Las yemas de sus dedos entraron en contacto con la piel de su pecho, provocando que sus vellos se erizaran. A modo de respuesta, llevó sus labios a su cuello, apoyándolos suavemente. Las filosas garras de ella, se deslizaron sobre sus hombros, liberándolos de la prenda roja que los cubría.

A modo de respuesta, él llevó sus manos a su espalda, bajando el cierre de su corsé, desprendiendo aquella prenda de su cuerpo, dejando su torso completamente desnudo. Sus ojos transmitían todo lo que sus labios callaban.

Sus cuerpos ardían en deseo, deseo que los consumida en la medida en que sus pieles desnudas comenzaban a tocarse. El silencio sólo era interrumpido por el sonido de sus suaves respiraciones. Ella quitó su cinturón, elevándose sutilmente mientras deslizaba su hakama. Él hizo lo propio con su falda, elevándola lo suficiente como para que su ropa interior fuese visible.

Ambos mordieron sus labios al sentir como sus zonas íntimas rozaban aún con aquella tela de por medio. Sus ojos volvieron a encontrarse, casi como accediendo a aquel acuerdo en el que se fundirían en un sólo ser. Ella se abrazó a su espalda con fuerza, en el mismo momento en que todo de él, la llenó por completo. Él deslizo sus labios sobre su pecho, dejándose llevar por el calor del momento, mientras el vaivén de ella, se sentía cada vez más estremecedor.

Las garras de ambos estaban clavados en las pieles del otro, mientras se dejaban consumir por aquellos movimientos que nublaban sus mentes de placer. Sus respiraciones agitadas se perdían en los labios del otro, devorándose con aquella intensidad con la que se anhelaban, pero que nunca decían.

Sus profundos movimientos dieron paso a que el éxtasis se apoderara por completo de sus almas, haciéndolos vibrar en todo el sentido de la palabra. Ella mordió su hombro, mientras él apretaba sus caderas con fuerza, uniendo su orgasmo al de ella.

Kagome escondió su rostro en su cuello, quizás sintiendo un dejo de vergüenza debido a lo que acababan de hacer, pero aún así, estaba feliz.

- ¿Estas bien? - él rompió el silencio, acariciando la curvatura de su cintura.

- Si. - sonrió, acariciando su pecho.

Ella se elevó, separándose, sin embargo, él volvió a tomar su mano, atrayéndola hacía él y cubriéndolos con su haori. Nuevamente el silencio se apoderó del momento, mientras ella descansaba en su pecho.

- ¿Sucede algo? - preguntó al fin. - Estas muy callado.

Él entrecerró sus ojos, sin apartarlos del cielo azul. Sabía que debía despejar la duda que lo carcomía, pero no quería que aquello se convirtiera en una discusión.

- Hay algo que quiero preguntarte. - el cuerpo de ella se tensó de inmediato, y él pudo notarlo.

- Dime. - buscó su mirada, encontrándose con aquellos dorados que tanto amaba.

- ¿Por qué no quieres casarte?

- ¿Qué? - sus labios se separaron ligeramente, no sólo por la pregunta en si, sino por el brillo determinante que se asomó en sus iris. - ¿Lo dices por lo que nuestros padres dijeron?

- Lo digo porque... esa noche, parecías no estar de acuerdo.

- Bueno... no quiero que creas que es por ti, Inuyasha, pero... la realidad es que no quiero que sea así.

- ¿Así?

- Si, es decir, el tener que casarnos para calmar la situación de aquellas espadas que heredamos. - miró ambas armas. - Se supone que el matrimonio debe ser por propia decisión, no porque nos obliguen a hacerlo.

Entonces, es por eso.

Pensó, sintiendo como los latidos de su corazón volvían a acelerarse rápidamente.

- ¿Quieres casarte conmigo? - soltó sin más.

La mirada de ella regresó rápidamente a su rostro, mostrándose completamente sorprendida.

- Tú... ¿preguntas si es lo que deseo o...?

- Te lo estoy pidiendo, Kagome. Dime, ¿Quieres casarte conmigo? Porque yo si quiero casarme contigo.

Inuyasha...

La imagen perfecta de la lujuria

La tarde transcurrió en un ambiente de completa alegría y familiaridad. Todos querían saludar a los nuevos esposos, estar y compartir cerca de ellos. Kikyo pasó la mayor parte de la celebración, siendo acompañada por Kaede y Sango, mientras que Naraku lo hizo en compañía de Miroku. Los pocos momentos en que todos pudieron reunirse, las sonrisas cómplices y las miradas brillosas, se hacían notar, y no solamente entre los recién casados.

El atardecer se hizo presente, trayendo consigo una hermosa sorpresa para la novia, quien se encontró con sus padres, en la cercanía de la aldea. Sin embargo, aún faltaba algo más, para que la ceremonia fuese completa: La noche de bodas.

Ambos ingresaron a la cabaña, siendo alumbrados por la luz de las estrellas.

- Puedo hacer fuego para poder alumbrarnos.

Volteó a ver a Naraku, quien, sin responder, la tomó de su mano, atrayéndola a él y dejando un intenso beso en sus labios, uno que le robó el aliento. Sus mejillas ardieron, sintiendo como su cuerpo se tensaba de inmediato, y no por miedo o algo parecido, sino por aquel deseo que poseía desde hacia tiempo, y que por fin podría dejar salir.

Se separaron ligeramente, apoyando sus frentes sobre la del otro, mientras sus respiraciones comenzaban a agitarse.

- ¿Estas bien? - preguntó ella, un poco dubitativa.

Él la miró fijamente, atravesando su pecho con el intenso rojo que emanaba de sus ojos.

- Kikyo... ¿estas segura de que quieres esto?

- ¿Qué? - se sorprendió.

- Si no te sientes lista para dar este paso, lo entenderé. - sonrió. - Después de todo, soy el segundo que...

Lo calló, volviendo a unir sus labios en una acción que, increíblemente, escaló aún más que la primera. Él clavó sus garras en su cintura, arrugando la tela de su kimono.

- No hay nada que desee más en este momento, que tus caricias en mi cuerpo. - susurró, sintiendo como su cálido aliento se estrellaba en sus labios.

Volvieron a mirarse, transmitiéndose mutua seguridad. Él llevó sus manos a su cabello, liberándolo de aquella ataduras y dejando que cayera en todo su esplendor, tal y como amaba. Luego, lentamente comenzó a quitarle su kimono, el cuál se deslizó por su cuerpo, como si de una cascada se tratara. Realizó el mismo movimiento con su ropa, quedando en igualdad de condiciones que su esposa.

Tragó saliva, recorriendo el cuerpo de se mujer, grabando cada detalle en su mente. Era perfecta, lo sabía, y el hecho de que fuese completamente suya, lo excitaba aún más.

- Eres preciosa. - murmuró, en un intento de mantener su dulzura.

- Soy tu esposa. - sonrió coquetamente, acortando la distancia entre los dos. - Hazme tuya.

No tuvo que pronunciar una palabra más, ya que él volvió a reclamar sus labios, acariciando cada centímetro de su cuerpo con devoción. Segundos después, ambos se encontraban sobre el tatami, ella con sus piernas abiertas y él entre ellas, preparándose para aquello que ambos habían anhelado desde mucho antes de comprometerse.

- Puedes desistir de la idea ahora si no te sientes segura. - repitió, dejando un beso en su frente.

- No temas. - llevó su mano a su mejilla, acariciándola con suavidad. - Estoy completamente decidida a entregarme a ti.

Sabía que, parte de su inseguridad, radicaba en el hecho de no ser el primer hombre en tener aquel contacto intimo con ella, mientras que, con toda seguridad, ella sería su primera experiencia.

Él asintió, llevando sus manos a la parte externa de sus muslos, elevando sus piernas un poco más, mientras, poco a poco, se adentraba en ella, volviéndose un solo ser. Un suspiro fue la respuesta a esa acción, suspiro que fue acompañado de sus garras, clavándose en su espalda.

- Naraku. - gimió.

Volvió a besarla, comenzando con aquel lento vaivén que terminaría consumiéndolos en aquel acto de amor, en el que sus cuerpos por fin podrían sentirse, disfrutarse, confirmando que habían sido creados el uno para el otro.

Una marea de nuevas sensaciones se apoderaron del cuerpo de Naraku, sensaciones que eran mejores de lo que él había llegado a imaginarse, aquellas noches en las que fantaseaba con su primer encuentro.

Se elevó un poco, observándola desde su altura, sin detenerse. Aquella imagen era perfecta: Kikyo, con sus ojos cerrados, mordiendo sus labios, sus pechos bamboleándose al compas de sus entradas, la imagen perfecta de la lujuria. Su calor abrazándolo, su humedad bañándolo por completo, hacia que le fuese muy complejo el mantener el control y no sucumbir al orgasmo que estaba más cerca que lejos.

- Nara... No puedo... - aquel gemido se convirtió en un grito, mientras el éxtasis se apoderaba de ella completamente.

Y aquello fue el límite, por lo que, tomó sus manos, apretándolas con fuerzas mientras su liberación la llenaba totalmente, y su rostro se posaba en su cuello. En el interior de la cabaña solo resonaron sus respiraciones agitadas, como el eco de lo que acababa de suceder.

- Te amo. - susurró ella, recuperando el aliento.

- Mi Kikyo. - pronunció en el mismo tono. - Te amo como no tienes idea.