Alice

Las notas fluyen bajo mis dedos con una facilidad que antes no tenía. Al principio, el Opus No. 01 era solo un intento torpe de traducir algo que no podía nombrar, una composición sin alma, una estructura vacía. Pero ahora, ahora que cada acorde resuena con la intensidad de todo lo que no he dicho, sé que finalmente lo logré.

Cada vez que toco esta pieza, algo dentro de mí se alinea. No solo es música. No solo es técnica. Es lo más cercano que tengo a un lenguaje que pueda describir lo que aún no me atrevo a admitir. Porque lo extraño, con la misma intensidad con la que lo amé esa noche. Y odio admitirlo.

No debería extrañarlo. Fui yo quien no quiso presionarlo, fui yo quien decidió que tenía que darle espacio, que lo que vivimos fue tan intenso que no podía arriesgarme a que él se alejara más. Kougami no es alguien que se rompe fácilmente, pero lo sentí temblar entre mis manos, lo sentí detenerse en el último momento con una precisión calculada, como si supiera que, si cruzábamos esa última barrera, no habría vuelta atrás.

Así que no lo presioné, porque tengo miedo de que, si me acerco demasiado, si lo busco, si le pido que vuelva, él termine huyendo para siempre.

Pero, no importa cuánto intente convencerme de que hice lo correcto, no cambia el hecho de que lo necesito. No cambia el vacío que dejó.

Y por eso sigo tocando, porque el Opus No. 01 es lo único que todavía nos une.

Cada acorde es un reflejo de lo que compartimos, de cada caricia contenida, de cada respiración robada. Es la prueba de que lo que tuvimos fue real. Y aunque él no está aquí, aunque no sé si me sigue pensando como yo lo pienso a él, sé que esta melodía sigue perteneciendo a ambos.

Mis dedos se deslizan con más firmeza sobre las teclas, permitiéndome sentir cada vibración, cada nota suspendida en el aire antes de que se disuelva en la siguiente. No hay error en mi interpretación. Es puro instinto, puro sentimiento.

Y entonces, sin previo aviso, siento el calor húmedo en mis mejillas. Las lágrimas caen en silencio, sin sollozos, sin dramatismo. No me detengo, porque no puedo detenerme ahora.

Porque si dejo de tocar, si me permito procesar lo que significa estar aquí, sola con esta música, sé que voy a colapsar. Así que sigo.

Hasta que ya no haya más notas por tocar. Hasta que la melodía termine y, con ella, la ilusión de que esto es suficiente para llenar el espacio que dejó.

Pero cuando la última nota se desvanece en el aire, cuando mis manos quedan suspendidas sobre las teclas, lo único que queda es la verdad.

Y la verdad es que Kougami todavía vive en esta música, y la verdad es que lo sigo esperando, aunque le dije que no lo haría.

Ginoza

El día había sido pesado. Los pasillos de la academia, con su constante flujo de estudiantes, me parecían más agobiantes que nunca. Había algo en el aire, una tensión silenciosa que no podía identificar completamente. Había llegado al punto en el que cualquier pequeña interacción me parecía un paso en falso, un error no dicho, un suspiro perdido entre las palabras. Y no era solo el cansancio de los días de trabajo. Era algo más profundo, algo que tenía que ver con Alice y Kougami.

Al principio, pensé que la situación era algo pasajero. Una competencia amistosa, tal vez un poco más tensa de lo habitual, pero nada fuera de lo normal. Sin embargo, desde que las vacaciones comenzaron a acercarse, las cosas entre ellos se volvieron extrañas. Y ahora, después de todo lo que había sucedido, era más que claro que la distancia entre ellos no era accidental. Kougami estaba evitando ver a Alice, lo que no es común en él. Siempre había sido directo, sin rodeos. Sin embargo, había algo en su comportamiento, algo en la manera en que no quería estar cerca de Alice, que me preocupaba. Nunca había visto a Kougami actuar así.

Lo peor de todo es que, al no estar presente, Kougami me estaba obligando a cuestionarme cosas. Aunque nunca me había considerado competitivo por Alice, la situación me estaba forzando a reconsiderarlo. No quería perderla. Pero ¿qué significaba eso? ¿Debía seguir avanzando con ella? ¿Debería asegurarme de que ella se quedara conmigo? Me encontraba atrapado entre el temor de perderla y la necesidad de darle el espacio que parecía necesario.

No estaba seguro de qué era lo correcto, pero lo que sí sabía es que la incertidumbre estaba comenzando a roerme por dentro.

Di vueltas por los pasillos, esperando a que Alice termine, hasta que ella salió de la sala, su paso decidido, pero al mismo tiempo, algo en ella me pareció diferente. Sus ojos brillaban, y por un momento, todo lo que vi fue eso: la luz que reflejaban sus ojos. Fue solo entonces cuando lo supe, cuando lo sentí en el aire. Alice había estado llorando. Sus ojos estaban rojos, brillantes, y había algo en su expresión que no podía disimular la emoción contenida. No pude evitarlo. Mi instinto me empujó a acercarme a ella.

Alice levantó la vista y me miró cuando me aproximé, pero había algo en su mirada que, a pesar de la calma con la que trató de responder, mostraba un dolor silencioso. Era una sensación que no podía ignorar.

—¿Alice? —pregunté, mi voz saliendo más suave de lo que había planeado. Vi cómo ella dio un paso atrás, pero solo por un momento. Intentó recuperar su compostura, pero el daño ya estaba hecho.

—Estoy bien, Gino. —Su voz sonó más firme de lo que me esperaba, aunque aún llevaba esa fragilidad en los bordes de sus palabras.

Negué con la cabeza, sintiendo cómo la preocupación se apoderaba de mí sin poder evitarlo.

—No me mientas—respondí, un poco más duro de lo que pretendía, pero la necesidad de entender lo que pasaba no me dejaba ser más suave. La vi morderse el labio inferior, como si estuviera evaluando si abrirse o seguir con la mentira. La conocía lo suficiente como para saber que estaba a punto de decirme algo que realmente no quería compartir.

—Es solo la música —dijo al final, su voz un susurro. Lo dijo como si fuera lo más sencillo del mundo, como si fuera una excusa que no necesitaría justificar. Pero yo sabía lo que significaba para ella. Alice siempre se entrega por completo a la música, pero también lo hace cuando algo la toca profundamente. Y esa noche, esa pieza que había compuesto, la había tocado demasiado fuerte. Yo lo sabía.

—Alice… —susurré, acercándome un paso más, sabiendo que no podía dejarlo pasar. La vi intentar mantenerse firme, pero sus ojos delataban lo que estaba sintiendo. Y, sin pensarlo, me acerqué y tomé su rostro entre mis manos. No me importó el espacio, no me importó lo que ella pensara en ese momento. Solo me preocupaba verla así.

Ella no dijo nada, solo cerró los ojos por un segundo antes de suspirar y dejar que sus hombros se relajaran.

Fue entonces cuando la besé.

Un beso breve, suave, pero lleno de todo lo que no habíamos dicho. No fue algo apasionado, ni siquiera un beso que me dejara sin aliento. Fue un beso lleno de protección. Algo en lo que Alice no parecía creer, pero algo que yo necesitaba compartir con ella. Algo que necesitaba hacer para que supiera que, a pesar de todo lo que no entendía sobre ella, yo estaba allí.

Cuando me separé, no fue por falta de ganas. Fue por necesidad. Porque sabía que, si me quedaba más tiempo, terminaría diciendo algo que no estaba listo para decir.

Alice se quedó en silencio, pero sus ojos, esos ojos que brillaban con la intensidad de lo que no quería compartir, se suavizaron. Ella no dijo nada más, no se apartó, pero por un instante, el peso de la situación parecía menos abrumador.

—No tienes que hacer eso, Nobuchika. No necesitas preocuparte tanto. —Su voz estaba más suave, pero no trató de apartarse. Alice estaba aceptando que no podía ocultar lo que había dentro de ella.

—No quiero verte así, Alice. No quiero que te quedes sola con esto. —Mi voz sonaba más firme de lo que había planeado, y cuando vi cómo se mordió el labio nuevamente, supe que no podía dejarla seguir guardando todo para sí misma.

Alice susurró algo, algo que no entendí de inmediato. Pero estaba claro que su propio miedo la había estado controlando, controlando todo lo que sentía.

—A veces es difícil lidiar con lo que se siente —El tono de su voz se quebró ligeramente, y por un segundo, pensé que se estaba abriendo más de lo que había imaginado. Pero Alice nunca fue de mostrar vulnerabilidad tan fácilmente. No podía decirle que estaba bien, que no debía preocuparse. Alice no era alguien a quien se le pudiera decir algo tan simple.

Ella necesitaba un espacio. Pero ese espacio, en este momento, no era el que yo podía darle.

Me acerqué nuevamente, con una mezcla de ternura y fuerza, y antes de que pudiera detenerme, volví a besarla. Esta vez, más suavemente, más lentamente. No quería apresurarme. Quería que Alice sintiera que podía dejar todo ir sin miedo, sin que yo fuera una amenaza.

Ella me correspondió, por un instante, con la misma suavidad. No había urgencia, solo el deseo de ser comprendidos.

Cuando nos separamos, el aire seguía denso entre nosotros. Alice se quedó en silencio, y yo sabía que no había palabras que pudiera decir en ese momento.

Finalmente, después de un rato, ella levantó la cabeza.

—Gracias—Su voz era baja, sincera.

—No tienes que darme las gracias por eso. —Le dije, la mano aún sobre su hombro, como si de alguna manera pudiera mantenerla segura. No porque pensara que podía arreglar todo, sino porque, en ese momento, era todo lo que podía hacer.

Ella se quedó allí, en silencio, y aunque no dijo nada más, su presencia a mi lado me dijo lo que no necesitaba escuchar.

Sabía que Alice seguía siendo compleja, que había más capas de las que podía comprender, pero lo único que importaba en ese momento era que, de alguna manera, me había permitido estar ahí para ella.

Cuando Alice se apartó lentamente, sonrió con esa calma que solo ella podía tener, la sonrisa de alguien que ya no está tan perdida.

—Supongo que eso fue lo que necesitaba.

No respondí de inmediato, pero cuando ella se giró para caminar, me quedé mirando la habitación de música, sabiendo que la pieza que había tocado esa tarde era solo el principio de lo que Alice aún tenía que explorar dentro de ella.

Y, por una vez, no me preocupaba. Porque Alice había encontrado una forma de sobrellevar todo esto, y yo estaba dispuesto a acompañarla en el proceso.

Alice

Sentada en el borde de mi cama, las palabras se me escapan y me quedan atrapadas en la garganta. No es fácil admitir lo que siento, pero, de alguna forma, ya lo sé. Mi corazón está dividido, y no puedo ignorarlo más. Lo que siento por Nobuchika, lo que siento por Shinya... son dos fuerzas poderosas que no se pueden deshacer, que no pueden coexistir en mi mente sin choques. Y, sin embargo, ahí están.

Nobuchika me hace sentir cosas que nunca imaginé que podría sentir por alguien. Es tan diferente a todo lo que he conocido antes, tan constante en su calma, en su equilibrio. Me atrapa con su manera de ser, con sus gestos suaves, con esa actitud de seguridad que ni siquiera se inmuta cuando el mundo alrededor de él parece desmoronarse. Cuando estoy con él, siento que soy simplemente yo. No hay máscaras, no hay expectativas. Me mira como si no hubiera nada de malo en mis imperfecciones, y eso me hace sentir… aceptada.

A veces, pienso que, si todo fuera tan simple, si solo pudiera elegir sin preocuparme por las complicaciones, él sería la elección correcta. Pero algo en mí sabe que no todo es tan sencillo. Y no puedo ignorarlo. Porque hay algo que siempre he llevado conmigo, algo que no puedo dejar atrás. Y ese algo tiene nombre: Shinya.

Mi amor por él no es fácil. Nunca lo fue. Cuando nos conocimos, no pensé que fuera a ser algo más que una admiración a la distancia. Pero nos conocimos de una forma cruda, de una forma que no dejaba lugar a máscaras. Nos entendimos desde el principio. Nos vimos por lo que realmente éramos, no por lo que el mundo pensaba que debíamos ser. Y eso nos unió de una manera tan profunda que no pude evitar enamorarme de él. Lo amo, con la misma intensidad con la que me pierdo en la tormenta que él genera cuando está cerca.

Y ahí radica el problema. Porque siento que amo a ambos. Como si mi corazón tuviera espacio para las dos versiones de amor, para los dos tipos de pasión que me dan la vida. No quiero perder lo que tengo con Nobuchika, no quiero dejar de sentirme aceptada, comprendida. Pero tampoco quiero dejar de amar a Shinya, aunque ese amor venga con sus sombras, con sus cicatrices.

Es tan sencillo como eso, pero también es tan complicado. No puedo elegir entre ellos. No hay una opción correcta. No hay un camino claro. Si pudiera compartir mi corazón de una manera más sencilla, si pudiera vivir en un mundo donde mi amor por ellos no tuviera que dividirse, entonces todo sería diferente. Pero la vida no es así, y lo sé. No puedo pedirles a ellos que sean una cosa o la otra. Ellos son quienes son, y yo... yo soy la que tiene que aprender a vivir con ello.

Me levanto de la cama y camino hacia la ventana. La ciudad afuera está tranquila, con luces tenues parpadeando en la distancia. Un reflejo de lo que siento dentro de mí. El caos que se mezcla con la calma, el amor que es a la vez apasionado y pacífico, el miedo a perder algo que nunca quiero dejar ir.

Sé que, en algún momento, tendré que decidir. Porque no puedo seguir así, viviendo entre dos mundos que no se cruzan. Pero por ahora, solo puedo seguir viviendo con esta incertidumbre, con este amor compartido, con la promesa de que, pase lo que pase, ellos siguen siendo una parte de mí. Y, aunque no tenga respuestas claras, sé que los amo. A ambos.

Comprar una guitarra eléctrica no debería ser tan complicado. Es solo un instrumento, solo madera, cuerdas y electrónica. Algo que debería poder adquirir sin mayor problema, entrar a una tienda, elegir un modelo, pagar y salir. Pero la mansión Carter no tiene guitarras eléctricas, y yo quiero una. No quiero seguir dependiendo de los instrumentos perfectamente seleccionados que hay en casa, diseñados para sonar de una manera impecable, sin personalidad, sin distorsión, sin el ruido hermoso y caótico del rock. Quiero algo que pueda hacer rugir.

Sé que Ginoza no me acompañaría de buena gana. Lo conozco demasiado bien para pensar siquiera en pedirle algo así. En cuanto le mencionara que quería una guitarra eléctrica, se preocuparía automáticamente por mi coeficiente criminal. No podría evitar analizar la situación desde la perspectiva del sistema, calcular si mi deseo de tener un instrumento así era un signo de inestabilidad o si podía desencadenar un comportamiento que consideraría riesgoso. Y aunque me gustaría verlo fruncir el ceño mientras intenta encontrar la forma de decirme que no sin parecer controlador, hoy no tengo ganas de discutir con él.

Así que mi única opción real es Kougami, porque esto es tan importante para mi que no quiero ir sola.

No estoy segura de cómo va a reaccionar, pero de los dos, él es el que menos piensa las cosas antes de hacerlas. No me diría que no por preocupación, no se pondría a analizar si esto podría representar un problema para mi estabilidad. Y más que eso, quizás esta sea una excusa para hablar con él.

Las cosas entre nosotros no están bien. No han estado bien desde hace mucho tiempo. No sé exactamente cuándo comenzó a sentir la necesidad de alejarse, pero lo hizo. Y aunque he intentado darle su espacio, aunque he respetado la distancia que decidió poner entre nosotros, lo extraño. No quiero forzarlo a acercarse antes de que esté listo, pero tampoco quiero que desaparezca de mi vida por completo.

Tal vez, si le pido que me acompañe, podamos hablar. Quizás pueda entenderlo mejor.

Tomo mi terminal y escribo el mensaje sin pensarlo demasiado, porque si lo pienso demasiado, probablemente me detenga.

"Shinya, necesito comprar una guitarra eléctrica. ¿Vienes conmigo?"

El mensaje queda enviado en segundos. No espero una respuesta inmediata, pero la recibo antes de lo que esperaba.

"¿Dónde?"

Sonrío. Porque esto significa que va a venir.

Porque esto significa que todavía hay algo entre nosotros que lo hace incapaz de rechazarme del todo. Le respondo con la ubicación de la tienda y me levanto del sofá, lista para irme. Porque esto no es solo una compra. Es una oportunidad.

Kougami
El mensaje de Alice llegó sin previo aviso, tan directo y sin rodeos como siempre.

"Shinya, necesito comprar una guitarra eléctrica. ¿Vienes conmigo?"

No hubo contexto, no hubo justificación, solo una orden disfrazada de pregunta. Y, como siempre, Alice esperaba que yo siguiera su juego sin cuestionarlo demasiado.

Me tomó unos segundos decidir si responder o no. No porque no quisiera verla, sino porque me sorprendía que fuera ella quien finalmente me buscara. Llevábamos varios días sin contacto, porque yo decidí alejarme. Pero ya no puedo seguir así.

Le respondí sin darle más vueltas. "¿Dónde?"

Su respuesta llegó de inmediato, con la dirección de una tienda en el centro de la ciudad. Por supuesto que era eso. Podría haber sido cualquier cosa, cualquier excusa, pero Alice quería algo y, como siempre, cuando Alice quiere algo, no hay nadie que la detenga.

Sabía exactamente por qué me había elegido a mí en lugar de Ginoza. Ginoza habría intentado detenerla. Habría argumentado que no tenía sentido, que no era necesario, que comprar algo así solo sería otro capricho más. Y, peor aún, habría pensado en su coeficiente criminal.

Yo no.

Alice confiaba en que no le diría que comprar una guitarra eléctrica era una mala idea. Porque no era una mala idea. Era solo Alice siendo Alice, persiguiendo lo que se le cruzaba por la cabeza con la misma intensidad con la que vive cada aspecto de su vida. Y aunque debería haber sido más sensato, aunque tal vez debería haber pensado en si esto era realmente lo mejor para ella, me gustaba ser su cómplice.

Había algo adictivo en eso.

Siempre había disfrutado esa sensación de estar del lado de sus fechorías, de ser el que la acompañaba cuando los demás intentaban detenerla, de ser el que no la juzgaba, el que la dejaba hacer lo que quería sin intentar moldearla. Porque Alice no está hecha para ser moldeada. Y si alguien intentaba hacerlo, lo único que conseguiría sería verla romperse a sí misma con tal de demostrar que no puede ser controlada.

Así que me puse mi chaqueta, tomé mi terminal y salí del aula sin pensarlo demasiado. No era solo una compra. Sabía que ella me había buscado por algo más. Y aunque no tenía idea de qué, no iba a rechazar la oportunidad de averiguarlo.

El aire fresco de la tarde se filtraba entre los edificios cuando salí de la academia. Alice ya estaba en la entrada, esperándome con esa energía vibrante que parecía irradiar sin esfuerzo. Desde la distancia, podía ver cómo se balanceaba sobre sus talones con impaciencia, como si el simple hecho de estar quieta fuera un castigo. En cuanto me vio, su rostro se iluminó con una sonrisa tan genuina que, por un momento, me olvidé de todo lo que había pasado en las últimas semanas.

—¡Shinya! —llamó, sin la menor intención de ocultar la cercanía que seguía existiendo entre nosotros.

No respondí enseguida. Solo la observé mientras me acercaba, notando la emoción en su expresión, la forma en que sus ojos brillaban con pura expectativa. No la había visto así desde hacía mucho tiempo. Desde la presentación en el teatro, desde que la vi romperse justo después de dar lo mejor de sí. Ahora, sin embargo, estaba llena de vida otra vez.

—¿Tan emocionada por una guitarra? —pregunté cuando llegué a su lado, metiendo las manos en los bolsillos.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo pensando en esto? —respondió ella, girándose hacia mí con una mirada acusadora—. ¡Desde antes de las vacaciones! Pero entre ensayos y, bueno… la vida, no tuve tiempo. ¡Pero hoy sí! Hoy es el día, Shinya.

Solté una breve risa nasal. No había forma de que me molestara verla así. Por mucho que Alice se esforzara en aparentar que todo le daba igual, había pocas cosas que realmente la hacían feliz de esta manera. Y después de todo lo que había pasado, de todo lo que había sentido, pero no dicho, me gustaba verla así.

El camino hasta la tienda de música no fue largo, pero Alice no se quedó callada ni un solo segundo. Me habló de cómo había estado investigando marcas, de las diferencias entre las guitarras, de cómo estaba segura de que compraría una Gibson o una Fender, pero no podía decidirse por el modelo exacto. Su emoción era contagiosa, y aunque yo no tenía una opinión real sobre guitarras, me encontré disfrutando de escucharla hablar sobre ello.

Cuando llegamos a la tienda, Alice se detuvo un momento en la entrada y miró el lugar con la misma fascinación de un niño entrando a una dulcería. El lugar era enorme, con secciones bien organizadas para cada tipo de instrumento, pero el área de guitarras eléctricas era particularmente impresionante. Filas y filas de guitarras colgaban en la pared, cada una con su propio carácter, su propia personalidad.

—Dios mío. —Alice soltó un susurro reverencial antes de entrar de lleno en la sección de guitarras, moviéndose entre los modelos con una mezcla de entusiasmo y parálisis.

Me apoyé contra uno de los estantes cercanos mientras la observaba moverse de un lado a otro, levantando una guitarra, inspeccionándola, luego volviendo a dejarla en su lugar. Sabía que esto iba a tomar tiempo. Alice no era de las que tomaban decisiones apresuradas cuando se trataba de algo que realmente le importaba.

—¿Morado? —pregunté en un momento, al notar que se detenía frente a una fila de guitarras de ese color.

Alice inclinó la cabeza, con los labios ligeramente fruncidos.

—Definitivamente es mi color favorito… pero no sé. No me convence.

—No pensaba que serías tan indecisa.

—Cállate, Shinya. Esto es importante.

Sonreí para mí mismo y la dejé seguir. Alice sopesó cada opción, tocó cada guitarra con la misma precisión con la que seleccionaba una partitura. Al final, después de debatir entre varios modelos, se decidió por una Gibson Les Paul negra con detalles dorados.

—Es elegante —comenté cuando la vi pasar los dedos por el cuerpo del instrumento con una expresión satisfecha.

—Es perfecta —corrigió Alice, con una sonrisa.

El siguiente paso fue elegir el amplificador y los accesorios. Alice, que podía perderse en una decisión por horas, esta vez se movió con más seguridad. Seleccionó un amplificador que se ajustaba a lo que necesitaba y, después de una breve conversación con el encargado de la tienda, eligió un dispositivo que le permitiría tocar con auriculares sin necesidad de conectar la guitarra a un amplificador.

Mientras ella seguía discutiendo los detalles con el vendedor, mi mirada vagó por la tienda y terminé en una sección de estampas para instrumentos. No tenía intención de comprar nada, pero algo en particular llamó mi atención. Una estampa de un yin-yang de gatos que brillaba en la oscuridad.

Por alguna razón, me recordó a Alice.

Era una tontería. Una compra impulsiva que no tenía sentido. Pero la compré de todas formas.

Alice pagó sus accesorios, mientras que la guitarra venía con una funda acolchada de calidad que podía colgarse en la espalda. Yo tomé el amplificador sin quejarme, y salimos de la tienda con nuestro botín.

El aire del otoño se sentía más fresco ahora que estábamos afuera. Alice, con la guitarra colgada a su espalda, caminaba con el mismo orgullo de alguien que acababa de conquistar una ciudad. No se molestó en ocultar lo feliz que estaba.

—Admite que esto fue una gran idea —dijo, mirándome de reojo mientras ajustaba la correa de la funda.

—No tenía razones para pensar lo contrario.

—Eso es lo más cercano a un cumplido que te voy a sacar, ¿verdad?

Sonreí levemente y seguimos caminando en silencio por un rato, disfrutando la tranquilidad de la ciudad en la noche. Era extraño estar con Alice así, sin discusiones, sin juegos mentales, sin provocaciones.

—Gracias por venir conmigo, Shinya —dijo de repente, su tono más suave.

La miré de reojo y vi la sinceridad en su rostro. No había burla, no había dobles sentidos.

—No tienes que agradecerme por eso.

Alice inclinó la cabeza y se aferró a mi brazo. No respondió, pero tampoco lo necesitaba.

Llegamos a la mansión Carter con el sonido de nuestros pasos resonando en el mármol de la entrada. El aire fresco de la tarde nos envolvía mientras caminábamos juntos, y Alice, que había estado tan animada desde que salió de la tienda, no podía ocultar su emoción. La guitarra estaba colgada sobre su espalda, y su actitud, generalmente relajada, ahora tenía un brillo palpable de anticipación. Cada vez que miraba la guitarra, sus ojos brillaban con algo más que simple excitación. Era una especie de obsesión, como si, al fin, hubiera conseguido algo que realmente le pertenecía. Algo que no solo se trataba de un objeto, sino de una parte de ella misma que había estado esperando sacar a la luz.

—Casi puedo oírla ya —dijo Alice, casi sin poder mantenerse quieta mientras caminábamos por el pasillo. La emoción en su voz era imposible de ignorar. No había duda de que la guitarra era lo más importante en su mente en ese momento, aunque sus manos temblaban ligeramente mientras mantenía la guitarra pegada a su espalda.

Al llegar a la sala, los drones ya habían comenzado a preparar el té. Un delicado aroma a té Earl Grey se esparcía por el aire, mezclado con la fragancia de los bollos recién horneados y las galletas que se servían junto al té. Alice se dejó caer en una de las sillas con una ligera sonrisa, pero su mirada seguía yendo de la guitarra a la mesa, de vuelta a la guitarra, como si la tentación de conectarla fuera más fuerte que la necesidad de disfrutar del momento.

—¿Sabes qué? —dijo Alice, mirando el té que ya estaba servido y tomando una galleta con impaciencia—. Tengo que conectar la guitarra. No puedo esperar más.

Intentó mantenerse tranquila, pero no lo logró. Se levantó de la silla y comenzó a caminar en círculos alrededor de la habitación, la guitarra aún en su espalda, hasta que no pudo resistirse más.

—Ari —la llamé con una sonrisa, sabiendo perfectamente lo que estaba pasando en su mente—. ¿No quieres tomar primero el té?

Ella giró hacia mí, su expresión una mezcla de frustración y ansiedad contenida. La excitación por conectar la guitarra le estaba ganando.

—Lo sé, lo sé —respondió con una risa nerviosa. Se acercó a la mesa y tomó una taza de té, pero su mirada seguía fija en el rincón de la sala donde había dejado la guitarra— Pero no puedo evitarlo. ¡Es mi guitarra nueva! Y tengo que tocarla. Necesito hacerlo.

La vi por un momento, dándose cuenta de que lo que decía no tenía mucho sentido, pero no pude evitar sonreír. Alice tenía esa manera de ser tan apasionada y directa que me hacía querer apoyarla en todo lo que hacía, incluso si eso significaba distraerme del té y el protocolo innecesario de una tarde tranquila.

—Entonces, ¿por qué no lo haces ya? —le dije. Alice me miró como si estuviera esperando una autorización.

Finalmente, no pude resistir la tentación de ver la situación con mis propios ojos. Alice, casi como una niña pequeña, se acercó al rincón donde había dejado la guitarra y comenzó a preparar todo para conectarla. Yo me quedé allí, observando cómo sus dedos comenzaban a trabajar con rapidez, como si todo lo demás desapareciera por un instante.

En medio de todo esto, saqué de mi bolsillo la pequeña caja que había estado guardando, el tesoro que había comprado en la tienda sin que ella se diera cuenta. Era algo tan pequeño, tan insignificante, pero lo había elegido con cuidado. Sabía que Alice apreciaría ese gesto, porque siempre había estado pendiente de los detalles que ella realmente valoraba.

Me levanté de la silla y me acerqué a Alice mientras conectaba los cables de la guitarra a su amplificador, con los ojos brillando de emoción, como si ya pudiera escuchar el sonido que se desprendería de sus cuerdas.

—Ari —dije en voz baja, pero ella no me escuchó de inmediato, completamente concentrada en lo que estaba haciendo. Cuando me escuchó, se giró hacia mí, levantando una ceja.

—¿Sí?

Le extendí la pequeña caja, con una sonrisa que no podía disimular.

—Aquí tienes. Algo para ti.

Alice frunció el ceño por un segundo, como si no estuviera segura de lo que le estaba entregando. Pero cuando vio el contenido de la caja, sus ojos se abrieron, sorprendida.

Una chispa de emoción cruzó su rostro.

—¿Lo compraste para mí? —preguntó, su tono incrédulo pero encantado.

—Sí. —Mi respuesta fue breve, pero había algo en la forma en que lo dije, como si ese pequeño gesto significara más que una simple compra. Era un símbolo de algo que había pasado entre nosotros, algo que aún seguía ahí, sin definirse del todo, pero tan claro como la luz que iluminaba ese pequeño objeto.

Alice dejó escapar una risa suave, casi tímida. Pero sus ojos brillaban, llenos de gratitud y algo más.

—Es perfecto, Shinya. Gracias.

No podía evitar sonrojarme un poco, pero me sentí satisfecho de verla sonreír de esa manera. No era algo que le hubiera dado a cualquier otra persona, pero a ella le pertenecía. Ella entendía esos pequeños gestos.

Alice tomó la estampa con cuidado, sonriendo mientras la sostenía en sus manos.

—Esto… lo voy a poner en mi guitarra. —Dijo con la voz llena de cariño, como si realmente lo estuviera considerando un detalle significativo. La forma en que lo miraba ahora era diferente. Había algo en sus ojos que me hizo pensar que, tal vez, todo esto no era solo una compra impulsiva para ella. Tal vez había más en ese pequeño regalo de lo que ella misma estaba dispuesta a admitir.

Alice se giró hacia el amplificador y probó la guitarra, tocando un acorde suave. El sonido que salió era perfecto, limpio, lleno de energía. Ella sonrió al instante, como si se sintiera en control, como si el universo se hubiera alineado para regalarle ese momento de paz y felicidad que tanto buscaba.

—¡Es increíble! —exclamó, girándose hacia mí con una expresión de pura satisfacción.

Me senté nuevamente en la silla y la observé, simplemente disfrutando el momento. Alice había encontrado una manera de ser feliz a su manera, de tocar lo que amaba, de tener algo que era solo suyo.

La observé en silencio mientras quitaba con cuidado el adhesivo de la estampa y la pegaba sobre el cuerpo de la guitarra, justo en un lugar donde sería perfectamente visible incluso cuando tocara. Alice era meticulosa con los detalles cuando algo realmente le importaba. La forma en la que alisaba la superficie con los dedos, asegurándose de que no quedaran burbujas, me decía que esta estampa no era solo un adorno para ella.

Me apoyé en el respaldo de la silla, con los brazos cruzados, observando cada uno de sus movimientos. Era curioso cómo algo tan simple podía atraparme de esa manera. No era la guitarra, no era la música, era Alice, y su forma de hacer que cada cosa, por más insignificante que pareciera, se volviera algo significativo.

—Cuando sea una estrella de rock —dijo de repente, sin apartar la vista de la estampa—, quiero que esto me recuerde a ti.

Mis ojos se entrecerraron levemente. No porque me sorprendiera lo que dijo, sino porque lo dijo con una facilidad que me tomó desprevenido.

—¿A mí? —pregunté, con un dejo de incredulidad.

Alice sonrió de lado y golpeó la guitarra suavemente con los nudillos.

—Sí. Quiero que cuando alguien vea esta guitarra, vea esto —señaló la estampa—y yo recordaré que fuiste parte de esto.

No tuve que preguntar qué significaba "esto." Porque lo sabía.

Porque yo también fui parte de su primera composición. El Opus No. 01 nació de algo que compartimos, de algo que todavía existe, aunque ninguno de los dos hablemos de ello.

Alice no se quedó esperando una respuesta, no necesitaba que le dijera nada. Simplemente se acomodó la guitarra sobre el regazo y, con una facilidad envidiable, comenzó a tocar.

El primer acorde resonó en la habitación con una potencia cruda. No era una melodía suave, no era algo calculado, era Alice en su estado más puro. Cada nota vibraba con esa intensidad suya, con esa necesidad de llenar los espacios con algo más que palabras. No estaba tocando para impresionar, estaba tocando porque lo sentía.

Me quedé mirándola mientras su cabello caía sobre su rostro, mientras sus dedos se movían con precisión sobre las cuerdas. La imagen era perfecta. Alice Carter con una guitarra eléctrica, completamente sumergida en su mundo, como si todo lo demás desapareciera cuando la música comenzaba.

Después de unos minutos, Alice levantó la mirada con una sonrisa satisfecha.

—¿Quieres aprender? —preguntó, con una ceja arqueada.

No respondí de inmediato. Porque no era solo la pregunta lo que me atrapó, sino la manera en que lo dijo. Como si fuera obvio, como si fuera natural que yo aceptara, como si en algún lugar de su mente ya hubiera decidido que esto no era solo su mundo, sino que podía invitarme a formar parte de él.

Alice extendió la guitarra hacia mí, expectante. Esperándome.

No era la primera vez que me encontraba con una de sus invitaciones implícitas. Y tampoco era la primera vez que sabía que no iba a rechazarla.

Así que asentí y tomé la guitarra, sintiendo su peso en mis manos mientras Alice se inclinaba hacia adelante con una sonrisa cómplice.

—Bien, Shinya. Veamos qué tan buen alumno eres.

La guitarra se sentía extraña en mis manos, más liviana de lo que había imaginado, pero al mismo tiempo incómoda. Nunca había sostenido una antes, nunca había pensado en aprender, pero aquí estaba, con Alice de pie frente a mí, mirándome con paciencia y diversión mientras intentaba colocar los dedos en las cuerdas con algo parecido a la torpeza.

Ella había desaparecido por un momento y regresó con una guitarra acústica en lugar de la eléctrica. Según sus propias palabras, era más fácil para un principiante aprender los acordes en una acústica antes de pasar a algo más complejo. No tenía razones para dudar de ella. Alice conoce estos instrumentos como si fueran parte de su propio cuerpo.

—Bien, Shinya, vamos a empezar con algo sencillo —dijo, inclinándose un poco hacia mí.

Estaba sentada en el suelo, justo frente al sofá donde yo estaba acomodado con la guitarra sobre el regazo. Sus manos, sin dudarlo, tomaron las mías y acomodaron mis dedos sobre el diapasón. Su contacto fue ligero, pero preciso. Alice sabía exactamente qué hacer y, más importante aún, cómo enseñarlo.

—Este es el acorde de do mayor —dijo, deslizando sus dedos sobre los míos para asegurarse de que estuvieran en el lugar correcto. Su tono era suave, casi didáctico, pero no tenía nada de condescendiente.

Presioné las cuerdas como ella indicaba y rasgué con la otra mano. El sonido que salió fue… desafinado. Alice parpadeó.

—Bueno, al menos sonó algo —dijo con una risa contenida.

Resoplé, reajustando los dedos en su lugar.

—¿Qué hice mal?

Alice inclinó la cabeza con una expresión que parecía genuinamente encantada de que yo estuviera preguntando en serio. Podría haberme burlado, podría haber convertido esto en un juego, pero no lo hizo.

—Estás presionando demasiado algunas cuerdas y dejando otras sueltas. Relaja un poco la mano.

Hice lo que dijo, y cuando volví a rasguear, el sonido fue mejor, aunque aún no perfecto. Intentamos con otros acordes básicos, algunos más fáciles que otros, y cada vez que me trababa, Alice corregía mi postura sin vacilar.

No era una mala maestra. Tal vez porque realmente le importaba que aprendiera, tal vez porque en este momento ella estaba disfrutando el proceso tanto como yo.

Después de unos minutos más, dejé escapar un suspiro leve y le devolví una mirada sincera.

—Gracias por tomarte el tiempo de enseñarme.

Alice me observó en silencio por un instante, sus ojos brillando con algo más allá de la satisfacción de un maestro con su alumno. Era la misma mirada que había visto antes. La misma que siempre hacía que mi estómago se encogiera, que mi respiración se volviera un poco más pesada, que me hiciera sentir como si estuviera al borde de algo de lo que no podía escapar.

Mi corazón latió más rápido. No pensé demasiado en lo que hice después.

Con delicadeza, dejé la guitarra a un costado del sofá y me puse de pie. Alice no se movió, pero sus ojos me siguieron, expectantes, pacientes.

No me detuve a cuestionarlo. No analicé si debía hacerlo o no. Tomé su rostro entre mis manos, sintiendo la calidez de su piel bajo mis dedos, y la besé.

Fue un beso cargado de dudas, de inseguridad, pero también de algo más profundo, algo que estaba en mi pecho desde hace mucho tiempo y que no podía seguir conteniendo.

Alice se apartó un poco, pero solo para quitarse la guitarra con calma, dejándola a un lado con una fluidez que hacía que pareciera un movimiento ensayado. Sus ojos no se apartaron de los míos ni por un segundo mientras lo hacía, como si hubiera algo inevitable en lo que iba a pasar después, como si ni siquiera hubiera necesidad de pensarlo. Y, sin dudarlo, sin la más mínima vacilación, me besó de vuelta.

El beso no tuvo la timidez del mío. No fue un beso contenido, no fue algo que pudiera llamarse una prueba, un tanteo. Alice nunca hace nada a medias. Su boca se movió contra la mía con la misma certeza con la que hace todo, con esa intensidad que siempre tiene, con la urgencia de alguien que no planea detenerse. Y yo… yo estaba al borde de hacerlo otra vez.

No era la primera vez que cruzábamos esta línea. No era la primera vez que Alice y yo nos encontrábamos en este punto exacto, donde todo dentro de mí me empujaba a seguir adelante y todo en mi cabeza me obligaba a detenerme. Ya la había besado así antes, ya la había tocado de todas las maneras posibles sin llegar al final, ya había sentido su piel desnuda bajo mis manos y su respiración agitada en mi oído. Ya habíamos estado aquí. Y, sin embargo, esta vez se sentía diferente.

Porque ahora sé lo que se siente detenerse en el último segundo. Y también sé cuánto me costó hacerlo.

Su cuerpo se presionó un poco más contra el mío y sentí cómo su boca se abría un poco más al encontrarse con la mía, buscando más, pidiendo más. Sus dedos se enredaron en mi camisa, apretándola con una necesidad que me hizo contener la respiración. Era demasiado fácil perderme en ella. Demasiado fácil recordar lo que se sentía tocarla sin barreras, sin restricciones. Y por un instante, sentí que mi cuerpo tomaba la decisión por mí. Que simplemente iba a rendirme.

Pero no lo hice. No todavía.

Me aparté con cuidado, apenas lo suficiente para que nuestras bocas se separaran, pero no lo suficiente para romper el contacto entre nosotros. Alice me miró con los ojos entrecerrados, su respiración aún agitada, y en su expresión había algo peligroso. No decepción, no sorpresa. Solo certeza. Como si supiera exactamente qué estaba pasando en mi cabeza.

—Shinya… —susurró, su voz baja, casi un ruego.

Cerré los ojos un instante, intentando recuperar el control, intentando recordar por qué estaba frenándome otra vez. Pero todo en mí quería lo contrario.

Tres años. Eso era lo que me separaba de ella. Tres años hasta la compatibilidad con Sibyl. Tres años hasta que esto pudiera ser algo más que un deseo contenido.

Podía hacer eso, podía esperar. Pero entonces, estaba Ginoza.

Abrí los ojos de nuevo, encontrándome con los de Alice. ¿Qué demonios significaba todo esto para ella? Porque yo podía engañarme con la idea de que esto era solo un deseo momentáneo, podía fingir que todo lo que había pasado antes entre nosotros no había cambiado nada, pero sabía que para Alice no era así. Alice nunca se ha contenido por nadie. Alice nunca se ha guardado lo que siente. Y si estaba aquí, si estaba haciéndome esto, era porque quería que esto fuera real.

Pero también estaba con Ginoza, y yo no tenía derecho a pedirle que me eligiera.

Alice inclinó la cabeza apenas, buscando mi boca otra vez, pero esta vez fui yo quien detuvo el beso antes de que se profundizara. Mi pulgar rozó su mandíbula mientras la miraba fijamente, todavía sosteniéndola entre mis manos.

—No puedo —murmuré, pero mi voz no tenía la firmeza que debería.

Alice no dijo nada al principio. Solo me miró. Y entonces, en lugar de retroceder, de alejarse como habría esperado, dejó caer la frente contra mi hombro y exhaló profundamente.

—¿Por qué? —preguntó, su voz amortiguada contra mi piel.

Cerré los ojos de nuevo y solté el aire lentamente.

—Porque si sigo, no voy a poder detenerme.

Alice no se movió. No trató de alejarse, no intentó forzarme a quedarme. Solo se quedó allí, apoyada contra mí, con su cuerpo aún demasiado cerca, con sus dedos todavía sosteniendo mi camisa como si no quisiera soltarme.

—¿Y si no quiero que te detengas? —susurró.

Mi garganta se tensó. Alice no me lo está haciendo fácil. Nunca lo ha hecho.

—No es solo por mí —respondí, aunque no estaba seguro de si me estaba convenciendo a mí mismo o a ella.

Alice dejó escapar una risa suave, pero no había burla en ella.

—Siempre te pones en el papel del que tiene que controlar todo.

No dije nada. Porque no podía discutirlo.

—Siempre piensas en lo que debería ser, en lo que sería mejor.

Ella levantó la cabeza, sus ojos clavados en los míos con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Pero nunca piensas en lo que quieres.

No pude responder. Porque lo que quiero es a ella, pero necesitaba irme. No porque Alice me lo estuviera pidiendo, sino porque si me quedaba un segundo más, iba a terminar diciendo o haciendo algo de lo que no estaba seguro de poder recuperarme.

Me aparté de ella con más brusquedad de la que pretendía, la tensión todavía latiendo en mis manos después de haber sentido su piel contra mis dedos. El beso aún estaba en mi boca, el calor de su cuerpo todavía impreso en mi memoria, y no podía permitirme eso.

Me di la vuelta, con la intención de salir antes de que la situación se volviera aún más insoportable, pero la voz de Alice me detuvo.

—No quiero que sigas evitándome.

Su tono no era una súplica. Era un hecho.

Apreté la mandíbula, sin girarme de inmediato. Lo había notado. Sabía que había estado tomando distancia, que había estado manteniéndome lejos de ella en los pasillos, en los recesos, en cada oportunidad donde antes habría sido inevitable cruzarnos. Lo hice a propósito.

No porque quisiera alejarme de ella, sino porque estar cerca de Alice me hacía perder el control.

Finalmente, respiré hondo y me giré para enfrentarla. Pero cuando la miré, me encontré con algo que no esperaba.

Dolor.

Alice no lloraba, no parecía siquiera al borde de hacerlo, pero en sus ojos había algo quebrado. Algo que nunca había visto en ella antes.

—Posiblemente besarnos así fue un error —dijo, su voz baja, medida, como si cada palabra le costara más de lo que estaba dispuesta a admitir—. En tu visión de las cosas, claro.

No respondí. No podía.

—Pero no puedes seguir así. —Dio un paso hacia mí, y cada fibra de mi cuerpo me gritó que retrocediera, pero no lo hice. No podía moverme.

—Alice…

—Te extraño.

Mi pecho se contrajo, como si esas dos palabras tuvieran un peso físico, como si la simple confesión fuera suficiente para derribar todo lo que había intentado construir en mi mente.

—Alice, no puedes…

—Ni se te ocurra desaparecer solo porque te dije lo que siento.

Cada músculo en mi cuerpo se tensó. Porque eso era exactamente lo que quería hacer.

—Esto no es tan simple.

—No, claro que no lo es —su voz se volvió más cortante, como si estuviera perdiendo la paciencia—. No lo es porque tú lo haces así. Porque en tu cabeza siempre tiene que haber un plan, una lógica, una maldita justificación para todo lo que sientes.

Mi mandíbula se apretó. Porque tenía razón.

—Si sigues pensando así, nunca vas a ser feliz, Shinya.

Exhalé bruscamente, pasándome una mano por el cabello, sintiendo cómo la frustración crecía dentro de mí.

—Alice, no entiendes…

—¡Por supuesto que entiendo! —espetó, con una intensidad que me golpeó como un disparo directo al pecho—. Entiendo que eres un idiota.

No me moví, no respondí. Porque Alice no había terminado. Y entonces, lo dijo.

—¡Te amo, Shinya!

La habitación entera pareció encogerse.

Cada palabra fue lanzada con una intensidad insoportable, como si la hubiera estado reteniendo durante meses, como si no pudiera seguir soportando el peso de lo que sentía.

Mi estómago se hundió, mi respiración se volvió más pesada. Porque si todo esto no significara nada para mí, no sería tan difícil.

Alice se quedó mirándome, esperando. Pero yo no podía decírselo, porque si lo hacía, no habría vuelta atrás.

Alice parpadeó, y por primera vez en mucho tiempo, vi desesperación en su expresión. Como si estuviera enfrentando la posibilidad real de que yo no le diera la respuesta que necesitaba.

Dio un paso hacia atrás. Luego otro. Y sin decir nada más, huyó.

No me quedé a detenerla. No fui tras ella.

Solo la vi desaparecer por el pasillo, y supe exactamente a dónde iba.

El pasillo hacia la sala de música se sentía interminable. Cada paso resonaba en la madera con una precisión que no podía ignorar, como si el eco de mis propios movimientos intentara recordarme lo que acababa de hacer. Lo que acababa de no hacer.

Alice había dicho que me amaba. Y yo no pude responderle.

No tenía claro por qué me dirigía hacia la sala de música. No iba a entrar. No iba a buscarla. No iba a darle la respuesta que ella esperaba. Pero mis pies me llevaron allí, como si algo en mí necesitara asegurarse de que todavía estaba aquí. De que no se había desvanecido en la desesperación de lo que acababa de pasar.

Me detuve frente a la puerta cerrada. Y entonces la escuché.

El piano comenzó a sonar con una fuerza que me golpeó en el pecho, como si cada nota estuviera cargada de la intensidad de todo lo que Alice no podía decir en voz alta. El Opus No. 01. Su composición. Nuestra composición. La pieza que había nacido de algo tan visceral y real como lo que existía entre nosotros. La pieza que era un testimonio de todo lo que habíamos compartido y todo lo que no podíamos ser.

Cada acorde era un grito sofocado, cada arpegio un reclamo sin palabras. Era la manera en la que Alice podía deshacerse de todo lo que estaba sintiendo sin tener que enfrentarlo directamente. Porque Alice Carter no llora. Alice no se permite romperse de una manera en la que alguien pueda verla.

Aun así, entre las notas del piano, entre las pausas dramáticas y la forma en la que el sonido llenaba la habitación con una intensidad aplastante, se escuchaban sus sollozos contenidos. No eran fuertes, no eran incontrolables, pero estaban allí. La música los cubría, pero no los borraba.

Me apoyé contra la pared junto a la puerta, cerrando los ojos por un momento. No podía entrar. No podía enfrentarla después de esto. No después de haberla dejado ahí, después de haberla forzado a derramar todo en el único lenguaje que nunca ha podido controlar.

¿Cómo carajos íbamos a seguir adelante después de esto?

Cada vez que escuchaba el Opus No. 01, podía sentir lo que significaba para Alice, lo que significaba para mí. Y ahora, escucharla tocarlo con esta desesperación, con este dolor, solo hacía que mi decisión de no haberle respondido me pesara aún más. Pero no podía ceder.

No cuando esto significaba que no había vuelta atrás. No cuando esperar la compatibilidad de Sibyl era la única forma en la que podía asegurarme de que esto fuera algo real y no solo el peso de nuestra historia llevándonos al desastre.

El Opus continuó, cada nota cayendo sobre mí como un golpe directo, cada pausa prolongada llena de algo que me quemaba la garganta. Alice seguía tocando como si fuera lo único que la mantenía en pie.

Me quedé ahí hasta que la última nota se desvaneció en el aire, hasta que el silencio se instaló detrás de la puerta.

Hasta que Alice dejó de tocar.

Y entonces, sin decir nada, sin que ella supiera que había estado aquí, me fui.

Alice

Kougami es un idiota.

Puedo escuchar sus pasos alejándose de la sala sin necesidad de haberlo visto irse. Sé que estuvo ahí, sé que escuchó todo, que no tuvo el valor de entrar y enfrentarme, pero tampoco pudo irse sin más. Porque él también está atrapado en esto. Porque lo que sentimos el uno por el otro no es algo que pueda simplemente desaparecer.

No me atreví a verlo a la cara de nuevo. No después de lo que pasó, no después de cómo me dejó allí, colapsando contra mis propias emociones mientras él tomaba la decisión de quedarse en silencio. No porque me avergonzara de lo que le dije, porque no lo hago. No hay ni una sola parte de mí que se arrepienta de haberle gritado que lo amo.

Pero sí odio la manera en que todo quedó suspendido en el aire.

Entiendo lo que le pasa. Lo entiendo más de lo que él mismo es capaz de admitir. Sé que tiene miedo, que está intentando hacer lo correcto, que no quiere dejarse llevar sin pensar en lo que esto podría significar en el futuro. Sé que es de los que creen que, si siente algo, tiene que asegurarse de que es real, de que es algo que puede sostenerse sin miedo a desmoronarse. Sé que Kougami Shinya no se permite actuar impulsivamente cuando se trata de algo que realmente le importa.

Pero eso no significa que me guste, porque lo que realmente me está diciendo con su silencio es que no está listo para admitir que me ama. Y yo no sé qué hacer con eso.

Me quedo en el banco del piano, con las manos aún sobre las teclas, sintiendo el peso de la última nota en mis dedos. Podría tocar otra vez, podría empezar desde el principio, podría seguir desahogándome en la única forma que sé que no me traiciona.

Pero lo único que hago es cerrar los ojos y respirar hondo.

No siento culpa. No creo que besar a Kougami haya sido una traición a Ginoza. No creo que lo que pasó entre nosotros signifique que le fui infiel de alguna manera, porque esto no es una cuestión de lealtades.

Ginoza me importa. Mucho. Me importa de una manera en la que nunca imaginé que llegaría a preocuparme por alguien, en la que nunca pensé que me permitiría involucrarme. Me siento segura con él, siento que puedo descansar cuando estoy a su lado, que no tengo que estar siempre lista para una batalla. Me gusta cómo me mira cuando cree que no lo noto, cómo suelta pequeñas correcciones cuando hago algo que le parece absurdo, cómo su mano se queda en la mía un poco más de lo necesario. Se que lo amo, no tengo dudas de eso.

Pero lo que tengo con Kougami es otra cosa.

Algo que nunca ha tenido que ver con decisiones conscientes o con analizar las cosas hasta que tengan sentido. Es visceral. Algo que se siente como un instinto, como una atracción inevitable, como si estuviéramos destinados a terminar en el mismo lugar una y otra vez sin importar cuánto intentemos alejarnos.

No puedo decirle eso a Ginoza, no porque crea que le estoy ocultando algo, sino porque no tengo palabras para explicárselo.

No sé cómo hacerle entender que amar a Kougami no significa que lo ame menos a él.

Así que hago lo único que puedo hacer en este momento.

Me levanto del banco, cierro la tapa del piano y me dirijo a mi habitación sin mirar atrás. Porque Kougami ya tomó su decisión. Y ahora, me toca a mí tomar la mía.

Ginoza

El idiota de Kougami nunca volvió a sentarse con nosotros en los recesos. No esperaba que lo hiciera de inmediato, pero tampoco pensé que iba a evitar a Alice de una manera tan evidente.

Me di cuenta desde el primer día, cuando Alice y yo nos sentamos en la misma mesa de siempre y él, después de vernos, tomó su bandeja y se fue a otra parte sin siquiera dudarlo. Al principio pensé que era una coincidencia, que tal vez solo tenía otros planes o que simplemente no quería sentarse con nosotros en ese momento. Pero pasó al día siguiente, y al siguiente. Y entonces supe que esto no era accidental.

No me molesta que Kougami y yo tengamos momentos separados, nunca hemos sido del tipo de amigos que necesitan estar pegados todo el tiempo. Pero lo que me molesta es la forma en que está evitando activamente a Alice.

Porque si bien sigue hablándome a mí, si bien nuestras conversaciones no han cambiado demasiado, con Alice es otra historia.

Si la ve en el pasillo, se desvía. Si estamos juntos cuando él llega a la biblioteca, encuentra alguna excusa para irse. Si Alice dice algo en un grupo donde estamos los tres, él se queda en silencio.

Y Alice, por primera vez desde que la conozco, no lo busca.

Eso es lo que me hace darme cuenta de que esto no es solo algo unilateral. Porque Alice no deja que las cosas se queden en el aire. No deja que alguien la ignore sin exigir respuestas, sin enfrentarlo, sin hacerle saber que está siendo un imbécil. Pero en este caso, Alice no dice nada.

Y eso significa que sabe exactamente por qué Kougami la está evitando.

Lo intenté, intenté averiguar qué pasó. No directamente, porque sé que ninguno de los dos me diría la verdad si lo preguntara de frente, pero he intentado sacarle información a Alice de manera sutil, tanteando el terreno.

—Kougami está actuando raro.

Ese fue mi primer intento, en un almuerzo donde estábamos solos. Alice apenas levantó la vista de su comida y se encogió de hombros.

—Siempre ha sido raro.

—No contigo.

Alice no respondió de inmediato. Me miró de reojo, como si estuviera evaluando cuánto quería decirme.

—Tal vez está ocupado —dijo finalmente, como si ni siquiera se creyera su propia excusa.

Desde entonces, lo dejé pasar, pero observé.

Y Alice… Alice está más apagada. No es algo drástico. No es algo que cualquier otra persona notaría, pero yo sí.

Alice sigue riendo, sigue hablando, sigue lanzándome provocaciones con la misma facilidad de siempre, pero hay algo en ella que no brilla tanto como antes.

Y eso me molesta.

Porque me gusta tenerla solo para mí. Me gusta que Kougami ya no sea parte de la ecuación. Pero lo que no me gusta es verla así.

Alice no es ella misma cuando está reteniendo algo. Y si Kougami la está afectando de esta manera, significa que hay algo que no sé. Y odio no saberlo.

Odio que, aunque lo he intentado, Alice no me lo diga.

Y lo que más odio es que siento que, si sigo presionando, tal vez no me guste la respuesta.

Kougami

Sabía lo que Alice me había pedido. Me lo dijo con toda la claridad del mundo, sin rodeos, sin adornos innecesarios. Me miró a los ojos y me dijo que no desapareciera. Que no me alejara de ella solo porque me había dicho lo que sentía. Y, aun así, lo hice.

No porque quisiera. No porque pensara que era lo correcto. Lo hice porque no sabía qué más hacer.

Desde esa noche en la mansión Carter, desde que escapé de sus labios sin poder corresponderle, desde que la escuché tocar el Opus No. 01 entre sollozos ahogados, algo en mí se quebró. Me alejé porque no podía enfrentarla, porque verla significaba recordar todo lo que habíamos compartido, todo lo que había sentido su cuerpo contra el mío, todo lo que había estado a punto de pasar.

Me dije que era lo mejor. Que Alice tenía a Ginoza, que lo estaba eligiendo, que yo no tenía derecho a interferir. Que esperar la compatibilidad con Sibyl era la decisión correcta, que, si me mantenía lejos, las cosas se acomodarían solas.

Pero Alice nunca es alguien a quien puedas ignorar.

Podía sentir su ausencia a cada momento, en cada receso en el que ya no me sentaba con ellos, en cada conversación que ahora solo tenía con Ginoza, en cada vez que la veía de lejos y notaba que también me estaba evitando.

Hasta que no pude soportarlo más. No planeé buscarla. Simplemente sucedió.

Ese día, la encontré en el aula de música, sola. La puerta estaba entreabierta, y el sonido del piano llegaba hasta el pasillo con una suavidad casi hipnótica. No era el Opus No. 01 esta vez, sino algo más ligero, más suelto, como si estuviera tocando sin pensar demasiado en lo que hacía.

Me quedé un momento afuera, observándola. El aula estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue de la tarde filtrándose por las ventanas. Alice estaba sentada en el banco del piano, con la cabeza ligeramente inclinada mientras sus dedos se deslizaban sobre las teclas. No parecía notar mi presencia.

Respiré hondo, intentando encontrar las palabras correctas, pero no había una forma correcta de hacer esto. No había una manera de entrar en esa sala sin que lo que hice durante los últimos días pesara entre nosotros.

Así que empujé la puerta y entré.

Alice no se sobresaltó. Sabía que estaba ahí antes de que hiciera ruido, porque Alice siempre sabe.

Sus dedos siguieron tocando por unos segundos más antes de detenerse lentamente. No giró de inmediato, pero su postura cambió.

—Te tomó tiempo —dijo, su voz calmada, sin rastro de sorpresa.

Tragué saliva y cerré la puerta detrás de mí.

—Lo sé.

Finalmente, se giró hacia mí. Sus ojos miel me atraparon con la misma facilidad con la que siempre lo hacen, pero esta vez no había juego en ellos. No había burla, no había provocación.

Alice no apartó la mirada cuando me acerqué. Se quedó ahí, sentada en el banco del piano, con la espalda recta y los dedos todavía apoyados sobre las teclas, como si estuviera esperando que yo hablara primero. No tenía esa expresión desafiante que a veces usaba para provocarme, pero tampoco parecía frágil. No iba a hacer esto fácil para mí.

Me detuve a un par de pasos de ella, metiendo las manos en los bolsillos. No tenía idea de qué decir. No porque no lo hubiera pensado, sino porque ninguna de las explicaciones que había ensayado en mi cabeza sonaba suficiente.

Alice inclinó la cabeza levemente.

—¿Entonces?

Su voz no tenía enojo, pero sí algo parecido a la resignación. Como si ya hubiera esperado esto de mí.

Suspiré y pasé una mano por mi nuca, sintiéndome ridículamente torpe. No era alguien que dudara en decir lo que pensaba, pero esto no era algo que pudiera reducirse a palabras simples.

—No quería alejarme.

Alice entrecerró los ojos, y por un instante, pareció decidir si valía la pena discutir. Pero Alice no es de las que se conforman con respuestas a medias.

—Pero lo hiciste.

Asentí. No podía negarlo.

El silencio entre nosotros se hizo más pesado, pero Alice no apartó la vista. Podía sentir cómo me examinaba, cómo intentaba entender qué demonios pasaba por mi cabeza.

—Lo que pasó en la mansión… —comencé, pero ella me interrumpió de inmediato.

—No quiero hablar de eso.

No lo dijo con dureza. Solo con la certeza de alguien que ya había tenido esta conversación en su cabeza demasiadas veces y no quería revivirla en voz alta.

—Alice…

—No. —Su tono se mantuvo firme, pero su mirada se suavizó—. No voy a sentarme aquí y repetir lo que ya sabes. No voy a hacer que digas algo que no quieres decir.

Apreté la mandíbula. No porque estuviera enojado con ella, sino porque me enojaba conmigo mismo.

Alice exhaló y desvió la mirada por un momento, bajando la vista a las teclas del piano. Su cuerpo, siempre tan lleno de energía, se veía diferente ahora. Como si llevara demasiado tiempo sosteniéndose en un solo lugar y estuviera cansada.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? —preguntó en voz baja, casi como si no esperara una respuesta.

Negué con la cabeza.

—Que en algún punto empecé a esperarlo.

Mi pecho se contrajo ante sus palabras.

—¿Esperar qué?

—Que me dejaras atrás.

La forma en que lo dijo, con una calma aterradora, hizo que mi respiración se volviera más pesada. Alice nunca se ha permitido depender de nadie, pero ella esperaba que no me aleje después de que me mostro su vulnerabilidad.

Y yo lo hice.

No quise hacerlo. Pero lo hice.

El aire entre nosotros se sintió más denso, más cargado de algo que no estaba seguro de poder manejar. Porque Alice nunca me había dicho algo que me golpeara tanto como eso.

Me acerqué un poco más, apoyándome contra el piano, sin desviar la mirada.

—No quiero dejarte atrás.

Alice dejó escapar una risa breve, pero no había diversión en ella.

—Entonces no lo hagas.

Tan simple. Tan directo. Como si fuera tan fácil.

Pero, ¿no lo era?

Podía quedarme. Podía dejar de huir.

No teníamos que resolverlo todo hoy. No teníamos que definir qué significaba todo esto.

Pero sí podía hacer algo.

—No quiero que esto se sienta como una despedida todo el tiempo —dije finalmente, con más sinceridad de la que esperaba.

Alice alzó la vista de nuevo y me miró directamente.

—Entonces dime cómo seguimos adelante.

No supe responder de inmediato, pero sabía que no quería perderla.

No quería que Alice sintiera que esperaba que ella desapareciera. Porque no era así.

Extendí la mano hacia ella y la tomé entre las mías, sintiendo su calidez, su presencia firme.

—Volvamos a cómo eran las cosas antes.

Alice apretó los labios.

—No podemos volver a cómo eran las cosas antes, Shinya.

Sabía que tenía razón.

Pero también sabía que podíamos encontrar un punto intermedio.

—Entonces sigamos adelante.

Alice entrecerró los ojos, como si estuviera evaluando mis palabras. Y, por primera vez en días, sentí que realmente me veía.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que exhalara lentamente y asintiera.

—Está bien.

No fue una promesa, ni una garantía de que todo volvería a la normalidad.

Pero fue suficiente.