Fuego
La noche envolvía el Palacio de Jade en un silencio expectante, como si hasta las sombras contuvieran el aliento ,era tarde, debían ser alrededor de las doce de la noche o la una de la madrugada
Pero Po no dormía.
No podía.
No después de lo que había pasado en el patio de entrenamiento. No después de la forma en que ella lo miró antes de marcharse,después de haberlo dejado envuelto en ese delicioso y exquisito aroma.
Lo había provocado. Deliberadamente.
Y ahora estaba allí, tendido en su cama, con el cuerpo en llamas y la mente atrapada en la sensación de su voz, de su calor. Se sentía como un adolescente, no podía recordar la última vez en su pubertad que sentía que debía bañarse con un balde de agua fría para controlar esos … instintos. Él comenzó provocando a la maestra del estilo tigre y ahora pagaba las consecuencias
Cuando el aire cambió en la habitación, lo supo.
No hizo falta abrir los ojos para sentirla.
Para saber que ella estaba allí.
No obstante, lo hizo.
Y la encontró, de pie junto a su cama, su silueta recortada contra la luz tenue de la luna y sus ojos, esos brillantes ojos ámbar que destellaban tan hermosamente.
No dijo nada.
No necesitaba hacerlo.
Porque en cuanto él se incorporó un poco, con la respiración agitada de pura anticipación, Tigresa se inclinó sobre él, lentamente.
Sus garras rozaron la base de su cuello, descendiendo apenas, deslizándose con un dominio que lo dejó sin aire.
No lo arañó.
No aún.
—¿Sigues intacto, Guerrero Dragón? —murmuró contra su oído, con un tono que le erizó el pelaje. Esa mujer lo estaba volviendo completamente loco.
Po tragó saliva, el corazón golpeándole el pecho.
—Por ahora… —logró decir, con la voz más ronca de lo que pretendía — pensé que no vendrías esta noche…
Era una mentira, sabía que era una vil mentira. Él la esperaba, tarde o temprano. Sabía que así como él había quedado envuelto en llamas ella también y también sabía que los instintos de ella le ganarían.
Tigresa no respondió
Un sonido grave escapó de su garganta cuando ella se acomodó a horcajadas sobre él, sus muslos fuertes encerrándolo con la facilidad de una cazadora que tenía a su presa exactamente donde quería.
Po sintió su respiración entrecortarse.
Porque Tigresa no se detenía.
Sus garras descendieron por su pecho, apenas aplicando presión, un roce afilado que encendía su piel en cada trayecto. Pero aún sin arañarlo.
—¿Sabes lo que más me gusta de ti, Po? —susurró, su boca rozando el borde de su mandíbula—. Que eres un luchador.
Él apenas logró soltar una risa áspera.
—Me gusta pensar que sí.
—Hmm… —sus dedos bajaron más, peligrosamente más—. Entonces dime…
Se inclinó más, hasta que su aliento se mezcló con el suyo.
—… ¿vas a seguir temblando bajo mis garras, o me mostrarás de qué estás hecho?
Po sintió que el aire le fallaba.
Ella estaba jugando.
Pero si creía que era la única…
Entonces iba a descubrir lo equivocada que estaba.
Cada músculo en el cuerpo de Po se tensó bajo el peso de Tigresa. Sus garras seguían su lento recorrido, una amenaza y una caricia al mismo tiempo. No sabía qué era peor: el fuego que despertaban en su piel o la certeza de que ella lo disfrutaba tanto como él.
Él había encendido esta llama y combustible es lo que necesita el fuego para propagarse
Pero él no iba a ceder tan fácilmente.
No sin luchar.
Con una rapidez que la tomó por sorpresa, Po se impulsó hacia adelante, atrapándola por la cintura. Sintió el leve jadeo que escapó de sus labios cuando la volteó con firmeza, haciéndola quedar ahora debajo él.
Sus garras se aferraron a su espalda, pero esta vez no como advertencia… sino como aceptación.
—¿Eso cuenta como pelea? —murmuró Po contra su oído, disfrutando de cómo su cuerpo se arqueaba levemente bajo él. Amaba tenerla así, tan fragil, tan sensual, tan dispuesta .
Los ojos de Tigresa brillaron en la penumbra, afilados, desafiantes.
—Apenas si es un primer asalto.
Po sonrió.
Deslizó sus dedos por su brazo, trazando la musculatura firme con lentitud exasperante.
Tigresa lo dejó hacerlo… por un momento.
Hasta que en un movimiento tan fluido como letal, giró con la agilidad felina que la caracterizaba, recuperando el control y haciéndolo quedar otra vez bajo ella.
—Tienes que hacerlo mejor que eso, Panda.
Po la miró, con el aliento entrecortado, con la piel encendida por cada contacto.
Y sonrió.
—Dame la oportunidad… y verás de lo que soy capaz.
Las garras de Tigresa descendieron por su pecho, con bastante sutileza, con lentitud calculada, apenas rozándolo, dejando una sensación placentera en cada trazo.
—Eso es lo que quiero averiguar.
Po contuvo el aliento. No solo por la sensación, sino porque podía ver el destello en sus ojos: Tigresa estaba disfrutando esto.
—Espero que no te arrepientas —la voz de ella fue un ronroneo bajo, una advertencia envuelta en deseo.
Po esbozó una sonrisa ladina.
—Dudo que pueda arrepentirme si sigues tocándome así.
Tigresa inclinó el rostro, sus labios peligrosamente cerca de los suyos, pero sin llegar a tocarlos.
—Entonces no te muevas —susurró.
Y en un movimiento ágil, sus garras descendieron por su torso, esta vez con un poco mas presión, lo justo para que él soltara un jadeo involuntario. No era dolor… no aplicaba la presión necesaria para lastimarlo era una sensación distinta. Una que hacía que su piel se estremeciera, que su respiración se volviera errática.
Tigresa lo sabía.
—Vaya… —murmuró ella, su voz ronca, acariciando su oído con cada palabra—. ¿Quién diría que al Guerrero Dragón le gusta que jueguen un poco rudo con él?
Po soltó una risa baja, aunque su pulso martilleaba en su garganta.
—Depende… —sus manos se deslizaron a lo largo de sus muslos, acariciando con firmeza—. ¿Piensas seguir con las palabras o vas a demostrarme lo que puedes hacer?
Tigresa entrecerró los ojos con una media sonrisa.
Y entonces, su siguiente movimiento no fue solo un roce.
Sus garras se deslizaron por sus hombros hacia el pecho con una lentitud exasperante, dejando un leve rastro de presión que lo obligó a soltar un gruñido contenido.
Po la miró, respirando con dificultad.
Ella inclinó la cabeza, su boca cerca de su cuello.
—Si sigues comportándote como un buen panda… —susurró, arrastrando las palabras—. Quizás te deje ver hasta dónde puedo llegar.
Po sintió un calor abrasador recorrerle la columna.
Tigresa lo soltó lentamente, con una satisfacción peligrosa en sus ojos, sabiendo que lo había dejado ardiendo.
Y antes de que él pudiera reaccionar, se apartó con la misma elegancia felina que había tenido antes
—Dulces sueños, Panda —susurró, caminando hacia la salida.
Po se quedó recostado, tratando de recuperar el aliento.
Dulces sueños…
Ella realmente quería matarlo.
Tigresa apenas había comenzado a alejarse cuando Po se movió.
Con un movimiento rápido, sus manos atraparon su cintura, jalándola de vuelta contra él.
Tigresa dejó escapar un leve jadeo cuando chocó contra el pecho de él, sintiendo el calor de su cuerpo envolverla.
—¿A dónde crees que vas? —su voz sonó más grave, más densa, dominante, cargada de algo que le erizó la piel.
Tigresa Se permitió disfrutar la sensación de sus manos firmes en su cintura, el aliento de Po rozando su cuello.
—No me digas que ya te rendiste, Panda —murmuró con una sonrisa ladeada.
Po soltó una risa baja, sujeta de un deseo latente.
—Ni de cerca.
Y entonces, con una suavidad peligrosa, deslizó una de sus manos por su abdomen, subiéndola lentamente hasta cubrir una de las garras que ella aún mantenía a medio alzar.
Sus dedos rodearon los suyos con firmeza.
—Solo quiero estar seguro de algo… —susurró, inclinándose hasta que sus labios casi tocaron su oído. Y repitió aquellas palabras —. La próxima vez que uses tus garras conmigo…
Presionó apenas su agarre, guiando sus garras hasta su pecho.
—Espero que sea porque lo estás disfrutando.
El aliento de Tigresa se atascó en su garganta. Capatando la insinuación del panda.
Po sonrió contra su piel, sintiendo cómo su respiración se aceleraba.
Tigresa sintió que sus músculos se tensaban de manera involuntaria y su cola se retorció en el aire con anticipación. No solo por sus palabras, sino por la forma en que Po las dejó caer, con una seguridad peligrosa, como si supiera exactamente lo que hacía.
Su agarre sobre su garra era firme, su pulgar trazando círculos apenas perceptibles sobre su piel. No era un simple desafío. Era una invitación.
Una provocación.
Tigresa sonrió de lado.
Sus garras seguían atrapadas en su mano, pero ella no intentó soltarse. En su lugar, inclinó el rostro hasta que sus hocicos casi se rozaron, lo suficiente para ver el brillo intenso en sus ojos verdes.
—¿Así que eso es lo que quieres, Panda? —su voz fue un ronroneo bajo
Po no respondió de inmediato. Se limitó a sostenerle la mirada, su pecho subiendo y bajando con respiraciones más profundas de lo normal.
Eso la hizo sonreír más.
—Porque si realmente quieres que use mis garras… —susurró, inclinándose apenas más, hasta que su aliento caliente chocó contra su boca—. Tal vez deberías demostrarme que lo mereces.
Con un movimiento ágil, deslizó sus garras hasta su nuca y hundió apenas las puntas en su piel, lo suficiente para hacerlo estremecer.
Po dejó escapar un gruñido bajo, sus manos aferrándose a su cintura con más fuerza.
Los ojos de Tigresa brillaron.
—Espero que puedas seguir el ritmo —murmuró ella
Con un movimiento rápido él la empujó atrapándola contra la columna más cercana antes de que ella pudiera reaccionar. Sus manos firmes se deslizaron por su cintura, recorriendo la curva de sus caderas con una intensidad que hizo que Tigresa sintiera un escalofrío
—Oh, puedo seguir el ritmo —su voz fue un murmullo grave, casi un gruñido—. La pregunta es… ¿tú puedes con el mío?
Los ojos de Tigresa brillaron con desafío. Sus garras aún estaban sobre su nuca, aferrándolo, explorando la dureza de sus músculos con una lentitud tortuosa.
Po sonrió, su hocico apenas rozando el suyo. Y entonces, sin darle oportunidad de contraatacar, la tomó en brazos con una facilidad exasperante.
—Po—su advertencia se perdió en un jadeo cuando él la sostuvo con fuerza, su agarre firme, pero con un control absoluto.
—Vamos a averiguarlo —susurró.
No hubo titubeo en sus movimientos. Con cada paso que daba, el calor entre ellos se intensificaba, la electricidad en el aire era casi insoportable. La penumbra del lugar envolviéndolos en una atmósfera más íntima.
Tigresa aún podía sentir su respiración entrecortada cuando la recostó en la cama con una suavidad engañosa.
Porque Po no la dejó ir.
No del todo.
Se quedó sobre ella, sus brazos firmes a ambos lados de su cabeza, atrapándola sin necesidad de usar la fuerza. No era solo el peso de su cuerpo lo que la mantenía en su lugar.
Era la forma en que la miraba.
Era la forma en que la hacía sentir.
—Dime una cosa —murmuró él, sus labios rozando su mejilla con una lentitud desesperante—. ¿Aún crees que no puedes perder el control conmigo?
Tigresa sintió cómo su pecho se apretaba, su respiración tornándose más pesada. Sus garras se deslizaron por sus hombros, recorrieron su espalda, lo suficientemente fuerte para hacer que Po soltara un gruñido bajo.
—Si sigues hablando así… —su voz apenas fue un susurro contra su boca—. Vas a descubrir exactamente cómo uso mis garras.
Los ojos de Po brillaron con algo oscuro, algo primitivo.
—Eso es lo que busco.
La habitación estaba cargada de un calor sofocante, una tormenta contenida a punto de estallar.
Po no se apartó. No podía. Su respiración era pesada, su cuerpo tenso, como si cada músculo luchara por mantener el control cuando todo en él pedía rendirse.
Tigresa estaba debajo de él, su mirada dorada ardiendo con un fuego abrasador. Su hocico apenas rozaba el suyo, y él podía sentir su aliento caliente contra sus labios.
—Demuéstramelo —susurró Po, su voz ronca, grave, desafiándola.
Tigresa entrecerró los ojos, su cola enredándose apenas contra una de sus piernas. Sus garras se deslizaron lentamente por su espalda, lo suficiente para hacer que un escalofrío le recorriera el cuerpo.
—Cuidado con lo que pides —murmuró contra su hocico, sus labios rozándolo con una provocación que hizo que su pecho se apretara.
Po soltó un gruñido bajo, una risa oscura mezclada con su respiración entrecortada.
—¿Y si no quiero tener cuidado?
Las pupilas de Tigresa se dilataron apenas.
Po sintió sus garras presionar un poco más su piel, un roce sutil, pero intencional. El ardor que dejó a su paso fue suficiente para hacerle soltar un jadeo bajo.
Ella sonrió.
Y La tensión explotó en un instante.
Po ya no pudo contenerse. No cuando sus labios aún ardían cerca de su piel, no cuando la sentía debajo de él, tan fuerte, tan peligrosa… tan tentadora.
Sus bocas se encontraron con un choque feroz, un beso hambriento, sin espacio para dudas o reservas. Tigresa lo jaló hacia ella con un gruñido bajo, sus garras aferrándose a su espalda, deslizando sus uñas por su piel con una presión deliciosa que lo hizo estremecer.
Po respondió con la misma intensidad. Sus manos recorrieron sus costados con urgencia, sus dedos trazando cada línea de su cuerpo con devoción. Sintió cómo el aliento de Tigresa se volvía más entrecortado contra su boca, cómo sus garras se aferraban con más fuerza, cómo su cuerpo se arqueaba instintivamente hacia él.
Ella mordió su labio inferior con una intensidad traviesa, arrancándole un jadeo profundo que vibró en su garganta.
—¿Así es como usas tus garras? —murmuró Po contra su boca, su tono ronco, cargado de deseo.
Tigresa entrecerró los ojos, su cola enredándose en su pierna, apretándolo más contra ella.
—Aún no has visto nada.
La promesa en su voz lo estremeció
La habitación se llenó de una energía abrasadora, un fuego que ninguno de los dos quería apagar.
Po no se detuvo. No cuando Tigresa lo desafiaba con cada mirada, con cada roce, con cada jadeo que escapaba de sus labios. Sus manos descendieron por su cuerpo, recorriéndola con una reverencia, sintiendo la tensión en sus músculos, la promesa contenida en su piel.
—¿Aún quieres probarlas? —susurró ella, sus labios apenas rozando su oído, su aliento contra su piel.
Po gruñó, sujetó su cintura con más fuerza, haciéndola quedar completamente bajo él.
—No me conformo con probarlas… —sus dedos apretaron sus caderas en un agarre casi doloroso, sintiendo la forma perfecta de su cuerpo contra el suyo—. Quiero sentirlas.
Tigresa sonrió con satisfacción.
—Entonces más te vale hacer que valga la pena.
Tigresa sintió un escalofrío cuando las manos de Po, firmes y seguras, se deslizaron bajo la tela de su atuendo, explorando su piel con una lentitud exasperante. Su toque era a la vez reverente y hambriento, como si estuviera memorizando cada línea, cada curva, cada pequeño estremecimiento que provocaba en ella.
Jadeó suavemente cuando sus dedos ascendieron por su espalda, presionando justo en los puntos donde sabía que la haría arquearse contra él. Po aprovechó ese momento para bajar la boca a su cuello, dejando besos ardientes que la hicieron aferrarse a sus hombros con fuerza.
—Espero que lo estés disfrutando —murmuró contra su piel, con esa voz densa de deseo que le hizo estremecerse.
Tigresa entreabrió los ojos, su respiración entrecortada, sus mejillas sonrosadas y sus labios hinchados. Hacía querer a Po rendirse completamente ante ella.
Pero él no estaba dispuesto a dejarle todo el control.
Sus manos, grandes y seguras, descendieron por su costado, sus dedos trazando líneas perezosas sobre su piel expuesta antes de aventurarse aún más bajo su ropa.
Tigresa contuvo el aliento.
Po sonrió contra su cuello.
—Veamos quién quema a quién esta noche.
Y entonces la besó de nuevo, profundo, ardiente, mientras sus manos continuaban su lenta, implacable exploración, desabotonando lentamente la túnica de ella.
Tigresa dejó escapar un suave jadeo al sentir cómo Po deslizaba con delicadeza su ropa, empezando por su brillante túnica dorada , desatando las vendas en sus pechos con cuidado y dedicacion ; y terminando por su pantalón de tela negra …exponiendo su piel al fresco aire de la habitación. No había incomodidad en su gesto; al contrario, un deseo profundo la invadía, anhelando que él continuara sin detenerse.
Po, habitualmente conocido por su carácter jovial y despreocupado, mostraba ahora una faceta diferente. Sus movimientos eran seguros, llenos de una confianza que sorprendía a Tigresa. Ella, acostumbrada a mantener el control y la dominancia en todas las facetas de su vida, se encontraba en una encrucijada interna. Su razón le gritaba que retomara el mando, que liderara la situación. Sin embargo, las caricias y atenciones de Po la sumían en una sensación de bienestar y entrega que jamás había experimentado .
A pesar de su exterior sereno y seguro, Tigresa sentía una tormenta de emociones en su interior. Su rostro mantenía la compostura, pero sus ojos ámbar delataban un rastro de nerviosismo. Disfrutaba provocando a Po, jugando con la tensión entre ellos, pero al llegar a este punto, una vulnerabilidad desconocida la invadía, sabía que su parte instintiva le pedía cada vez más , pero su parte racional estaba confundida y podría decirse que asustada . Po, siempre atento, percibió ese matiz en su mirada.
—Sabes que nunca te haré nada que no desees ¿verdad? —murmuró él contra su piel, su voz profunda resonando en su oído y enviando escalofríos por su columna. Sus palabras eran un recordatorio de su respeto y devoción hacia ella, asegurándole que, a pesar de la pasión del momento, sus límites siempre serían honrados.
Una sonrisa suave curvó los labios de Tigresa. La confianza en sus palabras disipó parte de sus dudas.
Pero no disipó el calor que la estaba consumiendo desde dentro.
El roce de la piel de Po contra la suya era un incendio.
Tigresa sentía el calor de su cuerpo, la presión de sus manos en su piel, la seguridad con la que la tocaba. Pero más allá del deseo abrasador que la envolvía, algo más palpitaba en su interior. Algo más profundo. Más oscuro.
La necesitad de morderlo. De hundir sus garras en su piel sin tener que contener su fuerza. De sentirlo de una manera más intensa, más feroz.
Su cuerpo tembló con la urgencia de sus propios impulsos. No era solo deseo. No era solo el fuego del momento. Era instinto. Un instinto primitivo, animal, que la desbordaba sin que pudiera controlarlo. Sus colmillos hormigueaban con la necesidad de cerrarse sobre su cuello . Sus garras se flexionaron contra su espalda, casi de forma involuntaria.
Y fue allí cuando se dio cuenta, sus garras estaban sobre él, aferrándose con fuerza, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo su piel.
Y ahí estaba el problema.
Ella era demasiado fuerte.
Po confiaba en ella con una ceguera que la aterrorizaba. La forma en que la sostenía, la manera en que la miraba con adoración, como si ni por un segundo dudara de que ella jamás lo lastimaría. Como si creyera que era incapaz de hacerle daño.
Tigresa cerró los ojos con fuerza.
No era incapaz.
Lo sabía.
Su mente la arrastró de vuelta a esos recuerdos enterrados, al crujido de huesos bajo sus garras, al sonido de un jadeo ahogado cuando se le iba la fuerza de las manos. Había entrenado toda su vida para controlar cada movimiento, para contener cada impulso. Cada músculo de su cuerpo estaba programado para la disciplina, para la precisión quirúrgica que se esperaba de ella.
Pero ahora… El instinto la azotaba, la quemaba, la devoraba desde dentro. El celo hacía que su sangre hirviera, que su cuerpo exigiera lo que su mente intentaba negar. Nunca antes lo había sentido con esta intensidad. Pero nunca antes se habia dejado llevar. Nunca antes había tenido un macho que pudiera satisfacer esas necesidades. Nunca antes había sentido esta necesidad abrumadora de afirmarse sobre otro, de reclamar, de marcar.
Po la hacía sentir diferente. Como si su control, su impecable disciplina, su vida entera de autocontención no significaran nada en este momento.
Él no se resistía.
Se entregaba.
Y ella…
Tigresa sintió cómo sus garras se flexionaban contra su piel, casi de forma involuntaria.
Él no lo notó.
Su panda. Su adorable, confiado, insensato panda, que seguía susurrándole provocaciones contra la boca, desafiándola, retándola a soltar el control.
No sabía lo que pedía.
No entendía lo que significaba para alguien como ella bajar la guardia.
Lo había contenido toda su vida. En cada pelea. En cada golpe. En cada instante en que sentía la necesidad de responder con toda la fuerza que su cuerpo le permitía y tenía que detenerse, porque la diferencia entre una victoria y una tragedia estaba en el peso exacto de su control.
Y ahora, él la quería sin control.
Po deslizó sus labios por su cuello y Tigresa sintió que su respiración temblaba. Su agarre sobre él se volvió más fuerte, sus garras presionando su piel con más intensidad. No con la intención de hacerle daño. No conscientemente.
Pero si bajaba la guardia, aunque fuera un segundo…
¿Y si lo lastimaba?
La idea la paralizó.
Era demasiado grande, demasiado aterradora, demasiado real.
Po notó el cambio en su respiración. Se apartó apenas, sus ojos verdes llenos de deseo, pero también de curiosidad.
—Tigresa… —su voz sonaba grave, pero gentil.
Ella no respondió de inmediato. Sus garras todavía estaban sobre su espalda, pero esta vez no se movían.
Él frunció el ceño ligeramente, inclinando el rostro.
—¿Qué pasa?
Tigresa lo miró. Su cuerpo aún ardía, aún temblaba por la sensación de su piel contra la suya, por la tensión palpitante entre ellos. Pero en el fondo de su mirada, había algo más. Algo que ella no sabía cómo expresar.
Po bajó una de sus manos, tomándola con la suya.
Y en ese instante, notó la diferencia.
Sus dedos, grandes pero suaves, rodearon sus garras con una delicadeza que la hizo contener la respiración.
Tigresa bajó la mirada.
Sus manos no estaban hechas para la delicadeza.
Eran armas.
Y estaban sobre él.
Po pareció entender algo en su silencio. En la manera en que sus músculos se mantenían tensos, en cómo sus garras aún no lo soltaban, como si se aferrara a la idea de no moverse, de no ceder, de no arriesgarse a que la bestia dentro de ella tomara el control.
—No me tienes que proteger de ti, Tigresa.
Su voz fue un murmullo contra su piel.
Ella cerró los ojos con fuerza.
Sí, sí tenía que hacerlo.
Porque si él no lo hacía, alguien tenía que hacerlo.
Y si alguna vez llegaba a fallar…
Pero Po no se apartó.
Sintió la tensión en el cuerpo de Tigresa, la forma en que su agarre se endurecía en lugar de relajarse. Sabía lo que estaba pensando.
Era fuerte. Era peligrosa. Si no se controlaba, podía lastimarlo.
Pero también sabía algo más.
Era Tigresa.
Y eso significaba que jamás, bajo ninguna circunstancia, haría algo para herirlo.
Po llevó su otra mano hasta la suya, la que aún estaba aferrada a su espalda con garras tensas. Con cuidado, sin prisa, deslizó los dedos entre los suyos, envolviendo su mano más pequeña y firme con la suya más grande y cálida.
—No tienes que tener miedo —dijo en un susurro.
Los ojos de Tigresa se alzaron hacia los suyos, aún ardiendo con deseo, pero también con algo más profundo. Algo contenido. Algo que la hacía temblar, no por él, sino por sí misma.
Po presionó sus dedos entre los suyos, sosteniéndola con más firmeza.
—No me importa si pierdes el control.
Ella abrió la boca, pero él no la dejó hablar.
—No me importa si me empujas contra la pared, si me muerdes, si me lanzas a la cama con toda tu fuerza. No me importa si gruñes o si tus garras recorren mi espalda —Su voz grave, su mirada firme sin temblar —. No me importa porque sé que nunca me harías daño.
Su voz descendió a un tono más bajo, más profundo, más cargado de una emoción que hizo que el aliento de Tigresa se atascara en su garganta.
—No me importa porque lo deseo.
Hizo una pausa, sus ojos verde jade clavándose en los de ella con una intensidad que le quemó la piel.
—Te deseo. Tal como eres.
A pesar de que solo se inclinó un poco hacia ella, Tigresa aún sentía que un abismo los separaba.
—Quiero sentir tus garras en mi piel, marcándome, reclamándome. Quiero sentir tu cuerpo temblando contra el mío, perderme en la forma en que te abandonas al placer.
Otro milímetro más cerca, sus labios casi rozándose con un placer exquisito.
—Quiero oírte gemir mi nombre. Quiero oír cada jadeo, cada suspiro, cada sonido que salga de tus labios cuando te haga mía.
El pecho de Tigresa subía y bajaba con rapidez. Su cuerpo entero se tensó, su corazón martillando salvajemente contra sus costillas.
Po descendió una de sus manos hasta su cintura , sus dedos acariciando su piel con una ternura que contrastaba con el fuego en su voz.
—Quiero que me tomes sin miedo, sin dudas. Quiero verte perder el control. Quiero sentir que me deseas tanto como yo te deseo a ti.
Pero ella aún tenía un atisbo de nerviosismo en su rostro… podía ver como flaqueaba su autocontrol, como perdía lenta y tortuosamente la batalla contra sus deseos … pero aún tenía miedo.
Po sostuvo su rostro entre sus manos.
—Tú no eres tus garras, ni tu fuerza, ni tu entrenamiento. Eres más que eso. Y confío en ti.
Ella apretó los labios.
—Po…
—Confío en ti —repitió él, esta vez con más énfasis—. Así que suéltate.
Tigresa tragó saliva. Su cuerpo aún temblaba, pero esta vez no de miedo, sino de algo diferente. Algo que la estaba desbordando.
Pero mientras las palabras salían de la boca del panda con esa confianza segura que había aprendido a mostrar, un latido frenético retumbaba en su pecho
Porque la verdad era que él también estaba nervioso.
Quería ser lo que ella necesitaba. Quería hacerlo bien. Quería que todo fuera perfecto para ella.
Y aunque su exterior transmitía calma, dentro de él, un pequeño temor se enroscaba en su estómago. No porque dudara de lo que sentían, sino porque sabía lo que ella significaba para él.
Tigresa nunca había hecho esto antes.
Nunca había dejado que alguien la viera así, que alguien la tocara de esta manera.
Y él… él quería ser digno de eso.
Sus dedos, firmes pero cuidadosos, trazaron un camino lento sobre su piel. No la apresuró. No la forzó. Solo la sostuvo, asegurándose de que ella sintiera cada palabra que había dicho.
—No tienes que tener miedo —repitió, su voz fue un susurro grave, pero si Tigresa hubiera prestado más atención, habría notado un leve temblor en sus palabras.
No de inseguridad.
De anhelo.
Porque Po no solo la deseaba.
La adoraba.
Po se inclinó sobre ella con lentitud, permitiéndole sentir su aliento caliente contra su piel, su proximidad quemándola como una caricia sin necesidad de contacto. Y Tigresa… Tigresa sintió que el último hilo de su resistencia se deshacía.
No recordaba la última vez que alguien le había dicho que estaba bien dejarse llevar.
Que estaba bien no pensar.
Que estaba bien… sentir.
Po sonrió con esa calma tonta y confiada que siempre tenía, esa que la volvía loca, esa que la hacía querer golpearlo y besarlo al mismo tiempo.
Esa que hacía que todo su cuerpo ardiera.
Pero no estaba preparada para lo que hizo después.
Porque Po se movió.
No con brusquedad. No con violencia.
Pero sí con certeza.
Sus manos recorrieron su cintura con un roce firme, pero tortuosamente lento, delineando la curva de su cuerpo como si estuviera memorizándola con el tacto. Tigresa sintió un escalofrío recorrerla cuando sus dedos se deslizaron por sus costados, dibujando un sendero ascendente con una paciencia exasperante.
Y entonces, justo al llegar bajo la curva de sus senos, sus manos se detuvieron.
Ahí, en sus costillas, Po dejó caer sus palmas abiertas, presionando suavemente, como si quisiera sentir la respiración que se agitaba bajo su piel. Sus dedos se curvaron con ternura sobre la forma de su cuerpo, apenas hundiéndose en la delicada piel de esa zona sensible, arrancándole un suspiro que no logró contener. El contacto era firme, pero contenido, como si Po supiera exactamente hasta dónde llegar… sin cruzar del todo la línea.
Su pulgar trazó una línea apenas perceptible sobre la parte más baja de sus costillas, y Tigresa sintió cómo el calor se le concentraba entre la piel y el aire que la rozaba.
Y aún así, no la tocó donde ella más lo esperaba.
Dejó sus manos allí, el calor de sus palmas filtrándose hacia adentro, como una promesa que se extendía en el tiempo.
Su aliento cálido rozó su clavícula cuando se inclinó sobre ella, su boca demasiado cerca, su cuerpo demasiado cerca. Tigresa sintió que su piel se erizaba al instante, su respiración fallando cuando él descendió lentamente, dejando apenas un rastro de su nariz y su aliento sobre la piel sensible de su pecho.
Pero sin tocarla del todo.
Su instinto la traicionó.
Su cuerpo se arqueó apenas, casi imperceptiblemente, buscando más sin darse cuenta.
Po lo sintió.
Y sonrió.
Era una provocación.
Era un reconocimiento.
Pero sobre todo, era una invitación.
Tigresa apretó los labios, negándose a darle el placer de una reacción.
Pero entonces, Po descendió otro milímetro. Apenas el roce de su boca contra su piel, apenas la presión de su aliento sobre el punto exacto donde ella temblaba más. Y la besó justo ahí.
Lento. Cálido. Preciso.
Y Tigresa dejó escapar un sonido bajo, involuntario.
Un jadeo ahogado que no pudo atrapar a tiempo.
Po cerró los ojos un segundo, como si ese pequeño sonido lo incendiara desde dentro.
Y cuando volvió a abrirlos, su mirada tenía un brillo oscuro, indescifrable.
—¿Siempre eres así de sensible?
Su tono era puro veneno. Grave. Hipnótico. Como si disfrutara verla pelear consigo misma.
Tigresa no respondió.
No podía.
Porque por primera vez en su vida, no tenía idea de qué hacer.
Solo sabía que su piel ardía, que su respiración se había vuelto errática, que su cuerpo entero estaba atrapado en ese calor insoportable que él seguía alimentando con cada movimiento lento, cada roce intencionado, cada maldita provocación calculada.
Po esperó.
Esperó a que ella dijera algo.
Esperó a que lo apartara.
Esperó a que recuperara el control.
Pero en lugar de eso, Tigresa se encontró a sí misma haciendo lo impensable.
Moviéndose.
Buscándolo.
Sus garras, que hasta ahora habían estado quietas en su espalda, descendieron lentamente por su piel, aferrándose a su nuca, acercándolo sin darse cuenta.
Po exhaló un leve jadeo, sus labios rozando su piel otra vez.
Pero no se movió.
No aún.
Quería que ella lo hiciera.
Quería que ella cruzara la línea.
Tigresa lo supo.
Y la desesperación la golpeó de lleno.
Porque, por primera vez en su vida…
No sabía qué hacer con lo que estaba sintiendo.
Solo sabía que lo quería.
Que lo necesitaba.
Pero no tenía idea de cómo pedirlo.
Po la miró desde su posición, sus labios a escasos centímetros de su piel, su respiración entrecortada, su cuerpo tenso como un depredador esperando el momento exacto para atacar.
Y entonces, con la más mínima presión de su boca, apenas un roce más firme que los anteriores, le susurró contra la piel:
—Dímelo, Tigresa.
Tigresa sintió que el mundo se detenía.
Pero Po no había terminado.
Su boca se deslizó apenas unos milímetros más abajo, como si estuviera al borde de cruzar un umbral del que ninguno de los dos podría regresar.
Y entonces, con su voz más baja, más densa, con la certeza absoluta de alguien que está dispuesto a lo que sea …
—Solo pídemelo… y te daré todo.
El aliento de Tigresa se quebró en su garganta.
Porque esa frase lo cambió todo.
No era solo un juego.
No era solo provocación.
Era una promesa.
Era Po, con su cuerpo, con su boca, con sus manos, diciéndole que estaba dispuesto a entregarse completamente a ella.
A darle exactamente lo que necesitaba… si solo encontraba el valor para pedirlo.
Tigresa sintió que su piel ardía, que su mente se nublaba, que el deseo que la consumía se volvía casi insoportable.
Pero, por primera vez, no estaba segura de cómo moverse.
No estaba segura de cómo pedir lo que quería.
Su respiración se quebró, atrapada entre la necesidad y el pánico, entre la urgencia y el miedo.
Porque nadie jamás la había tocado así.
Su instinto reaccionó antes que su mente.
Sus garras se desenfundaron en la espalda de él
Bruscas. Instintivas. Incontenibles.
Se detuvieron a milímetros de su piel.
Po no dijo nada al principio.
Solo la sintió.
Su respiración entrecortada. La tensión en sus brazos, en su espalda, en su cuerpo entero.
La lucha interna que ni siquiera podía esconder.
Y entonces, él rompió el silencio.
—Hazlo.
Su voz fue baja, suave, pero cargada de una certeza devastadora.
Tigresa no se movió.
Pero Po sí.
Con una de sus manos presionó la garra de ella contra su nuca
Y la guió.
No con fuerza.
No con urgencia.
Solo con certeza.
—No me pasará nada.
El mundo se tambaleó.
Po la miró, sus ojos brillando con algo más que deseo.
Brillaban con entrega absoluta.
Tigresa sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
No tenía miedo.
Él tampoco.
Y entonces, con un último jadeo entrecortado, dejó de contenerse.
Sintió el temblor de Po sobre ella y lo escuchó soltar un jadeo cuando arrastró sus garras por su espalda esta vez sin medir su fuerza esta vez sin pensar … pero no fue un jadeo de dolor, sino de placer y eso la motivó, la hizo desear repetir lo que sea que hubiera hecho para provocar ese sonido en él,porque anhelaba escucharlo de nuevo.
Y entendió que no había nada que temer.
Porque él no solo la aceptaba.
Él la quería así.
Feroz.
Indomable.
Suya.
Su boca se encontró con la de él en un beso profundo. Sus garras se aferraron a su espalda esta vez sin miedo. Po soltó un jadeo nuevamente , pero en lugar de retroceder, su agarre sobre ella se volvió más fuerte.
Porque esto no era peligroso.
Esto eran ellos.
Y por primera vez, Tigresa se permitió sentirlo sin miedo. Justo cuando él, estando en medio de sus piernas ,rozó con suavidad controlada su entrepierna con la de ella, empujando su pelvis contra la suya, aún por encima de la ropa interior de la felina.
El contacto la hizo estremecer , lo pudo sentir, pudo notar lo mucho que Po la deseaba lo sintió con tanta claridad que el aire se atascó en su garganta.
Lo notó, firme y latente contra ella, testigo innegable del deseo que hervía entre ambos. Algo dentro de su pecho se tensó, y sin poder evitarlo, su cuerpo reaccionó con un sutil balanceo de caderas, buscando más. Apenas un roce, un instante fugaz, pero suficiente para arrancarle un leve jadeo entrecortado
Po gimió suavemente contra su cuello cuando sintió la forma en que ella se movía contra él, su cuerpo respondiendo al suyo con una sincronía tan perfecta que casi lo dejó sin aliento. Tigresa no estaba conteniéndose esta vez. Sus garras se aferraban a sus hombros, a su espalda, marcándolo con la necesidad acumulada por tanto tiempo.
Sus labios descendieron por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos .Con cada roce de sus cuerpos, la fricción se volvía más intensa, más insoportable. La barrera de tela entre ellos era insuficiente para detener el calor que los envolvía, para acallar los jadeos entrecortados que escapaban de sus bocas.
Tigresa se removió contra él cuando su mano descendió entre sus muslos, firme y segura, reclamando cada centímetro de piel con un roce ardiente.
Pero Po no se apresuró.
Su palma cálida se deslizó lentamente, apenas tocándola, recorriendo la piel sensible de su muslo con una paciencia exasperante.
Era tortura.
Era perfección.
Tigresa mordió su labio inferior, conteniendo un gemido que amenazaba con escapar. No quería darle el placer de escucharla perder el control tan rápido.
Pero Po la conocía demasiado bien.
—No tienes que contenerte conmigo. —Su voz era grave, íntima, enredándose con su respiración agitada—. Quiero oírte.
Su boca rozó su cuello, su aliento quemando su piel justo cuando sus dedos se aventuraron más allá
Tigresa dejó escapar un sonido ahogado, su cuerpo moviéndose contra él, y Po sonrió.
—Eso es… —susurró, su satisfacción palpable.
Su respiración se volvió errática cuando los dedos de Po se deslizaron bajo la última prenda que aún la cubría, un roce lento, intencionado, que la hizo estremecerse.
Un gemido tembloroso escapó de sus labios al sentirlo explorarla, reverente y ansioso a la vez, como si la estuviera memorizando con cada caricia. Su toque era una mezcla de ternura y hambre contenida, de deseo puro que pugnaba por desbordarse.
Po apenas podía contenerse. Su aliento cálido chocaba contra su piel, entrecortado, tembloroso. Sus cuerpos se buscaban, se reconocían en el lenguaje silencioso del deseo compartido. La suavidad de su piel, el calor que se intensificaba entre ellos, el leve estremecimiento de Tigresa cada vez que sus dedos encontraban un punto sensible… todo lo estaba llevando al límite.
Y cuando ella, en un impulso, empujó sus caderas contra su mano, exigiendo más, Po dejó escapar un gruñido ahogado. Porque ya no había vuelta atrás.
Ella estaba perdida …Su mente, siempre disciplinada, siempre racional, ahora se perdía entre el calor, entre el roce, entre la insoportable necesidad de sentirlo más. Más cerca. Más profundo.
Se estaba volviendo loca.
Su respiración era errática, su corazón latía con una violencia imposible dentro de su pecho. Su piel ardía con una intensidad que jamás había sentido. No era solo deseo, era algo primario, abrumador, algo que la dominaba y la hacía olvidar todo lo demás.
Quería arañarlo.
Quería hundir sus garras en su piel, marcarlo de una manera que dijera que era suyo. Su instinto rugía dentro de ella, impaciente, exigiendo más, exigiéndolo todo.
Tigresa gruñó contra su cuello, rozando su mandíbula contra su piel, conteniendo a duras penas la necesidad de cerrarle los dientes allí, de saborearlo, de devorarlo. Su cuerpo se movió por sí solo, frotándose más contra él, buscando más fricción, más contacto.
Po gimió de nuevo, su agarre sobre ella volviéndose aún más fuerte… si es que eso era posible
—Pídemelo … —su voz tembló contra su oído, entremezclada con deseo y exigencia. No iba a descansar hasta que ella cruzara esa línea, no era capaz de entregarse si ella no daba su consentimiento, quería asegurarse que ella lo deseaba , quería asegurarse de que podía dar el siguiente paso.
Ella no podía responder. No podía hablar. No podía pensar.
Solo podía sentir.
Sus garras recorrieron su espalda con un hambre desesperada. Su mente racional le decía que tuviera cuidado, pero su instinto gritaba que lo tomara, que lo hiciera suyo, que se dejara arrastrar sin miedo.
Y esta vez, no quería luchar contra eso.
Po deslizó sus labios por su cuello, besándola con adoración, con devoción, y Tigresa sintió que su autocontrol se hacía trizas.
Gruñó, su respiración entrecortada, su cuerpo exigiéndole más.
—Po… —su voz era un ruego, un mandato, una confesión.
Él levantó la cabeza, encontrándose con su mirada oscura, intensa, un incendio silencioso ardiendo en sus ojos á un momento pensó que ella deseaba que se detuviera.
Pero él no se detuvo ,no había prisa en sus movimientos, pero sí una certeza absoluta: no se detendría a menos que ella se lo pidiera. Y Tigresa definitivamente no quería que se detuviera. En lugar de más palabras, ella deslizó sus manos por su espalda, bajando lentamente hasta sus pantalones colando la mano entre la prenda, tocándolo donde él más la necesitaba. Y cuando lo guió con un movimiento claro y decidido, él entendió.
Se quedaron así por un momento, respiraciones entrelazadas, corazones latiendo al mismo ritmo. Hasta que ella inclinó la cabeza, rozando su boca con la suya, y susurró contra sus labios:
—Porfavor ,no pares.
Le dijo con toda la seguridad , a sabiendas de que lo que hacían tenía un matiz prohibido —que solo los hacía desearlo aún más — a sabiendas que nadie debía escucharlos, a sabiendas de lo que estaba a punto de pasar …
Hola! Como les va? Les deje un cap mas largo de lo normal pero con toda la intencion de que les guste , disfrútenlo. Lo mio no es ser muy explicita pero amo jugar con la sutileza y el juego previo y espero de corazón que les guste y llene sus expectativas.
Sin más que decir me despido con mi discurso de siempre , escribanme reviews asi no sepan que escribir , me gusta y me motiva mucho leerlos. Sigan la historia denle fav y ya esta.
Un abrazo! Los quiero
