defecit effugium

Camus, Shaka, Aioria, Milo

Pre-canon

Siempre han estado aquellos capaces de escapar de la realidad


—Lograron salir, todos y cada uno de ellos. El mundo exterior los recibió con una lluvia apacible y rieron y chapotearon bajo ella, pues era el primer regalo que su libertad les concedía... si no los persiguieron mientras escapaban más allá de la institución, debió ser porque su rebeldía ya no les resultaba útil a aquellos de alto rango.

Camus cerró el libro y lo mantuvo sobre sus piernas. Aioria exhaló el aire que llevaba conteniendo desde hacía unas páginas atrás. Milo se desplomó en el suelo. Shaka se mantuvo como siempre, bien sentado, con la espalda recargada contra una de las paredes.

—¡Finalmente! Quizás los cabecillas no eran tan malos al fin y al cabo —exclamó el griego de rizados cabellos dorados.

A ninguno de los tres oyentes les agradaba leer, propiamente hablando. Por ello aprovechaban al que sí lo hacía y respetaban su narración en silencio incluso cuando se le atropellaban las palabras o pronunciaba mal las eres. Camus, en particular, no creía que compensara nada cumpliéndoles el capricho; pero ninguno era analfabeto, tan sólo perezosos; cuando se les acabaron los mitos, oyeron que él tenía en posesión libros extranjeros.

Con tal de que no incitaran a los mayores a registrarlos, accedió a leer para ellos, para «corroborar su contenido».

—Quizás —concedió el narrador, ignorando el silencio sepulcral de los otros dos presentes. Usualmente, todos tenían algo para decir al final de la historia.

Pronto Aioros llamó el nombre de su hermano desde el exterior y Aioria se despidió con prisa para alcanzarlo, para acortar camino incluso salió por la ventana. Milo y Shaka se despidieron también, aunque permanecieron inmóviles y con los ojos cerrados. Camus no imaginaba qué podría decirles, siendo que no era dado a las conversaciones, así que dispuso a levantarse con un suspiro y simplemente escapar de la incómoda situación.

—Oye, Camus —Milo lo interrumpió y al fin abrió los ojos para verlo; a pesar de estar al nivel del suelo, su mirada se notaba condescendiente, reprochante—. Se te da bastante mal mentir.

El pequeño galo inspiró hondo y no halló el valor para contradecir a su mejor amigo.

—¿Qué les pasó a los niños? —preguntó Shaka, presionando también.

Entonces el narrador se sintió molesto, quizás un poco herido por saberse descubierto con tal facilidad. Tal vez incluso Aioria lo había notado pero, como defensor de los finales felices, se lo había dejado pasar.

—Escaparon —respondió de mala gana.

—¿En verdad? —cuestionó Milo.

—No, claro que no. Es más, les recuerdo que no hay tales niños, escape ni institución. Es ficción. No mitos. No historia universal.

—Entonces no hay porqué mentir al respecto, ¿no te parece? —se mantuvo firme Shaka mientras que Milo volvió a desplomarse ante la reprimenda—. ¿O es que el destino que su autor les dio es tan impropio que temes que te delatemos por tener el libro?

El galo se paró frente al hindú, quien no se inmutó, y dejó caer el tomo a sus pies.

—Escaparon —repitió, dando un paso atrás—. Si no me crees, léelo tú mismo. En caso contrario, ve, lleva el libro ante Saga o Aioros y que ellos decidan. No me importa.

—Camus.

—No, Milo. Lo mismo va para ti. Tengo que ir al observatorio y no perderé más tiempo en ésto.

El joven no se despidió y los otros tampoco lo despidieron, pero se marchó mientras que el hindú y el segundo griego se quedaron.

Camus debía saber que uno no abriría sus ojos para leer el final correcto y, más allá de la culpabilidad, el otro tampoco tendría ganas de hacerlo. Milo se resignó a tomar el volúmen y dejarlo con cuidado sobre un mueble, pues sabía cuánto adoraba su amigo esos ladrillos de papel.

—Está muy tenso últimamente.

—¿Hay alguien que no? Además de ti, claro.

—¿Oh?

El griego presionó los labios notando su error. Podría escapar como Camus lo había hecho, pero, éso no enmendaría su error, sino que podía incluso empeorarlo. Fue a arrodillarse junto a su compañero.

—Ni una palabra de lo que voy a decirte. A nadie. Era un secreto —explicó con apremio y cierta congoja—. Solo lo saben los postulantes, Mu, Camus y yo… el patriarca pronto definirá a su sucesor. ¡Ni una palabra! Me costó mucho que me lo dijera.

Shaka respiró hondo y acabó por asentir. Incluso él sintió la tensión subir por su espalda ante la novedad pero, más allá de éso, un mal presentimiento lo embargó al pensar que un secreto como ése y la mentira de Camus pudieran estar relacionadas. Por supuesto que no lo estaban, mas su dogma caía en la causalidad universal y profesaba una conexión íntima entre todas las cosas y todos lo hechos.

—No diré una palabra —prometió, esperando que con apaciguar al griego sus propios nervios volvieran a controlarse.

Tal vez el silencio y el secretismo fueran en parte culpables de lo ocurriría a continuación en el santuario.

En el libro del galo, los niños habían descubierto una mentira y entre sospechas y conjeturas, se atrevieron a abandonar el sitio en que una vez decidieron vivir; a donde la mayoría eligió ir inicialmente. Probablemente no lograran escapar. Quizás incluso se arrepintieran.

En verdad, si Camus y Mu descubrieron algo que los motivara a escapar, no buscaron aliados ni compartieron su descubrimiento. Ambos marcharon en silencio y ni siquiera lo hicieron a la vez.

El patriarca no logró escoger un sucesor antes de morir. Además, uno de ellos murió en un acto de traición y el otro desapareció sin dejar rastro. Un hombre «apto» fue seleccionado por los caballeros de oro que acabaron con el traidor.

Aioria, Milo y Shaka nunca volvieron a reunirse y compartir tiempo como amigos, a pesar de que permanecieron en el santuario, aceptando el curso del destino como se les presentaba.

Aquél libro continuó sobre un mueble empolvado en el templo de Acuario, esperando. Tan bien disimulado como las mentiras del santuario; ignorado, aunque estuviese a la vista de todos.

Y así permaneció, hasta que el sucesor de Camus lo tomó, curioso de encontrar un libro fuera de las estanterías.

La última página había sido arrancada.