13.- La melodía que llama al ayer.


Nota: Este fanfic existe para exteriorizar mis fantasías, por eso no tengo prisa en terminarlo y la trama se desarrolla muy lentamente.


Kotallo pintaba sobre su lienzo frente a una de las cascadas que estaban al fondo del bosque. Pensó si de verdad era imposible para el jefe Hekarro considerar la posibilidad de empezar una familia a su edad. Y comenzó a preguntarse severamente, ¿qué ten terrible podía ser perder la vida poco a poco sin haber llegado a disfrutarla? Recordaba haber visto siempre a Hekarro en su trono haciéndose cargo de todo, y, sin embargo, nunca lo vio reír o hacer algo para sí mismo, porque según en sus propias palabras el verdadero y único propósito de un líder es servir a su pueblo a la vez que el pueblo le sirve a él. Quizá podía ser una manera justa y admirable de pensar, pero el mariscal no dejaba de decirse a sí mismo: «¿qué es lo que quiero hacer yo con mi vida?» Y pensaba muy en sus adentros que, aunque lo supiera, no tenía opción de entregarse a ello porque ya llevaba sobre sus hombros una carga muy pesada que no podía soltar.


Aproveché cada momento desde que desperté para recopilar información y pasarlo bien. Era temprano; desperté junto al alba. Cuando apenas salí de mi habitación con la armadura puesta me encontré con Nel que llevaba en las manos un árbol de raíz, diciendo que estaba a punto de plantarlo en el jardín principal.

—¿Puedo acompañarte? —pregunté.
—Claro —dijo con una sonrisa—. ¿Cómo pasaste la noche?
—Fue muy cómodo. Luego de lo de ayer creo que pude quedarme más tranquila. Esta comunidad es agradable.
—Oh, ¡es cierto! ¡Asalto mecánico no se te da nada mal!
—Supongo que tengo gusto por los juegos con acertijos…
—¡Nos dimos cuenta! Ni siquiera me quedaron ganas de desafiarte.

Reímos. Caminamos por la rampa hasta llegar al último nivel. Me dio gusto recibir los amistosos "buenos días" de todos. Al principio tuve la intención de ayudar a Nel con la tarea de plantar el pequeño árbol, pero el suelo estaba tan contaminado con aquella bacteria rojiza que preferí no hacer nada hasta extender un poco mi investigación.

—Parece que esto va empeorando, ¿no?
—Sí… Aunque es extraño puesto que esto ya se había resuelto antes. Aloy dijo que se encargaría de ello. —Siguió palpando la tierra tras terminar de sembrar las raíces.
—No te preocupes. Ya se me ocurrirá algo.
—¿Se te ocurrirá algo…?
—Para acabar con esto. Sé más de lo que parece. Mientras ideo un plan perfecto voy a pasar el tiempo aquí.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó con genuina curiosidad.
—No estoy segura… —Aproveché el momento para declarar mi nuevo deseo—. Me gustaría trabajar con ustedes mientras estoy aquí. No está en mi naturaleza ser ociosa. He trabajado durante casi toda mi vida… ¿Crees que podría hacerlo?

Ella se levantó del suelo y se puso una mano de cada lado de su cadera. Me vio de arriba a abajo como analizando mi capacidad para la tarea que estaba solicitando.

—¡Claro! Nos hacen falta manos en las parcelas del sur. —Asintió con la cabeza a la vez que ponía una mano en su barbilla mientras pensaba—. Ya que Zo es quien te supervisa aquí por órdenes de la pelirroja, podrías preguntárselo a ella. Estoy segura de que te dará luz verde.
—¡Esperemos que así sea! Cantollano es precioso.
—Le pediré que trabajemos juntas —dijo sonriendo—. ¡Estoy emocionada! Vas a ver que es divertido a su manera.
—Ya lo creo. ¡Adoro la naturaleza!

Terminó de plantar el árbol y siguió acomodando las tablas del jardín mientras que los demás aldeanos seguían con sus labores del diario abonando las plantas y ayudando a los dioses agrestes con las demás tareas. Mientras ella lo hacía, vi algo —o mejor dicho alguien— que captó mi atención. Era una persona que llevaba la piel de color rojo con un tinte parecido al que llevaban las personas que me encontraron en la montaña nevada. Su peinado era tan extravagante como el de Kotallo. Llevaba varias coletas cortas sobre la cabeza como si se tratase de una cresta. También usaba un pañuelo amarillo alrededor del cuello y lo más destacable de su apariencia era aquel pedazo de tela que usaba como antifaz.

—¿Quién es él? —pregunté—. No parece ser Utaru.
—¿Mh? —Nel se giró para ver al hombre que llamó mi atención. Finalmente lo divisó a la lejanía y pronto se le unió otro hombre con una apariencia tan parecida a la suya—. El joven con los ojos vendados es Korreh. Y a su lado está Jaxx, quien podrías decir que es su lazarillo.
—¿Sus ojos…?
—Fue en una pelea contra una máquina de ácido. No es de nacimiento. Pero lo ha sabido llevar muy bien. Podrías hablar con él después ya que también viene de las afueras como tú y ambos comparten un repentino gusto por este lugar.
—Me gustaría hablarle —admití con una sonrisa—. Pero… después.
—¿Te da pena hablar con los hombres? —bromeó.
—¿Qué?, ¡no! Es solo que…, bueno, los Tenakth me dan algo de… miedo.
—Oh, ¿es eso? No te preocupes, Korreh es habilidoso en batalla, pero por lo demás podrías decir que es muy blandito.
—Supongo que me alivia un poco oír eso.

Nel sonrió y yo también. Era mi primera amiga después de tanto tiempo. Sentí que mi corazón volvía a aligerarse tras cada palabra. ¿Cuánto pasó desde la última vez que pasé tiempo con una amiga? Me costó no tener detrás de mis párpados la viva imagen de mi querida Elisabet. ¿Tan siquiera ella me había considerado una amiga como yo a ella? Dolía recordarla y quizá siempre lo haría.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por la pequeña Lea que llegó corriendo desde arriba directamente hacia Nel para abrazarla con ganas.

—¡Lea! Hoy te despertaste con mucha energía, ¿cómo estás? —saludó Nel.
—¡Mamá va a llevarme a rejuntar bayas con ella!
—¿Bayas?, ¡qué rico! Prepararemos un pay con ellas después si te parece bien, ¿sí?
—¡¿Pay?! ¡Sí, sí, sí! —exclamó la pequeña muy contenta.

No pude ocultar mi sonrisa al verla tan entusiasmada. Era una pequeña muy encantadora con unos cabellos rizados muy bonitos. Lea volteó a verme y sonrió. Yo me acerqué y le di unas palmaditas en la cabeza con cariño.

—Buenos días, chicas —saludó Zo llegando poco después—. Vaya, Gaia, parece que te gustan los niños.
—Yo… no lo sé. Nunca tuve la oportunidad de rodearme de ellos. Estoy acostumbrada a vivir entre cuatro paredes rodeada de adultos desde que yo misma era una niña entrando a la adolescencia.
—Bueno, eso está por cambiar. ¿Por qué no vienes con nosotras? Hay un campo cerca que ha comenzado a dar sus frutos.
—Oh, sobre eso… Zo, hay algo que quiero preguntarte.
—¡Ven a recoger bayas con nosotras! —pidió la niña tomándome de la mano.
—Me encantaría, pero…
—¿Qué es eso que quieres preguntarme, Gaia? —cuestionó Zo.
—Me gustaría conseguir un puesto de trabajo aquí en Cantollano. Si es posible, me gustaría ayudar a cuidar la tierra. Tengo un interés personal para dicha tarea.

Zo me miró con curiosidad pero no me dijo que no. Asintió con la cabeza mientras seguía viéndome y yo mantenía sujetada la mano de su hija.

—No tengo ningún problema. Podría dejarte a cargo de los semilleros.
—Eh… Disculpa, Zo, ¿Gaia podría trabajar conmigo? —preguntó Nel tímidamente—. Tenemos trabajo extra en los huertos que acabamos de construir cerca del valle, así que, bueno, pensé que también sería una buena oportunidad para que comenzara a practicar con su arco y lanza.
—Buena idea. Ambas podrían estar juntas, eso me hará sentir mucho más tranquila. ¿Qué opinas, Gaia?, ¿te gustaría trabajar con Nel?
—¡Claro que sí! —respondí.

Nel sonrió y me puso su mano en el hombro en símbolo de amistad. Yo toqué su mano.

—Bueno, pero antes de eso, ¿por qué no se toman el día libre hoy? Vengan a recoger bayas con nosotras. Sirve que conoces el terreno, Gaia.
—Gracias por la invitación, Zo. Pero no puedo abandonar mi puesto mucho tiempo —dijo Nel.
—¿Una hora al menos?
—Pues…
—Vamos, Nel. Pasemos la tarde entre chicas —pedí.

Ciertamente me apetecía pasar una bonita tarde con ellas, pero también se me estaba presentando la oportunidad perfecta para hacer un análisis a fondo sobre la plaga que estaba invadiendo la tierra. Al final entre súplica y súplica, ella aceptó y nos encaminamos las tres hacia el campo en busca de bayas silvestres. Para fortuna de todas y sobre todo de Lea, había muchas bayas por todos lados. Su canastito se llenó rápidamente y también el canasto de Zo. Cuando completamos casi la hora rejuntando bayas, el sol comenzó a subir más y ninguna llevaba un sombrero, por lo que comenzó a ser una mejor idea volver a la base de Cantollano para descansar un poco. La mañana me pareció entretenida y comencé a pensar mucho sobre el pay que Nel dijo que prepararía. Ello descarriló recuerdos casi perdidos sobre mi madre y el pastel de zanahoria que preparaba.

Para distraerme de la tristeza del pasado y cumplir con mi misión comencé a escanear la plaga de las plantas y pensé en los métodos que podría emplear para extinguirla de una vez por todas.

Cuando terminamos de juntar las bayas volvimos al centro del territorio junto a los demás.

—Por cierto, Gaia, qué bonito atuendo llevas puesto. El rosa queda bien con tu color de piel.
—Ay, ¿en serio? —Me ruboricé—. Gracias, Aloy lo eligió para mí.
—Puedes cambiar de atuendo siempre que quieras cuando comiences a ganar esquirlas. Si puedes encontrar flores especiales también te darán un tinte nuevo.
—Suena bien.
—Chicas… —habló Nel—. Es hora de que me retire. Le prometí a Ven que no lo dejaría solo arando la tierra.
—Oh, claro. Adelante, Nel. Puedes venir con nosotras más tarde.
—¡¿Vendrás a hacer pay de bayas!? —preguntó la pequeña Lea con una sonrisa enorme dando saltitos de impaciencia.
—¡Claro que sí! Al final del día…
—Voy contigo, Nel —dije—. Si no es molestia para ti que empiece a trabajar ahora.
—No es molestia. Voy a enseñarte lo básico.

Nos dividimos. La zona en donde trabajaría con Nel estaba bastante alejada. Caminamos al menos unos veinte minutos sin parar hasta que nos encontramos con el muchacho que era su compañero.

—¡Hola, Ven! ¿Esperaste mucho?
—No. Como puedes ver comencé antes, cuando el sol no pegaba tan duro. —Sonrió. Luego se giró para verme.
—Ella es Gaia. Va a trabajar con nosotros a partir de ahora.
—¡La recuerdo! La forastera que anoche les dio una paliza a todos en asalto mecánico.
—Yo no diría una paliza… —Me reí por su primera reacción al verme. Le extendí la mano—. Mucho gusto, soy Gaia. —«Al menos eso creen todos ahora», pensé.
—Hola, Gaia. Soy Ven. —Estrechó mi mano suavemente—. ¡Esperemos que Nel no te estorbe! Es más torpe de lo que parece.
—¡Oye, eso no es cierto! —exclamó sonrojándose.
—Vaya, ustedes se llevan bien. —Volví a reírme.

Ambos se parecían mucho. Para mi sorpresa no eran hermanos ni nada.

El día fue divertido pasándolo con ellos. La tarea era demandante por el simple hecho de tener que permanecer horas bajo el sol, sin embargo, oírles hablar era divertido y al mismo tiempo enriquecedor para mí con todos los conocimientos del nuevo mundo que podía recopilar. No faltaba la situación en la que mencionaban vagamente al Rey Sol Loco o a Banukai o quizá a los rebeldes de Regalla y todo ello me servía. A veces Nel me hablaba de Zo y lo poquito que sabía sobre Aloy. Lo más sorprendente para mí fue saber que todos ignoraban nuestro legado; el legado de Elisabet, Zero Dawn.
A pesar de eso, logré comprender un poquito mejor mi alrededor. Me daba pena pensar en Lea que siendo tan chiquita ya sufría de la ausencia de su padre a causa de una muerte injusta, pero me reconfortaba saber que tenía a su madre. A diferencia mía que ya no tenía a mi madre y sufría por ello pese a ser una mujer adulta.

Entonces me di cuenta que sentía envidia por todos aquellos que tenían compañía. Pues, ¿yo donde podría encontrar una nueva familia? Pensarlo era todavía muy difícil, pues incluso en el mundo antiguo no encontraba la manera de formar una familia. Y, a mi manera, encontré la forma de hacer esos pensamientos de lado y solo me concentré en escuchar las historias que Nel y Ven tenían para contarme. Poco a poco el sol fue moviéndose de su sitio (una manera muy coloquial de decirlo puesto que el planeta simplemente había rotado sobre su propio eje) y me tomé un descanso. En nuestra zona no había máquinas que nos ayudaran con la tierra, así que arar buen mucho más tardado de lo que esperaba que podía llegar a ser, pero los caminos iban quedando de maravilla así que estarían listos muy pronto para que en los próximos dos o tres días pudiéramos plantar las semillas de las hortalizas que se cosecharían en unos meses en adelante. Con todo, la lección de Nel fue entretenida y enriquecedora, pues mis métodos de cultivo se limitaban únicamente a mis conocimientos domésticos.

Tomé el arado, un pico, y me lancé a la rigurosa tarea de limpiar cada parte de la parcela que me tocó cuidar. Era un terreno amplio, así que durante poco más de dos horas estuve totalmente sola con mis pensamientos. Cuando creí haber terminado o al menos avanzado lo suficiente, volví a reunirme con Nel y Ven para comer algo. La comida fue sencilla: maíz hervido y cocido en una especie de estofado con una ensalada de diferentes verduras y granos de granada.
Los tres descansábamos bajo la sombra de un enorme y frondoso árbol que se destacaba entre el terreno plano. El aire era fresco y el sonido de los pájaros canturreando comenzó a arrullarme cuando apenas terminaba de masticar una calabaza.

Sonreí al recordar las tardes en las que comía palomitas de maíz mientras miraba un programa de televisión junto a mis amigos luego de la escuela y mi sonrisa se borró poco después al darme cuenta de que no recordaba las caras de aquellos a quienes alguna vez había llamado amigos.

—¿Los Utaru preparan el maíz de alguna otra forma? —pregunté.
—A veces los tostamos en una hoguera —respondió Nel—. Saben muy bien de esa forma…
—También saben bien cuando se hierven junto a la sopa —complementó Ven.
—¿No han hecho palomitas de maíz entonces? —pregunté y ambos negaron con la cabeza—. ¡Qué cosas! Al rato les enseñaré cómo se hace. Es una forma rica de comer maíz y el proceso es divertido.

Ambos se entusiasmaron con la idea. El simple hecho de que una forastera les ensenara algo desconocido ya les entusiasmaba.

El día transcurrió más rápido de lo que pude darme cuenta y para cuando ya estaba oscureciendo me dirigí a las bañeras de la localidad para deshacerme del sudor y la tierra que llevaba encima. Lavarme el cabello fue una sensación asombrosa después del trabajo arduo. Después de secarme y ponerme algo de ropa cómoda me dirigí de nuevo hacia mi habitación en Cantollano. El camino durante la noche era tranquilo y en cierta parte hasta tenía esa sensación reconfortante al estar rodeada por los Dioses Agrestes que no hacían más que cuidar de las tierras y las hiervas. Me deleité un momento por la vista nocturna. Ya llevaba mucho rato estando sola puesto que mis compañeros decidieron tomar una ducha mucho antes de que yo lo hiciera y ahora se habían retirado a la zona principal. Después de todo, Nel prometió pasar la noche con Lea preparando aquel pay de bayas que mencionó y estaba segura de que Ven fue un invitado más junto a Zo. Antes de ir con ellos para ver en qué podía ayudar, me fui a buscar unos granos de maíz que se vieran prometedores para poder hacer palomitas, y, de ser posible, buscar en algún botín un poco de mantequilla o preguntar por ella. El segundo ingrediente fue más difícil de conseguir, pero me di la tarea de buscarla.

Ya había caído la noche y las farolas eran lo único que alumbraba tenuemente a Cantollano.

Apenas iba entrando al recinto cuando un sonido melifluo a la lejanía me llamó. Era el canto de un instrumento desconocido. Se le parecía mucho a una trompeta o a una flauta, quizá a un saxofón o un clarinete. Y pensé que fuera lo que fuera debía averiguar de qué se trataba. Cuando entré de lleno vi a muchos de los lugareños entretenidos en sus tareas nocturnas; jugaban Asalto Mecánico, dibujaban, platicaban o preparaban la cama para irse a dormir y descansar apropiadamente antes de otro día de arduo trabajo.
Aproveché para dar una vuelta y seguir indagando sobre lo desconocido.

Finalmente le vi de espaldas tocando un instrumento que no pude reconocer. Era el muchacho que vi por la mañana; aquel que me causó tanta intriga a causa de su ceguera.

Me acerqué de poco en poco y me tomé la libertad de escucharle con atención al menos unos dos minutos. Sin embargo, pareció sentir mi presencia y detuvo la canción que tocaba.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó.
—Disculpa. Se supone que iba a mi habitación, pero, te oí tocar y… necesitaba ver de qué se trataba.
—Oh. —Simplemente sonrió.
—Bueno, ya no te molesto. Me voy, buenas noch…
—¿Hemos hablado antes?
—No. —Negué con la cabeza, aunque él no podía verme. Aproveché para presentarme—. Soy Gaia.
—Ah, ¡la recién llegada!
—Sí, así es. No te había visto por aquí. Ayer por la noche tuve la suerte de jugar ese famoso juego de mesa con muchos residentes de por aquí… —Sonreí.
—Oí algo sobre eso —dijo entre risas—. Jaxx dijo que eras muy buena.
—Puede ser —dije con cierto tono de alarde y media sonrisa.

Tras un breve momento de silencio, preguntó:

—¿Ya ibas a la cama?
—No en realidad. Sigo merodeando por Cantollano incluso por la noche. El lugar es muy bonito y no estoy acostumbrada a tener la mente despejada a ninguna hora.
—¿Te cuesta dormir?
—Sí —admití con pesar.
—A mí también. —Resopló—. Es por eso que a veces vengo a tocar aquí… Nadie se queja, al parecer todos aquí aman la música tanto como yo.
—También me gusta. Nunca había visto ese instrumento que tocas.
—¿En serio? Supongo que incluso entre nosotros es algo nuevo. Su canto transmite una sensación tranquilizante.
—Sí… Es bello.

Sonreí al verle ahí sentado a la orilla, cerca de uno de los balcones. Transmitía un sentimiento de paz que me había abandonado desde hace mucho tiempo.

—¡Qué mal educado soy! Me dijiste tu nombre, pero yo no me he presentado… Soy Korreh.
—Mucho gusto, Korreh. La verdad es que Nel ya me había dicho tu nombre —dije entre risas.
—¿Eh?
—Pues… porque… te vi desde las afueras cerca de los huertos. Ella me ha estado recordando el nombre de todos aquí para que me familiarice. —Me arrepentí pronto de mis palabras puesto que me avergonzaba admitir que su ceguera fue la que llamó mi atención en primer lugar.
—Oh, entiendo. —Sonrió.
—Bueno… Creo que ya me voy.
—¿Qué harás?
—No lo sé. Rondar por ahí…

Pensé en seguir revisando mis datos del foco o quizá analizar el sinfín de notas que había hecho hasta el momento en mi libreta, pero ambas opciones me generaban una sensación de cansancio. Pensé en ir con Zo, Nel y Lea a hornear el pay de bayas y también a preparar las palomitas, pero acababa de trabajar mucho durante todo el día bajo la radiante luz del sol y mis brazos y piernas estaban de verdad muy cansados. Sin mencionar que todavía no conseguía la mantequilla.

—Quédate. Después de todo tampoco puedes dormir, ¿no?
—¿No te molesta? Tocabas pacíficamente…
—Podemos hablar. Quizá ya te diste cuenta, pero al igual que tú tampoco soy Utaru. Me apetece intercambiar palabras con alguien fuera de la zona.
—Está bien. —Asentí—. Pero, cuando terminemos de hablar tienes que dejarme escuchar la melodía de antes.
—Claro que sí. —Se sonrojó.

Entonces me senté a un lado suyo cruzada de piernas viendo hacia la lejanía desde el balcón mientras que nos envolvía la oscuridad y éramos tenuemente iluminados por los farolitos y veladoras de la residencia.
Y de pronto pareció que cualquier tema de conversación podía haberse disipado automáticamente de entre los dos porque ninguno se atrevía a hablar primero.

Había que admitirlo: el ambiente que se generaba entre un hombre y una mujer en total soledad a altas horas de la noche era abrumador y apasionante a la vez, sin importar de qué clase de encuentro se tratara.

—Esto me sucedió en medio de una batalla en la que no había nada qué hacer para poder escapar ileso —dijo finalmente colocándose una mano sobre la venda de los ojos—. Tenía que salir muerto o medio muerto. Esa vida dejó de gustarme, pero ya era muy tarde para un arrepentimiento… De cualquier forma, terminé aquí y debo decir que es mejor que cualquier otro sitio en donde podría desear estar.
—Lamento lo de tu vista.
—Afortunadamente he tenido buenos amigos a mi lado.
—En un mundo lleno de peligro como este es necesario rodearse de mucha gente… —Mis palabras se sintieron como un pensamiento en voz alta.
—¿Peligro?
—No estaba acostumbrada a ser víctima de las máquinas, pero hace tiempo fui atacada por una. Todavía tengo la cicatriz. Por eso creo que encontrar un lugar como este es reconfortante…
—Oh, lo siento. No creí que también hubieses sido atacada.
—Pues, fue una bestia pequeña en comparación a tu contrincante seguramente. Pero, sí, fui atacada.
—¿Es por eso que también viniste a Cantollano?
—No… Lo mío aquí fue repentino. Y es temporal. No sé cuánto tiempo me quedaré.
—¡Deberías considerarlo muy bien! La vida aquí es agradable y no se respira un aire más fresco en ninguna otra parte.
—Eso es verdad. Tuve la suerte de trabajar hoy con los cultivos, o al menos con los espacios en donde irán los cultivos. Este lugar es hermoso.
—Sí, y ya sabes cómo nos criaron a nosotros los Tenakth. Siempre es pelea tras pelea.
—Oh, no, yo no soy Tenakth.
—¿Ah, no? Hum… —Intentó adivinar—. ¿Banuk?
—No.
—¿No? Escuché a algunos decir que "la forastera" que venía con Zo y la pelirroja llevaba puesta una armadura Banuk.
—Ah, esa armadura fue prestada. —Recordé el momento en que Kotallo pagó por el atuendo en mi lugar.
—Entonces… ¿Carja?
—No. En realidad yo…
—¿O quizás eres Oseram?
—No pertenezco a ninguna tribu.

Esa declaración le robó el habla. Para él no era lógico pensar que existiese una persona que no pudiera identificarse con ninguna clase de "nacionalidad", como lo llamaría yo con modernidad.

—Bueno, sabía que eras diferente, pero no me esperaba algo así. ¿Es una larga historia?
—Larga en verdad.
—¿Te molesta si te pido que me la cuentes?
—No me molesta, pero tampoco creo que pudieras entenderlo. No quiero decir que no seas bueno escuchando, pero no soy la mejor para relatar mis vivencias. Es… un caso perdido. —Agregué—: Además, vas a pensar que tengo un tornillo zafado de la cabeza.
—¡Claro que no! —Comenzó a reírse.
—Créeme… Lo harás. —Me reí también.

Korreh se quedó en silencio con una sonrisa bien puesta en el rostro sin seguir insistiendo. Era un hombre lindo; era divertido y no me presionaba aunque su curiosidad lo estuviera carcomiendo. Al final fui yo la que retomó el tema.

—¿Has oído hablar del viejo mundo?
—¿Te refieres a los Antiguos?
—Sí.
—Bueno, ellos conforman a Los Diez. Claro que he escuchado sobre ellos. Sus hazañas fueron admirables.
—Pues, no es precisamente de Los Diez de quienes quiero hablarte, sino, de mí. Soy una de ellos. Es decir, no precisamente formo parte de aquellos a quien ustedes admiran, pero, viví hace mucho tiempo en ese mundo que ahora no existe. Es por eso que estoy buscando un nuevo rumbo.

Él se quedó sin palabras y me arrepentí de haber dicho eso tan de repente, pero al fin y al cabo estaba satisfaciendo su anterior curiosidad.

—¿Ves? Te dije que no era buena hablando.
—¡No, no, no! Es solo que…
—Piensas que miento.
—¡Para nada!
—¿De verdad?
—Pues, no voy a decir que tu historia no me parece difícil de creer, pero…, te creo.
—¿Por qué? —pregunté entornando los ojos—. No creo que hayas conocido antes a alguien que haya nacido hace unos 900 años y pico.
—Pues no. —Se encogió de hombros—. Pero a veces llegué a pensar que podía ser posible. He oído historias… Los Quen a veces decían cosas sobre el mundo antiguo que todos los demás ignoraban y que decían que podían ser solamente falacias. Pero yo he creído que cada palabra es posible. A veces hablaban sobre los "ancestros renacidos" y me hacía volar la imaginación. Pero, claro, tenía que fingir que el tema no me apasionaba.
—¿Por qué hiciste eso?
—Porque… —bajó la voz y se acercó un poco más a mí— …no soy muy creyente de Los Diez.
—En… ¿En serio? —Me sorprendí.
—Ahora eres tú la que piensa que yo soy el raro, ¿no? —Hizo pucheros.
—¡Claro que no! —exclamé, solté una risa y puse mi mano en su hombro palpándolo con cariño—. ¡No pienso eso! Uno tiene la opción de elegir en qué cosas creer y en cuáles no. Ya ves a Aloy… Los Nora le hicieron la vida difícil por no inclinarse ante… una puerta.

Él se quedó en silencio y finalmente sonrió. Pude escuchar su ligero suspiro de alivio. Palpó su alrededor hasta que pudo encontrar mi hombro y me tentó justo como yo hice con él.

—Gracias.
—"¿Gracias?"
—Tú sabes. Por hacerme sentir menos culpa. Temía que nadie fuera capaz de entenderme.
—Ah, ¡no te preocupes! —Sonreí—. Seguro que eso tuvo que haber sido un gran peso.
—Sí. Es posible que Hekarro me hubiera desterrado por mi pensamiento. Es por eso que nunca he hablado de ello con nadie. —Guardó silencio por un efímero momento—. Solo contigo.
—¿No es extraño?
—Confío en ti. —Me sonrió cálidamente—. Y creo cada una de tus palabras. Tu forma de hablar es extraña, además.
—¡¿Qué?!, ¿de verdad? Pero, ¿Qué quieres decir con eso?
—Tu acento y las palabras que usas. Son diferentes pero por alguna razón puedo entenderlas.
—Ah.
—Por eso pensé que si decías haber nacido hace mucho tiempo, entonces, te creería.
—Gracias.
—No deberías agradecerme a mí. Eres la primera con la que he podido abrir mi corazón.

Entonces ambos nos quedamos callados. Era evidente que se arrepintió de inmediato por sus palabras. De haber podido, me hubiera dado cuenta de que el color de su rostro era de un rojo intenso, y no precisamente por la pintura. Y cuando quise comprobarlo conmigo misma también me di cuenta de que mi rostro estaba tan caliente como el suyo. Ya había pensando momentos antes que la convivencia entre varones y mujeres era algo complicada porque la amistad tiene a transformarse de a poco en un romance, ya sea correspondido o no. E incluso cuando dicha convivencia no evolucionaba hasta tal punto siempre había un momento determinado en donde las palabras eran difíciles de intercambiarse sin que no se asomara un leve destello de deducción inconsciente. Por eso me tranquilicé diciéndome a mí misma que no pasaba nada si simplemente tomaba esas palabras como un elogio normal.

—Hablaremos más seguido —dije—. De esta forma tendrás menos que guardarte para ti solo.

Él sonrió.

—Me encantaría.
—Pero, ¿sabes algo? A mí no me gusta hablar de mí. Soy mucho mejor escuchando. Espero que no te moleste si de repente dejo de hablar del mundo antiguo. Específicamente de mi vida.

De repente me di cuenta de que no había usado mi vida para otra cosa sino solamente para estar a la disposición del perfeccionamiento de un proyecto que no funcionó y me entristecí.

—No tengo problema con eso. Era solo curiosidad. Ya decía yo que no hablabas como Tenakth.
—Tú tampoco —dije a modo de juego y él comenzó a reírse otra vez, todavía con su instrumento musical entre las manos.
—¿Y cómo sabrías de qué forma hablan los Tenakth?
—Ellos dieron conmigo. Conocí a dos de los mariscales de Hekarro… Uno de ellos era muy amable y el otro traía un coraje inexplicable contra mí. Es gracias a este último hombre que sé lo duros que los Tenakth pueden ser. —Y aclaré—: Pero tú no, Korreh. Tú eres amigable.

Me perdí viendo hacia la lejanía. Vi las montañas a lo lejos y me imaginé atravesándolas dentro de unos días. Un cansancio mental me evadió y bostecé con fuerza.

—Deberías ir a dormir. Hoy tuviste un día cansado… Escuché a muchos decir que la recién llegada estaba trabajando junto a Nel y Ven arduamente.
—Y esa soy yo definitivamente —dije entre risas. Él también se rio—. Sí, quiero dormir, pero como dije, por las noches mi mente se pone muy activa… Parece que no se da cuenta de que mi cuerpo está exhausto.
—Será una larga noche para los dos.
—Aprovechando el momento calmo, ¿por qué no vuelves a tocar la melodía de antes?
—Claro.

Korreh tomó el instrumento y comenzó a tocar. Me quedé quieta viendo hacia la lejanía y sonreí. Hacia muchísimo, muchísimo, muchísimo tiempo que no escuchaba música de ningún tipo. Desde que me encerré junto con Elisabet y Faro olvidé por completo lo que era disfrutar de los pequeños placeres de la vida. La sensación de abatimiento y esperanza combinados oprimió mi corazón. Era tan bello, tan puro, tan humano… que solo sentí ganas de llorar en silencio. Sin embargo, no podía permitirme algo así en un momento tan pacífico y cerré mis ojos con fuerza obligándome a sonreír con tranquilidad. Korreh era un chico dulce, tanto como la melodía que tocaba con su instrumento.

Era hermoso.

Cuando terminó, aplaudí con delicadeza y una sonrisa en los labios.

—Fue precioso. ¿Aprendiste solo?
—Sí… Siento que la música es una parte de mí. Por eso siento que aquí estoy en mi casa.
—¡De verdad que me encantó! Me conmoví mucho. Incluso antes de llegar aquí yo no había disfrutado de una melodía como esa. Es como llamar al ayer. ¿Cómo decirlo? Me trajo muchas memorias.
—Puedo enseñarte si quieres.
—¿Deveras?
—Sí. Así podrás escuchar algo de música siempre que quieras. Aunque ahora no tengo otro instrumento además del mío —dijo con tristeza.
—Oh, no hay problema… Ya habrá momento para aprender.

Volvimos a quedarnos en silencio. De verdad que el cansancio me estaba ganando así que simplemente me incorporé y me estiré.

—Bueno, Korreh, es hora de que me vaya. Estaré un poco más arriba con Zo, Nel, Ven y Lea. Les prometí que les ayudaría a hacer un pay. ¿Quieres venir?
—Gracias, pero paso… No creo que les agrade mucho mi presencia allí.
—¿Por qué no? Dijiste que aquí se sentía como tu casa.
—Simplemente… no, gracias —dijo con media sonrisa.

Suspiré sin nada que hacer.

—Bueno. Puedes ir si gustas. Estando yo, jamás permitiría que hicieran menos a alguien. —Y mis palabras de un momento a otro me parecieron una exageración porque todas esas personas parecían ser súper amigables—. Por cierto, ¿en dónde está la cocina por aquí? Necesito algo de mantequilla.
—Tendrás que bajar. En una de las habitaciones de la izquierda tienen todos los alimentos.
—Gracias.

Fui a la dichosa cocina y encontré con mucha suerte la mantequilla que estaba guardada en un barril de madera. Tomé un poco con una espátula y me la guardé en un recipiente también de madera. Me sorprendió mucho ver que la cantidad de alimentos no derivaba mucho de entre las verduras y productos lácteos, careciendo de quesos, carnes, huevos y pan. Había montones de hortalizas y envases con mermeladas. No me pareció justo tomar demasiado, por lo que la cantidad de ingredientes que llevé conmigo fue mínima. También tomé una olla y subí con Zo y los demás.

—Buenas noches —dije, saludando a todos.
—Hola —respondieron al unísono.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Zo.
—Maíz, mantequilla y sal.
—Oh, ¿harás eso que dijiste del maíz explosivo? —preguntó Ven.
—Sí, así es. —Me reí—. Veo que terminaron de hacer el pay de bayas. ¡Y yo que venía a ver en qué podía ayudar!
—¡Pero aún no lo comemos! Mamá dice que hay que esperar hasta que se enfríe —dijo Lea.
—Debes estar impaciente, ¿verdad? Huele muy rico.
—¡Sí! —exclamó la niña de nuevo sin quitarle la vista al postre.

Sonreí con solo verla de esa forma tan inocente, casi comiéndose el pay sobre la mesa con la mirada.

—Gracias por venir, Gaia —me dijo Nel—. Creí que terminarías dormida muy temprano después de lo de hoy.
—Cómo crees. —Sonreí—. Bueno, ¿alguno podría ayudarme a encender una hoguera? Necesitamos fuego para hacer las palomitas.
—Claro, yo te ayudo —habló Ven—. ¿Vamos al centro?
—De acuerdo.

Cuando la hoguera se encendió, los cinco nos sentamos alrededor para tomar algo de calor. Después puse a calentar la mantequilla en la olla y cuando estuvo derretida agregué los granos palomeros. Para entonces se calentaron y de poco a poco comenzaron a explotar. Ellos estaban maravillados al ver cómo el maíz había comenzado a explotar; la pequeña Lea había comenzado a reírse ante la cómica escena de un montón de adultos que no sabían qué hacer cuando se olvidaron de conseguir una tapa para evitar que las palomitas explotaran a todas partes. La niña juntaba los granos inflados y los comía uno tras otro. Al final improvisé con una tapadera de hojas de palmera que encontré y siguieron cocinándose normalmente. Entre risas los cinco permanecimos alrededor de la hoguera comiendo palomitas de maíz luego de agregar un poco de sal a cada porción. Todos estaban maravillados con ello diciendo que nunca habían visto nada igual y que creían que hasta el momento solo usaban los granos para alimentar al ganado.
El solo verlos a todos riendo me hizo sentir feliz. Creí que podía llegar a ser la primera vez que yo me volvía el centro de atención. Después de todo, no era el tipo de persona que dice algo gracioso y hacer reír a todo el mundo. Simplemente el haber creado un momento divertido me hizo contentarme conmigo misma.

Comimos pay, palomitas, y charlamos durante toda la noche. Nel y Ven no dejaban de hacerme preguntas relacionadas con mi antigua vida y aunque no me molestaba del todo responder vagamente fue Zo quien les pidió que se guardasen la lluvia de preguntas para después. Lea escuchaba atentamente recostada sobre el regazo de su madre atontada a causa de haber cenado de más. La escena me dio mucha ternura, así que acaricié los rizados cabellos de la niña.

Esa noche estaba demasiado cansada y aunque en ratos no podía dejar de reír por los chistes espontáneos de todos, la tristeza y el estrés tarde o temprano se hacían campo en mí. Era una especie de tortura que ya formaba parte de mi rutina en mi pobre existencia.

Llegada la hora de dormir definitiva, todos nos retiramos a nuestras habitaciones.



Nota:
¡Error mío! Al parecer en este juego ya existe una NPC que se llama "Lea" y precisamente es Utaru. PERO, ese nombre me gusta mucho para la hija de Zo y Varl así que no lo cambiaré.

P.D. Hoy es 04 de abril, así que, ¡feliz cumpleaños, Aloy!