Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)

¡Nuevamente los invito a leer las notas del autor al final del capítulo! Ya que voy a explicar varias cosas de la trama ^_^

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Capítulo 22 Lo que no te dicen del destino (es que es una mierda)

Mateo 26:39:

«Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú».

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Una enorme fogata iluminaba el bosque sobre el cual el crepúsculo descendía con sus increíbles colores. Gohan y Trunks conversaban sentados alrededor del fuego, hasta que el familiar crujido de hojas secas les hizo dar vuelta la cabeza en su dirección, captando al momento una menuda figura emergiendo de entre los árboles.

Era Kioran que, con aire triunfal, cargaba sobre los hombros el cuerpo inerte de un jabalí salvaje absolutamente colosal; los colmillos curvados como dagas, y pelaje oscuro como el mar de noche. Su tamaño era tal que el contraste entre la bestia y la saiyajin, que apenas llegaba a la mitad de su altura, resultaba ridículo.

Con un salto ágil, aterrizó cerca de la fogata y dejó caer su captura con un golpe seco que hizo vibrar el suelo.

—¡Listo! —anunció con satisfacción, sacudiéndose las manos y sonriendo con orgullo—. Hoy se come como si fuéramos de la realeza saiyajin.

Los mestizos se quedaron mirando las absurdas proporciones de aquella bestia, luego la vieron a ella, y volvieron al jabalí. No sabían qué decir.

Trunks fue el primero en hablar.

—Oye, hermana mayor… ¿de dónde sacaste semejante alimaña?

—Del bosque, obviamente. —Puso los ojos en blanco con fastidio, extrañada de no haber recibido vítores por su caza exitosa.

—¡Pero es un monstruo!

—Por eso tiene un sabor delicioso. ¡Y ahora haz silencio, que no quiero quejas! —Acto seguido, se puso manos a la obra.

Efectuando unos cortes limpios en el estómago del animal solo con sus manos, Kioran comenzó a despellejar al jabalí con movimientos rápidos y eficientes. Trabajaba con la destreza propia de quien ha hecho esto innumerables veces, desmembrando y limpiando la carne con una facilidad que bordeaba lo inquietante.

Como sus traumatizados comensales seguían observándola con los ojos abiertos hasta lo imposible, volteó la cabeza hacia ellos sin ocultar su extrañeza.

—¿Qué? ¿Nunca han destripado su comida? —preguntó con total seriedad, volviendo la vista de su trabajo.

—No, gracias, la prefiero lista —respondió Trunks con un escalofrío visible.

—Eres un saiyajin lamentable, pequeño príncipe. Al menos el híbrido sí sabe cazar.

Tras varios minutos de sangre y desmembramientos alarmantes, Kioran terminó con el proceso y se puso de pie sacudiéndose las manos.

—Muy bien, ahora solo queda asarlo. ¡Ya sé! —Y salió volando hacia el bosque para reunir lo que iba a utilizar.

Volvió muy pronto con una gran cantidad de leña. Tras partir el jabalí en trozos que ella consideraba razonables, los embutió en diferentes palos que afirmó enterrándolos en el suelo y al medio de ellos, hizo una nueva fogata, esta vez más pequeña para que la carne no se quemara y así ir dándole vuelta con tranquilidad cada vez que fuera necesario.

—¿Quieres ser útil, pequeño príncipe? —El niño enarcó una ceja, no muy seguro de qué responder—: Tú te encargarás de vigilar la carne por un rato, luego cambiamos.

—Bueno… A ver si con eso se cocina más rápido —murmuró en tono de queja.

Caminó hacia la fogata y se sentó en el suelo, disfrutando el aroma de la carne empezando a cocinarse. Le resultaba bastante atractivo, no ganaba nada con negarlo.

Kioran asintió con un leve movimiento de cabeza y, sin más preámbulo, se dejó caer sentada al lado de Gohan. A diferencia de su manera usualmente brusca de acomodarse, esta vez lo hizo con más control, lo cual en sí mismo era un detalle inusual. Gohan lo notó de inmediato, más aún cuando ella inclinó ligeramente el rostro hacia él, bajando el tono de voz para asegurarse de que Trunks no la escuchara.

—Oye, híbrido —susurró lento. Gohan alzó las cejas en su dirección—. Ya se te pasó, ¿verdad?

Oh, no… No eso. Su rostro se tiñó de rojo en cuestión de segundos y su mano viajó directo hasta su nuca.

—Sí… —murmuró, algo avergonzado.

La escena del accidente irrumpió en su mente con una claridad alarmante, como si alguien hubiese rebobinado la cinta de su memoria y la reprodujera en cámara lenta, con efectos de sonido innecesarios y un narrador malicioso que enfatizaba lo peor de cada momento. Parecía algo sacado directamente de una comedia absurda… en donde el mayor perjudicado terminó siendo él.

Entrenaban como la mayor parte de las tardes, con Trunks observando atentamente e intentando anticipar los movimientos de Kioran, aprendiendo las estrategias que Gohan usaba para escabullirse de ella. Ese día, el objetivo de la mujer era inmovilizarlo, un juego que la frustraba más y más con cada minuto que pasaba pues sin importar la táctica que pusiera en práctica, Gohan era prácticamente intangible y se desvanecía en el aire cada vez que Kioran estaba segura de atraparlo por fin.

—Mantén la calma, no te desesperes —la aconsejó el mestizo, sabedor de que la paciencia no era precisamente una de sus virtudes, y por eso ponía especial énfasis en entrenar su temple.

Su recomendación cayó en oídos sordos. La saiyajin chasqueó la lengua con frustración y se cuadró en posición de combate.

—¡Otra vez! —espetó, colocando las manos en guardia con furia apenas contenida.

Gohan se le acercó e inclinándose para igualar su altura, entrelazó los dedos de su única mano con ella. Le permitió que empujara con toda su fuerza y cuando vio que se frustraba, la hizo retroceder con el propósito de que se viera en desventaja y cambiara de táctica. Ella respondió clavando los talones en la tierra para impedirle que siguiera ganando terreno.

—Así no —la corrigió Gohan, aflojando el empuje—, tienes que usar mi fuerza a tu favor. Cuando te mides con alguien físicamente más fuerte que tú, no intentes superarlo. Usa su impulso en su contra, así ahorrarás energía y conseguirás ventaja.

No estaba siendo una buena tarde para Kioran. Sentía que no lograba concentrarse en las indicaciones de Gohan y eso se traducía en un desempeño lamentable. La impotencia nubló su juicio por un instante, y al percibir que él dejaba de forcejear, pasó al contraataque de forma brusca y sin pensar.

Gohan, sorprendido por su agresividad repentina, intentó frenar su embestida, pero era demasiado tarde. Kioran lo impactó de lleno en el torso, haciéndole perder el equilibrio. Ambos se fueron directo al suelo en un caótico enredo de extremidades, polvo y el ruido sordo de un choque brutal.

Para cuando su mente logró procesar lo que había sucedido, Kioran estaba sobre él, sus manos aún entrelazadas con la suya por encima de su cabeza y sus respiraciones agitadas por el entrenamiento y el impacto.

—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja, porque al caer notó que ella se golpeó fuertemente el rostro contra su pecho. Le preocupaba que se hubiera hecho daño.

Ella se sentía algo aturdida, así que no respondió de inmediato. En el forcejeo su cara había golpeado sus duros pectorales y le dolió un montón, tanto que los ojos le quedaron lagrimeando y por su nariz, roja por el impacto, corría agua sin parar. Molesta porque en su retorcida lógica había sido Gohan el culpable de lo ocurrido, decidió vengarse limpiándose la cara en su gi. A ver si con eso se le quitaba lo idiota…

Un error fatal.

Apenas su nariz se hundió en la tela, un escalofrío le recorrió el cuerpo completo. Sintió que sus venas se incendiaban de golpe, como si alguien hubiera encendido una cerilla en un camino de pólvora. El calor la envolvió sin previo aviso, nublándole los sentidos, reduciendo todo a una única y devastadora realidad: Gohan olía demasiado bien. El increíble aroma a sudor limpio que expelía su piel siempre había llamado su atención, pero ahora, con la nariz enterrada en ese pecho firme debajo de ella, la percepción se le distorsionó hasta límites ridículos.

«No… puede… ser», se quejó en su fuero interno, sintiendo que su cerebro colapsaba sobre sí mismo como un nudo.

¿Por qué diablos su imaginación decidió, en ese preciso instante, reproducir la imagen de su rostro pegado al cuello de Gohan, aspirando su aroma como si su vida dependiera de ello? ¿Por qué sintió la imperiosa necesidad de recorrer esa mandíbula firme con los dientes, de marcarle el trapecio con un mordisco?

Paralizada por el caos de sus propios pensamientos, levantó el rostro de golpe y se encontró con la mirada de Gohan, que seguía observándola con preocupación genuina.

—¿Te duele mucho? —inquirió, otra vez en tono suave, con la vista fija en su nariz roja y húmeda.

«¡Pero… maldita sea! ¿No te das cuenta de lo que pasa?».

El calor le subió hasta la raíz del cabello y su rostro se convirtió en un farol encendido. Su respiración, que ya estaba agitada por el entrenamiento y la caída, se volvió irregular, casi audible, acercándose peligrosamente a un jadeo…

Intentó responder, pero lo único que salió de su boca fueron una serie de balbuceos ininteligibles. Nada. Cero. Absoluta incapacidad de comunicarse como un ser funcional.

Gohan ladeó la cabeza, ese gesto inconscientemente adorable que hacía cada vez que algo lo desconcertaba… y fue recién en ese momento que pareció notarlo: el temblor sutil en el pequeño cuerpo de Kioran. Su intenso sonrojo extendiéndose por su piel como una llamarada incontrolable. La manera en que su respiración se volvía errática, su boca entreabierta, los ojos brillando con algo que no supo —o no quiso— interpretar.

Y entonces, como si le hubieran lanzado un cubo de lava encima… su propio rostro explotó de rubor.

Era una catástrofe. Una absoluta, irrefutable y condenada catástrofe. Los jadeos; la presión de sus cuerpos, apretados en una posición que desafiaba la decencia; el calor que se acumulaba entre ellos, envolviéndolos como un campo de energía incontrolable…

Ambos parecieron recordar al mismo tiempo que no estaban solos. Con un sincronismo perfecto, giraron la cabeza en dirección a Trunks.

El muchacho estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, observándolos con la mayor tranquilidad del mundo, como si no estuviera presenciando una escena que definitivamente no debería ver.

—No se preocupen por mí, hagan como que no estoy —dijo con una voz tan relajada que solo le faltaban las palomitas de maíz para completar la imagen, agitando una mano despreocupadamente.

Kioran sintió cómo la vergüenza la atravesaba como una explosión nuclear. Su cerebro entró en pánico absoluto, y cuando Kioran entraba en pánico, la torpeza tomaba el control de su cuerpo con el único propósito de arruinarle la vida.

Soltó su mano con la misma desesperación con la que alguien se deshace de una sartén hirviendo y, en su apuro por quitarse de encima… aterrizó la rodilla con toda la fuerza de su peso justo en la entrepierna de Gohan.

El impacto fue devastador.

—¡Mierda! —gritaron Trunks y Kioran al unísono, aunque por razones completamente distintas; él por pura empatía masculina, y ella por saber que no iba a olvidarse de esa estupidez en toda su vida.

Gohan había terminado en posición fetal, agonizando su terrible dolor en el más completo silencio, sin emitir ninguna queja más que la respiración ahogada que intentaba mantener en una cadencia saludable para sus pulmones. Pero su diafragma y la parte baja de su vientre se negaban rotundamente a cooperar, privándole del oxígeno que tanto necesitaba…

El horror se instaló en la cara de Kioran.

—¡Resiste, Gohan! —exclamó el primogénito del príncipe Vegeta, que ya estaba al lado de su maestro dándole unas palmaditas en la espalda por hacer alguna cosa.

Kioran abrió la boca con la intención de disculparse, mas se le trabó la quijada apenas comenzó a articular la frase «Lo siento». Volvió a intentarlo, pero de su garganta no emergió más sonido que una serie de vocales sin ningún sentido. Se mordió el labio inferior, furiosa por su absurda ineptitud.

Gohan seguía encogido sobre sí mismo, en un estado de sufrimiento tan puro que Kioran sintió que si se quedaba un segundo más, iba a implosionar de la vergüenza.

—V-voy a cazar la cena, esperen aquí —balbuceó finalmente, pues lo único que quería era escapar de esa escena dantesca y compensarlo de alguna forma por lo ocurrido. La única manera que se le ocurría era a través de la comida. Tendría que bastar.

Se giró sobre sus talones y salió disparada hacia el bosque sin mirar atrás.

No supo cuánto tiempo pasó. Había estado tan concentrada en cazar el jabalí que, por un breve momento, su vergüenza se desvaneció entre la adrenalina de la persecución y la satisfacción de su victoria. Pero una vez que la criatura yacía inerte sobre sus hombros, el peso del recuerdo cayó sobre ella con la misma brutalidad con la que su rodilla había aterrizado sobre la entrepierna de Gohan.

Había transcurrido poco más de una hora desde el incidente. La turbación de haberle pegado en una zona tan crítica la distrajo lo suficiente como para no rememorar las circunstancias que los habían llevado a estar en esa posición en primer lugar, y era lo mejor, porque el cerebro de Kioran no habría resistido los dos hechos juntos al mismo tiempo en un solo pensamiento sin derretirse como una vela al fuego.

Y por eso estaba allí, junto a él, con la única intención de hacer lo que debía haber hecho desde el principio: disculparse.

Pero las palabras se resistían a salir.

—Yo… q-quería decirte que… —comenzó, hablando con la boca muy pequeña, como si cada vocablo fuera algo pegajoso — …bueno, ¡fue sin querer, no buscaba dejarte eunuco! —terminó escupiendo, más torpe que nunca.

Las carcajadas de Trunks estallaron en la distancia. Gohan enrojeció aún más. La vergüenza de Kioran alcanzó niveles históricos.

Luego de unos segundos de más incomodidad, el mestizo suspiró largamente sin dejar de frotarse la nuca. El único que lo estaba pasando en grande allí era Trunks, solo porque no había sido su entrepierna la que estuvo a punto de pulverizarse…

—Es una elección de palabras… interesante —balbuceó, sintiendo una leve tentación de reírse porque Kioran realmente parecía compungida… en su estilo, claro—. Gracias, supongo.

«¿Gracias?», se quejó la mujer en su fuero interno. «No… no es eso lo que deberías responder, idiota».

—¡L-lo que estoy t-tratando de decir es…! —Y se detuvo de nuevo, tartamudeando por inercia. ¿Por qué tenía que ser tan difícil echar fuera una frase tan ordinaria como «lo siento»?

Era absurdo. Su cuerpo entero gritaba arrepentimiento: desde los temblores en su cola hasta la rigidez con la que gesticulaba, su mirada errática y la tensión en su voz. Y Gohan lo sabía. La conocía demasiado bien.

Una media sonrisa brotó en su rostro sin poder evitarlo. Verla tan fuera de su elemento, tan perdida en su propio torbellino emocional, le resultaba… de alguna manera, entrañable.

Con un movimiento fluido, estiró el brazo y lo dejó caer suavemente sobre la cabeza de Kioran, dándole unas palmaditas amistosas. Ella cerró la boca al instante. Toda su furia, su frustración y su incapacidad de pronunciar una disculpa como lo haría un adulto común y corriente se evaporaron en el aire, dejándola atrapada en un limbo de incomodidad absoluta.

—Está bien, está bien —dijo él con suavidad.

Lo cual, para Kioran, lo hacía infinitamente peor. Ese hombre siempre se echaba al hombro todo de los demás, incluyendo su propia imposibilidad de comunicarse como un ser racional. Furiosa, no con él, sino consigo misma por ser incapaz de pronunciar dos malditas palabras, bajó la mirada y se mordió el labio con fuerza.

—Me tratas como a una cría…. —gruñó en voz baja.

Gohan retiró la mano, observándola con una intensidad que hizo que su piel se erizara. No… no la trataba como a una niña. De hecho, cuando estaban en el suelo, antes del desastroso rodillazo, estaba pensando en algo totalmente diferente…

—¡Oye, hermana mayor! —llamó Trunks, volteándose hacia ellos—. ¿Cómo sé cuándo girar la carne? Es que todavía se ve demasiado roja.

«¡Joder con este enano!», rugió Kioran en su mente pues notó al punto que la frase tenía doble interpretación. Chasqueando la lengua, se puso de pie enseguida y levantando polvo con sus zancadas furiosas, lo alcanzó en dos segundos y le encajó un coscorrón justo al medio de la cabeza.

—¡No han pasado ni cinco minutos, mocoso estúpido! —le chilló, aprovechando de desquitarse con él de todo su nerviosismo.

Gohan no aguantó más: se echó a reír cubriéndose el rostro con la mano. Cuando se trataba de ella, era imposible no hacerlo…

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Las puertas del salón de la Corporación Cápsula se abrieron de golpe, resonando con un eco que interrumpió la conversación casual que Gohan y Trunks sostenían esa mañana. Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo, sorprendidos por la repentina aparición de Bulma, quien entró en la sala con una expresión de pura euforia. Su cabello lavanda ondeaba en el aire con cada paso entusiasta, mientras sostenía en la mano un plano lleno de anotaciones y garabatos.

—¡Lo conseguí! —exclamó, su voz cargada de emoción—. ¡Por fin lo logré!

Trunks se puso de pie de inmediato, su cara de sorpresa transformándose en una sonrisa amplia. Gohan la miró con los ojos muy abiertos, intentando procesar lo que estaba ocurriendo.

—¿Qué es lo que conseguiste, mamá? —preguntó el chiquillo, incapaz de contener su curiosidad.

—¡La solución! ¡El último detalle que nos faltaba para que la máquina del tiempo funcione perfectamente! —anunció Bulma entre bombos y platillos, agitando el plano con entusiasmo—. Era el tanque de combustible. No estaba siendo eficiente, pero he dado con la fórmula exacta para que funcione al cien por cien.

—¡Eso es increíble, Bulma! —dijo Gohan también levantándose del sofá, claramente impresionado—. ¿Significa que ya empezarás a construirla?

—¡Exacto! —respondió ella, asintiendo con energía—. Así, solo quedará esperar a que terminen de desarrollar la medicina para la enfermedad del corazón de Goku. Pero, ¡tendré todo listo para ese momento! Y ustedes me ayudarán a encontrar los componentes que voy a necesitar para el combustible.

Trunks dio un pequeño salto de alegría, aplaudiendo a su mamá con orgullo. Gohan se permitió relajarse un poco también, sonriendo con genuina felicidad. Después de tantas dificultades y misiones peligrosas, finalmente había una noticia que celebraban sin reservas.

—Bueno, esto definitivamente merece un buen festejo, ¿no creen? —les preguntó la científica—. Podríamos hacer una cena especial. ¡Incluso invitar al viejo doctor amigo nuestro!

Gohan soltó una ligera risa.

—¿El doctor? No se perdería algo así por nada —comentó, pensando en el buen humor que ese hombre solía tener cuando acudía a las invitaciones de la mujer.

La energía positiva en la sala era palpable. Todo parecía brillar más, incluso el sol que entraba por las ventanas, iluminando los rostros de los tres, que por una vez se permitían disfrutar de una pequeña victoria en medio de tanta adversidad.

Gohan, sin embargo, notó una ausencia.

—¿Y Kioran? —preguntó, mirando a Bulma y a Trunks—. Creo que también deberíamos invitarla a unirse.

Bulma asintió con entusiasmo.

—Por supuesto, pero ya sabes cómo es ella con estas cosas —replicó, recordando las veces anteriores en que la guerrera se negó rotundamente a participar en eventos como navidad o año nuevo, argumentando que eran «puras ridiculeces»—. No le gustan para nada.

Gohan sonrió, anticipando la cara de disgusto que pondría. Pero a él no podía intimidarlo.

—Voy a buscarla. Quizás esta vez pueda convencerla.

—¡Mucha suerte con eso! —exclamó riendo.

El mestizo se despidió rápidamente y salió volando hacia la dirección en que percibía el ki de Kioran. Mientras avanzaba por el aire se preguntó si esta vez cedería y aceptaría quedarse para una pequeña celebración. Al menos, lo iba a intentar.

La ubicación del ki lo llevaba hacia el claro en donde siempre entrenaban. Descendió rápidamente y empezó a caminar, buscándola con la mirada. No la encontraba, pero podía percibirla muy cerca. Siguió caminando hacia la orilla, en donde el sonido de las olas golpeando suavemente la costa llenaba el ambiente, y el olor salino del mar le daba una sensación de calma… hasta que la vio.

Allí estaba, justo emergiendo del agua, y en cuanto su cerebro procesó lo que veía, el calor le subió al rostro como una llamarada. Kioran estaba completamente desnuda, su piel brillante por el agua, la luz del sol reflejándose en cada curva de su cuerpo. Gohan se quedó paralizado por un segundo, con los ojos abiertos hasta un punto imposible, y lo primero que atinó a hacer fue desviar la mirada.

Pero ya era tarde. Kioran lo vio. El rubor en su rostro fue inmediato, tan intenso que parecía que su piel iba a arder. Se zambulló de nuevo en el mar con un quejido ahogado, como si quisiera desaparecer bajo las olas. ¿Qué diablos acababa de ocurrir?

Su propia reacción también la tomó por sorpresa. ¿Por qué la avergonzaba tanto que él la viera sin ropa? Era lo mismo que ese día en que le suturó la espalda. No, no era igual: era mucho peor.

Sin proponérselo terminó recordando aquella lejana vez en que se había encontrado desnuda con Trunks en ciudad Conton y cómo trató de provocarlo para aparearse enseguida con él. Pero Gohan… algo era diferente. No podía ser descarada, ni coquetearle abiertamente. Era como si se transformara en una hembra distinta, ridícula, tímida, que buscaba la aprobación de su mirada…

—¡¿Qué haces aquí?! —gritó finalmente, su voz reverberando en la orilla mientras apenas asomaba la cabeza desde el agua.

—¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! —balbuceó él, sin atreverse a mirarla de nuevo—. ¡No sabía que estabas… que estabas…! —No terminó la frase, incapaz de siquiera pronunciar la palabra «desnuda» sin que su mente entrara en cortocircuito.

«¡Joder!», exclamó Kioran en su interior, respirando con dificultad. Ver a Gohan con la vista clavada en el suelo, rojo como un jodido tomate, la hacía sentir como si estuviera alucinando en cinco dimensiones.

—Discúlpame, de verdad… no imaginé…, bueno… —intentó explicarse el guerrero. Sus tartamudeos aumentaban de imprecisión con cada palabra.

Kioran, todavía sumergida en el agua hasta el nivel del cuello, percibía que el corazón le saltaba con una violencia que solo había experimentado… con él, maldita sea. Siempre con él.

—O-olvídalo —masculló, desviando la mirada hacia el agua hasta encontrar su propio reflejo. Y, como sentía la necesidad de rellenar el incómodo momento, escupió—: Seguro que has visto hembras desnudas mucho más bonitas que yo —sintiéndose peor por echar fuera una frase tan idiota.

«La verdad es que no», caviló Gohan sin llegar a verbalizarlo, mientras intentaba controlar el intenso sonrojo de sus mejillas.

Pasados unos segundos, ninguno se movía de su posición… hasta que Kioran, ya harta de todo, exclamó:

—¡D-date la vuelta!

Él le hizo caso de inmediato, girando sobre sus talones con tanta rapidez que casi tropezó con sus propios pies. Se quedó de espaldas a ella, con los ojos fuertemente cerrados, tratando de sacar la imagen de su mente… aunque no estaba siendo muy exitoso.

Mientras Kioran emergía de nuevo, esta vez con la calma suficiente como para salir con más dignidad, sus ojos cayeron sin querer en la espalda de Gohan. Y, por algún motivo que no se explicaba, se la quedó observando con detenimiento. Era una espalda ancha, firme, varonil, perfectamente recta y preparada para soportar cualquier carga del mundo. Algo en su interior se removió, como un pensamiento intrusivo que no esperaba, y antes de que pudiera evitarlo, sus ojos recorrieron esa espalda de forma involuntaria, como si la llamara. Se encontró de pronto anhelando trepar por ella como si fuese un monito para atraparla con sus brazos y piernas, asegurándose así de que no podría escapársele nunca…

«¿Qué diablos me pasa?», se reprochó, apretando los dientes.

Con un movimiento rápido y torpe, se colocó la ropa interior, luego la armadura y al terminar, dijo en tono forzado:

—Ya puedes voltearte.

Gohan lo hizo, con el rostro aún sonrojado, y ambos se quedaron mirando por un instante, claramente incómodos. Ninguno de los dos sabía bien cómo manejar la situación. Kioran intentaba recuperar su compostura, mientras Gohan seguía balbuceando disculpas.

—Ya cállate… y no comentes nada de esto o te mato —zanjó ella tratando de sonar casual, pero su tono brusco solo dejaba en claro lo incómoda que estaba—. ¿Qué es lo que querías?

—Ah, sí, cierto… —Gohan intentó organizar sus pensamientos, rascándose la nuca, aún sin poder mirarla a los ojos del todo—. Vine a buscarte porque… bueno, Bulma acaba de descubrir cómo hacer que la máquina del tiempo funcione correctamente. Quería que vinieras a celebrarlo con nosotros, vamos a hacer una especie de fiesta.

Kioran frunció el ceño, cruzándose de brazos.

¿Fiesta? Puaj, sabes que me desagradan esas cosas. Son ruidosas, esa «música» que les gusta a ustedes no tiene sentido, y… todo es estúpido.

Gohan sonrió con suavidad, conociendo su resistencia habitual, pero se inclinó un poco hacia ella, sus ojos amables y persuasivos. Aún podía percibirse un ligero sonrojo en su piel.

—¿Por favor, solo por esta vez? Hemos trabajado tanto, y creo que todos nos merecemos un pequeño descanso, ¿no crees? Además, estamos avanzando en el tiempo tal y como me dijiste que ocurriría… Eso es bueno, ¿no?

Kioran lo miró, aún con los brazos cruzados, sintiendo que debería rechazarlo como siempre hacía, pero algo en la forma en que Gohan la miraba la hizo vacilar. Terminó por gruñir para mostrarle su disconformidad, pero él supo que estaba por aceptar la invitación.

—Solo si hay mucho arroz… —dijo sin pensar, y luego chasqueó la lengua. Otra vez esa maldita frase que se prestaba para doble interpretación…

—Habrá todo el arroz que quieras —prometió con una risita, sonrojándose un poco mientras lo decía.

—Eres un idiota —espetó ella, girándose de inmediato y elevándose unos palmos para volar en dirección a la Corporación Cápsula—. Vamos de una vez.

Gohan la siguió, sonriendo aún. Aunque de manera torpe y complicada, había logrado convencerla.

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La sala de la Corporación Cápsula estaba más animada de lo habitual. Las luces brillaban cálidas, y en el centro de la mesa había una generosa cantidad de comida, cortesía de Bulma, que había decidido convertir el logro de su descubrimiento en una pequeña celebración.

Trunks observaba la escena con una leve sonrisa en los labios. Era raro tener un momento como ese: un espacio de calma, de risas y de sensación de esperanza en medio de un mundo que, día tras día, se desmoronaba un poco más. Desde su lugar en la mesa, veía cómo Gohan y Bulma conversaban animadamente sobre los próximos pasos para poner en funcionamiento la máquina del tiempo, mientras Kioran, sentada en un aparte, comía en silencio, pero con evidente satisfacción. El delicioso aroma de la comida llenaba el ambiente, y a Trunks le resultaba imposible no soltar una pequeña risa al ver a Gohan sonrojarse cada vez que Kioran se servía más arroz.

Los últimos meses habían sido especialmente difíciles, sin duda, pero también resultaron ser una oportunidad para ver cómo Gohan se hacía más fuerte cada día. Trunks tenía una fe inquebrantable en su mentor. Lo había visto entrenar hasta el cansancio, luchar contra la desesperanza y seguir adelante con una determinación que él mismo envidiaba. «Es solo cuestión de tiempo», se decía. «Gohan los va a derrotar. Derrotará a esos malditos androides y traerá de vuelta la paz».

Había algo en su fortaleza, en su espíritu, que siempre lo hacía pensar que él era el único capaz de revertir la destrucción. La presencia de Gohan le daba a Trunks una seguridad que no tenía en ningún otro aspecto de su vida.

Desvió la mirada hacia Kioran, observándola con más detenimiento, pensando en los cambios que veía en ella comparándola con la guerrera saiyajin que salvaron de la muerte. Al principio se mostró dura, impenetrable, siempre rodeada de una coraza que impedía a los demás acercarse. Pero ahora... ahora había algo diferente en ella. Era difícil de describir, pero Trunks podía notar que, especialmente cuando estaba cerca de Gohan, su actitud era cada vez más «amistosa», si es que ese concepto podía aplicarse a ella. Seguía siendo la misma Kioran ruda y terca, pero había momentos —cada vez más momentos— en los que bajaba la guardia.

«Es por Gohan», concluyó, notando cómo ella le dirigía miradas rápidas y luego apartaba la vista de inmediato, como si no quisiera que la pillaran. También vio cuando su maestro, con una sonrisa algo tímida, se acercó para ofrecerle otro plato de comida. Trunks no pudo evitar reírse cuando la vio fruncir el ceño y murmurar algo en voz baja antes de aceptar con un gesto brusco. Era evidente que no le gustaba la atención, pero tampoco la rechazaba del todo.

«Ya es muy obvio», pensó, con una ligera diversión. «Y yo que pensaba que la hermana mayor no podía ser más complicada».

Claro que, en cuanto a él, todo seguía igual. Se burlaba a su costa, sin dejar jamás de llamarlo «pequeño príncipe», «mocoso» y a veces incluso «renacuajo», y lo regañaba cuando hacía algo que, según ella, era estúpido. A pesar de todo, él apreciaba esa extraña dinámica. En realidad, la apreciaba a ella. Kioran era alguien a quien había llegado a respetar por su fuerza, su determinación e incluso esa personalidad impertinente. Era como tener una hermana mayor.

«Espero que no deba volver a su época tan pronto», pensó, su expresión volviéndose más seria por un momento. «Es divertido molestarla, sobre todo con Gohan».

El sonido de la risa de Bulma por algo que había dicho el médico lo devolvió a la realidad, y Trunks volvió a sonreír, notando cómo su madre, siempre tan optimista y enérgica, parecía más viva que nunca. Bulma era un foco de luz para todos ellos. La idea de haber encontrado finalmente una solución para la máquina del tiempo hacía que todo se viera reluciente. Si la máquina funcionaba, tal vez había una forma de cambiar sus destinos de una vez por todas.

Trunks tomó un sorbo de la bebida que su mamá había preparado, una mezcla de frutas que solo podían cultivar en las pocas áreas verdes que quedaban. Tenía un sabor delicioso. Por un momento, todos parecían olvidarse de la guerra que libraban cada día contra los androides.

—¿En qué piensas, hijo? —le preguntó Bulma de pronto, sacándolo de sus pensamientos.

—Nada, solo… que hemos logrado muchas cosas —respondió él.

—Sí, hemos llegado lejos. —Su sonrisa se acentuó—. Y si todo sigue así, pronto arreglaremos lo que esos androides destruyeron.

Trunks miró a su madre, admirándola una vez más por su fortaleza.

Sí… ese pequeño momento de celebración era solo el comienzo de algo más grande.

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El tiempo seguía pasando, y todo continuaba prácticamente igual. La rutina que habían adoptado Gohan, Trunks y Kioran se mantenía entre los entrenamientos, el rescate de civiles, y ahora también en conseguir las piezas que Bulma necesitaba para construir la máquina del tiempo. Si bien contaba con la mayoría, había unas cuantas que no tenía, además, el combustible que requería la máquina era un compuesto único que ella había desarrollado especialmente, por ello, había ingredientes que requerían ser conseguidos en regiones bastante alejadas. Cuando ese era el caso, los tres jóvenes viajaban con mucho cuidado de no toparse con los androides y obtenían lo que fuera que Bulma les hubiera encargado.

Un día, después del desayuno, Kioran estaba de pie en la entrada de la Corporación Cápsula disfrutando del aire fresco mientras observaba a lo lejos el horizonte desolado. Había algo en esa calma que siempre la ayudaba a despejar su mente, al menos por un rato.

Bulma salió poco después de ella con un brillo pícaro en los ojos. Se acercó despacio, como si planeara una pequeña sorpresa.

—¿Sabes qué día es hoy? —le preguntó de repente, rompiendo el silencio.

Kioran arqueó una ceja, sin entender la dirección de la conversación. No le gustaban mucho los misterios.

—No, ¿debería?

—Es el cumpleaños de Gohan —explicó, anunciándolo con una fingida seriedad.

El comentario fue como un golpe repentino que sacudió la mente de Kioran. La información la tomó completamente por sorpresa, y no pudo evitar fruncir el ceño.

—¿Su cumpleaños? —repitió, sorprendida—. ¿Por qué no me dijo nada?

Bulma se encogió de hombros con una sonrisa despreocupada.

—Así es él, nunca le da mucha importancia. Pero creo que sería bonito si le hicieras un comentario, algo especial, ya sabes. —Y le guiñó el ojo.

Ella no respondió, ya pensando en qué hacer para molestarlo. Así que su cumpleaños, ¿eh? Una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro. ¡Tenía que apresurarse!

Bulma la dejó sola, volviendo a la cocina con una actitud despreocupada. Kioran, en cambio, empezó a planear cómo iba a burlarse de él por no compartir su cumpleaños, omitiendo el hecho de que ella misma nunca anunció cuándo era el suyo. Claro que, en su opinión, una hembra no tenía por qué cumplir años si no quería.

Cuando por fin encontró a Gohan afuera de la Corporación Cápsula un rato más tarde, estaba en su posición habitual, de pie, observando el cielo. Parecía tan tranquilo, tan ajeno a todo. Kioran se detuvo a pocos pasos de él, con una sonrisa traviesa.

—¡Felicidades por tus veinticuatro años! Se podría decir que por fin eres todo un hombre —bromeó, aunque su tono desenfadado se topó con la tranquila corrección de Gohan.

—Acabo de cumplir veintitrés, en realidad.

—¡Sí, claro! —volvió a burlarse—. No digas tonterías, las mujeres somos las que nos quitamos edad.

—Estoy hablando en serio, de verdad tengo veintitrés.

La sonrisa de Kioran se congeló en el acto. Su cerebro dejó de funcionar por un instante.

—¿Q-qué? —Parpadeó, tratando de procesar lo que acababa de escuchar—. ¿Cómo…? —Un latido reverberó atravesando su pecho, el que ahora sentía como si tuviera un témpano de hielo.

No.

Algo no cuadraba.

No… no cuadraba nada.

La voz de Trunks, el patrullero, empezó a ganar fuerza en su cabeza. Parecía una radio mal sintonizada, pero el recuerdo fue muy claro: «Gohan murió un mes después de su cumpleaños número veintitrés».

No.

No…

¿Cómo iba a cumplir veintitrés recién si ya debería tener…?

Entonces, al recordar su llegada a ese mundo, una idea repentina brilló en medio del pavor que experimentaba.

—¿E-en qué año estamos…? —La pregunta salió entrecortada, su voz temblorosa, al igual que su cuerpo.

Gohan ladeó la cabeza, sorprendido por el brusco cambio en su tono. No entendía por qué parecía tan afectada por una simple aclaración.

—En el 780. ¿Por qué? —respondió, con un leve fruncimiento en el ceño.

Kioran sintió cómo el suelo se desmoronaba bajo sus pies. El mundo a su alrededor pareció perder sentido. Todo se volvió lejano y confuso, como si la realidad misma se estuviera desmoronando.

—¿Cómo…? P-pero yo llegué… —empezó a balbucear, tratando de conectar los hilos mentales, de encontrarle sentido a lo imposible que estaba ocurriendo. Su mente empezó a trabajar febrilmente, intentando cuadrar fechas.

Gohan no podía tener veintitrés años. Si estaban en el 781 como se suponía, él ya habría cumplido veinticuatro. Trunks fue muy claro. Era una fecha que tenía grabada a fuego porque fue la primera vez que él abrió un poco de su pasado para contárselo. Y ahora… ahora Gohan le estaba diciendo que se encontraban en el año 780.

El pánico la golpeó de frente.

«Mierda… ¡La corrupción del pergamino del tiempo! ¡Eso fue!», pensó con un escalofrío recorriéndole la espalda. El sudor empezó a perlar su frente mientras sentía cómo su estómago se hundía. «Llegué un año antes de lo que debía. Eso quiere decir que…»

«Gohan murió un mes después de su cumpleaños número veintitrés», le había dicho Trunks.

Su mente se detuvo de golpe, como alguien a punto de caer por un acantilado. No podía siquiera terminar la idea. No se atrevía. La verdad era tan dolorosa, tan brutal, que su cuerpo entero tembló bajo el peso de esa revelación: Gohan iba a morir. No en algún futuro incierto. No a causa de su intervención. No por culpa de los androides en algún momento, no: ¡iba a morir dentro de un mes! Y ella había pasado todo ese año a su lado, creyendo que había alterado su destino, cuando en realidad no había hecho una mierda.

«Gohan murió un mes después de su cumpleaños número veintitrés…»

—No… no puede ser… —murmuró, su voz apenas un susurro ahogado por el horror.

Todo había sido un error. Un estúpido error. Si hubiera prestado más atención, si hubiera sido más cauta, lo habría notado antes. Habría visto que no estaba en el año correcto. ¿Cómo no lo advirtió? ¿Cómo pudo pasar por alto algo tan crucial? Y ahora… ¿qué diablos iba a hacer?

Su respiración se aceleró, y de repente sintió que no podía respirar. Su pecho subía y bajaba rápidamente, intentando atrapar el aire, pero parecía que nada era suficiente. La desesperación se apoderaba de ella, sus manos temblaban descontroladamente y una de ellas viajó hasta su boca para presionarla, porque de repente sentía náuseas y el peligro de que devolviera todo el desayuno se hizo cada vez más real.

—¿Kioran? —La voz de Gohan la trajo de vuelta, haciéndola saltar del susto. Su corazón latía con fuerza desmedida dentro de su pecho.

No podía mirarlo. Si lo hacía, Gohan leería demasiado en su rostro. Vería la desesperación que se estaba gestando en su interior, la verdad que estaba a punto de consumirla por completo. Bajó la cabeza rápidamente y aferró su cola con ambas manos, como si el movimiento descontrolado de esta pudiera delatarla. Necesitaba escapar de inmediato, antes de que él pudiera adivinar algo.

—Me tengo que ir —soltó, la voz tensa, mientras sus ojos permanecían fijos en un punto lejano. No podía permitir que su mirada se encontrara con la de Gohan—. No me sigas.

—¿Eh? ¿Por qué…?

—¡Te dije que no me sigas! —gritó, con una brusquedad que ni siquiera ella reconoció. No podía soportar la idea de estar un segundo más cerca de él. No ahora que sabía que le quedaba tan poco tiempo.

Antes de que Gohan pudiera decir algo más, Kioran despegó del suelo y salió volando a toda velocidad, dejando tras de sí solo una estela en el aire.

Gohan se quedó quieto, observando cómo desaparecía en la distancia. Su mirada seguía el rastro que había dejado, y aunque no entendía del todo qué era lo que le pasaba, lo único que podía sentir en ese momento era una profunda inquietud.

«Está muy asustada», pensó, su pecho oprimido por la incertidumbre. Algo la había destrozado por dentro, ¡pero si solo hablaron de su cumpleaños! ¿Qué había de malo en ello? Además, ¿qué tenía que ver en qué año se encontraban, si todo seguía avanzando como ella le había contado el día que llegó? Eran demasiadas preguntas sin respuesta.

Se frotó la barbilla con lentitud. Probablemente era alguna cosa relacionada con su viaje a esa línea temporal. Quería saber lo que pasaba, pero no iba a presionarla por una verdad que, evidentemente, no deseaba revelar. Así que se limitó a quedarse allí de pie, con una expresión confundida en el rostro, incapaz de hacer algo más por ella.

.

.

Kioran cerró la puerta de su casa cápsula con un golpe que resonó en la estructura completa. Giró el seguro con manos temblorosas, asegurándose de que nadie pudiera entrar. Por primera vez desde que se instaló en esa casa, había puesto el seguro. Y por primera vez, no confiaba en sí misma.

El peso en su pecho era aplastante, casi tangible, y se dejó caer al suelo con las piernas dobladas, abrazándolas contra su cuerpo. Esa posición familiar que solía brindarle seguridad ahora no hacía más que resaltar lo diminuta que se sentía en ese instante.

Sus manos temblaban incontrolablemente, los nudillos blancos de la tensión al aferrarse a sus piernas. Su respiración era rápida y superficial, un jadeo que se negaba a calmarse, como si el aire le faltara. El eco de las palabras de Gohan retumbaba en sus oídos como una melodía terrorífica: «Acabo de cumplir veintitrés»; «Estamos en el año 780».

Un grito ahogado quedó atrapado en su garganta. Gohan iba a morir. Todo estaba sellado. El pergamino estaba corrupto y el destino no había cambiado. Kioran había llegado un año antes, creyó que lo salvó por error, pero solo terminaría siendo testigo privilegiado de su inevitable final. Todo lo que había hecho, todo lo que había vivido… no tenía ningún sentido.

Sus dedos se hundieron en su cabello, tirando como si eso pudiera arrancar los pensamientos que la devoraban. El dolor físico era insignificante frente al monstruo de su mente. Buscó algo que la anclara a la realidad, pero no había nada. Solo vacío. La certeza de su soledad la golpeó como una ola helada, dejándola pequeña, encogida, como una sombra de sí misma bajo el peso de esa verdad aplastante. Las lágrimas que había estado reprimiendo desde hacía años comenzaron a acumularse, quemándole los ojos, pero se negó a dejarlas salir. No iba a llorar. No podía permitírselo.

Entonces llegó la rabia. Rabia hacia el universo, hacia el destino, hacia la Patrulla del Tiempo, hacia el maldito pergamino. Su cuerpo temblaba de ira e impotencia, creando una tormenta que no sabía cómo controlar.

No sabía qué hacer. No sabía cómo detener lo que estaba por venir. Gohan moriría, y ella lo sabía. Lo sabía todo, y aún así, no podía salvarlo.

—Puta madre… —susurró entre dientes, su voz quebrada por la impotencia. Golpeó el suelo con la palma de la mano, pero la acción no le dio el alivio que esperaba. La rabia, la desesperación y el dolor se mezclaban en su interior, creando un caos que no podía controlar.

Un pensamiento sombrío, casi desesperado, se coló en su mente: ¿y si alteraba su destino? Tal vez si lo alejaba de los androides el tiempo suficiente, podría cambiar el curso de los eventos.

Kioran se mordió la boca hasta hacerla sangrar. No… no podía. Las reglas del tiempo, las malditas reglas que había prometido proteger no le permitían intervenir. Una cosa era cambiar el curso de un evento sin querer, como ella había creído todo ese tiempo. Otra cosa era hacerlo deliberadamente.

Deliberadamente quería evitar que Gohan muriera… y no podía.

Apretó los ojos, como si con ello el oscuro futuro dejara de existir. Su deber era proteger la línea temporal, no cambiarla, pero, ¿cómo iba a protegerla si estaba a punto de hacerla pedazos? ¿De destrozar todo en ella?

¿Cómo, por dios? ¿Cómo?

En aquella habitación en penumbras, Kioran no sabía qué haría, ni cómo enfrentaría lo que estaba por llegar. Solo sabía que estaba sola, atrapada en un futuro que quería, pero no debía cambiar.

Y por primera vez en lo que parecía un siglo, se sintió completamente rota.

.

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N. de la A.:

¡Hola, mis queridos lectores! Bienvenidos a este capítulo en donde todo, todo ha dado un giro.

Partimos con un poco de fanservice, y terminamos con este plot-twist que, en el mundo de Dragon Ball, es completamente factible XD

Vamos por partes: al principio tenemos este momento vergonzoso entre ellos. El entrenamiento que sale mal (o bien, depende de cómo se mire), Kioran dándose cuenta de cuánto lo desea, y bueno... lo siguiente que pasó XD casi reventándole las joyas de la familia. ¡Adiós a la descendencia Son! Jajajaja.

Lo siguiente es ese encuentro en el que ella está desnuda. Aquí hay una revelación fundamental: Kioran admite para sí misma que no puede coquetear con Gohan como lo hizo con Trunks, o básicamente con cualquier otro macho que hubiera llamado su atención. El hecho de que ella haya pensado en ese detalle lo cambia todo. Kioran es consciente de su atracción por él. Lo que no sabe es que también lo ama. ¿Por qué? Porque el amor no es una emoción que pueda reconocer. El deseo sí.

Y después... bueno, la gran revelación. El momento en que todo se va a la mismísima mierda misma. ¿La verdad? Siempre supe que esto pasaría, es una de las primeras cosas que imaginé de la trama cuando la creé. Una saiyajin como Kioran perfectamente podría estar un año sin saber exactamente en qué año se encuentra, porque es algo que sí tiene sentido en el mundo de Dragon Ball XD

La verdad es que fui dejando pequeñas pistas a lo largo de los capítulos, sutilmente mencionando de manera no explícita que Kioran estaba en un año diferente al que ella creía. La más «evidente», entre comillas, fue la foto.

La foto que tenía Trunks Xeno se tomó cuando Gohan estaba vivo. Kioran, que en esta línea temporal se toma la foto con ellos, nota el parecido entre ambas versiones. Ahí está la clave de esa escena.

Hoy es el primer capítulo en que Kioran pierde absolutamente la razón. Ella está... sin saberlo, está a punto de tirarse por un barranco de cabeza, cosa que siendo saiyajin no la mataría xD pero la metáfora está. Kioran va a entrar en una espiral bastante perturbadora.

Y no les digo más, porque eso lo veremos en el siguiente.

Si leíste hasta aquí, ¡recibe todo mi agradecimiento!

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente...

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.