Declamer:los personajes que se nombraran en dicha historia no me pertenecen, pertenecen a los autores del manga y anime que se nombraran Naoko y de Gotouge.

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Capítulo 4: Bajo la superficie

La mañana comenzó con un ritmo atípico para la clínica Chiba, después de dos meses de ajetreo: sin llamadas de urgencias, sin alarmas ni gritos en los pasillos. El tipo de calma que hacía que todos se pusieran nerviosos, como si supieran que algo se avecinaba.

Rei aprovechó la extraña paz para repasar protocolos de trauma cuando recibió el aviso: cirugía programada para una fractura expuesta con compromiso vascular en donde tenía que entrar por que en cirugía vascular no había residente mayor. No era un caso de vida o muerte, pero sí exigía coordinación quirúrgica entre ortopedia y cirugía general. Cuando vio el nombre de Kyōjurō en el plan quirúrgico, suspiró.

—Otra vez con él —murmuró, y no supo si lo dijo con alivio o con nerviosismo sacando casi su característica cara estoica.

Al llegar al quirófano, Kyōjurō ya estaba ahí, ajustándose las polainas en sus tenis y sonriendo como si el simple hecho de operar le hiciera el día feliz.

—¿Me extrañaste? —preguntó cuando la vio entrar.

—No llegamos a tanto —respondió Rei, cruzando los brazos—. Pero admito que es más fácil operar con alguien que no tiembla con una pinza ni se intimida con mi mirada fría.

—Yo nunca tiemblo. Solo vibro con intensidad —dijo él, acomodándose el tapabocas.

—¿Siempre hablas así?

—Solo cuando me emociona la cirugía… o cuando estás cerca y operamos juntos.

Ella lo fulminó con la mirada. Él sonrió más.

Entonces la puerta se abrió con estruendo y apareció Tengen Uzui, con su presencia habitual de estrella de teatro mal disimulada y su extravagante gorro simulando una bandana de Ninja.

—¿Ya están listos, estudiantes del arte quirúrgico? —anunció, con una caja de instrumental en brazos—. Vengo a ver si este dúo sigue brillando como la última vez.

—Tengen, pensé que hoy no venias —dijo Kyōjurō, algo más formal de lo usual.

—No me iba a perder una cirugía tranquila entre mi alumno estrella y su princesa de cuento de hadas. Aunque uno no quiera admitirlo —dijo, mirando a Rei, que frunció el ceño.

—Yo no soy de nadie menos una princesa, Dr. Uzui. Solo compartimos quirófano y casos.

—Por eso dije "no quiera admitirlo" —respondió con una sonrisa.

Ami pasando por el pasillo escucho todo lo que hablaban dentro de la sala.

—No me digan que ya empezaron a pelear —suspiró.

—No es pelea, es estilo quirúrgico —replicó Kyōjurō.

—Entonces que ese estilo no afecte al paciente. Ya está dormido y listo para que inicien—informó Tokito desde la cabecera, hoy sería el residente menor de anestesia que asistiría a la cirugía.

Con la cirugía en marcha, el quirófano se llenó de un silencio concentrado. Rei y Kyōjurō trabajaban con precisión, moviéndose como si cada uno supiera lo que el otro haría antes de que lo hiciera. Tokito no pudo evitar observar cómo se comunicaban con gestos más que con palabras.

—Disección fina sin garra —dijo Rei.

—¿Te separo mejor? ¿Si ves el plano vascular? —respondió Kyōjurō sin necesidad ayudándole para que viera mejor.

—¿Siempre son así? —murmuró Tokito a Tengen que desde la distancia observaba la cirugía que realizaba su Alumno.

—Así de intensos, sí —respondió bajando la voz—. Y ni siquiera se dan cuenta.

—Listo el acceso —anunció Rei, colocando la sutura con pulso firme.

—Fijación estable. Fractura alineada —dijo Kyōjurō—. Buena coordinación sonrió y sus ojos se iluminaron más.

—No estuvo mal —concedió Rei.

—¿Estás diciendo que fue un placer operar conmigo? -hablando como si Tengen no solamente le hubiera enseñado de Ortopedia sino también de frases de casanova.

—Estoy diciendo que el paciente salió bien. Lo demás queda a interpretación.

Ambos se miraron por un segundo, y hubo algo en esa mirada que fue más allá del quirófano. Algo que hacía vibrar el aire entre ellos como si cada palabra compartida resonara desde otra vida.

Tokito y Tengen se miraron – A que no son una pareja bonita – había comentado Uzui a lo que Tokito solo alzo los ojos – Si, pero dudo que se declaren, llevan meses con esa tensión que todos sienten menos ellos.

El día transcurrió sin mayor contratiempo, Rei ya en el Templo se encontraba organizando una de las salas, y abriendo una caja vieja, de madera oscura, cubierta con polvo y sellos antiguos del abuelo, observo que este había acumulado objetos espirituales, no sabía de donde los había conseguido, pero se notaban antiguos y preciados. Y ahí encontró una tabla de cedro roja, no tenía etiqueta, solo inscripciones en un idioma que no reconocía. Solo al tocarla tubo una sensación extraña en su pecho, y un calor le subió por el brazo.

No era físico. Era interno. Una llama antigua, despierta otra vez.

El mundo desapareció.

Mil años atrás, Milenio de Plata:

El cielo de Marte era rojo, siempre rojo, cubierto por una capa de niebla caliente y partículas brillantes que danzaban como polvo estelar. En el valle cercano al Templo sagrado de Fuego alzado cerca al monte olimpo, se alzaba un pequeño campo de entrenamiento, oculto tras columnas de obsidiana y estándares oficiales de la familia real. Era un lugar reservado, donde solo entrenaban guerreros de elite y la familia real. La princesa de Marte: Reiko Hino de Marte caminaba altiva, orgullosa y estoica por los pasillos del templo, su traje de Miko rojo en su totalidad fluía con el viento. A sus 15 años ya había despertado el poder del fuego y había aprendido a manejarlo de los mejores sacerdotes de Marte, y se encontraba terminando su entrenamiento como Sailor Guardian para iniciar su misión de proteger a la princesa de la luna.

Esa noche después de su meditación, bajó al campo secreto buscando algo que ni ella sabía nombrar.

Y lo encontró.

Un joven de aproximadamente 17 años, sin camiseta que lo cubriera entrenaba solo, bajo las lunas de Marte y el cielo purpura donde se veía a lo lejos la Tierra. Su espada era larga, más que su brazo una Katana preciosa con empuñadura en forma de llama. Los músculos de su espalda se movían con precisión. Cada corte formaba una danza. Su respiración tenía ritmo. Y aunque no lo sabía, sus movimientos generaban ondas que levantaban pequeñas llamas y chispas que corría bajo la tierra.

No deberías estar aquí —dijo ella, desde las sombras.

Él se volvió de inmediato, sin soltar la espada. Sus ojos, dorados como el sol, se encontraron con los violetas de ella, sin miedo.

Tampoco tu—respondió.

Rei alzó una ceja. No estaba acostumbrada a que la enfrentaran sin reverencia. Dio un paso al frente, dejando que su capa que llevaba para resguardarse del frio se deslizara como llama viva sobre el suelo.

¿Sabes con quién estás hablando?

Él la observó con detenimiento, hermosa, ojos violetas que lo veían con frio contenido. No se arrodilló. No retrocedió.

Con alguien que interrumpió mi entrenamiento.

Ella entrecerró los ojos.

¿Nombre?

Kyōjurō Rengoku, Primer hijo del general del templo del norte. Recién aceptado como aprendiz de la Guardia Real.

Y arrogante. Perfecto —dijo, cruzándose de brazos, mientras se acercaba más al lugar donde se encontraba.

Él sonrió, orgulloso.

¿Y tú eres?

Ella lo pensó por un segundo mientras se detenía a medio metro. El fuego que brotaba de una antorcha cercana reflejaba sus ojos violetas molestos.

Rei, creo que con eso será suficiente.

Kyōjurō bajó la espada.

No tengo memoria de ti entre las sacerdotisas de este templo.

Eso es porque no soy una. Soy mas que eso.

Él la miró, sin asombro. Solo la observó en silencio… y se inclinó, sin solemnidad, solo respeto.

Entonces es un honor conocerla.

Rei sintió que algo invisible vibró entre ellos. No fue el fuego. No fue el orgullo. Como si el alma del otro le resultara conocida, aunque recién se vieran por primera vez.

¿Quiere saber algo, primer Hijo del general Rengoku? —dijo ella.

Sí.

¿Tiene idea de la cantidad de soldados que intentan llamar mi atención? —preguntó ella, alzando una ceja.

Yo no estoy intentando nada —replicó él—. Solo entrenaba.

Entonces será una coincidencia —murmuró, dando un paso más cerca—. Pero le diré algo, Rengoku. No todos los que entrenan con fuego sagrado saben manejarlo. Cuidado con quemarse.

Él seguía con el contacto directo de sus ojos violeta. No desvió la vista.

No me importa quemarme —dijo—. Si es usted quien enciende la llama.

Por primera vez en mucho tiempo, Rei parpadeó sin saber qué decir. Minako diría que le cerraron su boca de insolente.

El silencio se alargó. Las antorchas chispearon. La tierra vibró levemente. Y sin saber cómo, sin siquiera tocarse, algo entre ellos se encendió para siempre.

Cuando Rei abrió los ojos, estaba de rodillas en el suelo del salón que arreglaba. La tablilla ardía tenuemente en sus manos, pero no se quemaba. Su corazón latía como si hubiese corrido kilómetros.

—Kyōjurō… —susurró.

Había visto todo. Recordaba el primer momento. Su voz. Su energía. La insolencia dulce con la que él rompió todas sus barreras. Lo había sentido. La primera chispa. El fuego entre ellos no era producto del azar. Había nacido allí. Bajo un cielo purpura, dos lunas a lo lejos y una mirada de sol contra violeta, entre columnas y tierra… cuando todavía eran solo dos extraños destinados a encontrarse.

Y ahora, estaban volviendo a encontrarse.

Ahora entendía por qué todo en él le resultaba tan insoportablemente familiar. Por qué su presencia alteraba el ritmo cardiaco, respiración y sentía el estómago en otro lugar.

Días después en la noche, el bullicio de la ciudad se diluía en las luces tenues del barrio donde la cafetería de Makoto aún permanecía abierta. Rei había salido de su trabajo para saludar a su amiga más íntima de su grupo. No tenía guardia. No tenía excusas. Solo necesitaba alejarse y hablar con ella.

Makoto la recibió como siempre: con una taza de chocolate caliente en una mano y la mirada firme de quien sabía más de lo que decía.

—¿Hablamos u horneamos? —preguntó.

—Ambas cosas —respondió Rei, con un suspiro que decía más que sus palabras.

En la cocina del local, entre aromas de canela, masa tibia y el chisporroteo de mantequilla derretida, Rei seguía las ordenes de Makoto, al terminar observó cómo Makoto estiraba la masa con precisión, y comenzó a trozar chocolate sin pensar demasiado.

—Hay alguien —dijo de pronto—. Y no es un "alguien" cualquiera. Es… él. Otra vez, el que te había comentado cuando terminamos la batalla con Galaxia.

Makoto no la interrumpió, solo continúo dándole forma a la masa para que ella continuara.

—Me estoy volviendo a enamorar —continuó—. De alguien que ya amé. Hace siglos, no, milenios. Y no sé si lo que siento es verdadero o si solo… estoy reviviendo lo que fue.

Makoto apoyó sus manos y se giró hacia ella.

—¿Y eso no es suficiente?, es decir: ¿No deberías sentirte feliz de que lo volviste a encontrar?

—No. Porque esta vez, él no recuerda todo. Y yo sí.

—¿Y si lo está recordando, pero de una forma diferente? —preguntó suavemente—. ¿Y si el ya recordó y tiene miedo también?

Rei bajó la vista.

—¿Y si se vuelve a suceder?

Makoto se acercó y le colocó una mano sobre el hombro.

—Entonces lo vuelves a buscar, no pienso que te rindas tan fácilmente, menos enamorada. - Rei sonrió y continuaron charlando mientras se horneaban los pastelitos que estaba preparando Mako.

Mientras tanto, en otro rincón de Tokio, Kyōjurō no podía dormir, trotaba por las calles adormecidas, sin saber exactamente hacia dónde iba. Llevaba una camiseta, el cabello atado con desorden en una coleta media, audífonos y el brazalete rojo que casi nunca se quitaba desde que lo busco en su mochila, brillaba con un fulgor tenue bajo la farola más cercana.

Sintió un tirón en el pecho. Una sensación… como si alguien pronunciara su nombre sin voz.

Se apoyó en una baranda de hierro cerca del parque donde hacia estiramientos y cerró los ojos.

Y el recuerdo vino.

La sala ceremonial del templo marciano estaba bañada en fuego tenue. Era de noche. Afuera rugía una tormenta de cenizas. Adentro, todo estaba en calma.

Rei más madura de 18 años, estaba de pie, en la terraza de la torre más alta del castillo de Marte, con una capa suave sobre su uniforme de Miko rojo diario, una trenza simple adornaba su larga cabellera, sin ropas de Sailor ni de Princesa, Kyōjurō de 20 años se acercaba con pasos silenciosos, sin armadura. Solo su uniforme simple, el que usaba cuando escapaba del deber para encontrarla.

Ella no se giró. Ya sabía que él estaba ahí.

Te estaba esperando —murmuró ella.

Lamento tardarme—respondió él.

Se quedaron en silencio, uno junto al otro, observando el paisaje rojo. No era la primera vez que se encontraban a escondidas, para hablar como simples amigos, tampoco era la primera vez que las palabras pesaban más por lo que ocultaban que por lo que decían. Pero sí era la primera vez que el silencio entre ellos dolía.

Hoy casi te hieren —dijo ella, sin emoción, pero con los puños apretados.

Estoy entero, no pasó nada.

No me importa eso.

Él la miró y ella volteo a verlo por fin. Y en sus ojos, esos ojos de sacerdotisa que no se dejaban alcanzar, él vio lo que jamás se habría atrevido a decir y pedir. —Pudiste haber muerto.

No morí.

Pero podrías haberlo hecho, mi padre y mi hermano te iban a matar si mamá no se entrometía —replicó con firmeza. Apretaba la baranda como si de eso dependiera mantenerse en pie—. Y yo…

Se detuvo.

Él dio un paso más cerca. —¿Y tú qué? - Rei cerró los ojos. El viento hizo danzar una chispa sobre su hombro. Su voz tembló apenas.

No sabría qué hacer si eso pasara. Kyōjurō.

Kyōjurō se quedó quieto. El fuego del lugar crepitó suavemente a su alrededor. Lentamente, estiró la mano y la colocó sobre la de ella, firme pero cálido.

Ella no la retiró.

Nunca he querido deshonrarte —dijo él, con voz baja—. Ni hacer que renuncies a lo que eres.

Pero lo estás haciendo, ¿qué hacías enfrentándote con ellos? Padre no se iba a detener porque fuera un simple entrenamiento ni hablemos de mi hermano.

Lo lamento, pero quería ver hasta donde llegaban ellos —admitió con una sonrisa que brillaba incluso en la penumbra—. Y también lo hice para ganarme tu mano, porque te amo. Y no puedo ocultarlo más

Ella abrió los ojos anonadada, no hubo lágrimas. No hubo dramatismo. Solo esa intensidad contenida, el fuego que ella reprimía siempre… a punto de estallar.

Él se inclinó despacio. Muy despacio. Sus ojos dorados buscaron los de ella con una ternura que contrastaba con su carácter vibrante. Cuando sus labios rozaron los de Rei, fue como si el tiempo se detuviera.

El beso fue suave, casi temeroso. Un roce de piel contra piel, un suspiro entre mundos. Ella no se movió. Después de algunos segundos, con una mano, lo sujetó por el cuello. Con la otra, acarició su mandíbula con dedos temblorosos. Y entonces, lo volvió a besar de vuelta.

Esta vez no fue un susurro.

Fue una llama.

Se besaron con la pasión de quienes se habían esperado durante siglos sin saberlo. Sus cuerpos se acercaron sin miedo, sus corazones latiendo con fuerza, sus almas ardiendo juntas por primera vez.

Cuando se separaron, ella mantuvo la frente apoyada en la de él. Su respiración era agitada, pero su voz fue clara.

No vuelvas a hacer eso Kyō.

No lo volveré a hacer —dijo él, sonriendo contra su piel—. No mientras estes aquí conmigo.

Y la besó nuevamente. Fue suave. Caliente. Eterno.

Sus labios tocaron los de ella con una reverencia dulce, como si temiera romper algo sagrado. Ella no retrocedió. Tampoco respondió de inmediato. Solo lo dejó hacer, y luego lo sostuvo del cuello y lo acercó más. Cuando sus labios se unieron nuevamente, fue como si el fuego de todo el planeta respirara con ellos.

Fue su primer beso, después de años de amistad y amor a primera vista.

Y también su primer juramento silencioso.

Kyōjurō abrió los ojos. Estaba temblando, sudando como si lo que vio lo hubiera vivido nítidamente, su mano fue al brazalete. Ardía. Lo sostuvo con fuerza, apretando los dientes.

—Rei… —susurró—. Te besé.

Recordaba sus labios. El calor. La forma exacta en que ella se tensó.

No era un sueño. No podía serlo.

Y entonces, como si su alma lo guiara, sus pasos lo llevaron hasta nuevamente el edificio de su apartamento. Una brisa cálida acarició su rostro. Dejaría por ahora que la sensación que sintió continuaba mientras subía las escaleras hacia su piso.

Buenas, otro capitulo más. Nuevamente gracias por leer. Y para aclarar, algunas cosas, aunque están en español trato de que sea "neutro" para que se entienda mejor. Soy de Colombia de hecho de Bogotá entonces la idea es que el dialecto se sienta internacional.

Gracias y nos vemos en otro capítulo.