Ginoza
Ponerle nombre a esto se estaba volviendo una necesidad que no podía seguir ignorando. No porque Alice lo pidiera, no porque hubiera alguna urgencia real en definirlo, sino porque yo mismo necesitaba saber qué éramos.
No soy alguien que se mueva en lo incierto. Siempre he necesitado estructura, claridad, saber dónde estoy parado. Pero con Alice… con Alice todo siempre ha sido diferente. Desde el primer momento, desde el primer roce de su piel contra la mía, desde la primera vez que me miró con esa mezcla de desafío y ternura que solo ella puede manejar, me ha obligado a cuestionarme todo.
No es que tenga dudas sobre lo que siento. Sé que la quiero. Sé que me importa de una manera que va mucho más allá de lo racional, de lo lógico, de lo que alguna vez pensé que permitiría. Alice es una constante en mi vida, un punto fijo en el caos, incluso cuando ella misma es el caos.
Pero no hemos hablado de ello. No hemos dicho en voz alta lo que cualquiera con ojos puede ver. No porque no lo sepamos, sino porque Alice espera que yo lo diga primero. Porque ella, con toda su confianza, con toda su seguridad, todavía quiere que sea yo quien lo ponga en palabras.
Y yo… yo quiero hacerlo.
Pero algo me detiene.
Tal vez porque sé que, una vez que lo diga, ya no habrá vuelta atrás.
Alice no es alguien que se deje encerrar en etiquetas sin que ella lo decida primero. No es alguien que acepte límites sin luchar contra ellos. Pero también sé que no se ha alejado, que sigue buscándome, que su cercanía no es solo física. Que cuando me mira, lo hace con la certeza de que está esperando que yo dé el siguiente paso.
Y quiero hacerlo. Dios, quiero hacerlo.
Porque Alice no es solo alguien con quien paso el tiempo, alguien con quien comparto momentos. Alice es la persona a la que busco cuando estoy agotado. Es la persona que logra sacarme de mi cabeza cuando estoy demasiado atrapado en mis propios pensamientos. Es la persona que quiero junto a mí cuando el mundo se vuelve demasiado pesado.
Y no quiero perderla.
No quiero que esto sea solo algo sin nombre, algo que existe sin definición. Porque Alice se merece más que eso.
Intenté decírselo. Durante días, busqué el momento perfecto, el instante en el que las palabras salieran con la naturalidad que Alice merecía, con la firmeza con la que tomo todas mis decisiones. Pero cada vez que abría la boca, algo me detenía.
No porque tuviera dudas. Sé lo que siento por ella. Sé que Alice Carter no es solo alguien con quien paso el tiempo, no es solo una compañera, ni una amiga, ni una presencia ocasional en mi vida. Es más que eso. Es la persona que logra sacarme de mi propio control, que me obliga a dejar de pensar y simplemente sentir, aunque eso me aterre.
Pero ponerlo en palabras… eso es otra historia.
Quería decírselo con la certeza con la que abordo todo en mi vida. Quería que cuando las palabras salieran de mi boca, no quedara la menor duda de que lo decía en serio, de que no había vacilaciones. Pero cada vez que intentaba hacerlo, el peso de lo que significaba me aplastaba.
Porque si lo decía, ya no habría vuelta atrás.
No podía tratarlo como algo sin importancia. No podía simplemente lanzarlo al aire y esperar que Alice lo tomara con la misma facilidad con la que maneja todo lo demás. Porque Alice es intensa, porque Alice no hace nada a medias. Si la llamo mía, si le doy lo que está esperando, entonces no habrá forma de retroceder.
Y aunque quiero eso, aunque sé que quiero que sea real, también sé que esto es más grande de lo que puedo manejar por mí mismo.
Tal vez por eso terminé en una sesión de cuidado mental.
No porque me obligaran, no porque alguien hubiera notado que algo estaba mal. Sino porque yo mismo sentí que, si no hablaba de esto en algún lugar, iba a seguir cargándolo hasta que se volviera insoportable.
Fue casi patético la forma en la que me escuché a mí mismo cuando lo dije en voz alta.
"Me cuesta decirle a alguien que me importa lo que siento."
No mencioné su nombre, no di detalles, pero el especialista no necesitó más que eso para verme como si estuviera describiendo algo que ya había escuchado antes.
"¿Y qué es lo que te impide decirlo?"
No supe responder.
Porque no era miedo. No era indecisión.
Era la certeza de que, cuando lo hiciera, Alice me tomaría en serio.
Y si Alice me toma en serio, entonces no hay más juegos, no hay más ambigüedad, no hay más tiempo para huir.
Solo queda el hecho de que, a partir de ese momento, seré completamente suyo.
Y aunque sé que lo quiero, aunque lo he sabido desde hace más tiempo del que estoy dispuesto a admitir… decirlo sigue siendo lo más difícil que he tenido que hacer.
os días pasaron y cada vez que intenté decírselo, algo dentro de mí se detuvo. No porque tuviera dudas, porque no las tenía. No porque creyera que Alice no estaba esperando que lo dijera, porque lo estaba.
Era porque una pequeña parte de mí, la parte que aún se aferraba a la lógica como un escudo, sabía que Alice también podía decirme que no.
La idea era absurda. Alice no me ha rechazado en todo este tiempo. No se ha alejado, no ha cambiado la forma en la que me mira, no ha dejado de buscarme cuando cree que no estoy prestando atención. Pero Alice nunca se ata a algo que no quiere. Si le digo lo que siento, tendrá el poder de decidir. Y aunque me gustaría pensar que ya sé la respuesta, no puedo estar seguro.
Intenté encontrar el momento perfecto. Un instante donde las palabras salieran de forma natural, donde no se sintiera como una declaración forzada, sino como algo inevitable. Pero Alice siempre encuentra la manera de desarmarme antes de que pueda hacerlo.
La primera vez que estuve cerca de decírselo, estábamos en la sala de música. Ella estaba revisando unas partituras, absorta en sus pensamientos, y yo solo la observé en silencio por un momento. Quería decirlo ahí mismo, sin pensarlo demasiado.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, Alice levantó la vista y sonrió.
—¿En qué piensas, Nobuchika?
Y lo que fuera que iba a decir, murió en mi garganta.
Porque ¿y si no quería escucharlo?
¿Y si Alice, con su libertad, con su necesidad de no ser contenida, no quería que le pusiera un nombre a lo que éramos?
La segunda vez fue en uno de nuestros recesos. Estábamos sentados juntos, hablando de cualquier cosa, y por un momento, todo se sintió increíblemente fácil. Alice reía, se apoyaba en mi hombro sin pensarlo, jugaba con los bordes de su uniforme como si todo lo que le rodeara fuera insignificante.
Y yo pensé: este es el momento.
Pero cuando giró la cabeza y sus ojos miel se encontraron con los míos, sentí que podía perderla en un instante.
Porque si le decía lo que sentía, ella también podía decir que no.
Y no sé si estaba listo para eso.
Alice huele a manzana y frambuesa. Es un detalle que, aunque intento ignorar, se ha incrustado en mi memoria de manera irreversible. Es algo sutil, pero constante, como ella. Algo que aparece cuando menos lo espero y me distrae en los momentos más inoportunos.
Y ahora, justo ahora, cuando intento tener una conversación seria, cuando intento definir lo que sea que tenemos, ese aroma está allí, envolviéndome, nublando mi juicio, haciéndome recordar que nada con Alice es nunca sencillo.
—Ari —digo finalmente, con toda la paciencia que puedo reunir.
Ella está frente a mí, con una taza de café en las manos, mirándome con una curiosidad despreocupada.
—¿Sí, Nobuchika? —responde, arrastrando mi nombre con un tono que me hace sospechar que ya sabe hacia dónde va esto y está decidiendo cuán insoportable quiere ser al respecto.
—Esto —señalo entre nosotros dos, haciendo un gesto vago con la mano—. Deberíamos ponerle un nombre.
Alice parpadea una vez. Luego otra. Y entonces, como si la conversación hubiera tomado un giro inesperado hacia el entretenimiento puro, su sonrisa se ensancha con una chispa de travesura.
—Oh, Dios mío —dice, apoyando la taza en la mesa y llevándose una mano al pecho con dramatismo exagerado—. ¿Nobuchika Ginoza está a punto de hacerme una propuesta romántica?
Exhalo lentamente, sintiendo la paciencia desvanecerse de mi sistema.
—No es una propuesta —aclaro con firmeza—. Es lógica. Estamos juntos. Pasamos la mayoría de nuestro tiempo libre juntos. Esto es… bueno, lo que la gente llamaría una relación.
Alice apoya un codo en la mesa, su barbilla descansando en la palma de su mano mientras me observa con una sonrisa que ya sé que no significa nada bueno para mi estabilidad emocional.
—Entonces, lo que me estás diciendo es que esto, lo nuestro, es… —se toma un segundo para dramatizar la respuesta, con una expresión pensativa—. ¿Un contrato de exclusividad? ¿Una alianza estratégica? ¿Tal vez una fusión entre la familia Carter y la familia Ginoza?
Cierro los ojos y cuento mentalmente hasta diez.
—Ari.
—Nobu.
Respiro hondo. Muy hondo.
—No necesito que esto sea un evento —digo, tratando de sonar razonable—. Solo quiero claridad. Quiero saber que no estamos… improvisando.
Alice inclina la cabeza, fingiendo pensarlo.
—Hm. Déjame ver si entiendo —dice, moviendo los dedos como si hiciera cálculos invisibles—. Hemos dormido juntos. Pasamos tiempo juntos. Me llamas Ari y yo te llamo Nobuchika. Me das café todas las mañanas sin que lo pida. Me miras con tu cara de 'esto es irritante pero no quiero que pare'. ¿Pero cómo no hemos firmado un acta oficial, crees que seguimos improvisando?
Le doy una mirada seca.
—Sí.
Alice se echa a reír, una carcajada ligera y melódica, como si esto fuera lo más divertido que ha escuchado en semanas. Lo dejo ser, esperando que termine su pequeña celebración antes de que me canse y me levante de la mesa.
Cuando su risa se apaga, me mira con algo más suave en los ojos.
—Nobu —dice, y aunque sigue sonriendo, su voz es un poco más seria ahora—. Si querías que fuera tu novia, solo tenías que decirlo.
Cruzo los brazos.
—Quiero que seas mi novia.
Alice parpadea. Parece sorprendida por mi falta de dramatismo. O tal vez por el hecho de que realmente lo dije.
—Bueno, eso sí fue directo —dice, y su sonrisa se convierte en algo más genuino—. Me gusta.
—¿Eso es un sí?
Alice apoya la barbilla en su mano otra vez, observándome como si todavía estuviera considerando la oferta.
—¿Voy a tener beneficios por ser tu novia? ¿Seguro dental? ¿Plan de retiro?
—Voy a dejar de intentar, Ari.
Ella suelta otra risita y, antes de que pueda replicar, se inclina hacia adelante, apoyando su frente contra la mía, con la suficiente cercanía como para que su perfume sea lo único que puedo oler.
—Sí, Nobuchika —susurra, con una sonrisa que me hace olvidar por qué alguna vez me pareció difícil tener esta conversación—. Seré tu novia.
Y aunque su tono sigue teniendo ese toque burlón que la hace Alice, cuando me besa, no hay ninguna broma en ello.
Es un trato cerrado… O eso pensé.
Porque entonces Alice se separa ligeramente, entrecerrando los ojos como si acabara de recordar algo muy importante.
—Oh. Pero si vamos a hacer esto oficial, hay algo que tenemos que discutir.
Miro su expresión y sé que lo que sea que esté por decirme no me va a gustar.
—Dime.
Alice sonríe de una manera que me pone en alerta inmediata.
—Exactamente, Nobuchika. Dime.
Parpadeo, confundido por un segundo. Luego lo entiendo.
—… ¿Qué?
Alice se reclina en su silla con aire satisfecho.
—Necesitamos establecer los derechos parentales de Dime.
Me tomo un momento para procesar si esto es una broma o si realmente ha dicho esas palabras en voz alta.
—¿Estás hablando en serio?
—Totalmente —dice, con una seriedad impresionante—. Si vamos a estar en una relación, Dime es parte del paquete. Necesitamos discutir términos de custodia, visitas y derechos sobre él en caso de separación.
Me paso una mano por la cara, sintiendo un leve dolor de cabeza formarse.
—Ari.
—Nobu.
—Dime es mi perro.
—Dime es mi futuro hijo perruno por extensión —corrige con firmeza—. Y dado que estás estudiando leyes, deberías saber que en muchas jurisdicciones las disputas sobre la custodia de las mascotas pueden ser igual de complejas que las de los niños.
—Eso no es… —cierro los ojos y respiro hondo—. ¿Estás sugiriendo un acuerdo legal para la custodia de Dime?
—Eso depende —Alice entrelaza los dedos, como si realmente estuviera negociando—. ¿Voy a ser oficialmente su madre?
No sé si quiero reír o frustrarme.
—¿Sabes qué? —me reclino en mi silla, cruzando los brazos—. Hagamos esto.
Alice parpadea, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. Te haré un contrato de custodia compartida —digo con el tono más profesional posible—. Redactado y todo.
Alice me mira por un segundo y luego estalla en una carcajada tan fuerte que la gente en la cafetería empieza a mirarnos.
—Dios, Nobu, te amo —dice entre risas, y aunque lo dice en broma, aunque es parte del juego, siento una calidez inesperada en mi pecho.
Alice Carter nunca habla en vano. Cuando dice algo, es porque tiene la firme intención de hacerlo realidad, y eso es exactamente lo que me está demostrando ahora mismo mientras nos sentamos en la mesa de mi habitación, con mi terminal abierta y un documento legal en proceso.
—Déjame ver si entiendo —digo, masajeando mi sien, sintiendo el peso de la situación caer sobre mí—. Quieres un contrato oficial de custodia compartida de Dime.
Alice asiente con una sonrisa triunfal, apoyando los codos sobre la mesa mientras me observa trabajar.
—Por supuesto, Nobuchika. No puedo ser la novia de alguien y no tener derechos sobre nuestro hijo perruno.
Cierro los ojos por un momento, inhalando lentamente.
—Dime no es nuestro hijo.
—Dime es nuestro hijo —corrige con firmeza—. Y si no lo fuera, no estarías escribiendo este documento.
Exhalo lentamente y me giro hacia la pantalla, decidiendo que cuanto antes termine esto, antes podré fingir que esta conversación nunca ocurrió. Mis dedos comienzan a moverse con precisión sobre la terminal, escribiendo lo que, irónicamente, es el contrato más absurdo, pero meticulosamente detallado que he redactado en mi vida.
ACUERDO DE CUSTODIA COMPARTIDA SOBRE DIME, EL HUSKY SIBERIANO
Entre:
Ginoza Nobuchika, en adelante referido como "Propietario A", dueño original y legítimo del sujeto en cuestión, y
Alice Carter, en adelante referida como "Propietaria B", quien ha manifestado de manera insistente y con un nivel preocupante de compromiso su deseo de obtener derechos sobre el mismo.
Considerando que:
Dime, un husky siberiano con una evidente preferencia por desobedecer órdenes directas, ha sido identificado como el epicentro de la presente disputa de custodia.
Propietaria B, a pesar de no haber participado en ninguna etapa del proceso de adquisición, entrenamiento ni mantenimiento del mencionado can, ha alegado que su vínculo emocional con el mismo la convierte en co responsable de su bienestar.
Propietario A, como actual tutor legal del sujeto en cuestión, ha decidido redactar el presente documento con el objetivo de evitar futuras discusiones innecesarias sobre los derechos de acceso y responsabilidad sobre Dime.
CLÁUSULAS DEL ACUERDO
Artículo 1: Custodia y Residencia
Dime residirá bajo la tutela de Propietario A, quien garantizará su alimentación, ejercicio y bienestar general.
Propietaria B tendrá derecho a visitas programadas y no programadas, con la única condición de que dichas visitas no interfieran con la disciplina y entrenamiento del susodicho.
Se prohíbe terminantemente alimentar a Dime con cualquier tipo de dulce o postre humano sin previa autorización, aunque esto no impedirá que Propietaria B lo intente de todas formas.
Artículo 2: Responsabilidades de las Partes
Propietario A se compromete a mantener a Dime en óptimas condiciones físicas y psicológicas, asegurando que continúe su régimen de entrenamiento y que no termine como un "perro malcriado sin propósito en la vida".
Propietaria B se compromete a brindarle un suministro inagotable de afecto, caricias y "momentos de calidad" que, según sus propias palabras, son igual de importantes que el entrenamiento.
En caso de conflicto entre la disciplina impuesta por Propietario A y los mimos excesivos otorgados por Propietaria B, Dime tendrá la última palabra a través de su comportamiento observable.
Artículo 3: Tiempos de Convivencia
Propietaria B podrá solicitar "Días de Convivencia" con Dime, en los cuales podrá pasearlo, jugar con él y reforzar su inevitable favoritismo hacia ella.
Propietario A se reserva el derecho de revocar estos días en caso de que Propietaria B no respete las normas de crianza establecidas, lo cual es altamente probable.
Artículo 4: Derechos Exclusivos de Propietaria B
Propietaria B tendrá derecho a referirse a Dime como su "hijo perruno", aunque esto no tendrá reconocimiento oficial en ningún registro legal o veterinario.
Propietario A se abstendrá de desmentir públicamente dicha afirmación, siempre y cuando no sea llevada a niveles absurdos, como intentar registrarlo con el apellido Carter.
Artículo 5: Resolución de Conflictos
En caso de disputa sobre las decisiones de crianza, ambas partes acuerdan recurrir a una mediación basada en evidencia empírica:
Prueba A: Se realizará un experimento controlado en el que ambos llamarán a Dime al mismo tiempo para medir su preferencia.
Prueba B: Se registrará la cantidad de veces que Dime elige dormir al lado de cada parte.
En caso de empate, el conflicto se resolverá mediante otros métodos acordados entre ambas partes.
Artículo 6: Vigencia y Modificaciones
Este acuerdo entrará en vigor en el momento en que ambas partes firmen el documento.
Cualquier modificación deberá contar con la aprobación de Dime, medida a través de su comportamiento ante propuestas de cambio.
Finalizo la última línea, repaso el documento y se lo paso a Alice, quien lo recibe con una mezcla de emoción y concentración fingida. Lo escanea con rapidez, sus ojos brillando de anticipación.
—Esto es… —hace una pausa, mordiendo su labio con teatralidad—. Es hermoso, Nobuchika. Casi puedo llorar.
—Solo fírmalo —digo con cansancio, extendiéndole el stylus.
Alice lo toma, pero antes de estampar su firma, inclina la cabeza con un falso aire pensativo.
—Tengo una pregunta.
Cierro los ojos por un segundo.
—Dios, dame paciencia.
—¿Por qué en el artículo cuatro estableces que no puedo darle el apellido Carter a Dime?
Le lanzo una mirada seca.
—Porque no puedes, Alice.
—Pero, hipotéticamente hablando…
—No hay hipótesis.
Ella suelta un suspiro dramático.
—Qué tirano, Nobuchika. Le habrías cortado las alas a un posible "Dime Carter, el Husky con Clase".
—Firmas o lo anulo.
Alice me mira con un puchero falso antes de finalmente firmar con un garabato elegante.
—Hecho —dice con una sonrisa satisfecha—. Ahora esto es legalmente vinculante.
Yo firmo después de ella, sintiendo que acabo de cometer el acto más ridículo, pero, al mismo tiempo, inevitablemente satisfactorio de mi vida.
Alice sostiene la terminal con una mirada que parece decir que acaba de ganar algo más grande que cualquier competencia académica. Luego me mira, sus ojos miel brillando con diversión.
—¿Sabes qué significa esto, Nobuchika?
Me recuesto en la silla, cansado.
—Ilumíname.
Alice apoya los codos en la mesa, acercándose lo suficiente como para que el perfume de manzana y frambuesa vuelva a ser lo único en lo que puedo concentrarme.
—Significa que somos oficialmente padres.
—No somos padres.
—Claro que sí. Dime es nuestro hijo.
—Dime es mi perro.
—Dime es nuestro hijo.
Alice sonríe con esa expresión suya de triunfo absoluto y, antes de que pueda responderle, estira la mano y aprieta mi nariz con dos dedos.
—Eres un gran papá, Nobu.
Me quedo mirándola por un segundo, sintiendo el cansancio y el inevitable cariño mezclarse en una maraña de emociones contradictorias.
—Voy a fingir que esta conversación nunca ocurrió.
Alice suelta una carcajada y, antes de que pueda reaccionar, se levanta y se inclina sobre mí, presionando un beso rápido contra mi mejilla.
—Demasiado tarde. Esto es legalmente vinculante, Nobuchika.
Me paso una mano por la cara, rindiéndome.
Alice está recostada sobre mi cama, sosteniendo el terminal sobre su cara con una expresión de profunda satisfacción. Probablemente está memorizando el contrato para poder usarlo en mi contra en el futuro.
Yo, en cambio, estoy sentado en mi escritorio, con los brazos cruzados y la resignación apretada en la mandíbula.
—Voy a arrepentirme de esto —digo en voz alta, aunque en el fondo sé que no es cierto.
—No digas eso, Nobuchika —replica Alice con dramatismo—. Lo nuestro es un documento histórico. Un símbolo del progreso. Un testamento de nuestra responsabilidad parental compartida.
—Es un monumento a la estupidez —respondo.
Ella ignora mi comentario y se incorpora en la cama con la rapidez de alguien que acaba de tener una idea terrible.
—¡Tenemos que hacer una copia física!
La miro con incredulidad.
—Ari, por Dios…
—¿Por qué? Es un documento importante, Nobu. No podemos confiar solo en lo digital. ¡Podría perderse en un accidente cibernético!
—No va a haber ningún 'accidente cibernético'.
—Pero si lo hay, ¿cómo garantizamos que nuestros derechos sobre Dime se respeten? ¿Eh?
Aprieto el puente de mi nariz.
—El único que tiene que respetar esto soy yo, porque soy el dueño de Dime.
—Error —dice, señalándome con la terminal—. Propietario A y Propietaria B comparten responsabilidades. Está en el contrato. Si tú no lo respetas, puedo llevarte a juicio.
Dejo caer mi cabeza sobre el escritorio.
—¿Bajo qué jurisdicción exactamente?
Alice se encoge de hombros, sonriendo con inocencia.
—Seguro en alguna parte del mundo reconocen los derechos parentales de los huskies siberianos.
—Alice, Japón ni siquiera reconoce la custodia compartida de niños en todos los casos.
—¡Exacto! ¡Estamos siendo pioneros!
Levanto la cabeza lentamente, observándola con una mezcla de exasperación y algo que, lamentablemente, se parece mucho al cariño.
—Dime no puede testificar en un juicio.
—Pero puede demostrar preferencia, y eso puede influir en el fallo —dice sin perder un solo segundo.
Me quedo en silencio. No porque no tenga una respuesta, sino porque he llegado al punto en el que responder a esta conversación solo significa caer más hondo en el agujero que Alice ha cavado con pura determinación y descaro.
Y lo peor es que… esto me divierte.
—Bien —digo, rindiéndome momentáneamente—. Si tanto insistes, haré una copia física.
Alice aplaude, triunfal.
—¡Sabía que verías la lógica en esto!
Me pongo de pie y tomo la terminal de su mano, sin darle tiempo a protestar. Imprimo el documento en mi impresora, sacando dos copias. Cuando las coloco sobre la mesa, Alice se inclina sobre ellas con una emoción absurda en los ojos.
—Dios, es aún más hermoso en papel.
La observo mientras pasa los dedos sobre el encabezado, como si estuviera sosteniendo un tratado de paz entre naciones en guerra y no un contrato sobre un husky.
—Podríamos enmarcarlo —sugiere, completamente seria.
—No.
—¡O hacer un certificado oficial con un sello y todo!
—No.
—¿Y si conseguimos una huella de Dime y la estampamos al final?
Silencio.
—… Eso no es una idea tan mala.
Alice se queda completamente inmóvil antes de soltar una carcajada.
—¡Sabía que eventualmente te unirías a la locura!
No le respondo, pero la idea de ver la huella de Dime en el contrato me parece… curiosamente adecuada.
Alice se levanta de la cama de un salto.
—¡Vamos por él ahora mismo!
La agarro de la muñeca antes de que pueda salir corriendo.
—No lo vamos a despertar solo para esto.
—Nobu, es un asunto de importancia legal.
—Alice, son las once de la noche. Dime está dormido.
—¡Pero si duerme todo el día!
—Pero necesita cumplir con sus horas de sueño.
Alice cruza los brazos, claramente frustrada.
—Bien. Mañana temprano.
—Mañana temprano —confirmo.
Se queda mirándome un momento, luego su expresión cambia de desafío a algo más suave, más íntimo. Se acerca lentamente, apoyando las manos en mis hombros antes de inclinarse lo suficiente para que su nariz roce la mía.
—Sabes, Nobu, hicimos algo importante hoy.
Levanto una ceja.
—¿Firmar un contrato de custodia sobre un perro que ya es mío?
—No. Bueno, sí, pero no solo eso. También hicimos esto más real. Lo nuestro.
Su voz es más baja ahora, más honesta. Me quedo en silencio, mirándola. Hay algo en la manera en que me observa que me hace olvidar cualquier comentario sarcástico que tenía preparado.
Porque tiene razón.
No sé en qué momento exacto Alice Carter dejó de ser una presencia caótica y molesta en mi vida para convertirse en algo más. Pero aquí estamos. Firmando contratos ridículos, discutiendo sobre Dime, encontrando formas de estar juntos incluso cuando lo disfrazamos de algo más.
Levanto una mano y deslizo los dedos por su cabello, notando cómo se relaja ante el contacto.
—Sí —digo finalmente—. Supongo que sí lo hicimos.
Alice sonríe y, sin decir nada más, me besa.
Y por primera vez en toda la noche, me olvido del contrato, de Dime, de cualquier excusa que hubiéramos puesto entre nosotros.
Porque ahora todo está claro. Y, maldita sea, me gusta.
Alice
Dime dormía plácidamente en su rincón, completamente ajeno al caos legal que acabábamos de desatar sobre su existencia. Era irónico pensar que un husky siberiano, que probablemente en este preciso momento soñaba con correr en un bosque nevado o destruir mis zapatos favoritos, ahora tenía un contrato oficial que establecía mis derechos sobre él. Y no cualquier contrato. Un documento redactado con la meticulosa precisión de un estudiante de derecho demasiado serio para su propio bien y con el suficiente sarcasmo oculto en jerga legal como para intentar desafiarme.
Pero lo que Nobuchika no entendía—o tal vez fingía no entender—era que, independientemente de lo que dijeran esas cláusulas absurdas, la realidad era una sola: Dime ya era mío. Me pertenecía tanto como él le pertenecía a Nobuchika. Y si bien yo no había estado cuando lo eligió, si no fui quien lo entrenó ni quien se desveló en sus primeras noches de cachorro, nada de eso importaba. Desde el momento en que Dime metió su hocico en mis manos y me miró con esos ojos desiguales llenos de inteligencia y travesura, supe que ya no había vuelta atrás.
Él me eligió. Y yo lo elegí también, igual que a su dueño.
Porque Nobuchika Ginoza, con toda su obstinación, con su manera de reprimir cualquier emoción que amenazara con desbordarse, con su necesidad de estructura y lógica, había cometido un error fatal al redactar ese contrato: había hecho oficial algo que ya existía mucho antes de que le pusiera palabras. Ahora éramos una familia, por más que intentara convencerse de lo contrario.
Me reí suavemente para mis adentros mientras me acercaba a él. Estaba sentado en su escritorio, frotándose el puente de la nariz con la mano derecha, la clara señal de que su paciencia estaba a punto de agotarse. Pobrecito. Tan listo, tan meticuloso, tan convencido de que podía controlar cada aspecto de su vida. Y, sin embargo, aquí estaba, atrapado en mi juego sin siquiera darse cuenta.
Me incliné sobre él, apoyando las manos en sus hombros y dejando que mi perfume lo envolviera.
—Sabes, Nobu, hicimos algo importante hoy.
Mi voz era apenas un susurro, lo suficientemente baja como para obligarlo a prestarme atención. Sentí cómo sus músculos se tensaban bajo mis dedos, pero no se apartó. Eso era lo que más me gustaba de él. Podía discutir todo lo que quisiera, podía fruncir el ceño y lanzar sus comentarios mordaces, pero cuando llegaba el momento de verdad, nunca me alejaba.
—¿Firmar un contrato de custodia sobre un perro que ya es mío? —respondió, con su tono seco de siempre.
Rodé los ojos y sonreí.
—No. Bueno, sí, pero no solo eso. También hicimos esto más real. Lo nuestro.
Nobuchika levantó la vista, sorprendido por mi tono. Sus ojos verdes me escrutaron con intensidad, como si estuviera evaluando cada palabra, cada expresión en mi rostro. No era una mirada fría, ni distante. Era la de alguien que, aunque aún no estaba listo para admitirlo en voz alta, sabía que yo tenía razón.
Lentamente, levanté una mano y deslicé los dedos por su cabello oscuro, dejando que la yema de mis dedos rozara su nuca con suavidad. Sentí cómo su respiración se volvía más profunda, cómo la tensión en sus hombros cambiaba de forma, transformándose en algo completamente diferente.
—Sí —murmuró, después de un largo silencio—. Supongo que sí lo hicimos.
No lo dejé decir nada más.
Me incliné y lo besé.
No con la prisa de quien busca robar algo, ni con la timidez de quien teme haber cruzado un límite. Fue un beso deliberado, pausado, destinado a recordarle exactamente en qué punto de nuestra historia nos encontrábamos. Mis labios se moldearon contra los suyos, y cuando sentí su primer instante de resistencia, simplemente presioné un poco más, dejando que la calidez de mi boca hablara por mí.
Y funcionó.
Lo sentí ceder con una lentitud deliciosa, como si aún estuviera luchando con la idea de que esto estaba pasando, pero incapaz de evitarlo. Sus manos, que al principio se habían quedado inmóviles, finalmente se movieron. Primero una sobre mi cintura, como si estuviera probando qué tan real era esto. Luego la otra, subiendo por mi espalda hasta quedarse en la base de mi cuello, atrapándome con la misma certeza con la que yo lo atrapaba a él.
Me reí contra sus labios y mordí su labio inferior con suavidad, lo suficiente como para provocarlo.
—Voy a quedarme con Dime —susurré, aún pegada a su boca.
—Alice… —protestó, pero su voz no tenía ningún peso.
—Shh —murmuré, volviendo a besarlo antes de que pudiera reunir fuerzas para discutir.
Besé hasta que supe que ya no estaba pensando en ninguna objeción, hasta que sus dedos se enredaron en mi cabello y su respiración se volvió más errática. Besé hasta que sentí su pulso acelerarse contra mi piel, hasta que su cuerpo me respondió sin ninguna de sus barreras habituales. Besé hasta que me olvidé de todo, de la discusión, del contrato, incluso de Dime, que seguía profundamente dormido al otro lado de la habitación.
Y cuando por fin me separé, dejando un último roce entre nuestros labios, sonreí contra su piel.
—Ahora que soy tu novia, tengo ciertos derechos, ¿no crees?
Él parpadeó, todavía un poco perdido en lo que acababa de pasar. Me encantaba esa expresión en él, la manera en que se desconectaba momentáneamente de su autocontrol milimétrico.
—¿Qué derechos? —logró preguntar, su voz más ronca de lo habitual.
No respondí. En su lugar, llevé mis manos a los costados de su rostro y, con la suavidad de quien desenvuelve un regalo, deslicé sus lentes por su nariz hasta quitárselos por completo.
Los sostuvo por inercia cuando se los pasé, pero no los volvió a colocar.
Me quedé en silencio por un momento, simplemente mirándolo.
Nobuchika Ginoza tenía los ojos más hermosos que había visto en mi vida. Un verde afilado, intenso, que parecía contener todos los pensamientos que nunca decía en voz alta. Y ahora, sin las lentes para ocultarlos, podía verlos con total claridad.
Sonreí y acaricié su mejilla con la yema de mis dedos.
—Tengo derecho a verte bien —murmuré.
Nobuchika no dijo nada. Solo me miró de vuelta, como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar.
Y en ese momento supe, sin necesidad de contratos ni acuerdos legales, que yo ya le pertenecía tanto como él a mí.
Ginoza
No sé cómo ocurrió exactamente. Una conversación que empezó en mi escritorio, la discusión absurda sobre los términos de custodia de Dime, los comentarios sarcásticos de Alice y mis intentos de mantenerme serio… Todo se desdibujó en algún punto, y ahora estoy aquí, con ella bajo mis manos, con su perfume envolviéndome, con su boca pegada a la mía como si fuera lo único que importa.
No lo planeé. No fue algo que pensé racionalmente antes de hacerlo, porque si lo hubiera hecho, habría encontrado alguna razón para evitarlo. Pero Alice nunca me da espacio para pensar demasiado. Simplemente está ahí, cruzando líneas como si nunca hubieran existido, infiltrándose en mi vida hasta que la idea de no tenerla cerca me resulta imposible de imaginar.
Sus manos están sobre mi cuello, sus dedos acariciando la base de mi cabello con esa suavidad que parece calculada para desarmarme. Y funciona. Lo hace cada vez. No sé cómo lo logra, pero hay algo en la forma en que me toca, en cómo me besa, que me hace olvidar todo lo que debería estar pesando en mi conciencia.
Cuando finalmente me separo, inhalo profundamente, tratando de recuperar el control que Alice se lleva con cada roce. Ella me mira con una sonrisa satisfecha, su respiración agitada, sus labios aún húmedos por el beso. Hay una travesura en su expresión, como si supiera exactamente lo que me está haciendo. Y lo sabe.
Miro el reloj. Es tarde. Demasiado tarde para que Alice vuelva sola a la mansión Carter. No es que tenga miedo de que algo le pase—Alice no es alguien que necesite protección—pero la idea de que regrese a un lugar vacío, a una casa enorme en la que no hay nadie esperando por ella, me deja con una sensación amarga en el estómago.
—Te quedarás aquí esta noche —digo, aunque parte de mí se resiste a la idea.
Alice no parece sorprendida, ni siquiera lo piensa.
—Por supuesto —responde con la confianza de quien ya daba por sentado que esta sería la conclusión lógica.
Exhalo con resignación. No me gusta que se quede. No porque no disfrute tenerla cerca, sino porque no corresponde. Porque no somos una pareja casada. Porque esas son cosas que hacen las personas que ya han cruzado una línea de compromiso que yo no sé si estoy listo para cruzar. Sin embargo, aquí estamos.
Alice se levanta de la cama y se estira con la despreocupación de quien se siente completamente en casa, lo que solo aumenta mi incomodidad. La observo mientras se mueve por la habitación, quitándose los zapatos y dejándolos junto a la pared sin ningún tipo de prisa.
—Voy a buscarte algo para dormir —digo, levantándome para ir hacia el armario.
—No hace falta —responde, sentándose sobre la cama y recogiendo las piernas bajo su cuerpo.
—Sí, lo hace. No vas a dormir con la ropa de todo el día.
Ella sonríe, pero no discute más. Sabe que, si lo hace, encontraremos otra excusa para seguir hablando hasta que el amanecer nos sorprenda.
Cuando vuelvo con una camiseta vieja y un pantalón de algodón que mi abuela me compró hace años y que jamás usé, Alice los toma sin comentarios y desaparece en el baño. Yo aprovecho el momento para cambiarme también, quitándome la camisa y quedándome solo con el pantalón del pijama.
El departamento está en silencio. Dime sigue dormido en su rincón, lo cual es un milagro, porque hasta ahora Alice había insistido en subirlo a la cama cada vez que venía a mi casa. No sé cómo lo logré, pero esta vez, el perro está donde debe estar.
Cuando Alice sale del baño, lleva puesta la camiseta que le di y el pantalón le queda demasiado suelto en la cintura, lo que la obliga a sostenerlo ligeramente con una mano. Se ve extrañamente… cómoda. Más cómoda de lo que se ha visto en cualquier otro lugar.
Se mete en la cama sin pedir permiso, como si no hubiera otra opción más que compartir el espacio conmigo. Y, en realidad, no la hay.
Cuando me acuesto a su lado, dejo un espacio entre nosotros, manteniendo cierta distancia que debería ayudarme a dormir sin sentir su presencia demasiado cerca. Pero Alice no entiende de distancias. No las respeta.
Se gira sobre su costado y apoya una mano sobre mi pecho, deslizándola lentamente hasta quedarse quieta justo sobre mi corazón.
—Estás pensando demasiado, Nobuchika —murmura.
—Siempre pienso demasiado —respondo, cerrando los ojos.
Ella se ríe suavemente, y el sonido me hace relajarme un poco. Su respiración es tranquila, su cuerpo es cálido contra el mío, y aunque intento ignorarlo, la sensación es reconfortante.
Pero todavía hay algo dentro de mí que se resiste.
No me gusta que Alice esté aquí. No porque no la quiera cerca, sino porque no me gusta que vea este lugar.
El departamento en el que vivo con mi abuela no es ni la sombra de la mansión Carter. Es pequeño, viejo, con muebles gastados y paredes que necesitan una capa nueva de pintura. El sofá tiene años de uso, la cocina es diminuta, y el baño necesita más reparaciones de las que puedo costear.
No quiero que Alice vea esto y lo compare con lo que tiene en su casa. No quiero que piense que yo no puedo ofrecerle algo mejor.
Y, sin embargo, a ella parece encantarle este lugar.
Desde la primera vez que vino, lo dijo sin dudarlo.
—Me gusta estar aquí —declaró como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Y mi abuela… bueno, ella adora a Alice. Desde que la conoció, su actitud hacia mí cambió. Dejó de preguntarme si tenía amigos, dejó de mirarme con esa preocupación silenciosa que solía tener cuando llegaba a casa solo. Ahora, cuando Alice está aquí, mi abuela sonríe más. Se ríe más. Me mira con orgullo de una manera que nunca antes había visto.
Y Alice lo sabe. Lo disfruta.
Ella no ve este lugar como una pocilga. No le importa que el techo tenga filtraciones en los días de lluvia o que la mesa de la cocina tenga una pata coja. Ella se sienta en el sofá desvencijado con la misma facilidad con la que se sienta en un sillón de cuero en la mansión Carter. Y eso… eso me desconcierta.
—Sabes que no tienes que quedarte —murmuro, aunque mis palabras carecen de convicción.
—Pero quiero —responde sin dudar.
Y eso, más que nada, es lo que me desarma.
Alice Carter puede dormir en una cama de lujo con sábanas de hilo egipcio y servicio de limpieza automatizado a su disposición, pero prefiere quedarse aquí, en un departamento viejo y pequeño, conmigo.
No sé cómo lidiar con eso, con el hecho de que, a pesar de todo, una parte de mí quiere que se quede.
Cierro los ojos e intento dormir, ignorando el peso de su mano sobre mi pecho, el ritmo pausado de su respiración, el perfume de manzana y frambuesa que flota en el aire.
Y aunque no quiero admitirlo, sé que esta noche dormiré mejor que nunca.
Alice
Despertar junto a Nobuchika Ginoza es, sin exagerar, mi nueva actividad favorita en el mundo.
El amanecer apenas filtra su luz a través de la ventana, tiñendo la habitación de tonos suaves y cálidos. El departamento está en completo silencio, salvo por la respiración pausada de Nobuchika y el leve sonido de Dime moviéndose en su rincón. La habitación sigue oliendo a él, a esa mezcla de jabón neutro y café que siempre lleva consigo, pero también a mí. Me gusta la combinación. Me gusta estar aquí.
Me giro con lentitud para mirarlo, asegurándome de no hacer ruido. Nobuchika duerme de espaldas, con un brazo sobre su abdomen y el otro doblado bajo la almohada. Su expresión es tranquila, más relajada de lo que jamás lo he visto estando despierto. Sin su ceño fruncido habitual, sin la tensión constante en su mandíbula, parece otro. Un Nobuchika que solo existe en estas horas de la mañana, cuando todavía no ha recordado que el mundo exige que sea serio, responsable y estructurado.
Podría quedarme mirándolo así por horas, pero sé que el momento es fugaz. Dentro de minutos, su alarma va a sonar, y la paz de este instante se verá interrumpida por su rutina inflexible.
Pero no hoy, hoy quiero diez minutos más.
Con cuidado, me acerco hasta que mi rostro queda a centímetros del suyo. Sé que está en esa línea entre el sueño y la vigilia, así que no me apresuro. Solo dejo que mi presencia lo alcance antes de tocarlo. Deslizo una mano por su pecho con suavidad y apoyo la cabeza en su hombro, moviéndome con la naturalidad de quien ya pertenece allí.
—Cinco minutos más —susurro, aunque sé que voy a pedir el doble.
Nobuchika exhala lentamente, como si su cuerpo estuviera despertando antes que su mente.
—Alice… —murmura, su voz áspera y adormilada.
—Diez minutos —corrijo antes de que pueda protestar, moviéndome un poco más para quedar completamente pegada a él.
Hay un segundo de pausa. Un instante en el que sé que está evaluando si vale la pena discutir esto. Y luego, sin decir nada, su brazo se desliza alrededor de mi cintura, apretándome contra su cuerpo con una naturalidad que me sorprende incluso a mí.
Sonrío contra su piel.
—Sabía que podía convencerte.
—No me hagas hablar tan temprano —gruñe, su tono todavía impregnado de sueño.
Suena molesto, pero su mano se mantiene firme en mi espalda, su calor envolviéndome de una manera que me hace sentir más cómoda de lo que debería. Me quedo en silencio, disfrutando de la sensación de estar acunada entre su cuerpo y la suavidad de la cama.
Este es un lado de Nobuchika nadie conoce. El que se deja atrapar por la calidez de otro cuerpo sin necesidad de pelearlo. El que, aunque se queje, permite que me quede un poco más cerca, un poco más de tiempo.
Levanto la cabeza ligeramente para mirarlo. Y ahí están. Sus ojos verdes.
Son lo primero que vi cuando le quité sus lentes anoche y siguen siendo lo más hermoso que he visto jamás. Ahora mismo, todavía enturbiados por el sueño, parecen más claros, más suaves. Menos filosos que de costumbre. Es una mirada que nadie más ve, y me siento absurdamente privilegiada de ser la única que la tiene en este momento.
—Eres ridícula —murmura cuando nota que lo estoy observando.
—Eres hermoso —respondo con naturalidad, sin apartar la vista.
Lo veo fruncir el ceño, incómodo con la palabra, pero no dice nada. Solo cierra los ojos de nuevo, como si ignorarme fuera más fácil que discutirlo.
Decido que es suficiente por ahora y me quedo ahí, disfrutando del calor de su cuerpo, de su respiración contra mi cabello, del sonido de su corazón latiendo con ritmo constante. Esto es felicidad, ¿verdad? No hay otra forma de describirlo.
Pero, por supuesto, la paz no dura para siempre.
Un sonido bajo y un leve movimiento en la habitación me indican que Dime se ha despertado. Abro un ojo y lo veo estirándose, su pelaje plateado brillando con la tenue luz de la mañana. Se sacude y se acerca a la cama, deteniéndose justo al lado, su hocico casi rozando el colchón.
Y aquí es donde la diferencia entre Nobuchika y yo se hace evidente.
Yo habría extendido una mano para acariciarlo, tal vez incluso lo habría invitado a subirse con nosotros. Pero Nobuchika no se mueve de mi lado, ni siquiera cuando sé que ya está despierto. Su rigidez es notable. Está esperando.
Dime también lo sabe.
El husky se queda en su lugar, sus orejas erguidas, sin hacer ningún intento por subir. Es una batalla silenciosa entre ellos, una de tantas que deben haber ocurrido antes de que yo llegara a sus vidas.
—Buenos días, Dime —susurro suavemente, sin intención de interrumpir lo que está sucediendo.
El perro me mira, su cola moviéndose apenas, pero no cruza la línea. No sin el permiso de Nobuchika.
Finalmente, mi novio suspira y se aparta de mí con lentitud, haciéndome soltar un pequeño sonido de protesta que ignora por completo. Se sienta en el borde de la cama y le lanza a Dime una mirada seria.
—Esperaste bien —dice con calma—. Ven.
Solo entonces, Dime apoya las patas delanteras sobre la cama y acerca su hocico a la mano de Nobuchika, esperando su aprobación antes de lamerle los dedos con devoción.
Es fascinante verlos interactuar. Dime no es un perro normal. No se mueve con impulsividad ni actúa sin pensar. Sabe exactamente cómo moverse, qué esperar, qué límites no cruzar. Y eso es porque Nobuchika lo ha criado así. Con paciencia, con estructura, con reglas claras que incluso ahora se siguen respetando.
Yo jamás podría ser así con Dime. No tengo su disciplina, su firmeza. Para mí, Dime es un bebé mimado que merece todo el cariño del mundo. Para Nobuchika, es un compañero que necesita estabilidad y dirección.
Y, por alguna razón, Dime entiende la diferencia entre nosotros.
—Bien, ahora afuera —le indica Nobuchika, señalando la puerta.
Dime baja de la cama sin rechistar y camina con calma hacia la salida, deteniéndose solo un segundo para mirarme antes de seguir su camino. Me sonrío.
—Sigue sin gustarte que me quede a dormir, ¿verdad? —pregunto, observándolo mientras se frota la cara con ambas manos.
—No es eso —responde, aunque su voz suena indecisa.
Me inclino sobre la cama, apoyando los codos en el colchón, y lo miro con una sonrisa traviesa.
—¿Entonces qué es?
Él me lanza una mirada cansada, pero hay algo más en sus ojos. Algo que se parece demasiado a un afecto que todavía no sabe cómo manejar.
—Es que me gusta demasiado que estés aquí.
Y con eso, termino de enamorarme por completo.
Ginoza
Alice es rápida. Siempre lo ha sido, siempre lo será. Lo suficiente como para meterse en mi vida sin que me dé cuenta, lo suficiente como para atraparme antes de que pueda escapar de la cama como pretendía hacerlo.
Siento sus brazos rodeándome por la espalda antes de que pueda levantarme por completo. Su cuerpo se presiona contra el mío, su calor envolviéndome de una manera que hace que mi cerebro, todavía atrapado en la somnolencia de la mañana, se niegue a procesar la situación con la claridad con la que debería.
—No tan rápido, Nobu —murmura contra mi hombro.
Respiro hondo, preparándome para lo que sea que esté planeando. Porque si hay algo que he aprendido, es que Alice nunca hace nada sin una intención oculta. No tiene movimientos inocentes, ni palabras lanzadas al aire sin un propósito. Y si me está reteniendo aquí, si sus manos se aferran a mí con esta suavidad calculada, es porque está a punto de hacer o decir algo que va a sacudirme de alguna manera.
—Ari —susurro con una advertencia cansada, pero ella ignora mi tono como siempre lo hace.
—Nobu —responde con la misma calma, su voz apenas un murmullo contra mi piel.
Siento su respiración en la base de mi cuello, y aunque sé que debería apartarme, no lo hago. No porque no pueda, sino porque no quiero.
—Solo un momento más —continúa, sus dedos trazando líneas suaves sobre mi brazo, como si estuviera dibujando palabras invisibles en mi piel.
Podría decirle que no. Podría poner fin a esto con un solo movimiento, levantarme y dejar que la mañana avance como cualquier otro día. Pero no lo hago.
Alice me tiene atrapado de una manera que no tiene nada que ver con la fuerza y todo que ver con el hecho de que, en el fondo, yo quiero estar aquí.
—Voy a decirte algo —murmura, y esta vez su tono es diferente.
Me tenso.
No es la Alice burlona, la que juega con mis límites solo para ver cómo reacciono. No es la Alice provocadora, la que lanza comentarios afilados solo para divertirse con mis respuestas. Esta es otra Alice. Una que no aparece tan seguido.
—Estoy enamorada de ti.
Las palabras son suaves, pero pesan más que cualquier documento legal que haya leído en mi vida. El silencio que sigue es absoluto.
Alice no se mueve, no me da espacio para reaccionar, pero tampoco lo exige. Solo está ahí, esperando.
Mi primera reacción es intentar procesarlo de la manera más lógica posible, como si pudiera diseccionar lo que acaba de decir y reducirlo a algo comprensible. Pero no puedo. No hay lógica en esto. No hay estructura, ni argumentos que pueda analizar.
Alice Carter, con todo su caos, con toda su imprevisibilidad, acaba de poner algo inquebrantable sobre la mesa, y yo no sé qué hacer con ello.
No me ha dicho te amo, y de alguna manera, eso lo hace aún más real. No es una declaración precipitada ni un arrebato emocional. Es una verdad que ella ha elegido compartir conmigo, con toda la calma y certeza con la que hace las cosas importantes.
Mi respiración se siente pesada, como si el aire hubiera cambiado de densidad.
Podría no responder. Podría dejarlo pasar, fingir que no lo he escuchado, continuar con mi rutina y hacer de cuenta que esto nunca ocurrió. Pero Alice no me dejaría.
No se puede ignorar algo así.
Cierro los ojos un momento, intentando encontrar una manera de manejar esto sin perder el control sobre lo poco que aún me pertenece.
Pero cuando los abro, lo único que veo es a Alice.
Sus ojos miel me observan con paciencia, con esa intensidad suya que no deja espacio para las dudas. No está esperando que le devuelva las palabras. Solo está asegurándose de que la escuche. De que lo sepa.
Mis dedos se cierran sobre las sábanas, como si necesitara algo tangible para anclarme a la realidad. Alice sigue detrás de mí, su cuerpo presionado contra mi espalda, su respiración cálida en mi nuca. No se mueve, no se retracta. No espera una respuesta inmediata, pero tampoco me dará espacio para huir de esto.
Estoy atrapado, no porque no pueda apartarme, sino porque no quiero. Porque si lo hiciera, si pusiera distancia entre nosotros, sería admitir que esto me afecta más de lo que debería.
Respiro hondo.
—Alice… —mi voz suena más áspera de lo que esperaba.
—No tienes que decir nada —responde con suavidad, apoyando su barbilla en mi hombro—. Solo quería que lo supieras.
Me quedo en silencio. No porque no tenga qué decir, sino porque no sé cómo decirlo. Porque nada en mi vida me preparó para esto, para alguien como ella.
Alice Carter no es alguien que haga las cosas a medias. Si ha decidido decir esto, si ha decidido ponerle palabras a lo que siente, significa que está completamente segura. Y si ella está segura, entonces yo no puedo esconderme detrás de la excusa de que necesito tiempo para entenderlo.
Porque ya lo entiendo, lo he entendido desde hace mucho.
Aprieto la mandíbula y cierro los ojos un segundo, permitiéndome sentir lo que hasta ahora me he esforzado en ignorar.
Su cuerpo sigue contra el mío, cálido, familiar.
¿Desde cuándo Alice se volvió esto? ¿Desde cuándo su cercanía dejó de ser una distracción molesta para convertirse en algo que extraño cuando no está? ¿Desde cuándo su perfume de manzana y frambuesa quedó grabado en mi memoria al punto de que, incluso cuando no la veo, la siento cerca?
Desde siempre, me responde una voz en mi cabeza.
Desde que la vi por primera vez en la academia, con esa camisa rosa que la hacía resaltar entre todos. Desde que entendí que no encajaba aquí, pero tampoco quería hacerlo. Desde que la escuché tocar el violín por primera vez y sentí algo que no supe nombrar.
Desde que me di cuenta de que Alice Carter no solo era caos en mi vida, sino que, de alguna manera, era mi vida.
Exhalo lentamente y me giro, lo suficiente para verla de frente sin que su abrazo se rompa del todo.
Sus ojos están fijos en los míos, sin miedo, sin inseguridad. No hay expectativa en ellos, solo certeza. La certeza de que me tiene justo donde quiere.
—Eres insoportable —murmuro, y es lo único que puedo decir sin que mi voz me traicione.
Alice sonríe, divertida.
—Lo sé.
Y, antes de que pueda detenerme, antes de que pueda pensar en lo que significa, la beso.
No es un beso controlado, ni uno medido con precisión. No es como los besos de la noche anterior, en los que traté—sin éxito—de mantener el control sobre lo que sentía. Este es diferente. Es más profundo, más firme, como si con esto intentara responderle sin necesidad de palabras.
Alice suspira contra mis labios y suelta un leve sonido de triunfo, como si hubiera sabido desde el principio que esto iba a pasar. Sus manos suben hasta mi rostro, sus dedos trazando el contorno de mis mejillas antes de enredarse en mi cabello.
Y yo me dejo ir.
No me doy cuenta en qué momento la obligo a recostarse de nuevo en la cama. Solo sé que cuando recupero la consciencia de mis propios movimientos, estoy sobre ella, apoyándome en los codos para no aplastarla, con una de mis manos enredada en su cabello.
Alice me mira con una sonrisa pequeña, su respiración agitada, sus labios hinchados por el beso.
—No dijiste nada —susurra, aunque su tono no es de reclamo.
Deslizo los dedos por su mejilla, observándola, memorizando cada línea de su rostro.
—No necesito decirlo.
Alice sonríe más ampliamente y, en un movimiento rápido, estira la mano y me quita los lentes.
—Ahora sí —murmura, mirándome con satisfacción—. Mucho mejor.
No sé si me molesta o si me gusta que haga esto cada vez que tiene la oportunidad. Pero lo dejo ser.
Porque si Alice Carter quiere verme así, sin barreras, sin distancias, entonces no tengo derecho a negárselo… porque ya me tiene. Completamente.
Alice
Hay muchas cosas en mi vida que no entiendo del todo.
Por ejemplo, cómo terminé firmando un contrato de custodia compartida de un husky siberiano con terminología legal innecesariamente detallada. O cómo logré que Nobuchika Ginoza no me echara de su cama a patadas esta mañana después de decirle que estaba enamorada de él.
Pero la pregunta más grande en este momento, mientras lo observo de pie en la cocina, aún medio dormido, pero con la determinación militar de un hombre que ha jurado hacer que su perro se comporte como un ciudadano ejemplar, es:
¿Cómo terminé siendo la novia de un coronel que tiene un soldado raso como mascota?
Dime está sentado frente a él, con su postura tan erguida como puede lograr un husky sin dejar de parecer listo para el caos. Ginoza tiene un tazón con comida en la mano y lo sostiene con la gravedad de alguien que cree que la disciplina se impone desde la primera hora de la mañana.
—Espera —ordena, su tono firme y sin margen para negociación.
Dime lo mira con ojos brillantes y expectantes, su cola moviéndose apenas. Yo no digo nada. Solo observo desde la cocina, escondiendo una sonrisa tras mi mano mientras saco los ingredientes para el desayuno.
Akiho sigue dormida, lo que significa que ahora mismo, en este diminuto departamento que no se parece en nada a la mansión Carter -gracias al cielo-, solo existimos los tres.
Nobuchika, con su rigidez matutina.
Dime, con su rebeldía natural oculta tras una obediencia temporal.
Y yo, que no quiero que esto sea la última vez.
Porque lo será.
Puedo verlo en la manera en que Nobuchika se ha movido desde que despertó, en su incomodidad silenciosa mientras preparaba el plato de Dime, en la línea tensa de su mandíbula cuando se levantó de la cama sin mirarme demasiado. No es que se arrepienta—lo conozco demasiado bien como para pensar eso—pero está procesando. Y cuando él procesa demasiado, empieza a establecer reglas para sí mismo.
Reglas como "Alice no debe quedarse a dormir".
Pero yo no estoy de acuerdo, así que me muevo con naturalidad en su cocina, fingiendo que esto es algo completamente normal, como si ya hubiera hecho esto cientos de veces antes. Porque si quiero que esto se repita, necesito que parezca inevitable.
Tomo algunos huevos y los quiebro en un bol con la facilidad de alguien que no cocina a menudo, pero que ha visto suficientes recetas en internet como para improvisar sin que se note. Busco una sartén, encontrándola con rapidez porque ya había estado espiando los gabinetes la noche anterior, y enciendo la hornilla con la calma de alguien que pertenece aquí.
Él aún no me ha dicho nada. Ni siquiera me ha dirigido una mirada de advertencia por invadir su espacio, lo que me confirma que sigue demasiado metido en su entrenamiento matutino con Dime como para prestarme atención. Perfecto.
Añado un poco de mantequilla a la sartén y dejo que se derrita mientras mezclo los huevos con un poco de sal. Detrás de mí, Dime sigue esperando su señal para comer, aunque su paciencia está comenzando a agotarse.
—Bien —dice finalmente Nobuchika.
El tazón toca el suelo, y Dime se lanza sobre él con la velocidad de un animal que cree que es su última comida.
Yo me río suavemente mientras revuelvo los huevos en la sartén.
—¿Algún día lo vas a dejar ser un perro normal? —pregunto, sin girarme.
—Es un perro normal —responde él con seriedad—. Solo que con disciplina.
Ruedo los ojos sin que me vea.
—Claro, coronel. Lo que tú digas.
—No me llames así.
—Lo lamento, coronel Ginoza.
Él exhala con frustración, pero no replica. Sabe que no tiene sentido discutir conmigo cuando estoy de buen humor.
El aroma del desayuno empieza a llenar la cocina, y aunque la sartén no es de las mejores, los huevos están quedando bastante bien. Rebusco en la nevera y encuentro un poco de pan, lo suficiente para tostarlo y hacer que esto se vea como una comida decente.
Siento como él se mueve detrás de mí. No es alguien que se quede quieto mucho tiempo cuando hay cosas por hacer, y probablemente ya ha decidido que es hora de que yo deje de invadir su cocina, pero no lo dejo hablar primero.
—Si me vas a decir que no tenía que cocinar, ahórratelo —le digo, sin mirarlo.
—No iba a decir eso —replica con su tono neutral de siempre.
Me giro lo suficiente como para verlo. Se ha cruzado de brazos, observando el proceso con su ceño ligeramente fruncido. Su cabello sigue un poco desordenado por el sueño, su camiseta cuelga holgadamente sobre su cuerpo, y sus ojos verdes aún tienen ese matiz relajado de alguien que no ha terminado de despertarse del todo.
Me gusta este Ginoza. El que todavía no está completamente preparado para el mundo, el que sigue atrapado entre el letargo de la mañana y la disciplina que intenta imponer sobre sí mismo.
Lo quiero así.
Quiero poder despertar con él más veces.
—¿Quieres café? —pregunto, como si esta conversación no fuera una batalla encubierta sobre mi permanencia en su vida.
Él me observa un segundo más antes de suspirar y asentir.
—Sí.
Gano otra ronda.
Sonrío para mí misma y sirvo los huevos en dos platos, dejando que la sensación de esta mañana, de este momento, se grabe en mi memoria.
Puede que Ginoza aún esté procesando lo que le dije. Puede que su mente ya haya empezado a construir reglas sobre lo que esto significa y lo que no.
Pero yo no voy a dejar que esta sea la última vez.
Voy a seguir quedándome hasta que deje de pensar que no debería hacerlo.
Ginoza
El desayuno transcurre en un extraño equilibrio entre la normalidad y la incomodidad. Alice actúa como si esto fuera lo más natural del mundo, como si desayunar juntos después de haber pasado la noche aquí fuera algo rutinario y no una excepción que, si dependiera de mí, no volvería a repetirse.
Pero no depende de mí, porque ella no se rige por mis normas.
Come con tranquilidad, con la misma confianza con la que se movió por mi cocina, sirviendo el café como si la idea de hacer algo por otra persona le resultara completamente natural, tal vez para ella lo sea. Quizás en su concepción esto ya no sea una invasión de mi espacio, sino un espacio que también le pertenece.
Bajo la mirada a mi plato. Los huevos están en su punto, el pan ligeramente tostado. Es simple, pero suficiente. Me concentro en comer sin comentar nada, porque si lo hago, Alice probablemente lo usará en mi contra.
Ella, en cambio, no tiene problemas en hablar.
—Dime la verdad, Nobuchika —dice mientras se sirve más café—. ¿Cuántos libros sobre crianza de perros leíste antes de adoptar a Dime?
Levanto la vista y la observo con el ceño fruncido.
—Todos los necesarios.
Alice sonríe con diversión, removiendo el café con lentitud.
—Eso significa demasiados.
—Eso significa que Dime no va a terminar siendo un desastre.
—Oh, claro. Porque está claro que Dime es la definición de obediencia.
Le lanzo una mirada que pretende ser seria, pero Alice solo sonríe más ampliamente.
Nos terminamos el desayuno sin que la conversación tome un rumbo peligroso. Alice sabe que sigo procesando lo que dijo esta mañana. No insiste, no presiona. Solo sigue aquí, existiendo en mi espacio como si hubiera estado desde siempre.
Cuando nos levantamos de la mesa, ella recoge los platos con naturalidad. No intento detenerla. Sabe que discutiré si lo hace mal, así que probablemente los lave de manera impecable solo para demostrar que puede.
—Voy a cambiarme —digo, sin esperar una respuesta.
Alice asiente, y mientras me alejo, la escucho empezar a lavar los platos.
Por alguna razón, esa imagen me resulta más íntima que haber despertado con ella en mi cama.
Me cambio rápidamente en mi habitación, poniéndome el uniforme de la academia con movimientos automáticos. La corbata ajustada, la camisa sin una arruga. Todo en su lugar. Me miro en el espejo y veo la versión de mí que el mundo espera ver.
Cuando salgo, Alice ya está en la sala, vestida con el uniforme reglamentario de la Academia Nitto. Es extraño verla así.
Alice Carter nunca ha parecido encajar en este lugar. Siempre ha sido una figura que desentona, que destaca incluso cuando intenta no hacerlo. Pero ahora, con el blazer azul marino, la camisa blanca y la falda plisada perfectamente alineada, parece…
No, no es que parezca diferente. Es que nunca me había permitido observarla así.
Su cabello castaño y lacio está recogido en una media coleta, dejando su cuello expuesto de una manera que no debería distraerme tanto como lo hace. Tiene sus piernas cruzadas mientras revisa algo en su terminal, con una postura relajada pero elegante. No es el uniforme lo que la hace ver distinta… creo que es el hecho de que ahora es mi novia.
La palabra todavía se siente extraña en mi mente.
—¿Lista? —pregunto, aclarándome la garganta para no parecer distraído.
Alice levanta la vista y asiente.
—Lista.
Nos movemos hacia la puerta de salida, pero entonces ocurre algo que, de alguna manera, debí haber anticipado.
Dime, que hasta ahora había estado en su rincón, observando todo con su aparente indiferencia de husky, se pone de pie. No de manera abrupta, no con impaciencia. Solo se acerca con pasos calculados, su cola moviéndose apenas, como si supiera exactamente lo que está por ocurrir.
Alice se gira hacia él.
Y en el segundo en que sus miradas se cruzan, mi novia—la misma que minutos atrás parecía la imagen de la compostura con su uniforme perfectamente colocado—deja de lado cualquier pretensión de dignidad.
—¡Mi bebé hermoso! —exclama, arrodillándose de inmediato en el suelo.
Dime, el traidor absoluto, se abalanza sobre ella con el mismo entusiasmo.
Miro la escena con incredulidad.
Ella, que puede mantener la compostura en cualquier situación, que puede debatirme un contrato con terminología legal, que sabe perfectamente cómo manipularme con precisión quirúrgica, ahora está en el suelo, abrazando a mi perro como si fuera un milagro caído del cielo.
—Te voy a extrañar tanto, mi amor —murmura, frotando su cara contra el pelaje de Dime— ¡Eres el mejor niño del mundo! ¡El más guapo! ¡El más listo!
Dime, con su habitual descaro, le lame la cara en respuesta, como si supiera exactamente qué está haciendo.
—Alice —intento intervenir.
—Shh, Nobuchika, estoy despidiéndome de nuestro hijo.
Resoplo, pasándome una mano por la cara.
No es la primera vez que actúa así con Dime. He visto su devoción ridícula en numerosas ocasiones. Nunca se contuvo, aunque pensé que, con nuestra nueva situación, estaría mas tranquila, ya que vería a Dime más seguido. Por lo visto, no pensó en eso.
Alice suelta su abrazo solo para sostener la cara de Dime entre sus manos y mirarlo con seriedad.
—Voy a volver, lo prometo. No te olvides de mí.
Dime ladea la cabeza, claramente disfrutando la atención.
—Alice… —repito, con más firmeza.
—¡No me mires así, Nobu! Déjame decirle adiós correctamente.
Suspiro y cruzo los brazos, esperando.
Alice vuelve a abrazar a Dime con un suspiro exagerado y, finalmente, después de dejarle un último beso en la cabeza, se pone de pie con una sonrisa satisfecha.
—Listo —declara, como si no acabara de actuar como si no fuera a verlo nunca más en la vida.
La miro con una mezcla de exasperación y algo que, aunque me niego a admitirlo, podría ser ternura.
—Vámonos antes de que intentes escribirle una carta de despedida.
Ella sonríe con diversión, pero no replica.
Salimos del departamento y Alice se aferra a mi brazo derecho para caminar juntos hacia la Academia.
Alice no está haciendo ningún esfuerzo por disimularlo.
Debería hacerlo. Por su propio bien, debería mantener las apariencias, dejar que las cosas sigan como estaban, donde todo era un rumor sin confirmar, una sospecha flotando en los pasillos de la academia, algo que nadie podía afirmar con certeza. Porque, aunque Alice Carter es un misterio para la mayoría de las personas aquí, yo sé que no es ingenua. Sabe cómo funciona este lugar.
Sabe lo que significa caminar junto a mí de esta manera, pero lo hace.
Su mano se aferra a mi brazo derecho con la misma facilidad con la que lo haría si siempre hubiera estado ahí. No es un gesto casual ni una provocación. No lo hace para demostrarle algo al resto, ni siquiera para desafiar a quienes nos observan. Lo hace porque quiere. Porque, en su mente, esto es exactamente lo que debería estar ocurriendo, y eso me incomoda.
No porque no quiera tenerla cerca. No porque me moleste la forma en la que camina con confianza a mi lado, como si el mundo entero no tuviera derecho a cuestionarlo. Sino porque ellos sí lo harán. Siempre lo hacen.
Desde que puse un pie en esta academia, desde el momento en que mis notas me aseguraron un lugar entre los mejores, nunca dejaron que olvidara de dónde vengo. El apellido que cargo. La sombra que se proyecta sobre mí cada vez que alguien menciona la palabra criminal latente.
Hubo un tiempo en el que creí que, si trabajaba lo suficiente, si me esforzaba más que nadie, si mantenía mi expediente impecable, eso dejaría de importar. Que eventualmente los números hablarían por mí. Que mi inteligencia y mi disciplina me alejarían del estigma de ser el hijo de Masaoka Tomomi, pero no.
A la gente le encanta recordar -y recordarme- quién soy.
Los murmullos no tardan en comenzar. Son sutiles al principio, apenas un murmullo contenido entre los grupos que nos observan cuando cruzamos el patio principal. No necesito mirar a mi alrededor para saber que nos están viendo, que las miradas nos siguen con una mezcla de sorpresa, incredulidad y, en algunos casos, desprecio.
Alice no les presta atención.
—Deberías soltarme —murmuro sin girar la cabeza, manteniendo mi expresión neutral.
Ella ni siquiera finge considerarlo.
—No.
Mi mandíbula se tensa.
—Alice.
—Nobuchika.
Exhalo con paciencia forzada.
—Sabes que esto no te conviene.
Ella finalmente me mira, su rostro iluminado por esa sonrisa suya que siempre parece esconder un desafío.
—Me conviene más de lo que crees.
No responde con lógica. No con hechos que pueda rebatir. Solo me deja esa frase en el aire, con la certeza de que no la voy a discutir. Porque sabe que, aunque no lo diga en voz alta, yo quiero esto.
Quiero que camine a mi lado.
Quiero sentir la calidez de su mano aferrándose a mi brazo con firmeza, con seguridad.
Pero también quiero protegerla de lo que viene después.
Los rumores ya se han extendido lo suficiente como para que las miradas se conviertan en cuchillos invisibles. No es solo sorpresa lo que hay en los ojos de los demás. Es juicio.
Porque para ellos, Alice debería estar con alguien mejor, ella es una Carter, la heredera de una de las familias más poderosas del país, la chica que toca el violín con la perfección de quien nació para el escenario, la que tiene un lugar asegurado en donde sea que decida estar.
Y yo… soy el hijo de un criminal latente.
Un error de cálculo en la estadística perfecta del sistema.
Veo a un par de estudiantes susurrar cuando pasamos. No necesito escucharlos para saber lo que están diciendo. No necesito leer sus labios para entender el mensaje.
Alice lo nota, por supuesto, lo hace.
Y, en lugar de reaccionar con indiferencia, en lugar de ignorarlos, hace algo peor.
Se detiene por un segundo, lo justo para girarse y mirar directamente a uno de los grupos que nos observa. Y entonces, con toda la tranquilidad del mundo, entrelaza nuestros dedos y aprieta mi mano.
Un gesto simple, pequeño, pero devastador.
Porque en ese instante, deja claro que no es un rumor. Que no es una especulación. Que no es un capricho pasajero.
Ella está conmigo, y no le importa que lo sepan. No aparto la mano.
No porque no quiera o porque no entienda que esto es la peor decisión que podría tomar si quiero que su vida en la academia continúe sin problemas.
Sino porque, en lo más profundo de mi ser, hay una parte de mí que lo disfruta.
Que quiere que lo sepan, que el mundo entero entienda que, por alguna razón que ni siquiera yo comprendo del todo, ella me eligió.
Y que no pienso dejarla ir.
