Como siempre les recuerdo que ningún personaje de Ranma me pertenece… Son todos de la fantástica Rumiko Takahashi. Y espero que algún día se digne a regalarnos un epilogo con un final que me complazca, ósea boda y babys.
A veces romper es lo mejor
El otoño había llegado a Nerima, y con él, una sensación de intranquilidad al corazón de Akane. Las cosas con Ranma parecían estancadas en un eterno tira y afloja de voluntades. Ella pensó que, después de los sucesos en Jusenkyo, las cosas cambiarían un poco. Pero todo parecía seguir exactamente igual para todos… incluso para su inmaduro prometido.
Para ella no.
Jusenkyo y la boda fallida habían dejado en la peli-azul heridas que no eran visibles: un corazón roto y una sensación de culpa que, a diario, amenazaban con consumirla. Akane creyó que, después de Jusenkyo, por fin darían un rumbo claro a su relación, que serían más honestos con sus sentimientos, y que Ranma aclararía su situación.
Pero los eventos posteriores le demostraron que no. Como siempre en su caótica relación, dieron un paso adelante… y retrocedieron dos.
El dojo, una vez más destruido por aquellos que decían querer salvarlos de su destino, era la muestra más clara de lo poco que las cosas habían cambiado. El recuerdo más reciente que la atormentaba era el de Ranma negando sus sentimientos.
Akane se sintió devastada. Tenía una presión en el pecho, una angustia en el estómago… quería gritar, llorar, vaciarse por dentro. Pero no podía. No después de ver el rostro devastado de Ranma al perder —una vez más, y tal vez definitivamente— la cura.
No era justo que, por salvarla a ella, él perdiera la oportunidad de tener una vida normal. Sabía cuántas humillaciones había sufrido por culpa de su maldición, lo duro que fue ocultárselo a su madre. Aunque la señora Nodoka lo había aceptado, el temor al rechazo seguía latente en él.
Y como si eso no bastara, sus autoproclamadas prometidas se habían convertido en un problema insostenible. Ya no la atacaban físicamente, no. Habían refinado sus métodos: la hacían quedar mal frente a Ranma, comentaban con sarcasmo, se reían con sonrisas falsas, y poco a poco, levantaban un muro invisible entre ellos.
Akane entendía perfectamente lo que intentaban hacer… y lo que dolía era que Ranma no hiciera nada al respecto.
Así que empezó a evitarlos. Estaba emocionalmente agotada, y sabía que si las cosas seguían así, lo que fuera que tuvieran —amistad, relación, o un contrato absurdo— no sobreviviría.
Menos ahora, con el instituto por terminar, y una vida adulta acercándose a pasos agigantados.
Ese día de otoño, Akane tomó una decisión: invitaría a Ranma por un chocolate caliente, solo ellos dos, una tarde tranquila para hablar de tonterías, para intentar rescatar lo poco —o mucho— que aún quedara entre ellos.
Desde lejos lo vio salir del instituto y decidió seguirlo a distancia. Ese día, tenía que lograrlo. Por fortuna, ninguna de sus "prometidas" estaba cerca.
Ranma parecía distraído, incluso pensativo, lo cual era extraño en alguien tan enérgico. Pero la ruta que tomó no era la del dojo, sino otra… una que ella conocía muy bien.
Los nervios comenzaron a recorrerle el cuerpo. Aun así, se dijo que no debía exagerar. Ranma amaba comer gratis en el U-chan.
Lo vio entrar al local, a pesar de que había un letrero de "cerrado". Las alarmas mentales se activaron, pero se obligó a no suponer nada. Con Ranma, nada era nunca lo que parecía.
Esperó varios minutos, hasta que la impaciencia la venció. Se acercó a la ventana y miró por el vidrio.
Lo que vio la dejó paralizada.
Ukyo estaba colgada del cuello de Ranma… y lo estaba besando.
Él no se alejaba. No la empujaba.
No hacía nada.
Akane se alejó tan silenciosamente como había llegado. Su mente y corazón eran un caos.
Pero no se sentía con derecho a reclamarle.
Al final, Ranma era libre de elegir.
Y lo había hecho.
Solo que… no la eligió a ella.
No tenía fuerzas para regresar al dojo. En su lugar, caminó hasta el centro de la ciudad y buscó un teléfono público.
—Dojo Tendo —respondió la voz siempre serena de su hermana.
—Kasumi-oneesan…
—¿Akane?
—Sí… llamaba para avisar que Yuka y su familia me invitaron a un onsen este fin de semana, y me quedaré con ellos.
—Oh, está bien, Akane-chan. Espero que te diviertas.
—Gracias, hermana.
Colgó antes de que su voz la traicionara.
Afortunadamente, aún tenía el dinero que pensaba gastar en Ranma. Caminó sin rumbo, hasta que sus pasos la llevaron a la estación. Recordó una pequeña posada donde había estado con su madre años atrás.
Sin pensarlo, tomó el siguiente autobús.
Mientras miraba por la ventana, se aferró a los recuerdos de su madre. Aquella vez en que recogió una flor para ella, pero se cayó y la rompió. Su madre la abrazó, la consoló… y aceptó la flor rota como si fuera la más hermosa del mundo. Su sonrisa tenía el poder de calentar el corazón más frío.
Todos decían que se parecía a su madre… pero al mirarse en el reflejo de la ventana, no encontró ese parecido.
Su madre era cálida, hermosa, luminosa.
La chica del reflejo… era simple, con una mirada opaca y una mueca triste en los labios.
Las lágrimas comenzaron a correr, tibias, silenciosas. Las contuvo tanto como pudo, abrazando su viejo maletín café.
Tenía que aceptar que Ranma no la amaba. Tal vez nunca lo hizo. Tal vez ella solo fue una amiga… o una obligación impuesta por sus padres.
Y el contrato de honor debía romperse.
Llegó a la vieja posada. Nada había cambiado. Fue recibida por la misma mujer de entonces, ahora con algunos años más, pero la misma calidez.
—Bienvenida.
—Una habitación sencilla, por favor.
La mujer la observó con curiosidad.
—¿Nos hemos visto antes?
Akane intentó sonreír.
—Hace algunos años, con mis padres y hermanas.
—¡Lo sabía! Un rostro como el tuyo no se olvida fácilmente.
—¿Un rostro como el mío?
—¡Pero niña! Eres hermosa. Seguro tienes muchos pretendientes.
Akane dejó escapar una sonrisa cansada, pensando en Kuno.
—No tengo pretendientes. En mi barrio hay muchas chicas más bonitas que yo.
—Oh… ¿es así?
El ambiente se volvió incómodo, pero siguieron caminando hasta la habitación.
—¿Estás esperando a alguien?
—No, estaré sola.
La mujer frunció el ceño, pero en su mirada había comprensión.
—¿Te encuentras bien?
Akane intentó responder, pero su voz se quebró.
—Y-yo solo necesito descansar un poco…
La mujer asintió.
—Esta noche hay un festival para celebrar el inicio del otoño. ¿Por qué no descansas un par de horas y sales a dar una vuelta? Te dejaré un kimono en la puerta.
—Gracias… pero no tengo mucho dinero conmigo…
La mujer le tomó las manos con suavidad.
—Descuida. El kimono es prestado. Anda, toma un baño y descansa. Cuando despiertes… todo se verá diferente.
Kasumi observó el teléfono después de que su hermana colgara. Por alguna razón, una inquietud comenzó a crecerle en el pecho.
La puerta de entrada rechinó suavemente, y antes de que pudiera profundizar en su preocupación, escuchó una voz conocida.
—Ya llegué.
—Bienvenido, Ranma-kun. Como te tardaste, la tía te guardó la cena. ¿Quieres que la caliente para ti?
—Hola, Kasumi. Sí, gracias. Eh... ¿Akane está en su habitación? —preguntó el oji-azul, intentando sonar desinteresado.
—No, ella acaba de llamar. Dijo que iba a ir con Yuka y su familia a un onsen —respondió la mayor, mientras entraba tranquilamente a la cocina.
Ranma frunció el ceño.
Sabía que su prometida estaba mintiendo.
Había escuchado a Daisuke alardear descaradamente sobre su próxima salida con Yuka el fin de semana. El muy bocón no se había cansado de presumir que sería el primero del grupo en dejar la soltería.
Una sensación amarga le subió por la garganta y sus manos se cerraron en puños.
Era consciente de que las cosas con Akane no iban bien desde hace tiempo. Lo que antes consideraba "escenas de celos"—que aunque siempre terminaban en golpes—eran para él pequeñas muestras de que a Akane sí le importaba.
Pero ahora... ya no había nada de eso. Apenas pasaban tiempo juntos, y cuando lo hacían, siempre había un tercero en medio.
Desde lo de Jusenkyo, Ranma había visto con desesperación cómo Akane comenzaba a alejarse. Y se sentía impotente.
Sabía que cualquier gesto diferente por su parte podía desatar una guerra: entre amazonas, ninjas, cocineras de okonomiyaki y un ejército de pretendientes de Akane que parecían multiplicarse por día.
Todos acechaban, esperando un error suyo para lanzarse sobre ella.
La rabia le hervía por dentro.
Akane pasaría todo el fin de semana fuera, haciendo Dios sabe qué… y con quién.
Y él tendría que quedarse callado. Fingir que no pasaba nada.
Ja.
Si creía que podía hacer lo que quisiera, estaba muy equivocada.
Apenas tuviera oportunidad, pensaba desenmascararla frente a toda la familia.
Hirviendo de celos mal canalizados, salió directo al dojo, decidido a entrenar hasta que la furia se le evaporara. Olvidó por completo que Kasumi le estaba calentando la cena.
Después de algunas horas de sueño reparador y una catarsis de lágrimas, Akane se dio un baño largo con sales. El agua caliente ayudó a aliviar el peso de su cuerpo y mente. Luego, se colocó un hermoso kimono que la señora de la posada había dejado en la puerta.
Se acercó a la recepción, pero no encontró a nadie, así que decidió explorar un poco el lugar. Recordaba que había un pequeño jardín japonés en la parte trasera, con un lago artificial lleno de peces koi.
Tal como en sus recuerdos, el jardín seguía igual: lleno de vida.
Se imaginó a sí misma, de niña, corriendo en la hierba verde junto a sus hermanas.
Y entonces, como una flecha en el corazón, vino a su mente un recuerdo claro.
La noche antes de regresar a casa, su madre la había colocado sobre su regazo y le contó historias de príncipes, princesas y finales felices.
—Akane, cariño…
—¿Mami?
—Quiero que me prometas algo —dijo su madre con ternura.
La pequeña Akane, con sus enormes ojos inocentes, la miró con atención.
—Cuando crezcas, y llegue el momento de casarte… prométeme que solo lo harás con alguien que te ame de verdad.
—¿Cómo sabré que me ama de verdad? —preguntó la niña, confundida.
—Lo sabrás porque te escuchará incluso cuando digas tonterías… porque a su lado te sentirás segura, protegida. Y lo más importante: cuidará tu corazón como si fuera parte del suyo. ¿Me lo prometes, cariño?
—Lo prometo, mami —respondió, sin entender del todo, pero sintiendo que debía hacerlo.
Su madre sonrió y la abrazó, cubriéndola de besos.
—Yo te amo, mi pequeña… tanto como estrellas hay en el cielo. Nunca lo olvides.
Una solitaria lágrima rodó por el rostro de Akane, pero esta vez no era de dolor. Una calidez reconfortante la envolvía… como los brazos de su madre aquella noche llena de estrellas.
—Hola —dijo una voz suave, sacándola de sus pensamientos.
Akane se sobresaltó, y rápidamente se limpió las lágrimas.
—Hola… solo estaba dando una vuelta. Este lugar es exactamente como lo recordaba.
La mujer sonrió con comprensión.
—Sí… me gusta pensar que aquí el tiempo no pasa. Y si lo hace, solo deja buenos recuerdos.
—Yo solo tengo buenos recuerdos de este lugar —respondió Akane con una sonrisa melancólica.
—Entonces creo que encontré algo que te gustará ver. ¿Me acompañas por una taza de té?
Akane asintió.
La siguió por un angosto camino de piedras cuidadosamente colocadas hasta un pequeño jardín privado. Había una mesa bajo la sombra de un viejo árbol de sakura.
La mujer volvió poco después con una charola: una tetera humeante, un par de tazas… y un gran libro bajo el brazo.
—Espero que te guste el té de jazmín —dijo, sirviendo.
—Sí, gracias.
—Dijiste que tenías algo para mostrarme —recordó Akane.
—Aquí tienes —dijo la mujer, entregándole el libro.
Akane lo tomó y comenzó a ojearlo. Era un álbum de fotos.
—¿Esto es…?
—Mi pasatiempo. Este lugar guarda tantos buenos momentos… Yo tomo una foto de cada uno para que vivan por siempre.
Akane miraba con más interés, hasta que una imagen en particular la dejó sin aliento: ella, de niña, sobre el regazo de su madre, ambas mirando el cielo.
—Somos mamá y yo —susurró.
—Sí… te pareces mucho a ella. Por eso tu rostro me resultaba tan familiar.
Akane no salió esa noche. Pero al día siguiente, pasó horas conversando con la amable dueña de la posada.
Ya con la mente clara, supo que era hora de regresar a casa y poner las cosas en su lugar.
—Gracias por todo.
—No hay nada que agradecer, niña. Mi puerta siempre estará abierta para ti.
Akane le dio un abrazo.
—Volveré.
La mujer la vio alejarse, y notó que su andar era distinto. Seguro. Firme.
—Buena suerte, pequeña...
El viaje de regreso no fue particularmente largo para Akane.
Aún tenía muchas cosas en mente, pero se sentía diferente: renovada. Por primera vez en mucho tiempo, sentía la presencia de su madre muy cerca, como un susurro cálido que la guiaba. Y estaba lista. Lista para cumplir la promesa que, años atrás, le había hecho frente a las estrellas.
—Tadaima —dijo desde la entrada, quitándose los zapatos.
Kasumi fue la primera en recibirla.
—Bienvenida, Akane-chan.
—Hola, Kasumi-oneesan. ¿Dónde están todos? La casa está muy silenciosa.
Kasumi soltó una mueca poco común en ella.
—Te están esperando en el comedor. Papá quiere hablar contigo.
Akane frunció el ceño, pero asintió. La siguió hasta el comedor.
Ahí estaban todos.
Nabiki la observaba con los brazos cruzados, su padre con una taza de té en la mano y una expresión poco habitual de seriedad.
También estaban los señores Saotome, callados, y por último… Ranma, que ni siquiera se dignó a mirarla.
—Hola a todos —saludó Akane, intentando una sonrisa neutral.
—Akane, siéntate —dijo su padre, sin devolverle el saludo.
Ella obedeció, sentándose con la espalda recta.
—¿Qué ocurre, papá?
—¿Desde cuándo te volviste una mentirosa? —disparó el Sr. Tendo sin rodeos.
—¿Qué dices? —preguntó Akane, alzando un poco la voz.
—¿Dónde estuviste el fin de semana, jovencita? Porque estoy seguro de que con Yuka no fue —dijo golpeando la mesa con ambas palmas.
—¿A qué viene todo este interrogatorio? —replicó Akane, molesta.
—¡A que eres una mentirosa! ¡No estabas con Yuka! Ni su familia fue a ningún onsen, ¡ella estuvo todo el fin de semana con Daisuke! —gritó Ranma, levantándose, con el rostro crispado de rabia y celos.
Akane lo miró fijamente, sin titubear.
—¿Y tú quién te crees para interpelarme? Entérate, Saotome: en esta sala eres el último que debería pedirme explicaciones. No tienes ningún derecho.
—Akane-chan, Ranma es tu prometido… —intervino la señora Saotome con voz suave, intentando calmar las aguas. Ella quería profundamente a Akane, y aunque su hijo no sabía expresarse, confiaba en que la joven tendría una buena razón.
Akane le devolvió una mirada cargada de emociones, pero no respondió de inmediato.
—¿Dónde estuviste entonces? —insistió su padre, más serio que nunca.
Akane respiró hondo. En lugar de hablar, comenzó a rebuscar en su bolso. La sala quedó en silencio, expectante.
—Fui a buscar una de las memorias de mamá —dijo finalmente, y colocó sobre la mesa un pequeño grupo de fotografías junto con una carta cerrada.
La tensión se volvió densa. Incluso Ranma, que hasta entonces tenía el ceño fruncido y estaba de pie, volvió a sentarse, sintiéndose descolocado.
El Sr. Tendo miró los objetos con manos temblorosas y ojos abiertos de par en par.
—Es… esta es la posada donde nos quedamos aquella vez —murmuró con voz entrecortada—. Pensé que no lo recordarías. Eras tan pequeña…
—Lo recordé —dijo Akane, con voz firme—. Mamá me pidió que le hiciera una promesa esa noche… y he venido a cumplirla.
Todos se quedaron en silencio. Nabiki bajó la mirada, Kasumi se cubrió la boca con las manos, y el señor Saotome frunció el ceño.
—¿Qué clase de promesa, Akane? —preguntó su padre, como si ya supiera que no le gustaría la respuesta.
—He venido a romper mi compromiso con Ranma. Él no es el hombre con el que le prometí a mamá que me casaría.
Un golpe emocional cayó como una piedra en la sala.
—¡Akane-chan, no puedes decir eso! Tu padre y yo hicimos esa promesa mucho antes de que ustedes nacieran —exclamó el Sr. Saotome.
Akane lo miró con solemnidad. Luego se arrodilló e hizo una dogeza formal.
—Lo lamento, tío. Pero no puedo romper la promesa que le hice a mi madre.
Luego, se dirigió a la señora Saotome, e hizo la misma reverencia.
—Discúlpeme también a usted.
—A-Akane… ¿pero qué dices? —balbuceó su padre.
—Mamá te dejó una carta —dijo ella, señalando el sobre—. No sé lo que dice. Está dirigida a ti. Pero estoy segura de que ahí encontrarás la respuesta.
El Sr. Tendo, aún tembloroso, tomó la carta. La abrió con lentitud y leyó.
Sus ojos se movían rápido, como si el pasado estuviera cobrando vida frente a él.
Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—El compromiso… está roto —declaró con voz entrecortada.
La habitación entera quedó muda. Solo Akane asintió, como si lo hubiera sabido todo el tiempo.
—Mi viaje fue largo y estoy cansada. Me retiraré. Que tengan buena noche —dijo, y salió del comedor con paso firme.
Todo pasó como en cámara lenta para Ranma.
Lo que creyó que sería una oportunidad para hablar con Akane, terminó siendo su ineludible final.
Sentía rabia, dolor… abandono.
quería una explicación, él que había sido el involucrado se sentía nuevamente hecho aun lado, como si su opinión no contara, como si sus sentimientos y todo lo que habían vivido juntos no tuviese ningún significado.
Cuando finalmente reaccionó, se levantó, y aprovechando el desconcierto general, salió de la casa Tendo en completo silencio.
Akane ingresó a su habitación luego de darse un largo y muy necesario baño. En el apuro, había olvidado llevar su pijama, por lo que solo llevaba una toalla ajustada al cuerpo, cubriéndole lo justo, y otra más en el cabello, aún húmedo.
Entró a la habitación a oscuras, cerrando la puerta tras de sí, sin notar que no estaba sola.
Un leve sonido la sobresaltó, haciendo que la toalla de su cabello cayera al suelo. En la penumbra, Ranma estaba sentado en la silla frente a su escritorio, observándola fijamente con esos ojos azules que tantas veces le habían robado el aliento.
Pero esa noche, sus ojos no tenían ternura. Estaban tormentosos, cargados de emociones que ella no podía leer.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Ranma… ¿qué haces aquí? —preguntó, con la voz temblorosa.
Él permaneció en silencio por unos segundos. Cuando finalmente habló, su tono sonaba cansado, agotado incluso.
—Pensé en irme sin hablar contigo… recoger mis cosas y continuar con mi entrenamiento, como antes de llegar a Nerima —hizo una pausa, se levantó de la silla y la miró—. Pero no puedo irme así. No sin una explicación. Es lo mínimo que merezco después de todo este tiempo. ¿No lo crees, Akane?
Ella frunció el ceño, soltando un resoplido sin humor. Ranma también frunció el ceño y su presencia pareció llenar la habitación. Ya no era el chico que llegó convertido en una pelirroja chillona. Ahora, a pesar de la maldición, se había convertido en un hombre.
Superaba el metro noventa, con un aura que imponía solo al estar allí. Era imposible ignorarlo.
Se acercó a ella, haciendo aún más evidente la diferencia de estatura.
—Dime, Akane. ¿Cuál es la razón para arrastrar con tu honor… y el mío, al romper el compromiso?
Akane lo miró, sin comprenderlo del todo. Estaba ahí, en su habitación, exigiendo explicaciones como si se lo debiera. Como si Ukyo no existiera.
Como si él no hubiese cruzado líneas también.
—No te entiendo, Ranma. De verdad que no. Tú más que nadie deberías estar feliz. El compromiso está roto sin que tu honor se vea manchado, y sin que nuestros padres puedan intervenir.
Ranma apretó los puños, claramente luchando por controlarse.
—¿Debería estar feliz, dices? Has arrastrado nuestro honor, tal vez destruido la amistad de nuestros padres, y me has hecho quedar como un estúpido. El que siempre te salva, el que está detrás de ti… y al que puedes dejar de lado cuando se te antoje. ¡Maldita niña egoísta! —sus palabras salieron bajas, roncas, como un rugido herido.
Akane contuvo el aliento. Tragó saliva y, esforzándose por mantener la calma, respondió:
—Ranma… hace meses que apenas cruzamos palabra —murmuró—. Has dejado claro muchas veces que no querías este compromiso. Y nuestros padres... ellos han sido amigos desde antes. Eso puede continuar igual. Pueden ser socios en el dojo. Tú puedes representarlos. Yo no intervendré.
—¿También vas a renunciar al dojo? —preguntó él, visiblemente sorprendido.
Akane asintió sin dudar.
Ranma dio varios pasos atrás.
El golpe de sus palabras era más fuerte de lo que esperaba.
—Si quieres culpar a alguien, hazlo. Cúlpame a mí. Que sea mi honor el manchado. No me importa —dijo Akane, con firmeza, aunque la emoción la quebraba por dentro.
—¿Tanto me odias? —preguntó Ranma, derrotado, agachando la cabeza.
—No… No te odio, Ranma. Nunca lo he hecho.
—¿Entonces por qué estás tan desesperada por terminar esto?
Akane suspiró.
—Porque es lo mejor para ambos.
—¿Lo mejor para ambos? —repitió Ranma, rugiendo otra vez—. ¡Di la verdad! ¡Dilo! ¡Que odias estar comprometida con un fenómeno como yo!
Akane apretó los puños, empezando a perder la paciencia también.
—¡No es eso y lo sabes! Además, no entiendo por qué estás tan molesto. ¡Sin este compromiso eres libre de estar con quien realmente quieras!
—¿Con quién realmente quiero estar? ¿De qué diablos hablas, Akane?
—De tus prometidas. Sin este compromiso que te ataba por honor, puedes elegir a quien de verdad amas.
—¿Mis prometidas? ¡Ellas están locas! —replicó Ranma con frustración.
Akane lo miró con determinación.
—Tal vez esta sea la última vez que hablemos sobre este compromiso, así que quiero ser lo más honesta posible. Y espero lo mismo de ti.
Ranma la observó, aún sin comprender del todo.
—Estos meses han sido difíciles para mí. Tus prometidas, los locos que nos acosan, incluso nuestra familia... todo se volvió agotador.
Por eso… por eso —hizo una pausa, tragando duro—. Quería hablar contigo el viernes. Te seguí cuando saliste del instituto.
Los ojos de Ranma se abrieron de par en par.
—Akane… espera. No, no es lo que crees.
—Lo sé. Siempre tienes una explicación razonable. Pero... verte con Ukyo me hizo darme cuenta de que no puedo seguir con esto. Sea lo que sea.
—Espera, espera, Akane. ¡Tienes que escucharme! ¡Eso no fue...!
—No —lo cortó Akane con voz firme—. No me debes explicaciones, Ranma.
Apretó la toalla con más fuerza, respiró hondo y continuó:
—Me sentía vacía… así que fui a aquella posada. Tenía buenos recuerdos de ese lugar. Y estando allí, recordé la promesa que le hice a mamá.
Lo miró directo a los ojos.
—Le prometí que solo me casaría con un hombre que me amara de verdad. Que me escuchara, con quien me sintiera segura, a salvo. Que cuidara mi corazón como si fuera parte del suyo.
Ranma… tú no eres ese hombre.
Las lágrimas finalmente escaparon, silenciosas, pero firmes.
—No quiero pelear contigo. Realmente espero que algún día podamos ser amigos.
Pero para Ranma, eso fue demasiado.
—Será mejor que te vayas, Ranma. No quiero que haya más malos entendidos —dijo ella, dando un paso atrás.
Ranma se irguió, sin responder. Dio media vuelta, como si fuera a marcharse…
Pero de un salto, ya estaba de nuevo frente a ella, sujetándola de los brazos con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué haces, Ranma? —preguntó Akane, algo intimidada. Aún llevaba solo la toalla, aún estaba vulnerable.
Él acercó su rostro al de ella, tan cerca que podía sentir su aliento agitado.
—Tal vez tú ya dijiste todo lo que querías decir… ¡pero yo no! —su voz era ronca, cargada de emoción—.
Y entérate de una vez, niña tonta: tú y yo nunca seremos amigos.
La soltó de golpe. Tan intempestivamente como había llegado, saltó por la ventana haciendo uso una vez más de sus sorprendentes habilidades marciales, desapareciendo en la noche.
Las piernas de Akane dejaron de sostenerla, y cayó de rodillas al suelo. Las emociones que hasta ese momento había logrado mantener bajo control regresaron con fuerza, doblándola sobre sí misma.
Trató de ahogar los sollozos que le brotaban desde lo más profundo... desde ese lugar donde aún vivía el amor que sentía por Ranma.
Aunque quisiera girar el rostro y fingir que nada había pasado, sí pasó, y estaba allí: en cada rincón de su habitación, en el dojo, en el recuerdo de sus discusiones… y en cada una de las veces que él la salvó, poniéndose en riesgo, incluso perdiendo la cura para su maldición.
Ranma saltaba por los techos de Nerima, sin rumbo fijo. Tenía tantas cosas que decirle a Akane… y lo único que había hecho fue huir, una vez más. Como el cobarde que sentía que era.
Las horas pasaron. El agotamiento le cayó encima como un peso. Pensó en regresar, obligarla a que lo escuchara.
Pero… ¿qué le diría? ¿Que olvidara lo que dijo? ¿Que no podía simplemente romper el compromiso, no cuando él… la… la am…?
—¡Maldición! Ni siquiera puedo admitirlo para mí mismo… —masculló, dejándose caer sobre el futón.
Había regresado a la casa horas después, tras recorrer toda Nerima sin encontrar respuestas.
Un golpe en la puerta lo sobresaltó.
—Ranma, cariño… ¿estás allí?
La voz de su madre lo sacó bruscamente de sus pensamientos. Instintivamente se sentó.
—Sí, mamá. Estoy aquí.
—¿Puedo pasar?
—Adelante.
Nodoka entró a la que ahora era la habitación de su hijo, antes una pequeña bodega en la casa de los Tendo.
Ranma se sentó rígido sobre el futón, como esperando una sentencia.
La señora Saotome recorrió con la mirada la habitación. Aunque pequeña, Ranma la mantenía ordenada. Después de la inspección visual, se sentó frente a él con la elegancia que tanto la caracterizaba.
—¿Hablaste con Akane-chan?
Ranma se tensó aún más, si eso era posible. No sabía qué decir, así que simplemente asintió.
—Ya veo —murmuró Nodoka—. He notado que las cosas entre tú y Akane-chan no están bien. Y la intervención constante de tus "amiguitas" no ayuda.
Ranma la miró fijo.
—No es tan fácil, mamá.
—Ranma, sé que estuve ausente gran parte de tu vida, y quizás no conozco todos los "detalles". Pero déjame decirte algo, hijo: si no haces algo, podrías perder definitivamente tu oportunidad con Akane.
—¡A mí no me impor...!
—Ranma —interrumpió Nodoka con firmeza—.
Si lo que quieres es romper definitivamente el compromiso, yo te apoyaré. Mañana mismo podemos irnos de esta casa.
Pero dime… ¿eso es lo que quieres?
Ranma apretó los puños con fuerza y negó con la cabeza.
—Entonces habla con Akane-chan. Sé honesto. Escúchala.
Él asintió.
Nodoka se levantó, le deseó buenas noches y caminó hacia la puerta.
—Una cosa más, Ranma. Si ella insiste en romper el compromiso… Espero que respetes su decisión.
Ranma no respondió. Respiró hondo para encajar el golpe. Apretó los puños en silencio mientras escuchaba cómo su madre se alejaba.
—No puedo, mamá… —susurró—. No puedo renunciar a ella. Renunciar a Akane sería como renunciar a respirar...
La mañana trajo una calma poco usual al dojo Tendo. Todo parecía cubierto por un manto de melancolía y anticipación.
Akane se había levantado temprano y, sin ganas de cruzarse con Ranma, salió antes rumbo al instituto.
Él la había escuchado. La imaginó haciendo su rutina diaria, había sentido su aura como un cálido cosquilleo. La sintió pasar justo a lado de su puerta. Y contuvo el impulso de ir tras ella. Ambos necesitaban un poco más de tiempo antes de volver a hablar.
Él necesitaba encontrar una forma de acercarse sin que sus autoproclamadas prometidas armaran la tercera guerra mundial.
Sin ánimos, se levantó del futón y se preparó. Tal vez estaba por enfrentar la batalla más importante de su vida.
En el instituto, Yuka esperaba en la entrada, visiblemente inquieta.
—¡Akane! Al fin llegas…
—Buenos días, Yuka.
—Sí, sí, buenos días también, pero ahora no hay tiempo para eso. Tenemos que hablar —dijo, tomándola del brazo y arrastrándola a un sitio más privado.
—¿Qué pasa?
—¡Tienes que avisarme de estas cosas, Akane-chan!
—¿Qué cosas?
—¡Ranma! Estaba como loco buscándote el fin de semana. Incluso llegó a interrumpir mi cita con Daisuke solo para preguntarme dónde estabas.
Yo le dije que no sabía. Lo siento…
Yuka hizo una pequeña reverencia, apenada.
—¿Él… me buscó?
—Sí. Y se veía realmente molesto.
Akane soltó un resoplido.
—Da igual. Ya no importa.
—¿Cómo que no importa?
—El compromiso está roto. No le debo explicaciones.
—¿Qué?
El día transcurrió lento para Akane.
Y la ausencia de Ranma, conforme pasaban las horas, solo aumentaba la ansiedad que abrumaba su mente.
Sus amigas intentaron hablar con ella, tratando de sacarle qué había pasado con el compromiso. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Akane se mantuvo imperturbable.
Ellas no fueron capaces de obtener respuestas, y ese aire distante que la rodeaba sirvió para que el resto de alumnos —incluso los profesores de Furinkan— mantuvieran la distancia, al menos por ese día.
Incluso la profesora Hinako le llamó la atención, al notar que no estaba del todo presente.
Ranma no había aparecido en todo el día.
Incluso Ukyo, que llegó tarde, se acercó a preguntarle por el paradero del ojiazul.
Akane negó saber de él. Y, al contrario de otras ocasiones, cuando Ukyo había intentado entablar conversación, Akane simplemente la ignoró, dándole un aire frío y distante.
Al volver del receso, encontró una nota en su asiento.
No decía mucho, solo: "A la salida, te espero en la azotea."
Pero la letra de Ranma era inconfundible.
Akane sabía que ese momento llegaría tarde o temprano. Que había una conversación pendiente…
Aun así, no pudo evitar ponerse nerviosa, especialmente al recordar el comportamiento errático que Ranma había tenido la noche anterior.
Abrió la puerta de la azotea y lo buscó con la mirada.
Lo encontró de espaldas, perdido en el horizonte.
Salió con cuidado y cerró la puerta tras de sí.
El sonido de la puerta pareció sacarlo de su ensoñación. Ranma se giró y la observó por unos segundos sin decir nada.
Su mirada era profunda. Sus ojos azules, usualmente brillantes, estaban más oscuros que nunca.
Como si una tormenta se agitara dentro de ellos.
—Viniste —dijo él, en un susurro.
Akane asintió y dio un paso al frente, acortando la distancia.
—Vine porque creo que es importante que hablemos.
Ranma apretó los puños, como intentando contener el impulso de mandar todo al demonio.
—Tú ya dijiste lo suficiente ayer… me toca a mí.
La brusquedad en sus palabras hizo que Akane se sobresaltara. Pero, con la valentía que siempre la caracterizaba, se cruzó de brazos, alzó el rostro y dijo con firmeza:
—Muy bien. Pues di lo que tengas que decir.
Ranma tragó saliva, perdiendo un poco del impulso inicial.
—Lo que tú crees que viste… no fue así. Yo no besé a Ukyo.
—Da igual. Si tú la besaste o ella te besó…
Ranma frunció el ceño.
—Ella no me besó… bueno —empezó a jugar con sus pulgares—, lo intentó, pero yo la esquivé.
Akane giró el rostro, mirando el horizonte, intentando parecer calmada.
—Ya no importa. Si la besaste o no. Puedes hacerlo si quieres. El compromiso está roto. No me debes explicaciones, Ranma.
En medio segundo, él ya estaba frente a ella y la sujetaba de los brazos. Su mirada tormentosa la taladró.
—¡Maldición, Akane! ¡No puedes hacer esto!
—No estoy haciendo nada. ¡Y ya suéltame, Ranma!
—¡No! No te voy a soltar hasta que me escuches.Tú dices que hiciste una promesa. Pues yo también la hice. ¡Maldición!
—El compromiso fue algo que prometieron nuestros padres. ¡No nosotros! No tienes por qué sentirte mal, tu honor no se verá comprometido por esto.
—¿Realmente piensas eso? —murmuró Ranma, con voz apagada.
Akane lo miró en silencio.
—Yo… yo prometí que nunca más estarías en peligro. Que te protegería.
El corazón de Akane dio un brinco.
Comenzó a latir con fuerza. Como cada vez que Ranma se le acercaba demasiado.
—No soy una responsabilidad, Ranma. Puedo cuidar de mí misma.
—¡Por Dios, Akane! ¡Casi mueres en mis brazos!
—Lo que pasó en Jusenkyo no tiene nada que ver.
—¡Tiene TODO que ver! Por mi culpa casi mueres. Si yo…
—¡Fue mi elección! —lo interrumpió Akane—. No soy tu responsabilidad.
Y además… lo que pasó en Jusenkyo no tiene que ver con mi decisión de ahora.
—¡Ja! Es por la supuesta promesa a tu madre.
Akane frunció el ceño y se zafó de su agarre con fuerza.
—Voy a cumplir esa promesa… incluso a pesar de ti.
Ranma se dio la vuelta, dándole la espalda una vez más.
—¡Yo te escucho, estúpida! Incluso cuando me cuentas las tonterías que dicen tus amigas. ¡Y siempre estás a salvo cuando estás conmigo!
Se giró otra vez, sonrojado y agitado.
—¡Y me cortaría un brazo antes de permitir que te lastimen!
Akane parpadeó. Pero, igual de agitada, gritó:
—¡Ranma, yo te amo! —le gritó con rabia, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Pero no puedo seguir así! No puedo forzarte a estar conmigo solo por un compromiso.
Estoy cansada de sentirme inferior a tus otras prometidas. De preguntarme cuándo te decidirás a irte con una de ellas. La promesa a mamá me dio una salida…
Y también te la está dando a ti.
Akane esperó. Esperó que Ranma se burlara de ella. Que la rechazara. Que dijera algo cruel.
Pero lo siguiente que supo, fue que estaba entre sus brazos.
Y antes de que pudiera reaccionar, él la tomó de la nuca y la besó.
Torpe, inexperto, nervioso. Solo rozó sus labios… pero fue suficiente para que todo su cuerpo colapsara en un cortocircuito de emociones.
Akane intentó apartarlo, pero Ranma la atrajo más, rodeándola con un brazo firme por la cintura.
Sus cuerpos se unieron. Ella sintió el calor, la tensión, la intensidad.
Ranma, guiado por el momento, succionó sus labios, queriendo memorizar su sabor.
Y entonces… ¡PUM!
Una patada lo mandó volando varios metros.
—¡Pero qué rayos, Ranma! —gritó Akane, agitada.
Ranma se levantó de un salto y volvió a ponerse frente a ella, como si nada.
—¡Dijiste que me amabas!
—¡Eso no te da derecho a besarme, pervertido!
—¡YO también lo hago!
—¿Qué…?
—¡Que también lo hago! ¡Lo que tú dijiste! ¡Yo siento lo mismo!
¡Así que no puedes romper el compromiso!
Akane parpadeó, tratando de descifrar sus tartamudeos.
—Por favor, Ranma… ni siquiera puedes decirlo.
—¡Te amo! —dijo él de golpe, sin tartamudeos—.
Y sí cumplo con todo, tonta. Si no lo he dicho, es porque esas locas que me siguen podrían hacerte daño.
Akane se sonrojó.
Ranma bajó la cabeza y se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas. Comenzó a hacer círculos con el dedo en el piso.
Akane se sentó frente a él, con delicadeza.
—¿Qué…?
—Lo que oíste. No me hagas repetirlo.
—¡Ranma!
—Ya, ya… —suspiró—. Nunca planeé enamorarme de ti. Solo pasó.
Pensé que, como estábamos comprometidos, con el tiempo todo caería en su lugar.
Pero la boda fallida y todo lo que pasó antes me mostró lo peligroso que puede ser.
—¿Y planeabas que…?
—Planeaba que, cuando nos graduáramos, nos fuéramos juntos.
Tú querías estudiar. Yo quería competir o entrenar. Pensé que podríamos irnos a otra ciudad.
Podía entrenarte si querías…
Akane lo miró fija.
—¿Y pensabas que yo huiría con mi prometido?
—Con tu marido.
—¿¡Qué!?
—Es solo firmar un papel. Dejamos copias para todos, desaparecemos un tiempo, y ¡listo!
Hacemos felices a nuestras familias, y los locos ya no tendrán nada que hacer.
—Quiero seguir estudiando…
—¡Lo sé! ¿Ves? ¡Sí te escucho!
Akane dejó escapar una sonrisa. Toda la tensión acumulada en su cuerpo desapareció.
—¿Y cuándo pensabas contarme tu maravilloso plan?
—Unos días antes de graduarnos.
No quería que lo arruinaras… ni que nos descubrieran.
—Vaya…
—Sí, vaya. Ahora lo arruinaste todo, rompiendo el compromiso…
Akane estalló en carcajadas.
Ranma la miró confundido, hasta que ella se le lanzó encima, tirándolo al suelo y besándolo.
Fue un beso distinto. Cálido. Suave. Dulce.
Ranma se dejó llevar. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Sus manos la exploraron con reverencia.
Una de ellas se coló hacia su trasero… y apretó más de lo debido.
—¡Tú… tú pervertido!
Ranma se sentó de inmediato, disimulando cierta parte de su anatomía.
—Dijiste que me amabas…
—¡Sí, pero no puedes meterme mano así como así!
—Akane… ¡somos prometidos hace más de dos años! Esto… esto es algo a lo que debes acostumbrarte…
—Te recuerdo que el compromiso está roto, baka.
Ranma la fulminó con la mirada y la agarró una vez más.
—¡Entérate, niña tonta! Tú no puedes romper el compromiso.
Yo cumplo con todos los requisitos de tu madre.
Y dijiste que me amabas. ¡Estás atrapada conmigo el resto de tu vida!
Akane lo miró con el ceño fruncido, y luego le dio un corto beso.
—Y tú estás atrapado conmigo.
Ranma sonrió, feliz.
—Desde que te vi por primera vez… me tienes atrapado, Akane.
Ambos sabían que no sería fácil. Pero también sabían que, sin importar lo que viniera…
se tendrían el uno al otro.
Ranma le ofreció la mano.
—Vamos… hay que decirles a todos.
—No.
—¿Oye…?
—Podemos fingir que seguimos peleados.
—¿¡Qué!? ¡No! ¿Por qué haríamos eso?
—Así nadie sospecha —dijo, acercándose con picardía—.
Siempre quise tener un romance secreto de instituto.
Ranma se sonrojó… y de repente la cargó con decisión.
—¿A dónde vamos?
—Al ayuntamiento.
—¿Q-qué?
—Ya tenemos dieciocho. No necesitamos autorización.
—Pero… los papeles…
—Están en mi maleta.
—¿Cómo…?
—Te dije que lo tenía todo planeado.
Y dijiste que me amabas.
Ya no hay vuelta atrás.
Mientras era llevada en los brazos de su prometido por los techos de Nerima, rumbo a una boda rápida…
Akane miró al cielo y sonrió.
Gracias mamá…
Fin
Gracias por leerme! Esta historia llegó a ustedes porque la semana pasada estuve algo melancólica. Estaba en un curso para mejorar mis habilidades profesionales, era la clausura y había un profesor, de mi edad, días antes él me había escrito. Durante todo el curso yo pasé desapercibida para él, tuvimos muy pocas conversaciones, y hubo una especie de exposición final para obtener el certificado (yo colaboré) y él, de repente, empezó a escribirme y querer saber de mí.
Él es apuesto, pero tiene equipaje (una exesposa e hijos). Yo no quiero complicaciones, así que no le di chance. No siento nada por él, pero me gustó tener su atención y no lo negaré: su forma de pensar cuadró conmigo. Yo simplemente dejé de responder a sus mensajes.
Después de algunos días se despidió de mí con un "Gracias, señorita", y no me arrepiento, pero siempre queda el ¿y sí?
Pasé el fin de semana escuchando ABBA: "The Winner Takes It All". Y salió esta historia. Tenía planeado un final donde Ranma y Akane no estuviesen juntos, pero dejé el final pausado, y salió así.
