Disclaimer: Inuyasha y compañía son personajes de Rumiko Takahashi, mi intención no es lucrar con ellos, simplemente los utilizo para dar vida a esta historia con fines de recreación.
La Bestia
Akai Harvenheit
Summary: Una vez creyó en el amor y su amada le hizo pagar con lágrimas de sangre por ello. Ahora se encontraba atado a la hermana de su antigua esposa, una chica que se empeñaba en buscar algún vestigio de su corazón, lástima que su malvada hermana se lo hubiera llevado hasta el mismo infierno el día que lo traicionó.
1
Pese a lo avanzado del día, los ojos dorados de Mizuki aún brillaban con ilusión ante la posibilidad de que su padre la visitara. Kagome, al verla, comenzaba a preguntarse cuánto tiempo más tendría que pasar para que la niña dejara de esperarlo, como un pequeño cachorro anhelante de afecto.
Ese día Mizuki cumplía seis años, y su padre no la había visto desde el funeral de su madre. Con un suspiro cansado, Kagome espantó el cruel recuerdo del momento en que su cuñado le entregó a la niña, cinco años atrás, con un deseo tan evidente de deshacerse de ella como si fuese un demonio.
No… él era el verdadero demonio, se corrigió, incorporándose con la elegancia que su posición como sacerdotisa del templo Higurashi le otorgaba. Amaba a su sobrina más que a nada en el mundo, pero debía ser realista: el padre de Mizuki siempre la vería como un recordatorio viviente de las traiciones de su esposa, sobre todo porque la niña había heredado la misma fría belleza de Kikyo.
Se sentó junto a ella, compartiendo la mesita del té. La observó con tristeza. ¿Hasta qué punto resistiría el inocente corazón de su Mizuki? La pequeña le dirigió una mirada resignada, y Kagome vio cómo sus pequeños hombros caían con cansancio.
—Cariño, estoy segura de que algo se le presentó —dijo con suavidad, aunque la ira comenzaba a invadir sus pensamientos. Se obligó a mostrarse dulce frente a la mirada incrédula de la niña.
—Okaasan, no lo disculpes —susurró Mizuki, dejando caer el mentón en la palma de su mano.
Kagome sonrió con ternura. No pudo evitar ver en esa pequeña rebeldía un reflejo del carácter del propio Inuyasha. En momentos así, no dudaba que la niña fuera realmente su hija.
—No lo estoy disculpando, Mizuki-chan —respondió con dulzura, buscando una excusa que mantuviera viva su ilusión. No podía revelarle aún las verdaderas razones del rechazo de su padre. Era demasiado pequeña, demasiado frágil.
—Tsk, tsk… —la interrumpió la niña, mirándola con una expresión que Kagome no supo descifrar—. No me importa esperarlo hasta mi próximo cumpleaños —añadió con firmeza, una actitud que la asemejaba aún más al demonio de ojos dorados que tenía por padre—. Estoy segura de que el próximo año vendrá.
La niña salió corriendo del salón de té con los ojos llenos de esperanza. Kagome deseaba poder creerle. Soltó un suspiro, se acercó a la puerta y observó cómo caían los pétalos de cerezo. No le molestaba cuidar de su sobrina; de hecho, disfrutaba del papel de madre pese a su juventud. Pero sabía por experiencia que el amor de una madre no siempre podía reemplazar el cariño de un padre.
Ni siquiera se inmutó cuando Myoga, su viejo consejero, anunció la llegada de un pergamino proveniente de la hermana de su difunta esposa, esa jovencita a la que apenas recordaba y de quien había oído tanto en los últimos meses.
Decían que su belleza superaba a la de cualquier mujer que uno pudiera imaginar, y los rumores solo aumentaban el interés de los jóvenes por convertirla en su esposa, especialmente porque, además de hermosa, era la heredera de las tierras Higurashi. Tierras que, en otro tiempo, pensó suyas.
Él no compartía esa opinión. La había conocido antes de su boda con Kikyo y la había vuelto a ver casi seis años atrás, cuando le entregó a la niña. Era cierto que tenía un rostro delicado, pero recordaba también su cuerpo desgarbado y su cabello rebelde. Dudaba que su belleza siquiera igualara la de Kikyo.
Tomó el pergamino con una mueca aburrida. Ya imaginaba su contenido: durante cinco años la súplica había sido la misma. No era tonto. Recordó con amargura que Mizuki había cumplido seis años hacía apenas una semana. La alejó de él tras la muerte de Kikyo; no quería nada que le recordara a su esposa… ni confirmar que la niña era fruto de su infidelidad.
Apartó sus pensamientos y desplegó el pergamino. Reconoció al instante la elegante caligrafía de Kagome.
Mi señor:
He perdido toda esperanza de que usted acepte visitar a su hija, pero temo que la pequeña Mizuki no. Durante años he compartido con usted cada momento importante de su vida, y me atrevo a decir que crece formidablemente. Sin duda, será una bella joven. Sin embargo, mi pequeña esperaría por usted hasta el último día de su vida, tan solo para verle aparecer por aquella puerta.
Mientras tanto, rezaré para que su corazón se ablande, Inuyasha-sama.
Sinceramente suya,
Higurashi Kagome
Inuyasha frunció el ceño y le entregó el pergamino a Myoga. Esa niña tenía una forma muy particular de hacerlo sentir culpable con respecto a Mizuki. Pensó en responderle, pero desistió. ¿Qué podía decirle? ¿Que no pensaba visitar a la que todos creían su hija?
—Si me permite dar mi opinión… —comenzó Myoga, colocando el pergamino con las demás cartas de Kagome—, la señorita Kagome tiene razón. No puede mantener alejada a la señorita Mizuki para siempre. Además —añadió con pesar—, tampoco es justo que Kagome la cuide por más tiempo. Le romperá el corazón si llega a casarse, y ningún pretendiente aceptará a la hija de otro hombre en su hogar. Menos si su esposa mantiene correspondencia con usted acerca de la niña.
Inuyasha le lanzó una mirada de soslayo, con una media sonrisa. No le importaba el destino de esa chiquilla ni si encontraba marido. Al contrario: si Kagome no se casaba, él podría reclamar las tierras de los Higurashi como viudo de la primogénita. Y si las cosas se complicaban… siempre podía pedir su mano. Como último recurso.
—No insistas —dijo secamente—. Le haría más daño si estuviera aquí conmigo —se excusó, dándole la espalda. Aún le dolía la herida. Dudaba de su paternidad, sí, pero nunca permitió que a la niña le faltara nada. Mucho menos el calor de una madre. Sin embargo, si volvía a tenerla cerca… no estaba seguro de poder ser un buen padre. No mientras sospechara que no era su hija.
—Kikyo —susurró con rencor al mirar el jardín lleno de rosas—. Si tan solo no hubieras destruido mi alma… tal vez podría pensar que esa niña es mía. Tal vez incluso podría volver a formar una familia.
Tan absorto estaba en sus pensamientos que no escuchó los pasos de Miroku, su mejor amigo. El joven, de edad similar, lo observó con melancolía. Conocía bien esa expresión: cuando Inuyasha tensaba los hombros y endurecía la mirada, se sabía consumido por los remordimientos.
—¿Otra vez pensando en ella? —preguntó en voz baja. Inuyasha no respondió. El silencio era su mejor escudo.
Miroku, con cierta cautela, dudó en mencionar los rumores que circulaban sobre las tierras de los Higurashi.
—Si estás aquí, debe ser por algo importante —gruñó Inuyasha, impaciente—. De lo contrario estarías en la aldea, presumiendo frente a las jóvenes.
—¡Vaya! Definitivamente no estás de humor —dijo Miroku, entrecerrando los ojos para observar su rostro—. Seguro recibiste otra carta de esa jovencita —añadió en voz baja, como esperando que solo el viento le oyera—. Siempre he pensado que tiene un interés especial en ti.
—No seas idiota —espetó Inuyasha, dándole la espalda—. Obviamente está interesada, pero por la niña, no por mí —reprochó, cruzándose de brazos.
Una suave ráfaga hizo ondear sus cabellos oscuros. ¿Cómo podía Miroku insinuar semejante cosa? Kagome era la hermana de Kikyo. En sus venas corría la misma sangre… corrupta. Al igual que en la niña.
—Escucha —Miroku se acercó y le puso una mano en el hombro—. Se rumorea que varios hombres están interesados en las tierras Higurashi —dijo con seriedad—. Y la única forma de obtenerlas es casándose con Kagome.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? —bufó Inuyasha. Sabía hacia dónde iba todo esto.
—Mucho, idiota —exclamó Miroku, conteniéndose—. Kagome es la verdadera heredera. Y hay enemigos tuyos dispuestos a casarse con ella solo para arrebatarte esas tierras… y a tu hija.
—¡Esa niña no es mía! —gruñó Inuyasha, cerrando los puños.
Miroku lo miró con tristeza. Inuyasha estaba tan cegado por el dolor, que no veía el peligro real.
—Piensa lo que quieras —dijo finalmente, encogiéndose de hombros—. Pero si no tomas una decisión, perderás esas tierras. No digas que no te lo advertí.
Observó cómo su amigo dirigía una mirada nostálgica al horizonte. Lo conocía bien. Sabía que, pese a su testarudez, tenía un corazón noble. La bestia del Sengoku, pensó Miroku. La gente era cruel al juzgarlo, sin saber que su único pecado había sido amar a una mujer que no lo merecía.
Suspiró. Seis años habían pasado. Seis largos años viendo a Inuyasha librar una batalla interna entre la cordura y la desesperación. Si sus presentimientos eran correctos, Kagome podría ser su redención… la cura para ese corazón endurecido.
Continuará…
N/A: Después de muchos años de inactividad, he vuelto. Espero esta nueva historia sea de su agrado.
Agradecería sus reviews con sus opiniones.
