Capítulo 2: Un encuentro extraño
Hermione revisó por quinta vez la cadena de runas en el artefacto traído recientemente de África, pero no lograba descifrarla. A pesar de que en el departamento reinaba el silencio y nadie interrumpía su trabajo, no estaba cerca de resolver aquel misterio. Sólo le dolía más la cabeza, indicándole que ya había sido suficiente por hoy.
No tenía sentido comenzar de nuevo o buscar un error en los cálculos, así que Hermione guardó todo lo de valor en la caja fuerte mágica, apagó las luces con un movimiento de varita y se dirigió a los ascensores.
El cansancio y la tensión se hicieron sentir; además, la habitual nostalgia otoñal alimentaba el agotamiento general. La última expedición había dado buenos resultados, aunque también una gran cantidad de trabajo. Ahora era necesario entender cómo funcionaba todo ese "tesoro" encontrado para evitar causar algún daño. Los artefactos eran objetos bastante peligrosos e incluso a veces eran capaces de poner en peligro la existencia del mundo entero. Por esta razón siempre se estudiaban con sumo cuidado y precaución, algo que Hermione hacía, quedándose regularmente hasta tarde en el Ministerio.
Ron siempre se lo reprochaba, pero ¿Cómo podía explicarle que trabajar en el Departamento de Misterios con objetos raros, a veces únicos, no era como la tienda de bromas de George? Durante los años que pasaron juntos, nunca lograron entenderse del todo ni llegar a un "acuerdo". Cada uno había sido testarudo a su manera, lo que provocaba frecuentemente discusiones.
Un día, Hermione despertó, se miró en el espejo y se dio cuenta de que ya no podía ni quería seguir viviendo así. No quería visitar la Madriguera cada fin de semana y escuchar los lamentos de la señora Weasley sobre cómo moriría sin haber visto las bodas de sus queridos hijos. No quería seguir justificándose ante los demás por dedicarse a un trabajo importante y pasar tantas horas en ello. Ya no quería fingir un amor que hace tiempo se había apagado. Tal vez, ese amor nunca existió. Ahora ya no lo sabía. Después de la guerra, todo fue borroso. Harry se juntó con Ginny y rápidamente se mudaron a la casa en Grimmauld Place. Hermione, por otro lado, decidió darle una oportunidad a Ron. Él parecía tan culpable después de irse de la tienda, e intentaba por todos los medios ganarse de nuevo su confianza…
Pero los años pasaron y la vida cotidiana se volvía cada vez más monótona. Ya no se complementaban el uno con el otro. Un día Hermione se dio cuenta de que Ron y ella ya no tenían nada de qué hablar. Constantemente pensaba que las conversaciones sólo aparecían cuando Harry estaba presente, y tan pronto como él se mudó para comenzar a formar su familia, todo se vino abajo. Al principio, Hermione esperaba que Ron también se diera cuenta y dejara de pelear por cosas sin sentido, que se fuera y la dejara en paz. El resultado, por supuesto, era triste, pero al menos le daba algo de tranquilidad. El problema era que Ron no tenía prisa por cambiar nada.
Hermione se dio cuenta de que tendría que volver a tomar las decisiones y enfrentar las consecuencias ella sola. Ya se había negado a casarse con él dos veces. Se reía de la situación, se apartaba, inventaba excusas ridículas, sin querer herirlo ni ofenderlo. Pero en realidad, lo hería y lo ofendía.
La mentira destruye como el óxido. Carcome todo lo bueno, lo brillante y lo valioso. Puede destruir incluso algo tan sólido como una roca. Simplemente lo parte en pedazos, y ya está. Así que un día, hace exactamente un mes, Hermione estaba tan harta de sí misma, de su cobardía y de tener siempre la cabeza escondida en la arena, que finalmente tomó una decisión.
Hermione simplemente salió del baño una mañana y le dijo a Ron que todo había terminado entre ellos. Para siempre y definitivamente. Que eran diferentes. Que siempre le tendría cariño como a un amigo, pero que ya no sentía nada más.
Ron, por supuesto, no pudo creerlo de inmediato, y mucho menos aceptarlo. Gritó, rompió platos, intentó hacerla cambiar de opinión, le juró amor e incluso terminó llorando, destrozándole el corazón, haciéndola sentir como una persona sin sentimientos. Pero Hermione ya había llegado a su límite, y no había marcha atrás.
Regresó a casa a propósito durante el almuerzo, sabiendo que Ron no estaría ahí, y recogió todas sus cosas para mudarse a casa de sus padres. Dos semanas después, se le presentó la oportunidad de alquilar un buen departamento cerca del centro de Londres: Luminoso, pequeño y acogedor. Hermione tenía algunos ahorros, los cuales utilizó para pagar tres meses por adelantado, y después de eso finalmente pudo respirar tranquila.
Ya nadie le lanzaba miradas de reojo ni le hacía reproches cuando volvía tarde a casa, nadie se quejaba por la casa desordenada ni por la falta de cenas calientes, nadie le exigía lo que ella simplemente no podía dar: Amor, ¿Qué podía hacer si "su alma estaba tan seca como las páginas de un libro de texto"?, ¡Esa loca de Trelawney tenía razón!
El único problema era que Ronald todavía no se calmaba. Llevaba un mes siguiéndola en el Ministerio, apareciendo en su casa, esperándola "casualmente" en la cafetería a la que solía ir a tomar un capuchino a la hora del almuerzo. Él no escuchaba ningún argumento y seguía confiando ciegamente en que podría recuperarla. Incluso Harry había conseguido presionarlo y persuadirlo para que viniera y tratara de influir en su decisión final.
Harry pronto se dio cuenta de que Hermione se sentía incómoda con el tema y dejó de hacerle preguntas. Pero Ron insistió. Su persistencia podría haber halagado a una chica enamorada, pero el problema era que Hermione ya no estaba enamorada de él. Su comportamiento sólo conseguía irritarla cada vez más, hasta que finalmente la enfureció por completo, y ya no pudo sentir más que lástima por su exnovio.
Ella no intentó jugar con él, ni manipularlo de ninguna manera. No era su intención bajo ninguna circunstancia. Había puesto punto final y sólo quería seguir adelante con su vida. Sin Ron.
Las puertas del ascensor se abrieron al llegar al segundo piso y Hermione no pudo evitar sonreír al ver a Harry. Sin embargo, él tenía un aspecto extraño y se comportaba de una manera inusual. La miró con una mirada vacía, ni siquiera la saludó, se apoyó contra la pared de la cabina, inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás y cerró los ojos con cansancio.
Hermione frunció el ceño. No le sorprendía que Harry, al igual que ella, a menudo se quedara trabajando hasta tarde, pero no solía vestirse así. Ahora había dejado de lado su habitual túnica de auror, lo cual era aún mas extraño, considerando que actualmente estaba cumpliendo de manera temporal con las funciones del jefe de Departamento de Aurores, reemplazando a Gawain Robards. Pero sus pantalones perfectamente ajustados y su camisa de seda blanca como la nieve, claramente cara, lo hacían parecer un niño rico. Como si no hubiera estado todo el día revisando informes, sino disfrutando de una fiesta privada para la élite mágica.
—¿Día difícil? —Preguntó Hermione, tratando de apartar los pensamientos inapropiados sobre cómo su amigo se estaba volviendo más atractivo con los años.
Harry abrió los ojos y la miró fijamente, como si la estuviera viendo por primera vez. Su mirada recorrió descaradamente su ajustada falda de oficina, su delgada cintura y se detuvo sin pudor en sus pechos. Incluso con la blusa bien abotonada, ella se veía bastante encantadora. Harry se esforzó por recordar dónde la había visto antes, ya que su rostro le resultaba vagamente familiar. Esos ojos expresivos, el cabello castaño rebelde… ¡Por supuesto!, ¡Era Granger!, ¿Quién iba a pensar que conseguiría trabajar en el Ministerio? Se rumoraba que había abierto una pequeña librería en el Callejón Diagon. Esa mujer obstinada siempre había preferido los libros que a las personas.
¿Por qué de repente decidió hablar con él? Granger era una de esas raras chicas a las que sus encantos no parecían afectar. Ella y Harry nunca habían sido muy amigos. En Hogwarts, lo único que Granger hacía era sermonear a todo el mundo, pasarse el día en la biblioteca sin mostrar el más mínimo interés en el quidditch. En resumen, Potter apenas había tenido oportunidad de cruzarse con ella.
Él nunca la había soportado desde la escuela, y esa sensación sólo empeoró cuando la nombraron prefecta de Hogwarts. Esa fastidiosa Ravenclaw lo atrapó más de una vez a deshoras con alguna de sus novias, encantada de quitarle puntos a Gryffindor. A Harry le gustaba competir, pero no con esa bruja.
Nunca se hubiera imaginado que después de la escuela ella podría convertirse en una mujer tan sexy. Harry sabía mucho sobre la belleza femenina y no pudo evitar notar que, Hermione se había vuelto notablemente más hermosa en los últimos años que no se habían visto. Prácticamente había florecido.
—¡Harry! —Dijo agitando la mano frente a su cara. —Me estás asustando.
—Yo… eh… —Titubeó. No quería dejar más huellas esa noche. Su padre probablemente interrogaría a los presentes cuando descubriera el desorden en su oficina, ¡Y justo ahora tenía que encontrarse con Granger! Ella tenía una memoria mejor que cualquier Omut: No se le escapaba ningún detalle.
—Entiendo. —Agregó, acariciándole el hombro con suavidad. —Recuerda que siempre puedes contar conmigo si necesitas ayuda. Sobre todo ahora que haces doble turno.
Harry alzó las cejas con sorpresa, ¡Vaya! Parecía que Granger había decidido dar el primer paso, y con mucha insistencia. Jamás hubiera imaginado que alguien como ella cedería tan fácilmente, ¿Será posible que, en sus años en Hogwarts, ella le causara tantos problemas con los puntos de la casa por celos?
Todo indicaba que así era, dado que ahora ella se lo estaba proponiendo… Sin embargo, furioso por la última broma de Astoria, Harry ya no sabía si seguir intentando ganarse su atención. Era poco probable que hacer el amor con ella compensara lo que tuvo que soportar por esa maldita caja. Harry conocía demasiado bien a su padre como para dudar de que estaba jodido, ¡Malditas sean las ganas de querer lucirse ante esa serpiente de Slytherin! Era su culpa, por supuesto, pero eso no lo hacía más fácil.
Así que ahora podía irse con los dementores o con Malfoy, le daba igual. A partir de ahora él era libre como el viento. Más ahora que apareció una chica linda que le estaba coqueteando. Aparentemente seria e inaccesible, pero que en el fondo Granger probablemente era tan ardiente como el fuego. Esas chicas calladas a veces podían sorprender en la cama de una manera que ni la bruja más apasionada lograría.
—¿Ayuda, dices? —Dijo en un tono coqueto, acercándose a ella. —Suena tentador…
Hermione retrocedió automáticamente; no era la reacción que había esperado. Era obvio que algo pasaba con Harry. Actuaba con demasiada soltura y… ¡Merlín, la estaba desnudando con la mirada! Un escalofrío traidor recorrió sus brazos y su espalda. Ni siquiera Ron la había mirado así en su vida, y mucho menos Harry. Este último apenas se había dado cuenta de que Hermione no sólo era su mejor amiga, sino también una chica.
—Harry… ¿Qué te pasa?
—¿En tu casa o en la mía? —Decidió no alargar la conversación.
—¿De qué estás hablando? —Hermione se sorprendió y se encogió cuando él se acercó a ella, apretándola contra la pared del ascensor. —Harry, ¿Estás bien?
Sus labios se curvaron en una sonrisa maliciosa. Parece que ella decidió provocarlo un poco y empezar a resistirse en el último momento. Sin embargo, Harry ya estaba acostumbrado a este tipo de cosas. De todos modos, captó la indirecta, el resto solo era cuestión de técnica…
Las puertas del ascensor se abrieron inesperadamente y un viento frío entró desde el pasillo. Esto hizo que Harry volviera a la realidad, dándose cuenta de que habían llegado al Atrio. El humor juguetón desapareció de inmediato, y Astoria volvió a invadir sus pensamientos con todos los problemas que le había causado.
—Lo siento, mademoiselle, no es no. —Harry se apartó de mala gana y se dirigió hacia las chimeneas. Necesitaba salir del maldito Ministerio antes de que alguien lo viera.
—¡Oye, espere un momento, señor! —Le gritó Hermione con severidad, alcanzándolo y agarrándolo por la manga de su camisa excesivamente cara. Bajo la luz tenue de las lámparas nocturnas, los gemelos de su camisa brillaron con destellos dorados, lo que dejó a la chica aún más desconcertada, ¿Qué clase de espectáculo había decidido montar?
—Escucha cariño, ahora no estoy de humor para jugar al gato y al ratón. Esta noche no. Así que, si quieres que te rueguen durante mucho tiempo, búscate a otro. —Dijo acelerando el paso, liberando su mano de los dedos firmes y aferrados de ella.
En otra situación similar, Hermione seguramente se hubiera sentido ofendida, pero no con Harry. Era evidente que él no estaba bien, de lo contrario no estaría comportándose así. Aquí había claramente algún tipo de influencia mágica: Probablemente un hechizo, una poción de amor o cualquier otra basura.
—¡Harry, espera un momento! —Volvió a alcanzarlo. —¿No lo entiendes?, ¡Es claro que algo te pasa! Déjame hacer al menos un diagnostico básico…
Ella tomó su varita, cuando de repente, una voz masculina se escuchó al final del pasillo:
—¡Hermione!
—¡Maldición! —Ella se giró bruscamente. Ron corría hacia ellos, ¡Por todos los cielos! Le había pedido, literalmente suplicado, que no la vigilara después del trabajo. Incluso intentó amenazarlo un par de veces. Pero ninguna de sus medidas surtió efecto. —Esto no…
Tenía que actuar rápido, y a Hermione no se le ocurrió nada mejor que arrastrar a Harry con ella hacia las chimeneas. Lo último que quería era discutir con Ron delante de su mejor amigo.
Por alguna razón, Harry sonrió y silbó.
—Vaya, ¿Ese pelirrojo te está molestando?
Ella le lanzó una mirada intensa que lo hizo estremecerse. Ya no había ninguna duda: Granger era un volcán de emociones, oculta en algún lugar profundo bajo aquella blusa abotonada.
—Por favor, date prisa. —Ya estaba a punto de entrar a la chimenea, pero Harry lo complicó todo.
¡No sería un caballero si no protegiera a una dama de algún molesto ghoul! Sobre todo, porque Harry no soportaba a ese Weasley. Ron había intentado defender el honor de su hermana a golpes varias veces después de que Harry terminó con Ginny. Y probablemente seguía resentido por no haber entrado al equipo de quidditch en Hogwarts. Ron no era el tipo de persona que reconociera fácilmente sus errores, así que Harry no se sorprendió cuando acudió a él para discutir y ni siquiera querer escuchar que había reprobado todas las pruebas de selección. Al parecer, culpar a cualquiera de sus fracasos, menos a ellos mismos, era un rasgo de la familia Weasley, y Harry despreciaba a ese tipo de personas.
Frenó bruscamente y, actuando más por instinto que por razón, giró a Hermione por los hombros y hundió su boca en sus labios, los cuales estaban entreabiertos por la sorpresa. Sin mas preámbulos, introdujo audazmente su lengua en ella y, de manera posesiva, acercó su frágil cuerpo al suyo.
Hermione nunca en su vida se había sentido tan aturdida. Ni siquiera tuvo fuerzas para apartar a Harry. En lugar de eso, respondió obedientemente al beso como una marioneta bajo su abrumador impulso. Pero una señal de alerta invadió sus pensamientos, sacándola del embriagador estupor en el último momento. Con fuerza, empujó a Harry del pecho y siseó indignada:
—¿Estás completamente loco o qué?
Ron se detuvo en seco con la boca abierta. Su rostro enrojeció rápidamente y sus puños se cerraron con fuerza.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?!, ¡Se han vuelto locos!, ¡Tú, maldito, ¿Y mi hermana?!, ¡Te voy a matar!, ¡Te juro que te voy a matar!
Harry puso los ojos en blanco.
—¿Cuándo me vas a dejar en paz con lo de tu hermana, idiota?, ¡Han pasado años y sigues con lo mismo!, ¿No te cansas de darle vueltas a este tema una y otra vez?
Pero Ron ya no escuchaba. Habiendo perdido el poco autocontrol que le quedaba, se lanzó hacia él con el puño alzado, preparado para propinarle un fuerte golpe en la mandíbula. Hermione reaccionó más rápido que todos e inmediatamente arrastró a Harry hacia la chimenea más cercana, y en el siguiente instante ya estaban en su casa, ¡Lo único que necesitaba para completar su "felicidad" era una pelea en medio del Ministerio! Sus compañeros ya se reían del ridículo y patético comportamiento de Ron y de su incapacidad para razonar con él. Además, Harry empeoraba con cada segundo, pues ya había comenzado a lanzarse sobre ella para besarla.
Rodaron sobre la alfombra de su sala, y Harry, tras sacudirse las cenizas y mirar a su alrededor, silbó con entusiasmo. Esa impredecible Granger le gustaba más y más con cada minuto que pasaba.
—Entiendo, entonces será en tu casa. —Concluyó algo tarde. —¡Me gusta tu determinación! Bueno, cariño, no perdamos más el tiempo…
Hermione no tuvo tiempo de jadear antes de encontrarse nuevamente atrapada en los fuertes brazos del hombre. Apenas logró esquivarlo en el último momento, de modo que su cuello quedó expuesto a sus labios ardientes. La lengua de Harry trazó un rastro húmedo sobre su piel, provocando que un placentero escalofrió recorriera a Hermione en contra de su voluntad.
—Hueles tan bien…
—¡Harry, ya basta! —La chica empezó a golpearlo en el pecho, pero él no reaccionó, siguió besando la aterciopelada piel, mordisqueándola ligeramente. —¡Harry! —Con mucho esfuerzo logró apartarlo y, al ver de nuevo la sonrisa descarada en su rostro, no pudo evitar darle una bofetada, ¡Tal vez esto calmara un poco su atrevimiento!
—¡Maldición! —Su amigo se llevó las manos a la cara. —¿Estás loca, Valkiria? Te lo advierto: ¡No soy fan del sadomasoquismo!
—¡¿En serio?! —Hermione tomó su varita, decidida a hacer un diagnóstico de todos modos. Ya no le quedaban dudas: Harry estaba hechizado por alguien o algo, y ahora solo le quedaba a ella concretar los detalles. —¡Deja de lanzarte sobre mi antes de que Ginny te patee el trasero!, ¡¿Crees que Ron se quedará callado sobre lo que pasó en el Ministerio?!, ¡¿Qué demonios fue eso que hiciste?!
—¿Qué diablos pasa con todos ustedes?, ¿Ginny? Ni siquiera quiero recordar a esa histérica, ¿De acuerdo? —Dijo él, pasando nerviosamente las manos por su cabello, apartando hacia atrás su largo flequillo.
—Harry. —Susurró Hermione, mirándolo con los ojos muy abiertos. No estaba segura de lo que estaba viendo frente a ella. —¿Dónde está… tu cicatriz?
Harry se tensó. Parecía que realmente había acabado en una especie de manicomio. No era casualidad que siempre hubiera pensado que Granger estaba un poco loca… Resulta que la magnitud de su problema había sido subestimada todo este tiempo y no estaba "un poco" loca. En un momento, se detuvo al recordar algo, aliviado de no haber tenido tiempo aún de expresar sus suposiciones en voz alta, ¡Claro!, ¡La cicatriz! En los periódicos salió mas de una vez que se había caído de una escoba cuando era niño.
—Ah, te refieres a que… —Harry se llevó la mano al cinturón de los pantalones y sonrió. —¿Decidiste ir al grano desde el principio? Esta bien, hagámoslo a tu manera brujita, pero espera, tengo que quitarme algo de…
—¡De acuerdo, para! —Exclamó Hermione de repente. —¡¿Dime quién eres y qué hiciste con mi amigo?!
Harry se quedó inmóvil cuando se dio cuenta que no estaba bromeando y la punta de su varita se clavó dolorosamente en su barbilla.
