lacrimae maris
Isaac, Tetis
Pre-Saga de Poseidón
Espuma de mar,
deseos de lágrimas,
trágicas doncellas.
Se cuenta que las sirenas griegas cantan con las verdades del cosmos, que el ansia de conocimiento y, por ende, su saciedad, es lo que provoca la locura en sus víctimas. Hay, al fin y al cabo, cosas que son mejor no saber.
Las abominaciones asiáticas y las ilusiones de los piratas anglosajones que se llamaron «doncellas del agua», son presagios de calamidad para aquellos desdichados que logran verlas entres las olas del mar. ¿Por qué hay tantos que desean encontrar lo que les está prohibido?
Las rusalkas, pobres dementes que solo desean bailar y cantar sus amores. Como con una mujer, debe ser muy estúpido el que se crea sabio al mancillar su corazón.
Luego está su propia clase, las asradi. Ellas, y por ende ella, son inofensivas. Alguna vez fueron poderosas pero ya no son más que un débil recuerdo, frágil como sus cuerpos… como las golondrinas que escaparon a vuelo de las cruzadas, son los salmones se escondieron en las corrientes del Báltico.
Tetis no es una sirena griega, pero tiene más información de la que cualquiera de sus camaradas imagina; la diferencia es que no posee una necesidad instintiva de cantar los secretos enhebrados en el telar del destino. No es tan lista como la humana Penélope, mas entiende que los susurros del mar no son aptos para oídos humanos.
—Tetis.
Isaac, el general de Kraken. El niño perdido de los santos de cristal. Hijo, como ella, de las nieves del norte. Tetis se aproximó a él y ofreció su hombro como apoyo al notar su mala figura.
—Has vuelto a discutir con el Dragón Marino —preguntar ni siquiera tenía sentido, pero, ella no se encontraba en posición para regañarlo tampoco. Simplemente necesitaba situarse y apartar sus oídos del oleaje.
No importa que la sirena sea mayor que el joven general, pues él es humano y ella un animal extraño en comparación. Tantas discusiones tuvo con Kanon de Dragón Marino al respecto, que la asradi ni siquiera continúa quejándose al ser llamada por un título que no le es propio.
Al menos, Isaac solo la llama por su nombre.
Kanon, como Tetis, guarda secretos lejos de sus camaradas marinas. Qué oyen sus oídos humanos, que a veces difiere de lo que los tritones y sirenas escuchan al nadar, es un misterio. El humano Tales una vez oyó un murmullo, un pensamiento, de su rey y acabó tan fascinado con él que juzgó al agua como el inicio de todo.
Al menos, Isaac no busca respuestas en ella. Porque la cree demasiado inepta para tenerlas, o, porque no cree poder entenderla, o, porque tiene miedo; a la sirena le parece tan, tan tierno. Es un niño, después de todo; un niño capaz de sacrificar algo tan valioso como su propia vida por un hermano.
Tetis condujo al muchacho a su cueva repleta de corales y allí se arrodilló, permitiendo al humano descansar la cabeza sobre su regazo.
—Gracias.
—Calla. Céntrate en descansar.
La primera vez que vio al chico tuerto sangrando luego de su rehabilitación, su salada y tibia sangre espesando los charcos de agua entre las rocas… la asradi tuvo que recordarse que ella no era una mantícora ni otro tipo de sirena, pero, las escamas que protegían su cuerpo la hicieron sentir sedienta. No lo llevó a su cueva con buenas intenciones, mas logró quitarse la piel ajena antes de finalizar el trabajo inacabado del dragón.
La sangre y el agua no son elementos tan distintos, ambos sacian la sed y ambos pueden limpiar; claro que, deben salvarse las distancias, la sed del hombre se sacia con agua y la de los monstruos con sangre.
Si Tetis hubiera rematado al Kraken, el Dragón Marino hubiera urdido alguna mentira o se habría hecho responsable, pues como vocero de dios es intocable —y la sirena le es útil, pues es gracias a ella que los habitantes del mar también confían en su palabra, aunque a veces suene retorcida—. No ocurrió tal cosa, ni ocurrirá. La sangre de Isaac fue la primera y única en mezclarse con la suya, en invadir su cuerpo y hacer latir su corazón, mismo que debería haberse mantenido firme como el diamante hasta que su señor lo reclamara.
—Tu voz es tan preciosa.
Tetis reconoció el halago, pero, más allá de peinar el cabello de su compañero fuera de su rostro, no se detuvo por él. Tampoco detuvo sus manos cerca del cuello ajeno.
Los mismos corales que brotan y se esparcen para detener a sus enemigos, son capaces de tratar las heridas de sus compañeros marinas; tan solo necesitan oír la canción correcta. Aunque los corales de su casa están tan acostumbrados a la piel muerta y sangre coagulada del joven general que hace tiempo comenzaron a rodearlo incluso antes de que ella empiece a cantar.
Si él fuera una asradi en lugar de un santo de cristal, ¿se habría roto irremediablemente ya?
—Lamento siempre incordiarte con lo mismo.
Una vez el chico se encuentra mejor, más consciente y animado, tiende a marcharse tan rápido como es capaz, pero, Isaac se quedó allí recostado en ésta ocasión.
—La culpa es del dragón. Si no entendiste su punto de ésta forma a la primera, hace tiempo que podría haber intentado adiestrarte de otro modo.
—No creo que sea necesario.
Los ojos de Isaac, aquél de vidrio y el de iris verde, se alzaron para mirarla.
—Eres un muchacho, necesitas aprender.
—No me refiero a eso. Quiero decir que ya entiendo porqué no puedo volver.
—¿De veras?
—Sí. Quizás no me agrade del todo el mundo que nuestro comandante idealiza, pero, si es cierto que tu mundo se ve amenazado por culpa de mi gente… al menos puedo comprender tal desprecio. Y comprenderlo, no, compartirlo, quizás significa que no me veo capaz de seguir velando por los humanos por encima de todo. La justicia, la verdad y la lealtad no están de su lado.
—Eres un ser humano también, Isaac.
Por la forma en que habló, pareciera que el Kraken estuviera usando su voz.
—Tetis, incluso tú luces triste al reconocer tal cosa. Siempre has estado aquí para sanarme y, mientras tanto, al mismo tiempo, ¿cuánto daño te he causado yo?
Las asradi y los santos de cristal comparten una peculiaridad: la impúdica pureza y fragilidad de sus corazones. Razón por la que deben guardarlos con el más absoluto recelo.
Cuando Isaac tomó su mano y la presionó con ternura, Tetis soltó la primera lágrima de su vida.
