesario. Hubo incluso un momento en el que terminamos discutiendo sobre una sentencia mal argumentada en un libro de derecho penal.
—Eso no tiene sentido —dije, señalando la página abierta en su cuaderno—. Estás analizando la condena como si fuera absoluta, pero la interpretación de la ley depende del contexto.
Ginoza me miró con esa expresión que solía usar cuando estaba debatiendo si valía la pena explicarme algo o si debía simplemente ignorarme.
—La ley es absoluta cuando está bien aplicada.
—Pero no siempre está bien aplicada.
—Por eso estamos estudiando esto. Para entender cómo evitarlo.
Sonreí apenas. Había algo extrañamente familiar en discutir con Ginoza sobre cosas que realmente le importaban.
Por un momento, se sintió como antes. Antes de que Alice entrara en nuestras vidas y lo cambiara todo.
Antes de que yo decidiera que lo que sentía por ella era más importante que cualquier otra cosa.
Antes de que él hiciera lo mismo.
El tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta, hasta que Ginoza revisó su reloj y guardó sus notas con precisión meticulosa. Yo hice lo mismo, acomodando mis cosas con menos prisa. Y cuando estábamos a punto de salir de la biblioteca, él se detuvo.
—Deberías volver a sentarte con nosotros en los recesos.
Fruncí el ceño ligeramente.
—¿Por qué?
—Porque Alice no te lo va a pedir. Es demasiado orgullosa. Pero se nota que te extraña.
No respondí enseguida. Porque no esperaba que lo dijera.
Porque nunca imaginé que Ginoza sería quien me daría permiso para acercarme de nuevo.
No es que lo necesitara. Pero el hecho de que lo hiciera me dijo algo que no había querido ver con claridad hasta ahora.
Ginoza se preocupa mucho por Alice.
No solo la quiere, no solo la desea. Se preocupa por ella de una manera que no esperaba de él.
Y, aunque no me guste admitirlo, me alivia saberlo.
Asentí una vez, sin decir nada más, y nos dirigimos juntos hacia la salida.
Porque, aunque la tensión entre nosotros no desaparecerá tan fácilmente, seguimos siendo amigos. Y, aunque no seamos los mismos que antes, eso todavía significa algo.
Caminé junto a Ginoza por los pasillos sin realmente pensar en hacia dónde íbamos. Habíamos salido juntos de la biblioteca sin discutirlo, sin necesidad de intercambiar palabras sobre por qué ninguno de los dos parecía querer alejarse aún. No es que fuera extraño estar con él, pero había algo en la forma en que nuestras pisadas resonaban en el suelo vacío que hacía que el silencio entre nosotros fuera más pesado de lo usual.
Fue solo cuando nos detuvimos que me di cuenta de nuestro destino. El aula de música.
No entramos. No porque no pudiéramos, sino porque, desde el otro lado de la puerta, se escuchaba una melodía. Un sonido hermoso, cautivador, que envolvía el aire con una suavidad que no coincidía con el ambiente de la academia.
Era Alice. No había forma de confundirlo.
No fue el tipo de música que había tocado antes, no la perfección técnica con la que solía deslumbrar a los profesores ni el estilo calculado con el que abordaba cada pieza como si fuera una ecuación matemática que debía resolver. Esto era algo más. Algo puro. Algo visceral.
Ginoza, a mi lado, exhaló con suavidad antes de hablar en un susurro.
—Terminó la composición, el Opus No. 01. Lleva días perfeccionándolo como una obsesiva.
No respondí de inmediato. Porque lo que Ginoza ignora es que yo ya lo sabía.
Alice me lo había dicho después de aquella noche en la mansión Carter. Después de que casi nos entregamos por completo, después de que el deseo quedó suspendido en el aire, apenas contenido por mi última decisión de detenernos antes de cruzar ese límite.
Y ahora estaba aquí, tocándola en soledad.
No me molestaba que Ginoza lo hubiera escuchado primero, tal vez sí. Tal vez una parte de mí resentía la idea de que Alice hubiera compartido esta pieza con él antes que conmigo, porque después de todo, esa composición es algo nuestro. Pero también sabía que yo había sido quien se alejó. Que yo había decidido darle espacio, que yo había tomado distancia en lugar de seguir sosteniéndola de la misma manera en la que lo había hecho siempre.
Pero escucharla tocar ahora, sabiendo lo que esa música significaba, hizo que todo dentro de mí se contrajera. Porque esa composición nació de lo que tenemos Alice y yo.
Lo sentí en cada acorde, en cada nota que se elevaba con la precisión de alguien que había capturado un sentimiento en sonido, que lo había transformado en algo tangible, algo que podía reproducirse una y otra vez sin perder su esencia. Alice no podía decirlo en palabras, pero podía tocarlo.
Y yo entendía lo que estaba diciendo, porque esa música era nuestra.
Era la prueba irrefutable de que lo que pasó entre nosotros no había sido solo un instante perdido en el tiempo. Era amor en su forma más pura, lo más honesto que Alice podría entregarle a alguien.
No necesitaba que nadie me lo explicara. Lo sentía.
La melodía se expandió en el aire con un crescendo suave, envolvente, antes de descender de nuevo a una cadencia más íntima. No había duda en la manera en que tocaba. Alice estaba completamente dentro de la música, completamente sumergida en ella, sin preocuparse por quién pudiera estar escuchando.
Eros y ágape. Eso era Alice.
Lo que teníamos no debía ser físico. Se suponía que debíamos ser algo más.
Pero la música aún contenía rastros de deseo, aún vibraba con la intensidad de lo que compartimos en la mansión, aún tenía la tensión de cada beso robado, de cada respiración contenida, de cada vez que nos quedamos al borde de lo inevitable.
Y ella la estaba tocando ahora, sola, como si aún nos perteneciera solo a nosotros, como si yo nunca hubiera decidido alejarme.
No le dije nada a Ginoza. No mencioné que ya conocía esta composición, que Alice me la había confiado primero sin necesidad de tocarla para mí.
No había nada que decir.
Solo me quedé allí, escuchándola, dejando que su música me desgarrara desde dentro.
Porque Alice Carter nunca ha sido capaz de dejarme ir.
Y yo nunca he sido capaz de dejar de quererla.
