Amapola Roja
Akai Keshi
Sinopsis: En sus andanzas por Japón, un joven artista marcial choca con una antigua conocida quien, atrapada en una vida indeseada, se ve obligada a pagar con su vida una deuda ya saldada.
Descargo de responsabilidad: Ranma 1/2 y sus personajes son propiedad de la talentosa Rumiko Takahashi. Yo soy únicamente una fan que disfruta creando historias sin fines de lucro para entretenerse y entretener a otros fans.
Capítulo 2
Resplandor
Por algún motivo, el corazón de Ranma se aceleró.
Se paralizó al ver una delgada mujer entre la nevisca, corriendo arrebujada en una gruesa tela grana que a todas luces usaba como abrigo improvisado ante el frio invernal. Desde su posición, siguió observando como la veloz extraña, sin detenerse lo más mínimo, corría y observaba mil y una veces sobre su hombro, en sus vaivenes, dejaba entrever un yukata blanco mal colocado.
Sus rápidos pies parecían volar sobre el irregular camino de piedras semienterradas entre el lodo, la nieve y algo más. Sintió su dolor en carne propia al descubrir sus desnudos pasos encarnados sobre la nieve virgen y frunció el ceño al comprender lo que estaba ocurriendo: La paranoia persecutoria, su improvisado abrigo, su pobre indumentaria apenas conformado por un fino yukata amarrado a duras penas por una cinta para el cabello, sus pies descalzos y heridos, su prisa desesperada hacia el lugar más cercano y, a su vez, más alejado de las casonas del placer…
Se trataba de una fugitiva, una aprendiz o cortesana que trataba de encontrar su libertad bajo el blanco velo de la nieve.
Él mismo conocía la desesperación que nacía del terror, esa sensación de vulnerabilidad ante un enemigo que sabes más fuerte. Se levantó lentamente de su lugar, ella necesitaba ayuda y él estaba dispuesto a dársela. Esperó pacientemente hasta verla llegar a unos metros del portal del viejo dojo tras apenas unos segundos y, cuando por fin llegó, el muchacho descubrió que quizá habría sido mejor esconderse que mostrarse de frente.
La pobre muchacha, sin aliento ni más fuerza, apenas reparó en la figura masculina hasta que fue demasiado tarde. Con los ojos exorbitados por el pavor, se dio de bruces contra el durísimo torso del joven, quien del impulso siquiera pudo sostenerse de los portones para no caer al suelo arrastrado por la joven extraña que comenzó a removerse desesperada, tratando de alejarse y ponerse de pie para a huir. Exaltada y temerosa de ser capturada, la joven empujó al extraño semi reincorporado de vuelta al suelo a la vez que apoyaba uno de sus pies para levantarse y escapar.
– ¡AGH! –
Le fue imposible. Su cuerpo entero tembló al sentir el dolor, el gélido ardor en la planta de sus pies y la sangre manar entre los cortes producidos por las rocas. Las lágrimas se agolparon en sus ojos cuando trató de forzarse a sí misma a levantarse, sollozando de dolor al fallar en su esfuerzo y volviendo a caer sobre el extraño, quien sobresaltado por los gritos de agonía se sentó a toda prisa sobre el suelo.
– ¿Estás bien? ¿Te duele algo? – Se encontró preguntando genuinamente preocupado.
– ¡No! – Sollozó ella, echándose hacia atrás ayudada de sus manos – ¡No me toque! ¡Aléjese! –
Él apenas tuvo tiempo de retener suavemente una de sus muñecas para ayudarla a reincorporarse cuando ella volvió a gimotear lastimosamente, tratando nuevamente de liberarse de su agarre, retorciéndose, pero con algo menos de fuerza. Parecía costarle un mundo el simple gesto de querer mover los dedos, de tirar sus propias extremidades de vuelta hacía ella.
Con la sospecha cayendo como un certero puñal en su estómago, el joven se tomó el atrevimiento de levantar la manga del blanco yukata hasta su fino hombro.
Sus ojos repararon en la pálida piel que, en otros tiempos, habría sido tan pura e inmaculada como la piel de un recién nacido, no obstante, el aire abandonó sus pulmones y su garganta se cerró dolorosamente cuando reparó en las largas marcas que comenzaban a tintarse en colores rojos, amarillos y verdes, en los morados que por zonas se degradaban a un negro intenso.
La luz de la luna atravesaba la blanca tela de su suelto yukata, permitiendo que sus profundos ojos azules viajaran a través de su cuerpo descubriendo, milímetro a milímetro, los hematomas cruentos y cuantiosos que profanaban su pálida y fría piel. Se fijó en sus finas manos, que lucían tumescentes nudillos y falanges ensangrentados a los cuales se les daba especial atención en contraste con los cortes encostrados y a medio sanar que recorrían la circunferencia de sus heridos y trémulos dedos.
Él sabía que la vida dentro de las casonas era injusta. Las niñas o señoritas eran vendidas, o bien, secuestradas, para poder ingresarlas bajo contrato y comenzar a prepararlas para iniciar una vida de lujuria y desgracia, para servir a placer a sus clientes en lo que ellos quisiesen sin tomar en cuenta la integridad de las mujeres trabajadoras. Sabía que los castigos físicos, aunque no tan comunes, eran un aliciente para corregir a las jóvenes y obligarlas a obedecer y, sin embargo, lo que vio distaba mucho de la clase de castigo que, se supone, debería recibir una señorita trabajadora del rubro.
No, esos castigos solo podían compararse con los que se imponían a un criminal infecto y despreciable. Azotes tan violentos como esos harían desfallecer de dolor incluso al hombre más fuerte y robusto, hasta a un artista marcial como él.
Y es que ni siquiera él, con su amplia experiencia en golpes y heridas mortales, podría soportar un escarmiento tan cruel: castigos capaces de atrofiar músculos y teñir la piel de tintes negros, repetidos una y otra vez, sin esperar siquiera a que las marcas más antiguas sanaran antes de descargar nuevos golpes sobre las mismas.
Y, sin embargo, ella lo hacía.
Ella, con su menuda figura, fue y era capaz de soportar todos esos golpes con todo el sufrimiento que conllevaba. Ella, quien parecía haber corrido largos tramos para huir, lo había hecho así de lastimada, ganándose nuevas heridas en las plantas de sus pies por sus ansias de libertad, desesperada por irse lejos de esa vida que, con total seguridad, fue obligada a llevar.
La rabia se apoderó de él.
– ¿Quién te hizo esto? – Se encontró preguntando, casi sin querer.
– ¿Q-Qué? – Le respondió la muchacha, con voz vibrante.
– ¿Qué quién te hizo esto? –
– N-No es importante. – Volvió a responderle sin evitar sentirse nerviosa al escucharle pronunciar tanta preocupación por ella con su atrayente voz – Déjeme ir. Si ellos me encuentran lo que me harán será mucho peor. – Volvió a suplicar, no, a exigir.
– Te están persiguiendo. – Aseguró, liberando apenas su muñeca capturada – ¿Sabes siquiera hacia dónde ir? ¿Tienes un plan? –
– Eso no es asunto suyo. – Le encaró molesta – Lo único que a usted le corresponde es hacerse a un lado. Yo puedo cuidarme sola. –
– A como yo lo veo… – Insistió él – Solo estas dirigiéndote al lugar más obvio donde vendrán a buscarte. – Pronunció al tiempo que, con un ligero cabezazo, señaló tras la espalda de la chica, quien se volteó inquieta para ver lo que el extraño testarudo le indicaba.
Con sus profundos ojos marrones, la chica volvió su mirada a través del camino recorrido. Su tarea no fue precisamente fácil, tanto desvelo preparándose para escapar estaba pasándole cuenta pues, ahora con los copos de nieve arremolinándose en la ventisca y la luz de la luna oculta por oportunas y densas nubes, apenas podía ver nada. No obstante, forzó sus sentidos logrando distinguir unas luces revoloteantes en la lejanía. Unos farolillos rojos que se aproximaban sostenidos por un nutrido grupo de hombres enfundados en uniformes típicos de los patrulleros del barrio, quienes seguían los sangrientos rastros no cubiertos de su huida.
Ella se alarmó al comprender que no le quedaba tiempo.
– ¡Mierda! – Exclamó furibunda, posando uno de sus pies sobre el adoquín del portal antes de sollozar de dolor.
– ¡Espera, te harás daño! – Le escuchó decir al joven, quien volvió a tomar atribuciones con ella al sujetarla de la cintura para evitar que cayera.
– ¡Déjame! ¡Nadie puede hacerme más daño del que ellos me harán si me atrapan! – El muchacho notó el estremecimiento en su cuerpo y el cambio en su expresión. Estaba aterrada y furiosa, cosa que, a su modo de ver las cosas, era una combinación poco favorable para el estado débil en el que se encontraba.
Él, joven e imprudente como era, sabía que dejarla ir en ese estado sería una condena perpetua. Por ello, decidió que cometería una última imprudencia por ella. Actuando de una forma que bien merecería una paliza, expresó:
– ¡Qué necia eres! –
Sin llegar a lastimarla, ejerció algo más de presión sobre su muñeca y, de un solo tirón, posicionó a la extraña de rodillas sobre su regazo. Desde su estrecha cercanía, ella le vio aterrada. Repasó los acontecimientos y las extrañas irregularidades que se atravesaron en su camino y concluyó que la sola presencia del individuo frente a ella fue una cruenta trampa.
No había nada que hacer, la regresarían a su habitación de la casona y la obligarían a continuar con esa vida. Contuvo las lágrimas de frustración en sus ojos, negándose a llorar frente a su captor. Preparó ese escape desde hacía meses, esperando que sus aliadas cooperaran y mantuvieran esta área despejada, sin extraños ni cercanos que pudieran verla.
Desgraciadamente, no lo consiguió esta vez.
– Por favor, por favor, ¡Déjame ir! – Se quebró en sollozos – ¡Le juro que nadie nunca sabrá que me ha dejado escapar! – Suplicó en su desesperación, aferrándose a la tela carmesí que cubría el fuerte pecho masculino, tratando de expresarle toda su desesperación, todo su apabullante terror con sus temblorosos actos – ¡Puede tomarme si así lo cree conveniente! ¡No me importa! ¡Una vez por voluntad propia no será nada a comparación de todo lo que habré de vivir en ese lugar si me atrapan! ¡Por favor! ¡Solo…! –
– No voy a hacerte daño. – Respondió él, tan seriamente que a ella no le cupo duda de que decía la verdad – Y tampoco te entregaré. – Continuó tras liberar sus muñecas y ayudarla a ponerse de pie sosteniendo delicadamente su cintura – No lo haré porque comprendo lo que vives. Porque desde que te vi correr hacia aquí supe lo que ocurría y decidí prestarte mi ayuda. –
De pie frente a él, la joven seguía sin comprender al hombre que la retenía con suavidad. Sus manos, entumecidas y frías, se cerraron contra sus palmas adoloridas, tratando de descifrar sus intenciones. ¿De verdad se preocupaba por ella? ¿Estaba dispuesto a ofrecerle ayuda para escapar en lugar de forzarla a regresar?
Debía haber alguna artimaña. Si, eso era. Un embuste. Quizá solo se trataba de un patrullero nuevo que ella no conocía, alguien que convenientemente podría engañarla y llevarla de regreso, sin más problemas de los habituales, para hacerla cumplir con ese precepto que la esclavizó a servir al yūkaku.
Y, aun así, la duda perduró en su ávido corazón.
– Entonces, ¿Vas…? –
– No voy a tomarte. No soy esa clase de hombre. –
Bajo el resguardo de su abrigo guardando en secreto sus facciones, la muchacha le dirigió una incauta mirada bañada en el más profundo de los azoramientos. Levantó el rostro más y más, comprendiendo que se trataba de un hombre alto y para cuando alcanzo a ver sus labios y luego su nariz…
– ¡Por allá! ¡La chica se fue por allá! –
El atronador grito cercano la hizo voltearse, sin embargo, nada pudo hacer por reaccionar, pues el joven extraño lo hizo por ambos. Con un solo movimiento, encaramó a la chica sobre su espalda, instándola con sus gestos a que se sujetara de su cuello y cintura con sus debilitadas extremidades. Y ella, contrario a su proposición anterior, se mostró reticente de compartir un contacto tan íntimo con un desconocido.
– ¡Si no te agarras, caerás! – Reclamó, comenzando a sentirse alarmado. Pues escuchaba los acusantes gritos de los hombres cada vez más y más cerca.
Ella se sobresaltó a escucharlo gritar por primera vez y comprendió que, si quería lograr escapar, debía asirse a él sin pretextos ni mojigaterías. Así rodeo su cintura con sus piernas y paso sus brazos por su cuello, soportando el dolor de la presión que sentían sus padecidos músculos por la tensión que, el solo hecho de sostenerse, ejercía sobre ellos. Él la afianzo a su cuerpo, prestando soporte a sus débiles piernas con sus grandes y fuertes manos.
En lo que dura un segundo, se volvió a la vieja puerta de madera con una decisión inquebrantable, escrutándola apenas un instante previo a abrir la puerta de una soberana patada, con un estruendo imposible de ignorar para sus perseguidores.
– ¡Está en el Dojo! ¡Vayan al Dojo! –
– ¡No te sueltes! – Volvió a exigirle a la joven, quien en respuesta se aferró con dolorosa fuerza a su inesperado salvador mientras él se echaba a correr impávidamente por el adoquín de la entrada de la desvencijada propiedad.
Él observó panorámicamente todo a su alrededor, tratando de reprimir sus florecientes sentimientos al verse recibido de improviso en la vieja casona. Sabía que no era el momento de emocionarse, sin embargo, se sentía feliz, eufórico por estar de nuevo en aquel lugar que le vio nacer, ese lugar en el que tuvo sus pocos y mil veces añorados recuerdos felices.
Se tragó su felicidad y rápidamente alcanzó la puerta de entrada a la casa principal, abriéndola velozmente con una mano y cruzando como una exhalación el pasillo de la casa hasta llegar a las polvorientas y enteladas escaleras que subió dando largos saltos, comiéndose varios escalones con sus portentosas piernas hasta alcanzar el segundo nivel. Ahí oteó con sus fieros ojos azules, refulgentes ante la luz de la luna que, oportunamente, aparecía y desaparecía escondiendo sus movimientos de sus inesperados enemigos.
Encontró rápidamente la puerta de la habitación que tanto trató de encontrar y sonrió sin poder evitarlo. Avanzó sagaz por el espacio y abrió por completo la puerta corrediza antes de acuclillarse y depositar suavemente sobre el tatami polvoriento a su protegida, quien no comprendía las razones ni el comportamiento de su acompañante. Sentada delicadamente por él en el suelo y, volviendo a aferrarse reticente a su improvisado abrigo, le dirigió una mirada interrogante al joven, aun con la espina sangrante de la incertidumbre cobijada en su pecho, dañando su corazón.
Él la observó por el rabillo del ojo mientras escuchaba el estrepitoso sonido de las puertas siendo destruidas por los patrulleros. Rápidamente avanzó por la pequeña habitación en dirección al oshiire, que abrió raudo. Vio con nostalgia los futones y las mantas, recordando esos tiempos en que su pequeña familia disponía de ellos bien entrada la noche. El joven negó con la cabeza, obligándose a reaccionar y comenzando a hacerlos a un lado bajo la mirada atenta de la joven.
– ¿Qué haces? – Preguntó ella en un tenso hilo de voz.
– Preparar un escondite. – Respondió con simpleza.
– Ambos no cabremos dentro. – Volvió a pronunciar ella, en su tono de voz se adivinaba un timbre preocupado y rígido, incluso podría decirse que la duda asomaba en ella.
Una vez acabó su tarea, él se giró para verla. Desde su altura y sentada en el centro de la habitación le pareció diminuta. Su mente llegó a reconocer esa forma tan particular de sentarse sobre el tatami y, de algún modo, creyó adivinar sus rasgos bajo la tela grana.
– ¿Estas escuchando? – El suave sonido de su voz le traía recuerdos de un rostro adorable de forma ovalada, nariz delicada y una mirada inescrutable del oscuro color de la tierra fértil. Un pensamiento estúpido cruzó su mente, haciéndolo tensar los músculos de forma inconsciente.
– No, claro que no. Si fuera quien creo que es, tendría que tratarse de… – Un escalofrío involuntario se apoderó de su cuerpo. Bajo ese pensamiento, todo su comportamiento tenía sentido. Su huida hacia esta casa en específico, su desconfianza, su terquedad, ese carácter imbatible, su forma de hablar tan educada por momentos y tan brusco en otros, todo su lenguaje corporal tan burdo para tratarse de una joven mujer instruida en el arte de la seducción, más parecido al lenguaje corporal de…
– No puede ser… – Negó para sí mismo meneando la cabeza, sin querer siquiera contemplar la posibilidad de que su conjetura fuera cierta. Sabía bien que no era momento de atormentarse con eso – Tú te esconderás aquí. –
– ¡Claro que no! – Negó ella vehemente, apoyando sus manos en el tatami y tratando de levantarse del suelo – ¡Lo que deberíamos de hacer es huir por la puerta trasera! ¡Conozco la casa mejor que nadie y puedo guiarte! No nos encontraran. – Su oración termino por inquietarlo aún más, si es que eso era posible. Volvió a negar con la cabeza. Ella misma acababa de acrecentar sus temores, pero no quería pensar en ello. No ahora.
Necesitaba centrarse. Los ruidos eran cada vez más potentes y los pasos más cercanos.
– Mira que eres necia. Una mujer muy terca… – El joven se acercó a ella, levantándola entre sus brazos sin apenas esfuerzo pese a la obstinada resistencia de ella, quien se rebatía en sus brazos pese a sus menguadas fuerzas. Él la acomodó en la parte baja del oshiire mientras se manejaba imbatible evitando que ella se aferrara a él para escapar al tiempo que acomodaba las telas y futones protectoramente a su alrededor.
– ¡Eres un estúpido! ¡Podemos escapar! – Insistió ella débilmente, reteniéndole con la yema de los dedos al cuello de su camisa, ya demasiado cansada para moverse y arrastrarse a él – ¡Ya te lo dije, puedo guiart…! – Y calló.
En ese instante, la luz de la luna se filtró por las ventanas, iluminando un par de hermosos ojos azules que brillaban bajo su resplandor. Su rostro anguloso y el largo cabello azabache, trenzado sobre uno de sus hombros anchos, se revelaron ante ella. Exhaló un suspiro entrecortado, sintiendo el ardor de las lágrimas contenidas al fondo de sus ojos. Él no pareció notar su asombro, ocupado en confirmar sus propios temores al reconocer ese rostro femenino que tantas veces le sonrió en la infancia, el mismo que, sin saberlo, había bendecido sus recuerdos más felices en medio de años de amargura.
– Ra… – Balbuceo ella, liberándolo de su débil agarre sin dejar de observar con pasmo el rostro masculino que le dedicó una triste sonrisa. Sus ojos marrones se llenaron de lágrimas y sus manos, temblorosas, buscaron su rostro en un intento ingenuo por confirmar que no se trataba de un cruel espejismo, que él se encontraba ahí, con ella.
Al verla tan frágil, él no pudo evitar acercar sus manos a sus frías mejillas y limpiar sus lágrimas primorosamente.
– Yo me encargaré. – Expresó ante sus anegados ojos marrones – No te preocupes, Akane. – Concluyó al cerrar la puerta poniéndose de pie presurosamente para abandonar la habitación tras de sí, pidiéndole a todos los dioses que le brindaran algo más de tiempo y algo más de inteligencia con tal de librar a Akane de una vida llena de desdicha y soledad, tan parecida a la que él tenía.
Ranma resopló molesto, esa felicidad que tanto aspiró encontrar se estaba mostrando ante él como la más amarga hiel, pero no se detuvo demasiado tiempo a pensar en ello pues antes tenía ciertos asuntos que resolver. Se crujió los nudillos a la vez que se encaminaba a las escaleras pensando en cual seria la forma correcta de recibir a sus invitados.
Él nunca fue bueno en etiqueta, pero sentía que debía serlo en esta especial ocasión.
No iba a dejar que nadie entrara a su hogar a secuestrar a uno de sus más queridos miembros y se salieran con la suya. No permitiría jamás que alguien le hiciera daño a Akane, no ahora que estaba aquí.
– Sobre mi cadáver. –
Publicado: Lunes 25 de noviembre, 2024.
[Notas de la autora]
Me costó un mundo poder escribir esto y sigo sin estar convencida del todo. Es un 50/50.
Me hice, no es broma, unas 17 páginas de puros intentos para saber si la cosa debía o no ser de esta manera, quería un reencuentro super romántico y dramático, pero como eso no daba pie a continuar como quería… Bueno, al final debo decir que esta forma me pareció mucho más "lógica".
Y sé que es un fanfic y no es necesario hacer que los personajes sean parecidos a como son en la historia original. Aun así, lo intenté y no creo que me haya salido del todo mal. La historia va lenta pero segura.
¿Por qué creen ustedes que está ocurriendo todo esto?
No hay información de la que agarrarse, pero adivinar nunca está de más, ustedes hagan sus suposiciones. Quiero ver si le atinan JAJA.
Bueno, eso es todo, publiqué un día después de lo que tenia pensado, pero espero que les haya gustado y entretenido tanto como yo me entretengo imaginando y quebrándome la cabeza para hacer esta historia.
¡Ah, me olvidaba!
¡Tú, que eres nuevo en el fandom, bienvenido o bienvenida! Espero que les guste mucho el anime (Y el manga, si es que se animan a leerlo) al igual que nuestro viejo fandom conformado de un montón de locos nostálgicos y testarudos. Si se animaron a leer este fic, espero que no se arrepientan cuando avance más, porque bueno... Son nuevos y siento que leer cósicas bonicas es lo que deberían de estar haciendo, pero ¿Quién soy yo para juzgar? Si me encanta el sufrir leyendo.
¿Saben que? Olvídenlo. Siempre y cuando los haga felices: ¡Lean lo que les salga del papo! XD
Palabras en japones
o Yūkaku: Casa del placer en japones.
o Oshiire: Es como una alacena o armario para meter futones.
Comentario personal que nada tiene que ver con nada: De momento (porque es Netflix y ya sabemos cómo es) me está gustando la nueva adaptación de Ranma, es jodidamente adorable. Y escuchar la música reinterpretada me da mil años de vida (Aunque por momentos me recuerda a Inuyasha... ¿Será señal de los astros para volver a verlo?), pero el anime de los 80's es imbatible. Sigue en mi top inamovible. Si nunca lo han visto, denle una oportunidad, no se van a arrepentir.
Saludos,
S.
