«No todas las historias inician con el principio del relato. Algunas como la mía, comenzaron a forjarse desde mucho antes del propio fin. Una paradoja, si se quisiera confesar. "Mientras menos sientes, más consciente eres de tu importancia". Era lo que me solía repetir, para despejar la mente. Y fue así como acabé enredada en vidas que nunca fueron mías, completamente ajenas. En un intento desesperado por torcerle la mano al destino. Vencer, en la carrera hacia el abrazo mortuorio de una familia amedrentada por el desamor de una mujer, imposibilitada de tener hijos. Un hombre desesperado. El extraño elixir de la ambición, el poder y la gloria; disfrazados de amor puritano.
No sería yo quien se llevara el papel protagónico. No sería yo, quien desfilara con el vestido de seda blanco más costoso, hacia el altar. No sería yo, luchando por ser feliz. Existo, por la mera razón de servir. Sin otro rol. Tan solo la pelusa que sobró en un viejo bolsillo, que alguien olvidó. Si. Eso es lo que estaba destinada a ser. Porque hay cuentos que no se pueden transmitir con palabras. Si no, con acciones. Pero acaso ¿Habré sido mal juzgada, al verme tentada por el pecado de la infidelidad? ¿O es que al final, tan solo perdimos el juicio?
Eso es algo, que solo ustedes podrán decidir».
[…]
Nathalie Sancoeur trataba de tranquilizarse a sí misma. Infructuosa, deambulaba por aquí y por allá, mientras estrujaba entre sus brazos elGrimoriode los Miraculous. No había logrado pegar un ojo en toda la noche. Las noticias en la televisora local, continuaban transmitiendo el horror de la velada anterior. Lo llamaron "la masacre de Fukuoka". Severas víctimas, en un ataque indiscriminado a instalaciones de industrias Tsurugi. Nadie conocía a ciencia cierta que buscaban los antisociales. La policía continuaba indagando en pesquisas. Ella, sin embargo, conocía los motivos. Las razones.
Bajar las persianas del ventanal, trabar la puerta con cerrojo, no servirán. Quien desee venir por ella, lo hará sin problemas. La angustia avasalladora de verse a sí misma, víctima de ponzoñosos pensamientos, le obligó a coger el móvil en búsqueda de ayuda. Pero en ese instante, recordó.
«Jamás me llames. Si te necesito, seré yo quien te contacte»
El teléfono repica, en un vago velo de esperanza que ya había dado por perdido. Nathalie exhala abrumada, llevándose el aparato a la oreja.
—No puedo seguir acá, madame Tsurugi —balbuceó, mordisqueándose el labio inferior con desazón—. Temo que mi vida corra peligro. Lo que ellos buscan…
—Fue la mafia china. No una mera casualidad del destino —declaró Tomoe, dando por erróneas sus especulaciones—. Y en efecto, tienes razón. Aunque no saben que el libro es una copia del original, lo mejor será que abandones el país y regreses a Francia. Tus servicios ya no son requeridos aquí, Nathalie.
—¿Me está despidiendo? —contestó Sancoeur, en reproche.
—Al contrario. Te estoy otorgando un acenso exponencial en tu carrera —aseguró Tsurugi, en un socarrón endeble—. Hay un miembro de nuestra orden, que requiere de tus conocimientos. Es un viejo socio comercial. Nada que no puedas manejar —añadió—. Enviaré a Tatsu por ti. Los pasajes están listos. A partir de ahora, trabajarás para él.
—Comprendo…—la joven guardó silencio tras la línea. Aunque no necesariamente mostrara rechazo, el brusco cambio de los hechos le resultaba sospechoso. De postura templada y ya más recta, preguntó— ¿Puedo saber su nombre?
—Gabriel Agreste —sentenció la nipona—. Serás contactado por el en el aeropuerto de Paris. Estoy segura de que es un desafío más que suficiente para ti. Es la clase de hombres que merecen tu curiosidad.
En momentos tan convulsos como esos, Nathalie solo podía presenciar el positivismo de las cosas. Su nuevo trabajo, un reto que con gallardía tomaría. Pues algo había llegado a oír de ese tal "Gabriel". No por él, específicamente. Si no, por quien sería su esposa. Sancoeur, siendo una afanada arqueóloga de viejas usanzas, escuchó tras bambalinas las incontables reuniones que su ex ahora jefa, mantenía a puertas cerradas con los miembros de su orden. Algo así como un club privado. En donde las más agraciadas elites se pavoneaban; encantando a quienes los oyeran con relatos bohemios y nocturnos placeres. Recordó su nombre, nebulosamente en un murmullo de pasillo. Le decían, la "bella dona". Un rimbombante seudónimo que, con carisma, se había ganado a título. En realidad, su nombre era Emilie Graham de Vanily. Joven, bella y audaz. Ávida de aventuras. Con una sonrisa angelical y cabellos dorados que embelesaban a cualquiera.
No tardó mucho en hacer las conexiones.
Ya estando en suelo europeo, a salvo de peligros y remotamente alejada de profanas intenciones, fue recibida por ambos. Un amoroso matrimonio, dotado de muchas ilusiones. Pero pocas esperanzas. Y es que si bien ante el mundo, eran la pareja perfecta. Ocultaban un tenebroso secreto. Desesperados, buscaban una manera de procrear a un hijo. Lo que finalmente sellaría su amor. Algo, que los había empujado a recurrir incluso a lo arcano de ser necesario.
Ahí, sentados frente a ella. Revelarían sus verdaderas intenciones.
—Iré al grano —manifestó Gabriel, de sonrisa apagada—. Sé de buena fuente que estás en conocimiento de artefactos de valiosa procedencia. Que pueden otorgar poderes a quienes las poseen.
—Hemos oído maravillas de tu trabajo, Nathalie. Tus referencias sobre exceden el talento. —añadió Emilie, reforzando la platica en un cariñoso toque de manos hacia su cónyuge—. Estuviste en Egipto, Grecia, Latinoamerica. Lugares en donde nadie más llegó. Tsurugi-san nos dijo que fue todo un éxito, lo de tu ultima expedición al Tibet. Que encontraste información respecto a un amuleto en particular…—siseó, esbozando una mueca cariñosa—. Que podría ayudarnos.
—Creo saber, de que tipo de joya me hablan —dijo la pelinegra. Ostentaba de esa forma, el vasto conocimiento de sus aventuras pasadas. En efecto, lo daba por hecho—. Pero si bien, la conozco. Jamás di a parar con ella. Durante mis excavaciones en los Himalayas, yo y mi equipo encontramos un templo perdido entre riscos. Parecía haber sido victima de un incendio brutal, que con los años fue arrasado por la nieve hasta sus cimientos —relató, cabizbaja. Descartaba tener éxito en encontrarla—. Lo cierto es que jamás la hallé. Lo siento mucho, si suena absolutista. Temo haberlos decepcionado antes de tiempo…
Gabriel es quien peor se lo toma. Se suspende en un mutismo sepulcral, del cual no muestra rastros de querer salir. No obstante, Emilie no declina. Fiel a sus esperanzas y convicciones más nobiliarias, insiste.
—Por favor, te ruego nos ayudes —imploró la rubia—. Puede que antes no hayas encontrado nada. Pero si vamos los tres, tengo fe de que lograremos grandes cosas.
—¿Ustedes están dispuestos a venir conmigo? —consultó la joven. No era como que todos los días se viera tanto anhelo. Le costó trabajo creerlo—. Es un viaje bastante hosco. Y se pasa frio.
—Si por disposición estamos hablando, Nathalie —masculló el señor Agreste, estrujando el entrecejo—. Créeme. Soy capaz de lo impensado…
Lo impensado. ¿Qué había sido todo eso? Sonaba a advertencia. De esas que te ahuyentan monstruos bajo la cama. Gabriel Agreste seguía siendo un misterio para ella. Tanta charla sugerente, de impecable ambición y cuantioso dinero, hubiese sido tentativa de gloria para un caza recompensas. Pero Nathalie no era de esa clase de mujeres. Tan superflua. Sentía los latidos de su corazón, enajenados contra su pecho. El brío que ambos habían demostrado frente a su servidora presencia, la descolocaron. Sin llegar a procesar del todo la información. Un aura oscura envuelta en aquel matrimonio. ¿Eran realmente gente inocente? Debía quitarse esa duda de encima, antes de aceptar.
—¿Qué es lo que buscan realmente? —espetó Sancoeur, sin mucho recelo—. La joya que ustedes quieren. El Miraculous del pavo real. Solo existe con un propósito. No debe ser usado con fines egoístas. Si no, en un bien común.
—Querer ser padres —reveló el diseñador, de sonrisa acabada— ¿Te parece un mal sentimiento?
¿Era cierto? ¿Todo este show montado, con el único objetivo de paternidad? ¿No hubiese sido más fácil adoptar? Lo pensó, claro. Más no se veía así misma demasiado valiente como para recomendar tal osada idea. No, estando bajo su techo y degustando de sus regalías hospitalarias. Le iban a pagar una suma estrafalaria de dinero. Correrían con los gastos. Recibiendo techo, comida y cobijo. Sopesar los pro y contras en una delgada línea que rayaba la sanidad mental y la decencia, serían su condena. Perfectamente pudo haber objetado la oferta. Declinar a todo. Tomar maletas y regresar. Pero algo en su interior, le impedía rechazarla. Quizás, el repugnante aroma a deseo que ambos expelían. O un absurdo rol de heroína, intentando salvar al mundo del dolor.
"Pobre mujer", concluyó. Como le hubiese gustado, intercambiar papeles en aquel entonces.
Sin embargo, para cuando ya se encontraban acampando en medio de la selva hindú, las manecillas del reloj habían girado en movimiento contrario. Demasiado tarde. Experimentar de cerca la agonía, el cariño, la pasión, la soledad. Eran suficientes razones como para hacer de un ateo, creyente en dios. Eso fue, lo que motivó a Nathalie. La razón, de su existencia.
—Me parece una excelente idea el comenzar desde abajo —propuso la señora Agreste. Se entretenía trazando surcos por un viejo mapa corrugado—. Según tus análisis, el templo se halla en estas coordenadas. Pero no hay rastros de joyas ni vestigios. Puede que se trasladaran incluso mucho más lejos.
—Al menos podemos decir con certeza, que no regresaremos a esas cuevas repletas de alimañas —gruñó Gabriel, soltando un quejumbroso palmoteo contra el sombrero de exploración—. No me vuelvo a meter con serpientes.
—No seas exagerado, cariño. Nathalie y tu pudieron encargarse muy bien de ellas —bufó Graham de Vanily, depositando castos besos por la mejilla de su compañero. Acto seguido, se volteó a su otra camarada—. Me llevé una sorpresa. No sabía que eras tan buena con la ballesta.
—Es una vieja técnica que aprendí en África —reconoció Sancoeur, restándose créditos. Y lustrando sus botas en el proceso, se encogió de hombros—. No es importante. Lo primordial ahora es avanzar por este sendero hasta las cascadas. Debemos movernos de noche. Algunos lugareños son algo hostiles.
—Emilie tiene razón, Nathalie. Realmente eres fantástica con esa arma —elogió Agreste, pasándole la mano por la espalda—. Que mujer tan gallarda y valiente. Sin duda eres una excelente compañera de aventuras. Espero te quedes con nosotros, luego de finalizar el trabajo. Me haría muy feliz.
La reacción instintiva de toda mujer soltera, lozana, desprovista de afecto. Un rubor de entelequia, fulgurando sus mejillas. La sustancia misma de la verdad absoluta. No era un sentimiento similar al amor. Era más bien, lealtad. ¿Gabriel deseaba incluirla en su vida? Un regalo caído del cielo. Pero ¿Por qué últimamente, todo le resultaba tan triste de presenciar? Verlos juntos, unidos como uña y mugre ¿No se supone que debía ser motivo de celebración? No lo entendía para ese entonces. En la soledad de su carpa, en plena noche de copiosa lluvia pegajosa. Buscaba respuestas. Se contempló contra el espejo, más confundida que nunca. Jamás llegó a sentir que su cuerpo le traccionara de tal forma. Su mente le decía: "Vamos, es solo un trabajo. Una vez tengas la joya, te irás" Pero su corazón dictaba una melodía distinta. "No lo hagas. Quédate. Ellos te necesitan". ¿Ellos? ¿O solo él?
Se mojó la cara con abundante agua, intentando aclararse. No lo lograba. El bochornoso sopor de verano tampoco ayudaba. Nathalie los espió por días. Semanas. Meses. Siendo testigo onírico de un amor que no podía profesar ni vivir. Se había enamorado de un maquiavélico plan, muy cuestionable. No era un hombre o una mujer como tal. Tan solo la idílica utopía de dos personas, queriendo ser padres. Conformar una familia. ¿Cómo podía ser tan desalmada? ¿Querer abandonarlos por…celos? O lo que fuese que sintiera. Habían compartido experiencias y sentimientos. Momentos de tensión, angustia y derrota. Probando un poco de lo agrio y dulce que significaba, el proceso.
—No puedes dejarlos, tonta —balbuceó para sí misma, con el rostro febril de la vergüenza. Había algo. Una chispa. Un bichito picándole la sien, que le indicaba que algo no tenía sentido. Hay cosas que no concuerdan en toda esta turbia historia. Pero que no deseaba seguir indagando—. Quédate. Hasta el final. Gabriel y Emilie te necesitan. Ellos son…tu familia ahora…
Nuevamente se cuestionaba incluso su propia existencia. ¿Qué papel jugaba entonces en esta escenografía inventada? ¿Será que…?
—¿Te interrumpo?
Emilie, tan timorata y austera como de costumbre. Siempre pre dispuesta a no ser una molestia. Por supuesto, parte de su adoctrinada conducta británica. Hija de aristócratas. Amablemente, le ofreció una taza de café. Nathalie aceptó. Aunque medio taciturna. Su presencia le había tomado por sorpresa y no iba a fingir demencia sobre ello.
—Tú nunca me interrumpes —negó la muchacha, quitándose los anteojos para mayor relajo visual—. Discúlpame. Estaba ensimismada pensando.
—¿Pensaste en la propuesta que te dio Gabriel? —consultó, inocente.
—¿Era una propuesta? —fingió, bufona.
—Eres muy modesta. No debes temer conmigo —carcajeó la ojiverde, sentándose frente a ella. Se había dado la molestia de revisar su móvil. Variadas fotografías, circulaban de arriba hacia abajo—. Mi marido tiene razón, Nathalie. Eres una mujer de confianza y muy leal. Sobre todo, valiente. Estoy segura de que, si te quedas con nosotros serás muy feliz. Nada te ha de faltar.
—Soy más bien…un alma libre ¿Sabes? —propuso Sancoeur. No podía evitar mantener un ligero recelo sobre su posición—. Eso es lo que me hace feliz. Imagino lo entiendes.
—¿Crees en Dios?
—No lo sé…—reveló en respuesta, asaz de su propia inseguridad—. Comprenderás que he visto tantas cosas en este mundo, que temo te hayas hecho una imagen errónea de mis credos.
—Pero aún así, crees en la magia —expuso la señora Agreste, de rostro brioso—. Sabes de la existencia de esta joya. Su capacidad de creación. Es embelesador. ¿No te cautiva? Quiero decir ¿Sientes su poder?
—Comienzo a sospechar, que tus preguntas van con un doble sentido —masculló Nathalie, de ojos caídos y melancólicos—. Veo que descubriste la existencia de otras.
—Son varias ¿No es así? No es necesario que me ocultes algo como esto. Estamos juntas en ello —sopesó Graham de Vanily, esperanzada—. Gabriel no lo sabe. Es mejor…no decirle aún.
—¿A que le temes? —consultó su camarada, de labios endurecidos—. Ya que has mencionado lo de la confianza. Sería bueno que comenzaras a hablarme con sinceridad.
—Mi esposo es un hombre muy ambicioso, Nathalie. En un comienzo, pensé que no significaría demasiado. Que no sería problema —advirtió Emilie, de voz huraña cual sermón—. Pero he presenciado de todo lo que es capaz. Sé que tu también lo sientes. Y no estoy diciendo que yo esté obsesionada con esta idea. Es verdad que anhelaba ser madre. Sin embargo…
—La idea de las joyas, no fue tuya —concluye Nathalie, absorta con semejante revelación—. Gabriel se enteró por Tsurugi-san. El hizo todo esto.
—Y hará mucho más. Es por eso que preferí venir a ti primero —sentenció. De camino a su compañera de viajes, la abrazó fraternalmente—. Te ruego reconsideres esto. Sin tu ayuda, no podré sola. Pase lo que pase, no le cuentes…sobre la existencia de otras. Con una es suficiente.
—No lo haré. Lo…prometo —siseó, empalidecida de color facial. Lo que antes creyó era imposible, ahora toma fuerzas y les da forma a sus sentimientos. Decidida, la toma de las mejillas y le clava una mirada certera—. Encontraremos el Miraculous del pavo real. Tú, serás madre. Y yo, haré lo que esté a mi alcance para cumplir con mi misión. De momento, es todo lo que te puedo decir.
—Me complace —esbozó, alegre y jovial—. Gracias, Nathalie. Eres la amiga que nunca tuve.
«Amiga»
Que…palabra tan profana y al mismo tiempo, prestigiosa. ¿Qué es una amiga? Lo cierto es que ella tampoco tuvo una. La soledad, siempre fue producto de una mente dotada en inteligencia. Ahora mismo, eran tres los abandonados por el tiempo. No había estigmas frente a lo deprimente que era tal sentimiento. Porque una cosa era estar solo y otra muy distinta, es sentirse solo. Este matrimonio, que exhibía tanto lujo e influencia frente a la sociedad. ¿Realmente contaban con ella? Como para haber recurrido a una total desconocida, no lo creía real. Fantasías, solamente. Una fachada, mal pintada. Con tablones podridos y un denigrante pasado familiar. Padres, abuelos, que se oponían a esta unión.
Nathalie había hecho de esta historia, suya. Propia de vivirla. Ya nada podía separarlos.
[…]
—¡Lo logramos! ¡Jajaja! ¡No puedo creerlo! ¡Es nuestra! —chillaba Gabriel, con la joya alzada entre los dedos y una sonrisa infantil de mejilla a mejilla— ¡Nathalie! ¡Trae la cámara! ¡Debemos inmortalizar este momento!
Tras casi un año viajando, finalmente dieron a parar con el Miraculous. Enterrado, bajo escombros y a mil metros sobre el nivel del mar. Incluso con el inclemente frio y la gélida ventisca invernal de los Himayalas. El trabajo, estaba completado. Aunque los rumores de semejante hallazgo no tardaron en volar por el continente. Incluso mucho antes de regresar a Paris, alguien en particular…manifestaba sumo interés en el amuleto. Y exigía, con demandante apuro, ser la primera en usarlo. Concretando así, una anónima reunión de la cual los Agreste no tuvieron arte ni parte en el asunto. Un secreto a voces, se dijo en su momento. El riesgo, de correr con la suerte de otra familia cuyo único anhelo, era engendrar un heredero digno de su legado.
—Necesito que me dé más tiempo para estudiar la joya, Tsurugi-san —advirtió Nathalie, precavida—. El broche presenta surcos, en un aparente deterioro. En ninguna página del grimorio, sostiene tal condición. No sé si su uso conlleve alguna consecuencia dañina para quien lo utilice o de paso, puede que-…
—Probablemente se golpeó o trizó con el viento —corrigió Tomoe, sin permitirle acabar la oración—. Pero no es nada. Es imperativo corroborar que funcione correctamente. Y que mejor que yo, para dar ese veredicto.
—Con todo respeto, si me permite sugerir —adicionó Sancoeur—. Le ruego no sea usted quien lo haga. Permita que sea otro. Al menos hasta estar seguros de que no haya daños colaterales.
—Mi esposo lo hará —determinó la japonesa, tan altiva como siempre—. De momento, quiero que te dediques a ver la forma de repararlo. Utiliza mis recursos, si es posible —agregó, levantándose—. Y ni una sola palabra de esto a nadie. Cuento con tu total discreción. Te contactaré si surge algún imprevisto.
La soberbia había carcomido las entrañas de Tomoe. Más aún, su ego. El de poder darle forma a su apellido con el honor que precedía a los de su clase. A regañadientes, Nathalie tuvo que acceder. Los costos de mal usar este poder…amargamente saldrían a la luz. Tarde o temprano.
Mansión Agreste. 8 meses después. En una videollamada.
—De momento todo parece indicar que funciona a la perfección —comentó Tomoe, frente al teléfono—. Lamentablemente esta ceguera empeora con el paso de los días y no se me es posible vislumbrar secuelas. Todo lo que puedo decir, es que es seguro. Puedes decirle a Gabriel-san que la utilice. Con cautela.
—¿Realmente…pudo crear una vida humana con ella? —espetó la pelinegra, un tanto pasmada con su testimonio.
—Suenas como una ignorante, Nathalie. No me vuelvas a hacer esta clase de preguntas en un futuro —le reprochó la empresaria—. Adiós.
Pero no estaba descabellado preguntarlo ¿O sí? De momento, solo podía estar segura de algo. Era innegable y con la magia de lo corrompido, sería posible conseguir el tan anhelado bebé para el matrimonio. ¿Era el matrimonio lo importante? ¿La familia? ¿Gabriel o Emilie? De puertas cerradas, Nathalie oyó como Emilie le pedía a Gabriel, replicar el milagro con su hermana gemela Amelie. Al parecer, era victima del mismo sortilegio maldito. Una infertilidad galopante. Tiempo después, ambas lograron embarazarse y concebir a un neonato de imagen y semejanza. Nunca antes hubo tanta algarabía en tremenda y fría mansión. Estaban tan ansiosos por el nacimiento del pequeño Adrien, que, con desconfianza, ocultaron su existencia al mundo. Incluso, si eso significaba apartarlo de sus abuelos.
Los primeros años pasaron como agua para chocolate. Miel sobre hojuelas. El niño creció sano, en el seno de una calurosa familia de elite. Los negocios de Gabriel proliferaron como la peste. Aumentando así las arcas patrimoniales que indudablemente, levantó las primeras sospechas en la arqueóloga. ¿De donde provenía tanto dinero? Se cuestionó. Dejando de lado lo inmundo de la economía, ser testigo fehaciente de tal dicha la repletó de un instinto maternal nunca antes evidenciado. Aquel muchachito curioso por conocer el mundo, tan tierno y rebosante de energía, encendió las alarmas en cuestión de segundos. Todo esto, a raíz de un incidente que marcaría el hito de toda la historia. La salud de Emilie, empeoró. Lo que había comenzado como una simple gripe estacional, elevó el problema a escalas mayores.
Fue en el cumpleaños número 8 de Adrien. Ella se había descompensado en el salón, escupiendo sangre. Cuando el doctor, nos dio la fatídica noticia que desgarraría las entrañas de todos los presentes. Aunque no supieran si fue por el diagnostico. O la enajenada reacción del dueño de casa.
—Realmente no sé lo que es. Es una enfermedad rara que jamás antes vi —sentenció el médico, realmente afectado por tal diagnostico—. Pareciera que sus células se van muriendo con el tiempo. Tendré que hacerle más chequeos para cerciorarme.
—¿Cómo se atreve? —berreó Gabriel, azotándolo violentamente contra la pared— ¡Mi esposa es una mujer sana! ¡¿Cómo es posible que no pueda determinar que tipo de enfermedad padece?!
—¡N-no es lo que parece, señor Agreste! —berreó el especialista, atormentado por su indiscriminada agresión— ¡Juraría que es un cáncer, dado que presenta los mismos síntomas! ¡Pero no hay metástasis en huesos ni corteza cerebral! ¡Intento hacer lo que mejor puedo!
—¡Y una mierda! —proclamó el diseñador, empujándolo hacia un costado en asertivo intento de expulsarlo— ¡No contraté al mejor doctor para que me diga esta basura! ¡Largo de aquí! ¡No quiero volver a verlo!
—Cariño…por favor —suplicó una moribunda Emilie, de ojeras y cadavérico rostro—. Comportante. El no tiene la culpa…
—Tsk…—farfulló en respuesta, fulminándolo con la mirada—. Váyase. Nathalie, hazlo.
Nathalie, quien permanecía de piedra frente a la puerta, comprendió sus exigencias con la desazón de una mirada arisca. Se encargó de escoltarlo hacia la salida. Aunque no sin antes, indagar un poco más sobre el tema. El pavor, esculpido en el rostro.
—Lamento la reacción del señor Agreste. Le pido una disculpa, en nombre de la familia. Comprenda que es grave el asunto —aseguró la asistente—. Pero le ruego me diga, que clase de teorías maneja.
—Lo siento tanto, señorita Sancoeur. De verdad me encantaría poder dar un veredicto certero —acotó el extraviado médico—. No mentí. Como ya le dije, es un tipo de cáncer extraño. Me va a creer loco y quizás la comunidad científica me desacredite con lo que diré. Pero todo indica de que el mismo organismo de madame Agreste, la está atacando. Es como si…se la estuvieran comiendo por dentro.
—¿Habla de la voluntad de vivir?
—Para nada. Ella tiene mucha de eso —negó—. Es su deterioro físico. Su cuerpo…la consume. ¿Sabe de casualidad si comió algún hongo mortífero? ¿O si bebió una sustancia química del ámbito nuclear?
—¿Por qué insinúa que es veneno? —parpadeó, pasmada.
—Es…toxico —decretó el doctor, cabizbajo—. Ni con todos los avances modernos existentes, podría salvarla. Es cosa de tiempo. Tarde o temprano. Ella…morirá.
—…
Despacharlo no fue el problema. El verdadero desafío fue toparse con Gabriel. Quien había escuchado todo, acerbamente desde el último peldaño de las escaleras principal. Allí, agazapado tras la muralla; como un niño pequeño, murmuró acongojado entre lágrimas.
—¿Se va a morir…?
—Por supuesto que no —negó la asistente, renegando a cabalidad lo anteriormente conversado. De escalinata hacia arriba, añadió optimista—. Descuida. Encontraremos una cura.
—Es por culpa de la joya ¿Verdad? —propuso el varón, totalmente descalabrado con la noticia—. Por favor, no me lo niegues. Ya conozco las consecuencias de haberlo usado deteriorado.
—¿De que hablas? —cuestionó Nathalie, pasmada— ¿Acaso pasó algo de lo cual no me enteré?
—Muchas cosas —exhaló Agreste, de rodillas contra el suelo—. El esposo de Tsurugi-san, acaba de fallecer. Y Colt Fathom, el marido de Amelie…está muy enfermo. Al parecer, presenta los mismos síntomas que Emilie. Dios mío…—masculló, atormentado entre sollozos y lamentos pueriles—. Esto es mi culpa. Nunca debí permitir que usara la joya dañada. Adrien, lo valía todo. Pero perder a mi mujer, la persona que amo. Yo no-…
—Gabriel. Dios no existe aquí. No lo menciones más —sugestionó Nathalie, reincorporándose a el en un abrazo maternal—. Tranquilo. Se que el panorama suena horrendo. Pero de verdad, creo que podemos curarla. Encontraremos una solución. Como de antaño.
—¿Tienes algún Miraculous que cure este mal?
En ese momento, Nathalie recordó algo. Tan solo una fútil conversación, que tenía demasiado peso como para ser real. Casi como una crónica de muerte anunciada. Las palabras de Emilie en su tienda de campaña, resonaron con ímpetu.
«Pase lo que pase, no le cuentes sobre la existencia de otras. Con una es suficiente»
Y automáticamente, reculó.
—No. No hay tal Miraculous que repare esto.
—Eres…pésima mintiendo, Nathalie —evidenció el mayor, totalmente desarmado y al mismo tiempo, inoportuno—. Te lo concedo. Pasar tanto tiempo con nosotros, te volvió vulnerable. En parte es mi culpa. Verás, que soy un hombre débil, más no menos ambicioso.
—Mierda. Es tal y como me advirtió Emilie. Se ve que lo conocía mejor que nadie —Sancoeur negó con la cabeza, intentando sacudirse los nocivos pensamientos que la asaltaban. Y como un método de apaciguar su sed de justicia, declaró—. Está bien. Lo admito. No sé mentir. Pero sea lo que estes intentando indagar en mí, no es la manera correcta de hacerlo. Primero debemos hablar con Emilie y contarle la verdad. Ella tiene derecho a saber de que esto, puede haber sido consecuencia del mal uso de la joya.
—No fue un mal uso —desmintió el magnate, ofuscado tras su agrio comentario—. No vuelvas a decir algo como eso. Adrien, es la luz de mis ojos. Pero incluso detrás de esa luz, hay un alma que implora clemencia.
—Gabriel, te ruego no me pidas esto…
—Dímelo —exigió, apelando a una implorante necesidad de conocimiento. La tomó de los hombros, zarandeándola— ¡Dímelo! ¡¿Realmente existen otras joyas que podrían curar su mal?!
—¡N-no lo sé! ¡No lo sé! ¡¿Ok?! —le reprochó la fémina. Victima de tanta presión y angustia lacerante, tuvo que develar lo que había prometido no contar— ¡Puede que sí! ¡Pero aún no he podido estudiar sus poderes del todo! ¡Es que la caja-…!
—¿Qué caja? ¿Hay una caja? ¿Entonces es cierto? ¿Había más?
¡¿Por qué no solo podía zurcirse la puta boca y callar?! Se levantó, soltándose bruscamente de su exasperante manipulación. Caminando de un lado a otro cual león enjaulado, admitió.
—¡Los Miraculous son variados! ¡Son muchos! ¡Yo no-…!
—Si conceden poderes. También conceden deseos. ¿Es eso? —somatizó Gabriel, dando por sentado un hecho del cual no tenia idea. Era jugar a sacar mentira por verdad—. Nathalie, mi esposa se está muriendo. Dijiste estar dispuesta a ayudarnos en su momento. Ayúdanos ahora ¿Quieres? Te ruego, no la dejes perecer. Piensa en Adrien… ¿Qué hará sin su madre?
—Maldita sea. Esto no se trata de Adrien, joder. Solo eres tú, no queriendo admitir la realidad. Si tan solo hubiese sido más fuerte de voluntad y no te amar-…—Nathalie despabiló de golpe, negando con la cabeza—. De acuerdo. Yo no vuelvo a tocar el tema de Adrien y tu tampoco lo vuelves a utilizar para confundirme ¿Ok? Es un trato. Déjalo de lado. Esto no se trata de él, porque el objetivo era traerlo con nosotros. Sé un hombre y asume las porquerías que dices.
Nathalie le vio guardar un silencio tan sepulcral, que hasta la medula espinal se le erizó. Nunca antes atisbó similar análogo. Un determinante contemplativo encomio, semejante a lo que una maquina demostraría. Inexpresivo, de cero apateísmos. Con nula capacidad de sentir. ¿Era esto, lo que Emilie temía vislumbrar? ¿O acaso siempre lo supo? Bien dicen que una mujer sabe con quien se casa.
—Ven a mi despacho.
Lamentablemente, no hay persona ni razón que reniegue, lo que el corazón dictamina. Mucho menos, si está en disputa.
[…]
—Los Miraculous de la creación y la destrucción, son las joyas principales de esta caja —relató Nathalie, enseñándole una gama de paginas copiadas del grimorio y parte de su investigación—. Comprenderás que solos, no causan demasiado ruido. Pero juntos, si los unes…pueden concederte la voluntad de lo que pidas. Incluso, si eso significa traer a la vida a alguien. He de advertirte, claro. Que como las leyes del universo. Toda acción tiene su reacción. No queda impune. Quiero decir —advirtió—. Si deseas que el pasto sea azul, deberás quitarle el verde a otra cosa. ¿Me explico?
—Lo entiendo. No soy estúpido —declaró Gabriel, malogrado—. Está demás decir, que, si deseo que Emilie viva, debo quitarle esa vida a alguien para que perezca en su lugar.
—Es una consecuencia.
—Y estoy dispuesto a asumirlo —sentenció—. Incluso si eso me lleve a mí, morir. Solo quiero que me asegures, de que, si los encontramos, estarás conmigo para cuando llegue ese momento.
—Así como tu dices no ser estúpido. Yo no soy ninguna traidora —berreó Sancoeur, reprochando sus insinuantes sugerencias—. Concuerdo contigo. Tampoco quiero que Emilie fallezca. No ahora, que finalmente es feliz por ser madre. Su voluntad, es la mía. Pero ¿Cómo pretendes encontrarlos? Nos pasamos casi un año completo buscando solo una joya. ¿Entiendes el riesgo?
—Lo hago —aseguró—. Acepto el desafío de quizás demorarme más de un año. Mi esposa podrá aguantar un poco más. Con tu ayuda, sé y tengo la certeza de que los lograremos hallar. Deben de estar esparcidos, por alguna parte.
—Gabriel. Temo no lo estes dimensionando realmente. Hay muchas cosas que aún desconozco de estas joyas mágicas. No sé cómo funcionan o como se activan —advirtió la fémina, de huraña mirada—. Yo no hablo de demorarnos un año o dos. Hablo de quizás, no lograrlo. No encontrarlos. ¿Qué harás entonces? ¿Aceptarás su perentoria muerte?
—Eso es muy fatídico de tu parte —negó, altivo—. Lo veremos en el momento. Mientras tanto, quiero que vengas conmigo.
—No. Definitivamente, no va a aceptarlo. Jamás lo hará —Nathalie resopla por la nariz, esbozando un bufido poco grácil en respuesta—. Claro que sí. Iría contigo hasta los confines de la tierra. Juntos, vamos a salvarla. O al menos, lo intentaremos con todas nuestras fuerzas. Pero sigues sin responderme lo que te pregunté y me tachas de negativa, cuando intento ser realista. ¿Realmente tú-…?
—Salud —esbozó Gabriel, chocando su copa de vino contra la suya. Le restaría importancia, de momento—. Vamos juntos, Nathalie. Como de tiempos antaño. Por la familia.
¿Por la familia? ¿O por él?
—Por Adrien…—confesó la muchacha, bebiendo de golpe el brebaje hasta acabarlo—. Sin dios, ni gloria. Solo nosotros.
—Solo nosotros…
Que craso error.
[…]
—¿Cómo te has sentido, hermana?
Mansión Agreste. 4 años después. Viernes. 19:15PM.
—Fatal. Pero no permito que Adrien lo sepa y espero tu tampoco le cuentes nada —declaró Emilie. De fúnebre talante y desplazándose en una silla de ruedas por la alfombra. Entiende que hay cosas que no se deben decir tácitamente, procurando la sanidad mental de su hijo—. Últimamente me resulta imposible conciliar el sueño sin mis ansiolíticos. Me duelen muchísimo los huesos. A veces, incluso respirar me cuesta trabajo. Puede que me estén fallando los pulmones también. Quien sabe —se aquejó, tosiendo.
—Padre ha estado enviado dinero regularmente desde que se enteró de tu malestar —comentó Amelie, aislando su taza de té para asistirla en el proceso. Preocupada, la acomoda con cariño sobre el cojín de su asiento—. Por favor dime que lo aceptaste.
—No puedo, Amelie. Va en contra de todos mis principios. Y ya es muy tarde para remordimientos —siseó la señora Agreste. Contemplando con nostalgia como ambos niños gemelos juegan en el jardín trasero, esboza jovial—. Míralos. Son perfectos. Todo lo que alguna vez añoramos tener.
—Hermana…por favor. Acepto que seas orgullosa —comentó Graham de Vanily, apabullada en melancolía—. Pero te imploro no lo hagas más difícil. Entiende que eran otros tiempos. Mamá ruega por verte. Conocer a su nieto finalmente. Si tan sol-…
—¿Cómo está Colt? —interrumpió su gemela, ignorando todas sus aprensiones— ¿Agoniza?
—Peor que nunca —resuelló por la nariz, altiva—. Lo vieras. Es lo más similar a un perro rabioso. Sobrevive a transfusiones de sangre y vaporizadores. Ya no le funciona ni la entrepiernas.
—Adrien me comentó algo. No te lo tomes a pecho —siseó la señora Agreste, implementando sentimentalismo en su revelación—. El no entiende mucho de estas cosas. Pero dijo que a su primo hermano lo maltratan. ¿Tú sabías de eso?
—Tsk…—Amelie desvió la mirada casi instintivamente. No con el afán de huir de su declaración. Si no, como un método de ocultar su propia vergüenza y despreocupación en el asunto—. No soy perfecta. Cometí errores. Me enteré tarde…
—Esto es mi culpa —asumió Emilie, cabizbaja—. Quizás si no me hubiera ido de casa, huyendo…
—No te fuiste de casa, hermana —aseguró su familiar, condicionando su tajante culpa—. Te dejaron ir. Tú eres libre de hacer lo que gustes. Los Graham de Vanily están infestados de adeudos que no nos corresponden sobrellevar. Tarde, mal y nunca, lo comprendí. Al mismo tiempo que supe como Colt trataba a mi pobre Félix.
—Ya no pienses en eso ¿Sí? Al igual que yo, pagará por sus pecados —comentó.
—¿Qué pecados, Emilie? —le reprochó la aristócrata, sujetando sus manos con vehemencia e ímpetu—. Fuiste una mujer honorable y fiel a ti misma. No te doblegaste a nada. Viviste lo que quisiste. Siéntete orgullosa.
—Tan solo deseaba ser madre…
—Se es madre incluso en la muerte —sentenció la inglesa—. Madre hay una sola. Y no digo que sea la que engendra.
—Es verdad —bufó la francesa, altiva. De cara al patio, asumió convencida—. Ahora más que nunca, lo comprendí. Porque cando yo me vaya, Nathalie y tú ocuparán mi lugar. Lo único que les pido, es que cuiden a mi pequeño. Deseo…que quiera ser de grande lo que quiera ser. Todo, si es posible. Jamás lo adoctrinaría a nada. Puesto que fue concebido a través del sentimiento del amor más puritano de todos. Anhelo, verlo repleto de amigos. Y una buena chica que lo ame y respete por lo que es. Mi niño milagroso…—tosió, aquejumbrada. Cae al suelo, desplomándose contra la alfombra. Imploró entre jadeos— ¡Cof! ¡Cof! Por favor…tráeme…mi teléfono…
—¡Hermana! ¡¿Qué quieres hacer?! —alertó Amelie, aterrorizada.
—Necesito dejarle a Nathalie un par de videos antes…de que todo acabe —siseó, acabada— ¿Me harías el favor? Llévame a mi cuarto.
—Con todo respeto, hermana —acotó su gemela, escoltándola a duras penas por las escaleras—. Nathalie no me parece una persona tan de confianza. Temo que se haya aliado con las ambiciones de Gabriel. No digo que sea mala persona. Pero…
—Sé lo que estás pensando y no me parece extraño que lo insinúes —declaró moribunda, Emilie. Casi al expirar, se sienta al borde de la cama—. Está enamorada de Gabriel.
—¿Eso no te ofende?
—Para nada —negó la rubia, más segura que otra cosa. Ya había cavilado un escenario similar. Tantos años lejos, le dieron la respuesta—. Sé que van a volver. Pero nada…será igual. Entiendo que me ame mucho. Sin embargo, yo ya viví mi momento. Es hora de que el viva el suyo. Necesito que se mantenga fuerte y firme, tras mi muerte. Porque Adrien lo necesita. No obstante, temo…enloquezca. Y nadie mejor que ella, podrá darle su cuota de sanidad. Así que te pido ¡Cof! ¡Cof! No la veas como una enemiga. Vela como una aliada —añadió, exhausta en energía corporal. De un suspiro, sonrió—. Dame mi teléfono. Es momento, de advertirle lo que se viene.
—Emilie…
Para Amelie, su hermana, era una especie de clarividente. Una bruja. Capaz de ver el futuro, a través de las mentes de muchas otras personas que rondaban su vida. ¿Había sido intuición femenina o algo más? No. Solo la lógica sensual. Pues era natural que Gabriel se obsesionara con las joyas. Siendo simplemente consciente de su naturaleza arribista y avasalladora. En conocimiento, de lo que era capaz. Tan ambicioso. Tan sin tener en cuenta lo asumido que tenía Emilie de su inminente deceso, era momento de sentar las bases de su fatídico destino. Quisiera aceptarlo o no su marido, se verían forzados a ver esos comentarios filmográficos. Si tan solo, hubiese llegado antes. En un lugar, totalmente desprovisto de señal geográfica o internet…
[…]
—¡Argg! ¡Mierda!
Norte de Nepal. 21:56PM.
—Si no te quedas quieto, no puedo vendarte —reprochó Nathalie. De vendajes, alcohol y gazas entre dedos, intentaban infructuosamente curar una mordedura de cocodrilo en su pierna derecha—. Esto va a dejar cicatriz.
—No me importa —exclamó Gabriel. Tan sudoroso como un trópico en verano. Mientras se retorcía contra el piso de la tienda, gimoteaba— ¡Malditos reptiles! ¡No me sumerjo más en estas aguas!
—Eres terco. Te dije que no fueras sin un arpón —reclamó Sancoeur, propinándole un palmetazo en la nuca—. Listo. Ya deja de chillar. En serio comienzo a pensar que te debilitas con el tiempo. ¿Te volviste viejo?
—No lo vamos a lograr ¿Verdad? —espetó el varón, de carmesí fiebre producto del veneno—. Si me muero ahora, todo se acaba.
—Siempre con el melodrama —Nathalie rodó los ojos, de manera sarcástica—. No olvides que debemos volver. Sea como salga.
—Es una forma solapada de admitir que nos fue mal —asumió, derrotado— ¿Ya compraste los boletos a parís o juegas conmigo?
—No he dicho eso. Pero, Gabriel. Seamos sinceros. No es que nos haya ido mal. Simplemente se acabó el tema —se encogió de hombros, altiva—. Claro que los compré. Se terminó. No seguiré viajando contigo, mientras Emilie se consume y Adrien crece solo. Es tiempo de regresar.
—Me voy con un sabor amargo en la boca, que lo sepas —gruñó.
—Lo sé —admitió su camarada, de huraño semblante— ¿Te parece que esté contenta o satisfecha? Quedamos varados en este paramo desolado. Alejados de la mano de dios.
—Sin dios —declaró su camarada.
—¿Disculpa?
—Dios no tiene nada que ver aquí. Tú misma me lo dijiste —recalcó, ultrajado.
—Ya sé lo que dije —redundó, arisca—. Cuatro años es suficientes para aclarar la mente.
—¿Aclarar, que? —sopesó el varón, altivo— ¿Qué te gusto?
—Mira, si lo dices por lo que pasó anoche —confesó Nathalie, repleta en carmesí rubor sobre sus mejillas. Y dispuesta a negarlo todo, con tal de cuidar su imagen—. Que sepas que fue una debilidad. No siento nada por ti ¿Bien? Le debo lealtad a Emilie. Y por lo demás, en tu caso estas casado. Yo soltera. No soy quien tenga un compromiso. Lo mío es moral. Lo tuyo eclesiástico. Así que esto no te beneficia demasiado a ti.
—Descuida. Tampoco pretendía negar lo que pasó ni mucho menos, hacer vista gorda a ello —proclamó Gabriel, alzándose sobre rodillas con dolor—. Tranquila…no me odies. Lo gocé bastante. Fue honorable.
—¿Fue honorable…?
Nathalie indiscutiblemente se ve forzada a hacer una pausa en medio de la contienda. ¿De pronto sale con semejante discurso preclaro y no está dispuesto a asumir responsabilidades? Es algo que le irrita de sobre manera. No quiere repasar acontecimientos entorno a la bebida exacerbada y un frugal consumo de estupefacientes. Pero vamos. Las cosas como son. No logra evadir lo que sobriamente recuerda. Una velada repleta de negligencia, juerga y pasión desenfrenada. Ella y Gabriel. Juntos, en medio de una festividad. Biósfera acorde al festejo étnico de una tribal conglomeración nepalí. Hay cosas…que deben ser saldadas. Y bien lo sabía Gabriel. Pues fue atacado por un enjambre de anacondas no venenosas. Que indiscriminadamente, irritaron su dermis. Dado que es alérgico a las mordeduras y picaduras de insectos. Nadie conocía esta condición en él. Ni si quiera Emilie. Solo ella…
—Entonces, nos vamos a casa ¿No? —rezongó la muchacha de anteojos, de cejo fruncido— ¿Es eso?
Letárgico, sobre una colcha improvisada dentro de una tienda a poco roer, Nathalie lo increpa. Aunque no le prestara demasiada atención. Buscaba tener señal en su móvil. En un paraje recóndito, lejos de la civilización. ¿Qué clase de sentimentalismo debía ejercer en un momento como este? Si más que mal, ella era la principal causante de todo. ¿Confusión? ¿Amor? ¿O soledad? ¿Qué era lo que finalmente la llevaría al precipicio de la infidelidad? No. Meterse como una intrusa en medio de un matrimonio consolidado y con un inocente niño milagroso. Todo, menos eso. Y tras una incipiente pero irritante nula respuesta, le arrebata el teléfono de sopetón. El la observa, confundido.
—Gabriel. No quieras pretender que yo finja desprecio hacia tu persona, solo porque caíste en una debilidad carnal con tu asistente —reclamó la menor, envuelta en frustrantes dolos—. Sé perfectamente que tu corazón pertenece a alguien más y que más allá de tus petulantes ambiciones, sigues siendo un hombre.
—Te lo advierto, Nathalie —le respondió el peliblanco, rehuyendo de su prejuiciosa conversación—. No me endioses ni me idolatres. Un caballero no soy. Si realmente quieres ayudarme con esto, te pido. No. Más bien. Te exijo —reculó—. Que no lo obvies. Recuérdalo cada día. Pues es el pecado que ambos debemos pagar.
—Es por eso mismo, que he tomado esta decisión —sentenció Sancoeur, tomando las manos de su compañero; como muestra de su complicidad—. Emilie no puede enterarse bajo ningún punto de vista. Sería un dolor demasiado grande para ella y ya suficientes problemas tiene batallando por su vida. Incluso si no puedo olvidarlo, como dices. Es el precio que hemos fijado.
—Hablas con una frialdad que carcome mis entrañas —musitó el señor Agreste, estremecido con su relato— ¿Por qué? ¿Por qué hacerte esto? ¿Qué ganas? ¿Acaso no te irrita…?
—¿Qué cosa? ¿Ser la otra? —mencionó la pelinegra, soltando un sarcástico bufido endeble—. Es ridículo. Para ganarse el título de amante deberías primero amarme. Es algo que no ocurre, así que ¿Para qué molestarme? Mi condición me limita a lo que soy. En estos momentos, el único que le da vueltas al asunto eres tú. Para que veas que soy sincera. No —asumió—. Ni por asomo te he envanecido. Te admiro, lo reconozco. Y me gustas. Sin embargo, de aquí a que algo más crezca entre ambos...está muerto.
Para esas alturas del partido, Gabriel no podía si no sonreírle con hipocresía. Es que las reglas del juego se habían mandado a escribir de manera tacita entre ambos. Siendo adultos responsables y maduros. ¿Dejarlo como una pasión pasajera? Algo natural en los de su calaña. Y hubiese resultado de maravillas. Porque en un comienzo así fue. Tras regresar a parís con las manos vacías y despellejados de sueños, el exitoso empresario consiguió enfocarse solo en el bienestar de su esposa. No obstante, los años pasaron y tras ver como Emilie empeoraba su salud física mientras la mental se iba de vacaciones; el corazón de aquella inocente foránea se atiborraba de compasión. Un afecto angustiante de no poder tener la cura al mal. De pasar noches enteras verle llorar y consolarle entre abrazos maternales.
Dos meses antes de que la señora Agreste cayera en un eterno sueño mortecino, el lazo entre Gabriel y Nathalie se había fortificado a través de Adrien a tal punto; que ya ninguno de los dos podía ocultar la realidad. Era tapar el sol con un dedo. Ella lo amaba. Profundamente. De la simpleza y devoción con la que también amaba a su esposa. Juró con su vida, proteger al pequeño. Como también hacer la voluntad, que Graham de Vanily depositó en sus manos. Con la única advertencia, de frenar la ambición de su desmoralizado marido.
El tiempo transcurrió soporoso y agrio. Emilie, presa y víctima de la infame condición que le arrebató el aliento, no volvió a ver la luz del día. Para ese entonces, las cosas ya habían dado un vuelco insospechado para ambos. Porque Gabriel, no volvió a ser el mismo. Tras toparse con el Miraculous de la Catarina y el gato negro. Una crónica de muerte anunciada.
—Es un fiasco. Todo lo que hago, lo es —sopesó Agreste, de manos contra la nuca en completo desconcierto—. No consigo hacerme de las joyas y pedir el deseo. ¿Qué sentido tiene todo? Emilie me debe de odiar en estos momentos…
Mansión Agreste. 22:15PM. 1 año despues. Salón.
—No has fracasado, Gabriel —murmuró Nathalie, mimosa—. Mientras nadie más lo haya conseguido, aún tienes oportunidades. Sabes que cuentas conmigo para lo que desees.
—Ya no quiero que sigas involucrada, Nathalie. Es cruel e injusto —sopesó el varón, menoscabado—. Lo último que se me ocurriría, es que uses tú la joya dañada. Conoces las consecuencias.
—De seguro debes de estar pensando que hago todo esto por culpa. Pero quiero que sepas que no es el remordimiento lo que me motiva a continuar a tu lado —aseveró Sancoeur, esperanzada—. De verdad, te admiro. Tanto como a Adrien. Apoyo tu causa porque la encuentro noble. Tú hijo, es como un hijo para mí. Aunque sé que nunca pueda reemplazar a Emilie.
—Aún sigues pensando en eso ¿Verdad? —manifestó el peliblanco, cabizbajo— ¿En lo que clandestinamente tenemos?
—Para mí nunca fue clandestino. Si no, un acto despojado del altísimo —reconoció Nathalie, esbozando una mueca grácil.
—Soy un egoísta. Un ególatra, narcisista, un maldito desquiciado. Y a ti no pareciera preocuparte en lo más mínimo el saber todo esto —le reprochó, importunado—. En el fondo estás consciente. Sabes que estoy desquiciado. E iré empeorando con los años. Aun así, tú…
—Ya basta de esta platica sin sentido —negó su asistente, entre papeleos liados frente al escritorio. Que ahora procura ordenar con indulgencia—. Será mejor que nos enfoquemos en las joyas.
—¿Lo habías notado, Nathalie?
—¿El que?
—Que tu corazón, también es una joya —declaró metódicamente el hombre. Sin un ápice de penitencia, la observa desplazarse por la alfombra—. Me he obsesionado con cada una de ellas. Y, sin embargo, no logro dar con la tuya.
—Estás siendo melodramático otra vez. No exageres…—siseó la chica, escondiendo timorata el colorete de sus mejillas.
—Nathalie. Esto es serio —le increpó el diseñador, sosteniendo sus muñecas con la intención de impedirle paso alguno—. Mírame. Mírame a los ojos y dime si esto es un juego o eres tú, interpretando una especie de rol como suplente.
—Tu no me amas —rebatió, agraviada— ¿De qué suplente hablas?
—Es cierto. No te amo. Pero te deseo —atestiguó Gabriel, de pómulos febriles—. Tu fidelidad hacia Emilie, enfermizamente se transformó en una fuente de pasión que no logro explicar con palabras. Provocas sensaciones masculinas en mí. Negarlo a estas alturas, es infantil. Lo que no comprendo, es por cuanto tiempo más pretendes engañarme con esta falsa modestia de la ayudante servil.
—No te pases de listo ni quieras insinuar que-…
—¿No me amas? —le interrumpió.
—Suéltame —chasqueó, palmoteando su mano en una tajante negativa indispuesta—. Si. Lo admito. Lo hago. Pero no de la manera que crees. Todo esto, lo hago por Adrien.
—Ya. Lo haces por Adrien —comentó, rezagado en un semblante irregular—. Entonces he de asumir que, si el día de mañana te pido que me apoyes en velar por su bienestar sin importar las consecuencias, me harás caso sin chistar.
—Cuestionar tus métodos, es parte de mi trabajo —farfulló, desalentada.
—Y sin embargo nunca lo has hecho. Así que, te lo pregunto una vez más —veredictó, huraño— ¿Te has enamorado de mí?
Que pregunta tan moribunda y blasfema. ¿Pretender que admitiera tales sentimientos, cuando a flor de piel eran más que visibles? No. Nathalie no era quien para hacer caso omiso a su orgullo femenino. Pero tampoco se jactaría de darle el placer de destruirla, en tales motivos de rechazo. Pues era más que obvio, que no siempre le avalaría sus locuras. La situación se diluía en un cumulo de cuestionables akumatizaciones e irremediable daño. Unos tantos, irreparables. Gabriel había causado mucho dolor a variadas personas, buscando revivir a su esposa. Si bien, se justificaba entorno a sus aspiraciones. No era su caso. Ella, muy consciente aún de los pro y contras, se rehusaba a continuar dándole en el gusto ciegamente como un perro faldero.
Fue de lo que quiso convencerse. ¿Por qué se le hacía tan imposible contradecirlo entonces? ¿Acaso no era sencillo de abordar? Furibunda, esa noche se retiró a su recamara con el amargo sabor de la derrota. Nathalie vivía sus propias batallas internas. Unas, que involucraban el infinito cariño por Adrien Agreste. Y de paso, las repetitivas palabras de Emilie, en forma de videos móviles. Solía repasarlos una y otra vez, en la penumbra de su cuarto. Ninguno que consiguiera darle paz. El primero, resultaba ser peor que el ultimo. Puesto que la aristócrata, se casó con Gabriel conociendo su oscuridad. Y el hecho de que se hubiese tardado tanto en descubrirla por sí misma, le causaba una profunda molestia. ¿Cómo mierda pudo ser tan ingenua? En momentos de agonía, contemplar la magnánima imperfección del Miraculuos del pavo real; trizado en variados surcos lograba calmarla. Apaciguaba un poquito el malestar. Pero en cuanto regresaba a sus cávales, la ira se la comía por dentro. Y para cuando concluía que debía detener su locura, siempre resultaba ser demasiado tarde. Pues un nuevo akumatizado aparecía y nuevamente debía portarlo a complacencia.
Nathalie se había sentenciado a morir. ¿La razón? Insospechada, en un comienzo. Hasta que un día, la luz de la esperanza tocó su puerta. O, mejor dicho, marcó su teléfono.
[…]
—¿Tienes un minuto? —exclamó Amelie, retraída. Esperando a que Gorilla acomodara su valija en el cuarto, añadió—. No te quitaré mucho tiempo.
Mansión Agreste. Conmemoración de la muerte de Emilie.
—Adrien está muy contento de ver a su primo Félix de vuelta —contestó Nathalie. Con el apático semblante de costumbre, también aguardaba a que quedaran a solas. Una vez conseguido, cerró la puerta tras de si—. Si, por supuesto. Aunque espero sea breve.
—Si. Lo entiendo. Imagino tienes muchas cosas que hacer con Gabriel, ahora que mi hermana no está —insinuó la rubia, suspicaz—. Antes que todo, me gustaría preguntarte como has estado tú.
—¿Yo? —redundó Sancoeur, extrañada—. Bueno…bien, supongo. Todo normal en casa, si es que Adrien te preocupa.
—Si. Lo cierto es que mi sobrino me preocupa. Pero no tanto como tú —insistió.
—No debes hacerlo. Tengo todo bajo control —señaló templada y de brazos contra la espalda, la asistente—. Me he encargado de su cuidado personal. Sus estudios, su alimentación, su vestimenta. Ha manifestado querer asistir a clases públicas como los niños ordinarios. Personalmente intervine para convencer a Gabriel de que lo dejase. Como bien sabes, mientras Emilie estaba con vida, ella-…
—Gabriel ya no es el mismo, Nathalie —reveló Graham de Vanily, contemplando el jardín trasero a través del ventanal. En él, divisa la estatua en honor a su gemela—. Sé que tú también lo has notado. No contesta mis mensajes. No asiste a las conferencias de prensa. Ni si quiera se muestra al mundo como antes. Temo haya perdido el juicio.
Nathalie capta de inmediato el razonamiento de la conversación. Es mucho más que solo un cuestionario simplón respecto a sus banales quehaceres del hogar. Arrinconada y un tanto acomplejada sobre que responder al respecto, se limita a contestar con mesura. Cualquier cosa fuera de tono que diga, podría ser usado en su contra en un futuro. Es la única que conoce la identidad de Hawk Moth. No es para menos. Carraspea, aclarando la voz. Intenta bajar el calor de la fragua, simulando normalidad acorde a lo tácito.
—Es natural que ya no se comporte igual. Enviudó —falseó, de voz metálica— ¿Acaso no pasaste por lo mismo?
—No quieras confundirme, por favor —debatió—. Se muy bien que estabas al tanto de mi matrimonio y sus acuerdos nupciales.
—Disculpa —corrigió la pelinegra—. No quise ofenderte…
—Gabriel es una figura del escrutinio público. Pero por sobre todas las cosas, es mi cuñado. Y parte de una familia que el mismo reniega ahora —tachó la rubia, cruzándose de brazos en el proceso—. Se rehúsa a devolverme el anillo de mi hermana. Joya que por lo demás, pertenece a la familia Graham de Vanily. Mis padres están algo molestos con el asunto. Lo cual por supuesto, abogo por la memoria de Emilie. Sin embargo…—añadió, fulminándola con la mirada—. No aceptaré que seas cómplice de sus malicias.
—¿Disculpa? —parpadeó, absorta.
—Te ruego por favor, no me obligues a caer en advertencias que no quiero darte —sentenció, huraña—. Emilie te las debe de haber cantado claras, mientras estaba con vida. Estuve ahí, cuando grabó los videos que te dejó. Lo único que quiero saber, es de qué lado estás realmente.
—¿Acaso ellas dos sabían que yo y Gabriel…? —tragó saliva, pasmada—. Y-yo…estoy del lado de Adrien, por supuesto. Siempre lo estaré. Es lo único que me importa ahora.
—Eres muy valiente, Nathalie. Y por eso mismo, te admiro. Llegaste a esta familia con una misión noble y sé que, de corazón, actúas entorno a pretéritos mutuos porque amabas a mi hermana —aclaró la ojiverde—. Eso no quita el hecho de que te guarde algo de recelo. Por cómo te comportas con él, en presencia de todos. Es demasiado obvio ahora, dado que ambas somos mujeres y conozco a la perfección el cómo funciona el corazón de una. Es por eso que tendré que insistir en el tema. Dime ya, que tanto Gabriel te manipula para hacer a conveniencia sus pérfidos planes.
—Dijiste que no me quitarías mucho tiempo —espetó, de ceño irascible—. Y ya alargamos mucho esto.
—Entonces responde rápido si no quieres que te haga demorar, tonta —gruñó.
Silencio sepulcral en el ambiente.
—Ok —asintió Nathalie, serena—. Realmente no sé qué es lo que esperas oír de mí. Pero si te sirve de confesión. Si. Es verdad. Gabriel cambió. Ya no es el mismo. Tiene muchas ambiciones. Extraña a Emilie. Se preocupa en demasía por Adrien, volviéndose un tanto sobre protector. No obstante, creo firmemente en que sus convicciones son nobles.
—Ya veo —suspiró Amelie. Había dado por sentadas todas sus inquietudes, con tan solo una miradilla de reojo—. Entonces, realmente terminó por lavarte el cerebro.
—¿Qué…?
—Nathalie. Quiero que sepas, que yo estoy de tu lado —aseguró la británica. Aunque por nada del mundo relajando el semblante. Al contrario, pretendía a todas luces, incomodarla si así resultaba necesario—. Siempre y cuando, siga siendo el de Adrien y mi hermana. Porque de lo contrario, tendré que combatirte. Y es algo que me dolería en el alma hacer, dado que mi hijo Félix adora a su primo hermano. Por lo que nos dejaría a ambas, en medio de una disputa familiar poco honorable. En pocas palabras —concluyó—. Si vas a estar dispuesta a congeniar con el enfermizo de Gabriel, no tenemos nada más que hablar al respecto. Lo primordial para mí, es mi familia. Eso no incluye a mi cuñado. Pero puede que, en un futuro, te incluya a ti. Siempre y cuando, te valores por sobre todas las cosas.
—Hablas con una metódica insensibilidad que me llega a helar los huesos ¿Lo notas? —sugestionó Nathalie, apabullada—. Amelie, no soy tu enemiga.
—Eso está por verse.
—A veces, algunas personas, crecen con pocas opciones —determinó, desorientada.
—Te lo concedería si fueras una persona inculta y poco confiable —bufó Amelie, entre dientes y nariz—. Pero vamos. No es tu caso. Eres incluso más capacitada que muchas otras, para contribuir a una preclara causa, por sobre egoístas finalidades. ¿Me explico?
Por supuesto que lo hacía. Nathalie, comenzaba a resentir los primeros adagios de una contienda perdida. Una causa empobrecida, sin fines de lucros. Más que la locura misma de un hombre fuera de serie. Uno que lamentablemente, amaba con locura por sobre su vida. Si tan solo hubiese tenido el coraje de contarle, el cómo estaba abusando al utilizar indiscriminadamente una joya dañada que ponía en peligro su propia existencia…tal vez todo hubiese sido distinto. La nota ya estaba ahí, en la palestra. La connotación misma a la podredumbre que se avecinaba. Nuevamente tardaría más de lo regular, para abrir los ojos. Darse cuenta de la realidad…
—Te explicaste sumamente bien. Alto, fuerte y claro —asintió Sancoeur, agachando la cabeza cual esclavo sumiso—. Y te pido una disculpa si mis respuestas no fueron del todo clarificadas. No nos conocemos tanto como quisiera. Es por eso que puede, sea mal interpretada en un comienzo. Espero que podamos mantener el contacto en un futuro no muy lejano. A veces siento que me hace falta una consejera.
—Una amiga, quizás —sonrió Amelie, jocosa.
¿Una amiga? Otra vez esa palabra, la traslada hacia tiempos amenos. Cuando creyó en el alma, haber encontrado una. Pero ¿Se puede seguir llamando así, cuando se acostó con su esposo? ¿Las amigas se traicionan entre sí?
«Amiga»
—Racconto—
—¡Jajajaja! ¡No puede ser! —chillaba la inglesa, escupiendo su té en el proceso. Dotada de una melancólica pero divertida anécdota del pasado, carcajeaba a lagrimones tras semejante ironía— ¿De verdad no se dio cuenta? Yo que tú, lo tiraba por el puente. O estaba ciego o estaba sordo. Quiero decir. ¿No percatarse de que te gustaba? Vaya bobo.
Emilie. Ella siempre tan elocuente. Divertida, grácil, empoderada, aventurera, dotada de mil y una narrativa de fábula. Mujer de cabellos de oro, mirada esmeralda, cejas de arco y labios que queman. El mundo debería haber llorado su partida. Gente como ella, es la clase de perdida que todos anhelarían lamentar. Sobre todo, para Nathalie. Que, en un principio, sacudida por su sed de ser madre, se vio capturada de un encanto personal. Uno que, en el comienzo, confundió por amor. Amor…de pareja.
—N-no fue tan divertido en un comienzo —relató Sancoeur, derrochando un rojo furioso de oreja a oreja—. Me da vergüenza contar estas cosas. Espero no creas que soy torpe…
—¡No lo eres! ¡Al contrario! —carcajeó la inglesa, más pueril que nunca—. Oye, eres una mujer increíble. Por favor, no te mires tan en menos. Eres valiosa y sumamente audaz. Si no fuera porque amo a Gabriel, sin duda me enamoro de ti. ¡Jajajaja!
Mi corazón palpitaba vigoroso como un tren en medio de una ruta descarriada. Sin frenos. Dispuesto a chocar de frente contra una maldita pared de concreto. Sin dios, puedo admitir que me gustaba…
—No te ofendas con lo que te diré ¿Sí? —siseó la arqueóloga, turbada en su propia cortedad—. Pero para ti es fácil decirlo. Eres guapa, inteligente y rica. Es natural que las personas se fijen en ti. Llamas la atención a donde sea que vayas. Eres como una princesita de cuento de hadas.
No supo que tanto le dijo. Pero Emilie reaccionó demasiado bien a su comentario. Lejos de profesarse ofendida, se mostró excelsa y complacida. Melindrosa, cogió sus mejillas entre dedos y sonrió, alegre. Iluminada por un haz de luz cándido. Incrédula, no esperaba recibir una lluvia de preguntas intimas que torpemente tendría que resumir.
—¿Eres virgen, Nathalie?
—Y-yo…—siseó, desviando la mirada con apremio—. Lo soy…
—Ya veo. Por eso sueltas tantos destellos de luz —admitió la señora Agreste, juntando su frente contra la suya sin animosidad de dobles intenciones—. Tú tienes algo que yo jamás podré ofrecer. Y eso es, el misterio a la duda. Porque todo lo que te llena y tienes para entregar, nadie jamás lo ha tocado o bendecido. No te restes. Vales tu peso en oro.
—¿Te arrepientes de haberte entregado a Gabriel?
—Un poco —confesó, risueña.
—¿Porque es hombre? —cuestionó Nathalie, estupefacta.
—No. Más bien, porque tal como dijiste, tenía todo para entregarle al mundo y finalmente, escogí concederlo a una sola persona sin experimentar un poco más allá —declaró Emilie, regresando a su postura inicial de pocos amigos—. Perdóname. Quizás pienses ahora que pretendía ser una suelta. Lo cierto es que ni por asomo lo intenté y siempre fui curiosa. Viviendo constantemente de sueños e ilusiones. Consumiendo aire pagano. Y creo que fue eso lo que ofendió tanto a mis padres. Es complicado, no poder encajar en un molde.
—¿De qué molde hablas? —no comprende, su compañera—. Si tú cabes en todos…
—Es...cuestionable —siseó Emilie, sirviendo dos copas de vino en el proceso. Una para ella y una para su compañera. A regañadientes, consigue que la beba. Ante ello, esboza con amor—. Nunca permitas que nadie te haga cubrir un hueco que no puedes llenar. Tú eres lo que eres. Y así, deben aceptarte y amarte. Ah…—suspiró, grácil—. Que alegría haberte conocido. Por unos instantes pensé que estaba sola en el mundo. Ahora puedo decir que no. Al menos ahora sé que mis gustos no son tan "exóticos" como mencionó mi padre.
—¿Exóticos? —cuestionó Nathalie, ávida.
—¿Te puedo contar algo? —le susurró la rubia, al oído—. Vamos, de amiga a amiga.
Era la segunda vez que oía semejante palabra. Estaba ansiosa por escucharla. Prestar atención. Dejar de lado mi trago que casi me había bebido entero de golpe y oir.
—Dime…—insistió Nathalie, sobre estimulada producto del alcohol.
—Creo que me gustan las chicas, también…—susurró la rubia, encantada.
Fue lo que le dijo Emilie a Nathalie. A partir de ese momento, nadie supo realmente que pasó a destiempo. Todo se tornó nubloso y acabó en algo que ella admitió ser un vacío que nadie llena. Solo se hacía más pequeño. ¿Era eso lo que se traducía a una amistad? ¿O en el fondo, se había convertido en la primigenia experiencia de sopesar ser una amiga? ¿Qué era entonces una amiga?
Ahora ya lo sabía…
—Racconto—
—¡¿Te acostaste con mi mujer?!
Gabriel entró en colera apenas se lo contó. Una reacción pseudo natural de quien no asume un adulterio. No por parte de él, claro. Porque lo ideal hubiese sido que asumiera que plausiblemente, no era la primera persona en su vida de quien se haya intimado con anterioridad. Creyó adjudicarse que lo erróneo, pudiese llevar a un solapado encuentro personal entre viajes. Más bien, se vio damnificado por la mentira. No tanto por el robo de castidad. Vamos, que tampoco era tan machista en el asunto.
—Emilie era mi amiga. La única que tuve —Nathalie se recogió de hombros, restándole importancia. La misma que el mostró con anterioridad—. Y la única que tendré, por lo demás.
—Claro. ¿Entonces ahora normalizamos tener sexo con los amigos? —farfulló, enajenado.
—No lo sé, Gabriel. ¿Normalizas el sexo entre jefe y subordinado como algo más loable? —cuestionó Sancoeur, de modo soberbio—. No me mires así. Me pediste honestidad. Es lo que te di.
—Basta. No quieras verme la cara de idiota —rezongó Agreste, liado. De cara a semejante verdad, se paseaba de un lugar a otro—. Ahora ya no sé de qué lado estas.
—Del único que siempre estuve, Gabriel —profesó la pelinegra, demasiado certera para negar lo contrario—. De Adrien y Emilie. ¿No fuiste tú quien me insistió en obviar lo natural?
—Yo jamás te pedí que almidonaras lo que teníamos —retozó—. Solo que lo asumieras.
—Lo acabo de hacer. Lo cierto es que he confesado que no fuiste el primero. El segundo, para ser exactos. Pero eso ya no importa ¿O sí? —arqueó una ceja, altiva—. Emilie está muerta.
—En coma —aseguró la fémina.
—Está muerta —berreó la arqueóloga—. Que tu no lo quieras aceptar, me resulta aún más doloroso para mi de lo que imaginas.
—Mi esposa jamás me hubiese sido infiel —sentenció el peliblanco—. Te dije que eliminaras esos videos de mierda.
—Pero no lo hice —carcajeó—. Ah. Claro. Emilie no puede. Pero tu si puedes ¿No? Que ironía —le increpó, iracunda—. Ya me cansé de hacerte caso en todo. No puedes seguir controlando la vida de Adrien. Agradezco que me hayas confiado el anillo, como parte de la alianza que el Amok construye. Sin embargo, querer mandarlo a Londres me parece una estupidez. No lo permitiré. Tu hijo ya ha creado una vida y amigos aquí en Paris.
—De seguro Amelie te lavó el cerebro —aguerro.
—No tanto como tú —espetó.
—Es suficiente —retozó—. Me devolverás el anillo. Ahora.
—Sobre mi cadáver —refutó la asistente. De cuatro pasos certeros en retroceso, farfulló entre labios—. Tenías razón. Te has vuelto completamente loco. Dejar que crees un mundo a imagen y semejanza de tu locura, sería traicionarme a mi misma. Y yo no-…
Las palabras no fueron suficientes. Creyó que un simple mareo producto del fulgor de aquella discusión, era lo que le hacía perder el equilibrio. Pero de un tiempo a esta parte, se había tornado tan recurrente el mareo, que concluir el mal uso de una joya dañada, era lo sensato. Nathalie perdió el conocimiento esa tarde. Una de las miles formas, de iniciar el conteo final al deceso. No era el rencor, su motor a vela. Si no la fallida promesa de proteger lo que ya no podía defender. Para aquel entonces, las advertencias de Amelie se habían transformado en un amargo tiktok contra el tiempo.
"Siempre hay una opción, Nathalie". Claro…si tan solo hubiese tenido la capacidad de mantener las fuerzas para combatir al que creyó, ser el amor de su vida.
Malograda, agonizó durante días en esa habitación. Que se había transformado en una cárcel, al igual que la cama y las frías paredes decoradas. Imágenes de un antaño glorioso, repleto de aventuras, noches de pasión y momentos anidados de melancolía. El silencio se convirtió en su mejor amigo. La aceptación, en su más fiel aliado. Era demasiado tarde para retractarse. Pensó, que ya nada tenía sentido. Hasta que la vio a ella. Ladybug, en persona. Incursionando en el cuarto de sombrías cortinas grises. ¿Una enemiga, tal vez? ¿La confidente religiosa que te invita a declarar pecados en busca de redención? ¿O una ínfima luz de esperanza?
Detrás de aquel antifaz carmesí, salpicado de motas negras. El horror personificado en tan solo una adolescente. Que, contra su voluntad, descifraba el más grande misterio de todos. La identidad de Monarca. Acomplejada, ansiosa, tímida. Escudriñaba respuestas con esmero. Sin embargo, Nathalie ya mucho no podía gestionar. Sintiendo su vida colgar de un hilo invisible casi universal y con el tiempo apremiando bajo dos remarcadas ojeras mortíferas, a duras penas confesó.
—Aún puedes resolver esto. Tienes que ayudar a Adrien. Y salvar a Gabriel de la demencia. Te ruego, lo liberes de este peso que carga en su corazón.
—Siento que he llegado tarde —manifestó la heroína, de torso inclinado hacia la moribunda—. Las consecuencias que esto puede traer, son letales para Adrien.
—Para el mundo, también —le recalcó Nathalie. Trémula, le extendía el viejo celular de Emilie—. Por favor, no pierdas la fe. Aún hay algo de luz en el…
—Estaba…enamorado —siseó Ladybug, entre pesarosas lágrimas. Los registros filmográficos, eran muy elocuentes—. Puedo entenderlo, en parte. Me pasa igual. Sin embargo, todo el dolor y los errores cometidos…
—No es momento para reproches. Tú, eres la única capaz de hacerle entrar en razón. Debes detenerlo —masculló Sancoeur, con claros signos de dolor físico—. Gabriel no es un mal hombre. Está perdido y desorientado.
—Mírate. Estas muriendo por su culpa. Pareciera que también has caído en el hechizo del amor —refutó Marinette, quitándose de los parpados las pocas muestras de empatía hacia el responsable de todo. Recobrar la voluntad, era primordial—. Quieres perdonarlo. Pero yo no sé si pueda.
—Tú no odias a nadie. Y nadie es tu enemigo —balbuceó la arqueóloga, esbozando una mueca endeble—. El mundo aún te necesita. Adrien, te necesita. Más fuerte que nunca.
—Haré lo que esté a mi alcance —aseguró la portadora de la mariquita. De puños firmes, comprometía su noble causa—. Para cuando vuelva, necesito saber si cuento con tu apoyo. ¿De que lado estás, Nathalie?
—Del único que…—tartamudeó, exhalando un ahogado gimoteo desconsolado—. Que siempre…yo…siempre…yo…estoy…
—¡¿Nathalie?! ¡Hey! —la zarandeó, infructuosa— ¡Nathalie! ¡No te duermas!
—Mi corazón…siempre será suyo…
¿Cómo inició todo esto? Una abatida pregunta a interrogantes sin origen. Es cierto. ¿Cómo y cuando comenzó? ¿Acaso fue con Tomoe Tsurugi? ¿O fue un poco más atrás...? Si tan solo hubiera podido recordar. Es una lastima que la muerte sea tan indolente y llamativamente desamparada. No hay segundas oportunidades del otro lado. Solo oscuridad, afonía y una infinita vastedad de la nada. La muerte…no es nada. No existe. Y nunca, existió. El alma se separa del cuerpo en un concepto biológico, terrenal. ¿Y la consciencia? ¿A dónde va a parar? Queda en lo onírico y ancestral. Nathalie Sancoeur, se ha ido.
Para siempre…
[…]
—¡Nathalie!
¿Eh? ¿En donde estoy? ¿No se supone que hace un rato estaba en cama? ¿Lo habré soñado?
—¡Felicidades! ¡Es tu primer hallazgo! ¡¿No te parece increíble?!
¿Quién es? ¿Sir Arthur?
Los periodistas no tardan en aglutinarse en la entrada de un templo abandonado; casi en ruinas. La mayoría, expectantes a lo que tengan que decir al respecto. Una cuña bastante improvisada, que refleja el amateurismo de los asistentes. Incluida, la protagonista de la noticia. Flashes van y vienen. El terreno es estéril y desolado. Solo hay arena, polvo, ventisca arrastrando partículas nocivas y el aroma de antorchas quemadas. El aceite hirviendo de un caldero anticuado. Reliquias adornando la primicia. El asombro altivo de quien parece ser, su mentor. Un hombre canoso de prominente barba y cinturón repleto de herramientas de excavación. No solo le aplaude, gracioso. Si no que también la abraza jocoso, dotado de excelsa admiración.
—No tengas miedo en admitir tus logros. Anda, disfruta el momento. Llevábamos meses buscándola. ¿Algo que decir al respecto?
—Y-yo…no…—pestañeó Sancoeur, pasmada. Entre sus dedos, una joya exótica de terminaciones doradas como el sol—. Creo que me ha tomado por sorpresa, maestro.
—Basta, no hace falta que me llames así, así. Finalmente, nuestros sueños se cumplieron —canturreó al son de una melodía arábica—. El anhelo de todo explorador, es hallar algo valioso en Egipto. Nos trataron de locos, pero ¿Qué saben ellos de la magia?
—¿Magia? —siseó Nathalie, recobrando la consciencia de lo sucedido casi al instante—. Es un Miraculous…
—El primero de muchos —confesó el varón, alzando los brazos con alarde—. Haz de imaginar. ¿Cuántas infinitas y misteriosas joyas se encuentran más allá del horizonte? Tú tenias razón. Estabas en lo correcto. El poder yace en el conocimiento. ¿Te sientes lista para compartirlo con el mundo?
—No…—declaró la pelinegra, apabullada—. Lo cierto es que no suena sensato revelarlo. La humanidad no estaría lista para aceptarlo.
—Respeto tu decisión, Nathalie —asintió el hombre. Pues ha aceptado la venia de su camarada y por nada del mundo, transgredirá su voluntad—. Es por eso, que te he dejado a ti la potestad de dar la entrevista.
—¿No es usted quien siempre la da?
—Esta vez, te toca a ti brillar —azoró, en un guiño picaresco—. Sorpréndelos. Y por favor, no caigas en adulaciones. Yo no soy más que tú. Eres finalmente, la mente maestra detrás de todo.
—Maest-…—corrigió, automáticamente—. Quiero decir, Arthur. Le ruego acepte mis motivaciones. La única razón por la cual me propuse seguirlo hasta los confines de la tierra, fue porque lo amaba y admiraba. Si le sirve de algo saberlo, yo por ust-…
—No soy el primero ni el ultimo, señorita Sancoeur —determinó el arqueólogo, certero. Le hubiese encantado no tener que caer en duras palabras. Pero permitirle expresar abiertamente sus sentimientos, entorpecería su profesionalismo. A regañadientes, tuvo que rechazarla. Y por lo pronto, añadió restado—. Te suplico no me mal intérpretes. Tan solo soy un viejo ácido que intenta exponencialmente explotar los talentos de una increíble mujer.
—Es una forma cruda de decir que no me corresponde…—murmuró la chica, desarmada.
—Lo hago —sentenció su mentor, desviando la mirada en el proceso—. Pero creo fehaciente que no soy la clase de persona que esperas que sea. Te conozco, Nathalie. Durante años, aprendiste de mí. Fuiste mi mejor alumna. La talentosa e intrépida Nathalie. Es eso mismo, lo que me invita a declarar que no voy a frenar tus ambiciones de libertad. Tú mereces una familia honrada, que crea en lo arcano con la pasión que tú profesas —añadió, de tono tranquilo—. Ahí afuera, te esperan mil y una aventura. De la mano de un buen hombre o una mujer que le dé propósito a tu alma.
—¿Propósito? —cuestionó, incomprendida— ¿Cuál es ese…?
—Cambiar el mundo. Y servir al prójimo —asintió con la cabeza, derrotado—. Nos volveremos a encontrar, algún día. Cuando seamos viejos, maduros, e irónicamente más lozanos que nunca. Créeme, no te vas a arrepentir.
—No me voy a arrepentir…—repitió, en voz baja.
Nathalie es arrastrada hacia el oscuro abismo de la realidad. Todo a su alrededor se vuelve soporífero y arduo de respirar. ¿Es esto un recuerdo o el remordimiento empírico, creando un perecedero futuro?
Gabriel Agreste. Emilie Agreste. Adrien Agreste. ¿En donde están? ¿Qué es lo que he hecho? Por favor, perdónenme. No quiero morir. Me rehúso a morir. Deseo volver. Estar a su lado. Vivir con ustedes en carne y hueso, todo el abanico de colores. Denme el chance de enmendar.
Los amo. Los amo mucho. Te amo, Gabriel. Te amo, Emilie. Te amo, Adrien. Si tan solo…
SI TAN SOLO…
[…]
—Tranquila. Todo estará bien —siseó Nathalie.
Sus brazos la envuelven con la ternura de un reconcomio maternal. A la que alguna vez fue la salvadora de parís. Ladybug. Alias, Marinette. La derrotada adolescente de 15 años se desprende de una fachada membruda. Se deshace y derrite contra su pecho. Busca la protección y amparo de una persona de confianza. Digna de su insigne amor. No es a su madre Sabine a quien recurre. Es a ella. El apego puritano de la complicidad. El mismo que ahora, ambas comparten. Pues las dos, dosifican un sentimiento imperecedero. La mentira y la culpa. Causa común de reservar un secreto doloroso, que no desean revelar.
—No lo conseguí. Fracasé…—murmuró Dupain-Cheng, amortiguando los sollozos contra su pecho—. Llegué demasiado tarde. El ya había tomado una decisión sin precedentes. No podía vivir sin la mujer que amaba y decidió unirse a ella en el otro plano. Si bien es loable, tengo sentimientos encontrados sobre ello. Porque en el fondo, cuestionablemente empaticé con su causa, aunque atentara contra mis principios. Como persona enamorada, lo entendí. Sin embargo…—agregó, entre hipos. Muy confundida—. No soy quién para juzgarlo ya. Me duele el alma, Nathalie. ¿Cómo se lo digo? Gabriel era Monarca. Y Adrien. Era su padre. El…
—No se lo dirás —sentenció Nathalie—. No eres tú, quien deba hacerlo. Creo que esa tarea me corresponde a mí.
—Puede que te odie…—insinuó.
—Estoy dispuesta a aceptarlo. Prefiero eso, a que todo el peso de la culpa recargue en ti —relató Sancoeur, apaciguando su angustia entre pulgares—. No voy a obviar el hecho de que fui su cómplice de perversidades durante años. Gabriel se comportó muy indulgente al permitirme vivir. Respiro, gracias a el —acotó, reprimiéndose sobre su eje—. El proceso será largo, Marinette. Lo único que te pido, es que te mantengas a su lado y lo alientes a ser mejor persona. Que pueda descubrir su verdadera razón de la existencia. Algo que Emilie y su familia hubiesen anhelado. Ella mejor que nadie…deseaba que su hijo fuese feliz.
—¿Sabes lo que eso significa? —sopesó Marinette, rehuyendo de su mirada con vergüenza y desolación—. Nos vuelve cómplices de una horrible mentira.
—Una que puedes medir porque confío plenamente en ti, sin demonizarla. Ya que bien soportas ocultar tu identidad al hombre que amas —aseguró la mayor, altiva—. Eres Ladybug. La guardiana y protectora de parís. Mas allá de que entienda que eres joven e inmadura, tendrás mi apoyo y solvencia por cuanto pueda dártela.
—¿No estoy sola…?
—No lo estas. Me tienes a mi —siseó—. Y…puede que también tengas más aliados de por medio, sin darte cuenta.
—¿Quién? —parpadeó, estupefacta.
—Félix, Amelie y un par de personas, también conocen la causa. Y si han decidido callar, no es por cobardía o temor. Simplemente respetan el proceso del duelo que yo, debo manejar —aclaró la pelinegra—. Solo te pido una cosa. Mantén el secreto sosteniendo el porvenir. Te prometo que cuando llegue el momento, me encargaré personalmente de libertarte de la carga.
—Algunas personas me juzgarán entre tanto —comentó la menor, temblorosa—. Puede que sea la villana de la historia.
—Lo harán. Pero créeme, no será desde el odio o la envidia. Solo la indulgencia de lo incomprendido —asintió con la cabeza—. No eres la mala. Pues en un mundo en donde el mismo universo no tiene moral, nadie más que tú puede encasillarse. Te prometo con mi vida, que protegeré a Adrien. No soy su madre ni pretendo reemplazarla. Solo…
—Solo te harás cargo. Ya entendí —completó la ojiazul, escamada y de camino hacia las escaleras—. Llévame al cuarto de los Kwamis. Es hora de liberarlos.
—Está bien…ven conmigo, Marinette.
Así, fue como Nathalie logró expiar parte de sus deslices. No del todo. Pero al menos, una deuda que no lograba saldar. Se recató de viejas usanzas. Acorde a lo que conocía. Pues si bien, no pudo proteger a resguardo a su propio corazón. Al menos lo haría a través de lo que alguna vez amo. Gabriel, lo era todo para ella. Emilie, lo era todo para ella. Si ya ninguno de los dos existía. ¿Qué quedaba a través del mañana? Adrien. Y, por consiguiente, el sentimiento seguiría vivo. Porque no importa lo que pase. No importa lo que acontezca. No importa si el mundo se destruye del aquí o el ahora. El mañana…resurge. Sin esperanza y ni un dios pagano. Solo un Miraculous. El niño milagroso. El prodigio. El resultado del más puritano amor. La fe.
O rastros, de el…
