Disclaimer:Inuyasha y compañía son personajes de Rumiko Takahashi, mi intención no es lucrar con ellos, simplemente los utilizo para dar vida a esta historia con fines de recreación.
La Bestia
Akai Harvenheit
3
El atardecer caía tras las montañas, tiñendo el cielo de un rojo profundo que parecía anunciar el fin de una era. Un escalofrío recorrió la espalda de Kagome, pero en su pecho ardía una chispa de calor imposible de describir. Los últimos rayos del sol se deslizaban sobre los platinados cabellos de Inuyasha, y por un instante, creyó ver oro líquido en sus ojos.
Kagome alzó la cabeza, reponiéndose, sin estar segura de haber escuchado bien.
—¿Qué…?
—Tú y la niña. Vengan a vivir conmigo al castillo. Así no tendrás que casarte por obligación y podrán estar juntas —dijo Inuyasha, mirándola con inseguridad, como si no supiera si estaba tomando la decisión correcta.
El silencio se impuso durante unos segundos.
—No deberías casarte con ese hombre —soltó él, al fin.
—¿Y eso es todo lo que tienes para ofrecer? ¿Un castillo? ¿Un nombre? ¿Una vida al lado de un hombre que ni siquiera puede mirar a su hija? —Su voz temblaba, pero no se quebró.
Inuyasha no respondió de inmediato. Sus ojos dorados se desviaron hacia el cielo; su rostro, tan parecido al de Kikyo, dolía.
—No te lo pido por amor —murmuró—. Quiero… entender. Y si ella ha de vivir conmigo, prefiero que tú estés allí también —añadió en un susurro, casi suplicante. No sabía exactamente lo que hacía, pero ya lo había dicho. Había jugado su última carta y, por la duda que asomaba en los ojos de Kagome, parecía estar funcionando.
Kagome lo observó largo rato, el pecho latiéndole con fuerza. Tal vez, después de todo, había una oportunidad para que Mizuki fuera amada por él. Pero ¿y ella? ¿Estaba dispuesta a casarse con el hombre que amaba sin la esperanza de que él, algún día, la amara?
—No me des esperanzas, Inuyasha. No me pidas esto si piensas seguir odiando cada sombra de Kikyo que veas en ella… o incluso en mí.
Él bajó la vista por primera vez.
—No sé si puedo dejar de odiar a tu hermana. Pero a ti… nunca te he odiado —dijo al fin. Aunque tampoco podía decir que la hubiera considerado mucho. Cuando la conoció, era solo una niña que vivía a la sombra de su hermana. Recordaba cómo la comparaban con Kikyo y le exigían ser como ella. Tal vez, si la primogénita hubiera sido Kagome y él no se hubiera encaprichado con la belleza perversa de Kikyo, la historia habría sido distinta.
Kagome cerró los ojos. Por un instante, solo uno, quiso creer que eso bastaba. Inuyasha dio un paso hacia ella. Su sombra cubrió el rostro de Kagome, arrancándola del torbellino de pensamientos.
—Cásate conmigo, Kagome Higurashi —le dijo.
Ella lo miró a los ojos y supo que no podía luchar contra él. Prefería la idea de casarse con Inuyasha antes que compartir una vida con Akitoki Hojo o con cualquier otro terrateniente que solo la quisiera por las riquezas de los Higurashi.
—Está bien… me casaré contigo —dijo Kagome, asintiendo con suavidad, aunque su corazón pesaba como una piedra.
Inuyasha no respondió. Bajó apenas la cabeza, como si acabara de imponerse una carga aún más pesada. No había alegría en su rostro, ni alivio. Solo una sombra más densa que la que ya arrastraba.
—Pero escúchame bien, Inuyasha —añadió Kagome, alzando la voz con firmeza—. No lo haré por ti, ni por las tierras. Lo haré por Mizuki. Porque ella merece un lugar en este mundo. Merece sentirse amada. Y si vas a rechazarla una vez más… entonces no me casaré contigo, ni aunque el mundo entero se derrumbe.
Lo miró con decisión, desafiante.
La mirada de Inuyasha se endureció por un instante. Luego, lentamente, asintió. Desde que había llegado, era la primera vez que Kagome no mostraba tristeza en los ojos.
—No te prometo amarla como un padre… pero puedo prometer que haré el intento.
No era mucho. Pero para Kagome, fue suficiente para dar el primer paso.
El castillo se erguía imponente frente a ellas, con sus muros grises cubiertos por enredaderas florecidas y tejados que parecían rasgar el cielo. Kagome sujetaba con firmeza la pequeña mano de Mizuki, mientras los cascos del carruaje se apagaban sobre el empedrado del patio principal.
La niña, sentada a su lado, observaba todo con los ojos grandes, brillantes de emoción… y de miedo. Era la primera vez que pisaba el lugar donde había nacido, el hogar que le había sido negado.
Kagome descendió primero, ayudando a Mizuki con delicadeza. La brisa olía a madera antigua y flores secas, y por un instante, Kagome sintió que el tiempo no había pasado desde la última vez que estuvo allí, muchos años atrás, acompañando a su hermana.
—¿Este es el castillo de mi padre? —susurró Mizuki, apretando la mano de Kagome.
—Sí —respondió Kagome, arrodillándose frente a ella—. Pero ahora también es tu casa.
La niña asintió, aunque no parecía convencida. Sus ojos recorrían el edificio, como si esperara que algo oscuro saliera a recibirlas.
Las grandes puertas se abrieron con un crujido seco, y allí estaba él. Inuyasha los esperaba en lo alto de la escalinata, de pie, con los brazos cruzados y el rostro serio, aunque algo en su mirada delataba incomodidad. Llevaba su vestimenta formal de señor feudal, pero el cabello suelto y revuelto le restaba severidad. Sus orejas se movieron ligeramente al verla, como si escucharan algo que su corazón no quería aceptar.
Mizuki se detuvo.
—Mi padre… —balbuceó.
—Sí. Es tu padre —murmuró Kagome, sin dejar de mirarlo.
Inuyasha bajó los escalones uno a uno, con pasos lentos. Cuando estuvo frente a ellas, sus ojos se cruzaron con los de Mizuki. No dijo nada. Solo la miró.
La niña bajó la vista, como si esa mirada le hubiera dolido.
—Bienvenidas —dijo él por fin, con la voz ronca.
—Gracias —respondió Kagome, manteniéndose firme.
Hubo un silencio incómodo. Mizuki se escondió ligeramente tras la falda de Kagome.
Detrás de Inuyasha se encontraban Miroku y Myoga. Al notar la incomodidad de la niña, Inuyasha optó por presentarlos.
—Miroku, Myoga —dijo Inuyasha, señalando a sus dos compañeros con un gesto vago—. Ellos son… Miroku y Myoga. Miroku es mi cuñado y vive aquí conmigo, y Myoga… bueno, es un viejo amigo.
Miroku, con una sonrisa algo burlona, hizo una reverencia ante las dos mujeres.
—Es un honor conocer a la señorita Mizuki. —Se inclinó, demostrando una cortesía que contrastaba con la atmósfera tensa que se había formado.
Myoga, por otro lado, se inclinó con una exagerada reverencia.
—Un placer también —dijo, sus ojos chisporroteando con una sabiduría que a veces parecía más molesta que útil. Pero a pesar de su tono chistoso, su mirada seguía fija en Inuyasha, como si intentara descifrar lo que realmente pensaba.
Mizuki no levantaba la mirada, y Kagome no podía evitar notar la rigidez de la niña. Aunque visiblemente emocionada de estar en el castillo, la pequeña no podía apartar el peso de la desaprobación que sentía por parte de su padre. Kagome dio un paso hacia adelante, intentando suavizar el ambiente, pero la presencia de Inuyasha, en ese momento, parecía tan imponente que era casi como si ella misma estuviera en un campo de batalla.
—Pueden instalarse en las habitaciones del ala este. Ya están preparadas —añadió Inuyasha, y se giró sin más, comenzando a subir de nuevo.
—¡Inuyasha! —llamó Kagome, sin moverse del sitio.
Inuyasha se detuvo, sin darse vuelta.
—Dile algo. Cualquier cosa. No puedes simplemente recibirla como si fueras un extraño.
Él tensó los hombros. Dudó un instante, luego giró apenas el rostro, lo suficiente para que Mizuki pudiera verlo.
—Puedes recorrer el castillo si quieres —murmuró—. Hay un cerezo floreciendo en el jardín trasero… A tu madre le gustaba sentarse allí.
Mizuki no respondió, pero Kagome notó cómo se le humedecían los ojos. Inuyasha siguió su camino sin esperar reacción alguna.
Kagome se inclinó hacia su hija.
—¿Quieres que te lleve al cerezo?
La niña negó con la cabeza y se abrazó a su cintura.
—Quiero quedarme contigo.
—Entonces vamos a conocer nuestra habitación —dijo Kagome, sonriendo con ternura—. Inuyasha, ¿puedo mostrarle su habitación?
Inuyasha asintió sin mucho entusiasmo, fijando la mirada en Mizuki. La niña, por su parte, asintió lentamente, aún sin decir palabra. La expresión de Inuyasha estaba marcada por un rencor antiguo, pero también por una especie de impotencia que no podía ocultar del todo.
—Síganme —dijo, sin más, y comenzó a caminar por los pasillos del castillo, su paso firme y pesado resonando en las paredes. La tenue luz que entraba por los ventanales de la gran sala apenas alcanzaba a iluminar los rincones, y la brisa que corría a través del castillo no era suficiente para disipar la opresión del aire.
Kagome se detuvo un momento, mirando a Miroku y Myoga, pero sabiendo que no había tiempo para más palabras. Era un ambiente de tensión palpable, donde todo el mundo parecía tener algo no dicho flotando en el aire.
Mizuki dio otro paso, y luego otro, apenas siguiendo a Inuyasha. La niña no podía evitar el tirón de incertidumbre que sentía en su pecho, como si la presencia de su padre le recordara constantemente lo que nunca había tenido: su amor, su acogida.
En un movimiento casi automático, Kagome se agachó y le ofreció su mano.
—¿Estás bien, Mizuki? —le susurró, en voz baja.
La niña la miró, un rastro de lágrimas apenas visible en sus ojos.
—No quiero que me odie… —murmuró, y por primera vez, su voz se quebró.
Kagome sonrió suavemente, apretando la mano de la niña con más fuerza.
—Tu padre no te odia. Solo… aún no sabe cómo quererte.
Mizuki lo miró a Inuyasha, que avanzaba sin volverse, con pasos largos y llenos de peso. No pudo evitar pensar que al menos estaba acompañada por Kagome; ella siempre había sido la que la cuidaba y la protegía.
Mientras caminaban hacia el interior del castillo, Kagome no pudo evitar pensar que ese lugar, aunque lleno de memorias dolorosas, podía transformarse en un hogar. No por las paredes de piedra ni por los pasillos silenciosos. Sino porque, por primera vez, estaban allí las tres piezas que debían componer esa familia: Inuyasha, Mizuki… y ella.
Inuyasha caminaba por los pasillos en silencio, con el eco de sus pisadas marcando el ritmo de una tensión que nadie se atrevía a romper. Kagome y Mizuki lo seguían de cerca, la niña con paso tímido y la cabeza gacha, como si los altos muros del castillo pudieran cerrarse sobre ella en cualquier momento.
El trayecto no fue largo, pero se sintió eterno. Al llegar al ala este, Inuyasha se detuvo frente a una gran puerta de madera tallada con flores de cerezo y relieves desvaídos por el tiempo.
—Aquí es —dijo, sin girarse del todo.
Empujó la puerta con una mano, y esta se abrió con un suave chirrido. El interior era amplio, luminoso, con dos futones ya dispuestos sobre el tatami, una pequeña mesa de té junto a la ventana, y una estantería vacía esperando ser habitada. El aroma a incienso seco y madera pulida llenaba el aire, mezclándose con la brisa que entraba desde el balcón.
Inuyasha no entró. Se quedó en el umbral, como si hubiera una barrera invisible que le impidiera dar un paso más.
—Las criadas traerán lo que necesiten —murmuró, sin mirarlas.
Kagome asintió y le dedicó una leve reverencia. Mizuki, en cambio, se escondió un poco más detrás de su falda.
Inuyasha bajó la vista, clavando los ojos en un punto del suelo por un segundo, y luego alzó la mirada hacia Kagome.
—Si algo se sale de control… avísame —dijo con voz grave, y solo entonces sus ojos se desviaron hacia la niña. La miró un instante, un gesto que rozaba lo humano y lo dolido al mismo tiempo, pero no dijo palabra alguna.
Iba a marcharse, pero se detuvo. Respiró hondo, con el ceño fruncido, como si algo lo estuviera carcomiendo por dentro.
—El cerezo... florece en las tardes. Desde la ventana se puede ver. Si quiere salir —dijo en voz baja, casi en un susurro.
Entonces, sin esperar respuesta, se giró y se alejó, sus pasos resonando otra vez por los corredores, más lentos, más pesados.
Kagome lo siguió con la mirada hasta que desapareció en la penumbra del pasillo. Luego, volvió su atención a Mizuki, quien seguía de pie en la entrada de la habitación, con los ojos grandes y húmedos.
—¿Quieres entrar? —le preguntó en voz baja.
Mizuki asintió, y por fin soltó su mano. Caminó hasta el centro de la habitación y miró a su alrededor en silencio. Luego, se dejó caer sobre uno de los futones y abrazó una de las almohadas como si fuera un escudo.
—¿Crees que alguna vez me querrá? —preguntó, casi sin voz.
Kagome se arrodilló a su lado y acarició su cabello con ternura.
—Yo creo… que ya empezó a hacerlo. Solo que todavía no lo sabe.
Mizuki no respondió, pero su pequeña mano buscó la de Kagome. Afuera, el viento movía las ramas del cerezo, y algunos pétalos flotaban en el aire como suspiros del pasado.
Inuyasha cruzó el corredor con el ceño fruncido y los puños apretados. No volvió la vista ni una sola vez. Al llegar a la galería trasera, se detuvo junto a una columna de piedra cubierta por musgo y se quedó allí, en silencio, mirando al jardín.
—Te noté tenso —dijo una voz a sus espaldas.
Miroku apareció con su caminar relajado, las manos cruzadas a la espalda y una media sonrisa que apenas disimulaba la preocupación en sus ojos. Se detuvo a unos pasos de Inuyasha, observando también el cerezo del que hablaba momentos antes.
—No estoy tenso —murmuró Inuyasha, sin mirarlo.
—¿No? Entonces debo haberme confundido al ver cómo apretabas tanto la mandíbula que pensé que ibas a romperte los dientes.
El silencio se instaló entre ambos. El viento soplaba suave, y algunas flores del cerezo se deslizaban en el aire antes de posarse sobre el suelo empedrado.
—No era su culpa —dijo Inuyasha de pronto, en voz baja.
—¿La niña?
Inuyasha asintió con un leve gesto, como si le costara admitirlo.
—Pero tampoco es mi hija.
—¿Y eso importa ahora?
Inuyasha se volvió por fin a mirarlo, los ojos encendidos de algo más que enojo.
—¡Claro que importa! Toda mi vida… todo este tiempo he vivido con esa duda. ¡Kikyo me lo dijo antes de morir! ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Criarla como si nada?
Miroku no respondió de inmediato. Se acercó un poco más, se sentó en el borde de la galería y miró hacia el cerezo.
—Lo que Kikyo hizo fue cruel —dijo con calma—. Pero Mizuki no tiene la culpa. La miraste como si no pudieras soportar verla, y aún así... hablaste del cerezo. Eso significa algo, aunque no quieras aceptarlo.
Inuyasha se cruzó de brazos, la mirada endurecida.
—No quiero encariñarme. Si no es mía… si un día aparece ese hombre y se la lleva…
—¿Y si sí lo es? —preguntó Miroku, con voz suave pero firme—. ¿Y si ella es lo único que te queda de Kikyo? Lo bueno. Lo que pudo haber sido, si todo no hubiera acabado así.
Inuyasha apartó la vista, los labios apretados. Su silencio era más elocuente que cualquier palabra.
—Kagome no la dejará sola —añadió Miroku, tras unos segundos—. Ella la ama. La ha criado como si fuera suya, y aceptó venir aquí por ella. Por ti.
—No por mí —gruñó Inuyasha—. Lo hizo porque no quería perderla. Porque me tenía miedo.
—¿Y tú? —replicó Miroku con una ceja alzada—. ¿Por qué hiciste que vinieran? ¿De verdad solo fue por las tierras?
Inuyasha no respondió.
Miroku suspiró, se puso de pie y le dio una palmada en el hombro.
—Piensa en lo que estás haciendo, viejo amigo. A veces, el pasado solo sirve para mantenernos encadenados. Pero el futuro… el futuro todavía está por escribirse.
Inuyasha no lo miró. Volvió a fijar la vista en el cerezo, donde una ráfaga de viento sacudía las ramas como si intentara borrar el polvo del tiempo.
—Déjame solo, Miroku —murmuró.
—Como desees.
Y Miroku se alejó en silencio, sin decir nada más. Inuyasha se quedó allí, de pie, con los ojos clavados en las flores que caían lentamente al suelo. Una de ellas rozó su mano antes de desaparecer en el aire.
El castillo dormía bajo la luz pálida de la luna. Las sombras se estiraban por los pasillos y la brisa nocturna arrastraba el eco de las ramas del cerezo rozando los muros de piedra. Kagome cerró la puerta de la habitación con cuidado, dejando a Mizuki profundamente dormida, abrazada a su muñeco de trapo.
Cruzó el pasillo en silencio, guiada por la tenue luz de los faroles encendidos. Sabía dónde encontrarlo.
En el patio trasero, junto al cerezo florecido, Inuyasha estaba sentado, con la espalda apoyada contra el tronco, mirando al cielo. No se giró al escucharla llegar, pero sus orejas se movieron apenas.
—No puedes dormir —dijo Kagome suavemente.
Inuyasha gruñó algo que podría haber sido una afirmación.
—Yo tampoco —añadió ella, sentándose cerca, aunque no demasiado. El silencio se instaló entre ellos unos segundos antes de que Kagome lo rompiera—. Está asustada, ¿sabes? Pensó que al verte… todo cambiaría.
—No debiste hacerle creer eso —respondió él, sin mirarla.
—¿Y tú? ¿No pudiste fingir al menos un poco de afecto?
Inuyasha la miró por fin, sus ojos dorados tensos, brillando con algo entre culpa y rabia.
—No soy bueno fingiendo.
Kagome bajó la mirada. Sus manos descansaban sobre su regazo, entrelazadas.
—No te estoy pidiendo que finjas. Solo que... no la lastimes más. Ya ha tenido suficiente con crecer sabiendo que no querías verla.
—No sabes lo que estás diciendo —dijo él en voz baja, volviendo la vista al cielo.
—Lo sé mejor que nadie —replicó ella con suavidad, y cuando él volvió a mirarla, su expresión se había endurecido un poco—. Fui yo quien le enseñó a decir tu nombre, quien tuvo que explicarle por qué nunca venías a visitarla. Yo la vi esperar cada cumpleaños una carta que nunca llegó. Y aun así, cuando supo que vendría a este lugar, se puso feliz. ¿Puedes entender eso? Feliz… de ver al hombre que la ha ignorado toda su vida.
Inuyasha apretó los dientes. Se incorporó ligeramente, pero no se levantó.
—Kagome… yo no quería esto. Yo…
—¿Qué querías, entonces? ¿Vivir para siempre con esa duda? ¿Aislado en este castillo, odiando un fantasma? —Su voz se quebró por un instante, pero se obligó a calmarse—. A veces me pregunto si realmente viniste por Mizuki… o solo por lo que ella representa.
Él no contestó. El viento sopló con fuerza entre ellos, moviendo las flores caídas a su alrededor.
—La traje aquí porque es lo correcto —dijo al fin, con la voz rasposa—. Porque si un día ese bastardo regresa a reclamarla, yo necesito estar preparado.
—¿Y eso es todo? ¿Una estrategia para proteger tu orgullo y tus tierras?
—¡No es orgullo, Kagome! —espetó, poniéndose de pie de golpe—. ¡Es dolor! ¿Tienes idea de lo que fue para mí… escuchar de los labios de Kikyo que la niña que crié no era mía? ¿Tienes idea de lo que significó… pensar que toda mi vida fue una mentira?
Ella lo miró desde abajo, sus ojos brillando con lágrimas que no permitía caer.
—¿Y crees que para Mizuki es diferente? ¿Crees que para mí fue fácil criarla sin saber si algún día vendrías por ella o no?
Inuyasha se quedó callado. Sus hombros temblaron apenas, pero no dijo nada. Kagome se levantó con lentitud, acercándose a él.
—Yo no vine aquí por las tierras. Vine porque ella te necesitaba. Y porque, aunque no lo digas… tú también la necesitas.
Inuyasha la miró por un largo momento. El viento jugaba con su cabello y con el de ella, enredándolos entre sí por un segundo. No se dijeron nada más.
Pero cuando Kagome se giró para volver a la habitación, él la llamó.
—Kagome.
Ella se detuvo, sin voltearse.
—Dime
Inuyasha dudó un segundo. Luego, en voz apenas audible, dijo:
—Gracias por no dejarla sola.
Kagome sonrió, aunque él no pudo verla.
—No podría, aunque quisiera.
Y se marchó, dejando a Inuyasha bajo el cerezo, con más preguntas que respuestas latiendo en el pecho.
Continuará…
N/A: Agradezco sus reviews.
Espero les guste.
Sore dewa, mat.
