Adam Carter

La notificación llegó a mi correo personal a última hora de la noche, marcada con el sello administrativo de la academia. Asunto: Amonestación formal - Alice Carter.

Finalmente.

Revisé el documento con la calma meticulosa de quien ya anticipaba este momento, deslizándome por las líneas secas y burocráticas que detallaban su "falta de convivencia pacífica" y su "actitud disruptiva". En términos más crudos, Alice había comenzado a mostrar lo que siempre supe que estaba en su naturaleza: que no encaja en la sociedad japonesa.

Dejé el correo abierto en una pantalla secundaria y volví la mirada hacia el otro monitor, donde la transmisión de seguridad de la mansión Carter mostraba la imagen que realmente me interesaba. Alice había llegado a casa poco después de las ocho de la noche, empapada, con un abrigo que claramente no le pertenecía. Sostenía la prenda contra su cuerpo como si fuera un refugio, como si el acto de envolverse en ella le diera algo que nunca había encontrado en esta casa.

Observé su reflejo en los espejos del pasillo cuando pasó por la entrada. Labio partido. Moretones en los brazos. La imagen era… decepcionante y fascinante a partes iguales.

Lo primero que me llamó la atención no fueron las heridas—eso era de esperarse. Lo que realmente me inquietó fue el abrigo. Alguien se preocupó por ella.

Eso, más que la propia pelea, fue lo que me hizo prestar atención.

Tecleé un comando en la terminal y accedí a su dispositivo personal. No es que Alice lo hiciera difícil. Siempre ha vivido con la falsa sensación de privacidad. Su terminal es un libro abierto para mí, cada mensaje enviado, cada búsqueda, cada documento escrito. No tardé en encontrar lo que buscaba.

Un archivo de texto reciente.

Comencé a leer y, a medida que avanzaba por las líneas, la irritación se transformó en una mueca de disgusto absoluto.

Una carta de amor dirigida a Kougami Shinya.

Me recosté en la silla, exhalando con lentitud. Así que el abrigo le pertenecía a él.

No fue difícil reconstruir lo que había ocurrido. Alice, peleando con una brutalidad que ninguna chica de su posición debería tener, el idiota de Kougami interviniendo como si tuviera algún derecho a hacerlo, cubriéndola con su abrigo después del desastre.

Y luego, Alice, escribiéndole una maldita carta.

Durante un instante, sentí la presión en mi mandíbula aumentar. ¿Cómo no lo vi antes? Siempre estuvo ahí. Esa fijación con él, esa tendencia suya a buscarlo en los momentos más inadecuados, esa maldita necesidad de probarse ante él.

Pero no importaba. Kougami era una distracción pasajera. Tenía que serlo.

Lo que ocurrió al día siguiente, en cambio, fue un problema real.

Cuando vi a Ginoza Nobuchika atravesar las puertas de la mansión Carter con ese perro idiota que Alice insiste en llamar hijo, supe que algo iba mal. Alice siempre ha sido una criatura de impulsos, de obsesiones temporales, pero esto ya estaba tomando una forma inaceptable.

La transmisión desde la sala de estar captó cada detalle con una claridad nítida. El momento exacto en el que Alice admitió lo que hizo.

Se ve como alguien que no está dispuesta a dejar que sigan jodiendo a la persona que ama.

El tono en su voz fue lo peor. No había duda, no había justificación. Solo una verdad simple y brutal. Y luego de unos minutos, lo inevitable.

Ginoza luchó con sus pensamientos, pero no se resistió. No como debería haberlo hecho.

—Yo también te amo.

Por un momento, me quedé completamente inmóvil.

Fracaso. Alice está haciendo exactamente lo que no debe.

Lo supe desde el instante en que ese imbécil dijo esas palabras. Lo supe porque nunca planeé que fuera él. No tenia que ser absolutamente nadie.

Había sido paciente. Había esperado. Había permitido que Alice explorara su naturaleza, que se enredara con lo que no comprendía, con lo que la sociedad no podía aceptar. Había dejado que se acercara a la línea, convencido de que, cuando finalmente cruzara el umbral, lo haría como la criatura excepcional que debía ser.

Pero esto… esto era debilidad. Absoluta. Sentimientos inútiles sin ningún sentido.

Casi es irónico, la anomalía perfecta, amando al hijo de un criminal latente.

Cerré los ojos por un instante, la mandíbula tensa, las manos entrelazadas con calma estudiada sobre el escritorio. Y luego, Tanaka entró.

Giré la cabeza ligeramente cuando la doctora se detuvo frente a mí, sosteniendo una tableta con los datos más recientes. No dijo nada de inmediato. No necesitaba hacerlo.

Porque en la pantalla, los números me devolvieron algo que no había sentido en toda la mañana.

Cercana al cero. Otra vez. Solté una leve risa nasal.

Alice puede jugar a enamorarse de Ginoza. Puede fingir que esto es real, que sus emociones son genuinas, que sus reacciones son humanas. Pero la realidad es ineludible.

Mi hija sigue siendo una anomalía.

Ginoza

El almuerzo transcurría con la misma monotonía de siempre, el bullicio de la cafetería llenaba el espacio con conversaciones inconexas, risas esporádicas y el ruido constante de bandejas chocando contra las mesas. Pero entre todo ese ruido, Kougami estaba demasiado callado.

No era que Kougami hablara mucho normalmente, pero hoy su silencio tenía un peso distinto. Un peso que trataba de ocultar con su actitud relajada, con su manera despreocupada de sentarse con los codos sobre la mesa y la mirada perdida en su bandeja como si realmente estuviera interesado en su comida.

No estaba interesado en su comida, estaba esperando.

—Es raro que Alice haya faltado dos días seguidos.

El comentario salió con la falsa despreocupación de quien cree que puede engañarme, como si realmente estuviera sorprendido, como si no tuviera la más mínima idea de por qué Alice había faltado.

No levanté la vista de mi bandeja. No tenía que hacerlo para saber que Kougami estaba midiendo mi reacción.

—Eres tan mal actor como Alice.

El tenedor de Kougami se detuvo a medio camino de su boca.

Lentamente, me miró de reojo y arqueó una ceja.

—Ah, ¿sí?

Masticó con una paciencia irritante, como si estuviera considerando cuál era su mejor jugada ahora que se sabía descubierto.

Me permití una pequeña pausa antes de continuar.

—Alice ya me contó todo.

Esta vez, Kougami no disimuló su reacción. Bajó el tenedor y soltó un leve suspiro, ladeando la cabeza con una expresión que decía que no estaba sorprendido en absoluto.

—Por supuesto que lo hizo.

Su tono no tenía ni un rastro de culpa, ni de incomodidad. Solo esa calma frustrante de alguien que sabía exactamente lo que había hecho y no tenía intención de disculparse por ello.

Y no es que esperara una disculpa.

Pero lo que sí podría esperar… lo que sí querría hacer, aunque no pudiera permitírmelo, era agradecerle.

Agradecerle por haber estado ahí cuando Alice, con su estupidez temeraria, decidió enfrentarse sola a tres idiotas con la intención de pelear, sin siquiera saber cómo hacerlo.

Agradecerle porque, si él no hubiera intervenido, Alice probablemente habría terminado en mucho peor estado.

Pero si le agradecía, también estaba admitiendo algo que no podía permitirme reconocer.

Estaría admitiendo que Alice necesitaba ser protegida y que yo no estuve allí para hacerlo.

Me llevé el vaso de agua a los labios y bebí un sorbo lento, aprovechando el momento para encontrar las palabras adecuadas.

—No voy a agradecerte.

Kougami ni siquiera pareció sorprendido.

—No esperaba que lo hicieras.

Nos quedamos en silencio por un instante, un silencio tenso, pero no incómodo. Un silencio que Alice habría intentado llenar con alguna broma absurda, con algún comentario descarado o con la innegable necesidad de provocarnos a ambos. Pero no estaba aquí.

Y la razón por la que no estaba aquí era porque yo no había sabido lo que estaba pasando a su alrededor.

Debería haberlo notado antes, haber visto las señales. Pero no lo hice.

Y Kougami sí, estuvo allí cuando yo no.

Ese pensamiento me irritaba más de lo que quería admitir.

Volví a mirarlo y él, como si leyera mis pensamientos con la misma facilidad con la que interpreta un libro, simplemente me sostuvo la mirada con neutralidad. No había arrogancia en su expresión, no había condescendencia. Solo un entendimiento silencioso.

Porque Kougami ya sabía por qué no le estaba agradeciendo.

Y sabía que, si los roles se hubieran invertido, él tampoco lo habría hecho.

—Va a volver mañana. —Fue lo único que dije.

Kougami asintió, bajando la mirada a su comida con la misma calma medida de siempre.

—Lo sé.

Y con eso, volvimos a la programación habitual.

Pero en el fondo, sabíamos que nada era realmente igual.

Alice

Me levanté esa mañana con la frente en alto y la espalda recta, sintiendo el peso de la expectativa en cada movimiento mientras me preparaba para volver a la Academia Nitto. No con vergüenza, no con discreción, sino con la seguridad de quien regresa después de una batalla, con heridas visibles, pero con la certeza de que valió la pena.

El espejo me devolvió la imagen de alguien que no se parecía a la Alice Carter que entró en esa pelea. Pero las marcas seguían ahí.

El labio partido aún mostraba una fina línea enrojecida, una sombra de lo que fue, y los moretones en mis brazos todavía conservaban su tonalidad violácea, aunque comenzaban a desvanecerse. Nada de eso importaba.

Me puse el uniforme con la misma calma con la que se ajusta una armadura, deslicé el blazer sobre mis hombros y me até el cabello con un movimiento preciso. Hoy no iba a mirar hacia el suelo, no iba a fingir que esos días de ausencia eran más que una nota al pie en mi historia.

Hoy entregaría la carta.

La guardé en mi bolso con el mismo cuidado con el que se oculta un arma. No dejé que Nobu la leyera antes, y no iba a hacerlo ahora. Porque, aunque era la versión más recatada, seguía siendo incendiaria.

Cuando salí de la mansión Carter, el aire de la mañana me recibió con una frescura que parecía anunciar el cambio de ciclo. El fin de año estaba cerca.

Y con él, los exámenes finales.

Caminé con determinación hasta nuestro punto de encuentro habitual. No me sorprendió encontrar a Nobuchika ya allí, de pie con los brazos cruzados, su postura rígida como siempre, su mirada afilada cuando me vio acercarme.

—Hoy entregaré la carta.

Solté la afirmación sin rodeos, observando cómo su mandíbula se tensaba apenas.

—¿Y no puedo leerla antes?

—Si no te dejé cuando estuviste en mi casa, ¿qué te hace pensar que cambiaré de opinión?

Rodó los ojos con exasperación, pero no insistió más. Sabía que no tenía sentido intentarlo.

Sonreí con satisfacción, dejando que el silencio entre nosotros flotara por un instante antes de que yo cambiara el tema con la precisión de alguien que sabe exactamente dónde apretar para hacer las cosas más interesantes.

—Por cierto, mientras estuve exiliada, resolví ecuaciones diferenciales para no aburrirme.

Vi cómo sus ojos se estrecharon de inmediato.

—¿Cuántas?

—Digamos que unas cuarenta, pero las últimas diez fueron por puro entretenimiento.

Nobuchika inhaló lentamente, y supe que lo había logrado.

—Alice.

—¿Qué? —respondí con inocencia—. Sabes que los exámenes de fin de año están cerca, ¿no?

Su ceja se arqueó con desconfianza.

—Sí.

—Entonces también sabes que voy a quedarme con el primer puesto.

Su mirada se endureció en el acto. Perfecto. Ya no me molestara con la carta

—No lo harás.

—Oh, lo haré. —Me giré apenas, dejando que la provocación se quedara en el aire—. ¿Sabes cuánto me motivará ver tu nombre en el segundo lugar?

Frunció el ceño, con ese gesto suyo de "voy a demostrarte que estás equivocada", y supe que había conseguido exactamente lo que quería.

—No voy a permitirlo.

—Entonces estudia, Nobu.

Vi la sombra de un desafío cruzar su mirada, y tuve que contener la risa.

Pero su expresión cambió sutilmente, y de inmediato supe qué era lo que lo tenía realmente inquieto.

Mi labio. Los moretones que no se habían desvanecido del todo.

No dijo nada de inmediato, pero el ceño fruncido, la manera en que sus ojos se posaron en mi rostro con un escrutinio demasiado intenso, me lo dijeron todo.

—No te has curado del todo.

Le resté importancia con un gesto de la mano.

—Ya casi no duele.

No pareció convencido.

—¿No tienes miedo de que haya rumores?

Mi sonrisa se volvió burlona.

—Estoy segura de que no los habrá.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Levanté la cabeza con orgullo fingido.

—Porque esos imbéciles jamás admitirían que los golpeó una mujer que no sabe nada de artes marciales.

Por un instante, la exasperación de Nobuchika se convirtió en algo que no supe definir. Tal vez admiración. Tal vez frustración. Tal vez una mezcla de ambas. Pero no dijo nada más.

El despacho del director tenía el mismo aire impersonal y calculado de siempre. Blanco inmaculado, madera oscura, cada objeto colocado con una precisión quirúrgica. Como si el lugar en sí mismo estuviera diseñado para recordarte que aquí, todo se mide, todo se observa, todo tiene consecuencias.

Yo, por supuesto, estaba sentada con la espalda recta, las manos cruzadas sobre el regazo y mi mejor expresión de neutralidad diplomática mientras el director hablaba de lo terriblemente inaceptable que había sido mi comportamiento.

—Carter, lo que hiciste no solo va en contra de las normas de la academia, sino que también compromete la imagen de la institución. La violencia no es una solución.

—Tampoco lo es ignorar el problema hasta que alguien decide solucionarlo por su cuenta.

El director me lanzó una mirada afilada.

—No estás en posición de discutir en este momento.

Oh, pero sí lo estaba.

—Solo estoy señalando que, si la academia realmente protegiera a sus estudiantes, no habríamos terminado en esta situación.

—Esa no es tu responsabilidad.

Sonreí ligeramente, ladeando la cabeza.

—Curioso, porque parece que sí lo fue.

Hubo un instante de silencio tenso, el tipo de pausa en la que sabes que la otra persona está debatiendo si seguir discutiendo o simplemente rendirse ante la inevitabilidad de que no vas a callarte.

El director exhaló lentamente, optando por otro camino.

—¿Tienes la carta que se te pidió?

Mi sonrisa se amplió apenas mientras sacaba el sobre cuidadosamente doblado de mi bolso y lo dejaba sobre su escritorio con un movimiento fluido.

—Por supuesto.

Lo tomó con cierta precaución, como si el simple hecho de tocarlo pudiera convertirlo en un problema mayor del que ya era. Tal vez tenía razón.

Lo abrió y comenzó a leer.

Yo, por mi parte, simplemente me crucé de piernas y esperé, observándolo con atención mientras su mirada recorría cada línea, cada palabra afilada con la precisión de un bisturí.

No me interrumpió. No levantó la vista.

La leyó entera.

Y cuando terminó, la dejó sobre el escritorio y me miró con una expresión que no podía descifrar del todo.

—Esto es… contundente.

—Pero no inapropiado.

Se quedó en silencio por un instante.

—No.

Victoria.

—Lo entregaré a la administración.

—Me alegra que lo encuentre satisfactorio.

El director pasó una mano por el escritorio, como si estuviera evaluando cómo proceder ahora que ya habíamos cruzado ese puente. Pero yo tenía otro tema en mente. Uno más importante.

—Antes de irme, hay algo que quiero discutir.

Alzó una ceja, como si ya intuyera que lo que venía no le iba a gustar.

—Adelante.

Me incliné un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre mis rodillas, sin apartar la mirada de la suya.

—Si en los próximos exámenes finales o en cualquier instancia futura pudiera quedar en primer o segundo lugar en el ranking de la academia, quiero dejar constancia de que renuncio a cualquier beca que pueda estar asociada con mi desempeño.

El director parpadeó.

—No es posible.

—Sí lo es.

—Las becas se otorgan por mérito, no por necesidad.

—Estoy al tanto.

—Entonces deberías entender que no podemos discriminar a los estudiantes con base en su situación económica.

Sonreí de lado.

—Y usted debería entender que está hablando con Alice Carter.

El director no respondió de inmediato. Sabía a dónde iba con esto.

—Darle más dinero a una familia aristocrática es un completo desperdicio de recursos.

—Eso no cambia el principio de equidad con el que funciona la academia.

—Justamente. —Me incliné un poco más—. La equidad significa que todos compitamos en igualdad de condiciones. Que yo, que puedo pagar diez veces la matrícula sin que mi familia lo note, reciba un beneficio diseñado para aquellos que realmente lo necesitan es un insulto a ese mismo principio.

Vi cómo el director apretaba los labios, evaluando mis palabras.

—No se puede hacer excepciones en un sistema basado en méritos.

—Entonces negociemos.

—¿Negociar?

—Sí.

Hice una pausa breve, dejando que mis palabras flotaran en el aire antes de continuar.

—Propongo lo siguiente: si alcanzo el primer o segundo puesto, la beca correspondiente se reasignará automáticamente al siguiente estudiante en el ranking que realmente la necesite.

El director exhaló por la nariz, cerrando los ojos por un segundo como si estuviera conteniendo el impulso de frotarse las sienes.

—Carter…

—¿Sabe qué es lo mejor de esta propuesta? —continué, ignorando su frustración—. Que no altera el sistema de méritos. Simplemente permite que los recursos lleguen a quienes realmente lo necesitan. Usted no está cambiando las reglas. Solo está ajustando la administración de los fondos de la manera más eficiente posible.

Hubo otra pausa, pero yo no iba a ceder.

El director lo sabía. Finalmente, dejó escapar un suspiro pesado.

—Si presentas una solicitud formal, consideraré la propuesta.

Me recosté contra la silla con una sonrisa de triunfo.

—La tendrá en su bandeja de entrada antes del almuerzo.

El director me miró como si estuviera decidiendo si admirar mi persistencia o detestarla. Probablemente ambas.

Me puse de pie con la misma calma con la que había entrado en la oficina, ajustando el blazer de mi uniforme y deslizando el bolso sobre mi hombro.

—Fue un placer discutir esto con usted.

—Carter.

Me detuve antes de abrir la puerta y giré la cabeza apenas para mirarlo.

—¿Sí?

El director dejó la pluma con la que había estado jugueteando sobre la mesa y me miró con seriedad.

—¿Por qué haces esto?

Sonreí, aunque mi tono fue completamente neutro cuando respondí.

—Porque quiero competir en condiciones justas.

Y con eso, salí de su despacho, dejando atrás la satisfacción de un deber cumplido.

No había más restricciones. Podía rendir sin remordimientos.

Podía aplastar a Nobuchika y a Shinya en los exámenes sin la molesta idea de que lo estaba haciendo con ventaja.

Aunque, para ser honesta, la verdadera razón era otra.

Todos estos meses, fingí que no sabía lo suficiente. Que no entendía del todo, que necesitaba más tiempo. Respondí mal a propósito, me contuve, me escondí en la comodidad de la mediocridad calculada.

Pero el tiempo en Nitto cambió algo en mí.

Competir con ellos no solo era interesante, sino divertido.

Y ahora, con la situación más pareja, iba a demostrarles que no tenían oportunidad.

Kougami
El sonido rítmico de las teclas llenaba el espacio entre nosotros, un golpeteo constante y determinado que, en cualquier otro contexto, habría pasado desapercibido entre el ruido del almuerzo. Pero aquí, en nuestra mesa, Alice escribía con la intensidad de una mujer poseída por un espíritu literario.

No tenía sentido intentar hablarle. No cuando estaba así.

Sus dedos se movían sobre la pantalla de su terminal con una rapidez que bordeaba lo agresivo, la mandíbula ligeramente apretada, el ceño apenas fruncido en una expresión de pura concentración. No hacía pausas, no levantaba la vista, no tomaba aire. Era como si el mundo entero hubiera desaparecido y solo quedaran ella y las palabras que estaba vomitando en la pantalla.

Me pasé una mano por la nuca y exhalé con lentitud, apoyando un codo en la mesa mientras la observaba de reojo. Ginoza todavía no había llegado. Posiblemente estaba atrapado en una conversación interminable con algún profesor sobre la semántica de una pregunta de examen o en un debate filosófico innecesario sobre la estructura de las leyes.

Y mientras tanto, Alice escribía como si la estabilidad del mundo dependiera de ello.

La miré de nuevo. No tenía idea de qué demonios estaba escribiendo ahora, pero considerando sus últimas producciones, tenía motivos para preocuparme.

Así que no, no iba a preguntar.

Porque si era otro relato para la clase de literatura, prefería no saberlo.

Y si era algo más… bueno, ya había aprendido que Alice no escribía con esa seriedad a menos que fuera algo importante.

Pasaron varios minutos en los que lo único que hizo fue seguir escribiendo, sin mirarme ni una sola vez, sin siquiera dar una señal de que estaba consciente de que yo estaba allí. Cualquier intento de conversación habría sido inútil.

No había posibilidades de que me sintiera de ninguna manera respecto a ella, porque para Alice, en este momento, yo no existía.

Finalmente, tras un último golpe de tecla, Alice dejó escapar un largo suspiro y cerró el terminal con la satisfacción de quien acaba de completar una tarea monumental. Se quedó en silencio por un segundo, como si estuviera procesando lo que acababa de hacer, y luego giró la cabeza hacia mí con una expresión que no supe descifrar de inmediato.

—Listo.

No respondí de inmediato, esperando que explicara qué demonios acababa de hacer. No lo hizo.

En su lugar, se estiró con la misma despreocupación con la que haría cualquier otra cosa, como si no acabara de escribir con la intensidad de un poseso durante todo el receso.

—Ahora estoy completamente libre de responsabilidades.

Arqueé una ceja.

—¿Eso significa que puedo preguntar qué estabas escribiendo?

Alice sonrió, inclinando la cabeza hacia un lado, evaluándome.

—No.

Rodé los ojos y me crucé de brazos.

—Por supuesto.

—No importa, Kou. —Se apoyó en la mesa y jugueteó con la terminal entre los dedos—. Lo importante es que ya dije todo lo que necesitaba decir.

Hizo una pausa breve, y aunque su tono sonaba ligero, había algo más en sus palabras.

Algo más allá de lo que fuera que acababa de enviar.

Porque Alice Carter había pasado los últimos días deshaciéndose de lo que llevaba dentro.

Había descargado su furia en la carta cínica. Había puesto sus sentimientos en la otra carta. Y ahora… lo que fuera que sentía en este momento, lo había dejado en lo que sea que acababa de escribir y enviar.

Me quedé en silencio, mirándola mientras ella volvía a estirarse con satisfacción.

Sea lo que sea, Alice Carter finalmente había terminado de hablar.

Y por alguna razón, eso se sintió más importante de lo que estaba dispuesto a admitir.

Alice

Las notas del piano flotaban en el aire, ligeras, bien ejecutadas, pero sin pretensión de ser grandiosas. Era una pieza sencilla, más técnica que expresiva, pero lo suficiente para mantener al profesor de música observándome con atención mientras mis dedos se deslizaban sobre las teclas con precisión.

Y justo antes de comenzar, vi la notificación en mi terminal.

La abrí sin mucho pensamiento, un reflejo casi automático, esperando la confirmación de algo que ya sabía que ocurriría, pero que aún necesitaba ver con mis propios ojos.

"Su solicitud ha sido aprobada. A partir de hoy, en el caso de obtener el primer o segundo puesto en el ranking académico, la beca correspondiente será reasignada al siguiente estudiante en la lista que la necesite."

Suspiré con alivio, sintiendo cómo una tensión que no había notado desaparecía de mis hombros. No había más ataduras. Ahora podía competir sin restricciones, sin la molesta idea de que, si me permitía ganar, estaría quitándole una oportunidad a alguien que realmente la necesitaba.

El profesor me miró con una leve inclinación de cabeza, sin haber notado mi distracción momentánea. No podía permitirme perder la concentración ahora.

Volví la vista al piano y toqué.

Los acordes resonaron con claridad, cada nota cayendo en su lugar exacto, cada transición medida con la facilidad de alguien que ha hecho esto durante años. No era una pieza que me exigiera demasiado, pero a veces lo más simple es lo que realmente permite evaluar a alguien.

El profesor asintió cuando terminé, con esa expresión suya de satisfacción contenida. Sabía que estaba conforme. Porque, al menos en este curso, no había nadie mejor que yo.

Cuando la clase terminó, me quedé un momento más en el aula, recogiendo mis partituras con calma. Fue entonces cuando noté que la profesora de danza estaba esperando en la puerta, su expresión expectante.

Mi mirada se deslizó de ella al profesor de música, que también parecía estar anticipando algo.

—Carter, ¿puedes quedarte un momento? —preguntó el profesor de música, con su tono habitual de formalidad.

Asentí, apoyándome contra el piano mientras ambos profesores se sentaban frente a mí, casi como si esto hubiera sido ensayado.

—Queríamos hablar contigo sobre el próximo año —comenzó la profesora de danza—. Tu desempeño en música y danza ha sido sobresaliente. No hay dudas de que estás muy por encima de tu curso actual.

La miré con curiosidad.

—Así que hemos decidido que, a partir del próximo año, cursarás exclusivamente estas materias con los alumnos de tercer año.

Parpadeé, sorprendida por un segundo. No me lo esperaba, pero… tenía sentido.

En música y danza, era ridículo seguir aprendiendo al ritmo del resto. Siempre había sido la mejor de mi curso. Y no solo eso, sino que yo lo sabía, y ellos también.

Pero la profesora de danza no había terminado.

—Por supuesto, en las otras materias seguirás en el nivel correspondiente. —Sacó una lista en su terminal y deslizó la información con facilidad—. Matemáticas, lenguaje y ciencias con segundo año, lo mismo con educación física.

No me sorprendió en lo absoluto. Nunca me costó mantener el ritmo en esas materias, pero tampoco estaba en el nivel de los de tercer año.

El profesor de música continuó con calma:

—Literatura, dibujo y teatro las cursarás con tu generación.

Ahí sí tuve que contener la risa. Por supuesto. Era objetivamente mala en esas materias.

Casi quise discutir lo de literatura, pero, después de mi último fracaso narrativo, no tenía nada con qué defenderme.

Me crucé de brazos y asentí lentamente, dejando que la información se asentara en mi cabeza.

Miré a los profesores con una media sonrisa.

—¿Y cuál es la trampa?

La profesora de danza se rió suavemente.

—No hay trampa, Carter. Te estamos ubicando donde realmente perteneces.

Me relajé en el asiento, sintiendo la satisfacción de haber recibido exactamente lo que quería sin siquiera haberlo pedido.

—Perfecto.

Me puse de pie, recogiendo mi bolso con una facilidad renovada.

—Entonces, espero con ansias el próximo año.

Los profesores intercambiaron miradas, pero no dijeron nada más. Sabían que no necesitaban hacerlo. Ya habían ganado lo que querían de esta conversación.

Salí del aula con la sensación del deber cumplido.

Kougami
El día de los exámenes llegó con el peso de la expectativa incrustado en cada paso que daba dentro de la academia. La atmósfera estaba cargada de tensión contenida, rostros serios, miradas concentradas. Nadie hablaba demasiado, nadie desperdiciaba energía en conversaciones inútiles.

Yo no era la excepción.

Había pasado semanas preparándome para esto. Horas incontables repasando ecuaciones, resolviendo problemas, memorizando fórmulas, analizando textos con la precisión de un bisturí. No era del tipo que se confiaba en su talento natural. Si iba a mantener el primer puesto, tenía que demostrarlo.

Así que ahora, mientras tomaba asiento en el aula donde se llevaría a cabo la primera parte del examen, sentí que mi cuerpo se acomodaba automáticamente en modo de combate. Era una prueba de resistencia tanto como de conocimiento.

El examen comenzaba con ciencias: física, química y biología. Todo lo que podía reducirse a lógica, a comprensión, a aplicación pura.

Respiré hondo cuando el profesor dejó la hoja de preguntas frente a mí. No perdí tiempo en leer todo el documento antes de empezar. Sabía que solo perdería minutos valiosos en ansiedad innecesaria.

Así que me lancé de inmediato.

Las preguntas de física exigían precisión absoluta. No bastaba con saber las fórmulas. Había que comprender los principios detrás de cada problema, identificar las trampas en los enunciados, resolver rápido sin margen de error. Mecánica clásica, termodinámica, óptica. Cada pregunta pedía más que la anterior.

Química no se quedó atrás. Estructuras moleculares complejas, equilibrios químicos que exigían cálculos exactos, reacciones que debían predecirse en función de interacciones microscópicas. No había espacio para dudas.

Biología fue la más traicionera. Genética, fisiología celular, neurociencia aplicada. Preguntas que iban más allá de la memorización, que pedían analizar sistemas completos, interacciones entre órganos, efectos de mutaciones en la evolución de una especie.

No era un examen diseñado para cualquiera. Lo bueno es que yo no era cualquiera.

Pasé de una pregunta a otra con la mente funcionando a máxima velocidad, sin permitir que el cansancio me alcanzara. No tenía tiempo para distracciones.

Cuando terminé, revisé cada respuesta dos veces antes de entregar la hoja. No me apresuré, pero tampoco me quedé mirando el papel más de lo necesario. Cuando supe que no había nada más que pudiera hacer, lo dejé ir.

Salí del aula con una respiración lenta y medida. Primer campo de batalla superado.

Pero no había tiempo para relajarse.

El examen de matemáticas vino después.

Y fue peor.

Ecuaciones diferenciales, análisis matemático avanzado, cálculo vectorial aplicado a problemas abstractos. No bastaba con saber resolver, había que demostrarlo con lógica impecable.

Las preguntas estaban diseñadas para llevarte al límite, para obligarte a dudar de cada paso, para hacerte perder tiempo en caminos que parecían correctos pero que te desviaban del resultado real. Cada problema era un laberinto.

Pero yo estaba preparado.

Había resuelto cientos de ejercicios como estos. Había pasado noches enteras practicando derivadas, integrales, series de Taylor, transformadas de Fourier. Mi cuerpo estaba cansado, pero mi mente estaba afilada.

Sentí el tiempo correr mientras mi lápiz se movía por el papel con precisión. Sabía que me estaba yendo bien, pero también sabía que un solo error podía costarme el primer puesto.

Y yo no pensaba perderlo.

Cuando el tiempo se agotó, dejé el lápiz y me recosté en la silla un segundo antes de entregar el examen.

Dos de tres.

El último fue lenguaje. Y fue una trampa.

Nada de preguntas simples de gramática o comprensión lectora. Todo eran análisis profundos, interpretaciones de textos densos, ensayos argumentativos en los que había que conectar ideas con precisión quirúrgica.

El tiempo fue el peor enemigo. No bastaba con responder, había que justificar cada afirmación con referencias, con una estructura lógica perfecta.

Mi mano se movió sin descanso mientras formulaba respuestas, hilando argumentos sin perder el ritmo, manteniendo la cabeza fría. Sabía que Alice y Ginoza no iban a cometer errores en este examen.

No podía darles ventaja.

El último minuto llegó demasiado rápido, pero alcancé a terminar mi última respuesta antes de que nos ordenaran dejar los lápices.

Cerré los ojos por un instante mientras dejaba la hoja sobre el escritorio.

Había dado todo lo que tenía.

No sabía si había asegurado el primer puesto. Pero sí sabía que había hecho lo mejor que podía.

Y ahora, solo quedaba esperar.

Ginoza

El aula estaba en silencio, el tipo de silencio que solo se encuentra en un campo de batalla antes de que comience la guerra. El examen de ciencias estaba frente a mí, la hoja impresa con preguntas diseñadas para separar a los inteligentes de los que solo memorizan.

Respiré hondo, controlando mi pulso, mis pensamientos, mi ansiedad. No podía permitirme perder el control ahora. No contra ellos.

Tenía que ganar, no había otra opción.

No podía permitirme quedar en segundo lugar. No podía permitir que Kougami se quedara con el primer puesto otra vez. Y definitivamente, no iba a permitir que Alice, con su confianza desquiciada, pasara por encima de mí como si esto fuera un simple juego.

Tomé mi lápiz y ataqué el examen con la precisión quirúrgica con la que había resuelto miles de ejercicios durante semanas. No había pregunta que no hubiera practicado. No había ecuación que no hubiera dominado.

Física llegó primero, y no me sorprendió que fuera brutal. El tipo de problemas que te hacen cuestionarte si realmente has aprendido algo o si solo estás viendo números y fórmulas sin sentido. Pero yo sabía que era más que eso.

Ley de Gauss aplicada en condiciones imposibles, oscilaciones amortiguadas con fricción variable, mecánica cuántica con funciones de onda que requerían integrar sobre espacios multidimensionales. El examen quería confundirme. No lo logró.

Cada respuesta cayó en su lugar con la firmeza de quien ya había visto esto antes. Porque lo había visto. Porque me había preparado para esto más de lo que Alice y Kougami podrían imaginar.

Química no fue más fácil. Cada pregunta requería entender interacciones moleculares que no se reducían a simples ecuaciones. Termodinámica avanzada, cinética química con catalizadores que cambiaban a mitad de la reacción, equilibrios dinámicos con alteraciones inesperadas. Pero todo tenía una lógica.

Y la biología… Sabía que sería el punto en el que muchos caerían.

No yo.

Genética aplicada con errores en la secuenciación de ADN que debían ser corregidos sin acceso a referencias, fisiología neurológica con preguntas que exigían entender conexiones entre neurotransmisores y patrones de conducta.

No había espacio para dudar.

El tiempo avanzó y no me detuve. No podía permitirme dudar.

Cuando terminé, revisé cada respuesta con precisión, buscando errores que no podía permitirme cometer.

Solo cuando estuve seguro de que había hecho todo lo posible, entregué el examen.

Uno menos.

Matemáticas fue el verdadero reto. Sabía que Kougami iba a darlo todo aquí. Sabía que Alice, aunque siempre jugara a ser impredecible, iba a empujar los límites.

Pero yo no iba a ceder.

Ecuaciones diferenciales de segundo orden con condiciones de frontera que cambiaban a la mitad del problema. Series infinitas que debían ser reducidas a algo manejable sin margen de error. Topología combinatoria con pruebas que exigían que cada paso estuviera justificado sin atajos.

Cada número, cada símbolo, cada operación tenía que ser perfecta.

El tiempo transcurría con una brutalidad inhumana. Pero no podía permitirme perder ni un segundo.

Mi cerebro funcionaba con precisión, atacando cada pregunta con la misma frialdad con la que había aprendido a enfrentar cada desafío en mi vida. Porque la única forma de ser el mejor es asegurarse de que nadie más pueda alcanzarte.

Ni Alice ni Kougami iban a quitarme esto.

Cuando terminé, sentí el sudor en mi nuca, la tensión en mis manos por la fuerza con la que había sujetado el lápiz. Pero no me importaba.

Porque había ganado.

Lo sabía.

Solo faltaba lenguaje.

No sería fácil. Nada en este examen lo era.

No bastaba con conocer las reglas gramaticales ni con analizar la estructura de un texto. Cada pregunta exigía disección, profundidad, argumentación con precisión quirúrgica.

Los ensayos eran el verdadero campo de batalla. No bastaba con escribir bien.

Había que construir una idea como si fuera una ecuación matemática.

Tesis, antítesis, justificación. Cada palabra tenía que estar en su sitio, cada argumento tenía que sostenerse sin necesidad de adornos innecesarios.

Sabía que Alice iba a ser una amenaza aquí. Porque, aunque en literatura fuera un desastre, cuando escribía algo que realmente le importaba, tenía una manera retorcida de hacer que sus ideas se clavaran en la cabeza de los demás.

Sabía que Kougami iba a ser otra amenaza. Porque a pesar de su actitud de no complicarse demasiado, era meticuloso cuando se trataba de construir una idea.

Pero yo no iba a ceder.

Cuando terminé el último ensayo, cuando dejé el lápiz y sentí la rigidez en mis dedos, supe que lo había dado todo.

No había espacio para la derrota.

Salí del aula con la cabeza alta, sintiendo la presión en mis hombros disiparse solo un poco.

Alice y Kougami pensaban que podían vencerme.

Pero este examen no era para ellos.

Era para mí, y yo no pierdo.

Alice

Los exámenes finales fueron lo más sencillo que había hecho en toda mi -bastante breve- vida académica.

No porque fueran fáciles en general—claramente no lo eran—, sino porque esta vez, no tenía que fingir.

No tenía que preocuparme por responder mal a propósito, por calcular qué tan alto podía quedar sin llamar demasiado la atención, por esconderme detrás de una estrategia diseñada para mantenerme en la mediocridad funcional.

Ahora podía simplemente hacer lo que mejor sabía hacer.

Y cuando no tienes que pensar en cómo fallar, todo fluye con una naturalidad absurda.

La primera parte del examen fue ciencias. Física, química, biología. El tipo de cosas que ya había comprendido años atrás, cuando mi aburrimiento -y las maratones de clases particulares en las que me metió Adam- me obligaba a devorar libros de texto por simple necesidad de mantenerme cuerda.

Las preguntas eran largas, complicadas, diseñadas para obligar al estudiante a pensar más allá de lo evidente. Para mí, sin embargo, eran puro trámite.

Las ecuaciones de mecánica no tenían misterio, los problemas de química orgánica eran pequeños acertijos que se resolvían con lógica pura, y las preguntas de biología… bueno, si habías pasado años analizando la genética desde una perspectiva aplicada, no había mucho margen de error.

El lápiz se deslizaba sobre la hoja con una precisión automática. No había tensión en mi cuerpo, no había pausas para reconsiderar respuestas.

Solo certeza.

Cuando terminé, revisé todo una vez por costumbre, no porque realmente creyera que podía haber cometido errores. Entonces dejé el lápiz y entregué el examen.

Fui la primera en salir del aula.

El profesor me lanzó una mirada breve cuando dejé la hoja sobre su escritorio. No era sorpresa, exactamente. Más bien, era la evaluación silenciosa de alguien que no esperaba menos de mí.

Salí sin prisa, sintiendo la brisa fría del pasillo en mi piel mientras respiraba hondo. Primer campo de batalla, superado sin esfuerzo.

Matemáticas vino después. Y fue aún más fácil.

No porque el examen fuera blando, sino porque no había una sola ecuación en esa hoja que no hubiera resuelto antes en algún punto de mi vida.

Series infinitas, ecuaciones diferenciales, problemas de probabilidad que intentaban parecer más complejos de lo que realmente eran. Cada pregunta era una confirmación de que estaba exactamente donde debía estar.

El único problema real era el tiempo. No porque no me alcanzara, sino porque me sobraba demasiado.

Había terminado antes de que la mayoría de los estudiantes siquiera llegara a la mitad del examen.

Volví a ser la primera en salir.

Y cuando lo hice, lo único que sentí fue satisfacción.

Solo quedaba lenguaje.

No era difícil, pero sí tedioso. Requería paciencia más que habilidad.

Los análisis de texto eran pan comido. Los ensayos argumentativos, un poco más laboriosos, pero nada que me hiciera dudar. Sabía exactamente qué quería decir y cómo decirlo.

Las palabras se derramaban sobre la hoja con la misma facilidad con la que tocaba el piano. Naturales, sin esfuerzo.

Esta vez, no intenté esconderme. No intenté reducir mi capacidad.

Simplemente escribí.

Cuando terminé, respiré hondo y entregué la hoja. Por tercera vez en el día, fui la primera en salir.

Y cuando lo hice, cuando crucé la puerta y sentí el aire frío en mi rostro, supe algo con certeza absoluta.

No importaba lo que Kougami y Gino hicieran.

Este año, el primer puesto era mío.

Kougami

El pasillo estaba más silencioso de lo habitual. No era un silencio absoluto—siempre había algo de ruido en Nitto—pero tenía ese peso particular que deja un examen final, como si el aire todavía estuviera cargado de tensión residual, como si todos necesitaran un momento para procesar lo que acababa de terminar.

Yo acababa de salir del aula, los músculos aún tensos de la concentración sostenida durante horas. El examen había sido complicado, pero no imposible. Me preparé para esto. Me esforcé. Di todo lo que tenía.

Pero Alice terminó antes.

Lo supe porque la encontré en el pasillo, completamente en paz.

Estaba apoyada contra una de las ventanas, mirando el cielo despejado con una tranquilidad que contrastaba con el ambiente a su alrededor. No parecía alguien que acabara de pasar por la prueba académica más difícil del año.

No me sorprendió.

Me acerqué sin apurarme, y cuando Alice me notó, giró la cabeza y me dedicó una sonrisa ligera.

—¿Cómo te fue, Kou?

La miré con escepticismo.

—No te hagas la interesada. Ya sé que terminaste antes que todos.

Su sonrisa se amplió, sin ningún esfuerzo por ocultar su satisfacción.

—Tres de tres. Primera en salir.

Rodé los ojos.

—Por supuesto.

Alice se separó de la ventana y me escaneó con la mirada, como si intentara adivinar qué tan bien me había ido solo con mi lenguaje corporal. Yo hice lo mismo.

Su labio ya estaba curado. Al menos eso.

Aun así, extendí una mano y tomé su mentón con suavidad, girándole la cara para revisar si quedaban rastros de la herida. Era un hábito difícil de ignorar.

—Estoy bien, Kou.

—Voy a juzgar eso por mí mismo.

—Ya no hay nada.

Mi pulgar rozó la comisura de su boca, confirmando que tenía razón. El corte había sanado. Me aseguré de revisar su pómulo, buscando cualquier marca residual, pero su piel estaba limpia.

Alice no apartó la mirada mientras lo hacía, y cuando terminé, dejó escapar un suspiro ligero.

—¿Ves? Entera. Ahora ya no puedes poner excusas.

Fruncí el ceño.

—¿Excusas para qué?

—Para empezar a entrenar.

Parpadeé.

—¿Ya quieres empezar?

—Las vacaciones comienzan mañana. ¿Qué otra cosa vamos a hacer?

Me crucé de brazos y la observé por un segundo. Alice nunca retrocede. Nunca se rinde. Y nunca olvida una promesa.

Le había dicho que le enseñaría a pelear porque sabía que detenerla era inútil. Si quería meterse en una pelea, lo haría con o sin técnica. Y si no podía evitar que se metiera en problemas, al menos podía enseñarle a salir de ellos sin terminar en el suelo.

—Lo vamos a hacer a mi manera.

—Obviamente.

—Eso significa disciplina.

—Puedo fingir que la tengo.

—Significa repetir lo mismo hasta que lo hagas bien.

—Kou, toco el piano y hago ballet. Estoy acostumbrada a repetir hasta la perfección.

Sonreí levemente, cruzándome de brazos.

—Está bien. Comenzamos en vacaciones.

Alice asintió con satisfacción y se estiró, como si el día entero hubiera sido una simple formalidad antes de llegar a esta conversación.

—Ah, y si vas a estar ocupado con el negocio, puedo ayudar.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Tomoyo me dijo que podía ir a la casa sin que me llevaras.

Alice lo dijo con una facilidad irritante, como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Así que tal vez haga uso de ese permiso.

No respondí de inmediato. Mi madre no le diría algo así a cualquiera.

Alice lo sabía y lo estaba usando a su favor.

—¿Estás diciendo que piensas venir a ayudar en el negocio?

—Estoy diciendo que, si ya voy a estar por ahí para entrenar, no me molestaría hacer algo útil.

Me pasé una mano por la nuca, observándola con cautela.

—¿Y qué tanto podrías hacer en un negocio de comestibles?

Alice sonrió, ladeando la cabeza con aire divertido.

—Conseguir más clientes con mi encanto natural.

Rodé los ojos, pero en el fondo, sabía que esto iba a pasar, quisiera o no.

Tomoyo ya la había adoptado de alguna manera. Alice sabía que podía entrar en nuestra casa cuando quisiera y ahora iba a hacerlo.

Suspiré.

—Solo no rompas nada.

Alice me dio una palmadita en el brazo con suficiencia.

—Voy a ser la mejor empleada que tu madre haya tenido.

—No es una competencia.

—Oh, Kou. Todo es una competencia.

Y con eso, se giró y comenzó a caminar por el pasillo con esa ligereza suya, como si acabara de decidir que el resto del día era completamente irrelevante.

La vi alejarse con resignación. Alice Carter iba a ser parte de mis vacaciones, de mi casa, de mi entrenamiento.

Y aunque no lo diría en voz alta… no me molestaba tanto como debería.

Ginoza

Shinjuku siempre tenía ese aire vibrante que parecía no apagarse nunca. Luces de neón parpadeando en cada esquina, el bullicio de la multitud moviéndose sin un orden aparente, el ritmo frenético de la ciudad que contrastaba con la calma contenida de Alice a mi lado.

No habíamos planeado esto. Se sintió más como un accidente, una coincidencia de estar en el lugar correcto en el momento indicado. Salimos de la academia después de los exámenes y, sin demasiada discusión, terminamos en la estación de tren, sin un destino claro más que la intención de prolongar el día un poco más.

Alice caminaba con las manos en los bolsillos de su abrigo, observando todo con una mezcla de curiosidad y familiaridad. Shinjuku era caos, pero era el tipo de caos que no la incomodaba.

—Así que, técnicamente, esto es una cita, ¿no? —comentó, sin mirarme, como si la pregunta no tuviera importancia.

La miré de reojo, pero no respondí de inmediato.

—Supongo.

—Qué entusiasmo.

Sonreí apenas y seguimos avanzando por las calles iluminadas. No teníamos un destino específico, así que simplemente nos dejamos llevar por el recorrido, entrando en librerías, explorando tiendas de discos viejas, deteniéndonos en escaparates sin razón aparente.

Alice se movía con la despreocupación de quien no tiene prisa, de quien no tiene que estar en ningún otro lugar más que aquí. Y yo tampoco sentí la urgencia de irme.

Terminamos cenando en un pequeño restaurante de ramen, uno de esos lugares tradicionales donde el espacio es reducido y la comida es lo único que importa. El olor del caldo hirviendo, el sonido de los fideos siendo removidos en los tazones, la calidez del lugar en contraste con el frío de la calle.

Nos sentamos en la barra, Alice con los codos apoyados sobre la superficie de madera, observando el vapor elevarse desde su tazón con una expresión de satisfacción anticipada.

—No hay nada mejor que un buen ramen después de un día largo.

—¿Te parece que fue un día largo?

—Lo suficiente.

Le di un sorbo a mi té caliente, sintiendo el sabor terroso extenderse en mi paladar antes de apoyar el vaso sobre la barra.

—¿Cómo te fue en los exámenes?

Alice ni siquiera parpadeó. Su reacción fue tan calculada que supe de inmediato que había estado esperando la pregunta.

—¿Exámenes? —repitió con la inocencia más falsa que había escuchado en mi vida.

—Alice.

—¿De qué hablas, Nobu? No recuerdo nada de eso.

Suspiré, dejando los palillos sobre la mesa y cruzándome de brazos.

—No vas a decirme, ¿verdad?

—¿Decirte qué?

Rodé los ojos.

—Alice.

Ella sonrió con descaro antes de tomar un poco de su ramen, soplando los fideos con lentitud.

—No veo por qué es importante. Ya está hecho.

—Porque quiero saber en qué lugar quedaste.

Alice levantó la vista y me sostuvo la mirada, masticando con deliberada lentitud. Había algo en sus ojos, esa chispa de travesura que significaba que no iba a hacerme esto fácil.

—Supongo que lo averiguarás cuando publiquen los resultados.

—¿No puedes decirme, aunque sea un indicio?

Alice sorbió otro poco de su caldo y luego dejó los palillos sobre la mesa con una expresión serena.

—No puedo ni confirmarlo ni negarlo, pero si el primer puesto te perteneciera, te diría que lo disfrutes mientras dure.

Sentí un leve tic en mi mandíbula.

—Alice.

—Nobu.

Se llevó el vaso de té caliente a los labios con la misma calma de siempre. La miré, evaluándola, tratando de leer entre líneas lo que no estaba diciendo.

Pero Alice Carter era un libro que no se dejaba descifrar tan fácilmente.

Exhalé despacio, regresando a mi propio ramen.

—Voy a ganar.

Alice rió suavemente.

—Lo que tú digas.

Alice comía su ramen con una pasividad inusual, como si estuviera perdida en sus propios pensamientos, removiendo los fideos en el caldo sin demasiada prisa. No era típico de ella, no es alguien que come en silencio. Siempre tiene algo que decir, siempre está provocando, siempre está intentando hacer que el mundo gire a su ritmo.

Así que cuando, después de unos minutos, finalmente habló, su tono fue más suave de lo que esperaba.

—El año que viene estaré con el grupo de tercer año en música y danza.

La miré con una ligera inclinación de cabeza. Sabía que esto era algo que debía haber anticipado, pero, aun así, me tomó por sorpresa.

—¿Eso te emociona?

Alice asintió, masticando con calma antes de dejar los palillos sobre la mesa.

—Sí. Bastante.

Fruncí el ceño con leve escepticismo.

—No te llevas bien con los alumnos de artes.

Alice resopló con una sonrisa torcida, como si recordara alguna de sus muchas interacciones fallidas con los otros estudiantes de la rama artística.

—No con los de primer año.

—¿Y qué diferencia hay con los de tercer año?

—Escuché que los que ahora están en segundo, los que van a pasar a tercero, son muy buenos en lo que hacen.

Se detuvo por un instante, sus dedos trazando la orilla del vaso de té con un gesto distraído.

— Parece que muchos de ellos se conocen desde la primaria. Son amigos.

La miré con más atención. Algo en su tono cambió.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Alice levantó la vista y me sostuvo la mirada por un segundo antes de encogerse de hombros.

—Sería lindo tener amigos de verdad.

Hubo una pausa en la que solo la observé.

No supe qué me molestó más, si la forma en que lo dijo, con esa mezcla de deseo y resignación, o el hecho de que, hasta este momento, nunca había considerado que Alice pudiera sentirse sola, porque ella no lo muestra.

Alice siempre está en control. Siempre está empujando, jugando, desafiando, como si las relaciones fueran un experimento más en su vida. Pero ahora, con su ramen a medio terminar y los dedos recorriendo el borde de su vaso, parecía alguien que estaba admitiendo algo sin darse cuenta.

—Tienes a Kougami.

Lo dije sin pensarlo demasiado, porque era cierto.

Alice levantó la vista.

—Sí.

Pero su respuesta no fue inmediata ni sonó tan segura. Mis ojos se estrecharon apenas.

—¿Alice?

Ella desvió la mirada y tomó otro sorbo de té con demasiada calma, como si no quisiera seguir por ese camino. Y eso solo me hizo querer seguir preguntando.

—¿Kougami no es un amigo?

Alice suspiró y apoyó un codo en la mesa, sosteniendo su cabeza con la mano.

—Lo es.

Pero su voz no tenía la certeza con la que suele hablar de las cosas que realmente cree.

Y en ese momento, entendí algo que Alice probablemente no había querido revelar.

Hay algo en su relación con Kougami que no puede definir con facilidad, que la hace dudar cuando debería estar segura.

Me pasé una mano por la nuca y dejé los palillos sobre la mesa, sin apartar la vista de ella.

—¿Entonces por qué no sonó como si lo creyeras?

Alice sonrió, pero era una de esas sonrisas suyas que no llegan a los ojos.

—Porque tal vez no es tan simple.

No respondió más. Y esta vez, yo no insistí.

No porque no quisiera saberlo, sino porque sabía que Alice solo habla de ciertas cosas cuando está lista para hacerlo.

Así que solo asentí, dejando que la conversación se deslizara en otra dirección.

Alice

El correo llegó dos días después de los exámenes, justo cuando me estaba acostumbrando a la dulce tranquilidad del descanso. "Alice Carter, se le solicita participar como intérprete de piano en la Ceremonia de Cierre del Primer Año de la Academia Nitto."

Suspiré, cerrando los ojos por un momento. Por supuesto.

No era una sorpresa. Era la mejor pianista de primer año, y si la academia quería lucirse, tenía sentido que me pusieran en el programa. Pero lo que sí podía decidir era qué iba a tocar.

Y últimamente, lo único que quería era adaptar El Carnaval de los Animales de Camille Saint-Saëns para un solo piano.

Así que, si ya iba a tener que hacer esto, lo haría a mi manera.

Abrí mi terminal y comencé a buscar partituras, descartando arreglos demasiado largos o versiones orquestales que no tenían sentido para una interpretación solista. Tenía solo diez minutos para mi presentación. No podía tocar la suite completa, pero sí podía elegir fragmentos que transmitieran exactamente el mensaje que quería dar.

"Introducción y Marcha Real del León", porque era la pieza con la que tenía que abrir. Majestuosa, burlona, llena de carácter. Era un comentario silencioso sobre lo que esta academia valoraba y cómo yo, iba a caminar dentro de ella como me diera la gana.

"Poules et Coqs", porque a pesar de la solemnidad que querían imponer en esta ceremonia, la realidad es que Nitto estaba lleno de estudiantes que se pasaban el día cacareando, pretendiendo que su arrogancia era talento.

"Tortues", porque la lentitud exasperante de esa pieza tenía la ironía perfecta para representar lo mucho que me aburrían las normas estrictas y los trámites sin sentido.

"L'éléphant", porque, a pesar de su pesadez, tenía una gracia que siempre me recordaba a los alumnos de artes más tradicionales, los que creen que la grandeza viene solo en un formato solemne y dramático.

Y finalmente, "Aquarium", porque si había algo que quería transmitir en esta presentación, era que la música no es solo técnica, sino magia.

Decidido eso, cerré la terminal y dejé el correo sin respuesta por unas horas, lo suficiente para que supieran que no estaba aceptando sin más, sino porque elegía hacerlo.

Luego, pasé los siguientes cuatro días practicando como una desgraciada.

No le dije nada a Nobu ni a Kou, no porque fuera un secreto, sino porque simplemente era más divertido así.

Cada mañana, apenas terminaba el desayuno, me encerraba en la sala de música de la mansión Carter y tocaba hasta que el sol comenzaba a bajar. Mis manos recorrían el teclado con la seguridad de quien ha vivido demasiado tiempo dentro de su propio arte.

Había pasado por estados de flow tantas veces en mi vida que la práctica no era un esfuerzo, sino un placer absoluto. Cuanto más tocaba, más me sumergía en la música, más me desconectaba del mundo y me quedaba solo con el sonido envolviéndome.

Durante esos días, no existía nada más que el piano.

Y mientras las piezas tomaban forma, comencé a pensar en lo que realmente estaba haciendo con esta selección.

Para los directivos, sería una demostración impecable de talento. "Miren qué bien se educa a la juventud privilegiada."

Para los alumnos, un recordatorio de que yo existo y no planeo desaparecer.

Para mis nuevos compañeros de arte, una declaración. No venía a Nitto solo a ocupar un espacio. Venía a competir.

Y lo más importante: para mí, era la primera vez que tocaba música clásica frente a un público.

Tenía que hacerlo bien, eso significaba que no podía vestirme como… yo.

Por suerte, mi guardarropa cuidadosamente diseñado para estas ocasiones tenía más que suficiente material para convertir a Alice Carter en una concertista de verdad.

Elegí un vestido negro de gala, de tela ligera, pero con estructura, con un escote discreto en la espalda y falda lo suficientemente amplia para que se moviera conmigo cuando tocara.

Zapatos de tacón bajo, porque la estabilidad en el pedal es importante.

Guantes de encaje sin dedos, porque, al final del día, tenia que poder usar algo que me represente.

Cuando me miré en el espejo la noche antes de la ceremonia, por un instante, no me reconocí.

Y sonreí.

Mañana, iba a hacer que todos me recordaran.

Ginoza

Alice no estaba por ningún lado.

El auditorio estaba lleno, los alumnos ubicándose en sus respectivas secciones según sus áreas de estudio, los profesores conversando entre sí con una calma ensayada, y los directivos manteniendo su expresión impasible desde el escenario. Todo en orden. Todo según lo esperado.

Me senté en la sección destinada a los estudiantes de leyes, exhalando pesadamente mientras recorría el lugar con la mirada una vez más. No podía ser que Alice no hubiera venido.

No en la sección de artes, donde debería estar, porque de alguna manera estaba programada para tocar el piano hoy y no se dignó a mencionármelo.
No en la sección de ciencias, donde Kougami estaba sentado con su expresión neutral, como si todo esto no le importara en absoluto.
Nada. No estaba en ningún lado.

Resoplé, acomodando mis lentes con impaciencia. Lo habría sabido si hubiera planeado saltarse esto, ¿verdad?

¿Verdad?

Antes de que pudiera considerar si debía levantarme y salir a buscarla, el micrófono del escenario emitió un leve sonido de estática y el director de la academia se puso de pie. Era la señal de que la ceremonia estaba por comenzar.

Las luces del auditorio se atenuaron apenas, y el murmullo de los estudiantes disminuyó hasta convertirse en un silencio atento. El director avanzó con su expresión pétrea hasta el atril y, con la misma entonación inmutable de siempre, comenzó a hablar.

—Hoy nos reunimos para marcar el cierre del año académico de estas generaciones de estudiantes. La Academia Nitto es una institución que se enorgullece de formar individuos cuyo talento y dedicación definirán el futuro de nuestra sociedad. Cada uno de ustedes ha demostrado, a través de esfuerzo y disciplina, que merece estar aquí. Sin embargo, como bien saben, el éxito no se define únicamente por la permanencia, sino por la capacidad de superarse constantemente.

Había algo en su tono que hacía que cada palabra sonara inapelable. No había motivación en su discurso, solo un recordatorio de que la academia era un campo de competencia constante, y solo aquellos que realmente demostraran su valía continuarían ascendiendo.

—Este año hemos visto excelencia en distintas áreas. En el campo de las ciencias, en el desarrollo de las artes, en el avance del derecho y la administración. Pero la excelencia no es un logro que se alcanza y se mantiene sin esfuerzo. Requiere constancia, resiliencia y, sobre todo, comprensión del rol que cada uno de ustedes desempeñará en nuestra sociedad.

El silencio en la sala era absoluto.

Cada palabra estaba medida, diseñada para reforzar la idea de que Nitto no es simplemente un lugar de aprendizaje, sino una institución que define el valor de cada estudiante en función de su rendimiento.

—Como en cada cierre de ciclo, hoy reconoceremos a aquellos que han destacado por su desempeño académico y artístico. Estos estudiantes no solo han demostrado habilidad en sus respectivas áreas, sino que representan los estándares de Nitto y el futuro que buscamos construir.

El director hizo una pausa breve, permitiendo que sus palabras se asentaran en el aire antes de continuar.

—En esta ceremonia, también daremos espacio a la demostración del talento artístico que nuestra institución ha fomentado en el último año. Las artes, aunque no el pilar central de Nitto, forman parte de la identidad de aquellos que buscan trascender a través de la expresión.

Mi mandíbula se apretó ligeramente.

Si Alice realmente estaba programada para tocar, entonces tenía que aparecer en los próximos minutos. Si no lo hacía, sería una humillación pública.

Pero entonces, el director miró hacia la sección de artes y con un leve asentimiento anunció lo siguiente.

—Daremos inicio con la presentación de los mejores intérpretes en artes de este ciclo. Llamamos al escenario a Alice Carter, de primer año, en la interpretación de piano, y a Nao Himura, de segundo año, en la interpretación de violín.

La sala quedó en completo silencio.

Mi espalda se tensó. Si Alice no aparecía ahora, no había vuelta atrás.

Entonces, finalmente la vi.

Caminando con la misma calma con la que hace todo, dirigiéndose hacia el escenario con una seguridad que no dejaba entrever ni un solo atisbo de duda.

Y por primera vez en toda la ceremonia, realmente presté atención.

Kougami

No tenía ni idea de que Alice estaba programada para tocar en la ceremonia, hasta que escuché su nombre.

Estaba sentado con mis compañeros de Ciencias Sociales, escuchando el discurso del director con la mitad de mi atención puesta en sus palabras y la otra mitad simplemente contando los minutos hasta que esto terminara. No esperaba sorpresas. No esperaba nada que realmente hiciera que esta ceremonia fuera distinta a cualquier otra.

Hasta que ella fue llamada al escenario.

Mis ojos se movieron automáticamente hacia la sección de los alumnos de arte, esperando verla salir con su usual despreocupación, con su aire de "esto no es gran cosa". Pero lo que vi fue algo completamente distinto.

Alice caminó hacia el escenario con una elegancia que no tenía sentido en ella.

No era solo la seguridad en sus pasos, la forma en que su postura era impecable, la manera en que sus ojos no buscaban a nadie en particular. Era su ropa.

No la Alice que siempre había visto en el uniforme desarreglado de la academia, ni la que alguna vez apareció en ropa deportiva con la intención de hacer el mínimo esfuerzo en educación física. No la Alice que hacía apenas una semana tenía el labio roto y sobrevivió a una pelea.

Esta Alice estaba vestida como una concertista.

Negro impecable, una tela que se movía con ella sin ser exagerada, sin ser pretenciosa. Había un cuidado deliberado en cada detalle. Como si no fuera simplemente a tocar el piano, sino a asegurarse de que todo el maldito auditorio entendiera quién era.

Mi ceño se frunció ligeramente.

Esto… esto no lo había visto venir.

Se sentó en el banco con una calma exasperante, apoyando las manos sobre las teclas con una suavidad que parecía ensayada hasta la perfección.

Y entonces, empezó a tocar.

No reconocí la pieza.

No era la música que solía escuchar, ni algo que pudiera identificar de inmediato. Pero lo que sí supe fue que, en el instante en que las primeras notas resonaron en el auditorio, el aire cambió.

El sonido se extendió con precisión quirúrgica, cada nota golpeando con el peso exacto, con la cadencia de alguien que no solo sabe lo que está haciendo, sino que lo está disfrutando.

El auditorio contuvo el aliento.

Todos.

Desde los estudiantes de artes hasta los de ciencias, desde los profesores hasta los directivos. No hubo una sola persona que no se quedara inmóvil cuando Alice comenzó a tocar.

Y eso era lo que hacía que esto fuera impresionante.

Porque no se trataba solo de técnica, ni de velocidad, ni de una ejecución impecable. Se trataba de presencia.

Se trataba de la manera en que Alice Carter, la persona más caótica que he conocido, estaba dominando este momento sin necesidad de decir una sola palabra.