Kaede Shiranagi
El murmullo constante del café se mezclaba con la suave música ambiental y el sonido de cucharillas chocando contra tazas de porcelana. Era nuestra última reunión del año antes de las vacaciones, y como siempre, habíamos ocupado nuestra mesa habitual en la esquina más apartada del lugar. La luz cálida de las lámparas colgantes iluminaba los rostros de mis amigos, todos absortos en la misma conversación: Alice Carter.
—Nunca vi algo así—murmuró Nao, apoyando el mentón sobre su mano con expresión pensativa—. Sabía que la hija de Adam Carter iba a ser talentosa, pero esto fue…
—Impresionante—completó Kenta, removiendo su café con movimientos distraídos—. Su ejecución fue perfecta, pero lo que más me sorprendió fue cómo lo hizo sentir.
Me crucé de brazos y asentí, recordando el momento con claridad. Alice Carter no había tocado simplemente el piano; había arrancado la respiración de cada persona en el auditorio. Fue una actuación tan absorbente que incluso los profesores, generalmente impasibles, parecieron afectados por la intensidad de su interpretación.
Haruto, que hasta ahora había estado en silencio, dejó su vaso en la mesa con un sonido seco.
—Lo que me molesta no es que sea buena. Es que sabe que es buena.
Hinata, que estaba sentada a mi lado con una pajilla en la boca, giró los ojos.
—Oh, vamos, Haruto. No puedes estar celoso solo porque alguien con más talento que tú entrará a nuestra clase.
—No estoy celoso—se defendió él, pero su tono seco hizo que todos en la mesa compartieran miradas de diversión.
Yo, por mi parte, no estaba tan preocupada por la presencia de Alice en nuestra clase. No la conocía personalmente, pero la forma en que se desenvolvía en el escenario hablaba por sí sola. Había una seguridad en ella, un control absoluto sobre su arte, como si supiera que el mundo entero tenía que detenerse para escucharla.
Miyu, con su tono siempre dulce y pacífico, intentó suavizar el ambiente.
—Si lo piensan bien, esto puede ser una gran oportunidad para todos. Tener a alguien con tanto talento en nuestra clase nos motivará a mejorar, ¿no creen?
—Eso depende—intervino Ryota, que hasta ese momento había estado observando la conversación con su típica calma—. No sabemos cómo es en persona. Puede que sea buena, pero si su actitud es un problema…
Hizo una pausa, y todos supimos lo que quería decir. Nuestro grupo de segundo año era unido, y siempre nos habíamos apoyado entre nosotros. Alice Carter era una extraña, una recién llegada. Y lo que más nos preocupaba no era su talento, sino si encajaría con nosotros.
—¿Qué sabemos realmente de ella? —preguntó Souta, que hasta ahora había permanecido en silencio, jugando con la funda de su vaso de café—. Más allá de su actuación.
Akari, que hasta ahora había permanecido callada, se inclinó sobre la mesa con los ojos brillando de emoción.
—Yo hablé con algunos estudiantes de primer año. Dicen que es… difícil de definir. No es arrogante, pero tampoco es alguien que busque caer bien. Es como si simplemente existiera y el resto del mundo tuviera que lidiar con ello.
Haruto resopló.
—Eso suena bastante arrogante.
—No exactamente—dijo Shiori, que hasta ahora solo había escuchado, su tono reflexivo—. Su forma de ser puede parecer distante, pero lo que he oído es que no le gusta pretender. No finge ser alguien que no es para complacer a los demás.
Tomé un sorbo de mi té antes de hablar.
—Sea como sea, lo que está claro es que no será alguien que pase desapercibida.
Hubo un silencio en la mesa, mientras todos procesaban lo que significaba que Alice Carter se uniera a nuestra clase.
Nao fue la primera en romperlo.
—Tendremos que averiguar por nosotros mismos cómo es.
—¿Creen que vendría si la invitamos a una de nuestras reuniones antes de que empiecen las clases? —preguntó Hinata, con una sonrisa traviesa.
Kenta se rió entre dientes.
—Dudo que acepte, pero no perdemos nada intentándolo.
Yo no estaba tan segura. Alice Carter no era alguien que pareciera fácil de atraer a un grupo tan unido como el nuestro. Pero había algo en ella, algo que aún no entendíamos, y me intrigaba descubrir qué era.
Pero, como siempre sucede cuando un tema resulta demasiado serio, Akari lo había convertido en algo mucho más interesante.
—A ver, a ver—dijo, inclinándose sobre la mesa con los ojos brillando de emoción—. ¿Quieren saber lo que realmente me dijeron de Alice Carter?
El grupo entero se giró hacia ella, algunas cejas se arquearon con escepticismo, pero la mayoría se mostraba claramente intrigada. Hinata, que siempre estaba dispuesta a un poco de drama, apoyó las manos en la mesa con una sonrisa expectante.
—¡Suelta todo, Akari!
Akari se tomó un sorbo de su café, como si quisiera aumentar la tensión antes de hablar.
—Bueno… Primero, al parecer, es la novia de Ginoza Nobuchika.
Hubo un par de murmullos, pero nadie reaccionó con sorpresa. Shiori, que había estado organizando mentalmente los horarios de nuestra próxima práctica, levantó la vista con una expresión pensativa.
—El chico que quedó tercero en el ranking de primer año.
—Sí—confirmó Akari, moviendo las manos con entusiasmo—. El hijo de un criminal latente.
Haruto hizo una mueca.
—¿Y qué con eso?
Souta asintió, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Sí, eso no es algo que nos importe.
Akari levantó las manos en señal de rendición.
—¡Lo sé, lo sé! Pero no me digan que no es llamativo. Además…
Hizo una pausa dramática.
—Dicen que es muy cercana a Kougami Shinya.
Hubo un silencio breve, seguido de un estruendoso grito de fangirl de parte de Hinata, Miyu y Nao. Akari, satisfecha con la reacción, sonrió ampliamente mientras Kenta y Ryota se tapaban los oídos.
—¡No me digan que no han visto a Kougami en el gimnasio! —exclamó Hinata, con los ojos brillando de emoción—. ¡A veces entrena sin camiseta!
Otro alboroto de gritos y risas siguió a ese comentario.
Yo no dije nada.
—A ver, a ver—intentó calmar la situación Shiori, aunque su sonrisa sugería que también encontraba la conversación entretenida—. ¿Cómo de "cercana" es Alice a Kougami?
Akari se inclinó aún más sobre la mesa.
—Bueno, los rumores dicen que tienen su propio lugar en la terraza del cuarto piso—dijo con un tono de conspiración—. La gente los ha visto entrar y salir de ahí como si fuera su casa.
Hinata jadeó dramáticamente.
—¡NO PUEDE SER!
Nao, con una expresión más seria, entrecerró los ojos.
—Eso ya suena sospechoso.
Haruto resopló, cruzándose de brazos.
—Los rumores siempre exageran. ¿Qué tan cierto puede ser todo eso?
Akari ignoró su comentario y continuó.
—¡Y eso no es todo! ¿Recuerdan que hubo una pelea hace unos días?
Varios en la mesa asintieron, y hasta Souta levantó la cabeza con curiosidad.
—Dicen que Alice se metió en esa pelea—continuó Akari—, y que el que la defendió fue Kougami.
Un silencio se instaló en la mesa por un par de segundos antes de que Miyu susurrara:
—Eso es… muy atractivo.
—¡¿Verdad?!—Hinata golpeó la mesa con emoción—. ¡El chico problemático, peleando por ella bajo la lluvia!
Yo apreté la mandíbula con fuerza.
—Además—siguió Akari, sin notar mi expresión—, dicen que después de la pelea, los vieron juntos en el gimnasio, escapándose en medio de la lluvia.
El grupo entero explotó en exclamaciones, con cada persona sacando sus propias conclusiones.
—No puede ser—murmuró Souta, aunque su tono no sonaba tan seguro.
—Si eso es cierto, ¿qué pasa con Ginoza? —preguntó Kenta, arqueando una ceja.
Akari se encogió de hombros.
—Esa es la pregunta del millón, ¿no? Hay personas que dicen que Alice y Kougami tienen una relación de idas y vueltas, pero que ella sigue con Ginoza.
Los chicos se mostraban más escépticos con cada palabra, pero yo no podía negar lo que había visto con mis propios ojos en los últimos meses, porque yo he visto a Kougami en la biblioteca y vi cómo se separó un poco de Alice y Ginoza. También observe como se queda hasta tarde, cómo estudia solo con una intensidad apabullante, cómo pasa tiempo con sus amigos de kickboxing.
Y también noté lo cercana que es Alice a él.
No se miran como simples amigos. Hay algo ahí, algo que es difícil de describir, algo que parece fluctuar entre lo prohibido y lo inevitable.
Alice es la única chica de toda la academia que Kougami deja que se acerque.
Esa es la realidad y eso me molesta en algún punto.
—Kaede—dijo Akari de repente, rompiendo mis pensamientos—. Has estado muy callada.
Parpadeé, dándome cuenta de que todo el grupo me miraba.
—¿Eh?
Hinata se inclinó con una sonrisa sospechosa.
—Kaede, Kaede, Kaede—canturreó—. ¿No será que a ti te gusta Kougami?
Toda la mesa enmudeció.
Mi cara se puso roja al instante.
—¡¿Qué?!
—¡KA-E-DE! —Hinata y Miyu gritaron con emoción.
Intenté recomponerme, pero fue imposible.
—¡Por favor! —exclamé, tratando de mantener la compostura—. Solo porque no estoy gritando como ustedes no significa que me guste Kougami.
Pero mis palabras no tuvieron efecto. Hinata y Miyu ya estaban en modo detective, mirándome con ojos brillantes como si hubieran encontrado la pista de un gran misterio.
—Kaede, querida—dijo Hinata, apoyando los codos en la mesa y juntando las manos como si estuviera a punto de darme un sermón—. Lo hemos visto.
—¿Ver qué? —solté, con el corazón latiéndome un poco más fuerte.
—Cómo lo miras—dijo Miyu, con su tono dulce pero letal.
Mi cuerpo se puso rígido.
—¿De qué están hablando?
—En la biblioteca—intervino Nao, arqueando una ceja mientras jugaba con la cucharilla de su café—. Lo has visto allí, ¿no?
Tragué saliva.
—¿Y qué si lo he visto? —repliqué, intentando sonar indiferente.
Hinata sonrió aún más.
—Kaede, Kaede, Kaede… no te hagas la desentendida—canturreó—. Desde que él se separó un poco de Alice y Ginoza, ha estado estudiando solo o con sus amigos del club de kickboxing. Y tú, casualmente, siempre terminas en la biblioteca cuando él está ahí.
—No es casualidad—dijo Shiori, siempre pragmática—. Nuestras clases de arte y las materias generales hacen que coincidan en los horarios.
Respiré con disimulo. Gracias, Shiori, por el intento de salvarme.
Pero Hinata no iba a soltar el tema.
—Entonces dime, Kaede… ¿qué opinas de él? —preguntó con una sonrisa traviesa.
Sentí todas las miradas sobre mí. Maldita sea.
Bebí otro sorbo de mi café, intentando ganar tiempo, pero el calor en mi rostro me delataba. No podía simplemente negarlo, porque era verdad.
Su actitud reservada pero determinada, su inteligencia, la forma en que parecía llevar un peso en los hombros, pero seguía avanzando con la misma fuerza. Había algo en él que me hacía querer entenderlo, pero también me mantenía a raya.
Porque la verdad era que él no miraba a nadie más como miraba a Alice Carter.
Y eso era suficiente para que yo supiera que no debía tener esperanzas.
Respiré hondo y me obligué a poner una sonrisa tranquila.
—Es interesante—dije finalmente, manteniendo mi tono neutral—. Se nota que es dedicado, y sí, lo he visto estudiar bastante.
Hinata entrecerró los ojos.
—"Interesante" es la palabra que usas cuando no quieres admitir algo.
Me crucé de brazos.
—Hinata, si sigues con esto, voy a hacer que Kenta te saque la verdad sobre quién te gusta a ti.
Hinata se quedó en silencio por un instante, y Miyu jadeó con diversión.
—¡No lo harías! —Hinata me apuntó con un dedo, dramatizando su expresión.
—Oh, sí lo haría—respondí con calma.
Hinata me miró por unos segundos más antes de resoplar y cruzarse de brazos, evidentemente derrotada.
—Bien, bien, lo dejaré pasar… por ahora.
El grupo rió ante su reacción, y la tensión sobre mí se disipó.
—Sinceramente, falta mucho para que empiecen las clases—dijo Souta, estirándose en su asiento—. Si vamos a compartir aula con Carter, al menos deberíamos conocerla antes.
—Exacto—asintió Hinata, apoyando la barbilla en su mano con una sonrisa astuta—. No podemos dejar que simplemente aparezca el primer día como si nada.
—Pero hay un problema—señaló Kenta, ajustándose las mangas de su camisa—. ¿Cómo vamos a contactarla?
Todos nos quedamos en silencio por un momento.
Ese era el problema real. Nadie en nuestra clase tenía el contacto de Alice Carter.
—Podríamos preguntarle a algún profesor—sugirió Miyu.
Nao la miró como si acabara de decir la mayor locura del mundo.
—¿Y cómo piensas hacer eso? ¿Decirle a un profesor "queremos conocer a Carter, pásenos su contacto, por favor"?
Miyu se encogió de hombros.
—Podría funcionar si lo dices con educación.
—No va a funcionar—dije, tomando mi taza de café y dándole un sorbo—. Ningún profesor nos daría el contacto de un estudiante, y menos de alguien como Alice Carter.
Haruto suspiró y apoyó la frente en la mesa.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Akari levantó la mano como si estuviera en clase.
—¡Esperen, esperen! Hay algo más importante que conocer a Carter—dijo con una sonrisa traviesa—.
Las chicas se giraron hacia ella, expectantes.
—Queremos que Alice nos presente a Kougami.
Los gritos de fangirl resonaron nuevamente en la mesa y los chicos pusieron caras de sufrimiento.
—No pueden estar hablando en serio—dijo Souta, frotándose las sienes.
—¡Claro que sí! —exclamó Hinata, con los ojos brillando—. ¡No podemos desaprovechar esta oportunidad!
—¿Y si Carter no quiere presentarles a Kougami, banda de locas? —preguntó Ryota, siempre el más racional del grupo.
—No es una opción—dijo Nao, con una sonrisa peligrosa—. Lo hará, quiera o no.
Yo no dije nada, pero el solo pensamiento de estar en la misma conversación que Kougami Shinya me hizo tensarme un poco.
—De acuerdo, supongamos que logramos contactar a Carter—dijo Kenta, cruzando los brazos—. ¿Cómo planean que les presente a Kougami?
—Lo pensamos después—dijo Hinata, restándole importancia—. Primero hay que encontrarla.
—¿Cómo? —preguntó Shiori, siempre lógica—. No tenemos su contacto, ni sabemos por dónde se mueve fuera de la academia.
Silencio. Nadie tenía una respuesta concreta… hasta que Akari chasqueó los dedos.
—Podemos preguntarle a Ginoza.
Todos la miramos.
—¿Ginoza? —repetí, frunciendo el ceño.
—Sí, sí—asintió ella—. Es su novio, ¿no? Seguro tiene su contacto.
—¿Y quién de nosotros conoce a Ginoza lo suficiente para preguntarle eso? —preguntó Haruto.
Más silencio. Todos nos miramos, hasta que varias miradas cayeron sobre mí.
Fruncí el ceño de inmediato.
—No.
Hinata sonrió.
—Kaede...
—No.
—Eres la única que podría hablar con él sin parecer sospechosa—dijo Nao, con tono inocente pero claramente disfrutando de la situación.
Me crucé de brazos.
—¿Por qué yo?
—Porque tú eres la más seria—intervino Shiori—. Si alguien le pregunta sin levantar sospechas, eres tú.
Suspiré.
—No prometo nada.
—Pero lo harás—dijo Akari, satisfecha.
Genial.
El zumbido del Holo traje activándose a mi alrededor me hizo suspirar mientras observaba mi reflejo en el espejo de la tienda. Un vestido azul oscuro, de corte elegante, cubría mi cuerpo con una textura que ni siquiera estaba realmente ahí. La simulación era perfecta, pero eso no cambiaba el hecho de que no estaba nada contenta con mi "misión".
—Esto es una mala idea—dije, girando sobre mis talones para mirar a las demás.
Hinata, Akari, Miyu y Nao estaban probándose distintos estilos, pero en realidad estaban mucho más concentradas en convencerme de hacer algo que no quería hacer.
—¡Para nada! —exclamó Hinata, mirándose con satisfacción en el espejo mientras su Holo traje la envolvía en un conjunto vibrante de colores cálidos—. Es la mejor idea.
—No para mí—repliqué, cruzándome de brazos.
Nao suspiró dramáticamente y se giró hacia mí con una expresión exagerada de exasperación.
—Kaede, acepta tu destino. Eres la única que puede hacer esto.
—¿Por qué no le hablan directamente a Carter cuando vayamos a vaciar los casilleros? —pregunté, mirándolas con sospecha.
—¡Porque no es lo mismo! —respondió Akari, sacudiendo la cabeza como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Explícame—dije, apretando los labios.
—Piensa en esto—comenzó Miyu, con su tono más dulce pero manipulador—. Alice Carter no nos conoce. Si nos acercamos de la nada a preguntarle por Kougami, podría cerrarse o pensar que solo la buscamos por eso.
—¡Exacto! —añadió Hinata, entusiasmada—. En cambio, Ginoza ya la conoce bien, y además… bueno… ¡tú puedes hablar con él sin parecer una acosadora!
Me llevé una mano a la frente, comenzando a desesperarme.
—¿Por qué están tan obsesionadas con que Alice nos presente a Kougami?
Las cuatro se miraron entre sí.
—Kaede…—susurró Nao, con una sonrisa condescendiente—. ¿Has visto a Kougami Shinya?
Silencio. Claro que lo había visto. Demasiado, para mi desgracia.
Pero no iba a darles la satisfacción de admitirlo.
—No respondiste—dijo Hinata, entrecerrando los ojos con astucia.
Me di la vuelta y fingí examinar otra prenda en la pantalla táctil de la tienda.
—Entonces, en unos días, cuando todos vayamos a vaciar los casilleros antes de las vacaciones…—comenzó Akari, sin ocultar la emoción en su voz—. Tienes que hablar con Ginoza y conseguir el contacto de Alice.
Respiré hondo. Esto era ridículo. Pero sabía que no tenía escapatoria.
Suspiré y me crucé de brazos, mirando a las cuatro.
—Está bien. Pero solo voy a preguntar por el contacto de Alice. No voy a preguntarle por Kougami.
Las chicas soltaron pequeños grititos de victoria.
Maldición. Mi destino estaba sellado.
Ginoza
El pasillo estaba lleno de ruido. Las voces de los estudiantes resonaban en todas direcciones mientras vaciaban sus casilleros, despidiéndose entre risas, intercambiando comentarios sobre las vacaciones que estaban por comenzar. Algunos lo hacían con prisa, otros con la parsimonia de quien no tenía ningún apuro en despedirse de la rutina.
Yo, en cambio, estaba concentrado en lo mío. No tenía ganas de socializar ni de entretenerme en conversaciones innecesarias. Solo quería sacar mis cosas, organizarlas y salir de aquí lo antes posible.
Deslicé la puerta metálica de mi casillero, dejando que el sonido rechinante se perdiera entre el bullicio del pasillo. Dentro, mis libros de leyes estaban ordenados con la precisión habitual. Apilé algunos cuadernos en mi mochila y revisé con rapidez si había olvidado algo importante. Fue en ese momento, mientras sacaba mi estuche de bolígrafos, que noté una figura detenida a mi lado.
Al principio, pensé que solo estaba pasando, pero cuando no se movió, giré la cabeza con discreción.
Era una chica. Alguien a quien no conocía.
Eso, de por sí, ya era extraño. La mayoría de las personas con las que trato pertenecen a la rama de leyes. Ella no era de leyes. Lo supe al instante. Su presencia tenía un aire diferente, algo más relajado, menos meticuloso, como si no estuviera acostumbrada a estar rodeada de normas y reglas escritas en piedra.
Me enderecé, cerrando mi casillero con un movimiento preciso.
—¿Necesitas algo? —pregunté sin rodeos.
Ella pareció dudar un momento, pero luego me miró con firmeza.
—Soy Kaede Shiranagi —dijo, su tono directo, aunque no desafiante.
El nombre no me decía nada. Mantuve la compostura y esperé a que continuara.
—Voy a estar en la misma clase que Alice el próximo año —explicó, con un ligero matiz de incomodidad en su voz—. Quería hablar con ella antes de que comiencen las clases, pero… bueno, no tengo su contacto.
Ah. Alice.
No debería haberme sorprendido. A estas alturas, ya estaba acostumbrado a que la gente me mencionara su nombre. A veces era un profesor preguntando por su desempeño, otras veces era alguien intentando averiguar si ciertos rumores sobre ella eran ciertos. Y ahora, era una compañera de su futura clase, buscándola por razones que aún no entendía del todo.
—No tengo idea de dónde está hoy —dije con sinceridad. Porque era cierto.
Alice tenía la costumbre de desaparecer cuando quería. No siempre me decía a dónde iba, y aunque lo hiciera, eso no significaba que realmente se quedaría allí. Era imposible seguirle el ritmo cuando no quería ser encontrada.
Kaede pareció analizar mis palabras por un instante, pero en lugar de insistir, simplemente asintió.
—Entonces, ¿puedes darle mi contacto cuando la veas?
Me quedé en silencio un momento, observándola. Algo en mí no podía simplemente aceptar una petición como esa sin más.
No porque desconfiara de ella en particular, sino porque no confiaba en nadie de inmediato.
—Dame tu número —dije finalmente—. Se lo daré a Alice y si ella quiere hablar contigo, lo hará.
Vi un leve destello de sorpresa en su expresión, pero no discutió. Parecía entender que no le daría el número de Alice solo porque me lo pidió.
Sacó su terminal y me mostró su contacto. Lo anoté en mi dispositivo sin prisa.
—Eso es todo —dije después de un momento, guardando mi terminal de vuelta en el bolsillo de mi chaqueta.
Kaede pareció debatirse entre decir algo más o simplemente irse. Al final, optó por lo segundo.
—Gracias.
Asentí con la cabeza, viéndola desaparecer entre la multitud de estudiantes.
Suspiré y volví a mi casillero, pero mi mente ya no estaba en lo que hacía.
Kougami
Es la tercera vez que Alice termina en el suelo y, honestamente, esto empieza a ser divertido.
No debería serlo. No cuando ella fue la que insistió, hasta el cansancio, hasta hacerme perder la paciencia, en que comenzáramos a entrenar técnicas de pelea. No cuando me arrastró hasta aquí después de vaciar nuestros casilleros, con ese entusiasmo molesto suyo que no entiende la palabra "moderación". Pero lo es.
Porque Alice es un desastre, un absoluto y completo desastre cuando se trata de pelear. Sus movimientos son imprecisos, su postura es una invitación a que la derriben, y su técnica es inexistente. Si realmente creyó que iba a aprender a defenderse en una sola sesión, se engañó a sí misma.
Y, sin embargo, no puedo enojarme con ella.
No importa cuánto insistió, cuánto me fastidió, cuánto me provocó hasta lograr que aceptara enseñarle. No puedo estar molesto con Alice Carter.
Porque es Alice. Y porque, en el fondo, esto me divierte más de lo que debería.
—Vamos, sensei —dice con burla, apoyando los codos en la lona después de caer otra vez, con su respiración agitada y la frente perlada de sudor—. ¿Así entrenas a tus alumnos?
Aprieto la mandíbula. No me molesta tanto como debería que me llame así.
Tal vez porque no suena como una burla completa. O tal vez porque parte de mí está considerando, con más seriedad de la que admitiría en voz alta, que enseñar a Alice no es tan mala idea.
Se endereza, rápida como un resorte, y vuelve a levantar las manos en guardia. Lo hace con torpeza, pero al menos aprende rápido. Es un desastre, sí, pero no completamente inútil. Es rápida, escurridiza y tiene algo de astucia, lo suficiente como para que la pelea no sea completamente unilateral.
Ahora entiendo mejor por qué en su pelea con esos tipos se lanzó de cabeza sin pensarlo. Alice no es una estratega, no mide las consecuencias, no planea sus movimientos con antelación. Es pura impulsividad, pura energía en bruto sin ningún filtro. Su falta de sentido de autopreservación no me sorprende, pero sigue siendo irritante.
Y, sin embargo, la forma en que me desafía, la manera en que sus ojos se prenden de emoción cada vez que intenta esquivar mis golpes, me provoca algo que no sé si quiero analizar demasiado.
El problema no es Alice insistiendo en aprender a pelear. No es su torpeza, ni su forma de ignorar las reglas básicas de defensa.
El problema son estos momentos ambiguos.
Esos instantes donde la pelea nos lleva demasiado cerca, donde puedo sentir su calor, su respiración acelerada, el roce de su piel contra la mía. Esos segundos en los que su perfume, esa mezcla de manzana y frambuesa que siempre lleva encima, se impregna en mi ropa, en mi cabeza, en mi maldita piel.
El problema es que esto me recuerda lo que pasó hace seis meses.
Y eso es peligroso.
Porque cada vez que Alice se desliza bajo mi brazo para esquivar un golpe, cada vez que su cuerpo se mueve con esa ligereza inquietante, cada vez que se queda demasiado cerca, con sus labios apenas separados y sus ojos brillando de adrenalina, mi mente viaja a esa noche.
A su piel desnuda, su respiración entrecortada contra mi cuello, la forma en que su cuerpo se moldeaba al mío como si hubiéramos estado destinados a eso desde el principio.
No puedo pensar en eso ahora. No cuando Alice vuelve a lanzarse contra mí sin aviso, intentando tomarme por sorpresa. Pero ya la conozco. Sé cómo se mueve, sé qué va a hacer antes de que lo haga.
Atrapó mi brazo en un intento de derribarme, pero uso su propio impulso en su contra. En menos de un segundo, giro su cuerpo y la derribo otra vez, esta vez más lento, asegurándome de que el impacto no sea fuerte.
Queda tendida en la lona, jadeando, con el cabello alborotado y los ojos fijos en mí.
Sus pupilas están dilatadas. No sé si por el esfuerzo o por algo más.
Y por un instante, un solo instante, todo se queda en silencio.
Solo su respiración, solo la cercanía, solo el maldito perfume que se filtra en mi piel como un recordatorio de lo que no debería estar pensando.
Alice sonríe.
—Tienes que admitir que mejoré.
—Apenas.
Su risa es ligera, sin aliento, y me doy cuenta de que aún estoy encima de ella, sosteniendo su muñeca contra la lona.
Demasiado cerca. Debería soltarla, apartarme ahora.
Pero no lo hago. Porque Alice tampoco se mueve.
Podría besarla ahora mismo.
Su piel está caliente, sujeta por mis manos, atrapada en este instante que no debería haber durado tanto. No se ha movido. No se aparta. No hace el más mínimo esfuerzo por romper la distancia entre nosotros.
Porque ella también lo está pensando.
Sus ojos están fijos en los míos, oscuros, expectantes, con ese brillo que conozco demasiado bien. El mismo que tenía hace seis meses. El mismo que me desarmó en aquella habitación, el mismo que hizo que todo lo que yo creía sobre el control se viniera abajo en cuestión de segundos.
Podría besarla y sé que ella no me detendría.
Podría inclinarme un poco más, dejar que mi boca encontrara la suya con esa facilidad inevitable con la que siempre terminamos cayendo el uno en el otro. Podría olvidar que estamos en la lona de un gimnasio, que hace minutos estábamos entrenando, que esto no es el momento ni el lugar.
Podría cometer el mismo error otra vez, pero Alice no es un error. Es una tentación constante, una que siempre está ahí, esperando el momento exacto en el que mi guardia baje lo suficiente para atraparme sin remedio. Y lo peor de todo es que ella lo sabe. Sabe que me tiene.
Mis dedos aprietan un poco más su muñeca antes de soltarla, antes de obligarme a recordar por qué estoy aquí en primer lugar.
Antes de que mi cuerpo decida por mí.
Alice sigue sin moverse, pero su respiración cambia cuando mi agarre desaparece. No dice nada. No sonríe con burla. No intenta hacerme caer en su juego. Solo me mira, con la misma intensidad con la que yo la miro a ella.
Respiro hondo, forzándome a retroceder, a darle espacio, a darle aire antes de que mi cabeza siga traicionándome con recuerdos que no puedo seguir reviviendo.
Alice no me quita los ojos de encima, y sé que está esperando a ver qué decido.
Así que decido y me levanto.
—Es suficiente por hoy.
Su pecho aún sube y baja con rapidez, pero su expresión cambia al instante, como si algo dentro de ella hubiera llegado a la misma conclusión que yo. Como si hubiera sabido que esto iba a pasar.
Se incorpora con calma, sus músculos todavía tensos por el entrenamiento, y con una lentitud casi exasperante, se pasa la lengua por el labio inferior antes de mirarme con una sonrisa peligrosa.
—Casi lo haces, ¿verdad?
Apretó la mandíbula. Alice Carter y su maldita necesidad de leerme demasiado bien.
—No digas estupideces.
Su sonrisa se ensancha.
—No lo son.
Se pone de pie y camina hasta donde dejó su botella de agua. Yo la sigo con la mirada, porque no puedo evitarlo. Porque mi cuerpo sigue recordando la manera en que estuvo bajo el mío hace unos segundos, la forma en que su piel ardía contra mis manos, el maldito aroma a manzana y frambuesa que sigue flotando en el aire.
Alice da un sorbo de agua antes de girarse hacia mí otra vez.
—¿Volvemos a entrenar mañana?
Quiere que sigamos con esto. Quiere volver a estar así de cerca.
Y yo, maldita sea, también quiero.
—Sí —respondo, sin siquiera pensarlo demasiado.
Alice levanta una ceja, como si no esperara que aceptara tan rápido. Como si pensara que después de lo que acaba de pasar entre nosotros, me tomaría más tiempo en decidir.
Pero yo sé exactamente lo que acabo de hacer.
Si no acepto, Alice buscará otra manera de entrenar. Y la manera en la que Alice Carter hace las cosas es lanzándose de cabeza a situaciones en las que no tiene control. No necesito recordarle lo que pasó con esos idiotas en la academia. No necesito decirle que, si vuelve a meterse en una pelea sin saber lo que está haciendo, podría salir peor parada que la última vez.
Así que, si va a aprender a pelear, prefiero que sea conmigo.
Alice me sostiene la mirada un segundo más y luego sonríe. No su sonrisa burlona, no la de cuando cree que ha ganado, sino una diferente. Algo más... genuino.
—Pensé que intentarías esquivarme —dice, girando la botella de agua en sus manos.
Cruzo los brazos.
—Sé que, si te digo que no, vas a buscar otra forma de meterte en problemas.
Alice suelta una risa suave, con una ligereza que no se siente del todo burlona.
—Tienes razón.
Por supuesto que la tengo.
La observo un momento más, aun recordando el peso de su cuerpo bajo el mío, aun sintiendo el calor de su piel en mis manos, aún con la maldita sensación de que esto se está saliendo de control más rápido de lo que puedo manejar.
Pero ya es tarde para retroceder.
Si Alice quiere entrenar, lo hará. Y prefiero ser yo quien la enseñe, prefiero ser yo quien la guíe, prefiero ser yo quien esté allí cuando inevitablemente se estrelle contra su propia impulsividad.
Porque, aunque Alice no lo diga, aunque nunca lo admita en voz alta, sé que en algún nivel me necesita.
Y aunque no quiera reconocerlo...
Yo también la necesito a ella.
Kaede Shiranagi
Las encontré exactamente donde sospechaba que estarían, asomadas a las ventanas altas del gimnasio, ocultas en la penumbra del corredor como un grupo de polizones. Desde abajo, los sonidos del entrenamiento resonaban en la estructura metálica del edificio, golpes secos contra la lona, respiraciones entrecortadas, el eco de dos cuerpos moviéndose en la colchoneta. No necesitaba preguntar qué estaban haciendo aquí. Todas estaban demasiado concentradas en lo que ocurría al otro lado del vidrio, tan inmersas que ni siquiera notaron mi presencia hasta que estuve lo suficientemente cerca como para ver lo que ellas veían.
No tenía intención de unirme a esto. De hecho, estaba a punto de reprimirlas por estar husmeando de esa manera cuando lo vi. Lo vi y, de repente, todo dejó de importar. Alice Carter estaba en el suelo del gimnasio, atrapada bajo el peso de Kougami Shinya. Sus cuerpos estaban demasiado cerca, tanto que sus respiraciones parecían sincronizadas, tanto que cada movimiento, cada roce involuntario entre ellos, parecía más una elección que una casualidad. Los músculos de Kougami estaban tensos, sujeta con firmeza la muñeca de Alice contra la lona, con la misma facilidad con la que podría haber continuado el combate, con la misma intensidad con la que podría haberla besado si tan solo inclinara un poco más la cabeza. Alice tampoco se movía. No forcejeaba, no intentaba liberarse, solo lo miraba con esos ojos suyos que nunca mostraban más de lo necesario, con esa sonrisa ligera que no era exactamente una provocación, pero tampoco un gesto inocente.
Pude sentir cómo las chicas a mi alrededor se tensaban al escucharla decir eso. Akari se tapó la boca con ambas manos, Hinata apretó mi brazo con tanta fuerza que casi dolió, Miyu y Nao intercambiaron miradas rápidas, cada una procesando la escena de la misma manera en la que yo lo hacía, sin poder apartar la vista. Kougami tardó un segundo en responder, demasiado tiempo, un silencio que se extendió entre ellos, cargado de algo imposible de ignorar.
—Es suficiente por hoy —dijo finalmente, pero su tono no tenía la firmeza que debería.
Alice se incorporó con lentitud, sin prisa, sus movimientos calculados mientras se pasaba la lengua por el labio inferior con un gesto casi contemplativo. No apartó los ojos de él, ni siquiera cuando sonrió con esa maldita expresión que parecía medir cuánto más podía empujarlo antes de que cediera.
—Casi lo haces, ¿verdad?
Kougami se quedó inmóvil. Su exhalación fue más pesada de lo normal, lo suficientemente audible como para que todas la escucháramos desde aquí. No respondió de inmediato. No necesitaba hacerlo. Alice ya sabía la respuesta.
—No digas estupideces —murmuró finalmente, desviando la mirada.
Las chicas a mi alrededor se aferraron unas a otras como si estuvieran viendo la mejor escena de una película romántica. Los murmullos comenzaron de inmediato, sofocados, emocionados, cada una tratando de contener su propia reacción ante lo que acababan de presenciar. Yo, en cambio, no dije nada. No podía. No cuando mi mirada seguía fija en Kougami, en la manera en que frotaba su nuca con un gesto frustrado, en cómo evitaba la mirada de Alice porque sabía que, si la sostenía por demasiado tiempo, todo se derrumbaría.
—¿Volvemos a entrenar mañana? —preguntó Alice, con la misma tranquilidad de siempre, como si no acabara de empujar la situación hasta el borde.
—Sí —respondió Kougami sin dudar.
Fue en ese momento que todo lo demás dejó de importar. El hecho de que yo había hablado con Ginoza. El hecho de que mi misión original era conseguir el contacto de Alice. El hecho de que en algún punto creí que podía tener la más mínima oportunidad con él. Nada de eso tenía sentido ahora.
Porque lo vi con mis propios ojos. Vi la forma en que Kougami la miraba, la tensión en su cuerpo, el maldito silencio que se extendió entre ellos cuando pudo haber sido cualquier otra cosa. Vi cómo Alice jugaba con ese límite con la misma facilidad con la que tocaba el piano, con la misma precisión con la que manipulaba cada nota hasta que sonaba exactamente como quería. Y vi cómo Kougami, a pesar de toda su determinación, estaba tan atrapado en ella que ni siquiera intentaba salir.
La realidad golpeó más fuerte de lo que esperaba.
No tenía ninguna oportunidad. Nunca la tuve.
Las chicas seguían murmurando, emocionadas, ajenas al peso de lo que acababa de comprender. Akari todavía susurraba sobre lo "peligrosamente atractivo" que era Kougami cuando intentaba contenerse, Hinata debatía si Alice estaba jugando con fuego a propósito o si simplemente no podía evitarlo. Pero yo ya no escuchaba. Ya no veía nada más que a él, a la forma en que todavía parecía tenso, a la manera en que, aunque Alice ya se había girado hacia su botella de agua, su mirada seguía clavada en su espalda, como si quisiera memorizar cada línea de su silueta antes de que desapareciera de su vista.
No dije nada. No les pedí que nos fuéramos, ni que dejaran de mirar, ni que fingieran que no habían visto lo que acababa de pasar. Porque, por primera vez, fui yo quien no pudo apartar la mirada. Y por primera vez, fui yo quien entendió lo que significaba perder algo que nunca fue suyo.
Hinata tenía ambas manos en la boca, Akari parecía estar hiperventilando, Miyu se había aferrado a la manga de mi chaqueta con un temblor dramático y Nao, siempre la más seria del grupo, miraba fijamente hacia el gimnasio como si estuviera presenciando la revelación más impactante de su vida.
—Esto. No. Puede. Ser. —susurró Hinata, con los ojos tan abiertos que temí que se le salieran de la cara.
—¡Sí puede ser! —exclamó Akari en un susurro histérico—. ¡LO VIMOS! ¡Lo vimos con nuestros propios ojos!
—Casi la besa —murmuró Miyu, todavía aferrada a mi manga—. Casi lo hizo, ¿verdad?
—Casi lo hizo —confirmó Nao, con un tono clínico, como si estuviera evaluando la escena de un crimen.
Yo seguía callada. No porque no tuviera nada que decir, sino porque todavía estaba procesando lo que acababa de pasar.
—Necesitamos conocer a Alice Carter.
Hinata lo dijo con la seriedad de quien acaba de encontrar su misión de vida. Akari asintió con una determinación absurda, Miyu y Nao también. No había lugar para dudas. No después de haber presenciado eso.
—No hay forma de que esto no tenga una historia detrás —dijo Akari, casi sin aliento—. Algo definitivamente pasó entre ellos. Y necesitamos saberlo.
—No es una opción —añadió Miyu—. Esto es información de vida o muerte.
Nao, siempre más estratégica, ya estaba organizando el plan en su cabeza.
—Tenemos que hablar con ella antes de que termine el año. No podemos esperar hasta el próximo semestre.
Yo inhalé lentamente.
—¿Y cómo piensan hacer eso?
Todas se giraron hacia mí al mismo tiempo.
—Kaede, hablaste con Ginoza.
Parpadeé.
—¿Y qué con eso?
—¡Él es su novio! —Hinata me agarró de los hombros con una fuerza ridícula—. Tienes acceso directo a Alice Carter.
—¡Es nuestro contacto! —Miyu juntó las manos como si estuviera rezando—. ¡Nuestro puente hacia la verdad!
Negué con la cabeza, sintiendo cómo la situación se me escapaba de las manos a una velocidad alarmante.
—Yo solo hablé con Ginoza para conseguir el contacto de Alice, nada más.
—¡Y eso es TODO lo que necesitamos! —exclamó Akari—. ¡Cuando Alice te conteste, nos reunimos con ella!
Nao cruzó los brazos.
—No podemos simplemente preguntarle de la nada si está enamorada de Kougami.
—Pero sí podemos hacer que nos cuente cómo es él —Hinata sonrió con astucia—. O, al menos, cómo es su relación.
—¡Exacto! —Akari asintió rápidamente—. Si nos hacemos sus amigas, tarde o temprano lo sabremos.
Solté un suspiro.
—¿Y si no quiere hablar con nosotras?
Miyu parpadeó con confusión.
—¿Quién en su sano juicio rechazaría nuestra amistad?
Todas asintieron con confianza.
—Es Alice Carter —señalé—. Tal vez no quiera hacer amigas.
—Pues mala suerte, porque ya decidimos ser sus amigas.
Las miré con incredulidad.
—Esto es acoso.
Hinata me palmeó la cabeza.
—Es amistad con motivación extra.
Suspiré, pero ya sabía que no había escapatoria.
Kougami
Alice decidió que lo mejor que podemos hacer después de entrenar y bañarnos por separado, como personas normales, es buscar a Ginoza. Como si lo que acaba de pasar entre nosotros en el gimnasio no hubiera sucedido. Como si ese instante en el que estuve a punto de besarla, en el que sentí su respiración cálida contra la mía, supe que si inclinaba un poco más la cabeza ya no habría vuelta atrás, simplemente se hubiera disuelto en el aire. No lo hice. Porque yo soy el que decidió esperar tres años.
Así que ahora, mientras caminamos por la entrada de la academia, ambos cargando las bolsas con nuestras cosas del casillero, ella actúa con una ligereza absurda. Mi bolsa es compacta, ordenada, con lo esencial. La suya parece un desastre salido de un sueño febril. Es un revoltijo de partituras arrugadas, objetos brillantes que no tienen el más mínimo sentido, una peonza de vidrio que no sé de dónde sacó, bolígrafos que probablemente no usa, y, por supuesto, el infame cuaderno de dibujo. Ese maldito cuaderno lleno de garabatos que Alice insiste en que son representaciones artísticas de conceptos elevados, pero que en realidad parecen sacados de la mente de un niño con problemas de percepción.
Ginoza está donde Alice dijo que estaría, esperando con esa postura rígida suya, con su propia bolsa meticulosamente organizada. Es un contraste demasiado marcado con el desastre que Alice lleva colgando del brazo, como si ni siquiera notara que carga medio mundo en esa bolsa. No tiene sentido, pero ella nunca ha tenido sentido.
Terminamos en un café sin que nadie lo sugiriera en voz alta, como si fuera lo más lógico del mundo, como si estas reuniones improvisadas hubieran sido parte de nuestra rutina desde siempre. Ginoza, con su paciencia perpetua, apenas se toma el tiempo de saludarnos antes de ir directo al punto.
—Los estudiantes de segundo año de artes quieren contactarte —dice sin rodeos, sacando su terminal y deslizándola hacia Alice con el contacto ya registrado en la pantalla—. Una chica me buscó. No me dejó opción.
Alice toma la terminal con las dos manos, como si le acabaran de entregar un mensaje sagrado. Se toma un segundo para leer el nombre antes de levantar la vista hacia Ginoza con una expresión extrañamente suave.
—Gracias —dice, con una vocecita baja, con un tono tan suave, tan genuino, tan lleno de algo que no necesita ser explicado. Amor profundo.
Ginoza, que siempre tiene una respuesta para todo, no dice nada. Yo tampoco.
Porque Alice acaba de decir "gracias" con una intensidad que normalmente no reserva para nada ni nadie. Porque esa palabra salió de su boca con un peso que no estaba preparado para escuchar.
Alice sigue revolviendo la espuma de su mocaccino con la cucharilla, completamente ajena—o fingiendo estarlo—a la forma en que Ginoza y yo la estamos mirando.
—Estoy emocionada —dice con un tono ligero, casi despreocupado, pero hay algo en su voz que no es tan inocente como sugiere su expresión—. Al fin voy a hacer amigos.
Ginoza levanta la mirada y yo también.
Pero no decimos nada.
Alice sigue revolviendo la espuma con movimientos erráticos, la cucharilla golpeando el interior de la taza con un sonido rítmico y constante, como si no acabara de dejar caer esa bomba en la conversación. Como si lo que acaba de decir no fuera más importante de lo que parece.
La miro con detenimiento, analizando la forma en que sus labios se curvan apenas, en cómo evita mirarnos directamente, en cómo su tono tiene un matiz de algo más.
Está diciendo que nosotros no somos solo sus amigos.
El mensaje es claro, aunque lo que no es claro si lo dijo a propósito o solo dijo lo primero que cruzó su mente.
Como sea, el asunto es que no nos ve como simples amigos, no después de todo lo que ha pasado. No después de las noches en las que me ha mirado como si fuera lo único que existe en su mundo, no después de la forma en que dice mi nombre cuando está al borde de algo que no sabe cómo manejar.
Y definitivamente no después de la forma en que le agradeció a Ginoza hace unos segundos.
Ginoza sigue sin hablar. Lo conozco lo suficiente como para saber que lo ha entendido también, que su mente está procesando cada palabra, cada gesto, cada implicación.
Alice finalmente deja la cucharilla a un lado, pero todavía no nos mira.
—Supongo que será una experiencia nueva —continúa, con la misma aparente inocencia—. No estoy acostumbrada a tener amigos.
Nosotros no estamos en esa categoría.
Hay algo insoportablemente definitivo en la forma en que lo dice, en cómo nos deja fuera de la idea de "amistad" sin tener que decirlo directamente.
Ginoza exhala lentamente y se apoya en la mesa con los dedos entrelazados, pero no dice nada. Su mandíbula está tensa, su mirada baja apenas por un segundo, antes de volver a posar los ojos en Alice, que sigue en su propio mundo, jugando con el borde de su taza como si no hubiera cambiado la dinámica entre nosotros en un solo instante.
Yo sigo callado, porque no sé qué decir. Nunca me había detenido a pensar en qué somos exactamente.
Porque, si Alice ya lo ha definido en su cabeza, ¿qué significa eso para nosotros?
Ginoza
No debería haberme sorprendido. No después de todo lo que sé sobre Alice, de la forma en que ve el mundo, de lo poco convencional que es en su manera de relacionarse con las personas. No debería haber sentido este peso en el pecho, este malestar sutil pero persistente que no consigo identificar del todo.
Es natural que Alice no piense en mí como un amigo, porque soy su novio.
Pero entonces, ¿qué es Kougami para ella?
Mis ojos se deslizan hacia él, pero él no dice nada. Su expresión es impenetrable, como si estuviera procesando la misma pregunta en su cabeza, como si estuviera intentando llegar a una conclusión antes de que yo lo haga.
Alice sigue revolviendo la espuma de su café, completamente ajena a la tensión que se acaba de instalar en la mesa. O tal vez no lo está. Tal vez simplemente lo disfruta.
Ella nunca ha sido de decir las cosas de forma directa. Siempre deja las palabras flotando en el aire, con significados implícitos, con dobles sentidos que solo se entienden si se conoce la manera en que su mente funciona. Pero esta vez, no hay espacio para malinterpretaciones.
No nos considera sus amigos.
Yo lo entiendo. No necesito ser su amigo, porque soy algo más. Pero entonces, ¿qué significa esto para Kougami?
La respuesta debería ser obvia. Pero no lo es.
Porque no importa cuántas veces me repita que Alice y él no son nada, que lo que sea que haya entre ellos no es relevante, que yo soy el que está con ella, los hechos siguen siendo los mismos.
Alice no me ve como un amigo, porque no somos solo eso, pero tampoco ve a Kougami como un amigo.
Y eso es un problema.
Lo pienso con más intensidad de la que quiero admitir, recordando cada vez que los vi juntos, cada interacción, cada mirada que se sostuvieron cuando creían que nadie estaba observando. Alice es Alice, y su relación con el mundo nunca es simple. Pero con Kougami, hay algo más.
Lo he visto. Una cercanía que no debería estar ahí. Una forma de entenderse que no necesita palabras. Un espacio que solo ellos dos ocupan, al que nadie más parece tener acceso.
No lo sé con certeza, pero sospecho.
Y lo peor de todo es que Kougami tampoco dice nada.
Alice, con su impulsividad absurda, con su forma de ser que siempre bordea el caos, ha dejado en claro que Kougami no es solo su amigo.
Y yo no sé cómo se supone que debo reaccionar ante eso.
Kaede Shiranagi
La notificación apareció en mi terminal a mitad de la tarde, cuando ya no esperaba ninguna novedad. Revisé la pantalla con la calma de quien no espera nada urgente y, sin embargo, en cuanto leí el nombre en el remitente, mi pulso se aceleró levemente. Alice Carter.
El mensaje era simple, directo, sin ningún adorno innecesario.
"Hola, soy Alice. Ginoza me pasó tu contacto. Dicen que estaré en su clase el próximo año. Encantada de conocerte."
Casi podía escuchar su tono al leerlo. Formal en la superficie, pero con esa pizca de indiferencia que siempre la rodea. No había preguntas, no había ningún intento de iniciar una conversación más allá de lo básico. Solo una confirmación de que, efectivamente, existía y tenía mi contacto ahora.
No sabía muy bien cómo responderle. Me debatí entre escribir algo casual o algo igualmente formal, pero al final opté por algo simple.
"Hola, Alice. Sí, estarás en nuestra clase. Encantada también."
No esperaba que respondiera de inmediato, así que en cuanto envié el mensaje, abrí el grupo de chat con mis compañeros de segundo año.
"Alice Carter me escribió."
La reacción fue instantánea.
Nao: ¿En serio? ¿Qué dijo?
Kenta: Dios, ya es real. Vamos a compartir clase con la princesa Carter.
Hinata: KA-E-DEEEEE ¿QUÉ DIJO?
Ryota: Cálmense, literalmente acaba de decirnos que la contactó.
Akari: KA-EDEEEEEEEEEEEEEEEE CUENTA TODO
Souta: Ustedes parecen una secta.
Suspiré, sabiendo que no me dejarían en paz hasta que les diera más detalles.
"Solo me dijo que Ginoza le pasó mi contacto y que nos veremos el próximo año."
Miyu: O sea, está formal.
Nao: Normal, todavía no nos conoce.
Akari: PERO PRONTO NOS CONOCERÁ
En ese momento, la conversación podría haber terminado ahí. Pero Akari estaba en el grupo. Y Akari siempre lleva las cosas un paso más allá.
Akari: HAY QUE CONTARLES TODO A LOS CHICOS.
Kenta: ¿Todo qué?
Ryota: Dios, ¿qué hicieron ahora?
Hinata: AKARI, EXPLÍCATE, QUE LOS CHICOS NO SABEN.
Y entonces, Akari lo contó todo en modo dorama.
Akari: Era un día común en la academia… O ESO PENSÁBAMOS.
Akari: El sol brillaba, las aves cantaban, pero en el gimnasio, en una colchoneta, se desarrollaba el escándalo más grande del año.
Souta: Ya empezamos.
Nao: Déjala, quiero ver a dónde lleva esto.
Akari: Alice Carter. Kougami Shinya. Peleando. Pero no solo peleando. No.
Kenta: ¿Qué demonios significa eso?
Akari: IMAGÍNENSELO. Alice en el suelo. Kougami encima de ella.
Akari: RESPIRANDO EL MISMO AIRE.
Miyu: Literalmente lo vimos con nuestros ojos.
Ryota: ¿Vieron qué exactamente?
Hinata: QUE CASI SE BESAN.
Kenta: ¿Qué?
Nao: No fue un "casi" normal, fue un "casi" que nos dejó a todas al borde de la muerte.
Souta: ¿Qué?
Akari: HUBO TENSIÓN. HUBO MIRADAS. HUBO UNA ALICE QUE LE DIJO "CASI LO HACES, ¿VERDAD?"
Ryota: ¿Qué?
Kenta: ESPÉRENSE, ¿Y GINOZA?
Akari: Eso, amigos míos, es la pregunta del millón.
Nao: Ginoza era un concepto lejano en ese momento.
Hinata: Ese momento era de ALICE Y KOUGAMI.
Miyu: El ambiente era tan denso que casi lo podíamos cortar con un cuchillo.
Kenta: No puedo creer que ustedes hayan estado ESPIANDO ESTO.
Souta: Esto es completamente ilegal.
Akari: ¡EL PUNTO ES QUE AHORA NECESITAMOS SABER QUÉ PASA CON ALICE Y KOUGAMI!
Nao: Y por eso necesitamos que Kaede la meta en el grupo.
Ryota: ¿Qué?
Hinata: Exacto.
Kenta: KA-E-DE, AGREGA A ALICE AL GRUPO.
Kaede: ¿Por qué yo?
Akari: PORQUE ERES LA QUE TIENE SU CONTACTO.
Nao: Es nuestro destino.
Souta: Esto ya no es una decisión, Kaede.
Ryota: Parece que ya perdiste, amiga.
Miyu: Hazlo por la ciencia.
Kaede: Si la agrego, prométanme que NADIE va a preguntarle sobre lo del gimnasio.
Hinata: ...
Akari: Está bien.
Nao: Juro solemnemente no preguntar.
Kenta: Sí, claro.
Ryota: Nos conocemos, gente.
Kaede: Voy a confiar en ustedes.
Kaede: Pero si la espantan, juro que los mato a todos.
Souta: Esto va a ser un desastre.
Miyu: Y lo vamos a disfrutar.
Suspiro y añado el contacto de Alice Carter al grupo.
Lo que sea que pase después… ya no es mi problema.
Alice
El césped estaba frío contra mi espalda, pero no me molestaba. Me gustaba esa sensación, el peso de la tarde filtrándose entre las glicinas de la pérgola, el olor dulce de las flores mezclándose con el aire fresco. Este era mi lugar favorito en la mansión Carter, uno de los pocos rincones donde podía sentirme en paz. Casi siempre venía aquí cuando necesitaba desconectar, cuando la música no bastaba para calmar mi mente, cuando quería estar sola sin sentirme completamente aislada.
Cerré los ojos y exhalé lentamente. Después de la locura del día, estar aquí era un alivio. Lo que pasó en el gimnasio con Kougami, todo era demasiado. No quería pensar en ello ahora. Podía guardarlo para después, encerrarlo en algún rincón de mi mente y fingir que no estaba ahí, como hacía con tantas otras cosas. Pero entonces mi terminal vibró contra mi muslo, rompiendo la calma.
Fruncí el ceño y la saqué del bolsillo de mi falda. Te agregaron a un grupo de chat.
Parpadeé. No esperaba esto. No tenía grupos de chat. No tenía amigos.
Abrí la conversación y, en cuestión de segundos, mi pantalla se llenó de mensajes.
Hinata: ¡ALICE ESTÁ AQUÍ, REPITO, ¡ALICE ESTÁ AQUÍ!
Akari: BIENVENIDA A LA LOCURA, CARTER.
Nao: Hola, Alice. Ignora a las demás, son demasiado intensas.
Souta: Demasiado intensas es un eufemismo.
Miyu: ¡Hola, Alice! ¡Qué emoción tenerte aquí!
Ryota: Se supone que debíamos esperar a que ella hablara primero, pero ya arruinaron todo.
Kenta: La sutileza nunca fue nuestro fuerte.
No pude evitarlo. Sonreí.
Eran un desastre. Un grupo de completos dementes. Pero algo en sus mensajes me hizo sentir cálida por dentro, como si por primera vez en mucho tiempo alguien realmente quisiera que estuviera ahí, que fuera parte de algo.
Escribí con lentitud, midiendo las palabras en mi cabeza antes de enviarlas.
Alice: Hola.
Y eso fue todo lo que necesité para que el chat explotara otra vez.
Hinata: DIOS MÍO, RESPONDIÓ.
Akari: ¡HISTÓRICO!
Nao: Alice, lamento esto en su nombre.
Miyu: Nos emociona mucho conocerte, en serio.
Souta: No parece real, pero aquí estamos.
Me mordí el labio, sintiendo algo desconocido y extraño en el pecho. No estaba acostumbrada a esto. A la gente queriendo conocerme sin segundas intenciones. A ser bienvenida.
Kenta: Kaede fue la que nos consiguió tu contacto, así que, si esto te molesta, culpa a ella.
Kaede: No me culpen. Ustedes me obligaron.
Ryota: Es cierto, la presión fue intensa.
Alice: Estoy bien con esto.
El chat se detuvo un momento, como si nadie hubiera esperado esa respuesta.
Akari: ¿En serio?
Alice: Sí. Nunca he tenido un grupo así.
Hinata: ¡VAMOS A SER LOS MEJORES AMIGOS DEL MUNDO!
Nao: Cálmate, Hinata.
Alice: No, está bien. Me gusta.
La conversación en el grupo se descontroló en cuestión de minutos. Lo que comenzó como un intercambio de saludos torpes y algo desordenados, rápidamente se convirtió en un bombardeo de preguntas y mensajes llenos de una emoción que no estaba del todo segura de cómo procesar.
Hinata: ¡ALICE, NOS TENEMOS QUE VER!
Akari: Sí, sí, sí, sí, ¡tenemos que hacerlo!
Miyu: ¿Te queda bien en dos días?
Nao: ¿No creen que deberían preguntarle si puede antes de asumir que está disponible?
Souta: Por favor, como si fueran a aceptar un no por respuesta.
Kenta: Ya sabemos la respuesta. Vamos a hacer esto de todas formas.
Ryota: Yo solo espero que todos podamos estar ese día.
Kaede: A ver, esperen, esperen. Alice, ¿qué te parece?
Mi dedo se quedó suspendido sobre la pantalla por un momento. Esto estaba pasando muy rápido, pero no podía decir que no lo estaba disfrutando. Ellos estaban genuinamente emocionados. Por conocerme, por hablar conmigo, por incluirme en su mundo como si fuera algo natural. Como si fuera parte del grupo desde siempre.
Alice: Está bien. Dos días me funciona.
El grupo explotó en reacciones.
Hinata: ¡Sí, sí, sí! ¡Va a ser increíble!
Akari: Tenemos que hacer algo especial.
Nao: O pueden simplemente conocerla sin hacer un espectáculo.
Kenta: Demasiado tarde para eso.
Me recosté más contra el césped, dejando que la brisa fresca se deslizara sobre mi piel mientras seguía leyendo.
Miyu: Alice, ¿puedes traer tu instrumento? Queremos verte tocar.
Ryota: Sí, sí, queremos escucharte.
Kaede: Creo que le están pidiendo demasiado.
Akari: ¡Pero es ARTES! ¡Queremos verla en acción!
Hinata: Por favor, Alice, por favor, por favor, por favor.
Tragué saliva. Mi instrumento. Mi guitarra eléctrica.
La guitarra que nunca saqué de casa desde el día en que la compré. Desde el día en que la compramos.
Mi corazón se aceleró un poco. Podía ver la guitarra en mi mente, descansando en su funda, aún con la estampa que Kougami me dio pegada en el cuerpo. Era mía, pero también era de él.
No era como mi violín o mi piano, que siempre habían estado ahí, como parte de mi entrenamiento, como parte de la imagen que Adam Carter quería para mí. Esta guitarra la había elegido yo. Con mis propias manos, con mi propio criterio, con mi propio deseo. Era algo que me pertenecía completamente.
Y Kougami había estado ahí cuando lo hice. Cerré los ojos un segundo, exhalando.
Alice: Está bien. La llevaré.
Me temblaban un poco los dedos cuando envié el mensaje.
No sabía si estaba lista para esto, para compartir con ellos algo que hasta ahora había sido solo mío. Pero quería hacerlo.
Kougami
El gimnasio estaba más vacío de lo habitual, pero eso no significaba que estuviéramos completamente solos.
Era temporada de vacaciones, pero la academia mantenía las instalaciones deportivas abiertas para los clubes y entrenamientos individuales. Era uno de los pocos lugares donde podía seguir practicando sin interrupciones, sin la presión de las clases o los horarios estrictos. Por eso había aceptado reunirme con Alice aquí.
Lo que no esperaba era esto. Ella me estaba esperando en el área de entrenamiento cuando llegué, de pie junto a la colchoneta con una botella de agua en una mano y su terminal en la otra. No notó mi presencia de inmediato, lo que me permitió observarla un segundo más de lo que debería.
Shorts cortos de color jade, que se ajustaban demasiado bien a sus piernas. Una camiseta ceñida que marcaba cada curva de su cuerpo. No estaba vestida así por alguna razón en particular, sino porque se sentía cómoda conmigo, porque esperaba que estuviéramos solos.
Y, por alguna razón, eso me golpeó más fuerte de lo que debería.
—¿Vienes a pelear o a distraerme? —pregunté, lo más casualmente que pude, metiendo las manos en los bolsillos mientras me acercaba.
Alice levantó la vista rápidamente y su rostro se encendió en cuestión de segundos.
—¡No me mires así! —exclamó, cruzándose de brazos de inmediato, aunque su reacción solo hizo que mi sonrisa se ampliara.
—¿Así cómo?
—¡Como si estuvieras analizando lo que llevo puesto!
—No tengo que analizar nada —dije, inclinándome levemente hacia ella—. Es bastante evidente.
Alice resopló y desvió la mirada, visiblemente avergonzada.
Antes de que pudiera seguir molestándola, el sonido de voces acercándose me hizo girar la cabeza.
El grupo de kickboxing.
No esperaba que llegaran tan temprano. No esperaba tener que hacer presentaciones incómodas.
Suspiré internamente cuando vi a Hikari, una de las chicas más molestas del grupo, caminando al frente con su habitual actitud de superioridad. Detrás de ella venían Ryo y Kei, dos de los idiotas que parecían hacer de coquetear un deporte propio, seguidos por el resto del equipo.
—Oh —dijo Hikari con una sonrisa afilada, sus ojos recorriendo a Alice de arriba abajo—. No esperaba encontrarte aquí, Kougami.
Por supuesto que no.
—Alice —dije, ignorándola deliberadamente mientras señalaba al grupo—, ellos son del club de kickboxing.
Alice, que todavía estaba roja como un tomate, intentó recuperar algo de compostura y les dedicó una leve inclinación de cabeza.
—Hola.
Error. Kei vio la oportunidad y la tomó de inmediato.
—¿Y quién es esta preciosidad? —preguntó con una sonrisa descarada, acercándose más de lo necesario.
Ryo lo siguió, cruzándose de brazos mientras miraba a Alice con obvio interés.
—No nos dijiste que tenías compañía, Kougami.
Esto iba a ser un problema.
Alice se tensó instantáneamente y supe que iba a matar a alguien en cualquier momento.
—Es Alice Carter —dije, mi tono más plano de lo normal—. Va a entrenar conmigo hoy.
El cambio en el ambiente fue instantáneo. Hikari frunció el ceño. Kei y Ryo se miraron entre sí con expresiones de sorpresa.
—¿Carter? —repitió Hikari con incredulidad—. ¿La Carter?
Por supuesto que lo sabía. Todos lo sabían. Desde el primer día en Nitto, el apellido Carter había sido un murmullo constante en los pasillos.
—No me imaginaba que te gustaran las peleas —comentó Ryo, su mirada volviendo a deslizarse por Alice con descaro.
Alice apretó los labios, claramente irritada.
—No me gustan —respondió con firmeza—. Pero quiero aprender.
—Podría enseñarte algunas cosas —dijo Kei, apoyando un brazo en la pared, fingiendo una postura casual—. Tal vez una sesión privada, ¿qué dices?
Alice lo fulminó con la mirada. No pude evitarlo, solté una risa seca.
Los ojos de Kei se movieron hacia mí con algo parecido a un desafío.
—¿Qué? ¿Dije algo gracioso?
—Sí —respondí sin más, con una sonrisa de lado—. Es gracioso que creas que Alice necesitaría aprender algo de ti.
Alice parpadeó, sorprendida por mi respuesta. Kei frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir algo más, Hikari intervino.
—Bueno, qué desperdicio —murmuró, cruzándose de brazos—. Y yo que pensaba que Kougami no tenía debilidades.
Alice inhaló bruscamente, pero puse una mano en su hombro antes de que pudiera responder.
—Vamos a entrenar —dije simplemente, guiándola hacia la colchoneta.
Los demás se quedaron observando, pero sabía que no se irían.
Sabía que nos estarían mirando todo el tiempo.
Alice todavía estaba visiblemente molesta, pero se obligó a concentrarse cuando nos pusimos en posición de combate.
—Estás más segura que ayer —comenté, notando que sus movimientos eran menos torpes.
—Practiqué en casa —respondió, levantando los puños—. No quiero que me tires al suelo otra vez.
—Entonces pelea en serio.
Alice endureció la mirada y se lanzó hacia adelante.
Y aunque finalmente habíamos logrado quedarnos solos en el entrenamiento, sabía que no estábamos solos en absoluto.
Porque cada golpe, cada movimiento, era observado con atención por el grupo de kickboxing.
Y por alguna razón, eso solo hacía que Alice se esforzara aún más.
