La taza de café tenía el amargor y la calidez perfecta, y aún y así, no fue suficiente para que Gin no pudiese dejar pasar por alto el ceño fruncido de mi frente. Él bebía de su taza con la mirada descarada sobre mí, y yo, traté de no juntar nuestras miradas para no delatarme todavía más.

—¿Estás molesta? —preguntó dejando la taza vacía sobre la mesa.

—No —mentí resoplando —. Solo sigo órdenes, como tú dices. ¿Qué más da si me parecen bien o no? —pregunté con sarcasmo.

—Entonces, estás molesta —afirmó Gin con una pequeña sonrisa burlona en los labios. Daba igual que fuese lo que me enfadara, verme protestar y cabrearme siempre parecía causar un efecto cómico en él. Y eso solo lograba cabrearme todavía más.

—Es que no lo entiendo, ¿Por qué no puedes seguir siendo tú el que me lleve y me traiga del laboratorio? —pregunté intentando no volver a resoplar—. ¿Por qué ahora tengo que tratar con Bourbon?

—Suenas muy antisocial con ese tono, Sherry. No es para tanto, Bourbon es inofensivo.

—No me cae bien —protesté —. No necesito rodearme con los otros miembros, estoy bien tal y como estoy.

—Lo sé, sin embargo, yo también necesito hacer bien mi trabajo cuando aparece una oportunidad de ser algo más que el guardaespaldas de una científica rebelde. No siempre puedo ocuparme de ti como ellos quieren y no tengo que recordarte que no tenemos margen de error.

Asentí sin decir nada. La confianza no iba a volver, pero mientras necesitasen algo que nosotros pudiésemos ofrecerles, seguiríamos intentando mantenernos con vida. Era raro volver a esa rutina que tan poco había extrañado, sin embargo, se notaba que seguíamos ciertamente aislados, lejos de los problemas reales, de la sangre que se seguía derramando y aún más lejos de los planes que la organización y la policía tenían para acabar y destruirse entre ellos. Éramos como un par de peones en un tablero de ajedrez del que habíamos perdido la voz y el voto para decidir el próximo movimiento.

De lo único que no podía protestar, aunque fuese extraño, era de los ratos que encontraba a principio y al final de cada día y que compartía con Gin; nuestro ruido, no era comparable con todo el ruido que había fuera del apartamento. Era inusual decir que era reconfortante, pero ahora, sentía que era suficiente con pelearme con Gin por la emisora de la radio y con robar un trozo de su cama. Puede que no fuese más que una manera de olvidar y evadir la guerra que había ahí fuera, pero en ese momento, no quería que nadie irrumpiese lo que fuese eso, no quería seguir sintiendo que vivía en una película de acción en la que todos los desastres sucedían por mi culpa.

Mi vida estaba llena de malas sorpresas, obligaciones y desgracias no invitadas, así que nada podía prohibirme intentar sentir la calidez del momento en esa burbuja que creábamos para separarnos de la bandada de cuervos. Sabía que era un pensamiento egoísta, porque era posible que lejos de ahí todavía se encontrasen personas que se seguían preocupando por mí y sabía que no entenderían la sumisión que parecía tener frente a esa nueva situación. Shinichi apretaría los dientes con fuerza si viese como trabajaba en el laboratorio sin protestar y como se alzaba la comisura de mi boca cuando amanecía una mañana cualquiera enredada en su pelo plateado. No sabía el tiempo que iba a tardar en empezar a odiarme o si ya había empezado a pensar en mí como una enemiga, pero ya le había advertido en un pasado, en aquel hospital del que se recuperaba de una herida de bala que podría haber sido fatal, mis palabras le advirtieron apuntando una pistola de mentira frente a su rostro y narrando las cosas que estaba dispuesta a hacer para proteger al profesor y a ese pequeño grupo que tanto me había arropado.

—Llegarás tarde si sigues protestando —comentó Gin observando la hora de su teléfono antes de guardarlo en su gabardina —. Te irá bien. No llames la atención y haz un trabajo de calidad como has hecho hasta ahora.

—Sí...lo sé —suspiré. No iba a actuar como una cría, pero no creía que Bourbon fuese la mejor de las compañías en ese momento. Conocía a la perfección que era un agente encubierto y eso me causaba la misma confianza que el FBI...ninguna.

Cuando lo vi, tenía una estúpida sonrisa en la cara y una apariencia amable que había visto demasiadas veces en el Poirot. No olvidé el momento en el que intentó matarme en aquel tren, y durante el primer viaje, me mantuve con la guardia alta y la boca callada. No sabía si él tenía algo que ver en ese cambio de rutina hacia el laboratorio, pero no iba a conseguir nada de mí fuesen cual fuesen sus intenciones, lo tenía claro.

Vermouth no apareció esa tarde para incomodarnos a todos con su prepotencia y con su abuso de poder, y suspiré de alivio agradecida de no haber tenido que ver su cara los últimos días. No me importaba ni me preocupaba el motivo de su ausencia, simplemente me creaba paz.

Volví a entrar al coche asintiendo con la cabeza al saludo de Bourbon y me puse a mirar por la ventana para desconectar de su presencia. El pensamiento que había tenido esa mañana sobre Shinichi, no conseguía abandonar mi mente con facilidad. Me torturaba y me incomodaba y me hacía sentir más traidora a como me había sentido cuando huí por primera vez de la organización. Eran mi punto débil y seguiría órdenes si eso conseguía que los días siguiesen con esa estabilidad, pero esa extraña relación que había vuelto a tener con Gin, era toda una traición para Kudo, lo sabía sin necesidad de que me lo dijese. Gin era una persona despreciable, malévolo y odioso para todos, no entraba en juicio de nadie que alguien esperase que una persona como él correspondiese alguna emoción que no fuese el odio. Me merecía los gritos de Kudo si entraba en un ataque de ira al enterarse, pero yo nunca quise conectar de esta manera con él, no pretendía engancharme a la frialdad de su rostro ni a la atención de sus dedos bruscos y ásperos.

—Mañana te recogeré quince minutos antes, tengo otro recado que hacer a la misma hora —comentó Bourbon frenando el coche muy cerca del portal.

—Puedo tomar el transporte público, no está tan lejos —contesté en un intento de librarme de él una mañana, sin embargo, la sonrisa que le vi esbozar a través del retrovisor me anticipaba que su respuesta no sería de mi gusto.

—Eso no va a poder ser, Sherry. Como entenderás, sería bastante peligroso si te vuelves a topar con ese agente del FBI y con ese detective curioso y no tienes la misma suerte de escabullirte como hicisteis días atrás.

Tragué saliva sintiendo como me hacía pequeña dentro de ese coche. Se habían enterado, siempre se enteraban de todo.

—Puedes estar tranquila, no estoy aquí para fastidiarte, ni estoy solo aquí para vigilarte y controlarte. Estoy aquí para que no dejes de actuar sin olvidar lo fácil que es cagarla y las consecuencias que pueden tener los errores —habló mirándome a través del retrovisor —. Vermouth era la elegida para hacer todo este trabajo, pero no hacía más que descentrarse y dedicarse a jugar sucio después de mezclar las emociones que había sentido por Gin con en el trabajo. Supongo que ahora no la verás tanto pasearse por los laboratorios.

—¿Y tú no juegas sucio, Bourbon? —pregunté haciendo que nuestras miradas se mirasen fijamente por primera vez.

—Yo estoy en otro juego —contestó sin apartar la mirada —. ¿Mañana, a menos cuarto? —preguntó volviendo rápidamente al tema anterior.

—Claro, que remedio si no puedo negarme —suspiré antes de abrir la puerta para salir.

Él se quedó estacionado hasta que abrí la puerta del apartamento y yo me dirigí a la ducha nada más dejar las cosas antes de esperar a Gin adelantando trabajo en el portátil.

Gin apareció un par de horas después, oliendo a pólvora y con salpicaduras de barro y de sangre por la gabardina. Dejé el portátil a un lado antes de acercarme a él y agarrar su gabardina para ponerla a lavar, y me dirigí al baño para encender el agua caliente de la ducha. Él no iba a abrir la boca, ni iba a decir que había estado haciendo, y yo, había aprendido a no preguntar ni tratar de indagar en ello. Me quedé apoyada en el mármol del lavamanos cercano a la bañera mientras lo observaba quitarse el jersey con pesadez, parecía cansado, últimamente siempre lo parecía.

—¿Quieres que caliente la comida? Todavía queda curry de ayer y siempre has dicho que al día siguiente sabe mejor —comenté esperando que la comida pudiese mejorar su aspecto, o como mínimo, alegrar su estómago.

—¿Te has duchado? —preguntó sin responder mi pregunta.

—Estaba trabajando antes de que llegases, así que lo haré después de cenar. Puedes relajarte tranquilo si por el momento no tienes hambre. Ya sabes que siempre tengo trabajo que adelantar o hacer —contesté apartando el flequillo de mi cara mientras él dejaba los pantalones a un lado.

No sé en que momento me convenció, pero no pasaron ni cinco minutos después de que acabaremos los dos dentro de esa bañera, uno frente al otro con el silencio y el vapor del agua flotando alrededor. No había nada erótico en ese momento, aunque estuviésemos desnudos y rozando piel con piel bajo el agua. Lo único que había, era la confianza que todavía no podíamos explicar. No entendía como podía sentirme cómoda de mostrar mi desnudez con esa naturalidad frente a él y no sabía si conseguiría hacerlo de la misma manera con ninguna otra persona. Él me miraba, pero parecía tener la cabeza en otro lugar.

Me acerqué a lavarle el pelo cuando sentí que el agua empezaba a ponerse tibia y él se dejó hacer mientras enterraba mis dedos en su pelo.

—Te noto distraído —comenté en un susurro mientras vertía un poco de shampoo en mis manos y comenzaba a masajearlo suavemente. Mis dedos se deslizaron a través de su cabello, sintiendo el contraste de su piel cálida contra la frialdad de su mente.

Gin no se movió, ni siquiera abrió los ojos. Podía ver cómo sus labios se apretaban ligeramente, como si la simple mención de sus pensamientos lo molestara.

—¿Estás bien? —me atreví a preguntar. Estaba acostumbrada a su típica frialdad, no me intimidaba, pero notaba un cambio en su mirada pérdida.

—No me hagas preguntas que sabes que no quiero responder —dijo, su voz suave, pero venenosa. Sabía que me estaba desafiando, que intentaba apartarme de esa verdad que parecía roerlo. Pero yo no iba a dejarlo ir tan fácilmente.

Mi mano se detuvo en su cabello por un instante, y aunque pude sentir la tensión en su cuerpo, no quise apartarme. Sabía que Gin no era alguien que se dejara ver vulnerable. Abrí el grifo y pasé mis yemas para quitarle el jabón con cuidado.

—Este mundo no es fácil...—dije tratando de darle a entender que lo comprendía.

Un largo suspiro se escapó de sus labios y su boca se abrió con lentitud, como si estuviese debatiendo en contentarme o no.

—Tengo la sensación de que a veces, las decisiones más difíciles no son las que tomas, sino las que dejas de tomar.

Esa última frase me hizo detenerme. Me quedé mirándolo, buscando en su rostro alguna pista de lo que realmente quería decir, pero todo lo que encontré fue un hombre que parecía estar luchando con algo que no podía resolver de inmediato. Podía ver la decepción en su mirada y me preocupaba.

—¿A qué te refieres?

—Las cosas no son como antes. Todo esto, la organización... —dijo Gin suspirando de nuevo, su respiración más pesada ahora. La frialdad en su rostro nunca había sido tan palpable. Ya no estaba fingiendo nada, ni siquiera el control que siempre había ejercido sobre sí mismo.— Han cambiado. Es como si ... ya no tuviese sentido.

—¿Por qué dices eso? —pregunté tratando de no expresar la sorpresa que me generaban sus palabras. Nunca había visto formarse grietas en la lealtad que tanto le caracterizaba.

—Déjalo, no deberíamos hablar sobre esto —contestó apartando la mirada.

—Gin...¿No crees que por el momento sería mejor aceptar la situación?

—¿Desde cuando nos hemos intercambiado los papeles? —preguntó tratando de que esa pizca de humor rompiese la tensión, sabiendo que solía ser yo la que insistía y la que se torturaba con esos pensamientos.

No sabía que responderle, y su insistencia y esa conversación tan ajena a las que habíamos tenido, se convirtieron en una nueva preocupación para mi cabeza. Ya caminábamos por una cuerda floja y no quería que Gin se pusiese todavía más en peligro. Sabía que tenía razón, pero no estábamos en situación para dudar.

Él no sacó el tema los próximos días, pero yo sabía que no había abandonado su cabeza. Su mirada lo delataba y eso solo conseguía preocuparme más con solo pensar que alguien más pudiese empezar a captar la duda en su rostro. Lo había deseado muerto el mismo número de veces que también lo había querido cerca, pero cuando todo se volvía más real, odiaba la idea de desprenderme de él para siempre. No era la mejor persona, ni el mejor novio, pero yo tampoco era una buena persona, ni la novia perfecta.

Bourbon pareció acostumbrarse a mí con más rapidez a la que esperaba, no había persistido en tratar de entablar conversación todas las mañanas por más que yo lo ignorase y me trataba con un cuidado que no merecía y del que estaba segura que no le habían dictado para tratar conmigo. Siempre había dado una cara seria, perfeccionista y responsable, pero también era un miembro respetuoso y amable, cosa difícil de encontrar en la mayoría. No parecía corrompido por el dinero y el trabajo oscuro, pero no me extrañaba, era policía. No lo olvidaba, y él sabía que yo sabía lo justo como para añadirle los mismos problemas que yo tenía.

—¿Por qué no has girado a la izquierda? —pregunté notando rápidamente los cambios en la ruta de vuelta a lo que ahora debía volver a llamar casa.

Bourbon medio sonrió antes de cambiar de marcha.

—Han ampliado el perímetro de las obras de la calle, estamos cerca, pero aún así tenemos que dar un pequeño rodeo —explicó descendiendo la velocidad para parar en un semáforo.

Yo suspiré sin apartar la mirada de la ventana, apartando el vaho que había creado mi aliento contra el cristal para poder seguir viendo la entrada noche que me ofrecía Tokio ese día. Las tardes y noches de entre semana eran más tranquilas que los fines de semana, Tokio podía crear fiestas todas las noches del año, pero se notaba que el ambiente y los andares de la gente eran distinto. Y ese miércoles me pesaba más que cualquier lunes.

—Tengo que parar a repostar. Serán dos minutos —comentó sin dejar de mirar hacia la carretera.

No me importó que esos dos minutos acabasen convirtiéndose en cinco, ni que el trafico de la siguiente calle se volviese más denso de repente. Siempre me había gustado pasear en coche, aunque fuese un trayecto al trabajo o pillase una fuerte lluvia de verano.

—Intentaré buscar una ruta alternativa para no perder tanto tiempo el periodo que duren las obras —comentó como método de disculpas. No entendía como nunca perdía esa educación y atención por las cosas. Dudaba en si me molestaba o no.

—No te preocupes por eso —contesté fijando mi mirada en un lugar en concreto —. ¿Podemos parar un momento?

—¿Parar? —preguntó alzando su mirada brevemente para mirarme a través del retrovisor.

—Serán dos minutos —contesté repitiendo su misma frase.

Bourbon estacionó cerca de dónde le había pedido y me siguió con cautela cuando bajé del coche con el paso decidido.

—¿Un café a estas horas? —preguntó antes de pedir un té y pagar por las bebidas —. Deberías pensar en cenar no en tomar más cafeína.

El café no importaba, era una mera excusa para poder respirar algo de aire durante el trayecto de un edifico a otro, ya que había días en los que apenas veía la luz del sol. Gin todavía no habrá llegado cuando vuelva al apartamento y yo me quedaré igual de preocupada esperando a que cruce la puerta. Odiaba que volviesen a llamar a Gin para esas misiones porque sabía que no se trataba de confianza, trataban de utilizarle para poder matar a alguien como excusa si las cosas se torcían o ponían feas. Estos días, eran más tensos que los primeros.

—¿Has visto a Kudo últimamente? —pregunté apartando esa preocupación de mi cabeza para reemplazarla por otra.

—Sabes que no puedo responder a eso.

No podía justificarlo con hechos, pero sabía que había sido él quien le había entregado las fotografías a Gin, solo era una era intuición, pero algo dentro de mí me decía que no me equivocaba.

—No deberías haber vuelto. —Su tono cambió, como si la pregunta fuera más directa, más peligrosa.

—Gin me encontró —d ije sin vacilar, como si fuera una respuesta lo suficientemente válida.

—¿Crees que tampoco sé porqué murió Vodka? —preguntó formando un nudo en el estómago al hacerme recordar esa noche, el olor a sangre y las paredes manchadas —. ¿De verdad sentiste que era una buena idea pensar por un momento en huir con Gin?

—Suenas igual que Kudo —respondí antes de dar un largo sorbo a mi vaso de cartón. Mi tono fue mordaz, y no pude evitar el resentimiento que se colaba en mi voz.

—Después de conocer a Haibara, hace que sea una sorpresa verte actuar de esta manera. Parecías más feliz en esa vida.

—Haibara no era más que una tapadera, una tapadera como todas las que tú tienes —contesté sintiendo que estaba hablando con el maniaco de los misterios —. Estoy agradecida de todas las personas que he conocido, pero Kudo me odiaba cuando me conoció, y lo volverá a hacer cuando se de cuenta de que tampoco pertenecía a su querido mundo.

—Sé que no debería opinar de esto en voz alta, pero siempre he pensado que te gustaba, aunque ahora no sé bien que creer —confesó Bourbon algo dudoso.

—Aprecio a ese idiota, pero no ocupa el lugar en mi corazón que tú imaginas. Kudo, es una gran persona, sin embargo, nuestra manera de vivir y ver la vida es demasiado distinta como para ser compatibles en esta vida.

—¿y con Gin es diferente?

Las palabras me atoraron en la garganta, y por un momento, el aire se volvió espeso. ¿Lo era realmente? No supe qué responder, solo me quedé allí, mirando el vacío ante mí.

—No lo sé —respondí finalmente, más para mí que para él—. S upongo que desgraciadamente para mí, con Gin me sale todo de una manera natural insoportable. No recuerdo el momento en que empecé a mirarle diferente.

—¿Después de todo lo que ha hecho? ¿No has pensado que sólo lo aceptas porque crees que es lo único que mereces? —preguntó Bourbon intentando hacerme recapacitar.

—No voy a seguir hablando de esto contigo —Corté la conversación con dureza.

—Tienes que considerarlo, estoy seguro de que dices estas cosas porque estás confundida. Yo podría ayudarte a salir de aquí, pero tanto yo como el FBI, necesitamos que trabajes para nosotros para ayudarnos a capturar a todos los miembros a cambio, incluido Gin.

—Sabes que no voy a hacerlo —Mi respuesta fue fría, decidida, aunque en el fondo sabía que la lucha que había comenzado no se resolvería tan fácilmente.

—¿Crees que él no lo haría si tuviese la opción? ¿Como crees que reaccionaría él estando en tu lugar? Porque tú y yo sabemos que sería todo mucho más distinto —preguntó tratando de hacerme entender y convencerme—. Es la mejor oportunidad que te van a ofrecer...tienes demasiado sobre los hombros y es demasiado fácil que esto te salpique de pies a cabeza.

—Lo único que sé, es que no conseguiría vivir tranquila haciendo las cosas de esa manera. No me mal interpretes, claro que quiero que la organización quiebre y desaparezca, pero, aunque parezca una idea estúpida e incoherente, después de lo de Akemi no voy a poner mi vida en manos de la policía, ni voy a utilizar a Gin como moneda de cambio —respondí antes de acabar el último sorbo.

—¿Crees que estás enamorada de él? ¿De verdad crees que no mereces a alguien mejor? —preguntó sabiendo que ya estaba preguntando demasiado —. Conozco tu familia y no voy a persistir en abrirte los ojos y tratar de ayudarte, pero no puedo hacer yo todo el trabajo y hay mucha gente que confunde él amor con la necesidad, la obsesión o con el pensamiento de que esa persona puede crear algún vacío que nosotros creamos. Solo espero que no sea ninguna de esas razones lo que te hace querer estar junto a él.

—Déjalo ya, Bourbon —Mi tono ya no era de desafío, sino de agotamiento—. ¿Podemos continuar? —pregunté reanudando mi camino de vuelta al coche para darle a entender de que esa conversación había acabado.