tarda mors

Pandora, Tánatos, Hipnos

Pre-canon

No es que ella no tuviera nada.

Es que ellos le quitaron todo.

No los quería como su todo.


Pandora no tenía derecho a quejarse.

—¿Te crees seguidora de Ares? —cuestionó el hombre, rematando al rival que la niña derrotó—. Dejar a alguien a medio camino es insultante y, peor aún, no excusa las manchas de sangre en tu vestido.

—Lo lamento.

El dios le dirigió una mirada severa que la hizo pararse correctamente, con su lanza perfectamente a un lado.

—He obrado mal, señor Tánatos. No volverá a ocurrir.

El dios pareció complacido con aquella respuesta carente de sentimientos, tanto como le era posible. Lo cierto es que Pandora lo prefería porque era un poco más expresivo y honesto que el otro… no es que ninguno tuviera la necesidad de mentir, sino que aquél tenía cierto favoritismo por el secretismo.

—Se ha hecho tarde. Volvamos para que puedas alimentarte y limpiar tu vestido.

—Sí, señor.

Pandora no tenía derecho a quejarse.

Ella había abierto la caja.

Ellos le quitaron a su familia, pero ellos, también, cuidaban de ella.

No la educaban y por ello le daban permiso de ir a la escuela. Les gustaba la música y por ello uno le enseñó a tocar el arpa. Querían que les fuera útil y por ello el otro le enseñaba a combatir.

El sol estaba por salir cuando llegaron a la casa. Se les había pasado la hora de la cena.

La comida estaba ya fría en el único plato sobre la mesa. Ellos se aseguraban de que se alimentara apropiadamente a pesar de que ellos no necesitaban comer. A veces olvidaban que el sabor era importante, casi tan importante como el valor nutricional, y Pandora debía aguantarse las náuseas mientras tragaba.

—¿No podrías ser un poco más responsable? Un vestido tan precioso echado a perder.

—Cómprale otro.

—Asegúrate de llevarla vestida de negro la siguiente vez.

—Si dejaras de vestirla de blanco sería más sencillo.

—El blanco la favorece.

—¿Qué? ¿Esperas que traiga un pretendiente a casa o algo así?

—No seas estúpido. Una mujer debe verse hermosa para no enloquecer.

Pandora se esforzó en pensar en cualquier otra cosa para dejar de escuchar su conversación. Los hermanos en su salón discutían del mismo modo. No quería empatizar con ellos, con su familiaridad que casi rozaba lo mundano… estaba segura de que era un acto para ganarse su simpatía. De hecho, si su hermanito podía volver a vivir, ella tendría una oportunidad de sentir la misma confianza con alguien.

—Oye —Tánatos dio dos toques a la mesa con su índice—. Escucha cuando te hablan.

Asintió para hacerles saber que retomaron su atención.

—¿Quieres un vestido blanco o uno negro?

—... —¿Que si «quería»?—. Blanco, señor Hipnos.

El dios cerró los ojos antes de asentir.

—Entonces será negro.

La joven no respondió, mas sintió alivio por haber acertado. Cuando usaban palabras sentimentales, esperaban engañarla. Si decía negro, se habría posicionado en contra del deseo del Sueño aunque hubiera acabado en su favor. El blanco los dejaba en buenos términos y acababa contentando a la Muerte.

Siguieron vigilándola hasta que terminó de lavar la vajilla.

—Descansa bien.

—Sabré si no lo haces.

—De acuerdo.

No tenía idea de a dónde se marchaban ni cómo lo hacían, puesto que siempre ingresaban a la habitación en donde estaba la caja y nunca salían de la casa sin ella. Al menos, no los oía hacerlo. Al menos, uno siempre permanecía dentro para impedirle a ella salir sin supervisión.

Aún así, en la tarde apareció un vestido negro en el salón y ella tendría que estrenarlo aquella noche en el colegio para demostrar que apreciaba el obsequio.

Pandora no podía quejarse.

El vestido era precioso.