La Revolución de Mestionora

El Extraño Bautizo

El día al fin llegó.

La emoción la hizo levantarse desde temprano para ayudar a preparar la comida y mantenerse ocupada. Cuando su madre la regañó por estar demasiado activa, se sentó en la mesa con su libro de botánica y comenzó a leerlo para poder relajarse.

Estaba terminando de leer el capítulo uno de nuevo cuando su madre y su hermana comenzaron a poner comida frente a todos y su padre la ayudó a cerrar y guardar su preciado libro en la habitación.

Pasando el desayuno, Tuuri la ayudó a lavarse tal y como ella ayudó a su hermana el año anterior. Su madre la vistió con el vestido de Tuuri que arreglaran a lo largo de toda la semana y la peinó, entonces su padre sacó un hermoso palillo labrado, lacado y adornado con hermosas flores azul celeste y tres cortos racimos de diminutas flores blancas como campana para cabello con el cuál terminaron su peinado.

—Te ves tan hermosa, Myne —comentó su madre en un suspiro lleno de admiración y orgullo.

—¡Pareces una princesa, Myne! —clamó Tuuri esta vez con una sonrisa enorme que la hizo sonrojar.

—Gracias, pero no es para tanto. Todavía soy demasiado pequeña y…

—¡Soy el hombre más afortunado del mundo con unas hijas tan hermosas! —gritó su padre con lágrimas en los ojos, tomándola en brazos para apretarla un poco y llenarle el cabello y la cara de besos en medio de su emoción.

—¡Gunther! ¡Vas a despeinarla!

El hombre la miró asustado y ella solo sonrió. Estaba demasiado feliz disfrutando de la experiencia de tener un padre tan amoroso y demostrativo como ese, aun si a veces actuaba como un niño.

—Está bien, mamá. Siempre podemos ajustar mi cabello y alisar un poco mi ropa.

Aun así, su padre la bajó sonrojado y algo avergonzado sin dejar de sonreírle.

—Si estás lista, Myne —dijo su padre ahora más tranquilo—, te llevaré lo más lejos que se me permita para que no te canses demasiado. Quizás tu cuerpo esté más saludable luego de usar esas piedras fey más grandes que he podido conseguirte del bosque, consumir comida deliciosa y hacer un poco de ejercicio todos los días, pero todavía estás lejos de tener la resistencia de los otros niños.

—Lo comprendo, papá. Muchas gracias.

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Fiel a su palabra, Gunther la llevó en hombros la mayor parte del camino. Se sentía demasiado feliz, rodeada con todos los otros niños vestidos de blanco con detalles en azul de diversos tonos para adornar sus ropas.

Cuando los soldados ya no permitieron a su padre seguirla cargando, ella solo se despidió de la familia y caminó junto a Lutz… o sería más exacto decir que Lutz la escoltó el resto del camino al templo, recordándole de manera vaga su visita a Roma junto a su marido… cuando todavía era Urano, bibliotecaria retirada y abuela de tres.

Sonriendo, entró con los demás niños… con los últimos para ser más exacta. Sus piernas cortas y el lento de su andar solo ayudaron a dejarla más y más atrás. Por suerte Lutz estaba acostumbrado a sus pasos cortos y lentos, de modo que no había notado, sino hasta ahora, que un caracol debía ser mucho más rápido que ella.

—Está bien, no te preocupes, Myne —la consoló Lutz con una sonrisa juguetona antes de tomarla de la mano para ayudarla a avanzar un poco más rápido hasta alcanzar una fila.

Una vez en la fila, conforme avanzaban a un paso más adecuado para ella, pudo notar dos cosas.

La primera, que a todos los niños les estaban haciendo un corte en el pulgar o el índice para pintar con ello una piedra, vaya modo tan terrorífico y extraño de registrar a la gente, en especial si pensaba en lo enorme que se veían esos cuchillos desde su perspectiva pequeña, haciendo que su corazón comenzara a latir con más aprehensión que si el idiota de Tetsuo la estuviera metiendo a la fuerza a una casa de los espantos en algún parque de diversiones solo para burlarse de ella y sacarla escondida en su saco, detrás de su espalda.

La segunda, era que en la fila de al lado, el sacerdote haciendo los registros se parecía demasiado a… no, no se parecía, '¿Qué está haciendo aqui el Lord Comandante de los Caballeros?'

La imagen gallarda y amable del joven que la rescató apareció entonces en su mente, haciéndola comparar el antes y el ahora. El muchacho parecía un poco más joven con el cabello tan corto y con las ojeras menos marcadas… como si antes no hubiera tenido ocasión de descansar suficiente y acabara de ponerse al día con sus horas de sueño.

—Lutz, ¿está bien si me cambio a la fila de al lado?

El niño miró en la misma dirección… o casi. Ella miraba al sacerdote de cabello azul claro y él la fila de niños algo más corta.

—¿Estás segura? —preguntó su amigo antes de mirar al sacerdote—. Parece que fuera a regañarnos por estarnos cambiando de fila o algo… quizás por eso la fila es más corta, pero, si eso quieres…

—Gracias, Lutz.

Estaba caminando a la otra fila cuando Lutz abrió mucho los ojos, tomándola del brazo para detenerla antes de susurrar cerca de su oído con desconfianza.

—¿No se parece al sujeto que te sacó del trombe?

—Creo que es el mismo.

—Tal vez por eso esté tan molesto. Está aquí haciendo cortes en los dedos de niños en lugar de cazando bestias fey y talando trombes.

El tono cargado de miedo y malestar de su amigo la hizo reír un poco, llamando sobre ellos la atención del sacerdote de cabellos azul claro.

—¡Los del final de las dos filas! Si no se comportan, no podremos bautizarlos y tendrán que esperar hasta el año siguiente.

Lutz se tensó de inmediato, ella solo sonrió antes de asentir y formarse en la fila deseada.

Para cuando fue su turno, el hombre estaba limpiando el cuchillo con una tela sin apenas mirarla, indicándole que le diera su mano. Ella la estiró, olvidando que ese día estaba usando la pulsera que el jefe del gremio le entregara el día que casi muere por la fiebre del devorador, entonces el hombre se detuvo con el cuchillo a medio camino hacia su dedo, mirándola por primera vez, mostrando sorpresa y reconocimiento que la hicieron sonreír.

—Buenos días, Lord Comandante. Es una extraña coincidencia verlo aquí. Mi padre me dijo una vez que ustedes son quienes mantienen el orden y hacen investigaciones. ¿Está haciendo una investigación de encubierto?

El hombre la miró un momento con el ceño fruncido sin soltarla, como pensando ante de hablar.

—¿Jimitsuno? ¿qué significa eso?

En ese momento se dio cuenta de que había dicho la última palabra en japonés al no conocer el equivalente en el idioma local, sonrojándose, soltando una leve risita nerviosa.

—Ahm… que está… ¿disfrazado para que los malos no lo vean?

—¡Por los dioses! No sabía que los plebeyos gozaran de tanta imaginación —se quejó el hombre por lo bajo, guardando el cuchillo antes de jalarla un poco más, examinando su mano y la pulsera en ella—. ¿De dónde has sacado esto? ¿Firmaste un contrato con alguien?

Myne sonrió con demasiada confianza. El hombre parecía curioso, más que nada. No le haría daño confesar.

—No pienso venderme, Lord Comandante. Mi familia sufriría mucho si me vuelvo en… un objeto en una casa noble. Este fue una especie de obsequio de otra persona. He tenido mucho cuidado de no romperlo para poder usarlo hoy solo en caso de que el calor enloquezca otra vez. No ha sido fácil, pero ya ha durado dos veces más de lo debido.

El hombre arrugó el ceño, golpeándose la sien entonces, hipnotizándola y haciéndola relajarse ante ese gesto. Era un poco como tener un pedacito de Tetsuo de vuelta y eso estaba volviéndose reconfortante.

—¿Myne, cierto? —inquirió el hombre de inmediato, haciéndola sonreír aún más.

—Me honra que recuerde mi nombre, Lord Comandante.

—Ahora soy el Sumo Sacerdote, no el Lord Comandante. Temo que mi estancia aquí no es tan interesante como esperas.

—¿Entonces ya no es el Lord Comandante?

—Eso es correcto.

Estaba desconcertada, mirándolo con curiosidad. Debía haber toda una historia interesante detrás de aquello, aunque lo único que atinó a decir fue.

—Es un extraño cambio de carrera. Bizarro.

El hombre pareció temblar dejando escapar un quejido y de pronto se dio cuenta de que estaba tratando de no reírse por su comentario. Los nobles eran muy extraños en realidad.

—Lo es —fue lo único que consiguió como repuesta antes de que el ahora Sumo Sacerdote mirara a sus compañeros y luego a ella—. Myne, ¿te importaría hablar conmigo después de la ceremonia? Ahora que tengo algo de tiempo libre, hay algo que me intriga y que no pude verificar antes.

—¡Por supuesto! Lo ayudaré como pueda y… gracias de nuevo por salvarme en aquella ocasión.

El hombre la soltó, ella miró la piedra y su dedo, luego al hombre que solo le hizo un gesto para que siguiera avanzando con los demás, entonces notó que, de nuevo, era la última.

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El Sumo Obispo parecía un Santa Claus de ropas blancas… pero no estaba segura de como sentirse. Su nariz y mejillas estaban muy sonrojadas. Su tono de voz, aunque fuerte y claro, parecía… carente de emoción, su voz un poco pastosa mientras les relataba las historias de la biblia.

Decidió soltar su inconformidad en un suspiro. El hombre a cargo de educarlos en la religión había llegado con alguna especie de resaca según parecía, así que solo se sentó y prestó atención, tratando de imaginar, maravillándose por la preciosa mitología usada para explicar el día, la noche y las estaciones, encontrando algunas similitudes con mitologías de otras épocas y culturas de una vida atrás.

Cuando terminaron de escuchar las historias, el hombre les pidió que se pusieran de pie para enseñarlos a rezar… entonces se pusieron en la posición glico mientras decían "¡Alabados sean los dioses!" y por más que quiso, no pudo mantener la posición. La risa era demasiada para contenerla, el estómago comenzaba a dolerle, incluso podía sentir lágrimas en sus ojos.

'Esta es la coincidencia más estúpida y bizarra con la que pude haberme topado nunca, jajajajajajajajaja. ¿Qué será después? ¿La pose de las fuerzas Gy-niu? Jajajajajajajajaja, Shuu y Akane no dudarían en decir la parte de quien quieren hacer para la foto, jajajajajajajajajaja.'

Su malestar fue tal que los sacerdotes y Lutz lo confundieron con otro tipo de cosa y un sacerdote gris, demasiado joven y de cabellos lilas la tomó de inmediato en brazos. Estaba calmándose cuando miró al escenario. Sus ojos se encontraron con los ojos dorados del antiguo Comandante y actual Sumo Sacerdote, que no la dejaron sino hasta que ya no fue posible seguir mirando.

—¿A dónde vamos? —preguntó de pronto, consciente de que un extraño la estaba llevando por los pasillos del templo a un lugar desconocido.

—El Sumo Sacerdote me advirtió de estar pendiente de usted. Ahora mismo la estoy llevando a un lugar donde pueda descansar. Debe estar muy enferma si se derrumbó cuando estaba terminándose la oración.

Sintió su rostro sonrojarse con vergüenza. No se había desmayado ni derrumbado, solo era demasiado gracioso el choque cultural que acababa de tener.

—Lo lamento —se disculpó de inmediato, soltando un sonoro suspiro y cubriendo sus ojos con sus manos.

—No se disculpe. Uno no elige cuando enfermar.

'Ese es el punto, ¡no estoy enferma! ¡me estaba burlando de sus costumbres extrañas!'

—Vaya, pues muchas gracias… ¿qué pasará con mis padres y mi amigo que se quedó con los otros niños?

El muchacho le sonrió de una forma amable en ese momento, abriendo una puerta y avanzando hasta depositarla en una… una… ¿una cama de princesa? ¿cómo porqué la estaban poniendo ahí? ¿No habría sido mejor dejarla en un sillón o una banca o…?

—Mi nombre es Fran. Iré a avisar a su familia y a su amigo de que se encuentra aquí a la espera de un chequeo, señorita… ¿Myne? ¿Es eso correcto?

—Ahm… si… es correcto… mi padre se llama Gunther, es un soldado de la puerta sur y mi amigo se llama Lutz. Es rubio y tiene los ojos…

—Oh, el niño que la estuvo escoltando desde el desfile. Hablaré con él entonces. Por favor no salga de aquí. Volveré en un momento con el Sumo Sacerdote.

Quería hablar, decir algo, pero ¿qué podía decir? ¿qué sacerdote o monje tomaría a bien que una niña plebeya y pobre se burlara de sus costumbres sagradas? ¿entenderían siquiera que no era su intención, que se había reído por el significado que esa misma pose tenía en su vida pasada? ¿Alguien le creería siquiera si empezaba a hablar sobre reencarnación y temas por el estilo?

Shuu y Akane se mostrarían entusiasmados y algo escépticos, en cuanto a Tetsuo…

—Oh, no, ¡no! ¿Por qué justo ahora?

Su vejiga comenzó a protestar. No era su culpa que su cuerpo fuera tan débil que necesitara beber más agua de lo normal cuando salía bajo los rayos del sol del verano… o que justo ahora tuviera la necesidad de orinar en alguna parte porque había tomado agua en cuanto pasaron junto al pozo…

Y estaba el asunto del antiguo comandante viniendo a verla para hablar, puede que incluso estuviera preocupado pensando, igual que los demás, que se encontraba indispuesta por enfermedad, después de todo, el muchacho parecía comprender que era el devorador con exactitud…

Se sentó entonces tan derecha como pudo, con las piernas bien apretadas y las manos en sus rodillas, tratando de evocar algún libro que no hablara de líquidos.

No, no funcionaba. Su cabeza no dejaba de ponerle en frente el recuerdo de libros sobre hidráulica, reacciones en líquidos y recetas de bebidas refrescantes, además de datos sobre las diversas cataratas existentes en su mundo… no estaba ayudando.

¿Tal vez cantar? ¿Y qué canción podría cantar para desviar la imagen de agua corriendo ahora? ¿Y si alguien entraba y la encontraba cantando en inglés o en japonés? Debería tararear en lugar de cantar entonces y eso hizo. Empezó con el tema de apertura de pokemon, pasando pronto al tema de apertura de Juego de Tronos, para que el sacerdote de túnica gris entrara junto al Sumo Sacerdote justo cuando estaba a la mitad de tararear uno de los endings de Dragon Ball GT, Hitori Janai para ser más exactos, notando demasiado tarde que los dos muchachos la miraban con los ojos muy abiertos desde la puerta.

Dejó de tararear entonces y el muchacho de cabello y hábito azules caminó hasta ella, sentándose en una silla para poder mirarla un momento.

—No conozco esa canción. ¿Dónde la escuchaste?

'Si le dijera, no me lo creería' pensó antes de sonreír y apretar más las piernas. Las ganas de orinar habían vuelto y trataban de vengarse por ser ignoradas.

—No puedo recordar si la escuché aquí —fue su escueta respuesta antes de mirar al sacerdote de túnicas grises y luego al Sumo Sacerdote, apenada al no tener idea de cómo abordar su predicamento.

—¿Sucede algo? —preguntó el antiguo comandante como si acabara de captar que estaba incómoda y en problemas… bueno… estaba en problemas.

—Ahm… ¿cómo decir esto?... tomé demasiada agua antes de venir… temo que el calor me afecta más de lo que debería y…

—Entiendo —respondió el muchacho frente a ella con una expresión carente de emociones antes de voltear a decirle algo al otro muchacho, dejándola ver que tenía la punta de sus orejas un poco sonrojadas.

—Por aquí, señorita Myne —le dijo el otro sacerdote tratando de ayudarla a bajar, optando por cargarla.

—Lamento mucho darles tantas molestias.

El chico la llevó a una habitación contigua, indicándole que se sentara en una especie de banca con un agujero y dejara salir todo sin preocuparse… también le pidió que se abstuviera de asomarse dentro del agujero en cuestión.

Así lo hizo al menos hasta que dejó de sentirse incómoda, jalando la enorme ropa interior que tenía que usar en ese lugar antes de buscar una palanca para echar agua que no encontró por ningún lado, lo que la llevó a asomarse al final y descubrir que… al fondo de aquella letrina… no había agua, sino extrañas criaturas parecidas a caracoles o babosas enormes, translúcidas y carentes de caparazón alguno, haciéndola gritar.

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Atendida su pequeña urgencia, Fran tuvo la amabilidad de devolverla al interior de la habitación, ofreciéndoles un poco de té y sentándola esta vez en una silla con una pequeña mesa redonda como las de las cafeterías entre ella y el Sumo Sacerdote.

El muchacho le pidió que tocara por un momento un enorme escudo y ella no pudo dejar de sorprenderse al notar como una a una, las hermosas gemas que adornaban aquella reliquia comenzaban a brillar. El Sumo Sacerdote hizo que le retiraran entonces el escudo y Fran lo colocó en un pequeño escritorio al fondo de la habitación.

Té y un par de dulces fueron colocados frente a ella, así que agradeció, soplando un poco su taza antes de llevársela a los labios y dar un pequeño sorbo, sintiéndose relajada por el sabor nostálgico. Sabía como a té de jazmín.

Un carraspeo llamó su atención, entonces abrió los ojos y volvió a sentarse tan derecha como pudo, mirando al chico que no paraba de dedicarle miradas cargadas de curiosidad… en serio, era como si Tetsuo la estuviera mirando como a un conejillo de indias… de nuevo… y no es que eso la molestara ahora, la estaba poniendo de nervios recibir ESA mirada de alguien que NO era su Tetsuo.

—Debo admitir que pensé que tenías tres o cuatro años, a lo mucho cinco cuando te sacamos de ese trombe —fue lo primero que dijo su anfitrión. Podría parecer grosero, pero eso explicaba que la estuviera mirando con tanta curiosidad.

—He sido muy enfermiza toda mi vida. Mi crecimiento es más lento que el crecimiento de los niños de mi edad. Ni siquiera puedo caminar igual de rápido, ya no digamos correr. Pero puedo asegurarle que tengo siete, Sumo Sacerdote.

—Ya veo… por otro lado, pensé que eras una niña de la zona sur… ¿promovieron a tu padre durante el tiempo que no nos vimos?

—Temo que no, mi padre sigue siendo un soldado de la puerta sur y nosotros seguimos viviendo justo ahí. Aunque comprendo su confusión, Sumo Sacerdote. Mi madre y mi hermana se esforzaron mucho para preparar mi atuendo del día de hoy, incluido el adorno en mi cabello. En cuanto a mi cabello, uso un tratamiento especial para mantenerlo limpio. Si no me lavara todos los días, corro el riesgo de enfermar de un modo más severo todavía.

Lo dijo todo sonriendo, antes de tomar una golosina y llevársela a la boca, dando un pequeño bocado y tratando de no mostrar su descontento al encontrarse con que, al igual que el resto de la comida… era insípido.

—Entiendo. Eso lo explica.

—¿Puedo hacer preguntas?

El joven frente a ella pareció sorprenderse, sin embargo, no se negó, asintiendo despacio para luego llevar su propia taza con té a la boca.

—Agradezco que no cortara mi dedo con ese… cuchillo que seguro es más pequeño de lo que se ve, pero que desde mi perspectiva no deja de parecer un cuchillo de carnicero… pero… ¿no se supone que debía poner un poco de sangre en una de esas piedras como los demás?

Ahora la estaban mirando como si le hubiera salido una segunda cabeza o algo así, en todo caso, el chico debía tener un excelente autocontrol sobre sus gestos porque pronto no quedó rastro alguno de la extraña mirada que le había dedicado.

—Ese es el asunto, Myne. ¿Sabes lo que es el devorador?

—Me enteré cuando me obsequiaron esto —respondió levantando un poco su mano para dejar que se viera la joyería que llevaba puesta—. El devorador es una enfermedad en la que el calor me devora por dentro, ¿cierto? Para controlarlo tengo que usar una de estas joyas mágicas hasta que se convierta en polvo dorado o bien, puedo utilizar piedras fey para calentarlas hasta que se desmoronen. También tengo la opción de… va a sonar tonto, pero si imagino ese mismo calor como una enorme manta y que lo doblo y lo comprimo para encerrarlo en una caja… parece controlarse.

—¡Oh, dioses! —se lamentó el Sumo Sacerdote cubriendo sus ojos—. Eso explica que hayas crecido tan poco.

—¿¡Bwuhu?!

Estaba confundida ahora.

Fran, de pie detrás del Sumo Sacerdote hizo un leve sonido de carraspeo y con eso, el Sumo Sacerdote se recompuso, tomando bastante aire antes de mirarla de nuevo en una posición que le recordó un poco a Genji Ikari de Evangelion… o al señor Burns de los Simpsons.

—Eso que tú llamas calor es maná. Es lo que hace nobles a los nobles. Tienes razón en que puedes controlarlo con artefactos mágicos para niños o bien usar piedras fey para drenar el exceso de maná en ti. En cuanto a tu imagen del calor doblándose y comprimiéndose para guardarse en una caja, no es una tontería, es una técnica que usamos los nobles para mantener nuestro maná controlado en todo momento. Claro que no lo hacemos antes de los diez años. Demasiada compresión evita que uno crezca como es debido.

'¿Mi calor es maná? ¿El maná que menciona el libro de botánica?... Entonces el libro no estaba incompleto, el trombe me atacó porque tengo maná y ya.'

Sus ojos se abrieron. Estaba tan conmocionada, que si Fran no hubiera vuelto a carraspear no se habría dado cuenta que se puso de pie sobre la silla, sosteniendo su cuerpo sobre la mesa para mirar al Sumo Sacerdote desde demasiado cerca.

Se sintió de lo más avergonzada, pidiendo disculpas en lo que regresaba a su lugar para disimular su mal comportamiento. ¿Cuántas veces llamó la atención a sus hijos por hacer eso?

—Te falta refinamiento, Myne. Por fortuna eres joven, es algo que puede corregirse.

—Aun no me responde a mi pregunta. ¿Por qué no me registró?

—Porque quiero que consideres algo antes… entiendo que quien te… obsequió esa herramienta deficiente, te habló sobre los contratos con los nobles, ¿me equivoco?

—No. Me dejaron claro que si quiero llegar al siguiente invierno debería venderme como concubina o esclava con algún noble. Prefiero utilizar las piedras fey que quedan tras matar algunos animales, gracias.

—Entiendo… sin embargo, hay otra opción diferente. ¿Te gustaría escucharla?

'¿Más opciones? ¡Lo sabía! ¡Sabía que debía haber más opciones! ¡Parece que no tengo que venderme después de todo para seguir con vida!'

Estaba emocionada, por suerte, recordó que no podía solo brincar y gritar y correr, así que bebió un poco de té para calmarse, manteniendo el pequeño sorbo en su boca por un rato para saborear el líquido. En cuanto tragó, le hizo un gesto al Sumo Sacerdote para que pudiera continuar.

—Una adopción —dijo el sacerdote y ella tuvo que mirarlo, no muy segura de lo que estaba oyendo—. Conozco a alguien que podría adoptarte, solo necesitas esperar a que termine el invierno para que sea mayor de edad… de hecho, si pudieras esperar hasta el verano próximo, ella se habrá casado y podrá adoptarte bajo la excusa de que eres su hermana menor y que ambas quedaron huérfanas hace tiempo.

—Pero yo ya tengo una familia —respondió ella con tranquilidad, dejando el té y bajando sus manos, aferrándolas para sostener su determinación—. No deseo separarme de mis padres o de mi hermana, además, no hay garantías de que pueda aguantar hasta el invierno.

—Comprendo. Para que puedas aguantar, me gustaría que vinieras al templo como una aprendiz de doncella. Aquí podremos drenar tu mana para evitar que acumules demasiado, de modo que no tengas la necesidad de seguir utilizando piedras fey o herramientas mágicas que, estoy seguro, son más que inaccesibles para tus padres.

Aquello era tentador en realidad. Demasiado bueno y demasiado tentador. Y si algo había aprendido al ser ama de casa y madre era que siempre que algo sonaba demasiado bien o demasiado tentador era porque tenía una trampa. Necesitaba conocer las letras pequeñas al pie del contrato antes de tomar una decisión.

—Agradezco que puedan hacerse cargo de mi maná, ¿pero que ganan ustedes con ello?

El hombre sonrió apenas, reajustando su postura y acercándose más, tomándola en serio a pesar de ser una niña de siete que parecía de cinco.

—El maná que se recolecta en los artefactos divinos es utilizado después para fertilizar la tierra. A más maná donamos, más abundantes son las cosechas. Por supuesto, no espero que entres como una huérfana de hábito gris. Si lo que me has dicho hasta ahora es cierto, no podrás servir como lo hacen ellos, además de que no tendría sentido que vistas hábitos grises para lo que tengo planeado.

'Así que tiene un plan estructurado. No pierdo nada con escuchar, supongo.' Pensó mientras recargaba sus manos en la mesa para acercarse también, mostrando que estaba interesada, pero manteniéndose alerta a cualquier trampa que pudiera estar pasando por alto.

—Estarías bajo mi supervisión directa durante ese tiempo. Como tal, puedo darte permiso para visitar a tu familia o volver a casa durante la noche. Por supuesto, tendrías que aprender a comportarte, así que incluso te estaría dando algunas clases. Música, lectura, escritura, matemáticas y oración para empezar.

—Todo eso suena muy bien, pero no entiendo porqué la necesidad de educarme, Sumo Sacerdote.

—Porque la pareja que quiero que te adopte son archinobles. Están un paso por debajo en estatus con respecto a la familia archiducal. Si logras pasar desapercibida en el Templo y llegar a salvo al próximo verano, serás considerada una noble de nacimiento que fue ocultada en el templo tras la muerte de sus padres. Dejarías de ser una plebeya con el devorador.

Lo comprendió entonces. Planeaba lavar su identidad con la promesa de no cortar del todo sus lazos con su familia en la ciudad baja. No sonaba mal, pero… sus padres…

—Es demasiado bueno, Sumo Sacerdote. Perdóneme si dudo y no digo que sí, necesito pensarlo y hablarlo con mis padres. Solo por curiosidad, ¿cuál es su intención al… protegerme de este modo? No creo que sea solo por su buen corazón.

De pronto dejó de parecerle solo un chico de cabello azul para parecerle más un hombre astuto y peligroso, mirándola con el ceño fruncido y una diminuta sonrisa escalofriante, agachándose más para quedar todavía más cerca de ella, como si le divirtiera que una niña tan pequeña hubiera visto detrás de todos esos dulces y juguetes tentadores.

—Tienes mucho maná. Incluso con las piedras fey que tu familia pueda conseguirte en el bosque o esa vieja herramienta laynoble al borde del colapso, no deben quedarte más de dos meses de vida. Haz estado comprimiendo demasiado. No falta mucho para que el maná te desborde de manera inevitable y te haga estallar en cientos de pedazos junto a cualquiera que esté cerca tuyo.

Y hablando de métodos psicológicos extremos para convencer a alguien mediante el miedo…

—Tu maná beneficiará a nuestro ducado más de lo que imaginas y a cambio te salvaremos la vida y te daremos un lugar. ¿Lo entiendes ahora?

Ella también arrugó el ceño. No, no, había algo más ahí, podía verlo con claridad. Al parecer tenía imán para los bichos raros.

—Quiere estudiarme, ¿cierto?

Eso tuvo que descolocar al Sumo Sacerdote, quien pareció dar un salto diminuto antes de hacerse un poco para atrás, poniendo distancia entre ellos, mostrando más molestia y desagrado que otra cosa para ocultar su ofuscación.

—¿Cómo estás tan seguro de que estoy interesado en una simple plebeya con el devorador?

—Porque conocí a alguien que miraba de esa misma manera cualquier cosa que quisiera desarmar para ver como funcionaba… Hablaré con mis padres. Si accede a no cortarme en pedacitos, tal vez acepte su ofrecimiento.

El sacerdote frente a ella se cubrió la boca, temblando y soltando ese ruido extraño que produjo antes para contener la risa. Myne solo suspiró con fastidio.

'Tetsuo se habría reído como loco antes de burlarse con bastante sarcasmo… al menos este loco de aquí trata de contenerse.'

—Es un trato entonces. Nos veremos de nuevo junto con tus padres dentro de cinco días. Si decides permanecer junto a los tuyos, te registraré como plebeya, corte de carnicero y todo —le explicó el hombre con una diminuta sonrisa socarrona y una actitud tan arrogante y divertida, que en serio estaba a punto de pararse en la mesa para jalonearle el cabello y exprimirle los ojos con la esperanza de que fuera Tetsuo usando una peluca de fantasía y pupilentes dorados para jugarle una broma—. Por otro lado, si accedes a nuestro trato, te estaré presentando a tu futura hermana mayor tres días después y tendrás que fingir que tienes seis años en lugar de siete para que pueda bautizarte dentro de un año, después de la unión de las estrellas de ella. ¿Te quedó claro?

—Como el agua del pozo.

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Esa noche, Myne habló con sus padres, los cuales parecieron oponerse al inicio, llorando y abrazándola al final. Al día siguiente se encontró con el señor Benno para plantearle la situación.

Como hija, no quería alejarse de la amorosa familia en la cual había nacido en esta vida… pero como madre, habría vendido su alma a cambio de que sus hijos fueran saludables de saber que les quedaban solo dos meses de vida.

Con los días pasando, no tardó en prepararse para el encuentro con el Sumo Sacerdote. No solo iba a aceptar, se iba a vender a un costo adecuado. Ella no era solo una niña con un maná demasiado alto, ella era la dueña de empresas que cambiarían al mundo y se aseguraría de que este hombre que todo lo que quería era estudiarla de cerca entendiera que ella iba a mejorar la vida de los plebeyos sin importar que. Ella era la gansa de los huevos de oro y el Sumo Sacerdote no parecía un estúpido que pudiera cortarla en dos para sacar todos esos hermosos huevos.