–¿Entonces? ¿Están seguros de que quieren hacer esto?–Preguntó Helga, mirando alrededor.

Harold, Stinky y Sid se miraron entre sí y asintieron.

–Está bien, les compartiré mi enorme sabiduría para planificar la mejor broma del Día de los Inocentes

–¡Genial!–dijo Harold.

–Pero... hay un precio

–Recórcholis–Comentó Stinky.–. No creo que tenga dinero suficiente

–Descuida, no es eso lo que quiero. Yo los ayudo con su broma y ustedes me ayudan con la mía

–¡Pero pensé que trabajaríamos como equipo!–dijo Sid.

–Chicos, chicos, chicos–dijo Helga, negando con el rostro–. Esa es la gran diferencia entre ustedes y yo. ¿Creen que preparo mis bromas de último minuto? Claro que no. Elijo a mis víctimas en otoño, observo sus rutinas, lo que comen, las clases en las que están, sus horarios, me aseguro de cuáles son sus casilleros y estudio cada detalle. Tengo planeado cada uno de mis pasos para esa semana, pero si puedo distribuir el trabajo, será mucho más fácil salirme con la mía

–Eso suena muy complicado–Añadió el más alto de los chicos.

–Tranquilo, Stink-o, les daré las instrucciones por escrito. Ahora ¿a quién piensan molestar? ¿A los de secundaria? ¿Alguna venganza contra Wolfgang?

–Nada de eso–dijo con orgullo y luego miró a sus amigos.

–Este año los inocentes serán los maestros

–Veo que aspiran a algo grande. Me agrada. ¿Tenemos un trato, caballeros?–dijo Helga, ofreciéndoles la mano.

Los chicos volvieron a intercambiar miradas. Stinky fue el primero en moverse, estrechando su mano. Luego Sid y finalmente Harold.

–Espero que esto sea bueno–dijo Harold–. Y que no nos metamos en problemas

–Descuida, grandote, si siguen mis instrucciones, nadie sabrá quien los golpeó

–¡Pero yo no quiero golpear a nadie!

Helga rodó los ojos.

–Es figurativo, soquete

–¿Figura...que?

–Olvídalo–Rodó los ojos.–. Reunámonos en el parque después de la práctica de baseball

–¿Y Arnold no se enfadará?–dijo Sid.

–Ustedes sí que son idiotas–dijo, cruzando los brazos y arqueando su ceja.–. Es mi furia la que deben temer

–Sí, señora–Contestó Harold, tragando en seco.

–Y ahora, campesino–Añadió mirando a Stinky.– ¿Qué me dices de dispararle a algunos monstruos?

–¡Claro!

Se dirigieron juntos a la máquina en la que solían jugar, seguidos de Harold y Sid.

Ese día, en la escuela, habían aprovechado el momento en que Helga se despedía de Arnold, para invitarla a los arcades. Una vez allí, le explicaron que querían su ayuda y cuando ella quiso saber porque era necesario ir hasta ahí para hablar, le dijeron que entre los tres llegaron a la conclusión de que levantarían sospechas si los veían planeando en la escuela. Helga estaba sorprendida de que pudieran compartir suficientes neuronas para logran una idea medianamente inteligente. Además, contar con esbirros que ejecutaran sus planes era excelente, porque era cierto lo que había dicho, eligió a sus víctimas antes de la fiesta de Noche de brujas... y había una en especial a la que quería molestar sin levantar sospechas, porque podía ser que Mcdougal mantuviera su distancia con su amado cabeza de balón, pero eso no la sacaba de la mira de Helga G. Pataki.


...~...


Cuando llegó a casa, decidió que podía reorganizar su plan para que los chicos hicieran todo el trabajo sucio por ella. No podía enfocarse en Edith, porque tarde o temprano su novio sabría que ella estaba detrás de todo eso, así que tenía algunas pequeñas bromas planeadas para Lila, Nadine, Sheena, Curly, Eugene, el trío de idiotas, Brainy e incluso Gerald, Phoebe y hasta Arnold. Nada era grave o humillante, sólo tonterías para incomodar, algo que les recordara quién era la reina de las bromas. Incluso si jugaba bien sus cartas, podía hacerse pasar por víctima de alguna tontería, como una pequeña bomba de confeti en su casillero.

También hizo una lista de los docentes y las clases que dictaban. La mayoría estaría en el salón de maestros durante el almuerzo, así que esa sería definitivamente el mejor momento para atacar. Decidió que era mejor que ese fuera el gran final, o todas las bromas de la semana pasarían a segundo plano. Debía hablar con los chicos y organizar cada detalle de tal modo que nadie supiera que ninguno de ellos estaba involucrado.

Ese panorama fue suficiente para sacar a Helga de la monotonía. Aprovechando el interés académico de su amiga, convenció a Phoebe de ir juntas al salón de maestros para preguntar por posibles proyectos de puntos extra y así pudo estudiar en detalle la distribución del espacio, los objetos a disposición y los asientos de cada departamento. También evaluó qué cosas podrían hacer a los maestros sin cruzar ningún límite legal. Visitó algunas tiendas en su tiempo libre para hacer un presupuesto mental y finalmente definió y determinó las tareas que realizaría cada uno, en un cronograma que tenía un pequeño margen de error en caso que alguno de los idiotas no cumpliera su misión.

Estuvo tan entretenida con eso, que el viernes llegó volando. Al menos el sábado almorzaría en La Casa de Huéspedes y planeaba pasar la tarde con Arnold y eso era perfecto para relajarse antes de ponerse a trabajar.

Al entrar a casa, notó muchísima actividad en el comedor. Conversaciones y movimiento.

–¿Eres tú, Helga?–dijo Miriam desde arriba.

–Sí, ya llegué

–¡Oh no!–Escuchó la voz de Olga.

–¿Qué demonios pasa?–Quiso saber la menor, viendo cómo su hermana se acercaba, agitada.

–¡Hermanita bebé! Llegas temprano–dijo.

–Siempre llego a esta hora–Contestó, cruzando los brazos y alzando una ceja.

–Ah, lo siento, es que no está listo... yo... ah ya sé–Comenzó a buscar en su bolso.–. Mamá ¿puedes venir un minuto?

Miriam bajó la escalera.

–¿Qué pasa?–dijo la mujer, con aire cansado.

–¿Podrían ir a la tienda? Olvidé algunas cosas... toma–Le entregó algo de efectivo y comenzó a listar lo que necesitaba.

–¿Es en serio?–Se quejó la menor

–Sí, por favor, es importante–dijo Olga.

Helga la miró con sospecha. ¿Olga olvidando algo importante? Claramente era una mentira.

–Iré si puedo quedarme con el cambio–dijo.

Olga la observó y medio sonrió, sacando un billete más de su bolso.

–Y una propina–Añadió entusiasmada.

–Es un placer hacer negocios–Helga tomó el gastado billete de manos de su hermana y lo puso en su bolsillo, mientras daba la vuelta y salía con Miriam.–¿Qué está pasando?–Preguntó cuando estuvieron afuera.

–Olga no quiso explicar nada–dijo la mujer, pensativa–, pero confía en tu hermana, parece contenta, seguro es algo bueno–Añadió sonriendo.

–Tal vez volverá a Alaska–Masculló riendo entre dientes.

–Espero que no, eso sería terrible–dijo la mujer con tristeza.

–Por favor, claro que no volverá a Alaska–Rodó los ojos.

Bob ya estaba allí cuando Helga y su madre regresaron. Su voz estridente y las risas que compartía con Derek fue lo primero que la adolescente notó al ingresar a la casa.

Olga llegó corriendo a recibirlas.

–Aquí está lo que pediste–dijo Helga, extendiéndole una bolsa.

–Perfecto, gracias, gracias–Contestó Olga, sin apenas mirarla.

Helga notó que sonreía, pero otra vez las ojeras marcadas en su rostro le daban un aire cansado.

–Cariño, todo está listo–dijo Derek, asomándose al pasillo–Oh, hola, Helga

–Hola–Contestó ella rodando los ojos.

–¿Está todo en orden?–Preguntó Olga, mirando a su esposo.

–Claro que sí

–Perfecto, vamos

Miriam se adelantó hacia el comedor y Olga tomó a su hermana por los hombros para llevarla casi frente a la mesa.

Al ingresar, Helga contempló el lugar decorado. Guirnaldas de colores adornaban el techo, globos enmarcaban las ventanas y puertas. Un mantel fino cubría la mesa sobre la que se distribuían bandejas con canapés y frutas, además de vaso, jarras con jugo y algunas botellas de cerveza. Al centro una enorme torta de chocolate, con glaseado rosa y celeste con la palabra "Felicidades".

«¿Acaso... lo... recordaron?»

Helga miró todo con una mezcla de preocupación e interés. Era claro que esto era trabajo de Olga y le había tomado bastante tiempo prepararlo.

Mientras la señora Miller verificaba con su esposo que todo estaba listo, la menor notó que los hombres ya habían destapado cada uno una cerveza que ya tenían a medio beber.

–Bueno–Comenzó Olga, mirando alrededor.–. Mi... Nuestra querida familia... me alegra mucho que me permitieran hacer esto–dijo emocionada.

Mientras hablaba, Derek terminó su cerveza y Bob de inmediato destapó otra y se la acercó.

–Toma–dijo.

–Gracias–Contestó el más joven.

–¿Puedo probar eso?–Bromeó Helga.

Sus padres la miraron.

–¿Por qué no?–dijo Bob, encogiéndose de hombros.

Derek, que estaba más cerca, le entregó la botella abierta a Helga y esperó que su suegro destapara otra.

La chica no esperaba eso y por un segundo se preguntó si realmente quería beber, luego se dijo que no pasaba nada por probar.

–Pero no vayas a excederte–Advirtió Bob.–. Solo te lo permito porque es una ocasión especial

–Gracias, Bob–dijo Helga todavía extrañada, tratando de entender qué significaba todo eso.

Sentía que todo lo que pasaba no era más que una simulación de los Pataki.

–Miriam, ¿Todo bien?–Comentó Bob.

–Sí–dijo ella, mirando su vaso con jugo.

–Perfecto

Bob miró a su esposa, luego a su yerno y finalmente a sus hijas.

–Por favor, continua–dijo el hombre, mirando a Olga.

–Sí–Contestó nerviosa. Tomó aire.–. Sé que esto es un poco exagerado, pero me pareció que, dado que era una ocasión especial, valía la pena hacer algo fuera de lo común

–No era necesario–dijo Helga.

–Oh, claro que sí, tontita, esto es muy importante–Continuó.–. Sé que el último año les hice pasar muchos malos ratos por estas fechas, con los ajustes de la boda, las invitaciones y todas esas cosas, en especial a ti, hermanita, sé lo mucho que odiaste las pruebas de vestido, pero estoy muy agradecida de que al final todo resultara bien...

Olga buscó en su bolso y miró a su familia.

–Y Derek y yo queríamos estar aquí, porque una ocasión así de especial debe ser compartida

–Hermanita bebé–dijo, acercándose a ella–. Cierra los ojos un segundo

–No

–Por favor–Rogó.

–De acuerdo

Helga obedeció. Luego notó como su hermana le sujetaba las manos y le entregaba una hoja... con una textura extraña, casi plástica ¿una fotografía?

–Puedes abrirlos–Anunció Olga.

La menor lo hizo y al comienzo no pudo reconocer lo que veía. Parecía una fotografía, sí, pero eran más bien manchas blancas sobre un fondo negro que dejaba ver al otro lado.

Entonces Miriam se acercó a ella y tuvo que ahogar un grito de emoción, mientras miraba a Bob, quien, curioso, se acercó también.

–¿Esto... es?–Logró pronunciar Helga, levantando apenas la vista hacia su hermana que sonreía con orgullo. Luego la volvió a bajar y leyó los datos en la parte inferior de la fotografía.

Bob observó la imagen con la misma expresión que Helga. Le tomó algunos cuantos segundo entender lo que veía, atontado por el alcohol. Pero en cuanto lo hizo, levantó la vista hacia su hija mayor.

–¿Estás... embarazada?–Logró decir Helga, todavía sorprendida.

–Así es–Respondió Olga, con tono alegre.–. Esta semana fue la primera ecografía... y–Miró a Derek, quien se acercó para sujetarla por los hombros en un gesto protector.–estamos muy contentos de poder contarles esto–Concluyó.

Miriam y Bob esquivaron a Helga para abrazar a la joven pareja, felicitándolos con entusiasmo.

Al siguiente segundo Bob llevó a Olga hasta una silla, obligándola a sentarse por su seguridad y Miriam fue a la sala por algunos viejos libros sobre cuidados prenatales y guías para padres primerizos que les entregó hablando entusiasmada.

Helga observó todo como si contemplara una película. Ella no estaba ahí, su existencia había desaparecido. En una mano tenía la ecografía, en la otra la botella de cerveza.

Bob felicitó a Derek dándole golpecitos en la espalda y le comentó entre bromas que debía cuidar de Olga, recordando con risas los antojos que tuvo Miriam en su embarazo, claro el primero, el único que recordaba.

La menor de las chicas se preguntó si podría romper la botella... si se lastimaría al hacerlo... y si acaso eso sería suficiente para recuperar el control de su cuerpo.

«¡Corre!»

«¡Sal de aquí!»

«Mis piernas... ¿Por qué... no obedecen?»

¿Estaba respirando? ¿Estaba parpadeando?

Todo en ese momento se sentía tan lejano.

¿Por qué se había permitido emocionarse?

Ellos jamás lo recordaban, ni siquiera Olga, ¿qué le hizo pensar que esta vez sería diferente?

–Felicidades, Olga y Derek–dijo, mientras dejaba la botella sobre la mesa sin siquiera probarla–. Si me disculpan, tengo mucha tarea por hacer, así que estaré en mi habitación. Buenas noches

–¡Espera!–Gritó Olga, sujetándola por la muñeca.

–¿Qué?–dijo Helga, alzando su ceja.

–Al menos llévate un trozo de pastel

La chica rodó los ojos y esperó que Miriam cortara una porción. La recibió, volvió a despedirse con frialdad, subió las escaleras y cerró la puerta, tratando de ahogar las conversaciones entusiastas y las risas de la familia de Olga.

Luego de dejar el pastel en su escritorio, se arrojó en la cama y encendió el reproductor de música con un disco pesado. Lidiaba con la decepción y la rabia consigo misma.

Sin importar cómo, Olga siempre encontraría la forma de acaparar la atención. Incluso cuando había dejado de ser una Pataki.

Y al mismo tiempo Helga se sentía egoísta y algo culpable. Su hermana había perdido un bebé. Debió ser físicamente doloroso y emocionalmente angustiante. Estuvo muy triste y debió estar asustada. Ahora parecía tan contenta, tan entusiasta y llena de vida, de... esperanza.

No era justo que se enfadara con ella

¿Pero por qué tenía que hacer una fiesta esa semana?

¿Por qué decidieron anunciarlo en ese lugar?

Si Olga y Derek hubieran organizado algo en su propia casa, Helga no habría dejado que ningún tipo de ilusión cruzara su mente.

–Estúpida Olga–Murmuró, apretando los puños.–. Quizá seas la hija perfecta, la estudiante perfecta, la trabajadora perfecta y la esposa perfecta... pero eres la peor hermana...

Rodó en la cama y saltó algunas canciones hasta un tema que le gustaba. Apenas emitiendo sonido, comenzó a modular las palabras, imitando los gestos de los gritos.

Bob todavía no le devolvía la vieja radio y comenzaba a sospechar que había olvidado que se la había confiscado. Probablemente estaría en la cochera, juntando polvo. Aunque si la tuviera ahí, poner música fuerte en ese momento no parecía para nada un movimiento inteligente. No, definitivamente no lo era, pero era tan tentador interrumpir ese instante...

Un golpe en la puerta la sobresaltó. La chica se levantó de la cama, quitándose los audífonos.

–¿Qué quieres, Bob?

Hubo un silencio breve, en el que Helga observó la puerta con la ceja arqueada y las manos en su cintura.

–Helga, soy Derek, ¿podemos hablar un minuto?

«¿Qué demonios?»

La chica se acercó con precaución y abrió un poco la puerta.

–¿Qué?–dijo, sin ocultar su enfado.

–Sólo quería felicitarte, ya que esta semana fue tu cumpleaños...

Helga en su sorpresa dejó que la puerta se abriera.

–¿Tú... lo... recordaste?–No sabía si era bueno o malo.– ¡¿Lo recordaste y no dijiste nada?!

–¿Nada? Espera... ¿Por qué tendría...? ¿Olvidaron tu cumpleaños?

–¡Por supuesto que lo olvidaron! Nadie en esta familia recordaría algo así

–¿Estás enfadada? No creí que fueras tan infantil

–Oh, ¡Claro que lo estoy! Creí... creí que por una vez habían recordado... incluso Olga lo olvidó.

–Pensé que ella había hablado contigo. Esta semana pasó horas al teléfono...

–Te aseguro que ninguna de esas llamadas incluyó felicitaciones para mí

–Helga, lo siento. Ya veo por qué estás tan molesta. Debe ser confuso llegar a casa y que haya una celebración así

–¿Por qué decidieron anunciarlo aquí? ¿No sería mejor en su casa?

–Estamos remodelando, así que no hay mucho espacio

–¿Y en casa de tus padres?

–Se encuentran fuera de la ciudad, regresarán el próximo mes, pero ya sabes como es Olga, no quería esperar

–Ajá

–De verdad creí que tus padres ya habían celebrado tu cumpleaños, no quise hacerte enfadar

–Si llegaste a pensar eso, es que no tienes idea de cómo funciona esta familia–dijo, molesta–. Gracias por venir a saludar, ahora déjame en paz

–Espera–dijo con un suspiro–. Creo que debo empezar otra vez–Sacó una pequeña caja de su bolsillo.–. Feliz cumpleaños, Helga

Ella lo miró con desconfianza. Titubeó antes de tomar el regalo.

–Bueno–Se sujetó el brazo, incómoda.–. Gracias, supongo

–Sé que a veces las cosas no están muy bien con tus padres, así que recuerda que eres bienvenida a nuestra casa si necesitas un respiro

–Gr-gracias, cuñado

–Tal vez quieras empezar la tarea–Añadió él, mirando de reojo el escritorio.

–Sí, como sea. Adiós

Helga cerró la puerta sin azotarla, lo que en cierto modo debía considerar un logro.

Se acostó en su cama para abrir el regalo.

Era el nuevo disco de una de las bandas que escucharon cuando pintaron el cuarto. ¿Por qué el idiota lo recordaba?

Bueno, ese momento era igual de bueno que cualquiera para escucharlo. Rasgó el plástico con cuidado, cambió el disco en el reproductor de música, cerró la tapa con cuidado y le dio play, mientras sacaba el cuadernillo y leía con atención las letras de las canciones.


...~...


Al día siguiente, Helga estaba recostada en la cama de su novio, mientras él terminaba de ayudar en la cocina. La chica todavía estaba molesta, aunque lo disimuló bastante bien durante la comida.

Pero estaba segura de que Arnold lo había notado, así que sabía que le debía una explicación y al mismo tiempo no quería dársela. ¿Qué iba a decir? ¿Qué estaba enojada porque fue una tonta que creyó que por una maldita vez en su vida su familia no estaría girando en torno a Olga?

«Doi, claro que no»

Pero también sabía que él intentaría entender qué le pasaba y ella terminaría más enfadada solo por su insistencia, así que se estaba quedando sin opciones y sin tiempo.

Tal vez podía inventar una excusa para huir, pero en cuanto lo pensó los pasos en la escalera le dieron unos segundos parar prepararse. Tomó aire y apretó los puños, incómoda.

–Ya terminé con los quehaceres–Anunció Arnold.– ¿Quieres salir a caminar?

–Está bien–dijo ella, sentándose en la cama para abrochar sus zapatos.

Lo que fuera que le permitiera posponer la incómoda conversación le venía bien.

Arnold la siguió escaleras abajo y comenzaron a vagar, sin apenas intercambiar palabras, hasta detenerse en el puente, mirando el agua.

–¿Quieres decirme qué te pasa?–dijo el chico.

–No realmente–Admitió ella, con aire cansado.

–¿Prefieres que nos veamos otro día?

–¿Acaso estás loco? La sola idea de volver a casa es horrible

Arnold dejó escapar un suspiro.

–Helga, ¿qué pasó?

–Solo otra de las tormentas Pataki

–Sé que tu familia no es maravillosa... pero ¿realmente son tan malos?

–No te imaginas

–Bueno, sé que tu padre es algo frío, pero parece preocuparse por ustedes

–A Bob solo le preocupan los premios

–Y tu madre hizo un gran trabajo al rehabilitarse

–Bien por ella

–Tu hermana te adora

–Olga solo adora la idea de tener una hermana menor, no importa si soy yo o Li-la... de hecho creo que realmente preferiría a Lila

–Eso es porque nunca lo intentas, tal vez si trataras de entenderla...

–¿Tratar de entenderla? ¿Estás demente?

–Sé que odias que actúe como si fuera perfecta, pero ¿alguna vez has intentado ponerte en su lugar?

–¿Qué? ¿Recibir los cumplidos de Bob? ¿Ser la alegría de Miriam?

–Entender lo mucho que se esfuerza. Tener una buena actitud, ser amable y obtener calificaciones perfectas todo el tiempo no debe ser fácil

–No me digas–Rodó los ojos.

–La universidad tampoco debió ser sencilla

–Claro, la señorita tenía demasiados pretendientes para poder decidir qué hacer con su futuro–Se dio vuelta, apoyando su espalda en la baranda, cruzando los brazos.

–Helga, ¿por qué actúas así? ¿Qué pasó?

La chica evitó su mirada.

–Olga... –Murmuró.– Olga está embarazada

–¿En serio? Guau... me alegro mucho, debió ser muy difícil volver a intentarlo después de... lo que ocurrió

Helga apretó los dientes.

–¿Por qué te molesta?–dijo Arnold, frunciendo el ceño– ¡Deberías estar feliz por ella! Helga, ni siquiera tú puedes ser así

Ella lo miró. Realmente estaba enfadado. ¿Acaso no lo entendía? ¿Por qué? ¡Claro que estaba feliz por su hermana! ¿Arnold realmente pensaba que ella era esa clase de persona?

«Criminal»

–Tal vez si deberíamos vernos otro día–Admitió Helga.

No estaba de humor para aguantarlo.

–¡No puedo creerlo!

–¡Déjame en paz!

–Tal vez si solo vieras más allá de ti misma

–No te atrevas

–¡Ni siquiera lo intentas!

–¡Claro que no! ¿Por qué lo haría? En esa casa yo no existo

–¿Sabes? No es precisamente sencillo llevarse bien con otros, pero al menos deberías apreciar el hecho de que tienes una familia

–¡¿Tú qué sabes?!

Helga se congeló en ese instante. No quiso decir eso. No quería decir eso. Rayos, la frialdad en la mirada de Arnold, la furia, el dolor. No quiso herirlo, pero la ira se apoderaba de ella, tensando su cuerpo y ahogando sus pensamientos.

–Arnold... lo siento...

–No, Helga

–No quise...

–Nos vemos en la escuela

El chico volteó para alejarse.

–Espera...

–No. Ahora soy yo quien necesita estar solo

Ella apretó los puños. Perfecto. Su arranque arruinó lo único bueno que tenía ese fin de semana.

–Entiendo–dijo ella.–. Te veré en la escuela