Alice

Dime y yo estábamos en una conversación muy seria. Claro, yo hablaba y él contestaba con sus aullidos característicos de husky, pero eso no significaba que la charla no tuviera importancia. Nos entendíamos perfectamente.

—Dime, tenemos que hablar de Nobuchika —le dije, acostada boca abajo en la cama de Ginoza, con la cabeza apoyada sobre mis brazos cruzados.

Dime, que estaba echado a mi lado como el rey que era, me miró con sus ojos heterocromos, uno marrón y el otro azul grisáceo, con esa expresión de superioridad perruna que parecía decir "te escucho, humana".

—Es demasiado estricto, ¿no crees? —continué, moviendo un poco los pies en el aire—. Siempre tan serio, tan rígido, como si estuviera cargando el peso del mundo en esos hombros suyos…

Dime soltó un gruñido bajo, como si estuviera de acuerdo.

—Exactamente. Pero, ¿qué podemos hacer? Tenemos que perdonarlo porque es demasiado atractivo.

Dime inclinó la cabeza, pestañeando con incredulidad.

—¡No me mires así! Sabes que tengo razón. Es un problema, Dime. Un problema serio.

Dime soltó un aullido medio entrecortado, como si estuviera cuestionando mis decisiones de vida.

—Mira, no es mi culpa. ¿Cómo voy a concentrarme en estudiar cuando el dueño de esta cama se pasea con esa actitud de "no me toques" pero al mismo tiempo "por favor, tócame"?

Dime bostezó, pero su oreja se movió en señal de atención.

—Lo sé, lo sé, tengo que ser fuerte —continué, rodando sobre la cama y pasando una mano sobre su cabeza—. Pero cuéntame, Dime, ¿cómo lo haces tú? Eres el verdadero rey de esta casa, el único con poder absoluto sobre Nobuchika. Si alguien puede ponerlo en su lugar, eres tú.

Dime me miró fijamente por un segundo antes de soltar un aullido largo y melodramático.

—¡Exacto! —exclamé, aplaudiendo—. Es el destino. Tú y yo, juntos, podemos controlar este imperio.

Dime se incorporó apenas, como si estuviera evaluando la situación. Su expresión seria me hizo soltar una risa ligera, pero mi alegría duró poco.

Porque entonces escuché el sonido inconfundible de la puerta abriéndose.

Dime reaccionó primero, levantándose de un salto como si su sexto sentido le hubiera advertido del desastre inminente. Giró la cabeza hacia la entrada, sus orejas erguidas con alerta máxima.

Y ahí estaba él.

Nobuchika Ginoza, de pie en la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba absoluta incredulidad y exasperación.

Yo me quedé congelada en el lugar, enredada entre las sábanas de su cama, mientras Dime, el traidor, se bajaba con una rapidez impresionante y salía de la habitación con la dignidad de un emperador que decide retirarse antes de que la guerra estalle.

No podía culparlo, tanto él como yo sabíamos perfectamente que no debía estar sobre la cama.

Pero yo no tenía escapatoria.

Ginoza cerró la puerta con una calma aterradora y avanzó hacia la cama con pasos medidos.

—Alice.

Oh, mierda.

Ginoza

Alice no tiene remedio.

Cuando abrí la puerta y la vi ahí, tumbada en mi cama como si fuera su trono personal, conversando con Dime, supe que algo estaba mal. Pero lo que realmente me terminó de convencer fue el tono de su voz, esa familiaridad descarada con la que pronunciaba mi nombre, y la maldita manera en la que Dime la miraba, como si de verdad la entendiera.

No necesitaba preguntarle de qué estaban hablando. Lo había escuchado todo.

Cada palabra, cada maldito comentario sobre lo estricto que soy y cómo ellos tenían que perdonarme porque soy demasiado atractivo.

Me quedé en la puerta un segundo, procesando la escena, sintiendo el filo de la paciencia deslizándose por mi garganta. Dime fue el primero en notar mi presencia, y su traición fue inmediata. Saltó de la cama con la elegancia de un rey retirándose antes de una guerra, dejándola sola en el campo de batalla.

Alice me miró desde las sábanas, con esa expresión inocente que no engañaba a nadie.

—Nobu.

La forma en la que pronunció mi nombre con dulzura fingida fue suficiente para hacerme decidir qué iba a hacer con ella.

Cerré la puerta con un clic seco y avancé hacia la cama sin ninguna prisa. La vi tensarse ligeramente, aunque no se movió. No lo haría. Alice nunca huye cuando sabe que ha cruzado un límite.

—Así que demasiado atractivo, ¿eh?

Alice parpadeó una vez. Dos veces.

—Oh. ¿Escuchaste eso?

Me subí a la cama sin apartar la mirada de la suya.

—Escuche todo.

Ella mordió su labio inferior en un intento apenas disimulado de contener la risa, pero la forma en la que sus ojos brillaban de anticipación me decía todo lo que necesitaba saber. Le gustaba esto. Le gustaba que la hubiera atrapado.

—Dime y yo solo estábamos hablando de lo difícil que es estudiar contigo cerca. —Inclinó la cabeza con una expresión estudiadamente inocente—. No es mi culpa si tu presencia es una distracción.

Ah, lo estaba haciendo a propósito. Por supuesto que lo estaba haciendo a propósito.

Antes de que pudiera decir otra palabra, la empujé de espaldas contra el colchón, atrapándola debajo de mí con un solo movimiento. No fue brusco, pero tampoco fue suave. Alice no era frágil, y los dos lo sabíamos.

Un leve jadeo escapó de sus labios, pero no apartó la mirada. Nunca lo hacía.

—Entonces veamos si puedes concentrarte ahora.

Alice sonrió, con esa maldita sonrisa suya de gato que acaba de meterse en la jaula del león.

—Oh, Nobuchika, no me hagas promesas que no puedes cumplir.

Me incliné más, hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo, mi mano apoyada junto a su cabeza, acorralándola contra la cama. Su aliento era cálido, sus pupilas dilatadas, y aunque intentaba aparentar ligereza, podía sentir la tensión en su cuerpo, la forma en la que su respiración se volvía un poco más rápida.

—¿Te gusta provocarme? —mi voz salió más baja de lo que esperaba, más grave, más densa.

Alice tragó saliva, pero no perdió la sonrisa.

—Un poco.

La miré a los ojos un largo segundo antes de moverme lentamente hacia su oído. Mi aliento rozó su piel cuando hablé.

—Vas a arrepentirte de haber dicho eso.

Alice se estremeció. Ahí estaba.

No me aparté. No le di espacio. No iba a dárselo.

Alice era puro desafío, siempre lo había sido. Sabía que la mejor manera de atraparla era responderle con la misma intensidad con la que me provocaba. No podía darle control sobre esto. Porque si lo hacía, se aprovecharía de ello. Me desafiaría aún más.

Mi boca estaba a milímetros de su oído, mi cuerpo pesando contra el suyo lo suficiente para que sintiera que no tenía escapatoria. Sentí cómo tragó saliva, cómo su respiración se volvió más superficial. Sabía lo que estaba haciendo. Y yo también.

Deslicé mi mano hasta su muñeca y la sujeté contra el colchón. No con fuerza, pero sí lo suficiente para recordarle quién tenía el control en este momento.

—¿Demasiado atractivo? —repetí en voz baja, permitiéndome disfrutar de la forma en que su cuerpo reaccionaba bajo el mío.

Alice dejó escapar una risa suave, aunque su voz tenía un leve temblor cuando respondió.

—Lo admito. Es un problema.

La forma en que lo dijo, sin titubeos, con esa maldita seguridad suya, me hizo apretar la mandíbula. Alice no sabía cuándo detenerse. O sí lo sabía, pero le gustaba ver hasta dónde podía llegar antes de que yo la detuviera.

Solté su muñeca solo para deslizar mis dedos por su brazo con lentitud, bajando hasta su cintura, sintiendo la ligera tensión en su cuerpo mientras mi mano recorría su figura. La forma en que sus labios se entreabrieron apenas fue suficiente para hacerme sonreír.

—¿Y qué se supone que haga con esta información, Carter?

Alice alzó la mirada hacia mí con esos ojos miel que siempre parecían brillar cuando se encontraba en peligro.

—Lo que quieras, Nobuchika.

El descaro en su voz fue la última provocación que necesité.

Me incliné sobre ella, atrapando su rostro entre mis dedos, obligándola a sostenerme la mirada.

—Voy a hacer que te arrepientas de cada palabra, Alice.

Alice no apartó la mirada. Nunca lo hacía. Sus ojos miel brillaban con una mezcla de desafío y anticipación que encendió algo en mi interior. Sabía exactamente en qué se estaba metiendo, y, aun así, ahí estaba, esperándome.

Mi pulgar se deslizó lentamente por su mejilla, trazando el contorno de su mandíbula antes de detenerse en su barbilla. Podía sentir su respiración, la forma en que su pecho subía y bajaba con cada inhalación contenida. Sabía que le gustaba esto. Sabía que no había miedo en su cuerpo, solo una tensión eléctrica que la mantenía al borde de algo que ni siquiera ella intentaba definir.

—Dijiste que soy una distracción —murmuré, inclinándome más cerca, hasta que mi aliento rozó sus labios—. ¿Cómo esperas concentrarte así?

Alice sonrió apenas, con esa maldita seguridad suya que me volvía loco.

—Es tu culpa por existir.

Mi agarre en su rostro se apretó ligeramente, y ella dejó escapar un pequeño suspiro, uno que no intentó ocultar.

—¿Voy a tener que castigarte por eso, entonces?

Su sonrisa se amplió, sus ojos bailando con algo peligroso.

—¿Eso fue una pregunta, Nobuchika?

La manera en que dijo mi nombre, con un tono tan confiado y tentador, me hizo tomar una decisión en ese instante. No iba a dejar que ganara.

Presioné mi cuerpo un poco más contra el suyo, obligándola a hundirse en el colchón. Mi otra mano viajó lentamente hasta su cadera, dejando un rastro de calor en su piel incluso a través de la ropa. Alice exhaló profundamente, pero no apartó la vista. Siempre me enfrentaba. Siempre esperaba a ver qué tan lejos llegaría.

—No sabes en lo que te estás metiendo —le advertí en voz baja.

Su lengua pasó apenas por su labio inferior, y su sonrisa se volvió aún más provocativa.

—Oh, Nobu, lo sé perfectamente.

Y eso fue suficiente.

Bajé mi boca hasta su cuello, sintiendo cómo su piel se estremecía bajo mis labios. No la besé de inmediato. Dejé que mi aliento la rozara primero, dejé que su propio cuerpo se tensara ante la expectativa antes de dejar un roce apenas perceptible contra su clavícula. Alice se movió apenas bajo mí, su mano viajando hasta mi brazo, sus uñas presionando mi piel.

—¿Dónde quedó toda tu confianza? —murmuré contra su cuello antes de dejar un beso lento, firme, justo donde sabía que la haría suspirar.

Y lo hizo.

Alice dejó escapar un sonido suave, uno que probablemente intentó contener pero que no logró esconder del todo.

Mis labios trazaron un camino deliberado por su cuello, subiendo con lentitud hasta su mandíbula. Su perfume me envolvía, esa mezcla de manzana y frambuesa que siempre se quedaba en mi ropa después de haber estado demasiado cerca de ella. Su respiración era cada vez más errática, pero no decía nada. Esperaba. Esperaba a ver hasta dónde llegaría.

La forma en que su cuerpo reaccionaba a cada movimiento mío me volvía loco. Porque Alice no era alguien que se dejara controlar fácilmente. Pero aquí estaba, debajo de mí, dejando que la castigara por sus propias palabras.

Cuando llegué a su oído, mi voz fue apenas un susurro.

—¿Todavía crees que puedes provocarme sin consecuencias?

Alice giró el rostro, hasta que nuestros labios quedaron a escasos centímetros. Su mirada era intensa, su expresión ya no era solo de burla. Era deseo puro.

—Si esto es un castigo, Nobu, tal vez deba portarme mal más seguido.

La línea entre provocarla y perder el control se desdibujó antes de que pudiera darme cuenta.

El problema nunca fue Alice. Nunca ha sido ella. El problema soy yo.

Alice siempre ha sido clara con lo que quiere, con lo que siente, con lo que está dispuesta a dar sin miedo ni dudas. Ella no tiene la misma contención que yo, no la misma carga de restricciones autoimpuestas. Para ella, este momento no es complicado, no es algo que tenga que analizar o cuestionar. Es simple. Me quiere, me desea, y lo dejaría pasar aquí mismo si no fuera porque yo soy el que no puede hacerlo.

Pero mi cuerpo no entiende lo que mi mente sabe.

Me doy cuenta demasiado tarde, cuando su cadera roza la mía en un movimiento involuntario, cuando su respiración se entrecorta por un segundo y su jadeo me golpea directo en el pecho, en la piel, en la sangre.

Mi control se tambalea. Podría seguir.

Alice no me detendría. Lo sé por la forma en que me mira, con esos ojos miel que brillan bajo la luz tenue de la habitación, con esa mezcla de desafío y entrega que me hace sentir como si estuviera sosteniendo algo demasiado precioso y demasiado peligroso al mismo tiempo. Su cuerpo está relajado bajo el mío, su respiración rápida pero contenida, su boca entreabierta, como si estuviera esperando mi siguiente movimiento. Si decido no detenerme, no lo haría.

Y por eso tengo que parar, porque esto no puede ser solo deseo. No con ella. No con lo que significa.

Aprieto los ojos con fuerza y me obligo a respirar, a poner distancia entre mi piel y la suya antes de que todo se vuelva inevitable. Pero es difícil. Demasiado difícil. Su olor, su calor, la forma en que su cuerpo encaja tan perfectamente con el mío, todo me está pidiendo que ceda.

Alice lo nota. Claro que lo nota.

Su expresión cambia de inmediato, su mirada dejando de lado el juego y la provocación. Sus manos, que antes me habían sujetado con fuerza, ahora se suavizan sobre mi espalda, recorriendo mi camisa con lentitud, con una ternura que no esperaba.

—Está bien, Nobu.

Su voz es un susurro, y la forma en la que lo dice, con tanta calma, con tanta certeza, me desarma más que cualquier otra cosa.

La miro, aun respirando con dificultad, mi cuerpo aún enardecido por todo lo que ella despierta en mí, pero Alice no me presiona. No hay decepción en sus ojos, no hay impaciencia, no hay frustración. Solo hay comprensión.

—Podemos esperar lo que sea necesario —susurra, dejando un beso suave en mi mejilla—. Hasta que estés listo.

Me quedo en silencio, demasiado atrapado en la sensación de su boca rozando mi piel, en la forma en que sus dedos acarician mi cabello con una dulzura que nunca creí que ella fuera capaz de mostrar. Alice no es alguien tierna. No de esta manera. Y, sin embargo, aquí está, conteniéndome en un momento en el que se suponía que yo tenía el control.

Y eso es lo que me rompe.

Porque nunca imaginé que ella fuera la que me sostuviera cuando yo era el que debía hacerlo. Nunca pensé que sería Alice la que pondría su frente contra la mía, la que exhalaría con paciencia, la que no exigiría nada, la que me aseguraría que no tenía que demostrarle nada.

Tenso la mandíbula y apoyo mi frente en su clavícula, cerrando los ojos.

—Alice…

No sé qué quiero decir con su nombre. No sé si quiero agradecerle, disculparme o simplemente sostenerme en la única certeza que tengo en este momento: la amo.

Y eso, más que cualquier otra cosa, es lo que me aterra.

Alice deja que me quede así, sin moverse, sin hablar más de lo necesario. No intenta apartarse, no intenta forzarme a mirarla. Solo está aquí. Conmigo.

Y eso, de alguna manera, hace que detenerme sea un poco más fácil.

Alice

Nobuchika no dice nada. Su respiración sigue siendo pesada, su frente apoyada contra mi clavícula como si necesitara un momento para recomponerse. Lo dejo estar. No lo apresuro, no lo obligo a levantar la cabeza ni a mirarme, porque sé que esto no es fácil para él.

Sé que quiere seguir, que su cuerpo le está diciendo que lo haga, que cada fibra en él está atrapada entre el deseo y la resistencia, y lo siento en la manera en que sus manos todavía me sujetan, como si no quisiera soltarme, pero al mismo tiempo no pudiera sostenerme de más.

Pero no me voy a ir.

Acaricio su cabello con lentitud, mis dedos enredándose en sus mechones oscuros, sintiendo su respiración cálida contra mi piel. Quiero más. Quiero sentirlo, quiero que no se contenga, quiero que me deje amarlo de la forma en la que lo necesita sin darse cuenta. Pero puedo esperar. Puedo esperar lo que sea necesario.

Porque Nobu vale la pena y no quiero que se aleje de mí como lo hizo Shinya.

El recuerdo de él todavía duele. De cómo se cerró después de esa noche en la mansión Carter, de cómo me dejó ahí, sintiéndome expuesta y vulnerable sin recibir nada a cambio. No quiero que eso pase de nuevo. No quiero que Nobu me mire un día y decida que es más fácil ignorarme, que lo que siente por mí es demasiado difícil de manejar.

Así que lo sostengo.

Lo abrazo sin apretar demasiado, mis manos recorriendo su espalda en un vaivén lento y reconfortante. No digo nada porque no hace falta, porque lo que necesito decir ya está en mis gestos, en la forma en que lo mantengo cerca sin pedirle nada más.

Él deja escapar un suspiro contenido, su agarre en mi cintura aflojándose apenas. Sé que está procesándolo, que en su mente esto es más grande de lo que probablemente sea para cualquier otra persona. Para Nobuchika, detenerse significa algo. Para mí, no.

Para mí, esto no cambia nada.

—No tienes que preocuparte —susurro contra su cabello, dejando un beso suave en su sien—. No me voy a ir a ninguna parte.

Siento cómo su mandíbula se tensa contra mi piel. Sé que lo entiende. Sé que quiere creerlo. Pero también sé que su cabeza está llena de miedos que no sabe cómo expresar.

Lo aprieto un poco más contra mí y dejo otro beso, esta vez en la línea de su mandíbula, lento, cuidadoso.

—Tómate el tiempo que necesites —murmuro, con la voz más suave de lo que suelo usar con él—. No hay prisa, Nobu.

Él exhala de nuevo, como si mis palabras lo estuvieran ayudando a aflojar esa tensión que lleva acumulada en los hombros. No responde de inmediato, pero su mano se desliza lentamente por mi espalda, sin apretar, solo sintiéndome ahí.

No tengo que mirarlo para saber que esto significa algo para él.

Porque, aunque todavía esté procesando lo que acaba de pasar, aunque parte de él siga luchando contra sí mismo, no se ha alejado.

Y con eso me basta.

Ginoza

Estar entre sus brazos se siente como algo que nunca imaginé tener.

Alice es todo menos dulce. Es intensa, es desafiante, es un caos envuelto en una piel suave y una mente afilada. Pero ahora mismo, aquí, sosteniéndome con una ternura que jamás había visto en ella, siento que todo en mi mundo ha cambiado.

Porque Alice no es así con nadie. Excepto, claro, con Dime.

Y en contadas ocasiones conmigo.

Y aquí está, sus manos deslizándose lentamente por mi espalda, sus labios rozando mi sien con una paciencia que no creí que tuviera. No me empuja, no me exige nada, no me mira con la impaciencia de quien espera que reaccione. Simplemente me sostiene.

Y me permito creerle, me permito creer que no se irá.

No necesito que Alice me diga que me ama. Lo sé. Lo veo en la forma en que no se aparta, en la manera en que me envuelve con su cuerpo, en la calidez con la que me susurra que no hay prisa. Alice no es alguien que diga lo que no siente, no es alguien que haga promesas vacías. Si me dice que no se va a ir, entonces no se va a ir.

Y yo… yo la amo.

La amo con la certeza de alguien que nunca pensó que se permitiría sentir algo así. La amo en la manera en que su cabello roza mi cuello cuando se acomoda más cerca, en la suavidad de su perfume impregnado en mi piel, en la tranquilidad que se filtra en mis huesos cuando sus dedos recorren mi espalda con una caricia sin apuro.

Nunca pensé que Alice pudiera ser esto para mí. Nunca imaginé que ella, que es todo fuego, todo impulso, todo provocación, pudiera también ser mi refugio.

El silencio entre nosotros era cálido, envolvente. Alice estaba entre mis brazos, su cuerpo encajando perfectamente contra el mío como si siempre hubiera pertenecido ahí. No tenía intención de soltarla.

Mis piernas se entrelazaban con las suyas, un gesto íntimo que no buscaba nada más que sentirla cerca, que reafirmar que estaba aquí, conmigo, que no iba a ninguna parte. Su respiración era tranquila ahora, sus dedos dibujaban patrones lentos en mi espalda, y yo simplemente me dejé llevar por esa sensación que no recordaba haber sentido nunca.

Alice Carter no era conocida por su dulzura, pero conmigo lo era. Y eso significaba más de lo que podría poner en palabras.

Me aferré a ella con un poco más de fuerza, presionando mi rostro contra su cabello, inhalando su aroma. Manzana y frambuesa. Siempre manzana y frambuesa.

Podría quedarme así con ella para siempre.

Y entonces, el sonido más estruendoso e inoportuno rompió el momento. Un aullido desgarrador.

Alice y yo nos tensamos al mismo tiempo, como si el universo hubiera decidido devolvernos bruscamente a la realidad.

Otro aullido, más insistente esta vez, seguido de un rasguño firme contra la puerta.

Alice soltó una risa ahogada contra mi cuello.

—Creo que alguien se siente excluido.

Dime raspó la puerta con más desesperación, acompañado de un aullido lastimero que sonaba demasiado dramático, incluso para un husky.

—Dime —murmuré, sin soltar a Alice—. No.

Alice se rió más fuerte, hundiendo el rostro contra mi pecho mientras el perro seguía con su protesta.

—Déjalo entrar —susurró entre risas—. Va a seguir así hasta que lo hagas.

Yo no iba a moverme. No cuando Alice estaba entre mis brazos de esta manera, no cuando su cuerpo seguía enredado con el mío con una facilidad que nunca imaginé que tendría con alguien. Pero Dime tenía otros planes.

Un último aullido, tan trágico que parecía sacado de una ópera, y luego un golpe fuerte contra la puerta.

Alice se apartó lo suficiente para mirarme con los ojos brillantes de diversión.

—Va a tirar la puerta, Nobu.

Solté un suspiro de resignación y, con toda la paciencia que me quedaba, grité:

—¡Dime, vete a dormir!

Silencio.

Por un momento, creí que había funcionado. Y entonces, otro aullido.

Alice no pudo contenerse más y estalló en carcajadas, su cuerpo temblando contra el mío.

—Déjalo entrar, anda. Es nuestro hijo.

Cerré los ojos con frustración, pero en el fondo… no podía evitar sonreír.

En cuanto abrí la puerta, el husky cruzó el umbral con un porte digno de un emperador, su cola moviéndose con satisfacción por haber ganado la batalla. No perdió tiempo en saltar a la cama con la confianza de quien sabe que su presencia es no solo permitida, sino exigida.

Alice rió suavemente mientras Dime se acomodaba entre nosotros, apoyando su enorme cabeza sobre mi abdomen como si ese fuera su sitio natural.

—Sabía que no ibas a poder decirle que no —dijo, con una sonrisa que no podía ocultar.

Rodé los ojos, pero no aparté a Dime. Ya era demasiado tarde para resistirme.

El perro suspiró profundamente, cerrando los ojos con una tranquilidad irritante, completamente ajeno a la manera en que había interrumpido el momento. No tenía vergüenza alguna.

Alice se movió ligeramente, acomodándose de lado para mirarme, su cabeza apoyada en su brazo. Sus dedos se deslizaron distraídamente sobre mi pecho, un gesto pausado, casi ausente. Estaba relajada. Completamente. Y yo… yo no podía recordar la última vez que me había sentido así.

Por un momento, no hubo necesidad de decir nada. El peso cálido del perro contra mí, el cuerpo de Alice enredado con el mío, su respiración tranquila, el aroma de su cabello todavía impregnado en mi piel. Todo se sentía absurdamente bien. Demasiado bien.

Alice acarició la cabeza de Dime con una ternura similar a la que había tenido conmigo minutos atrás.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? —murmuró, sin dejar de jugar con el pelaje del husky.

—¿Qué?

—Que realmente es nuestro hijo.

La miré con incredulidad.

—Alice.

—No, en serio. Míralo. —Señaló a Dime, que estaba completamente aplastado contra mí, disfrutando de su victoria con los ojos cerrados—. Está feliz porque estamos juntos. Es un niño de verdad.

Dime resopló, como si entendiera y estuviera de acuerdo.

Negué con la cabeza y suspiré.

—Voy a arrepentirme de haberlo dejado entrar.

Alice rió, inclinándose un poco para presionar un beso ligero contra mi mejilla.

—No lo harás.

Y no lo hice.

Porque con Alice, incluso las interrupciones más absurdas terminaban siendo perfectas.

Alice

El problema de destacar es que la gente empieza a mirarte. Y el problema de que la gente te mire es que, de repente, piensan que tienen el derecho de opinar sobre ti. O de hacerte la vida imposible.

Desde mi presentación de baile, la cantidad de atención que recibo es directamente proporcional a la cantidad de ganas que tengo de fingir mi propia muerte y desaparecer en un exilio autoimpuesto. Antes al menos la gente murmuraba sobre mí con disimulo, lanzando miradas furtivas y comentando a espaldas mías como si fuera un extraño fenómeno que no comprendían del todo. Ahora lo hacen en mi cara.

Algunos, los peores, intentan hablarme. "Alice, ¿te entrenaste con un instructor privado?", "¿Desde cuándo tocas así?", "¿Quién fue tu maestro?" O peor aún, los que creen que pueden congraciarse conmigo. "¡Fue increíble lo que hiciste en el escenario!", "Tienes que enseñarme a moverme así". Y yo, con la paciencia de una santa, solo sonrío y asiento, fingiendo que no quiero desollarme la piel y arrancarme los oídos cada vez que alguien me felicita. Porque sé la verdad. No les gusto yo. Les gusta el espectáculo. Y cuando algo deja de entretener, la gente pierde el interés. Prefiero la indiferencia a la admiración pasajera. La primera al menos es honesta.

Pero claro, no todo el mundo es fan de "Alice Carter, la prodigio". También hay un grupo considerable de estudiantes que me odia más que antes. Y ellos, en su infinita creatividad, han decidido encontrar nuevas formas de manifestar su desprecio.

Lo sé porque han dejado de ser sutiles con Nobuchika.

Antes, las miradas que le lanzaban eran de curiosidad o de desprecio silencioso, ese desprecio condescendiente que la gente suele reservar para los hijos de criminales latentes. Pero ahora es diferente. Ahora no solo son miradas. Primero fue el escritorio. Nada demasiado dramático, solo una línea de tiza escrita en el borde: "No eres mejor que él." Luego fueron los libros. Un par de páginas arrancadas aquí y allá, como si alguien quisiera sabotear su estudio. Y mi novio, que es demasiado meticuloso, al principio creyó que se trataba de un accidente.

Hasta que encontró la foto.

La habían dejado dentro de su casillero. Un papel barato, mal impreso, pero la imagen era masomenos clara. Un hombre de mediana edad, de expresión severa, cabello oscuro y en punta, con una cicatriz vertical en la parte derecha de sus labios. Iba vestido con traje oscuro y gabardina, su presencia imponente incluso a través de la tinta desvaída de la impresión. Su brazo izquierdo era una prótesis metálica.

"Ese será tu futuro."

Vi su expresión cuando la sacó del casillero. La rigidez en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos antes de arrugar el papel con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Lo vi inhalar lentamente, cerrando los ojos un segundo, y luego exhalar con control absoluto. No dijo nada. No me miró. No me lo mencionó. Y yo tampoco. Porque, ¿qué podía decirle? ¿Que lo sentía? ¿Que la gente es una mierda? ¿Que yo misma desearía agarrar la cabeza de quien haya hecho esto y usarla para practicar mis giros en ballet? No. No iba a darle un discurso vacío. Lo que hice en cambio fue lo único que podía hacer: estar ahí.

Así que, después de su última clase del día, lo esperé a la salida. Sin preguntarle nada, sin mencionarle lo que vi en su casillero. Solo tomé su mano cuando pasó junto a mí, entrelazando mis dedos con los suyos sin decir una palabra. Y él, después de un instante de tensión, no me soltó.

No necesito decirle que lo sé. Y él no necesita decírmelo de vuelta.

Caminar con Nobu, sintiendo la calidez de su palma en la mía, me hace pensar en algo que nunca había considerado antes.

¿Cómo era su padre?

Nunca me ha hablado de él como persona, solo sé que comía bollos de frijoles rojos, pero conozco lo suficiente a Nobu para saber que la ausencia de su padre pesa más que cualquier otra cosa en su vida. Su madre está internada, y aunque no sé los detalles exactos, puedo adivinar que es algo que lo atormenta. Pero su padre… Debe haber sido un hombre impresionante. Firme. Inquebrantable. El tipo de hombre cuya sola presencia imponía respeto. Seguramente tenía la misma postura erguida que Nobu, el mismo aire de rectitud. Me lo imagino como un policía frío, metódico, uno que seguía las reglas al pie de la letra, sin espacio para la duda o la piedad. Un hombre de esos que creen en la disciplina como la única forma de orden, de esos que no se ríen fácilmente y que juzgan con la mirada antes de hablar. Un hombre con una visión clara del mundo: hay orden y hay caos, y su deber era mantener el equilibrio entre ambos, sin cuestionamientos, sin vacilaciones.

Un hombre honorable, de principios… pero el sistema lo marcó. Lo tachó como una amenaza.

Y eso significa que debió haber caído.

Porque el sistema no se equivoca, ¿cierto?

¿Cierto?

Sacudo la cabeza, como si eso pudiera apartar el pensamiento. Es absurdo. No necesito hacerme preguntas que no llevan a ninguna parte.

—¿En qué piensas? —me pregunta Nobu, mirándome de reojo.

No le digo la verdad.

—En qué tan atractivo te ves cuando frunces el ceño —respondo, con una sonrisa inocente.

Él resopla, pero no suelta mi mano.

Perfecto.

Ginoza

El casillero se abre con un sonido seco, el mismo de siempre. Nada debería haber cambiado, pero ahí está. La foto.

Durante ocho años, me he esforzado en olvidar a Masaoka. En borrar su existencia de mi memoria, en reducirlo a una sombra que ya no me pertenece. Pero, de alguna puta manera, alguien en la academia consiguió una foto de él y la dejó dentro de mi casillero, como si fuera un maldito recordatorio de que no importa cuánto corra, el pasado siempre me va a alcanzar.

Mis dedos se tensan alrededor del papel. La imagen es borrosa, impresa con una calidad barata, pero puedo distinguirlo. El cabello oscuro y puntiagudo, la cicatriz en la boca, la gabardina clara sobre el traje oscuro. La mirada que una vez conocí, esa mezcla de convicción y cansancio, todavía está ahí. Pero hay algo más, algo que me deja helado. Su brazo izquierdo. No está.

No tenía idea.

El Masaoka de mi infancia tenía ambos brazos, los usaba para sostenerme en sus hombros cuando era pequeño, para levantar a mamá cuando jugaban en la cocina y ella reía como si no existiera ningún problema en el mundo. Usaba sus manos para revolverme el cabello, para palmearme la espalda cuando todavía me enorgullecía de su presencia. Ahora, en esta foto que me dejaron como una burla, lo veo con un brazo protésico. ¿Cuándo? ¿Cómo? No sé si lo perdió en el trabajo, si se lo quitaron cuando lo convirtieron en un ejecutor, si fue antes o después de la última vez que lo vi.

Y la última vez que lo vi...

Mi garganta se cierra, mis dedos arrugan el papel hasta que la imagen se deforma. No quiero recordar, pero la memoria se impone con brutalidad.

Akiho me llevó al hospital a ver a mamá. Yo tenía ocho años, estaba en primaria y el acoso ya había comenzado. El hijo de un criminal latente, el niño maldito. Susurraban, se reían, decían que mi destino estaba sellado. Que me convertiría en él. No podía hacer nada, porque si me defendía, mi coeficiente criminal subiría, y entonces, entonces sí estarían en lo cierto. Aguanté. Lo soporté todo. Pero nada de eso se comparó con lo que vi en esa habitación.

Mamá estaba en la cama, su cuerpo delgado bajo las sábanas blancas. Su cabello, del mismo tono azabache que el mío, se veía limpio, ordenado, pero sin vida. Sus ojos estaban abiertos, fijos en la nada, como si miraran más allá de la habitación, más allá de nosotros. No reaccionó cuando entramos. Ni cuando le hablé, ni cuando le tomé la mano.

Ni cuando él lo intentó.

Él estaba ahí, parado junto a la cama con una expresión que no supe descifrar en ese momento. Ahora lo sé… desesperación, dolor.

Sae... soy yo —le dijo, su voz baja, casi temblorosa.

Mamá no respondió. Ni siquiera parpadeó.

Vine a verte...

Nada.

Mamá decía que tú prometiste... prometiste que siempre nos protegerías y que volverías... pero nunca lo hiciste.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Pero en mi interior, algo se rompió en ese momento.

Masaoka me miró, como si quisiera explicarme algo, como si hubiera tantas palabras atrapadas en su garganta que no sabía por dónde empezar. Pero no le di la oportunidad. Di un paso atrás, alejándome, el odio llenándome por completo.

Cuando intentó acercarse, cuando levantó la mano para tocarme, para darme algún tipo de consuelo inútil, lo aparté con brusquedad.

No me toques.

Mi voz tembló, pero mi decisión no. Lo vi quedarse quieto, con el brazo todavía extendido, como si quisiera que cambiara de opinión. Como si todavía creyera que podía hacer algo por mí, pero se equivocaba.

Cuando se fue, no lo vi mirar atrás. Y nunca más volví a verlo.

Pero ahora, ocho años después, el estigma sigue.

Mis dedos aprietan la foto hasta casi romperla. No sé quién hizo esto, pero lo entiendo perfectamente. Quieren que recuerde. Quieren que sepa que, por más que lo intente, nunca dejaré de ser el hijo de un criminal latente. Nunca dejaré de ser un Masaoka.

Pero se equivocan, porque yo no soy él. Nunca seré como él.

Con un movimiento rápido, arrojo la foto al fondo del casillero y lo cierro con un golpe seco. No dejaré que esto me afecte. No ahora. No aquí.

Pero mientras camino por el pasillo, sintiendo las miradas sobre mí, sé que el pasado sigue ahí. Pegado a mi sombra. Esperando el momento exacto para atraparme.

Alice

El sonido de las voces me alcanza antes de que pueda ver de dónde provienen. Ríen, hablan demasiado fuerte, con esa arrogancia sucia de quienes creen que pueden decir cualquier cosa sin consecuencias.

—¿Viste la cara que puso? Como si fuera mejor que nosotros.

—Qué se joda. Es igual que su padre, tarde o temprano va a terminar igual.

—Se cree intocable solo porque anda con la princesita Carter.

Mi cuerpo se tensa.

Sigo caminando, con la mirada fija en el pasillo, como si no hubiera escuchado nada. Pero en mi cabeza, algo empieza a romperse, como el hielo quebrándose bajo presión. Mis pasos se ralentizan y, sin pensarlo, me detengo a pocos metros de ellos.

Son tres. Dos más altos que el otro, pero los tres tienen la misma actitud de mierda. La misma forma de inflar el pecho como si fueran los dueños del aire que respiran. Uno de ellos se apoya contra una taquilla, riendo con desprecio, mientras los otros dos hablan, entretenidos con su propia mezquindad.

—Deberíamos dejarle otro recuerdito. Tal vez esta vez sí lo entienda.

—¿Qué? ¿Quieres pegarle una foto nueva en algún sitio donde la encuentre?

—Podría ser algo mejor. ¿No dicen que los ejecutores viven en las cloacas? Quizá podamos encontrar imágenes más… interesantes.

Ríen. Se ríen. Y no sé en qué momento mi visión se vuelve roja.

No pienso. No razono. Solo actúo.

Mis pies ya se están moviendo antes de que pueda detenerme. Mi cuerpo ya está cargando hacia adelante, impulsado por una rabia salvaje que me incendia desde adentro. Mis nudillos se estrellan contra la cara del primero antes de que él siquiera me registre.

El impacto es más fuerte de lo que esperaba. Mi puño se hunde en su mejilla y la sorpresa en su rostro dura solo un segundo antes de que su cabeza gire con el golpe. Un sonido seco llena el pasillo y él tambalea hacia un lado, chocando contra los casilleros.

El mundo se ralentiza.

Siento el ardor en mis nudillos antes de darme cuenta de que lo lastimé. Veo el movimiento de los otros dos, la forma en que sus expresiones cambian de burla a furia. El que acabo de golpear se tambalea, se toca la cara con los dedos como si no pudiera creer lo que acaba de pasar.

Y yo… yo no pienso. Voy por el siguiente.

Mis piernas se mueven con rapidez, mi única ventaja real. No soy fuerte, pero soy rápida. Me deslizo hacia el segundo antes de que pueda reaccionar del todo, con la intención de derribarlo con una patada a la rodilla, pero ya no tengo el elemento sorpresa. Él se mueve antes de que pueda acertar y su codo me golpea en el estómago con fuerza.

El aire me abandona en un solo golpe brutal.

Retrocedo un paso, jadeando, pero no me detengo. No puedo, no quiero.

No voy a dejar que se salgan con la suya.

Un gruñido escapa de mi garganta mientras avanzo de nuevo, mi cuerpo respondiendo antes de que mi cerebro pueda decirme que esto es estúpido. Que estoy en clara desventaja. Que soy más pequeña, que no tengo la fuerza, que, si esto sigue, voy a perder.

No me importa.

El primero se recupera y viene hacia mí con el ceño fruncido, su mejilla roja donde lo golpeé. "Perra loca", escupe entre dientes antes de intentar agarrarme del brazo. Me aparto, esquivándolo, pero mi corazón late tan rápido que todo se siente borroso.

El tercero se mueve detrás de mí. Demasiado rápido.

Algo en mi instinto me grita que me agache, pero no soy lo suficientemente rápida esta vez. Un golpe certero se estrella contra mi hombro y me hace tambalear. Mi equilibrio se rompe por un instante y eso es todo lo que necesitan.

El primero ya se ha recuperado y me empuja con fuerza. Mi espalda choca contra los casilleros con un golpe sordo.

Siento el metal frío en mi espalda y, por primera vez desde que esto empezó, el dolor atraviesa la neblina roja de mi rabia. Mi respiración es errática, mi mente grita que me mueva, que no deje que me acorralen, pero el dolor punza en mi espalda y mis músculos no responden al instante.

Ellos se miran entre sí, ahora sin risa, sin burla. Solo con esa satisfacción sucia de quienes saben que tienen la ventaja.

Y yo, con los dientes apretados y la respiración pesada, levanto el mentón y los miro sin mostrarles miedo.

Como un maldito perro rabioso. Porque voy a morder antes de dejar que me muerdan a mí.

Kougami

El sonido de algo golpeando metal me detiene en seco.

Estoy caminando por la academia, sin un rumbo fijo, dejando que mis pensamientos fluyan en la rutina de siempre cuando escucho el estruendo. Es un ruido seco, acompañado de una voz entrecortada, como si alguien acabara de recibir un golpe contra los casilleros. Frunzo el ceño y giro la cabeza, siguiendo el sonido.

No me toma más de unos segundos encontrar la escena.

Alice está acorralada contra los casilleros.

Tres idiotas la rodean, con esa actitud que he visto demasiadas veces antes. Los que se creen más fuertes, los que creen que pueden hacer lo que quieran sin consecuencias. Uno de ellos está demasiado cerca, con la mano a medio levantar como si estuviera a punto de volver a empujarla.

No pienso.

No hay espacio para dudar, no cuando la veo con su respiración pesada y sus hombros tensos. Algo dentro de mí se enciende de inmediato. Es la misma sensación que sentí cuando vi a Ginoza en la misma situación. La injusticia es como un nudo en la garganta, una presión en el pecho que no me deja respirar.

Me muevo antes de que puedan notar mi presencia.

—¿Qué mierda están haciendo?

Mi voz corta el aire como un cuchillo.

Los tres giran la cabeza, la sorpresa en sus rostros es casi cómica. No me importa. Solo veo a Alice, con el labio partido y los ojos encendidos de rabia pura. Sus manos están apretadas en puños, sus nudillos blancos. No se ve asustada. Se ve lista para morder.

Uno de los tipos, el más alto, intenta recomponerse rápido.

—No es tu asunto, Kougami.

—Ahora lo es.

No espero que me expliquen nada. No me interesa. Sé exactamente qué está pasando. Ya los he visto antes, ya he oído los rumores. La gente la odia, porque es buena en lo que hace y no se molesta en esconderlo. Son de los que creen que eso les da derecho a arruinarle la vida.

El más alto me lanza una mirada desafiante, como si estuviera midiendo si vale la pena enfrentarse a mí. Pero no tiene tiempo de decidir, porque Alice ya se está moviendo.

No espera, no se queda quieta ni un segundo. Salta sobre el primero con la fiereza de un animal herido. Su puño se estrella contra su rostro con tanta fuerza que hasta yo escucho el impacto. El tipo tambalea hacia atrás, sorprendido más que lastimado, pero Alice no se detiene. Va por el segundo.

Nunca la he visto así.

Golpea sin técnica, sin precisión, pero con una rabia cruda que es imposible de ignorar. No está peleando para defenderse. Está peleando para destruir.

El segundo tipo reacciona y la agarra del brazo, deteniéndola antes de que pueda darle otro golpe. Alice gruñe, literalmente, y trata de zafarse. Sigue moviéndose, sigue intentando golpear, sigue lanzando puños y patadas, aunque no tengan dirección, aunque su cuerpo ya esté fallándole.

Esto se va a poner feo. Me meto entre ellos en el momento justo.

Atrapo la muñeca de Alice antes de que logre lanzarse de nuevo y, con la otra mano, le doy un empujón al tipo que la sostiene. Se tambalea hacia atrás y Alice intenta forcejear, pero la sujeto con fuerza.

—Alice, basta.

Pero no me escucha.

Está respirando demasiado rápido, su cuerpo temblando por la adrenalina, su cabello desordenado cayéndole sobre la cara. Sus ojos no son los de siempre. Son los de alguien que está más allá de la razón.

El tercer tipo, que hasta ahora solo había estado mirando, finalmente decide actuar y viene hacia mí. Su error.

Lo derribo con una llave rápida, sin darle tiempo a reaccionar. Siento la tensión de Alice en mi brazo, sigue forcejeando, sigue queriendo seguir golpeando.

—¡Alice, basta!

Alice sigue intentando moverse, su cuerpo aún tenso en mi agarre, pero la mantengo en su lugar. Sé que si la suelto ahora, va a volver a lanzarse, y aunque su técnica es inexistente, la rabia pura que irradia hace que cualquiera lo piense dos veces antes de provocarla más.

Los idiotas frente a nosotros ya no tienen tanta actitud. El primero sigue tambaleándose después del golpe que Alice le dio, con una mano en la mandíbula y la otra cerrada en un puño tembloroso. El segundo intenta enderezarse, pero el dolor en su pierna por mi patada hace que su postura se tambalee. El tercero, al que ya derribé, se arrastra un poco hacia atrás, con los ojos bien abiertos, como si finalmente hubiera entendido que no pueden ganar esta pelea.

No me molesto en hablarles. No vale la pena. Solo necesito terminar esto.

Soltando a Alice por apenas un segundo, me muevo con rapidez, lanzando un golpe preciso al primero. Mi puño impacta justo debajo de su pómulo y su cabeza gira violentamente hacia un lado. El segundo intenta contraatacar, pero lo esquivo con facilidad y le devuelvo un golpe directo al estómago. El aire se le escapa en un gruñido sofocado. Cuando el tercero intenta levantarse para huir, le doy una patada en la parte posterior de la rodilla y lo derribo de nuevo.

Se acabó.

Todos están en el suelo, uno sujetándose la mandíbula, otro el abdomen y el tercero simplemente jadeando, sin atreverse a moverse más. Miro a Alice, que sigue respirando con fuerza, sus nudillos aún blancos por la tensión. Está temblando, pero no de miedo. De ira contenida.

—Ya está —le digo, mi voz más calmada de lo que realmente me siento—. Se acabó.

Pero, por supuesto, nada se acaba realmente.

Las luces de las cámaras de seguridad siguen parpadeando en los pasillos, registrando todo. No me sorprende cuando, unos minutos después, aparecen dos profesores con la misma expresión impasible de siempre.

—Kougami. Carter. A la dirección. Ahora.

Miro a Alice. Sonríe. No porque esto sea divertido, sino porque no le importa. Porque de todas las cosas que podrían pasarle en este lugar, recibir una amonestación es la que menos le preocupa.

Nos llevan al despacho del director sin decir una palabra.

Dentro, el ambiente es asfixiante. Las paredes son de un blanco impoluto, los muebles de madera oscura y el escritorio del director es grande, frío y perfectamente ordenado. No nos hacen esperar demasiado antes de que él entre, con su expresión rígida y mirada inquisitiva.

—Sus tonos están estables —dice, sin preámbulos, como si eso fuera lo único que importa—. Sin embargo, han estado involucrados en una pelea dentro de los pasillos de la academia, a plena vista de las cámaras de seguridad. ¿Pueden explicarme qué estaban haciendo?

Me cruzo de brazos. Sé que esta conversación no va a ir a ningún lado útil, pero al menos quiero dejar algo en claro.

—Nos defendimos.

El director me mira con el mismo gesto inexpresivo que probablemente usa con todos los estudiantes.

—Las reglas de la academia son claras. No toleramos la violencia dentro de nuestras instalaciones.

Alice suelta una risa sarcástica y se inclina un poco hacia adelante en su asiento, con una burla apenas contenida en su expresión.

—Pero sí toleran el acoso, ¿no?

El director la mira con severidad.

—Carter.

Pero ella no se calla.

—No es una pregunta retórica. Estoy genuinamente interesada en saber cómo funciona la lógica de esta academia. Porque por lo que veo, si alguien está molestando a otro estudiante durante semanas, todo el mundo se hace el desentendido. Pero si alguien se defiende, entonces de repente se vuelve un problema digno de traerlo a la dirección.

Mi ceño se frunce de inmediato y miro a Alice. ¿Semanas?

—¿Qué estaban haciendo? —pregunto, mi tono ya cargado de algo que se acerca peligrosamente a la furia.

Alice me lanza una mirada rápida, como si se diera cuenta de que no sabía.

—Acosaban a Ginoza —dice, encogiéndose de hombros como si no fuera algo importante, pero sus ojos brillan con una ira que me dice lo contrario—. Se pasaron días dejándole notas y cosas en su casillero.

Me tenso. Miro al director, esperando su reacción, pero su expresión sigue siendo imperturbable.

—El estudiante Ginoza no presentó ninguna queja formal.

Alice golpea la mesa con los nudillos.

—¡Ah, claro! —su voz es pura burla ahora—. Como no lo denunció, entonces no es un problema, ¿verdad? Pero si yo le parto la cara a uno de estos imbéciles, entonces sí se convierte en un asunto administrativo.

El director no responde de inmediato. No lo hará. Porque sabe que tiene razón, pero no puede admitirlo.

—Carter —dice finalmente— iniciaste la pelea.

Ella sonríe. Es la sonrisa de alguien que sabe que no va a ganar, pero que tampoco le importa.

—Sí. ¿Y?

—Eso significa que recibirás una amonestación formal.

Alice parpadea lentamente, como si esperara algo más. Luego ladea la cabeza.

—… ¿Y?

El director la mira con cansancio.

—Tendrás que escribir una carta de compromiso sobre la importancia de la convivencia pacífica en la academia.

Alice sonríe aún más.

—No podría importarme menos.

Me paso una mano por la cara, exhalando despacio. Por supuesto que no.

Cuando salimos de la oficina, Alice camina con una tranquilidad que no concuerda con lo que acaba de pasar.

—No deberías haberlo hecho —le digo, aunque mi voz no tiene la convicción que debería.

—Oh, claro, porque la alternativa era quedarme quieta mientras esos idiotas seguían jodiendo a Gino.

No puedo discutir eso.

—Aun así…

—No me importa, Kou.

Nos detenemos en medio del pasillo y me mira con una firmeza que no espera discusión.

—No me importa que me amonesten. No me importa que me suspendan. No me importa que los profesores se queden con la versión que les conviene. No iba a dejar que siguieran jodiéndolo.

Suelto un suspiro.

—Eres un maldito desastre.

Ella sonríe, pero hay algo más en su mirada. Algo feroz, algo que arde.

—Lo sé.

Y, joder, por alguna razón, no puedo evitar sonreír también.

Alice camina a mi lado con la misma tranquilidad de siempre, como si no acabara de estar en una pelea, como si sus nudillos no estuvieran enrojecidos por la fuerza con la que golpeó, como si su labio partido no existiera. No tiene miedo, no está temblando, no está preocupada por las consecuencias. No parece registrar lo cerca que estuvo de recibir una verdadera paliza. Y eso es lo que me inquieta.

Porque lo vi. Vi la mirada en sus ojos cuando se lanzó contra esos tipos. Vi cómo su cuerpo se movió sin pensar, sin lógica, sin estrategia. Vi su rabia pura, su furia sin filtro, su instinto de ataque que no tenía nada de controlado, pero sí de salvaje. Era un impulso visceral, una emoción que arrasó con todo.

Solo a una parte de mí le dio miedo verla así, la otra parte la respeta. Mucho.

Ella no es como la mayoría de la gente. No se limita a hablar sobre lo que está mal. No deja que los problemas pasen de largo esperando que alguien más los resuelva. Se lanza sin pensar, sin calcular, sin importar las consecuencias. No tiene miedo de ensuciarse las manos si cree que algo es injusto. Y eso, aunque sea peligroso, aunque sea imprudente, es algo que no puedo evitar admirar.

Pero eso no significa que pueda ignorar lo que vi.

—Si planeas seguir siendo una justiciera solitaria —digo, con el tono más casual que puedo manejar— al menos deberías aprender a pelear de verdad.

Ella me mira de reojo, arqueando una ceja con burla.

—¿No te impresionó mi asombroso despliegue de técnica?

—Fue un desastre.

Alice resopla, rodando los ojos con dramatismo.

—Bueno, sí, obvio que fue un desastre. Nunca antes golpeé a nadie, Kou. Ni estudié artes marciales, ni nada similar.

Me detengo por un segundo. Nunca antes golpeó a nadie.

Por alguna razón, había asumido que al menos tenía algún tipo de entrenamiento básico. Que sabía lo suficiente para moverse con cierta coordinación. Pero no. Todo lo que hizo, cada golpe, cada intento de derribar a esos idiotas, fue pura emoción, pura intensidad, pura valentía. No había técnica. Solo instinto.

La imagen se repite en mi mente. Sus ojos encendidos de furia. Sus movimientos erráticos pero determinados. Su falta total de miedo. Peleó porque creyó que debía hacerlo. No porque supiera cómo.

Alice sigue caminando sin mirarme, como si la conversación ya hubiera terminado, pero entonces suelta una frase con la misma naturalidad con la que diría que tiene hambre.

—Podría aprender.

Levanto una ceja.

—¿Sí?

Ella asiente con calma.

—Sí… Pero no puedo hacerlo sola.

Hay un segundo de silencio en el que sus palabras flotan entre nosotros, cargadas de un significado que no dice en voz alta. No lo dice, pero lo sé. Lo entiendo.

Me está diciendo que le enseñe. O que aprendamos juntos.

Y yo, que la amo, que la amo de una forma en la que no debería pero que no puedo evitar, no voy a desaprovechar la oportunidad.

—Bien —digo finalmente, con una sonrisa ligera—. Entonces entrenemos juntos.

Alice sonríe, con esa expresión suya que dice que acaba de salirse con la suya.

Alice se estira con despreocupación, como si no acabara de meterse en una pelea, como si la adrenalina aún no estuviera recorriéndole el cuerpo. Me mira de reojo y suelta un suspiro ligero, como si estuviera a punto de pedirme un favor insignificante.

—No le digas a Gino sobre lo que paso.

La miro, sin responder de inmediato.

—¿Por qué?

—Porque se va a molestar conmigo. O peor, se va a sentir humillado.

Su tono es firme, sin titubeos. No es una súplica, ni una negociación. Es una decisión tomada.

Frunzo el ceño.

—Alice, intentaron romperte la cara hace menos de media hora. Creo que tiene derecho a saberlo.

Ella se cruza de brazos y me sostiene la mirada con la misma calma de siempre, como si mi argumento no tuviera peso.

—No. Si se entera, va a creer que lo veo como alguien que no puede defenderse solo. Y eso lo va a joder más que cualquier cosa que esos idiotas puedan hacerle.

Respiro hondo. No sé qué me molesta más, si la certeza con la que lo dice o el hecho de que tiene razón. Ginoza es demasiado orgulloso, demasiado rígido con su propio dolor. Si supiera lo que pasó, si supiera que Alice terminó llena de moretones por meterse en su problema, no lo dejaría pasar. No solo se enfadaría con ella, se enfadaría consigo mismo.

Pero hay algo más en todo esto. Algo que no puedo ignorar.

Alice debería estar en cuidados mentales ahora mismo.

Lo que vi… fue demasiado.

He visto muchas peleas. He peleado demasiadas veces. Sé lo que es la ira, sé lo que es la violencia cuando te empuja a moverte antes de que tu cerebro pueda alcanzarte. Pero lo de Alice no era solo ira. Era furia ciega. Era algo más profundo, más primitivo. Era el tipo de emoción que mancha un Psycho-Pass para siempre.

Debería haberse elevado. Su tono debería haberse oscurecido en el momento en que se lanzó sobre ellos, en el momento en que los miro como un maldito perro rabioso… pero no sucedió.

Lo sé porque si lo hubiera hecho, nos habrían detenido antes, si su tono hubiera cambiado, no la habrían dejado salir de la dirección solo con una amonestación ridícula y Alice estaría encerrada en una sala de cuidados mentales ahora mismo.

Pero ella sigue aquí, caminando a mi lado, respirando con normalidad, como si nada hubiera ocurrido. Y yo no sé qué hacer con esa información.

Solo asiento, aceptando su petición, aceptando su silencio, aceptando la verdad que no quiero poner en palabras.

Alice sigue caminando a mi lado, como si nada hubiera pasado. Como si no tuviera los nudillos enrojecidos y el labio partido, como si no acabara de meterse en una pelea que podría haber terminado mucho peor. Su paso es ligero, despreocupado, como si el frío que empieza a envolver la noche no le hiciera mella. Pero lo noto. Veo la forma en que se frota los brazos disimuladamente, en cómo sus hombros se tensan cuando el viento la golpea.

El cielo, hasta ahora pesado y nublado, se quiebra de golpe. La primera gota cae sobre mi mejilla, luego otra, y otra más. La llovizna se convierte en un aguacero en cuestión de segundos. Es finales de otoño, y el agua es helada. En minutos, el uniforme de Alice se empapa, pegándose a su cuerpo.

—Genial —murmura con sarcasmo, sacudiendo la cabeza como un gato mojado.

La miro. No tiene abrigo. Claro que no, porque planeaba quedarse hasta tan tarde. El camino hasta la mansión Carter es largo, y con esta lluvia y frío, volver sola es una estupidez.

—Vamos —le digo, sin darle opción.

Alice frunce el ceño. —¿A dónde?

—Vas a congelarte si sigues así. —Mi tono no admite discusión. Ella lo nota, porque cruza los brazos y me mira con una mezcla de desafío y resignación.

—Puedo manejarlo.

—No es una negociación.

Pone los ojos en blanco, pero no discute más cuando me giro y empiezo a caminar hacia el salón de kickboxing. Sé que me sigue porque puedo oír sus pasos sobre los charcos que empiezan a formarse en el suelo. No hace falta mirar atrás para confirmarlo.

El gimnasio está vacío a esta hora, lo cual me viene bien. Enciendo una de las luces, suficiente para ver lo que necesito, pero sin que el resplandor nos haga olvidar que afuera es de noche y que la lluvia sigue golpeando con furia los ventanales.

Alice se sacude el cabello, intentando secarlo en vano. —¿Me secuestraste para darme una clase de boxeo nocturna? Porque tengo que decirte que estoy agotada.

—Cállate y siéntate —le digo mientras me acerco a mi casillero.

No protesta, pero me lanza una mirada burlona antes de dejarse caer en uno de los bancos de madera. Busco entre mis cosas hasta encontrar el botiquín que siempre tengo ahí. Estas cosas son comunes entre los que entrenamos con frecuencia. Vendas, antiséptico, un par de gasas. No es un hospital, pero servirá.

Cuando me giro con el botiquín en la mano, Alice me observa con curiosidad.

—¿Vas a curarme?

—No me hagas arrepentirme de hacerlo.

Se ríe, pero es un sonido más suave de lo normal. Sé que el cansancio la está alcanzando. Sé que duele más de lo que admite. Me arrodillo frente a ella y saco una gasa con desinfectante.

—No te muevas.

—Oh, qué profesional.

Coloco la gasa sobre su labio partido y Alice sisea, encogiéndose apenas por el escozor. Me sostiene la mirada, y aunque su boca sigue con esa expresión traviesa, sus ojos dicen otra cosa. Algo más profundo. Algo que no dice en voz alta.

—No vuelvas a hacer algo tan estúpido —murmuro sin levantar la vista de su herida.

—¿Cuidar a mis amigos? Qué horror.

—Pelear sin saber cómo. —La miro. Esta vez no hay burla en mi voz. Solo firmeza. Alice se queda en silencio unos segundos.

—Voy a aprender. Tú dijiste que me enseñarías.

—Y lo haré. Pero solo si me prometes que la próxima vez no te vas a lanzar de cabeza sin pensar.

Alice inclina la cabeza con fingida inocencia. —¿Y si no lo prometo?

Presiono un poco más la gasa sobre su labio partido. Ella chista, golpeándome en el hombro.

—¡Eso es abuso de poder! —se queja.

—Eso es disciplina.

La sonrisa vuelve a sus labios, pero hay algo más en su mirada ahora. Algo más suave.

Termino de limpiar la herida y me inclino un poco para inspeccionar sus nudillos. Tienen cortes pequeños y están hinchados. Tomo otra gasa y empiezo a limpiar con la misma paciencia que mi madre tenía cuando me curaba de niño.

—¿No vas a darme un sermón sobre lo impulsiva que soy? —pregunta en voz baja.

—Eso sería perder el tiempo. Eres imposible de cambiar.

Alice suelta una risa ligera, pero su mano no se aparta de la mía.

—¿Entonces qué harás conmigo?

—Cuidarte, supongo. Aunque no me lo pongas fácil.

Nos quedamos en silencio por unos segundos. Mis dedos rozan los suyos al terminar de vendarle la mano. Alice baja la mirada un instante, como si quisiera decir algo más, pero se lo guardara.

—Listo —digo, rompiendo la tensión.

Me levanto y vuelvo al casillero, sacando el abrigo que dejé allí hace días. Es grueso, negro, y tiene mi olor impregnado en la tela. Alice me mira con sospecha cuando lo coloco sobre sus hombros.

—¿Y esto?

—Póntelo. No voy a dejar que te congeles.

Ella sostiene el abrigo entre sus dedos, con una expresión ilegible.

—¿Y tú? —pregunta.

—Yo estoy bien.

—Kougami. —Su voz es un susurro esta vez. Algo en su tono me obliga a mirarla. —¿No vas a acompañarme?

Suelto un suspiro, pasándome una mano por el cabello.

—No.

No necesito decirle por qué. Lo entiende perfectamente.

Las últimas veces que estuve en la mansión Carter, terminamos besándonos. Y la última vez, Alice dijo que me amaba.

Si voy ahora… no sé si tendré la voluntad de detenerme.

Y aunque Alice no dice nada más, veo la sombra de decepción en sus ojos. Solo por un segundo. Luego, su sonrisa vuelve.

—Eres idiota. ¿Lo sabías?

—Sí.

Alice se levanta, ajustándose el abrigo alrededor del cuerpo. Le queda grande. Las mangas le cubren las manos vendadas, y la capucha se desliza hasta la mitad de su frente. Se ve pequeña en él. Frágil.

Pero ella no es frágil.

Me acompaña hasta la salida del gimnasio, la lluvia sigue cayendo con fuerza afuera. Abre la puerta y el aire frío nos golpea de inmediato. Alice se detiene en el umbral y se gira hacia mí.

—Gracias, Kou.

No es burlón ni sarcástico. Es real.

No respondo. Solo asiento, observándola mientras se aleja bajo la lluvia, envuelta en mi abrigo.

Espero hasta que su figura desaparece en la distancia antes de soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Luego, me giro y camino a casa con las manos en los bolsillos, con el frío calándome los huesos.

No me importa, prefiero congelarme antes que volver a la mansión Carter esta noche.