Alice
La mansión Carter estaba en silencio cuando llegué, solo el leve zumbido de los drones patrullando en su rutina interminable rompía la quietud de la noche. Dejé escapar un suspiro cansado mientras me sacaba el abrigo empapado de Kougami, sintiendo la humedad pegajosa que todavía persistía en mi propia ropa. El agua helada del otoño se había filtrado hasta los huesos y mi piel seguía erizada a pesar del calor controlado de la casa.
Caminé descalza hasta la lavandería, dejando un rastro de agua en el suelo de mármol. Introduje el abrigo en la secadora sin ceremonias, ajustando el ciclo para que la tela no se estropeara. No sería apropiado devolverle algo que oliera a humedad y fracaso. Tampoco quería hacerlo.
Me quité el uniforme con una lentitud que bordeaba el fastidio, deslizándome en ropa seca con la determinación de quien se dispone a recomponerse tras una batalla. Un conjunto cómodo: pantalones sueltos, una sudadera con capucha. El tipo de atuendo que nadie imaginaría que yo usaría en la intimidad de mi hogar… porque la mayoría son lo suficientemente estúpidos como para creer que el terciopelo y las medias de seda son apropiados para la introspección y la furia contenida.
Me dirigí al escritorio de mi habitación con la sensación de estar cargando un peso invisible. La amonestación no era grave, pero el hecho de que me hubieran obligado a escribir una carta de compromiso sobre la convivencia pacífica en la academia era una burla tan monumental que casi podía escuchar la carcajada de algún dios cruel disfrutando del chiste.
Encendí la terminal y abrí un documento en blanco, los dedos descansando sobre el teclado por un instante antes de empezar a escribir. Al principio, las palabras llegaron con lentitud, pero apenas recordé la mirada del director, esa expresión de autoridad hueca y burocrática, el torrente comenzó a fluir con una ferocidad imparable.
Me detuve por un momento, leyendo lo que había escrito con una satisfacción oscura. El texto destilaba la rabia de alguien que había visto demasiado y había decidido que la ironía era el único consuelo que quedaba. Esto, definitivamente, no podía entregarlo. No porque no fuera cierto, sino porque los profesores preferían ilusiones decorosas a verdades corrosivas.
Pero Kougami lo entendería.
Él se reiría con la misma diversión fatigada que siempre tenía cuando el cinismo y la realidad coincidían con demasiada precisión. Tal vez incluso asentiría con esa expresión grave suya, esa que indica que en su cabeza ya está desarmando la estructura del sistema pieza por pieza.
Decidí imprimir la primera versión y guardarla para él. Si me obligaban a escribir basura, al menos alguien la disfrutaría.
Pero aún me quedaba la tarea real: la versión que debía entregar.
Tomé aire y exhalé lentamente antes de volver a empezar. Si la academia quería palabras bonitas, se las daría. No porque me importara complacerlos, sino porque había algo infinitamente más satisfactorio en decir la verdad con la elegancia de un bisturí bien afilado.
"La convivencia pacífica en la academia es el resultado de un delicado equilibrio entre reglas, ética y responsabilidad. Para que una comunidad prospere, es esencial que cada individuo reconozca la importancia del respeto mutuo y el papel de la justicia en la resolución de conflictos. Sin embargo, reducir la convivencia a la simple ausencia de violencia es un error de perspectiva. La verdadera armonía no se construye sobre el silencio de quienes sufren agresiones, sino en la creación de un entorno donde la integridad y la seguridad sean valores irrenunciables.
Los sistemas educativos tienen la obligación de formar ciudadanos que comprendan que la paz no es sinónimo de inacción y que la defensa propia no puede ser considerada una transgresión mayor que la agresión misma. Si se castiga con mayor severidad la reacción de una víctima que el acoso sistemático de sus agresores, el mensaje no es de convivencia, sino de sumisión.
La convivencia real requiere algo más que normativas escritas. Exige instituciones que sean capaces de mirar más allá de la superficie, que distingan entre la agresión y la autodefensa, que entiendan que un entorno de aprendizaje solo puede prosperar cuando se garantiza que la justicia no será una cuestión de conveniencia administrativa. Porque la paz, cuando se impone sin equidad, no es un ideal noble. Es una herramienta de control."
Me recosté en la silla y observé el resultado. Afilada como una daga entre los pliegues de la seda.
La academia no podía rechazar esta versión sin admitir que estaba en lo cierto. Era diplomática, impecable y, lo más importante, venenosa en la medida justa.
Imprimí ambas cartas y las sostuve entre mis manos por un momento. Una para la academia. Otra para Kougami.
A la mañana siguiente, tendría un día completamente libre. Dos días, en realidad, cortesía de mi amonestación. No ir a Nitto significaba que no tendría que lidiar con las miradas, con los rumores, con la sensación de estar atrapada en una maquinaria absurda.
Pero también significaba algo más: tenía tiempo para pensar.
Y eso nunca había sido un lujo en el que me sintiera particularmente cómoda.
El abrigo ya estaba seco cuando lo saqué de la secadora. Todavía conservaba ese aroma limpio de la tela recién calentada, el tipo de olor que no pertenece a nada en particular, pero que siempre trae la sensación de algo familiar. Lo doblé con cuidado, dejándolo sobre mi escritorio mientras me recostaba en la silla y me quedaba mirando las hojas impresas que había dejado a un costado.
No me dijo que me ama. No es el tipo de hombre que haría algo así. Pero me defendió, me curó, y luego me abrigó. Y eso es demasiado. Es un gesto tan grande, tan obvio, tan desesperadamente suyo, que incluso alguien que no lo conociera tan bien lo habría entendido. Pero yo lo conozco. Sé que, en su cabeza, esto no tiene nombre, que no lo necesita, que su manera de amar no se viste de palabras sino de actos. Y para mí, eso es suficiente.
Nos entendemos en el silencio. En los momentos donde el mundo se calla y solo quedamos nosotros. En la forma en que me miró cuando le limpié la sangre de los nudillos después de una pelea en la academia. En la manera en que dejó el abrigo en mis hombros sin decir nada, sin esperar una respuesta, sin esperar nada de mí. No espero que yo lo espere, aunque sé que lo hace.
Kougami no me pidió que le devolviera el abrigo. Pero yo no puedo dejar que esto quede en el aire, que se pierda, que se disuelva en el tiempo como si no hubiera significado nada. Porque sí significa algo. Porque, aunque ahora soy la novia de Ginoza, aunque he elegido compartir mi presente con él, eso no cambia la verdad fundamental de lo que soy con Kougami. Él y yo estamos hechos el uno para el otro, lo sabemos sin necesidad de decirlo. Y saberlo no significa que yo ame menos a Ginoza. Son amores distintos, caminos distintos, pero eso no quiere decir que lo que tengo con Kougami sea una sombra, un residuo, algo que eventualmente desaparecerá. Porque no va a desaparecer. Nunca.
La canción me vuelve a la cabeza sin que la haya buscado, el bajo de John McVie resonando en mi memoria con esa cadencia que marca el paso de lo inevitable. No importa lo que pase, no importa dónde terminemos, no importa cuánto tiempo pase o qué tan lejos vayamos. Kougami y yo somos esto. Un vínculo que no puede romperse, que no necesita ser entendido, que no se define en términos de lo que debería ser. Es un hecho. Algo que simplemente es.
Me inclino sobre el escritorio y tomo una hoja en blanco. No quiero escribirle algo abiertamente sentimental, aunque podría hacerlo si quisiera. Podría escribir algo que haría que Jane Austen se sintiera orgullosa. Podría llenar páginas con metáforas, con palabras cuidadosas, con emociones que se derraman en cada línea. Pero eso no es lo que necesita Kougami. No es lo que él entendería.
Si tuviera que apostar, diría que Kougami es más de los que valoran a Stephen King. No lo sé con certeza, nunca hablamos de eso, pero puedo imaginarlo. Puedo verlo leyendo algo oscuro, algo brutalmente honesto, algo sin adornos, pero cargado de significado entre líneas. Así que escribo con ese tono. Con palabras afiladas, con la certeza de que, si quiere, encontrará en ellas todo lo que no estoy diciendo en voz alta.
Dejo el bolígrafo a un lado y repaso las palabras con la mirada. No son románticas en el sentido tradicional, pero son todo lo que necesito decirle. Si quiere encontrar el significado detrás de ellas, lo hará. Si prefiere no hacerlo, entonces también está bien. Porque lo importante no es que lo entienda, sino que lo reciba.
Doblo la hoja con cuidado y la deslizo en uno de los bolsillos del abrigo, junto con la otra carta. Ambas versiones de mí, ambas versiones de lo que siento.
Al día siguiente, se lo llevaré a Tomoyo. Y sé que cuando Kougami lo reciba, cuando meta la mano en el bolsillo y encuentre lo que le dejé, no podrá evitar leerlo. No podrá evitar pensar en mí. Y por más que intente no hacerlo, por más que siga adelante, por más que se convenza de que el tiempo cambia todas las cosas…
Sabrá que hay algunas que nunca lo hacen.
Ginoza
La mañana se sentía inusualmente vacía. No porque algo tangible hubiera cambiado en el mundo, sino porque Alice no estaba ahí. Y ella siempre está ahí.
No importaba cuánto se quejara de la rutina, cuánto insistiera en que madrugar es una abominación inventada por la sociedad para torturar a los que, como ella, tienen un talento natural para la pereza. Aun así, cada mañana encontraba la manera de estar en el punto exacto donde nuestros caminos se cruzaban. Cada día, sin falta. Siempre con algún comentario sarcástico sobre la hora, siempre con su mochila colgando de un hombro de manera descuidada, siempre con la misma facilidad con la que hacía que pareciera que encontrarnos era algo fortuito y no una decisión que tomaba deliberadamente.
Al principio, no pensé demasiado en su ausencia. Tal vez se había quedado dormida, tal vez estaba demorándose más de lo normal en prepararse. Pero Alice nunca llegaba tarde a nuestro punto de encuentro matutino.
El trayecto a la academia se sintió más largo de lo normal. No porque el tiempo se hubiera ralentizado, sino porque, sin ella, el recorrido parecía desprovisto de propósito. A pesar de mis esfuerzos por ignorarlo, mi mente se encontró recorriendo los patrones de los últimos meses. La forma en que Alice, sin decirlo en voz alta, había ajustado su horario para coincidir con el mío. La Alice que solía llegar tarde a todo, que nunca parecía tener apuro por nada, de repente llegaba temprano, como si fuera lo más natural del mundo.
Y yo lo había aceptado con la misma normalidad con la que aceptaba el aire que respiraba. Nunca se lo mencioné, nunca le pregunté por qué. No hacía falta. Alice no hacía cosas que no quería hacer.
Pero hoy, ella no estaba y no me gustó cómo se sintió.
Para cuando llegué a la academia, revisé mi terminal casi por instinto. No suelo distraerme con mensajes en las mañanas, pero había algo en la ausencia de Alice que me mantenía alerta, como un mal presentimiento que no podía definir del todo.
Y ahí estaba. Un mensaje de ella.
"Nobu, no voy a la academia hoy. No me siento bien."
Me detuve en seco en medio del pasillo, la pantalla aún iluminada en mi mano.
Alice nunca falta… o, mejor dicho, nunca falta sin una razón contundente.
Por un momento, recordé la última vez que lo hizo. Desapareció por una semana y media. Sin mensajes, sin respuestas, sin ninguna señal de que estaba bien. No atendía llamadas, no respondía a nadie. Solo dejó de estar. Y cuando fuimos a la mansión Carter a buscarla nos enteramos que era porque había tenido una crisis emocional.
Pero esta vez no había desaparecido. Esta vez me avisó.
Eso debería tranquilizarme. Pero no lo hizo.
Porque Alice tampoco se queda en casa por una simple fiebre o un malestar cualquiera.
Si se hubiera despertado con fiebre, probablemente habría arrastrado su miserable existencia hasta la academia de todas formas, quejándose de que no tenía energía, pero sin la menor intención de perderse el día. Alice no es de las que permiten que su cuerpo dicte lo que hace.
Así que, si esta vez se quedó en casa, significa que realmente no está bien.
Apreté la mandíbula y bloqueé la terminal, volviendo a guardarla en el bolsillo de mi chaqueta. No tenía sentido especular sin más información.
La opción lógica sería esperar a que me respondiera más tarde, a que me dijera qué le pasa exactamente. Pero en el fondo, ya había tomado una decisión.
Después de clases, buscaría a Dime e iría a verla.
Porque si Alice está lo suficientemente mal como para faltar sin queja, entonces necesito verla con mis propios ojos para asegurarme de que realmente está bien.
Alice
El abrigo seguía doblado sobre mi escritorio desde la noche anterior. Lo había dejado ahí con la intención de devolverlo lo antes posible, pero ahora, mirándolo bajo la luz matinal, parecía un objeto demasiado significativo como para simplemente entregarlo sin más. Lo levanté con cuidado, sintiendo la suavidad de la tela bajo mis dedos. Todavía olía a Kougami.
No era algo fuerte ni invasivo, pero estaba ahí, impregnado en la tela de una forma que solo podía percibir alguien como yo, que siempre he sido ridículamente consciente de los aromas. Era un rastro sutil de su piel, y se como se siente ese aroma, porque estuve demasiado expuesta a la piel de Kougami.
No necesitaba decir que me amaba. Kougami nunca haría algo así. Pero esto era lo más cercano a una confesión que jamás recibiría de él. Y yo lo entendía.
Dudé un momento antes de colocarlo sobre la cama y revisar que todo estuviera en su lugar. En uno de los bolsillos internos, metí un sobre cuidadosamente lacrado. Había utilizado cera de un sello que llevaba mi monograma, un objeto que Adam había mandado a hacer cuando era niña y que hasta ahora había permanecido olvidado en un cajón. No solía usarlo—me parecía ridículamente ostentoso—pero esta vez, la teatralidad era intencional. Quería que Kougami supiera que esto era especial.
Dentro del sobre, las cartas estaban cuidadosamente dobladas, junto con unas pequeñas flores secas. No había nada explícito en ellas, pero si quería encontrar lo que sentía por él, lo encontraría. Si prefería no hacerlo, también estaba bien. Nuestra cadena no se rompería por algo tan pequeño.
Con el abrigo asegurado en mis brazos, salí de la mansión. Caminé sin prisa, dejando que el aire fresco despejara un poco la sensación de incertidumbre que aún flotaba en mi pecho. No estaba esperando a Kougami. No de la manera en la que él querría que lo esperara. Pero eso no significaba que no iba a estar ahí para él.
Cuando llegué a su casa, llamé a la puerta con la seguridad de quien ya conoce el camino, pero no hubo respuesta. Era temprano, probablemente ya había salido.
Sin perder tiempo, me dirigí a la tienda de comestibles donde trabajaba Tomoyo. Apenas crucé la puerta, la mujer levantó la vista de la caja registradora y me recibió con una sonrisa cálida, como si fuera alguien de la familia.
—¡Alice! Qué sorpresa verte por aquí tan temprano.
Su tono era genuino, sin el más mínimo indicio de la distancia que suelen imponer los adultos. Era extrañamente fácil estar con Tomoyo. Quizás porque, a diferencia de Adam, ella parecía realmente interesada en la gente.
Me acerqué al mostrador con el abrigo en brazos y asentí.
—Vine a devolver esto. —levanté ligeramente la prenda para que la viera—. Shinya me lo prestó anoche y… bueno, no quería que se lo olvidara.
Tomoyo observó el abrigo por un momento, y luego me miró a mí con una expresión astuta. No hizo ningún comentario inmediato, pero algo en su mirada me dijo que ya había notado demasiado.
—Ah, claro. —dijo, con una leve sonrisa—. Bueno, estaba a punto de ir a casa un rato. ¿Te parece si lo llevamos juntas y de paso tomamos un té?
No era una invitación que pudiera rechazar.
El trayecto hasta la casa de Kougami fue breve, y en cuanto llegamos, Tomoyo me guio hacia la cocina como si fuera una visita habitual. El lugar tenía una calidez que nunca encontraría en la mansión Carter. Olía a té, a madera vieja y a algo acogedor que no podía definir.
Nos sentamos a la mesa mientras Tomoyo servía las tazas con la naturalidad de alguien que estaba acostumbrada a cuidar de otros. Me quedé observando el líquido caliente un momento antes de hablar.
—Shinya me defendió ayer.
Tomoyo levantó la vista, interesada.
—¿Defenderte?
Asentí, girando la taza entre mis manos.
—Tuve… un problema en la academia. Me metí en una pelea.
La expresión de Tomoyo no cambió demasiado, pero su mirada se afiló ligeramente.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. —respondí con una sonrisa ligera—. él me curó después. Y luego me dio su abrigo.
Lo dije con la intención de restarle importancia, pero Tomoyo apoyó la barbilla en una mano y me miró con ese tipo de expresión que solo las madres tienen cuando están a punto de hacer preguntas que no quieres responder.
—Ya veo. —hizo una pausa, y luego sonrió con suavidad—. Sabes, Alice, no voy a hacer preguntas incómodas…
Me relajé ligeramente.
—Gracias.
—…pero solo porque ya sé las respuestas.
La relajación desapareció de inmediato.
Tomoyo bebió un sorbo de té con la misma tranquilidad con la que acababa de dejar caer esa bomba.
—Él quedó en tu casa la otra vez ¿Verdad?
Me obligué a mantener la expresión neutra.
—Solo a dormir.
Tomoyo sonrió.
—Oh, claro.
—De verdad.
—No dije nada.
Su tono era tan ligero que me dieron ganas de rodar los ojos.
—No pasó nada.
—Pero querías que pasara.
No respondí de inmediato. No porque no tuviera una respuesta, sino porque la tenía demasiado clara.
Tomoyo dejó la taza sobre la mesa y me miró con genuino interés.
—Alice, no estoy aquí para juzgarte. Solo quiero entenderte.
Suspiré, apoyando la espalda en la silla.
—Nunca voy a dejar solo a Shinya.
La respuesta salió más rápido de lo que esperaba. No era una excusa, ni una defensa. Era la verdad.
Tomoyo me observó un momento antes de asentir.
—Lo sé. Y sé que él tampoco te va a dejar sola. Pero, Alice…
Hizo una pausa, como si estuviera escogiendo sus palabras con cuidado.
—Mi hijo es bueno ocultando lo que siente, pero no contigo.
Lo sabía. Lo sabía tan bien que dolía.
Tomoyo suspiró con suavidad y tomó mi mano entre las suyas. El gesto me tomó por sorpresa.
—Solo quiero que tengas claro lo que él significa para ti. Y lo que tú significas para él.
El silencio se extendió entre nosotras, pero fue un silencio cómodo. No tenía que decir nada más. Porque yo ya lo sabía.
Había algo en la calidez de su presencia, en la forma en que su casa olía a té y madera tibia, que me hacía querer quedarme un poco más. No estaba acostumbrada a esto. A una casa que no se siente como un museo, a una mesa donde la conversación fluye sin segundas intenciones, a una madre que no espera nada de mí más que mi compañía.
Ella me observó en silencio por un momento antes de inclinarse ligeramente hacia adelante, con los codos sobre la mesa y una expresión suave en el rostro.
—Solo quiero que recuerdes algo, Alice. No tienes que esperar a que Shinya te traiga para venir aquí.
Levanté la vista, sorprendida por la naturalidad con la que lo dijo. No era una cortesía vacía. No lo decía por compromiso.
—Eres bienvenida cuando quieras —continuó, con la misma calidez de antes—. No importa si él está o no. No importa si solo quieres venir a tomar un té o si necesitas un lugar donde respirar.
El peso de sus palabras se asentó en mi pecho con una extraña mezcla de sorpresa y gratitud. Nadie me había dicho eso antes.
—Te tomaré la palabra —respondí, y esta vez, mi voz sonó más suave de lo que esperaba.
Tomoyo sonrió, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
Nos quedamos en silencio por un momento más antes de que yo soltara un suspiro ligero y me pusiera de pie.
—Gracias por el té. Y por… bueno, todo.
Tomoyo se levantó también, acompañándome hasta la puerta con la misma facilidad con la que había hecho que me sintiera en casa.
—Nos vemos pronto, Alice.
—Nos vemos.
Y con esas palabras, salí a la calle, sintiendo que algo en mí se había acomodado de una manera que no terminaba de entender. Como si, por primera vez en mucho tiempo, hubiera encontrado un lugar donde realmente podía volver.
Kougami
Al llegar a casa, el aroma familiar del hogar me recibió con la misma calidez de siempre. A pesar de que el día en la academia había sido largo, parte de mi mente seguía en otro lugar, enredada en pensamientos que no lograban acomodarse del todo. Me quité los zapatos en la entrada y me pasé una mano por el cabello, listo para ir a mi habitación y desplomarme en la cama por un rato, pero Tomoyo estaba esperándome en la cocina, con esa mirada suya que significaba que tenía algo que decir.
—Hay algo en tu habitación que podrías querer ver —comentó con ligereza, sin siquiera girarse mientras terminaba de guardar unas cosas en la despensa.
Me detuve a medio paso, entrecerrando los ojos con sospecha.
—¿Algo?
Tomoyo sonrió levemente, pero no dijo nada más.
No pregunté. Porque ya la conocía demasiado bien como para saber que no me lo diría directamente. Así que, con un leve resoplido, me dirigí a mi habitación, sintiendo una extraña anticipación sin razón aparente.
Cuando abrí la puerta, lo vi de inmediato.
Estaba doblado sobre mi cama, perfectamente colocado, como si hubiera estado esperándome desde la noche anterior. Lo reconocí en el acto, sintiendo una ligera punzada de algo que no supe nombrar de inmediato. Porque era el abrigo que le di a Alice anoche y ahora ella había estado aquí.
Me acerqué y lo tomé con la intención de colgarlo en su sitio, pero en cuanto lo levanté, un sobre cayó al suelo con un suave deslizamiento de papel sobre tela.
Me detuve. Claro.
Tomoyo lo había visto. No solo había visto el sobre, sino que había decidido decírmelo de la manera más indirecta posible.
—Mujer astuta —murmuré para mí mismo, pasándome una mano por la cara con exasperación antes de agacharme para recogerlo.
Era un sobre grueso, bien cerrado con un lacre de cera oscura. No era un simple sobre cualquiera. Alice no habría hecho algo tan teatral sin motivo. El sello tenía un monograma, su monograma, algo tan anticuado y ostentoso que estoy seguro que nunca utilizo en su vida… hasta ahora.
Si había decidido utilizarlo para esto, entonces quería que entendiera algo.
Mi corazón latía con un ritmo lento y pesado mientras lo giraba en mis manos.
Podría haber esperado. Podría haber dejado el sobre a un lado y abrirlo después, cuando tuviera la cabeza más despejada. Pero no lo hice.
Porque si Alice había dejado algo para mí, entonces no iba a esperar para verlo.
Deslicé un dedo bajo el borde y separé el lacre del sobre con un leve chasquido, por suerte no se rompió. Abrí el sobre con cuidado, sintiendo la textura del papel bajo mis manos. Dentro, encontré dos hojas cuidadosamente dobladas y unas pequeñas flores secas, delicadas, perfectamente preservadas.
Lo primero que saque del sobre fueron las flores. Pequeñas, delicadas, secas, pero perfectamente conservadas, como si hubieran sido elegidas con la misma precisión con la que Alice toca una nota en el piano. Las sostuve entre mis dedos, sintiendo la fragilidad de sus pétalos, y por un momento me pregunté cuántas veces las habría girado en su mano antes de decidir dejarlas dentro del sobre. Alice nunca hace nada sin intención. No es del tipo que recoge flores secas por simple estética. Si estaban aquí, era porque significaban algo, aunque no supiera exactamente qué.
Dejé las flores a un lado con cuidado y desdoblé la primera hoja. El papel era de buena calidad, un poco más grueso de lo normal, como si hubiera querido asegurarse de que se sintiera sólido entre los dedos. Alice siempre tenía un toque teatral, y no me sorprendía que incluso la textura del papel estuviera calculada. Pero en cuanto mis ojos recorrieron la primera línea del texto, supe que esto era más que una simple carta.
"La convivencia pacífica es el delicado arte de pretender que la mediocridad tiene valor, de disfrazar la hostilidad con sonrisas vacías y promesas de civilidad que no son más que barniz sobre la podredumbre."
Una sonrisa, seca y genuina, se asomó en mis labios mientras seguía leyendo. Alice estaba furiosa.
"Se nos pide que respetemos un sistema que protege a los fuertes cuando aplastan a los débiles, que recompensa el silencio y castiga la acción. Porque la paz, en su interpretación más cínica, no es la ausencia de conflicto, sino la domesticación del instinto."
Esto no era una simple crítica. Esto era una sentencia. Alice estaba desmontando la hipocresía de la academia con la precisión de un bisturí y la crueldad de alguien que ya no tiene paciencia para jugar con formalidades.
"Se nos entrena para aceptar lo intolerable con el estoicismo de los condenados, para que la maquinaria de la academia funcione sin chirridos ni sobresaltos. ¿Y quién se beneficia de esta armonía impuesta? No los justos, sino los que han aprendido a navegar el sistema sin perturbarlo, los que comprenden que no hay lugar para los principios cuando la supervivencia exige complacencia."
Me pasé una mano por la nuca, soltando un resoplido mientras seguía avanzando en el texto. Podía imaginarla escribiendo esto, el ceño fruncido, la mandíbula tensa, los dedos golpeando el teclado con la misma intensidad con la que vive toda su vida.
"En Nitto, el verdadero crimen no es la violencia, sino la incapacidad de fingir que no la vemos. Es por eso que los directivos no sancionan a quienes acosan, sino a quienes se defienden. Porque en este microcosmos, como en el mundo real, la paz no es más que una palabra elegante para la inercia."
Cerré los ojos por un momento, dejando que las palabras resonaran en mi cabeza. Tenía razón. Y eso era lo peor de todo. No porque yo necesitara que Alice tuviera razón—ella siempre encontraba una manera de hacerlo—sino porque no podía hacer nada con esta verdad. Ella tampoco. Ninguno de los dos. El sistema se construye sobre la inercia. Sobre la complacencia. Sobre la habilidad de la gente para mirar hacia otro lado.
Doblaba la hoja cuando noté que había otra detrás. Otro mensaje, algo más.
Tomé la segunda carta y la abrí con un poco más de cautela, como si supiera que lo que estaba a punto de leer iba a pesar más que lo primero que leí.
"Hay cosas que pueden romperse. Huesos, dientes, reglas. Hay cosas que pueden desmoronarse, colapsar sobre sí mismas, como edificios viejos que ya no tienen cimientos que los sostengan. Pero también hay cosas que, por más que se tuerzan, por más que se estiren hasta el límite, por más que sean sometidas a la peor de las pruebas, nunca se rompen. Y tú y yo somos una de esas cosas."
El aire en mis pulmones se volvió denso.
"No importa si ahora camino por otro sendero, si mi historia se cruza con otras, si el mundo insiste en que todo tiene un final. Hay cosas que simplemente siguen. Y nosotros seguimos. No porque lo intentemos, no porque queramos aferrarnos a algo que ya no existe, sino porque no sabemos cómo ser de otra manera."
Sentí que mi agarre en el papel se tensaba apenas.
"Porque no se trata de amor o destino o de esas idioteces románticas que se venden en las novelas de bolsillo. Es algo más grande que eso. Es un hecho. Una verdad inamovible. Y puedes elegir ignorarla, puedes fingir que no está ahí, puedes seguir mirando hacia adelante sin detenerte a pensar en lo que dejas atrás. Pero eso no la hace menos real."
Me pasé una mano por la cara, exhalando con lentitud.
"No hay un final para esto, Kougami. No puede haberlo. Puedes contar las millas, puedes contar los días, puedes convencerte de que algún día esto será otra cosa, que se desvanecerá con el tiempo. Pero sabes tan bien como yo que cuando el viento cambie, cuando el sonido vuelva a llamarte, cuando el latido de la cadena resuene en el aire, vas a recordarlo. Y vas a saberlo. Porque no hay otra opción."
La última línea no necesitaba traducción.
"You will never break the chain."
Cerré los ojos.
Alice Carter… siempre encontrando la manera de clavarse en mi cabeza.
No fue una carta de amor, pero lo fue en todos los sentidos que importaban. No me pedía nada. No intentaba convencerme. No había súplicas ni ruegos ni expectativas. Solo hechos. Solo la certeza de que lo que hay entre nosotros no se rompe. No se romperá.
Podía convencerme de que no importaba. Podía mirar hacia otro lado, hacer lo que debía hacer. Pero Alice sabía la verdad, y ahora me la había escrito, como si necesitara recordármelo.
Me pasé una mano por la cara, exhalando con lentitud mientras miraba el sobre abierto sobre mi escritorio. Alice Carter, maldita sea. No solo había escrito esto, sino que había logrado capturar, sin saberlo, la esencia de Stephen King, mi maldito autor favorito.
Le di otra lectura rápida a la carta. No a la cínica—esa la entendí al instante, su rabia era afilada, quirúrgica, un análisis despiadado de la hipocresía del sistema que ambos conocíamos demasiado bien. No, la otra carta. La que no hablaba del mundo, sino de nosotros. La que no era una carta de amor, pero lo era en todos los sentidos que importaban.
"Hay cosas que pueden romperse. Huesos, dientes, reglas."
Las palabras me golpearon de nuevo, esta vez más fuerte, porque maldita sea, ella escribió esto como si lo hubiera sacado de la mente de King. Directo, sin adornos innecesarios, pero con una fuerza que se sentía en cada oración. Alice nunca había demostrado talento alguno para escribir. De hecho, era terrible en eso.
Me acordé del desastre de historia corta que nos hizo escuchar en uno de los recesos, una aberración que pretendía entregar para su clase de literatura. La forma en la que Ginoza y yo nos miramos, en la que intentamos encontrar una manera de suavizar el golpe sin aplastarle el orgullo. No lo logramos.
"Alice, creo que al fin encontramos algo en lo que no eres para nada buena."
Mi propia voz volvió a mí como un eco lejano. En su momento, me había divertido verla frustrada. Era raro verla fallar en algo, verla tropezar sin la misma facilidad con la que caminaba por cualquier otro campo en el que destacaba sin esfuerzo. Pero esto… esto no era el desastre de aquella vez.
Si Alice podía escribir algo así, significaba solo una cosa: que en serio lo sentía.
Que cada palabra que había puesto en esa carta era verdad. Que cada línea, cada elección de frase, cada maldito punto estaba cargado de algo tan real que su estilo, su torpeza anterior con la escritura, había desaparecido.
Me levanté de la silla y empecé a caminar por la habitación, pasando los dedos por mi mandíbula con frustración. ¿Qué carajo iba a hacer con esto?
Porque ahora no podía simplemente ignorarlo.
Alice no me pedía nada en la carta. No estaba intentando convencerme de nada. No estaba exigiendo respuestas. Solo estaba estableciendo una verdad absoluta.
"Puedes contar las millas, puedes contar los días, puedes convencerte de que algún día esto será otra cosa, que se desvanecerá con el tiempo. Pero sabes tan bien como yo que cuando el viento cambie, cuando el sonido vuelva a llamarte, cuando el latido de la cadena resuene en el aire, vas a recordarlo. Y vas a saberlo."
Apoyé ambas manos en el escritorio y cerré los ojos un momento. Porque lo sabía.
No podía apartar la vista del sobre, del lacre de cera con su monograma, de las flores secas que parecían burlarse de mí con su fragilidad. Como si me recordaran que, por más que intentara endurecerme, por más que intentara tomar distancia, Alice siempre encontraría la forma de quedarse.
Me pasé la lengua por el labio inferior, mirando el papel como si me estuviera desafiando. Podía guardarlo. Doblarlo de nuevo, meterlo en algún cajón, dejar que se cubriera de polvo. Fingir que nunca lo había leído. Que no había sentido nada cuando lo hice.
Pero no podía, porque cada palabra ya estaba grabada en mi mente. Porque su voz estaba en el papel. Porque sabía que, sin importar lo que hiciera ahora, cuando el viento cambiara, cuando escuchara esa maldita canción, la recordaría.
Y entonces, me di cuenta de lo más jodido de todo esto.
Alice me estaba dando la opción de ignorarlo. Me estaba dejando el espacio para fingir que esto no significaba nada. Pero también sabía que no lo haría.
Sabía que ella no estaba esperando una respuesta. Posiblemente ni siquiera buscaría hablar de esto cuando nos viéramos en la academia dentro de dos días. Alice no es del tipo que insiste, no con estas cosas. Ella entiende el peso del silencio mejor que nadie. No empuja. No exige. Respeta mis tiempos incluso cuando yo mismo no sé qué hacer con ellos.
Deslicé los dedos sobre el borde de la carta, recorriendo la textura del papel con un gesto lento, casi distraído. Era tan Alice que dolía. Cada palabra suya escrita con una certeza aplastante, cada frase diseñada no para obtener algo de mí, sino para dejar en claro lo que siempre ha sabido. Lo que yo he intentado ignorar tantas veces.
Lo que me asustaba no era la carta en sí. Era lo que significaba.
Porque Alice no me estaba pidiendo nada. No estaba esperando que corriera a decirle que sentía lo mismo, no estaba buscándome en los pasillos con la ansiedad de quien necesita confirmar algo. Estaba segura.
Y esa seguridad era lo más jodido de todo.
Porque sabía que ella estaba en lo cierto.
Porque no importaba cuánto intentara fingir que las cosas podían cambiar, que podíamos alejarnos, que nuestras vidas podían seguir caminos distintos sin que eso nos afectara. Alice no necesitaba pruebas. No necesitaba garantías. No me estaba esperando, porque en su mente, nunca hubo nada que esperar.
Ella ya estaba ahí. Y siempre lo estaría.
Apoyé la carta sobre mi pecho y cerré los ojos un momento, sintiendo el leve peso del papel contra mi piel. No tenía sentido pelear contra esto. No tenía sentido luchar contra algo que había estado ahí desde el principio.
Posiblemente Alice estaba segura de que guardaría esta carta como un tesoro, aunque nunca admitiría haberla conservado en primer lugar. Posiblemente ella sabía que la leería cuando tuviera dudas, cuando me sintiera solo, cuando la distancia entre nosotros se hiciera insoportable y necesitara recordarme algo que mi cabeza intentaba olvidar.
Que sin importar en qué punto de la vida estuviéramos, Alice siempre me iba a amar, siempre iba a estar ahí. Mientras yo se lo permitiera.
Y eso… eso era más poderoso que cualquier otra cosa.
Abrí los ojos y dejé la carta sobre mi mesa de noche, pasando los dedos por el lacre de cera que aún tenía su monograma. No la guardé en el cajón. No la escondí. No intenté hacer de cuenta que no existía.
Sabía que, tarde o temprano, cuando la duda se colara entre mis pensamientos, volvería a abrir este sobre y leería sus palabras como si fueran una verdad escrita en piedra.
Porque lo eran, ella nunca dice nada sin asegurarse de que sea cierto.
Y esta vez, lo peor de todo… es que no podía contradecirla.
Alice
Cuando el timbre sonó esa tarde, no pensé demasiado en ello. Quizás porque estaba distraída, tal vez porque la casa estaba demasiado silenciosa y mi mente había empezado a divagar. Pero en cuanto me acerqué y miré por la mirilla, tuve que parpadear un par de veces para asegurarme de que lo que estaba viendo era real.
Ginoza estaba allí junto a Dime.
Por un instante, me quedé inmóvil, sintiendo que algo dentro de mí se tensaba de una manera ridícula. ¿Realmente estaba haciendo esto por mí?
Porque lo sabía. Sabía exactamente por qué estaba aquí. No era casualidad. No era simplemente una visita. Había venido a verme porque estaba preocupado.
Y aunque eso debería hacerme sentir culpable—porque le había mentido descaradamente sobre mi estado—, lo único que sentí en ese momento fue una oleada de ternura absoluta.
Apreté los labios para contener una sonrisa antes de revolverme el cabello con las manos, despeinándome sin mucho cuidado. Luego me pasé los dedos por las mejillas, tratando de darme un poco más de ese aire de "persona que ha estado postrada en la cama luchando por su vida" y me encorvé levemente antes de abrir la puerta con una lentitud exagerada.
Ginoza me miró de arriba abajo apenas crucé el umbral. Sus ojos recorrieron mi cabello revuelto, mi postura deliberadamente frágil, la manera en que incluso suspiré con un dejo de dramatismo antes de apoyarme en el marco de la puerta.
No dijo nada, pero lo conocía demasiado bien como para saber que en su cabeza ya estaba sacando conclusiones.
Dime, sin embargo, no necesitó análisis. Mi hijo reaccionó como si hubieran pasado años en lugar de días.
Saltó hacia mí con esa energía desbordante que siempre tenía, empujando su hocico contra mi estómago y moviendo la cola con una emoción tan descontrolada que casi me hace perder el equilibrio.
—¡Dime, mi amor, mi precioso, mi hermoso hijo! —exclamé con voz entrecortada, porque el ser más perfecto del mundo estaba intentando derribarme con su entusiasmo.
Me incliné para abrazarlo, enterrando los dedos en su pelaje mientras él me lamía la cara como si su misión en la vida fuera ahogarme en baba.
Ginoza seguía allí, de pie, observando la escena con una mezcla de resignación y algo que no lograba definir del todo.
Me giré hacia él con mi mejor expresión de debilidad sufrida, dejando que mi voz sonara suave, casi apagada.
—Nobu… qué bueno que viniste… —suspiré dramáticamente— Me estaba desvaneciendo aquí… sola…
Dime se movió a mi lado, aún ansioso, buscando más atenciones. Ginoza solo arqueó una ceja.
—Sigues con la energía suficiente para exagerar, así que dudo que te estés desvaneciendo.
Fruncí el ceño, cruzándome de brazos con una indignación calculada.
—¡¿Me estás diciendo que no parezco enferma?! —me señalé la cara con énfasis—. Mira esto. Mira este desastre. No tengo fuerzas ni para peinarme.
—Eso no prueba nada.
—¿Sabes cuánta energía tuve que reunir para llegar hasta la puerta?
—¿Sabes cuánta paciencia tuve que reunir para traerte a Dime hasta aquí?
Abrí la boca, lista para continuar con mi farsa, pero entonces me detuve. Porque, al final del día, él estaba aquí.
Porque Ginoza se había tomado la molestia de traerme a Dime y lo amaba por eso.
Podría haber esperado que le contestara, que siguiera con mi actuación, que le lanzara otro comentario exagerado, pero en su lugar me acerqué y, sin previo aviso, me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla.
Uno, dos, tres besos rápidos, porque si Dime estaba recibiendo amor, mi novio también tenía que recibirlo.
Ginoza se quedó quieto por un instante, sorprendido por la repentina muestra de afecto. Me aparté apenas para mirarlo, evaluando su reacción, y noté cómo su expresión se suavizaba apenas, como si estuviera reprimiendo el impulso de decir algo.
—Gracias por traerlo.
Sus ojos se encontraron con los míos y, por un segundo, no hubo necesidad de más palabras.
Ginoza nunca decía demasiado, pero estaba aquí. Y eso era suficiente.
Dime gimió ligeramente, empujando su hocico contra mi mano para exigir más caricias. Le di lo que quería, dejando que su peso se apoyara contra mí mientras me reía suavemente.
—Ahora ven aquí, hijo mío, porque tengo que llenarte de besos también.
Ginoza
Alice nunca ha sido una actriz particularmente buena, ni en las clases de Nitto ni en la vida real.
Desde el momento en que abrió la puerta, supe que lo que estaba viendo no era real. El cabello despeinado de forma demasiado intencional, la postura frágil, la manera en que se apoyó en el marco de la puerta como si no tuviera fuerzas para sostenerse… Era un despliegue teatral tan burdo que, si no la conociera, tal vez me habría creído una parte, pero la conozco.
Así que la dejé hacer su numerito. La dejé revolcarse en su farsa, abrazar a Dime con exageración, soltar suspiros dramáticos como si hubiera estado postrada en cama durante días sin nadie que la cuidara. Dime, por supuesto, estaba feliz de ser el centro de atención. Saltaba sobre ella con la misma devoción ciega con la que lo hace cada vez que Alice aparece en su vida como una tormenta imparable.
Pero yo no tenía la paciencia de Dime.
Cuando finalmente terminó de llenarlo de besos y caricias, cuando su performance estuvo completa y creyó que podría salirse con la suya, simplemente la miré con los brazos cruzados y una expresión severa.
—Alice.
Ella levantó la vista con la misma inocencia ensayada con la que había abierto la puerta.
—¿Sí, Nobuchika? —su tono dulce, su sonrisa perfecta.
No. No esta vez.
—Dime la verdad.
La sonrisa no desapareció del todo, pero la vi titubear. Solo un poco. Un pequeño indicio de que sabía que su teatro no había funcionado conmigo.
—¿La verdad sobre qué? —respondió con fingida confusión, inclinando la cabeza con la misma gracia de siempre.
Di un paso más cerca, acortando la distancia entre nosotros.
—Sobre por qué en realidad no fuiste a la academia.
Alice pestañeó, demasiado calculada.
—Pero ya te lo dije, me sentía mal.
—No estabas enferma.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque eres pésima mintiendo cuando intentas exagerar.
La vi parpadear otra vez, su boca abriéndose apenas como si estuviera buscando una respuesta adecuada, pero ya la tenía acorralada.
—Alice, me tomé la molestia de traerte a Dime. —mi tono era firme, bajo, sin dejar espacio a discusión—. Así que lo mínimo que puedes hacer es decirme la verdad.
Ella se cruzó de brazos y exhaló lentamente, dándose cuenta de que no tenía escapatoria.
—¿Qué harás si no te la digo?
Le sostuve la mirada, completamente serio.
—Seguiré insistiendo hasta que lo hagas.
Alice me miró durante un largo momento, sopesando sus opciones. Sabía que podía seguir con su farsa. Sabía que podía seguir jugando con su papel de víctima indefensa. Pero también sabía que no funcionaría conmigo.
Finalmente, dejó escapar un suspiro dramático y rodó los ojos.
—Bien. —Dio un paso hacia la sala y se dejó caer en el sofá con la gracia de alguien que ya ha decidido que va a ser molesto—. Pero vas a necesitar sentarte, porque esta historia tiene de todo.
Me quedé de pie unos segundos más antes de sentarme junto a ella en el sofá, cruzando los brazos y esperando a que hablara. Alice suspiró con exasperación, como si estuviera debatiéndose entre seguir fingiendo o simplemente soltarlo todo de una vez. Finalmente, se inclinó hacia atrás, recostándose contra el respaldo con una expresión más relajada, pero su mirada evitaba la mía.
—Me amonestaron.
El momento en que Alice mencionó la palabra amonestación, algo dentro de mí se endureció.
La observé con una expresión que no intenté suavizar, los brazos cruzados mientras la exasperación se extendía por mi cuerpo en oleadas constantes. No podía creerlo.
—¿Qué hiciste? —mi voz salió más dura de lo que pretendía, pero no me importó.
Alice suspiró, como si ya estuviera esperando mi reacción, y se dejó caer en el sofá con una facilidad irritante, como si esto no fuera gran cosa. Como si no fuera un problema.
—Me metí en una pelea.
Apoyé las manos en la cintura, respirando hondo para no decir lo primero que se me vino a la cabeza.
—¿Por qué no me sorprende?
—Ey, antes de que me digas algo, al menos escúchame.
No me moví, pero tampoco hablé. Si quería que la escuchara, lo haría. Pero no significaba que iba a aceptar su justificación sin más.
Alice inclinó la cabeza hacia un lado, observándome con esa expresión suya que siempre aparecía cuando estaba midiendo hasta qué punto podía empujarme.
—Fueron los mismos idiotas que te dejaron la foto en el casillero.
Mi respiración se detuvo un segundo.
—Los escuché hablar en los pasillos. —Su voz se volvió más baja, más medida—. Decían que buscarían más fotos de tu padre para dejártelas donde pudieras verlas.
Sentí que un cable se tensaba en mi cerebro. Algo se rompió y, por un instante, todo se volvió un ruido blanco sordo en mi cabeza.
Alice me sostuvo la mirada, sin apartarla.
—No pude soportarlo.
Mi mandíbula se apretó con tanta fuerza que sentí un leve dolor en las sienes.
—Así que los enfrentaste.
No era una pregunta.
—Sí.
—¿Sola?
Ella desvió la mirada, como si de repente el patrón de la mesa fuera más interesante que mi expresión.
—Kougami intervino un rato despues —Su tono era seco, como si no quisiera decirlo, pero entendiera que era necesario—. Si no lo hubiera hecho, probablemente habría terminado peor.
No lo soporté más.
—¡Alice, maldita sea!
Ella parpadeó con una expresión de fingida sorpresa ante mi exabrupto.
—¿Qué? ¿No vas a felicitarme por mi sentido de la justicia?
Ignoré el sarcasmo y me incliné hacia ella, apoyando ambas manos sobre la mesa de café entre nosotros.
—¿Qué demonios estabas pensando?
—No lo estaba pensando, lo estaba haciendo.
—Ese es exactamente el maldito problema.
Alice exhaló pesadamente y rodó los ojos, pero no dijo nada.
—¿Fuiste a cuidado mental?
La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. Porque era lo lógico. Después de una reacción así, después de una pelea que claramente había sido más que un simple intercambio de golpes, debería haber sido evaluada.
Pero Alice solo me miró con una mezcla de incredulidad y burla.
—No necesito cuidado mental.
—Alice.
Ella chasqueó la lengua y se levantó del sofá con un movimiento despreocupado.
—No lo necesito, Nobu.
—Te metiste en una pelea en clara desventaja numérica, sin estrategia, sin pensar. ¿Cómo crees que se ve eso?
Alice me miró con una calma inquietante.
—Se ve como alguien que no está dispuesta a dejar que sigan jodiendo a la persona que ama.
Las palabras aún flotaban en el aire entre nosotros, pesadas, ineludibles, tan contundentes que por un instante sentí que me quedaba sin aire. No lo dijo con grandilocuencia, ni con la intensidad de quien planea una confesión. Se le escapó. Como si fuera tan obvio, tan natural, que ni siquiera lo pensó antes de decirlo.
Alice no se corrigió. No intentó retractarse ni disfrazarlo de una broma. Solo me sostuvo la mirada con la misma determinación con la que me enfrentó toda su vida, con la misma convicción que la llevó a meterse en una pelea por mí sin pensarlo dos veces.
Y yo… yo no podía ignorarlo.
Intenté procesarlo, racionalizarlo como hacía con todo lo demás, pero mi cerebro no encontraba la manera de hacerlo encajar en un esquema lógico. Porque esto no era algo que requería análisis. No era una ecuación que necesitaba despejarse, ni una hipótesis que pudiera probar con hechos concretos. Era una verdad. Una maldita verdad innegable.
Alice Carter me ama.
Tragué con dificultad, sintiendo cómo mi propia respiración se volvía más densa, más medida, como si mi cuerpo intentara prepararse para una batalla interna que ya sabía perdida.
—¿Alice? —mi voz sonó más grave de lo que pretendía.
Ella me miró sin vacilar.
—Sí.
Un solo monosílabo, una afirmación simple, sin dramatismo, sin adornos. Solo certeza.
Mi corazón dio un vuelco. No porque fuera algo inesperado, sino porque había esperado tanto este momento que, ahora que estaba aquí, no sabía qué hacer con él.
Podía haber fingido que no lo escuché, podía haber desviado la conversación, podía haber dejado que todo se diluyera en la misma dinámica en la que siempre nos habíamos movido. Pero eso sería una mentira.
Porque yo también la amo.
Hace tiempo que lo sé. Hace tiempo que lo acepté, que me resigné al hecho de que ella se había metido bajo mi piel de una forma que nadie más lo había hecho jamás. Hace tiempo que entendí que, sin importar cuánto intentara mantenerme al margen, sin importar cuántas veces le dijera que no hiciera estupideces por mí, sin importar cuántos límites intentara imponer, ella siempre iba a cruzarlos. Porque no sabe amar a medias. Y yo tampoco.
Y lo peor de todo es que… no tiene sentido esperar.
Nos miramos en silencio. El aire entre nosotros estaba cargado de algo que no podía nombrar, algo que no era solo deseo, ni solo cariño, ni solo el impulso de quererla tanto que dolía. Era amor. Absoluto. Completo. Irrevocable.
Mis labios se entreabrieron antes de que pudiera detenerme.
—Yo también te amo.
No lo dije con duda. No lo dije con reservas. Lo dije como un hecho. Porque lo era.
Alice parpadeó, y por primera vez en mucho tiempo, vi una chispa de sorpresa real en su rostro. Tal vez no esperaba que lo dijera tan rápido, tan fácil. Tal vez pensó que iba a necesitar más tiempo para admitirlo, que iba a resistirme hasta el último segundo.
Pero no tenía sentido resistirme a algo que ya me había consumido por completo.
Ella soltó una pequeña risa, como si la idea de que yo hubiera tomado esta decisión tan rápido le resultara graciosa. Pero en sus ojos había otra cosa. Algo más profundo, algo que no solía mostrar tan abiertamente.
Felicidad.
—Sabes lo que esto significa, ¿verdad? —murmuró, con esa media sonrisa suya que siempre anticipaba problemas.
Asentí.
—Sí.
Alice inclinó la cabeza, analizándome con su mirada afilada, esperando que dijera más. Así que lo hice.
—Significa que no hay vuelta atrás.
Sus pupilas se dilataron ligeramente, como si mis palabras la hubieran golpeado con más intensidad de la que esperaba.
—¿Y eso te asusta?
Me tomé un segundo antes de responder. Porque la respuesta era importante.
—No.
Y no lo hacía.
Porque amaba a Alice Carter. Y porque ella me amaba a mí. Y porque no había nada más que pensar.
Alice me sonrió, y esta vez, no fue una sonrisa burlona ni desafiante. Fue una sonrisa honesta.
Y con eso, supe que había tomado la única decisión que tenía sentido.
Alice
El problema de las peleas es que duelen.
Sí, claro, todo el mundo lo sabe, es obvio. Pero es distinto saberlo en teoría y descubrirlo por experiencia propia cuando, después de que la adrenalina se disipa, tu cuerpo decide pasar factura. El labio partido, los moretones en los brazos, el dolor sordo en los nudillos. Todo me recordaba que había sobrevivido a mi primera pelea y que, a pesar de la amonestación, lo volvería a hacer.
Pero ahora había asuntos más urgentes que atender, porque Dime estaba aquí.
Cuando el muy ingrato decidió que ya había recibido suficientes caricias en la entrada, corrió por la casa con la energía explosiva de siempre, saltando sobre los muebles con la clara intención de marcar territorio. Su territorio. Lo seguí, con Ginoza detrás de mí, probablemente reprimiendo cada maldita queja sobre cómo iba a arruinar la disciplina de su perro.
Dime finalmente se instaló en la alfombra de la sala, moviendo la cola con un aire de triunfo absoluto. Era el rey. Lo sabía.
Luego de que hable con Nobuchika sobre lo que paso, y nos declaramos nuestro amor mutuamente… bueno, podía volver a mi único deber en la vida: consentir a mi hijo.
Y como madre responsable, me incliné a su lado y lo cubrí de besos, sujetando su cara entre mis manos como si fuera un cachorro y presionando mi frente contra la suya.
—¡Mi hermoso hijo, mi príncipe! —exclamé, mientras Dime jadeaba feliz, aceptando su destino de ser amado sin restricciones.
—Alice.
Ignoré el tono exasperado de Ginoza y continué mimando a nuestro hijo, acariciando sus orejas con devoción.
—Sabes que está aquí por mí, ¿verdad?
Levanté la cabeza con lentitud, mis dedos todavía rascando la cabeza de Dime, y parpadeé con fingida inocencia.
—¿Eso crees?
—Eso sé.
Dime aprovechó la pausa para lamerme la mejilla con una exageración innecesaria, lo que me hizo soltar una carcajada.
—Técnicamente, por contrato, tengo derecho a convivir con él.
Ginoza exhaló lentamente, como si estuviera reuniendo paciencia de algún rincón desconocido de su alma.
—Alice, no vamos a sacar el acuerdo de coparentalidad otra vez.
—Por supuesto que sí.
Me puse de pie con dramatismo y caminé hasta la estantería, sacando de entre mis papeles nuestro glorioso documento legal.
ACUERDO DE CUSTODIA COMPARTIDA SOBRE DIME, EL HUSKY SIBERIANO.
Lo sostuve con ambas manos y lo sacudí con teatralidad frente a su cara.
—Aquí dice claramente en el Artículo 3, inciso 1, que tengo derecho a "Días de Convivencia" con Dime.
—Lo sé.
—Y que Dime tiene la última palabra en caso de conflicto.
—Alice.
—Y que, según el Artículo 4, inciso 1, tengo derecho a llamarlo mi hijo sin que tú me contradigas.
Ginoza se pasó una mano por la cara, claramente evaluando todas las malas decisiones que lo llevaron a firmar este acuerdo en primer lugar. Pero había firmado.
Y ahora tenía que vivir con las consecuencias.
Me dejé caer en el sofá con una sonrisa satisfecha, dejando que Dime subiera conmigo mientras apoyaba mi cabeza en su lomo.
—Además, Dime es un perro de terapia.
Ginoza me miró con incredulidad.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Si mi Psycho-Pass sube, Dime me ayuda.
—Alice, tu Psycho-Pass no subió.
Me encogí de hombros.
—Pero pudo haberlo hecho.
Ginoza se cruzó de brazos y me miró con esa expresión suya de absoluta incredulidad, como si intentara decidir si valía la pena seguir discutiendo conmigo o simplemente rendirse de una vez. Sabía que iba a rendirse.
Dime se removió ligeramente en el sofá, estirando sus patas y apoyando su cabeza sobre mi regazo con un suspiro profundo.
—Mira, Nobu. —Pasé una mano por el pelaje espeso de Dime con una sonrisa triunfal—. Está tan tranquilo. Eso significa que aprobé el experimento de preferencia.
—No significa nada.
—Claro que sí. Según el Artículo 5, inciso 1, Dime decide.
Ginoza masajeó sus sienes con ambas manos y luego me miró con una mezcla de resignación y algo que se parecía demasiado a la ternura.
—Eres imposible.
—No, soy madre.
Dime ladró una sola vez en aparente acuerdo.
Ginoza negó con la cabeza y suspiró profundamente antes de sentarse a mi lado. No discutió más. Porque, aunque nunca lo admitiría en voz alta, en el fondo sabía que había perdido esta batalla en el momento en que me dejó escribir ese contrato.
Y yo, con la satisfacción de haber sobrevivido a mi primera pelea y de tener a mi hijo de vuelta en mis brazos, simplemente cerré los ojos y dejé que el momento se quedara conmigo.
Porque había ganado… otra vez.
