Capítulo IV
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Renacimiento
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Dos años, tres meses.
Himawari bramó cuando Hanabi alcanzó a cerrarle un punto de chakra en su costado. Fue tan intenso el golpe que arrastró sus pies por la tierra, aún con la posibilidad de mantenerse firme. Una roca hizo que su talón se aferrara a ella y así detenerse. Rápidamente hizo señas con las manos para hacer un jutsu de sellado para un campo de fuerza que le impidió a su tía llegar con otro ataque de taijutsu Hyuga. A la mujer le dolieron los dedos al toparse con el obstáculo, así que comenzó a dar patadas que lanzaron impulsos de chakra con el fin de romperlo, sin tener éxito.
En la primera oportunidad en que la peliazul notó que el cuerpo de su tía aún no tocaba el suelo por su último golpe de chakra, deshizo el jutsu y atacó con la palma soltando gran parte del chakra de viento que poseía, haciendo que la castaña cayera estrepitosamente y sin embargo evadiera los demás ataques similares de su sobrina.
Hanabi sacó un kunai de su bolsillo y lo lanzó. Himawari, con la precisión del byakugan activado, agarró el kunai que en ese momento estaba a la altura de su rostro, le pegó un sello explosivo y lo devolvió a su dueña.
A la matriarca del clan se le abrieron los párpados al máximo antes de huir de la explosión.
Cuando se disipó el humo, Uzumaki vió a su contrincante del otro lado entre divertida y molesta.
–No se permiten explosivos cuando estamos a lado de la mansión.
Himawari inclinó su espalda hacia adelante.
–Lo siento. Me entusiasmé.
Hiashi las observaba desde el pasillo de madera de su casa. Se levantó y con un gesto de su bastón las invitó a pasar al interior, dando por concluída la batalla.
Dentro, rodeado de paredes de papel de arroz excepto por aquella que daba vista a donde habían peleado hace unos instantes –un terreno plano pero con algunos árboles alrededor–, se sentaron en el piso con apenas un cojín sosteniendo sus posaderas alrededor de la mesa. Sonaron los insectos en comunicación con el aire húmedo y sofocante característico del calor en abundancia. Tomaban el descanso comiendo un aperitivo mientras un poco de viento les soplaba gracias al aparato que Hanabi había comprado para su padre, quien al tiempo habló como si los recuerdos de juventud hubieran inundando su mente:
–Verano...
–La mejor época del año –adelantó sarcástica la castaña echando aire con el abanico–. Deberíamos tomar un baño en algún arroyo.
–De ninguna manera Hanabi.
–¿Por qué? No tiene nada de malo –retomó ante el quejido de su padre. Sabía que él podía ser un poco... Anticuado–. ¿O es que acaso te da miedo meterte al agua en ropa interior?
–Ya estoy muy viejo para recriminar tu insolencia. –Hiashi comió el rollo de canela sin tomarse la molestia de mirar a su hija–. No quiero que alguien me vea y piense que el ex patriarca del clan Hyuga es un pervertido.
–Nadie lo creerá, Otou-sama. Todo el mundo nada en ropa interior.
–Yo nunca. Existe algo llamado pudor.
Hanabi chasqueó los dientes.
–Olvidemoslo. Estamos fastidiando a Hima-chan.
La susodicha, absorta por el tipo de comportamiento que sus parientes mostraban entre ellos, se sobresaltó y negó con un movimiento airado de los brazos.
–Para nada, no es así. –Luego de un momento se complació al ver a Hiashi degustar minuciosamente su reciente creación. Sabía que en los gustos culinarios de su abuelo no estaba el sabor dulce, mucho menos un rollo de canela, no obstante... Era ella, su abuelo no le negaría nada a su nieta–. Por cierto, sé que aún faltan treinta días para el Tanabata pero... –Tragó saliva cuando su tía la miró fijamente–. ¿Querrían ir con nosotros?
El aire del ventilador se dejó escuchar, dio brisa a las cabelleras de los Hyuga hasta hacerlas caer cuando cambió de dirección hacia el fondo de la pared.
–Con nosotros te refieres a...
–A mí, a Boruto, Kawaki y papá.
El rostro de circunstancias de Hanabi no fue buena señal para la Uzumaki.
Su tía aún no perdonaba a su padre. A decir verdad Himawari no entendía el por qué. Había pasado el tiempo y él se había redimido. La relación con su padre nunca había sido más fuerte como ahora. Pese a ello, por alguna razón eso no valía para Hanabi. Evitaba hablar de él y con él a toda costa. Naruto se había vuelto una sarna que la mujer Hyuga no se podía quitar ni aunque quisiera.
Himawari tenía la esperanza de que la relación entre ellos mejorara con aquella salida en familia.
–Mm. No lo sé Hima. Es que... Sabes que ahora que soy líder del clan, estaré más ocupada en relaciones diplomáticas y...
–Es el Tanabata. Nadie va a una festividad como esa a hacer tratos diplomáticos, Hanabi-obasan.
–El clan Hyuga...
–Por favor.
La chica de marcas en las mejillas suplicó con sus ventanas del alma salidas del cielo. Aquello removió incómodamente el corazón de Hanabi, por lo que se levantó del suelo, caminó hasta la puerta de papel y la abrió.
–Lo pensaré.
Hiashi y Himawari se quedaron con el ventilador como único testigo de la sobriedad que había adoptado repentinamente la nueva matriarca del clan.
Él carraspeó suavemente:
–Tranquila, al final aceptará si le insistimos. –Bajó la mirada a la mesa, reflexivo–. Se hace la líder fuerte y resuelta de los problemas, aún y cuando nunca toca el tema. –De repente, sus arrugas pesaron más, mas sus huesos siguieron ligeros cuando dijo–: Aún le duele.
Himawari comprendió.
Con una sonrisa algo apagada pero que no se dejaba doblegar por la amargura, gateó hasta llegar a lado de su abuelo.
–Oji-sama, ¿irás?
Fue cuando el hombre le devolvió el gesto.
–Iré. Hace tiempo que ninguno de esos mocosos se pasa por aquí. Sería bueno pasar un momento grato en familia.
Hiashi sintió los brazos de su nieta rodearlo repentinamente.
Himawari soltó aire de sus pulmones en pequeñas risas.
–Así que mis roles de canela son buenos.
Él asintió.
–Son muy buenos.
–Y jugarás en los juegos del Tanabata conmigo.
–A sostener pescados en una tela de arroz si es necesario –añadió.
–También escribir deseos y colgarlos en los árboles.
–Beber una copa de sake con tu padre no estaría mal.
–Y molestar a Boruto con tus abrazos.
–Como todo abuelo debe hacer.
–O darle consejos de vida a Kawaki hasta que ponga mala cara.
Hiashi hizo una mueca.
–¿Tengo que hacerlo? Es un muchacho algo... Peculiar.
–Es lo que todo abuelo debe hacer con sus nietos. –Alzó la ceja con clara provocación de que no echara para atrás sus propias palabras.
Suspiró derrotado.
–Es cierto.
Las aspas del ventilador sonaron más fuerte, las cigarras en los árboles frente a ellos igual lo hicieron, mas el ruido acalorado, contrario a lo que el universo quería, los llenó de una fresca calma.
–¿Te duele? –preguntó Himawari, escuchando el latido en el pecho de su abuelo.
Las arrugas pesaban, pero los huesos seguían ligeros.
Hiashi acarició la coronilla de su cabello azul con plenitud.
–Ya no.
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...
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Dos años, cuatro meses.
–Jaque mate.
–¿Sabes? Comienza a ser aburrido cuando ganas por quinta vez –protestó Boruto recargado en los inicios de la pared de madera.
Recordaba que los juegos de estrategia contra Shikadai solían ser más entretenidos porque al menos le daba pelea. Ahora sólo bastaban entre diez movimientos o menos para que Nara lo venciera. Ni siquiera llevaban una hora sentados en el pasillo que daba a la parte trasera de la casa hacia el bosque de los venados.
–No es mi culpa que entrenar tanto te haya freído el cerebro. –El pelinegro se rascó los delgados pelos de su barbilla con mofa.
–Eso debería decírtelo yo a ti, que tu cerebro tiene tres veces más músculo que tu brazo.
–El cerebro no es un músculo, idiota.
–¿Entonces qué mierdas es?
–Por Kami, Boruto. ¿Estás bien? Hablas como un polluelo de trece años. –Las comisuras de los labios de Shikadai se alzaron. ¿Cuándo fue la última vez que lo vió con esa actitud juguetona?–. Me agrada.
Boruto rió.
–Tú eres un abuelo de diecinueve años.
–Igual tú. –Lo inspeccionó de arriba a abajo–. Mírate, ya eres tan alto como el Séptimo.
–¿En serio?
La verdad es que no se había percatado de ello. Claro que si lo pensaba bien, diría que su frente ya rozaba con la de su padre, claro, además de la de Kawaki, aunque curiosamente el más alto de ellos era Mitsuki, tanto que incluso sobrepasaba a Sasuke. Su hermana por otro lado le sacaba dos pies de altura, aunque ya era toda una joven mujercita.
O al menos ella así le recalcaba a Boruto cada vez que él la trataba aún como su hermanita pequeña, consentida y algo terrorífica.
–Ese árbol no estaba allí –retomó Boruto con curiosidad.
–Claro que sí, sólo creció desde la última vez que viniste.
Había pasado el tiempo; era extraño, porque le parecía que había pasado tan rápido y tan lento a la vez. Boruto había hecho lo que debía, quedarse en la aldea y fortalecerse. Y aún y con lo que sabía de la profecía y de la probabilidad de que tal vez –como decía Sarada– los Otsutsuki no volverían... Igualmente algo en su interior le decía que se quedara, aún y cuando extrañaba tanto viajar hacia otras aldeas y biomas distintos. Era un aspecto que desde que se hizo Genin disfrutaba demasiado, tanto hasta llegar al punto en que a los dieciséis quiso irse con el rival y amigo de su padre por quién sabe cuántos meses o años.
Tal vez cuando su maestro encontrara algo más sobre los Otsutsuki y tuviera la certeza que jamás vendrían a Konoha de nuevo, entonces saldría y lo primero que haría sería correr, correr y correr hasta más allá de las colinas de la Tierra de Fuego, hasta que sus pies no pudieran más.
Escucharon a la voz de Temari desde el otro lado de la casa llamarles para comer.
–Vamos, o se pondrá de mal humor –suspiró Shikadai.
Llegaron al comedor donde sentado Shikamaru se derretía de cansancio sobre la silla.
La comida estaba aún caliente sobre sus platos. El matrimonio Nara los había esperado para comenzar.
–He pensado en comprar una casa –mencionó sin mucha importancia Shikadai.
–¿Dentro de los terrenos Nara? –preguntó su padre con el mismo tono, tomando una cucharada de su sopa.
–Si todavía hay terrenos disponibles.
–¿Y tú Boruto? –preguntó de repente Temari–. ¿Planeas independizarte?
–No lo sé. –Sinceramente no tenía idea. Tal vez Shikadai tenía razón y su cerebro estaba en decadencia, porque poco o nada había pensado sobre el futuro y su equivalente a independizarse de su familia. Curiosamente, a diferencia de hace dos años, que havía querido irse en la primera oportunidad–. Me siento cómodo ahora. –Sí, por ahora la sensación de entrar a su departamento y encontrar a su familia allí lo hacía sentir muy, muy bien–. Probablemente en uno o dos años más comience a considerarlo.
–Entiendo. Bueno, al menos Shikadai podrá ahorrar dinero suficiente con el sueldo de Jonin que ahora tiene. Si es que no lo malgasta en tonterías.
–Gracias, mamá. Agradezco el apoyo.
Temari tomó el pescado con sus palillos y lo masticó apacible, sin prestar atención al sarcasmo de su hijo.
–Escuché por ahí que ya dominas el modo sabio –pronunció ahora el hombre Nara.
Boruto pensó que era obvio de quién lo había escuchado.
–Sí. Así es.
No hace mucho que pudo perfeccionarlo. Ahora podía sentir la energía natural como su padre, sin signo alguno de que su cuerpo tuviera rasgos de sapo.
–Bien por ti –devolvió Shikamaru con ánimo escondido entre la flojera que le daba destrozar el pescado con sus dientes.
–¿Cómo está el aderezo? –Preguntó la rubia seriamente. Los varones supieron que su respuesta debía ser la esperada por ella.
–Oh, bien. Al punto.
–Fantastico, fantastico.
–Te quedó delicioso.
La señora Nara asintió, recogió su respectivo traste y se dirigió al lavabo.
Los tres en la mesa esperaron un par de segundos para juntarse de oreja a oreja en un círculo susurrante.
–¿Lo consiguieron?
‐No –respondió su hijo con severidad–. Media aldea conocía la oferta. Se las llevaron todas.
–Maldición. –Shikamaru se tomó del cabello con frustración.
–Pero encontramos algo mejor –susurró Boruto, para luego sacar algo de su bolsillo y ponerlo sobre la mesa. No habían cumplido su misión, claro que al menos hallaron una salida para el Consejero del Séptimo–. Tres noches en las aguas termales en la Aldea de la Cascada. Incluye comidas, hospedaje y una sesión de spa en pareja con un tratamiento facial de lujo.
–¿Tratamiento facial? –A Shikamaru le dio un tic en el ojo. De ninguna manera querría usar pepinillos en los párpados, mucho menos que alguien le tocara los pies en una pedicura–. ¿Es necesario que sea en pareja?
–Sí, o no les aceptarán la promoción para el masaje de espalda –indicó el menor de los Nara.
Shikamaru apretó el puño.
–Problemático. –Tomó el boleto y leyó brevemente los datos del mismo. Luego los miró nuevamente–. ¿Cuánto?
Les había dado el dinero por adelantado. Lo había estado ahorrando desde hace meses para un hotel exclusivo en las costas entre la Tierra de Fuego y la Tierra del Viento. Lamentablemente, muchos maridos habían planeado lo mismo que él.
Boruto tragó fuerte.
–El doble de lo que nos diste.
–Me debes dinero, por cierto –advirtió Shikadai.
Los ojos de Shikamaru se volvieron blancos. Cerró los párpados.
–Ah... –Exhaló hasta el último aire en sus pulmones y guardó el boleto en el bolsillo de su gabardina–. El veinteavo aniversario lo vale.
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...
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Dos años, cinco meses.
–¿Qué te pasa? No pensé que fueras tan débil.
–Cinco minutos –espetó con cansancio Kawaki a la gran serpiente.
Aoda sacó su lengua con molestia y se retiró de la caverna para meterse en un lago asediado por los rayos del sol.
Kawaki, después de horas de esfuerzo continuo, echó su cuerpo al suelo húmedo.
Una gota de sudor salió de una hebra de su cabello oscuro, se deslizó por la frente para llegar a su torneada barbilla y de ahí bajar al hombro hasta la musculatura de su brazo, deslizarse por su dedo anular y estancarse en el anillo con el remolino Uzumaki en su centro.
Kawaki lo colocó frente a él y lo miró con detenimiento.
Fue su primer regalo de cumpleaños.
Rojo y arremolinado. El único símbolo que significaba algo para él. Lo demás carecía de sentido y valor. Pero al final, no era totalmente parte de él. No como los verdaderos Uzumaki.
Por eso creía que no había logrado afinarse a los sapos. Desde que invocó a Gamatatsu, tuvo roces con él y las demás ranas que le presentaron. Sin embargo, la catarsis que indicó que no iba a llegar a algún lado fue cuando empezó a entrenar el modo sabio. Al no poder compenetrarse con la energía de los sapos, hacía que en los intentos de transformación se sintiera asqueado, sumamente irritado y agobiado por la forma en que recibía la energía natural.
–Estás demasiado tenso –le había dicho Boruto–. Mantente firme en el control de tu chakra, pero también vulnerate un poco, hombre.
Sobra decir que esas palabras empeoraron su humor cien veces más.
Intentaron durante semanas hasta que la situación colmó la paciencia de todos. Kawaki se rindió, pensó que no estaba hecho para eso. Entonces su hermano llegó con una idea: Hablar con Sasuke para que Kawaki intentara hacer un trato con las serpientes, invocarlas y luego negociar para que le enseñaran su modo sabio.
El Uchiha aceptó sin demasiada vacilación. El verdadero problema fue convencer a Aoba-sama.
Primero la serpiente había negado saber acerca del modo sabio. Luego de insistir varias ocasiones confesó que sí conocía cómo llegar a él, aunque era muy valioso para las serpientes, un sacrilegio el compartir ese conocimiento con los humanos, por lo que ni aunque viniera por petición del propio Sasuke, Aoba aceptaría enseñarle a Kawaki. Un día, sin embargo, la serpiente accedió ante el Uchiha a enseñarle con la intención de que Kawaki pudiera desistir gracias al agresivo entrenamiento, creyó que así sería más fácil de hacer desaparecer las numerosas insistencias.
Y creyó mal.
Porque para su suerte, Kawaki prefería la costumbre de los golpes, la deshidratación y la helada caverna que pasar un minuto más en el monte de los sapos.
Escuchó el peso arrastrarse detrás de él, entonces se levantó.
Sentía algo de mareo por el veneno que Aoba le había incrustado. Fuera de eso, estaba listo para seguir.
–Vamos.
Su maestro serpentino le tiró zarpazos con su cola, Kawaki las esquivó retorciendo su tronco, saltando alto y adelgazando su fornido cuerpo, cual serpiente. Ante el entorno agresivo, tenía que concentrar su chakra, dejar que el veneno inundara su sistema sanguíneo sin que éste lo absorbiera por completo, mientras se concentraba en absorber la energía natural.
Cualquiera diría que era más difícil que aprender el modo sabio de los sapos.
Para él no. El ardor del veneno, la frialdad de su cuerpo buscando un poco de calor y la violencia escamosa de su ser que lo empujaba a ser como una serpiente: lo hacía sentirse como en casa.
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...
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Dos años, seis meses.
Mentiroso.
Naruto Uzumaki era un mentiroso.
Oh no, ni siquiera se le cruzó por la mente hacer algo como eso. No, no. Sólo había ido a ese lugar por mera curiosidad. Oh no, Kawaki no debería ir a esos lugares y hacer esas cosas de adultos, no, no, no.
No.
Naruto Uzumaki no era ese tipo de persona.
Y sin embargo, la primera vez que sucedió su pecho se llenó de una furia dolorosa, en su garganta se formó un nudo de culpa y sus lágrimas estuvieron repletas de una añoranza que nunca se cumpliría.
El respetado Séptimo Hokage. El admirable Naruto Uzumaki...
Se acostó con una mujer.
No.
No sólo una.
Varias mujeres.
Después de la primera vez llena de remordimientos, de sentimientos de infidelidad y de inmerecimiento del placer carnal que no podía compartir con el amor de su vida... Las siguientes veces se permitió olvidar y sentirse hombre.
Iba al bar del Muro Este transformado en un pálido pelinegro las noches antes de sus días libres, justo después de salir de la Torre Hokage, para no afectar su tiempo en familia. Y aunque nunca dejó de sentirse asqueado cada vez que entraba al lugar predilecto de quienes buscaban las aventuras, cuando se enredaba en los brazos de una mujer desconocida perdía el sentimentalismo hasta que terminaba el acto.
¿Cuántas llevaría?¿Once?¿Quince mujeres?
Al sentir un hueco en su alma al finalizar, sabía que era la señal para levantarse de la cama del motel de inmediato. De hecho, eso estaba haciendo ahora. Se subió los pantalones, se colocó la blusa y sus sandalias ninja mientras la fémina bajo las sábanas detallaba su singular actitud.
Salió del motel que casualmente se encontraba a un par de cuadras del bar. Normalmente iría a su casa a dormir, sin embargo, la necesidad de aclarar sus pensamientos esa noche, lo guió hacia la academia, al mismo sitio donde solía sentarse cuando era un niño odiado y rechazado. Se meció en el columpio que, como si fuera una tradición, colocaron después de la gran destrucción de la aldea por el líder de Akatsuki.
Miró a la luna y la luna lo miró a él.
–¿Qué pensarías de esto? –le preguntó el rubio.
Entonces notó una presencia que se venía ya acercando a su lado.
–Así que no soy el único que va tarde a casa.
–Iruka-sensei. –Sus zafiros se abrieron y las comisuras de sus labios se ampliaron–. Veo que has estado ocupado.
–Es la una de la madrugada. ¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo.
–Quise dar una vuelta-ttebayo. –Naruto lo miró avergonzado, como si hubiera sido atrapado en una travesura.
Iruka lo observó detenidamente, reflexivo. Al ser profesor de niños tanto tiempo, había adquirido la suficiente experiencia e intuición para saber que algo no andaba muy bien.
–Cuando vienes aquí, es porque tienes algo importante en qué pensar. ¿Quieres hablar de eso? Tal vez te haga bien hacerlo.
El Séptimo masajeó la parte trasera de su cuello.
–Es complicado.
Las canas que Iruka había adquirido no eran en vano. Su corazón era comprensivo, sobre todo con Naruto.
–Tranquilo, no te juzgaré.
Iruka se sentó en la piedra a lado del columpio. Los hombros de ambos se tocaron en un confortable apoyo.
Naruto intentó formular cuidadosamente sus preocupaciones en palabras. No había marcha atrás, aunque tenía el presentimiento que de una u otra forma su apreciada figura paterna se decepcionaría de él.
–He estado yendo a un bar. –Miró de reojo a Iruka. Lo diría lento y seguro–. Es un bar que está en el Muro Este de Konoha.
–Oh. –Para sorpresa del rubio, vió entendimiento en la mirada del hombre–. Sé de cual hablas.
–¿Lo conoces?
–Fui algunas veces hace bastante tiempo. –Un poco de tinte se asomó en sus pómulos arrugados al decirlo. Naruto estaba incrédulo–. No es algo de lo que debas avergonzarte. Eres un adulto. Si es algo que necesitas, está bien.
Insólito. Su profesor y figura paterna, el primero que le había enseñado sobre las prohibiciones shinobi, le estaba diciendo justo en ese momento que lo que él hacía una vez por semana... Estaba bien.
Eso lo hizo inquietarse.
–No lo sé. Me siento extraño, como si no fuera yo, pero a la vez como si fuera una faceta nueva de mí. –Y ésto último era lo que había estado buscando desde el año pasado, aunque llegó de la manera menos esperada–. Me confunde. El hecho de que me gusta y luego me hace sentir nada. Ya veo por qué es una prohibición shinobi y entiendo por qué al Sabio Pervertido le gustaba tanto ir tanto con mujeres. Es adictivo. En el fondo, siento que hago algo incorrecto, algo que decepcionará a todos los que son importantes para mí si se enteran. Sakura o Ino, sobre todo Boruto y Himawari. –Iruka notó como el Hokage curveó su espalda y como su pecho se oprimió. Su niño convertido en hombre se había guardado las dudas y la incertidumbre moral–. Al mismo tiempo, creo que hacer las cosas que quiero es correcto. –Porque en el fondo sabía que no era malo. Porque tenía la esperanza de convertirlo en un aspecto sano de su vida–. Sólo necesito mantenerlo en equilibrio. Lo intento, y creo que lo estoy logrando. –Sí, sí, sí, sí, de veras–. Así que, me siento confundido y algo vacío. Pero también me siento más completo y eso me gusta.
Naruto, que al principio se sentía mal consigo mismo, terminó su explicación con una sonrisa segura en el rostro.
Iruka se mantuvo observándolo con detenimiento.
–¿Iruka-sensei?
El susodicho pareció salir del trance. Se levantó y palmeó la espalda de Naruto.
–Ven. –Dió inicio a sus pasos a un lugar aún desconocido para Uzumaki, quien lo siguió titubeante hasta una tienda de veinticuatro horas. Iruka entró después de indicarle al rubio que esperara afuera. Cuando regresó, dijo–: Sé que es algo tarde para esto, aún así creo que esta ocasión lo amerita.
Sacó una envoltura de una paleta de hielo doble de sabor de arándano azul.
El alma de Naruto se iluminó de nostalgia.
–Iruka-sensei...
Se sentaron en una banca cercana, partieron la paleta doble a la mitad y la comieron pacientemente.
–Gracias. –Habló Iruka–. Por confiar en mí y decirme lo que sientes en realidad.
No había una frase exacta que lograra explicar el agradecimiento que sintió su ser por haber sido escuchado por la persona que más había admirado y querido su aprobación.
Ojalá pudiera darle esa dicha, ese mismo sentimiento, a alguien más.
–¿Recuerdas la academia? –retomó el moreno–. Te dormías en clase o hacías aviones de papel. Eras un niño incontrolable.
–Sí, lo era. Siempre fuiste demasiado paciente conmigo.
–Tenía que serlo. –Lo miró sinceramente–. Me importabas. Quería que fueras un buen ninja, un buen hombre. Y un buen Hokage.
Las cuencas de Naruto se llenaron de una capa cristalina. Recargó su cabeza en el hombro de su profesor.
"Cálido".
–¿Tienes tiempo? –Rozó su mejilla rayada en él–. Quiero que hablemos más.
"Más y más".
Iruka no pudo embargarse de mayor alegría.
–Cuánto quieras.
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...
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Dos años, siete meses.
–Son grandes. –Señaló en la zona entre su clavícula y abdomen–. Bueno, no tanto como las mías.
–Chocho –gritó Sarada con la cara completamente roja.
Himawari se relamió los labios para no sentir el calor en sus mejillas.
–¿Qué? Es la verdad –dijo la morena sin culpa.
–Eres muy atrevida. Es la hermana de Boruto –renegó bajo la mujer Uchiha–. Además, es menor que nosotras.
–Está bien Sarada-san. No me ofende –advirtió Himawari. No quería que el conflicto se hiciera mayor.
Observó con cautela sus pechos.
Sí, habían crecido bastante. Habían alcanzado a llenar las palmas de sus manos. Esperaba que se mantuvieran así. Si crecían un gramo más, se moriría del pudor.
Entonces, alguien abrió la puerta.
–Hola. –Era Choji–. ¿Quieren limonada?
–¡Papá! ¿Qué te he dicho de tocar?
–Oh. –Choji cerró la puerta. Un par de segundos después, la abrió de nuevo–. Hola. ¿Quieren limonada?
Chocho se cruzó de brazos.
–No, gracias. En todo caso, si queremos un poco nosotras mismas nos serviremos. Es noche de chicas, papá. No podemos ver o hablar con hombres porque se rompería el ambiente, así que te agradecería por favor que no vuelvas a pasar por aquí.
Choji parpadeó repetidas veces, en un momento comprendió la petición de su querida pero mandona hija.
–Eh, bueno.
Cerró la puerta.
Las tres féminas esperaron hasta escuchar sus pasos alejarse.
La pelinegra se aclaró la garganta.
–Sabes... No hay problema que él esté por aquí.
–Sarada, Sarada. Aún estás muy distanciada de la realidad femenina. Por suerte, esta noche les enseñaré acerca de ella, desde cómo pensar hasta cómo comportarse. Sobre todo cuando un hombre las invite a salir. –Chocho tocó su barbilla pensativa–. O una mujer. La verdad no sé hacia donde vayas tú, Himawari-chan. Sarada por otro lado, es obvio que le gustan los hombres. Bueno, sólo uno.
La pelinegra tosió y le picó las costillas a su amiga con el codo.
Himawari no supo cómo decirle que le gustaban los hombres; específicamente, su compañero de equipo.
–Hablas como si hubieras tenido mucha experiencia –indicó Uzumaki finalmente. con una pizca de curiosidad que no pasó desapercibida por la extrovertida mujer.
–Ajá. Por supuesto que la tengo. He salido con algunos chicos.
A Sarada le saltaron los ojos.
–¿En serio?¿Cuántos?¿Quiénes?
–Cuatro o cinco, no sé, no soy buena en matemáticas. –Restó importancia con la mano–. Tampoco es que los conozcas.
–¿Inojin lo sabe?
Las dos mujeres voltearon hacia Himawari.
–¿Por qué él tendría que saberlo? –Chocho entrecerró sus ojos color miel.
–Bueno... –Tragó saliva. Había metido la pata–. Creo que los amigos se enteran de ese tipo de cosas.
–Mm, es verdad. –Como si la respuesta de Himawari le hubiera quitado un peso de encima, se estiró en el suelo y se acostó en un lado de su cuerpo con la cabeza sostenida por su brazo–. Pero esos tontos son unos despistados, tampoco les interesa demasiado las actividades de una chica.
–Así que Inojin no lo sabe –pensó la peliazul–. ¿Qué hará si se entera?¿Se pondrá tan triste como yo me sentí por él?
De pronto, Chocho se sentó.
–¡Esperen! Esta es una noche de chicas. No hablaremos sobre hombres hasta mañana. Sólo de nosotras.
–Decidete de una vez. Eres demasiado voluble –se burló la Uchiha con agobio.
–Hay que maquillarnos. –Sarada echó los ojos en blanco. Chocho sacó su maquillaje y una revista. Las hizo sentarse contra el colchón y alzarse el cabello para que comenzara a ponerles una capa de pómulos y sombras de ojos–. ¿Cómo te va a ti, Hima-chan?¿Algo interesante que quieras contarnos?
–Pues, en realidad, casi estoy cerca de ser una experta en técnicas de sellado.
–¡Eso es increíble! ¿Cómo qué tipo de sellado sabes hacer?
–Puedo encerrar un gran conjunto de chakra si tengo suficiente resistencia. Puedo hacer devolver un ataque de poder ya sea ninjutsu, taijutsu o incluso genjutsu a quien lo lanzó en un principio. –Y mi sellado de campo de fuerza es aún más resistente que antes, pensó para sí con una sonrisa agridulce.
Las pupilas de Chocho la divisaron fijamente. Eran tan precisas que le hizo revolver el estómago de incertidumbre.
–Eres admirable –dijo.
–Igual ustedes lo son –devolvió Himawari cohibida. Cuando era halagada, sentía la necesidad de minimizarse a sí misma y maximizar las características de los demás.
–No, no, no. Basta de modestia, odio eso. –La morena la tomó de los hombros con firmeza–. Lo digo en serio, eres admirable. Nunca he oído que hoy en día alguien busque especializarse en sellados, y que además sea buena en los jutsus de su familia. ¡Más si es una familia como los Hyuga! –Uzumaki no entendió si lo de su familia era algo positivo o negativo–. Y es más raro y especial que hayas logrado avanzar tanto. Deberías estar orgullosa.
Sarada asintió y entrelazó suavemente sus dedos con los de la hermana de Boruto.
Himawari pensó que le encantaría ser tan segura de sí misma como Chocho. Decir las cosas directamente, sin vacilaciones. Poniéndose primordialmente a sí misma siempre.
Dar el primer paso era lo más importante.
–Lo estoy –declaró como una tímida fiereza que apenas comenzaba a tener la valentía de sacar sus garras–. Estoy orgullosa.
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...
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Dos años, ocho meses.
Mitsuki les sonrió. Sus manos se posaron en los brazos de su mochila y caminó con calma hacia el sendero que lo alejaría de la aldea.
El Uzumaki y la Uchiha permanecieron observando hasta que su compañero se convirtió en un punto borroso.
Las hojas de los árboles comenzaban a caerse, el aire las conducía tiernamente sobre sus cabezas. Un hedor a nostalgia hizo que sus narices se alzaran expectantes de poder ser invadidas por completo.
El rubio quitó el símbolo de la aldea de su cabeza, la giró sosteniendo su tallo y miró a la chica a su lado.
–Sarada.
–¿Hum?
–Tengamos una cita.
Su cuerpo femenino se crispó. Giró hacia Boruto con la boca abierta. Cuando se percató de su propia expresión, la cerró y sus ojos se removieron por todo el suelo. Sus cejas tiritaban de incomprensión por la repentina sugerencia del chico que había sido protagonista de sus pensamientos desde hace mucho, mucho tiempo.
Volvió a ver a su amigo con un gesto casi rebosante de confianza y estando allí: expectante, a pesar del movimiento en sus manos dentro de los bolsillos.
Sarada soltó aire que se enfrió frente a sus labios.
–Claro.
Caminaron sin rumbo por un par de minutos, hasta que Boruto habló más resplandeciente que nunca.
–Ya es mediodía, así que deberíamos ir a comer.
La pelinegra se ajustó los lentes.
–¿A dónde iremos?
–A donde tú quieras.
Sarada era perfectamente capaz de tomar decisiones con el peligro de perder la vida o tener éxito en las misiones. Podía tomar decisiones con respecto al deber, por el contrario lo que no podía hacer era tomar decisiones sobre lo que ella quería hacer.
¿Faltaban tomates en casa? Listo, iba a la verdulería. ¿Elegir entre pagar el agua o la luz? Fácil, podía vivir con un poco de oscuridad, pero no sin bañarse un maldito día.
¿Cuál color era su favorito? Para ella todos eran bonitos. ¿A dónde iremos? "A donde tú quieras". Aquello era más complicado que aprender un jutsu nuevo.
Fueron a una casa de té que estaba justo en el punto visual de Sarada. Tomaron asiento y leyeron la carta.
–¿Qué quieres pedir? –preguntó el rubio.
Los nervios de Sarada se elevaron al cielo.
–Lo que tú elijas estará bien.
–Vamos, hay mucho por elegir. Pide lo que quieras, yo pagaré.
–Así está bien, en serio. Además, ¿Por qué vas a pagar tú? Siempre hemos pagado cada quien lo nuestro.
–No es para tanto, deja que yo lo haga.
–Es que...
–Tranquila, yo me encargo.
–¡No! –Golpeó la mesa y una que otra cabeza dirigió su atención a ella, lo que la avergonzó más. Modulando su voz para que nadie la escuchara más que Boruto, dijo–: Es incómodo que hagas eso. ¿Por qué tienes que tratarme diferente?
Boruto dentro de sí, reconoció que Sarada era el tipo de persona que no se tomaba muy bien los cambios, que incluso a veces les temía porque no podía controlarlos. Por contrario a él, que domaba los cambios sin tener la necesidad de controlarlos, sino solo de explorarlos y adaptarse a ellos.
–Lo siento.
Sarada había respirado profundamente y negó.
Las cabezas dejaron de prestar atención a la pareja.
Boruto buscó algo entre los bolsillos de su pantalón.
–Te traje algo. –Colocó su mano bronceada en la mesa, que descubrió a su vez una pequeña caja. Uchiha la tomó con extrañeza. La abrió y encontró un dije. Era rojo, puro y brillante ante la luz. Un rubí en forma de un diminuto corazón–. ¿Qué opinas?¿Te gusta? Lo ví en una joyería y me recordó cuando luchas con tu sharingan. –Sarada lo miró y Boruto no la miró–. Creo que... Te ves hermosa cuando te muestras aterradora en batalla, ¿sabes?
Sarada dentro de sí, reconoció que Boruto no era el tipo de persona que usaba las palabras, que incluso a veces no era bueno expresando su cariño a través de ellas. Por el contrario a ella... No, en realidad, Sarada era igual que él.
–Gracias, es muy bonito –exclamó bajito. Su corazón estaba palpitando como tambor y su amor por Uzumaki creció aún más. Un cambio que sí le agradó experimentar.
Desde que les habían entregado las órdenes de cada uno, charlaron de cosas aparentemente simples, aunque para ambos eran perfectas. Hablar de las cosas que pasaban a su alrededor, de uno que otro cotilleo sobre sus amigos, de cuales eran mejores jutsus en situaciones complicadas y ese tipo de cosas.
Entonces, antes de pagar la comida, Sarada preguntó seriamente:
–¿Por qué de repente decidiste tener una cita conmigo?
Al rubio lo tomó desprevenido.
–Porque... ¿Quise?
–En serio –refunfuñó y colocó unos billetes sobre la mesa.
Boruto también dejó su parte y exhaló determinado a encontrar esta vez las palabras adecuadas que pudieran explicar sus razones.
–Porque ya estoy listo. –Se recargó por completo en el respaldo mirándola con intensidad, lo que provocó a Sarada una sensación de diafanidad en todo su cuerpo–. Gracias por esperar, Sarada.
–¿Qué? Yo... Yo no te estaba esperando.
Boruto rió. Ella nunca iba a ser la chica indefensa.
–Tienes razón. ¿En qué estaba pensando, eh?
La mujer tocó su dije de corazón que hasta hace poco se había colocado en el cuello, intentando calmarse.
El camino a la casa Uchiha, fue silencioso. El sol casi se había puesto totalmente detrás de las montañas, por lo que el naranja alumbraba el arroyo, los árboles y los edificios. Cuando llegaron a la zona departamental se detuvieron.
–Fue una buena primera cita –declaró el de marcas en las mejillas.
–Sí, lo fue. –Sarada trataba de ocultar su sonrisa de satisfacción que quería hacerse más amplia.
Uzumaki se acercó a ella, tomó entre sus dedos el rubí en forma de corazón. Sarada miró paciente y con un rubor sincero en las mejillas para luego sobresaltarse al sentir los labios del rubio en su frente.
El hombre se separó también algo sonrojado.
–Nos vemos mañana para el entrenamiento.
Sarada no logró formular nada de su garganta, por lo que sólo vio a Boruto irse con los rayos del sol en sus rizos aún más brillantes.
.
...
.
Dos años, nueve meses.
El pie azotó contra el suelo de concreto por cada segundo que pasaba esperando por una respuesta, mientras resoplaba sigilosamente frente al puesto de verduras y frutas de la zona comercial de Konoha.
–¿Entonces?
El hombre anciano levantó su vista tras unos enormes lentes que hacían de sus ojos más grandes y perdidos.
–Entonces...
Una vena salió a relucir para ocultar las ganas que Kawaki tenía de golpear al distraído hombre que lo había hecho esperar durante diez minutos.
–¿Cuánto es?
–¿Qué?
–De los tomates –gruñó. Le estaba tentando olvidar las buenas enseñanzas de conducta que la familia Uzumaki le había inculcado.
El anciano bajó la mirada hacia la bandeja que contenía aquel fruto rojo.
–Oh, primero tengo que saber cuántos kilos son, jovencito.
–Ya lo hizo. Son cinco kilogramos.
–¿Oh, en serio? En ese caso, debes darme... A ver, si son cinco, deberían de ser...
El pelinegro puso los ojos en blanco.
Había pocas cosas que odiaba en la vida, pero sí que había. Una de ellas era que lo hicieran esperar. No se podía estar quieto, necesitaba distraerse con algo qué hacer y mantener su mente ocupada. Una vez, la fémina de la familia quiso hacer un retrato a pintura de él, Boruto y Naruto. Les pidió que se mantuvieran sentados en el sofá por una hora, los dos rubios accedieron a regañadientes, aún así no pasó ni siquiera la media hora cuando él no pudo soportarlo más, se levantó y salió de la casa con las palabras enfurecidas de Himawari en su nuca.
Igual el retrato había quedado bien.
–Cincuenta –chirrió los dientes–. Son cincuenta.
–Ah, por supuesto. Debo tener unos billetes por aquí...
Kawaki levantó la cabeza al cielo y cerró los párpados.
Con el tiempo, como parte de la familia Uzumaki, había aprendido que la educación es fundamental en una buena sociedad. Y aunque a él no le importaba realmente ser educado, a su familia sí.
Debía apresurarse a hacer las demás compras. Ese día Naruto saldría temprano del trabajo para que los cuatro comieran juntos en el departamento. Y como siempre, él debía hacer todo solo. Sí, sí, le gustaba tener la mente ocupada teniendo cosas qué hacer; no obstante hubiera msido bueno que al menos el idiota de Boruto se hubiera tomado la molestia de comprar los víveres, en cambio se la pasaba con la novia haciendo no sabía qué cosa; por otro lado Himawari había elegido precisamente esa tarde para ir a vacunar a la bola de pelos que tenían como mascota.
No exageraba cuando les decía que él era el sostén de la familia.
Naruto podía ser el Hokage y todo, pero quien regaba sus plantas, quien cocinaba, quien limpiaba las habitaciones, quien reparaba las tuberías y los muebles rotos, quien lavaba la ropa sudada de Boruto y quien terminaba bañando al Señor Dormilón cada fin de bimestre, era nada más y nada menos que él.
Kawaki Uzumaki.
Sin él, su hogar se hubiera hecho pedazos desde hace años.
–Gracias por la compra, hijo.
Tomó los tomates, los colocó en un cesto bajo su brazo y asintió con la cabeza con algo de reticencia.
"Amabilidad, siempre, ante todo", recordó en una dulce voz femenina.
Caminó un par de cuadras para llegar al siguiente puesto.
Había mucha gente, después de todo era el día en que más bajos de precios estaban los productos. El ojigris con la práctica había entendido en qué lugares se lo darían al mínimo, cómo y hacia donde caminar frente a la multitud de personas que compraban.
–Arroz –anunció cuando llegó a su destino, sin embargo la chica que atendía el lugar se quedó con la boca entreabierta mirándolo con una especie de bruma en su mirada–. Oye.
–P-Perdón. ¿Qué dijo? –saltó ella.
–Arroz. Dos bolsas.
–Claro. Per-Permítame.
Kawaki suspiró. Con veinte años sus rasgos varoniles se habían acentuado; su mirada era más afilada, el rostro se había vuelto menos redondo, su cabello no muy largo y desprolijo lo denotaba con un aura más salvaje, su espalda era más ancha y su cuerpo más alto y fornido por el entrenamiento. Por lo que fueron varias las ocasiones en que mujeres se detuvieron a admirarlo o incluso secretearse con sus amigas sobre él.
Trataba de ignorarlo, pero admitía que era molesto.
En alguna noche, la mujer con la que se había acostado le dijo que sin la gabardina puesta, el sector de mujeres que pudieran sentirse intimidadas por él, cambiarían de opinión de inmediato.
A él no le constaba. Tampoco le interesaba comprobarlo.
–A-Aquí tiene.
Tomó las bolsas de arroz, las colocó en el cesto bajo su brazo y asintió con la cabeza.
"Amabilidad, siempre, ante todo".
Caminó hacia la multitud.
Era la última cosa en su lista. Hora de ir al departamento y cocinar.
Claro que antes de que la familia comiera, debían sacar el espejo de cuerpo completo del baño para ponerlo en la sala de estar.
Porque durante ese año, cada fin de mes, los tres varones del hogar habían adquirido el singular hábito de competir frente al reflejo.
–Observen niños, ésto es un verdadero músculo dattebayo.
–¿Es enserio? Viejo, desde hace tiempo que te he rebasado. Mira la cinta métrica. Tu brazo es tres centímetros más pequeño que el mío.
–Bueno Boruto, tu viejo se la pasa trabajando sentado casi todo el día, y aún así, es tan solo tres centímetros más pequeño que el tuyo. Además, mira mi pierna. Sin medirla, te aseguro que es cinco centímetros más grande que la tuya.
–Eso es porque no paras de comer ramen. ¿Y qué dices de tu estatura?¿Te estás haciendo más bajo o yo más alto, abuelo?
–Kawaki es más alto que tú.
–No lo es.
–Sí lo soy.
–Póngase de espaldas. –Naruto los midió con la vista, luego con la mano y para asegurarse también con la cinta–. Kawaki es más alto.
–Por ahora.
–No importa quién es más alto o quién tiene más músculo de los tres. –Naruto se detuvo por un momento y continuó–. Porque al final, yo soy el más fuerte aquí.
Kawaki y Boruto fruncieron las cejas.
Cuando llegó después de una larga jornada de entrenamiento, Himawari encontró el momento cúspide de una batalla de pulso sobre la mesa entre Naruto y Kawaki en la que el pelinegro trataba con todas sus fuerzas empujar con su mano la de su padre hasta que el impulso de ambos hizo que la mesa se rompiera otra vez.
–Ey, niño.
El susodicho miró a su izquierda.
Dos hombres estaban sentados sobre una gran caja de madera.
Era el hombre que olía a perro y aquel de pelo plateado antecesor del Séptimo.
–Kawaki, por aquí –señaló Kiba alzando el brazo en movimiento.
El chico se dirigió hacia ellos.
–¿Qué quieren?
–Es directo.
–Muy directo, aunque tímido si lo conoces bien.
–Se dice hola, niño. Debes ser respetuoso con tus mayores –regañó Kakashi con pereza.
–Tengo prisa.
–¿Y qué tanto tiene que hacer un joven sin preocupaciones como tú? –preguntó Kiba. con ironía.
–Cocinar.
–¿Qué harás? –La atención del Sexto se acentuó.
–... –¿Por qué demonios se metían en sus asuntos? Si no respondía, probablemente entenderían la indirecta y lo dejarían en paz.
–Uff, basta. Deja de hablar, suena delicioso –intervino Kiba. Kawaki enarcó una ceja–. Vámonos juntos, te ayudaremos.
–¿Cómo dices?
–Te seguimos. Es en su hogar, ¿no es así? Aprovecharemos para saludar a Boruto y a Himawari-chan.
–Espero que Naruto no tenga su hogar descuidado. Desde niño dejaba la ropa por doquier y la comida pasada de su fecha de caducidad –agregó Kakashi.
–...
–¿Qué esperas? Vamos. –Los hombres se levantaron mirándolo a la espera de que los guiase. Kawaki suspiró y comenzó a dirigirlos–. Seguro te preguntas qué hacíamos ambos aquí.
–No.
–Kakashi-sensei tiene perros ninja.
–Algo viejos, como yo.
–Entonces me pidió una cita con la veterinaria de mi clan para atenderlo, por si te interesa.
–No me interesa. Gracias.
–Y... Casualmente te vimos y decidimos observarte.
–Esperarte, mejor dicho.
–Íbamos a hablarte de igual forma. Y autoinvitarnos en lo que sea que estuvieras haciendo.
–Seguro que se alegrarán de vernos...
Kawaki miró al cielo.
"Amabilidad, siempre, ante todo".
.
...
.
Dos años, diez meses.
No era fácil ser líder de un clan, mucho menos ser la primera mujer en serlo. Un carácter irrompible y estricto era la única forma de sobrevivir en un clan que era castigado por las viejas costumbres y por un consejo igual de viejo y anticuado. Sin embargo, ella había elegido ese camino y su padre le había ayudado a forjarlo.
Su objetivo como la matriarca del clan Hyuga era hacer a su gente fuerte y libre, lejos de la cadena que formaba el destino de la familia principal y secundaria y hacerla cercana al potencial del byakugan y de los Otsutsuki. Porque a pesar de estar construyendo un mundo en el que los shinobis ya no imperarían, la vida le seguía enseñando que el peligro siempre terminaba por aparecer.
A veces lidiaba con los fantasmas, nunca lograban tocarla, aunque a veces susurraban.
–Hanabi-chan.
Había uno especialmente molesto con el que no quería cruzarse.
–Naruto.
Los clanes tuvieron una reunión con el Hokage y sus consejeros. El tema principal era acordar sobre actividades que lograran un beneficio tanto en la relación de los clanes con la aldea, como con el País de Fuego. Cuando terminó y los líderes se dispusieron a irse, el Séptimo pidió que ella esperara en su asiento. Aquello no le dio buena espina a Hanabi.
Era casi oscuridad total, las luces sólo apuntaban a la gran mesa en la que ambos posaban, como si fuera el lugar perfecto para hacerle un interrogatorio.
La relación con el padre de sus sobrinos era estrictamente profesional.
Al menos ahora lo era.
–Desde el Tanabata no hemos hablado apropiadamente.
Himawari había preparado todo para hacer que aquel día hubiera cercanía entre ella y él. Un picnic bajo los fuegos artificiales al anochecer, donde sorprendentemente Hiashi se propuso a jugar en los puestos de comercio con su nieta, a tomar una copa con su yerno, y a darles consejos de vida a Boruto y a Kawaki para que al final de la noche los despidiera con un abrazo de hombres que ambos nietos tomaron con incomodidad.
En tanto ella y Naruto, quedarían sobre una manta que apenas los cubría del pasto, comiendo bocadillos en silencio a pesar de que el rubio había intentado distintos temas de conversación con los cuales acaparar su atención que en ningún momento se dirigió a él. Porque ella aceptaría siempre las reuniones en familia, sobre todo si eran a petición de Himawari, pero no iba a estar dispuesta a retomar la cordialidad incluso la amistad que alguna vez tuvieron.
–¿Y de qué deberíamos hablar? –cuestionó apática.
–Bueno, el clan Hyuga y los niños están bien así que... Qué tal si hablamos sobre ti. –El Séptimo tragó duro, ocultaba su nerviosismo con una buena sonrisa. Hanabi había aprendido a ser atemorizante–. Entonces... ¿Cómo te ha ido?
Hanabi arrastró su silla hacia atrás, con clara intención de irse.
–¿Sabes? No quiero hablar de eso. En realidad, no deseo hablar nada contigo.
La palma de Naruto se estiró sobre la mesa.
–Hanabi-chan, no quiero seguir así. Entiendo el por que te enojaste conmigo pero ahora estoy haciendo mi parte. –Arrastró también su silla y se levantó antes que ella–. Evitarme o ignorarme sólo hará que intente acercarme más a ti, aunque ya soy algo mayor como para insistir tanto tiempo.
–Pues no lo hagas.
–Debo repararlo. De alguna forma.
La castaña desvió su mirada hacia la salida.
–No sé a qué te refieres. No hay nada que reparar. Si hay algo será respecto a ti. –Entonces ella se levantó–. Yo estoy bien. Sólo... Sigamos con nuestras vidas, ¿comprendes?
El Séptimo negó mirando a la mesa.
–No estás bien.
–Sí lo estoy.
–Si estás bien, entonces ¿por qué no logras perdonarme?¿Por qué parece que todo tu ser me odia?
–Te equivocas, no te odio.
–Claro que sí. Tienes muchas razones para odiarme.
–¿Ser un idiota con tus hijos? Eso no me hace odiarte, sino tenerte como un padre estúpido.
El hombre arqueó sus cejas, con las manos en los bolsillos.
–Sabes que no es sólo eso.
–¿Entonces qué?¿Por qué más te odio? –Naruto apretó la mandíbula, con intenciones de decir la razón más importante de su odio, por el que ella nunca lograría perdonarlo del todo–. ¿Lo ves? Ni siquiera puedes mencionarlo.
Sin quererlo, a Naruto se le escapó una risa.
–Por eso también me odias.
–¡Basta! ¡¿Quieres?! –Hanabi golpeó tan fuerte la mesa que por un momento pensó que la partiría. Lo miró fijamente, colérica–. Ya detente. No te soporto. No soporto tus verborreas emocionales, tampoco tus lloriqueos que crees por alguna razón que tendrán algún efecto en mí. Eres tan molesto, no entiendo por qué te eligió. Eres tan tonto y débil de mente a pesar de ser el más fuerte de las naciones ninja. Te quedas ensimismado siempre en ti mismo y luego te fijas en los demás. Y cuando por fin lo haces sólo hablas y hablas y hablas, y crees que eso ayudará en algo. No actúas, no piensas con la cabeza. Crees que los deseos y sueños de la gente son más importantes que el deber y la necedad. Himawari no debería aprender eso de ti. Por lo menos Boruto escogió el camino correcto. –Jadeó, se había quedado sin aire. Naruto seguía allí, observándola, escuchándola seriamente. Cuando recuperó la compostura, Hanabi continuó–. No, no te odio. Aunque admito que lo hice en un inicio al culparte de todo lo que había sucedido y lo que estaba sucediendo con Hima y Boruto. Pero ahora estoy perfectamente bien. Soy líder ahora, soy objetiva, soy fuerte. Así que no me vengas a sermonear, ni a tratarme como alguien rota a quién arreglar. Porque no lo soy y nunca lo seré, Naruto.
No esperó a verlo asentir a sus palabras, o siquiera que retomara la conversación que no hubo. Caminó firme hacia la salida por allí avistada en la oscuridad de la habitación, mientras él permanecía frente a la mesa bajo la luminosidad blanca y cegadora.
–Hanabi. –Su nombre hizo eco en cada rincón, traspasando también su cuerpo femenino, deteniéndose de su camino. No lo veía, mas estaba segura de que Naruto estaba sonriendo–. Gracias, por decirme lo que sientes.
Entonces el fantasma la tocó. El fantasma hizo que su corazón la golpeara fuerte dentro de ella sin parar. Lo sentía por todo su cuerpo, como un gran tambor que la golpeaba a los oídos, primero lento y luego tan rápido que parecía querer convertirse en taquicardia. Sus pómulos estaban rojos, por su frente escurrían gotas de sudor y sus ojos estaban empañados de olas que no pudieron ser contenidas por sus párpados.
Estaba paralizada y no hacía ruido alguno, ni siquiera un gimoteo. Gracias a que estaba de espaldas a Naruto, él no lograría verla en ese estado. Era injusto, que él tuviera ese poder que a ella siempre le había parecido infantil. Hablaba y hablaba, nunca se callaba. Tal vez por eso había convencido a su primo y a su padre de que podían cambiar. Tal vez por eso se había convertido en el Hokage. Tal vez por eso era el hombre más poderoso del mundo ninja. Tal vez por eso ella lo había elegido.
Derrotada, retomó su paso. Tomó el marco de la puerta. Sonrió. Salió de la sala de juntas. Y dejó que el fantasma entrara.
.
...
.
Dos años, once meses.
Hacía frío en la cueva. Porque sí, era una cueva, no importa que aquello pareciera una isla flotante y que lo otro pareciera un sol que iluminaba el cielo azul.
Al menos Shikamaru le advirtió sobre eso. Porque a Naruto ni siquiera se le había pasado por la cabeza contarle que Toneri fue a visitarlo a su departamento para confirmarle su teoría sobre los Otsutsuki hace más de dos años.
HACE MÁS DE DOS AÑOS.
Cuando creía que su amigo conseguia más sabidría conforme a los años, Naruto se encargaba de recordarle que seguiría siendo un idiota despistado.
Aunque debía aceptaba que él tampoco era muy inteligente. No creyó que podría sacar información de un Otsutsuki que vivía en la tierra. Es decir, ¿Qué podría saber más que él que viajaba entre dimensiones y que no supiera ya?
Había estado en un error. Toneri Otsutsuki sabía más de lo que Naruto y él pensaban. De eso estaba seguro.
Con su halcón voló hasta el sol artificial, se adentró al otro lado de la capa esferoide brillante y divisó las islas flotantes; en la más grande, un castillo antiguo imperturbable ante el tiempo.
Aterrizó. Deshizo la invocación de su ave. Miró al frente.
En la entrada, yacía Toneri.
–¿Me estabas esperando?
–Siento cuando alguien pasa la barrera de la cueva –contestó con suavidad. No se movió ni un centímetro de en medio–. ¿Y bien?
–Naruto dijo que tenías información sobre los Otsutsuki.
La tensión en el cuerpo de Toneri se esfumó.
–¿Qué es lo que necesitas saber?
–Todo. Cuántos son, dónde viven –Sasuke exhaló–. Si atacarán de nuevo.
Al Uchiha creyó ver que el fruncimiento de las cejas de Toneri significaba duda y por su silencio, creyó que no accedería. ¿Pero por qué? Decirle que venía por parte de Naruto debería ser suficiente para que le dijera lo que sabía. Tal vez no confiaba en él. O tal vez les estaba ocultando algo.
Contrario al hilo de pensamiento del pelinegro, Otsutsuki lo dejó pasar.
–Ven, caminemos. –Le dio la espalda y Uchiha fue detrás de él. La entrada aunque no era al interior del castillo, sí lo era para el terreno que lo rodeaba, por lo que permanecieron andando a las afueras–. Lo único que sé es lo que me ha dicho mi padre y los libros antiguos. ¿Cuántos son? Un clan. El clan más grande de todos, del tamaño de una nación ninja. –Toneri detuvo sus pasos–. Aunque por lo que entiendo, al ser tener una civilización tan próspera y longeva, no han tenido la necesidad de engendrar más descendientes o expandirse.
Toneri retomó su camino. Sasuke lo siguió.
–Si no tienen la necesidad de expandirse, ¿Entonces por qué Kaguya, Momoshiki o Ishiki vinieron aquí en primer lugar? –advirtió con dureza. Era un argumento que no creía que tuviera algún sentido.
–Porque necesitan poder. Plantando un fruto en el planeta y después comerlo, lo lograrían.
–¿Más poder? –Alzó una ceja. Empezaba a pensar que aquel sujeto estaba inventando cuentos–. El clan es próspero. ¿Para qué quieren más poder si no hay guerras entre ellos?
–¿Qué humano no querría poder o guerra?
–Los Otsutsuki parecen todo menos humanos.
Sasuke se detuvo repentinamente. Giró su vista hacia una de las ventanas del castillo y alcanzó a divisar el inicio de una tela desaparecer entre los muros del interior.
–¿Otro Otsutsuki vive aquí? –Lo miró con sospecha y tomó el mango de su katana sin sacarla.
Si acaso estaba coludido con alguien de su clan, Naruto habría tenido el enemigo frente a sus narices durante todo ese tiempo.
–No. Son mis marionetas. Si sientes chakra es porque yo las controlo a través de él –soltó con aparente despreocupación–. No he conocido a otro Otsutsuki que siquiera desee detenerse a conversar.
Al verlo alejarse hacia una salida del patio en el que se veían más islas al frente, el rival del Séptimo suspiró y soltó su arma. El chakra que sintió moverse al interior era demasiado débil para ser siquiera una persona. No había de qué preocuparse.
–¿Entonces? –Sasuke llegó a su lado cuando el hombre pálido se dejó caer hacia unas rocas flotantes, las cuales caminó para cruzar el vacío bajo ellos hasta llegar a un templo casi en ruinas. Uchiha le pisaba los talones–. ¿Para qué quieren más poder?
El interior del templo tenía una arquitectura impresionante. Lo que más destacó a su vista –como lo fue en los demás templos que había visitado en diferentes lugares fuera de las Tierras Shinobi– fueron las escrituras jeroglíficas de la historia del clan Otsutsuki.
–Por la profecía. –Los párpados hundidos de Toneri se notaron más cansados–. Un ser capaz de exterminar a todo su clan, era la catálisis de su existencia. Por eso necesitan poder. –Sonrió débilmente–. Más bien, necesitaban. Lograron lo que querían, ¿no es así?
Uchiha permaneció en silencio. Acercó su rostro para repasar las escrituras como tantas veces lo había hecho ya cuando al final de ellas una figura humana tallada que representaba aquel ser omnipotente que destruiría la Dinastía Otsutsuki.
Sasuke frunció el ceño.
–Brilla.
Toneri se acercó a él.
–¿Qué dijiste?
–Está brillando. –El rostro de Toneri se petrificó al ver a través de su mente la figura en piedra. No podía ser posible. Los ojos de Sasuke se afilaron, su voz cambió a una gutural–. ¿Tú sabías de esto?
Otsutsuki aún estaba perplejo.
–Yo... Hace años que no vengo a este templo.
Sasuke dejó caer su cabeza, rendido.
–No, aunque hubieras venido antes esto no brillaría. Hace dos meses que visité el último templo y no brillaba. –Y bien era sabido por ambos que si uno cambiaba, todos cambiarían–. ¿Por qué ahora lo hace?
–Debe ser un error. –Toneri negó con la cabeza. A Sasuke le pareció por un momento que estaba incluso más confundido que él. Luego recuperó la compostura y dijo calmo–: He leído que cuando los Otsutsuki buscan comunicarse a través de los templos, brillan.
Hizo una mueca de extrañeza.
–¿Específicamente ésta figura?
–Cualquier cosa puede brillar aquí si se están comunicando entre ellos –espetó casi tajante, como si no quisiera acompañarlo a sacar conclusiones.
Sasuke se resignó.
–¿Sabes dónde viven?
–No. –Desencorvó su espalda, con la frente en alto–. Pero los artefactos y las armas que portan están hechos con un mineral especial que solo existe allí. Por lo que he podido descifrar en los libros, tienen un mecanismo que guía a los Otsutsuki a su hogar.
–Tal vez Konoha haya guardado uno de esos. –Al menos tenía una pista que seguir.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida del templo.
–¿Qué es lo que harás?
–Investigar. –Sasuke se mordió el dedo y lo colocó en el suelo para hacer aparecer al halcón–. Por qué el templo sigue brillando. Qué intenciones tienen para volver aquí. Quién fue el encargado de atacar la aldea. –Toneri se mantuvo taciturno. Sasuke lo miró y suspiró–. Gracias. Fuiste de gran ayuda.
Subió en el ave y antes de volar, lo escuchó decir entrecortado:
–Supongo.
.
...
.
Tres años.
Finalmente.
El último documento revisado y sellado.
Su mente derramó el estrés acumulado en el momento en que se recargó pesadamente en el respaldo de la silla.
Observó el foco que colgaba del techo. Había una sensación sin pensamiento ni sentimiento. Sólo pura existencia lógica y banal.
Lo recorrió un flujo de energía y se levantó de un salto de su asiento lo que llamó la atención de su consejero.
–¡Pasa buena noche, Shikamaru! –Jovial fue hacia la salida. El pelinegro rió para sus adentros.
–Lo mismo digo.
Abandonó la torre Hokage y caminó por las calles todavía alumbradas como cabía de esperar del centro de la aldea que nunca duerme. Una que otra persona lo saludó, una que otra se inclinó ante él y otras sólo pasaron de su figura.
Cuando el camino se volvió menos agentado, con las cigarras audibles en su oído, su compañero de cuerpo se hizo presente.
–¿Hoy no irás a la taberna?
–Kurama. –No sólo se sorprendió de su intervención, sino también de lo que estaba preguntando–. No, hoy no.
Su zorro amigo comenzó a hablarle otra vez desde hace dos años, cuando las emociones pesadas de digerir se atenuaron, por lo que dejó de afectarle indirectamente. Naruto sabía que probablemente por esa misma razón Kurama evitaba hablar de temas que pudieran hacerlo sentir triste nuevamente, así que se limitaba a tener conversaciones banales o que involucraban a sus hijos. Cuando entrenaba con Boruto y Kawaki, Kurama solía aparecer para advertirle de sus ataques o por el contrario los felicitaba a su manera:
"No estuvieron mal".
"Cada vez son menos impulsivos. Intentan descifrar tus movimientos para juntar sus estilos y vencerte".
"Eres viejo, Naruto. Pudiste esquivarlos perfectamente y tu cuerpo está tan cansado que no pudo hacerlo".
A veces los exaltaba denigrándolo a él.
En cambio con Himawari, Kurama parecía volverse más suave.
"Arrópala bien o se la pasará temblando toda la noche".
"¿Estás viendo lo que yo? La niña va a salir con el ombligo descubierto. ¿Lo vas a permitir?¿Sabes cuantos mocosos se detendrán a mirarla?"
"Esa niña es inteligente y habilidosa. Sin duda no lo heredó de ti".
Por supuesto, a veces la exaltaba denigrándolo a él.
–Has ido menos últimamente –habló Kurama, sacando al rubio de sus pensamientos–. Parece que ya no tienes la necesidad de descargar el poco vacío que aún sientes.
Naruto carraspeó.
–Es incómodo saber qué más notas de mi vida privada, ¿sabes?
En serio que trataba de no tener en cuenta que el zorro podía ver sus intimidades. Pero ahora venía a recordárselo.
–Descuida. –Estaba calmado, más de lo usual. Su voz seguía siendo rasposa y potente–. No veo lo que no quiero ver.
El sonrojo se fue de sus mejillas.
–Menos mal.
Subió las escaleras del edificio departamental. Caminó hasta la puerta. Sacó las llaves de su bolsillo y las metió por la cerradura.
Era media noche. No había regresado tan tarde del trabajo, aunque ya estaba todo oscuro y sus retoños se encontraban durmiendo.
Cerró la puerta y se sentó en el sofá con una larga exclamación de agotamiento.
Miró el foco apagado del techo. Otra vez lo embargó la sensación de pura existencia lógica.
Raro en él. Era una persona emocional más que racional.
Como si el tiempo pasara frente a sus ojos y no pudiera afectarlo.
–¿Será que si me estoy volviendo viejo? –rió suavemente, sin esperar que Kurama le respondiera.
Ya tenía cuarenta y un años, claro que la mente y el cuerpo ya no eran los mismos.
Sin embargo, ambas estaban en completa sintonía. Ambas sabían por todo lo que habían pasado y superado.
Ambas sabían que estaban, al fin, en una etérea paz. Que su vida estaba justo donde la quería.
Sí, no tenía todo, no tenía a todas las personas más importantes de su corazón. Pero las paces con la muerte estaban concertadas.
Incluso, si muriera en ese instante, lo haría sin objeciones, en total satisfacción de lo que fue su vida.
¡Claro que si existiera la posibilidad de vivir hasta ver a sus hijos envejecer con él, sería mucho mejor!
Sí. Mucho mejor.
Para los cuatro.
Para los dos.
–Me alegra.
Sus palabras no fueron suficientes para hacerle abrir los ojos a los que ya estaban dispuestos a dormir lo que quedaba de la noche.
–¿El qué? –balbuceó, a punto de que el sueño lo consumiera.
–Que estés como nuevo.
Soltó una carcajada risueña.
–Entonces también me alegra, Kurama.
Después de que la Tierra le diera la espalda a las estrellas, Naruto abrió los ojos y los rayos del sol lo enceguecieron. Arriba de él estaba el rostro de Kawaki observando curioso.
–¿Por qué te dormiste en el sofá?
El Séptimo comenzó a masajear su rostro intentando despabilarse.
–Tenía sueño.
El pelinegro se apartó.
–Se te enfriará el desayuno.
Vio a su hijo dirigirse a la puerta de la fémina de la familia para después abrirla.
–Oye, ya está el-... –La puerta se cerró de golpe, para después escucharse: "¡Toca antes de entrar!". Kawaki bramó mientras sostenía con fuerza el pie–. Maldita sea Himawari. Por una vez cierra con seguro.
–Deja de gritar –reclamó Boruto al salir de su habitación contigua con un enorme bostezo en la boca.
Los ojos del pelinegro miraron con detenimiento hacia abajo.
–¿Esos son mis boxers?
El rubio pasó de él en tanto terminaba de subirse el pantalón.
–Los míos están sucios.
–Porque no lavas tu asquerosa ropa.
–Oye, yo dejo que uses mi champú y no digo nada. Agradéceme que tu cabello ahora no es duro como el estambre.
Himawari abrió la puerta y anunció con el mismo entusiasmo de alguien que acababa de tener una revelación.
–Tengamos un día de campo.
–¿Ahora? –preguntó Boruto notando el olor que desprendían los platillos sobre la mesa.
–Especialmente ahora. Antes solíamos hacerlo bastante. –Miró a su padre, a él–. Hoy es el día perfecto para intentarlo.
Uzumaki notó las mejillas sonrosadas de su hija, sus ventanas tan llenas de ilusión de revivir un sentimiento añejo.
Sonrió. Él también quería evocarlo.
–Hagámoslo-ttebayo.
Tuvieron que guardar el desayuno en la canasta que usaba Kawaki para las compras.
Salieron del departamento.
Decidieron ir al lado del bosque que quedaba junto al río.
No sabía exactamente por qué fue, probablemente las sensaciones y pensamientos que se le despertaron anoche, empero en el camino, su corazón se emocionó cual niño, tanto que empezó a colgarse de las ramas de los árboles y seguir avanzando columpiándose con sus manos.
Sus hijos lo miraron como si se le hubiera zafado un tornillo.
Tal vez era así. Desde siempre las personas creyeron lo mismo. No obstante nada le iba a cambiar las sensaciones que experimentó su yo de cuatro años cuando solía vagar en el bosque en búsqueda de un mundo imaginario, escondido del odio que los aldeanos dirigían hacia él.
Llegaron. El lugar brillaba como un cuento de fantasía. El sol reflejado en el agua, hacía que el pasto estuviera lleno de colores translúcidos y cálidos. Con sólo el sonido del agua corriendo, Naruto pensó por un momento que un portal los había transportado fuera de la realidad urbana de Konoha.
–Un cojín para que estés cómodo y una sombrilla para que el sol no te queme, Señor Dormilón –cantó Himawari a su queridísima bola de pelos. Le había puesto un moño en lo que debía ser su cabeza y lo sentó junto a ella.
Boruto hizo un puchero.
–¿Y mi cojín?¿No hay sombrilla para mí?
La ceja de Himawari tiritó de molestia.
Su hermano llevaba desde hace tiempo molestándola. Que si se vestía con shorts demasiado cortos, que si se maquillaba, que si quería más a una cosa fea que a su propio hermano. A veces se comportaba como un hermano sobreprotector y otras veces como un niñito mimado.
–¿Acaso eres un bebé? –gruñó Himwari antes de atragantarse con sus palabras.
Completamente aturdida, como si el pasado regresara a ella, juntó sus manos sobre el suelo y las apretó intentando ocultar el terremoto de sus emociones. Había descubierto gracias a las últimas sesiones que había tenido con Kumire-san que ese era el mecanismo de defensa que había adoptado contra su trauma, pues inconscientemente lo asociaba al momento en que sostuvo el sello esférico para protegerse a ella misma y a los aldeanos.
Naruto y Kawaki no se percataron de su reacción al estar hablando entre ellos, sin embargo Boruto al verla colocó su mano sobre las suyas y sonrió.
–Sí. Lo soy.
Le revolvió sus rizos azules ahora largos hasta la cintura.
Himawari sintió el alivio de estar en el presente, a lado de su hermano que aunque tonto, había cambiado su forma de pensar, de alguna manera, por ella. Entonces lo empujó divertida.
–Pues para el próximo día de campo me aseguraré de traer también para ti.
–¿De qué hablan? –preguntó su padre que se había distraído.
–No es nada. Pásame mi onigiri –al recibirlo y darle un mordisco, Boruto devolvió la pregunta–. ¿De qué hablaban ustedes?
Naruto se sintió como adolescente otra vez. Era la pregunta que estaba esperando.
–De nada importante, sólo Kawaki reclamando que no ayudabas en los quehaceres de casa por pasar demasiado tiempo con Sarada-chan –su sonrisa bobalicona hizo que Boruto rodara los ojos.
–Sí, bueno, la semana pasada fui de compras, lavé el escusado, trapeé todos los cuartos, sí, claro, yo no ayudo para nada en casa.
–Una vez de tantas que lo he hecho yo.
Naruto aclaró su garganta en otra oportunidad de demostrar su sabiduría de padre.
–Kawaki, Kawaki. Tener novia implica que la energía de Boruto se concentre sólo en ella y-
–En ese caso, cuando Himawari tenga novio, también podrá dejar de hacer los quehaceres porque estará todo el tiempo fuera con el tipo.
Naruto tragó. Kawaki sabía dónde le dolía.
Himawari no comprendía por qué siempre la metían a ella en sus discusiones.
–Eh, yo no...
–Boruto –interrumpió Naruto antes de que su hija completara la frase–. Harás lo que Kawaki necesite. Él cocina para nosotros todos los días, así que tenemos que ser considerados dattebayo. Sarada-chan podrá esperar.
–Díselo a Sasuke-san –bufó Boruto.
El Séptimo pensó que no importaba si lo último le molestaba a su mejor amigo. Prefería enfrentar su furia a que Himawari se fuera de sus brazos.
Aún enfadado, Boruto se dirigió a Kawaki:
–Por Kami-sama. ¿Cómo voy a desayunar sin que me den ganas de vomitar? El dedo morado de tu pie me está mirando. Ponte la sandalia ninja al menos.
–Si alguien no me hubiera azotado la puerta...
–Ya deberías haber aprendido a tocar antes de pasar –refutó la peliazul–. Choji-san es igual.
–Es cierto. Avisa antes de entrar al baño. ¿Sabes lo incómodo que es para mí que tú me veas orinando?
–No tendría que verlos en situaciones incómodas si alguno de ustedes tres supiera cerrar con maldito seguro.
–¡Yo sí toco la puerta! –Kawaki rodó los ojos–. ¡De veras!
–¿Acaso no recuerdas la noche en que Kiba-san y Kakashi-ojisan vinieron a comer con nosotros? –apuntó Himawari.
–Hiciste una competencia con Kiba-san sobre quién aguantaba más sake –añadió Boruto.
–En la madrugada abrí la puerta del baño. ¡Sin cerrar con llave! Y allí estabas tú –Naruto hizo una mueca antelando lo siguiente que diría a Kawaki–. Vomitando, con el pantalón abajo. Te había dado una diarrea explosiva que pude haberme evitado... Si hubieras cerrado la puerta.
–Que hubieras podido evitar si hubieras llamado a la puerta –habló la fémina, lo que sonsacó al oji cenizo.
–Himawari...
–Es la verdad –apoyó Boruto en protección de su hermanita.
–Tú no hables, inútil.
–¿¿Inútil?? ¡Lavé los platos ayer!
–Yo lo hago todos los días.
–Oye, Kawaki-nii-chan. ¿Y qué fue eso de "cuando Himawari tenga novio"?
–Tranquilízate, ¿quieres? Sólo lo dije para que Naruto deje de defender a su hijo de no ayudarme cuando se lo pido. –El chico frotó la uña de su pie lastimado, de repente en un movimiento la uña se arrancó de la carne y la sostuvo en sus dedos con un gesto de extrañeza. Auch–. Realmente no importa, no es como si fueras a tener novio algún día.
Himawari se ofendió terriblemente:
–¡Claro que lo tendré! Que Inojin no sienta lo mismo por mí, no significa que algún día no seremos novios.
Boruto se atragantó.
–Espera. ¡¿Te gusta Inojin?!
–Y-Yo...
–¿El tonto con cabello de mujer? –Kawaki hizo una mueca.
–¡No es cabello de mujer! E-Es... Muy varonil.
–Lo que digas, es un tonto.
–Concuerdo con el otro tonto –gruñó Boruto, con répelus en su estómago al saber que uno de sus amigos era la comida favorita de su hermana.
–Cállate, Boruto.
–Tú empezaste al llamarme inútil.
–Inojin no es un tonto. Ustedes sí lo so-...
De repente, los chicos detuvieron la discusión cuando vieron a Naruto levantarse, ir corriendo mientras se quitaba la blusa y los pantalones para dejarse únicamente en calzoncillos y lanzarse al río.
–¿Otou-san?
Su cabeza salió del agua.
–El agua está increíble. Cuando terminen de comer deberían meterse conmigo. –Sus hijos se viraron unos a otros con duda–. Especialmente ahora deberían de hacerlo.
Himawari fue la única que rió con arrebato –no podía creer que aquello estuviera pasando–, no le importó quedarse con sus ropas, corrió sin sandalias ninja por el pasto y saltó al agua justo al lado de su padre.
Boruto sacó una sonrisa socarrona y golpeó con la palma la espalda de su hermano antes de dirigirse a la orilla del río.
Kawaki los observó a lo lejos por varios minutos, salpicando agua y nadando contra la leve corriente, hasta que decidió acercarse.
–¿No vienes? –Atrajo Naruto, sintiéndose como el adulto enérgico y divertido que era.
El pelinegro usó el chakra para pisar el agua sin adentrarse en ella.
–Aquí estoy bien.
Los de rayas en las mejillas se miraron con los párpados entrecerrados.
La tarde consistió en perseguir a Kawaki en sus intentos por meterlo al agua.
Cuando finalmente lo lograron, en lugar de poner mala cara como cuando algo no salía como él quería, se rindió en una expresión de alegría encamorrada.
Himawari estaba feliz. Boruto estaba feliz. Kawaki estaba feliz. Y Naruto estaba feliz.
Sólo ese instante para ellos, para él, lo valía todo.
Faltaba poco para que fueran al cementerio al atardecer. Pero por ahora, Naruto Uzumaki disfrutaría del vigoroso sentimiento que había nacido de nuevo, y que compartiría con sus hijos, un rato más.
.
...
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Tres años, tres días.
Lo primero que vieron sus ojos fue el interior de la copa de un árbol castaño. Los rayos del sol entraban por los huecos de sus hojas verdes que eran movidas por una brisa primaveral. Era hermoso, como despertar de un sueño, aún se sentía algo somnolienta y aún así, se encontraba de pie sobre un camino de tierra aplanada.
Conocía ese lugar, boscoso y pacífico, donde apenas el sol del amanecer tocaba las montañas. Hacía un fresco frío de mañana, gracias a eso notó que estaba usando un delgado y suelto vestido blanco y que su cabello podía tocar sus talones desnudos.
Entonces comenzó a caminar, hacia adelante, hacia sólo un lugar al que podía dirigirse.
No recordaba cómo había ido a parar allí, pero eso no importaba. Estaba despertando de un sueño y apenas su instinto le hizo mover los pies por inercia, se sintió flotar en una corriente de sentimientos y sonidos calmos que la llamaban como un renacimiento de su alma.
Después de un rato, vislumbró a lo lejos el conocido par de grandes puertas abiertas al mundo. Su corazón palpitó intensamente, sin embargo siguió caminando pausado, detallando cada sensación exterior a su mente y cuerpo, absorta.
Se detuvo en la línea que definía la separación entre el bosque y la aldea, con la mano en el pecho.
–Bienvenida a Kono-...
El hombre contuvo el aire en sus pulmones y hasta el momento que su compañero a lado suyo apretó su hombro con fuerza, pudo exhalar.
–Kotetsu...
–Esto no es cierto.
Ella los miró curiosa.
Por alguna razón, la suavidad de sus voces incrédulas había cautivado a su estómago que creía estaba lleno de mariposas.
–¿Hinata-san?
...
...
..
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Canción del capítulo
Your Blood, Aurora
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N/A.
Espero sigan disfrutando la historia como yo disfruto escribiéndola.
Gracias a los que leyeron, a los que le dieron favorito y a los que comentaron en el anterior capítulo.
Hasta la próxima.
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Publicado el 31/07/24. Amorrrrrr.
