Kougami
Los rumores llegan antes que la pareja en cuestión.
Apenas entro en el edificio, el murmullo ya está ahí, disperso entre los pasillos, flotando en el aire como un eco que rebota de un grupo a otro. Al principio, solo escucho fragmentos sueltos, palabras sin contexto que no tienen demasiado peso por sí solas. Pero cuando las piezas empiezan a encajar, cuando las voces comienzan a repetir la misma historia con la misma fascinación morbosa con la que se alimentan las noticias en este lugar, entiendo lo que está pasando.
—¿Los viste? Llegaron juntos. De la mano.
—Carter y Ginoza, de la mano.
—¿Eso significa que de verdad están juntos?
—No solo juntos. Ella lo está dejando claro.
No necesito mirar alrededor para saber que todos están hablando de lo mismo. Puedo imaginarme la escena sin siquiera haberla presenciado: Alice, con su uniforme impecable, con su media coleta perfecta, con su manera despreocupada de moverse, paseando por los pasillos como si la idea de esconderse nunca hubiera sido una opción. Y junto a ella, Ginoza, rígido, tenso, pero sin soltar su mano.
Cierro los ojos un segundo y dejo escapar un suspiro lento. Alice ya no está esperando.
No sé por qué pensé que lo haría. No sé por qué, en algún rincón de mi mente, una parte de mí creyó que aún había espacio para intervenir. Pero ahora todo está dicho. Ahora todo es un hecho.
Alice Carter ha elegido, y no me eligió a mí.
Aun así, por más que la lógica me lo repita, por más que la realidad me lo muestre de manera brutal, hay algo en mi pecho que se aprieta con fuerza. No es sorpresa. No es enojo. Es algo más complicado, más amargo. Algo que me dice que no importa cuánto intente convencerme de que esto es lo mejor, de que esto es lo correcto, aun así… me duele.
Porque, si bien Alice ya no está esperando por mí, yo sigo sintiendo su sombra en cada rincón de mi vida.
La primera composición de Alice me pertenece, sé que cada vez que toque su guitarra eléctrica, aunque nadie más lo note, aunque lo oculte con la misma facilidad con la que oculta cualquier emoción que no quiere admitir, pensará en mí. También sé que, aunque su mano esté ahora enredada en la de Ginoza, aunque sus labios ahora sean de él, aunque su presente y su futuro inmediato estén atados a ese vínculo que ella misma decidió forjar, hay partes de ella que siguen siendo mías.
Sé que la primera vez que alguien la tocó de verdad, fui yo.
No consumamos el acto, pero eso no cambia lo que pasó entre nosotros. No cambia la electricidad en su piel cuando la tuve contra la pared del aula de música, cuando su respiración tembló contra la mía, cuando mi nombre se escapó de sus labios con una mezcla de deseo y miedo. No cambia la forma en que sus manos se aferraron a mi camisa como si estuviera a punto de perderse en algo más grande que ella. No borra el recuerdo de nuestra noche en la mansión Carter después de que lleve a Alice a conocer a Tomoyo.
Esos momentos siguen existiendo, siempre van a existir.
Y si eso es todo lo que podemos tener juntos, si todo se reduce a fragmentos de un pasado que ya no nos pertenece, entonces supongo que tendré que conformarme con ello.
Aun así, no entiendo cómo Ginoza se atrevió o en realidad, lo entiendo demasiado.
No me sorprende que sienta algo por Alice, es obvio. Solo alguien ciego no lo habría visto. Pero lo que sí me sorprende es que haya decidido hacer algo al respecto.
Porque, si hay alguien que analiza cada decisión hasta el último detalle, si hay alguien que planifica cada movimiento para asegurarse de no cometer errores, es él.
Y esto… esto es un error. Ginoza es plenamente consciente de los riesgos.
Sabe que después de graduarnos, cuando se pueda hacer el examen de compatibilidad, si los números no están de su lado, tendrán que separarse.
Sabe que, si ese momento llega, les va a doler, mucho.
Porque Alice no hace nada a medias, cuando ella se entrega, lo hace con todo lo que es. Y si su relación con Ginoza crece como parece que lo hará, si ella se aferra a él de la misma manera en que alguna vez lo hizo conmigo, entonces… si el sistema decide que no pueden estar juntos, va a destruirlos a ambos.
¿Entonces por qué lo hizo?
¿Por qué arriesgarse a algo que podría acabar de la peor manera posible?
La respuesta es simple: porque tiene miedo, a la posibilidad de que Alice pudiera haberme elegido a mí en su lugar.
Ginoza no es un idiota, seguro sabe que algo paso entre Alice y yo. No con detalles, pero lo suficiente como para entender que lo que compartí con Alice no fue una simple amistad con roces ambiguos. Que hubo algo real, algo que podría haber seguido creciendo si las circunstancias hubieran sido distintas, y por eso hizo esto.
Porque, aunque sus sentimientos sean genuinos—y lo son, no tengo dudas de eso—, parte de su decisión también fue estrategia.
Se aseguró de que yo no tuviera la oportunidad de quitarle a Alice, y lo logró.
Porque ahora Alice es suya.
Y yo… Yo soy solo un recuerdo atrapado en los acordes de su guitarra.
Prometí no alejarme más.
No fue una promesa hecha en voz alta -porque Alice no me dejo opción, solo me dijo que me amaba en un grito y se fue-, pero en algún momento, entre verlos caminar juntos y darme cuenta de que ya no había espacio para mí en ese camino, me di cuenta de que no podía desaparecer del todo.
Así que, en el receso, después de evitarlo bastante, me siento con ellos.
Alice no parece sorprendida. Me mira con su sonrisa fácil, esa que siempre ha tenido, como si fuera completamente normal que vuelva a estar aquí después de todo este tiempo. Como si no hubiera un abismo de distancia entre el pasado y el presente, como si no notara que, por más que intente fingir que esto es lo mismo de siempre, hay algo en el aire que ya cambió para siempre.
Ginoza me lanza una mirada breve, una evaluación rápida, como si estuviera midiendo mis intenciones. Pero no dice nada. No hace comentarios sarcásticos ni intenta poner barreras. Solo asiente, aceptando mi presencia con la misma rigidez con la que hace todo en su vida.
Por un momento, el silencio se mantiene. Y entonces escucho a Alice discutir con él.
—No puedes simplemente decidir eso tú solo, Gino —dice, cruzando los brazos con indignación fingida.
—Puedo y lo hice —responde él, sin levantar la vista de su almuerzo—. Soy Propietario A.
Alice resopla, y me toma un segundo procesar de qué demonios están hablando.
—Dime tiene derecho a tener crianza equitativa —insiste ella—. Y si eso significa que duerma conmigo en la cama cuando me quedo en tu casa, entonces así será.
—No.
—Gino.
—Alice.
Observo la escena con una mezcla de incredulidad y entretenimiento. Es una discusión completamente absurda. Se lanzan argumentos con la seriedad de un juicio legal, con términos que claramente han sido sacados de algún documento que ninguno de los dos debería haber redactado jamás. Y entonces lo entiendo.
No es solo una discusión casual, es su discusión.
Porque de alguna manera, han llegado tan lejos en esta relación que ahora tienen una disputa sobre la paternidad de un perro. Y no solo eso. Parece que han firmado un maldito contrato ficticio de coparentalidad.
Paso una mano por mi rostro y dejo escapar una risa baja, incapaz de contenerla por más tiempo.
Alice me lanza una mirada inquisitiva.
—¿Qué?
—Nada —respondo, todavía sonriendo—. Solo… esto. Todo esto.
Alice rueda los ojos, pero hay un destello de diversión en su mirada.
—No es gracioso, Kou. Dime es nuestro hijo.
—No es nuestro hijo —corrige Ginoza de inmediato, su tono seco, su paciencia evidentemente colapsando—. Es mi perro.
Alice ignora su protesta y vuelve a su almuerzo, como si ya hubiera dado el veredicto final en la conversación.
Es un momento tan natural, tan ridículo y a la vez tan perfectamente ellos, que por un segundo casi me olvido de todo lo demás.
Casi, porque entonces me doy cuenta de algo.
Alice no lo ha llamado Nobuchika en toda la conversación.
Desde que me senté aquí, ha hecho un esfuerzo consciente por llamarlo Gino.
Lo noto porque yo fui quien estuvo cuando eso cambió por primera vez. Yo fui quien escuchó cómo su lengua tropezaba con ese nombre cuando empezó a ver a Ginoza de una manera diferente. Cómo pasaba de usar ese Gino casual y burlón a soltar un Nobuchika cuando pensaba que él no se daría cuenta.
Ahora está intentando volver a la normalidad, pero no lo logra.
Porque Alice no es buena en fingir. No cuando siente algo de verdad.
Y lo que siente ahora… es demasiado grande para que lo oculte, y es que es evidente para cualquiera que tenga ojos: está enamorada.
Puedo verlo en la forma en que le discute con una sonrisa en los labios, en cómo busca su mirada incluso cuando está enojada, en cómo se inclina ligeramente hacia él cuando habla, como si su cuerpo entendiera algo que su boca todavía no quiere admitir del todo.
Puedo verlo en la forma en que, a pesar de lo absurdo de esta conversación, a pesar de la batalla ridícula por la crianza de un perro que claramente ya ha elegido a Alice como su dueña alterna, ella no se cansa. No se aleja. No intenta imponerse como lo haría con cualquier otra persona.
Porque Alice ha aprendido a moverse en el mundo de Ginoza.
Y Ginoza, a pesar de su rigidez, de su forma meticulosa de analizarlo todo, de su necesidad de poner límites… la deja entrar.
Esa es la diferencia, él la deja entrar.
Sigo mirándolos mientras la conversación se desvía hacia otro tema, mientras Alice sigue sonriendo, mientras Ginoza sigue fingiendo que no está completamente atrapado por ella.
Ginoza
La pelota golpea la raqueta con un sonido limpio y seco, rebotando con precisión sobre la superficie dura de la cancha. Me muevo con rapidez, anticipando el golpe del otro lado. Mi oponente, un estudiante de segundo año con un saque decente y buen control de la velocidad, ha logrado mantener el ritmo, pero no lo suficiente. Sé que voy ganando.
No es que sea el mejor jugador de la academia, pero tampoco me gusta perder.
Los deportes, al final del día, son solo otra forma de imponer disciplina, de medir la capacidad de reacción, de leer los movimientos del otro y responder con lógica.
Con lógica… como si últimamente tuviera mucho de eso en mi vida.
Exhalo lentamente mientras remato la pelota con fuerza, enviándola justo fuera del alcance de mi contrincante. Veo cómo intenta alcanzarla, cómo su cuerpo se estira en un último esfuerzo por devolver el golpe, pero falla.
—Game, set, match —anuncia el estudiante, agachándose con las manos en las rodillas, claramente agotado.
Camino hasta la red y le tiendo la mano. Él la estrecha con una mueca de resignación.
—Sabía que ibas a ganar, pero al menos logré sacarte un par de puntos.
—Jugaste bien —respondo con neutralidad, aunque en mi cabeza ya he identificado todas las debilidades de su juego.
Me giro para recoger la pelota que quedó del otro lado de la cancha, pero antes de llegar, escucho una voz familiar.
—Ginoza.
No tengo que mirar para saber quién es.
Me giro y ahí está, apoyado contra la cerca con su raqueta en una mano y la otra dentro del bolsillo. Kougami tiene ese aire despreocupado de siempre, pero sus ojos oscuros me observan con más intensidad de la habitual.
—¿Vienes a jugar o solo a mirar? —pregunto, volviendo a mi lado de la cancha.
Él sonríe, una de esas sonrisas que nunca son completamente casuales.
—Sabes que no me quedo a mirar.
Tomo una pelota del tubo junto a la red y la hago rebotar un par de veces contra el suelo. No es la primera vez que jugamos juntos. En realidad, esto ya se ha convertido en una rutina ocasional, un terreno neutral donde el orgullo se pone a prueba sin necesidad de palabras innecesarias.
El problema es que hoy no es un día neutral, hoy hay demasiadas cosas flotando en el aire.
Kougami entra a la cancha y toma posición en el otro extremo.
—¿Al mejor de tres sets? —pregunta mientras hace girar la raqueta en su mano con facilidad.
—Como siempre.
Lanzo el primer saque. Fuerte, rápido, dirigido con precisión.
Kougami lo devuelve con un golpe sólido, su postura relajada pero eficiente.
El intercambio comienza.
Es rápido, tenso, como siempre lo ha sido entre nosotros. Pero esta vez, hay algo diferente en su manera de moverse, en la forma en que mantiene la mirada fija en mí con más intención de la normal.
Sé lo que está esperando, y sé que no voy a poder evitarlo por mucho tiempo.
El primer set transcurre sin demasiadas sorpresas. Kougami es bueno, pero yo soy mejor. Siempre lo he sido cuando se trata de técnica y control. Mientras que él confía en su físico y en su resistencia, yo confío en mi capacidad de leer el juego, en saber exactamente dónde colocar la pelota para hacerle la vida más difícil.
Gano el set 6-3.
Nos tomamos un breve descanso, pero en lugar de quedarse en silencio como de costumbre, Kougami decide hablar.
—Así que Alice y tú.
No es una pregunta. Es una declaración.
Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano y no le respondo de inmediato. Tomo un poco de agua, dándole la oportunidad de retractarse o cambiar de tema. No lo hace.
Claro que no lo hace.
—¿Y? —respondo finalmente, con la misma neutralidad de siempre.
—No pensé que te arriesgarías así.
Me río sin humor y lanzo la pelota al aire para iniciar el siguiente saque.
—No pensé que fueras a hacer esto más incómodo de lo necesario.
El saque va directo a la línea, rápido y potente. Kougami lo alcanza por poco y lo devuelve con un golpe agresivo.
—No es incomodidad —dice mientras nos movemos en la cancha—. Es curiosidad.
—Llámalo como quieras.
Intercambiamos golpes sin pausa, cada uno midiendo al otro, empujándonos más allá de nuestra zona de confort.
Finalmente, soy yo quien rompe el ritmo. Lanzo un tiro corto, apenas superando la red. Kougami corre, pero no llega a tiempo.
—Tu punto —murmura, recuperando el aliento.
Se endereza y me observa de nuevo, evaluándome.
—No te importa lo que puede pasar ¿verdad?
Sé a qué se refiere.
El sistema. Sibyl. La compatibilidad.
Si Alice y yo seguimos juntos hasta la graduación, hacemos el examen de compatibilidad y el sistema decide que no somos el uno para el otro, tendremos que separarnos. Porque es un tabú mantener relaciones sin la aprobación del sistema. No es imposible, pero no es lo recomendable en lo absoluto.
—No tiene sentido pensar en eso ahora —respondo, devolviéndole la mirada con calma.
—Claro que tiene sentido —insiste, su tono más serio ahora—. Porque cuando pase, no vas a ser el único al que le duela.
Esa frase me golpea de una manera que no esperaba.
Alice, con su manera despreocupada de hacer todo, con su insistencia en estar a mi lado sin importarle el resto del mundo, sin importarle el que dirán ni las normas sociales, con la forma en que me mira cuando cree que no me doy cuenta.
Alice, que se enamoró de mí. Y que yo, maldita sea, dejé que lo hiciera.
Aprieto la mandíbula y lanzo la pelota para el siguiente saque.
Esta vez, Kougami lo devuelve con fuerza, más agresivo que antes. Nos movemos más rápido, golpe tras golpe, sin palabras.
El intercambio dura más que los anteriores, hasta que finalmente él logra meter un tiro angulado que me obliga a correr demasiado lejos para devolverlo.
—Mi punto —dice, girando la raqueta en su mano.
Nos quedamos en silencio por unos segundos, sé que no va a soltar el tema.
Porque no es solo curiosidad, no se trata de mí. Se trata de ella.
Porque, aunque Kougami no lo dirá en voz alta, aunque no lo quiera admitir ni siquiera para sí mismo, parte de él sigue queriendo estar en mi lugar.
Y parte de mí sabe que, si no hubiera tomado la decisión de quedarme con Alice, él lo habría hecho.
—¿Esto lo hiciste por ella o para asegurarte de que yo no lo hiciera?
Lo miro fijamente, mi agarre en la raqueta tensándose por un segundo.
—¿Por qué no pueden ser ambas cosas?
Kougami sostiene mi mirada por un momento más antes de esbozar una sonrisa de lado, como si acabara de confirmar algo que ya sabía.
No dice nada más, solo ajusta su postura, listo para recibir mi siguiente saque.
El punto final del set cae de mi lado. Gano. Pero el modo en que Kougami suelta la raqueta apenas un segundo antes de recogerla de nuevo me dice que esto no ha terminado.
El segundo set comienza con más intensidad.
Kougami está jugando más agresivo ahora, más rápido, más certero. Como si cada golpe que lanza fuera una pregunta sin respuesta, una afirmación sin palabras. Como si, en lugar de hablar, intentara sacarme algo a golpes de raqueta y velocidad.
No me sorprende. Es su manera de procesar las cosas. Y si bien suelo ganarle en estrategia, su resistencia y tenacidad pueden volverse un problema si lo dejo tomar el ritmo del partido.
No pienso dejarlo.
Respondo con la misma precisión de siempre, obligándolo a moverse de un lado a otro, a estirarse más de lo que quiere, a esforzarse por cada punto que me arrebata. Pero esta vez es diferente. Esta vez no es solo un juego.
Esta vez, él está probando mi límite, y yo, sin quererlo, estoy probando el suyo.
Para cuando el set termina, el marcador está 6-4 a mi favor. Casi me empata. Casi me gana.
Casi.
Nos tomamos otro descanso. Kougami apoya las manos en las rodillas y deja escapar una risa baja, más un resoplido de cansancio que de diversión.
—Sigues siendo insoportable en esto.
Me paso una toalla por la nuca y tomo un trago de agua antes de responder.
—Y tú sigues siendo terco.
Kougami se incorpora y me observa con esa mirada suya, la que usa cuando cree que tiene algo que decir y no está seguro de si debería decirlo, pero lo hará.
—¿Crees que puedes hacerlo funcionar? —pregunta, finalmente.
Sé exactamente de qué habla.
No respondo de inmediato. No porque no tenga una respuesta, sino porque todavía estoy evaluando qué parte de la verdad quiero compartir con él.
Sí, creo que puedo hacerlo funcionar, pero eso no significa que vaya a ser fácil.
Porque, aunque Alice camine a mi lado sin dudarlo, aunque ignore las miradas, los murmullos, los comentarios susurrados a nuestras espaldas, aunque apriete mi mano en público como si con eso pudiera borrar toda la diferencia entre nosotros… yo sé que eso no es suficiente.
El problema no es ella, el problema es el mundo.
—No sé —respondo finalmente, porque no voy a mentirle.
Kougami asiente lentamente, como si esperara esa respuesta.
—Tienes que saberlo.
—No es tan simple.
—Sí lo es. O crees que puedes hacerlo funcionar, o sabes que va a fallar.
Mi mandíbula se tensa.
—¿Y qué harías tú?
Él me sostiene la mirada.
—No lo habría intentado.
Silencio.
Es una respuesta honesta. Una que no me sorprende, pero que tampoco me gusta escuchar.
Porque Kougami conoce perfectamente los riesgos.
—Si lo sabes, ¿por qué lo hiciste?
Lo miro sin pestañear.
—Porque no quería que lo hicieras tú.
Kougami se ríe, pero no hay diversión en su voz.
—Eso lo imaginé.
Dejo la toalla sobre el banco y me giro hacia él con una expresión seria.
—Pero no es solo por eso.
Su expresión cambia, apenas un poco.
—Ah, ¿no?
—No.
Kougami me observa por un momento más antes de asentir levemente, como si estuviera aceptando algo que no necesita ser dicho.
Porque en el fondo, él sabe la verdad.
Sabe que no soy alguien que hace algo sin razón, que no me arriesgaría solo por competencia, solo por ganarle en esto. Sabe que ella es más que un juego para mí.
Y, al final, sabe que, aunque pueda fingir que no lo entiende, aunque pueda decirse a sí mismo que habría sido más prudente, que habría esperado, que no habría hecho lo mismo en mi lugar… una parte de él desearía haberlo hecho.
Tomo mi raqueta y vuelvo a la cancha.
—Tercer set.
Kougami sonríe de lado y se pone en posición.
El tercer set es diferente.
Desde el primer saque, sé que Kougami ha cambiado su estrategia. No está jugando como antes, no está apostando solo a su resistencia o a su fuerza. Esta vez, está jugando para ganar.
Y lo peor es que lo está haciendo bien.
A diferencia de los sets anteriores, ahora no está respondiendo con impulsividad. Me está estudiando. Está anticipando mis movimientos. Se ha dado cuenta de cómo lo desplazo por la cancha, de cómo utilizo los ángulos para sacarlo de su zona de confort. Y, en lugar de dejarse llevar por su instinto, me está obligando a moverme más de lo que me gustaría.
Sabe que, si logra sacarme de mi ritmo, si me empuja lo suficiente, podrá inclinar el partido a su favor.
Y está funcionando.
Cada punto que gana es una confirmación silenciosa de que algo cambió en su juego. Que ahora está más concentrado. Que ya no está jugando solo para enfrentarme, sino para superarme.
Los intercambios son más largos, más agotadores. Mis golpes siguen siendo certeros, pero Kougami los devuelve con una intensidad renovada. Me obliga a correr, a ajustarme, a reaccionar más rápido de lo que me gustaría.
Y cuando menos me doy cuenta, el marcador ya no está a mi favor.
5-3.
Él está a un solo game de ganar el partido. No puedo permitirlo.
Lanzo el saque con toda la potencia que me queda, pero él lo recibe con la misma estabilidad con la que ha jugado todo este set. Nos movemos de un lado a otro, buscando la apertura, esperando el error del otro.
Pero esta vez, soy yo quien comete el error: un tiro mío queda demasiado corto.
Kougami lo ve y no duda. Avanza hacia la red y cierra el punto con un remate imposible de alcanzar.
6-3. Partido para él.
Me quedo de pie en la línea de fondo, con la raqueta aún firme en mi mano, observando la pelota rebotar fuera de la cancha.
Kougami suelta un suspiro y se pasa una mano por el cabello antes de mirarme con esa sonrisa suya, una mezcla de satisfacción y desafío.
—Supongo que ya era hora —dice, con una ligera burla en su tono.
Camino hacia la red y le tiendo la mano.
—No te acostumbres.
Él estrecha mi mano con firmeza, y por un momento, solo nos quedamos ahí, mirándonos.
No hace falta decir nada más, hoy ganó él.
Pero la conversación que tuvimos en la cancha seguirá flotando entre nosotros, esperando su momento para regresar.
Porque, aunque Kougami ganó el partido, ambos sabemos que la verdadera batalla no era esta.
Era Alice. Y esa ya la gané yo.
Alice
Tocar la guitarra eléctrica es la mejor decisión que he tomado en mi vida. No hay otra forma de decirlo. Desde el momento en que la sostuve por primera vez, sentí que todo encajaba, como si siempre hubiera estado destinada a esto. Me acostumbré al peso del instrumento, a la forma en que mis dedos se deslizaban sobre las cuerdas, a la vibración en mis manos cuando un acorde salía justo como lo imaginaba. Cada vez que la conecto al amplificador y el sonido retumba por la habitación, es como si algo dentro de mí cobrara vida, como si pudiera deshacerme de todas las emociones que no sé cómo manejar de otra manera.
La guitarra es mía, solo mía. Mi preciosa.
Por eso, Nobuchika no sabe que la compré, porque si lo supiera, me haría una escena en la que me diría: 'las canciones de rock nublan el tono, estúpida'.
Puedo escucharlo decirlo, con su ceño fruncido y su tono seco, como si estuviera haciendo una declaración objetiva y no un intento desesperado por controlarme. Me gusta verlo desesperarse cuando hago algo que escapa de su lógica, pero esta vez prefiero evitar la pelea, al menos por ahora.
Así que toco en la mansión Carter, en mi espacio, donde nadie me molesta.
Hoy, como tantas otras noches desde que la compré, me dejo llevar. Subo el volumen un poco más de lo que debería y dejo que los acordes se expandan por la habitación con una potencia que puedo sentir en el pecho. La púa golpea las cuerdas con precisión, el sonido es crudo, puro, sin filtros. Me pierdo en la música con la misma facilidad con la que siempre lo hago cuando algo realmente me importa.
Estoy segura de que, cuando sea adulta, voy a ser una artista. No es solo un deseo, es una certeza. No hay otra cosa en el mundo que me haga sentir así.
Y entonces, mi mirada se desliza sobre el cuerpo de la guitarra y la veo, a mi estampa.
El yin-yang de gatos brillando levemente bajo la luz de la habitación. Mis dedos se detienen sobre las cuerdas.
Por un instante, todo el ruido se apaga.
La imagen es pequeña, discreta, pero su significado pesa más de lo que debería.
Porque me recuerda a él.
El sonido del Opus No. 01 resuena en mi memoria, las notas flotando en el aire de una habitación en penumbras, la sensación de sus manos sobre mi piel, de su respiración contra la mía. Me golpea de repente, como si la música que acabo de tocar hubiera abierto un portal a algo que creí haber dejado atrás, pero nunca lo dejé atrás.
Cierro los ojos y exhalo lentamente.
La guitarra sigue en mis manos, pero ahora pesa de otra manera. Porque no puedo evitar pensar en que la primera canción que compuse le pertenece a él. Porque cada vez que toque este instrumento, cada vez que mis dedos recorran las cuerdas con la misma pasión de siempre, una parte de mí va a recordarlo.
Voy a recordar que Shinya fue el primero en ver este lado de mí. Que fue el primero en tocarme de verdad, en mostrarme lo que se sentía estar al borde de algo inevitable.
Voy a recordar que, aunque ahora mis manos sostienen la guitarra, alguna vez sostuvieron su rostro, su espalda, su cabello.
Y voy a recordar que, al final, lo único que nos quedó fue la música.
Mi agarre sobre el mástil se tensa por un segundo antes de soltarlo.
No debería pensar en esto. No debería pensar en él, pero lo hago, y sé que lo seguiré haciendo.
Porque hay cosas que nunca desaparecen, no importa cuánto intente enterrarlas bajo nuevos acordes y melodías diferentes. O quizás soy masoquista, muy masoquista.
Pero de algo estoy segura: algunas canciones siempre vuelven a sonar.
Ginoza
Todo el mundo en Nitto tiene una opinión o al menos, todo el mundo que me rodea.
Algunos me miran con una especie de respeto forzado, como si el simple hecho de ser el novio de Alice me convirtiera en alguien intocable, como si acercarse demasiado a mí pudiera quemarlos con la misma intensidad con la que ella arde en cada lugar al que va. Otros no son tan discretos. Susurran cuando paso, bajan la voz apenas lo suficiente como para que pueda escucharlos si presto atención, pero sin que haya una acusación abierta, dicen mi nombre con la misma fascinación morbosa con la que se habla de una tragedia en desarrollo.
Y luego están los que no se molestan en ocultarlo.
No me han golpeado, al menos no de una manera que pueda definir como tal. Pero las situaciones se han vuelto más agresivas, los empujones en los pasillos son más evidentes, las manos que se apoyan en mi hombro con demasiada fuerza cuando alguien pasa junto a mí, los libros que de repente terminan en el suelo, las risas ahogadas cuando sucede y yo simplemente los recojo sin reaccionar. Son cosas pequeñas, acumulaciones de hostilidad disfrazadas de accidente, de casualidad. No me buscan directamente, pero tampoco tienen miedo de hacerme saber que están ahí, esperando que haga algo, pero no lo hago.
No porque no quiera, sino porque no tiene sentido. Kougami no está en estas circunstancias, Alice tampoco, por eso lo hacen. Y yo sé que, si levanto un solo dedo contra cualquiera de ellos, el problema no será para ellos, será para mí. Porque el hijo de un criminal latente no puede permitirse perder el control. No cuando ya esperan que lo haga.
Y todo esto, por supuesto, es por causa de Alice.
Porque ella decidió ser abierta con lo nuestro. Porque decidió caminar a mi lado sin ocultarse, sin preocuparse por los rumores, sin prestar atención a las miradas que se clavaban en nosotros como cuchillos afilados. Para ella, nada de esto es importante. Para ella, la idea de que una heredera no pueda estar con alguien como yo es ridícula.
Pero para todos los demás, soy un Ícaro que está apuntando demasiado alto.
Porque claro, ¿cómo puede alguien como yo, alguien con mi apellido, mi historia, atreverme a estar con ella?
Así que dejo que hablen, dejo que hagan lo que quieran. Me mantengo en silencio, porque no tengo nada que demostrarles. Porque sé que, si juego bajo sus reglas, si caigo en su provocación, ellos ganan. Y yo no puedo darme el lujo de perder, pero Alice sí puede.
Por eso, cuando le cuento sobre esto mientras cenamos, su respuesta es tan simple como brutal.
—Son unos idiotas mediocres.
Lo dice con el mismo desinterés con el que comentaría que el clima está frío o que la comida se está enfriando.
Estamos en el mismo lugar donde tuvimos nuestra primera cita, con el aroma del caldo caliente envolviéndonos, con los ingredientes burbujeando en la olla mientras probamos diferentes combinaciones. Alice ahora cumple mejor las reglas del hot pot, lo que significa que podemos experimentar más con los sabores. Aunque sigue sin tolerar el picante -probablemente nunca lo tolere-, lo que me obliga a mantener su lado del caldo sin demasiadas especias.
Bebo un sorbo de amazake y la observo mientras mezcla la salsa en su pequeño cuenco, como si no hubiera acabado de decir algo tan incendiario.
—Alice.
—¿Qué? —pregunta, mirándome de reojo con una expresión completamente tranquila.
—No puedes simplemente decir eso sin más.
—Claro que puedo.
Aprieto los labios y dejo mis palillos sobre la mesa.
—No es tan simple.
Alice suspira con evidente paciencia antes de inclinarse ligeramente hacia mí, su codo apoyado en la mesa, su mirada afilada como siempre que está a punto de decir algo que sabe que no quiero escuchar.
—Nobu, la gente en esta academia no es mejor que tú.
—Nunca dije que lo fueran.
—Pero actúas como si tuvieras que demostrarles algo.
No respondo. No porque no tenga qué decir, sino porque Alice tiene una forma insoportable de decir la verdad sin anestesia.
Ella se endereza de nuevo y toma un bocado de su cuenco con total tranquilidad.
—Míralos. ¿Viste la clase de gente que son?¿Qué van a hacer con sus vidas? ¿Seguir la línea que Sibyl les marque? ¿Terminar como empleados en alguna empresa mediocre, convencidos de que están donde deben estar solo porque un sistema les dijo que sí? No tienen nada. No van a ser nada. Y, aun así, creen que tienen derecho a opinar sobre ti.
Deja los palillos sobre la mesa y me observa con intensidad.
—Pero tú sí vas a ser algo, Nobu. Lo sabes. Vas a ser mejor que ellos. Vas a hacer algo real con tu vida.
Sus palabras quedan flotando entre nosotros, mezclándose con el vapor del caldo que sigue burbujeando en la olla.
Sé que Alice no dice esto solo para consolarme. No es alguien que endulce la verdad. Si lo dice, es porque lo cree. Y eso, de alguna manera, pesa más que todo lo demás.
Tomo un trago de amazake y dejo que el dulzor calme un poco el sabor del caldo en mi boca.
—Sigues sin intentar con el picante —digo finalmente, desviando la conversación.
Alice sonríe, como si supiera exactamente lo que estoy haciendo, pero decide dejarlo pasar.
—No todos tenemos paladares insensibles como el tuyo.
La conversación fluye hacia otros temas, como si nunca hubiéramos hablado de lo que está ocurriendo en la academia, como si las cosas fueran normales. Pero sé que Alice no lo ha olvidado. Y sé que, aunque ahora parezca despreocupada, si la provocan lo suficiente, no va a quedarse callada.
Y parte de mí se pregunta si debería detenerla antes de que eso pase.
Pero otra parte de mí sabe que, cuando Alice decide pelear, no hay nadie que pueda hacerle cambiar de opinión.
Alice juega con los palillos en el caldo caliente, mezclando los ingredientes con lentitud, como si la conversación que estamos teniendo fuera tan trivial como la comida frente a nosotros. Pero no lo es. Lo sé porque su tono es más suave de lo usual, más contenido. Sé porque me está mirando como si estuviera a punto de preguntarme algo importante, algo que ha estado rondando su mente desde hace un tiempo.
—Nobu, ¿qué quieres hacer en el futuro? —pregunta, sin apartar la vista del hot pot.
Levanto la mirada y la observo por un momento antes de responder. No porque no tenga una respuesta, sino porque me sorprende que me lo pregunte.
—Quiero ser inspector en la Oficina de Seguridad Pública.
Alice frunce el ceño levemente, inclinando la cabeza con curiosidad genuina.
—¿Eso es como ser policía?
Cierro los ojos por un segundo y exhalo con paciencia. Por supuesto que no lo sabe. Alice vivió aislada durante demasiado tiempo, sin televisión, sin noticias, sin interacción real con el mundo. Para ella, la estructura de la sociedad es una colección de fragmentos inconexos que apenas está empezando a juntar.
—No exactamente —respondo, apoyando los codos en la mesa—. Es más como ser el amo de una manada de perros.
Alice alza una ceja, claramente intrigada por la metáfora.
—Eso suena interesante. Explícame.
Tomo un sorbo de amazake antes de continuar.
—La Oficina de Seguridad Pública usa criminales latentes con un permiso especial para cazar a otros como ellos. Son llamados Ejecutores. No son policías, no son ciudadanos normales. Son herramientas. —Aprieto los labios por un momento, sintiendo la rabia arder bajo la superficie—. Siguen órdenes, hacen el trabajo sucio y, cuando dejan de ser útiles o se vuelven peligrosos, los descartan.
Alice se queda en silencio por un momento, asimilando la información. Su expresión no cambia demasiado, pero puedo notar la ligera rigidez en su postura.
—¿Los descartan? —repite en voz baja, observándome con atención.
—No puedes confiar en un perro rabioso —digo, sin titubear—. Tarde o temprano, te muerde.
Alice me mira.
Es una mirada profunda, como si estuviera evaluando cada palabra que acabo de decir. Como si estuviera decidiendo si vale la pena discutirlo. Por un momento, creo que va a decir lo obvio. Que mi propio padre es un criminal latente. Que no debería hablar así.
Pero contra todo pronóstico, lo que dice es completamente diferente.
—No soy quién para juzgar —murmura, apartando la vista por un momento antes de devolverla a mí—. Hay padres que sencillamente no son buenos padres.
Su tono es neutro, pero la forma en que lo dice deja claro que no está hablando de Masaoka, porque no lo conoce. Está hablando de Adam Carter.
No respondo. No porque no tenga nada que decir, sino porque sé que Alice no está buscando consuelo ni una discusión. Es solo una declaración. Algo que ha aceptado hace mucho y que, de alguna manera, la hace entenderme más de lo que esperaba.
El hot pot sigue hirviendo entre nosotros, y Alice deja la conversación en pausa por unos minutos, como si me estuviera dando espacio para digerir lo que dijo. Luego, con la misma facilidad con la que cambia de tema cuando algo ya no le interesa, pregunta:
—¿Quieres hacerlo para demostrártelo a ti mismo o porque te gusta adiestrar perros?
La miro con seriedad, pero Alice solo sonríe con burla, como si estuviera disfrutando la conversación más de lo que debería.
—Es sabido que después de una década de servicio como inspector, se abre una plaza en el Ministerio de Bienestar para quienes trabajaron tanto tiempo en el cuerpo.
Alice deja los palillos sobre la mesa y entrelaza los dedos bajo su barbilla, observándome con interés.
—Y el Ministerio de Bienestar es el centro del mundo —murmura.
Asiento.
—Exactamente. Y quiero acercarme lo más posible a ese centro.
Alice se recuesta ligeramente en el asiento, sonriendo de lado, como si hubiera encontrado algo que le resulta particularmente divertido.
—En serio eres Ícaro.
Levanto una ceja, sorprendido por la coincidencia.
—¿Ícaro?
—Sí. Eres el tipo que quiere volar tan cerca del sol como sea posible, sin importarle si se quema en el intento.
Exhalo con una mezcla de cansancio y resignación.
—No quiero volar hacia el sol.
—Claro que sí.
Alice toma su taza de amazake y bebe un poco antes de continuar.
—No tienes que admitirlo. Pero lo sé.
Ruedo los ojos y dejo que se divierta con su interpretación de mi vida. No tiene sentido discutir con ella cuando se pone así.
—Lo único que quiero es una vida estable —digo finalmente—. Y demostrarle al mundo que no soy solo un apellido.
Alice me sonríe, y por alguna razón, esa sonrisa me incomoda más que cualquier argumento que pudiera haberme lanzado, porque ella está en la misma lucha.
No necesita decirlo. Lo veo en la forma en que se esfuerza en cada cosa que hace, en cómo se aferra a su música, en cómo desafía a cualquiera que intente ponerla en un molde que no le corresponde. Quiere demostrarle al mundo que no es solo la hija de Adam Carter.
Por eso me entiende. Y por eso lo que dice a continuación me toma por sorpresa.
—Nobu —su tono es más suave ahora, más mesurado—. ¿Crees que yo podría ser parte de esa estabilidad?
No es solo una pregunta casual. Alice no está preguntando si soy feliz con ella ahora. No está preguntando si le gusta pasar tiempo conmigo, si disfruto su compañía.
Sostengo su mirada por un segundo, sintiendo el peso de su pregunta con más intensidad de la que esperaba. Alice Carter nunca ha sido alguien que haga cosas sin intención.
Me tomo un momento antes de responder. No porque no tenga una respuesta, sino porque Alice no se merece cualquier respuesta. Su pregunta no es trivial, no es una de sus provocaciones habituales ni un comentario lanzado al aire sin pensarlo.
Me está preguntando si la veo en mi futuro, si cuando pienso en la estabilidad que tanto ansío, ella está dentro de ese escenario.
Si este vínculo que hemos construido es algo real o solo un punto de tránsito, una etapa más antes de que el mundo nos separe.
Miro su rostro iluminado por la luz tenue del local, la manera en que juega con los palillos entre sus dedos con una tranquilidad que no es tal… ella no es paciente. Si está esperando mi respuesta en silencio, es porque realmente le importa lo que voy a decir.
Y yo… yo ya sé la respuesta.
—Sí —digo finalmente, con el tono más firme que puedo reunir.
Alice sonríe, satisfecha, como si siempre hubiera sabido lo que iba a decir.
—Bien. Porque si tú quieres ser inspector, entonces debería pensar en serlo también.
Parpadeo, sorprendido por su declaración repentina.
—Alice, tú tienes talento como artista.
—Lo sé —responde sin dudarlo, como si fuera un hecho incuestionable—. Pero si trabajas como inspector, probablemente no nos veremos seguido. Y voy a extrañarte mucho cuando Dime y yo vivamos casi solos en un departamento lujoso, mientras te esperamos por las noches.
El tono es ligero, casi como una broma, pero puedo verlo perfectamente.
Un departamento en un lugar espacioso, con ventanales amplios y muebles elegantes que Alice probablemente escogería sin consultarme. Un sofá caro, posiblemente de cuero, con Dime echado sobre él, entrenado para bajarse en el mismo segundo en que yo entre por la puerta. Alice esperándome, probablemente con música de fondo, con su guitarra en las piernas o con un libro que seguramente olvidará leer en cuanto me vea llegar.
Es una imagen que me resulta inquietantemente fácil de imaginar, peligrosa, pero no puedo decir que no me gusta.
Tomo un sorbo de amazake, intentando despejar mi mente antes de responder.
—El trabajo como inspector no es algo que puedas decidir así de fácil. No es un juego, Ari.
Ella ladea la cabeza, con una expresión entre curiosidad y desafío.
—¿Y si tengo talento para ello?
Exhalo, ya anticipando a dónde quiere llegar con esto.
—No puedes decidir eso por tu cuenta. Es un trabajo de élite. Solo los que tienen las máximas puntuaciones en el examen de aptitud laboral pueden acceder a él.
Alice se encoge de hombros.
—Entonces sacaré la mejor puntuación si es necesario.
Me río con incredulidad, negando con la cabeza.
—Tú misma te autosaboteas en los exámenes para ser la tercera.
Alice sonríe, como si hubiera estado esperando que dijera eso.
—Lo hago porque no me interesa ser la mejor ahora…
Deja la frase en el aire por un instante, el tiempo justo para hacerme sentir que está midiendo sus palabras antes de soltarlas.
—Pero por ti, Nobuchika, dejaría de autosabotearme.
Mi mano se queda inmóvil sobre la mesa. No sé qué me sorprende más, si la forma en la que lo dice con tanta naturalidad o la facilidad con la que esas palabras se instalan en mi cabeza.
Alice, dejando de lado su propio juego solo por mí, esforzándose no por demostrarle algo al mundo, sino por asegurarse de que podemos tener un futuro. Es demasiado.
—Alice… —empiezo a decir, pero ella me interrumpe con una sonrisa ligera.
—Si ser inspector es tan bueno, ¿no debería preocuparme por asegurar mi futuro también?
No hay burla en su tono. Solo lógica.
—El examen de aptitud laboral es más definitivo que elegir una especialidad en la academia —digo, observando a Alice mientras sigue jugando con los palillos en el caldo.
Ella ni siquiera parece sorprendida por mi comentario. Me mira con esa expresión suya que indica que ya ha pensado en esto más de lo que está dispuesta a admitir en voz alta.
—Según tengo entendido —responde, alzando levemente las cejas— después del examen de aptitud te presentan las distintas posibilidades que tienes para trabajar. Así que, si las cosas salen mal, puedes cambiar de trabajo.
Suelto una breve risa nasal, tomando un sorbo de amazake antes de contestar.
—El chiste es que las cosas no salgan mal.
Alice ladea la cabeza con una ligera sonrisa, esa que siempre tiene cuando siente que estoy sobre analizando todo.
—Sabes, Nobuchika, yo podría no trabajar si quisiera.
La miro con atención.
—Soy la heredera Carter. Como Naomi murió, puedo heredar directamente cuando sea mayor de edad, al menos la parte de ella.
Y sé que tiene razón.
Alice tiene la vida arreglada. No necesita preocuparse por exámenes de aptitud, ni por trabajo estable, ni por ascender en la jerarquía del sistema. No necesita demostrarle nada a nadie. Puede hacer lo que quiera, ser artista, viajar por el mundo si no fuera porque Japón está cerrado al exterior.
Y, sin embargo, aquí está, considerando la posibilidad de entrar a la Oficina de Seguridad Pública, no porque tenga que hacerlo, sino porque quiere hacerlo.
—Alice… —empiezo a decir, pero ella me interrumpe con otra pregunta.
—Tengo curiosidad. ¿Cómo es que alguien que está tan preocupado por su matiz está dispuesto a trabajar codo a codo con criminales latentes?
Aprieto la mandíbula y dejo los palillos sobre la mesa con calma.
—Es cuestión de mantener las distancias —respondo con frialdad—. Después de todo, son…
—Son seres humanos, Nobuchika —me interrumpe con firmeza, mirándome con intensidad—. Con sentimientos, pensamientos propios. Personas que, quizás, incluso son simpáticas. Después de todo, ninguno cometió un crimen real.
Exhalo lentamente, mirándola sin parpadear.
—El sistema dice que son criminales latentes. Eso ya es suficiente.
Alice no rompe el contacto visual.
—No creo que puedas mantener las distancias tanto como crees.
No es solo una opinión. Es una afirmación, una certeza que parece completamente inquebrantable en su mente.
—Ah, ¿no?
—No. Porque si pasas suficiente tiempo con alguien, terminas conociéndolo por cómo realmente es.
Sé que no lo dice solo por los criminales latentes. También lo dice por mí.
Porque Alice Carter, con su mirada afilada y su mente siempre un paso adelante, ha pasado suficiente tiempo conmigo como para conocer las partes de mí que no muestro a los demás. Y eso es precisamente lo que me inquieta.
Desvío la mirada hacia la olla hirviendo, mezclando los ingredientes sin mucho interés real en lo que estoy haciendo.
—No es lo mismo.
Alice no responde de inmediato. Solo bebe un sorbo de amazake antes de apoyar los codos en la mesa y mirarme con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Sabes, me pregunto por qué el Ministerio de Bienestar plantea que después de diez años los inspectores tienen una plaza asegurada dentro del ministerio.
Levanto la vista, sin sorprenderme por el cambio de tema.
—Suena como un premio bastante tentador, ¿no? —agrega, mirándome con una sonrisa de medio lado.
Pienso en su pregunta por un momento, pero la respuesta ya la tengo clara.
—Probablemente porque el trabajo de inspector demanda demasiado trabajo físico.
Alice asiente lentamente, procesando la información.
—Entonces… ¿el Ministerio de Bienestar está lleno de exinspectores de la Oficina de Seguridad Pública?
Me encojo de hombros.
—No lo sé con certeza. Pero tendría sentido.
Alice no dice nada por un instante. Solo juega con los palillos entre sus dedos, su expresión más pensativa que antes.
—Interesante.
Sé que su mente sigue procesando esto, conectando puntos que aún no sé si quiero que conecte.
—Seguramente puedo ser artista e inspectora —dice Alice con la confianza de quien no ha considerado las implicaciones de su propia afirmación.
Me detengo un momento, intentando procesar si realmente está considerando esa posibilidad o si simplemente está buscando provocarme, porque con ella nunca se sabe.
—No durarías ni un año —respondo con certeza.
Alice alza una ceja y suelta una risa baja, llena de diversión.
—Nobu, deberías saber que desafiarme así de abiertamente nunca es una buena idea.
Suelto un suspiro.
—No hay un Psycho-Pass que pueda aguantar eso.
—Entonces seré la pionera —responde sin perder el ritmo, con esa facilidad suya de hacer que cada conversación gire a su favor.
Cierro los ojos por un segundo, intentando mantener la paciencia.
—Alice, tú vives tu arte con una intensidad peligrosa. Si además de eso piensas en ser inspectora, es una receta para el desastre.
Ella ladea la cabeza, observándome con curiosidad.
—¿Estás diciendo que no puedo manejarlo?
—Estoy diciendo que no deberías manejarlo.
—Eso no es lo mismo.
—Para el caso, sí lo es.
Alice se cruza de brazos y me mira con esa expresión de desafío que ya reconozco demasiado bien.
—Así que ahora tú decides qué debo y qué no debo hacer con mi vida.
—No se trata de eso. Se trata de que no puedes esperar vivir dos vidas al mismo tiempo sin que una de ellas termine consumiéndote.
—Eso suena como una advertencia dramática.
—Es un hecho.
Ella inclina la cabeza con una sonrisa de medio lado, como si estuviera evaluando qué tan en serio debería tomarme.
—Sabes, creo que nunca he considerado ser inspectora tan seriamente hasta ahora.
Resoplo, dándome cuenta demasiado tarde de que, en lugar de disuadirla, probablemente acabo de hacer que esta idea le interese más.
—Tomare esto en consideración más adelante—dice con un tono más relajado, como si ya hubiera decidido que esta conversación no tiene que resolverse hoy—. No voy a descartar seguirte.
Antes de que pueda decir algo más, se inclina un poco sobre la mesa y sonríe con aire travieso.
—Además, los uniformes son sexys.
Parpadeo.
—¿Qué?
Alice se encoge de hombros con absoluta naturalidad.
—Digo, si voy a considerar esto como una posibilidad, al menos quiero que haya algo atractivo en la idea.
La miro, sin poder creer el giro que acaba de tomar la conversación.
—No puedes estar hablando en serio.
—Oh, pero lo estoy.
Se inclina un poco más, apoyando el codo en la mesa y observándome con diversión.
—Y seguro que tú en traje te verías muy sexy.
Me paso una mano por el rostro con cansancio.
—Alice…
Pero ella ignora mi tono de advertencia y, con la misma facilidad con la que ignora cualquier límite que intento ponerle, toma mi mano sobre la mesa. Su piel es cálida contra la mía.
No es un gesto efusivo ni un intento de provocación. Solo… es.
Y aunque debería soltarla, no lo hago, porque, en el fondo, sé que no importa cuántas discusiones tengamos, no importa cuántas veces intente convencerla de que no debería seguirme en esto… siempre hará lo que quiera.
La cena termina poco después, pero la conversación sigue flotando en mi cabeza mucho después de que nos despedimos.
Y aunque no quiero admitirlo, una parte de mí sabe que, si Alice realmente decide hacerlo, si se propone entrar en la Oficina de Seguridad Pública…
Podría lograrlo. Y eso, más que nada, es lo que me preocupa.
Kougami
No sé exactamente en qué momento pasó, pero de alguna manera, Alice y Ginoza quedaron atrapados en su propio microcosmos.
Antes, todo era más equilibrado. Había una especie de flujo natural en cómo nos movíamos dentro del grupo, como si ninguno de los tres estuviera demasiado cerca ni demasiado lejos del otro. Pero ahora… ahora todo gira alrededor de ellos.
Alice lo eligió. Y Ginoza, contra todo pronóstico, aceptó ser elegido.
No puedo decir que me sorprendió completamente. Alice nunca hace nada a medias, y si decidió que Ginoza es con quien quiere estar, entonces no hay dudas de que hará que funcione. Lo que sí me sorprendió es cómo Ginoza dejó que eso pasara, cómo permitió que Alice entrara en su vida con esa intensidad suya, cómo se permitió a sí mismo ser parte de algo que, si lo piensas bien, tiene un futuro incierto.
Eso es lo que me molesta.
No que Alice y Ginoza estén juntos. No que me haya quedado fuera del equilibrio que teníamos. Sino el hecho de que él, que siempre ha sido el más calculador, el más metódico, el que nunca hace nada sin asegurarse de que tiene el control de la situación, decidió arriesgarse con algo que no tiene ninguna garantía… pero ese ya no es mi problema. O eso me digo a mí mismo.
Así que, progresivamente, empecé a pasar más tiempo con otras personas. No de manera intencional, no como una forma de reemplazarlos, sino porque simplemente sucedió.
El grupo de kickboxing de la academia ya era parte de mi rutina, pero hasta hace poco, no había hecho mucho esfuerzo en socializar fuera del club. Entrenábamos juntos, nos respetábamos en la lona, pero fuera de eso, yo siempre mantenía cierta distancia. No porque me molestaran, sino porque nunca sentí la necesidad de acercarme más de lo necesario.
Hasta ahora.
Empezó de a poco. Primero, aceptando quedarme después de los entrenamientos para hablar con ellos en vez de irme directo a casa o deambulando por la academia en mi tiempo libre. Luego, cuando mencionaron la idea de salir a un arcade después de la práctica, acepté sin pensarlo demasiado. Y después de eso, fue más fácil decir que sí cada vez que surgía un plan nuevo.
Los arcades son una distracción bienvenida. Me sorprende lo competitivos que pueden llegar a ser, aunque la mayoría de las veces todo se reduce a quién puede vencer más rápido en los juegos de peleas o quién tiene la mejor puntería en los shooters de pantalla grande. Hay algo liberador en estar ahí, en un lugar lleno de luces y sonidos electrónicos, donde nadie espera nada de mí más allá de que ponga una ficha y juegue.
A veces vamos a comer ramen después, o terminamos en una tienda de conveniencia comprando snacks para seguir hablando de cualquier estupidez. Son cosas simples, cosas que probablemente deberían ser normales para alguien de nuestra edad, pero que yo nunca me había tomado el tiempo de hacer.
Supongo que es porque, hasta hace poco, nunca sentí que lo necesitaba. Ahora, sin embargo, lo necesito.
No porque me sienta solo, sino porque necesito algo que me recuerde que todavía soy un adolescente. Que todavía hay cosas fuera del drama de la academia, fuera de las complicaciones de Alice y Ginoza, fuera de lo que sea que todavía no he terminado de procesar sobre lo que pasó entre Alice y yo.
Y ellos no me preguntan. No me cuestionan por qué ahora tengo más tiempo para salir con ellos o por qué, de repente, estoy más presente en el grupo. Simplemente me aceptan ahí, como si siempre hubiera estado.
Lo que no me funciona son las chicas.
Porque, aparentemente, ser Kougami Shinya y no estar interesado en el romance es un crimen en esta maldita academia.
Al principio no les presté atención. No es que no me diera cuenta de cómo algunas de ellas me miraban o de cómo buscaban excusas para hablar conmigo, pero no lo consideré algo relevante. Siempre ha habido cierto nivel de interés, supongo. Desde que entré a Nitto y quedé en primer lugar, desde que di el discurso de bienvenida, desde que empecé a destacar en deportes… supongo que era cuestión de tiempo que algunas chicas me vieran como algo más que un compañero de clase.
Pero últimamente se ha vuelto insoportable. Algunas son sutiles, otras no.
Las más discretas intentan entablar conversación después de los entrenamientos, esperando a que esté solo, fingiendo interés en el kickboxing cuando es obvio que jamás han puesto un pie en un dojo. Me preguntan cosas triviales, intentan hacerme reír, algunas incluso se las ingenian para invitarme a estudiar con ellas, como si realmente fuera a aceptar.
Las más insistentes son otra historia.
Son las que me esperan en la salida del club, las que intentan "accidentalmente" cruzarse en mi camino cuando voy a la cafetería, las que encuentran razones absurdas para hablarme, aunque nunca antes lo hubieran hecho. Algunas lo hacen con una confianza irritante, como si estuvieran seguras de que eventualmente voy a ceder, pero lo peor de todo es que no entienden.
No entienden que no estoy interesado. No entienden que no estoy evitando el romance por falta de opciones, sino porque para mí solo existe una persona.
Alice, con su risa fácil y su caos impredecible, con sus provocaciones constantes y sus gestos inesperadamente dulces.
Alice, que me entregó todo lo que tenía, que me miró con una intensidad que nadie más ha tenido para mí.
Alice, a quien rechacé. Y que, a pesar de todo, sigo esperando.
Porque sé exactamente lo que hice. Sé que Alice me dio lo que nadie más podrá darme, me dejó ver cada parte de ella sin reservas, que no se guardó nada, que, incluso ahora, hay cosas dentro de ella que solo yo conozco.
Y sé que la perdí.
Porque Ginoza estuvo ahí cuando yo no lo estuve. Porque él tomó la oportunidad que yo dejé pasar. Porque ella no es de las que se quedan esperando.
Pero yo sí. Voy a esperarla hasta los veinte, hasta el momento en que Sibyl decida si podemos estar juntos o no.
Voy a esperarla porque, aunque ahora está con Ginoza, aunque camina con él, aunque sonríe con él, sé que parte de ella sigue siendo mía. Sé que cuando toca su guitarra, cuando compone, cuando canta, hay algo de mí en cada nota.
Sé que Alice Carter nunca podrá olvidarme, así que dejo que las chicas hablen.
Dejo que intenten, dejo que se rían, dejo que se frustren cuando las rechazo una y otra vez.
Porque no importa cuántas se acerquen, cuántas intenten hacerme cambiar de opinión.
Para mí, solo hay una chica. Y ya la elegí hace mucho tiempo.
Subí a la terraza sin pensarlo demasiado, empujando la puerta con el mismo impulso automático con el que solía venir aquí cuando necesitaba alejarme de todo. No había estado en este lugar desde hacía semanas, tal vez un mes o dos. Antes, solía ser un refugio, un sitio donde podía respirar sin sentir que todo a mi alrededor exigía algo de mí. Pero desde que Alice y Ginoza quedaron atrapados en su microcosmos, desde que dejé de sentarme con ellos en los recesos y empecé a construir otra rutina, ya no había sentido la necesidad de volver.
Hasta hoy.
El aire fresco me recibió con una brisa suave, y por un momento, me quedé quieto, sintiendo la tranquilidad del espacio vacío, la sensación de estar apartado del ruido de la academia, de los pasillos llenos de murmullos, de las miradas que siempre parecían estar encima de mí. Pero entonces, un sonido rompió el silencio.
Música.
No el tipo de música que se filtraba desde las aulas de arte ni la que a veces Alice tocaba en su guitarra. Era algo diferente, un sonido más viejo, más crudo, como si viniera de otra época. Avancé un poco más y la vi.
Alice estaba allí, sentada en el borde del muro bajo, con sus auriculares puestos, pero aun así la música se escuchaba. No pareció sorprendida de verme. Apenas levantó la vista, como si ya hubiera sabido que yo terminaría aquí tarde o temprano.
Me acerqué sin decir nada y me apoyé contra la pared a su lado, Alice se sacó uno de los auriculares inalámbricos y me lo dio. Yo lo acepté sin dudar.
La voz rasposa de una mujer llenaba el aire con una intensidad que me resultaba extrañamente familiar, aunque nunca había escuchado esa canción antes. Las guitarras se mezclaban con una percusión que avanzaba con una cadencia firme, como si algo estuviera a punto de estallar en cualquier momento.
—¿Qué es esto? —pregunté finalmente.
Alice giró levemente el rostro hacia mí, con una sonrisa casi imperceptible.
—Fleetwood Mac.
No reconocí el nombre, y no era extraño. Alice siempre escuchaba música variada de bandas que yo no conocía, cosas que encontraba en los archivos antiguos de la red, en listas de reproducción que probablemente nadie más en la academia entendía.
—No me suena.
—No me sorprende.
No había burla en su tono, solo una especie de certeza resignada.
La música siguió sonando, y aunque no entendía completamente la letra, algunas frases se quedaban en mi cabeza. No hablaba inglés con fluidez, pero conocía lo suficiente como para captar la idea general. La voz cantaba sobre amor, sobre alguien que prometió no romper algo, sobre alguien que se alejaba pero que, de alguna manera, todavía estaba ahí.
—And if you don't love me now, you will never love me again… —murmuré, sin darme cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Alice soltó un pequeño suspiro.
—La cadena nunca se rompe —dijo, sin mirarme directamente.
Algo en su voz hizo que la mirara con más atención.
—¿Por qué la estás escuchando?
Esta vez, ella sí me miró. Sus ojos miel estaban fijos en los míos, y aunque su expresión era tranquila, había algo en su mirada que me hizo sentir que ya conocía la respuesta.
—Porque no puedo dejar de pensar en ti cuando la escucho.
El viento sopló con más fuerza en ese instante, pero no lo sentí realmente. Todo mi cuerpo se tensó ante sus palabras, pero Alice no parecía nerviosa. No parecía estar esperando una reacción específica de mí. Solo… lo dijo.
El estribillo de la canción volvió a sonar, repitiéndose como un eco que se sentía demasiado cercano, demasiado real.
No supe qué decir. No supe si debía decir algo… porque Alice ya no es mía.
Ella camina con Ginoza cada día, lo mira con esa sonrisa pequeña y segura, se sienta con él en los almuerzos y discute sobre la paternidad de un perro como si el mundo entero girara alrededor de esa conversación absurda.
Pero aquí estaba, conmigo en la terraza, escuchando una canción sobre algo que nunca se rompe, mirándome como si todavía hubiera algo que no se había ido del todo.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que sentí su cuerpo moverse. Fue sutil, un pequeño cambio en su postura, y luego, sin previo aviso, se inclinó hacia mí y me rodeó con los brazos.
Me tensé por reflejo. No porque no quisiera su contacto, sino porque Alice no suele abrazarme así, al menos no desde hace mucho tiempo.
Pero no me aparté, y por primera vez en demasiado tiempo, la abracé de vuelta.
Sin preguntas. Sin palabras. Solo la sostuve, dejando que la canción siguiera sonando en el fondo, dejando que Alice respirara contra mi cuello, dejando que la cadena que nunca se rompió nos envolviera por un momento más.
El abrazo dura más de lo que debería.
El viento sigue soplando, desordenándole el cabello, pero ella no se mueve. No hace ningún esfuerzo por apartarse, ni por llenarlo de palabras innecesarias. Solo se queda ahí, con sus brazos rodeándome, su respiración cálida contra mi cuello, su perfume de manzana y frambuesa envolviéndome como si este momento hubiera sido inevitable.
Yo tampoco me aparto.
Porque la verdad es que, desde que Alice dejó de buscarme, nadie más me ha tocado así.
Es un pensamiento incómodo. O tal vez solo me incomoda admitirlo. Desde que la dejé ir, desde que tomé la decisión de esperar hasta los veinte, desde que la vi caminar junto a Ginoza sin volver la vista atrás, hice todo lo posible por convencerme de que estaba haciendo lo correcto. Que mi silencio tenía sentido. Que la distancia era necesaria.
Pero ahora, con Alice entre mis brazos, con la música de fondo repitiéndose como una maldita profecía, lo único que puedo pensar es que todo lo que creía haber dejado atrás sigue aquí.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que Alice finalmente se mueve. Es un movimiento pequeño, apenas un ajuste en su postura, pero es suficiente para que el aire cambie entre nosotros.
—Sabes —dice en voz baja, sin soltarme del todo— no pensé que ibas a devolverme el abrazo.
No respondo de inmediato.
—No pensé que ibas a darme uno.
Alice deja escapar una risa suave, casi resignada.
—Supongo que hoy es un día lleno de sorpresas.
Levanta la cabeza solo lo suficiente para mirarme, y por un instante, todo lo demás desaparece. Sus ojos miel están fijos en los míos, buscándome, esperando algo que no sé si puedo darle.
Pero ella no insiste, solo se queda ahí, observándome, como si quisiera grabar este momento en su memoria antes de que el mundo lo obligue a desaparecer.
La canción sigue sonando, y aunque todavía no entiendo la letra del todo, hay algo en la forma en que se repite el coro que hace que mi pecho se sienta más pesado.
"I can still hear you saying, you would never break the chain."
La cadena nunca se rompe.
No sé si Alice realmente cree en eso o si solo se aferra a la idea porque necesita algo a lo que aferrarse. Pero yo… yo sí lo creo, porque no importa cuánto intente ignorarlo, no importa cuántas veces me diga que esto es lo correcto, no importa que ahora ella camine de la mano de otro, lo cierto es que Alice y yo seguimos conectados.
De una forma que nadie más puede entender, de una forma que no se rompe, no importa cuánto tiempo pase.
Alice parpadea lentamente y suelta un suspiro.
—Deberíamos volver.
No quiero soltarla, pero lo hago.
Alice da un paso atrás, y de inmediato siento el vacío que deja. Se cruza de brazos, como si quisiera compensar la falta de contacto, y gira la cabeza hacia la ciudad que se extiende más allá de la terraza.
—Gracias por escucharla conmigo.
Su voz es tranquila, pero hay algo más debajo de sus palabras. Algo que no dice, algo que probablemente nunca dirá.
No respondo. Solo asiento, porque sé que, si hablo ahora, voy a decir algo de lo que no estoy seguro.
Alice me da una última mirada antes de girarse completamente hacia la puerta de la terraza. La sigo sin decir nada.
Cuando bajamos de nuevo a la academia, volvemos a ser lo que todos esperan que seamos.
Pero sabemos la verdad. Sabemos que la cadena sigue ahí.
