VII
—¿Dónde crees que vas? —espetó Touya Kinomoto, cerrándole el paso a su hermana menor.
No hacía mucho tiempo, Sakura vagaba por los pasillos de la empresa con las mejillas untadas de chocolate y con dos graciosas coletas dispares. En la actualidad su bella hermana había reemplazado sus vestimentas recatadas por trajes de colores vistosos, sus labios iban más rojos que cuando comía caramelos de cereza a escondidas y sus pestañas lucían más oscuras provocando que sus ojos verdes desprovistos de gafas resplandecieran más que las estrellas.
Sakura movió sus pies a manera de esquivarlo consiguiendo que Touya la imitara, pronto comenzaron un absurdo baile carente de sentido. Ella suspiró ruidosamente hundiendo los hombros, la correa del bolso se deslizó, atrayendo la atención de su hermano al costoso artículo.
—Estoy llegando tarde a una cita.
Touya bufó a la insolente respuesta de su hermana.
—Me importa un comino. Has violentado las reglas de mi casa en las últimas semanas, jovencita.
Sakura se sonrojó apretando los labios cerrados, seguía enojada con sus hermanos por vendarle los ojos ante el sincero cortejo juvenil de Syaoran.
Cada vez que miraba el ilusionado rostro de su amante teniéndola en sus brazos, le dolía el corazón. El amor que Syaoran le profesaba era gentil, devoto y apasionado. A pesar de sus múltiples ocupaciones, Syaoran la había convertido en el centro de su universo y lo mínimo que ella podía hacer para retribuir ese favor era corresponderle.
—Tienes razón —su voz fue un susurro hueco, lo que diría a continuación era una posibilidad que nunca contempló—. Discúlpame por los inconvenientes…
El jefe de su familia la interrumpió, la arruga de su entrecejo era más profunda que el día en que ella decidió irse de vacaciones.
—He sido condescendiente contigo en nombre de nuestros padres, pero la verdad es que nunca estuve de acuerdo en darte tanta libertad. Una señorita decente no debería pasar la noche afuera de su casa ni aparecer con artículos de dudosa procedencia —Touya le arrebató el bolso como si se tratase de un objeto maldito, la reacción natural de Sakura fue tratar de recuperarlo, era un regalo de su querido Syaoran—. Exijo saber el nombre del bastardo que te hechizó al grado de darle la espalda a tus principios y al buen nombre de la familia.
—¿A qué principios te refieres? —evaluó temerosa. Aún no era momento de revelarle a sus hermanos la identidad del hombre que amaba, ellos no podían enterarse de su condición de concubina.
—¿Estás sorda? Acabo de regañarte por llegar tarde a casa y por no hacerlo en absoluto, en el pasado no demostraste este tipo de comportamientos deshonestos…
—¿Crees que me acostaba a dormir con la puesta de sol porque era una niña obediente? —replicó Sakura rebosante de ironía—. Solo en mis sueños podía escabullirme a escondidas con mis amigos y tener un momento emocionante con mi novio…
—¡Deja de ser tan ridícula! ¿Eres consciente de tu edad? Ya no estás para salir a escondidas con las personas, tu pretendiente debería venir a mostrarme su cara y a exponer sus intenciones contigo. Nuestros padres y yo te dimos un ejemplo claro de lo que significa una relación respetable.
Las lágrimas de Sakura se desbordaron. Su hermano Touya se casó con la hija de una familia privilegiada y nunca se encontraron a solas antes de comprometerse, asimismo sus padres. Desconocía los líos amorosos del resto de sus hermanos, pero ella le debía respeto al hombre que tenía enfrente, era más hija de Touya que de Nadeshiko y Fujitaka Kinomoto.
—Eres tú quien no está consciente de mi edad —retó con la voz y los ojos aguados—. Y el que no puedas verme como una mujer adulta es mi culpa. No he conseguido nada por mi cuenta, ni un puesto de trabajo destacable ni un marido que llene tus expectativas. Por favor, perdóname. Dejaré mi lugar en la empresa al finalizar la campaña automotriz y sacaré mis cosas de tu casa a la brevedad.
Contrario a lo acostumbrado, Touya no despotricó enardecido a su sentencia. Sus ojos oscuros se quedaron absortos en la oscuridad del pasillo con los labios pálidos y secos. Sakura pasó a su lado conteniendo su tembloroso llanto, no estaba dándole la espalda, ella amaba a su hermano al punto de protegerlo de una inminente decepción.
Se rascó la cutícula recortada del pulgar con nerviosismo, cuando Syaoran arreglara su estado civil, lo llevaría a la casa de sus padres para presentarle el debido respeto al hombre que se tomó la molestia de criarla. Sabía de antemano que ninguno de los miembros de su familia aprobaría la relación y que solo obtendrían insultos, pero era algo que necesitaba hacer para saldar su deuda con Touya.
Lloró fuerte dentro del ascensor comparándose con un pajarillo cómodo que nunca desplegó sus alas para conseguir alimento por sí mismo, siempre culpó a sus hermanos por su rotunda soledad sin fijarse en que sus esfuerzos exánimes también la condujeron al fracaso.
Una mente nublada por la tristeza era siempre confusa, se dejaba arrastrar por sus temores e inseguridades y se escudaba en la sombría pasividad. Enjuagándose las mejillas húmedas persuadió a su ansiedad prometiendo que sus decisiones eran las acertadas.
Los últimos suspiros de la brisa primaveral la recibieron a las afueras de la agencia. La calle aglomerada, el ruido del tráfico y el desinterés del mundo por ella no variaban pese a su estado de ánimo.
Dado a que no quería toparse con su hermano en el estacionamiento vagó a pie por el camino. El restaurante en el que se encontraría con Syaoran no se ubicaba tan lejos de ahí, cenaban y se acostaban juntos casi a diario desde que se reconciliaron, exceptuando las veces en las que iba a beberse una copa con su amiga Tomoyo.
Aun en esas ocasiones, su diligente novio insistía en llevarla a casa oponiéndose al uso de un conductor designado. Syaoran tenía una obsesión con ella y Sakura absorbía sus atenciones como una esponja reseca, estaba tan sedienta de amor y deseo que echaba a un lado sus límites.
Agotada de recibir obsequios sin dar nada a cambio, se desvió a una floristería, la otra noche se enteró de que las flores favoritas de Syaoran eran en realidad las peonias, así que compró un ramo discreto. A los hombres asiáticos no les avergonzaba recibir flores y eso era una ventaja. ¿Qué otra cosa podría darle a un magnate como él que ya contaba con al menos un ejemplar de los objetos más lujosos?
Se anunció en la recepción del restaurante. Por acuerdo mutuo no se mostrarían juntos en público hasta que el divorcio estuviese completado, muy en el fondo, Sakura aún tenía remordimientos por causarle dolor a la esposa de Syaoran, por eso prefirió que ese rostro permaneciera en el anonimato para ella, saciar su curiosidad de conocerla le provocaría daños irreparables a su cuestionable moral.
Una mesera ataviada con un kimono negro conjugado con un obi dorado con tejidos de flores la condujo al salón privado. Deslizó la puerta de madera revelando la decoración tradicional del largo comedor. Una diversidad de comida estaba ya servida y Syaoran quien estaba sentado sobre sus rodillas sirviéndose una copa alzó la cabeza para mirarla con un amable fulgor en sus ojos ámbar.
Él extendió la mano invitándola a su lado, la mujer que los acompañaba se retiró y Sakura procedió a quitarse los zapatos.
Syaoran era tan atractivo que la dejaba sin aliento. Sus pupilas tardaban en adaptarse a su visual imponente, dando pasos cortos y torpes, sintió ganas de esconder el ramo atrás de su espalda, fue una ingenua al comprarlo.
Su rostro estaba por completo ruborizado cuando finalmente ocupó su sitio junto a él.
—¿Son para mí? —preguntó divertido.
Ella agitó la cabeza en negativa con energía, provocando que las bonitas cejas de él se curvaran en advertencia.
—Entonces, ¿debo suponer que viniste aquí llevando en tus manos un regalo que recibiste de otro hombre?
La verosímil conjetura lo puso celoso. Sakura era cada día más hermosa, en su juventud se enamoró de un simple brote ondeándose en las ramas de un árbol, ahora que su belleza había florecido por completo, se sentía extasiado y temía que los ojos de ella se desviaran en una mejor dirección, su única alternativa era adherirse a ella como un vil parasito.
—T-Te equivocas, sí las compré para ti —tartamudeó Sakura lamiendo sus labios suaves con timidez.
Syaoran le pasó una mano atrás de la cabeza besándola con afán, las noches eran cortas para tener suficiente de ella. Le acarició el rostro con dulzura en medio de su beso, aquella niña intelectual e inalcanzable ahora se entregaba a él sin rodeos, acrecentando su ambición casi enfermiza por ella.
Él exhaló abriendo los ojos con lentitud, confirmando encontrarse en el paraíso. Él era el causante de la rubicundez de esa hermosa mujer, de sus balbuceos sin sentido e inclusive del agotamiento de su cuerpo. Sakura tenía pequeños círculos en sus inflamados párpados inferiores por la falta de sueño ocasionada por sus actos desenfrenados.
—Gracias por las flores, me alegra que pudieses recordarlo —dijo Syaoran quitándole el alegre ramillete de las manos, las olfateó, reconociendo el particular aroma del perfume de Sakura en ellas.
—Lamento no ser tan ingeniosa como tú —se disculpó, acomodándose en el cojinete.
Syaoran sonrió cogiendo sus palillos, Sakura abrió la boca de manera automática para aceptar la tira de carne que él ofrecía.
—Tú eres todo lo que necesito —repitió, obligándola a comer una porción abundante de arroz—. ¿Estás alimentándote como se debe?
Los ojos de Sakura se agrandaron con sorpresa, se palpó las mejillas con el ceño fruncido, su redondez iba en disminución. Si era honesta, no lograba comer más de dos bocados en cada tiempo de comida, a excepción de las veces que Syaoran la alimentaba. Le achacó el síntoma a su apego irremediable por él, no había de qué alarmarse.
—¿Ya no te agrada mi aspecto? —cuestionó alicaída.
Syaoran se atorzonó con el camarón que masticaba.
—Ni una eternidad en terapia podría ayudarme a superar lo que siento por ti. Me preocupa tu salud, eso es todo.
Sakura se abrazó a él, apoyándole la cabeza en el hombro.
—Exageras, unas libras menos no son motivo para agendar una cita con el médico.
Además, ¿no les gustaba a los hombres que sus mujeres tuviesen una figura bien estilizada?
Syaoran suspiró, devolviendo sus palillos a la mesa.
—Creo que deberías —insistió, acunando la mano de Sakura en su pecho—. He estado dándole vueltas al asunto y recordé que no me protegí las primeras veces, ha pasado más de un mes desde nuestra reconciliación y tú no… me has frenado de tomarte. Eso demuestra que no has tenido tu sangrado regular.
Syaoran encorvó la espalda, asolado por la vergüenza. Sus acciones irresponsables pudieron traerle consecuencias fortuitas a su amada Sakura. Su corazón apesadumbrado se descarriló con la risita jovial de ella, la situación no era ni de cerca un chiste.
—No lo soy, el año pasado solo vi mi periodo en cuatro ocasiones. Abandoné los reguladores siendo todavía una adolescente, las pastillas no me sientan bien —relató ella con simpleza, dándole un beso rápido en la mandíbula, dedicándose a picar un trozo de carne.
—Me sentiría más seguro si un experto en el área te revisa.
Sakura suspiró con un gesto teatral, detestaba los hospitales.
—Está bien.
Syaoran sonrió, recomenzando su tarea de alimentarla y alejando de ella las bebidas alcohólicas. Después de agotar las opciones de la carta de postres, Sakura se recostó en su regazo y él se limitó a acariciarle la cabeza.
—Quiero comunicarte algo —murmuró Sakura, encogiéndose a gusto en las cómodas piernas de Syaoran. Su cuerpo reaccionaba de manera inexplicable a sus mimos—. Discutí con Touya y acabé diciéndole que me iré de su casa. Así que tal vez puedas ayudarme a conseguir un apartamento, deseo verte a diario sin que nadie se interponga.
—¿Estás segura? —Syaoran escudriñó conmocionado. Touya Kinomoto nunca sería de su agrado, pero admitía el hecho de que era alguien sumamente especial para Sakura pese a su destacable intransigencia. La relación con él estaba desmenuzando el sólido afecto familiar de los Kinomoto—. Es mi culpa, ¿no es así? Te amo, Sakura y siempre he sido expreso en mi reticencia a compartirte. Aun así, no me gustaría verte marchita a mi lado, no necesitas cortar lazos con tus hermanos, estoy dispuesto a hablar con ellos…
—¿Hablar? —refunfuñó con su mano hecha puño—. Mis hermanos te echarán a patadas en el segundo en que les enseñes tu cara.
—Es natural. Reaccionaría igual si un malnacido de mi categoría intentase seducir a una de mis hermanas.
Sakura se puso rígida, incorporándose para estudiar la expresión de Syaoran. Él la esquivó, volteando el rostro hacia el jardín tradicional a su izquierda.
—¿Insinúas que deberíamos alejarnos?
De Syaoran escapó un suspiro entrecortado.
Era un miserable.
Su codicia por ella lo había superado. Ni su divorcio ni la separación de sus bienes del patrimonio familiar marchaban según lo proyectado, su madre estaba empleando sus artimañas de viuda influyente para dificultarle el camino. Y si era honesto casi nada de eso le importaba tanto como las repercusiones que caían encima de Sakura por su osadía improvisada.
—Preferiría morir a tener que alejarme de ti —atajó poniéndose de pie—. No hice las cosas en el orden correcto. Cada vez que estamos juntos las palabras que me dijiste en Italia hacen eco en mis oídos, te quité tu honor, te degradé obligándote a aceptar el puesto de mi amante y ahora te estoy quitando el privilegio de pertenecer una familia.
Syaoran golpeó el marco de la ventana con los nudillos, sus emociones ambivalentes lo estaban destruyendo. Se deprimía reflexionando lo tóxico que era todo eso para Sakura y lo tarde que era para echarse atrás. Afrontaría cualquier cosa con la intensa hombría que lo impulsó a interceptarla en el aeropuerto para conquistarla.
—Quiero que seas feliz, Sakura. Tu sonrisa es lo más preciado para mí, si eliges quedarte bajo la protección de tu hermano hasta que yo esté en condiciones de pedir tu mano como se debe, lo aceptaré.
Una oleada de alivio refrescó el angustiado corazón de Sakura, cada vez que dormía sola las pesadillas la atormentaban. Temía enfrentarse a un nuevo abandono y a la posibilidad de que el amor de Syaoran resultara ser parte de un juego maquiavélico para saciar sus extravagantes fetiches.
No quería ser desplazada como un viejo y desgastado juguete relegado al fondo del cajón.
Corrió a abrazarlo.
El nacimiento ilícito de su romance era una base defectuosa en la arquitectura de su relación, no obstante ella estaba dispuesta a continuar la construcción pese al inminente riesgo de desbordamiento, quería aferrarse al frágil hilo que los unía.
—Te elijo a ti, Syaoran.
Sakura se paró en puntillas y al notarlo, Syaoran se agachó, dejándose besar. La trémula inquietud que sacudía el delgado cuerpo de ella cavó un agujero en su alma. Sakura sobrellevaba la situación mejor que él y eso solo duplicó su culpabilidad. Marcó el tierno rostro femenino con un enjambre de besos antes de confrontar su verde mirada.
—Vivirás en un hogar digno de ti —juró, sacándola a prisa del restaurante.
Ante la ausencia de su chofer, Syaoran tomó el auto por sí mismo y condujo en silencio hasta las fronteras de la ciudad.
En medio de una boscosa carretera, la reja eléctrica de un portón digno de una lujosa mansión se abrió ante ellos. Sakura desconfió al inicio preguntándose a quién pertenecía la enorme propiedad, se relajó al notar la grácil sonrisa que curvaba hacia arriba las comisuras de la boca de Syaoran.
Reprimió el impulso de golpearse la cabeza en el vidrio de la ventana, regañándose por obviar de nuevo el poder adquisitivo de Syaoran.
Un hombre de espalda ligeramente encorvada por la edad y cabello canoso le abrió la puerta del coche, tendiéndole su mano para ayudarla a bajar. Dos sirvientas prolijamente ataviadas con su uniforme blanco y azul a esas horas de la noche se apostaron en el atrio majestuoso saludándola con una exagerada reverencia.
—Estábamos impacientes por conocerla, mi señora —dijo el anciano de rasgos afables, sus lentes estaban atados a una cadena dorada cuya pinza los aseguraba a su chaqueta—. Mi nombre es Wang Wéi, voy a mantenerme atento a sus disposiciones y también el resto del personal.
Sakura se quedó atónita, buscando de inmediato una explicación por parte de Syaoran.
—Él es tu mayordomo —anunció Syaoran, llegando a su lado—. Es el tío de Qiang, mi asistente. Lo traje aquí porque es de mi entera confianza.
El señor Wéi sonrió complacido por elogio.
—Cuidaré de usted con una devoción similar a la del señor.
Syaoran siseó, entornando los ojos.
—Imposible, nadie va a consentir a mi preciosa dama más que yo —Sakura reaccionó pegando un alarido al insospechado alzamiento que experimentó. Syaoran la cargó como a una novia recién casada previo a su intrusión en la antesala.
—¿Qué es todo esto? —jadeó Sakura, escrutando cuánto podía de la pomposa residencia. ¡Era diez veces más bonita que la casa de sus padres!
—Nuestro hogar —sonrió él—. Uno de mis abogados vendrá a verte mañana para que firmes los documentos de aceptación.
—¿V-Vas a regalármela? —gritó casi comparándolo con el residente más desquiciado de un sanatorio mental.
—Mi papá puso a mi nombre esta propiedad el día que nací. Jamás fue una de mis prioridades restaurarla hasta después de conocerte. Me dije que viviría feliz aquí con mi hermosa ninfa de ojos verdes.
Sakura tragó saliva con dificultad, ¿el afecto que Syaoran tuvo por ella en el pasado fue así de grande? Ella se imaginó de la mano del chico que la salvó del oscuro laberinto en la escuela y saliendo en una cita con el apuesto espejismo que la socorrió en el bar, sin embargo esas interacciones no fueron suficientes para que se formara ilusiones de compartir su vida con alguien cuya personalidad desconocía.
Aunque quisiera disfrazar su historia de cuento de hadas, ciertos aspectos le congelaban la sangre. Temía estirar la mano y que todo se desmoronara como la arena seca.
Syaoran la devolvió al piso después de cruzar a grandes zancadas el jardín trasero, más allá de su aparente campo visual, entre los límites habitables de la mansión y el bosque, corría un riachuelo cuyos bordes eran adornados por tupidos árboles de cerezo.
Era un paisaje hermoso, la constante lluvia de pétalos tapizaba la grama revistiéndola de rosa. Sakura dio un lento vistazo a sus espaldas, donde la estructura palaciega se erguía con luces resplandecientes saludándola.
Syaoran la consentía demasiado y eso la hizo llorar. Tal vez porque todavía se sentía indigna de recibir ese amor. Él no titubeó en dejar atrás su estatus y el liderazgo de su antiquísima familia, ¿y qué estaba ofreciendo ella como pago?
Los brazos de Syaoran serpentearon por su cuerpo apretándole el pecho y la cintura, Sakura le acarició con suavidad correspondiendo su gesto.
—Es tan bonito.
—No más que tú —contestó Syaoran, besando en su mejilla el breve peregrinaje de sus lágrimas—. Regresa ligera de equipaje, trae solo lo esencial. Cuidaré de ti, conmigo no va a faltarte nada.
—Será difícil encontrarme con mi hermano en la agencia.
—Eres libre de abandonar el proyecto. Tu trabajo es magnífico, pero reconozco que usé el contrato como excusa para presionarte, aunque tú te retires, mantendré mi alianza comercial con tu familia hasta el final.
¿Y qué pasaría cuando todos supieran que el matrimonio del heredero de BMU se rompió por culpa de una Kinomoto? ¿Sería ella el atajo que precipitaría su agencia a la ruina? Quedarse ahí jugando a la casita con Syaoran era egoísta y sin embargo, lo haría.
Los cajones del mueble central del armario fueron abiertos uno tras u otro, Syaoran le indicó a su mayordomo cuál era el reloj escogido para el día, sin embargo tuvo dificultades para seleccionar el par de mancuernillas que adornarían los puños de su camisa.
En la esquina inferior de la gaveta descansaban los gemelos de oro personalizados que Sakura le obsequió el día se mudó a vivir con él, dos eses entrelazadas que indicaban sus respectivas iniciales, Syaoran cerró el estuche y lo arrojó a la basura.
Wang Wéi se quedó en silencio, sorprendido por las acciones de su señor. Durante años Syaoran se empecinó en conservar los regalos de su antigua señora como un tesoro, la extinta calidez de sus ojos solo resurgía cada vez que los contemplaba. Como acto seguido desprendió de la pared el cuadro que contenía un ramo de peonias finamente conservado, aventándolo sin vacilar por la ventana abierta.
—Encárgate de depurar la habitación principal —ordenó, haciendo alusión a la recamara donde Sakura solía alojarse. Cuál imbécil se rehusó a tocar las cosas que ella dejó atrás, quería que a su regreso notara que él se esmeró en esperarla sin discutir el tiempo que tardara. No sirvió para nada. Solo se lastimó a sí mismo labrando ilusiones falsas.
—En seguida —atendió Wéi.
Syaoran acabó de vestirse con la ayuda del anciano y echó hacia atrás el mechón de cabello que le hacía cosquillas en la frente.
Un ejército de sirvientes corrió atrás de él, escoltándolo a la salida. Sus rasgos endurecidos intimidaban a los empleados, más del sesenta por ciento de los contratados eran hombres, dado a que Syaoran lidió con las sirvientas atrevidas que se colaban a escondidas en sus sábanas a media noche.
Eran unas idiotas que creían que sería fácil seducirlo por llevar años practicando el celibato.
Dormir por las noches no era una opción, esa espina que se le clavaba en la garganta cada vez que respiraba no le permitía disfrutar de los placeres básicos de la vida. Se preguntaba si Sakura le odió lo suficiente como para deshacerse de su hijo. Lo torturaba llevar en sus manos la sangre de su inocente bebé.
Bajó las escaleras tocando el pasamanos, Setsuna le esperaba con una sonrisa a media recepción. Ella era la única porción de alegría que lo rodeaba y aún así, no era capaz de mirarla con los ojos que ella deseaba.
—Buenos días, señor —saludó animosa.
Syaoran le dio un leve asentimiento, esperando a que se apartara para reanudar su camino. Setsuna quien hasta entonces mantuvo sus manos plegadas a su abdomen, se inclinó ofreciéndole un sobre mediano de manila.
—El señor Amaki se comunicó conmigo durante la madrugada, está esperando sus indicaciones para proceder.
Syaoran rompió el sello del sobre con expresión neutra. El suelo bajo sus pies giró a causa del contenido. No tuvo dudas de que el niño de la fotografía era su hijo, le temblaron las manos mientras delineaba la cara angelical impresa en el papel.
—Es un niño hermoso —susurró Setsuna, acortando su distancia de Syaoran—. Felicidades, señor. Sus presentimientos fueron acertados.
Setsuna se abalanzó a abrazarlo sin preámbulos, Syaoran seguía absorto en la cara del niño, era algo más que perfecto. El color de cabello y la forma de sus cejas eran idénticos a los suyos, no podía describir el color exacto de los ojos, pero casi podía jurar que eran claros.
Syaoran suspiró aliviado, su oxidado corazón empezó a moverse con vigor y su boca se estiró en una sonrisa sincera.
Setsuna se deleitó en los suavizados ojos de su jefe, complacida del abrazo que él le devolvió. Sus años de entrega y dedicación estaban por rendir frutos, al separarse sus miradas se cruzaron una fracción de segundos y cuando por fin ella pensó que la besaría, Syaoran bajó la cabeza para pasar a la siguiente fotografía.
Las sombras volvieron a rodearlo y Setsuna adivinó el motivo. Sakura Kinomoto iba prendida del brazo de un hombre desconocido, y ese mismo sujeto, sostenía la mano del niño.
—Dile a Junichiro que regrese a la ciudad —masculló Syaoran.
—¿Sin el niño? —exclamó ella, con sus manos hechas puño. Su habitual impotencia se las acalambró.
El sufrimiento de Syaoran era notable. Y eso solo significaba que sus sentimientos por esa mujer todavía respiraban pese a estar enterrados tres metros bajo tierra.
—Voy a encargarme personalmente del asunto.
Syaoran le dio la espalda sin más explicaciones y Setsuna se apuró a seguirlo escaleras arriba.
—¿Me permite acompañarlo?
—Como quieras.
A Syaoran le ardía el pecho, con angustia azotó la puerta de su habitación y volcó la mesa adornada con un jarrón de flores frescas. Su respiración entrecortada lo hacía sentir ridículo, la cara le hervía y el aire no entraba en sus pulmones.
¿Por qué?
¿Por qué esa maldita mujer tenía semejante poder sobre él después de tantos años?
La odiaba. La odiaba profundamente. Ella estaba criando a su hijo junto a otro hombre mientras que él se disecaba y se rompía en pedazos en la oscura soledad.
Syaoran llegó a casa una hora más tarde de lo acostumbrado, a última hora de la tarde su querida Sakura le comunicó que tenía antojos de dátiles secos, tuvo que desviar su ruta para conseguirle unos de buena calidad.
Salió del coche cargando la caja de dulces adornada con un moño blanco, la sonrisa se le borró del rostro al vislumbrar un automóvil desconocido invadiendo la propiedad.
—¿Mi mujer tiene visitas? —preguntó con recelo al mayordomo.
Sakura llevaba dos semanas encerrada en la casa, él no sabía si se quedaba ahí porque estaba demasiado a gusto recibiendo decoradores que le traían catálogos de muebles y muestras de telas el día entero o evitaba un encuentro indeseable con sus hermanos.
Cualquiera que fuese el verdadero motivo, a Syaoran no le disgustaba tenerla solo para él. Su mujer encantadora lo recibía entre besos y risas, después de la cena le modelaba los atuendos que adquiría por consejos de su modista y se sumergían en largas pláticas después de hacerse el amor.
Ella lo hacía olvidar el fastidioso mundo exterior. Los acosos de Meiling, las amenazas de su madre y la orquesta de críticas y rumores que había desatado su separación lo desangraban tortuosamente.
Syaoran entrecerró los ojos respaldando su cuestionamiento con impaciencia. El señor Wéi agachó la cabeza luciendo culpable.
—La señora sufrió un desmayo y se golpeó la cabeza con la orilla de un escalón al caer, tuvimos que traer al médico.
—¿Qué demonios dijiste?
La pasiva voz de Syaoran generó escalofríos en el anciano.
—Ella se encuentra estable, nos prohibió llamarle para comunicar la noticia. El médico sigue con ella en la alcoba principal.
—Esto no debe repetirse —advirtió Syaoran, pasándole la caja de dulces a una de las sirvientas—. Te traje aquí para que me mantengas al tanto de todo lo que le sucede a la señora.
—Mis disculpas.
Syaoran acarreó su coraje al segundo piso, Sakura era tan adorable que manipulaba a los sirvientes con sus destellantes sonrisas para volverlos una bola de insurrectos a su favor. Los pisos alfombrados impidieron que sus recias pisadas resonaran su andar, la puerta de la recámara se abrió antes de que tocara la manija.
Su médico de cabecera no se inmutó al verlo, terminando de salir al pasillo con calma, una enfermera se coló en silencio entre los dos, indicando que esperaría al galeno abajo para retirarse.
—Está embarazada, ¿cierto? —Syaoran no divagó, el hombre de bata blanca asintió—. ¿Cómo se lo tomó ella?
—La señorita se encuentra en una aparente negación, afirma que su médico anterior le aseguró que le sería difícil concebir debido a su desorden hormonal —se encogió de hombros hablando con indiferencia—. Eso es una ventaja para nosotros, supongo que usted optará por interrumpir la gestación.
—¿Se ha vuelto loco? —contradijo Syaoran mascullando en voz baja.
—Lo lamento. Basé mi suposición en que esa mujer no es su esposa, no sería la primera vez que un hombre de su rango me solicita ese tipo de servicios.
—La señorita Kinomoto está por encima de mi esposa —aclaró Syaoran, sintiéndose estúpido. No estaba ahí para discutir su estado civil con el doctor—. ¿Cuál es la situación? ¿La caída produjo alguna lesión?
—Sospecho que más que tratarse de un síntoma común del primer trimestre, la señorita está cursando con un cuadro anémico, parece que no está alimentándose correctamente.
Syaoran le encargó el resto de trámites a Wéi incluyendo la contratación expedita de una enfermera. Sakura estaba sentada apoyada en el respaldo de la cama, un apósito blanco le cubría la sien y rascaba con pena la bandita que marcaba el sitio de punción de la solución intravenosa que la recompuso.
—Tenía la esperanza de que el doctor se marchara antes de tu llegada —Hizo un puchero sacando sus pies de la sábana.
—Eres tan astuta —le regañó Syaoran, retirando la almohada que le acojinaba la espalda. Se acomodó en la cama a manera de acunarla en su regazo—. Los dátiles solo fueron una excusa.
Sakura rio, acariciando los antebrazos de Syaoran.
—De verdad quiero comerlos.
—Comerás más que eso, la gente creerá que te estoy matando de hambre —se quejó él, peinándole el cabello con los dedos. Adoraba que su cama estuviese impregnada con el perfume de Sakura.
—Es imposible comer cuando estás lejos.
Syaoran recorrió con sus dedos las clavículas marcadas y los hombros huesudos de su pequeña mujer. Era tan linda y amaba cada una de sus formas, no obstante debía reconocer que extrañaba su figura abundante. Nunca fue fanático de las mujeres desnutridas.
—¿Qué harás si se confirma que estoy llevando un bebé dentro de mí? —Sakura colocó la mano de Syaoran en su vientre plano, para ella todavía era imposible conciliar la idea, aunque el médico habló muy seguro—. A mí en realidad me alegraría, sabes que adoro a los niños. Y admito que me asusta un poco lo que tú puedas pensar.
Syaoran se quedó callado por largo rato. Por supuesto que no hubiese deseado concebir en tales condiciones y que su hijo fuese señalado como un bastardo fruto de una relación ilícita, sin embargo ahora que su existencia era irrefutable, una calidez con la que no estaba familiarizado brotó en su pecho.
—Lo atesoraré —prometió besando la parte superior de la cabeza de Sakura dándole suaves masajes en el vientre—. La mujer de mis sueños va darme una muestra viviente de su amor por mí, es algo que me llena de dicha, una parte de ti que va a pertenecerme por siempre.
—¿Qué dices si vamos mañana al ultrasonido? —Sakura se sostuvo la frente, mareándose de nuevo por la velocidad con la que se incorporó.
Syaoran agarró el teléfono de la cómoda solicitando a la cocinera una bandeja llena de comida dirigiéndose de inmediato al armario por ropa más cómoda para Sakura. Ella refunfuñó, aceptando su derrota con los brazos levantados dejando que él la desvistiera y le colocara un camisón.
—Perdóname, no puedo acompañarte. Tengo un asunto que resolver a primera hora en el exterior, me marcharé después de la cena.
El corazón de Sakura revoloteó envuelto en un extraño presentimiento, intentó sonreír, plantándole un beso en los labios.
—No te preocupes, te informaré en cuánto consiga los resultados.
Syaoran apoyó una rodilla en el piso, inclinándose para besar la mano de Sakura.
—Me apena no haber cuidado bien de ti. En el pasado te dije que un hijo solo puede pagarse con la vida y lo haré. Voy a dedicarme de lleno a ti y a nuestro hijo.
Sakura se echó a reír, pellizcándole las mejillas a su hombre apuesto. Sus ojos cristalinos parecían sinceros, ella los adoraba tanto que podía imaginarse a un robusto bebé con orbes de color ámbar.
—Entonces, ¿no lo hiciste a propósito? Creí que olvidarte de los preservativos era solo otra de tus maniobras para atraparme.
—Acabas de clavarme una daga —suspiró Syaoran con autentico dolor. El violento sentido del humor de Sakura lo mataba.
—Comparto la culpa, también los olvidé —canturreó ella batiendo sus pestañas seductoras—. Fui yo quien insistió esa noche.
—Deberíamos dejar esto por la paz —sugirió Tomoyo, montada en el asiento del pasajero de una camioneta alquilada. Su marido se aferró al volante, inclinándose hacia adelante para mejorar su campo de visión debido a que olvidó sus gafas en el hotel—. Sakura está muy enojada, es obvio que no te perdonará en el primer encuentro.
Eriol le dirigió una dolorida mueca a su esposa.
—Lamento haberte involucrado en esto. Eras la única conexión que nos quedaba con Sakura, quizás solo debí encomendarte la tarea de informarle sobre la condición de nuestro hermano mayor.
El marcado desánimo en la pálida tez de su esposo la preocupó. El regreso de Sakura ocasionaría un conflicto interno en el esquema de la familia. Tomoyo no quiso mencionarle los problemas financieros que atravesó la agencia desde su partida ni lo mucho que su cuñada Nakuru la resentía.
Se mordió los labios ansiosa limpiando el cristal empañado de su ventana. Su amiga fue víctima de una cadena de malos entendidos y de una torcida fortuna.
—Dime la verdad —exigió Tomoyo, escudriñando la fachada de la casa de Sakura. La única actividad que tuvo su espionaje en el día fue la entrada de una mujer mayor que después salió y volvió con las compras, asumía que era la niñera de Tsubasa—. ¿Qué pretendes con esta visita? Sakura no está en la condición económica de ayudarnos…
—Ella no —sentenció Eriol remarcando las sutiles arrugas de su frente—. Pero el padre de su hijo…
Tomoyo jadeó, desabrochándose el cinturón de seguridad.
—¿Esperas que el hombre al que agredieron e insultaron cuando vino a suplicarles por ayuda para encontrar a Sakura los saque de este apuro? Además, no existe la posibilidad de que Sakura regrese con él, lo detesta.
—No tienes derecho a opinar sobre este asunto —espetó Eriol, ofendiendo a su esposa.
Tomoyo apretó los labios bajándose del coche sin importarle que la lluvia la empapara.
—No dijiste lo mismo cuando me pediste informes sobre tu hermana ni cuando vacié mi cuenta de ahorros para salvar la casa de tus padres —gritó enfurecida.
Con los zapatos chapoteando agua con cada paso, avanzó sin vacilar hasta la puerta de Sakura, golpeándola con la palma abierta hasta que la carne le hormigueó. Al no obtener resultados tocó la ventana cercana con los nudillos con tal insistencia que el vidrio pudo haberse quebrado.
—¡Retírate o llamaré a la policía! —amenazó Sakura, asomándose a la ventana.
—Voy a decirte el verdadero motivo por el que vinimos hasta aquí —exclamó Tomoyo, el agua se filtraba incluso en sus fosas nasales, llovía a cantaros en esa maldita ciudad—. ¡Tus imbéciles hermanos están en la ruina! Quieren usarte a ti y a tu hijo para sacarle dinero a Syaoran Li, es la única alternativa en la que pueden pensar para evitar que Touya vaya a la cárcel.
Tomoyo ignoró el rostro desencajado de Sakura girando sobre sus pies para mirar a Eriol, con las reservas de aire que le quedaban gritó—: ¿Escuchaste, idiota? Acabo de hacer el trabajo sucio, ahora ven aquí y pide disculpas como un verdadero hombre.
Sakura se tropezó con sus pies antes de poder abrir la puerta, necesitaba explicaciones. De todos sus hermanos Touya el más recto y sensato, no pudo causar un daño tan severo que lo llevase a la prisión.
Ellinor le cubrió las orejas al niño con las manos en cuanto escuchó el golpeteo y se lo llevó a la habitación, ella también estaba atónita por la noticia.
—Puedes entrar —murmuró Sakura, ofreciéndole una toalla de cocina a Tomoyo para que se secara el rostro.
Su hermano al que no veía hacía siete años, bajó por fin del coche para enfrentarla. Sakura le dio la espalda dejándole el paso libre para entrar, no podía seguir ocultándose de sus errores del pasado, si quería ser una madre honorable, debía buscar la manera de enjuagar sus enlodados antecedentes.
Comenzaría por limar asperezas con su propia sangre.
Releyendo he notado errores tipográficos en capítulos anteriores, siempre se me pasan palabras, tal vez más adelante me detenga a limpiar el texto. Gracias por leer.
