ojo, hay quienes me escribieron diciendo que no se podía leer el capítulo 5, así que asegúrense de haber leído el anterior antes de seguir.
VI
Los tacones de Sakura resonaron en el piso por su trote apresurado, se quitó la capucha amarrilla arrojándola al suelo para no empapar su asiento. Las cabezas enfundadas con gorros azules de los niños flotaban en el agua de la piscina, Sakura pudo reconocer las devotas brazadas de su hijo.
El silbato del entrenador anunció el final de la jornada y los padres de familia presentes aplaudieron poniéndose de pie.
—Señora, ¿por qué se arriesgó a venir? —reprendió Ellinor, contemplando la torrencial lluvia a través de los ventanales del recinto techado—. El niño se dio cuenta hace mucho que usted no estaba presente, es demasiado perspicaz.
Sakura infló las mejillas, en Tsubasa residían dos personalidades, una tímida e introvertida y otra aguda e insondable, carecía de la candidez desmedida de su madre a su edad. Incluso de adulta mantuvo un alto grado de ingenuidad, tanto así que creyó que enredarse con un hombre casado no acarrearía consecuencias.
Los niños salieron emocionados de la piscina rodeando a su entrenador como un cardumen de sardinas migrantes, después de que los ojos de Alexander se fijaran en Tsubasa, instintivamente buscó a la madre del pequeño entre la multitud, batiendo una mano en el aire para saludarla.
La mirada del resto de padres de familia se giró en su dirección, Sakura se dejó caer en su asiento de golpe, fingiendo que el gesto no fue dirigido a ella. Los rastros de lluvia que enfriaban su rostro se evaporaron con el sonrojo que aquello le provocó.
—No lo puedo creer —cacareó Ellinor—, la descuido un fin de semana y me recibe con la sorpresa de un nuevo pretendiente.
Ellinor era tan blanca que su rostro se ruborizaba con facilidad al reírse o exponerse al sol, sus largas canas platinadas iban recogidas en un moño prolijo. Su mano robusta se posó en la rodilla escuálida de Sakura, quien ahora presumía un peso menor al de su época de soltería, después de años en aquel país su paladar seguía sin adaptarse a la comida y sufría la escases de productos asiáticos en las tiendas locales.
—Alexander Melberg —El tono de Ellinor fue sugerente y juguetón—. Luce tan bien en su bañador, aunque estaría mejor sin él.
—¡Ellinor! —chilló Sakura, observando de soslayo el cuerpo del entrenador. La niñera tenía razón, un pecho amplio y una cintura estrecha eran por sí solos un tremendo atractivo, eso sin sumar la cara perfectamente esculpida que presumía.
—Señora, pienso que hay oportunidades que no debería pasar por alto. Ha rechazado innumerables pretendientes a lo largo de los años, ¿no extraña esa sensación de calidez que solo un hombre es capaz de proporcionar?
Sakura miró más allá del paisaje, su mente se trasladó a la habitación sobria y discreta que se convirtió en su idilio recurrente en el pasado. La paz de su corazón se perturbó con el eco de la voz del padre de Tsubasa repitiendo su nombre mientras la acariciaba con suavidad.
Entonces le entraron ganas de llorar.
—Quizás tengas r-razón —admitió clavándose las uñas en las palmas—. Necesito…
—¡Sí! —Ellinor se adelantó a contestar poniéndose de pie con euforia—. Me quedaré a dormir con el niño cualquier noche la semana.
Sakura sacudió la cabeza, entrando en razón.
—Deja de decir tonterías —balbuceó avergonzada—. Tengo todo lo que quiero para ser feliz. Un trabajo en el que me reconocen, una casa para mí sola y un hijo que me da todo el amor que necesito.
Ellinor suspiró tocándose la frente con decepción, inició su marcha para descender al área de la meta.
—Como madre de dos hijos, puedo asegurarle que su dependencia no es eterna. Tsubasa crecerá, se irá de casa y usted se quedará más vacía que al principio. Uno no puede vivir de recuerdos, señora.
Sakura retorció las manos en su regazo, ansiosa. El primer esposo de Ellinor murió antes de que ella diese a luz a su primer hijo, ocho años después encontró consuelo en los brazos del padre de su segundo hijo, el cual murió de cáncer pulmonar el mismo año que Sakura se mudó a Setermoen.
Tsubasa y ella llenaron su nido vacío, la mujer no se cansaba de repetírselo.
Si Tsubasa cumplía su sueño de convertirse en un verdadero atleta, el nido de Sakura se secaría antes de lo predicho. Sin embargo un nuevo marido no era garantía de nada, eludía a los hombres porque tendía a imaginar que detrás de sus actos corteses se ocultaba una magnifica mentira.
—¡Mami! —Tsubasa corrió pasando de largo a Ellinor que lo perseguía intentando colocarle una toalla en los hombros.
Sakura abrió los brazos para recibir a su pequeño cachorro, lo pegó a su cuerpo sin importarle que él estuviese empapado y giró con él una vez antes de devolverlo al suelo. Se estaba poniendo pesado, dentro de pronto ya no sería capaz de cargarlo.
—Mi amor, estuviste perfecto.
Alexander se les acercó y tomándolos desprevenidos a ambos, alzó a Tsubasa sobre sus hombros. El niño gritó, las orejas se le sonrojaron, sus piernas colgaban a los lados de la cabeza del entrenador y encontrarse a esa altura le resultó vertiginoso, no obstante su inquieto corazón se llenó de vigor.
A medida que crecía, comenzó a notar que era casi el único de sus compañeros que no tenía un papá con el cual jugar a la pelota o al avioncito. Se sintió tan dichoso que, se aferró a la cabeza de su profesor con las manos temblorosas, su mamá no dejaba de mirarlo con preocupación.
—Alexander…
—Hola, mamá —Alexander aprovechó la distracción del niño para darle un guiño, el pulcro vestido blanco de Sakura se transparentaba ahí donde tuvo contacto con su hijo. Sus senos eran dotados y su cintura bien estrecha, en cada uno de sus encuentros, desvelaba una dote distinta de ella—. Tu muchacho es imparable, con una buena guía, será capaz de competir contra los grandes en el futuro.
—Gracias —Sakura extendió los brazos para obtener de vuelta a su hijo.
La atención de todos estaba sobre Alexander y Sakura no deseaba generar confusiones.
Con una expresión descontenta, Alexander le entregó al niño.
—Lo que dije va en serio, tu chico tiene talento.
Ellinor se les acercó con una toalla y Sakura dejó a Tsubasa con ella.
—Entonces, ¿estás sugiriendo que adicionemos clases privadas?
Alexander asintió, sus ojos azules eran profundos y Sakura no dejaba de sentir que la absorbían.
—No es necesario un cobro adicional…
—Insisto, comunícame más adelante el costo de tus honorarios.
Con una arruga marcada en el ceño, Sakura se cruzó de brazos para retirarse, fue una sorpresa descubrir que ese tipo estaba mirándole el escote. Aunque minutos atrás, ella también le lanzó una vista descarada a su cuerpo semi desnudo aprovechándose de su distracción. Se podía considerar que estaban a mano.
Alexander no se rindió, apresurando sus pasos para caminar al lado de Sakura.
—¿Arreglaste tu coche? Note que Ellinor y Tsubasa llegaban en taxi.
—Está en el taller, la llanta ponchada es el menor de sus problemas. Todos los mecánicos de la ciudad están saturados de trabajo con esto de las lluvias, con suerte lo tendrán listo la próxima semana.
—¡Genial!
Sakura estudió a Alexander con los ojos bien abiertos, ¿se alegraba de su infortunio? Abrió la boca dispuesta a quejarse cuando él le dio una sonrisa maravillosa.
—Yo los llevaré a casa.
Se largó a toda velocidad a los vestidores. Ella no tuvo oportunidad de informarle que un coche de alquiler los esperaba afuera, irían por Tomoyo a la terminal.
—Apresúrate —Sakura le masculló la orden a Ellinor, empujando a Tsubasa a las duchas.
Ellinor apuró su ritmo.
—¿Estamos escapando de algo? —preguntó.
—Sí.
Ellinor torció una sonrisa.
—Es el entrenador, ¿cierto?
El sutil sonrojo de Sakura le concedió la respuesta.
Tsubasa se quejó cuando le entró jabón en los ojos por la premura de las mujeres, tantas manos trabajando en él lo pusieron nervioso.
—¿Estamos llegando tarde para recoger a la tía Tomoyo? —sus cejas espesas se contorsionaron en una línea interrogativa.
—El transporte ya nos espera, es de mala educación hacer esperar a los demás —Sakura le estampó un beso en la mejilla antes de enjuagarle el cuerpo.
El niño suspiró, el resto de sus compañeros charlaban entre ellos y él carecía de temas de conversación. No le gustaba lo mismo que a los demás. Si no estaba nadando en la piscina, se refugiaba en su habitación para practicar su escritura en japonés, de no ser por Freya y Aksel, tampoco tendría amigos en la escuela.
Y aunque charló infinidad de veces con la tía Tomoyo, su visita lo preocupaba, le asustaba no agradarle.
Su madre y Ellinor lo vistieron a la velocidad de la luz, le cepillaron el cabello de una forma prolija que casi nunca duraba demasiado, se le encogían las puntas y se curvaban en un intento de rizos.
Sakura salió al estacionamiento con una sonrisa, el cielo estaba despejado filtrando cálidos rayos de sol entre las nubes grises que se disipaban. La furgoneta blanca de alquiler se destacaba del resto de coches, conociendo a Tomoyo no estaría viajando ligera de equipaje, por lo que acabó decantándose por un vehículo grande.
Su felicidad se vio opacada por Alexander haciéndoles señas de pie al lado de un jeep de doble tracción negro, completamente vestido y con el cabello negro y húmedo casi goteándole en el rostro.
—Hay que reconocer su perseverancia —siseó Ellinor, atorándose de risa—. No creo que un hombre que un día fue el número uno del mundo en su categoría, ceda tan fácilmente ante los desprecios de una mujer.
—Cierra la boca —gruñó Sakura, dándole una mirada furtiva a Tsubasa, por suerte el niño se había colocado sus auriculares para disfrutar de su serie de anime sin distracciones.
—¿No les parece que están demasiado bien arreglados para ir directamente a casa? —Alexander llegó a ellos saludando a Ellinor con una sonrisa coqueta. La mujer mayor se estremeció—. ¿Vamos a cenar? Conozco un buen res…
—No —La negativa de Sakura fue rotunda, Ellinor se escandalizó por su falta de tacto—. En realidad, vamos de camino a la estación, una amiga viene de visita, el conductor ya nos espera.
Sakura señaló la van.
Alexander se quedó sin palabras. Parpadeó. Ni en su época de jovenzuelo le rechazaron de manera tan cruel y decidió que eso le gustaba. Una mujer indomable a la que imaginó derritiéndose en sus brazos.
—Yo te llevo —insistió, arrebatándole el impermeable de las manos a Sakura—. Le serviré de guía a tu amiga, haremos estaciones en los lugares más destacados de la ciudad, algo que un conductor de alquiler jamás haría.
Sakura comenzaba a ponerse roja del coraje cuando Ellinor dio un paso adelante, fingiendo que se doblaba el tobillo. Alexander estuvo listo a sostenerla, la mujer mayor le dio un gesto de complicidad a espaldas de Sakura.
—Oh, Dios mío. Creo que tengo un esguince —fingió un dolor insoportable al apoyar de nuevo el pie.
—¿En serio te hiciste daño? —inquirió Sakura, tocándole el hombro.
—Quizá no sea tan grave, necesito ir a mi casa a descansar.
—¿Te llevo?
Ellinor rabió internamente. El nadador olímpico era bastante despistado.
—¡No! —gritó, clavando sus ojos en Sakura—. Señora, me sentiré intranquila si usted y el niño viajan solos a la estación, permita que el coche de alquiler me lleve a casa.
La expresión severa de Sakura la intimidó, sin embargo Ellinor no dio su brazo a torcer.
—De acuerdo —gimió la madre de Tsubasa—. Llámame si tu salud se complica.
—No se preocupe, mi salud estará repuesta para el día de mañana.
Sakura y Alexander parpadearon atónitos observando la rapidez con la que Ellinor abordó la van.
—Ella me agrada —opinó Alexander.
—Tú también le agradas —replicó Sakura, negando con la cabeza—. ¿Nos vamos?
Alexander asintió, levantando a Tsubasa del piso con tanta facilidad como si fuese un muñeco de trapo. Eso hizo que Sakura se sintiera nostálgica de nuevo. Ella se esforzaba por llenar cada espacio en la vida de su hijo, pero viendo a un hombre actuar con la característica diligencia masculina, se sintió insuficiente.
El trayecto fue una verdadera tortura, Alexander no dejaba de hablar. Sakura contestaba con monosílabos y otras veces solo con muecas. Estar ahí, ocupando el asiento del copiloto la hacía sentir enferma. No deseaba ilusionar en vano a Alexander, ella nunca iba a permitirse una relación otra vez.
Era su penitencia por haberle provocado un sufrimiento mayor a otra mujer.
—¿Cuál es el nombre de tu amiga?
Alexander aparcó su jeep, estirándose para abrir la guantera. Sus dedos rozaron sin querer la rodilla desnuda de Sakura, quien se tensó absteniéndose de moverse, era bien consiente de que el roce fue accidental.
—Tomoyo Daidouji —murmuró.
—Vamos a recibirla a lo grande —señaló Alexander, sonriendo.
Sakura lo escrutó en silencio, era un par de años más joven que ella, soltero e inexorablemente apuesto. Era evidente que solo buscaba pasar el rato y una madre soltera desesperada por atención sería una buena presa.
—Escribe su nombre aquí —El entrenador desdobló un mapa, pasándole un marcador negro, el cual abrió con los dientes.
Con la certeza de que su amiga no dominaba el noruego, Sakura se limitó a poner el nombre en japones, una tontería tan simple la hizo relajar su gesto.
—Iré a despertar a Tsubasa —anunció, abriendo la puerta de su lado.
—No es necesario —dijo Alexander, saliendo a prisa del coche.
Sakura abrió la boca admirando la practicidad de su acción. Alexander tomó al niño, recostándolo sobre su hombro, lo cargó otra vez como a una almohada sin peso.
Ella caminó detrás de alexander, colocándole un gorro en la cabeza a su hijo, quien se mantuvo profundo durante el trayecto. Alexander desplegó su encanto comprando un ramo de flores en un puesto cercando y con una sonrisa boba se paró atrás de la cinta divisoria a esperar por una persona que no conocía.
Sakura alargó su sonrisa desdoblando la pancarta improvisada. Era la primera vez en seis años que se reunía con su amiga del exterior. Tomoyo era la única persona a la que extrañaba del país que la vio nacer.
Syaoran suspiró cerrando una última carpeta después de estampar su firma, la empujó al borde del escritorio masajeándose la sien. Le pulsaba la cabeza por culpa de su tormento cotidiano, la incertidumbre acerca del destino de su hijo no lo dejaba ni respirar.
—Señor Li, ¿confirmo su cena con el líder de la familia Tachibana?
Su secretaria Setsuna Tomoe asomó la cabeza por la pequeña hendidura de la puerta entreabierta. Syaoran negó encorvándose en su silla.
—Cancela esa tontería —dijo con amargura—. O dile a Junichiro que asista en mi lugar.
—Le recuerdo que el señor Amaki salió de la ciudad por la mañana —La chica se atrevió a entrar cargando una charola con café humeante, agua y un frasco de analgésicos—. Lo cancelaré.
Syaoran le agradeció en silencio.
Setsuna era devota a su trabajo, nunca se quejaba, seguía las ordenes de Syaoran sin renegar y soportaba su malhumor ideando siempre una estrategia para aliviar su carácter.
—Bébalo mientras sigue caliente —sugirió, colocando la taza cerca de la mano de su jefe, quedándose sentada frente a él, observándolo con ojos taciturnos.
Syaoran se contuvo de alzar una ceja, la adoración con la que esa mujer lo miraba dejaba al descubierto sus sentimientos. Setsuna era alguien dócil que voltearía el rostro hacia otro lado ante sus infidelidades. Sin embargo cada vez que Syaoran enfatizaba en sus ojos caobas y su cabello negro, algo moría dentro de él.
Le sucedía lo mismo con el resto de mujeres, cada vez que creía estar de buen humor para irse a la cama con alguien, una decepción terrible lo invadía al ver que esos rostros, aunque bonitos, no se parecían en nada al de la mujer que tenía metida entre ceja y ceja.
Sus labios esbozaron una pequeña sonrisa después de tocar el borde tibio de la taza, seguía obsesionado con Sakura Kinomoto, ya no para venerarla ni para besarle los pies como hizo en el pasado. Quería aplastarla, hacerla llorar y suplicar un perdón que jamás le otorgaría.
Setsuna se movió con cuidado, posicionándose atrás de su jefe. Le quitó la corbata y le abrió la camisa, efectuando un atrevido masaje iniciando de la parte posterior del cuello y finalizando en sus hombros.
—Es suficiente —espetó Syaoran, estirando el cuello de lado a lado con una mueca dolorida.
—Lo siento —se disculpó ella, cabizbaja.
Syaoran resopló una risa, palmeando la espalda de la joven mujer.
—No me molestaste, todos mis intentos por relajarme resultan inútiles. Mis constantes dolores de cabeza solo desaparecerán trayendo de vuelta a mi hijo.
—¿Cómo sabe que es un niño? —Setsuna lo siguió al pasillo con un leve sonrojo en sus mejillas—. Podría ser una niña.
Syaoran le lanzó una mirada inusualmente cálida, abrochando el último botón de su camisa.
—Es solo… un presentimiento —pulsó el botón del ascensor con la espalda rígida—. En todo caso, si resulta ser una niña, te pediré ayuda para redecorar su habitación.
Setsuna asintió con gran energía, como un perrito que buscaba con insistencia la aprobación de su dueño.
—Estaría encantada de renunciar a mis labores en la oficina para asumir los cuidados de su hijo o hija —farfulló ella.
Syaoran ladeó la cabeza socavando una nueva duda. ¿Quién cuidaría de su hijo? No quería a la madre cerca, tal vez la propuesta de Setsuna no fuese tan incoherente.
Le solicitó a uno de los choferes que lo llevara a casa, estaba agotado. Se acomodó en su asiento echando la cabeza atrás, absorto en sus pensamientos. El prestigio de su marca se mantenía en auge, la relación con su familia después de su controversial divorcio había mejorado, entonces, ¿por qué se sentía tan vacío?
Su pecho estaba cargado de preocupaciones, pero el lugar donde antes latía su corazón ilusionado era ahora un hueco imposible de rellenar.
Tomoyo avanzó empujando a la gente para abrirse paso, se sacó las gafas oscuras del rostro escaneando a la multitud frente a ella, a los segundos localizó una pancarta con su nombre, Sakura bajó los brazos dejando caer la pancarta para correr a su encuentro.
Tomoyo la apretó con todas sus fuerzas, gritando de emoción.
—Oh, Sakura. Estoy tan feliz de volver a verte —chilló con las lágrimas bordeando sus ojos.
—¡Tomoyo! —lloriqueó Sakura, abrazando la cintura de su amiga—. Todavía me parece un sueño que estés aquí.
Se desligaron hasta que su necesidad de afecto estuvo satisfecha. Tomoyo acunó el rostro de Sakura entre sus manos, analizando sus cambios, su cabello había crecido y sus mejillas perdido grasa, aun así, seguía tan linda como el día en que se conocieron.
—¿Dónde está? —indagó la mujer pelinegra, moviendo la cabeza a los lados—. ¿No lo trajiste contigo?
Sakura rio, suponiendo que se refería a Tsubasa. Señaló a Alexander, desconcertando por completo a su amiga. Tomoyo abrió la boca sin una pizca de prudencia, el color se le drenó de los labios. Un hombre alto y galante sopesaba sobre su hombro la cabeza de su sobrino.
—N-No mencionaste que… tienes novio.
Sakura se partió de risa, era inaudito que su amiga tartamudeara.
—No es mi novio.
—Entonces, ¿qué hace aquí?
Sakura arrugó la nariz.
—Es una larga historia, en resumen, ese sujeto es un entrometido acosador. No te dejes encantar por él.
Tomoyo se sonrojó, alzando la cabeza para encontrarse con los ojos azules del hombre. Su esposo era alto, pero no tanto como el acompañante de Sakura.
—Mucho… —Iba a presentarse y enseguida cerró la boca, suplicándole por ayuda a Sakura. No sabía en qué idioma hablar.
—Alexander Melberg, Tomoyo Daidouji —dijo Sakura—. Ambos dominan bien el inglés, pueden hablarse con confianza.
—Mucho gusto —Tomoyo le dio un pequeño asentimiento de cabeza a Alexander.
—El placer es mío, estuve en Japón un par de veces, pero nunca vi mujeres tan hermosas como ustedes —Alexander desplegó su lado adulador.
Tomoyo se paró en puntillas cubriéndose la boca con la mano para disminuir su tono de voz.
—Yo nunca estuve en este país antes de tomar la decisión de casarme, comienzo a arrepentirme.
Alexander y su amiga compartieron una risilla cómplice, después de descargar el equipaje, marcharon al estacionamiento arrastrando una carreta. Tomoyo se alojaría cinco días en su casa, aunque la montaña de maletas sugería que iba quedarse el resto de la eternidad.
Alexander acomodó a Tsubasa en el asiento trasero, el pobre chico se había agotado tanto en el entrenamiento que seguía sin despertar. Sakura frenó su intento de subirse al jeep para acunar a su hijo cuando Tomoyo la detuvo agarrándole la mano.
—Déjame a mí —dijo adelantándose a Sakura para arrullar a Tsubasa en su regazo—. Ve tú adelante.
Sakura apretó los labios, viajar hombro con hombro al lado de Alexander era molesto. Cedió al recordar que su amiga estaba ahí para compartir el máximo tiempo posible con su hijo y con ella.
—Espero no estés cansada, planifiqué un pequeño recorrido mientras conducía hasta aquí —anunció Alexander, encendiendo el auto—. Ya que Sakura es tan difícil de conquistar, comenzaré contigo.
Tomoyo soltó una risita, acariciando la suave mejilla de Tsubasa.
Llegaron a casa entrada la medianoche, Tomoyo se dio una ducha caliente mientras Sakura se encargaba de recostar al pequeño parlanchín, ella y Tsubasa congeniaron a la perfección y lo mejor de todo era que recibió la sincera atención del niño sin tener que chantajearlo con regalos. Los abrirían por la mañana.
La modista suspiró enviándole un mensaje con su ubicación a su esposo. La identidad de su marido seguía siendo un secreto para Sakura, ella creía que se casó con un londinense que conoció en su estadía de dos años en París, cuando en realidad, era un hombre japonés, que coincidentemente era uno de los hermanos mayores de Sakura.
Su misión en Setermoen no era conocer a su sobrino, sino aliviar un viejo conflicto familiar.
Con las manos temblorosas, desempacó una botella de licor de arroz y se condujo a la sala sintiendo que el cuerpo le sudaba. Temía la reacción que tendría su amiga al enterarse de la verdad, por eso estaba dispuesta a preparar la tierra antes de arrojar la semilla.
—Por fin se quedó dormido —gimió Sakura dejando caer los brazos en señal de agotamiento. Trajo dos copas de la cocina y un cuenco de maní salado—. No deja de hablar sobre lo bonita que eres, somos los únicos residentes asiáticos de la ciudad, el pobre se sintió fuera de lugar en el preescolar el primer día.
Tomoyo rellenó las copas, sorbiendo la primera en el acto, se lamió los labios percibiendo el dulzor picante de la bebida.
—Es más de lo mismo en todos lados, mis compañeros me miraban extraño en el extranjero. Uno termina acostumbrándose —Tomoyo sonrió, subiéndose en el taburete del desayunador.
Sakura se quedó de pie, reclinándose en la superficie de la mesa, las piernas le pesaban por las horas que pasó sentada en la oficina. Los días lluviosos limitaban sus actividades.
—Supongo. ¿Cómo va el negocio?
—De maravilla, creí que mis proyectos se vendrían abajo después de casarme, pero mi esposo es bastante comprensivo —relató con una sonrisa—. ¿Qué me dices tú de Alexander?
Sakura puso los ojos en blanco, le dolían los oídos por la mención de ese nombre.
—Es atractivo, pero no me llama la atención una relación a largo plazo.
Tomoyo siseó, entrecerrando los ojos.
—El sexo casual tampoco es malo.
Sakura se llevó una segunda copa a la boca, las mejillas se le sonrojaron. ¡Era una mamá por todos los cielos! ¿Por qué continuaba sonrojándose con la facilidad de una adolescente?
—¿Sigues sin superarlo?
Sakura sabía bien a quién se refería. Tomoyo era la única persona en el mundo que conocía la identidad del padre de Tsubasa.
—Hace años que no pienso en él —su voz sonó áspera con mentira.
Tomoyo acunó la copa vacía entre sus manos, su estómago comenzaba a calentarse distribuyendo el alcohol por su torrente sanguíneo. Lo que le confirió el valor suficiente para hablar con franqueza.
—Syaoran Li no ha vuelto a casarse, ¿sabes?
—Ahí vas de nuevo —gruñó Sakura, apartándose de la mesa—. ¿Ese hombre te pagó para perseguirme? Nunca te perdonaré si lo atraes hacia mí de nuevo.
Tomoyo brincó del taburete para bloquearle el paso, los ojos de su amiga la miraban con desprecio.
—Hace años que no hablo con él. Y al principio lo odiaba tanto como tú, yo misma fui a soltarle un puñetazo en la cara cuando me informaste de su engaño, sin embargo…
Tomoyo fue la encargada de moldear el estilo de las amantes del excéntrico Syaoran Li en el pasado, mujeres de ojos verdes y cabello claro, no le sorprendió para nada enterarse que Sakura era una de sus victimas, por eso tenía un acceso fácil a él.
—Te has negado a escucharme todos estos años cortando la comunicación, pero creo que mereces saber la verdad, Sakura.
A Sakura se le formó un nudo en la garganta. Durante su embarazo se vio tentada a buscar noticias en internet acerca del destino que tuvo el matrimonio de Syaoran, reacia a aferrarse a sus sentimientos, demitió de sus intentos.
—¿De qué verdad hablas? ¡Syaoran Li es el peor hombre del universo, por mi culpa él obligó a su esposa a deshacerse del hijo que llevaba en el vientre! No merece ser feliz y yo… tampoco.
Sakura se pasó las manos por el cabello, atormentada por reavivar el principal motivo por el que escapó de Japón.
—Las cosas no sucedieron así, Sakura. El hijo que Meiling Li esperaba no era de su esposo, el motivo de su divorcio se hizo publico después de tu partida —Tomoyo tragó con dificultad animándose a continuar—. Supe que él visitó las casas de cada uno de tus hermanos para encontrarte, soportó toda clase de insultos por ti…
Sakura se quedó sin voz, el torrente de lágrimas fluía por su cara, pero ella no era capaz de emitir un solo sonido. ¿Qué diablos estaba diciéndole esta mujer? Su versión de los hechos era contraria a la realidad de las cosas.
—Lo sé porque, el hombre con el que me casé, es Eriol.
Tomoyo desbloqueó su celular, acercándolo para que ella pudiese apreciar la fotografía que ocupaba como fondo de pantalla, Sakura reconoció a su hermano de la mano de Tomoyo el día de su boda.
—Fuera —El cuerpo de Sakura temblaba al igual que su mandíbula, aun así, obtuvo las energías necesarias para articular palabras tan urgentes—. ¡Lárgate de mi casa! Lo trajiste contigo, ¿no es cierto?
El silencio de Tomoyo confirmó que Eriol se encontraba en la ciudad. Sakura fue a la habitación de Tomoyo y arrastró consigo la primera maleta que visualizó, la tiró a la calle y empujó fuera a Tomoyo sin importarle que ella estuviese en una ciudad que no conocía en un clima nada favorable.
—No vuelvas a hablarme nunca más —sentenció con voz fría. Aventó la puerta cayendo de rodillas al segundo siguiente.
No podía ser verdad, ella no pudo haber emitido un juicio tan erróneo sobre Syaoran Li. Ese bastardo debió manipular las noticias a su conveniencia, tenía el poder para hacerlo. Y nunca perdonaría la actitud de sus hermanos, si era necesario huir de nuevo, lo haría.
Este capítulo fue todo presente, el que sigue será en su mayoría pasado. Nos leemos.
