El fuego devoraba lo que quedaba del campo de batalla. Los gritos se habían apagado, ahogados por el estruendo de la explosión que sacudió Zaun hasta sus cimientos. Entre las ruinas, solo el viento se atrevía a murmurar, arrastrando consigo cenizas y el eco de nombres olvidados.

Isha yacía en la penumbra, su cuerpo marcado por el fuego y la metralla. No sentía dolor, solo un peso indescriptible, como si la realidad se hubiese desmoronado junto con ella. A lo lejos, las sombras se movían, figuras sin rostro que la observaban con ojos de luz parpadeante. No podía recordar quiénes eran. No podía recordar quién era ella.

Cuando despertó, lo hizo en un lugar desconocido. Techos oxidados, lámparas titilantes, voces susurrantes. No sabía cómo había llegado a ese lugar, ni por que cada rincón de aquel refugio le provocaba una sensación de familiaridad distante, como si alguna vez hubiera pertenecido a algo…a alguien. Un extraño bicho con una luz en su cola se posa a su lado y su luz la tranquilizaba.

El pasado la llamaba en susurros, pero la guerra no esperaba por nadie.

En las calles de Zaun, el mundo que conocía ardía en el borde del colapso.

En Piltover, los Consejeros debatían una alianza impensable. Y en algún lugar de la ciudad, una joven de cabello azul temblaba en la oscuridad, viendo visiones de un fantasma que nunca espero volver a encontrar.

Isha había muerto en aquella explosión. O eso creía todos.

Pero entre las sombras de una ciudad al borde de la guerra… algo había sobrevivido.