Alice

Carnaval de los Animales, punto.

No había nada más en mi cabeza. Ni el auditorio, ni los directivos, ni los estudiantes, ni siquiera el peso de la mirada de cada persona presente.

Cuando me senté en el banco del piano, me aseguré de no mirar nada que no fuera el teclado. No necesitaba ver la audiencia. No necesitaba confirmar si alguien estaba sorprendido, si alguien esperaba que fallara, si alguien estaba prestando atención o si alguien estaba conteniendo la respiración.

Nada de eso importaba, solo importaba la música.

Solté el aire en un suspiro controlado, coloqué las manos sobre las teclas y toqué la primera nota.

Y entonces, todo fluyó.

No hubo espacio para el pánico, ni para la duda. Mi cuerpo sabía qué hacer antes de que mi mente pudiera cuestionarlo.

Mis dedos se deslizaron sobre las teclas con la precisión de quien ha tocado esta pieza cientos de veces, pero con la sensación de que era la primera vez que la entendía de verdad.

Porque esta no era una simple interpretación, era mi primera presentación clásica, quizás la última.

Así que no tenía sentido contenerse. No tenía sentido no aprovecharlo.

Dejé que mi cuerpo se moviera con la música, que cada acorde, cada transición, cada resonancia fluyera como si siempre hubiera estado destinada a tocar esto aquí, ahora.

Porque en este instante, Alice Carter no era una estudiante de Nitto. No era la hija de Adam Carter. No era una heredera, ni una rival académica, ni la persona que había metido los puños en una pelea hace una semana.

Era una concertista.

Y si este era mi único momento para serlo, lo iba a hacer bien.

El auditorio estalló en aplausos en cuanto las últimas notas de Aquarium se desvanecieron en el aire.

Permanecí sentada en el banco del piano por un instante, sintiendo cómo la realidad volvía a asentarse a mi alrededor, cómo los sonidos del mundo retomaban su lugar después de esos minutos en los que solo existía la música. El peso de la concentración se disipó y, por un breve momento, no supe qué hacer con mis manos.

Me puse de pie con calma, enderecé la espalda y saludé a la audiencia con una leve inclinación. Fui demasiado rígida. Lo supe al instante. No era una reverencia natural, sino una ejecutada con precisión técnica, como si el simple acto de recibir el reconocimiento del público no me perteneciera del todo.

Pero no importaba.

Regresé a mi asiento con la misma gracia calculada con la que había subido al escenario, controlando mi respiración mientras dejaba que los aplausos se apagaran lentamente en mi mente. No miré a nadie en particular, no busqué reacciones específicas. Ya había hecho lo que vine a hacer.

Nao Himura fue la siguiente en subir al escenario.

La observé con atención mientras se preparaba, ajustando la posición de su violín con una naturalidad que dejaba en claro que este no era un momento excepcional para ella. Estaba acostumbrada a tocar frente a una audiencia. Se movía con la confianza de alguien que entiende su lugar en el escenario.

Las primeras notas de Zigeunerweisen de Sarasate resonaron en la sala y, desde el primer instante, supe que era buena.

No simplemente buena en el sentido técnico—que, por supuesto, lo era—sino en la forma en que interpretaba, en la manera en que dejaba que la música fluyera a través de ella sin esfuerzo aparente. Cada nota tenía una intención, cada transición tenía un propósito.

No era una prodigio inalcanzable ni alguien que tocara con una frialdad impecable. Era alguien que sentía la música, que la hacía suya, que entendía cómo transformar la precisión en emoción.

Eso me gustó mucho.

No me molesté en ocultar mi expresión de satisfacción mientras la escuchaba tocar. Por primera vez desde que supe que el próximo año compartiría mis clases de música y danza con los alumnos de tercer año, sentí verdadera emoción por lo que venía.

Porque con solo ella en el grupo, ya sabía que iba a encontrar talento de verdad.

Alguien con quien podría aprender y competir.

Y si la competencia era como esto, como lo que estaba viendo ahora, entonces iba a disfrutar cada segundo.

Ginoza

El auditorio se fue sumiendo en una quietud expectante cuando la última nota del violín de Nao Himura se desvaneció en el aire. Los aplausos fueron inmediatos, pero más contenidos que los que recibió Alice. No porque la interpretación de la chica hubiera sido menos impresionante, sino porque la audiencia ya había sido sacudida antes.

Nao saludó con una reverencia fluida y natural, completamente cómoda con la ovación, y regresó a su asiento con la seguridad de quien sabe que hizo un buen trabajo. Sin embargo, la verdadera tensión en la sala estaba apenas comenzando.

El director se puso de pie de nuevo y caminó hacia el atril con la misma expresión inmutable de siempre. Los discursos y las presentaciones eran solo una antesala.

Lo que venía ahora era lo verdaderamente importante.

—Ahora, procederemos a reconocer a los estudiantes con mejor desempeño académico de este ciclo.

El tono era neutro, sin emoción ni matices innecesarios. Porque esto no era una ceremonia de celebración. No se trataba de premiar esfuerzos, sino de recordarle a todos por qué la Academia Nitto era el lugar más competitivo del país.

El director hizo una pausa breve antes de continuar.

—Comenzaremos con los alumnos de tercer año.

Los nombres fueron anunciados con la precisión quirúrgica de alguien que simplemente estaba recitando datos. Tres estudiantes se levantaron y caminaron hasta el escenario, manteniendo la postura impecable de quienes ya están acostumbrados a este tipo de reconocimientos.

El primero, un chico alto con un aire de superioridad que no se molestaba en ocultar, miró a la audiencia con la certeza de quien sabe que ya es una figura establecida en la academia. El mejor de su generación.

Los otros dos también se movieron con esa seguridad silenciosa, tomando sus lugares sin titubeos. Ellos no eran solo buenos estudiantes. Eran futuros líderes en sus respectivas áreas.

Cuando los tres estuvieron alineados en el escenario, el director volvió a hablar.

—Ahora, los mejores estudiantes de segundo año.

Otro grupo se levantó. Tres nombres más, tres estudiantes que, si todo seguía según lo previsto, estarían en la misma posición el año siguiente.

Sabía cómo funcionaba esto. Cada año, los mismos nombres se repetían. Los mejores rara vez cambiaban. El ranking no era solo un número. Era una confirmación de quiénes realmente importaban.

El segundo grupo caminó hasta el escenario con la misma mecánica ensayada de los anteriores, asumiendo su posición sin que sus expresiones cambiaran.

Y entonces, finalmente llegó el momento.

—Y ahora, los estudiantes con mejor desempeño de primer año.

Me enderecé ligeramente en mi asiento.

Porque todos sabían qué tres nombres iban a ser llamados, pero lo que nadie sabía era en qué orden.

Kougami
El silencio en el auditorio era pesado, casi sofocante

Me mantuve con la espalda recta, los codos sobre las rodillas, mirando con atención la pantalla central. Esto era lo que realmente importaba.

El director, con su frialdad habitual, simplemente continuó con el protocolo.

—A continuación, presentaremos el ranking de los mejores estudiantes de primer año.

La pantalla parpadeó por un instante, el logo de la academia apareciendo antes de que los nombres finalmente se revelaran.

Y ahí estaba.

1 - Carter Alice - 100/100

2 - Kougami Shinya - 98/100

3 - Ginoza Nobuchika - 97/100

Por un segundo, todo se quedó en blanco en mi cabeza.

Alice… 100 sobre 100.

No solo había ganado, nos había aplastado.

La competencia había sido reñida, completamente. Dos puntos de diferencia entre el primer y el segundo puesto, solo uno entre el segundo y el tercero. No podía haber sido más ajustado, pero no había dudas sobre quién había ganado.

Me levanté por inercia, porque Alice ya estaba en el escenario.

Había subido con la misma calma que cuando tocó el piano, con la misma confianza que cuando entra a un salón sabiendo que va a ser el centro de atención sin tener que esforzarse.

Desde donde estaba, pude ver su expresión. No había sorpresa en su rostro.

Porque ella ya lo sabía.

Sabía que iba a ganar. Sabía que estaba un paso por delante de nosotros. Y ahora, todo el maldito auditorio lo sabía también.

Exhalé despacio, sintiendo la tensión en mis hombros. Había dado todo lo que tenía en esos exámenes. Y Ginoza, con su obsesión por la perfección, también.

Pero nos superó a ambos.

Y por primera vez en toda la competencia, supe que esto no había terminado.

Porque si Alice pensaba que iba a quedarse con el primer puesto sin pelear por él, estaba equivocada.

Ginoza

97 sobre 100. Tercer lugar.

El número estaba ahí, proyectado en la pantalla con una claridad brutal. No importaban las luces del auditorio, ni los aplausos que resonaban a nuestro alrededor, ni la presencia de Alice y Kougami en el escenario. Nada importaba. Porque el camino en Nitto terminó para mí. Por un punto. Solo un punto de diferencia entre lo que habría sido mantenerlo todo bajo control y esto.

Sentí que el aire en mi pecho se volvía pesado, como si mis pulmones no pudieran llenarse por completo. Hice todo lo que tenía que hacer. Me preparé como nadie, estudié hasta el agotamiento, repasé cada detalle, cada ecuación, cada argumento. No cometí errores. Pero no fue suficiente.

Me mantuve inmóvil mientras el director terminaba de llamar nuestros nombres, mientras Alice recibía su reconocimiento con la cabeza en alto, mirando a la audiencia con una expresión de puro desafío. No estaba sonriendo. No había rastro de celebración en su rostro. Solo la mirada de quien acaba de demostrar algo que nadie se atrevía a cuestionar, como si dijera "ahora vengan a decirme extranjera y acomodada". Pero yo no podía pensar en eso. Ni en ella, ni en Kougami, ni en lo que significaba para la academia que ella hubiera superado a todos. No podía pensar en nada más que en lo que significaba para mí haber quedado en tercer lugar.

Los aplausos continuaban mientras el director pronunciaba las mismas palabras de siempre, esas frases vacías sobre excelencia, mérito y el esfuerzo de los mejores. Todo se sentía amortiguado, como si el sonido viniera de algún lugar lejano, como si yo estuviera atrapado dentro de una burbuja que me separaba de la realidad. Aún de pie en el escenario, mis manos estaban tensas a los costados de mi cuerpo, pero no me permití moverme, no me permití mostrar ni una sola reacción que delatara el peso de lo que acababa de ocurrir. Solo respiré hondo y me obligué a bajar junto con los demás, sentándome de nuevo en la sección de estudiantes de leyes, con el cuerpo rígido y la mirada fija en algún punto del escenario, pero sin realmente verlo.

El alumno de último año subió al atril para dar el discurso de cierre, pero sus palabras no tenían sentido para mí. Su voz era solo un murmullo sin forma, un eco distante que no podía atravesar la presión en mi cabeza. No escuché lo que decía, no registré nada de lo que pasaba en el escenario. Porque no había nada más que pudiera importar.

El camino en Nitto llegó a su fin de esa maldita manera.

No había beca. No había opción. No había más que pensar. No podía pagar la colegiatura, no mi abuela hacía esfuerzos para apenas llegar a fin de mes, no cuando cada yen estaba contado para la comida de Dime, para mantenernos a flote sin lujos, sin excesos, sin ningún tipo de seguridad real.

No tenía sentido seguir sentado aquí. No tenía sentido seguir escuchando. No tenía sentido nada de lo que había hecho en este último año, porque ahora, todo era irrelevante.

Tercer lugar. 97 sobre 100. Sin beca.

Era lo único que importaba.

Y eso significaba que ya no tenía lugar aquí.

Mi terminal vibró en el bolsillo de mi pantalón. Apenas lo sentí, mis manos seguían firmes sobre mis rodillas, mi mente todavía atrapada en la única realidad que importaba.

Pero el mensaje estaba ahí, brillando en la pantalla con una notificación que llevaba el nombre de Alice Carter.

No podía estar molestándome ahora.

La odié tanto en ese instante que el resentimiento me atravesó el estómago como un golpe físico.

No quería abrir el mensaje, no quería ver qué estupidez había decidido decirme en este momento, porque si era otro de sus intentos de provocar, de hacerme reaccionar, de soltar una frase sardónica para desafiarme como si nada de esto importara, juro que no respondería por mí mismo.

Pero mis dedos se movieron antes de que pudiera detenerlos. El mensaje estaba vacío, pero adjunto, había un documento sin título.

Abrí el archivo con un nudo en la garganta, mis ojos recorriendo las primeras líneas con una mezcla de rabia, incredulidad y algo que aún no lograba identificar.

"A la dirección de la Academia Nitto, con fecha del 15 de diciembre de 2100."

Hace una semana.

"Por medio de la presente, dejo constancia de mi renuncia voluntaria a cualquier beca otorgada en función del rendimiento académico, aplicable desde los exámenes finales del presente ciclo y hasta mi graduación. Esta decisión no ha sido consultada con mi familia ni con ninguna otra entidad externa, dado que, como consta en los registros legales, mi emancipación se formalizó hace años. Mis asuntos financieros no dependen ni dependerán de ninguna otra persona que no sea yo misma, por lo que cualquier intento de intervención en esta decisión será irrelevante. Dejo esto claro desde el principio para evitar la burocracia innecesaria con la que esta academia parece regirse."

El corazón me latía con fuerza, pero mis ojos siguieron leyendo, devorando cada línea con una urgencia que no reconocía en mí mismo.

"Soy consciente de que la política de Nitto establece que las becas son otorgadas en función del mérito, no de la necesidad. Y aunque el concepto de meritocracia es una idea fascinante para vender a las masas, su aplicación en un entorno donde la igualdad de condiciones no existe es, cuando menos, absurda. En un sistema diseñado para favorecer a quienes ya nacieron con ventajas, competir con la ilusión de que todos partimos desde el mismo punto es, en el mejor de los casos, un chiste de mal gusto.

Mi situación personal me permite rechazar el dinero que no necesito. No voy a negar que soy el producto de una aristocracia que se ha perpetuado en el poder gracias a un sistema que castiga a los mediocres y glorifica a los que aprenden a moverse en él. Pero lo que sí puedo hacer es reconocer la ironía de que, incluso en una institución supuestamente regida por la competencia, haya quienes puedan estudiar con acceso a recursos infinitos mientras otros tienen que elegir entre pagar sus estudios o su siguiente comida."

Dios.

Mis ojos saltaron a la siguiente parte del documento, el texto golpeando cada fibra de mi racionalidad con una mezcla de cinismo y crudeza que era puramente Alice.

"No se trata de filantropía. No se trata de querer 'ayudar a los menos afortunados' ni de jugar a la benefactora moralmente superior. Se trata de que no tengo necesidad de recibir algo que no necesito cuando hay estudiantes que sí lo hacen. La idea de justicia no puede existir si la competencia se da entre corredores que no están en la misma línea de partida. Hay cosas que, por muy institucionalizadas que estén, siguen siendo jodidamente ridículas."

Por lo tanto, solicito que, en caso de obtener el primer o segundo puesto en el ranking académico, la beca correspondiente sea reasignada al estudiante que ocupe el tercer puesto. No es una solicitud, sino una decisión ya tomada. Y dado que Nitto se enorgullece de la eficiencia, asumiré que esto será tramitado sin retrasos innecesarios.

Atentamente,
Alice Carter.

Bajé la vista con un nudo en el estómago. Justo debajo del texto estaba la respuesta de la academia.

"Aprobado. La beca se transferirá al estudiante en el tercer puesto si la Srta. Carter obtiene el primer o segundo lugar en el ranking."

El terminal tembló ligeramente en mis manos.

No había duda, esto era real.

Alice lo había hecho sin decirme nada. Sin siquiera insinuarlo, hace una semana.

Antes de rendir, antes de saber si iba a necesitarlo.

Cerré los ojos y solté el aire en un intento de calmar el caos en mi cabeza. El peso de la derrota seguía ahí, pero ahora, mezclado con algo que no podía procesar todavía.

No lo hizo para ganar reconocimiento. No lo hizo para que la academia la viera como alguien altruista. Lo hizo porque creyó que era lo correcto.

Y ahora, gracias a su maldita decisión, yo todavía tenía un lugar en Nitto.

La diferencia de un solo punto que me habría dejado fuera, pero ella decidió hace una semana que ese punto no importaba.

Y en ese momento, mientras el auditorio seguía con su ceremonia como si nada de esto hubiera ocurrido, no supe si quería agradecerle o gritarle.

El auditorio aún vibraba con el murmullo de los estudiantes cuando salí sin detenerme a escuchar más. No tenía razones para quedarme. No había nada más que pudiera decirse, nada que pudiera cambiar lo que ya estaba hecho.

Mi mente seguía atrapada en el documento, en las palabras afiladas y cínicas de Alice, en la forma en que, con una simple firma, había decidido el destino de mi educación sin siquiera decírmelo. Lo había hecho sin esperar reconocimiento. Lo había hecho sin pedirme permiso.

Y, por supuesto, se había escapado antes de que alguien pudiera detenerla para felicitarla.

Lo supe apenas puse un pie fuera del auditorio. Alice Carter no era alguien que se quedara a recibir elogios. No era alguien que disfrutara la atención de la multitud, al menos no en estos contextos. Ella no quería validación. Ya sabía que había ganado.

Escuché los murmullos a mi alrededor mientras caminaba por los pasillos, conversaciones dispersas, fragmentos de palabras que solo confirmaban lo evidente.

—Cien sobre cien… ¿cómo lo hizo?

—Siempre parece despreocupada, pero nos barrió a todos.

—¿Viste cómo se veía en el escenario? Nada que ver con su actitud normal.

No me detuve a escucharlos más. Sabía lo que estaban diciendo. Sabía que algunos la admiraban, otros la envidiaban, y otros simplemente no sabían qué hacer con su existencia. Ella no encajaba en sus esquemas, no podía ser reducida a la imagen de la extranjera privilegiada que muchos intentaban asignarle. Y ahora menos que nunca.

La busqué por un rato.

Sabía que no se habría ido del todo. Alice no es de las que desaparecen sin antes haber tomado un respiro.

Finalmente, la encontré en una galería secundaria, un pasillo menos transitado donde la luz del atardecer entraba en ángulos largos por los ventanales. Se veía tranquila.

Estaba de espaldas, observando el exterior con una expresión que no supe descifrar de inmediato. No parecía estar esperando a nadie, pero tampoco se sorprendió cuando sintió mi presencia. Sabía que vendría.

Me apoyé en la baranda de la galería sin decir nada de inmediato. No sabía por dónde empezar.

Alice me miró de reojo y sonrió levemente.

—¿Cuánto tardaste en encontrarme?

—Más de lo que debería.

Ella rió suavemente y se giró hacia mí, cruzándose de brazos.

—Así que, ¿te enfadaste?

Exhalé despacio, pasándome una mano por la nuca. Había tantas cosas que quería decirle, pero ninguna de ellas servía de nada en este momento.

—Ya te dije lo que pensaba cuando me mencionaste la idea.

Alice asintió, con una expresión entre divertida y satisfecha.

—Sí. Me dijiste que era una idiotez.

—Y lo sostengo.

—Pero luego dijiste que hiciera lo que quisiera.

Fruncí el ceño.

—No creí que fueras a tomarme la palabra tan literalmente.

Alice ladeó la cabeza y sonrió con esa burla característica suya. Era imposible discutir con ella.

—Bueno, lo hice. Y ahora, aquí estamos.

No respondí de inmediato. Solo la miré, tratando de entender por qué hizo esto sin consultarme, por qué decidió resolver algo tan crucial sin siquiera asegurarse de que yo estuviera de acuerdo. Pero ya sabía la respuesta.

Porque Alice nunca pide permiso cuando cree que algo debe hacerse.

Y entonces, con la ligereza de quien está hablando del clima, dijo algo que casi me hizo perder el equilibrio.

—Si no me hubieran aprobado la petición, habría encontrado otra manera.

La miré con incredulidad.

—¿Qué?

—No iba a dejar que te fueras de Nitto por una estupidez como esta. Me habría inventado una ONG, un fondo de becas misterioso, lo que fuera. Te habrías despertado un día con un mensaje de la academia diciéndote que un benefactor anónimo te pagaba la colegiatura, y nunca sabrías quién lo hizo.

Su tono era ligero, casi juguetón, pero la forma en que me sostuvo la mirada me dijo que hablaba completamente en serio.

La frustración burbujeó en mi pecho.

—Eso es ridículo.

—No, es ingenioso.

—Es imposible.

—Bueno, sí, soy menor de edad. No tengo acceso a ciertos trámites burocráticos.

Ella se encogió de hombros.

—Pero si pudiera haberlo hecho, lo habría hecho.

Cerré los ojos un segundo y exhalé con lentitud.

—¿Por qué?

Alice sonrió, pero no con burla esta vez.

—Porque no podría dejar que una mente brillante como la tuya se pierda por una estupidez así.

Abrí la boca para responder, pero no supe qué decir.

Ella, con su desfachatez, su cinismo y su manera constante de hacerme perder la paciencia, había asegurado que yo pudiera quedarme en Nitto sin decírmelo, sin darme la oportunidad de objetar, sin esperar agradecimientos.

Y por mucho que me molestara su forma de hacerlo, no podía evitar entenderla.

Porque si hubiera sido al revés, yo habría hecho lo mismo.

Me pasé una mano por la cara, intentando disipar la presión en mi pecho.

—Alice…

Ella se inclinó un poco hacia adelante, expectante.

—¿Sí?

La miré, midiendo mis palabras, tratando de encontrar una forma de expresar algo que no podía reducirse a una simple frase. No podía decirle que lo agradecía ni darle la satisfacción de admitirlo.

Pero tampoco podía ignorar lo que acababa de hacer por mí.

Así que solo solté un suspiro cansado y negué con la cabeza.

—Eres insoportable.

Alice sonrió, triunfante.

—Lo sé.

Alice se quedó en silencio por un momento, observando el horizonte como si la conversación ya hubiera terminado, como si lo que acababa de hacer no fuera algo lo suficientemente grande como para marcar un antes y un después en nuestra relación. Pero yo todavía estaba procesándolo.

Todavía sentía el peso de la revelación en mis hombros, la certeza de que ella había decidido mi destino sin decirme nada, sin pedirme permiso, sin siquiera asegurarse de que yo estuviera de acuerdo. Y lo peor de todo era que, por mucho que quisiera discutirlo, sabía que lo había hecho porque no podía imaginar un escenario en el que yo no estuviera aquí.

Sentí su mirada antes de verla moverse. Alice se giró hacia mí con una tranquilidad que no coincidía con lo que yo estaba sintiendo, con lo que me estaba ardiendo en el pecho. No estaba esperando que dijera nada.

Y entonces, sin previo aviso, me besó.

No hubo prisa en el gesto, ni desesperación. No fue un beso impulsivo, ni un arrebato repentino. Fue algo más profundo, más cierto.

Porque Alice no estaba besándome para callarme. Me estaba besando porque quería que entendiera algo sin necesidad de palabras.

Y lo entendí.

La sujeté por la cintura con la misma calma con la que ella enredó los dedos en mi cabello, su cuerpo encajando perfectamente contra el mío, su calor disipando la tensión que había estado acumulando en mi espalda desde que vi ese maldito documento en mi terminal.

No tenía sentido resistirse. Nunca lo tuvo.

Cuando se separó apenas lo suficiente para que pudiera ver su rostro, su expresión era completamente seria. No había rastro de burla, ni de su usual sarcasmo, ni de la Alice provocadora que siempre está intentando empujarme al límite.

—Te amo.

Lo dijo con una seguridad absoluta, como si fuera lo más obvio del mundo, como si ya lo hubiera dicho antes y no necesitara reafirmarlo.

Y, sin embargo, ahora que lo decía, ahora que esas palabras estaban en el aire entre nosotros, supe que las necesitaba.

Acaricié su mejilla con la yema de los dedos, deslizando mi pulgar suavemente por su piel. Alice Carter, la persona más imposible que conozco. La persona que acababa de demostrarme, una vez más, que nunca iba a dejarme caer.

La miré a los ojos y exhalé lentamente antes de responderle.

—Lo sé.

Alice sonrió, pero no con su usual aire de satisfacción.

Era una sonrisa más suave, más contenida. La sonrisa de alguien que no está esperando respuesta, porque ya la tiene.

La besé otra vez, porque era la única respuesta que realmente importaba.

Kougami
El aire afuera del auditorio era fresco, pero no lo suficiente para disipar la sensación de calor residual que todavía tenía en la piel. No era físico, sino mental, un eco del último golpe que había recibido en esta ceremonia. Alice Carter, cien sobre cien.

Respiré hondo y pasé una mano por mi nuca, dejando que el frío de la tarde me calmara un poco. No estaba molesto. O al menos, eso intenté repetirme. No podía estar molesto por haber perdido cuando di absolutamente todo lo que tenía. Dos puntos de diferencia. Eso es lo que nos separó. Podría revisar cada una de mis respuestas, repasar cada ecuación, cada ensayo, pero no importaba. Alice había ganado.

Y Ginoza… Ginoza había quedado fuera.

Solté el aire en un suspiro más largo de lo normal, sintiendo el peso de esa idea asentarse en mi cabeza con una certeza que no podía sacudirme. No había beca para el tercer puesto. No había segundas oportunidades.

Sabía que él lo sabía desde el momento en que vio la pantalla. Lo supe por la forma en que no se movió de su asiento, por la forma en que no reaccionó ni siquiera cuando todo terminó.

Si Ginoza no podía pagar la colegiatura, significaba que este había sido su último año en Nitto.

Y lo peor es que yo no podía hacer nada al respecto.

Pensé en renunciar a mi propia beca, pero no podía hacerlo. No sin complicarle la vida a Tomoyo, no sin poner en riesgo todo lo que ella había sacrificado para que yo estuviera aquí.

Y no podía pedírselo a Alice. No podía mirarla a los ojos y decirle que hiciera algo que no quería hacer, no podía pedirle que renunciara solo porque Ginoza lo necesitaba más. Si no lo hacía por voluntad propia, no tenía derecho a decir nada.

Las puertas del auditorio se abrieron detrás de mí y los primeros alumnos de primer año comenzaron a salir, todavía en el frenesí del anuncio.

—¡Kougami!

Ignoré la voz al principio, pero no tardó en haber más. Un grupo de compañeros se acercó a mí con una energía que no compartía en lo absoluto.

—No lo puedes dejar así, ¿verdad?

—En los exámenes de mitad de año tienes que aplastarla.

Me detuve en seco y los miré de reojo.

—¿Aplastarla?

Uno de ellos, un chico con el que apenas había intercambiado palabras en todo el año, se cruzó de brazos con una sonrisa expectante.

—Alice Carter no puede seguir en la cima.

Otro, más impaciente, añadió con una voz aún más exaltada:

—Es una extranjera, y encima ni siquiera actúa como si le importara. Sacó cien y ni siquiera sonrió.

—¡Se largó antes de que alguien pudiera hablar con ella!

—Eso no puede seguir así.

Los miré con una expresión neutral. No porque no entendiera lo que querían decir, sino porque no me importaba en lo más mínimo su razonamiento.

Esto nunca fue sobre nacionalidad, ni encajar. Y era una competencia entre nosotros tres.

Lo que sí me importaba era la idea detrás de sus palabras. Había perdido el primer puesto. Y eso significaba que, en el siguiente examen importante, tenía que recuperarlo.

—Kougami, tú eres el único que puede hacerlo.

Los ignoré. No porque no supiera que tenían razón, sino porque ya lo sabía.

Los exámenes de mitad de año del año que viene serían el momento en el que tendría que demostrar si Alice realmente era inalcanzable o si esto había sido un error estadístico.

Y yo no iba a cometer el mismo error dos veces.

Alice estaba atrapada, literalmente.

La vi desde la entrada de la academia, rodeada por un grupo de chicos y chicas que hablaban al mismo tiempo, demasiado cerca, demasiado efusivos. Alice no estaba acostumbrada a este tipo de atención. No le gustaba, no la buscaba, y, sin embargo, ahí estaba, con los hombros tensos y la mandíbula apretada, asintiendo con educación mientras sus ojos barrían los alrededores en busca de una salida.

Nunca había visto a Alice fuera de lugar hasta ahora.

Me acerqué sin apurarme, sin hacer nada que pudiera atraer la atención de inmediato. No hacía falta. Cuando llegué al grupo, la reacción fue inmediata.

Los murmullos bajaron de volumen, algunas de las chicas giraron la cabeza hacia mí con interés repentino, y Alice aprovechó la distracción para exhalar un suspiro que parecía contener toda la paciencia que había estado reuniendo en los últimos minutos.

—¿Puedo tener un momento a solas con ella? —dije con la misma calma de siempre.

No tuve que insistir.

El grupo se dispersó con rapidez, pero no porque Alice lo pidiera. Se fueron porque yo lo hice.

Las chicas se quedaron un segundo más, demasiado embelesadas con algo que probablemente no tenía nada que ver con la conversación y mucho más con la idea de quedarse hablando conmigo. Pero Alice ya estaba dando un paso fuera del círculo, sacudiendo los hombros como si acabara de librarse de una carga.

—Gracias por salvarme. —Su voz sonó relajada, pero todavía tenía ese filo de fastidio que aparecía cuando estaba en una situación que no controlaba.

Comenzamos a caminar sin un rumbo definido, sin prisa, sin plan.

—No tienes que agradecerme.

—Claro que sí. —Se pasó una mano por el cabello, soltando el aire en un bufido leve—. No sé cómo ocurrió, pero de repente estaban ahí.

No respondí. Era obvio cómo había ocurrido. Alice había sacado un puntaje perfecto en los exámenes finales. Ahora la gente la veía de otra forma.

—Gino se fue a casa.

La miré de reojo.

—¿Molesto?

Alice rodó los ojos, pero su expresión se suavizó un poco.

—Muy molesto conmigo.

Me imaginé por qué, pero Alice no me dejó preguntar.

—No puedo creer que renuncié a la maldita beca hace una semana y se enojó por eso.

Mis pasos se ralentizaron apenas.

—¿Hace una semana?

Alice asintió, como si no fuera gran cosa.

—Sí.

—¿El día que estabas escribiendo como una posesa en el receso?

—Exacto.

Me quedé en silencio por un momento, recordando aquella escena. Alice, escribiendo como si estuviera en trance, completamente concentrada, sin prestarme la más mínima atención. Pensé que era otro de sus desastres literarios, pero no.

No era una historia, ni una carta sarcástica para su colección de improperios escritos. Era esto.

Alice sonrió con satisfacción.

—Estoy bastante orgullosa de cómo lo escribí, ¿sabes? No es tan buena como…

Se detuvo un segundo, no lo dijo. No mencionó la otra carta, la que me dejó dentro del abrigo.

La que todavía tengo.

—…Bueno, no es como las otras cosas que he escrito. Pero es bastante buena.

No dije nada, pero la observé con más detenimiento. Alice no solía enorgullecerse de lo que escribía.

—Lo hubiera hecho, aunque no fuera Gino el que quedara en tercer lugar. —Levantó la cabeza con esa confianza suya que nunca titubea—. Después de todo, es lo justo.

—Para ti también era justo romperle la cara a esos tipos que lo molestaban.

Alice me miró con diversión pura.

—Claro que sí.

—Alice.

—¿Qué?

Se encogió de hombros, con una sonrisa traviesa que no tenía nada de arrepentimiento.

—No solo son cosas justas, Kou.

Sus ojos brillaban con algo más profundo, con algo que iba más allá de la simple lógica.

—Son cosas coherentes.

La miré un segundo más, antes de soltar una risa breve.

Por supuesto que para Alice Carter la violencia y la justicia son exactamente lo mismo.

El café tenía el mismo aroma acogedor de siempre, el murmullo de conversaciones dispersas flotando en el aire, la calidez del lugar envolviéndonos en una burbuja de tranquilidad que rara vez encontrábamos en la academia. Alice y yo estábamos sentados uno frente al otro, cómodos, sin prisa, como en los viejos tiempos. No había presión, ni competencia, ni nada que interrumpiera el momento.

Cuando el mozo robótico se acercó, no esperé a que Alice dijera nada. Pedí por ella. Mocaccino y red velvet, y un café negro para mí.

Alice no dijo nada. Solo me miró, con reconocimiento.

Sabía que le gustaba que hiciera esto. Sabía que le gustaba que recordara las pequeñas cosas sin que tuviera que pedirlas. Pero en el juego de silencios y omisiones que jugamos, no había espacio para agradecimientos explícitos ni gestos grandilocuentes. Así que simplemente lo aceptó.

Un momento después, me tomó la mano.

No era un gesto impulsivo ni provocador. No buscaba incomodarme ni llamar mi atención. Solo lo hizo. Dejé que nuestros dedos se entrelazaran sobre la mesa mientras el mozo servía los cafés y la tarta. No había necesidad de palabras.

El calor de su palma contra la mía fue la única confirmación de que, sin importar cuánto discutiéramos, cuán diferentes fueran nuestras formas de pensar, seguíamos entendiéndonos.

Finalmente, Alice habló.

—Justicia, igualdad, mérito —dijo, como si fuera una lista cualquiera.

Sonreí levemente, porque sabía que esto no iba a ser una conversación sencilla.

—Un tema ligero, como siempre.

—Siempre es relevante.

Probó su mocaccino con calma, dejando que el sabor se asentara en su lengua antes de continuar.

—La justicia no es un derecho natural, sino una construcción social. No existe fuera de un sistema. Y si no existe fuera de un sistema, eso significa que su definición está sujeta a quién lo administra.

—Estás diciendo que no hay justicia en sí misma, solo versiones de ella.

—Exacto. Es relativa.

Incliné la cabeza levemente, apoyando un codo en la mesa.

—¿Entonces crees que la justicia no puede ser objetiva?

Alice negó con la cabeza con la misma seguridad con la que solía responder cuando estaba completamente convencida de algo.

—No. Lo que es justo depende del contexto, de la sociedad y del momento histórico. Lo que antes se consideraba justo hoy puede ser visto como inaceptable. La justicia cambia porque la moral cambia. Y la moral cambia porque las personas cambian.

Bebí un sorbo de café antes de responder.

—Pero la justicia también es el equilibrio de una sociedad. Si cambia demasiado, se convierte en caos.

Alice se rió suavemente.

—No necesariamente. Se ajusta. Lo que hoy consideramos justicia no es más que un ajuste al contexto en el que vivimos.

La observé por un momento. Alice siempre hablaba de justicia con una frialdad teórica que hacía que pareciera que estaba discutiendo sobre números en lugar de sobre personas.

—Dices que la justicia es relativa —recalqué, con la vista fija en ella—, pero no aplicas esa lógica en tu vida.

Se detuvo un instante. No lo suficiente como para ser obvio, pero sí lo suficiente como para que lo notara.

—¿Por qué lo dices?

—Porque la forma en que actúas no coincide con lo que dices creer.

Alice apoyó el codo en la mesa y su barbilla sobre su mano, mirándome con curiosidad.

—Ilústrame.

Solté el aire lentamente, decidiendo mis palabras.

—Si realmente creyeras que la justicia es solo un concepto flexible, no te habrías metido en esa pelea. No habrías golpeado a esos tipos por lo que le hicieron a Ginoza. No habrías escrito esa carta para renunciar a la beca.

Su expresión no cambió, pero su postura se volvió más relajada. Como si se hubiera dado cuenta de que la tenía acorralada en su propio argumento.

—Tal vez soy una hipócrita.

—O tal vez no crees en lo que dices tanto como crees.

Alice sonrió, pero esta vez su sonrisa no tenía el filo burlón de siempre. Era más contemplativa, más honesta.

—O tal vez… solo estoy confundida.

El silencio entre nosotros fue breve, pero no incómodo.

—¿Cómo concilias lo que piensas con lo que haces? —pregunté finalmente.

Alice giró el tenedor entre sus dedos antes de responder.

—Creo que todavía no lo sé.

Ciertamente, aunque no estamos de acuerdo, es refrescante hablar con ella. Alice es la única persona con la que puedo discutir sobre justicia sin que la conversación se vuelva un eco de las mismas frases ensayadas que todos repiten en Nitto. Ella no trata de convencerme, ni yo a ella. Solo hablamos, y aunque sus ideas sean completamente opuestas a las mías, no puedo evitar encontrarme disfrutándolo.

Porque, en el fondo, Alice no es tan distinta a mí.

No en la forma en que razona la justicia, no en la manera en que habla de ella como si fuera una ecuación que puede resolverse con lógica pura. En teoría, ve la justicia como un sistema flexible, algo moldeado por el contexto, por las estructuras de poder, por el momento en el que se aplica. Pero en la práctica, cuando los dilemas sobre justicia impactan en su vida personal, Alice se comporta exactamente como yo lo haría.

Dice que la justicia es relativa, que lo que es justo no siempre es lo correcto, que lo correcto no siempre es funcional. Pero golpeó a tres tipos porque se metieron con Ginoza.

Dice que el mérito es lo que debería definir el futuro de alguien, que los más capaces deberían ocupar los lugares más altos sin importar su origen. Pero renunció a una beca porque sabía que la igualdad de condiciones es una mentira.

Dice que la moral es subjetiva, que no tiene sentido basar un sistema en algo tan arbitrario. Pero ha actuado una y otra vez por impulsos que no tienen ninguna otra lógica más que su propio sentido de lo que es correcto.

Alice Carter es contradictoria, pero son esas contradicciones exactamente las que la vuelven auténtica.

Y la admiro por eso. Silenciosamente, claro.

En ningún momento de nuestra charla Alice me soltó la mano.

Desde el momento en que la tomó, desde ese gesto que parecía insignificante, no la ha apartado, no ha intentado fingir que no está ahí, entrelazada con la mía sobre la mesa. No hay tensión en su agarre, pero tampoco hay duda. Solo está ahí.

Y lo más extraño de todo es que yo tampoco la solté.

No porque no lo haya notado, no porque no sea consciente de lo que significa, sino porque tanto Alice como yo sabemos lo que significa, y ninguno de los dos hace nada por detenerlo.

Alice no puede elegir que va a esperar por mí y simplemente quedarse quieta, en pausa, sin moverse hasta que el tiempo pase. No es su naturaleza.

No podría estar tres años sin demostrarme amor, sin terminar cruzando la maldita línea.

Y, sin embargo, Alice me espera. No de la manera que uno querría, pero está esperando.

No porque se lo haya impuesto, no porque alguien lo haya decidido por ella, sino porque quiere hacerlo.

Y aunque no lo diga en voz alta, aunque no lo verbalice con la intensidad con la que dice tantas otras cosas, Alice Carter nunca ha esperado por nada en su vida.

Pero por mí… por mí sí.

Ginoza

Cuando llegué a casa, el sonido de las patas de Dime corriendo por el suelo de madera me recibió antes de que pudiera cerrar la puerta detrás de mí. Su entusiasmo fue inmediato, moviendo la cola con la misma energía de siempre mientras se acercaba a olfatearme, como si no me hubiera visto en semanas en lugar de solo unas horas. Me agaché y pasé una mano por su pelaje, permitiéndome una pausa antes de avanzar hacia la sala.

Akiho estaba ahí, sentada en su sillón habitual, con una taza de té en las manos. La imagen era familiar, reconfortante, una constante en mi vida que rara vez cambiaba. Su cabello canoso estaba perfectamente recogido en un moño bajo, y sus ojos, aunque cansados, todavía tenían ese brillo astuto que nunca se apagaba. Me miró por encima de la taza con una expresión tranquila antes de asentir hacia el sofá frente a ella.

—Ven, Nobuchika. Cuéntame cómo fue todo.

No dudé en sentarme, aunque no respondí de inmediato. Dime se acomodó a mi lado, apoyando su hocico sobre mi rodilla, esperando pacientemente mientras mi abuela seguía bebiendo su té con la misma serenidad de siempre.

—Terminé en tercer lugar —dije finalmente.

Akiho no reaccionó con sorpresa ni decepción. Simplemente asintió como si ya lo supiera.

—Y eso significa que ya no tienes la beca.

No era una pregunta.

Respiré hondo y pasé una mano por el pelaje de Dime con lentitud.

—No la tenía, pero Alice renunció a la suya.

Akiho levantó ligeramente las cejas, interesada.

—¿Renunció?

—Hace una semana —respondí, con el mismo tono de incredulidad que todavía no había podido sacudirme—. Antes de saber cómo serían los resultados.

Akiho dejó la taza sobre la mesita a su lado con calma, pero no apartó la mirada de mí.

—¿Y por qué hizo algo así?

Apreté la mandíbula por un segundo antes de soltar el aire con lentitud.

—Dijo que era lo justo. Que, si la meritocracia fuera real, tendría sentido, pero que no lo es.

Akiho sonrió levemente, como si la respuesta le pareciera menos sorprendente de lo que debería.

—Parece que tiene las cosas bastante claras.

Me tensé un poco, pero no dije nada. Porque Alice no solo había tenido las cosas claras, sino que había decidido por todos sin pedir permiso.

Akiho tomó un sorbo más de su té antes de hablar con la misma calma de siempre.

—Conozco a alguien que habría hecho exactamente lo mismo en circunstancias similares.

El aire a mi alrededor se volvió más denso. No pregunté a quién se refería, porque hacía falta.

Apreté la mandíbula y enderecé la espalda, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mi cuello.

—Alice no es como él.

Mi voz salió más dura de lo que pretendía. Akiho no se inmutó.

—No dije que lo fuera. Pero ambos tienen la misma manera de actuar cuando creen que algo debe hacerse.

No quería escuchar eso.

No quería que mi abuela, que conoció mejor que nadie a mi padre, estuviera viendo en Alice algo que tenga en común con ese tipo.

Akiho dejó la taza sobre la mesa y entrelazó los dedos sobre su regazo, observándome con la misma paciencia de siempre.

—No la dejes ir.

Me quedé en silencio por un momento, procesando esas palabras.

—No planeo hacerlo.

Ella sonrió suavemente, como si hubiera esperado esa respuesta.

—Bien.

Tomó su taza de nuevo y le dio otro sorbo, dando por terminada la conversación como si hubiera sido un simple comentario más. Pero para mí, no lo era.

Porque si Akiho estaba en lo cierto, si Alice y él compartían algo más que la obstinación… ¿qué significaba eso realmente?