Marvel ni High School DxD son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos autores. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato. Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.

—comentarios.

pensamientos.

—*hablando por teléfono, comunicador, etc.*

—[Ddraig, Albion, etc.]


Capítulo 17:

SOMBRAS


Tras su regreso a la Academia de Formación de S.H.I.E.L.D. a finales principios del año dos mil nueve, Issei entró en una nueva etapa de crecimiento físico, mental y sobrenatural. Durante esos meses, consolidó su papel como agente en formación y como poseedor de una Sacred Gear de alto nivel. Desde enero, Issei, junto al resto de reclutas, había seguido un régimen intensivo de preparación física y técnica. Sus entrenadores lo habían sometido a pruebas exigentes de resistencia, combate cuerpo a cuerpo y control en situaciones de estrés. Junto a su equipo Delta, participó en simulaciones, misiones de entrenamiento y ejercicios de coordinación intergrupal.

En paralelo, su formación académica incluyó materias como geopolítica, idiomas, psicología táctica y fundamentos del derecho internacional aplicado a lo sobrenatural. S.H.I.E.L.D. quería agentes que puedan leer el campo de batalla... y la sala de negociaciones.

En cuanto al vínculo entre Issei y su Sacred Gear, la Boosted Gear, había avanzado considerablemente. Si bien el dragón Ddraig aún no estaba plenamente despierto, habían establecido un contacto mental más claro, permitiendo a Issei conocer mejor los límites y capacidades de su poder: reducir el tiempo necesario entre boost y boost, permitiéndole usarlos en combate de forma más dinámica, su cuerpo había sido condicionado para soportar mejor la presión física y mental que implica el uso constante del poder del dragón, el Dragon Shot se había vuelto más preciso, con opciones de modificación en potencia y área y el Transfer se había perfeccionado, permitiéndole aplicar boosts incluso a dispositivos tecnológicos o blindaje. No había alcanzado aún el Balance Breaker, pero los ejercicios de sincronización lo habían acercado más a ese potencial.

El equipo Delta había crecido como unidad. Las diferencias iniciales entre los seis miembros habían dado paso a una dinámica más fluida, con confianza mutua y compañerismo. Durante las semanas previas a las vacaciones de verano, y como inicio a su segundo año como reclutas, cada miembro fue asignado a una rama especializada dentro de la estructura de S.H.I.E.L.D., en función de sus habilidades y perfiles. Issei también había recibido su destino... aunque no todos los detalles habían sido revelados.

También había madurado visiblemente. Si bien seguía siendo un joven impulsivo, curioso, pervertido y enérgico —con sus intereses personales intactos—, había aprendido a mantener la cabeza fría bajo presión. Su experiencia en el cruce entre el mundo humano y el sobrenatural lo había llevado a desarrollar una conciencia crítica sobre ciertos sistemas, como el sistema demoníaco, y los conflictos latentes. Aunque aún no había definido su posición, cada paso que daba lo acercaba más a tomar partido.

S.H.I.E.L.D. continuó su avance tecnológico con el objetivo de adaptarse a un mundo que, aunque aún desconocido para la mayoría, estaba lejos de ser exclusivamente humano. Tras años de encuentros encubiertos, informes clasificados y anomalías inexplicables, la organización había intensificado el desarrollo de sistemas orientados a la detección y el manejo de fenómenos sobrenaturales. Uno de los principales avances había sido el trabajo en torno al llamado Proyecto Longinus: un proyecto que, aunque aún se halla en fase experimental, había servido como base para la creación de sensores capaces de identificar fuentes de energía mágica con una precisión considerable. Gracias a ello, la capacidad de rastreo de individuos portadores de Sacred Gears o vinculados a entidades no humanas había mejorado notablemente.

Paralelamente, se habían adaptado los protocolos de vigilancia urbana en zonas clave, incluyendo nuevos filtros en sistemas satelitales y de seguridad global. La detección de patrones térmicos inusuales, la modificación de algoritmos predictivos y la interpretación de señales anómalas en campos electromagnéticos habían permitido anticipar y neutralizar posibles brechas en la seguridad, sin necesidad de intervención directa. Sin embargo, la organización mantenía una postura prudente: la contención y la observación seguían siendo preferidas por encima del conflicto abierto.

En cuanto al panorama mundial, el primer semestre del año no había estado exento de movimientos sociales y eventos naturales de relevancia. En Japón, un cambio político importante había marcado la agenda nacional, con reformas centradas en la eficiencia administrativa y el refuerzo del sector tecnológico. Europa, por su parte, había vivido un periodo electoral cargado de tensiones, donde nuevos partidos habían ganado espacio en las cámaras legislativas. Mientras tanto, el invierno trajo consigo tormentas y nevadas inusualmente fuertes en distintas partes de Asia y América del Norte, afectando a millones de personas. Esos fenómenos, aunque naturales, habían generado debates sobre el cambio climático y la capacidad de los gobiernos para responder ante crisis ambientales.

Por otro lado, el mundo había presenciado avances destacables en los campos médico y científico: se habían realizado nuevas pruebas con técnicas de edición genética que podrían revolucionar el tratamiento de enfermedades hereditarias, mientras que la carrera espacial había ganado impulso con el lanzamiento de varias misiones privadas y gubernamentales. El ritmo de cambio también se refleja en el día a día: los nuevos modelos de teléfonos inteligentes, cada vez más presentes en la sociedad, comienzan a cambiar la forma en que las personas acceden a la información y se comunican, abriendo paso a una era digital más inmediata, más conectada… y potencialmente más vulnerable.

Por debajo de la superficie, S.H.I.E.L.D. continúa observando. A medida que el conocimiento sobre las Sacred Gears crecía, también lo hacía el interés por quienes las portaban. Issei Hyōdō se encontraba en una posición delicada dentro de ese equilibrio: reconocido por poseer una de las trece Longinus, su relación con el mundo sobrenatural lo hacía objeto de estudio y, potencialmente, de utilidad. Aunque su estatus aún no había sido definido oficialmente, el interés que despertaba en ciertos departamentos era evidente. La organización se encontraba en un punto de inflexión: entre la necesidad de adaptación y el temor al descontrol, entre el conocimiento y la sospecha. Y en ese umbral incierto, la figura de Issei, con su potencial y sus contradicciones, representa tanto una oportunidad como un desafío.

Y mientras el mundo humano avanza por sendas cada vez más tecnológicas y estructuradas, el mundo sobrenatural seguía manteniéndose en las sombras, ajeno en muchos aspectos pero inevitablemente entrelazado con lo mundano. Desde las calles nevadas de Kuoh hasta los salones antiguos de los clanes nobles, las viejas estructuras sobrenaturales permanecen en movimiento, aunque con más incertidumbre de la habitual.

En la ciudad de Kuoh, la actividad demoníaca se mantenía estable, al menos en apariencia. Rias Gremory y Sona Sitri continuaban desempeñando su doble rol como estudiantes modelo y líderes de sus respectivos grupos, encargadas de mantener el orden sobrenatural en la región. Aunque a simple vista todo parece en calma, ambas sabían que la situación se encontraba lejos de ser sencilla. Sus posiciones, privilegiadas por sus linajes, no las eximían de las presiones de un sistema que empezaba a sentir los efectos del roce con fuerzas externas.

Entre las casas nobles del inframundo, se percibía una creciente inquietud. Rumores se esparcían con rapidez, especialmente entre aquellos que sentían que el delicado equilibrio establecido tras la guerra había comenzado a tambalearse. Algunos señalaban la aparición de "elementos ajenos" como una amenaza emergente. Nadie sabía con certeza si se trataba de facciones disidentes, de acciones encubiertas por parte de Grigori o incluso de intervención humana. Lo único claro era que cada vez más voces, sobre todo entre los jóvenes, comenzaban a cuestionar la estabilidad del sistema demoníaco, temiendo por los efectos que pudieran tener esos "otros" en sus intereses.

Por otro lado, los ángeles caídos no habían permanecido inactivos. Desde las sombras, Grigori había intensificado ciertas operaciones. Azazel, el líder más influyente del Consejo de Grigori, se había mantenido en una posición más pasiva, observando atentamente los movimientos globales, recopilando datos sobre Sacred Gears, y manteniéndose alejado del conflicto abierto. Algunos dentro de Grigori sospechan que Azazel prepara algo, aunque no se sabe si su interés es pacífico, experimental… o estratégico.

Dentro del Cielo, el silencio había sido aún más marcado. Los ángeles habían limitado sus apariciones, y cualquier intento de contacto por parte de otras facciones había sido respondido con diplomacia fría o directamente ignorado. Sin embargo, los pocos informes que habían llegado a oídos de los altos mandos demoníacos y de Grigori hablan de un posible plan de resguardo o reactivación de artefactos sagrados. La pérdida de fragmentos de Excalibur había encendido alarmas incluso en el Cielo, y se había instruido a las Iglesias para reforzar sus medidas de seguridad, restringir el acceso a templos clave y reactivar viejos protocolos de vigilancia. En privado, algunos exorcistas habían sido enviados a investigar puntos de alteración mágica en distintas partes del mundo, con órdenes estrictas de actuar sólo si era estrictamente necesario.

Más allá de los grandes nombres y las decisiones de alto nivel, la tensión se había hecho sentir también en rincones más alejados del mundo. Zonas remotas de África, Europa del Este y ciertas regiones del Pacífico habían sido escenario de "fenómenos naturales" difíciles de explicar: tormentas inexplicables, incendios localizados, terremotos breves y confinados a un área mínima. En muchos de estos casos, la presencia de criaturas no humanas había sido confirmada por observadores de S.H.I.E.L.D., así como la intervención rápida de células de defensa vinculadas a casas nobles, gremios independientes o incluso pequeñas organizaciones humanas con tradición esotérica. Sin embargo, todo había sido cuidadosamente silenciado o disimulado bajo informes oficiales que hablan de causas naturales o errores de medición.

A medida que el verano se acercaba a su punto álgido y los distintos actores seguían sus propios planes, la sensación general en el mundo sobrenatural era de contención. Nadie había atacado aún de forma abierta. Nadie había declarado una guerra o quebrado un pacto. Pero todos, en mayor o menor medida, se estaban preparando.

XXXXX

El segundo año marcó un punto de inflexión para Issei. Tras superar con nota el adiestramiento básico del primer curso, había sido asignado a la Academia de Operaciones, la más exigente y temida entre las divisiones de formación avanzada. Se entrenaban allí a los futuros agentes de campo: los rostros invisibles de S.H.I.E.L.D, los que operaban bajo presión en territorios inestables, sin margen de error. Y con ello, el ritmo de vida cambió por completo.

Desde que comenzó a principios de junio, sus días se volvieron más duros. Las sesiones físicas intensivas se combinaron con entrenamiento táctico avanzado. Aprendió combate cercano en interiores, técnicas de neutralización no letal, y estrategias de evasión y contención en espacios urbanos y naturales. En paralelo, comenzaron las simulaciones en equipo, donde cada movimiento contaba y los errores eran analizados con precisión quirúrgica.

Aunque no se le permitía aún el uso de armamento letal, comenzó a estudiar y desmontar armas de forma teórica y práctica, familiarizándose con cada pieza, cada mecanismo, cada protocolo de seguridad. S.H.I.E.L.D. preparaba a sus agentes con una visión completa: no se trataba solo de apretar un gatillo, sino de entender el contexto, el blanco, las consecuencias.

En lo estratégico, las clases de inteligencia, análisis y contrainteligencia ocuparon buena parte de sus horas lectivas. Aprendería a leer expresiones, detectar mentiras, establecer perfiles psicológicos básicos en encuentros breves. También hubo seminarios enfocados en extracción de información, manejo de fuentes y encubrimiento, donde las pruebas eran simulaciones tan realistas que, más de una vez, olvidaba que no estaba en una operación real.

Respecto a su Sacred Gear, el entrenamiento no varió mucho en forma, pero sí en exigencia. Los ejercicios de sincronización y control se volvieron más refinados, y el número de aumentos que podía acumular sin perder precisión creció de forma considerable. Había aprendido a luchar sin depender de ella, usando su cuerpo como base, y la Sacred Gear como herramienta de refuerzo, no de dependencia. Su Dragon Shot ahora era más compacto, dirigido, y devastador en distancias cortas.

En cuanto a su adaptación mental, Issei comenzó a notar el peso de la elección que había tomado. Vivía entre mundos. Su vida en S.H.I.E.L.D. le exigía disciplina, frialdad táctica, análisis constante. Pero en su interior seguía siendo él, con sus pasiones, sus afectos, y esa inquebrantable voluntad de proteger a quienes amaba. Aunque el entorno intentara endurecerlo, seguía siendo humano, y eso, para bien o para mal, lo diferenciaba.

La asignación a Operaciones también significó una cosa más: sus acciones empezaban a tener consecuencias reales. Ya no era solo un recluta en entrenamiento. Era un engranaje en movimiento. Un futuro agente cuya presencia en el terreno podría inclinar balanzas. A ojos de S.H.I.E.L.D, era una promesa... y una incógnita.

XXXXX

El eco metálico de piezas ensamblándose resonaba rítmico en la sala. La iluminación blanca del techo se reflejaba en las superficies negras y grises de los rifles semiautomáticos distribuidos sobre las mesas. Ninguna bala. Solo mecanismos. Precisión. Memoria muscular. El instructor, una agente veterana de mirada severa, observaba en silencio mientras los reclutas se preparaban para el ejercicio.

—Tiempo límite: cuarenta segundos para el desmontaje completo —anunció con voz firme.

Issei inhaló profundamente, centrando su mente, y bajó la vista al rifle frente a él. Sus manos se movieron con precisión, separando cada componente del arma: el cargador, el cerrojo, el resorte recuperador. A su lado, Renji murmuraba para sí mismo, contando los pasos, mientras Kenta trabajaba en silencio, concentrado en cada movimiento.

La instructora pasó entre las filas. Cuando se detuvo frente a su mesa, Issei no lo miró. Solo siguió con el protocolo, como le habían enseñado. Cuando terminó, dejó las manos abiertas a los lados del arma desmontada. Treinta y siete segundos.

—Buen trabajo —dijo con un leve asentimiento. Luego se giró a los otros dos—. Aoyama. Takeda. Ritmo bueno, pero revisad el muelle de retorno, tiende a saltar si no hay firmeza. Media vuelta y montaje. Ahora con guantes y visión reducida.

Las luces de la sala disminuyeron, sumiendo el espacio en una penumbra que desafiaba la destreza de los reclutas. Con los guantes puestos, Issei comenzó el proceso inverso, guiado más por el tacto y la memoria que por la vista. Más tarde, ya sin la instructora y con las piezas guardadas, los tres salieron al pasillo en silencio, hasta que Renji rompió la quietud con un suspiro exasperado.

—Nada dice "vacaciones" como soñar con piezas de rifle volando por todas partes —comentó Renji con una sonrisa cansada.

—Al menos no fue un desastre —respondió Kenta, estirando los hombros.

Issei sonrió levemente, sintiendo el peso del entrenamiento en sus músculos, pero también una satisfacción interna por el progreso logrado.

—Mañana es la última sesión antes del permiso —dijo Kenta tras un silencio—. ¿Vas a quedarte en Kuoh todo el verano?

Issei dudó apenas un segundo.

—Una parte sí. Tengo cosas que hacer allí. Lo demás… aún está por decidir.

—Uuuh, que misterioso suenas —bromeó Renji.

Issei se encogió de hombros, sin entrar en detalles. Sabía que la información sobre los demonios en Kuoh era confidencial, compartida solo con unos pocos dentro de S.H.I.E.L.D. Mientras se alejaban por el pasillo, el ambiente se tornó más relajado, anticipando el merecido descanso que les esperaba.

El calor del mediodía comenzaba a caer sobre el asfalto con una quietud casi ceremonial. Las sombras eran cortas, los sonidos amortiguados por el zumbido constante de vehículos en espera, y el olor metálico y sintético del lugar parecía mezclarse con el leve perfume del aceite de mantenimiento de armamento.

Issei ajustó la correa de su mochila al hombro mientras avanzaba entre grupos dispersos de cadetes que se despedían, muchos con sonrisas amplias, otros con abrazos breves, y unos cuantos simplemente con un gesto de cabeza. Ya no estaba en la zona del primer año, ni compartía pabellón con los otros cinco. Desde que cada uno había sido asignado a su respectiva Academia, las oportunidades para coincidir eran contadas.

Pero esa mañana, por una sincronía casi simbólica, el permiso de verano los reunía una vez más. Se detuvo al ver una figura alta, con un bolso militar colgado al hombro y unas gafas de sol empujadas hacia la frente. Takeda Renji.

—Vaya, vaya —dijo Renji, con su típica media sonrisa—. Pensé que llegarías tarde, como en las simulaciones de sabotaje.

—Y yo pensé que tú te habrías roto otra costilla para estas fechas —respondió Issei, estrechándole la mano.

Detrás de Renji, apareció Aoyama Kenta, tan silencioso como siempre, aunque sus pasos firmes y el gesto contenido mostraban una especie de satisfacción discreta. Asintió sin palabras a ambos.

—¿El punto de encuentro sigue siendo el mismo?

—Sí, pero antes vamos a recoger a los otros tres. Dijeron que ya estaban listos —añadió Issei.

Caminaron por el perímetro hasta llegar a uno de los accesos de la Academia de Ciencias Estratégicas. Ahí, casi como si el tiempo no hubiera pasado, Hiroshi, Naomi y Sayuri esperaban en una pequeña zona de sombra proyectada por una nave auxiliar.

—Mira quién aparece —dijo Hiroshi alzando una mano—. Los perros de Operaciones.

—Puro músculo, poco cerebro —añadió Naomi, en tono burlón.

Sayuri no dijo nada al principio, pero al ver al grupo completo reunido, esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Así que todos sobrevivimos al primer año —comentó con tranquilidad.

—Milagrosamente —respondió Issei.

Se formó un pequeño semicírculo mientras se saludaban con gestos familiares, algunos choques de puños, una palmada en la espalda, incluso un breve pero sincero abrazo entre Sayuri y Naomi. Era raro verlas así, pero al parecer el año de separación había servido para suavizar las asperezas y reforzar los lazos.

—Bueno, ¿y qué planes para el permiso? —preguntó Hiroshi mientras se apoyaba contra una de las estructuras metálicas.

—Familia, playa, y dormir —dijo Renji sin dudar—. Aunque me da que solo voy a poder cumplir lo del sueño.

—Mi padre quiere que lo acompañe a un viaje al extranjero. Nada de vacaciones, más bien… vigilancia "en terreno desconocido". —Kenta hablaba poco, pero cuando lo hacía, siempre parecía tener algo interesante entre líneas.

—Yo tengo pensado pasar unos días en casa, pero después me reclutan para una rotación interna en la academia. Ayudar con un módulo de formación de primeros auxilios —explicó Sayuri.

—Yo planeo desaparecer —añadió Naomi—. Literalmente. Me han concedido acceso temporal a una instalación de aislamiento para prácticas avanzadas de sigilo. No me encontrarán ni con radar.

Todos rieron suavemente.

—¿Y tú, Issei? —preguntó Hiroshi, dándole un empujón amistoso con el codo—. ¿Vas a cazar demonios por placer?

Issei se limitó a encogerse de hombros.

—Vuelvo a Kuoh. Asuntos personales.

El silencio fue breve, no incómodo, pero sí denso. Todos sabían que había algo más en torno a Kuoh, algo que Issei nunca terminaba de compartir del todo. Pero también sabían cuándo dejarlo estar.

—Solo asegúrate de no volver más fuerte que el resto, que nos va a tocar verte la cara en las pruebas de rendimiento del próximo ciclo —bromeó Renji.

—Sin promesas —dijo Issei, con media sonrisa.

En la distancia, una lanzadera táctica descendía para recoger al siguiente grupo. El zumbido familiar del motor gravitacional se hacía cada vez más intenso.

—Hora de partir —dijo Naomi, colgándose su mochila.

Uno a uno, los miembros del antiguo equipo Delta comenzaron a despedirse, no con nostalgia, sino con la certeza de que, por muy separados que estuviesen ahora, aquel vínculo tejido en su primer año seguía intacto. Y volvería a activarse si alguna vez lo necesitaran.

Issei observó cómo se marchaban, cruzando la pista, alejándose hacia distintos caminos… y luego tomó el suyo.

El tren bala deslizaba su cuerpo metálico sobre los raíles con la suavidad de una respiración profunda. Desde su asiento junto a la ventana, Issei observaba el paisaje transformarse poco a poco: de la densidad gris de las zonas urbanas al verde más abierto y familiar de las afueras. No había hablado con nadie durante el trayecto, ni sacado el móvil más que para confirmar que todo estaba en orden con su familia. En parte, quería que el mundo se quedara en silencio un rato.

Llevaba casi cuatro meses sin volver a Kuoh. Su última visita, en abril, había sido breve, casi apresurada, una semana apenas para respirar aire limpio, abrazar a sus padres, cenar en su habitación con los chicos y mentirles un poco sobre lo que hacía realmente. Desde entonces, el ritmo del segundo año en la Academia de Operaciones no le había dado tregua.

El cuerpo le dolía de una forma distinta a como lo hacía en el primer año: ya no por el impacto de lo nuevo, sino por la constancia. El nivel de exigencia era mayor, los entrenamientos más duros, la presión más alta. Ahora no se trataba de aprender a sobrevivir… sino de aprender a actuar, decidir, ejecutar. Ya no eran simulaciones generales o ejercicios coordinados. Había armas reales, protocolos con márgenes de error minúsculos, pruebas de juicio moral, dilemas tácticos, y un constante recordatorio de que lo que hiciera allí determinaría si alguna vez llegaría a ser un verdadero agente de campo. O si simplemente sería reasignado a algo más "acorde".

Y sin embargo, a pesar de todo eso —o quizás por todo eso— sentía que avanzaba. Que se estaba convirtiendo en algo más que un chico con una Sacred Gear poderosa. Aprendía a usar su cuerpo, a leer un entorno, a operar en equipo sin depender de sus poderes. Ddraig lo respetaba más por eso. Lo había dicho en una de sus pocas pero claras conversaciones: "No basta con tener poder. Hay que saber cuándo usarlo, y cuándo no hacerlo." Y tenía razón.

Mientras el tren anunciaba su llegada a la estación de Kuoh, Issei se permitió cerrar los ojos un momento. El solo pensar en el aroma del tatami de su casa, el bullicio cotidiano del centro, la comida de su madre, las bromas con Hiroshi, Renji y los demás, le provocaba un nudo tibio en el pecho. Tenía ganas de volver. No solo por descansar del mundo estructurado de S.H.I.E.L.D., sino porque, de algún modo, regresar a Kuoh era volver a conectar con esa parte de sí mismo que seguía siendo normal.

Y también, en el fondo, sabía que Kuoh ya no era solo su hogar… sino un nodo clave en el mundo sobrenatural. Y que su regreso —aunque oficialmente por descanso— no dejaría de estar cargado de posibilidades. El tren se detuvo suavemente. Issei se levantó, ajustó su mochila al hombro y respiró hondo. Había El tren llegó puntual a la estación de Kuoh ese martes por la mañana, y apenas bajó del vagón, Issei respiró hondo, dejando que el aire cálido y húmedo de agosto lo envolviera. Había algo distinto en el aire de casa, una mezcla entre nostalgia, tranquilidad y esa familiaridad que no se podía replicar en ninguna base ni complejo subterráneo. A su espalda, una mochila cargada con lo justo para una semana. En el pecho, una ansiedad que no había sentido desde hacía meses: la emoción de volver.

Su madre lo esperaba al final de la escalera mecánica, alzando la mano con una sonrisa abierta en cuanto lo vio. Issei sonrió también, con una expresión relajada que pocas veces podía permitirse en sus días de entrenamiento.

—¡Issei! —exclamó ella, acercándose para abrazarlo—. Has crecido otra vez, ¿eh?

—Más que crecer, creo que me han estirado a la fuerza —bromeó él, devolviéndole el abrazo con suavidad—. Hola, mamá.

—Estás más flaco, pero se te ve bien. Tienes otra mirada, más... seria.

Ella no lo dijo con preocupación, sino con un dejo de orgullo. Lo miró como se mira a alguien que ha cruzado un tramo difícil y ha salido adelante.

El camino a casa fue tranquilo, con su madre contándole anécdotas cotidianas: una vecina que se había mudado, un nuevo local que abría los domingos, la señora del mercado que preguntaba por él cada tanto. Issei escuchaba en silencio, como si quisiera absorber cada pequeño detalle del barrio, de la rutina, del mundo que había dejado atrás. No es que lo echara de menos todo el tiempo… pero en momentos como ese, lo sentía más cercano que nunca.

Una vez en casa, dejó su mochila en su habitación —que estaba tal y como la había dejado— y se ofreció a ayudar con las tareas. No era el tipo de cosas que hacía habitualmente, pero le salía de forma natural: pasar el aspirador, ir con su madre a hacer la compra, ayudarla a cortar los ingredientes para la comida. Hablaron de cosas pequeñas, de las noticias, de lo rápido que estaba pasando el año. Ella le preguntó poco sobre SHIELD, como siempre, pero escuchó todo lo que él quiso contar. Que las clases eran duras. Que ya había sido asignado a su especialidad. Que sus compañeros estaban bien. No necesitaban más.

Para la tarde, ya tenía la camiseta manchada de sudor por haber cargado bolsas del supermercado, pero se sentía… tranquilo. Feliz, incluso.

Cuando llegó su padre, alrededor de las seis, la casa se llenó de otro tipo de energía. No fue con palabras, sino con esa palmada en el hombro y el "Has vuelto hecho un hombre, ¿eh?" que le sacó a Issei una risa sincera.

Cenaron los tres juntos, como antes, como siempre. Con arroz, pescado, sopa, y una conversación lenta pero cálida. Su padre hablaba del trabajo, su madre del vecindario, e Issei solo los escuchaba, sin necesidad de contar más de la cuenta. Aunque en su interior una parte de él ya estuviera entrenada para observar, analizar y responder, allí, en la cocina de su hogar, podía volver a ser simplemente un hijo.

Esa noche, cuando se tumbó en su cama —demasiado blanda comparada con las literas de la base—, se permitió cerrar los ojos sin pensar en alarmas, entrenamientos ni protocolos.

El sol apenas asomaba en el horizonte cuando Issei se ató los cordones de sus zapatillas, ya vestido con camiseta sin mangas, pantalón corto y una banda en la muñeca. El reloj marcaba las cinco y media de la mañana. La misma hora de siempre. Su cuerpo se había acostumbrado a ese horario incluso en días de permiso; no necesitaba despertador.

Salió sin hacer ruido, dejando que la brisa fresca del amanecer lo golpeara al bajar por las calles aún silenciosas de Kuoh. El barrio estaba dormido, y ese silencio le resultaba reconfortante. No había alarmas ni supervisores gritándole tiempos ni órdenes. Solo el sonido rítmico de sus pasos y su respiración, marcando el compás en el asfalto.

Corrió por los alrededores, saludando con un leve gesto a los pocos madrugadores que encontraba. Dio tres vueltas amplias que cruzaban el parque, el pequeño río y las calles laterales del barrio. Se sentía ligero, no por falta de peso, sino porque por primera vez en meses corría sin el peso de la responsabilidad sobre los hombros.

Al regresar, con la camiseta empapada y los músculos cálidos, el reloj apenas pasaba de las siete. Entró en casa justo cuando el aroma del desayuno comenzaba a llenar el aire.

—¿Te levantaste otra vez tan temprano? —preguntó su madre al verlo entrar, manos en la cintura y una sonrisa resignada—. Pareces un oficinista.

—Más como un soldado con jet lag eterno —respondió él, tomando una toalla para secarse el sudor—. Pero me gusta. Me hace sentir… centrado.

Se duchó rápido y volvió a la cocina, donde su padre ya se había sentado con el periódico, aún medio dormido. Compartieron el desayuno con ese ambiente familiar que a Issei le parecía cada vez más valioso. Pan tostado, huevos, arroz, sopa miso y fruta. Simple. Suficiente. Él habló poco, pero sonrió bastante.

Después ayudó a su madre a limpiar los platos y barrer la entrada, mientras ella le hablaba de unas nuevas macetas que quería poner en la terraza y del gato del vecino que seguía entrando al jardín. Issei asentía, con la escoba en mano y la mente tranquila.

A las nueve y media se metió en su habitación para cambiarse. Camiseta informal, vaqueros y zapatillas. Sacó su móvil, revisó mensajes y respondió que en media hora estaría en el punto de siempre.

A las diez en punto, salió de casa con una sonrisa ligera en los labios. Había algo especial en volver a caminar por esas calles sin un uniforme, sin un deber inmediato, simplemente como Issei Hyōdō. No el recluta, no el portador de una Sacred Gear, no el analizado por departamentos de inteligencia. Solo él. Con sus amigos. En su barrio.

El calor del verano se hacía sentir incluso a la sombra de los toldos de las tiendas. Las cigarras cantaban con fuerza, y el aire olía a asfalto caliente y comida callejera. Issei caminaba con paso tranquilo hacia el parque donde había quedado con sus amigos de toda la vida. Llevaba meses sin verlos cara a cara, y aunque se mantenían en contacto de vez en cuando, no era lo mismo que charlar en persona.

Al doblar la esquina, los vio sentados en la banca de siempre. Motohama, con sus inseparables gafas opacas, bebía una botella de té verde; Matsuda, en cambio, mascaba algo —probablemente yakisoba-pan— mientras revisaba su móvil.

—¡Eh! ¡Issei! —gritó Matsuda alzando una mano en cuanto lo vio.

—¡Ya era hora, cabrón! —añadió Motohama—. Creímos que te habían metido a un internado militar o algo así.

Issei rió alzando la mano y se acercó a ellos. Chocó los puños con ambos, y luego se dejó caer en la banca con un suspiro largo y satisfecho.

—Me siento como si hubiese pasado un año entero —dijo—. Necesitaba esto. El aire de casa, los idiotas de siempre.

—Lo de idiotas sobra, pero se agradece —bromeó Motohama—. Oye, ¿te has metido al gimnasio? Estás más ancho.

—Y más serio, tío. No me digas que has madurado —añadió Matsuda con exageración—. ¿Dónde quedó el viejo Issei que babeaba por la oppai de la senpai de segundo?

—Ese sigue aquí, solo que ahora sabe disimular mejor —respondió Issei con una sonrisa torcida.

Rieron. Había una calidez particular en esos momentos. El tipo de calidez que no importaba cuánto cambiara el mundo o cuánto uno creciera: la de las amistades construidas desde la adolescencia, a base de tonterías y sueños ridículos.

—¿Y cómo te va en esa escuela privada tuya? ¿Muchas chicas guapas? ¿Algún romance secreto? —preguntó Motohama, bajando las gafas con complicidad.

—No he tenido tiempo ni para eso, honestamente —respondió Issei, encogiéndose de hombros. Era verdad en parte, aunque había mucho más detrás.

—¿Qué clase de excusa es esa? —protestó Matsuda, escandalizado—. ¡Nos estás fallando! ¡Alguien tiene que cumplir nuestros sueños!

—Vosotros dos sois incorregibles —rio Issei.

Pasaron un buen rato recordando anécdotas, hablando de lo que había cambiado en el barrio, de los planes para el festival de verano y de alguna que otra alumna nueva que, según decían, "prometía bastante". Issei se limitaba a asentir, sonreír y seguir el ritmo, disfrutando más del momento que del contenido en sí.

Matsuda se estiró y se dejó caer hacia atrás en la banca, suspirando fuerte.

—Es raro pensar que ya estamos en tercero, ¿eh? Dentro de nada toca elegir universidad, o trabajo… o el suicidio —añadió con tono dramático, aunque sin perder la sonrisa.

—Eso si no morimos antes por el calor —bromeó Motohama, bebiendo el último sorbo de su té.

—Bah, exageráis —replicó Issei, cruzando los brazos tras la cabeza—. Seguro que acabáis en alguna universidad decente. Vosotros siempre habéis sido listos, solo que lo ocultáis bajo una tonelada de lujuria y tonterías.

—¿Lo ves, lo ves? ¡A eso me refería antes! ¡Habla como un adulto ahora! —saltó Matsuda, señalándolo con teatralidad—. ¿Qué te han hecho en esa escuela privada? ¿Te lavaron el cerebro?

—Tonterías. Sigo siendo el mismo —replicó Issei, aunque su sonrisa tenía algo de melancolía.

Motohama se encogió de hombros.

—Yo estoy pensando en aplicar a una universidad de tecnología. Algo con informática o ingeniería. Me va lo de los sistemas. Además, he estado armando un par de servidores en casa, por diversión.

—¿Por diversión o para ocultar tu archivo de fotos prohibidas? —preguntó Matsuda con una carcajada.

—Confidencial —respondió Motohama con seriedad fingida, acomodando las gafas.

—Y tú, Matsuda —preguntó Issei—, ¿sigues empeñado en entrar a Educación Física solo para rodearte de chicas en ropa deportiva?

—¡Lo dices como si fuera malo! ¡Viste cómo me va en atletismo! Me están considerando para el equipo regional, y si me esfuerzo puedo entrar en una universidad con beca. Además, necesito una vida fitness para cuando me case con alguna modelo.

Issei rió, sacudiendo la cabeza.

—¿Y qué hay de… tu novia, Motohama? ¿Sigue en esa escuela extranjera que nunca nadie ha visto?

Motohama carraspeó y se ajustó las gafas, con dignidad herida.

—Está estudiando en Nagoya, y sí, seguimos juntos. Nos vemos cuando podemos. Aunque últimamente ha estado ocupada… con cosas… de chicas.

Matsuda soltó un bufido.

—Claro, claro. Una modelo japonesa, probablemente. No sabes lo dura que es la vida del amor inventado, Issei.

El tono entre los tres era más relajado, pero las palabras venían con un matiz de nostalgia. Sabían que las cosas estaban cambiando. Que, de una forma u otra, estaban llegando al final de una etapa. Pronto habría graduaciones, decisiones, caminos que los llevarían a separarse.

—¿Y tú? —preguntó Motohama de pronto, girando hacia Issei con una mirada curiosa—. ¿Qué harás después del instituto?

Issei tardó un par de segundos en responder. Jugó con una piedrecilla al pie de la banca.

—Supongo que seguiré donde estoy. El sistema que tiene esa escuela es… distinto. Pero ya tengo una especie de camino asignado, digamos.

No era mentira. Pero tampoco era la verdad completa.

—Pff, qué misterioso suena eso —murmuró Matsuda—. Espero que sea algo donde veas muchas chicas. Alguien tiene que seguir con el legado.

—Siempre el mismo —se burló Issei, riendo—. Pero sí, no te preocupes. Estoy seguro de que me encontraré con muchas.

El sol ya comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Las sombras se alargaban, y la gente comenzaba a dejar los parques. Los tres amigos se quedaron unos minutos más, en silencio, compartiendo esa calma veraniega con la naturalidad de quienes han crecido juntos. Sabían que esos momentos eran cada vez más escasos, más valiosos.

Cuando finalmente se pusieron de pie, se despidieron sin aspavientos. Un choque de puños, una palmada en la espalda, y un "nos vemos luego".

La luz cálida del comedor envolvía la estancia en un tono dorado mientras la mesa se llenaba con platos caseros: arroz blanco, miso con tofu, pescado a la parrilla y una bandeja de karaage crujiente, aún humeante. La madre de Issei, como siempre, había preparado más comida de la necesaria, como si aún no creyera del todo que su hijo volvía a casa. Su padre, vestido con su habitual camisa blanca de manga corta tras una jornada de trabajo, se frotaba las manos con una sonrisa al ver la cena.

—Esto sí que es un recibimiento —comentó mientras se sentaba, lanzando una mirada de orgullo disimulado a su hijo—. ¿Cómo ha estado el año, hijo?

Issei se acomodó frente a ellos. Había algo reconfortante en esa escena tan simple. Hogareña. Real.

—Intenso —respondió con una sonrisa medida—. Pero estoy aprendiendo mucho. Supongo que eso es lo que cuenta.

No podía hablar de entrenamientos extremos, ni de armas, ni de Ddraig. Pero no tenía que hacerlo. No allí. El gesto tranquilo en el rostro de su madre, el brillo en los ojos de su padre al escucharle hablar, le bastaban. A veces, las verdades más importantes no necesitaban decirse.

—Te ves más fuerte —añadió su padre—. ¿Estás haciendo pesas o algo así?

—Digamos que es parte del programa —respondió Issei, llevándose un trozo de karaage a la boca—. No quiero quedarme atrás.

—Eso está bien —dijo su madre, sirviéndole más arroz con una sonrisa—. Pero no descuides tu salud. Y no dejes de escribirnos.

—Lo haré. Lo prometo.

Durante la comida, la conversación fluyó entre temas cotidianos: cómo estaban los vecinos, el último chisme del vecindario, el nuevo supermercado que abriría cerca de la estación, el aumento en los precios del pescado —y el eterno dilema de si Issei prefería el curry suave o picante. Se rieron, recordaron cosas tontas, y durante unos instantes, todo fue sencillo. Como antes.

XXXXX

Las primeras luces del amanecer comenzaban a filtrarse a través de las altas ventanas de la antigua sede del Club de Ocultismo. Aunque las clases aún no habían comenzado, el interior del viejo edificio ya estaba vivo con el sonido suave de pasos, teclas y hojas de informes siendo hojeadas.

Kiba estaba de pie junto a la ventana, con una carpeta en la mano y la mirada dirigida hacia el jardín que se extendía más allá del vidrio, como si evaluara alguna amenaza invisible. Asia, sentada en el sofá, revisaba unas notas con atención, su pequeña libreta llena de garabatos y recordatorios con nombres de lugares y personas a las que ayudar. Koneko, fiel a su estilo, estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared con una taza de leche en las manos, los ojos fijos en el techo como si meditara. A pesar del silencio, se percibía una calma cómoda entre ellos, nacida de la rutina compartida. No muy lejos, el eco de unos tacones suaves marcaba el regreso de Akeno al interior del club.

—Todo despejado en la frontera norte —anunció mientras dejaba el informe en la mesa—. Lo más emocionante que he visto ha sido un gato callejero persiguiendo a un cuervo.

—¿Ganó el gato? —preguntó Koneko, sin moverse.

—Empate técnico —respondió Akeno con una sonrisa traviesa.

Kiba soltó una risa breve y Asia también sonrió. Akeno, sin embargo, se detuvo al ver una figura cruzar el pasillo contiguo a través de la puerta entornada.

Rias estaba de pie frente al espejo del antiguo tocador del club. No llevaba aún su uniforme universitario. En su lugar, un conjunto sencillo pero cuidadosamente elegido: blusa blanca de tela ligera, falda oscura y discreta joyería. Su melena carmesí caía perfectamente peinada sobre los hombros. Mientras se ajustaba un pequeño broche en forma de flor sobre el pecho, Akeno se le acercó en silencio, deteniéndose en el marco de la puerta con una ceja levantada.

—Es muy raro verte dudar tanto entre peinados —comentó con suavidad, apoyándose con fingida despreocupación—. ¿Acaso hay alguien nuevo en la universidad que te ha hecho pensar dos veces en tu apariencia? ¿O… quizás alguien que ha vuelto a casa?

Rias detuvo el movimiento de su mano por un segundo, como si una nota inesperada hubiese interrumpido la melodía. Luego esbozó una sonrisa leve y sin mirarla respondió:

—No es tan extraño querer verse bien. Después de todo, tengo reputación que mantener.

—Claro, claro —murmuró Akeno, claramente divertida—. Solo que esa reputación no suele implicar un cambio de perfume.

—Tonterías.

—Como digas —canturreó Akeno, girando sobre sus talones y regresando al salón principal.

Kiba alzó una ceja inquisitiva mientras Akeno tomaba asiento cerca del escritorio. Asia parpadeó un par de veces y Koneko, sin mirar, murmuró con voz baja:

—Le ha dado fuerte.

—Tss —respondió Akeno, cruzándose de piernas mientras hojeaba un segundo informe—. No ha dicho nada… pero tampoco ha negado nada. Eso ya es algo.

Rias salió del tocador unos minutos después, ya lista, con expresión serena, pero con un matiz de concentración que los demás no pasaron por alto. Nadie dijo nada más. Solo compartieron una mirada entre ellos —cómplice, silenciosa, y ligeramente traviesa.

XXXXX

El cielo se teñía lentamente de tonos dorados y azul claro mientras el sol asomaba tras las colinas que abrazaban Kuoh. La ciudad aún dormía en su mayoría, con solo unos pocos madrugadores transitando las calles: repartidores en bicicleta, ancianos paseando, algún que otro corredor solitario y los pájaros que llenaban el aire con sus trinos frescos y vivos. Todo tenía esa calma particular que sólo pertenece a las primeras horas del día, antes de que el mundo se sacuda el letargo y comience a andar a toda velocidad.

Hyōdō Issei caminaba en silencio por una vereda arbolada cercana al río. Llevaba ropa sencilla. No estaba entrenando, no esa mañana. No tenía prisa, ni horarios, ni ninguna orden esperando ser cumplida. Se permitía algo que rara vez podía disfrutar en la academia: simplemente pasear, respirar y mirar.

El río fluía con su corriente constante, llevando consigo pequeñas hojas y destellos de luz. Issei lo observó en silencio desde el puente bajo el que solía correr durante sus años escolares. Cuántas veces había pasado por allí sin realmente detenerse a mirarlo… La brisa que cruzaba el agua le trajo recuerdos vagos pero cálidos: de risas con sus amigos, de mañanas de instituto, de conversaciones medio tontas sobre chicas o videojuegos.

El aire olía a tierra húmeda, a verano temprano, a flores recién abiertas. Y por un momento se sintió en paz, como si el tiempo hubiese hecho una pausa sólo para él. Entonces, la sintió. Antes de verla, antes incluso de que el sonido de sus pasos rompiera el silencio, su cuerpo reaccionó a esa presencia familiar. Una leve tensión, como una cuerda que se estira sin romperse. Un eco en lo profundo de su pecho.

—Vaya... madrugaste —dijo una voz suave detrás de él.

Issei se giró, y allí estaba, Rias Gremory caminaba hacia él desde el sendero que bordeaba el río.

—Gremory-senpai —dijo él, casi como una exhalación. No esperaba verla allí, pero tampoco le sorprendía del todo. Con ella, los encuentros fortuitos siempre escondían algo más—. ¿Paseo matutino?

—¿Y tú? —replicó ella con una sonrisa contenida, deteniéndose junto a él y apoyando ambas manos sobre la barandilla del puente—. No te veía como el tipo que disfrutara levantarse temprano durante las vacaciones.

—Supongo que se me quedó el hábito —respondió él, encogiéndose de hombros—. Aunque hoy solo quería… caminar un poco. Pensar.

—Te entiendo —murmuró ella. Su mirada se posó en el río, pero la curva de sus labios dejaba entrever que disfrutaba de la compañía—. La ciudad es diferente a esta hora, ¿verdad?

—Sí. Como si se quitara una máscara. O como si todavía no recordara quién se supone que debe ser.

Rias rió suavemente. Luego, hubo un breve silencio. El tipo de silencio que no pesa, que simplemente existe. El agua seguía fluyendo, y el mundo parecía lejano, suspendido.

—Han pasado unos meses desde la última vez —dijo ella al fin, sin mirarle—. Pensé que te vería en primavera, pero solo viniste unos días y desapareciste otra vez.

—Las vacaciones fueron muy cortas. Apenas tuve tiempo para… nada —dijo Issei, bajando la mirada un instante—. Esta vez me lo tomé con más calma. Y parece que no soy el único que madruga sin razón. ¿O aún no has dormido? Digo, los demonios son más activos en la noche.

Ella lo miró entonces, de soslayo, con una expresión difícil de leer.

—Tal vez sí había una razón —respondió con ligereza—. O tal vez simplemente… tenía ganas de ver cómo estaba Kuoh por la mañana. A veces lo echo de menos.

—¿Kuoh, o lo que había en Kuoh?

Rias ladeó la cabeza, y aunque no respondió, sus ojos parecieron brillar apenas un instante.

—¿Te apetece seguir caminando? —preguntó ella, cambiando de tema como quien retira una carta del centro de la mesa—. Hace buena mañana, y dudo que tengas planes a esta hora.

Issei sonrió.

—No, todavía no. Vamos.

Y juntos comenzaron a andar por el sendero del río, sin destino claro, hablando de todo y nada: del clima, de cambios en el vecindario, de viejas tiendas que ya no estaban, de recuerdos del instituto. No había tensión, ni palabras pendientes, ni misterios urgentes. Solo dos personas compartiendo el inicio de un nuevo día, como si el universo les hubiese concedido una tregua.

La caminata continuó sin rumbo fijo, y Rias e Issei avanzaban bordeando el río, a veces en silencio, a veces intercambiando comentarios breves sobre detalles triviales del paisaje. Cada tanto, algún recuerdo salía a flote. Como la vez que él se cayó en plena calle persiguiendo una pelota de béisbol. O cuando Motohama intentó declararse a una chica mayor y acabó recibiendo una clase intensiva de rechazo con elegancia.

Rias se reía de forma suave, como si los ecos de aquella época todavía resonaran en su interior. A Issei le gustaba escucharla así, relajada, sin los aires de nobleza ni la gravedad que normalmente acompañaban su figura. Le recordaba que, al final, también había sido una chica que iba a su misma escuela, con sus propias cargas, sí, pero también con sus propios sueños.

—¿Y cómo va la universidad? —preguntó él, con un tono amistoso—. ¿Es todo discursos sobre cosas académicas o también hay fiestas y cafecitos con tus compañeras?

—Me sorprende que pienses que no puedo hacer ambas cosas —bromeó ella, cruzando los brazos tras la espalda y estirándose un poco mientras caminaban. Durante un leve instante la mirada de Issei se desvió, grabando a fuego en su mente lo que contemplaba—. La verdad… es más trabajo del que esperaba, especialmente si uno también la gestión de la casa Gremory y el seguimiento de todo lo que pasa en nuestro territorio.

—¿Sigues a cargo de Kuoh?

—Sí, con Sona. Aunque ya no esté en el instituto, el acuerdo se mantiene. Sona y yo lo dejamos claro antes de graduarnos.

—Y los demás… siguen en el club, ¿no?

—Ajá. Kiba, Asia, Koneko. Se están adaptando bien, aunque también tienen sus propias tareas. Me hace sentir… no sé —Rias sonrió con un matiz melancólico—, como si el tiempo estuviera girando demasiado deprisa y demasiado lento al mismo tiempo.

—Te entiendo —dijo Issei con una pequeña risa—. A veces siento que todo ha cambiado radicalmente desde que entré en la academia, y al mismo tiempo, hay cosas que siguen exactamente igual.

Caminaron un poco más en silencio. El sol ya se alzaba un poco más en el cielo, pero el aire seguía siendo fresco. La ciudad despertaba poco a poco, aunque en esa franja del río todavía se respiraba una paz antigua, casi ajena a todo. Fue entonces, cuando llegaron a un banco de piedra bajo un cerezo, que Rias se detuvo.

—¿Nos sentamos un rato?

Issei asintió, y ambos se acomodaron en el banco, mirando el agua pasar. Durante unos segundos, solo el sonido del río llenó el espacio entre ellos. Entonces, Rias habló, con un tono un poco más bajo, más medido.

—Hyōdō… —empezó, sin mirarlo directamente—, ¿has escuchado algo… sobre ciertos fragmentos robados?

Él frunció el ceño ligeramente, girando el rostro hacia ella.

—¿Fragmentos?

—De Excalibur —aclaró con delicadeza—. Sé que has estado lejos… ocupado. Pero... hay rumores. Algunos bastante inquietantes.

Issei no respondió de inmediato. El nombre de la espada no era desconocido para él, por supuesto. Incluso en el lejano Japón era bien conocida la leyenda del Rey Arturo y su famosa espada Excalibur. Y claro, en S.H.I.E.L.D. también les habían instruido en que ciertas leyendas y mitos eran verdad, y esa era una de ellas. Había leído cosas, escuchado fragmentos en algunas sesiones teóricas. Una de las armas más sagradas del mundo. Dividida. Sellada. Y, supuestamente, custodiada con extremo cuidado.

—He oído cosas sueltas —dijo al fin, midiendo sus palabras—. Nada oficial, ni concreto. Pero... sí. Se mencionó algo. ¿Qué sabes tú?

Rias bajó la vista, entrelazando los dedos sobre su regazo.

—Tres fragmentos desaparecieron en distintos puntos. Con precisión quirúrgica. No dejaron rastros, y las barreras mágicas fueron anuladas sin activar las alarmas habituales. Hay... indicios de que alguien está reuniéndolos por un motivo que aún desconocemos.

—¿Crees que es Grigori?

—No. O al menos no directamente. Aunque Azazel lo sabría si lo fuese, y hasta ahora no ha movido ficha. Pero alguien, o algo, está invirtiendo mucho esfuerzo en recoger piezas de un poder a tener en cuenta.

Issei la observó en silencio. Sus ojos no mostraban miedo, pero sí preocupación. La clase de preocupación que no compartes con cualquiera. La clase que viene cuando sientes que algo invisible se está gestando bajo la superficie.

—¿Y por qué me lo dices a mí? —preguntó al fin, no con reproche, sino con genuina curiosidad.

—Porque eres parte de esto —respondió Rias con franqueza—. Aunque no estés al tanto de todo, aunque vivas en otro círculo ahora. Te mueves entre líneas que nosotros apenas alcanzamos a entender. Y... confío en ti.

El silencio volvió, pero no era incómodo. Issei asintió despacio, pensativo.

—Estaré atento —dijo.

Y Rias sonrió, como si esa simple promesa hubiese aligerado un poco el peso que llevaba.

XXXXX

La sala estaba silenciosa, bañada por la tenue luz dorada de los candelabros que colgaban sobre la mesa de roble envejecido. Las paredes, adornadas con frescos y vitrales iluminados por la luna romana, daban a la escena un aire casi sacro. Detrás del gran escritorio, flanqueado por símbolos eclesiásticos y documentos sellados con el escudo pontificio, el Papa observaba en silencio a los presentes, con los dedos entrelazados sobre una carpeta de cuero.

—Gracias por acudir con premura —dijo con su voz pausada y suave, cargada de una firmeza que no requería elevar el tono—. La situación exige discreción, fe... y preparación.

A su derecha se hallaba Vasco Strada, su semblante curtido por los años y las batallas, rígido en su postura, como si ni siquiera en la presencia del Santo Padre pudiera permitirse bajar la guardia. A su lado, más sereno, aunque no menos alerta, Ewald Cristaldi mantenía la mirada fija en los dos jóvenes al otro extremo de la sala.

Irina Shidou, de pie, con su uniforme ceremonial de exorcista aún inmaculado, mantenía una expresión serena pero expectante. A su lado, Xenovia Quarta —ligeramente más seria, los brazos cruzados—, contenía su impaciencia con una disciplina admirable, aunque sus ojos hablaban de un espíritu deseoso de actuar. Touji Shidou, el veterano exorcista y padre de Irina, permanecía ligeramente apartado, en un discreto segundo plano. Su presencia era respetada y su experiencia en el Lejano Oriente muy tenida en cuenta. El Papa extendió lentamente una hoja dentro de la carpeta.

—Hace unas semanas, se confirmó el robo de varios fragmentos de la espada Excalibur. El Vaticano no fue el único afectado: tanto las Iglesias Reformadas como la Ortodoxa han reportado incidentes similares, y los indicios apuntan a una coordinación alarmante.

Vasco tomó la palabra, su voz áspera pero medida.

—Se han detectado alteraciones mágicas residuales en distintos puntos de Europa, pero uno de los rastros más persistentes... se dirige hacia Japón.

Cristaldi asintió con lentitud.

—Más precisamente, hacia la región de Kuoh. Un punto aparentemente insignificante en el mapa espiritual hasta hace unos años... pero donde confluyen varias energías desde que el acuerdo de no agresión fue sellado.

—Ese lugar... —murmuró Irina, bajando ligeramente la cabeza—. Es donde fui criada...

Touji se adelantó levemente.

—La ciudad fue tranquila durante años. Pero cuando yo partí, ya había señales de... anormalidad. Entidades no humanas asentadas, vigilancia entre facciones, incluso rumores de que Grigori había puesto los ojos allí. La situación requiere tacto.

El Papa asintió, sus ojos ahora fijos en Irina y Xenovia.

—Por eso las hemos convocado. Esta misión no es una cruzada, no es un enfrentamiento. No deben levantar sus espadas contra los demonios que habitan la región a menos que sus vidas corran peligro. Su objetivo es claro: localizar los fragmentos robados, identificar al responsable y recuperar lo que pertenece a Dios.

Xenovia alzó la vista, su voz firme:

—¿Qué nivel de cooperación se permitirá con fuerzas locales? ¿Debemos revelar nuestra presencia?

Vasco Strada frunció levemente el ceño.

—Limitada. Discreta. Algunas figuras allí ya conocen la existencia de lo sagrado, pero no debemos alterar el equilibrio. Vuestra presencia será reconocida sólo por los pocos que deban saberla... y no más.

Ewald añadió con suavidad:

—Las relaciones con las facciones demoníacas están en una tregua frágil. Una chispa bastaría para quebrarla. Y aunque ustedes van como agentes de la Iglesia, deben actuar como investigadoras antes que como guerreras.

Hubo un momento de silencio. El Papa, alzando la mano con gesto solemne, concluyó:

—Irina Shidou. Xenovia Quarta. Les encomiendo esta misión en nombre del cielo. Que la verdad sea su guía y que ninguna oscuridad las aparte de su fe.

Ambas jóvenes hicieron una reverencia firme. Irina, al mirar de soslayo a su padre, notó una sombra de preocupación en su mirada... pero también orgullo. La reunión no tardaría mucho más. Afuera, el campanario de San Pedro comenzó a tañer las campanadas de medianoche.

XXXXX

El lugar era una antigua capilla en ruinas, enterrada bajo capas de polvo, raíces y olvido. Lo que una vez fue un altar ahora era apenas una plataforma corroída, cubierta de símbolos arcanos trazados en sangre reseca y alquimia profanada. Allí, entre las sombras que no obedecían al fuego de las velas, tres figuras se reunían en una calma tensa, como si el mismo aire temiera perturbar sus planes.

Kokabie se encontraba de pie, contemplando los restos de una pintura mural. Su silueta, envuelta en un manto oscuro, irradiaba una energía agresiva, volátil. Sus alas negras se agitaban con una inquietud apenas contenida.

—¿Sabes qué es lo irónico, Valper? —dijo, sin mirar a nadie, con un tono casi burlón—. Que los humanos adoran símbolos como este... —señaló una cruz astillada en la pared—. Y, sin embargo, sus reliquias más sagradas caen en manos de monstruos como tú.

Valper Galilei, ex miembro de la Iglesia y célebre investigador hereje, se encontraba cerca del altar. Sus manos enguantadas pasaban con cuidado sobre una caja de seguridad reforzada con sellos invertidos. En su interior, fragmentos brillaban con una luz pálida, casi enferma: fragmentos auténticos de Excalibur, cada uno sellado con runas de contención.

—Ah, pero sin nosotros no conocerían el verdadero potencial de su fe —respondió Valper con una sonrisa torcida, levantando uno de los fragmentos—. Las Iglesias los encierran, los temen. Yo... los libero.

Freed Sellzen, o mejor dicho, su clon perfeccionado por los experimentos de Valper, estaba sentado de forma desgarbada sobre una de las bancas rotas, afilando su cuchillo con el zumbido de una risa que no dejaba de bailar en sus labios. Su aspecto era idéntico al original, aunque sus ojos delataban una demencia aún más aguda, como si la reencarnación hubiese quitado los frenos que su mente rota alguna vez tuvo.

—¡Eh, eh, eh! ¿Y cuándo empieza la parte divertida? Estoy listo para cortar, rajar, desgarrar —canturreó, girando el cuchillo entre los dedos—. ¿Puedo jugar con los de Kuoh esta vez? ¿Con esos niñatos demonios?

Valper lo miró con un dejo de desaprobación.

—Aún no. Has sido creado para causar caos, sí, pero no podemos permitirnos llamar la atención demasiado pronto. Por ahora, necesitamos información. Posicionamiento. Evaluar reacciones.

Kokabiel dio un paso hacia el altar, observando los fragmentos con una chispa de codicia y desdén en los ojos.

—Las Iglesias están perdiendo el control, y lo saben.

—Y cuando tengamos todos los trozos… podremos unirlas.

Freed soltó una carcajada desquiciada.

—¡La Supercalibur! ¡La Megaculibur! ¡La Explotacalibur! —estalló en risa—. O como quieras llamarla. ¡Me da igual! ¡Yo solo quiero ver sangre santa!

Kokabiel alzó una mano con gesto autoritario, y la energía en la sala pareció temblar.

—Cuando estén unidas, no solo será un arma de poder sagrado absoluto... Será un mensaje. A los demonios. A los ángeles. Y a ese hipócrita llamado Azazel.

—¿Vas a mover ficha tan pronto? —preguntó Valper, sin dejar de acariciar el cristal que contenía uno de los fragmentos.

—No. No aún —dijo Kokabiel, finalmente volviéndose hacia ellos—. Pero esto es una provocación. Un recordatorio de que la guerra no ha terminado, aunque todos finjan que sí. La tregua es un chiste... y yo me encargaré de que lo entiendan. Desde Kuoh.

Freed se incorporó de un salto, como un perro que olfateaba el inicio de la cacería.

—¿Y yo? ¿Y yo? ¿Puedo hacer algo ya?

Valper sonrió con frialdad.

—Ve. Observa. Provoca... pero no te descontrole aún. Queremos que vengan a nosotros. Que crean que están en control.

Kokabiel entrecerró los ojos.

—Que vengan los demonios. Que vengan los humanos. Incluso los ángeles. Al final, todos sangran igual.

Y en la penumbra, bajo el símbolo quebrado de la cruz, los fragmentos de Excalibur palpitaban, como si fueran conscientes del sacrilegio que se estaba gestando.

XXXXX

El río avanzaba a su ritmo constante, dejando que su murmullo rellenara los huecos que el silencio no sabía cómo sostener. La charla sobre Excalibur había dejado un leve poso entre los dos: no era tensión, tampoco incomodidad, sino esa clase de quietud que ocurre cuando dos personas sienten que hay más que podrían decir… pero aún no deciden si es el momento.

Issei observaba el agua con las manos en los bolsillos. A pesar de su entrenamiento, de sus experiencias, había algo en estar allí, junto a ella, que lo desarmaba de otra manera. Rias estaba a su lado, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviese midiendo no sólo sus palabras, sino su propia presencia junto a él.

—Estás distinto —dijo de repente, suave, sin carga ni juicio—. Más... tranquilo. Más contenido, diría.

Issei alzó una ceja y giró la cabeza hacia ella.

—¿Eso es bueno o malo?

—No lo sé. Solo... diferente. —Rias sonrió apenas—. Antes eras un poco más torpe al hablar conmigo. Ahora pareces... más tú. Pero al mismo tiempo, parece que partes de ti están muy lejos.

Issei no respondió enseguida. Bajó la mirada al suelo, como si esa observación le removiera algo que aún no había terminado de procesar.

—Supongo que es lo que pasa cuando te alejas tanto tiempo de lo que conocías. Cuando vives cosas que no puedes contarle a nadie.

Rias lo observó con atención. El amanecer ya se perfilaba por completo sobre el cielo, dorando las aguas del río, tiñendo de luz tenue la escena.

—¿Y no cansa eso? —preguntó en voz baja—. Guardarte tanto, vivir tanto... solo.

Hubo un momento de silencio. Y luego Issei dijo, casi sin mirarla:

—Sí. Un poco.

Rias dio un paso más cerca, no demasiado, pero lo suficiente como para que la distancia entre ellos ya no fuera cómoda ni formal. Su voz salió ahora más baja, más personal.

—Entonces, al menos por esta mañana, no hace falta que cargues con todo. Podemos solo... hablar. Solo como dos personas que se conocen desde hace tiempo y que —rió levemente— no siempre han tenido oportunidad de hablar de verdad.

Issei alzó los ojos hacia ella. Durante un instante, el mundo pareció más sencillo. Más humano. Asintió con una leve sonrisa, una que no tenía nada de fingida.

—Vale. Entonces... ¿por dónde empezamos?

—Por ti —dijo Rias sin dudar—. ¿Qué te hace feliz, Hyōdō?

La pregunta lo tomó por sorpresa. Y quizá, solo quizá, también fue el inicio de una conversación que ninguno de los dos había planeado tener, pero que hacía tiempo necesitaban.

—¿Qué me hace feliz...? —repitió Issei, como si fuese una pregunta que no se había hecho desde hacía mucho.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino reflexivo. Rias no lo presionó. Solo lo observó, con una paciencia y calidez que no mostraba con facilidad ante cualquiera. Como si realmente quisiera saberlo. Como si, por una vez, no estuviera interesada en lo que él podía hacer, sino en quién era, debajo de todas esas capas que había acumulado desde que se marchó.

—Mi madre —dijo al fin Issei, sin levantar la mirada—. Verla sonreír cuando cocino con ella. El aroma del arroz recién hecho en casa. Mi padre y sus lecciones. Dormir en mi cama sin tener que mirar por encima del hombro. Mis amigos... aunque sean un desastre, me hacen reír sin pensarlo. —Hizo una pausa, más larga esta vez—. Me hace feliz sentir que no todo ha cambiado.

Rias asintió despacio. Había algo en la manera en que hablaba, como si cada palabra que decía abriera un poco más de ese muro invisible que había construido desde que se fue.

—Suena a que aún tienes raíces fuertes aquí.

—Sí. Pero a veces siento que ya no encajo del todo. —Se encogió de hombros—. Como si una parte de mí se hubiese quedado atrás, y la otra estuviese demasiado lejos para regresar.

—A veces no se trata de volver a ser quien eras —murmuró Rias—, sino de encontrar un nuevo lugar donde ser quien estás empezando a ser.

Esas palabras no eran solo para Issei, sino también para ella misma. Después de todo, allí, en Kuoh, podía ser quien quisiera, sin las exigencias ni reglas de la sociedad en la que se había criado. Issei la miró, esta vez de frente. Y por un momento, fue incapaz de desviar la vista. Había algo en sus ojos —no solo belleza, sino convicción, comprensión— que lo desarmó.

—¿Y tú? —preguntó él, casi en un susurro—. ¿Qué te hace feliz a ti, Gremory-senpai?

Ella sonrió, pero su expresión no fue fácil de leer. Pareció debatirse entre una respuesta preparada y otra más sincera.

—Ver que las personas que me importan siguen adelante —dijo al fin—. Aunque yo me quede atrás, si ellos caminan, si crecen... eso me basta.

Hubo un silencio breve, donde ambos solo se miraron. El río seguía fluyendo. El mundo seguía girando. Pero en ese instante, no había prisa. No había máscaras.

—¿Y si tú también quieres avanzar? —preguntó Issei, con un tono más suave—. ¿Quién te acompaña?

Rias bajó la vista, como si esa pregunta pesara más de lo que había previsto. Pero no se apartó. Ni esquivó el momento.

—A veces... a veces me gustaría que alguien me entendiera sin tener que explicarlo todo. —Volvió a alzar los ojos hacia él—. Y quizás, esta charla me ha acercado un poco a eso.

Issei no respondió, pero la intensidad de su mirada bastó. Era la clase de silencio que dice más de lo que las palabras se atreven. Y mientras el sol terminaba de alzarse sobre Kuoh, ambos supieron —sin necesidad de admitirlo— que esa mañana había significado algo. Algo pequeño. Pero importante. Issei iba a decir algo, una respuesta que aún estaba tomando forma, cuando una voz calmada, seca y sin ninguna intención de ser discreta se impuso a escasos metros:

—Jefa. Tenemos un problema.

Ambos se giraron al mismo tiempo. Koneko estaba allí, firme como una estatua, con su uniforme impecable y los brazos cruzados. No parecía alterada, pero Issei supo de inmediato —quizá por la tensión en la mandíbula de la pequeña demonio— que no era una interrupción sin importancia.

—¿Qué ocurre? —preguntó Rias con rapidez, su tono cambiando de inmediato a uno más serio.

—Necesitamos que vuelvas al club. Acaba de llegar un informe urgente..

Rias frunció el ceño, procesando la información.

—Entiendo. Dile que voy enseguida.

Koneko asintió, pero antes de irse, su mirada se deslizó un instante hacia Issei. Fue apenas un segundo, pero no pasó desapercibido. Era una mirada inquisitiva, casi felina, como si tratara de comprender algo que aún no terminaba de encajar en su percepción. Luego, sin decir más, dio media vuelta y desapareció por el mismo sendero por donde había llegado.

Rias suspiró, luego volvió su atención a Issei, aunque ya había algo de distancia mental entre ambos. Su rostro seguía sereno, pero ahora con la expresión de alguien que debía volver al trabajo.

—Lo siento... parece que me necesitan —dijo ella, con un atisbo de disculpa en la voz.

—No pasa nada. —Issei negó con suavidad—. Yo también tengo cosas que hacer.

Durante un segundo se miraron, como si buscaran guardar ese instante antes de que se diluyera del todo. No hubo promesas. No hubo gestos grandilocuentes. Solo esa complicidad muda que se había construido durante la caminata.

—Cuídate, Hyōdō.

—Tú también, Gremory-senpai.

Ella le dedicó una última sonrisa —ligera, sincera— y luego echó a andar en dirección opuesta, su melena roja brillando como un fuego tenue bajo la luz del sol naciente. Issei se quedó un momento más junto al río. No pensaba demasiado, simplemente respiraba. El agua seguía fluyendo, igual que antes.

El sol ya estaba alto cuando Issei terminó su paseo y regresó a casa. A pesar de no haber entrenado esa mañana, su cuerpo ya estaba acostumbrado a madrugar, así que el paseo por la ribera del río le había servido para despejarse, disfrutar del aire cálido del verano y, de paso, encontrarse con alguien que no esperaba. Aún sentía el eco de la charla con Rias Gremory flotando en su mente.

En casa, su madre ya tenía el desayuno listo. El olor del arroz recién cocido, el miso caliente y un poco de pescado a la plancha llenaba el ambiente con ese aroma tan familiar, tan de hogar.

—Qué buena cara traes hoy —comentó su madre mientras colocaba los platos sobre la mesa—. ¿Has vuelto a encontrarte con alguien especial por ahí?

Issei rió con un toque nervioso, rascándose la nuca.

—Sólo fue una caminata tranquila —mintió a medias—. El aire de Kuoh ayuda a despejarse.

Desayunaron juntos, charlando de cosas cotidianas. Su madre le preguntó por sus estudios, por la comida en la academia, si tenía ropa que necesitara arreglar o si había dormido bien. Preguntas típicas, casi rituales, pero que él respondía con una sonrisa que no necesitaba fingir. Había extrañado ese tipo de momentos más de lo que pensaba.

Después del desayuno, ayudó a limpiar la cocina, puso una lavadora y luego acompañó a su madre al mercado local. Compraron verduras frescas, algo de carne para esa noche, y saludaron a algunos vecinos que se sorprendieron gratamente de ver al joven Hyōdō de vuelta. Issei respondía con amabilidad, sin entrar en demasiados detalles.

De regreso en casa, continuaron con pequeñas tareas: ordenar armarios, reparar un grifo que goteaba en la cocina, mover un par de cajas en el trastero. Su madre le agradeció todo con ese cariño silencioso y atento que solo una madre puede tener.

Tras comer algo ligero, Issei se duchó, se cambió de ropa y salió a encontrarse con Motohama y Matsuda. Quedaron cerca del centro comercial de Kuoh, un lugar donde solían pasar tiempo en secundaria.

—¡Issei! —exclamó Matsuda, saludándolo con entusiasmo y un leve toque teatral, como siempre..

Issei sonrió. Les dio un suave golpe a cada uno en el hombro y caminaron los tres juntos hacia el recinto de recreativos. Pasaron la tarde entre partidas de videojuegos, bromas pesadas, algo de air hockey y batallas épicas en juegos de disparos. Luego fueron por kakigōri para calmar el calor, sentados en la sombra de unos árboles cercanos al parque.

—Mi hermana dice que si no saco buenas notas este semestre, me va a prohibir usar la consola —se quejó Matsuda—. ¿Puedes creerlo?

—No sé de qué te quejas si estás de suerte —añadió Motohama, mirando su móvil—. A ti al menos no te cortaron la paga. Mi padre anda en plan "disciplina universitaria" desde ya.

Issei rió con ellos. Los escuchaba hablar de exámenes de ingreso, de sus expectativas para el futuro, de chicas que les gustaban o que ya tenían novio. Y cuando salió el tema de aquella chica con la que Matsuda había salido hace unos meses, las burlas no tardaron en llegar.

—¿Cómo era que se llamaba? —preguntó Motohama, fingiendo pensarlo.

—¡Kaori! —respondió Matsuda, alzando los brazos en defensa—. ¡Y sí, salimos dos veces! ¡Eso cuenta!

—¿Pero hubo beso? —preguntó Issei con una ceja levantada.

El silencio incómodo de Matsuda fue respuesta suficiente. Los tres estallaron en carcajadas. El sol comenzaba a descender cuando se despidieron, prometiendo repetir pronto. Issei regresó caminando tranquilo, aún saboreando el helado derretido y con una sensación cálida en el pecho. No sabía cuándo volvería a tener un verano así, pero pensaba aprovechar cada minuto.

XXXXX

La llamada había sido urgente. Un holograma mágico mostraba la figura imponente de un representante del Consejo de los 72 Pilares, cuya identidad se mantenía deliberadamente vaga para proteger su posición política. Vestía ropas sobrias, sin escudos heráldicos, pero todos allí podían sentir el peso de su poder.

—Gracias por venir tan rápido —comenzó, con tono firme—. Esto no es una situación ordinaria. Se ha llegado a un acuerdo de cooperación entre nosotros, los demonios, Cielo e Iglesias. Se trata del reciente robo de varios fragmentos de Excalibur.

La reacción fue dispar. Algunos miembros se tensaron, otros simplemente prestaron más atención. Kiba Yuuto, que hasta ese momento había mantenido un porte impecable, bajó la mirada por un segundo. Rias lo notó, le dedicó una rápida mirada de apoyo.

—Tras una investigación conjunta de la Iglesia Católica, la Iglesia Protestante y la facción del Cielo, se ha determinado que la ciudad de Kuoh es un punto de interés clave. Razones de seguridad nos impiden divulgar los detalles completos, pero la actividad residual detectada en esta área no deja dudas: algo o alguien implicado en el robo ha estado en vuestro territorio.

Aquello sorprendió enormemente a casi la totalidad de los presentes, pues no había habido indicio alguno de algo semejante. El demonio hizo una leve pausa para dejar que la información se asentara.

—Por ello, y en virtud del tratado de neutralidad que nuestras casas mantienen con las otras facciones, se ha autorizado el ingreso temporal a Kuoh de dos agentes enviadas. Irina Shidou y Xenovia Quarta, ambas exorcistas. Su misión es clara: investigar la desaparición de los fragmentos, identificar al culpable, y recuperar las piezas sin causar conflictos entre nuestras facciones. Su presencia está estrictamente ligada a la investigación de los fragmentos. No deben ser hostigadas, ni consideradas enemigas mientras no violen el tratado.

Sona cruzó los brazos, mirando directamente al emisario.

—¿Y qué se espera de nosotros, exactamente?

—Vigilancia. Neutralidad. Si tienen información útil, podrán compartirla. Pero sobre todo, no deben interferir. La ciudad sigue siendo territorio Gremory-Sitri, pero está bajo observación por esta situación.

—Comprendido —asintió Sona con gesto serio.

Rias, sin apartar la vista del representante, agregó:

—¿Y si nos provocan? ¿Y si alguna de ellas intenta pasarse de lista?

—Estarán siendo vigiladas por sus superiores también —respondió el demonio con calma—. Cualquier ofensa será tratada como un incidente político. Eviten reacciones impulsivas. Especialmente si no desean represalias... o juicios arbitrales por parte de Maous o Arcángeles.

—De acuerdo. Nuestros equipos están informados y listos. No habrá problemas por nuestro lado.

Mientras el representante continuaba con detalles menores, Kiba apenas podía mantener su compostura. Su cuerpo rígido, su mandíbula apretada. Asia lo miró con preocupación, mientras Koneko ladeaba ligeramente la cabeza, observando sin decir nada. Cuando el emisario terminó y se marchó por el mismo portal por el que había venido, la sala quedó en un silencio contenido.

—¿Fragmentos de Excalibur...? —murmuró Kiba, apenas audible.

—Kiba... —dijo Rias, acercándose a él con cuidado.

—Lo siento —interrumpió él con una voz dura, sus ojos clavados en el suelo—. Pero si ellas los traen consigo…

—No es tu guerra —intervino Sona con firmeza, aunque sin dureza.

Kiba se marchó sin decir palabra. Nadie se atrevió a detenerlo. Koneko lo observó con ojos serios, Asia parecía preocupada.

—Tendrá que enfrentar esos recuerdos tarde o temprano —susurró Tsubaki desde su asiento, sin esperar respuesta.

XXXXX

La escotilla del jet privado se abrió con un suave zumbido hidráulico, dejando escapar el aire fresco del interior hacia la humedad cálida del verano tokiota. Las luces del aeropuerto parpadeaban en la distancia, y la pista parecía brillar levemente bajo los focos que se alzaban como centinelas modernos.

Irina Shidou descendió primero. Vestía una versión informal de su uniforme de exorcista, adaptada para el clima japonés y lo menos llamativa posible para un entorno civil. Respiró hondo, reconociendo el aire, los sonidos... el idioma que ahora la rodeaba por todas partes.

—Hogar —murmuró, medio para sí misma, mientras giraba para mirar a su compañera.

Xenovia Quarta descendía con su habitual paso firme, una mochila al hombro y la mirada siempre al frente. Al llegar al último escalón, echó un vistazo a la ciudad que se extendía más allá del aeropuerto.

—Hace años que no piso este país —comentó Irina—. Viví aquí cuando era niña, antes de que mi padre tuviese que volver a Inglaterra con nosotras. Extraño... no pensé que volvería en estas circunstancias. Solo recuerdo el vecindario de Kuoh y algunas calles... aunque probablemente todo haya cambiado. La ciudad también.

—Casi todo cambia —respondió Xenovia—. Menos las cosas importantes.

Un vehículo oficial esperaba en la pista, discreto, sin símbolos visibles. Subieron sin demora, y el chofer —un colaborador del Vaticano instalado en Japón— les entregó un pequeño dossier con información logística: mapa de Kuoh, dirección de su alojamiento temporal, una copia sellada del tratado firmado por las tres facciones, y un móvil preparado para comunicaciones seguras.

Durante el trayecto hacia Kuoh, que se extendió algo más de dos horas por carretera, las luces de la ciudad fueron desdibujándose hasta ceder paso a la calma rural. Pasaron tramos boscosos, pequeños pueblos adormecidos, y finalmente las primeras señales de Kuoh City.

Xenovia rompió el silencio mirando por la ventanilla.

—¿Sabes algo de los demonios de esta zona?

—Que la ciudad es territorio bajo vigilancia de dos casas nobles, Gremory y Sitri. Pero todo está dentro del tratado. No deben interferir... y nosotras tampoco.

—Espero que lo recuerden.

Ambas guardaron silencio durante unos minutos, el aire algo denso por el cansancio del viaje y el peso de la misión.

—¿Y si nos cruzamos con alguna cara conocida? —preguntó Irina, más en broma que en serio.

—Son demonios. Si los conozco, no me acordaré de ellos.

Irina soltó una pequeña risa nasal.

—Bueno, menos tensión. Llegaremos pronto. A descansar, y mañana comenzamos a trabajar.

El vehículo cruzó finalmente uno de los puentes sobre el río de Kuoh. A esas horas la ciudad dormía, apenas unas pocas luces en las casas, farolas encendidas aquí y allá. Desde esa distancia, parecía un lugar tranquilo... pacífico.

Demasiado pacífico, pensó Xenovia, como si el silencio fuera solo una capa más sobre algo que se movía por debajo.

El auto giró hacia una zona de viviendas residenciales discretas, alejadas del centro. Ahí se encontraba su alojamiento, una antigua casa reformada y segura, proporcionada por una rama neutral de la Iglesia en Japón. Una vez dentro, ambas dejaron el equipaje en sus respectivos cuartos. Irina estiró los brazos con un suspiro de alivio. Xenovia, en cambio, se asomó a la ventana, observando la noche inmóvil de Kuoh.

—Aquí estamos —dijo en voz baja—. Y mañana tocará hablar con los demonios. Espero no sean un estorbo.

Y la noche siguió en calma.

XXXXX

El despacho de Hajime Arakawa era iluminado por las luces del atardecer. El Director de la rama japonesa observaba tres pantallas de datos proyectando en silencio actualizaciones en tiempo real sobre distintas operaciones en Asia Oriental.

—¿Estás viendo esto? —preguntó Nick Fury desde el monitor. La iluminación tenue de su entorno sugería que aún era de noche donde el Director de S.H.I.E.L.D. estaba.

—Sí. Confirmado. Las exorcistas han aterrizado hace menos de una hora en Tokio. Irina Shidou y Xenovia Quarta —respondió Arakawa con su tono neutro habitual—. Los sistemas de rastreo de inteligencia vieron su entrada. Confirmamos su traslado a Kuoh por carretera en un vehículo discreto vinculado al Vaticano.

—¿Y el chico?

—Hyōdō Issei llegó a Kuoh el martes por la mañana. Está en permiso vacacional hasta el diez. Ha estado en contacto con su círculo cercano, nada irregular. Hoy pasó parte del día con su madre y con dos amigos. Ha mantenido su rutina normal hasta ahora, aunque hubo una conversación registrada con la demonio Rias Gremory cerca del río a primera hora de la mañana.

Fury frunció el ceño, aunque no parecía sorprendido.

—Demonios. Exorcistas. Fragmentos sagrados robados. Todo en el mismo lugar y al mismo tiempo. ¿Crees en las coincidencias, Arakawa?

—Ya sabes mi opinión sobre las coincidencias, Fury.

El japonés bebió un sorbo de té sin alterar su compostura.

—El Consejo de Seguridad aún no quiere intervenir directamente. No con las Tres Grandes Facciones vigilándose mutuamente y manteniendo esta tensa "paz". Pero no podemos quedarnos ciegos. No con una Longinus implicada. No con la historia de este chico.

—¿Se lo vas a decir?

—Sí. Con la información disponible. Nada más. Le informaré sobre el traslado de las exorcistas, el pacto entre las facciones, y que su papel, por ahora, es no interferir.

—Solo observar.

—Observar, evaluar.

Fury asintió lentamente.

—Mantenme informado. Si se confirma la presencia de un Creador de Espadas o algo peor, podríamos tener que tomar medidas más… visibles.

—Esperemos no llegar a eso —concluyó Arakawa, cerrando la transmisión con un leve gesto de su mano—. Pero sí, sería adecuado preparar un equipo.

Cuando la pantalla se apagó, la sala volvió a quedar en silencio. Arakawa miró por la ventana, al cielo despejado de Tokio, y por un instante pensó en el chico de mirada franca y fuerza sellada. En la línea delgada que estaba cruzando sin saberlo. Y en cómo a veces, lo que se observa... también nos observa de vuelta.


Pues parece que la cosa vuelve a animarse. A ver si esto va como quiero.

Zitfeng: ja, ja, ja. Bueno,eso ya es cuestión de tener una buena idea, pero por ahora solo me centro en la que tengo actualmente.

Y sin más que decir, me despido.

¡Nos leemos!