Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)

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Capítulo 24 Me rompiste el corazón (cuando no sabía que tenía uno)

Proverbios 24:11:

«Rescata a los que van camino a la muerte, detén a los que a tumbos avanzan al suplicio».

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El viento cortaba el aire con violencia alrededor de Gohan mientras lanzaba un último golpe al vacío con tal cantidad de fuerza que hizo temblar el terreno bajo sus pies. Su aura dorada, brillante y peligrosa, envolvía su cuerpo con la intensidad que solo un Super Saiyajin podía desatar. El sudor le perlaba la frente, su respiración era agitada, pero su determinación era implacable: sabía que había llegado el momento.

El entrenamiento había sido incansable desde que logró dominar la transformación, batallando constantemente contra sus propios límites. Hoy, Gohan sentía que finalmente alcanzó el nivel de poder suficiente como para acabar con el androide Diecisiete. Esa era la meta, la única que importaba. Si lograba destruirlo y no conseguía acabar con Dieciocho, de todos modos, Trunks tendría una oportunidad real en el futuro… incluso si él no sobrevivía.

Pero había algo en ese pensamiento que lo incomodaba, porque morir no era algo para tomarse a la ligera. Antes existían las Dragon Balls, lo que brindaba una segunda oportunidad en caso de caer durante la batalla. Sin embargo, desde que Piccolo falleció, esa oportunidad ya no existía.

Gohan no le temía a la muerte en sí misma. Lo que temía era lo que dejaba atrás: amigos y familia —sinónimos para él en esas circunstancias—, Kioran… La oportunidad de hacer más. La sensación de quedar con algo pendiente. Quería ver un futuro más allá de la batalla, un futuro que no estuviera marcado solo por la sangre y el sufrimiento.

«Creo que estoy listo», se dijo, más para darse ánimos que otra cosa. Cuanto más lo pensaba, más se aferraba a la idea de vivir… no por él exactamente, sino por las personas que aún dependían de él. Por todos aquellos que depositaban sus esperanzas en él, sus sueños de vivir en paz, de reconstruir el planeta, de vivir sin miedo a perderlo todo en un solo chasquido.

Cerró los ojos por un momento, dejando que el viento que lo rodeaba se calmara junto a su energía. Bulma y Trunks… se tenían el uno al otro, en caso de que él faltara. Podrían estar bien.

Pero no podía ignorar el nombre que realmente latía en su pecho y sus sienes con insistencia: Kioran, esa hembra saiyajin terca, malhablada, de espíritu provocador que terminó siendo… algo más. Sonrió sin proponérselo, repasando algunos de los recuerdos más memorables que tenía con ella. Pasara lo que pasara estaría presente en sus pensamientos, como lo había estado en el último año. No podía evitarlo.

—Si muero... —murmuró para sí, abriendo los ojos para enfocarlos en el bosque que le rodeaba—, ¿se enfadará mucho?

No lograba anticipar su reacción. ¿Lo odiaría? ¿Se entristecería? En cualquier caso, sabía que tendría una lamentable gestión de sus sentimientos, como siempre, solo que él ya no estaría allí para ayudarla a canalizar lo que sentía.

Pero todo eso podía esperar. Si tenía oportunidad, le pediría nuevamente que se encargara de Trunks en caso de que él no pudiera hacerlo por sí mismo. Kioran no podría negarse a una petición como aquella.

Entonces deshizo la transformación, dejando que el aura dorada se desvaneciera a su alrededor. Su intuición le decía que no pasaría mucho tiempo hasta tener que enfrentarse a ese momento…

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Era lunes, martes o quizás sábado. Le importaba una mierda qué día fuera, ya no llevaba la cuenta de nada.

Después de haberse encerrado nuevamente en la monotonía de su casa cápsula, en donde el tiempo transcurría de forma lenta y asfixiante, Kioran simplemente pasaba los días vegetando sin hacer nada productivo, permitiendo que los nervios y el miedo se enroscaran en su interior como una serpiente apretando cada vez más. Sabía lo que estaba por venir, pero no podía enfrentarlo.

Todo había cambiado el día en que descubrió la verdad: la corrupción del pergamino la había hecho llegar un año antes de lo planeado, y ahora estaba condenada a ser testigo de la muerte de Gohan. El hombre que, sin que ella lo hubiera previsto, se había convertido en el pilar de su vida. Aún no sabía cómo procesar esos sentimientos, o si alguna vez sería capaz de hacerlo, pero lo único que estaba claro era que no podía dejar de pensar en él, en ese futuro trágico que se cernía sobre ambos.

La copia de la foto que Bulma le había dado terminó con la cara del marco hacia abajo, pues le dolía incluso verla. Desde el rincón en el que solía dormir, era como si Gohan estuviera observándola todo el tiempo, y sabiendo que cada día podía ser el último, ya no soportaba la sensación de pérdida. Era demasiado.

Ese día observaba por la pequeña ventana de su cocina por hacer alguna cosa, por matar el tiempo… y lo vio: el humo denso, negro, elevándose a la distancia. Las explosiones. El ligero temblor en el suelo.

Los androides habían vuelto.

El corazón de Kioran se detuvo por un segundo para luego latir con una fuerza inusitada, como si su cuerpo hubiera recibido una descarga de adrenalina.

«Es ahora… oh, mierda». El pensamiento reverberó en su mente, chocando con todas sus dudas, su miedo y su desesperación. Sabía lo que eso significaba, pero no tenía una decisión clara, no sabía qué debía hacer.

—Maldita sea... —susurró para sí misma, apretando una mano empuñada contra el vidrio de la ventana.

Podría quedarse allí. Podría… debía dejar que las cosas siguieran su curso… pero la sola idea de no volver a ver a Gohan, de no decirle algo antes de que fuera demasiado tarde, la consumía por dentro. ¿Y si no llegaba a tiempo? ¿Y si no podía hablar con él una última vez?

Incapaz de soportar la idea de quedarse quieta mientras todo se derrumbaba a su alrededor, corrió a su habitación, rompió el marco que guardaba la fotografía pensando en cómo se disculparía con Bulma después, y se la guardó en el interior de la camiseta que vestía bajo su armadura. Tiró lo demás al suelo y salió disparada de la casa, volando hacia el claro en donde siempre entrenaban.

—Rápido, rápido… —repetía, como si las palabras pudieran teletransportarla a su destino.

Le importaba una mierda si los androides podían percibir su energía, no se contuvo para nada mientras aceleraba. El miedo a ser detectada por ellos había desaparecido, porque nada importaba ahora más que ver a Gohan. Sentía las palabras atoradas en su garganta, como si necesitara decirle… no sabía qué exactamente, lo único que tenía muy claro era que no podía morir sin que hablaran una última vez.

Finalmente, el claro apareció en el horizonte, y su corazón se detuvo al ver la escena que se desarrollaba ante sus ojos: Gohan acababa de noquear a Trunks, dejándolo inconsciente en el suelo. La imagen le resultó inquietantemente familiar. Lo había visto antes, en el pergamino del tiempo, cuando observaba la corrupción desde la torre de control de los patrulleros en lo que parecía un siglo atrás. Era como revivir una pesadilla.

Su respiración se volvió errática al aterrizar. El miedo, la impotencia, y la rabia se entremezclaban en su pecho, haciendo que sus piernas apenas pudieran sostenerla.

Gohan se giró hacia ella en ese momento. Vio la desesperación en sus ojos, la forma en que alternaba miradas entre Trunks y él.

—No te preocupes —dijo con una calma que la desconcertó—, no se va a despertar pronto.

Kioran tragó saliva con dificultad, su mente girando a toda velocidad mientras intentaba asimilar lo que estaba ocurriendo. Cada segundo que pasaba, la sensación de déjà vu se hacía más intensa, más angustiante. No quería aceptarlo, pero tampoco podía negarlo más. Estaba presenciando el cumplimiento de aquel maldito destino al que tanto temía…

Entonces avanzó un paso hacia él, y Gohan no pudo evitar notar el temblor en sus manos. Su entereza parecía desmoronarse con cada segundo que pasaba.

—No vayas, híbrido. Por favor… —Su voz se quebró, temblorosa, tanto como sus extremidades.

Gohan la observó en silencio durante un instante, procesando el ruego que jamás había esperado escuchar de ella. ¿Por favor? ¿Cuándo Kioran había pedido algo por favor? Si todas esas frases —agradecer, disculparse, pedir algo— se le dificultaban como si pronunciarlas le costase la vida entera. Y ahora lo había hecho… ¿para pedirle que no se enfrentara a los androides?

Apreciaba el esfuerzo, pero ya tenía la decisión tomada. Diecisiete debía morir ese mismo día.

—Tengo que hacerlo —replicó en tono rotundo—. Quédate aquí con Trunks, asegúrate de que no me siga si no he vuelto.

Kioran soltó una exclamación entre dientes, su desesperación subiendo como una marea incontrolable.

—¡Él va a estar bien! —chilló, su voz aguda, nerviosa—. ¡Deja de preocuparte por eso! Pero, tú… tú…

Gohan volvió a mirarla, sorprendido por la vehemencia en su respuesta. Podía leer la angustia en cada uno de sus gestos, pero algo más profundo se asomaba en sus ojos. Entonces, la comprensión empezó a abordarlo lentamente. Recordó una conversación antigua con ella… borrosa, deformada por el tiempo que había pasado desde que lo hablaron… El día que Kioran llegó a ese mundo cambió el curso de su historia… Lo había olvidado por completo porque no era algo que tuviera importancia para él; sin embargo, un mes atrás ella descubrió que estaba en el año incorrecto. Eso quería decir…

—¿Por qué…? —preguntó, más como algo retórico que por falta de comprensión, pues la respuesta estaba clara, y no necesitaba escucharla—. Sí, ya veo —murmuró con suavidad—. No estás así por él, sino por mí, ¿verdad?

Kioran, incapaz de responder, agachó la cabeza y el temblor en sus manos se intensificó. Era la confirmación que Gohan necesitaba.

—Todo este tiempo… tu reacción el día de mi cumpleaños… cuando empezaste a evitarme… —El mestizo fue enumerando los hechos conforme los iba relacionando entre ellos, como las piezas de un rompecabezas—. Estabas tan desesperada… Yo creí que era por Trunks, pero… ¿en realidad estabas así por mí? —No pudo evitar sentirse halagado, algo que traspasó su voz.

De manera absurda considerando las circunstancias, se encontró recordando el impresionante estallido de celos de Kioran en contra de Silene, la chica del refugio de la región sur. Lo que había interpretado inicialmente como territorialidad saiyajin en realidad tenía otra explicación, la misma que él había decidido apartar…

Kioran siguió en silencio, sin dejar de temblar.

—Así que hoy es mi último día… —murmuró en voz baja. Ella se obligó a levantar la mirada y cuando lo hizo, lo encontró sonriendo. Era una sonrisa suave, llena de paz—. Tranquila, Kioran. Las cosas pasan por una razón —dijo en un tono que no correspondía con la gravedad de la situación—, y si mi destino es morir peleando…

—¡No! —Estaba al borde de la histeria—. ¡No tiene por qué ser así!

—… si ese es mi destino —continuó, ignorando su interrupción y marcando cada palabra con una calma que la desconcertaba—, entonces lo acepto. Porque significa que hay un futuro, aunque yo no esté en él. Significa que mi sacrificio no será en vano.

Con una última sonrisa, le dio la espalda. Estaba listo para ir a la batalla, para enfrentar lo que sabía que sería su final. Pero justo cuando se preparaba para despegar, sintió el peso su decisión sobre sus hombros. Por mucho que estuviera seguro de que ese era el camino correcto, el miedo a dejar tantas cosas sin decir, sin hacer; el miedo a abandonar a quienes dependían de él… le hacía vacilar.

Volvió a girarse hacia Kioran que seguía allí, temblando, jadeando, con las manos engarfiadas. Sus ojos, desorbitados por el terror, lo miraban como si estuvieran buscando una razón para aferrarse, algo que pudiera cambiar lo inevitable.

Con pasos firmes, Gohan se acercó cruzando la distancia que los separaba. Sin pronunciar una palabra, tiró de ella para abrazarla con más fuerza de lo que había planeado. Kioran no se resistió.

Apretó aquel cuerpo más pequeño contra su pecho. La sentía temblar, respirar de forma entrecortada, y deseó tener aún su brazo izquierdo; no para pelear con mayor destreza, sino para haberla estrechado aún más contra su cuerpo, para abrazarla con todavía más ímpetu, para fundirla por completo en él. Hundió el rostro en el hueco de su cuello, inhalando el aroma rebelde de su piel, una extraña mezcla de mar, hojas en invierno, libertad, y algo más... algo que no podía definir, pero que le llenaba de una satisfacción indescriptible. En ese momento, supo que ya no le quedaba nada pendiente. Ya no había arrepentimientos. Todo lo que necesitaba hacer antes de morir, lo había hecho. Su decisión estaba sellada.

Kioran se quedó inmóvil, rígida como una estatua. No sabía cómo reaccionar a un abrazo, mucho menos si ese abrazo venía de Gohan. El contacto de su cuerpo, tan fuerte y cálido, la hacía sentir diminuta, débil… sumisa. Era una sensación que la desarmaba desde siempre, porque no se limitaba a la evidente diferencia de altura entre ellos sino a algo más, ese algo que en ese primer entrenamiento apareció y lo aplastó enseguida por medio de su monumental orgullo. Se imaginaba devolviéndole el abrazo con tal intensidad que le quitaba el aliento, tal y como él lo hacía con ella. Pero por más que lo intentara, sus extremidades no respondían. Su cuerpo estaba atrapado en una maldita e inoportuna parálisis.

Quería llorar, gritar, chillar, lo que fuera que funcionara para que Gohan se quedara allí con ella. Sentía cómo sus ojos amenazaban con desbordarse, con derramar lágrimas que quemaban de pura angustia. Pero no podía. La costumbre de retener el llanto estaba demasiado arraigada, demasiado grabada en su ser. Incluso en un momento como ese no podía permitirse el lujo de quebrarse. No podía permitirse ser vulnerable. Llorar era para…

Y mientras su cuerpo seguía congelado, incapaz de moverse, Gohan se separó de ella. Demasiado rápido. Demasiado pronto.

El aire frío llenó el espacio que antes era ocupado por él. Kioran apenas pudo reaccionar cuando lo vio salir volando ya transformado en Super Saiyajin, dejando tras de sí una estela dorada. Lo único que pudo hacer fue quedarse allí, mirando cómo desaparecía, sus puños temblando, el silencio absoluto cubriéndola como una pesada manta.

«No…»

Lo único que pudo hacer fue rememorar una y otra vez el calor de su cuerpo, la intensidad de su abrazo… el roce de su mano contra su mejilla, que no sabía si era una invención desesperada de su mente o un gesto real.

«No, no, no…»

Su interior fue ganando fuerza, gritando cada vez con mayor desesperación.

«¡No! ¡Él no! Él no puede morirse… ¡No!»

El temblor de su cuerpo se intensificó. Su mente se desmoronaba bajo el peso del pánico. Sentía terror. Un terror profundo y primitivo, un miedo que nunca había experimentado con tanta claridad. Tenía miedo de perderlo. Miedo de ver cómo Gohan moría sin que ella hiciera nada para evitarlo.

Pero también tenía miedo de intervenir. Miedo de seguir alterando el curso de esa maldita línea temporal que no dejaba de consumirla. Había llegado a ese mundo un año antes de lo previsto, y su presencia ya había desafiado las reglas de la Patrulla del Tiempo. ¿Qué pasaría si intentaba cambiar el curso de la historia? ¿Qué clase de consecuencias tendría?

Y, por último, estaba el enfrentarse otra vez a los androides. Ella no tenía oportunidad de hacerles frente, incluso habiendo entrenado tanto, estaba lejos del nivel de Gohan. Sin embargo, todo aquello le daba exactamente igual ante la perspectiva de perderlo.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué él había aceptado su destino tan fácilmente? ¿Por qué no luchaba con más fiereza por su vida? ¿Acaso no quería vivir?

—¿Por qué? —murmuró Kioran, su voz un susurro apenas audible, como si las palabras fueran demasiado dolorosas de pronunciar.

La pregunta reverberó en su mente, sin respuesta. Solo quedaba el vacío, la soledad que dejaba su ausencia, y la desesperación que la consumía desde adentro. Sabía que él estaba caminando directo hacia la muerte. Y no había nada que pudiera hacer para detenerlo. O, peor aún, tal vez sí podía… pero no se atrevía.

Se quedó allí, inmóvil, con la mente y el corazón hechos pedazos. No podía decidir qué era más aterrador: perderlo o arriesgarlo todo para intentar salvarlo.

«¿Por qué? ¿Por qué?», repetía una y otra vez… Él no… Gohan no…

Gohan…

¡Gohan…!

—¡Gohan! —gritó, su voz quebrándose al borde de la histeria.

«¡Gohan, Gohan, Gohan!», siguió gritando su mente. Caminaba en círculos, jadeando como si el aire no fuera suficiente, el corazón desbocado golpeándole el pecho con furia. Se llevó las manos a la cabeza en un intento desesperado de contener la explosión interna que se avecinaba. Su cerebro, su pecho, su corazón... todo parecía a punto de estallar si no hacía algo, si no encontraba una salida a ese torrente de desesperación que la ahogaba.

—¡No!

Miró hacia Trunks, todavía inconsciente en el suelo. Su respiración era lenta, tranquila, totalmente ajena al infierno que estaba ocurriendo a su alrededor. Por un instante, Kioran sintió una punzada de envidia. Él no se daba cuenta de nada, no tenía que soportar la carga de lo que iba a suceder. Y sabía que, si lo dejaba allí, cuando despertara… cuando finalmente volviera en sí, solo encontraría el cadáver de Gohan.

—¡No! —chilló de nuevo, el dolor en su voz reverberando en el silencio—. ¡No puede morirse, no!

Se agachó rápidamente y levantó a Trunks, sosteniéndolo por la cintura. Lo arrastró hasta el árbol más cercano y lo dejó sentado con la espalda apoyada en el tronco. El contacto con su cuerpo inconsciente la descolocó por un momento, y sin poder evitarlo, le acarició el cabello de manera fugaz. Era ridículamente sedoso para alguien con sangre saiyajin, un detalle absurdo en medio del caos, pero por alguna razón ese gesto la tranquilizó, aunque solo fuera por un segundo.

Entonces, sin pensar demasiado, se inclinó hacia él y presionó sus labios contra su frente por un breve instante. El gesto le recordó a lo que su madre había hecho con ella antes de morir. Sintió que estaba despidiéndose de alguien que había llegado a apreciar mucho más de lo que habría imaginado. Trunks ya no era solo el «pequeño príncipe» que en unos años se convertiría en el «príncipe heredero», el líder de la Patrulla del Tiempo: era alguien muy importante para ella. Era su hermano menor.

—Pagaré el precio que sea necesario para que viva —le susurró mientras se enderezaba, su mirada llena de una determinación feroz—. Esta línea de tiempo lo necesita… Tú lo necesitas, futuro príncipe heredero.

«Y yo… también», pensó a regañadientes, mientras sus ojos se dirigían hacia el cielo, buscando la dirección en la que Gohan había volado. «No puede dejar de existir… él no».

Su respiración se volvió todavía más errática, pero sabía lo que tenía que hacer. No podía quedarse allí, esperando que el destino se cumpliera sin más. No podía permitir que Gohan muriera sin intentarlo, sin luchar hasta el último segundo. Aunque la aterraba, aunque supiera que las consecuencias podían ser desastrosas, no podía simplemente quedarse quieta.

Con el corazón latiendo desbocado y la mente nublada por el miedo y la desesperación, despegó del suelo para salir volando a toda velocidad, decidida a alcanzarlo antes de que fuera demasiado tarde.

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Gohan ni siquiera se molestó en anunciar su llegada. Aterrizó directo sobre la cara del androide Diecisiete, conectando una patada doble que lo mandó a volar contra una muralla destrozada.

Su hermana gemela, siempre aburrida, ahora se reía a carcajadas, burlándose de cómo le había quedado la ropa.

—Maldito… me gustaba mucho esta tenida —masculló el androide, saliendo de los escombros sin ningún daño—. ¿Cómo estás, Son Gohan? Aparte de… bueno. —Sonrió, señalando con un gesto vago la manga vacía de su brazo izquierdo.

—He entrenado mucho para este momento. ¡Te demostraré que puedo derrotarte ahora mismo!

Diecisiete soltó una risa burlona, moviendo la cabeza de lado a lado.

—¿Qué puedes derrotarme? —repitió, como si le resultara un chiste—. Siento desilusionarte, pero la última vez que luchamos en serio, no estaba usando ni la mitad de mi máximo poder…

Gohan apretó los dientes. Podía intuirlo: Diecisiete no estaba mintiendo. A pesar de todo el esfuerzo, todo el entrenamiento, todo el sacrificio… Diecisiete todavía lo superaba.

Pero rendirse no era una opción.

—¡No me importa! —replicó, su mirada encendida por la determinación—. De una forma u otra, terminaré con esto hoy.

Dieciocho, desde el fondo, bostezó con indiferencia, recostándose contra una roca mientras observaba la escena. Para ella, toda esa situación era poco más que entretenimiento. Dejaría que su hermano se encargara del asunto como siempre.

Diecisiete se limitó a sonreír.

—Eres persistente, te lo concedo. Pero, querido Gohan, tú sabes el final de esta historia, ¿no? Te arruinaré la sorpresa: termina con tu muerte.

Gohan inspiró hondo, permitiendo que la energía fluyera a través de él. Sentía el poder de la transformación corriendo por sus venas, una fuerza abrumadora que aún así no era suficiente. Pero esa no era razón para detenerse. Había llegado ante él para pelear, y lo haría hasta el último aliento.

—¡Yo no moriré! —exclamó, con una convicción feroz que resonó en el aire—. Aunque este cuerpo se destruya, habrá otro que se levantará para cumplir mi última voluntad… —Elevó su energía aún más, el aura dorada brillando con intensidad—. ¡Y los derrotará a ustedes, malditos androides!

La sonrisa de Diecisiete se acentuó; el brillo demente de sus ojos afilándose como el depredador que no necesita cazar, sino que mata solo por el placer de hacerlo.

—Veamos cuánto puedes aguantar… —Empezó a caminar hacia él, amenazadoramente.

Gohan se preparó, sabiendo que esta sería la batalla más difícil que jamás había enfrentado. Y aunque sabía que no tenía oportunidad, que esta sería su última pelea, no iba a permitir que el miedo lo paralizara.

El primer golpe de Diecisiete fue rápido, apenas visible, pero Gohan logró bloquearlo, el impacto resonó como un trueno. Los ataques continuaron, ráfagas de energía y golpes que sacudían el aire, pero Gohan resistía, su cuerpo respondiendo a cada movimiento, a cada ataque.

Poco a poco, Diecisiete empezó a aumentar la velocidad. Cada golpe lo empujaba más al límite, y Gohan empezaba a sentir cómo su cuerpo se debilitaba. No obstante, no se rendía. No podía. Pensaba en Trunks, en Bulma, en todo lo que había perdido, y, sobre todo, en Kioran. Ella no estaba allí, pero la sentía presente en su interior, como si fuera una fuerza que lo mantenía en pie.

Los ataques de Diecisiete comenzaron a acumularse. Gohan ya no podía igualar la velocidad ni la fuerza de su oponente. Estaba sangrando, sus músculos agotados, pero aun así no se detenía. Cada golpe lo hacía retroceder, cada impacto resonaba en su cuerpo, pero no importaba. Seguiría adelante.

—Vas a morir, Gohan —murmuró Diecisiete, mientras lanzaba una ráfaga de golpes que Gohan apenas pudo esquivar—. No hay manera de que puedas ganarme.

Pero Gohan no respondió. Su mente estaba enfocada en una sola cosa: continuar. La batalla, la destrucción, el dolor… todo lo llevaba a ese momento.

Diecisiete sonreía con arrogancia, alzando una mano para lanzar una ráfaga de energía que claramente acabaría con él. Gohan se preparó para el impacto, consciente de que ese era el final. Pero no se rendiría. Aunque supiera que no podía ganar, no se arrodillaría ante esos monstruos.

«Kioran», pensó, recordando el abrazo que le dio. «Trunks, Bulma…»

—Ha sido un gusto conocerte, Son Gohan. ¡Hasta nunca! —exclamó Diecisiete, antes de desatar la enorme explosión de energía.

En ese instante, justo cuando la muerte parecía inevitable, una barrera de energía se levantó frente a él, bloqueando por completo el ataque del androide. Gohan parpadeó, atónito, incapaz de entender lo que estaba sucediendo. Su respiración se detuvo por un segundo.

Y entonces sintió su ki, y la vio.

Kioran, envuelta en una feroz aura de energía, mantenía sus brazos extendidos, canalizando todo su poder en la barrera que lo protegía. Era la técnica «Bakumashōheki» que él mismo le había enseñado, pero nunca esperó que la usara de esa manera, y mucho menos para salvarle la vida en ese preciso momento. Gohan apenas podía procesar lo que veía. El corazón se le aceleró.

—¿Otra vez tú? —Diecisiete retrocedió, sorprendido por la repentina aparición de Kioran, frunciendo el ceño ante la interrupción—. ¿No tienes nada mejor que hacer?

Kioran no respondió al androide. Sus ojos estaban fijos en Gohan, el pecho subiendo y bajando con dificultad por la tensión.

—¿Por qué viniste? —gritó Gohan, su voz rota por la preocupación—. ¡Vete ahora! ¡No te quedes aquí!

Ella no respondió inmediatamente. Bajó la barrera, dejando que su energía fluyera libremente mientras avanzaba hacia él. Gohan podía ver la resolución en sus ojos, una intensidad que le resultaba tan familiar, pero que al mismo tiempo le dolía profundamente.

—Si tu destino es morir… —comenzó ella, sus palabras fuertes y decididas, aunque sus emociones estaban a flor de piel—. Si ese era tu destino, creo que el mío es impedirlo.

El impacto de esas palabras dejó a Gohan sin aire. La miró, intentando encontrar alguna señal de duda en su rostro, algo que pudiera hacerla retroceder, pero no había nada. Kioran estaba dispuesta a arriesgarlo todo por él.

—Oigan… —masculló Diecisiete, molesto por ser ignorado.

Dieciocho apareció en ese momento y le puso una mano en el hombro.

—Espera, no los mates todavía —le dijo a su gemelo—. Primero veamos qué pasa.

—¿Por qué?

—¡Porque es un momento romántico! No querrás arruinar algo así, hermanito —dijo en tono meloso.

—Tenías que ser mujer… —se quejó el de cabello negro.

—A ti lo que te falta es imaginación. —Una sonrisa sardónica se dibujó en su precioso rostro. Se inclinó hasta alcanzar su oído y empezó a susurrar—. Piensa en lo que será matarlos después de que ambos confiesen lo que sienten por el otro.

Diecisiete empezó a reír a carcajadas.

—¡Estás loca!

Ni Gohan ni Kioran prestaban atención alguna a la conversación de los dos sádicos androides; todo lo que podían hacer era observarse mutuamente, decididos, horrorizados, aterrados por el resultado de esa decisión, aunque por motivos diferentes. Era como si el mundo alrededor hubiera desaparecido por un momento, como si solo existieran ellos dos. El corazón de Gohan latía con fuerza, no solo por la batalla sino por la desesperación que lo llenaba al ver que Kioran se quedaba a su lado, sabiendo que podía perderla también.

—No hagas esto —susurró, intentando nuevamente evitar que interviniera en su destino—. Tienes un deber que cumplir.

Kioran apretó los puños con fuerza. Lo miró directamente a los ojos, sin vacilar.

—Yo hago lo que quiero —retrucó. La frase era dura, pero el tono sonaba a súplica—. Y lo que quiero es evitar que mueras… No me importan las consecuencias; no me importa nada, excepto que vivas. —Su mandíbula se apretó, las palabras que pronunció a continuación emergieron quebradas—. ¡Tienes que vivir, porque… p-porque yo necesito que vivas! ¡Y punto!

Como si se tratara de un espectáculo, Dieciocho observaba la escena con creciente curiosidad. Y Diecisiete, que no compartía el entusiasmo de su hermana, decidió que ya había sido suficiente.

—¿Van a seguir con este drama sentimental o van a pelear? —gruñó, dando un paso hacia adelante—. Me aburren.

La chica rubia puso los ojos en blanco, regresando a sentarse en la misma roca donde antes se había acomodado.

—De verdad, qué falta de imaginación… —se quejó para sí misma.

Gohan y Kioran se volvieron hacia el androide al mismo tiempo. Ambos sabían que estaban a punto de enfrentarse a algo mucho más grande que ellos, algo que podría destruirlos a ambos. Pero en ese momento, en medio del caos, el vínculo que compartían les hacía sentir casi bien.

—No te vas a deshacer de mí… idiota —le aseguró Kioran en voz baja, preparándose para la batalla.

Gohan no sabía cómo reaccionar a esa declaración. Por ningún motivo iba a permitir que muriera con él, eso estaba claro. Sin embargo… una innegable pequeña parte de sí mismo no podía evitar sentirse halagado porque ella había desafiado las reglas de aquella organización del futuro para salvarlo. Era algo completamente inesperado, y si ocurría un milagro y sobrevivían, tendría mucho tiempo para lograr que ella comprendiera lo que significaban sus acciones.

Pero eso solo sería posible… si vencían al androide Diecisiete, y si se las arreglaban de alguna manera con Dieciocho.

Ambos compartieron un último intercambio de miradas, como si estuvieran pensando lo mismo.

La pelea más importante de sus vidas estaba a punto de comenzar.

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N. de la A.:

¡Bienvenidos a un sábado más! A un sábado en el cual esta historia ya ha entrado en lo que sería la recta hacia el fin de este arco.

¿Quiénes se dieron cuenta que esta es la primera vez que Kioran pronuncia el nombre de Gohan? Siempre lo ha llamado solo «híbrido», pero hoy eso se terminó para ella. La última barrera terminó por caer.

Le tomó más de veinte capítulos XD pero llegó el momento.

¿Quién más notó la repetición de la frase «algo más»? La usé bastante para unir los sentimientos de Gohan y Kioran. Es un recurso narrativo con el que experimenté en este fic, y creo que me gustó el resultado. De hecho, no es la única frase que se repite. Es a propósito jajaja.

El discurso de Gohan, el reconocido «¡Yo no moriré!», lo saqué en este caso de la versión japonesa, ya que la traducción al español latino cambió mucho su significado.

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente…

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.