silvam susurri
Aioria, Camus
Pre-Saga del Santuario
El canto de las hojas al caer cuenta secretos que solo el bosque conoce
En uno de los pueblos que residía dentro del bosque que se expandía tras las montañas del santuario, algunos niños habían desaparecido durante las noches, para regresar como si nada a sus casas algunos días más tarde, sin herida alguna o recuerdos de haberse marchado. Los caballeros hablaron con los afectados y confirmaron la historia.
Lo cierto es que a pesar de lo próximo del asunto no parecía ser algo tan urgente como para enviar a santos de oro a encargarse de ello, pero, ambos estaban disponibles y al alcance; y ninguno se negó.
—¿Qué te parece? —indagó Camus de Acuario mientras andaban.
—Realmente, no recuerdo leyendas de ninfas que secuestren niños, pero, ¿no suelen ser investigadores del santuario los que se encargan de, bueno, de la investigación? —Aioria de Leo odiaba aquél aspecto de las misiones, pues sabía que llevaban aparejados la necesidad de redactar informes escritos y no simplemente llegar, derrotar al enemigo y regresar con la buena noticia que implicaba un informe verbal.
—Depende del caso, además, tengo permisos de investigador. Shaka de Virgo también… ¿Te gustaría saber cómo llaman ellos a los santos?
—Por favor —la pregunta sorprendió a Aioria, pero, se dijo que no tenía nada de malo hacer un poco de conversación mientras escaneaban la zona.
Camus se detuvo a mirarlo de reojo.
—Ejecutores.
Un estremecimiento pasmó a Aioria al oírlo, pero, sería imposible para él determinar si fue causado por la revelación de su compañero o por el instinto de supervivencia que lo alteró en el mismo instante. El griego saltó hacia atrás y su compañero hizo lo mismo, en el sitio que antes ocuparan, un dardo de madera estaba clavado en el suelo. Los caballeros compartieron una mirada y se adentraron entre los árboles en direcciones distintas; fuera lo que fuera que lograba ocultar su presencia allí no podría seguirlos a ambos; fuera lo que fuera que allí había, les había enviado una invitación a duelo y no pensaban rechazarla.
En efecto, el león de oro debió aceptar que su único objetivo en aquél momento era el de ejecutar a su ofensor.
