Capítulo 7

Las siguientes dos bodas a las que asistió Inuyasha fueron un completo desastre. No para los novios, ni para los invitados. Para él. El mismo hombre que antes encontraba en esos eventos una excusa para reír, bailar o perderse entre copas discretas con Kagome a su lado, ahora se convertía en el centro de todas las miradas por razones equivocadas. Bebía de más, hablaba de más, coqueteaba con cualquier mujer que pasara cerca, como si necesitara comprobarse a sí mismo que aún podía provocar algo en alguien. Pero todos lo veían por lo que realmente era: un hombre roto, demasiado orgulloso para admitir que se había equivocado.

La segunda boda se celebraba en un campo abierto, decorado con luces colgantes entre los árboles y mesas sobre el pasto recién cortado. Todo tenía una belleza silenciosa que a Inuyasha le pareció insoportable. Era el tipo de paisaje que a Kagome le habría encantado. Seguramente habría insistido en quedarse hasta tarde solo para ver las estrellas.

Pero ella no estaba.

Y él estaba solo, sentado al borde de una valla de madera, con la cabeza gacha y una cerveza tibia en la mano.

—Ahí estás —dijo Miroku, apareciendo a su lado con dos botellas frescas. Le ofreció una sin preguntar.

Inuyasha la tomó, agradecido. Bebieron en silencio unos segundos, hasta que Miroku lo miró de reojo.

—¿Qué haces? ¿Por qué te comportas así?

—Me estoy divirtiendo —respondió Inuyasha sin convicción.

Miroku soltó una carcajada breve y amarga.

—Eso es lo que menos parece. Pareces... perdido. Como si intentaras estar en todas partes, menos donde realmente estás.

Inuyasha clavó la mirada en el fondo de su botella.

—Tuve una implosión con Kagome.

Miroku se giró hacia él.

—¡Pensé que ustedes tenían un trato! Ir juntos a todas estas condenadas bodas.

—Lo teníamos. Yo lo rompí.

—¿Por qué?

Inuyasha se encogió de hombros, como si no valiera la pena explicarlo. Pero en el fondo, sabía que tenía que decirlo en voz alta, aunque fuera una vez.

—No sé si puedo estar con ella. Para siempre, digo. ¿Y si la lastimo? ¿Y si no es lo que yo creía que buscaba?

—Agh —soltó Miroku, frustrado.

—¿Qué?

—Eres un tonto, Inuyasha. Las bodas te hacen aún más tonto. Y mira que eso es difícil.

Inuyasha rio con amargura, inclinando la cabeza hacia atrás. El cielo estaba limpio. Las estrellas, brillantes. Y cada una de ellas parecía burlarse de él.

—No entiendo por qué todos están tan seguros. Tan convencidos de que están con la persona correcta.

—Eso no es cierto. Nadie está seguro. Yo tengo dudas con Sango todo el tiempo.

Inuyasha lo miró sorprendido.

—¡Mentira! Siempre parecen... perfectos.

—¡Porque no nos ves discutir! ¿Tienes cámaras en casa? ¡Claro que tengo dudas! Casarnos fue un riesgo. Amar a alguien siempre lo es. Pero también es hermoso. Decirle a alguien que lo amas frente a todo el mundo... escuchar que te lo dicen de vuelta. Eso vale el salto.

Inuyasha se quedó en silencio. Su corazón latía rápido, no por el alcohol, sino por algo más profundo. Algo que lo estaba alcanzando, lento, pero inevitable.

—Yo solo... no quería arruinarlo todo. No quería hacerle daño.

—Y lo hiciste igual.

—Carajo —susurró Inuyasha, como si recién lo entendiera. — Lo arruiné todo.

Miroku posó una mano en su hombro, firme pero fraternal.

—Sí. Lo hiciste. Pero eres mi amigo y te quiero. Solo que... no eres tan genial como crees. Ahora mismo eres como ese tipo que pide una muestra de cada sabor de helado y luego no compra nada. Eso fastidia.

Inuyasha bajó la cabeza.

—Entonces, ¿cómo se supone que elija? ¿Cómo voy a saber cuál es el mejor?

—No lo sabrás. Nadie lo sabe. De eso se trata la vida.

El silencio volvió a asentarse entre ellos, pero ya no era incómodo. Era necesario.

Y en medio de él, por primera vez en semanas, Inuyasha dejó de buscar excusas y comenzó a verse con claridad.

Y en esa claridad, lo único que pudo decir fue:

—La extraño tanto.

Miroku no respondió. Solo le pasó otra cerveza.

Porque algunas respuestas no necesitan palabras.

Boda del 7 al 9 de septiembre

Ahí estaba Inuyasha, parado frente a la iglesia, vestido de traje oscuro, sosteniendo un ramo de jacintos entre las manos. Había dicho que no asistiría, que estaría ocupado, que no podía acompañar a Kagome a esa boda. Pero la verdad era que había decidido huir de sus sentimientos, escapar de esa sensación punzante de no saber si lo que había entre ellos era amor o miedo disfrazado de costumbre.

Y sin embargo, ahí estaba. Sosteniendo esas flores como una excusa. Como una esperanza.

Jacintos. La flor favorita de Kagome. Su aroma también se había convertido en el favorito de él, no desde aquella noche que compartieron una cama, sino desde mucho antes. Si lo analizaba con honestidad, ese aroma siempre había estado presente en su memoria de forma íntima y casi vergonzosa. Recordaba aquellas noches en la universidad, cuando estudiaban juntos hasta tarde, los libros abiertos sobre la cama, su risa suave llenando los silencios. Era entonces cuando el aroma lo envolvía, como si lo llamara. Pensaba que era deseo, y se culpaba por eso. Siempre creyó que si se dejaba llevar por ese impulso perdería a Kagome como había perdido a otras mujeres. Pero ella no era como las demás. Ella era imprescindible.

Nunca dejó que lo que sentía floreciera como debía. Y cuando por fin la vida le ofreció una oportunidad de estar con ella de otro modo, lo arruinó.

Ahora estaba ahí, entre los presentes que esperaban a que la ceremonia comenzara. Miraba a todas partes, nervioso, esperando que ella apareciera. Había intentado llamarla muchas veces, sin respuesta. Había ido a tocar a su puerta, sin éxito. No lo recibió. No abrió. Pero sabía que vendría. Su nombre estaba en la lista de invitados. Esta era su única oportunidad.

Pasaron minutos eternos. Su corazón latía con fuerza, como si pudiera adelantarse al momento. Y entonces, la vio.

Kagome descendía del auto con una elegancia silenciosa. Llevaba un vestido verde esmeralda que acariciaba su figura como si hubiese sido hecho para ella. El escote era discreto, pero dejaba al descubierto sus clavículas, donde descansaba un delicado collar dorado. El cabello lo llevaba suelto, ligeramente ondulado, brillando bajo la luz del atardecer. Estaba más hermosa que nunca. Aunque su mirada... su mirada estaba triste. Tenía esa expresión de alguien que sonríe por fuera mientras por dentro contiene la tormenta.

Inuyasha sonrió al verla. Por un momento, todo lo demás desapareció. Pero la sonrisa se le borró tan rápido como apareció.

Koga bajó del auto detrás de ella.

Inuyasha sintió un puñetazo en el estómago. Kagome se quedó inmóvil al verlo, y aunque intentó actuar con indiferencia, no lo logró del todo.

—Hola, Inuyasha —dijo ella, con una voz que tembló apenas un poco.

—Hola, Kagome —respondió él, y luego con un esfuerzo casi visible—. Hola, Koga.

—Hola —fue todo lo que Koga dijo, seco.

Kagome miró el ramo en sus manos.

—¿Para quién son las flores?

—Para la novia —mintió Inuyasha, bajando la mirada.

Ella asintió con una sonrisa leve, que no le llegó a los ojos. Justo entonces, una campana sonó a lo lejos.

—Ya va a empezar —dijo Koga, ofreciéndole el brazo.

Kagome vaciló por un instante, pero terminó aceptando. Tomó el brazo de Koga y comenzaron a avanzar hacia el interior de la iglesia, dejando a Inuyasha parado frente a la puerta, con el ramo de jacintos aún en las manos.

La voz de los invitados se volvía un murmullo lejano. Todo lo demás era estático.

Había imaginado muchas formas en que ese reencuentro podía suceder. Pero jamás esta.

Se quedó ahí, sin moverse, por varios segundos. Y luego, sin pensarlo mucho, caminó detrás de ellos. Entró en la iglesia y se sentó lejos, entre desconocidos, con la vista fija en el altar.

No iba a rendirse.

Aún no.

Solo tenía que encontrar la manera… de hablar con ella a solas. De decirle lo que antes no supo. Lo que antes no quiso.

Y si ya era tarde, que al menos se lo dijera a los ojos.

La fiesta ya había comenzado. La música se colaba desde el salón principal como un murmullo lejano, apenas amortiguado por los muros del hotel. Risas, copas chocando, pasos de baile y melodías felices… todo eso sucedía lejos de él.

Inuyasha estaba sentado en uno de los sillones del área de recepción, un rincón tranquilo donde la luz era más suave y el ambiente, más silencioso. Tenía el ramo de jacintos aún entre las manos. Llevaba horas con él. No sabía cómo entregárselo, ni siquiera si debía hacerlo. Pero tampoco podía soltarlo. Como si en esas flores aún tuviera un último intento, un hilo delgado que lo conectaba con Kagome.

Pensaba en ella. Solo en ella.

En cómo la había dejado ir. En cómo se había mentido tantas veces diciéndose que no la necesitaba. Que era solo deseo. Que no era amor. Pero ahora lo sabía con cada parte de su cuerpo: ella no era una más. Ella era la única.

Y ahí estaba él. Solo. Mirando cómo la vida avanzaba sin ella.

Se pasó una mano por el rostro, derrotado. Cuando de pronto, la vio.

Kagome. Caminaba sola hacia los sanitarios.

Y por un instante, todo volvió a latir.

El vestido verde que llevaba abrazaba su figura con una elegancia discreta. El escote era sobrio pero lo suficiente para que él no pudiera ignorar lo bien que le sentaba. Su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros. Caminaba con gracia, pero había algo en su postura, en la forma en que no alzaba la vista… que le decía que, por dentro, ella seguía rota.

Ese era el momento.

Se levantó sin pensarlo y caminó hacia donde ella tendría que salir. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. No tenía un plan. Solo tenía las flores. Y las palabras que había repetido en su cabeza durante semanas.

Kagome salió viendo al suelo, acomodando la falda del vestido. Iba a volver al salón cuando lo vio. Se quedó quieta. Como si no esperara encontrárselo ahí. Como si no supiera qué hacer al verlo. O peor… como si sí supiera, pero le doliera.

Inuyasha respiró hondo.

—Hola.

Kagome, intentando restarle tensión al momento, arqueó una ceja.

—¿Necesitabas usar el baño de mujeres?

Él sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, genuinamente.

Ahí estaba. Su Kagome. La que siempre encontraba un chiste cuando todo parecía desmoronarse.

—No —dijo él, extendiéndole el ramo—. Por cierto… estas flores no eran para la novia. Son para ti. Siempre fueron para ti.

Ella las tomó con delicadeza. Por un instante, los dedos de ambos se rozaron.

—Lo sabía —dijo en voz baja—. Me sorprendió… siempre dijiste que no te gustaba el concepto de dar flores.

—Lo dije —asintió él—. Pero sé que a ti sí te gusta. Y eso es más importante.

Se quedaron callados. El murmullo lejano de la música era lo único que llenaba el silencio.

—¿Koga sabe de nosotros? —preguntó él, sin rodeos—. De lo que pasó entre nosotros, quiero decir.

—Sí —respondió ella, con honestidad—. No le gustó mucho. Pero después de lo que él hizo con Ayame… estamos a mano.

Inuyasha asintió, sintiendo que el corazón le pesaba más que nunca. Tomó aire.

—¿Puedo decirte algo?

—Preferiría que no —respondió ella rápido.

—Solo una cosa. Y me voy. Te lo juro. No voy a insistir.

Kagome dudó. Luego suspiró.

—Si es un discurso largo… no puedo escucharlo ahora.

—No es largo —prometió él—. Es… mediano.

Se acomodó el cabello detrás de la oreja. La miró a los ojos.

—Kagome… tenías razón. Tenías razón sobre mí. Soy un imbécil.

Ella bajó la vista, cerrando los labios con fuerza.

—Y tenías razón sobre las bodas. No puedo hacer esto solo. Es imposible.

—Porque te sientes solo —dijo ella, con tono neutro.

—No —negó él con urgencia—. Porque tú no estás ahí. No estás ahí para molestarme. No estás ahí para burlarte conmigo de la gente. No estás ahí bailando, haciendo ese horrible paso del robot… y lo peor de todo es que no estás ahí porque yo te alejé.

La voz le tembló, pero no se detuvo.

—Lastimé a la única persona que no lo merecía. A la única que siempre estuvo. Y te alejé porque soy un tonto, un miedoso, un egoísta. Y sí, lo arruiné. Lo arruiné todo. Y discúlpame si esto llega tarde, pero…

Se inclinó un poco, su voz casi temblando.

—Te amo, Kagome. Tanto que duele que no estés a mi lado.

Kagome ya no podía contener las lágrimas. Se le escapaban en silencio, cayendo una a una.

—¿Me amas? —preguntó, como si necesitara oírlo otra vez.

—Sí —respondió Inuyasha, firme—. Mucho.

Ella abrió los labios, dispuesta a decir algo… pero no alcanzó.

—¿Todo bien? —interrumpió la voz de Koga, apareciendo de pronto.

Kagome se secó las lágrimas en un segundo. Recuperó la compostura como si se hubiera puesto una armadura.

—Sí. Todo bien —respondió, sin mirarlo directamente.

Miró a Inuyasha por última vez. La flor en sus manos temblaba apenas entre sus dedos.

—Tengo que regresar a la fiesta, Adiós, Inuyasha.

Y se fue.

Inuyasha se quedó ahí, inmóvil. Helado. Sosteniendo todo lo que no dijo a tiempo.

Sabiendo que, aunque por fin había dicho lo más importante…

…ella ya no estaba lista para escucharlo.

21 de octubre
Boda de los padres de Inuyasha

El micrófono temblaba un poco en su mano, pero no era por nervios escénicos. Era por todo lo que llevaba dentro. Por todo lo que por fin entendía.

Inuyasha se aclaró la garganta. Frente a él, las mesas adornadas con tonos crema y dorado se extendían hasta el fondo del salón. En el centro, sus padres, tomados de la mano.

—Hola a todos —comenzó, con media sonrisa—. Soy Inuyasha. Hijo de estos dos seres. Y si se preguntan por qué estoy aquí dando el discurso del padrino de la boda… créanme, yo también me lo he preguntado.

Hubo algunas risas discretas.

—La verdad, es que me oponía mucho a hacer esto. No quería hacerlo. Para mí, un segundo matrimonio entre mis padres no tenía sentido. Ya lo habían intentado una vez. ¿Por qué hacerlo de nuevo?

Hizo una pausa.

—Supongo que no lo entendía. Siempre creí en cosas como el destino, el amor a primera vista… en esa idea romántica de que, una vez que encuentras a la persona indicada, todo encaja, todo se vuelve perfecto. Pero no.

—La verdad es que si te pasas toda la vida buscando algo perfecto… terminas con nada. El amor no siempre se ve como lo imaginaste. No es mágico todo el tiempo. No es fácil. A veces duele. A veces se rompe. Pero si después de todo, aún quieres quedarte… eso vale más que cualquier cuento de hadas.

Guardó silencio un segundo. Parecía que iba a detenerse, pero entonces, sus ojos buscaron los de Kagome, como si necesitara seguir sintiendo su presencia.

[Flashback]

Después de la confesión, después de verla alejarse con Koga, Inuyasha no supo qué hacer. Condujo sin rumbo por horas, dando vueltas por la ciudad sin un destino claro. No pensaba. No sentía. Solo existía.

El dolor era punzante. El arrepentimiento pesaba tanto que apenas podía sostener el volante.

Cuando por fin llegó a casa, no supo cómo había llegado. Sus pies lo llevaron al umbral de forma automática.

Y entonces, la vio.

Kagome.

Estaba sentada en el porche, sin zapatos, con el vestido aún impecable pero el maquillaje ligeramente corrido. Sus ojos, grandes, lo esperaban con una mezcla de firmeza y emoción contenida.

Se puso de pie.

—¿Sabes que no te mereces otra oportunidad, verdad?

Inuyasha asintió, derrotado.

—Lo sé.

No dijo más. No pudo.

Kagome dio un paso hacia él. Y sin más palabras, lo besó.

Fue un beso con hambre, con rabia, con deseo y con un amor que no supo cómo se había contenido tanto tiempo. Inuyasha respondió con el mismo fuego. Sus labios, sus manos, su cuerpo entero reaccionaron como si hubieran estado esperando ese momento desde siempre. Mientras se besaban, apenas alcanzó a girar la perilla de la puerta. Entraron tambaleando, sin dejar de buscarse.

En el trayecto al interior de la casa, dejaron un rastro de prendas: la chaqueta, los tacones, la camisa, el vestido. La habitación apenas alcanzó a recibirlos. Se amaron ahí, en el suelo, como si el tiempo les debiera todos los segundos en que se habían negado. No hubo palabras, solo suspiros, caricias lentas y una necesidad que les ardía en la piel. Inuyasha la recorrió con devoción.

Besó cada parte de su cuerpo como si lo hiciera por primera vez. Kagome lo abrazaba con fuerza, con ternura, con la seguridad de quien por fin está donde pertenece. Fue amor. No solo pasión. No solo deseo. Fue la suma de todos los silencios, de todas las miradas, de todo lo que no se dijeron durante años.

Después de un tiempo, Inuyasha comenzó a bajar lentamente por el cuello de Kagome, besando su clavícula, su pecho, mientras ella gemía su nombre. Su boca encontró el pezón y lo succionó suavemente, haciéndola gemir más fuerte. Kagome se aferró a su cabello mientras él jugueteaba con su otro seno, acariciándolo y apretándolo suavemente.

—¡Inuyasha, sigue! —rogó Kagome entre jadeos.

Kagome se retorció de placer cuando sintió su lengua explorando su sexo, lamiendo y chupando con suavidad. Inuyasha se dedicó a ella, haciéndola gemir y gritar su nombre mientras alcanzaba el clímax. Ella se dejó llevar por el placer, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía de pies a cabeza.

Después de un rato, Kagome quería más. Quería sentirlo dentro de ella. Kagome lo tomó en sus manos y lo guio hacia su entrada, gimió cuando lo sintió dentro de ella. Inuyasha comenzó a moverse lentamente, saboreando cada movimiento. Kagome lo abrazó con fuerza, besándolo apasionadamente mientras él la penetraba.

Sus cuerpos se fusionaban en un solo movimiento, en un solo ritmo. Inuyasha aceleró el ritmo, haciendo que Kagome gritara de placer. Ella se aferró a él, sintiendo cómo su orgasmo se acercaba. Inuyasha también lo sentía, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y su respiración se aceleraba. Finalmente, ambos alcanzaron el clímax al mismo tiempo, gritando el nombre del otro. Se abrazaron fuerte, sintiendo el calor del otro y el alivio del placer alcanzado.

Se quedaron así por un rato, simplemente abrazados y acariciándose. No hacía falta decir nada, simplemente estaban juntos y eso era suficiente. No hacía falta decir nada, simplemente se miraban y sabían que aquello había sido especial.

—Te amo, Inuyasha —dijo Kagome en un susurro.

—Yo también te amo, Kagome —respondió él, acariciando su mejilla.

Y así, después de tantos años, por fin estaban juntos. Y sabían que, esta vez, nada los separaría.

[Fin del flashback]

Inuyasha volvió a mirar a la multitud. Esta vez, su voz era más suave. Más segura.

—Y aun así, te equivocarás. No importa cuánto te esfuerces… te vas a equivocar. Pero puedes aprender. Puedes reconstruir. Puedes… construir algo incluso mejor.

Volteó hacia sus padres, que lo observaban con ojos brillantes.

—Así que me gustaría que levantaran sus copas.

Tomó la suya.

—Papá, mamá… felicitaciones. De corazón.

El aplauso fue inmediato. Las copas chocaron. El ambiente se llenó de calidez.

Kagome se acercó a él cuando bajó del escenario. Llevaba aún los jacintos en la mano, secos, pero intactos.

—Fue un muy buen discurso —le dijo, sonriendo.

Inuyasha asintió, bajando la mirada por un instante. Luego la miró de nuevo.

—Fue por ti.

—Lo sé.

Y esta vez, cuando se tomaron de la mano, no hizo falta decir nada más.

La lluvia golpeaba suavemente los cristales de la ventana. No era una tormenta, solo ese tipo de lluvia pausada, tranquila, que parecía invitar a la calma. En el interior de la casa, todo estaba en silencio.

Kagome estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta, con una taza de té tibio entre las manos y una mano descansando sobre su vientre redondo. Sonreía, más para sí misma que para nadie, mientras observaba el cielo gris a través del ventanal.

Inuyasha cruzó la sala en silencio, sin zapatos, con una camiseta vieja y el cabello ligeramente revuelto. Se acercó por detrás, le besó la coronilla y se sentó junto a ella, llevándose su mano libre a los labios, como si besarla fuera una necesidad más que un gesto.

—¿Mucho movimiento hoy? —preguntó, apoyando la mano sobre su vientre.

—Un poco —respondió Kagome, cerrando los ojos al sentir el contacto de su mano—. Especialmente cuando te escucha hablar. Creo que ya te reconoce.

Inuyasha sonrió.

—Ya veremos si sigue tan emocionada cuando tenga que aguantar mis historias por horas.

—Ya veremos —susurró ella, entrelazando sus dedos con los de él.

La paz en esa escena contrastaba con tantos momentos pasados. Pensar que llegaron hasta ahí, que ahora compartían no solo la casa, sino la vida… era casi increíble.

Y sin embargo, había sido real. Todo.

[Flashback – Su boda]

El mar se extendía a lo lejos, inmenso, brillante bajo el sol de la tarde. La ceremonia fue sencilla, con una decoración hecha en su mayoría por amigos y familia, flores en tonos cálidos, música suave, y el murmullo de las olas como único fondo.

Kagome caminó hacia él con un vestido vaporoso, suelto, sin pretensiones, pero tan hermoso que Inuyasha olvidó cómo respirar.

—Estás preciosa —le dijo en voz baja cuando por fin la tuvo frente a él.

—Y tú estás tardándote mucho en decir 'sí, acepto' —le respondió ella, entre risas y ojos brillantes.

Durante la ceremonia, Inuyasha tomó el micrófono para brindar. Fue un discurso torpe, desordenado, sin ninguna estructura… pero nadie en la boda dudó de que hablaba desde el fondo de su alma.

—No sé cómo pasó —dijo—. Pero en algún momento dejé de pensar que el amor era una explosión, y entendí que era una construcción. Kagome… tú eres mi lugar seguro. Eres el único hogar que quiero tener.

Y todos levantaron las copas.

[Fin del flashback]

Ahora, meses después, sentados en el mismo sofá donde se refugiaban de todo lo que no sabían manejar, ya no había miedo. Había paz. Había complicidad. Había amor.

Inuyasha se inclinó para besar su vientre.

—Falta poco para que estés aquí —susurró, hablando con la bebé—. Y ya no puedo esperar para verte hacer ese paso del robot que tu mamá ama tanto.

Kagome se rió, dándole un codazo.

—Solo si hereda tu terquedad… lo va a intentar.

—Entonces estamos condenados.

—Felizmente condenados.

Se quedaron en silencio, con la frente apoyada el uno en el otro.

Y cuando la bebé dio una patadita fuerte, ambos rieron. Porque sabían que estaban listos.

Porque habían construido algo que no era perfecto… pero era suyo.

Y si alguna vez dudaron del amor, ahora lo sabían:

El amor no era una coincidencia.
Era una decisión.
Y ellos la habían tomado, cada día, desde que por fin se encontraron.