La distancia que duele

El mundo se desmorona a su alrededor. Hinata abre los ojos en un paisaje surrealista: el cielo es de un rojo enfermizo, la tierra está agrietada y, bajo sus pies, un río espeso de sangre escarlata fluye lentamente. El olor a muerte la envuelve. Algo está terriblemente mal.

Hinata jadeando, mirándose las manos manchadas -¿Qué... qué es esto?-

De la niebla emerge Neji, su torso destrozado, los ojos sin vida clavados en ella.

-Hinata... ¿por qué no me protegiste?-

Ella retrocede, pero entonces ve a Hiashi, su padre, flotando en el río de sangre, su rostro congelado en un rictus de dolor.
-Nunca fuiste lo suficientemente fuerte.-

-¡N-no...!

Su voz se quebró. Allí, en el claro del bosque teñido de luna roja, sus compañeros la esperaban.

Hanabi estaba de pie, su cuerpo esbelto vestido con el kimono de entrenamiento ya irreconocible bajo la sangre. Sostenía su propia cabeza entre las manos, los ojos de Byakugan brillando con un fulgor sobrenatural. Los labios azulados de la cabeza se movieron:

-Onee-san... ¿Por qué dañaste nuestro futuro?-

Kiba yacía retorciéndose en el fango, su cuello un muñón sangrante mientras Akamaru -convertido en una criatura esquelética con ojos vidriosos- mordisqueaba algo redondo y cubierto de pelo negro que rodaba hacia los pies de Hinata...

Shino era el más horrible. Su cabeza flotaba en un enjambre de escarabajos voraces, la mandíbula colgando por un tendón mientras los insectos formaban palabras con sus cuerpos en el suelo:

-TRAIDORA-

Hinata quiere gritar, pero el sonido muere en su garganta. Un nuevo escalofrío recorre su espalda cuando escucha pasos detrás de ella. Se da vuelta y ve a Naruto, su esposo, arrodillado en el suelo, ensangrentado, con el Rasengan apagándose en su mano.

-Hinata... lo siento... no pude detenerlo...-

Y entonces lo ve.

Kawaki.

Su postura es fría, sus ojos sin emoción. En su mano derecha sostiene una espada de chakra ensangrentada. A sus pies...

Boruto.

Su hijo mayor, su niño sonriente, yace boca arriba, la mirada vidriosa, un agujero sangrante en su pecho. La ropa de Kawaki está salpicada de rojo.

El grito desgarrador de Hinata hace eco en el lugar -¡BORUTO! ¡NO! -

Corre hacia ellos, pero el río de sangre se vuelve más profundo, sus movimientos son lentos, como en una pesadilla. Kawaki levanta la vista hacia ella, y por un segundo, ve dolor en sus ojos... antes de que se endurezcan de nuevo.

Kawaki frío, pero con un temblor apenas perceptible -Era necesario. -

Hinata llora, furiosa -¡Él era tu hermano! ¡TE QUERÍA COMO UN HERMANO! -

Kawaki no responde. En cambio, extiende su mano... y de la sangre emerge Himawari, su hijita, pálida y quieta, flotando como una muñeca rota.

La voz de Hinata se quiebra -No... no, no, NO-

El mundo tiembla. Las voces de sus seres queridos muertos la rodean, acusándola, lamentándose. Kawaki se acerca, listo para dar el golpe final.

Hinata despliega su chakra con un grito desesperado. El genjutsu se rompe como cristal.

Pero la pesadilla no termina.

El cielo es rojo y el aire huele a hierro. Hinata Hyuga camina sobre un terreno pantanoso, sus pies se hunden ligeramente en algo viscoso. Al mirar hacia abajo, descubre con horror que no es agua... es un río de sangre que fluye lentamente.

-¿Dónde... estoy?- la voz de Hinata es temblorosa.

De la niebla carmesí emergen siluetas familiares. Primero, Neji Hyuga, su pecho atravesado por una lanza imaginaria, su mirada vacía clavada en ella.

-Hinata... ¿por qué no pudiste cambiarlo, tenias en tus manos mi futuro?- la voz de Neji es un susurró quebrado.

Antes de que pueda responder, el cuerpo de Hiashi Hyuga aparece flotando en el río, sus ojos blancos sin vida.

-Todo fue en vano... tu fuerza nunca fue suficiente.-

Hinata llora, negando -¡No...! ¡No es real!-

Entonces, una risa familiar pero distorsionada la hace girar. Allí, en medio del río, está Naruto... pero no es el Naruto que ella conoce. Su rostro está pálido, su sonrisa ausente, y su cuerpo lleno de heridas mortales. En sus brazos lleva algo pequeño e inmóvil.

-Mira, Hinata... nuestros hijos.-

Hinata grita al ver a Boruto y Himawari, inertes, sus pequeños cuerpos flotando en la sangre. Boruto tiene los ojos abiertos, vidriosos, como si aún estuviera preguntando -¿por qué?- Himawari parece dormida, pero su pecho no se mueve.

Hinata grita en agonía -¡NO! ¡ELLOS NO! ¡BORUTO! ¡HIMAWARI!-

Corre hacia ellos, pero el río se vuelve más profundo, la sangre le llega a la cintura, arrastrándola hacia abajo. Las manos de los muertos emergen, agarrando sus piernas, jalándola.

Hinata escucha las voces en coro -Todo es tu culpa... siempre fallaste... ahora están muertos.-

Hinata cae de rodillas, el líquido espeso ahogando sus sollozos. Pero entonces, en lo más profundo de su desesperación, escucha una voz lejana...

-Hinata Hyuga... esto es tu peor pesadilla. Y no podrás despertar.-

Hinata rompe en llanto, cayendo de rodillas -¡NOOOO! ¡POR FAVOR, NO MÁS!-

Obito aparece frente a ella, con el Mangekyō Sharingan brillando -Esto se repetirá una y otra vez... hasta que tu mente se rompa, nunca debiste retarme-

La escena se reinicia. Los cuerpos de sus seres queridos reaparecen, Boruto vuelve a morir, y Kawaki ríe mientras la mira con desprecio.

-¡BASTA! ¡DESPIERTA!-

Pero el genjutsu no cede.

El mundo de sangre y muerte comienza a resquebrajarse de nuevo.

¡No es real... no es real...!" Se repite Hinata con la voz quebrada por el dolor.

De pronto, un destello de luz blanca atraviesa la oscuridad.

El genjutsu se rompe como un espejo hecho añicos.

Hinata cae de rodillas, jadeando, el sudor frío recorriendo su espalda. Su cuerpo tiembla, pero antes de que pueda reaccionar, unas manos fuertes la sostienen desde atrás.

-Qué decepcionante... Pensé que durarías más.- Susurró Obito cerca de su oído con voz cargada de odio.

Hinata intenta liberarse, pero está demasiado débil. Obito la gira bruscamente para enfrentarla, agarrando su mentón con fuerza. Sus ojos Mangekyō Sharingan brillan en la penumbra, pero esta vez... no hay ilusión. Solo frío desprecio.

-¿Por qué... no me matas de una vez?-

Un silencio pesado cae. Hinata ve su propio reflejo distorsionado en la máscara rota de Obito... y por un instante, capta algo más en su mirada. Algo que ni siquiera él entiende.

-Eres solo un peón en una guerra que jamás ganaras.- Hinata deja que su odio se materialice.

Obito aprieta los dientes, su chakra oscuro envolviéndolos.

Obito levanta a hinata del cuello, listo para arrojarla -Hablas como si aún hubiera algo que salvar en este mundo.-

lanza a Hinata contra la tierra con fuerza despiadada, su cuerpo golpeando el suelo con un crujido sordo.

Hinata yace inconsciente, su respiración superficial, sangre escapando de su frente. El polvo se levanta alrededor de ella, mezclándose con el olor a hierro y tierra

De repente, un kunai atraviesa el aire, obligando a Obito a soltarla.

"¡SUÉLTALA, MADARA!"

La lluvia no cesaba. No era un llanto limpio del cielo, sino una condena líquida que golpeaba su espalda con dedos helados. Cada gota que resbalaba por su rostro sabía a sal, como si el mismo mar llorara por su traición.

La capa.

Esa maldita capa.

Las nubes rojas sobre el negro más profundo le pesaban como una losa de plomo, aunque la tela fuera ligera. Era como vestir con la piel de los muertos. Cada vez que el viento la agitaba, el susurro de las costuras parecía repetir nombres: Jiraiya... Itachi... Neji...

Un escalofrío le recorrió la columna.

-¿Qué estoy haciendo? -murmuró, pero el sonido se lo llevó la tormenta.

Llevar aquel atuendo le provoca un cosquilleo en la piel y un sentimiento de culpa que invade su mente. De alguna manera extraña, la vergüenza también se apodera de ella. Jamás imaginó que portaría la capa de Akatsuki, la organización criminal que tanto daño causó a su aldea y al mundo ninja.

Los ojos de Obito Uchiha ya no la atrapan, pero su maldición persiste. Cada vez que Hinata cierra los párpados, revive el infierno.

Aquellos ojos malditos, el Mangekyō Sharingan girando con cruel deliberación, no solo la arrastraron a un mundo de ilusiones, sino que la obligaron a vivir una y otra vez la peor pesadilla imaginable. Boruto, su hijo, asesinado una y otra vez por las manos de su hermano Kawaki, su mirada vacía, su sangre derramándose en sus brazos impotentes. El sonido de la carne desgarrada, el grito que nunca alcanza a salvarle... todo se repite en su mente, una película de horror sin fin.

El olor a cobre y muerte aún se aferra a sus fosas nasales, como si su cerebro se negara a olvidar. Cada respiro le recuerda que, aunque ahora esté libre, su alma sigue atrapada en aquellos segundos eternos de agonía.

Y lo peor de todo es que, en algún rincón de su mente, una voz susurra:-¿Y si nunca escapaste? ¿Y si esto sigue siendo un genjutsu?-

Porque mirar a los ojos de Obito no era solo ver la locura... era convertirse en ella.

Hinata no entendía por qué Obito la había liberado. Tal vez fue la intervención de Sasuke, tal vez solo un capricho de su mente retorcida. Pero una cosa era clara: la pesadilla no había terminado, solo había cambiado de forma.

Ahora, su tormento era el silencio.

Sasuke Uchiha la ignoraba por completo. Sus ojos oscuros, fríos como el vacío del espacio, nunca se posaban en ella. Cada día que pasaba, su indiferencia se volvía más brutal, más deliberada.

Hinata anhelaba, incluso, un gesto mínimo-un asentimiento, un destello de reconocimiento-pero Sasuke estaba encerrado en su propio abismo, una oscuridad donde ella no tenía cabida.

Ella anhelaba llamar su atención, aunque fuera con una simple mirada de aceptación en aquellos ojos negros. Pero él estaba sumido en un mundo inaccesible, envuelto en una oscuridad impenetrable.

Sasuke era dolor convertido en odio, venganza transformada en muerte.

Quería destruir Konoha, aniquilar a sus habitantes sin importar su culpa. Estaba decidido: vengaría la traición y el holocausto ordenado por los altos mandos de la aldea, aquel sacrificio que Itachi había llevado a cabo para frenar el golpe de estado planeado por el clan Uchiha.

Obito le había revelado la verdad a Sasuke para ganarse su cooperación, usándolo como peón en Akatsuki. Y lo había logrado. Aunque Hinata conocía el destino del joven Uchiha, vivirlo de cerca era algo para lo que no estaba preparada.

Ahora, Sasuke era odio fundido en fuego, lava ardiente que corría por sus venas, alimentando la poca cordura que le quedaba.

Cada vez que lo pensaba, Hinata sentía un nudo en la garganta que le robaba el aire. Ella era culpable. Tal vez en sus manos estaba cambiar el futuro, tal vez en sus decisiones estaba la redención de Sasuke. Pero ¿y si al alterar el pasado afectaba la vida de sus seres más amados? ¿Podría arriesgar el futuro de Boruto, Kawaki y Himawari?

Quizá si se abría a Sasuke, si le confesaba su secreto, el peso en su corazón sería menor.

Pero el miedo la paralizaba. Miedo a su reacción, a ser odiada por él. Sabía que lo había traicionado con su silencio, que las cosas podrían haber sido diferentes. Su mutismo había alimentado su dolor, su odio, su sed de venganza.

El viento aullaba como un espectro entre los árboles, arrastrando consigo el peso de un silencio que solo los condenados comprenden. Sasuke no caminaba-flotaba-entre las sombras, su presencia una herida abierta en el tejido mismo de la realidad. La compasión era un veneno. La compañía, una cadena. Y él... él era el verdugo de sus propios escombros.

Hinata lo observaba desde la distancia, sus ojos de luna perforando la oscuridad que lo devoraba. El Byakugan no mentía: allí, en el abismo de su alma, solo quedaban trozos de un niño que alguna vez amó, destrozados por una verdad a medias.

A pesar de aquel pensamiento, Hinata siente tranquilidad porque sabe que Naruto Uzumaki -con sus hermosos ojos azul cielo y su sonrisa traviesa- logrará revivir la llama en el corazón de Sasuke. Su hermandad, su lazo, era tan fuerte porque ambos compartían el mismo sufrimiento.
El pensamiento de Naruto le traía un fugaz consuelo. Él siempre supo cómo iluminar hasta las sombras más oscuras, imaginando aquellos ojos azules como el cielo despejado y esa sonrisa traviesa que desafiaba el destino. "Si alguien puede salvar a Sasuke... es él." Pero esa certeza no aliviaba el dolor que la consumía. Ella no era Naruto. No tenía su luz, ni su voz, ni su poder para sanar. Solo le quedaba el silencio, ese mismo que había ahogado su verdad.

Hinata aún no identificaba los sentimientos que albergaba su corazón cada vez que pensaba en Sasuke. Tal vez el joven Uchiha le recordaba a sus dos hijos, Boruto y Kawaki, pues compartían con él cierto aire familiar.

El recuerdo de sus hijos le provocó un doloroso tirón en el pecho, y su determinación por seguir adelante se volvió aún más firme. Debía regresar; sus hijos la necesitaban. Algo en su interior le decía que las cosas no estaban bien. Recordaba vagamente haber estado en casa con su esposo cuando su hijo adoptivo entró y pidió hablar con ellos. No lograba recordar con claridad lo sucedido, pero sí el modo en que su mano se alzó y, antes de que pudiera detenerse, golpeó con fuerza la mejilla del muchacho. La vergüenza y el arrepentimiento la sacudieron como un rayo, y una lágrima traicionera se deslizó por su rostro, confundiéndose con la lluvia que caía sin cesar.

Este debía ser el adiós.

Los lazos que había formado con aquellos jóvenes nunca debieron existir; no estaban destinados a cruzarse en su camino. Y, sin embargo, allí estaba, frente a un joven Sasuke Uchiha y su equipo, el que había bautizado como Taka. Las miradas silenciosas y confusas de sus miembros le arrancaron el aliento, mientras la tensión se espesaba en el aire.

Sasuke ni siquiera la miraba. Sus pocas palabras eran órdenes secas, dirigidas al vacío.

Hinata estaba agotada. Sabía que ya había tenido suficiente. Había permanecido tanto tiempo con el equipo Taka que les había tomado cariño, pero aquello era el final. No podía seguir alimentando vínculos que jamás debieron nacer. Era hora de decir adiós. Sus pasos se detuvieron, y un suspiro cansado escapó de sus labios.

Juugo fue el primero en volverse, observándola con curiosidad y preocupación.

-¿Sucede algo, mi señora? -preguntó, acercándose a ella.

-Lo siento, Juugo-kun, pero ya es hora -respondió Hinata, mientras una sonrisa forzada se dibujaba en su rostro.

-Mi señora, no entiendo a qué se refiere, pero debemos continuar. Tenemos una misión que cumplir.

Antes de que pudiera replicar, el estruendo de sus pasos resonó entre el torrencial aguacero. Alzó la vista y allí estaba Sasuke. Por primera vez en días, sus miradas se encontraron: negro cuervo y blanco perla. La culpa la invadió de inmediato. Los ojos vacíos del Uchiha ya no evitaban los suyos como antes; ahora los sostenía con intensidad, y eso la inquietaba.

- ¿Qué ocurre? -La voz de Sasuke carecía de toda emoción.

-Tú... -Hinata entrecerró los ojos un instante, estudiando cada rasgo de su rostro. No era la primera vez que lo hacía, pero antes lo había observado con curiosidad, cuando aún quedaba un vestigio de calidez en su mirada. Dudó, insegura de si sus palabras serían las correctas. Finalmente, resopló.

-Tú lo prometiste -sus ojos perlados no se apartaron de los oscuros de él.

Sasuke guardó silencio, pero ella percibió un destello de curiosidad en su expresión.

-Es hora de volver a Konoha.

Tan pronto como pronunció esas palabras, la lucidez la golpeó: había cometido un error. No debía mencionar la aldea oculta de la Hoja.

Sasuke emitió un sonido gutural, un -Hm- que cortó el silencio de la lluvia. Una aura maligna envolvió el lugar. Hinata vio cómo Karin, la pariente lejana de su esposo, retrocedía asustada, y entonces lo entendió: había tocado un tema peligroso.

Pero Hinata no retrocedería. Ya no era aquella niña tímida; había tomado una decisión.

-Dijiste que, cuando todo terminara, me ayudarías a regresar con mi familia y volverías a tu hogar... -apretó los puños-. Así que iré por mi cuenta.

El silencio se adueñó del ambiente.

No se percató de que su respiración se había vuelto agitada hasta que el ojo de Sasuke, negro como la noche, se transformó en un rojo sangriento. El aire le quemaba los pulmones, nublándole el pensamiento. Solo el sonido de la lluvia acompañaba sus jadeos.

Tragó saliva, intentando recuperar la compostura. No apartó la vista de aquellos ojos, observando el patrón estrellado de su Sharingan. Y entonces, lo comprendió: no había nada allí para ella.

Dio un paso atrás. Luego otro. Y otro más. Sus ojos se anegaron de lágrimas. Miró a Karin, después a Suigetsu y, por último, a Juugo. Una sonrisa melancólica floreció en sus labios, y una palabra de gratitud escapó de ellos.

-¡No puedes irte así! ¡Te necesitamos, Hana! -Karin gritó, furiosa. Hinata no pudo evitar reír, genuinamente, por primera vez en días. Sabía que la pelirroja hablaba en serio. Era irónico: de odiar su presencia, había pasado a aceptarla cerca de sus compañeros... cerca de Sasuke.

-Lo siento, Karin-chan -no había más que decir. Sus ojos tristes se posaron en Sasuke una última vez. Él no había dejado de observarla ni un segundo; aquella mirada escarlata le desgarraba el alma como la niebla marina.

-Adiós.

Se dio la vuelta y echó a correr. A lo lejos, escuchó a Suigetsu llamarla, luego reproches dirigidos a Sasuke... y después, solo el sonido de la lluvia.

Hinata corrió. Corrió como si el infierno mismo la persiguiera, con sus piernas ardiendo y el corazón a punto de estallar. La lluvia no cesaba, cruel, helada, convirtiendo el mundo en un pantano traicionero. Cada paso era una batalla; el fango, voraz, le robaba las fuerzas, hundiendo sus pies como garras hambrientas. El dolor ya no era dolor, sino un fuego que la consumía desde dentro. Y su corazón... ¡Dios!, su corazón retumbaba en su pecho como el redoble de los tambores de la condena, anunciando el fin.

Debía volver al futuro, a ese lugar donde el tiempo tejía su hilo dorado. Ella no era de aquí, no era de este presente desgarrado por la sombra. Era una errante, una viajera perdida en un mundo donde la paz se había roto como un espejo bajo el talón de la guerra. Las aldeas, ahora guardaban rencores como espadas. Solo cuando la desesperanza, fría y silenciosa, llamara a sus puertas, dejarían caer los muros entre ellas. Solo entonces unirían sus manos, no por honor, sino por él: Naruto, el niño de la profecía, el último faro en la noche del mundo shinobi.

Hinata lo sabía. Lo había visto. Miles de almas se apagarían, incluyendo la de Neji, su hermano, cuyo último suspiro se perdería en el viento como un pájaro herido. Su sacrificio quedaría grabado en su corazón, una cicatriz que nunca sanaría.

El dolor la atravesaba, agudo como el filo del kunai. Maldijo al destino, maldijo el instante en que los dioses burlones la arrancaron de su tiempo y la arrojaron a esta era oscura, donde Sasuke Uchiha caminaba entre las tinieblas como un espectro de ira. Konoha era su única esperanza, el hogar que tal vez-solo tal vez-guardaba la clave para regresar. Por eso corría, con los pulmones ardiendo y las piernas temblorosas. No importaba el cansancio, no importaba el miedo. Pero entonces un pensamiento desquiciado la invadió ¿Y si Sasuke la alcanzaba? ¿Y si sus ojos de sangre atrapaban la verdad escondida en su pecho? No podría resistir. Llevaba consigo el peso de un mundo entero, el futuro de su clan, el secreto de un mañana que aún podía cambiar... o perderse para siempre.

Debía alejarse de ellos. Debía alejarse de Sasuke Uchiha y de los sentimientos de pena y dolor que le corroían la piel, despedazando su alma en silencio...

"Por favor, Dios, hazme desaparecer de este mundo", rezó en un susurro desesperado. "Llevame de vuelta al futuro, al lugar donde pertenezco... al hogar que nunca debí abandonar."

Pero entonces, unas pisadas bestiales retumbaron en la oscuridad. Un viento gélido la atravesó, helándole la sangre en las venas. Y entre las sombras, unos ojos rojos escarlata se clavaron en ella, cargados de odio... y algo más, algo indescifrable que le hizo contener el aliento.

Todo ocurrió demasiado rápido. Lo último que sus ojos de luna alcanzaron a ver fue a Sasuke Uchiha, antes de que la oscuridad se lo tragara todo.