"El cazador y el mitad vampiro"

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Katsuki giraba la cabeza hacia la izquierda.

Un sonoro jadeo escapaba de sus labios, acompañado de unos cúmulos mojados recorriendo la superficies de sus orbes rojizas.

Se abrazaba con la escasa fuerza que le sobraba a aquel hombre. Ese hombre que tenía bajo su manejo.

Katsuki cerró los ojos de un parpadeo, el pulso desbordándose.

—Relájate —Le indicó el hombre de cabello verde y rizos enmarañados, con dulzura.

—No me des órdenes —Katsuki gruñó, la voz agitada, el aire golpeteando su garganta.

—No me tardo.

La voz que provenía de su cuello sonaba distante, con notas aromáticas, enjabonando su cuerpo entero.

Katsuki no sabía por qué, en qué instante, las palabras habladas entre ellos, comenzaron a parecerle más a una realidad que a una fantasía. En qué segundo, la resolución de mentirle había sonado a una tontería, una idea inservible.

Ese hombre era tan bueno con él; no podía soportarlo.

Katsuki abrió las manos y se aferró a sostenerlo por la espalda. El abrigo negro afelpado enfriaba su enfebrecida temperatura.

El dolor y el miedo se disipaban rápidamente. El dolor de sus colmillos simulaba un trago amargo; el miedo de que sus compañeros del instituto lo pillaran embestido por su peor enemigo.

—Izu —La voz de Katsuki se frenó, diáfana, seguido de un quejido subido de tono.

Los brazos de ése hombre, lo agarraron por la cintura, abriéndose paso a tocarlo hasta el cuello, tocando delicadamente su chaleco marrón oscuro.

—Izuku —Katsuki articuló.

Izuku apegó más su cuerpo, sacando de él un suspiro enronquecido.

Lo sumergía un irrefrenable sentimiento de impotencia en el transcurso de los minutos, en lo que miraba lo cercano que se veía el sol; lo estrechos que eran sus rayos.

Y el aliento de Izuku perforando sus oídos.

No sabía lo que ocurría con él. Era una sensación extraña, y a su vez, certera. Todo lo contrario al disgusto.

Tenía en la mente un millar de ideas luchando por hacerlo actuar de una buena vez, paralizar a Izuku, avisarle a su equipo que estaba siendo atacado y terminar con él. Asesinar a ese vampiro.

Y nunca más verlo, ni oírlo, ni soportar la mentira de que él era un sirviente.

Pero, por enfrascarse en la mentira, adentrarse demasiado en ella, la creía. La sentía en cada célula de su piel, con cada pulsación de sus latidos y era inevitable querer más de esa unión, más de él.

Izuku sostuvo con más firmeza su cintura y se estremeció.

Escuchaba el correr brusco de su sangre, el sonido de succión de Izuku en su cuello, la respiración acelerada de Izuku y la suya.

Se reprochaba el haber permitido que eso se saliera de sus manos. Se reprochaba que Izuku lo tratara bien, que le contara todo sin preguntarle el motivo. Se reprochaba lo inútil e indeciso que se había convertido desde que conoció a Izuku.

Lo inseguro que lo volvía cada vez que acertaba en pensar que se acercaba el momento en que le pedirían matarlo, después de haberle exprimido la información restante.

Katsuki nunca lo había olvidado; no había olvidado el por qué se acercó a Izuku.

Era sólo que con la cercanía que llevaban teniendo, se alejaba de esa realidad. La realidad que suponía mantenerlo ahí con él; porque Izuku era un vampiro, un mitad vampiro, y él, un cazador de vampiros. Que eso era imposible que se borrara de su destino.

No lo detestaba. Había desechado la posibilidad de hacerlo.

Sentía miedo de que los sentimientos que flotaban en él, crecieran. Se sentía como un imbécil. Creía que guiarlo en sus mentiras no le afectaría, que sería algo fácil.

Lo que todos los de su especie se merecen.

Siempre.

Sólo quería sentir más las manos de Izuku estrechar su espalda esa tarde, o cualquier otro momento del día.

El sol color rojizo se extendía como telón cortar la luz del día.

Entrecerraba los párpados, rogando porque el aire le bajara la fiebre que le provocaba las manos de Izuku. El calor por todo el resto del cuerpo. Era un exceso, una adicción, una añoranza violenta.

—Lo estás haciendo excelente —Oyó a Izuku, en tono sereno. —Estarás mejor en cuanto termine.

—Apúrate —Instó Katsuki.

El que Katsuki se sintiera débil, o la más pequeña posibilidad de que pudiera mostrar un poco de vulnerabilidad, turbaba su espíritu. El poseer la imagen de fuerza érase su prioridad.

El tono rojizo del sol comenzaba a cubrirse de un azul nuboso; los rayos del sol se ramificaban poco a poco en el horizonte, rozando la piel helada de Katsuki, y la de Izuku como un estrecho y vaporoso velo en ellos.

«¡Por favor, no me mates!» Habían sido las palabras de Izuku en cuanto sacó su daga plateada (que llevaba en el bolsillo trasero del cinturón del pantalón), tras haberse encontrado en el riachuelo que venía la montaña, donde Katsuki acababa de matar con unos vampiros y venía persiguiendo al otro que se había escapado a su grupo. Es entonces que vio a un hombre, limpiándose la sangre de los labios con el agua que corría del riachuelo con las manos.

Katsuki recordó lo rojo que eran esos ojos, lo brillantes y ardientes, lo suficiente para pulverizarlo. Y, de pronto, se tiñeron de verde. Luego reparó en el océano de pecas que cubrían el rostro de aquel hombre que parecía ser de su edad, la cicatriz en su mano derecha, el cabello rizado, la torpeza de sus movimientos al divisarlo entre todo ese montón de árboles, hojas, ramas y rocas.

Era perverso la inocencia que bañaba sus ojos verdes.

Katsuki podía jurar que el aliento se le escapó.

«¡No es lo que crees!» Las manos de aquel hombre se subieron y se agitaban con gran temor. La sorpresa y el miedo invadían su cara.

Katsuki había permanecido un minuto que fueron suficientes para sentir que parecía que lo habían hechizado en ese momento.

Y cuando bajó la mirad y vio el emblema de esa familia, supo que el cielo se había apiadado de su dolor y decidió recompensarlo haciéndolo conocer a ese inútil que gritaba demasiado para tener sangre en los labios.

Fue en ese momento en que Katsuki le inventó toda la mentira de que él era un sirviente del instituto de cazadores de Yuuei y que al ver a un vampiro se asustó y quiso defenderse.

El hombre, que sin dudar, reveló llamarse Izuku, se presentaba ante él como un mitad vampiro: una especie única en el mundo de vampiros. Siempre habían existido los vampiro pura sangre y los transformados (aquellos que eran humanos y fueron mordidos por un vampiro) y el haberse encontrado un mitad vampiro era algo que se veía cada siglo.

Lo mejor había sido que Izuku confió en él.

Mediante lo fue conociendo, Katsuki pensó que Izuku era un idiota; un pobre vampiro idiota que contaba todo de sí frente a extraños. Era demasiado bueno para ser cierto.

Muy bueno.

Aprovecharse de la inocencia de Izuku había sido como una mina de oro. Una mina con un pozo inacabable de oro.

No supo en qué momento comenzó a sentir la potencia del hormigueo cuando Izuku hablaba suavemente, o cuando lo tocaba con los dedos (sus dedos eran cálidos, no eran fríos como los vampiros que había matado), o si Izuku decía que Katsuki era alguien tan bueno para aguantar trabajar en un sitio de ese tipo. O peor, cuando Izuku sonreía.

La sonrisa de Izuku era un exceso, un exceso peligroso para su alma.

No mataba vampiros por placer, sino por venganza; sus padres no perecieron protegiéndolo de ellos, de ese maldito clan.

Los vampiros debían extinguirse de la faz de la tierra para jamás regresar.

Los vampiros… Izuku no era uno puro.

Izuku.

Katsuki no podía imaginarse que Izuku no estuviera allí; cerca. Muy cerca. Tan cerca, como lo estaban ahora, que Katsuki no había podido acudir a su encuentro habitual por un resfriado.

Izuku, mortificado por él, ingresó por primera vez al instituto (una zona a prueba de vampiros; no vampiros como Izuku), donde por azar del destino, lo encontró dirigiéndose a su habitación, tambaleando y sudando. Sus amigos le habían comentado que se tomara el día, pero Katsuki se rehusó tal sugerencia hasta que la fiebre fue tal que no podía pensar correctamente, y tuvo que retirarse los deberes habituales.

Si bien, Izuku jamás había bebido de su sangre, sugirió que podía hacerlo para hacerlo sentir mejor si lo hacía.

—Soy un vampiro diferente —Había dicho Izuku con una sonrisa, que ni la capucha, ni el traje negro de sirviente del clan de esa familia escondían. —Mi manera de beber sangre es curativa, Kacchan. En serio.

Katsuki, dudoso, no sabía si ceder o no. Si el que Izuku asegurara que sus colmillos y su especie estaban a salvos con él, podía confiar en él.

Alguna vez Izuku le había dicho que su sangre era dulce, que volverían loco a cualquier vampiro. Fue en eso que Katsuki le preguntó si su sangre lo volvía loco, a lo que Izuku había contestado que no, pero que le agradaba su aroma.

No obstante, Katsuki jamás había sentido los colmillos de un vampiro en sus cuello, mas que una ocasión en que uno intento morderlo de la muñeca sin conseguirlo. Pero eran de Izuku, los dientes de Izuku; podía confiar.

No supo en qué instante accedió, pero se sentía demasiado bien.

No quería separarse de él.

El calor, la cercanía, el deseo, todo se iba alineando y fue ahí, allí con Izuku encallado en su cuello que lo supo: estaba enamorado de él y lo quería.

No se imaginaba estar sin Izuku.

Sólo Izuku.

Abrazó a Izuku con todas sus fuerzas y apretó los ojos, tranquilizándose cuando advirtió a Izuku corresponderle.

—Kacchan…

Katsuki se sentía tan pleno, tan contento, tan lleno, que.

—¡Un vampiro! ¡Hay un vampiro aquí! ¡Vengan!

Los gritos de uno de sus amigos los paralizó y el momento fue agresivamente interrumpido.

—¡Tenemos que matarlo!

No.

Las manos de Izuku aún lo tomaban con calidez y dulzura.

—Me tengo que ir —Musitó Izuku con una nota de miedo. —Lo siento, Kacchan. Te metí en problemas. Estarás bien, no te preocupes.

—Izu

—Por favor

—¡Matémoslo! ¡Está atacando a Bakugo!

Los colmillos de Izuku abandonaron su cuello y el frío fue tal que cayó de espaldas en la pared, desplomado y falto de energía para actuar.

No quería que eso pasara.

Jamás.

Kirishima se lo pagaría por interrumpir su momento.

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NOTAS: Este es un borrador para el cumpleaños de Katsuki.

Espero que les haya gustado el capítulo.