rubrum acus

Afrodita, Milo

Pre-canon

El mejor escondite es aquí,

a plena vista


—¿Cuál piensas que es el mejor lugar para esconder una aguja envenenada?

—Aguja… en un pajar, ¿no?

—Teórico. Aunque por éso mismo no es mala respuesta. Aún así, el mejor lugar es un alfiletero, junto a las demás.

—¿Quieres envenenar a alguien?

—No creo que pudiera hacerlo de ése modo. El único que usa agujas en el santuario eres tú… y el personal encargado de la ropa, y no guardo rencor hacia ninguno.

—Uh, no me has contestado.

—¿No te basta con saber que estás a salvo?

Milo se encogió entre sus hombros como intentando imitar a las tortugas. Afrodita se apiadó de él y cortó un trozo de pastel, el primero, para servirlo en el plato del más joven. El postre pareció mejorar un poco el humor del muchacho.

—¡Gracias! —el joven caballero del escorpión zampó su tenedor y pescó un trozo del postre, para pensárselo dos veces justo antes de dar el primer bocado.

Afrodita sonrió ante su tesitura y alzó a sus labios un poco de crema en su meñique en una promesa de que al menos ésta no estaba adulterada. Milo finalmente comió, con una expresión de pánico que se mitigó tras el primer mordisco.

—Shura me pidió vigilarte. No querría enfrentar su enfado si te mueres bajo mi supervisión.

Santos de oro o de cualquier otro tipo, Milo y los demás jóvenes de su edad apenas habían dejado de ser niños. Les gustara o no, a los mayores les tocaba vigilar que no «ensuciaran» el título del oro con acciones o actitudes indebidas. Shura era, por supuesto, el principal promotor de aquella actividad de «convivencia»; motivo por el cual Aioria huía de ella como sano del doctor —de cualquier modo, el pequeño león era un asunto aparte—.

Milo comió tranquilamente y en un silencio impropio de él, tras escuchar el nombre del Capricornio. Afrodita adoraba ése efecto que ni siquiera Máscara Mortal conseguía emular con tal eficacia. Después de todo, Shura tenía en su haber la muerte de un santo de oro, ¿quién en su sano juicio lo afrontaría por gusto? —una vez más, Leo era un factor aislado—.

Quizás Afrodita no le hacía un favor a su amigo infundiendo en los más jóvenes temor hacia su persona, pero, tampoco lo creía muy grave. No todos le temían, inclusive, la admiración de algunos superaba sus precauciones.

—Sobre el veneno —retomó el más joven, recuperándose pronto de la incertidumbre o resolviendo que no descubriría nada por cuenta propia—... ¿es para Máscara Mortal?

—Que yo intente éso sería equivalente a que tú apuntes diez veces a Camus con Antares.

—¡No haría éso!

—¿Pues?

—... ¿Misty?

—¿Quién?

—El santo de Lagarto.

—Ah, no. No lo conozco muy bien.

La consiguiente expresión del muchacho indicaba que había una explicación lógica tras aquella sugerencia, mas Afrodita de Piscis no sentía particular interés por los santos de plata. Milo debió notarlo y resopló.

—Me rindo, ¿siquiera vas a decírmelo?

Afrodita cortó otro trozo de pastel, para sí mismo. Ni siquiera había admitido tener un medio para envenenar a alguien… claro que las rosas reales por allá en las escaleras eran difíciles de ignorar.

—Te lo diré, pero deberías saber que no ocurrirá nada y, sobretodo, entiende que yo no «quiero» envenenar a nadie —degustó el postre mientras daba tiempo a Milo de asimilar sus palabras—. Su Ilustrísima me ha solicitado que deje un aviso a Mu de Aries. Aunque pasadas un par de horas se arrepentirá de ello y volverá a llamarme para retractarse.

—¿Qué ha hecho Mu?

—Honestamente, no lo sé ni me importa. Tampoco es relevante, lo pide de vez en cuando, siempre cambia el objetivo y siempre se arrepiente.

—No puedo creerte.

El mayor hubiera esperado un poco más de conmoción, fuera por aprobar o rechazar sus palabras. Quizás honestamente no le creía.

—Por ello me puse a hornear un pastel. Cuando lo terminemos, un soldado bajará a buscarme. No sé si querrás seguir aquí cuando llegue.

—Me quedo.

Afrodita sintió curiosidad por la repentina seriedad del chico al alzar su rostro en dirección al templo superior. Hasta que recordó a los últimos que habían subido las escaleras.

Shura, quien le encargó al escorpión, y Camus, el amigo de Milo. No sintió particular interés por aquella visita al patriarca, así que no los entretuvo con preguntas. Ahora… ahora sentía curiosidad.

—Es un poco raro, tú y Camus no se guardan secretos, ¿me equivoco?

—¿Afrodita?

—Oh, no, no pongas esa cara que no intento molestarte. Es más, apostaría a que, incluso si Shura le pidió guardar silencio, de alguna manera te ha comunicado lo que están haciendo ahora mismo.

—¿Tú no lo sabes?

—¿Debería?

—Su Ilustrísima sufre de una extraña enfermedad. A veces da órdenes de las que luego se retracta, planifica expediciones que olvida justo antes de que den inicio, y también sufre de severos dolores de cabeza… Camus intenta ayudarlo con su hielo, aunque sea sólo con lo último.

—... Oh. Qué novedad —Afrodita no tenía idea de que Shura había fallado en mantener oculta la identidad de Saga, ¡y de una forma tan descarada!

—¿No lo habías supuesto? Por lo que me has dicho del envenenamiento, suena a que-

—Todos cambiamos de opinión, Milo. Ajustamos nuestros planes, nos arrepentimos. Lo verdaderamente importante es lo que terminamos haciendo. Además, no soy de los que opinan que un patrón de comportamiento define la locura.

—No me parece poca cosa que el hombre que nos guía no sepa ni por dónde camina.

—Ah, pero lo sabe, mucho mejor que tú y que yo.

De hecho, el patriarca sabía todo lo que acontecía en el santuario. Además de los tres dorados en las casas, también poseía ojos de plata que patrullaban el santuario específicamente en busca de «rebeldes» o «desertores». Pero, aunque entre ambas categorías supieran la existencia de los otros, no mantenían contacto entre ellos; su trabajo y lealtad se focalizaban en aquél hombre.

Ellos eran las agujas en su pajar.

—No te entiendo.

—Come más pastel, has perdido peso. El hambre a veces no nos deja pensar con claridad —fuera acertada su suposición o no, Milo cortó y se sirvió más del postre—. Puede ser que nuestro patriarca a veces se confunda, pero, al final siempre toma la mejor decisión —¿importaba realmente si sus esbirros eran quienes lo encaminaban a ello?, ¿si la mejor opción no era la «correcta»?—, y, mientras él esté aquí, es un hecho que el santuario estará a salvo.

La expresión de Milo se tornó más amena al oír lo último.

—Camus ha dicho eso mismo… me pregunto si algún día yo también seré capaz de atestiguar su manejo del cosmos.

Afrodita sonrió con sus ojos cerrados. Saga sentía un recelo particular porque los griegos supieran, siquiera sospecharan, de su crímen.

—Tal vez lo hagas.

Por supuesto, lo primero que le cruzó por la cabeza a Piscis fue que ése sería el último gran espectáculo que Escorpio vería en su vida.

Su sonrisa se ensanchó.

Ahora que lo pensaba, Shura tenía en su historial la derrota de un santo de oro, con asistencia de Máscara Mortal y el propio Afrodita. Saga todavía tenía que batir ése récord. Únicamente por ello el santo de Piscis se negaba a cumplir con el sicariato contra sus hermanos; su patriarca podía hacerlo él mismo, si realmente se lo proponía.